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Artículo

Una familia Santos en Santander y en Colombia

Armando Martínez Garnica

104.574 palabras · unos 523 minutos de lectura

Director: Armando MARTÍNEZ GARNICA

Investigadores asociados: Álvaro ACEVEDO TARAZONA

Luis Rubén PÉREZ PINZÓN

Isidro VANEGAS USECHE

CÁMARA DE COMERCIO DE BUCARAMANGA

Tabla de contenido Agradecimientos Augusto MARTÍNEZ CARREÑO: Presentación Capítulo1 Armando MARTÍNEZ GARNICA: Una familia Santos originaria de Santander

1.1. Pedro Santos Meneses 1.2. La descendencia Santos Plata 1.3. El mito familiar: María Antonia Santos Plata 1.4. José María Eduardo Santos Plata 1.5. Francisco Urbano Santos Galvis 1.6. Descendencia Santos Montejo 1.7. Descendencia Santos Castillo 1.8. Conclusiones Capítulo 2 Luis Rubén PÉREZ PINZÓN: General José Santos, héroe y villano de la Regeneración

2.1. Un Santos de Charalá, 1835-1900. 2.2. Gobernador de Santander, 1890-1896. 2.3. Gobernador de Boyacá, 1897-1898. 2.4. Puerto Santos: un monumento a su memoria 2.5. Un general ―juzgado por la historia‖ 2.6. Ministro de guerra, 1899-1900. 2.7. Epílogo: José Santos y los charaleños del siglo XXI. Capítulo 3

Isidro VANEGAS: Eduardo Santos Montejo, capitán de una república austera

3.1. La cordura de esperar 3.2. La democracia no puede ser sino liberal Capítulo 4 Álvaro ACEVEDO TARAZONA: Enrique Santos Montejo, Calibán. El periodismo y la política

4.1. Una obra, una generación 4.2. El periodismo: una vocación temprana 4.3. La Linterna: El oficio hecho a pulso 4.4. El Tiempo y La danza de las horas: aparece Calibán 4.5. Prensa y censura Epílogo. El escritor y su público Epílogo El legado de Juan Manuel Santos Calderón Fuentes

Capítulo 1 Una familia Santos originaria de Santander Armando MARTÍNEZ GARNICA1 Muchas fueron las familias de apellido Santos que integraron los vecindarios de las antiguas parroquias de Nuestra Señora del Socorro, San Antonio de Padua de Pinchote, Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, San Gil, Nuestra Señora de las Mercedes de Coromoro, San José de los Confines y Nuestra Señora de Monguí de Charalá. Hoy todos esos feligresados se han convertido en cuerpos ciudadanos colombianos que conservan en su memoria su antigua adscripción al extenso corregimiento del Socorro, reducido en nuestros días a uno de los municipios del Departamento de Santander. Durante el siglo XVIII esos vecindarios talaron los montes y los valles de los ríos para entablar haciendas de caña de azúcar y de ganados de toda clase, para instalar ingenios y trapiches que convirtiesen las mieles de las cañas en panelas, panes de azúcar y aguardientes; para suministrar los algodones y los añiles que requerían los artesanos que hicieron de cada hogar un fabriquín familiar. Los diezmos de las panelas y de los ganados fueron aplicados a la fabricación de sus templos parroquiales y al sostenimiento de sus santos patrones, a las procesiones y a las fiestas donde se rasgaron tiples y se cantaron guabinas. Una de esas familias Santos es el tema de este libro. Originada en las haciendas del valle de Pinchote y de Cincelada, en las dos últimas décadas del siglo XVIII su patriarca, don Pedro Santos Meneses, fue dos veces alcalde partidario de Cincelada y aspiró al empleo de teniente corregidor de Mogotes, declarando que deseaba ―ejercitarse en servicio del Rey‖. Uno de sus hijos, don José Matías Santos Plata, era en 1810 el alcalde partidario de Cincelada, y otro más, don José Joaquín Santos Plata, hizo las diligencias para agregar a los ―ciudadanos‖ de la parroquia de Cincelada a la autoridad de la junta de gobierno que se estableció en la villa del Socorro con la revolución, encabezando con su hermano la ceremonia de acatamiento al acta constitucional del 15 de agosto de 1810. Involucrada toda la familia Santos Plata en el movimiento revolucionario que desconoció la autoridad del Consejo de Regencia e instauró el Estado provincial del Socorro, durante la reconquista española varios de sus miembros participaron en la guerrilla patriótica de Coromoro. El costo político que pagaron por ello fue alto: la muerte de dos de sus mujeres. Doña María Antonia Santos Plata fue fusilada en la plaza del Socorro el 28 de julio de 1819, y su sobrina y ahijada de 13 años y medio, María Elena Santos Rosillo, fue asesinada por un soldado español en la sacristía de la iglesia de Charalá, el 4 de agosto de 1819, durante la acción militar contra los vecinos de esta parroquia. Don José María Eduardo Santos Plata, bautizado en la parroquia de Charalá, contrajo matrimonio por segunda vez con una señora de la parroquia de Curití, doña Antonia Facunda Galvis Galvis. Por este enlace vino al mundo el doctor Francisco Urbano Santos Galvis, quien nació en la hacienda El Hatillo unos días antes del 21 de agosto de

