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25 Colombia en biografía
UIS Stereo

Un patrimonio de la humanidad

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La pregunta de hoy

Durante este año han avanzado investigaciones en el campo de la arqueología, la historia, la geología, la ecología y la sociología para demostrarle a la UNESCO que el cañón del río Chicamocha amerita ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Es por ello que ya están dadas las bases para formular, desde la historia, la pregunta de hoy: ¿Es realmente esa fosa de este río santandereano un auténtico patrimonio de la humanidad?

Mi respuesta inmediata es la siguiente: “Sin duda alguna”.

Para empezar, el cañón del río Chicamocha es la zona donde se originó una especie botánica particular del género furcraea. Este género botánico, del orden liliflorae, fue bautizado así en 1793 por Etienne Pierre Ventenant, quien quiso rendir homenaje al conde Antoine de Fourcroy, químico del Jardin du Roi en París. Aunque este género comprende cerca de 20 especies de distintas plantas suculentas que forman rosetas de hojas grandes y carnosas, la que nos interesa es la especie Furcraea macrophylla, llamada por los muiscas en su lengua chibcha con la palabra fike, planta que crece espontáneamente en Covarachía a los 2.500 metros sobre el nivel del mar.

El fique es la fibra dura natural por excelencia de Colombia, que por crecer casi espontáneamente se distribuye hoy ampliamente y da de comer a 420.000 productores distribuidos en los cinco departamentos fiqueros: Santander, Nariño, Antioquia, Caldas y Cauca. Nativa de la fosa del río Sogamoso, el fique proporcionó la fibra vegetal para el desarrollo de una cultura artesanal entre los grupos aborígenes que se poblaron en su vecindad: muyscas, laches, tequias, guanes, u’was, chitareros. La domesticación del fique incluyó las técnicas del desfibrado de la penca, el lavado y secado de la hilaza, su teñido, su hilado y sus tejidos diversos para la fabricación de cabuyas, sacos, mochilas, pretales, gorros, mantas, etc. El cañón del río Sogamoso, en el tramo de la cabuya del Chicamocha, está entonces ligado a dos singularidades que lo hacen único en el mundo: de una parte, es el sitio originario de la planta del fique (furcraea macrophylla) y hasta nuestros días el pueblo de Covarachía, donde tuvo sus aposentos el cacique Chicamocha, vive de su producción. En el vecino municipio de Guacamayas al menos sesenta familias viven de una artesanía del fique reconocida internacionalmente por sus técnicas especiales.

En segundo lugar, los aborígenes desarrollaron antes de la llegada de los españoles la técnica de las cabuyas de fique para ayudar a los transeúntes a cruzar el río sin el peligro de perecer ahogados, fuente original del posterior desarrollo técnico de las tarabitas de rejos de cuero trenzados. La tarabita es, en el curso de los ríos Sogamoso, Saravita y Fonce, la cabuya que permite cruzarlos pero hecha de rejos entrelazados de cuero de reses vacunos. Esto fue posible por la conjunción de dos tradiciones culturales: la aborigen de las cabuyas de fique y la nueva tradición marroquinera que trajo el desarrollo de los hatos de ganadería vacuna que introdujeron los colonos europeos en las provincias de Vélez y Pamplona desde 1542, responsable de la invención del rejo de enlazar.

Por su dureza, elasticidad y fortaleza, comparada con las cabuyas de fique, terminaron por reemplazarlas cuando los rejos pudieron trenzarse para formar cables de gran capacidad de carga. Aunque en los siglos XVIII y XIX siguió llamándose cabuya al aparejo tendido en los ríos para facilitar el paso de transeúntes y cargas, en realidad se trataba ya de tarabitas de 24 rejos entrelazados. Es por ello que don Manuel Ancízar se refirió en 1851 a las cabuyas que utilizó para pasar los ríos en términos de “una máquina”, cuya descripción clásica es la siguiente en sus palabras:

No hay puente, pero la industria nativa venció la dificultad, estableciendo como en otros pasos análogos, cierta maroma que llaman cabuya. Elíjese en la margen un árbol robusto que al opuesto tenga otro que le corresponda, o en su defecto plantan gruesos horcones en la barranca, a 20 o más varas de altura sobre las aguas del río, rodeándolos de una plataforma cubierta por un ligero techo de paja; estos árboles o vigas derechas llevan el nombre de morones. De morón a morón, atravesando el río, tienden un grueso cable compuesto de 24 rejos o cuerdas de cuero retorcido, el cual, naturalmente, forma una curva, cuyo seno queda distante de la corriente ocho o diez varas, y constituye la línea del trayecto. Por encima del cable se ponen dos abrazaderas de madera recta, o garruchas, cabalgando apoyadas en la rodaja. Del apéndice inferior de cada abrazadera bajan dos cuerdas que terminan sujetando con fuertes nudos ambas testeras, de una especie de camilla compuesta de marco de palos fibrosos, a los cuales va cosido el cuadrado asiento de cuero y a este aparato, que hace la figura de un canasto chato colgando, le llaman puerta. Amarran a las testeras de la puerta dos largas cabuyas o prolongaciones destinadas a tirar de la máquina para hacerla llegar de banda a banda del río, deslizando por el cable las abrazaderas o garruchas de donde cuelga la puerta, la cual, cuando rinde el viaje hasta cerca del morón, queda trabada y sujeta por un gancho, sin cuya precaución rodaría otra vez hasta el centro del río, pues, como llevo dicho, el cable forma un seno cuya mitad ofrece rápido descenso, y la otra mitad una subida resbaladiza.

