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Colombia en biografía
UIS Stereo
El sueño común de construir una nación
La pregunta de hoy
Acaban de asistir a 23 días de masiva expresión del sentimiento nacional en Colombia, derivada de los éxitos de nuestro equipo nacional de fútbol en un campeonato mundial. Los representantes de todos los países del mundo se habían concertado en Brasil no para guerrear, sino para jugar, pero ese juego produjo en todos los países eclosiones de sentimientos nacionales, recordándonos que pese al avance del proceso de mundialización de todas las actividades humanas, la unidad política que ordena la convivencia humana en nuestro planeta sigue siendo el estado nacional. Oigamos al editor jefe del periódico El Tiempo expresar el colorido de este sentimiento nacional:
Grabémonos esos instantes de los 23 días en los que por primera vez millones fuimos uno solo y uno solo fue nuestro sueño. Grabémonos ese abrazo espontáneo, ese saludo inesperado, ese beso fortuito, ese apretón de manos y ese grito que sonó en todo el globo. Vale la pena hacerlo, vale la pena alojar en el archivo íntimo del recuerdo ese algo que sabíamos estaba allí y no encontrábamos la excusa para sacarlo. Porque lo vivido en todos los rincones de la patria fue un cataclismo de optimismo, de fuerza, de entrega, de pasión. El fútbol nos hizo más humanos, nos hizo ver que la tenacidad de un pueblo sí es posible convertirla en algo bueno, así sea en coraje para un equipo de fútbol que lo dejó todo en la cancha, que no se guardó nada, que no fue mezquino, ni arrogante, ni pendenciero.
Desde su posición de orientador de la opinión nacional, este periodista concluyó que nadie tenía derecho a olvidar esos 23 días, y al hacer votos por la multiplicación de lo que llamó “dicha colectiva”, concluyó que a los colombianos solo nos hacía falta una cosa: “tener un sueño común”. Es por ello que la pregunta de hoy es la siguiente: ¿desde la perspectiva de la historia es verdad que los colombianos no hemos tenido ni tenemos un sueño común?
Mi respuesta es la siguiente:
No es verdad. Desde hace dos siglos los colombianos sí hemos tenido un sueño común, y este es convertirnos en una nación de ciudadanos libres e iguales. La reciente mancha de camisetas amarillas y rojas, la explosión de banderas tricolores en todos los lugares y vehículos, la parálisis del país en la tarde del pasado viernes 4 de julio, prueban que ignorar este sueño es una equivocada percepción.
Las personas no nacen nacionales: se hacen nacionales. Y para ello se requiere que un Estado constituido emprenda y mantenga en toda su fuerza las acciones que construyen la nación cuyos asuntos públicos administran. Entendida como la universalidad de los ciudadanos, una nación del tiempo de la modernidad política no nace: se hace nación al andar de todos los procesos de nacionalización de la vida social.
El siglo XIX fue, en el continente americano, una época de construcción de nuevos estados nacionales. Fueron estos las unidades de sobrevivencia social que permitieron el avance de unos procesos de integración social más abigarrados que los que correspondían a los estados monárquicos absolutos que, como Inglaterra, España y Portugal, dominaron las sociedades del mundo atlántico durante el siglo XVIII. Hoy en día las nuevas generaciones creen que los estados nacionales ya no son las unidades de integración social más apropiadas en la circunstancia de una estrecha interdependencia de todos los estados, los mercados mundiales y la extrema reducción de los tiempos de los desplazamientos de las personas, las mercancías y las comunicaciones, pero aunque la humanidad como un todo se ha abierto paso como la suprema unidad social, ello no significa que desaparezcan las unidades anteriores que siguen integrando las personas, tales como las naciones, los grupos familiares, los cuerpos profesionales y las sociedades regionales.
El nacimiento de nuevos estados nacionales en el continente americano fue un proceso acompañado por diferenciaciones en los campos del lenguaje, la producción y el intercambio, las tradiciones culturales y los regímenes políticos. Los procesos de diferenciación de símbolos nacionales nos separaron de los antiguos de la Monarquía española en 1821, así como lo hicieron las diferenciaciones simbólicas que los noveles cuerpos nacionales emprendieron sobre el legado común de Colombia cuando esta, como unidad política, se agotó por la incapacidad de sus conductores para mantener vinculados tres grupos “naturales” de antiguos vasallos.
