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13 Colombia en biografía
UIS Stereo

El golpe de estado del general Melo

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La pregunta de hoy

En sus primeros 200 años de historia republicana, Colombia puede mostrar una sólida tradición de sucesión presidencial por medio del resultado de los comicios ciudadanos. Solo hay una excepción en el siglo XIX que fue el golpe de estado dado por el general José María Melo al presidente José María Obando en 1854, dado que el general Tomás Cipriano de Mosquera llegó a la presidencia provisional en 1861 cuando ya se había terminado el período del presidente Mariano Ospina. La pregunta de hoy en entonces la siguiente: ¿cuál fue la razón que impulsó al general Melo a darle un golpe de estado a su amigo, el presidente Obando, en el año 1854?

Mi respuesta es la siguiente:

El 29 de marzo de 1854 fue aprobado en el Senado de la Nueva Granada un proyecto de ley fundamental de la fuerza pública que asignaba seis funciones de dicha fuerza a los cuerpos de policía y a las guardias nacionales, dejándole al ejército solamente las funciones de defensa del territorio ante enemigos exteriores y el restablecimiento del orden general alterado, siendo organizado por el Congreso y mediante reclutamiento voluntario. El proyecto pasó a la Cámara de Representantes, donde fue aprobado en primer debate y se encargó su estudio a una comisión. Le correspondió al doctor Manuel Murillo Toro su estudio, ordenándosele llevar a la sesión del lunes 17 de abril el informe solicitado. Este representante consideró que el proyecto era insuficiente porque no estaba fundado en los nuevos principios de una república, según los cuales la fuerza pública se constituía por todos los ciudadanos comprendidos entre los 18 y los 60 años, dotados del derecho a portar armas y de velar por las libertades públicas, disponibles como guardias nacionales, pero sin formar cuerpos militares ni una institución especial del Estado. Cada año, el Congreso organizaría como ejército nacional una pequeña porción de esa fuerza disponible, sólo para la conservación del orden general y con cargo a los fondos asignados por el Tesoro Nacional. En las provincias ocurriría lo mismo, pero bajo el nombre de Fuerza Municipal, y en los distritos igual, bajo el título de Gendarmería. En esos cuerpos temporales, las distinciones de grado y subordinación sólo durarían durante el tiempo del servicio, al final del cual nadie tendría derecho a usar el uniforme ni distinción alguna, pues dejaría de existir la carrera militar y el escalafón de grados. En Bogotá no podía estar estacionado ningún cuerpo de ejército, con el fin de garantizar que sobre el Congreso no se diera presión alguna de parte del Poder Ejecutivo. En su opinión, el ejército permanente era por su esencia una "entidad oligárquica" y una permanente amenaza a la igualdad y a la libertad de la nación. En consecuencia, presentó un proyecto de ley fundamental de la fuerza pública sustitutivo, que la clasificaba en cuatro tipos (guardia nacional, fuerza municipal, gendarmería y ejército), quedando el ejército reducido a sólo un grupo de "individuos contratados especialmente para prestar el servicio de soldados y clases" por un año, poniéndose a órdenes del gobierno nacional. Las distinciones de grados sólo tendrían valor durante ese año de servicio, a partir del cual los soldados volverían a "la clase común de ciudadanos, sin distinción o privilegio alguno". Los servicios prestados en el ejército no darían derecho al goce de pensión una vez terminados. En una circunscripción de veinte leguas de radio, alrededor de Bogotá, no podría ser estacionado ningún cuerpo de ejército superior a 300 soldados.

La causa inmediata del golpe del general Melo fue entonces el informe y el proyecto de ley alternativo que el doctor Murillo Toro, a la sazón representante por la provincia de Vélez, leería en la Cámara de Representantes el día 17 de abril de 1854 Contando con mayorías gólgotas, era muy factible que ese día la Legislatura le hubiera puesto fin a la institución militar neogranadina y a la carrera militar. Pero en la madrugada de ese día se le anticipó el general Melo, quien cerró el Congreso para impedirlo. El golpe de estado se había consumado.

El primer paso del general Melo fue enviar sus comisionados ante el presidente Obando, "excitándole a que se pusiera al frente del movimiento y le diese dirección". Al conocerse la negativa de éste, ya no se podía volver atrás. Fue proclamado entonces el general Melo jefe del gobierno provisional por la masas reunida en la Plaza de Bolívar. Una convención nacional, "de origen verdaderamente popular", fue convocada. El general Francisco A. Obregón asumió el cargo de secretario general del gobierno revolucionario. Como secretarios del despacho presidencial fueron nombrados los jóvenes Cuenca, Consuegra y Ardila.