El documento

Las cabuyas de fique existían a través del tramo del río Chicamocha desde los tiempos prehispánicos, tal como fue recogido en las visitas que los oficiales reales hacían a los pueblos de indios que fueron congregados en la segunda mitad del siglo XVI:

… los indios de Chicamocha hacen sus labranzas de maíz y coxen yucas, auyamas y axí, y su principal trato es el hayo que lo tienen de cosecha en abundancia y lo cogen en su tierra y lo venden a todos los indios comarcanos que se lo vienen a comprar y les traen el oro y las mantas por el conque se visten y se sustentan y pagan sus demoras y así mismo tienen provecho en la cabuya de el río de Chicamocha en el pasaje de el río por ser el camino real que va a Pamplona que estará menos de media legua.

El primer testimonio escrito sobre una cabuya de fique aborigen tendida sobre el río Sogamoso se encuentra en el relato que el obispo Lucas Fernández Piedrahita hizo de la expedición que encabezó el capitán Jerónimo de Aguayo para fundar la ciudad de Málaga en el año 1542, comisionado por el capitán Gonzalo Suárez Rondón, fundador de la ciudad de Tunja. Acompañado por 20 caballos y 50 infantes marchó de Tunja hasta el río Sogamoso “por la parte que llaman de Chicamocha”, donde reconoció la dificultad de pasar los caballos por “el ímpetu de los raudales”. Fue entonces cuando observó que

… para el tránsito los naturales se valían de una maroma que, afixada sobre dos grandes troncos de la una y de la otra banda, suministraba forma para que puesto en ella un cargador de faxas, pendiente de una tarabilla que corriese por toda la maroma halándola con sogas, pudiesen ligados los cuerpos en el cargador conducirse de la una a la otra parte. Hubieron de conformarse con la costumbre del país y aventurados primero por agua cinco arcabuceros de los más fuertes y diestros, para que de la otra ribera asegurasen el tránsito de lo restante del campo (por no llevar el río tanto agua que les pudiese impedir el esguazarlo a pie resistiendo la furia de su raudal), lo executaron con dicha, y consiguientemente la disposición de la maroma y tránsito por ella de la mitad de la gente, para que ayudase al de los caballos, que así mismo se consiguió con haladeras y sin desgracia, y últimamente el de todo el campo: cosa bien singular y no vista hasta entonces por los nuestros…[2]

Al otro lado de la cabuya los esperaba un escuadrón de indios armados, “al abrigo del primer vado de la quebrada de Tequia”, que no pudo resistir “el primer ímpetu de los caballos y carga de arcabuceros”, con lo cual el capitán Aguayo fundó en un sitio que escogió la ciudad de Málaga, la cual se despobló muy pronto “por la experiencia de su mal terreno y ningún comercio”. Siete años después se fundaría más al norte la ciudad de Pamplona por otra hueste que partió de Tunja por la misma ruta y cabuya de Chicamocha.

Los que fueron

La comprensión histórica de la actividad aborigen del trenzado de los hilos del fique para fabricar cabuyas, objeto primordial para asegurar el tránsito sobre el río Chicamocha, obliga a una reflexión lingüística. En 1729 apareció por primera vez la palabra cabuya en el Diccionario de autoridades de la lengua castellana con la siguiente definición: “La cuerda hecha de hilo de pita. Es voz usada en Andalucía y tomada del lenguaje Indiano. En latín: Restis ex Indico filo confecta [cuerda hecha de hilos de las Indias]”. Pero en la lengua chibcha se nombraba la cuerda con la palabra chihize, o también chyza, como se usaba en la expresión “Chihizez achyzas mnysqua: “echarle cabuya al pescuezo”. La palabra chibcha parece haber resultado de una comparación metafórica con la palabra chincha chyza que también nombra, hasta nuestros días, una larva robusta de varias especies de coleópteros que alcanza hasta 7 centímetros de largo, ensanchado hacia la parte posterior y de color blanca, con la cabeza café (especie phyllophaga); de tal suerte que la cuerda usada en el río sería una especie de “largo gusano blanco de fique”.

