La batalla de Boyacá en sus testimonios documentales
Armando Martínez Garnica
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Libro copiador de las órdenes de la División de Vanguardia del Ejército de Operaciones sobre la Nueva Granada, de que es comandante en jefe el general de brigada ciudadano Francisco de Paula Santander. Anotaciones del 31 de julio al 18 de agosto de 1819 en Bonza, Tunja y Santafé.
Recuerdo del presbítero Andrés María Gallo y Velasco, cura excusador del pueblo de Ramiriquí, sobre la llegada del Ejército Libertador a la provincia de Tunja. Anotaciones del 7 de julio al 7 de agosto de 1819 en la hacienda de Toca, Tasco, Corrales, Gámeza, Pantano de Vargas y Tunja.
Diario militar, que comprende desde el cuatro hasta el siete de agosto [de 1819], con respecto a la División, llevado por teniente coronel don Sebastián Díaz, jefe del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme. Anotaciones del 6 y 7 de agosto de 1819 en Motavita y el campo de Boyacá.
Declaración del teniente coronel Juan Loño, comandante del tercer batallón de Numancia y gobernador interino de la provincia de Tunja. Turbaco, 9 de septiembre de 1819.
Declaración del teniente coronel Sebastián Díaz, jefe interino del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme. Turbaco, 10 de septiembre de 1819.
Boletín número 4 del Ejército Libertador de la Nueva Granada. Ventaquemada, 8 de agosto de 1819.
Recuerdo del coronel Manuel Antonio López Borrero sobre la batalla de Boyacá, dirigido a los senadores y representantes de los Estados Unidos de Colombia. Anotaciones del 3 a 11 de agosto de 1819 en Tunja, campo de Boyacá y Santafé.
Reminiscencias del general Thomas Charles James Wright Montgomery. Anotaciones del 11 de julio al 7 de agosto de 1819.
Declaración de Juan Martínez de Aparicio y Juan Barreda. Santafé, 8 de agosto de 1819 a las nueve y media de la noche.
Carta del virrey Juan Sámano dirigida al general Pablo Morillo. Santafé, 8 de agosto de 1819, 9 de la noche.
Acuerdo de la Real Audiencia de Santa Fe. Santafé, madrugada del 9 de agosto de 1819.
Boletín número 5 del Ejército Libertador de la Nueva Granada. Santafé, 11 de agosto de 1819.
Diario de Joaquín Acosta. Santafé, anotaciones de los días 9 a 12 de agosto de 1819.
Comunicación del virrey Juan Sámano dirigida al gobernador de la provincia de Antioquia.
Nare, 12 de agosto de 1819.
Carta de don Joaquín García Jove a don Domingo Duarte. Cartagena, 30 de agosto de 1819
El general Simón Bolívar en la campaña de la Nueva Granada. Relación escrita por un granadino [seudónimo de Francisco de Paula Santander] que, en calidad de aventurero y unido al Estado Mayor del Ejército Libertador, tuvo el honor de presenciarla hasta su conclusión. Pore, capital de Casanare, a 4 de octubre de 1819.
Las consecuencias de la batalla de Boyacá
La batalla dada en los alrededores del puente de Boyacá el día 7 de agosto de 1819 entre la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme y las dos divisiones del Ejército de Operaciones sobre la Nueva Granada pudo interpretarse como un “acontecimiento
histórico” por sus consecuencias políticas: la destrucción de las instituciones monárquicas en el Virreinato de Santafé y la formación de un Estado de régimen republicano en la República de Colombia que se constituyó en la Villa del Rosario de Cúcuta menos de dos años después.
Mucho menos encarnizada que la batalla dada en el campo del Pantano de Vargas, donde la lucha cuerpo a cuerpo fue más mortífera y cobró mayor número de vidas, la batalla del campo de Boyacá fue decisiva porque las tropas al servicio del virrey “volvieron caras”. Dos días después se produjo la huida del virrey, de los funcionarios de la real audiencia y de muchos españoles por el camino de Honda, con lo cual, al atardecer del 10 de agosto siguiente, entró el general Bolívar a palacio para organizar el nuevo gobierno que administró el dominio sobre todas las provincias que fueron “liberadas” por los ejércitos patriotas.
Un buen relato histórico se hace con las mejores fuentes disponibles. Dada la naturaleza patriótica de la memoria social de este acontecimiento, cultivada durante los dos últimos siglos en las instituciones escolares y en las conmemoraciones públicas, así como en las representaciones periódicas de los cuerpos armados del Ejército Nacional, el relato popular se desliza hacia la ficción. Es cierto que toda nación requiere relatos míticos para representarse sus orígenes, pero también es cierto que el desarrollo de la ciencia histórica requiere un esfuerzo de revisión y crítica de la memoria colectiva. A diferencia del relato de la memoria, que no precisa fuentes conocidas ni de control social en su uso político, el relato histórico debe regirse por el canon del método de la ciencia histórica: la labor crítica de las mejores fuentes conocidas.
Al completar dos siglos de experiencia republicana en Colombia, hecha posible desde 1819 por el acontecimiento de la batalla de Boyacá, que permitió la destrucción de las instituciones superiores del Virreinato de Santafé, la nueva generación de colombianos, huérfana del aprendizaje metódico de la ciencia histórica por una mala aplicación de una decisión curricular del Ministerio de Educación, necesita construir de nuevo el relato de la historia de la nación colombiana. Y ello solo es posible con las mejores fuentes disponibles.
Tal es la intención de este pequeño libro: proveer las mejores fuentes disponibles sobre el acontecimiento de la batalla de Boyacá para que los ciudadanos ilustrados se formen una mejor representación de un acontecimiento histórico de gran significado para la gesta de una nación moderna de ciudadanos, que ya completa una existencia bicentenaria.
Libro copiador de las órdenes de la División de Vanguardia del Ejército de Operaciones sobre la Nueva Granada, de que es comandante en jefe el general de
brigada ciudadano Francisco de Paula Santander.
Anotaciones del 31 de julio al 18 de agosto de 1819.
En las poblaciones de La Trinidad, a orillas del río Pauto; La Laguna y Pore, en los llanos del Casanare, el general Francisco de Paula Santander organizó un ejército de operaciones para obrar sobre la capital del virreinato de Santa Fe, intentando restaurar el régimen republicano que se había experimentado allí entre 1810 y 1816. Desde el 6 de enero de 1819 fue abierto en La Trinidad un libro copiador de las órdenes dadas diariamente por el general Santander, comandante en jefe de este ejército, para mantener la disciplina militar y su régimen. El teniente coronel Pedro Fortoul fue nombrado mayor general de este ejército el 4 de febrero de 1819, jefe del Estado Mayor, cuyos cuerpos de infantería organizados entonces eran los dos siguientes:
-El Primer Batallón de Cazadores de la Nueva Granada, comandado por el capitán mayor Joaquín París, integrado por cinco compañías que se pusieron a órdenes de los capitanes José Vegal, Ramón Zapata, Juan José Patria, Narciso Lobo-Guerrero y Fernando Vargas; y
-El Primer Batallón de Línea de la Nueva Granada, comandado por el teniente coronel Antonio Obando, integrado por cinco compañías puestas a órdenes de los capitanes José Leal, Joaquín Vargas Tejada, Manuel Dabouza, Feliciano Gómez y José María Ramos.
El 13 de marzo siguiente se organizó el Escuadrón Guías del General, bajo la comandancia del capitán Antonio María Durán, integrado por dos compañías puestas a órdenes de los capitanes Juan Teodoro Hurtado y Trinidad González.
Este Ejército de Operaciones organizado en el Casanare fue puesto el 31 de mayo de 1819 a órdenes del Ejército Libertador de Venezuela, comandado por el general Simón Bolívar, cuyo jefe de Estado Mayor era el general Carlos Soublette. Estos dos ejércitos, reunidos en Tame, comenzaron la campaña de la Nueva Granada ascendiendo la cordillera andina hacia el corazón del Virreinato. El 15 de junio siguiente ordenó el general Soublette que el Ejército del Casanare, bajo el mando del general Santander, se denominaría en adelante División de Vanguardia. El ejército que había llegado de Mantecal, con sus tropas de infantería, caballería y legión extranjera, en adelante se denominaría División de Retaguardia, bajo el mando del general Antonio Anzoátegui. El cuerpo de artillería llegado se unió a los zapadores del Casanare en un único cuerpo, a órdenes del coronel Bartolomé Salom. El coronel Pedro Fortoul y el teniente coronel José María Córdova serían los jefes de estado mayor, respectivamente, de las divisiones de Vanguardia y de Retaguardia.
Al amanecer del 17 de junio de 1816 salieron estas dos divisiones de Tame por la ruta de Nunchía, Paya, Tutasá, Verdugues y Socha, adonde llegaron el 5 de julio siguiente. Siguieron por los Aposentos, Gámeza y Tasco, ya en la provincia de Tunja. Los cuerpos de caballería de la división de Retaguardia fueron reorganizados en Tasco como brigada, a
órdenes del coronel Justo Briceño, y quedó integrada desde entonces por el regimiento que unió a los escuadrones de Dragones y de Infantes, bajo el mando del teniente coronel Leonardo Infante; el escuadrón de Lanceros que era mandado por el teniente coronel Juan José Rondón, y el escuadrón de Dragones, mandado por el capitán Mellao. Las dos divisiones siguieron su camino hacia Betéitiva, Cerinza, Bonza y el Pantano de Vargas. El fragmento del libro copiador de las órdenes diarias para la División de Vanguardia, como también de las órdenes generales para las dos divisiones del Ejército Libertador, que se ofrece a continuación, se inicia en Bonza el último día del mes de julio de 1819.
Año 1819. 9.º
Orden de la División de Vanguardia del 31 de julio de 1819, en Bonza.
De orden del señor general [Francisco de Paula Santander,] queda encargado de la Mayoría de la División, por mi ausencia, el capitán Pedro Galindo.
El jefe de Estado Mayor,
[Pedro] Fortoul [rubricado]
Las brigadas de los cuerpos harán recoger el sebo y cueros del ganado que se invierta en racionar la División y entregarán uno y otro al comisario de ella, y este al proveedor general del ejército.
El jefe de Estado Mayor interino,
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden general para el 31 de julio de 1819, en Bonza
Jefe de día para mañana, el teniente coronel graduado Valentín García.
Servicio el acostumbrado.
Se prohíbe que la tropa abra portillos en los paredones. La Vanguardia celará los del corral que ocupa y los de la derecha; la Retaguardia también los que ocupa, y los de la izquierda. Estados de armamento, municiones y fuerza para mañana con expresión de la alta y baja ocurrida desde el 25.
Orden de la División de Vanguardia
Oficial de día para hoy, el capitán Leal. Para mañana, el capitán Maldonado. El batallón de Línea dará el servicio. Cazadores, rondas y patrullas.
De orden del señor general se repone a su empleo el sargento Valdés. Los estados que se previenen en la orden general estarán en esta Mayoría para formar el que corresponde, a las 6 de la mañana sin falta.
El jefe de Estado Mayor interino,
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden general para el 1º de agosto de 1819
Jefe de día para mañana, el teniente coronel graduado José Ignacio Pulido.
Servicio el acostumbrado.
Orden de la División de Vanguardia
Oficial de día para hoy, el capitán Maldonado; para mañana, el capitán José Vegal. El batallón Cazadores dará el servicio; el de Línea, rondas y patrullas.
Habiendo muchos oficiales pedido licencia al señor general, y faltado al término que se les ha prefijado volviendo al campo después de cumplido, previene que mientras permanezca la fuerza en el que ahora ocupamos, ningún individuo de la División solicitará permiso para salir afuera.
El jefe de Estado Mayor interino,
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden general para el 2 de agosto de 1819
Jefe de día para hoy, por enfermedad del teniente coronel graduado Pulido, y por estar de baja el teniente coronel París, el sargento mayor [José Rafael de] las Heras. Jefe de día para mañana, el señor coronel Ambrosio Plaza.
Su Excelencia ha dispuesto que a las reclutas del Socorro, agregándoles las guerrillas del teniente Báez, se forme un batallón de milicias con la denominación de Voluntarios del Socorro, y que se agregue a la Vanguardia, y que con la recluta de esta provincia se forme otro también de milicias con la denominación de Voluntarios de Tunja, y que se agregue a la División de Retaguardia.
El señor general Anzoátegui ha nombrado para su edecán al subteniente Antonio Uscátegui.
Orden de la División de Vanguardia
Oficial de día para hoy, el capitán José Vegal. Para mañana, el capitán José Leal.
El batallón de Línea dará el servicio. El de Cazadores, rondas y patrulla.
El subteniente José María Vargas y el teniente Monsalve han pasado de orden de Su Excelencia al batallón de Voluntarios del Socorro.
El jefe de Estado Mayor interino,
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden general del 4 de agosto de 1819
Jefe de día para mañana, el teniente coronel Leonardo Infante.
Todo el ejército se pondrá sobre las armas a las 5 de la tarde, a cuya hora cargará el parque y comisaría. Todos los jefes y oficiales estarán a la cabeza de sus respectivos puestos. El toque de marcha indicará el momento de ejecutarse este movimiento.
Orden de la División de Vanguardia
Jefe de día para hoy, el capitán Maldonado; para mañana, el capitán Vegal. El servicio lo dará el batallón de Línea. El batallón Cazadores, rondas y patrullas.
El jefe de Estado Mayor interino,
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden de la División de Vanguardia para el 6 de agosto en Tunja
Jefe de día para hoy, el capitán Leal. Para mañana, el capitán Vegal.
Servicio lo dará el batallón Cazadores; y el batallón de Línea, cuatro rondas y otras tantas patrullas.
[Pedro] Galindo [rubricado]
[Entre el 7 y el 13 de agosto de 1819 no se registró ninguna orden general en este libro]
Orden de la División de Vanguardia para el 14 de agosto, en Santa Fe
Se reconocerá para capitán mayor al que lo es graduado de teniente coronel José Domingo Araos, por teniente al graduado de capitán Manuel Santa Cruz y al que lo es Gregorio Correa, por subteniente al ciudadano Gil Ricaurte.
Para mañana a las doce se dará un estado de fuerza, armamento y municiones, expresando los individuos que han venido de Casanare.
[Pedro] Galindo [rubricado]
Orden general del ejército libertador para el 17 de agosto de 1819
Habiendo considerado Su Excelencia [el Libertador Simón Bolívar] necesario que yo pase a las provincias del Socorro, Tunja y Pamplona, con el objeto de dar las disposiciones convenientes a la organización de los cuerpos mandados levantar en dichas provincias, ha dispuesto que el señor general de brigada Francisco de Paula Santander se encargue del Estado Mayor General durante mi ausencia. Su Excelencia se ha servido nombrar por su edecán al voluntario ciudadano Manuel Ibáñez. El ciudadano F. Ricaurte está encargado de la provisión del ejército, y la distribución se hará con arreglo al reglamento de ración publicado en órdenes generales y en las siguientes cantidades: una libra de pan, libra y media de carne, cuatro onzas de menestra, media onza de sal y la leña suficiente. Para cada cosa se hará una papeleta.
Orden de la División de Vanguardia del 18 de agosto de 1819, en Santa Fe
Se previene que los encargados de sacar las raciones lo hagan desde las 6 hasta las 10 del día, no debiendo pasar de esta hora.
Las papeletas se harán cada una por separado, una para pan, otra para carne, y otra para cada uno de los artículos. Será necesaria una papeleta por separado, para evitar confusión.
Se reconocerá por el gobernador de la plaza al señor coronel Manrique y por su ayudante al teniente Céspedes.
[Pedro] Galindo [rubricado]
Este libro copiador fue publicado por Enrique Otero D’Costa en el Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XXVIII, no. 326 (diciembre de 1941), p. 1098-1150. Fue reeditado en Diarios de campaña, libros de órdenes, y reglamentos militares, 1818-1834, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1988. Publicado también por Fray Alberto Lee López y Horacio Rodríguez Plata (recop.) en Documentos sobre la campaña libertadora de 1819, Bogotá, Antares, 1970, tomo I, p. 66-116. Edición facsimilar y transcripción, con prólogo y notas de Guillermo Hernández de Alba, Bogotá, Banco Cafetero-Litografía Arco, 1969.
Recuerdo del presbítero Andrés María Gallo y Velasco, cura excusador del pueblo
de Ramiriquí, sobre la llegada del Ejército Libertador a la provincia de Tunja.
7 de julio a 7 de agosto de 1819
Natural del pueblo de Tuta (Boyacá), Andrés María Gallo y Velasco nació el 4 de febrero de 1791 en el hogar formado por don Andrés Gallo y doña Juana Velasco. Por sus conocimientos como doctor en Derecho fue incorporado a la Corte de Justicia de la República de Tunja, durante la experiencia de las primeras repúblicas independientes, donde también fue miembro de su Colegio Electoral y Legislativo. En el tiempo de la restauración
monárquica recibió el título de doctor en Teología y recibió las órdenes como presbítero. Fue desde entonces párroco de varios pueblos de los departamentos de Boyacá y Cundinamarca, durante la experiencia colombiana, y fue miembro de las cámaras legislativas, además de constituyente en Ocaña. Desde 1857 fue canónigo de coro en la catedral de Bogotá, y desde 1859 vicario general del Arzobispado, en tiempos del arzobispo Herrán. Falleció en Bogotá el 14 de abril de 1863.
Los siguientes recuerdos sobre la llegada del Ejército Libertador, procedente del Casanare, a la provincia de Tunja, fueron dictados a uno de sus discípulos, don Máximo A. Nieto, quien en Bogotá se los facilitó a Juan B. Pérez y Soto, la persona que los hizo publicar por primera vez en El Nuevo Diario de Caracas, el 9 de agosto de 1919. De inmediato fueron incluidos en el Boletín de la Academia Colombiana de Historia.
En el mes de junio de 1819, estando yo de cura excusador de Ramiriquí, fui invitado por mis padres a pasar con ellos los días de San Juan y San Pedro. Por esto fui a casa de mis padres, que por entonces era la hacienda de Toca, a la cual se habían retirado, por evitar desmanes y atropellos a mis hermanos, y salvar los animales de las comisiones diarias enviadas de Tunja y Sogamoso, en donde estaba el general Barreiro con su ejército.
Estuve con mi familia los últimos días del mes de junio y los principios de julio, y fijé el día 8 para volver a mi curato. Pero aconteció que el día 7 de julio, por la noche, después de rezar en familia el rosario, los perros de la casa latieron con insistencia, y todos temíamos la llegada de una comisión militar, y mis hermanos y los mozos de la casa de dispusieron a huir. Mi madre envió a las sirvientas a que averiguaran la causa de aquel alboroto, y estas regresaron, introduciendo a la sala una mujer que buscaba a mi padre, la cual le dijo que su amo, don Agustín Combariza, le enviaba desde Tibasosa con una razón y ese papel, y lo entregó a mi padre, quien lo leyó a la luz de una vela que había sobre la mesa. Y al terminar, se volvió a la mujer, y le dijo:
—Yo no he comprado tales corderos, y [a] nadie le debo nada.
La mujer lo interrumpió y le dijo:
—No se incomode Su Merced, que ese papel me lo dio mi amo para que embobara a los chapetones, si me encontraba con ellos. Lo que sí le mandó decir a Su Merced es que el general Bolívar salió antier a Socha y Tasco, con un ejército muy grande; pero vienen tan necesitados, desnudos y enfermos, y todos a pie, que si los patriotas no los ayudan, quién sabe lo que sucederá. Mi patrón dice que hay que mandarles ropa, cobijas, bestias, y todo lo que se pueda, y que le pase Su Merced este recado a los señores de los pueblos vecinos, para que hagan lo mismo; y si Su Merced determina mandar algo, eso se puede hacer por el páramo, por donde yo he venido, y se puede juntar con lo que algunos señores de Tibasosa tienen ya listo. Dígame Su Merced, y yo, que me vuelvo esta noche, avisaré, para que lo salgan a encontrar al Alto de los Frailes, que es el punto donde hay riesgos, por atravesar el camino real.
Mi madre envió a la mujer al interior, para que le dieran algún refrigerio; y quedamos en la sala todos, como atontados por la noticia, y sin resolver nada a derechas. Pero mi madre, que se entusiasmó con la noticia, resolvió al punto que dos de mis hermanos se fueran a
buscar servicio en el Ejército patriota, con los muchachos de la casa; que se llevaran todos los caballos…
—Menos el tuyo –dijo mi padre.
Y ella, con vivacidad y entusiasmo, replicó:
—Mi caballo es el primero que se va, porque lo regalaré al Libertador.
Se convino en mandar la ropa y cobijas que se pudiera, sobre los caballos, y se despachó un muchacho al pueblo vecino de Siachoque, a llevar la noticia al señor José María Manuel Vásquez, quien había salido de Tunja con su familia.
Hubo enseguida discusión sobre cuál de mis hermanos debía quedarse, pues todos querían irse, y mi madre lo resolvió, indicando que debía quedarse Ambrosio, que era el menos alentado, y entonces resolví yo irme con mis hermanos, lo cual desaprobó mi padre, y aprobó mi madre, diciéndome:
—Si usted se va, Andrés, dígale al Libertador que le mando mis dos hijos para que le sirvan a la Patria, y mi caballo zaíno, para que lo use también en nombre de la Patria y en el mío.
Volvió a la sala la mensajera, que se llamaba Rosalía Zambrano, y se le dijo lo resuelto, para que a la noche siguiente salieran a encontrarlos; y como a las diez de la noche tomó el camino de vuelta.
Al día siguiente, como a las cuatro de la tarde, vino por el páramo el joven Cayetano Vásquez, hijo del patriota del mismo nombre, fusilado en Tunja por los españoles, y traía un muchacho con un caballo de cabestro, sobre el cual, a guisa de enjalma, se habían puesto bastantes cobijas y ropa.
A lo que anocheció partimos para el páramo, ya la despedida dejó a mis padres muy apesarados. Afortunadamente había luna, y después de media noche atravesamos el camino real, y allí encontramos a la misma Rosalía Zambrano, quien, por una bajada muy pendiente y escabrosa, nos condujo a la casa del señor Combariza, quien nos aguardaba y tenía listos ocho caballos ensillados, y sobre las sillas, ropa y cobijas. Seguimos, y pasamos por un lado del pueblo de Tibasosa, a dar a la casa del señor Domingo Castillo, en Tocogua, en la cual nos detuvimos lo puramente preciso para tomar unos huevos y chocolate; y de allí, guiados por el joven Luis Castillo y otros muchachos, que llevaban cada uno un caballo de cabestro, llegamos al amanecer al río Sogamoso, en un punto llamado Cuche. En este pueblo, bastante poblado, había mucho movimiento, y un señor Peña, de Santa Rosa, tenía ya lista una partida numerosa de patriotas que iban a incorporarse al Ejército.
De allí seguimos para Busbanzá a los Aposentos de Tasco, lugar en el cual se nos dijo que encontraríamos al Libertador; a los cuales llegamos, pero tuvimos que detenernos, porque el Libertador no estaba en la casa. No obstante, nos hicieron entrar a la casa y colocar en el patio la brigada que llevábamos.
Como a las cinco llegó el Libertador con sus edecanes, y al entrar al patio, preguntó quién había traído esos caballos. Aguardé a que se desmontara, y luego me le acerqué, lo saludé, y le dije:
—Mi madre le manda ofrecer sus dos hijos aquí presentes, para que sirvan a la Patria, y este caballo zaíno para que usted lo use en su nombre; los señores que me acompañan son
mis dos hermanos, Fernando y Manuel; el joven Cayetano Vásquez, hijo del patriota del mismo nombre, fusilado por los españoles en Tunja, hace dos años y medio; el joven Luis Castillo, hijo del señor Domingo Castillo, y los muchachos de nuestras respectivas casas. De estos caballos, once le manda mi padre, tres el señor José María Manuel Vásquez, abuelo del joven aquí presente; otros ocho le envía el señor Agustín Combariza, y cinco el señor Domingo Castillo. Todos envían, además, cobijas y ropa, porque se ha sabido la necesidad que el Ejército tiene de este auxilio.
El Libertador se acercó al caballo zaíno, lo miró, lo acarició, y dijo:
—Es un hermoso animal. Dígale usted, doctor, a su señora madre, que admiro, en primer lugar, el envío que me hace de sus hijos, y lo mismo a los señores Castillo y Vásquez. Que acepto, agradecido, el regalo que me hace de este soberbio caballo; pero que más admiro y agradezco el sentimiento que se revela en este obsequio.”
