Los médicos profesionales del tiempo de la Independencia
Armando Martínez Garnica
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En 1810, el año del comienzo del proceso revolucionario que condujo a las declaraciones de independencia respecto de la Monarquía, sólo existían en el Nuevo Reino de Granada doce médicos graduados, casi todos con estudios en el Colegio Mayor del Rosario. Eran ellos José Joaquín García Romero, quien en 1804 había defendido nueve asertos en su examen de anatomía; Joaquín Cajiao Pombo, que en 1805 había defendido varias tesis de patología; Rafael Flórez, graduado en 1807; José María Fernández de Córdoba, que en 1804 había defendido trece asertos de fisiología; Miguel Domínguez Flórez, que en 1806 defendió varias tesis de anatomía, medicina y quirúrgica del cálculo humano; Pedro Francisco Lasso de la Vega, natural de Panamá y graduado en 1809; Juan María Pardo Álvarez, graduado en 1810; José María Valenzuela Mantilla, natural de Girón y hermano del cura de Bucaramanga, que en 1806 defendió tres asertos de medicina deducidos de la anatomía del cuerpo humano; José Fernández Madrid, cartagenero, quien defendió proposiciones sobre inflamaciones y fiebres; José Félix Merizalde, hijo del médico quiteño Miguel Ignacio de Merizalde y de una hermana del virrey Solís, quien obtuvo el premio de cien pesos ofrecido por el párroco de Bucaramanga al mejor colegial de medicina; y el antioqueño José Miguel de Uribe Restrepo. Fray Antonio Macari, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, si bien aprobó todos los cursos en El Rosario y presentó los exámenes de fisiología y anatomía, no se graduó. Agreguemos entonces a Juan Ortiz, cirujano latino, autorizado para ejercer su profesión en Cali en virtud de sus estudios en la Universidad peruana de San Marcos y su experiencia profesional en La Paz, Lima, Arequipa, Lambayeque, Santa Fe y Cuba.
Este grupo de médicos graduados fue el resultado de la cátedra de medicina establecida en el colegio mencionado desde 1802, bajo la tutela de José Celestino Mutis. Los catedráticos fueron dos: el director, don Miguel de Isla, fallecido en 1807, y el de anatomía, don Vicente Gil de Tejada. El aventajado estudiante Pedro Francisco Lasso de la Vega sustituyó a su maestro Isla en la cátedra. El traumático proceso de la independencia puso fin a los trabajos de esta cátedra y a la formación de nuevos médicos, con lo cual hasta la época de la República de Colombia no volverían a abrirse, en la Universidad Central, donde el catedrático más famoso fue uno de los primeros médicos de la escuela de Isla, José Félix Merizalde, encargado de la enseñanza de la clínica médica y la medicina legal, patología y terapéutica.
El currículo de formación diseñado por Mutis y aplicado por Isla incluyó el estudio de las ideas de Hipócrates, abriendo entonces espacio a la observación directa de los pacientes, más allá del estudio de los autores seleccionados, y a la enseñanza de la cirugía. Se introdujeron exámenes anuales, libros impresos de varios autores y el escalafón de dos títulos (bachiller y doctor). Este ideario médico fue defendido en la Universidad Central por Merizalde contra los médicos inmigrantes que trajeron las ideas de Brown y de Broussais al país, tales como Ricardo Cheyne, Roulin, Pedro Pablo Broc, Dudley y Lucio Lavoren. Esa polémica de la medicina nueva patológica (irritación/excitación) contra la anatomoclínica en ciernes fue el signo de la formación médica en los tiempos republicanos.
Terminada la mala época de la destrucción de la enseñanza de la medicina por el radicalismo liberal, con la fundación de la Universidad Nacional en 1867 resurgió la Escuela de Medicina bajo la conducción de Antonio Vargas Reyes. Formado en la escuela anatomoclínica francesa durante su estancia de estudios en París, con algunos colegas fundó La Lanceta, el primer periódico de medicina, cirugía, historia natural, química y farmacia. Pariente y paisano de ese primer decano fue el también decano Antonio Vargas Vega, autor del primer Manual de Medicina doméstica o guía sencilla y práctica para el conocimiento y curación de las enfermedades más comunes en Colombia, publicado en Bogotá durante el año 1887 y dedicado al doctor Jorge Vargas; "ilustre decano de los médicos de Colombia".
Las primeras generaciones de médicos profesionales colombianos no eran inmunes a la política. El catedrático Vicente Gil de Tejada no pudo aceptar el cambio revolucionario y se marchó del país. En cambio, José Fernández Madrid y José Félix Merizalde se lanzaron de lleno a la actividad revolucionaria. El primero fue uno de los publicistas más destacados del Argos Americano y presidente del gobierno de la confederación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Salvó la vida pero fue desterrado a la isla de Cuba, donde unió a la práctica profesional el talento poético que lo hizo famoso en el mundo de las letras. El segundo se convirtió en médico militar en los ejércitos patriotas hasta su captura, cuando fue destinado por Morillo al servicio gratuito de los hospitales militares. Bolívar lo nombró inspector general de hospitales, un oficio que desempeñó por una década, con lo cual recibió el grado de teniente coronel. Además fue legislador en varios congresos republicanos y sospechoso de colaborador en la conspiración septembrina, lo que le valió el destierro a Tunja.
Vargas Reyes y Vargas Vega, provenientes de Charalá, fueron liberales radicales, como buena parte de los médicos del tiempo de la experiencia federal. Por ello el último de los nombrados, junto a Manuel Plata Azuero y Rafael Rocha Castilla, fueron separados de sus cargos de catedráticos por su oposición a la política regenerada de Rafael Núñez, en los tiempos del decanato de Liborio Zerda. No hay que extrañarse por esto, pues la revolución y la independencia fueron asuntos de profesionales: abogados, médicos y curas. El tiempo de los soldados llegó después, cuando la guerra civil se apoderó del país.