1 Con la colaboración de Cintya Alexandra MALDONADO CRUZ, asistente de investigación, candidata a magister en Historia por la Universidad Industrial de Santander.

1848, cuando se le aplicó bautismo de agua por necesidad, y quien fue llevado a la pila bautismal, para recibir óleo y crisma en la parroquia de Coromoro, el 10 de marzo de 18492. Con este abogado pudo la familia Santos de Cincelada presumir ante sus vecinos que uno de sus miembros se había sentado en las sillas de la Cámara de Representantes como diputado del Estado soberano de Santander. ―Metida la mano, metido el codo‖: así fue como el doctor Francisco se metió de lleno en las campañas políticas de sus copartidarios y para ello originó la tradición familiar que consiste en publicar periódicos liberales: los semanarios El Corresponsal (1878) y El Republicano (1882), salidos de las imprentas bogotanas, fueron el comienzo. Durante el mes de mayo de 1879 contrajo matrimonio el doctor Francisco Santos Galvis con doña Leopoldina Montejo Camero. La parroquia de Santiago el mayor de Tunja se convirtió entonces en la pila bautismal de tres de los varones Santos Montejo (Hernando, Guillermo y Eduardo), pues Enrique fue el primero de la familia Santos que nació en Bogotá (1886), precisamente durante el año en que terminó la experiencia federal del país y se aprobó la nueva carta constitucional que abrió paso a un nuevo Estado capaz de devolverle a la Nación colombiana toda la soberanía.

Fue don Enrique Santos Montejo quien continuó en Tunja la tradición liberal y periodística con La Linterna (1909-1919), seguido por su hermano Eduardo, quien le compró a su cuñado Alfonso Villegas el periódico El Tiempo. Otro de los hermanos, Hernando, había tenido en su juventud una imprenta en la que se publicó el diario El Comercio, editado por Enrique Olaya Herrera y José Manuel Marroquín, y también fue colaborador de la mejor época de El Nuevo Tiempo, cuando lo dirigió un paisano de su abuela, el curiteño Ismael Enrique Arciniegas. Desde finales de 1919 Eduardo y Enrique Santos Montejo unieron sus esfuerzos en la edición de El Tiempo, y desde 1932 este último escribió diariamente la columna ―La danza de las horas‖ con el seudónimo de Calibán.

El 7 de agosto de 1938, el doctor Eduardo Santos Montejo se posesionó en el cargo de presidente de la República de Colombia. Era el bisnieto de don Pedro Santos Meneses, el patriarca que en la parroquia de Cincelada había sido apenas un modesto alcalde partidario antes de la revolución de la independencia. La saga familiar registra en sus anales que otro de sus miembros, el doctor Juan Manuel Santos Calderón, también se posesionó en el cargo de presidente de la República de Colombia el 7 de agosto de 2010. Hijo de don Enrique Santos Castillo y de doña Clemencia Calderón Nieto, había nacido en Bogotá (1951) y es el chozno del alcalde partidario de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, hoy en día corregimiento del municipio de Ocamonte, en el Departamento de Santander.