Enseguida dio unos pasos por el corredor, y como hablando consigo mismo, dijo:
—¡La mujer!… ¡la mujer!… Nuestros antepasados la consideraban inferior al hombre, y nosotros la consideramos nuestra igual… unos y otros estamos grandemente equivocados, porque la mujer no es muy superior… Dios la ha dotado de gran perspicacia y sensibilidad, y ha puesto en su corazón fibras delicadísimas, cuerdas muy sensibles a todo lo noble y elevado. El patriotismo, la admiración y el amor hacen vibrar esas cuerdas, y de ahí resultan la caridad, la abnegación y el sacrificio. Si así no fuera, las damas de la provincia de Tunja, ante cuya caridad y abnegación me descubro con respeto (y se quitó el morrión), no habrían podido realizar el milagro que han hecho, y que todos palpamos. Henchidas por dos sentimientos, al cual más noble y elevado, la caridad y el patriotismo, han vestido al desnudo, saciado al hambriento, aliviado al adolorido y fortalecido al falleciente. Los patriotas se han comportado a maravilla, pero este era su deber. Pero sobre todo esto brilla el caluroso sentimiento patriótico de las señoras, con el cual han devuelto a un montón de hombres descorazonados y vacilantes su antiguo brío, su impetuoso valor y sus muertas energías; y todavía más: les han devuelto la fe. Sin este milagro, los españoles, en el primer encuentro, nos habrían arreado como a un rebaño de corderos (se volvió a poner el morrión y continuó). Pero hoy no sucederá eso: una causa que cuenta con tales sostenes es incontrastable, y un ejército impulsado por tales estímulos es invencible… Dígale usted todo esto a su señora madre.
Enseguida, dirigiéndose a mis hermanos y a los dos jóvenes, les dijo:
—A ustedes los voy a incorporar en el batallón Albión, compuesto de ingleses, para que ellos vean que por acá hay también gente blanca y bien parecida, y sus muchachos irán al batallón del comandante [Joaquín] París, compuesto de pamploneses, cucuteños, socorranos y tunjanos; allí quedarán bien.
Se dirigió luego a un coronel Freites, y le dijo:
—Hágame cuidar el caballo zaíno; y de los otros, escoja los dos mejores y lleve uno al general Anzoátegui y otro al general Santander. Los otros divídalos entre los jefes Rondón y Carvajal y sus oficiales. Ahora vamos a comer.
Estaba la mesa servida en el otro extremo del ancho corredor, y al acercarse a ella el Libertador, dirigiéndose a la señora de la casa, le dijo:
—Usted se preocupa mucho de tratarnos como gente, probablemente porque le han contado que nosotros nos hemos tratado como fieras, comiendo carne medio asada con paja y casi siempre sin sal. Gracias, mi señora. Eche a un lado esa tristeza y ese temor por la suerte del señor Calderón, su esposo. Mediante Dios, se lo devolveré sano y salvo dentro de pocos días.
El Libertador comió con mucha apetencia, y todos lo imitamos, menos un oficial Ascanio, cuya tropa había sido sorprendida ese día en Corrales, y asesinada. El Libertador se apercibió de este decaimiento del referido oficial, y le dijo:
—Coma usted, amigo, y no se preocupe tanto. La guerra está llena de esos percances. Hoy es uno vencedor y mañana es vencido. En la guerra hay que buscar el desquite, con más razón que en el juego, y un oficial que tuvo parte en las Queseras del Medio no debe amilanarse así.
Nos levantamos de la mesa, y el Libertador subió al corredor alto y se ocupó hasta las seis en dictar al mismo tiempo a tres escribientes varias comunicaciones que envió inmediatamente, y luego se puso de a caballo y partió con sus ayudantes. Nosotros, que estábamos trasnochados y cansados, nos recogimos en una pieza que nos dio la señora de la casa, y no sentimos a qué horas volvió. Nos despertó, sí, el ruido de caballos y monturas antes de amanecer el día 10 de julio, y nos pusimos de pie. Así encontramos al salir al Libertador, desayunándose a la carrera, y luego montó y se alejó, no quedando en la casa sino nosotros; por lo cual seguimos río arriba hasta llegar al pueblo de Corrales, a cuya entrada nos aterró el encontrar un montón de mujeres que rodeaban los cadáveres de los patriotas asesinados el día anterior, junto a los cuales se veía el cadáver de una mujer joven y bien parecida que, según dijeron, se llamaba Juana Escobar, y había sido también alanceada, por haber salido a interceder por los patriotas.
Creí de mi deber, como sacerdote, rezar el oficio de difuntos por aquellos muertos, que estaban llevando las mujeres de uno en uno al cementerio. Me trasladé a aquel lugar con el objeto de bendecir la fosa en donde debían colocarse esos cadáveres, y encontré allí a un religioso dominicano, con su hábito remangado por el sable que ceñía, ocupado en hacer lo que yo iba a hacer. Le ayudé a desempeñar la tarea, y con él seguimos vía de Tópaga hasta alcanzar al Ejército, que se hallaba en una colina, una parte, y la otra bajaba del pueblo de Gámeza hacia el puente del mismo nombre. El religioso era el reverendo padre Ignacio Mariño, capellán y soldado del Ejército de Casanare.
Los españoles habían salido de Tópaga con la mira de atacar a los patriotas; pero al ver que estos iban sobre ellos, volvieron caras, y repasaron el puente de Gámeza, dejándolo guardado por un batallón, y el resto ocupó la peña de Tópaga.
Un escuadrón de caballería patriota, mandado por el comandante Justo Briceño, les picó la retaguardia, les mató más de veinte hombres, les cogió dos prisioneros y llegó hasta dicho puente, en donde fue recibido con descargas de fusilería, que no lo dejaron avanzar.
Permanecieron los dos ejércitos en sus posiciones, y a las dos de la tarde volvió una parte del Ejército patriota al pueblo de Gámeza, y la otra al de Corrales; siguiendo nosotros a través de los Aposentos de Tasco, con el Libertador. Allí encontramos muchos ingleses, en un estado tan miserable que nos conmovió a todos. La señora de la casa les había procurado alimentos, y a los enfermos los tenía recogidos en una pieza. El Libertador los acogió cariñosamente, y les mandó distribuir una parte de las cobijas y ropas que habíamos traído.
Supo por ellos que todavía quedaban en el Páramo de Nubogote muchos soldados cansados y enfermos, y al momento envió sus ayudantes a dar la orden de que el Ejército estuviera listo al amanecer del día siguiente, el 11 de julio.
Así se hizo, y muy temprano volvimos a Corrales, y con la gente que allí había seguimos para el puente de Gámeza, y lo mismo hicieron los que estaban en este pueblo. El batallón español que desde la víspera había ocupado el puente estaba en su puesto. El Libertador dio orden al batallón Vencedor, mandado por el comandante París, de atacar el puente, y este se lanzó a la bayoneta sobre el enemigo, soportando sucesivas descargas casi a quemarropa, que causaron la pérdida de veintisiete hombres –quince muertos y doce heridos–; pero fue tan brioso el ataque que los españoles abandonaron el puente y sus contornos, dejando tendidos más de sesenta, entre muertos y heridos, y rescatados más de treinta patriotas reclutados e incorporados en ese Batallón. El comandante París siguió tras de los fugitivos, que ganaron la peña de Tópaga, y quedó por un rato bajo los fuegos cruzados del enemigo, lo cual lo obligó a retroceder. Fue apoyado enseguida por otros dos batallones, pero no pudieron tomar la peña, y tuvieron que repasar el puente.
Me tocó entonces pasarlo para auxiliar a los heridos y moribundos, y durante más de una hora se suspendió el combate.
Como a las once volvió el Libertador a enviar tres batallones con orden de atacar la formidable trinchera, a la bayoneta, lo cual se intentó una, dos y tres veces; pero aquello fue imposible, porque la posición era inexpugnable, y se perdieron otros treinta hombres, a los cuales auxiliamos el padre Miguel Díaz y yo. Hubo otra tegua o suspensión, y el batallón Vencedores quedó al lado de allá del puente, en la orilla del río.
Como a las cuatro destacaron los españoles un batallón que bajó de la peña en formación, y no se le hizo fuego, porque muchos dijeron que venían a pasarse; pero no bien llegó a la vega del río, se formó en batalla, e hizo una descarga cerrada al Vencedores, con la cual mató al abanderado, un joven Carballo, y cuatro soldados, y como ya iba otro batallón patriota a pasar el puente, el agresor se volvió a la carrera a sus trincheras, dejando unos once o doce prisioneros que se alcanzaron a coger. Yo fui a auxiliar al oficial Carballo y a los soldados, y luego al comandante Santiago Caraley, irlandés, católico, al cual habían traído del pie de la peña con otros cuatro oficiales y muchos soldados.
A las cinco de la tarde volvió el Ejército a sus puestos del día anterior en Gámeza y en Corrales, y el Libertador a los Aposentos de Tasco, adonde llegué a las ocho de la noche. El Libertador me felicitó por no haber hecho caso del peligro en cumplimiento de mi deber, y me nombró capellán de su Estado Mayor. Le di las gracias por el inmerecido honor que me hacía, y lo acepté mientras pudiera restituirme al curato que me estaba encomendado.
El 12 de julio marchó el Ejército que estaba en Corrales por Busbanzá, el pueblo de Floresta, y el que estaba en Gámeza volvió a Tasco, donde estuvimos el día 13 y el 14, hasta que regresó la comisión enviada al páramo a recoger a los rezagados.
El Libertador vivía satisfecho y entusiasmado recibiendo al sinnúmero de mujeres que de los pueblos vecinos venían a traerle víveres y ropa para los soldados; siendo de notar el que todas las mujeres se deshacían de su ropa interior para hacer camisas para los soldados.
Se supo el día 14 que los españoles habían abandonado sus posiciones en Tópaga, y se habían pasado a los Molinos de Bonza. Con este motivo, el cuerpo de Ejército que estaba en
Floresta ocupó a Santa Rosa el día 15, y el que estaba en Tasco, a Belén de Cerinza; y el día siguiente marchó todo el Ejército a los Corrales de Bonza. Allí se presentaron ciento sesenta hombres de Onzaga, Mogotes y Charalá, traídos por Manuel Blanco y Pedro Martínez, y de allí envió el Libertador al coronel Antonio Morales al Socorro a levantar un batallón, y al coronel Pedro Fortoul a Pamplona y Cúcuta a levantar otro.
El día 16 de julio envió el Libertador, en vía de reconocimiento, un parte del escuadrón Guías, al mando de un comandante Mujica, quien avanzó hasta cerca del campamento español en los Molinos de Bonza. De allí salió un numeroso cuerpo de caballería al encuentro, y los patriotas se fueron retirando, como amedrentados, pero ya en el llano volvieron caras, y dieron una tremenda carga a sus perseguidores, haciéndolos volver a su campo, dejando más de veinte muertos, entre ellos un oficial de alta graduación, a juzgar por su uniforme, que le quitó y trajo el comandante Mujica, quien lo presentó al Libertador pidiéndole permiso para usarlo, a lo cual le contestó:
—Usted no puede usar ese vestido, porque sus mismos soldados lo pueden matar, creyéndolo español, y un valiente como usted no puede correr esa suerte.”
Mujica, que era un blanco de pura raza, le dijo:
—Si usted me da permiso, yo volveré con esta chupa al revés, y así me servirá para el frío.
—Bien pensado –le dijo el Libertador.
En la noche de ese día dejó Barreiro el campamento de los Molinos de Bonza y se situó en Paipa, en donde se fortificó; pero en los días siguientes hubo cada rato encuentros de las descubiertas, en los cuales murieron unos seis soldados, a quienes auxilié, y salieron gravemente heridos el capitán Mariano Acero y un oficial Gaviria, a quienes se llevaron a su casa en Duitama unas señoras Azuero.
En los días siguientes llegaron al campamento patriota muchas cargas de víveres e infinidad de mujeres con canastos repletos de pan, bizcochos, postres y frutas, que el Libertador les recibía con mucho agrado y mandaba distribuir luego. Durante esos mismos días llegaban también, por partidas, los patriotas que venían a tomar las armas, con los cuales se organizaban compañías, y durante todo el día, y hasta por la noche, se disciplinaban en el llano, a la vista de los españoles, probablemente para incitarlos a que nos atacaran. Como no ocurrió esto, la guerra en esos días se redujo a encuentros entre las avanzadas de caballería.
El día 20 de julio se movió el Ejército patriota en dirección a Paipa, y permaneció en la Cruz de Bonza sin que los españoles se movieran. Esto mismo sucedió en los días siguientes, y el 25, al amanecer, tomó nuestro Ejército el camino de Tibasosa, y a las diez habíamos pasado el río, cuando vimos que los españoles venían a nuestro encuentro por el camino del Salitre, ocupando las alturas que por el lado de Paipa dominan el vallecito de Pantano de Vargas.
Nuestro Ejército penetró en dicho valle por el camino real, para tomar la casa de la hacienda y las alturas que están tras de ella. El enemigo bajó al llano para impedir este movimiento, y se trabó el combate, teniendo los españoles la ventaja de dominar desde las alturas que quedaban a nuestra derecha, de las cuales fue desalojado, pero se replegó a las del centro, y tomó parte de las que quedaban a nuestra izquierda. Hubo un momento en que los españoles dominaron con sus fuegos cruzados, y el Libertador dio orden al batallón Albión de recuperar a la bayoneta las alturas de la izquierda, lo cual fue ejecutado con ímpetu
y arrojo, y se estableció en ese lado un combate cuerpo a cuerpo, al tiempo que la caballería española cargaba por el centro. Fue en ese momento crítico cuando los Húsares, de Rondón, cargaron sobre el ala izquierda del enemigo, arrollando cuanto se opuso a su paso, al mismo tiempo que Carvajal, con su escuadrón Guías, cargaba a la caballería española, la destrozó y volvió luego sobre la infantería, que ocupaba la casa y sus alrededores; y con este auxilio los ingleses recuperaron las alturas.
Entre ellos y el batallón Voltíjeros estuve yo auxiliando a los moribundos de uno y otro bando, porque en la lucha cuerpo a cuerpo quedaron todos revueltos. Desde allí vi perdida la batalla a las cinco de la tarde y ganada luego a las seis, y sin la noche y un tremendo aguacero, el Ejército español habría quedado allí vencido.
Fue muy grande la pérdida de vidas que uno y otro ejército sufrieron en aquel combate. Yo auxilié a más de doscientos esa tarde, la mayor parte patriotas, y eran muchos los que encontré ya cadáveres; y el padre Miguel Díaz, que auxilió a los de la otra loma de la derecha, me dijo que pasaban de cien; y el padre Mariño, que auxilió a los del camino real, estimó en cincuenta los muertos patriotas, y en más de doscientos los españoles alanceados.
Por el informe del señor Francisco Mariño, dueño de la hacienda, a quien el Libertador encargó la apertura de una larga fosa para enterrar a los muertos, se tuvo conocimiento de que los muertos españoles fueron cerca de cuatrocientos, y los de los patriotas, ciento veintiocho, entre estos, quince oficiales y dos jefes. El número de heridos fue menor.
Al acercarme esa noche a la casa en compañía de unos oficiales, oímos entre el matorral unos bramidos, y aunque estaba muy oscuro y llovía recio, nos acercamos y dimos con un jefe inglés, a quien se llevó como se pudo a la casa. Era el coronel Jaime Rook, y parecía una estatua de mármol blanco, por el desangre que había sufrido. Le ofrecimos auxilios espirituales, y los aceptó agradecido, porque era irlandés y católico. La bala que lo hirió le volvió pedazos el brazo izquierdo, del codo para arriba, y le desgarró arterias y venas. No se le pudo hacer amputación inmediata, porque no apareció el cirujano, y hasta el día siguiente, muy de mañana, no se le hizo, y debo contar como pasó. El herido entregó el brazo al cirujano, que era también inglés, y este se lo cortó por cerca del hombro, sin que el paciente hiciera ni un gesto ni una contracción. Pareció como si se le hubiera aserrado el brazo a una estatua de madera. Al desprenderse el brazo lo tomó con la mano derecha, lo levantó en alto, y gritó en castellano: «¡Viva la Patria!». El cirujano le preguntó en inglés: «¿Cuál patria?, ¿Irlanda o Inglaterra?». Meneó negativamente la cabeza, y contestó en inglés:
—La que me ha de dar sepultura.
El cirujano nos tradujo lo dicho, y quedamos todos maravillados del valor y la entereza de aquel hombre, que murió al día siguiente.
El día 26 de julio quedó el Libertador en Pantano de Vargas, y los españoles en el pueblo de Paipa. Ese día se ocupó en abrir de nuevo y más ancho un vallado viejo, en el llano, y allí quedaron amontonados más de setecientos cadáveres. Yo me ocupé en establecer en el vecino pueblo de Tibasosa hospitales para los heridos, auxiliado eficazmente por todos los patriotas de aquel lugar.
El 27 de julio volvió el Ejército a sus posiciones de los Corrales de Bonza, y allí había más de quinientos hombres venidos del Cocuy, Málaga y el Socorro. El 2 de agosto por la noche mandó el Libertador uno de los batallones recién formados al punto de San Telmo, que
dominaba a Paipa, y esto bastó para que Barreiro abandonara aquel lugar y se situara en unas alturas sobre el río Piedras. El Libertador ocupó el pueblo de Paipa, y pasando el río por el Salitre, siguió por la banda derecha hasta ponerse al frente del Ejército de Barreiro, sin que este hiciera amago alguno. Por la tarde, el Ejército patriota volvió a Paipa y a los Corrales de Bonza.
Al día siguiente, 4 de agosto, volvió el Ejército patriota a ponerse al frente del español; pero el Libertador dejó en los Corrales de Bonza un piquete encargado de recoger leña y amontonarla para hacer hogueras, las que se debían encender a las seis de la tarde. Ya por la tarde, volvió el Ejército patriota hacia atrás, hasta delante de Paipa, y se mantuvo hasta el anochecer detrás de la colina llamada la Cruz de Bonza. No bien brillaron las hogueras en los Corrales, el Ejército contramarchó a paso redoblado por el camino de Toca, en vía para Tunja. Y cuando íbamos frente a Toca, me separé con dos oficiales, y fui a casa de mis padres, a llevarles la noticia del movimiento, y a imponerlos de que nada les había pasado a mis hermanos. Mi madre se entusiasmó con la noticia, y, acompañada de dos sirvientes, partió a esas horas, a pie, para Tunja, a conocer al Libertador. Hubimos de alcanzarla, para pasarla en el río, y llegamos a la ciudad a las ocho de la mañana. Mi madre llegó más tarde, y como era la actividad en persona, se puso en relación con mis tías y todas sus amigas para arreglar un banquete que las señoras debían ofrecer al Libertador.
Este había llegado con poco acompañamiento, a las cinco de la mañana, y había encontrado la ciudad sola, porque el gobernador, don Juan Loño, había salido esa noche con un batallón a incorporarse a Barreiro, dejando gran acopio de armas y pertrechos, de vestuarios, cobijas y alpargatas.
El día 6 de agosto amaneció Barreiro en el pueblo de Motavita, y las partidas de observación de los patriotas iban y venían. Por la tarde me recomendó mi madre ofrecer al Libertador y a su Estado Mayor la comida que se le tenía preparada en nuestra casa de la ciudad, lo cual hice oportunamente.
A las cuatro de la tarde se reunieron los invitados en el salón, y llamé a mi madre, y se la presenté al Libertador. Y él le preguntó si yo le había dado el recado que le había enviado. Mi madre le contestó que sí lo había recibido, y que lo agradecía y aceptaba a nombre de todas las señoras de la provincia de Tunja. Él le dijo:
—A lo dicho, agrego mi agradecimiento a usted, mi señora, y a todas sus compañeras, por la cariñosa invitación que me han hecho, y siento que el tiempo sea tan premioso, porque quisiera hacerlo de otra manera. Y ahora dígame, mi señora, ¿usted quiere que sus hijos sigan conmigo, o que se queden a su lado?
Mi madre le contestó:
—Eso lo resolverá Su Excelencia, que sabe conmover y pulsar esas cuerdas que Dios ha puesto en el corazón de las madres.
El Libertador se sonrió, y dijo:
—Pues que se queden, porque la Patria siempre contará con ellos.
A la terminación de la comida pedí órdenes al Libertador, porque debía volver a mi curato, y él me manifestó que sentía mucho mi separación, pero que el deber era antes que todo.
Monté al día siguiente a las ocho de la mañana, y no pude pasar por la plaza, porque en ella estaba formado todo el Ejército.
Cuando llegaba a Ramiriquí se oían al occidente las detonaciones de cañón y fusilería en el campo de Boyacá.
Andrés María Gallo. Reminiscencias sobre la campaña de Boyacá, en Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XII, nos. 140-141 (julio-agosto 1919), p. 519-529.
Diario militar, que comprende desde el cuatro hasta el siete de agosto [de 1819], con respecto a la División, llevado por teniente coronel don Sebastián Díaz, jefe del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme.
Anotaciones del 6 y 7 de agosto de 1819
El teniente coronel Sebastián Díaz era, durante los meses de julio y agosto de 1819, el jefe interino del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme, la fuerza armada enviada desde España en 1815 para recuperar los dominios del Virreinato de Santa Fe y de la Capitanía general de Venezuela que se habían independizado del señorío del rey Fernando VII durante la crisis monárquica de 1808-1813. Esta Tercera División se integraba, desde su concentración en la Venta del Mico el 5 de agosto de 1819, por cuatro secciones de tropas:
-La sección de Vanguardia, integrada por las compañías de Cazadores de todos los cuerpos armados y el Batallón del Tambo, al mando del coronel Francisco Jiménez;
-Primera sección, integrada por las compañías del Primer Batallón del Rey, comandado por el teniente coronel Nicolás López;
-Segunda sección, integrada por las compañías del Segundo Batallón de Numancia, comandado por el teniente coronel Juan Tolrá; y
-La sección de Reserva, integrada por el Tercer Batallón de Numancia, al mando del teniente general Juan Loño.
El comandante general de esta Tercera División era el coronel José María Barreiro Manjón, natural de Cádiz, quien a la sazón tenía 26 años de edad.
Del Diario militar de la Tercera División Expedicionaria llevado por el teniente coronel Díaz se copian enseguida las anotaciones correspondientes a los días 6 y 7 de agosto de 1819.
Día 6 de agosto
A las tres de la madrugada de este día, sin embargo de la mucha lluvia que continuaba, la [Tercera] División se puso en marcha.
A las diez del día dio vista al pueblo de Motavita.
A las once y media del día llegó la División al pueblo de Motavita.
Desde este punto, distante hora y media de Tunja, se hizo un reconocimiento sobre dicha ciudad y se vio que los enemigos, con todas sus fuerzas, permanecían en dicha ciudad y mantenían un cuerpo de infantería sobre la Ermita de Chiquinquirá, situada sobre la altura que domina la ciudad.
En la tarde de este día ha habido un tiroteo de nuestras guerrillas de caballería con las enemigas.
Anocheció sin ocurrencia particular.
Día 7 de agosto
Al amanecer de este día se observó que los enemigos mantenían solo un corto número de tropas sobre la Ermita de Chiquinquirá.
La División se puso en marcha a las 3 y media de la madrugada, dirigiéndose por el páramo y por la dirección a caer por la espalda de la Sierra de Tunja al punto del Puente de Boyacá, que se halla situado sobre el camino real de Santa Fe.
A las dos de la tarde llegó la División sobre la vista de dicho punto.
El comandante general mandó a la Columna de Vanguardia se adelantase y subiese a la altura que domina el puente, a fin de reconocer la situación del enemigo. Los enemigos solo manifestaban una corta guerrilla de caballería por la cúspide más elevada del Cerro del Roble.
El comandante general mandó avanzase el Primer Batallón del Rey sobre la Casa de Postas, situada en el camino real (sin duda con objeto de, si daban tiempo los rebeldes, pasar la División el puente y tomar el camino real de Ventaquemada, que presentaba posiciones ventajosas).
La Columna de Vanguardia tomó la altura que se le había mandado, cuando se vio atacada por otra columna enemiga de mayor fuerza y con fuertes guerrillas. El comandante general, luego de observar que toda la fuerza enemiga se hallaba en aquel punto, mandó a la Vanguardia se replegase a la Casa de Postas. Mandó también al Primer Batallón del Rey que sostuviese a la Vanguardia, que se hallaba atacada por todas las fuerzas enemigas, y también mandó a tomar posición a los cuerpos 2º de Numancia, Reserva y Artillería.
Luego de que la Vanguardia bajó de la altura, se mandó reunir sobre la posición, lo mismo que el Primer Batallón del Rey.
Los rebeldes se dirigieron con sus ataques a estos cuerpos que marchaban a situarse sobre la posición mandada; pero, siendo la Vanguardia más atacada, no teniendo otro paso que el puente, pasó al otro lado con la Compañía de Flanqueadores de Dragones.
El Primer Batallón del Rey se situó en la posición como los demás cuerpos. La posición militar que ocupaba la División lo era una loma poco elevada, situada a la izquierda del camino real de Tunja, sobre la Casa de Postas situada en la inmediación del puente de Boyacá. Sobre el frente de nuestra posición seguía un terreno desigual de pequeñas lomas, que las
formaba un terreno quebrado hasta el pie de una elevadísima montaña que ocupaban los enemigos, de la cual dirigían sus ataques.
A nuestro flanco derecho se hallaba una profunda quebrada y a nuestra izquierda lo era una elevada y prolongada altura.
