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Entrada del Gobierno de las Provincias Unidas de la Nueva Granada a la ciudad de Santafé

Armando Martínez Garnica

3.067 palabras · unos 15 minutos de lectura

La República de Cundinamarca, que deseaba con ansia la unión con sus demás hermanas y el que los Pueblos de la Nueva Granada, que desgraciadamente habían roto los vínculos que los ligaban, hiciesen otra vez una sola familia, no ya bajo el yugo opresor de la. España sino a la sombra de un sistema liberal, realizada felizmente esta asociación, quiso extremarla más y más ofreciendo a las autoridades del Reino un asiento en su seno, ofrecimiento que fue por éstas bien admitido, como el público lo ha visto por las comunicaciones que se versaron sobre esta materia, y que están insertas en la Gaceta anterior número 205 y a virtud del cual el Gobierno General dispuso su marcha hacia esta ciudad, lo que comunicado al jefe de la provincia dio todas las providencias conducentes a un recibimiento digno de los primeros magistrados del Reino en quienes los pueblos de todo él han depositado su suerte. Para el 21 del presente [enero de 1815] (día que indubitablemente merece un lugar en la época de nuestra transformación, pues en él se consolidó la unión) se anunció la llegada de aquel Supremo Cuerpo, y preparado a media legua de la ciudad el lugar donde se le debía felicitar, salieron de ésta con tal objeto en la mañana de dicho día el ciudadano gobernador de la provincia, el general en jefe de los Ejércitos de la Unión, los gobernadores del Arzobispado y varias diputaciones del Cabildo Eclesiástico, cuerpos militares, tribunales de justicia y hacienda, cabildo secular, universidad, colegios, cuerpo de abogados y comunidades religiosas. Reunidas estas respetables corporaciones en el sitio destinado para recibir las embajadas, aguardaron allí la llegada del Gobierno de la Unión a quien el citado general, con una compañía de Dragones, el presidente de la Asamblea Electoral, el ciudadano gobernador, el teniente gobernador de la Provincia y el gran maestro de ceremonias, se habían adelantado a encontrar. Verificada aquella, y colocados los tres miembros de que se compone dicho Gobierno en un salón adornado con gusto y magnificencia, el general Bolívar pronunció el discurso siguiente.

"Excelentísimo señor.

Por dos veces el desplomo de la República de Venezuela, mi patria, me ha obligado a buscar un asilo en la Nueva Granada, que por dos veces he contribuido a salvar. Cuando en la primera guerra civil, en medio del tumulto de la anarquía y del espanto de una cruel invasión que por todas partes amenazaba a estos Estados, tuve la dicha de presentarme entre mis hermanos, les pagué con mis servicios su hospitalidad. Al presente, las nuevas catástrofes de Venezuela me conducen aquí y encuentro el interior otra vez dañado por la divergencia. V. E. me hace el honor de destinarme a pacificar a Cundinamarca disidente, y la paz sucede a la división. ¡Terrible! ¡Terrible división!, pero disculpable...

Permítame V. E. remontar al origen lamentable de esta calamidad. Creado el Nuevo Mundo bajo el fatal imperio de la servidumbre, no ha podido arrancarse las cadenas sin despedazar sus miembros; consecuencia inevitable de los vicios de la servilidad y de los errores de una ignorancia tanto más tenaz cuanto que es hija de la superstición más fanática que ha cubierto de oprobio al linaje humano. La tiranía y la Inquisición habían degradado a la clase de los brutos a los americanos y a los hijos de los conquistadores que les trajeron estos funestos presentes. Así, ¿qué razón ilustrada, qué virtud política, qué moral pura podríamos hallar entre nosotros para romper el cetro de la opresión y sustituir de repente el de las leyes que debían establecer los derechos e imponer los deberes a los ciudadanos en la nueva república? El hábito a la obediencia sin examen había entorpecido de tal modo nuestro espíritu, que no era posible descubriésemos la verdad ni encontrásemos el bien. Ceder a la fuerza fue siempre nuestro solo deber como el crimen mayor buscar la justicia y conocer los derechos de la naturaleza y de los hombres. Especular sobre las ciencias, calcular sobre lo útil y practicar la virtud eran atentados de lesa tiranía, más fáciles de cometer que de obtener su perdón. La mancilla, la expatriación y la muerte seguían con frecuencia a los talentos que los ilustres desgraciados solían adquirir para su ruina, no obstante el cúmulo de obstáculos que oponían a las luces los dominadores de este hemisferio.