Estos dos presidentes ya han encontrado su lugar en la memoria social de la Nación colombiana, por lo que este libro apenas contribuye a esclarecer sus orígenes santandereanos y a precisar los periplos vitales de dos de los más brillantes hermanos Santos Montejo: el presidente Eduardo y el columnista Calibán. Pero donde si hace justicia histórica es en el caso del general José Santos, el charaleño de esta familia que fue

2 En Coromoro a diez de marzo de mil ochocientos cuarenta y nueve, se le puso oleo y crisma a un niño llamado Francisco Urbano a quien en caso de necesidad bauticé el veinte y uno de agosto de mil ochocientos cuarenta y ocho, hijo lejítimo de los señores José María Santos y Facunda Galvis, sus abuelos paternos Pedro i María Petronila Plata, maternos Vicente e Ignacia Galvis, fue madrina la señora Leonor Santos, a quien advertí el parentesco y obligación, Doy fe. Antonio María Chinchilla. En Libro de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes de Coromoro, 1844-1852, 59v-60r.

gobernador de Santander y de Boyacá, así como secretario de Guerra y Marina de la Administración Sanclemente. Sobrino nieto de la mártir de 1819, hasta ahora no había llamado la atención de los historiadores, pese a su importancia política en los primeros tiempos de la República de Colombia ―regenerada‖ por la Constitución de 1886. Esta es entonces una de las novedades de este libro. 1.1. Pedro Santos Meneses Nacido probablemente en una hacienda del valle de Pinchote, fue un tal Ignacio Agudelo

quien lo bautizó originalmente ―por necesidad‖. Algún tiempo después fue llevado por sus padres a la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, donde su cura párroco volvió a bautizarlo, asentando en su libro parroquial la administración de ese sacramento de la santa madre iglesia: ―… en 15 de octubre de 1737 puse oleo y crisma a un niño a quien avia baptizado por nesesidad Ygnacio Agudelo y lo llamó Pedro; hijo lejitimo de Ysidoro Manuel Santos y Francisca Meneses.3

Don Pedro Santos Meneses bautizaría también sus cuatro primeros hijos en la parroquia del Socorro, entre 1767 y 1775. Los demás fueron bautizados en las parroquias de Pinchote, Coromoro y Cincelada, pues desde 1776 fijó definitivamente su residencia en su hacienda El Hatillo, situada en la jurisdicción de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada. Aunque su vecindad originalmente conocida es la viceparroquia del valle de Pinchote, después de 1782 se avecindó definitivamente en Cincelada y se dedicó con sus hijos y yernos a la explotación de su hacienda, en los tiempos en que esta última parroquia pertenecía a la jurisdicción del corregimiento de Sogamoso y Duitama. En 1786 ejerció el empleo de alcalde parroquial en Cincelada. Una confirmación de su lugar de nacimiento proviene del pleito que en 1790 le siguió Pedro Tomás Cárdenas, ya que en una de las preguntas que sirvieron para interrogar a los testigos que este presentó se afirma que

… dicho [Pedro] Santos es inquieto caviloso, revoltoso perturbador de la paz, enemigo de la gente buena, inobediente a las justicias y movedor de discordias, desde que se avecindó en esta parroquia [de Cincelada] la tiene toda revuelta e inquietos a los vecinos y alcaldes con recursos y quexas a los tribunales superiores, lo que no se experimentaba cuando no era vecino; y si saben que por este vicio y antiguada costumbre lo abominaron en Pinchote, su tierra, sus mismos parientes, y lo hicieron salir a mal de su agrado. Digan de público y notorio, pública voz y fama…4 Dos datos más confirman que su lugar nativo era la viceparroquia del valle de Pinchote: el primero es su activa participación en el proceso de erección de una parroquia autónoma en ese valle, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, San Antonio de Padua y San Vicente Ferrer, y el otro es su registro como ―capitán de Pinchote‖ —durante el año de la insurrección de la provincia del Socorro (1781)— en la lista de ―los capitanes que en representación de las villas, parroquias y pueblos concurrieron a Zipaquirá mandando los

3 Libro de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, 1699-1738, 84r. 4 Causa de Pedro Thomas de Cárdenas, vecino de la parroquia de Cincelada, contra don Pedro de los Santos por varios agravios que le ha irrogado en su persona y bienes. Cincelada, 22 de octubre de 1790. Archivo General de la Nación (en adelante AGN), sección Colonia, fondo Juicios Criminales, rollo 36, f. 389r.