Desde la perspectiva del proceso de formación del monopolio de la fuerza armada, uno de pilares de los estados nacionales modernos, el general Melo fue “el hombre de la necesidad” que actuó a favor de “la razón de estado”.

El documento

Juan Francisco Ortiz es la mejor fuente conocida sobre las conversaciones privadas que sostuvieron, desde las nueve de la noche del domingo de Pascua 16 de abril, el presidente José María Obando y el general José María Melo. Esa noche, este testigo estuvo merendando en palacio con doña Timotea Carvajal – la esposa del presidente -, con el vicepresidente José de Obaldía, y otras personas, pudiendo así presenciar la llegada del general Melo a palacio y la larga charla, "a solas y en secreto", que sostuvo con el presidente. No pudo, sin embargo, imaginar cual era el contenido de esa conversación. Sólo posteriormente pudo enterarse, por boca de Juan de Jesús Gutiérrez -coronel del escuadrón Húsares- que el general Melo había regresado desde el palacio hasta el cuartel de húsares, donde pernoctaba, ya pasada la media noche, y le había dado la orden de tocar botasilla con el clarín. Una vez estuvieron ensillados todos los caballos del escuadrón, el general Melo dio la orden de montar, y salieron a la plazuela de San Francisco. De allí se dirigieron a la plaza de Bolívar, donde formaron en cuadro con la artillería que ya había preparado el coronel Arnedo. Estaban allí también, armados con fusiles del parque oficial, los miembros de la Sociedad Democrática. Cuando ya había comenzado a correr el lunes 17 de pascua, el general Melo gritó "¡Abajo los gólgotas!". Rompió entonces un bambuco, tocado por la banda militar, tronó el cañón y empezó el repique de campanas y los vivas. Según Ortiz, había caído la Constitución de 1853 y se había iniciado, "sin derramar ni una gota de sangre" y con sólo seiscientos hombres, la revolución del 17 de abril de 1854. Para consumarla, el general Melo despachó partidas de húsares a prender a los representantes Manuel Murillo Toro, Urbano Pradilla y otros, al general Tomás Herrera y al gobernador Emigdio Briceño. Cuando ya amanecía, envió una comisión integrada por Francisco Antonio Obregón, Camilo Rodríguez y Miguel León a Palacio para ofrecerle al presidente el mando supremo, rogándole que se pusiera al frente la revolución y declarara cerrado el Congreso Nacional. Pero el general Obando rehusó el ofrecimiento, con lo cual el Ejército proclamó presidente al general Melo y cristalizó así la dictadura.

El personaje

El general José María Melo nació en Chaparral en 1800 y ascendió por sus propios méritos en el escalafón militar al participar en las batallas importantes de la guerra de independencia: Boyacá, Popayán, Jenoy, Pitayó, Bomboná, Pichincha, el Portete de Tarqui, Junín, Mataró, Ayacucho y El Callao. Pagó con el destierro su adhesión a la dictadura del general Urdaneta, con quien le unían lazos familiares. Expulsado de Venezuela, se formó durante cuatro años en la Escuela Militar de Bremen, una experiencia excepcional para los neogranadinos del siglo XIX. Vuelto al país, fue rehabilitado por el presidente López, quien lo ascendió a general y le encargó la comandancia de Cundinamarca. Fue entonces cuando fundó El Orden, poniéndolo bajo la dirección de Joaquín Pablo Posada, para defender la permanencia de la institución militar contra el ataque los gólgotas. La mayor parte de sus contemporáneos reconocieron en él los atributos del militar profesional: limpieza, frugalidad, amor por los caballos, disciplina castrense y, sobre todo, honor militar. En su caso, el honor era el imperativo ético que le compelía a cumplir unos deberes respecto de la propia institución militar. Por honor, es decir, por su deber respecto de la propia existencia de la institución militar, el general Melo dio el golpe del 17 de abril. Su grito de guerra de ese día - ¡Abajo los gólgotas! – nos señala el blanco de su acción política.

Lo curioso es que los dos hombres que precipitaron este golpe de estado, el general Melo y el representante liberal Manuel Murillo Toro, eran ambos naturales de Chaparral.