Nuestra línea la formaba nuestro flanco derecho con una Compañía del 2.º de Numancia situada en una pequeña elevación; sobre la otra del camino que se dirige al puente, seguía el 2.º Batallón de Numancia en columna cerrada, seguía la Reserva en columna cerrada y, a su izquierda, el Primer Batallón del Rey en la propia forma.
A la izquierda de todos se hallaban la Compañía de Caballería o Granaderos de Dragones y media compañía de Infantería del Rey en guerrillas.
Los frentes de todas las columnas y los flancos se hallaban sostenidos por guerrillas que, más o menos, según las circunstancias, se mandaron situar por el comandante general.
A la derecha del 2.º de Numancia se hallaban situados los cañones.
La caballería se hallaba situada a retaguardia de una loma.
La acción dio principio a las dos y minutos de la tarde. Los enemigos se dirigieron con tres columnas sobre nuestra posición y con fuertes guerrillas por todas direcciones.
Nuestras fuerzas permanecían con la mayor firmeza, y el fuego era vivo y sostenido por nuestras compañías de guerrillas.
Los enemigos adelantaron una columna cerrada sobre el Batallón de Numancia y dos escuadrones de caballería que, a cubierto del monte, habían bajado y reunido a retaguardia de la infantería.
El comandante general mandó al 2.º Batallón de Numancia que, luego de que los enemigos se aproximasen, los cargase a la bayoneta hasta ponerlos en fuga.
La columna enemiga se hallaba a distancia poco más o menos de medio tiro de fusil del 2.º de Numancia, cuando los dos escuadrones enemigos se presentaron y dirigieron al trote sobre los cañones (el de 4 se hallaba desmontado).
A la vista de esta carga, nuestras columnas de infantería se desordenaron, a cuyo movimiento los enemigos cargaron, siguiéndose una dispersión de nuestra tropa y fuga, que la fuerza y esmero de muchos buenos oficiales no pudieron contener.
Un escuadrón de caballería del enemigo se dirigió sobre nuestra izquierda y otro cargó sobre los cañones.
La Tercera y Quinta Compañía del Dragones de Granada cargó sobre un escuadrón enemigo, pero apenas llegaron al crítico momento del choque, volvieron caras y tomaron la fuga nuestra caballería.
Los enemigos rompieron por nuestra infantería desordenada, y hacían víctimas particularmente a todos los oficiales que alcanzaban.
Este fue el resultado de la acción del 7, que acabó poco después de las 4 y media de la tarde.
La tropa dispersa, así de infantería como de caballería, en pelotones tomó diversas direcciones, según la situación que a cada uno lo cogió en este desgraciado momento.
En esa misma tarde, sobre el pueblo de Samacá, yendo perseguidos por los enemigos, se reunieron el teniente coronel don Juan Loño, comandante del 3.º de Numancia, el de igual clase de Dragones con Esteban Díaz, y varios oficiales y soldados con el jefe del Estado Mayor, teniente coronel don Sebastián Díaz. Se hizo cargo del mando de esta tropa el teniente coronel don Juan Loño.
Todos los caminos de la izquierda estaban tomados por los enemigos, por lo que fue preciso dirigirse por la derecha, tomando el de Chiquinquirá.
Archivo General de Indias, Sevilla, Cuba 747. Archivo del general don Miguel de la Torre, legajo 17, paquete 54, tomo XXIII, f. 94-107. Publicado por Oswaldo Díaz Díaz en el Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 48, Nos. 564-565 (octubre-noviembre de 1961), p. 683-692. También por Juan Friede. La batalla de Boyacá, 7 de agosto de 1819, a través de los archivos españoles. Bogotá, talleres gráficos del Banco de la República, 1969, p. 115-122. También por Fray Alberto Lee López (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II.
Declaración del teniente coronel Juan Loño, comandante del tercer batallón de Numancia y gobernador interino de la provincia de Tunja.
Turbaco, 9 de septiembre de 1819
Uno de los oficiales españoles derrotados en el campo del puente de Boyacá fue el teniente coronel Juan Loño, quien, por estar en la sección de la Retaguardia, al frente del Tercer Batallón de Numancia, logró escapar ileso con parte de sus soldados. Había ejercido el cargo de gobernador interino de la provincia de Tunja. Se dirigió a Cartagena por la ruta de Mompox, y allí fue convocado a Turbaco, lugar de residencia del fugado virrey Sámano, para que rindiera una declaración ante el teniente coronel Francisco Warleta. Esta declaración le fue recibida un poco más de un mes después de transcurrida la batalla de Boyacá, pero su testimonio era importante por haberse hallado en el campo de batalla.
Año de 1819
Pueblo de Turbaco
Información recibida para averiguar las ocurrencias, movimientos y operaciones que ejecutó el comandante general de la Tercera División, coronel don José María Barreiro, en la desgraciada acción que dio en las inmediaciones del puente de Boyacá, en camino real de la ciudad de Tunja a la de Santa Fe de Bogotá, el día 7 de agosto de dicho año.
Juez fiscal, el coronel vivo de los Reales Ejércitos, teniente coronel del Regimiento infantería de León Expedicionario, don Francisco Warleta.
Secretario, el subteniente de la sexta compañía del Batallón Ligero Primero Voluntarios de Aragón, don Antonio Laiglesia.
Oficio de su excelencia para la formación de esta sumaria.
Señor coronel don Francisco Warleta:
Con motivo de ignorar el paradero del comandante general de la Tercera División, coronel don José María Barreiro, desde que dio la acción el 7 de agosto último, por cuya razón no he tenido parte de ella, he nombrado a vuestra señoría para que proceda a formar sumaria información sobre las ocurrencias, movimientos y demás operaciones que ejecutó. Y para que sirva a vuestra señoría de norma, le acompaño el oficio y diario que sobre el mismo asunto me pasó el teniente coronel don Sebastián Díaz, jefe interino del Estado Mayor de la misma, desde Mompós, a donde llegó con alguna tropa de la dispersa. En dicha sumaria deberán declarar, como testigos, el comandante del Tercer Batallón de Numancia, don Juan Loño, el citado Sebastián Díaz y el capitán del segundo de Numancia, teniente coronel don Isidro Barrada, que con este objeto previne al gobernador de Mompós que los hiciese pasar a este sitio, aunque hasta ahora no ha llegado más que el referido Loño; debiendo actuar en ella de secretario el subteniente del primero Voluntarios de Aragón, don Antonio Laiglesia.
Dios guarde a vuestra señoría muchos años.
Turbaco, 9 de septiembre de 1819
Nombramiento de escribano
Don Francisco Warleta, coronel de los reales ejércitos, teniente coronel del regimiento infantería de León Expedicionario, certifico: que en virtud de la precedente orden del excelentísimo señor don Juan Sámano, virrey, capitán general de este Nuevo Reino de Granada, pasé a instruir sumaria información para averiguar el paradero del coronel don José María Barreiro, comandante general de la Tercera División de operaciones en dicho reino, que es ignorado desde el día 7 del mes anterior, con motivo de la desgraciada acción sostenida por ella contra los enemigos en las inmediaciones del puente de Boyacá, cerca de la ciudad de Tunja, con todos los movimientos, ocurrencias y operaciones que efectuó y demás a cuanto hace relación dicha orden y documentos que adjunta. Y siendo necesario para su actuación recibir la aceptación y palabra de honor al subteniente del batallón primero Voluntarios de Aragón, don Antonio Laiglesia, secretario nombrado por su excelencia en el citado oficio cabeza del sumario, aceptó y prometió bajo aquella guardar sigilo y fidelidad en cuanto actúe. Y para que conste firma conmigo en el sitio o pueblo de Turbaco, a los 9 días del mes de septiembre de 1819.
Declaración del primer testigo, teniente coronel don Juan Loño
En dicho pueblo, dichos día, mes y año, el señor juez fiscal hizo comparecer ante sí y mi presencia, en la casa posada del excelentísimo señor virrey del reino, al teniente coronel don Juan Loño, comandante del Tercer Batallón de Numancia, a quien por ante mí recibió su palabra de honor, y preguntado por su nombre y empleo, el destino en que juzga al coronel don José María Barreiro y desde qué época ha estado incorporado a sus inmediatas órdenes, y en la que se separó, haciendo de todo este tiempo intermedio un completo y circunstanciado relato de las ocurrencias, movimientos y operaciones que efectuó la Tercera División al mando de aquel jefe; dijo:
Que su nombre y empleo es como queda dicho, que ignora el destino o paradero del jefe por quien se le pregunta desde la tarde del día 7 del mes pasado, en que acaeció el desgraciado suceso de la derrota de la Tercera División por los enemigos del rey, a la cual se hallaba incorporado desde el día 5 del mismo mes al mediodía, con una compañía del batallón del Tambo, la artillería que llegó de la capital y tres compañías con fuerza de 200 hombres del batallón de su mando, con que, por orden de dicho señor comandante general, recibida el día 3 a las diez de la noche, se puso en marcha para reunirse a la citada división, no habiéndolo podido verificar con la brevedad que se le previno, en razón a no haber llegado la artillería hasta las seis de la tarde del día siguiente en que recibió la citada orden; y no pareciéndole juicioso abandonar aquella, pues sin ella no creía que debía darse la acción, resolvió esperarla para que custodiada llegase al punto de su destino, cuya determinación fue aprobada por aquel jefe en la Venta del Mico, en cuyo punto se incorporó a la División, que se hallaba en marcha con dirección a Tunja, distante de esta ciudad cinco leguas, en el precitado día 5.
Que luego de que se incorporó, tomó la División la dirección del pueblo de Cómbita, habiendo hecho alto como a dos leguas de distancia de la citada venta, en cuyo punto se recibió la noticia por dos vecinos de la ciudad de Tunja, de que los enemigos, como a las 11 del mismo día, habían ocupado la ciudad con todas sus fuerzas, habiendo permanecido la División hasta las seis de la tarde para racionar la tropa, a cuya hora se puso en marcha al precitado pueblo de Cómbita, al cual llegó como a las tres o tres y media de la madrugada del día 6, en cuyo punto se permaneció hasta las siete de la mañana, que se dirigió la división al pueblo de Motavita, a donde llegó entre 11 y 12 del día.
A las tres de la tarde se presentó una guerrilla de los enemigos, compuesta de unos 40 o 50 caballos, la cual tuvo un corto rato de tiroteo y se retiró, en razón a haber sido cargada por nuestras fuerzas. En este punto descansó la división la noche del día expresado con las precauciones necesarias, formando del todo de la infantería cuatro trozos o columnas, dándoles los dictados de vanguardia, primera, segunda y reserva, mandadas por el coronel primer comandante del batallón del Tambo, don Francisco Jiménez; teniente coronel
comandante del primero del Rey, don Nicolás López; el de igual clase del segundo de Numancia, don Juan Tolrá, y el que declara.
Que las citadas columnas, con corta diferencia, tenían igual fuerza y escasamente llegarían a la de 550 a 600 hombres cada una. Y la caballería, sin embargo de no haberla visto formada, cree que constaría de 300 a 350. Como a las cuatro de la mañana del día 7, sin más prevención que la de marcha, se verificó esta por un camino extraviado a la derecha de las alturas de Tunja, con el objeto, sin duda, de tomar el puente de Boyacá, situado entre la casa de teja y el pueblo de Ventaquemada, para interponerse entre el enemigo y la capital. Que habiendo seguido dicha marcha, se divisó a vanguardia de la división, en una altura bastante elevada sobre el puente indicado, una pequeña guerrilla enemiga, por lo cual hizo un pequeño alto la División, sin duda para hacer algún reconocimiento, siguiendo luego la marcha, y al corto rato se oyeron algunos tiros por la vanguardia, los que se multiplicaron por momentos, comprendiendo desde luego que los enemigos, con toda su fuerza, se hallaban en la mencionada altura, situada a la izquierda de la dirección en que caminaba la división, quedando interpuesta entre ella y el camino real.
En este acto, y sobre la misma marcha, recibió el que declara la orden del comandante general, comunicada por el teniente coronel de Dragones de Granada don Víctor de Sierra, que hiciese alto y formase una columna cerrada, situándose en una pequeña altura que formaba la desigualdad del terreno, con el frente a la izquierda, a cuya dirección demoraba el enemigo. Lo que habiendo efectuado, llegó al corto rato el comandante general, quien le previno que abandonase el punto que ocupaba luego de que llegase a él la segunda columna y que se corriese a su izquierda como unas 100 varas de distancia; pero que, en caso de que el enemigo se dirigiese sobre aquel flanco, no esperase la citada segunda columna y solo si ejecutase el movimiento que se le prevenía, el cual ejecutó al momento y a presencia del dicho jefe, por observar que una columna enemiga como de 800 hombres se dirigía, con el objeto, sin duda, de flanquear las fuerzas que veía, a su frente. Que a su derecha y con la misma formación y frente se hallaba situada la segunda columna, viniendo a corto rato a ocupar la izquierda del todo la primera, en cuya formación se sostuvo el fuego por fuertes guerrillas de las columnas respectivas, situadas según el terreno lo permitía y a suficiente distancia para desplegar en batalla. La artillería se situó entre la segunda columna y reserva, la que solo hizo tres tiros con el cañón de a cuatro, por haberse desmontado, presentándose el comandante general en este acto, ordenando al declarante mandase una compañía a sostener aquella pieza, lo que verificó.
Que no puede dar noticia de las posiciones y situación que ocupaba la caballería, pues que solo vio a su retaguardia un escuadrón en una pequeña llanura y otro que, mandado, según ha oído, por un capitán de Dragones de Granada llamado don N. Rodríguez, y colocado a la derecha de las columnas, resistió la carga de uno de los enemigos hasta llegar a tocarse con las lanzas, en cuyo acto permanecieron cortos instantes sin ofenderse uno a otro, hasta que varios individuos del costado izquierdo volvieron caras, ejecutándolo en seguida el todo y arrollándolo de consiguiente el enemigo, e introduciéndose por dicho punto las fuerzas enemigas, desordenando la segunda columna y sucesivamente las demás, poniéndose en completo desorden y fuga. Que la fuerza del enemigo no pudo calcularse, pero que sí conoció que era superior en bastante número a la nuestra, tanto de infantería como de caballería.
Que a pesar de que la formación en columna en que se hallaba la división era la más a propósito para contener al soldado por sus jefes y oficiales, fue inevitable el desorden, en
razón a que causó un terror conocido, viendo al enemigo decidido a cargar, siendo de consiguiente infructuosos los esfuerzos de la oficialidad para hacer penetrar al soldado de que la firmeza en aquel momento era la que debía asegurarnos la victoria, ignorando en este tiempo el punto en donde se hallaba el jefe de la división. Que no sabe las órdenes que tuvo la vanguardia, punto que ocupaba, movimiento que hizo y demás circunstancias, pues la desigualdad del terreno no permitía que fuese descubierta desde donde se hallaba el exponente; aconteciendo este desgraciado suceso como a las cinco de la tarde, habiendo dado principio la acción por la vanguardia como a las dos y media de ella.
Y preguntado qué distancia anduvo la división hasta el momento antes de principiarse la acción el expresado día 7, si la situación de las columnas en que ha manifestado que se dividía estaba bajo el alcance de los fuegos enemigos al momento de introducirse en ellas el desorden, si efectuaron algún movimiento hostil sobre la posición enemiga y si tiene noticia o ha entendido si de este suceso se dio conocimiento por el jefe de la división o cualquier otro al excelentísimo señor virrey de Santa Fe, o cualquiera otra circunstancia interesante de que tenga origen el desgraciado éxito de la acción, dijo:
Que sin embargo de no tener un conocimiento exacto de la distancia, por haber seguido por caminos extraviados, cree, calculando la hora en que se puso en movimiento la división y a la que se encontró el enemigo, se habría andado como unas siete leguas; que las columnas se hallaban bajo el tiro de fusil y se experimentó algún daño por este fuego de los enemigos, no habiendo hecho movimiento alguno hacia ellos, en razón a que desde que se empezó la acción se dirigieron a nuestras fuerzas, sin haber hecho el más pequeño alto, más que el necesario para bajar las alturas en que se hallaban, sosteniendo este movimiento las reforzadas guerrillas que traían delante de las columnas y principalmente el escuadrón de su caballería, en fuerza como de 100 caballos, que fue el que logró introducirse en nuestra línea, y una gran parte de su fuerza, batiendo el nuestro que se compondría de la de aquel, y de que tuvo origen la expresada pérdida.
Que ignora que se haya dado el conocimiento que se le pregunta al excelentísimo señor virrey por ninguno de los jefes de la división, pero que sí sabe, por haberlo presenciado, que el día 6, como a las diez de la noche, despachó el comandante general desde el pueblo de Motavita un granadero del primer batallón del Rey (cuyo nombre ignora y de que podrá dar razón su comandante o el capitán de su compañía, don N. Gallardo), ofreciéndole su licencia absoluta y una gratificación competente a su servicio, siempre que pusiese antes de las 24 horas el parte que se le entregaba en manos del excelentísimo señor virrey del reino, cuyo servicio ofreció hacer dicho granadero saliendo a la indicada hora del pueblo de Motavita; que el contenido de dicho parte, le consta por habérselo dicho el mismo comandante general, era dando conocimiento a su excelencia del movimiento que había hecho la división, el que pensaba hacer el día siguiente y punto que ocupaba el enemigo; que fue necesario valerse de un soldado para este servicio, en razón de que en el pueblo no había habitante alguno, pues hasta el cura se fugó, luego de que se informó, por el oficial que llegó al pueblo de descubierta, que las fuerzas que a él se dirigían eran las del rey, abandonando su casa y dejándola sin equipaje y muebles.
Que es cuanto sabe y puede decir bajo la palabra de honor que tiene prestada, en la que se afirmó y ratificó, leída que le fue esta su declaración.
Manifestó ser mayor de 25 años y la firmó con el señor juez fiscal y presente secretario, de que certifico.
Fray Alberto Lee López (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II, 426.
Declaración del teniente coronel Sebastián Díaz, jefe interino del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme.
10 de septiembre de 1819
Otro de los oficiales españoles derrotados en el campo del puente de Boyacá fue el teniente coronel Sebastián Díaz, jefe interino del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario al servicio de Fernando VII, quien era el encargado de llevar al día el Diario histórico de esa división militar. Logró escapar ileso con otros oficiales y parte de sus soldados, y se dirigió a Cartagena por la ruta de Mompox. Allí fue convocado a Turbaco, lugar de residencia del fugado virrey Sámano, para que rindiera una declaración ante el teniente coronel Francisco Warleta. Esta declaración le fue recibida un poco más de un mes después de transcurrida la batalla de Boyacá, pero su testimonio era importante por haberse hallado en el campo de batalla.
[Continuación de la sumaria abierta a los tenientes coroneles Sebastián Díaz y Juan Loño por el teniente coronel del regimiento infantería de León Expedicionario, don Francisco Warleta, en el pueblo de Turbaco, por orden del virrey Juan Sámano]
Diligencia de suspensión
En dicho pueblo de Turbaco, 9 de septiembre de 1819, el señor juez fiscal dispuso que se suspendiesen por ahora estas diligencias hasta la llegada del teniente coronel don Sebastián Díaz y demás que como testigos son necesarios, según el oficio que obra en cabeza. Y para que conste lo firmó, de que certifico.
Declaración del segundo testigo, don Sebastián Díaz
En el citado pueblo de Turbaco, a 10 de septiembre de 1819, el señor juez fiscal, en virtud de haber llegado a él de la villa de Mompós el teniente coronel don Sebastián Díaz, dispuso que se continuase este expediente, y para lo que hizo concurrir a la casa posada de su excelencia al citado jefe, y por ante mí, le recibió dicho señor su palabra de honor con arreglo a ordenanza.
Y preguntado su nombre y empleo, dijo llamarse como queda dicho y que es teniente coronel graduado de los reales ejércitos, encargado que ha estado de jefe interino del estado mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario.
Y preguntado si el oficio y Diario histórico que se le presentan de las operaciones de dicha división que desde Mompós ha recibido el excelentísimo señor virrey del reino son los mismos que él le ha dirigido (los que certificó ser los mismos que su excelencia incluyó en el oficio que hace cabeza de este expediente) y si, para circunstanciarlo más, tiene que añadir o quitar al último alguna cosa, expresando con la mayor menudencia todas las ocurrencias, posiciones y operaciones que ejecutó la expresada tercera división desde el día 4 del anterior, hasta el 7 [de agosto] que fue derrotada, con todo lo demás que pueda formar una entera inteligencia y motivo de la pérdida de ella; dijo:
Que el oficio y Diario que se le presentan son los mismos que ha dirigido desde la villa de Mompós el 27 del pasado al excelentísimo señor virrey; que a su llegada a Mompós fue sabedor de que en el momento salía un correo para su excelencia, y deseando darle noticia de todo lo ocurrido en los más breves términos que le permitía la premura del tiempo, formó dicho Diario y remitió en segunda, por cuya causa carece de algunos pormenores relativos a las operaciones que se ejecutaron en el intermedio porque es interrogado, a las que hará relación esta su declaración.
Que el día 4 [de agosto], hallándose los rebeldes de la otra parte del río Chicamocha, se les reunieron algunas partidas de caballería, y que como a las 11 del mismo día les llegaron también 300 hombres, que al parecer eran paisanos, los que estuvieron todo aquel día fogueándose en ejercicio doctrinal; que la fuerza de los enemigos con aquella reunión era en este día de 2.500 infantes y como 600 caballos, según aparecía del examen de la fuerza, que la tenían a la vista, y nuestra división tenía la de 1.792 y 397 caballos. Al amanecer del día 5 se observó que los rebeldes estaban en movimiento y habían marchado por la dirección de Toca a Tunja. En vista de esto nuestra división lo verificó, después del amanecer de aquel día, por el camino de Paipa.
Mas como no le comunicase el comandante general Barreiro las órdenes superiores que tenía ni lo que se proponía hacer, ignora con qué objeto; que, sin embargo, presumió que sería dirigirse a Tunja para encontrar la tropa del tercer batallón de Numancia y compañía del Tambo, que a las órdenes del comandante de aquel y gobernador interino de Tunja, don Juan Loño, conducía tres piezas de artillería y 12.000 cartuchos enviados de la capital, cuya reunión se verificó felizmente en la Venta del Mico, entre 11 y 12 del mismo día, en la que la división se detuvo a racionarse de carne a la tropa.
A la una del día se presentaron allí al comandante general dos sujetos emigrados de Tunja (cuyos nombres ignora) y lo enteraron de que los rebeldes habían entrado en aquella ciudad a las 11 del mismo día, por lo que habían escapado.
En dicha venta se aumentó la fuerza de la división hasta 2.029 infantes, las municiones expresadas y artillería, compuesta esta última de dos obuses pequeños y un cañón, al parecer de a cuatro. El comandante general manifestó en aquel punto a todos los jefes y al exponente que aquella noche intentaba marchase la división toda ella, con el fin de resultar a la madrugada sobre las eminencias que dominan a Tunja y batir a los enemigos.
A las siete de la tarde se movió la división por el camino de Cómbita y Motavita; mas una lluvia continua que se experimentó prohibió la celeridad del movimiento y a la una de la noche se llegó a Cómbita. Después de un descanso de dos horas se continuó la marcha y arribó la división a Motavita a las 11 del día 6 [de agosto], desde cuyo punto se observó que los enemigos con todas sus fuerzas ocupaban la ciudad de Tunja y altura de Chiquinquirá, y por consiguiente y a fin de estar prontos para batirlos, determinó el comandante general que se detuviese la división en el pueblo para limpiar las armas y enjugarse de la lluvia horrorosa de la noche anterior.
A las 11 de la noche de este día dio cuenta el comandante general al excelentísimo señor virrey de todo lo ocurrido hasta el día 5 y última posición del enemigo, así de tener obstruida la comunicación por él con la capital y cuanto intentaba ejecutar, por parte que condujo un granadero disfrazado del batallón del Rey, bien práctico del país y hombre de bien, al que ofreció, en premio del servicio, de que se encargaba de llevar aquel parte antes de las 24 horas, su licencia absoluta y cuatro onzas de oro de gratificación, cuya medida se tuvo que adoptar en razón de la decisión casi completa que manifestaban todos los pueblos en favor del enemigo, y a no encontrarse en ninguno de ellos paisanos de ninguna clase con qué dirigirlos, pues en la división no se llevaban más que los baqueanos muy precisos para conducirla.
En dicho punto se dio orden por el coronel Barreiro para que el todo de la infantería de la división se subdividiese en cuatro columnas: la primera con la denominación de Vanguardia, al mando del coronel don Francisco Jiménez; la denominada Primera, al del comandante del primer batallón del Regimiento del Rey, don Nicolás López; la Segunda, al del comandante del segundo batallón de Numancia, don Juan Tolrá; la Reserva y última, al del comandante del tercer batallón de Numancia y gobernador interino de Tunja, don Juan Loño.