Como la palabra cabuya no proviene de la lengua de quienes originalmente la trenzaban con el fique del cañón del Sogamoso, se sabe que es un americanismo originado en una lengua indígena de las Antillas, usado hoy en la República Dominicana y Puerto Rico, pero también en Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia. Pero originalmente la palabra cabuya designaba a otra planta silvestre de las Antillas, de hasta dos metros de altura con penca gruesa, hojas muy largas y espinosas en los bordes y flores de color verde brillante, del género de los agaves y de las especies alaryllidaceae; agaves leontonae, fourcroydes y sisalana. Parece entonces que fueron los primeros colonos españoles quienes asignaron a las cuerdas de fique que encontraron para el paso de los ríos la denominación caribeña de cabuya, tal como lo hicieron con los otros objetos que bautizaron con las palabras taínas cacique, caney y bohío. La expresión cabuya de fique resulta ser entonces un resultado de la conquista española, un sincretismo de dos tradiciones aborígenes distintas impuesto en el habla de las Indias por los soldados españoles. Al menos dos grabados europeos son testimonio de la curiosidad que las cabuyas de fique despertaron en los ultramarinos que regresaron y relataron sus experiencias.

Para completar esta reflexión lingüística hay que agregar que la palabra pita también es un americanismo que entró a la lengua española y se usa hasta nuestros días en Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador y Chile, pero originalmente describía la fibra extraída de la hoja de otra planta llamada pita (Aechmea magdalenae), Ixtle en náhuatl, que también se emplea en la fabricación de hilos y cuerdas delgadas. La pita es una planta silvestre típica de las selvas húmedas tropicales del sureste de México, Centroamérica, Colombia y Ecuador, donde crece por debajo de los 650 metros sobre el nivel del mar. En Mesoamérica se usaba en los tiempos prehispánicos (Ixtle) pero en los tiempos indianos se reservó para la fabricación de hilos asociados a la marroquinería (monturas, riendas, arneses, botas, porta armas), con lo cual hoy es un elemento distintivo de los objetos de la charrería mexicana. El henequén es otra planta del género de los agaves, especie agave fourcroydes (Lemaire), originaria de la provincia de Yucatán, donde hizo la riqueza de sus cultivadores durante la segunda mitad del siglo XIX.

Epílogo

Cuando el cartógrafo italiano Agustín Codazzi vino a conocer el río en los tiempos de la administración del general José Hilario López, payanés invencible y prudente, admiró no solo la tenacidad antediluviana de El Sogamoso y su revuelta en El Pescadero, sino el artificio de las tarabitas que le permitieron cruzarlo. Su mapa respetó los nombres de los tramos principales —Chicamocha (Capitanejo aguas arriba), Sube, Sogamoso— del curso bajo, pero otros cartógrafos agregarían el tramo del río Chocoa y el del curso alto, originalmente Sogamoso. Río de muchos nombres: confusión de tontos. Pero no de los campesinos santandereanos y boyacenses que no olvidan las tarabitas y los distintos tramos, reliquias de una época antigua en la que los distintos grupos de aborígenes eran sus señores y resolvían las dificultades de los esforzados transeúntes que se aventuraban por esta gigantesca fosa.

Como nadie puede negar su naturaleza originaria, El Sogamoso sigue siendo el nombre de pila bautismal de este viejo río labrador de fosas. La suerte corrida por los otros nombres que en alguno de sus tramos le dieron otros caciques dueños de cabuyas es variada: después de 1850, cuando unos cristianos decidieron erigir junto a la cabuya de Sube una parroquia a la que bautizaron con el nombre de El Jordán, confundiendo las aguas bíblicas con las aguas aborígenes, los santandereanos comenzaron a olvidar que este tramo alguna vez había sido llamado río Sube, como también olvidaron el nombre de río Chocoa que alguna vez tuvo el tramo donde estuvo la cabuya del camino a Zapatoca. Aunque el nombre de río Capitanejo desapareció, en cambio la memoria del río Chicamocha aguantó el embate del olvido, pese a que el mísero capitanejo nombró a un municipio republicano y en cambio su cacique no pudo hacerlo. Lo que sí se ha mantenido por millones de años es la fosa del río, cuya forma produce un efecto climático permanente que da vida a un bosque seco tropical, una anomalía continental cuando se encuentra rodeado de bosques húmedos, tema de interés universal del cual se ocupan los biólogos.

Música de la Orquesta Filarmónica de Bogotá

7. Pescador, lucero y río. Pasillo de José A. Morales

2. Campesina santandereana. Bambuco de José A. Morales

5. Brisas del Pamplonita. Bambuco de Elías Mauricio Soto

Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Guión radial emitido por UIS Stereo. Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.