Comunes.5 Un año antes había obtenido en remate la administración de los peajes del paso real de la cabuya Sardinas, en el rio Mochuelo, perteneciente al ramo de Propios de la villa San Gil, comprometiéndose a remover una gran piedra que estaba en la mitad del río, pues estorbaba y maltrataba a las bestias cuando crecía el caudal.6 El 7 de abril de 1772 se presentaron 27 propietarios de tierras del valle de Pinchote ante el escribano público de la villa de San Gil para otorgar su poder a don Pedro Santos Meneses y a don Joseph María Villamil, con el fin de que estos hicieran las diligencias necesarias, ante la Curia Arquidiocesana de Santa Fe, para erigir una nueva parroquia en dicho valle, con lo cual se desagregarían del feligresado de la parroquia del Socorro. Seis de los firmantes eran miembros de la familia Santos: Antonio José, Salvador José, Clemente Marcelo, Marcelino José, Francisco José y Silvestre. Los apellidos de los demás eran Acevedo, Bravo, González, Jurado, Moreno, Plata, Pradera, Tolosa, Uribe, Vega y Vesga.

El 13 de abril siguiente, don Pedro Santos y don Antonio Villamil, identificados como propietarios de tierras en el valle de Pinchote, se presentaron ante el escribano público de la villa de San Gil para constituirse en fiadores de las obligaciones colectivas que estaban dispuestos a hacer anualmente los feligreses del sitio de Pinchote: pagar la congrua de sostenimiento del cura párroco que habían solicitado ante la Curia Arquidiocesana (anualmente 150 pesos en dinero o en hilos de algodón), edificar iglesia y casa cural, sostener las tres cofradías canónicas y pagar la limosna anual per cápita de cuatro y media libras de hilo. Propusieron los siguientes linderos para la nueva parroquia que querían erigir:

… desde la boca de la quebrada que llaman de la Laja de los Patiños, que entra al río de la villa [de San Gil], quebrada arriba hasta deslindar con vecindario de la nueva parroquia que se erija de Buen Retiro de Nuestra Señora de Chiquinquirá, a topar con la quebrada Seca; esta abajo hasta dicho río, y río abajo hasta el primer lindero.7 Pero una década tuvieron que continuar en la condición de viceparroquia de Nuestra Señora del Rosario, pues la erección parroquial solo les vendría de la mano del arzobispo Antonio Caballero y Góngora, el 11 de abril de 1782, quizás como parte de la estrategia empleada para debilitar el poder de la villa del Socorro. Fue el párroco de San Gil quien informó a los dos apoderados de Pinchote sobre la autorización eclesiástica, ordenando al vecindario que protocolizaran una nueva carta de fianza para obligarse al pago de la congrua del cura, al sostenimiento de las tres cofradías canónicas, a edificar la iglesia, la casa cural y una escuela de primeras letras. Fue así como, el 10 de mayo de 1782, 49 vecinos del valle de Pinchote firmaron esa fianza ante el alcalde partidario de Pinchote, don Juan Antonio Gómez Plata, en la que se comprometieron mancomunadamente a pagar la congrua anual

