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11 Colombia en biografía
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La Cosiata

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La pregunta de hoy

Antes de cumplirse el quinto aniversario de la aprobación de la primera constitución de la República de Colombia, la de 1821, estalló en Valencia, una localidad venezolana, un movimiento popular que dio inicio a la más grave crisis de la ambición política colombiana. El suceso, acaecido el 30 de abril de 1826, fue tan inesperado que no se encontró otra palabra más adecuada para nombrarla que “cosiata”, como pudo haberse llamado también “cosiaca” o “cosiánfira”, esto es, una acción mezquina que ni se quería nombrar. El acontecer que siguió terminó por darle nombre propio en la historia política venezolana: “la Cosiata”.

La pregunta de hoy es entonces la siguiente: ¿Qué fue “la Cosiata”, eso que terminó por destruir el primer experimento republicano de Colombia en 1830?

Mi respuesta es la siguiente:

La crisis política que se llamó la Cosiata tuvo un comienzo inesperado y nimio, como quizás sea muy frecuente en la historia de las naciones, paradójicamente originado en la ejecución de un decreto del poder ejecutivo que ordenaba un alistamiento general de milicias, congruente con el espíritu que hizo posible posteriormente la redacción y aprobación de la primera Ley orgánica de la Milicia Nacional (1º de abril de 1826). Recibido en Caracas “con repugnancia”, el comandante general José Antonio Páez suspendió su ejecución hasta 1826, cuando corrieron noticias sobre una revolución que se estaría preparando en combinación con los pueblos del interior. Fue así como el 6 de enero de este año, después de publicados dos bandos, a las 9 de la mañana estaban citados todos los hombres de Caracas en el convento de San Francisco —a la sazón cuartel de los batallones Apure y Anzoátegui— para cumplir la cita que les había puesto el general Páez con el fin de dar cumplimiento a la orden del alistamiento general de una milicia reglada. Dado que el número de los congregados era muy inferior al de los citados, el general dispuso que salieran a las calles varias patrullas de tropa para conducir por la fuerza a cuantos hombres encontrasen, sin distinción de edad ni empleo. La orden fue cumplida, entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde, y “todo el mundo fue a parar a San Francisco, sin valerle excepción”.

Las quejas de muchos padres de familia al intendente obtuvieron que este convenciera al general Páez para suspender la orden, prometiendo que al día siguiente daría un bando general convocando a todos los hombres a San Francisco, a las 9 de la mañana del día 9 de enero. Fue así como a las 4 de la tarde fueron liberados todos los hombres reunidos en el convento y se restableció la calma. Efectivamente, el día previsto concurrieron todos los hombres aptos, según las listas que preparó el ayuntamiento, y pudo así cumplirse la conscripción de la milicia reglada.

Sin embargo, la municipalidad de Caracas acordó dirigir un informe del suceso a la Cámara de Representantes, argumentando que la milicia reglada era “un recuerdo de la dominación monárquica, y de todas las injusticias que se cometían, bien para eximirse de ella, bien para hacerla un instrumento de sordideces y venganzas”. En consecuencia, pidieron que en el debate de la ley orgánica de la milicia nacional se estableciese una milicia cívica “para llenar el deber sagrado que todos reconocen de servir y defender a la patria”. Lo ocurrido “en los aciagos días seis y nueve” de enero podría conjurarse en el futuro gracias a “la sabia previsión de los legisladores”, si éstos optaban por la milicia cívica, la única que podría mostrar al pueblo de Caracas corriendo espontánea y alegremente “a colocarse en las filas de las falanges patrióticas”. El intendente informó directamente al vicepresidente de Colombia, quien resolvió pedirle al general Páez un informe documentado sobre los cargos que se le hacían “para dictar la providencia que prefijaran las leyes”.

La Cámara de Representantes decidió ocuparse del informe y resolvió por una mayoría de 41 votos contra 16 acusar formalmente al general Páez ante el Senado por “las medidas que tomó el día 6 de enero de este año [1826] para verificar el alistamiento de milicias en la ciudad de Caracas”. Los diputados de Caracas y los de Cartagena, encabezados por Santos Michelena y Juan de Francisco, promovieron la acusación.

El Senado debatió la acusación y, considerando que el artículo 9º de la Constitución le concedía facultades suficiente para juzgar “el mal desempeño de las funciones de un empleado público”, resolvió —el 30 de marzo de 1826— acoger la acusación y declararlo suspendido de su empleo, llamándolo a comparecer ante una comisión especial del Senado que sería nombrada para instruirle el proceso y para que respondiese “sobre los cargos que le resultan”. El venezolano Luis A. Baralt, presidente del Senado a la sazón, firmó en Bogotá esta resolución. El Poder Ejecutivo, “no teniendo derecho a objetar, suspender o reclamar” esta resolución, ordenó su cumplimiento y proveyó un sustituto interino en la comandancia de Venezuela.