Jamás, señor, jamás nación del mundo dotada inmensamente de extensión, riqueza y población, ha experimentado el ignominioso pupilaje de tres siglos, pasados en una absoluta abstracción; privada del comercio del Universo, de la contemplación de la política y sumergida en un caos de tinieblas. Todos los pueblos de la tierra se han gobernado por sí mismos con despotismo o con libertad; sistemas más o menos justos han regido a las grandes sociedades, pero siempre por sus ciudadanos refundiendo el bien o el mal en ellos mismos. La gloria o el deshonor han refluido sobre sus hijos, mas nosotros ¿hemos dirigido los destinos de nuestra Patria? La esclavitud misma ¿ha sido ejercida por nosotros? Ni aun el ser instrumentos de la opresión nos ha sido concedido. Todo, todo era extranjero en este suelo. Religión, leyes, costumbres, alimentos, vestidos eran de Europa, y nada debíamos ni aun imitar. Como seres pasivos, nuestro destino se limitaba a llevar dócilmente el freno que con violencia y rigor manejaban nuestros dueños. Igualados a las bestias salvajes, la irresistible fuerza de la naturaleza no más ha sido capaz de reponernos en la esfera de los hombres, y aunque todavía débiles en razón hemos ya dado principio a los ensayos de la carrera, a que somos predestinados.

Sí, excelentísimo señor, hemos subido a representar en el teatro político la grande escena que nos corresponde, como poseedores de la mitad del mundo. Un vasto campo se presenta delante de nosotros, que nos convida a ocuparlos y bien que nuestros primeros pasos hayan sido tan trémulos como los de un infante, la rigorosa escuela de los trágicos sucesos ha afirmado nuestra marcha, habiendo aprendido con las caídas dónde están los abismos, y con los naufragios dónde están los escollos. Nuestra empresa ha sido a tientas porque éramos ciegos; los golpes nos han abierto los ojos con la experiencia y con la vista que hemos adquirido ¿por qué no hemos de salvar los peligros de la guerra y de la política, y alcanzar la libertad y la gloria que nos esperan por galardón de nuestros sacrificios? Éstos no han podido ser evitables, porque para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda de los sacrificios. La América entera está teñida de la sangre americana. ¡Ella era necesaria para lavar una mancha tan envejecida! La primera que se vierte con honor en este desgraciado continente, siempre teatro de desolaciones, pero nunca por la Libertad. México, Venezuela, la Nueva Granada, Quito, Chile, Buenos Aires y el Perú presentan heroicos espectáculos de triunfos. Por todas partes en el nuevo mundo, la sangre de sus hijos; mas es ya por la Libertad, ¡único objeto digno del sacrificio de la vida de los hombres! Por la Libertad, digo, está erizada de armas la tierra que poco ha sufría el reposo de los esclavos; y si desastres espantosos han afligido las más bellas provincias, y aun repúblicas enteras, ha sido por culpa nuestra, y no por el poder de nuestros enemigos.

Nuestra impericia, excelentísimo señor, en todos los departamentos del gobierno ha agotado nuestros elementos y ha aumentado considerablemente los recursos precarios de nuestros enemigos, que prevaliéndose de nuestras faltas han sembrado la semilla venenosa de la discordia, para anonadar estas regiones que han perdido la esperanza de poseer. Ellos antes aniquilaron la raza de los primeros habitadores para sustituir la suya y dominarla, ahora hacen perecer hasta lo inanimado, porque en la impotencia de conquistar, ejercen su maleficencia innata en destruir. Pretenden convertir la América en desierta soledad; se han propuesto nuestro exterminio pero sin exponer su salud, porque sus armas son las viles pasiones que se han transmitido por herencia, la cruel ambición, la miserable codicia, las preocupaciones religiosas y los errores políticos. De este modo, sin aventurar ellos su suerte deciden de la nuestra.

A pesar de tan mortíferos enemigos contemplamos la bella República de Buenos Aires subyugando al Reino del Perú, México preponderando contra los tiranos, Chile triunfante, el oriente de Venezuela libre, y la Nueva Granada tranquila, unida y en una actitud amenazadora.

Hoy vuestra excelencia pone el complemento a sus ímprobos trabajos, instalando en esta capital el gobierno paternal de la Nueva Granada y recibiendo por recompensa de su constancia, rectitud y sabiduría, las bendiciones de los pueblos que deben a vuestra excelencia la paz doméstica y la seguridad externa.

Por la justicia de los principios que vuestra excelencia ha adoptado, y por la moderación de una conducta sin mancha, vuestra excelencia no ha vencido, ha ganado a sus enemigos internos, que han experimentado más beneficios de sus contrarios que esperanzas tenían en sus amigos. Deseaban estos componer una república aislada en medio de otras muchas, que veían con horror una separación, que dividiendo el corazón del resto del cuerpo le da la muerte al todo. Vuestra excelencia colma los votos de sus enemigos haciéndolos entrar en la gran familia, que ligada con los vínculos fraternales es más fuerte que nuestros opresores.