5 Lista de capitanes que concurrieron a Çipaquirá, mayo de 1781. Archivo General de Indias, Audiencia de Santafé, tomo XVIII, 5v-6v. Publicada por Juan FRIEDE en Rebelión Comunera de 1781. Documentos, Bogotá, Colcultura, 1981, tomo I, 69-71. 6 Representación de don José Miguel Santos, apoderado de su padre, Pedro de los Santos, pidiendo a la Audiencia el despacho de una real provisión incitativa que ordene al cabildo de la villa de San Gil oír su reclamo relativo al remate de un paso real que pertenece al Ramo de Propios de dicha villa, 1795. AGN Colonia, Miscelánea, tomo 110, f. 143. 7 Armando MARTÍNEZ y Amado Antonio GUERRERO. ―Pinchote‖, en La provincia de Guanentá. Orígenes de sus poblamientos urbanos, Bucaramanga, UIS, 1996, 151-152, 216-217.

del cura párroco propio que querían tener. Entre los firmantes aparecen once miembros de la familia Santos: don Antonio, don Clemente, don Silvestre, don Lorenzo, otro don Antonio, don Agustín, don Salvador, don Pedro Tomás, don Francisco, don Juan Francisco y don Gregorio. También firmó don Vicente de Meneses y personas que llevaban los apellidos Aparicio, Araus, Arciniegas, Argüello, Atuesta, Bravo, Cadena, Díaz, Gálvez, Franco, Gómez, González, Guevara, Gutiérrez, Hernández, Mogollón, Moreno, Olarte, Pérez, Rincón, Ríos, Sánchez, Silva, Suescún, Torres, Uribe y Villamil. El presbítero que este feligresado eligió como su primer cura párroco fue Luis Fernando Santos y Otero, quien efectivamente tomó posesión de su curato y personalmente supervisó el trazado de la población y las obras de edificación de la iglesia y la casa cural. El segundo párroco fue el doctor Francisco Javier Meléndez, quien en 1790 tuvo que enfrentar la resistencia de un grupo de feligreses que agregó a su jurisdicción parroquial, los cuales alegaron su pertenencia al curato de San Gil. Como propietario de tierras familiares en las parroquias de Pinchote y de Cincelada, juzgaba don Pedro Santos Meneses que era público y notorio su buen ―nacimiento y honrosidad‖, por contraste con el ―estado plebeyo‖ del ―injuriador‖ que lo había acusado de varios cargos ante el alcalde pedáneo de Cincelada.8 En unas pequeñas sociedades parroquiales donde un corto número de ―nobles‖ se diferenciaba del ―Común‖, incrementó su honor y honra con el matrimonio que contrajo en la parroquia del Socorro, el 28 de octubre de 1774, con doña María Petronila Plata Rodríguez, señora que había sido bautizada en esa parroquia el 22 de mayo de 1749. El registro sacramental de este enlace dice lo siguiente:

En la parroquia del Socorro en 28 de octubre de mil setecientos setenta y cuatro Yo el Dr. Don Juan Antonio Colmenares, habiendo precedido las diligencias necesarias, con licencia del propio párroco, asistí al matrimonio que por palabras del presente celebraron Pedro Santos y María Petronila Plata, y en el mismo día recibieron las bendiciones. Testigos Juan Antonio Cala y Joseph Meneses y otros muchos que se hallaron presentes. Doy fe, Dr. Juan Antonio Colmenares. En ese momento ya habían nacido los cuatro hijos mayores de don Pedro Santos y doña María Petronila Plata, quien era la quinta hija del matrimonio establecido por don Pedro Antonio Plata Moreno y doña Juana Rodríguez Vergara de Silva. Aunque tardío, este matrimonio permitió a la familia Santos de Pinchote y Cincelada emparentar con la extensa y poderosa familia Plata del Socorro. Conviene registrar esta vinculación para comprender el ascenso social que se ofreció a los vástagos Santos Plata. La investigación de uno de los miembros de la propia familia Plata, don Horacio Rodríguez Plata9, propuso una representación sobre el ascenso social de ella en la provincia del Socorro apoyado en la información suministrada por don Cristóbal Bermúdez Plata, genealogista español que fue director del Archivo General de Indias.