La construcción de una nueva nación es el aprendizaje colectivo de un nuevo lenguaje, formado por tradiciones antiguas y por innovaciones más o menos grandes, y en esa nueva habla algunos símbolos de origen particular tuvieron que ser nacionalizados. Medios de orientación y de comunicación, los símbolos patrios de una nación sirven a las personas para situarse en un mundo plural de estados nacionales distintos. Para empezar, estimularon la voluntad de separación política respecto de la nación española que nació en las Cortes de Cádiz (1810-1813), y después fueron la marca y seña en los gabinetes de la diplomacia internacional. Su fin era comunicar una identidad política diferente que se quería alcanzar en el futuro y, en el caso de la República de Colombia, fue la promesa de llegar a ser una nueva potencia en el mundo.
El documento
Francisco Antonio Zea publicó en el Correo del Orinoco su Manifiesto a los colombianos que firmó el 13 de enero de 1820. Se trataba de convocar a los antiguos vasallos del virreinato de Santafé y de la capitanía general de Venezuela a ser colombianos. Sus palabras de entonces fueron:
¿Qué os falta para ser [colombianos] sino la voluntad?... Pero, ¿por qué fatalidad, por qué destino cruel este país, el primero en el mundo físico, no solo no es el primero, pero ni siquiera existe en el mundo político? Porque vosotros no lo habéis querido. Queredlo y está hecho. Decid “Colombia sea”, y Colombia será. Vuestra voluntad unánime, altamente pronunciada y firmemente decidida a sostener la obra de vuestra creación. Nada más que nuestra voluntad se necesita en tan vasto y tan rico país para levantar un poderoso y colosal Estado, y asegurarle una existencia eterna, y una progresiva y rápida prosperidad.
La voluntad de llegar a ser colombianos fue la propuesta de un general que había alcanzado un poco más de cuatro meses antes la gloria militar en los campos de Boyacá. En el Congreso de Venezuela un puñado de políticos y militares, encabezados por Zea, acogieron con decisión la propuesta de ser colombianos: “¡Perezca el primero que concibiere la parricida idea de separar, no digo un departamento, una provincia, pero ni una aldea de vuestro territorio! ¡Perezca el que indigno del nombre colombiano se denegare a sostener con su espada, y con su corazón, la integridad y unidad de la República que habéis constituido!”.
En ese momento se creía que uniendo el territorio de un virreinato y de una capitanía general se alcanzaría un gran poderío. Zea lo dijo con las siguientes palabras:
Ninguno de vuestros tres grandes departamentos, Quito, Venezuela y Cundinamarca, ninguno de ellos, pongo al Cielo por testigo, ninguno absolutamente, por más vasto que sea y más rico su territorio, puede ni en todo un siglo constituir por sí solo una potencia firme y respetable. Pero reunidos, ¡gran Dios!, ni el Imperio de los Medos, ni el de los Asyrios, el de Augusto, ni el de Alexandro pudiera jamás compararse con esa colosal República, que un pie sobre el Atlántico y otro sobre el Pacífico, verá la Europa y la Asia multiplicar las producciones del genio y de las artes, y poblar de bajeles ambos mares para permutarlas por los metales y las piedras preciosas de sus minas, y por los frutos aun más preciosos de sus fecundos valles y sus selvas. No hay, ciertamente, situación geográfica mejor proporcionada que la suya para el comercio de toda la tierra.
La potencia de una nación era simbolizada, en el contexto de las guerras de independencia, por un escudo de armas. Este era también la base de los sellos de los papeles oficiales de los nuevos estadistas y de las monedas metálicas que corrían en el comercio. Los cuerpos armados requerían también de pabellones, cuyos colores se transmitían a las escarapelas, los gorros y los uniformes. Con el tiempo, también era necesario contar con himnos y marchas militares para inflamar el sentimiento patriótico, así como fue preciso determinar los días patrios que cada año serían dedicados a las representaciones públicas conmemorativas del nacimiento de la nueva nación. Estos fueron los primeros símbolos que experimentaron procesos de nacionalización, porque en su origen fueron invenciones arbitrarias de personas anónimas o conocidas, pero, en todo caso, singulares.
Después de la década de 1820 en la que se frustró el proyecto de construir una nación colombiana con los cuerpos de vasallos de dos antiguos reinos y de una capitanía general, desde 1831 la constitución del Estado de la Nueva Granada puso en marcha el sueño de construir una nación granadina, que desde 1863 tornó a llamarse colombiana, la que hasta hoy sigue siendo el sueño fundamental de todos los nacionales.
