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Colombia en biografía
UIS Stereo
La resistencia de Pasto contra Colombia
La pregunta de hoy
La República de Colombia fue inicialmente un resultado de la incorporación de las provincias granadinas, venezolanas y ecuatorianas al proyecto nacional que diseñó el general Bolívar y que constituyó en 1821 el Congreso de la Villa del Rosario de Cúcuta. A medida que los ejércitos libertadores iban liberando provincias de las tropas realistas, los generales las iban incorporando al proyecto colombiano. Algunas, como Panamá y Guayaquil, ingresaron mediante negociaciones. Pero la pregunta de hoy es: ¿todas las provincias del Virreinato de Santa Fe se incorporaron voluntariamente, y con agrado, a la República de Colombia?
Mi respuesta es un contundente no. Y para ilustrarla voy a presentar el caso de la provincia de Pasto, cuyas gentes resistieron tozudamente durante cuatro años su incorporación a Colombia, hasta que después de haber sufrido violencias sin límite capitularon por cansancio su ingreso definitivo.
El 11 de enero de 1823 entró victorioso a la ciudad de Quito el general Sucre, ufano de haber restablecido la tranquilidad del país “con la pacificación de Pasto”, un resultado de las acciones militares libradas en esa ciudad durante los días 23 y 24 de diciembre de 1822. Aunque el intendente interino, coronel Vicente Aguirre, invitó a todos los ciudadanos quiteños a recibirlo con expresiones de alegría y balcones endoselados por tal suceso militar, los pastusos han bautizado desde entonces esas jornadas con el nombre de “la navidad negra”. La razón está resumida por la anotación del secretario del Interior en su Diario:
Pasto fue entregada al saqueo por dos días en castigo de su perfidia. La ciudad quedó desierta, y sus habitantes, que son todos enemigos de Colombia, huyeron a los campos en donde tenían algunas guerrillas. El Libertador, que llegó a Pasto en los primeros días de enero [de 1823], publicó un indulto para que todos se presentaran, y lo habían hecho algunos de los principales. A los pueblos de aquel cantón les había impuesto una contribución de 30.000 pesos, fuera de bestias y ganados para el ejército, que se estaban recogiendo… La provincia, que se compone del cantón de Pasto, de los Pastos y Barbacoas, ha sido unida por el Libertador al departamento de Quito, de donde se puede administrar mejor.
Al escribir su historia sobre este episodio de la guerra de independencia, José Manuel Restrepo agregó otros costos que habían pagado los pastusos: además de los cerca de 300 muertos en los distintos combates, el general Bolívar hizo extraer de las haciendas “tres mil reses de ganado vacuno y dos mil quinientas caballerías” para reponer las que habían robado los pastusos en el cantón de Túquerres, cuando el teniente coronel español Benito Boves ocupó la provincia de los Pastos. Los pastusos útiles para las armas fueron reclutados a la fuerza y los artesanos enviados a las maestranzas de Quito y otras ciudades del sur, al punto que “casi todas las propiedades de los pastusos vinieron a ser confiscables, y se mandaron repartir a los militares de la república en pago de sus haberes”. Había quedado casi desierta “la infiel Pasto”, y “su castigo resonó en todos los ángulos de Colombia”.
Las dos grandes rebeliones de la provincia de Pasto contra su incorporación a Colombia, iniciadas el 28 de octubre de 1822 y en junio de 1823, han concitado la atención de la historiografía, pero también muchos hombres de letras nativos de esa provincia han cobrado con creces los excesos que se cometieron por orden del Libertador.
La primera rebelión fue organizada por el oficial español Benito Boves —sobrino del célebre José Tomás Boves, el Urogallo, quien asoló los llanos venezolanos entre 1813 y 1814—, quien se había escapado de su prisión en Quito tras la batalla de Pichincha, y formó una guerrilla. Gritando “¡Viva el Rey!” logró que toda la población de Pasto proclamara a Fernando VII. Un nuevo gobierno fue instalado en Pasto, encabezado por Estanislao Merchancano, titulado gobernador militar y político, y un nuevo ayuntamiento fue integrado con partidarios de la monarquía.