8 Representación de don Pedro de los Santos, ante el corregidor de Sogamoso, para que lo desagravie de la acción de injuria contra sí y su familia por parte de Pedro Thomas de Cárdenas, ―mestizo revuelto‖, quien lo hizo encarcelar por el alcalde pedáneo de Cincelada. Sogamoso, 6 de noviembre de 1790. Archivo General de la Nación, sección Colonia, fondo Juicios Criminales, rollo 36, f. 406v. 9 Horacio RODRÍGUEZ PLATA, Antonia Santos Plata (Genealogía y Biografía), Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1969 (Biblioteca de Historia Nacional, vol. CX).

Sabemos así que el padre de doña María Petronila Plata era don Pedro Antonio Plata Moreno, nacido en la parroquia del Socorro en 1702. Había portado la vara de alcalde ordinario en ella durante los años 1758 a 1762, conforme al entendimiento que los socorranos habían establecido con el cabildo de la villa de San Gil para disponer de justicia y regimiento, mientras lograban tener cabildo propio. Cuando se desempeñaba como alcalde ordinario fue asesinado por uno de sus esclavos, quien le dio una puñalada el 11 de marzo de 1765. Don Pedro Antonio, propietario de una hacienda en la jurisdicción del Socorro, era el octavo hijo del matrimonio formado por don Francisco Félix de la Plata Domínguez y doña Josefa Moreno Meneses. La ascendencia Plata de la provincia del Socorro se remonta al lugar de Luaces, del partido judicial de Lugo (Galicia). Un minero de oficio nacido allí en 1480 en Luaces, llamado Babián Márquez de la Plata, casó en 1504 con doña Ana Sánchez y engendró varios hijos, entre ellos uno llamado Juan Márquez de la Plata y Sánchez, quien se hizo vecino de Castropol, en la provincia de Oviedo, donde fue regidor en 1535. Este contrajo matrimonio con doña Mayor Pérez de la Vecina y fue el padre de don Andrés Márquez de la Plata y Pérez de la Vecina, quien nació allí en 1537 y contrajo matrimonio en 1564 con doña Isabel de Omaña y Rivadeneira. Esta señora era tía de don Antonio de Omaña, cuyos descendientes se avecindaron en el Nuevo Reino de Granada y se convirtieron en la familia materna del general Francisco de Paula Santander y Omaña10, quien fue presidente del Estado de la Nueva Granada (1832-1837) y antes vicepresidente de la República de Colombia (1821-1827). Pues esta pareja formada por doña Isabel de Omaña y Rivadeneira y don Andrés Márquez de la Plata y Pérez de la Vecina procreó a don Andrés Márquez de la Plata y Omaña, bautizado en Castropol en 1566, quien heredó las tierras familiares de Luaces y fue dueño de minas en el norte de la península ibérica, conforme a la tradición familiar. Gracias a sus ingresos pudo avecindarse en Jerez de la Frontera, provincia de Cádiz, donde fue distinguido con el título de veinticuatro de su cabildo, por real cédula despachada en 1588. En la Real Chancillería de la Audiencia de Granada tramitó y obtuvo una ejecutoria de hidalguía, el 14 de abril de 1590, y fue empadronado en el estamento noble de la villa de Palomares del Río, en Sevilla, el 19 de diciembre de 1638. En esta parroquia sevillana contrajo matrimonio, el 22 de febrero de 1627, con doña Mayor de Arévalo y Guzmán. De los tres hijos conocidos de este enlace (Juan Salvador, Isabel y José Antonio) solo nos interesa el mayor, don José Antonio Márquez de la Plata y Arévalo, quien nació en Sevilla durante el año 1628, donde vivió y trabajó en el oficio familiar: la orfebrería de la plata. Su prestigio profesional, consagrado por sus obras en varios templos, consolidó entre sus contemporáneos su apellido profesional ―de la Plata‖, en desmedro del Márquez que traía de sangre. Gracias a sus ingresos adquirió una propiedad rural en San Lúcar de Barrameda, provincia de Cádiz, el puerto de entrada de la plata y del oro que venía de las distintas provincias de las Indias. Casado con la sevillana doña Ana María Domínguez, fue en San Lúcar donde nació su segundo hijo, don Francisco Félix de la Plata y Domínguez. Este hijo segundón fue entusiasmado por los relatos de aventuras indianas que circulaban en el puerto, y fue así como en 1683 decidió embarcarse hacia las Indias, confiado en la posibilidad de poner sus conocimientos familiares al servicio de la Real

10 Luis Eduardo PACHECO. ―La familia de Santander‖, en Gaceta histórica del Centro de Historia del Norte de Santander, tomo IV (mayo de 1949). Archivo General de la Nación, Bogotá, Genealogías, tomo 5, 233- 241.