El general Melo, una vez desterrado de su país, se marchó a México por la vía de Centroamérica y enroló en el ejército del gobernador militar de Tuxtla Gutiérrez, Ángel Albino Corzo, quien sostenía al presidente Benito Juárez. Encargado de defender la frontera mexicana con Guatemala, fue asesinado el 1º de junio de 1860 en la hacienda de Juncaná, Zapaluta. Su hijo Máximo, quien lo acompañó en el destierro, se hizo mexicano.

Conclusión

El general José Hilario López presentó a la Legislatura de 1855 el informe que le correspondía, como secretario de Guerra y Marina, en el cual expresó su opinión personal sobre el proyecto liberal de supresión del ejército permanente, un tema que en su opinión exigía una solución intermedia entre un principio liberal abstracto y los intereses de la propia corporación militar. Desde la perspectiva de la teoría liberal, no se requería mucha demostración para comprender la utilidad de la supresión del ejército: economía del gasto público y de los sacrificios del pueblo, pues todo reclutamiento era una violencia que se ejercía sobre los más pobres. Pero había que advertir que “el ensayo de esta nueva teoría podría tener por resultado la anarquía, el despotismo o la disolución de la Nueva Granada”.

La conscripción, que siempre recaía sobre los granadinos más pobres, causaba la desgracia de sus familias. La práctica de reclutar a los vagos o indeseables se prestaba para abusos de los reclutadores por capricho de sus pasiones. En general, la conscripción era mala en un país “donde nuestras tropas sufren malísima vida, y la prueba es que hasta los más infelices prefieren la miseria de su condición a la ventaja que se les ofrece de asegurarles la subsistencia en el servicio militar”. Aunque algunos sistemas de conscripción parecían tolerables en teoría, “el resultado práctico es siempre que los hombres se toman por la fuerza de la clase más pobre y humilde”.

Sin embargo, la eliminación del ejército permanente sería un perjuicio para la seguridad pública, pues la Nación requería de una fuerza “constantemente preparada para hacerse respetar”. ¿Cómo resolver esta contradicción entre la mala conscripción, la doctrina liberal adversa a la existencia de un ejército permanente y la necesidad de seguridad nacional?

Esta fue la pregunta clave que planteó el general López ante la Legislatura de 1855, y las conclusiones de su equilibrado balance fueron expuestas con sencillez:

1º. Que es necesario tener fuerza pública en todas las provincias de la República.

2º. Que no debe esperarse el momento del peligro para organizarla y animarla.

3º. Que conviene elevarla a un pié respetable.

4º. Que aunque dependa del Poder municipal, pueda reemplazar al ejército permanente.

5º. Que conviene establecerla bajo un sistema que esté perfectamente de acuerdo con el espíritu de la Constitución, que no exija los sacrificios que el reclutamiento causa a la clase pobre, y que su gravamen sea distribuido con igualdad.

Pese a este balance, el pié de fuerza armada fue fijado por la Legislatura de 1855 en un máximo de mil hombres, advirtiéndose que se reducirían 300 hombres si eran descentralizados los presidios, y 150 más si el Estado de Panamá organizaba su policía. El grado máximo en el escalafón militar sería el de coronel. La reducción del pié de fuerza, bajo la administración del secretario Rafael Nuñez, fue drástica: se suprimió la guarnición militar de Panamá y se redujo la guarnición de Cartagena. El estado de la fuerza militar en servicio durante el mes de octubre de 1855 en toda la República se había reducido a 373 hombres, la cifra más baja en toda la historia militar republicana. Siguiendo esta acción disolvente del ejército permanente, la Legislatura de 1856 debatió un proyecto de ley que fijaba el pie de fuerza armada en un máximo de 350 hombres, cuyo oficial de más alto rango sería apenas un teniente coronel. Solamente la consideración de los acontecimientos de la "tajada de sandía", ocurrida en Panamá durante el primer año de la Administración Mallarino, determinaron que el máximo de la fuerza armada aprobada fuese fijada en 500 hombres.

Música de Teófilo Vargas Candía, nacido en Quillacollo, Bolivia en 1886.

Interpretación al piano por María Antonieta García Meza

Tres bailecitos andinos:

6. El Republicano

13. El Liberal

21. Capitán de a caballo

Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Guión radial emitido por UIS Stereo. Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.