La noticia de la primera gran rebelión que comenzó en la madrugada del 28 de octubre de 1822 produjo una reacción inmediata y violenta, pues el general Bolívar reaccionó desde Cuenca con indignación. Durante tres meses pudieron los rebelados controlar la ciudad y su distrito, e incluso el coronel Boves le infringió una derrota en Túquerres al veterano coronel Antonio Obando, gobernador de los Pastos y hombre de confianza del vicepresidente Santander. El general Sucre recibió la comisión de recuperar Pasto, cumplida a sangre y fuego: cerca 400 combatientes pastusos murieron y 1.300 realistas fueron deportados a Guayaquil para su embarque hacia el Perú, aunque muchos no llegaron a su destino por los motines que protagonizaron a bordo de las naves que los transportaban. El Libertador llegó a Pasto en enero de 1823 para completar las sanciones económicas que había prometido: ordenó una contribución forzosa de 30.000 pesos, deportó otro millar de hombres y se apropió de cerca de dos millares de caballos y tres mil cabezas de ganado vacuno. Puso al general Bartolomé Salom al mando, cuyas violencias y engaños completaron la generalización de una segunda motivación de la resistencia de esta provincia: el sentimiento de odio y de desconfianza respecto de los “lobos carniceros e irreligiosos” que dirigían a Colombia.
Las instrucciones dadas por el Libertador al coronel graduado Juan José Flores —nombrado gobernador de la provincia de los Pastos— al comenzar el mes de abril de 1823, complementadas por los consejos de su paisano, el general Bartolomé Salom, confirman la dureza con que fue incorporada esta provincia a la República: la guarnición que se mandó traer de Popayán para moverse quincenalmente por todos los pueblos de esa provincia se consideraría “en campaña y en país enemigo”, además de que la ciudad de Pasto y todo pueblo conocido por su resistencia sería tratado “como país enemigo”; y el gobernador tendría plenas facultades para actuar porque la experiencia había demostrado que “hay muy pocos pastusos que no sean godos o indiferentes, por el grande amor que le tienen al interés”.
Aunque el secretario del Interior, José Manuel Restrepo, consideró el castigo impuesto a los pastusos como “ejemplar y merecido”, también reconoció que había dejado “en sus corazones el resentimiento más profundo y duradero”. Quizás esta percepción dictó al vicepresidente Santander, después de la segunda rebelión de junio de 1823, las instrucciones que giró el 6 de noviembre siguiente —por intermedio del secretario de Guerra y Marina— para que un alto oficial fuese a Pasto a conferenciar con todos los jefes de las milicias que allí mandaban en el nombre del rey de España, “y por todos los medios que le dicte su prudencia y amor a la humanidad” les ofreciera una conciliación honrosa, ya que Colombia los reconocía por hijos y no quería emplear más la fuerza y el rigor, sin antes no haber dado los pasos para atraerlos al seno de la república. Una vez hubiera obtenido un diálogo, podría negociar las diferencias sobre la base del olvido y amnistía absoluta, sin distingo de persona, para que pudieran retirarse a sus casas sin temor alguno, disfrutando las propiedades que no les hubiesen confiscado. Para la seguridad de los jefes de la facción monárquica que no podrían permanecer en Pasto sin peligro, se les ofrecería la residencia en Quito u otra ciudad, y una pensión de subsistencia decente hasta que hubieran restablecido sus caudales. A cambio, debían entregar todas las armas en la zona del Guáitara al general Salom y en la zona del Juanambú al general Córdoba, sin ocultar alguna. Esta negociación estaba basada en una opinión ingenua del vicepresidente según la cual los pastusos obraban más por error que por mala voluntad, ya que ignoraban el verdadero estado de la república y su completo triunfo sobre las armas españolas.
Estanislao Merchancano, líder de la primera sublevación, escribió entonces un testimonio sobre la “oposición de principios” del vecindario de esa ciudad a la incorporación a la República de Colombia. Enterado de la nota enviada por el vicepresidente Santander para expresar su deseo de que la “invencible Pasto” se sometiera “al infame gobierno de Colombia”, respondió que esta ciudad
… ha tomado la defensa por principios de Religión, y no entrará en otra negociación, no siendo la de que Colombia rinda las armas y vuelva al rebaño de donde se descarrió desgraciadamente, cual es la España y sus leyes; y de lo contrario tendrán sus hijos la gloria de morir por defender los derechos sagrados de la Religión y la obediencia al Rey, que es su señor natural, primero que obedecer a los lobos carniceros e irreligiosos de Colombia.