Hacienda, quizás como supervisor del ingreso de los quintos del oro y de la plata en Cartagena de Indias, su puerto de entrada, o en el real de minas de Bucaramanga y Pamplona. Pero como los ingresos de esta caja real eran muy pobres, determinó don Francisco Félix de la Plata y Domínguez establecerse en 1686 en la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, erigida tres años antes por el campesinado del valle de Chanchón. Su mejor recurso era el privilegio que le daba el título de capitán de infantería española que trajo consigo, el cual hizo valer para obtener una merced de tierras en el sitio de Carahota, donde estableció una hacienda de cañas de azúcar, trapiche, algodones y ganados. Pronto edificó casa en el solar que le asignaron en la traza parroquial y el 30 de noviembre de 1688 contrajo matrimonio con doña Josefa Moreno y Meneses, ―criolla de estos reinos‖.11 Había sembrado la estirpe Plata en la provincia del Socorro. Después de acumular más propiedades rurales, como la hacienda Guarigua, falleció en esta parroquia en 1730. Aunque ―criolla de estos reinos‖, doña Josefa Moreno y Meneses era hija legítima del español don José Martín Moreno y de doña Jerónima de Meneses, y en consecuencia nieta del alférez Pedro Tello de Meneses y de doña María de las Nieves Moseto, residentes en el valle de Chanchón. Su abuelo materno había sido uno de los firmantes del poder que en 1682 el vecindario de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro del valle de Chanchón dio a dos procuradores de la Audiencia de Santafé para tramitar la erección de la parroquia.

La descendencia PLATA MORENO bautizada en la parroquia del Socorro se integró con los siguientes hijos:

1. Hipólito José, nacido en el Socorro el 24 de febrero de 1690. Por ser mayor heredó el título de capitán de infantería española que había traído su padre de España. Casó con doña Catalina González del Busto y Vesga, y falleció en San Gil en 1763. Sus descendientes PLATA GONZÁLEZ más notables fueron: Pedro José, Lorenzo y Ciriaco, abogados y presbíteros; Bonifacio, miembro de la Compañía de Jesús; y Salvador Hilario (1725-1802), figura central de la revuelta del Común del Socorro en 1781. Este último casó con doña Magdalena Álvarez Lamo y procreó al linaje PLATA y ÁLVAREZ, entre cuyos integrantes estuvo Félix, quien murió en prisión en 1818 mientras esperaba sentencia del consejo de guerra por su actividad revolucionaria; Bruna, quien casó con don Miguel Tadeo Gómez Durán, hermano del doctor Diego Fernando Gómez; Salvador (Socorro, 1773), quien fue miembro del cabildo del Socorro y agasajó al Libertador en 1810; Luisa, quien casó con Javier Bonafont; y Teresa, quien al casarse con el doctor don José Antonio Benítez y Uribe (Girón, 1732) procreó a los tres próceres de la independencia de apellido Benítez Plata: Emigdio (El Páramo, 1766-Santafé, 1816), Domingo José (Socorro, 1774) y José Antonio. Como este último se fue a vivir a la provincia de Antioquia terminó siendo el ancestro del poeta Miguel Ángel Osorio Benítez (1883-1942), mejor conocido por sus lectores como Porfirio Barba-Jacob.

2. Francisco Cayetano, nacido en el Socorro el 13 de noviembre de 1693. Casó allí mismo con doña Ana María Serrano y procreó a Petronila, Nicomedes y Salomé Plata Serrano.