Vuestra excelencia dirigido sus fuerzas y miras en todos sentidos: el Norte es reforzado por la división del General Urdaneta; Casanare espera los socorros que lleva el comandante Lara; Popayán se verá auxiliar superabundantemente; Santa Marta y Maracaibo serán libertadas por el soberbio ejército de venezolanos y granadinos que vuestra excelencia me ha hecho el honor de confiar. Este ejército pasará con una mano bienhechora rompiendo cuantos hierros opriman con su peso y oprobio a todos los americanos que haya en el Norte y Sur de la América Meridional.Yo lo juro por el honor que adorna a los libertadores de la Nueva Granada y Venezuela; y ofrezco a vuestra excelencia mi vida como el último tributo de mi gratitud, o hacer tremolar las banderas granadinas hasta los más remotos confines de la tiranía. Mientras tanto vuestra excelencia se presenta a la faz del mundo en la majestuosa actitud de una nación respetable por la solidez de su Constitución, que formando de todas las partes antes dislocadas un cuerpo político, pueda ser reconocido como tal por los estados extranjeros, que no debieron tratar con esta república que era un monstruo, por carecer de fuerza la autoridad legitima, como de legitimidad el poder efectivo de las provincias, representadas éstas por sí mismas eran hermanas divididas que no componían una familia.

Aunque mi celo inoportuno me ha extraviado en este discurso, que sólo debía ser inaugural, continuaré todavía mi falta atreviéndome a añadir que el establecimiento de los Tribunales Supremos, que sin interpretar las leyes, y sometiéndose ciegamente a ellas en la distribución de la justicia aseguran el honor, la vida y la fortuna de los ciudadanos me lisonjeo, será uno de los más bellos monumentos que vuestra excelencia erigirá a su gloria. La justicia es la reina de las virtudes republicanas, y con ella se sostienen la igualdad y la libertad que son las columnas de este edificio.

La organización del Erario Nacional que exige de los ciudadanos una mínima parte de su fortuna privada, para aumentar la pública que alimenta a la sociedad entera, ocupa en el ánimo de vuestra excelencia un lugar muy preeminente, porque sin rentas no hay ejército, y sin ejércitos perece el honor, al cual hemos ya consagrado innumerables sacrificios, por conservarlo en el esplendor que le han adquirido la vida de tantos mártires, y la privación de tantos bienes.

Pero la opinión pública, excelentísimo señor, es el objeto más sagrado que llama la alta atención de vuestra excelencia: ella ha menester la protección de un gobierno ilustrado que conoce que la opinión es la fuente de los más importantes acontecimientos. Por la opinión ha preservado Atenas su libertad de la Asia entera. Por la opinión los compañeros de Rómulo conquistaron al Universo. Por la opinión influye la Inglaterra en todos los gobiernos, dominando con el tridente de Neptuno la inmensa extensión de los mares.

Persuadamos a los pueblos que el Cielo nos ha dado la Libertad para la conservación de la virtud y la obtención de la Patria de los justos. Que esta mitad del globo pertenece a quien Dios hizo nacer en su suelo y no a los tránsfugos transatlánticos, que por escapar de los golpes de la tiranía vienen a establecerla sobre nuestras ruinas. Hagamos que el amor ligue con un lazo universal hijos del Hemisferio de Colón, y que el odio, la venganza y la guerra arranquen de nuestros seno, y se lleven a las fronteras, a emplearlos contra quienes únicamente son justos, contra tiranos.

Excelentísimo señor, la guerra civil ha terminado, sobre ella se ha elevado la paz doméstica, los ciudadanos reposan tranquilos bajo los auspicios de un gobierno justo y legal, nuestro enemigos tiemblan".

Este brillante discurso fue contestado por el excelentísimo presidente de la Unión con la mayor propiedad. Enseguida arengó el presidente del C.E. y sucesivamente el gobernador de la provincia, el discreto provisor, el diputado del Cabildo eclesiástico el presidente del Tribunal de Apelaciones, el teniente gobernador como jefe de la Hacienda, el comandante general de las Armas, el alcalde ordinario de primera nominación por el Cuerpo Cívico, el rector de la Universidad, los del Colegio, el diputado del ilustre Cuerpo de Abogados, el del Comercio, los prelados de las comunidades religiosas y los síndicos de los monasterios. Su excelencia el presidente de la Unión correspondió a cada una de estas arengas con discursos tan sabios, oportunos y ordenados, como si de antemano hubiera sabido el contenido de aquellas y preparado con detención sus respuestas.