El coronel Juan José Flores fue derrotado por la segunda rebelión campesina el 12 de junio de 1823. El día siguiente, sus líderes —el mismo Merchancano y Agustín Agualongo— firmaron una proclama dirigida a los habitantes de Pasto convocándolos a armarse de “una santa intrepidez para defender nuestra santa causa”, animados en la convicción de que “el Cielo será de nuestra parte”, porque los soldados que habían sido anteriormente “adictos al bárbaro y maldito sistema de Colombia” se habían pasado a la causa de la defensa de “los derechos del Rey con vigor y el más vivo entusiasmo”. Su causa no era más que la de vencer “a los enemigos de nuestra religión y quietud”, para poder vivir “felices en nuestro suelo bajo la benigna dominación del más piadoso y religioso rey don Fernando Séptimo”. Religión y tranquilidad bajo un dominio benigno, en vez de la alarma que habían causado en la provincia las continuas exacciones de dinero, raciones, bagajes, reclutas y destierros que había traído la guarnición de la maligna dominación colombiana. Todavía en mayo de 1824 ordenaba desde Quito el general Salom al coronel Flores: “Manda metal y pastusos, que es lo que menos falta te hace, y lo que más nos conviene”.
El 12 de junio de 1823 entraron a Pasto los sublevados e instalaron un nuevo gobierno, encabezado en lo civil por Merchancano y en lo militar por Agualongo. La proclama que dirigieron a “los habitantes de la fidelísima ciudad de Pasto” reivindicó el fin del “duro yugo del más tirano de los intrusos, Bolívar”, cuya “espada desoladora” había despoblado los campos, mientras “el fracmasonismo y la irreligión iban sembrado la cizaña”. El templo de San Francisco había sido el sitio donde los soldados colombianos habían cometido “las mayores abominaciones indignas de nombrarse”, pues allí se habían revolcado “los más irreligiosos e impíos con las más inmundas mujeres”. Todos los sentimientos de humanidad habían sido destruidos con el fraude y el engaño, como lo probaban las instrucciones criminales dadas por el general Salom que habían caído en las manos de los rebeldes.
Los rebeldes, fortalecidos en número por los aportes de los pueblos que cruzaron en su expedición hacia el sur, tomaron Ibarra un mes después. En ese momento se calculó su fuerza en 1.500 hombres. Los generales Bolívar y Salom organizaron un gran ejército con tropas venidas de los departamentos del sur de Colombia. El encuentro entre los dos ejércitos se dio en Ibarra el 17 de julio, en el cual perdió la vida casi la mitad de los pastusos que hasta allí habían llegado. Las nuevas medidas punitivas ordenadas por el Libertador han sido juzgadas por el historiador Jairo Gutiérrez como una reedición de la guerra a muerte que había sido aplicada en los llanos venezolanos a los españoles y canarios
Al comenzar el año 1824 se levantaron nuevamente las guerrillas de los Pastos y cortaron las comunicaciones entre Popayán y Quito. Desde Túquerres, Manuel Díaz informó el 4 enero al comandante Juan Barreda que “la acción de Pasto, dada en sorpresa por los facciosos, fue decidida en favor de nuestras armas, siendo muertos en ella 43 hombres de los pastusos y 114 heridos, y el resto fue derrotado vergonzosamente, en cuya acción no peleó nuestra división, sino solo el hospital con doscientos hombres que lo custodiaban”. Dos días después, este comandante del cantón de los Pastos informó desde Cumbal al general Jesús Barreto sobre las acciones de “los malvados que en grupos se han levantado asolando a este infeliz cantón, sin por mi parte poder evitarlo por lo débil de mis fuerzas”. Según sus cálculos, los “facciosos” que estaban en Pupiales y Gualmatán eran unos 600, bajo la dirección de José María Benavides, “contando los indios, que no bajan de 400”.
Sus instrucciones fueron las mismas que había dado el general Sucre durante la navidad negra de 1822: “Desde Pastos adelante, cuanto hombre se encuentre, y más si son indios e indias, deben ser sacrificados a la venganza de nuestras armas, pues he experimentado que todos son nuestros crueles enemigos, y de ello a nuestra vista impondré a V. S. Esto mismo tengo hecho presente a nuestro benemérito señor general Salom. Nuestros infelices prisioneros fueron víctimas de los bárbaros, por lo que no se debe dar cuartel a ninguno, aunque no se hallen con las armas en la mano. Todo debe ser secuestrado sin oír reclamaciones pues todos son unos alzados canallas que nos han hecho la guerra más cruel”. Las instrucciones seguramente fueron cumplidas, pues el 14 de enero se informó desde Guayllabamba que el postillón militar José Antonio Herrera había asesinado a un indio solo porque este le había gritado “Biba el rey, y que por él ha de morir”. El 8 de febrero de 1824 fueron finalmente batidos los rebeldes pastusos por el general Mires, quien dejó en Pasto una guarnición de 400 soldados al mando del sargento mayor Francisco María Lozano.
