La revolución en las provincias orientales del Virreinato
Armando Martínez Garnica
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El 4 de julio de 1810 se produjo en la ciudad de Pamplona un motín que destituyó al corregidor Juan Bastús, un catalán que había recibido su título del valido del rey Carlos IV, don Manuel Godoy. Los cabecillas de este movimiento fueron los parientes de doña Águeda Gallardo de Villamizar y algunos jóvenes abogados, escandalizados por la causa que aquel había abierto contra ella por un desacato acaecido el día de la festividad de San Pedro. Las funciones del gobierno superior fueron depositadas en el cabildo y en algunos beneméritos y eclesiásticos que “reasumieron provisionalmente la autoridad provincial”, pero el acta que formalizó la junta de gobierno provincial solo fue firmada el 31 de julio siguiente en un cabildo abierto que fue convocado para dar respuesta a la posibilidad de establecer una “confederación general”. Fue entonces cuando, “reasumiendo la autoridad que residía en nuestro legítimo soberano”, se integró una junta provincial con los miembros del cabildo y seis vocales más, quedando como secretario el doctor Francisco Soto. Esta junta acordó la conservación de la religión católica, la obediencia a Fernando VII, la adhesión “a la justa causa de la nación”, y la “absoluta independencia de esta parte de las Américas de todo yugo extranjero”, que en ese momento significaba el Imperio de Napoleón Bonaparte.
El 9 de julio siguiente comenzó un nuevo motín de los vecinos de la villa de Nuestra Señora del Socorro contra su corregidor, el asturiano José Francisco Valdés Posada, provocado por el dispositivo militar que este había montado en la villa para conjurar acciones hostiles de los alcaldes. Una orden dada desde un balcón del cuartel a las siete de la noche de este día, desobedecida por tres transeúntes, desencadenó una refriega con los soldados en la que perdieron la vida ocho personas. Al siguiente día el corregidor y la tropa se fortificaron en el convento de los capuchinos para resistir el acoso de miles de campesinos llegados de algunas parroquias, capitaneadas por sus curas. El doctor Miguel Tadeo Gómez fue uno de los oradores principales de la jornada de este día 10 de julio, en la cual el corregidor terminó rindiéndose ante la muchedumbre. El día siguiente se constituyó la Junta de gobierno con los miembros del cabildo y seis beneméritos que fueron asociados, la cual cursó invitaciones a los otros dos cabildos del corregimiento (San Gil y Vélez) para que enviaran sus respectivos diputados.
El acta de erección de esta junta manifestó “a la faz del universo la justicia y legitimidad” de su existencia, y aseguró que los socorranos estaban decididos a conservarle su provincia “a su legítimo soberano, el señor don Fernando VII, sin peligro de que los favoritos de Godoy, y los emisarios de Bonaparte, nos esclavicen dividiéndonos”. El compromiso con la doble defensa de la religión católica y del rey le fue recordado al presidente de la Junta por el párroco de Simacota, José Ignacio Plata, con ocasión de la jura del acta constitucional del 15 de agosto siguiente: “Sostener los tres santos objetos de nuestra independencia, que lo son: la Religión, la Patria, y el desgraciado Fernando Séptimo y su dinastía”. Como los vecinos de Vélez se negaron a integrar la Junta provincial, solo pudo ser integrada por diputados de las villas del Socorro y de San Gil.
El cabildo de la ciudad de Girón, que desde la reforma del antiguo corregimiento de Tunja había sido integrado a la jurisdicción del nuevo corregimiento de Pamplona, tan pronto supo de la destitución del corregidor adoptó la postura de repudiar a la Junta de Pamplona, invitando a la cercana parroquia de Piedecuesta a secundarla, mientras promovía la adhesión al Consejo de Regencia. La consecuencia práctica fue la separación de Girón respecto de su reciente cabecera de corregimiento, un movimiento encabezado por su hijo más ilustrado, Juan Eloy Valenzuela, a la sazón párroco de Bucaramanga. El 30 de julio de 1810, reunidos más de 200 vecinos en la casa consistorial, fue restaurada la antigua gobernación de la provincia de Girón y elegido el cura Valenzuela para ejercer este cargo, acompañado por una junta integrada por José Ignacio Ordoñez Valdés, Marcos Arenas y Miguel Valenzuela. Fue jurada la fidelidad a “la monarquía hereditaria de Fernando VII (que Dios guarde) si la Providencia le restituye al trono de las Españas”, y adoptadas algunas reformas fiscales para ayudar a los cultivadores de tabaco y a los lavadores de oro.
Esta acción produjo un efecto inesperado: la parroquia de Piedecuesta, que ya había tramitado en la Corte su erección en villa de San Carlos, declaró su independencia de la gobernación de Girón y se puso bajo la protección de la Junta de Pamplona. Lo mismo hizo la parroquia de Bucaramanga, proclamándose villa independiente de San Laureano. El 28 de octubre de 1810, una partida de gironeses enviada por su Junta fue emboscada por los vecinos de Piedecuesta, quienes habían tomado el control sobre la alcaldía partidaria de Los Santos, resultando varios muertos. Amargado, Juan Eloy Valenzuela se quejó del “éxito de las escandalosas pretensiones de Pamplona sobre Girón”, cuya Junta había “apoyado y sostenido la independencia de Piedecuesta” respecto de su antigua cabecera provincial. Por su parte, la Junta del Socorro aprobó, el 25 de abril de 1811, auxiliar a Pamplona con una partida de cien hombres armados en un esfuerzo conjunto por subordinar de nuevo al cabildo de Girón a “su matriz” y hacerlo desistir “del sistema que tiene adoptado”.
Así comenzó el proceso revolucionario que llevó a la guerra civil y a las declaraciones solemnes de independencia en los dos corregimientos de Pamplona y Socorro, que por efecto de la restauración monárquica de 1816 no han sido aún encontradas. Los valles de Cúcuta se convirtieron en el escenario de la guerra entre las fuerzas leales al Consejo de Regencia, coordinadas desde Maracaibo, y las fuerzas del Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, comandadas por el general Bolívar.
“El tratamiento humano que damos a nuestros crueles perseguidores presentará a la posteridad al Pueblo Socorrano, en medio de sus discusiones civiles, revestido de aquel carácter de virtud que nos pinta la historia como un fenómeno político de que no había ejemplo antes de la revolución de Norteamérica, y que parecía reservado exclusivamente a los dichosos habitantes de Filadelfia”. Representación del Cabildo del Socorro al virrey Amar y Borbón, 16 de julio de 1810.
“¿Juran ustedes unión, amistad y liga con las provincias comarcanas, y con todas las demás, así de la costa, como de lo interior, que quieran entrar en la Confederación General del Nuevo Reyno, para sostener su independencia y libertad contra cualquiera enemigo que le acometa por fuera, o los partidos que puedan levantarse en lo interior?”. Acta de la Junta de gobierno de la ciudad de Girón, 30 de julio de 1810.