El 28 de abril siguiente y desde Valencia, el general Páez comunicó al secretario de guerra que había recibido su oficio del 30 de marzo anterior en el que se le ordenaba entregar la comandancia al general de brigada Juan de Escalona. Agregó que “en su cumplimiento he comunicado la orden para que se le reconozca en todos los cuerpos, y le entregaré la autoridad, secretaría y demás corres­pondiente al destino luego que se presente a recibirlo”. El día anterior, en la reunión extraordinaria de la municipalidad de Valencia, se había considerado “el estado de tristeza y consternación en que se hallaba la ciudad y tropas de la guarnición por el sensible acontecimiento de que la honorable cámara del senado, habiendo admitido la acusación contra el benemérito general en jefe José Antonio Páez, le hubiese suspendido de la comandancia general”. Todos los valencianos “estaban persuadidos de que la seguridad del departamento depende de la presencia de S. E., que vale solo por un ejército para la seguridad interior y exterior”. Como temían que la separación del mando ordenada por el Senado traería “el desaliento en las tropas y podrían sobrevenir algunos males y desórdenes”, se consideró “si estaban dentro de la facultad de la municipalidad algunas medidas para que se suspendiese la orden de suspensión de S. E. el general Páez”. Consultados los mejores abogados de la ciudad —Miguel Peña, José Antonio Bohórquez y Jerónimo Windivoel—, expusieron su opinión “de que no hay ninguna medida legal que pudiera suspender la ejecución de la orden”, y que ni siquiera “el poder ejecutivo de la República podía hacerlo sin infringir abiertamente la constitución”.

Fue entonces cuando ocurrió lo impredecible: una multitud de “más de dos mil almas” aclamó en Valencia al general Páez como jefe del departamento y envió una partida de hombres a traerlo a la reunión. Llegado este al sitio, fue sentado en una de las sillas, y luego varios ciudadanos le instaron a asumir el mando del departamento. “Encontrando inevitable el suceso y conviniendo con la voluntad general del pueblo”, el ayuntamiento se determinó a pedir al general Páez que “reasumiese el mando, conforme con las dichas exclamaciones”. En medio de “una suma perplejidad”, el general Páez aceptó el mando militar al no poder “resistir el deseo general”. Llamado el estado mayor y las tropas, éstas reconocieron la jefatura del general Páez “con golpe de artillería”. Consultado el gobernador, accedió a continuar en su oficio.

Los pronunciamientos a favor del general Páez se sucedieron en Maracay, Calabozo, Caracas y Achaguas. Ya en su cuartel general de Caracas, el 19 de mayo, el general Páez hizo publicar su Proclama a los habitantes de Venezuela: por “el voto libre de los pueblos”, que le había encargado el mando en jefe de las armas y la administración civil, asumió el poder contra los enemigos exteriores y “las maquinaciones del egoísmo”, pues “los pueblos estaban afligidos por la mala administración”. El remedio de esta situación, proveniente de “la suprema ley de la propia conservación”, sería una nueva convención que reformara la constitución, donde el Libertador presidente actuaría como “árbitro y mediador”, pues él no era “sordo a los clamores de sus compatriotas”.

La crisis de gobernabilidad del gobierno nacional de Bogotá sobre los departamentos de la antigua capitanía de Venezuela se precipitó desde entonces, pese a los esfuerzos del Libertador presidente por conjurarla, y a la larga hizo que la primera experiencia de la nación colombiana se desplomara estruendosamente. De esas cenizas nacieron tres nuevas repúblicas llamadas Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.

El documento

La carta que el vicepresidente Francisco de Paula Santander le dirigió al general Francisco Antonio Páez el 27 de agosto de 1827 para reclamarle su actuación contra la institucionalidad colombiana: Apartes:

Mi apreciado general: ¿no pudo Venezuela emitir sus deseos de reformas y mejoras de un modo legal y pacífico, sin romper la unidad de la república y sin insubordinarse a las leyes y al gobierno, como lo han hecho Guayaquil y Maracaibo?

¿Era preciso y forzoso que se diese el escándalo que se ha dado, presentando la república ante el mundo cruelmente herida y destrozada? ¿Era indispensable cometer tantos atentados contra el orden constitucional como los que se han cometido en ese departamento? Yo creo que no. Todo pudo hacerse y aun lograrse sin pasar por el acerbo dolor que toda alma patriótica ha sentido con esos sucesos. Ninguno quizás más que yo ha estado tan cruelmente afligido con las desgracias actuales, o porque me crea culpable de los cargos que he visto consignados en los impresos salidos de ese departamento, y menos por los ultrajes que he recibido, sino porque amo con todo mi corazón a Colombia, digna de las más dichosa suerte…………..