La ley de ordenamiento territorial que dio la Legislatura de 1824 incorporó los tres cantones (Pasto, Túquerres e Ipiales) de la provincia de Pasto al departamento del Cauca, con lo cual el general Salom quedó impedido para seguir dando órdenes en esa provincia, que pasó en lo político al intendente Ortega y en lo militar al comandante general de ese departamento. En esas condiciones ya no quiso seguir el coronel Flores gobernando la provincia de Pasto y le pidió al general Salom un mejor destino en los departamentos del sur. Este le dio entonces la comandancia de armas del departamento del Ecuador y le prometió para más adelante la gobernación de la nueva provincia de Imbabura. Pero el primer empleo fue suficiente para comenzar su meteórica carrera política en Quito.
El documento
En la otra cara de la gloria militar de los generales Sucre y Flores en la provincia de Pasto están inscritos los anónimos reclutas llevados de Quito a esa campaña de “pacificación”, como un tal Santiago Bargas, soldado de la primera compañía de granaderos de milicias, quien envió a su mujer con un mensajero la siguiente nota:
A la ciudadana Toribia Rosas. En Quito.
Dispense el papel malo y la mano también.
Pasto [roto]
Mi muy apreciada esposa de mi mayor cariño.
Me alegra esté allá buena en compañía de tus queridos padres y familia. ¿Cuándo será el dichoso día que nos veremos? El pensar que no la he de ver más sino en el Juicio [Final], porque no hay esperanza de irnos a Quito. Dándote mil abrazos y Yamia hacé el bien de rogar a Dios para irnos y tener el gusto de verte. Don Matías se fue a Juananbú. Porque estoy de asistente no me llevaron. Por eso me quedé en Pasto. Estamos a morir de hambre porque no tenemos sueldo, no más que un pedacito de carne. Con eso quieren que nos mantengamos. [roto] de mandarme un poco de [roto] con este mozo que te lleva el papel. Te remito la bolsita. Si no ha mandado con el correo pueda mandarme con este mozo un par de reales y un pedazo de pastel blanco y Yamia ve si puedes sacar el pasaporte del general Sucre y mandármelo con este mozo. Yo sacar a donde el Libertador no puedo porque se va para abajo y no tengo ya papel. No saco el pasaporte hacé el empeño allá mismo que si me dejas aquí me muero. Hasta el pantalón lo tengo ya hecho pedazos. Saludes a todos los de casa. Sus manos besa. Santiago.
Atribulada por la suerte de su marido, la señora Toribia Rosas representó el 15 de enero de 1823 ante el general Sucre la circunstancia de su marido, quien al ser llevado a la expedición contra Pasto la había dejado con sus cinco hijos menores y sin socorro ni auxilio alguno, “expuesta a las micérrimas necesidades, padeciendo junto con ellos, sin tener con qué poderlos alibiar para mantenerlos, porque era quien con su oficio los fomentaba”. Adjuntó la anterior esquela para comprobar que su marido también estaba “padesiendo indesibles hambres a perecer sin sustento necesario, que un corto pedasito de carne, que no le basta, sin sueldo, que la rropa la tiene echa pedasos, desnudo”. Pidió encarecidamente para su marido un pasaporte que le permitiese regresar a su lado, “por el amor de Dios y María Santísima de las Mercedes, el santo de su nombre”. La lacónica respuesta que recibió tres días después solo tenía la extensión de seis palabras: “Ocurra al señor comandante de Pasto”.
El personaje
Agustín Agualongo era un mestizo, cacique del pueblo de Anganoy, quien se mantuvo leal al rey Fernando VII hasta la hora de su fusilamiento en julio de 1824. Su experiencia militar bajo las banderas del rey se remontaba a 1811, y había ascendido por sus propios méritos al grado de coronel. Los otros líderes de esta rebelión fueron Joaquín Enríquez, Juan José Polo, Francisco Angulo, Ramón Astorquiza, José Canchala (cacique de Catambuco), José Calzón (cacique de Cumbal) y un guerrillero del Patía, Jerónimo Toro. Agualongo fue fusilado en Popayán el 13 de julio de 1824 con tres importantes líderes de las guerrillas pastusas: Joaquín Enríquez, Francisco Terán y Manuel Insuasti.