El personaje
Fueron muchos los personajes que contribuyeron a levantar originalmente el sueño de construir una nación colombiana, pero la memoria colectiva ha destacado, entre tantos, a cinco: de ellos dos eran caraqueños, Francisco de Miranda y Simón Bolívar, y tres eran granadinos: Francisco Antonio Zea, Francisco de Paula Santander y José Ignacio de Márquez.
Miranda fue quien inventó el nombre de Colombia para su ambición de una nación continental suramericana y quien convenció a los dirigentes de la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América para que apoyaran esta causa. Bolívar fue quien redujo en la Carta de Jamaica esa ambición a una dimensión políticamente viable, que era la unión de los vasallos que había pertenecido a las jurisdicciones del virrey de Santafé y del capitán general de Caracas. Y fue quien al frente de los ejércitos libertadores hizo posible que el proyecto comenzara constitucionalmente en la Villa del Rosario de Cúcuta. Zea fue quien redactó el Manifiesto que convocó a todos los nuevos ciudadanos a construir la nación colombiana, y ese discurso realizativo tuvo fortuna durante la década de 1820. Santander y Márquez fueron los líderes de la administración pública y de las legislaturas colombianas, consolidando en instituciones pública el ideario de la experiencia colombiana que fue legado al Estado de la Nueva Granada cuando Colombia se disolvió en 1830.
Epílogo:
El próximo 20 de julio la nación colombiana conmemora 214 años de existencia del sueño común de ser una nación moderna. El sentimiento de orgullo nacional que nos trajo recientemente la actuación de nuestro equipo de fútbol en un escenario en el que estuvieron puestos los ojos del mundo no es un episodio efímero de nuestra vida colectiva, sino el sentimiento permanente de nuestra valía nacional, fundada en las diversas experiencias nacionales que nos han labrado una posición en el concierto de las naciones. En días conmemorativos como el de mañana es que tenemos que alzar la frente y estimar en su justo valor nuestra posibilidad de existencia nacional bajo un régimen liberal y republicano, orgullosos de nuestras instituciones y de los sacrificios empeñados por tantas generaciones de hombres y de mujeres. En días conmemorativos como este es que colectivamente traemos a la memoria el sueño común que siempre hemos tenido, que es el de construir permanentemente una nación particular que llamamos colombiana, una de las más de dos centenares que en la nave espacial planetaria se reparten los océanos y la superficie emergida.
Una nación es un largo proceso de construcción de un cuerpo de ciudadanos inspirados en los valores éticos de la modernidad, esto es, en la igualdad, la dignidad y la autonomía de todas las personas. Ese proceso puede entenderse como un doble proceso de integración social que arrancó de la segregación estamental y la división provincial de los tiempos indianos. Se trata de abolir los estamentos y las etnias para que solo exista políticamente el ciudadano, por un parte, y de la otra de extinguir las provincias para que solo exista el territorio nacional con divisiones administrativas efímeras, según las necesidades del bienestar colectivo. Francia sigue siendo hasta nuestros días el modelo clásico de este doble proceso, pero en Colombia se ha ejecutado a cabalidad porque se ha avanzado en la incorporación de todas las personas mayores de 18 años a la ciudadanía y porque las provincias ya no son más que reliquias mentales.
Si ya contamos con un propósito común desde hace dos siglos, que es la construcción de un cuerpo ciudadano llamado nación, que en una década más será la unidad de sobrevivencia colectiva para 50 millones de personas, entonces: ¿cuál es nuestra carencia real? Me parece que es el sentimiento de orgullo nacional, de mayoría de edad en el concierto de todas las naciones del mundo. Dos siglos de existencia son más que suficientes para probar la viabilidad histórica de una nación, pero el abuso de la maledicencia de los periodistas y una antigua tradición social de humildad cristiana, proveniente de una máxima del Evangelio de san Mateo (23:12) dirigida contra los escribas y fariseos —“cualquiera que se enaltece será humillado, y cualquiera que se humille será enaltecido”—, han lesionado la autoestima nacional. Como la actuación del equipo nacional de fútbol en el mundial del año 2014 fue una vigorosa réplica contra la baja autoestima nacional, la opinión general que se impuso fue contra la carencia que ello significa: acudir al remedio del sentimiento de orgullo y de dignidad nacional.
Música: Canciones nacionales
-El retozo de los frailes
-Pasodoble
-La Trinitaria