Al amanecer del día 7 [de agosto] se vio que el enemigo no había variado la posición sobre Tunja, y se dirigió la marcha de nuestra fuerza al amanecer, en el orden prescrito de columnas, por el camino de Samacá, rodeando de espalda al páramo, cuya dirección se apartaba muy a la derecha de la de Tunja. En esta forma, y ejecutados los descansos respectivos, a las dos de la tarde se llegó a las inmediaciones del puente de Boyacá, situado en el camino real de Tunja a Santa Fe y a la mitad de la distancia que hay de aquella ciudad al pueblo de Ventaquemada, sobre cuyo puente, en la altura del cerro que lo domina, se avistó una corta guerrilla de caballería enemiga, que dispuso el comandante general que la reconociese la columna de vanguardia, ignorando el que declara si sus designios eran batir al todo de las fuerzas que allí se encontrasen o pasar inmediatamente el puente y quedar situado entre la capital y ella, pues nada le dio, a pesar de hallarse a su lado.
El comandante general se adelantó con el que declara y sus ayudantes a la casa de postas, situada en la falda de la altura en que se avistó la guerrilla enemiga, que dominaba el puente, ordenando a la vanguardia que marchase a situarse en otra elevación sobre el camino real, frente a la ocupada por el enemigo, y reconociese las fuerzas que tenían, y al ejecutarlo, dispuso que se detuviese el resto de la división, que venía en desfilada, y formase en columnas cerradas por los trozos señalados, que hiciese frente a la izquierda y al elevadísimo cerro en que demoraba el enemigo, previniendo asimismo al primer trozo más inmediato a la vanguardia que, en caso que el enemigo la cargase con fuerzas superiores, le sostuviese su retirada.
Efectivamente, en la referida eminencia se hallaba el todo de las fuerzas de los rebeldes, de las que cargaron triplicadas sobre el trozo de vanguardia después de tomar situación en la altura prevenida, por cuyo motivo ordenó a su ayudante, subteniente de Dragones don José María Otero, que dijese al jefe de Vanguardia que se replegase a la casa de postas, que le sostendría al efecto la primera columna, disponiendo en el ínterin también la colocación de las demás columnas sobre las quebradas lomas que formaba el terreno al pie de la gran altura que ocupaba el enemigo, siendo el declarante el que de un orden dio la situación a la segunda columna; y a la izquierda de esta, como a diez pasos, se situó la artillería, y más a la izquierda de ella, con proporcionada distancia, en otra loma, se situó la reserva.
La caballería tomó situación a retaguardia al descanso suave de aquellas mismas lomas, con distancia entre sus escuadrones. El cuerpo de Vanguardia, mandado replegar sobre su incorporación, cargado por triplicadas fuerzas enemigas, no pudo verificarlo sobre la posición de las demás columnas, y su comandante creyó mejor pasar el puente y tomar posición pasado él, en la primera altura inmediata, por lo cual quedó separado e independiente de la fuerza de la división.
Entonces los enemigos dirigieron sus ataques sobre la primera y la segunda columnas, corriéndose a su derecha, e izquierda nuestra, formados en columna, con fuertes guerrillas que la precedían, que atacaban las nuestras, que se defendían por orden del comandante general en la misma forma. Y como observase que determinaban también atacar y envolver por la izquierda de nuestra posición, reforzó con la primera columna aquel punto, la que se situó a la izquierda de la reserva. La artillería jugó su fuego con el cañón de a cuatro, que al cuarto tiro quedó desmontado. El ataque se hizo general con solo el fuego de guerrillas de ambas partes, que sufrían fijas nuestras columnas, y las con que descendía el enemigo, que a retaguardia traía su caballería, conduciendo los caballos de diestro.
El enemigo, osado y atacando con decisión nuestras fuerzas, logró dirigir una columna de 600 infantes sobre nuestra segunda a la carga y envolverla. En este momento el que declara fue a cumplir la orden del comandante general, de situar al flanco izquierdo una mitad de compañía en guerrilla de la primera columna, que, hallándose en el acto, fue avisado por el capitán de Dragones de Granada, don José Duarte, de que los rebeldes, adelantando dos escuadrones de su caballería en fuerza de 300 hombres sobre la derecha de la segunda columna, que mandó resistir el comandante general con la tercera y quinta compañías de dicho escuadrón de Granada, que compondrían como 60 caballos menos de los enemigos, que, divididos, cargó el uno sobre dichas compañías y el otro sobre la artillería.
El primero de ellos, ya que estuvo a las manos con las compañías nuestras, volvieron caras estas y se retiraron a escape con el mayor desorden. Simultáneamente, envuelta ya la segunda
columna, se dispersó, por las cargas de fuerzas enemigas de infantería y caballería, rompiendo ya toda nuestra posición. Se introdujo progresivamente el desorden y la dispersión en las columnas de la izquierda y toda la división quedó desordenada, a pesar del empeño y el esmero con que todos los jefes y oficiales, igualmente que el declarante, trataron de contener y reunirla. Pero los enemigos, ya interpolados, prohibieron la consecución asimismo, y no hubo otro recurso que dividir en pelotones y tomar la dirección que se pudo.
Ignora la suerte del comandante general en este momento y las medidas que tomaría para evitar este desgraciado acontecimiento, por estar empleado de su orden, cinco minutos antes, en la comisión que deja referida, y, aunque lo buscó por el campo, solo tuvo la razón de que lo habían visto a pie reuniendo la tropa, como todos.
Que después continuó su marcha, en la forma que tiene manifestado en el diario que se le ha puesto de manifiesto, hasta la villa de Mompós; y que no calcula que proceda el suceso desgraciado de esta acción, a su parecer, más que de las ventajas que logró la caballería enemiga en sus choques y movimiento decidido. La duración de esta acción duró desde las dos y minutos de la tarde a las cuatro o cinco de ella.
Y preguntado si, como ha expresado, era el designio del comandante general coronel Barreiro interponerse entre los enemigos y la capital, sabe por qué razón, sin haberlo logrado y hallándose la tropa con una jornada hecha aquel día, resolvió sostener el combate y no lo evitó, subsistiendo en su primera interesante idea, dijo:
Que ignora, como lleva dicho, los designios del comandante general con respecto a si trataba de pasar el puente o batir a los rebeldes, pero que infiere que se comprometió la acción por el reconocimiento que ejecutó el coronel Jiménez contra la columna enemiga con la nuestra de vanguardia, pues siendo como lo fue atacado y cargado constantemente por los rebeldes, aun en el movimiento que ejecutó para replegarse en aquel caso, ya no cree el declarante que pudiese pasar la división el puente.
E infiere igualmente que el comandante general se empeñó en la acción, porque de emprender una retirada a la vista de los enemigos para dirigirse a tomar el frente de ellos, era necesario retroceder a lo menos un día para emprender la marcha por el camino de Ubaté u otro que tal vez la demoraría más, y que en el ínterin los enemigos que se hallaban en el camino de Ventaquemada siempre nos aventajarían lo menos dos días en la dirección de la capital, la que en aquel caso pudieran invadir de sorpresa con una marcha forzada, como hicieron con Tunja.
Y preguntado qué fuerza reunió con los jefes que lo acompañaron y si toda ella se embarcó en el puerto de Guarumo para seguir hasta Mompós, y en el caso de separación de alguna exprese en qué punto y con qué motivo, dijo:
Que la fuerza que pudo llegar a Guarumo de la reunida fueron como 210 hombres de todos los cuerpos de la división, con las banderas del segundo de Numancia y batallón del Tambo; que muchos más se reunieron el día 8, pero que el cansancio, la deserción y el no tener un punto seguro de reunión causaban unas bajas considerables cada día; que toda la fuerza que llegó a Guarumo se embarcó en las balsas hechas al efecto por la misma tropa, a causa de no haber paisanos que las construyesen, y que solo algunos cuatro o seis soldados que por miras siniestras o remolonerías se quedaron, no obstante que se les obligó y dejó construyendo dos balsas para ellos y alguno que pudiese no haber salido de la montaña por el cansancio o la necesidad.
Que no tiene más que añadir; que lo dicho es la verdad a cargo de la palabra de honor que tiene prestada, en la que se afirmó y ratificó, leída que le fue esta declaración. Manifestó ser mayor de 25 años y lo afirmó con el señor juez fiscal y presente secretario, de que certifico.
Diligencia de entrega
En el referido pueblo, día, mes y año, el señor juez fiscal, en vista de haber obtenido comisión por el excelentísimo señor virrey, y no haber comparecido en este pueblo el teniente coronel don Isidro Barrada, tercer testigo que ha de examinar, dispuso en consecuencia suspender esta actuación y entregarla, en el estado en que se halla, a su excelencia, para lo que pasó acompañado de mí, presente secretario, a la casa posada de dicho señor excelentísimo, a quien entregó dicho expediente, que se compone de seis hojas útiles, dos oficios y un diario histórico de operaciones, constante de diez hojas de papel francés de carta. Y para que conste, firmó dicho señor fiscal, de que certifico.
Es copia de los documentos originales.
Archivo General de Indias, Sevilla, Cuba 747. Archivo La Torre, legajo 25, paquete 91, t. 34, f. 440-451, solo la declaración del teniente coronel don Juan Loño. Publicada por Juan Friede en La batalla de Boyacá, 7 de agosto de 1819, a través de los archivos españoles. Bogotá, talleres gráficos del Banco de la República, 1969, p. 124-140. También publicada por Fray Alberto Lee López (compilador). Los ejércitos del rey, 1818- 1819, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II.
Boletín número 4 del Ejército Libertador de la Nueva Granada
8 de agosto de 1819
El documento oficial sobre el acontecimiento de la batalla de Boyacá, desde la perspectiva de los lectores de los documentos producidos por el Ejército de Operaciones que obró sobre el Virreinato de la Nueva Granada, es el cuarto boletín firmado por el general Carlos
Soublette, jefe de su Estado Mayor General. Escrito al día siguiente en el sitio de Ventaquemada, en las cercanías del campo de Boyacá, se hizo publicar en la capital el 15 de agosto siguiente, en la primera entrega de la Gaceta de Santafé de Bogotá. Natural de La Guaira, el general Soublette tenía entonces 30 años, y fue reconocido por el mismo Libertador, junto al general José Antonio Anzoátegui, como el artífice del triunfo de armas en el campo de Boyacá. El siguiente es el texto completo de ese boletín oficial de la batalla.
Estado Mayor General
Ejército Libertador de Nueva Granada
Boletín número 4
Batalla de Boyacá
Al amanecer del día de ayer dieron parte los cuerpos avanzados de que el enemigo estaba en marcha por camino de Samacá; el Ejército se puso sobre las armas, y luego de que se reconoció que la intención del enemigo era pasar el puente de Boyacá para abrir sus comunicaciones directas, y ponerse en contacto con la capital, marchó por el camino principal para impedírselo, o forzarlo a admitir la batalla.
A las dos de la tarde la primera División enemiga llegaba al puente, cuando se dejó ver nuestra descubierta de caballería. El enemigo, que no había podido aún descubrir nuestras fuerzas, y que creyó que lo que se le oponía era un cuerpo de observación, lo hizo atacar con sus Cazadores, para alejarlo del camino, mientras que el cuerpo del Ejército seguía su movimiento. Nuestras divisiones aceleraron la marcha, y con gran sorpresa del enemigo se presentó toda la infantería en columna sobre una altura que dominaba su posición. La vanguardia enemiga había subido una parte del camino persiguiendo nuestra descubierta, y el resto del Ejército estaba en el bajo, a un cuarto de legua del puente, y presentaba una fuerza de 3.000 hombres.
El batallón de Cazadores de nuestra vanguardia desplegó una compañía en guerrilla, y con las demás en columna atacó a los cazadores enemigos, y los obligó a retirarse precipitadamente hasta un paredón, de donde también fueron desalojados; pasaron el puente y tomaron posiciones del otro lado; entre tanto, nuestra infantería descendía y la caballería marchaba por el camino.
El enemigo intentó un movimiento por su derecha y se le opusieron los Rifles y la Compañía Inglesa. Los batallones Primero de Barcelona y Bravo de Páez, con el escuadrón de caballería del Llano-arriba, marcharon por el centro. El batallón de línea de Nueva Granada y los Guías de retaguardia se reunieron al batallón de Cazadores y formaban la izquierda. La columna de Tunja y la del Socorro quedaron en reserva.
En el momento se empeñó la acción en todos los puntos de la línea. El señor general Anzoátegui dirigía las operaciones del centro y de la derecha; hizo atacar un batallón, que el enemigo había desplegado en guerrilla en una cañada, y lo obligó a retirarse al cuerpo del Ejército que, en columna sobre una altura, con tres piezas de artillería al centro, y dos cuerpos
de caballería a los costados, aguardó el ataque. Las tropas del centro, despreciando los fuegos que hacían algunos cuerpos enemigos situados sobre su flanco izquierdo, atacaron la fuerza principal. El enemigo hacía un fuego terrible, pero nuestras tropas, con movimientos los más audaces y ejecutados con la más estricta disciplina, envolvieron todos los cuerpos enemigos. El escuadrón de caballería del Llano-arriba cargó con su acostumbrado valor y desde aquel momento todos los esfuerzos del general español fueron infructuosos: perdió su posición. La compañía de Granaderos a caballo, toda de españoles, fue la primera que cobardemente abandonó el campo de batalla. La infantería trató de rehacerse en otra altura, pero fue inmediatamente destruida.
Un cuerpo de caballería, que estaba en reserva, aguardó la nuestra con las lanzas caladas y fue despedazado a lanzazos; y todo el Ejército español, en completa derrota y cercado por todas partes, después de sufrir una grande mortandad, rindió sus armas y se entregó prisionero. Casi simultáneamente el señor general Santander, que dirigía las operaciones de la izquierda y que había encontrado una resistencia temeraria en la vanguardia enemiga, a la que solo le había opuesto sus Cazadores, cargó con unas compañías del batallón de Línea, y los Guías de retaguardia, pasó el puente y completó la victoria.
Todo el ejército enemigo quedó en nuestro poder; fue prisionero el general Barreiro, comandante general del Ejército de Nueva Granada, a quien tomó en el campo de batalla el soldado del Primero de Rifles, Pedro Martínez; fue prisionero su segundo el coronel Jiménez, casi todos los comandantes y mayores de los cuerpos, multitud de subalternos y más de 1.600 soldados; todo su armamento, municiones, artillería, caballería, etc. Apenas se han salvado 50 hombres, entre ellos algunos jefes, y oficiales de caballería, que huyeron antes de decidirse la acción.
El general Santander, con la Vanguardia y los Guías de retaguardia, siguió en el mismo acto en persecución de los dispersos hasta este sitio; y el general Anzoátegui, con el resto del ejército, permaneció toda la noche en el mismo campo.
No son calculables las ventajas que ha conseguido la República con la gloriosa victoria obtenida ayer. Jamás nuestras tropas habían triunfado de un modo más decisivo, y pocas veces habían combatido con tropas tan disciplinadas y tan bien mandadas.
Nada es comparable a la intrepidez con que el señor general Anzoátegui, a la cabeza de dos batallones y un escuadrón de caballería, atacó y rindió el cuerpo principal del enemigo. A él se debe gran parte de la victoria. El señor general Santander dirigió sus movimientos con acierto y firmeza. Los batallones Bravo de Páez, y Primero de Barcelona, y el Escuadrón del Llano-arriba, combatieron con un valor asombroso. Las columnas de Tunja y del Socorro se reunieron a la derecha al decidirse la batalla. En suma, su excelencia ha quedado altamente satisfecho de la conducta de todos los jefes, oficiales y soldados del Ejército Libertador en esta memorable jornada.
Nuestra pérdida ha consistido en 13 muertos y 53 heridos; entre los primeros, el teniente de caballería N. Pérez y el reverendo padre Fray Miguel Díaz, capellán de vanguardia; y entre los segundos, el sargento mayor José Rafael de las Heras, el capitán Johnson y el teniente Rivero.
Cuartel general en Jefe en Ventaquemada, a 8 de agosto de 1819.-9.°
El general en jefe,
Publicado originalmente en la Gaceta de Santafé de Bogotá, 1 (15 de agosto de 1819) y en una entrega extraordinaria de la Gazeta extraordinaria de Guayana [Correo del Orinoco] del domingo 19 de septiembre de 1819. Ha sido reeditado por varios historiadores, como Blanco y Azpurúa, Daniel Florencio O´Leary, Guillermo Hernández de Alba (2004) y José Roberto Ibáñez (1993 y 1998). Fue incluido por Fray Alberto Lee López y Horacio Rodríguez Plata (recop.) en Documentos sobre la campaña libertadora de 1819, Bogotá, Antares, 1970, tomo II, p. 145-147.
Recuerdo del coronel Manuel Antonio López Borrero sobre la batalla de Boyacá,
dirigido a los senadores y representantes de los Estados Unidos de Colombia.
3 a 11 de agosto de 1819
Nacido en Popayán el 2 de julio de 1803, el coronel Manuel Antonio López Borrero era primo hermano del afamado general José Hilario López, quien llegó a ser presidente de la Nueva Granada entre 1849 y 1853. En el año 1818 abandonó la ciudad de Santafé, donde vivía con su abuela María Antonia Gómez Polanco, y se marchó al Casanare para ingresar a las filas del primer batallón Cazadores de Vanguardia, con lo cual se halló en la batalla de Boyacá, a órdenes del capitán mayor Joaquín París. Después de esta acción siguió con el Libertador a la campaña del sur, que liberó la provincia de Quito, y continuó en la campaña del Perú hasta las batallas de Junín y Ayacucho. Regresó a Colombia, y, viéndose involucrado en la investigación contra los conspiradores de la noche septembrina, se marchó a Caracas en 1829. A órdenes del general Judas Tadeo Piñango comandó una compañía del Táchira que defendió la nueva frontera del Estado venezolano separado de Colombia, y en 1831 se casó en Caracas con una prima hermana del general Narciso López. Después de vivir muchas décadas en Venezuela regresó a Bogotá al final de sus días, donde falleció el 11 de agosto de 1891. Una vez que escribió varios textos con sus memorias parciales de las batallas en las que participó, en 1878 fueron publicados en la imprenta bogotana de José Benito Gaitán sus Recuerdos históricos de las campañas de Colombia y del Perú (1819-1826), con prólogo de José María Quijano Otero. El siguiente fragmento de esos Recuerdos suyos está referido a la batalla de Boyacá.
Nuestro ejército, más reducido ya, no contaba con tropa suficiente para dar una batalla decisiva, pues las que se reunieron en Tasco no reemplazaron las que se perdieron en el páramo, en Gámeza y en el Pantano de Vargas. Entretanto los españoles tenían refuerzos para reemplazar sus bajas; le repartieron dinero a la tropa, le ofrecieron el botín de los pueblos, la entusiasmaron cuanto fue posible, haciéndoles creer que el Ejército Libertador venía huyendo del general Morillo que lo perseguía, y establecieron una disciplina tan rigurosa, que sin
embargo de haber en sus filas muchos oficiales que habían servido a la patria anteriormente y se hallaban condenados a servir de soldados, no se pudo pasar uno solo.
Pero aquí fue donde el Libertador desplegó más su actividad y energía, poniendo en acción todos los recursos de su genio. Hizo publicar la ley marcial, mandó a todos los pueblos jefes y oficiales a reunir gente, y repartió por todas partes guerrillas que molestaran al enemigo, manteniéndolo en continua alarma, mientras que fueron llegando los reclutas: 400 vinieron del Socorro y Pamplona, y más de 500 se reclutaron en la provincia de Tunja, que formaron dos columnas. Los pueblos que se vieron libres de la barbarie española, o que no habían sufrido ninguna exacción de nuestra parte, se entusiasmaron y levantaron guerrillas para hostilizar a los enemigos; así fue como en pocos días se aumentó el ejército con más de 1.000 hombres de los reclutas y voluntarios que se presentaron a tomar las armas. Mientras se distraía al enemigo con varios movimientos y continuos tiroteos, la mayor parte del ejército descansaba, hacía su rancho tranquilamente y se disciplinaban los reclutas a la vista del enemigo, en medio de las balas, y con tanto interés que a los doce días estuvieron en aptitud de batirse, como lo probaron en Boyacá.
El día 3 de agosto, el Libertador, con el objeto de reconocer la posición y fuerza del enemigo, ordenó un movimiento con todas sus tropas sobre sus puestos avanzados, y nuestra descubierta de caballería arrolló completamente la del enemigo en los Molinos de Bonza. Los españoles abandonaron precipitadamente la población y tomaron posiciones en una altura que está en la confluencia de los dos caminos de Tunja y el Socorro; el ejército libertador continuó la marcha hasta el mismo pueblo, y por la noche, pasando el puente de Paipa, acampó a la orilla derecha del río Sogamoso.
El día 4 de agosto permanecieron los dos ejércitos en sus posiciones, sin que el enemigo intentara movimiento alguno; por la tarde el ejército libertador repasó el puente aparentando ocultar el movimiento, pero con el objeto de que lo viera para que creyese que volvíamos a los Corrales de Bonza, y a las ocho de la noche contramarchó aprovechándose de la oscuridad para no ser visto, dirigiéndose a paso acelerado a la ciudad de Tunja por el camino de Toca, dejando al enemigo a la espalda. Se caminó sin descanso. El día 5 de agosto, a las nueve de la mañana, el ejército entró al pueblo de Chivatá, y a las once el Libertador con la caballería ocupó a Tunja, haciendo prisionera la guarnición, y no cayó en nuestro poder el gobernador don Juan Loño, porque aquella madrugada había marchado con el tercer batallón de Numancia a incorporarse al ejército. Conducían tres piezas de artillería. A las cuatro de la tarde entró a la ciudad el resto del ejército.
El enemigo, que no pudo saber la dirección que llevaba el ejército libertador hasta las nueve de la mañana del día 5 de agosto, se puso en marcha para Tunja por el camino principal de Paipa, haciendo alto a las cinco de la tarde en el Llano de Paja, a la vista de un destacamento de caballería que después de la ocupación de la ciudad se destinó a observarlo. A las ocho de la noche siguió su marcha por el páramo de Cómbita, y el 6 de agosto, a las nueve de la mañana, entró al pueblo de Motavita, a legua y media de Tunja. Nuestra caballería siguió tras él toda la noche, molestando su retaguardia y haciéndole algunos prisioneros.
La ocupación de Tunja nos puso en posesión de 600 fusiles, un almacén de vestuarios con que vistieron los soldados más desnudos, los hospitales, botiquines, maestranza y cuanto poseía el enemigo. Sus habitantes, llenos de entusiasmo por la libertad, no sabían cómo
manifestar su gratitud al ejército; todo lo facilitaban con la mayor presteza y actividad, y varios se enrolaron en sus filas.
El Libertador se propuso interponerse entre el ejército español y la capital de Bogotá, cortarle la comunicación con el virrey, privarlo de los refuerzos y demás recursos que este le pudiera enviar y obligarlo a un combate decisivo, pues hasta entonces su táctica había sido de posiciones. Con este objeto el ejército libertador se encontró formado al amanecer del día 7 de agosto en la plaza de Tunja, dispuesto a marchar a primera orden, esperando para ello tener noticia del movimiento del enemigo, el que, si seguía para Santafé, podía efectuarlo por dos caminos y era necesario saber cuál escogía. Siempre se creyó que escogería el más corto, como lo ejecutó efectivamente.
Los cuerpos avanzados dieron parte muy temprano de que el enemigo había emprendido la marcha por Samacá, lo que indicaba que tenía la intención de pasar el puente de Boyacá, y conservar su comunicación con el virrey, poniéndose en contacto con la capital, donde contaba con más tropas y toda clase de recursos.
Sin perder un momento, nuestro ejército salió de Tunja a paso redoblado por el camino principal que conduce a esta ciudad, y a las dos de la tarde, cuando la Vanguardia del enemigo llegaba al puente de Boyacá, se le presentó nuestra descubierta de caballería. Sin duda creyó que esta era una partida de observación, porque en el acto no descubrió toda nuestra fuerza, que iba marchando a la sombra del cerro que la ocultaba. Una compañía de tiradores del enemigo cargó a nuestra descubierta intentando alejarla del camino para dejar libre el paso al resto de su ejército que seguía su movimiento. A los primeros tiros de fusil, nuestras divisiones redoblaron la marcha, y con gran sorpresa del enemigo se presentó nuestra infantería formada en columna sobre una altura que dominaba los dos caminos.
La Vanguardia del enemigo había adelantado una parte del camino en persecución de nuestra descubierta, en tanto que el resto del ejército, acabando de descender la cuesta, se encontraba abajo como a un cuarto de legua del puente, presentando una fuerza de 3.000 hombres. El comandante [Joaquín] París, desplegando en tiradores una compañía de su batallón y las otras en columna, atacó a la Vanguardia del enemigo, obligándola a retirarse precipitadamente hasta el paredón de una casa, donde se apoyó; pero allí les cargó con decisión desplegando en batalla las otras compañías de su cuerpo. Los enemigos fueron desalojados de aquel punto, y pasando el puente fueron a tomar posición al lado opuesto.