Usted solo puede evitar por medios pacíficos estos males, volviendo en sí, restableciendo el orden alterado, y ofreciendo en sacrificio al bien común sus enojos, sus resentimientos, y hasta su fortuna. A una deliberación de usted tan honrosa y tan noble, nadie se opondría, porque estoy bien asegurado de que el pueblo de Venezuela y aun el ejército no están con las variaciones que se han hecho para dividir y partir a Colombia. La resistirían los principales autores de la revolución, y ellos solos podrían ser los que aguzaran los puñales para asesinarlo después de haberle tributado honores divinos; pero la población de Venezuela no es traidora a las instituciones; los pueblos no las han alterado, y antes de la asonada de Valencia del 30 de abril, ninguno se ha movido, ninguno ha alcanzado la voz para trastornar el régimen constitucional.

El personaje

Francisco Antonio Páez nació en la población de Curpa en el actual Estado Portuguesa, el 13 de junio de 1790. Provenía de una familia de origen canario, pobre y numerosa. Se dedicó al comercio de ganado y se convirtió en un excelente jinete, experto en el manejo del lazo y la lanza. En 1813 se incorporó a las fuerzas republicanas y comenzó a acumular experiencia en las guerrillas que recorrían a caballo los llanos. El 20 de enero de 1819 fue ascendido a general de división en San Juan de Payara por el Libertador. Comandó la primera división que obtuvo la victoria en el campo de Carabobo.

Durante la experiencia colombiana fue el comandante militar del departamento de Venezuela.

Después de la disolución de Colombia se convirtió en el primer presidente constitucional de Venezuela para el período 1831-1835. En 1838 volvió a ocupar la silla presidencial y en 1850 salió exilado de su país, permaneciendo 8 años en diversos países. Murió el 6 de mayo de 1873 en Nueva York, a la edad de 83 años.

Conclusión

Imbuidos del mismo desprecio contemporáneo por el acontecimiento de La Cosiata, cierta historiografía no reparó en su importancia política decisiva para la ambición colombiana, pues allí se reemplazó abierta y multitudinariamente la decisión de ser colombiano por la de llegar a ser venezolano, es decir, se trató de un abandono de la proposición realizativa más importante que se había pronunciado en la Villa del Rosario de Cúcuta durante el año 1821.

Cuando esta cosiánfira empezó nadie podía imaginar que el mismo “padre de la patria colombiana” se abandonaría “al torrente de los sentimientos patrios” y llegaría a renunciar a su voluntad de seguir siendo colombiano, amargado por “las abominables ingratitudes de Bogotá”, y se dispusiera entonces a ser solamente caraqueño y, “si puedo, seré venezolano”. El vicepresidente de Colombia, quien decía amar al Libertador, llegó pronto a esta conclusión: “Acá entre nos, desconfío mucho, porque el general Bolívar no se detiene en palabras y promesas; él lo promete todo, y poco o nada cumple. Recuerdo todas las proclamas y discursos en que ofreció sacrificarse por la Constitución de Cúcuta, etc., y él tiene mucha culpa en que esté vilipendiada”.

El año 1826 fue tan fatal para la voluntad de construcción de la nación colombiana que terminó con la decisión de renuncia a sus empleos de presidente y vicepresidente por los generales Bolívar y Santander, presentada ante la Legislatura de 1827. Se sabe que no fueron aceptadas ninguna de las dos por votación desigual de los legisladores, con lo cual se pusieron en marcha tres réplicas políticas que fueron experimentadas ante el abandono de hecho de la constitución de 1821: la gran convención constituyente de Ocaña, el poder supremo del Libertador presidente y una nueva convención constituyente en Bogotá. Ninguna de ellas pudo mantener con vida a la nación colombiana porque para ello se requería una “voluntad unánime, altamente pronunciada y firmemente decidida a sostener la obra creada”, como exigió Zea en su momento. A falta de consenso general, los sentimientos patrios impusieron la fuerza de tres voluntades distintas que hicieron tres nuevas naciones desde 1830. El diputado de Imbabura en la convención constituyente que intentó en 1830 mantener a Colombia con vida concluyó que la disolución databa del 30 de abril de 1826, un infausto día que los revolucionarios de Valencia habían conmemorado cuatro años después reuniendo allí mismo la convención constituyente que separó a Venezuela de la República de Colombia. Usando “la palabra mágica de la libertad y soberanía” trataron de “cubrir el más horrendo de todos los crímenes”.

1. Adios matica de monte. Pasaje en la voz de Alex Cárdenas

2. Murió Paéz, murió Bolívar. Pasaje de autor anónimo interpretado por el Cholo Valderrama con su voz, su silbo y su cuatro.

3. Corrido del sute. Autor anónimo. Guacharaca y merecure.

Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Guión radial emitido por UIS Stereo. Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.