Estanislao Merchancano era natural de Pasto e hijo natural de don Blas de la Villota. Fue ascendido a teniente coronel de los reales ejércitos por su destacado servicio en la Batalla de Jenoy, de orden de Basilio García, presidente de Quito, el 19 de septiembre de 1821. Reducido a la obediencia en 1824 y amnistiado por Flores, fue decapitado por el oficial Manuel Vela cuando salía de una cena que había tenido con Flores en la noche del 21 de julio de 1824. El informe de Flores sobre este asesinato dijo que Vela lo había matado porque Merchancano le había propuesto “una nueva rebelión en tiempo más oportuno”. Aunque esta muerte le pareció “decretada por el Cielo, y que ella nos asegura la tranquilidad futura de Pasto”, le pareció razonable hacer juzgar a este oficial conforme a la ley, “para que de un juicio serio resulte su indegnisación”.
Conclusión
A mediados de 1825 ya José Félix Valdivieso, quien se convirtió en ministro del gobierno ecuatoriano del general Juan José Flores, consideró que ya estaba verdaderamente ganada la guerra porque los pueblos de la provincia de Pasto habían quedado “en estado de no volver a respirar, pues la espurgación ha sido completa”. Aunque había visto entrar a Quito cientos de prisioneros que seguían su camino hacia Guayaquil, “no querría que quede alma viviente en Pasto por más buenos que sean, sino que se regenere ese país con nueva jente, único arbitrio para que aquellos pueblos sean nuestros amigos”.
En cambio, el vicepresidente Francisco de Paula Santander se escandalizó cuando leyó un detallado informe sobre las violencias que se habían hecho a nombre de la República en la provincia de Pasto, remitido por el coronel José María Obando. Fue por ello que lo nombró como gobernador y comandante de armas de la provincia de Pasto —en octubre de 1825—, con plenas facultades para recomponer el orden social, en reemplazo del gobernador y comandante Antonio Farfán. Fue esta una tarea que este oficial payanés ejecutó con tal tacto, desde el 1º de marzo de 1826, que cuando se extinguió la República de Colombia pudo jugar un decisivo papel en el proceso de incorporación de esta provincia al Estado de la Nueva Granada.
La experiencia de las guerras de Pasto fue decisiva para la calificación militar de los jefes que durante la siguiente década dirigirían los destinos de la Nueva Granada y del Ecuador: Mosquera, Obando, López, Herrán, Flores, Martínez Pallares. Así lo reconoció el general Tomás Cipriano de Mosquera en 1841 cuando terminaba la rebelión general de los jefes supremos de las provincias de la Nueva Granada:
Celebro el buen concepto que formaste de nosotros creyéndonos capaces de restablecer el orden en esta república, que ciertamente ha sido una cosa un poco ardua, porque todas las provincias del norte se pusieron en completa rebelión, i en el interior teníamos que luchar contra la apatía o contra el miedo, i contemporizar con las exijencias de un partido exaltado por sus principios patrióticos, pero desviado enteramente de las reglas de prudencia con que debió obrar, e ignorante en materias militares, mui exigente de resultados, sin trabajar por ellos prestándonos ausilios i recursos. Tú sabes cómo se nos abandonó en el sur. Peor hemos estado por acá, i lo que Herrán i yo no hemos hecho, todo ha sido nuevos comprometimientos. Sin la heroica i valiente división del sur, formada en la guerra de Pasto, hoy sería la Nueva Granada un triste campo de anarquía i matanza, peor que Guatemala.
Canciones de Pasto interpretadas por el tiple de Lucas Céspedes Ayala (Suaita):
-La Guaneña, bambuco anónimo y antiguo de Pasto, interpretado en las guerras de independencia.
-El Chambú, bambuco de Luis Eduardo Nieto (Pasto, 1899-1968).
-El Aguacate, Pasillo de César Guerrero Tamayo. Este compositor nació en Quito pero era hijo de un pastuso, don Benjamín Guerrero, y de madre quiteña, doña Balbina Tamayo. Escribió unos versos de amor que inmediatamente musicalizó en ritmo de pasillo, pero no le encontraba título. Cuenta la leyenda que estaba sentado a la sombra de un gran árbol de aguacate, cuando desde la fronda le cayó una cáscara dejada caer por su hijo, quien se había encaramado a las altas ramas para comerse uno. Al recibir el impacto de la cáscara del aguacate en su frente el autor decidió titular a su canción con el nombre de esta lauracea, Persea americana -el aguacate-