Al ver el enemigo que nuestra infantería bajaba de la loma para atacarlo, y que la caballería marchaba por el camino hacia el puente, intentó un movimiento por su derecha, como para unirse con su Vanguardia, y se le opusieron los batallones Rifles y Albión, que lo impidieron, por lo que se resolvieron a esperar el ataque ocupando la altura de su derecha. Formó su infantería en columna, colocando a su frente tres piezas de artillería, y su caballería a derecha e izquierda, y destinaron un cuerpo de cazadores que ocupara la orilla derecha de una cañada para que hiciera fuego diagonal sobre nuestra infantería.
Los batallones 1º de Barcelona y Bravos de Páez, con el escuadrón de Llano arriba, atacaron por el centro; el batallón de Línea y los Guías de retaguardia reforzaron al batallón de Cazadores de Vanguardia, formando la izquierda de la línea de batalla, y quedaron en reserva las columnas de Tunja y el Socorro.
Empeñada la acción, el general Anzoátegui dirigía las operaciones del centro y derecha de la línea, e hizo atacar el batallón que se hallaba en la cañada, el cual fue arrollado y obligado
a retirarse al grueso del ejército. Despreciando los fuegos de los tiradores situados a derecha e izquierda del enemigo, cargó a la fuerza principal, envolviéndola por un movimiento simultáneo, y el coronel Rondón con su caballería acabó de poner en desorden al enemigo, de tal suerte que el general español, aunque hizo el esfuerzo posible, no logró restablecer el combate, y perdió su posición. La infantería arrollada trató de rehacerse en otra altura y quedó destruida en el primer encuentro. Un cuerpo de caballería, que estaba en reserva, esperó la nuestra, lanza en ristre, y fue destrozado completamente. El general Santander, que por la izquierda había encontrado una vigorosa resistencia en la vanguardia enemiga, cargó con el batallón de Línea y los Guías, pasó el puente y completó la derrota.
Cercado el ejército español por todas partes, rindió las armas y se entregó prisionero. El general Barreiro, su segundo Jiménez, los jefes y oficiales, 1.600 de tropa, todo su armamento, sus municiones, su artillería, su caballería y multitud de despojos quedaron en nuestro poder, y solo se salvaron algunos jefes y oficiales que huyeron antes de decidirse la batalla, 500 hombres que el teniente coronel Nicolás López salvó de su batallón, y un escuadrón de españoles mandados por el coronel González, que cobardemente huyó también al principio de la batalla. Más de 100 muertos y otros tantos heridos se encontraron en el campo de batalla.
Nuestra pérdida consistió en 30 de tropa muertos y 67 heridos; entre los primeros el teniente Pérez y el reverendo padre fray Miguel Díaz, capellán de la vanguardia; entre los segundos el sargento mayor Rafael de las Heras, el capitán Johnson y el teniente Rivero.
Tal fue la batalla de Boyacá, corona de una de las campañas más audaces y felices concebidas y ejecutadas por el general Bolívar.
Honorables Senadores y Representantes: aceptad este recuerdo como una ofrenda presentada por los últimos restos de los que con abnegación y patriotismo en los tiempos heroicos combatieron por la independencia, sin otra aspiración que la de legar la libertad a sus descendientes y la memoria de sus hechos a la posteridad.
Resultados de la batalla de Boyacá
Como a las tres de la tarde terminó la batalla de Boyacá, porque los enemigos fueron batidos en la primera carga que, con asombroso arrojo, les dio nuestra infantería y caballería en la posición que se vieron obligados a ocupar para resistir el ataque. El general Santander, con la División de Vanguardia, continuó la persecución de los restos que escaparon hasta Ventaquemada, haciendo algunos prisioneros y recogiendo otros que voluntariamente se fueron presentando, entre estos el después general Laureano López, que se hallaba condenado a servir de soldado en las filas del ejército español.
El general Anzoátegui, que con la División de Retaguardia quedó en el campo de batalla recogiendo los prisioneros, armas, municiones y cuanto se tomó a los enemigos, el día 8 de agosto, muy temprano, se unió con su División de Ventaquemada a las del general Santander.
El Libertador, que aún no sabía cuáles habían sido los trofeos de la victoria, pidió la lista de los prisioneros, y encontró en ella el nombre del comandante Bignoni, italiano de nacimiento. Este jefe traidor en el año de [18]12, hallándose mandando el castillo de Puerto
Cabello, cuando el Libertador mandaba aquella plaza, se insurreccionó en el castillo con la tropa que tenía a sus órdenes y lo entregó a Monteverde, que la sitiaba. El Libertador tuvo que salir huyendo del puerto en una goletita, y al pasar por el frente del castillo, Bignoni se presentó en la muralla insultándolo, y le mandó hacer fuego con unos cañones. El Libertador, al ver aquel cinismo, de pie en la cubierta le tendió la mano amenazándolo con estas palabras: “Anda, traidor infame, que no pierdo la esperanza de ahorcarte”. El Libertador, que no había olvidado acontecimiento tan grave de su vida pública, hizo venir a Bignoni a su presencia, le recordó su traición, diciéndole que había llegado el momento de cumplir la promesa que había hecho de ahorcarlo. Mandó poner un palo en la plaza y que lo ahorcaran, y la orden se cumplió inmediatamente, pagando Bignoni con la vida la infame traición.
Sin perder un momento, el comandante Mujica, con el escuadrón de Guías, continuó la persecución del enemigo, y el Libertador, con el escuadrón del Llano arriba, se le unió en Chocontá para venir rápidamente a esta capital, siguiendo luego el mismo movimiento el resto del ejército. El 9 de agosto llegó el Libertador con la caballería al puente del Común, y el 10 por la mañana tuvo noticia de que esta capital había sido abandonada por el virrey y las tropas que la guarnecían, huyendo el primero para Honda con su guardia de alabarderos, y las segundas para Popayán a las órdenes del coronel don Sebastián de la Calzada. Aprovechando la ocasión, el Libertador, con 60 hombres de caballería escogidos, al mando del comandante Leonardo Infante, ocupó esta capital a las cinco de la tarde, y media hora después el citado comandante con sus 60 hombres marchó en persecución del virrey. El día 11 de agosto entró el ejército en esta ciudad.
Manuel Antonio LÓPEZ BORRERO. Recuerdos históricos del coronel… ayudante del Estado Mayor General Libertador. Colombia y Perú, 1819-1826, dedicado a los generales Bolívar y Sucre, Bogotá, 20 de julio de 1878. Introducción de José María Quijano Otero, Bogotá, Imprenta de José Benito Gaitán, 1878. La 2.a edición hizo parte de la Biblioteca Ayacucho que dirigió José Blanco Fombona y se tituló Recuerdos históricos de la guerra de independencia. Colombia y el Perú (1819-1826), Madrid, América, 1919. La 3.a ed. en Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, 1955, p. 12-17.
Reminiscencias del general Thomas Charles James Wright Montgomery
11 de julio a 7 de agosto de 1819
Natural de Queensborough, en el condado de Louth (Irlanda), Thomas Charles James Wright Montgomery nació el 26 de enero de 1799, e ingresó en el año 1810 a la Academia Naval de Portsmouth. Dos años después ya navegaba como guardiamarina en el crucero “Newcastle”, al servicio de Su Majestad Británica. Se enganchó en Londres, con el grado de teniente, en el Batallón Rifles que organizó el coronel Campbell, por encargo del comisionado López Méndez, para marchar a las campañas militares de Venezuela. Hizo la campaña de la Nueva Granada en el año 1819, que le valió el rango de capitán, y el 22 de febrero de 1822 se convirtió en teniente coronel graduado. Después de la creación de la
República de Colombia marchó con el general Bolívar a la campaña del sur de Colombia, y cuando la provincia de Guayaquil se incorporó a Colombia fue nombrado comandante de navío. En 1829 era comandante del Apostadero de Guayaquil, con el rango de coronel efectivo. Cuando Colombia se disolvió se quedó en Guayaquil al servicio del Ecuador, fue hecho general de brigada y llegó a ser comandante general de Marina y comandante general del Distrito del Sur, colaborador cercano del presidente Vicente Rocafuerte. Entre junio de 1837 y marzo de 1845 fue el comandante general del Guayas, representando en 1843 a la provincia de Guayaquil ante la Legislatura ecuatoriana. Murió el 10 de diciembre de 1868 en la ciudad de Guayaquil. El siguiente fragmento de sus Reminiscencias se limita a las batallas del Pantano de Vargas y de Boyacá, en las que participó como teniente del Batallón Rifles número 1.
Reminiscencias de los oficiales ingleses en las campañas de Bolívar en la Guerra de la
Independencia en Colombia
No bien alcanzáronse los terrenos bajos de Nueva Granada, un combate se libró en Gámeza, el 11 de julio de 1819, en que el enemigo fue obligado a cruzar el río, con una pérdida para cada bando de aproximadamente 100 hombres, entre muertos y heridos, Y al entrar la noche, los españoles se retiraron a breve distancia, pudiendo Bolívar ocupar la población.
A la mañana siguiente, Bolívar principió a evacuar sus posiciones, dándole todo el aspecto de una retirada; pero esto lo hizo con el deliberado propósito de efectuar un movimiento de flanco más eficaz, que le permitiera girar sobre sus posiciones, tras lo cual acampó con sus ejércitos en los Corrales de Bonza; mientras los españoles se situaban a corta distancia, en Paipa, parapetados en una posición ventajosa.
Numerosas escaramuzas ocurrieron en los días subsiguientes. Casi todas las noches las compañías ligeras eran movilizadas en orden de guerrilla para presentar lucha, pero sin que ninguno de los bandos pareciera lograr ventaja. En estos “ejercicios”, empero, de 8 a 10 bajas registrábanse diariamente por cada lado.
Como Bolívar no lograra que el enemigo saliera a campo abierto, cuyo objetivo perseguía al fomentar las escaramuzas, resolvió efectuar un movimiento de flanco el 25 de julio, lo que vino a precipitar la batalla del Pantano de Vargas, que se sostuvo a través de toda la tarde del día, registrándose la más enconada resistencia y valor de parte y parte; sangrienta acción de armas que solo pudo interrumpir un torrencial aguacero al caer la noche.
En el ejército de Bolívar hubo 360 bajas, entre muertos y heridos, pero las bajas del enemigo fueron mucho mayores. Y esto que, mientras los españoles tenían en el campo casi 5.000 hombres, los de Bolívar se hallaban diezmados por la travesía de la Cordillera, contando a lo sumo con la mitad de esa cifra en tropas regulares, más algunos centenares de reclutas inexpertos que habían sido reunidos a la ligera, y armados principalmente con lanzas, con el propósito de producir una sensación numérica, como también para auxiliar a los heridos.
En un momento dado, durante la batalla, la izquierda de Bolívar estuvo envuelta, encontrándose ese flanco a cargo del general Santander con su División, que se veía obligado a retroceder ante las acometidas del enemigo. En eso, el Rifles 2.o, con el coronel Rooke a la cabeza de sus hombres, fue comisionado para aliviar la presión en este sector y, aunque los españoles habían alcanzado ya las alturas que tenían enfrente, y estaban exaltados con el triunfo, “los irlandeses”, forzando el paso, lograron una carga triunfal, desalojando al enemigo de sus posiciones recién conquistadas, pero no sin antes resultar mortalmente herido en la acción el bizarro Rooke, de cuyas consecuencias fallecía poco después.
En la parte central, el Rifles 1.o se vio por dos ocasiones rechazado, logrando cada vez conquistar el terreno perdido, acicateado por el valiente Sandes, que fue herido dos veces en esa ocasión dirigiendo su contingente. Pero en justicia debe reconocerse que el Rifles se vio en todo momento apoyado por la caballería, la que se desempeñó en forma por demás loable.
Como bien puede suponerse, los ingleses, en conjunto, sufrieron severamente en ese día, y muchos de ellos, tanto oficiales como clases, figuraron en la lista de muertos y heridos.
En la orden general, al día siguiente, Bolívar confirió la Orden del Libertador a todos y cada uno de los ingleses, sin distinción de rangos, por su valeroso comportamiento en el campo del Pantano de Vargas, decretando que el Rifles 2.o, de ahí en adelante, se llamaría el Batallón de Albión.
Al rayar el alba a la mañana siguiente, los dos ejércitos todavía alcanzaban a divisarse en lontananza. Los españoles, aunque algo retirados, habían tomado posiciones para proseguir la lucha, mientras que Bolívar ocupaba unas cuantas casas campestres en las inmediaciones.
Posteriormente, los dos ejércitos retornaron a sus posiciones originales, verbigracia, Bolívar al campamento de los Corrales de Bonza, y los españoles a Paipa.
Habría transcurrido poco más de una semana, cuando Bolívar, intempestivamente, tomaba, al mediodía, por sorpresa, los puestos avanzados del enemigo en los Molinos de Bonza, en los precisos instantes en que este se hallaba vivaqueando en las cercanías de Paipa; en tanto que el grueso del ejército español se había instalado en las alturas que dominaban la ciudad, viéndose, no obstante, separados los beligerantes por un río, que, si bien era angosto, no permitía el vado en todas partes.
Al día siguiente, los dos ejércitos se vigilaron mutuamente hasta eso de las seis de la tarde, momento en que Bolívar resolvió actuar, marchando con su ejército hacia el ala izquierda del enemigo, destacando una pequeña avanzada de infantería, apoyada por tropa montada, con órdenes de asediar el puente de Paipa al caer la noche, y de sostener un fuego incesante y nutrido. Mientras esto ocurría, el Libertador efectuaba una contramarcha envolvente sobre el flanco derecho del enemigo, sin descansar, salvo por breves instantes, hasta las tres de la tarde del día siguiente, en cuya hora tomaba por sorpresa la plaza de Tunja, varias millas en la retaguardia del enemigo, apoderándose de su hospital, pertrechos y puestos de armas.
El general español, Barreiro, aunque no llegó a percatarse de que Bolívar hallábase a su retaguardia hasta bien adelantada la mañana siguiente, procuró efectuar una marcha similar, envolviendo a las fuerzas antagónicas durante la noche, escalando para ese efecto un cerro cercano. Mas, a la mañana siguiente, 7 de agosto de 1819, Bolívar, siempre alerta, efectuaba una marcha relámpago desde Tunja, para interceptarlo, y aquí prodújose la memorable batalla de Boyacá.
Todos los cuerpos combatieron con valentía y sin par, y con verdadera emulación unos de otros. Bolívar acercábase a cada uno por separado, para soltarle alguna frase alentadora. Decíale a los hijos del país que los ingleses se mofaban de ellos, y al Albión que el Rifles le estaba enseñando el camino, y de recordarse, por favor, que ellos también eran ingleses, y que las miradas de todos estaban fijas sobre ellos, etc. En esta batalla el general Anzoátegui, quien comandaba la División a la cual pertenecía el Rifles y el Albión, se superó a sí mismo en forma muy semejante a Bolívar, y en todo momento se le veía de comienzo a fin, infiltrándose en lo más grueso de la contienda, con justicia, devengando los calificativos “el rey de la jornada”, “el valiente de los valientes”.
El Rifles y el Albión pelearon sobre el ala derecha de Bolívar, y tras despedazar a la Brigada Española de Infantería, sus contrincantes, se hallaban en calurosa persecución de sus huestes, cuando, de la manera más repentina, quinientos jinetes españoles, espléndidamente montados, viraron sobre ellos a galope tendido, quedando atónitos todos; pero solo por un instante, porque de seguido, la caballería de Bolívar, aunque contando escasamente con la mitad de aquel número, apareció de súbito por encima de una quebrada ondulosa, en las inmediaciones, entrando a trabar lucha con sus adversarios a la vieja “moda colombiana”, haciéndoles virtualmente picadillo.
En Boyacá, al igual que en el Pantano de Vargas, la caballería dirigida por el coronel Rondón, un venezolano, se inmortalizó.
La victoria estaba ahora segura y total. Los españoles lo perdieron todo. Casi 2.000 prisioneros cayeron en manos de Bolívar, incluyendo el jefe de operaciones, general Barreiro, y sus comandantes y oficiales, así como la artillería (dos cañones de cuatro libras), municiones, etc.
En Albert Edward WRIGHT. Destellos de gloria: biografía sintética de un prócer de la independencia, incorporando las “Reminiscencias” del general de división Tomás Carlos Wright, traducción del inglés al castellano por el autor. Buenos Aires, Talleres gráficos Castroman, Orbiz & Cía., octubre de 1949, p. 30-33. 2 edición en Caracas, Cámara Venezolano Británica de Comercio, 1983. Véase también de Eduardo WRIGHT. El general de división Tomás Carlos Wright, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, tomo XX, no. 79 (julio-sep. 1937).
Declaración de Juan Martínez de Aparicio y Juan Barreda
Santafé, 8 de agosto de 1819 a las nueve y media de la noche
1819. Tercera División [del Ejército Expedicionario de Tierra Firme].
Mes de agosto.
Contiene copia de las declaraciones tomadas por el coronel don Sebastián de la Calzada en la noche del ocho de dicho mes sobre la derrota de la Tercera División, y un boletín del Ejército enemigo describiendo la acción de Boyacá.
En la ciudad de Santa Fe a ocho de agosto de mil ochocientos diez y nueve, siendo como las nueve y media de la noche, el señor don Sebastián de la Calzada, en virtud de mandato del excelentísimo señor virrey del Reino, procedió a tomar declaración al capitán del 1.º del Rey, don Manuel Martínez Aparicio, y al comisario de la 3.ª División [Juan Barreda], a quienes recibió juramento con arreglo bajo del cual prometieron decir la verdad en lo que supieren y fueren preguntados, y siéndolo sobre cuál era la causa de su venida a esta capital, dijeron en consecuencia de que el día cinco del presente los enemigos se hallaban en la ciudad de Tunja con el total de sus fuerzas y, noticioso de esto el señor comandante general de la misma División, se puso en movimiento por la dirección del camino real de Paipa a dicha ciudad de Tunja, con el objeto de interponerse entre ellos y la Capital y con la idea también de proteger la llegada del comandante del 3.ª de Numancia, que con él la artillería y municiones debían llegar el cinco.
El siete [de agosto] a las tres de la tarde fue avistada la guerrilla de los enemigos por la nuestra en la altura frente a la casa de teja o de postas de Tunja. Que el señor comandante general, en su consecuencia, dispuso que la nuestra cargara a la de ellos, pero como de esta operación resultó avanzar una columna enemiga, se previno que la nuestra, con el nombre de vanguardia, la cargara; pero tomando aquella posición dominante sobre la nuestra, se le mandó al coronel comandante de ella, don Francisco Jiménez, se replegase sobre el camino real que de Tunja conduce a esta capital, en cuyo movimiento fue cargada vigorosamente por la caballería e infantería enemigas. En estas circunstancias desfilaba otra columna enemiga por nuestra izquierda y otra por el centro, cuyos fuegos fueron sostenidos por parte del batallón 2.º de Numancia y 1.º del Rey. A esta operación les ayudaba su caballería, corriéndose por nuestra izquierda. El comandante general dispuso que un escuadrón de la nuestra la contrarrestase, caso de que avanzara. La Infantería del Rey y Numancia sostuvieron el fuego con valor, pero ellos, visto que nada sacaban, se decidieron a cargar con el todo de su caballería, único apoyo para los casos en que se creen desgraciados, y el señor comandante general, por este movimiento, dio las órdenes necesarias a los comandantes de batallones para que, como estaban formados en columnas, armaran bayoneta y resistieran el golpe de la caballería, defendiendo las posiciones que ocupaban a toda costa. Nada fue suficiente, pues los infantes volvieron caras y se desordenaron como no fue posible creer. Nuestra Caballería, situada a la retaguardia de la Infantería, obró según le permitió el terreno contra los que le cargaban y sosteniendo la retirada de los infantes. El cañón de a cuatro hizo tres tiros y se rompió, se trató de aparejar los dos obusitos, mas no fue posible, porque cargada, como queda dicho, la infantería, huyó esta y emprendió la retirada y en dispersión; y aun cuando el comandante general daba sus órdenes para que la tropa fuese contenida por sus oficiales, no fue posible conseguirlo, por cuya razón tomaron los declarantes la derecha y se unieron al capitán don Francisco González en la Bajada de Samacá y, un poco más abajo, con el comandante del 1.º del Rey, don Nicolás López, que traía algunos soldados, y juntos llegaron a las tres de la tarde de este día a Zipaquirá, donde le han adelantado a dar parte al excelentísimo señor virrey, para que con este dato pueda Su Excelencia resolver lo que tenga
por conveniente. Y con esto se suspendió la declaración, con reserva de ampliarla cuando fuese necesario. Y leída esta declaración se afirmaron en ella y la firmaron conmigo.
Sebastián de la Calzada [rubricado]
Juan Manuel Martínez de Aparicio [rubricado]
Juan Barreda [rubricado]
Nota: Aunque en la declaración que antecede se reservó ampliarla en la forma correspondiente, no pudo verificarse motivado a que los que la dieron se dirigieron a la provincia de Popayán en la madrugada del día nueve del mes y año citados en ella.
Archivo General de Indias, Sevilla, fondo Cuba, 747. Publicado por Oswaldo Díaz Díaz en el Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 48, N.o 564-565 (octubre-noviembre 1961), páginas 674-676. Publicado también por Fray Alberto LEE LÓPEZ (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II, p. 426.
Carta del virrey Juan Sámano dirigida al general Pablo Morillo
Santafé, 8 de agosto de 1819, 9 de la noche
Excelentísimo señor general en jefe, don Pablo Morillo
Después de haber auxiliado al comandante general, don José María Barreiro, con dinero y cuanto pidió, en este momento, que son las nueve de la noche, se me han presentado el ayudante suyo, don Manuel Martínez de Aparicio, y el comisario de la división, don Juan Barreda, con la infausta noticia de que la División había sido enteramente derrotada y que los enemigos quedaban en Ventaquemada el mismo día de la acción, que fue ayer 7, haciendo ocho días que no me había dado parte dicho comandante general, siendo la fecha de su último oficio la del 31 de julio desde Paipa. Con este motivo, el teniente coronel Pla, que guarnecía el Valle de Tenza, y el capitán del primero de Aragón, don Plácido Domingo, que cubre el pueblo de Gachetá y cabuya del río Guavio, con dificultad se me podrán reunir, pues el enemigo es regular entre mañana aquí. Por consiguiente, debo salir esta noche para salvar la poquísima tropa de infantería que tengo en esta capital, retirándome por el camino de Popayán.
He tomado declaración a los dos que han llegado por caminos extraviados, lo que es también una desgracia, pues podían haber avisado a unas partidas que llevaban socorro de dinero y municiones a la división, y que deben estar en Chocontá.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.
Santa Fe, 8 de agosto de 1819
Nota: Y para su retirada por el camino más corto, se ofició al teniente coronel de Húsares del Príncipe, don Antonio Pla, comandante de los valles de Tenza; a los capitanes de Aragón, don Plácido Domingo y don Hermenegildo Mendiguren, que lo eran de Gachetá y Cáqueza; y al comandante de Honda, para que diesen tal noticia a Antioquia, Cartagena y Santa Marta, con el fin de que se preparasen para la defensa de su respectiva provincia y hecho de replegarse a la de Popayán por Quindío.
Ortiz, Sergio Elías, compilador. Colección de documentos para la historia de Colombia, 2.a serie. Bogotá, Kelly, 1965, colección 2, p. 224-225.
Acuerdo de la Real Audiencia de Santa Fe
Madrugada del 9 de agosto de 1819
En la ciudad de Santa Fe, en 9 días del mes de agosto de 1819, estando en acuerdo extraordinario de justicia los señores virrey, presidente, regente y oidores de la Audiencia y Cancillería real del reino, presentes los señores fiscales de ella, dijeron: que mediante a que por el excelentísimo señor virrey, presidente, gobernador y capitán general, se ha avisado verbalmente a los señores ministros de esta Real Audiencia, ahora que serán las 3 y media de la mañana, que la Tercera División del Ejército Pacificador que guarnecía este reino ha sido enteramente derrotada por los rebeldes a dos jornadas de esta capital y que, no siéndole posible mantenerse en ella, saldrá su excelencia en la hora misma para los destinos donde convenga, a fin de proporcionar los medios de defender el reino, y que en tan apuradas críticas circunstancias la Real Audiencia podría tomar las medidas que estimase convenientes para su seguridad, poniéndose en camino si lo tenía a bien para la plaza de Cartagena o para otra parte donde juzgase oportuno, se acordó que, dejando el archivo del tribunal en poder de los escribanos de cámara, para que lo custodien con la actividad y eficacia que exige semejante encargo, se recoja el real sello por el señor ministro de cámara y que se conduzcan todos a la mayor brevedad que sea posible a los destinos que el excelentísimo señor virrey tiene indicados, para evitar ultraje a la representación de su majestad y vejamen a la persona de sus ministros, dando cuenta a su majestad desde el primer punto donde se proporcione de tan extraordinario e inesperado suceso.
Así lo acordaron y firmaron por ante mí, el infrascrito secretario de que certifico.
Francisco de Mosquera y Cabrera, Agustín de Lopetedi,
Gabriel García Vallecillos, Eugenio Miota,
Pablo Hilario Chica, Marcelino Trujillo
Es copia del acuerdo que se menciona.
Santa Fe, fecha ut supra.