A esta ceremonia, ejecutada con la mayor dignidad y decoro, se siguió un espléndido y suntuoso banquete, a que asistieron muchos de los individuos del Congreso, o Cuerpo Deliberante, que se hallaban ya en esta ciudad, las personas que arriba hemos indicado y algunos otros ciudadanos. La alegría, la concordia y la amistad se dejaron ver en este fastuoso festín. A las cuatro y media, o cinco de la tarde, se dirigió el Gobierno General hacia esta ciudad con un acompañamiento lucido compuesto de ciudadanos notables montados en arrogantes caballos magníficamente aderezados, y dispuestos en una formación ordenada. A esta seguían las calesas, en que venían los miembros del Gobierno General, los individuos del Congreso, el gobernador de la provincia, el presidente del Colegio Electoral y el teniente gobernador, y detrás de aquellos se dejaban ver los soberbios Dragones de Caracas, bien uniformados y mejor montados, y una lucida escolta que dicho gobierno había traído de la ciudad de Tunja. La tropa que había en esta capital se formó desde la esquina del Convento de San Diego hasta la Plaza mayor, en cuyo tránsito y a distancia se dejaban ver arcos triunfales y un numeroso pueblo compuesto de gentes de todas edades, sexos, clases y condiciones, que incesantemente victoreaban la libertad, la unión y el Gobierno General. Por en medio de este magnífico aparato de las salvas, de los vivas, de las aclamaciones de los aplausos, llegó el Gobierno General al Palacio que en otro tiempo servía de albergue a los tiranos, de donde se dirigió inmediatamente, acompañado de las corporaciones de que hemos hecho mérito, a la Iglesia de la Catedral a tributar gracias y rendir homenajes al Ser Eterno por la deseada unión de la Nueva Granada, que tan felizmente se había logrado; y concluido este acto religioso pasaron al Palacio Arzobispal, en donde se sirvió suntuoso refresco, durante el cual músicos diestros tocaron piezas del más fino gusto.

Al siguiente día se celebró en la Catedral una misa de acción de gracias con asistencia del Gobierno General, del gobernador, teniente gobernador y demás tribunales y corporaciones de la provincia. En el mismo día se dio un banquete, no menos espléndido que el del anterior; por la tarde hubo corridas de toros por las calles, y a la noche una armoniosa orquesta en la casa del excelentísimo presidente de la Unión y juegos en la Plaza. Con estos públicos testimonios han manifestado los habitantes de Cundinamarca, y con especialidad los de Santafé, cuanto deseaban la unión con las demás provincias, cuan violento era el estado de aislamiento en que aquella había permanecido en el largo espacio de cinco años.

Ciudadanos de la Nueva Granada: la división ha desaparecido de entre vosotros, la paz y la concordia se han establecido. Hoy componéis ya todos una gran familia, cuyos esfuerzos sólo tendrán por objeto destruir a los tiranos. El Gobierno General, revestido de la plenitud de autoridad en los ramos de guerra y hacienda, colocado en el centro de esta gran Nación, y con sobrados recursos para defenderla, consolidará su independencia, hará inútiles las medidas de sus invasores, y la elevará al rango que le corresponde entre los países civilizados de la tierra. Si hasta aquí la libertad de la América meridional había sido para algunos un problema, hoy ya no habrá quien dude de ella, pues tiene a su frente un Gobierno enérgico y vigoroso, soldados valientes y aguerridos, generales expertos, armas, municiones, caudales, en una palabra todos los auxilios necesarios para mantener su justa y santa causa. Cooperemos todos a este gran fin, ayudemos las miras de aquellos en quienes hemos depositado nuestra suerte, y antes de poco nuestros votos se habrán cumplido.

Provincias del Nuevo Reino: si Cundinamarca tiene hoy la satisfacción de haber sido escogida por Gobierno de la Unión para habitar en su seno, ella os ofrece en recompensa una amistad eterna y todos los recursos que posee para sostener vuestra libertad e independencia, como también la tranquilidad y seguridad de ese mismo Gobierno, de que sólo puede disfrutar en un punto central como Santafé, pues en las fronteras estará expuesto a ser invadido por el enemigo común. Recibid a vuestra asociación una hermana que contra el voto de sus ciudadanos había permanecido hasta ahora separada de vosotras; haced con ella la más intima alianza, supuesto que nuestros intereses son unos mismos, y vosotros cundinamarqueses sabed apreciar el honor que las autoridades supremas de la Nueva Granada os han hecho eligiendo vuestro suelo para su asiento.

Publicado en la Gaceta Ministerial de Cundinamarca, su capital Santafé de Bogotá, no. 207 (Jueves 26 de enero de 1815), p.1012-1016.

Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.