Archivo General de Indias, Sevilla, Santa Fe 784. Publicado por Juan Friede en La batalla de Boyacá, 7 de agosto de 1819, a través de los archivos españoles. Bogotá, Talleres gráficos del Banco de la República, 1969, p. 111-112.
Boletín número 5 del Ejército Libertador de la Nueva Granada
11 de agosto de 1819
Estado Mayor General
Ejército Libertador de Nueva Granada
Boletín número 5
El teniente coronel Mugica, con los cuerpos de Guías y Dragones, continuó la persecución del enemigo el 8 de agosto al amanecer. A las 11 siguió Su Excelencia con el escuadrón del Llano-arriba, y se le reunió en Chocontá. El 9 de agosto marchó toda la infantería. El 10, al llegar Su Excelencia al puente del Común, recibió avisos de la capital de que el virrey, la Audiencia, con la Guardia de Honor, y el regimiento de Cazadores de Aragón, y todos los empleados civiles y militares, la habían abandonado en la madrugada del 9, dejándola en una espantosa anarquía. Su Excelencia apresuró su marcha, y entró el mismo día en la Capital entre las aclamaciones de un numeroso pueblo, que no sabía cómo expresar su contento; un pueblo, de después de tres años de la más cruel opresión, se vio libre casi de improviso, y dudaba de su inmensa dicha. Las calles y las plazas se llenaron de gente, todos querían ver a Su Excelencia el presidente, para convencerse de la realidad.
El virrey Sámano se ha dirigido a Honda, y [Sebastián de la] Calzada sigue por la parte del sur; toda la caballería y los cuerpos de retaguardia lo persiguen por todas partes, y hay fundamento para esperar que nadie se escape.
El Ejército Libertador ha llegado al término que se propuso al emprender esta campaña. A los 75 días de marcha desde el pueblo de Mantecal, provincia de Barinas, entró Su Excelencia en la Capital del Nuevo Reyno, habiendo superado trabajos y dificultades mayores, que las que se previeron al resolver esta grande operación, y habiendo destruido un ejército tres veces más fuerte que el que invadía.
La precipitación con que el virrey y sus satélites huyeron al primer anuncio de la batalla de Boyacá no le permitió salvar nada de los intereses públicos. En la Casa de Moneda hemos encontrado más de medio millón de pesos en metálico; y en todos los demás almacenes y
depósitos cuanto puede necesitarse para armar y equipar completamente un numeroso ejército. Puede decirse que la libertad de la Nueva Granada ha asegurado de un modo infalible la de toda la América del Sur, y que el año 19 [1819] será el término de la guerra, que con tanto horror de la humanidad nos hace la España desde el año de diez [1810].
Cuartel general en Jefe, en Santafé a 11 de agosto de 1891 – 9.º
El general en jefe del Estado Mayor General
Publicado en la Gazeta extraordinaria de Guayana [El Correo del Orinoco], domingo 19 de septiembre de 1819. Incluido por Fray Alberto Lee López y Horacio Rodríguez Plata (recop.) en Documentos sobre la campaña libertadora de 1819, Bogotá, Antares, 1970, tomo II, p. 148.
Diario de Joaquín Acosta
Anotaciones de los días 9 a 12 de agosto de 1819
9 de agosto de 1819
A las once de la noche llegaron los oficiales con la noticia de la derrota completa de [José María] Barreiro. En el momento dieron aviso a todos los españoles paisanos y orden en los cuarteles para que se preparasen a evacuar la ciudad, lo que se efectuó de las 4 a las 6 de la mañana. A esa misma hora entraban algunos derrotados de caballería con cuatro oficiales; inmediatamente volaron el almacén de pólvora, clavaron la artillería y marcharon a alcanzar al virrey en su fuga. Toda la mañana estuvieron pasando soldados derrotados. A las 11 algunos patriotas entraron al cuartel del Numancia, que está en la plazuela de San Francisco, y al de Artillería, y encontraron algunas cargas de fusiles y pólvora que habían abandonado los godos. Aunque casi todos los fusiles estaban descompuestos, con estos y con los que les quitaron a los soldados se empezó a armar el pueblo. A las tres de la tarde ya teníamos cerca de 80 buenos fusiles y carabinas, sables, lanzas, etc.
Un español entró dando tiros, e hizo una muerte, por lo cual lo prendieron los patriotas furiosos. A las tres y media de la tarde llegó a la plazuela el oficial Brito con cuatro soldados. Gritáronle desde el cuartel: ¡Quién vive? Él contestó: ¡La patria! Y entonces, después de tres años de servidumbre, se oyó en Santa Fe de Bogotá el grito unánime de alegría; pero antes de llegar, un malvado le disparó un tiro por la espalda, que lo dejó muerto en el sitio. Frenético, tú manchaste el dulce nombre del Libertad con un delito, ¡presagio funesto de más sangre que se derramará después!
Aquel suceso enfrió a los ciudadanos honrados que se habían unido al pueblo para contenerlo, y lo desampararon para dejarnos en un estado de anarquía deplorable. Los alcaldes habían emigrado con el virrey; pero, unidos el Cabildo y algunos priores de las
comunidades [religiosas], resolvieron enviar algún sujeto al general Bolívar para que nos viniese a amparar lo más pronto posible.
Patrullas recorrieron las calles por la noche, pero siempre hubo robos. A las once trataron de entrar a la ciudad cien hombres armados, pero ya se habían puesto cañones en las esquinas de la plaza; dispararon uno, y los enemigos desistieron de su propósito y desaparecieron.
10 de agosto de 1819
Se pasó la noche en la mayor inquietud. Por la mañana el ciudadano González puso un oficio al general Bolívar. A González debemos en parte que el pueblo no haya cometido desórdenes: aprovechose él del partido que tenía para impedírselo. A mediodía se juntaron los padres de familia, los priores y otros, con el objeto de formar un gobierno provisional. Apenas se pusieron de acuerdo, se publicó un bando en el cual se avisaba que José Tiburcio Echeverría era el jefe político, y [Alejandro] Osorio –el abogado– y Contreras, alcaldes ordinarios. El Tribunal de Justicia se componía de Herrera y Camacho, y los comandantes de armas eran González y Mares. Inmediatamente enviaron una Diputación a Bolívar, compuesta de los señores Estanislao Vergara e Hinestrosa; pero no tuvieron que salir sino hasta San Diego. Allí encontraron al general, que venía con su segundo, [Pedro] Briceño, y 50 hombres de caballería.
¡Jamás gozo fue más vivo! Todos los ciudadanos que hasta esa hora no habían salido de sus casas temiendo el desorden, volaron a la plaza; los que habían emigrado a los cerros bajaron a la carrera; gritos, tiros al aire, voladores, cañonazos, repiques, se oían por todas partes, y en las ventanas y en los balcones pusieron banderas tricolor y escarapelas. ¡Viva el Libertador! ¡Viva el héroe de América!, gritaba el pueblo embriagado. Cuando llegó Bolívar a la plaza, algunos ciudadanos, llorando de alegría, ponían la última mano a los arcos de triunfo que habían levantado a toda prisa. ¡No, no creo que jamás en toda mi vida tendré un día de gozo como este!
Las señoras Genoveva Ricaurte y Dolores Vargas, que estaban en el cabildo, fueron las primeras que abrazaron a Bolívar. Era tal el loco entusiasmo de quienes lo rodeaban, que yo llegué a temer por sus días en las escaleras del cabildo. Una vez arriba, Echeverría le hizo una corta pero enérgica arenga, a la cual Bolívar respondió: ¡Yo os veo libres, y mi gloria ha llegado a su colmo! ¡No quiero diputaciones, arcos, nada, nada; me basta vuestra libertad! Sin embargo, no podía disimular la noble alegría que llenaba su corazón. Entonces recordé a Washington cuando entró a Filadelfia después de haber liberado el Norte; así Bolívar entró triunfante en Santa Fe.
¡Qué escenas tan diferentes las que presentaba la ciudad después de la madrugada de ayer! Entonces no se oía llanto y consternación. Los oidores a pie llevaban de cabestro a las monturas de sus mujeres, que se lamentaban a voces exclamando: ¡El virrey nos ha vendido! Las gentes despertaban con los golpes en las puertas a los que dormían; los heridos, que habían bajado de Las Aguas, se arrastraban por las calles, lo hicieron… Mientras que hoy no se oyen sino risas y grandes manifestaciones de contento.
El general fue a casa de doña Genoveva Ricaurte a recibir a los que se le presentaban. A mi tío lo recibió muy bien, y como le preguntase por el doctor [Francisco Antonio] Zea, le contestó Bolívar que lo había dejado en la Guayana encargado del gobierno, añadiendo “que
un talento tan extraordinario no debía exponerse a los reveses de la guerra”. Dijo también que Morillo quedaba en un rincón de Cumaná, como cosa despreciable, sin que pudiera rehacerse. [Pedro] Briceño es el gobernador de Santa Fe.
Por la noche hubo música en casa del general. Se publicaron dos bandos en nombre de Echeverría: el uno para que corriera la moneda china, y el otro para recoger los bienes de los emigrados.
11 de agosto de 1819
Hoy entró [Francisco de Paula] Santander y mañana llega la tropa. Toda la gente decente de la ciudad le hacemos la guardia al general Bolívar, que hace dos días se halla solo en Santa Fe en plena seguridad, puesto que el ejército se ha quedado atrás.
12 de agosto de 1819
Gonzalón está organizando las milicias, y ya hay doscientos hombres armados.
Hoy empezaron a entrar las tropas libertadoras, de doscientos en trescientos hombres a la vez, con sus oficiales.
Bolívar es muy popular entre las damas, pero él solo le hace sus fiestas a B [ernardina] I [báñez].
Lo que he escrito ha sido todo como testigo ocular, y no refiero sino lo que vi.
Publicado por Soledad Acosta de Samper en su Biografía del general Joaquín Acosta, Bogotá, Librería Colombiana, 1901, p. 24-27. Reeditado por Fray Alberto Lee López y Horacio Rodríguez Plata (recop.) en Documentos sobre la campaña libertadora de 1819, Bogotá, Antares, 1970, tomo I, pp. 124-126.
Comunicación del virrey Juan Sámano dirigida al gobernador de la provincia de
Nare, 12 de agosto de 1819
En la noche del 8 del corriente [mes de agosto], entre las ocho y nueve de ella, se me presentaron en Santa Fe el ayudante del comandante general de la 3.ª División, don Manuel Martínez de Aparicio, y su comisario, don Juan Barreda, con la noticia verbal inesperada de que el enemigo había derrotado enteramente nuestra División, habiendo quedado muertos diversos jefes, y que no se sabía del comandante general don José María Barreiro, según consta en la declaración que en forma dieron.
Por desgracia, los fugitivos Aparicio y Barreda no vinieron por el camino real, desde el cual podía difundirse la noticia al Valle de Tenza, donde se hallaba el teniente coronel don
Antonio Pla y a donde le había hecho pasar el comandante general, apartándole del de Chocontá, en donde estaba mejor apostado, con el pretexto de que de aquel modo podía atender más prontamente a cualquiera invasión de pequeño número de enemigos; y digo pequeño número de enemigos, porque estando Barreiro delante de Bolívar, que se hallaba con el todo de las fuerzas, no era de temer otra cosa, que ve que todo lo erró dicho comandante general. Engañó a este Bolívar, con un movimiento de su ejército, ni previsto ni observado, tomó la retaguardia de Barreiro, ocupando a Tunja y quitándole la comunicación con la capital, provocando además a Barreiro, con su aparente dirección a dicha capital, a que le siguiese, y, tendiéndole prevenidas emboscadas, lo esperó en el camino proyectado y lo despedazó; habiendo sido la acción el 7 del actual en la casa de teja o sea de postas de la ciudad de Tunja, que está pasando esta para Santa Fe.
Ya ve vuestra excelencia qué comprometido quedé con el engaño que padeció Barreiro y su peor dirección, pues poco me hubiera importado la marcha de Bolívar hacia dicha capital si aquel hubiera conservado su fuerza, siendo el engañado en tal caso Bolívar; y es de advertir que hacía ocho días no me había escrito Barreiro y, como dije, me vi sin otro arbitrio, por la penuria del tiempo, que el escribir aventuradamente (porque el enemigo no daba lugar a otra cosa) a los fuertes destacamentos que tenía el Batallón de Aragón en los valles de Tenza, Cabuya de Gachalá, y pueblos de Gachetá y Cáqueza, para que por camino de rodeos y extraviados que les señalé saliesen al camino que lleva a Popayán por Neiva o Ibagué, a fin de reunirse con unos 400 hombres de dicho cuerpo, entre reclutas, inútiles e instruidos, con que me hallaba en la capital, al mando del coronel don Sebastián de la Calzada, a quien encargué que procurase ganar dos marchas siquiera para librarse de la caballería enemiga, y yo, al mismo tiempo que otras tropas con Calzada, salí para la villa de Honda, a fin de proteger la salida de la Audiencia, tribunales, caudales y emigración, proporcionando champanes y barquetas en dicho punto.
Todas aquellas operaciones se hicieron en el discurso de la noche del ocho, y en día y medio me puse en Honda. Sin embargo, desde ahora proyecto combatir a Bolívar, porque si este sigue a Popayán, me encaminaré al Reino con las fuerzas que pueda recoger, pues no puede diseminar mucho las suyas, y si se mantuviese en el Reino, pasaré a Popayán por la provincia de Antioquia, para hacerme con las bastantes y buscarlo y acometerlo en Santa Fe, a donde creo que el señor Morillo no dejará de acudir, pues le he escrito a Ocaña por chasqui.
Le aviso a vuestra señoría para su conocimiento y que tome cuantas medidas le sean susceptibles para la defensa y conservación de esa provincia, trasladando vuestra señoría este oficio con el propio objeto al gobernador del Chocó y remitiendo el adjunto al de Popayán.
Dios guarde a vuestra señoría muchos años.
Nare, 12 de agosto de 1819
Juan Sámano [rubricado]
[El oficio dirigido por el virrey Sámano al gobernador de Popayán omite el último párrafo, y después de la firma tiene la siguiente posdata]:
Posdata: Con vista de la suerte desgraciada del comandante general de la tercera división, don José María Barreiro, he nombrado en su lugar, con todas mis facultades, a don Sebastián de la Calzada, coronel del regimiento de Numancia, y por consiguiente le dará vuestra señoría todos los auxilios que necesitare para desempeñar el mando militar de que va encargado, para obrar defensiva y ofensivamente contra los enemigos después de que haya recolectado las tropas de Pasto y que haya echado mano de todos los posibles recursos; remita vuestra señoría el adjunto al presidente de Quito.
[rúbrica de Juan Sámano]
[El oficio dirigido al presidente de la Real Audiencia de Quito, en vez del último párrafo del dirigido al gobernador de Antioquia, trae este otro]:
Con este motivo se hace indispensable que vuestra excelencia facilite al citado coronel don Sebastián de la Calzada cuantos auxilios necesite de toda especie para la contención de los enemigos, pues de este modo se asegura la tranquilidad en el distrito de esa provincia, sobre cuyos habitantes estará vuestra señoría muy a la mira, por si algo intentaren en lo interior de ella.
[rúbrica de Juan Sámano]
Archivo General de Indias, Sevilla, fondo Cuba, 744. Publicada en Gazeta de Santafé de Bogotá, N.° 7, Bogotá, Imprenta del Estado, 26 de septiembre de 1819, p. 28-29. Publicado por Juan Friede en La batalla de Boyacá, 7 de agosto de 1819, a través de los archivos españoles. Bogotá, talleres gráficos del Banco de la República, 1969, p. 143-145 y 210. Publicado también por Sergio Elías Ortiz en Colección de documentos para la historia de Colombia, 2.a serie. Bogotá, Kelly, 1965, colección 2, p. 115. Solo la posdata del oficio al gobernador de Popayán, no a Aymerich, en Daniel Florencio O’Leary. Memorias del general O’Leary, Caracas, Imprenta de la Gaceta Oficial, 1880-1888, t. 11, p. 511-513. Publicada por Oswaldo Díaz Díaz en el Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 48, N.o 564-565 (octubre-noviembre 1961), p. 676-677.
Carta de don Joaquín García Jove a don Domingo Duarte
30 de agosto de 1819
Don Joaquín García Jove era natural de Oviedo (Asturias) e hijo de don José García Jove Argüelles, quien fue capitán de fragata en el puerto de El Ferrol y tesorero en la provincia de Asturias. Su madre era doña María del Carmen García y Cadrecha, nacida en la isla de Santo Domingo, donde su padre actuó como presidente de la Real Audiencia. Por el lado paterno era sobrino de don Felipe Antonio de Canga-Argüelles, quien fue fiscal del Consejo de Castilla y simpatizante de la causa de los patriotas venezolanos. Llegó por primera vez al puerto de La Guaira como acompañante de su hermano Lorenzo, quien fue agente comercial
de la Casa Pla y Portal. Durante el tiempo de la Primera República venezolana colaboró con el suministro de víveres y arbitrios para las tropas de Francisco de Miranda, y durante el gobierno realista de Domingo de Monteverde fue encargado de la pacificación de las provincias orientales de Venezuela, por medios amigables. El 30 de agosto de 1819 era funcionario real en la provincia de Cartagena, y en 1822 contrajo matrimonio con la cartagenera Josefa Gordon y López Pasos, estableciéndose en Jamaica para proseguir sus actividades comerciales. Desde 1834 se trasladó a Caracas para administrar dos haciendas, y allí falleció.
La siguiente carta a su amigo Domingo Duarte fue escrita por don Joaquín García Jove en Cartagena para poner en su conocimiento las noticias llegadas a esta ciudad sobre el acontecimiento de la batalla de Boyacá.
Cartagena, 30 de agosto de 1819
Señor Don Domingo Duarte
Amigo y señor mío.
Contesté su última de septiembre del año pasado por mano de don Bernabé Ezaguirre, residente en Saint Tomas, y ahora voy a dar a usted noticia del desastroso estado de este miserable Reyno para gobierno de esas provincias.
El 29 de junio tuvo este Virrey la primera noticia de que Bolívar se acercaba a la Cordillera de Sogamoso. Viendo Barreiro, comandante de la Tercera División del Ejército Expedicionario, residente en las cercanías de Sogamoso, las fuerzas del enemigo, no cesó de pedir refuerzos y gente al Virrey, sin que este le enviase algunos. El 10 de julio tuvo Barreiro el primer encuentro en los caminos de los Corrales de Gámeza, con 200 infantes y 300 caballos, y según su parte del mismo día los batió. El 11 de julio tuvo alguna escaramuza en el puente de los Molinos de Gámeza, y aunque se dijo que Barreiro había quedado victorioso, no se creyó, porque no se dio a luz su parte, como el del día anterior, y saberse que Bolívar avanzaba hacia Sogamoso.
Por las cartas de Santafé nada pudo saberse digno de crédito hasta el 19 y el 29 de julio, que se aseguró que quedaba Barreiro en Paipa bien situado, esperando tres piezas de artillería para atacar al enemigo, que se hallaba a su vista en observación. Paipa está en medio de Sogamoso y Tunja. Viendo Bolívar que Barreiro no lo atacaba y que la posición de este era ventajosa, el día 4 de agosto a la noche levantó su campo y, flanqueando a Barreiro, se entró a Tunja.
Barreiro lo siguió hasta aproximársele como a 6 leguas de Tunja hacia Santafé, y habiéndose determinado por la Junta de Guerra atacarlo, porque de lo contrario se entraría a Santafé, se dio principio a la acción el día 7 de agosto1, a las tres de la tarde, del modo siguiente:
1 García Jove escribió textualmente: «El día 6 a las tres de la tarde (esta fecha no es muy segura)». Se ha corregido la fecha, pues la batalla fue el día 7 de agosto de 1819.
Barreiro tenía 1.600 infantes, 900 caballos, dos obuses y un cañón de a 6. Bolívar, 2.800 de los primeros y 800 caballos. Barreiro mandó algunas guerrillas, y Bolívar se las entretuvo hasta que se aparecieron por la espalda de Barreiro dos escuadrones de caballería, que con el mayor denuedo acometieron a la Reserva de Barreiro y llevaron la muerte a cuantos encontraron. A la media hora se feneció la acción en completa derrota de la Tercera División, sabiéndose por un oficial del Rey, que estuvo prisionero y se huyó, que murieron como unos trescientos y los demás o cayeron prisioneros o se extraviaron, sin que sepa hasta el día la suerte de Barreiro.
A la una de la madrugada del día 9 de este mes llegaron a Santafé, a la vista del Virrey, dos oficiales fugitivos de la acción. A las 5 de la mañana del mismo día salió el Virrey para Honda, adonde llegó el 10 de agosto, y el 15 a las inmediaciones de Mompox con su guardia de honor y con solo dos baulitos de equipaje, lo primero que cogió.
Al instante en que amaneció el día 9, el pueblo de Santafé se encontró sin el Virrey y con la noticia de la total derrota de la Tercera División, y con solo 300 hombres de tropas útiles de los mil que tenía el regimiento de la Victoria, empezó a verse en la mayor confusión. El que no halló cabalgadura, echó a andar a pie para Honda sin acordarse de su familia ni de otros intereses. Los que traían algunas onzas, si les incomodaban para andar, las arrojaban en el camino, porque la voz general producida por el camino de Honda era que allí vienen degollando. Todos los que componen los tribunales superiores y empleados de rentas, como los españoles y vecinos realistas, se salvaron a Mompox como Dios quiere las almas, quedando en la capital todos los Archivos, y aun la plata que había en la Casa de Moneda, reducida a 700.000 pesos de moneda extinguida y de 80 a 90.000 pesos en barras de oro de particulares. De 400 a 500 individuos emigrados se hallan en Mompox para pasar a esta, a aumentar la miseria.
El virrey está en Turbaco desde el 27 de agosto, esperando que se le haga alguna ropa blanca, porque viene casi desnudo, para venirse a Cartagena. Los tribunales superiores también estarán aquí dentro de 4 o 6 días, y si no se van a la isla afortunada, creo que se morirán de hambre antes que la tropa que está desde enero a medio sueldo, y ya no se halla modo de satisfacerla, a pesar del empréstito mensual derramado en esta provincia, que no puede cobrarse por falta de numerario, pues la extinción de la moneda macuquina nueva ha sido el golpe más fatal que se ha dado a la existencia política del Gobierno, por no haberse sustituido con otra.
[Sebastián de la] Calzada acompaña con 500 soldados de Victoria el resto de la emigración de la capital para Popayán, y no sabemos si se habrá llevado las pastas de la Casa de Moneda y lo más importante de la Secretaría del Superior Gobierno. La capital quedó enteramente abandonada por el Gobierno del Rey, y sin embargo de esto, el 12, y según algunos el 16, todavía no se había sabido de Bolívar. Algunos creen que estaría recogiendo extraviados de Barreiro y rehabilitándose para entrar en Santafé, y otros que sabría la llegada del señor Latorre a Cúcuta, y que marcharía contra él, creyéndose superior en fuerzas, y de camino contra el regimiento del Tambo que se halla en el Socorro. En Mompox manda el comandante de Albuera, La Rus, cuya guarnición se compone de 500 hombres de su Regimiento, y el del Rey. Se están armando algunas fuerzas sutiles en el Magdalena por si Bolívar intentase venirse sobre esta provincia.
En Santa Marta solo hay dos compañías del Rey al mando de su comandante don Ramón Pérez, y en esta plaza, León, que tendrá 800 hombres y el resto de Albuera, que será de 400 plazas casi inútiles por ser todos montaraces de país frío.
Todos dirigen su miedo a Bolívar; pero yo y algunos que calculamos sobre la opinión pública y las calamidades del Reyno, tememos más a la miseria que a las armas del enemigo. En todo el año [18]18 hubo partidos de lengua sobre si podría existir el estado político de este Reyno sobre una punta de acero; pero desde principios del presente año se vinieron los partidos por la negativa, y ya no se mira como problema la pérdida de este Reyno.
Sin embargo de estar esta provincia en la mayor miseria, sin agricultura ni comercio, y contribuyendo por préstamo mensual 22.000 pesos para el medio sueldo de la guarnición y empleados, ha estado tranquila y bendiciendo a Dios por haberle dado de gobernador al señor Don Gabriel de Torres; pero con la ocurrencia de la capital del Reyno y extorsiones que empieza a sufrir para guarnecer la izquierda del Magdalena y sus aguas y el miedo acerbo a las primeras autoridades, creo que se desorganice y se huyan sus campesinos a los montes contra la precisa subsistencia de esta plaza que tanto debe guardarse como el único antemural de este Reyno, y de toda la Costa Firme.
Tengo por excusado hablar a usted de las causas de todo este trastorno. Acuérdese usted de que Bolívar entró en Caracas el año [18]13, sostenido por la indisposición de los pueblos de Venezuela contra [Domingo] Monteverde.
De hoy a mañana espero aquí a nuestro común amigo el señor Don Anselmo Bierna. Este señor hizo presente a Su Excelencia con la anticipación correspondiente de oficio, que siendo tan dudosa la existencia del Gobierno en la capital le parecía prudente que mandase a Honda los tribunales superiores con sus archivos y los caudales existentes. Su Excelencia lo tomó tan mal que –se asegura– tuvo puesta la orden para mandarlo a él a Bocachica, pero que la detuvo por premeditación. Se dice que lo ha suspendido de su Auditoría y que ha llamado al Doctor Santos para suplirle, pero creo que todo esto último sea falso, porque en la que me escribe del 21 de este mes desde Mompox, con la estrechísima amistad que tenemos, nada me dice de estar suspenso.
Reciba usted las más finas expresiones de este señor gobernador y de Conchita, que ya tiene otra conchita y además quilla nueva en el astillero.
Todo de usted su afectísimo amigo Q.S.M.B.
Joaquín García Jove
Carta apresada por unos corsarios al servicio del Gobierno de Cartagena y publicada en el Correo del Orinoco, Angostura, número 41 (sábado 23 de octubre de 1819).
El general Simón Bolívar en la campaña de la Nueva Granada
Relación escrita por un granadino [seudónimo de Francisco de Paula Santander] que, en calidad de aventurero y unido al Estado Mayor del Ejército Libertador, tuvo
el honor de presenciarla hasta su conclusión
Esta Relación de la campaña libertadora de 1819, escrita por el general Francisco de Paula Santander y publicada durante el año 1820 en la imprenta de Nicomedes Lora bajo el seudónimo de “Un Granadino”, es el primer relato histórico sobre el acontecimiento de la batalla de Boyacá. En una carta datada el 17 de octubre de 1819, le dijo su autor al general Bolívar: «Voy a publicar en la Gaceta una relación muy detallada de nuestra gloriosa campaña, no con mi nombre, sino con el de otro. La justicia demanda que esta pequeñísima obra, parto de un admirador del héroe a que se refiere, sea dedicada al mismo héroe». Fechada en Pore el 4 de octubre de 1819, esta “Relación escrita por un granadino, que, en calidad de aventurero, y unido al estado mayor del ejército libertador, tuvo el honor de presenciarla hasta su conclusión”, fue titulada El general Simón Bolívar en la campaña de la Nueva Granada de 1819. Esta Relación, con pretensión de relato histórico, fue la fuente usada por José Manuel Restrepo para su propio relato de la batalla de Boyacá, como lo indica en su Diario político y militar, Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, 1954, tomo I, p. 36.
Pore, capital de Casanare, a 4 de octubre de 1819. 9.º
Señor redactor de la Gaceta de Santafé.
Se procuró aparecer de repente en el centro de la Nueva Granada para impedirle que reuniese pronto sus fuerzas [el general José María Barreiro], y lograr insurreccionar de uno a otro extremo todos los pueblos. Como la posición de Gámeza, en que tuvo lugar el primer combate, no podía ser forzada sino a costa de muchas víctimas, que el general Bolívar no quería inmolar, hicimos un movimiento retrógrado con el ejército, desistió del proyecto de invadir el valle de Sogamoso, en donde se había establecido el enemigo, y por una marcha de flanco aparecimos en el valle de Cerinza. Aquel inmediatamente abandonó sus posiciones y se situó en otras, cubriendo a Tunja y Santafé. El 20 de julio [de 1819] estuvimos al frente de ellas, y aunque el espíritu del ejército era muy conocido en favor de una batalla, el general Bolívar primero se ocupó en hacer un exacto reconocimiento; por sí mismo, por su Estado Mayor, por medio de movimientos, examinó bien la situación ventajosa del enemigo, y, prescindiendo de aventurar un combate, se situó a su frente en la planicie de Bonza.
Cuatro días permanecimos aquí molestando al enemigo y provocándolo a una acción fuera de sus posiciones; pero todo en vano. El 25 de julio, para forzarlo a abandonarlas, hicimos un movimiento general por su flanco izquierdo hacia su retaguardia, y logramos el objeto, aunque con la desventaja de que por casualidad se empeñó la batalla en una situación poco favorable a nosotros. Hablo de la del [Pantano de] Vargas, en que el valor y la constancia solo pudieron triunfar. Después de esta jornada brilló mucho más la prudencia y tino del general Bolívar; aunque derrotado y medio disperso el enemigo, no quiso volver a atacarlo,
y al riesgo de aventurar otro combate con nuestro ejército muy disminuido, prefirió esperar un poco más para reforzarlo y asegurar la victoria.
Volvió a hacer retrogradar el ejército y lo situó de manera que podía resistir un ataque de firme; podía aprovechar una coyuntura favorable, dominaba los valles de Sogamoso, y de Cerinza, y tranquilo podía recibir los refuerzos que había de producir la ley marcial. Mas, desde su situación estábamos en contacto con las provincias del Socorro y Pamplona, a donde partieron los gobernadores nombrados con los auxilios que pudo franqueárseles, con el fin de destruir las columnas que el enemigo tenía en ellas. El general Bolívar esperaba con paciencia la fortuna, y no se descuidaba en buscarla y prepararle el camino. El espionaje estaba perfectamente establecido, y la opinión de los pueblos nos suministraba frecuentes noticias del estado del enemigo.
Después de su desgraciado suceso en Vargas, [Barreiro] se situó en el pueblo de Paipa. Apenas se tuvo noticia segura de su estado, nos movimos contra su posición y logramos hacerlo evacuar, precipitadamente, el pueblo y destruirle sus puestos avanzados. Dos días estuvimos al frente de la nueva posición, que ocupó, reconociéndola, y figurando que se pensaba atacarla, y en la noche del 3 de agosto al oscurecer se nos hizo hacer un falso movimiento retrógrado, con tal ardid que, al mismo tiempo que el enemigo juzgara que nos movíamos sin ser observados, nos observase, y se persuadiera de que marchábamos a nuestras posiciones de Bonza. Volvimos a poco rato sobre nuestros pasos y, favorecidos con la noche, nos dirigimos a marchas forzadas a la ciudad de Tunja por el camino de Toca, dejando a nuestra espalda todo el ejército enemigo. Esta operación atrevida, bien meditada y ejecutada mejor, es sin disputa la que selló el éxito de nuestra campaña. Entramos en Tunja; el ejército fue recibido por sus habitantes con entusiasmo, fue aliviado en sus privaciones, fue vestido con lo que se encontró en los almacenes, y recibió un grado más de confianza.
El enemigo, dudoso de nuestros movimientos y continuamente molestado por nuestras partidas, dejó sus posiciones, y por caminos desusados trató de reunirse a las tropas de la capital evitando un encuentro con las nuestras. Nosotros desde Tunja observábamos sus movimientos e interpuestos entre Barreiro y el virrey, que existía en Santafé, amenazábamos a todos, éramos temidos de todos, y cada uno creía que él solo era el objeto de nuestras operaciones.
Barreiro, a la vista de Tunja, marchó el 7 de agosto [de 1819] a efectuar su reunión, y el general Bolívar, que preveía que debía ejecutarla, o por Samacá, y se alejaba demasiado de Santafé, o por el Puente de Boyacá, si quería estar más cerca de la capital, esperó con el ejército formado en la plaza de Tunja a asegurarse bien de las intenciones del enemigo. Las vigías iban y venían; los oficiales de Estado Mayor observaban la marcha de aquel; el mismo general Bolívar quería con sus ojos descubrir su dirección.
En el momento en que la conoció, hizo volar el ejército al lugar célebre en que quedó para siempre destruido el poder español en la Nueva Granada. El boletín [número 4] del 8 de agosto [de 1819] ha referido ya la batalla de Boyacá, y yo no añadiré otra cosa, sino que el general Bolívar, presente en todos los puntos de acción, dio las órdenes precisas para hacer brillar el valor de las tropas, el esfuerzo de los jefes y oficiales, y terminar de una vez la obra que había tomado a su cargo.
No se ocultó a Montesquieu que había muchos príncipes que sabían dar una batalla, pero que eran pocos los que sabían hacer una campaña, servirse de la fortuna y tener paciencia
para esperarla. Si él hubiera escrito en estos tiempos, habría sin duda pagado tributo a la justicia numerando entre esos pocos al general Bolívar. Ya se le ha visto dirigiendo la campaña con un tino laudable, esperando la fortuna y procurando ganarla a su partido. ¿Y qué se puede decir del uso que hizo de sus favores?
Se triunfó en Boyacá, y los instantes se querían multiplicar para aprovechar la victoria. El rayo no baja del cielo a la tierra con tanta velocidad, como con la que el general Bolívar apareció en Santafé. Del mismo campo de batalla partieron columnas de tropa hacia el norte, al Magdalena, a Antioquia, Chocó y Popayán, y en pocos días fuimos dueños de estas provincias.
El general Simón Bolívar en la campaña de la Nueva Granada de 1819. Santafé, impreso por Nicomedes Lora en la imprenta santafereña del ciudadano Bruno Espinosa, 1820. Recogido por la Fundación Francisco de Paula Santander (editor) en Escritos autobiográficos (1820-1840) de Francisco de Paula Santander, Bogotá, 1988, p. 10-13.
Las consecuencias de la batalla de Boyacá
La añeja colección de fichas bibliográficas que el académico decano Javier Ocampo López ofreció a sus colegas hace ya casi cinco décadas2 es una buena muestra del interés de los historiadores colombianos por el “hecho” de la campaña militar que se inició en el sitio de Mantecal y obtuvo su desenlace el 7 de agosto de 1819. Efectivamente, hasta ese momento ya la batalla del campo de Boyacá había concitado la dedicación de una treintena de historiadores3 y la del Pantano de Vargas la de otra docena4, la de la ruta de la expedición había atraído a otra docena5 y la de sus consecuencias netas a todos, pero en especial a tres de ellos6. Se trata entonces de un tema bien establecido en la historiografía colombiana, cuyas representaciones se divulgan ritualmente en las conmemoraciones patrióticas que el 7 de
2 OCAMPO LÓPEZ Javier. Historiografía y bibliografía de la emancipación del Nuevo Reino de Granada. Tunja: Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1969, capítulo VIII (Historia militar), fichas 759 a 989. 3 Miguel Aguilera, Manuel Briceño, Carlos Cortés Vargas, Ramón Correa, Luis Augusto Cuervo, Pedro J. Deusdebés, Eliécer Gómez Mayoral, Max Gómez Vergara, Gustavo Guerrero, Vicente Lecuna, Alberto Lozano Cleves, Luis A. Múnera, Lucila Luciani de Pérez, Guillermo Plazas Olarte, Carlos Restrepo Canal, Ernesto Reyes, Raimundo Rivas y Roberto Cortázar, L. Duarte Level, Ulises Rojas, Felipe Serpa, Eduardo Torres Quintero, Eduardo Blanco, Héctor Bencomo, Mario Briceño, Laureano Vallenilla y Javier Ocampo López. 4 Lucio Amaya, Samuel Bernal, Carlos Cortés Vargas, Ramón Correa, Pedro J. Deusdebés, Juan Friede, Vicente Landínez, Gabriel Porras Troconis, Eduardo Posada, Camilo Riaño, Ulises Rojas y Enrique Uribe White. 5 Hiram Bingham, Carlos Cortés Vargas, Plinio Alberto Medina, Manuel París, Cayo Leonidas Peñuela, Elías Prieto Villate, Eliécer Silva Celis, Alfonso Zawadzky, José Nucete Sardi, Rafael Bernal Medina y José Roberto Ibáñez. 6 José de Austria, Oswaldo Díaz Díaz y Bartolomé Tavera Acosta.
agosto de cada año organizan las academias, las instituciones educativas y los medios de comunicación pública.
Hasta hoy las mejores fuentes contemporáneas sobre la batalla de Boyacá son al menos once: el boletín que firmó el general Carlos Soublette7 en Ventaquemada el siguiente día, las cuatro declaraciones conservadas de testigos presenciales [Juan Martínez de Aparicio8, Andrés María Gallo9, Sebastián Díaz10 y Juan Loño11], las dos noticias epistolares que circularon inmediatamente en Cartagena [Joaquín García Jove12 y Juan Danglade13], el Libro copiador de las órdenes giradas por el general Francisco de Paula Santander durante la campaña14 y su propia Relación de esta, publicada durante el año 1820 en la imprenta de Nicomedes Lora bajo el seudónimo de “Un Granadino” 15. Hay que agregar los recuerdos del
7 SOUBLETTE Carlos (general jefe). Boletín número 4 del Estado Mayor General del Ejército Libertador de Nueva Granada. Ventaquemada, 8 de agosto de 1819. Publicado originalmente en la Gaceta de Santafé de Bogotá, 1 (15 de agosto de 1819) y en una entrega extraordinaria del Correo del Orinoco (19 de septiembre de 1819). Ha sido reeditado por varios historiadores, entre ellos Guillermo Hernández de Alba (2004) y José Roberto Ibáñez (1993 y 1998). 8 MARTÍNEZ DE APARICIO Juan (capitán del Real Primer Batallón y comisario de la Tercera División del Ejército Pacificador). Declaración dada a Sebastián de la Calzada (coronel del regimiento de Numancia), en Santafé el 8 de agosto de 1819 a las nueve y media de la noche. En: LEE LÓPEZ Fray Alberto (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819. Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II, 426 pp. 9 GALLO Andrés María (cura excusador de Ramiriquí). Reminiscencias sobre la campaña de Boyacá. Boletín de Historia y Antigüedades (julio-agosto, 1919), vol. XII, n.° 140-141, pp. 519-529. Una biografía de este testigo, que incluyó las mismas Reminiscencias, fue publicada por Joaquín Acosta Obregón con el título de «El doctor Andrés María Gallo y su época». Boletín de Historia y Antigüedades (junio-agosto, 1946), vol. XXXIII, n.° 380-382, pp. 477-505. 10 DÍAZ Sebastián (teniente coronel graduado de los reales ejércitos y jefe interino del Estado Mayor de la Tercera División del Ejército Expedicionario de Tierra Firme. Fragmento del Diario militar, 4 a 7 de agosto de 1819, y la declaración que rindió ante el teniente coronel Francisco Warleta en el pueblo de Turbaco, 10 de septiembre de 1819. En: LEE LÓPEZ Fray Alberto (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819. Bogotá: Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II, 426 pp. 11 LOÑO Juan (comandante del Tercer Batallón de Numancia). Declaración rendida ante el teniente coronel Francisco Warleta en el pueblo de Turbaco, 9 de septiembre de 1819. En: LEE LÓPEZ Fray Alberto (compilador). Los ejércitos del rey, 1818-1819. Bogotá: Fundación Francisco de Paula Santander, 1989, tomo II, 426 pp. 12 Carta de Joaquín García Jove a don Domingo Duarte. Cartagena, 30 de agosto de 1819. Correo del Orinoco, Angostura, 23 de octubre de 1819, n.° 41. García Jove, natural de Oviedo, estaba en Cartagena como gobernador, donde se casó con doña Josefa Gordon. Véase ARISTIZÁBAL MONTES Patricia (ed.). Cartas de una cartagenera: Josefa Gordon de Jove, 1845-1849. Bucaramanga: Ediciones UIS, 2012, 277 pp. ISBN: 978- 958-8777-14-6. 13 Carta de Juan Danglade a don José Casamayor. Cartagena, 2 de septiembre de 1819. Correo del Orinoco, Angostura, 23 de octubre de 1819, n.° 41. 14 OTERO D’COSTA Enrique (ed.). Libro de las órdenes generales del Ejército de Operaciones de la Nueva Granada de que es comandante en jefe el general de brigada ciudadano Francisco de Paula Santander [6 de enero a 17 de agosto de 1819]. Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XXVIII, diciembre de 1941, n.° 326, pp. 1089-1150. DE PAULA SANTANDER Francisco. Órdenes generales del Ejército de Operaciones de la Nueva Granada de que es comandante en jefe el general de brigada ciudadano Francisco de Paula Santander (6 de enero a 17 de agosto de 1819). Diarios de campaña, libros de órdenes, y reglamentos militares, 1818-1834. Bogotá: Fundación Francisco de Paula Santander, 1988. 15 En una carta datada el 17 de octubre de 1819 le dijo el general Santander al general Bolívar: «Voy a publicar en la Gaceta una relación muy detallada de nuestra gloriosa campaña, no con mi nombre sino con el de otro. La justicia demanda que esta pequeñísima obra, parto de un admirador del héroe a que se refiere, sea dedicada al mismo héroe». Fechada en Pore el 4 de octubre de 1819, esta «relación escrita por un granadino, que en
coronel Manuel Antonio López Borrero16 y los del general Thomas Charles James Wright Montgomery17. Este pequeño conjunto de relatos soporta las interpretaciones históricas que configuraron el “hecho” acaecido el 7 de agosto de 1819 y las proyecciones historiográficas determinadas como “consecuencias” para la década colombiana de 1820.
Es por ello que no me ocuparé de repetir el derrotero de la campaña ni las noticias sobre el encuentro bélico, como tampoco insistiré en los personajes que se destacaron sobre la masa anónima de los combatientes. Como me interesan las interpretaciones sobre las consecuencias del “hecho” de la batalla de Boyacá, debo comenzar recordando que durante la época del “espejismo positivista” se consideró que lo acontecido a una sociedad podía ser reducido a “hechos” que habían acaecido “real y verdaderamente”, con independencia de la existencia de los historiadores. Pero un aforismo de los Fragmentos póstumos de Friedrich Nietzsche –“contra el positivismo, que se queda en el fenómeno <solo hay hechos>, yo diría: No, precisamente no hay hechos, solo interpretaciones”18–, puso en alerta a los historiadores sobre la “idolatría de los hechos”. Es por ello que hoy ya aceptamos, como un juicio “claro y distinto”, que no existe ningún factum “en sí”, y que sería absurdo querer constatar algo así.
Como el mismo “sujeto cognoscente” no es algo dado, sino un ente inventado, decir que “todo es subjetivo” es ya una interpretación. Lo que cuenta en todo “hecho” es que es el resultado de una selección de noticias a partir de un contexto construido por la actividad mental de los historiadores. Como se trata de un “hecho interpretado” que lleva consigo su horizonte interpretativo, resulta entonces que los hechos son siempre interpretaciones. De esta suerte, el devenir de la humanidad no ha de entenderse como una sucesión de hechos, sino como una sucesión de interpretaciones, con lo cual la genealogía de la humanidad sería solo la memoria crítica del surgimiento de las diversas interpretaciones de las distintas morales, de nociones metafísicas como la libertad, el progreso o la verdad, y de saberes socialmente sancionados.
Aceptemos entonces que el denominado hecho histórico de la batalla de Boyacá es una representación interpretativa de los historiadores que le han concedido un valor singular. Los escasos relatos que les han servido de fuente son monumentos clavados, como hitos, por una calidad de aventurero, y unido al Estado Mayor del Ejército Libertador, tuvo el honor de presenciarla hasta su conclusión» fue titulada El general Simón Bolívar en la campaña de la Nueva Granada de 1819 y publicada en 1820 por Nicomedes Lora en la imprenta santafereña del ciudadano Bruno Espinosa. Esta fue la fuente usada por José Manuel Restrepo para relatar la batalla de Boyacá, como lo indica en su Diario político y militar, Bogotá, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, 1954, tomo I, p. 36. 16 LÓPEZ BORRERO Manuel Antonio (ayudante del Estado Mayor General Libertador). Recuerdos históricos. Colombia y Perú, 1819-1826. 3.a ed. Bogotá: Biblioteca de la Presidencia de Colombia, 1955, pp. 1-19. La 2.a edición hizo parte de la Biblioteca Ayacucho que dirigió José Blanco Fombona y se tituló Recuerdos históricos de la guerra de independencia. Colombia y el Perú (1819-1826). Madrid: América, 1919. 17 WRIGHT Albert Edward. Destellos de gloria: biografía sintética de un prócer de la independencia, incorporando las Reminiscencias del general de división Tomás Carlos Wright. Traducción del inglés. Buenos Aires: Castorman, Ortiz & Cía., 1949. 2.a edición. Caracas: Cámara Venezolano-Británica de Comercio, 1983. Véase también de WRIGHT Eduardo. El general de división Tomás Carlos Wright. Boletín de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela (julio-septiembre, 1937), tomo XX, n.° 79. 18 NIETZSCHE Friedrich. Aforismo 7[60] del Cuaderno MP XVII 3B, finales de 1886 - primavera de 1887. En: Fragmentos póstumos. Traducción española de Juan Luis Vermal y Joan B. Llinares. Madrid: Tecnos, 2006, vol. IV, 222 pp. Sobre la universalidad de la interpretación puede leerse a GUTIÉRREZ Carlos B. (ed.). No hay hechos, solo interpretaciones. Bogotá: Universidad de los Andes, Departamento de Filosofía, 2004, 279 pp. ISBN: 958-695-124-3.
voluntad de imponer socialmente lo que debe ser recordado. La representación del 7 de agosto de 1819 es entonces un constructo mental diseñado para dar sentido a una selección de datos provenientes de fuentes que remiten a lo que alguna vez tuvo presencia en un mundo que ya dejó de ser. Nietzsche insistió en que son nuestras necesidades las que interpretan el mundo, porque se trata de nuestros impulsos, sus pros y sus contras, dado que “cada impulso es una especie de ansia de dominio” de alguien que tiene una perspectiva propia y “que quisiera imponer como norma a todos los demás sus impulsos”. Hay que suponer entonces que lo acontecido es susceptible de ser interpretado de otro modo, con lo cual no tiene un sentido “detrás de sí” sino “innumerables sentidos”, según las perspectivas de los historiadores. Es por ello que la pregunta que se formula es la siguiente: ¿Cómo interpretar las consecuencias de lo que aconteció en la tarde del 7 de agosto de 1819 sobre el campo de Boyacá?
El general Francisco de Paula Santander, uno de los testigos de importancia política, respondió esta pregunta con las siguientes palabras: «El rayo no baja del cielo a la tierra con tanta velocidad como con la que el general Bolívar apareció en Santafé». Y agregó enseguida: «Del mismo campo de batalla partieron columnas de tropa hacia el norte, al Magdalena, a Antioquia, Chocó y Popayán, y en pocos días fuimos dueños de estas provincias». Hagámonos cargo de estas dos consecuencias inmediatas identificadas por uno de los testigos en su peculiar interpretación histórica: la entrada del Libertador a Santafé y la conquista militar de las provincias del antiguo virreinato.
La aparición del general Bolívar en Santafé
Según la memoria del anciano Juan Pablo Carrasquilla que fue consignada por Alejandro Barrientos, el general Simón Bolívar desmontó de su cabalgadura frente al palacio virreinal de Santafé cuando rayaban las cinco de la tarde del día 10 de agosto de 1819. Calzaba botas de caballería y estaba vestido con una casaca de paño negro de la moda de cola de pajarito, calzón de cambrún blanco, corbatín y morrión de cuero. En la madrugada del día anterior, informados por el virrey, habían salido todos los oidores y funcionarios españoles rumbo al puerto de Honda y el control de Santafé había pasado a José Tiburcio Echeverría, Alejandro Osorio y el coronel Hermógenes Maza, quienes se pusieron al frente para conjurar robos y desórdenes.
Nombrado secretario general, Alejandro Osorio Uribe abrió el 11 de agosto siguiente el libro Copiador de las órdenes19 dadas por el Libertador, quien estaba legalmente revestido de la autoridad de presidente interino de Venezuela por el Congreso de Guayana. La primera orden dada por el general Bolívar ofrece su interpretación personal de la consecuencia de la batalla de Boyacá. Sus palabras exactas fueron las siguientes: «Restablecido felizmente el gobierno liberal de la República por la fuga de los tiranos que la oprimían».
Según esta interpretación, la consecuencia de la batalla de Boyacá fue la restauración de un régimen de gobierno que había existido antes de 1816, cuando se produjo la reconquista militar del virreinato para el rey Fernando VII: una república con gobierno liberal. Sorprende 19 OSORIO URIBE Alejandro. Copiador de órdenes dadas por el presidente de la República y capitán general de los Ejércitos de Venezuela y de la Nueva Granada, 11 de agosto a 20 de septiembre de 1819. En: OSORIO RACINES Felipe (comp.). Escritos primarios del doctor Alejandro Osorio Uribe sobre la Independencia y la República de Colombia. Bogotá: el compilador, 2002, pp. 37-84.
esta interpretación del Libertador porque contradice al menos tres interpretaciones de los historiadores: la primera es la que considera que la década de 1810 fue perdida para la construcción de una sola república con jurisdicción sobre todos los ciudadanos del extinguido Nuevo Reino de Granada y para la construcción de un cuerpo de nación granadina; la segunda es la que considera que el período 1810-1815 no fue más que un “interregno” de la historia de la monarquía en el virreinato suramericano, y la tercera es la que se burla de los actores de la novedosa experiencia de la década de 1810 reduciéndolos a la expresión “Patria Boba”, ese artefacto ideológico creado a comienzos de la siguiente década para combatir al general Antonio Nariño y legitimar el proyecto colombiano. Solo Manuel José Forero, ilustre miembro de la Academia Colombiana de Historia, parece seguir la interpretación del Libertador al partir del supuesto que atribuye a Camilo Torres Tenorio la fundación de la Primera República, cuya “fecha suprema” de fundación habría sido el 20 de julio de 181020.
Las órdenes dadas por el Libertador en Santafé, entre el 11 de agosto y el 20 de septiembre de 1819, muestran el modo peculiar como entendía el “restablecimiento de un gobierno republicano orientado por principios liberales”: secuestro de los bienes de los españoles y de los que emigraron al exilio, imposición de donativos forzosos a los ciudadanos pudientes de todas las provincias y grandes sumas a los que habían colaborado con el régimen español, contribución forzosa de reclutas, bagajes y raciones a los pueblos de las provincias; expurgo de las personas desafectas al nuevo gobierno y compulsión al gobernador del Arzobispado para que firmase una pastoral apologética –mal redactada por fray Manuel Garay– del nuevo gobierno intruso que exhortaba a los feligreses a obedecerlo.
La verdad es que una semana después de la batalla de Boyacá confió el general Bolívar a Francisco Antonio Zea la consecuencia política cardinal de esa acción de armas con las siguientes palabras: «Voy a convocar una Junta Nacional para pedirle su voto sobre la reunión de la Nueva Granada y Venezuela. Si hay reunión mandarán sus diputados al Congreso, si no la hay formarán los granadinos el gobierno que gusten, y lo dejaré instalado antes de marchar. Todo se hará con la mayor libertad. Usted me conoce y no lo dudará. Desde ahora anuncio que no seré nada de este gobierno».21 El tiempo se encargó de demostrar la falsedad de esa afirmación.
El 8 de septiembre siguiente expuso ante los granadinos esta consecuencia en la proclama que les dirigió. Sus argumentos fueron entonces los siguientes: dado que el Congreso de Guayana era en el día “el depósito de la soberanía nacional de venezolanos y granadinos”, el “ardiente voto de todos los ciudadanos sensatos” y de los extranjeros que amaban y protegían la causa americana era la reunión de la Nueva Granada y Venezuela en una sola República. Para poner en marcha esta promesa pediría al Congreso de Guayana la convocatoria a una asamblea nacional constituyente que decidiera la incorporación de la Nueva Granada por
20 FORERO Manuel José. La Primera República 1810-1816. En: Historia Extensa de Colombia. Bogotá: Academia Colombiana de Historia - Ediciones Lerner, 1966, vol. V, pp. 19 y 455-456. En esta singular interpretación, la Primera República fue creada el 20 de julio de 1810, ratificada el 26 de julio siguiente y extinguida el 6 de mayo de 1816. Los defensores de «la nacionalidad» se incorporaron desde entonces a la «lucha callada, atenta, sigilosa, silenciosa y tenaz que hizo posible el retorno triunfal de Bolívar», cuya victoria final se debió a que dispuso de «recursos bélicos jamás poseídos en los años de la Primera República por los defensores de la nacionalidad creada el 20 de julio y ratificada el 26 de julio de 1810». 21 Carta del general Simón Bolívar a Francisco Antonio Zea (vicepresidente de Venezuela). Santafé, 13 de agosto de 1819. En: RIVAS MORENO Gerardo (comp.). Obras completas. Bucaramanga: FICA, 2008, tomo 2, p. 396.
medio de sus diputados. Fingiendo una postura de demócrata, advirtió que los granadinos podrían decidir libremente la institucionalización de un gobierno, según su “espontánea elección”, de tal manera que podrían optar por incorporarse a Venezuela, pero también por formar un gobierno granadino independiente22.
Un poco más de tres meses después, el general Bolívar declaró ante el Congreso de Venezuela reunido en Angostura que “el anhelo de los granadinos” por reunir sus provincias con las de Venezuela era “unánime” porque estaban “íntimamente penetrados” de su inmensa ventaja. Una nueva República integrada por “estas dos naciones” era ya “el voto de los ciudadanos de ambos países” y la garantía de la libertad de toda la América del Sur.23 Francisco Antonio Zea, actuando como presidente del Congreso, respondió que el general Bolívar sería capaz de conseguir la unión “de los pueblos que ha libertado y sigue libertando” porque era “una necesidad” para todas las provincias de Venezuela, la Nueva Granada y Quito, dada su contribución a la causa de la independencia de América y al interés general de todos los países industriosos y comerciantes. La importancia política de este proyecto era proporcional a su masa demográfica reunida, pues si las provincias que obedecían a Quito, Santafé y Caracas se reunían en una sola república, su poder y su prosperidad corresponderían a “tan inmensa masa”, y esta reunión de pueblos sería un bien para la América y el mundo24.
Pese a tan brillante retórica, todo el mundo sabe que jamás fue el pueblo de alguna provincia de la Nueva Granada, Quito o Venezuela consultado sobre su “espontánea elección” para formar algún gobierno independiente o dependiente. El general Bolívar ya había decidido al salir de Santafé que el general Santander actuaría provisionalmente como vicepresidente de las Provincias Libres de la Nueva Granada, con las mismas funciones y atribuciones que tenía el vicepresidente de Venezuela desde el 26 de febrero de 1819, auxiliado por dos secretarios de despacho que podría escoger, uno para los asuntos de guerra y hacienda y otro para los asuntos de interior y justicia. En realidad, fue una pequeña comisión de diputados del Congreso de Venezuela la que preparó el proyecto de Ley fundamental que reunió a las provincias de Venezuela y la Nueva Granada en una sola república. En la sesión del 17 de diciembre siguiente fue debatida y aprobada la Ley Fundamental de la República de Colombia sobre la base de una ficción política: los pueblos de las provincias de la Nueva Granada recientemente conquistados por “las Armas de la República” habían querido “voluntariamente” sujetarse a la autoridad del soberano Congreso de Venezuela y algunos “hombres de talentos superiores y de un ilustrado patriotismo” habían promovido su unión a los pueblos de Venezuela ante “los gobiernos de las dos repúblicas”. En consecuencia, las dos repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedaban reunidas desde este día en una sola que se llamaría República de Colombia, cuyo territorio sería el que hasta entonces habían tenido la capitanía general de Venezuela y el virreinato del Nuevo Reino de Granada. Para su administración se dividiría esta república en tres
22 BOLÍVAR Simón. Proclama dirigida a los granadinos. Santafé, 8 de septiembre de 1819. En: Gerardo Rivas Moreno (comp.). Obras completas. Bucaramanga: FICA, 2008, tomo 2, p. 403. También en Correo del Orinoco, Angostura, 30 de octubre de 1819, n.° 42. 23 Discurso del general Simón Bolívar ante el Congreso de Venezuela reunido en Angostura, 14 de diciembre de 1819. Correo del Orinoco, Angostura, 18 de diciembre de 1819, n.° 47. 24 Respuesta del presidente de Venezuela, Francisco Antonio Zea, al general Bolívar, 14 de diciembre de 1819. Correo del Orinoco, Angostura, 18 de diciembre de 1819, n.° 47.
departamentos, llamados Venezuela, Cundinamarca y Quito, con sus respectivas capitales en Caracas, Bogotá y Quito25.
Mientras se reunía el congreso constituyente que debatiría la primera carta constitucional de la nueva república que había nacido, ejercería el general Bolívar el empleo de presidente, y las dos vicepresidencias de Cundinamarca y Venezuela, respectivamente, Francisco de Paula Santander y Juan Germán Roscio. Mientras desaparecían los nombres ‘Santafé’ y ‘Nuevo Reino de Granada’, se prometió que sería elegido un vicepresidente de Quito una vez que entrasen en esa ciudad las armas libertadoras. El manifiesto de Francisco Antonio Zea a los pueblos de Colombia, firmado el 13 de enero de 1820, fue la pieza retórica magistral que completó las diligencias de erección de la República de Colombia hasta el evento constituyente de la Villa del Rosario de Cúcuta.
Entre el resultado de la batalla de Boyacá y su consecuencia, la aprobación de la Ley fundamental de Colombia, habían transcurrido solamente 17 semanas. En muy poco tiempo se le había dado una sanción legal a la gran ambición política del general Bolívar, secundada por Francisco Antonio Zea, quien la interpretó en los términos de una “feliz unión” que traería “poder, prosperidad, grandeza y estabilidad”26. Pero el alcance de esa ambición, edificada sobre una ficción política, requería la conquista militar de todas las provincias que habían pertenecido tanto a la capitanía general de Venezuela como al virreinato de Santafé. Esta consecuencia tendría efectos inesperados y no deseados, que a la postre le pondrían fin a la invención política colombiana.
La conquista y explotación de las provincias
Las provincias conquistadas por los ejércitos libertadores fueron puestas bajo la autoridad de gobernadores, que también actuaban como comandantes generales, con funciones de gobierno y alta policía, encargados de recaudar los donativos forzosos de todos los ciudadanos. La presidencia de los cabildos quedó en cabeza de estos comandantes generales, auxiliados por gobernadores políticos para la baja policía y la primera instancia de las causas. Las contribuciones impuestas a las provincias neogranadinas conquistadas fueron muy grandes desde el año de 1820, cuando Antioquia aportó 2.000 reclutas (900 de ellos esclavos), 218.000 pesos, vestuario y raciones por más de 100.000 pesos, para un total estimado de 400.000 pesos. La provincia del Socorro entregó 7.969 reclutas, 719 mulas, 346 caballos, 8.600 uniformes, 3.000 lanzas, 108.000 pesos para el ejército del norte, así como sus alpargatas, sillas, frenos y raciones; y además mantuvo dos batallones provinciales. La provincia de Pamplona fue obligada a entregar 1.800 reclutas, 900 caballerías, 80.000 pesos y todo su ganado para racionar a los casi 8.000 soldados estacionados en Cúcuta. Los comerciantes de Bogotá fueron obligados a entregar 205.000 pesos en contribuciones extraordinarias, más los diezmos, los depósitos y las rentas comunes. Y por este estilo lo hicieron las provincias de Tunja, Mariquita, Neiva, el Valle del Cauca y Popayán27. 25 Ley fundamental de la República de Colombia aprobada el 17 de diciembre de 1819 en la ciudad de Santo Tomás de Angostura. Correo del Orinoco, 18 de diciembre de 1819, n.° 47. 26 Carta del general Simón Bolívar al general Francisco de Paula Santander (vicepresidente de Cundinamarca). Angostura, 20 de diciembre de 1819. En: RIVAS MORENO Gerardo (comp.). Obras completas. Bucaramanga: FICA, 2008, tomo 2, p. 456. 27 El sugerente título «Conquista y explotación de la Nueva Granada» del capítulo VIII del libro República en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y Venezuela (2003), de Clément
Las quejas contra el vicepresidente de Cundinamarca, encargado por el Libertador de imponer las exigencias a estas provincias, fueron expresadas por algunas voces anónimas de Bogotá, que no dudaron en tacharlo de “déspota”. Aunque José Manuel Restrepo reconoció que la provincia del Socorro había sido expoliada sin compasión por el gobernador Antonio Morales, al punto que debió ser relevado del empleo, y los “actos arbitrarios” del vicepresidente Santander fueron notorios, lo disculpó con el argumento de que había sido imposible “seguir otra conducta en este tiempo de revolución, cuando es necesario usar de mucha energía para salvar a la patria”28. En su Historia agregó que efectivamente se había ejercido en este año de 1820 un gobierno militar para poder “exigir de los pueblos cuanto era preciso para hacer la guerra hasta derrocar el gobierno español”, y por ello Santander tuvo que “dictar muchas providencias violentas” que dejaron en el camino muchas personas amargamente críticas de ellas. Visto en perspectiva histórica, había que reconocerle, como a sus dos secretarios (Estanislao Vergara y Alejandro Osorio), “los importantes servicios a la patria y a la nave del Estado que había tenido que sufrir muchas tempestades para llegar a buen puerto”29. Contra las ideas “demasiado liberales” que explicarían la pérdida del dominio republicano durante “la época del federalismo”, juzgó Restrepo que convenía conducir primero a los pueblos a la independencia, y después a la libertad”30.
En el Congreso de la Villa del Rosario de Cúcuta, uno de los diputados de la provincia de Bogotá se atrevió a protestar contra los excesos cometidos por los gobernadores militares en algunas provincias neogranadinas conquistadas por el “ejército libertador”. Estas fueron sus palabras:
Por una desgracia fatalísima algunos gobernantes cambiaron de régimen en la administración pública confiada a su desempeño. De uno a otro extremo de aquellas provincias [de la Nueva Granada] se percibía el clamor de las quejas de sus habitantes. Los insultos, las vejaciones, el escándalo por la corrupción de las costumbres, la violenta exacción de intereses y su mala aplicación causaban el grito lastimoso de pueblos patriotas oprimidos por jefes patriotas, y como estos eran criaturas del gobierno militarmente centralizado, también hoy, al contemplar la propuesta, creen (aunque sea una equivocación) que no serán mejor tratados si la futura administración se centraliza31.
Tanto el general Santander como José Manuel Restrepo, quienes en 1821 se convirtieron en el primer vicepresidente y el primer secretario del Interior de Colombia, coincidieron en esta época en que era preciso hacer libres a los pueblos “contra su voluntad”, pues si se les dejaba en absoluta libertad se pasaría a la “antigua desastrosa anarquía”. Como se trataba de arrojar a los españoles del país, de cualquier modo y a costa de medidas irregulares y aún injustas, así como de “enseñar al pueblo a obedecer ciegamente”, solo con el paso del tiempo
Thibaud, indica abiertamente el significado del dominio del Ejército Libertador en sus primeros años: confiscaciones, contribuciones y préstamos forzosos, exacciones, amplia conscripción (treinta mil hombres), deserciones y fusilamientos, reclutamiento masivo de esclavos y, en suma, la explotación de todos los recursos de la Nueva Granada, seguida por la de los recursos de las provincias de Quito y Guayaquil. 28 RESTREPO José Manuel. Op. cit. Anotación del 19 de agosto de 1820 (p. 71) y anotaciones del 18 y 20 de noviembre de 1820 (pp. 80-81). Diario político y militar, tomo I. 29 RESTREPO José Manuel. Historia de la revolución de la República de Colombia en la América Meridional. Medellín: Universidad de Antioquia, 2009, tomo II, pp. 54-55. ISBN: 9789587142594. 30 RESTREPO José Manuel. Op. cit. Anotación del 1-4 de marzo de 1820. Diario político y militar, tomo I, p. 49. 31 Protesta del diputado de Bogotá, Nicolás Ballén de Guzmán, en la Villa del Rosario de Cúcuta, 4 de junio de 1821. En: CORTÁZAR Roberto y CUERVO Luis Augusto (eds.). Libro de actas del Congreso de Cúcuta. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1923, pp. 781-782.
se pasaría a “adoptar todas las instituciones liberales de un pueblo verdaderamente libre”. Este principio político, que obligaba a “refrenar un poco la libertad de los súbditos”, disculpaba “la dureza y severidad con que muchas veces nos hemos conducido”. Gracias a ello podían decir que “desde las bocas del Magdalena hasta el Arauca y desde Popayán hasta el Táchira no hay más que una opinión y un interés: la independencia”32.
Después del triunfo de armas del cerro de Pichincha, el 29 de mayo de 1822, se reunió en Quito una asamblea de todas las autoridades civiles y eclesiásticas, con asistencia de todas las personas notables del comercio, las haciendas y la burocracia. Por un acta que todos firmaron, se acordó que, dado que ya estaban «disueltos los vínculos con que la conquista unió este reino a la nación española», resolvían «reunirse a la República de Colombia, como el primer acto espontáneo dictado por el deseo de los pueblos, por la conveniencia y por la mutua seguridad y necesidad […] bajo el pacto expreso y formal de tener en ella una representación correspondiente a su importancia política»33. El 24 de junio siguiente, en presencia del Libertador presidente, fue publicada en Quito la Constitución de Colombia. Este creó de inmediato el noveno departamento de Quito, agregándole las provincias de Cuenca y Loja, y nombró al general Sucre como su primer intendente.
Al atardecer del 11 de julio siguiente entró el Libertador presidente al puerto de Guayaquil para gestionar su incorporación a Colombia. En su primera proclama expuso abiertamente su intención: «¡Guayaquileños! Vosotros sois colombianos de corazón, porque todos vuestros votos y vuestros clamores han sido por Colombia, y porque desde tiempo inmemorial habéis pertenecido al territorio que hoy tiene la dicha de llevar el nombre del padre del Nuevo Mundo; mas yo quiero consultaros, para que no se diga que hay un colombiano que no ame su patria y leyes»34. Esta consulta no estaba dirigida a la junta de gobierno que se había formado en 1820, sino al colegio electoral de la provincia, cuya mayoría de miembros eran partidarios de la propuesta del general Bolívar, a diferencia del ayuntamiento de la ciudad.
El general Bolívar dio un paso adelante el 13 de julio al encargarse del mando político y militar de la ciudad y su provincia, «para salvar al pueblo de Guayaquil de la espantosa anarquía en que se halla y evitar las funestas consecuencias de aquella», ocupando la posición de protector del “pueblo de Guayaquil”. Aunque proclamó que esta “medida de protección” no coartaría la «absoluta libertad del pueblo para emitir, franca y espontáneamente, su voluntad en la próxima congregación de la representación», de hecho, había despojado de su autoridad a la junta de gobierno provincial. Esta así lo entendió, y declaró el cese de «las funciones que le había confiado el pueblo», como escribió el doctor Pablo Merino, su último secretario. El 31 de julio siguiente pudo el colegio electoral reanudar sus sesiones, 32 Carta del general Francisco de Paula Santander a José Manuel Restrepo. Bogotá, 9 de enero de 1821. También su carta al ministro de Guerra del 15 de enero de 1821. En: CORTÁZAR Roberto. Cartas y mensajes (1812- 1840). Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1954, vol. 3, pp. 10 y 12. Se trataba de formar el poderío del nuevo Estado a toda costa, pues, como escribió en 1513 Nicolás Maquiavelo (El Príncipe), un Estado es ante todo un dominio que ejerce imperio sobre los súbditos y los obliga a obedecer. 33 El texto de esta acta de incorporación de la antigua provincia de Quito a la República de Colombia fue incluido por Camilo Destruge en su Historia de la revolución de octubre y Campaña Libertadora de 1820-1822. El manuscrito está disponible en el Archivo Camilo Destruge, Biblioteca Municipal de Guayaquil. Guayaquil: Imprenta Elzeviriana de Borrá, Mestre y Cía., 1920, 1.a ed., tomo 42, 2 d. Facsimilar en Guayaquil, Municipalidad de Guayaquil, 2011, 329-333. En: RESTREPO José Manuel. Op. cit. Diario político y militar, tomo I, p. 175. 34 Proclama del libertador presidente de Colombia a los guayaquileños, 13 de julio de 1822. En: DESTRUGE Camilo. Op. cit. 1920, pp. 342-343. El acta del colegio electoral, firmada el 31 de julio siguiente, se encuentra en las páginas 347-348.
suspendidas tres días antes, para «fijar para siempre los destinos de la provincia, conforme al libre y espontáneo voto de los pueblos». Por aclamación, resolvió quedar «para siempre restituida a la República de Colombia, dejando a discreción de su gobierno el arreglo de sus destinos, por el conocimiento íntimo que asiste al Cuerpo Electoral de las benignas intenciones de S. E. para con el pueblo de su comitente». Nació así el 4 de agosto de 1822, y con las provincias de Guayaquil y Manabí, el décimo departamento colombiano, como agradecimiento al “acto inimitable e incondicional”, cuyo primer intendente fue el general Bartolomé Salom. Agradecido, el Libertador presidente prometió hacer de esta provincia la “más favorecida de Colombia” en el congreso nacional por “un derecho eterno de protección y de gratitud”. El 11 de agosto siguiente fue jurada la obediencia a la Constitución colombiana.
La incorporación a Colombia de todas las provincias que habían pertenecido a las jurisdicciones del virreinato de Santafé y de la capitanía de Venezuela pareció entonces consumada; pero el general español Francisco Tomás Morales, nombrado en la Corte como capitán general de Venezuela, consiguió recuperar la plaza de Maracaibo el 6 de septiembre de 1822. Este suceso impuso nuevas cargas sobre las provincias liberadas: un empréstito de 300.000 pesos, 3.000 hombres del departamento de Boyacá, 1.000 del departamento del Magdalena y otros más de Cundinamarca y Popayán y rebaja en dos tercios del sueldo a los empleados públicos. Al frente de una escuadrilla naval, el general José Padilla forzó la entrada de la barra de Maracaibo y retomó Maracaibo después de la batalla naval librada el 24 de julio de 1823. El 3 de agosto siguiente fue firmada la capitulación que puso fin a la guerra en Venezuela, con lo cual solo quedaba pendiente la pacificación de la provincia de Pasto en el sur y la toma de Puerto Cabello, hecho que el general Páez obtuvo en el siguiente mes de noviembre.
Al terminar el año 1823 ya juzgaba José Manuel Restrepo que todas las provincias del territorio legal de Colombia habían sido incorporadas por la fuerza, con lo cual toda la atención podría dirigirse a resolver los grandes problemas republicanos, como la escasez de rentas públicas para atender los gastos estatales; la fatiga de los pueblos por las continuas contribuciones de hombres, dineros, raciones y bagajes para la defensa del territorio; los debates fanatizados entre la opinión pública que dificultaban la difusión de los principios liberales, y la escasez de hombres de mentalidad práctica para hacer avanzar la civilización material. Pero una provincia del sur todavía resistía con guerrillas su incorporación a Colombia: “la invencible Pasto”, como dijo uno de sus jefes militares.
El fusilamiento en Popayán de cuatro importantes líderes capturados a las guerrillas de los pueblos –Agustín Agualongo, Joaquín Enríquez, Francisco Terán y Manuel Insuasti–, el 13 de julio de 1824, es considerado por la historiografía como el fin de la porfía pastusa contra las tropas colombianas. Pero los tres años de persecución y castigos aplicados por estas en las provincias de Pasto y de Los Pastos terminaron dejando una tradición de felonía en la conducta de las dos partes. El coronel Juan José Flores tuvo que reconocer que las guerrillas pastusas habían aprendido de las tropas colombianas la práctica de fusilar desertores y de hacer grandes daños, como degollar familias dentro de sus casas. Quien tantos esfuerzos hizo para doblegar a los pastusos, ya en abril de 1824 rogaba por Dios al general Bartolomé Salom que le diese otro empleo porque ya veía que la prolongada guerra de Pasto “se ha mirado con desprecio”, y porque una vez concluida no podría permanecer en esa ciudad, «porque mi conducta posterior ha sido muy severa: madres, huérfanos y padres afligidos dicen “Flores
lo mató”». La respuesta del general Salom no fue consoladora: «Lo mismo dicen de mí en Pasto y Quito, y no puedo zafarme de esta carga que es mucho más pesada que la tuya»35.
Las dos consecuencias inmediatas del resultado de la batalla de Boyacá remitieron al mismo fenómeno político; esto es, a la demolición de las autonomías provinciales que habían conocido su época dorada en la década anterior. La unión de las funciones gubernativas con las militares fue la tendencia de la década de 1820, pese a las disposiciones legales dictadas para impedirlo, pues las figuras de los intendentes departamentales y de sus gobernadores subordinados dibujaron el edificio político colombiano, cuyas columnas fueron los generales del Ejército Libertador y su líder carismático, el Libertador presidente. Pero un poco más de un año antes de su muerte tuvo este que confiarle a Daniel Florencio O´Leary la imposibilidad de sostener ese edificio con principios republicanos y electivos. La reunión de la Nueva Granada y Venezuela había sido posible por la fuerza de su autoridad, pero cuando esta faltase nadie podría impedir su separación36. El movimiento de la Cosiata de 1826 fue interpretado por el general Bolívar como el primer estallido del “deseo de independencia” de los venezolanos, y en 1830 ya estaba convencido de que no tenía sentido alguno oponerse a su designio. Para completar el drama, los granadinos ya no lo querían y Venezuela no quería obedecer a Bogotá. Era preciso aceptar “las órdenes del Destino, seamos o no miserables”37. Y si el Sur se separaba de la Nueva Granada, “Colombia estaría completamente arruinada”.38 Estas anticipaciones efectivamente se realizaron, con lo cual el experimento político colombiano se hundió en la noche de los tiempos, de donde sus epígonos intentarían infructuosamente rescatarlo en los tiempos posteriores.
35 Carta del coronel Juan José Flores al general Salom. Pasto, 11 de abril de 1824, Fondo Jijón y Caamaño, Quito, correspondencia del general Flores, tomo 86, f. 49r-50v. La respuesta del general Salom desde Quito, el 26 de abril de 1826, está en ibíd., f. 68r-69v. 36 Carta del general Simón Bolívar al general Daniel Florencio O’Leary. Guayaquil, 19 de septiembre de 1829. En: Obras completas, 2008, tomo 9, pp. 190-191. 37 Carta del general Simón Bolívar al general Rafael Urdaneta. Cartago, 2 de enero de 1830. En: Obras completas, 2008, tomo 9, p. 305. 38 Carta del general Simón Bolívar a José María del Castillo y Rada. Cartago, 4 de enero de 1830. En: Obras completas, 2008, tomo 9, p. 306.