3. Simón Faustino, bautizado en el Socorro el 15 de agosto de 1696, llevó también el título de capitán de infantería española. Casó en el Socorro con doña Ángela de Torres y fue alcalde de la Santa Hermandad en San Gil (1732). Se avecindó luego en la ciudad de San Juan Girón y pasó sus últimos años en la parroquia de Zapatoca. Su hija Juana Antonia Plata Torres casó con don Mariano Joaquín Gómez Farelo y procreó a la familia Gómez

11 Archivo de la parroquia del Socorro, libro 1º de matrimonios, f. 1, partida 2ª.

Plata: Juan la Cruz (Barichara, 1793), primer obispo de Santafé de Antioquia, Liderato e Ignacia, quien casó con Alberto Plata Obregón. Otra hija casó con un Martínez de San Gil y procreó a Rito Antonio Martínez Gómez, magistrado de la Corte Suprema de Justicia y padre de Carlos Martínez Silva, escritor, ministro y diplomático destacado, una de las figuras más brillantes del ala ―histórica‖ del partido conservador.

4. Juan Bernardo, bautizado en el Socorro el 20 de abril de 1699, donde fue alcalde ordinario (1748). Contrajo matrimonio con doña Manuela González del Busto (hermana de Catalina, casada con su hermano Hipólito José) y falleció en el Socorro en 1777. Entre sus descendientes se encuentran Juan Dionisio (alcalde de San Gil en 1764) y Basilio Plata González, muy activos en la revuelta de los Comunes de 1781. Su nieto fue el doctor José Lorenzo Plata Martínez, quien presidió la junta de gobierno del Socorro en 1810.

5. Pedro José, gemelo del anterior y bautizado también en el Socorro el 20 de abril de 1699. Fue alcalde de San Gil (1763) y regidor alférez real en el Socorro. Vivía todavía en 1779, después de contraer dos matrimonios: el primero con doña Rosa de Acevedo, quien fue la tía abuela de don José Acevedo y Gómez, con la cual procreó a Juan Bernardo Plata de Acevedo, quien fue alcalde de la Hermandad en San Gil (1760) y Socorro (1777). El segundo matrimonio con doña María Joaquina Martínez Gómez, madre de canónigo Pablo Francisco Plata Martínez, firmante del Acta del 20 de julio en Santafé. Descienden de él los sacerdotes José María Plata Plata y Patricio Plata Azuero, quien fue canónigo de la Catedral Primada y vicario general del Arzobispado de Bogotá. También el médico Manuel Plata Azuero, autor de la ley que creó en 1867 la Universidad Nacional y también de la Academia Nacional de Medicina. También los abogados José Ignacio (se ordenó sacerdote y fue firmante del Acta constitucional del Socorro en 1810) y Joaquín Plata Obregón (constituyente de 1821), y su hermana Micaela, quien casó en 1779 con don Ignacio Javier de Azuero y fue madre de Juan Nepomuceno (Socorro, 1780-Vélez, 1857), Vicente (Oiba, 1787-Puente Nacional, 1857), Cayetano y Pedro Celestino Azuero Plata. 6. Manuel, nacido en el Socorro en 1700, de quien descienden los presbíteros Manuel Plata y José María Plata Prada.

7. Francisco Matías, nacido en el Socorro en 1701. Casó con doña María Benítez Durán y procreó a Juan Vicencio Plata Benítez, capitán de los Comunes en 1781, y doña Estefanía Plata Benítez, esposa de don Diego de Acevedo y Peñalosa, tío abuelo de don José Acevedo y Gómez.

8. Pedro Antonio, nacido en el Socorro en 1702, quien casó con doña Juana Rodríguez Vergara (hija de don Lorenzo Rodríguez y de doña Rosalía Vergara) y engendró la descendencia PLATA RODRÍGUEZ. Fue alcalde ordinario del Socorro (1758-1762) y de San Gil (2764-1765). Murió en 1765, a consecuencia de una puñalada que uno de sus esclavos le dio el 11 de marzo de 1765.

9. Ana María, nacida en el Socorro en 1704, quien casó con don Prudencio Martínez Durán.

10. Juan Antonio, gemelo de la anterior, nacido en el Socorro en 1702. En diciembre de 1742 era capitán de milicias de la Compañía de la Mar en Cartagena, a cargo de la defensa del fuerte de San José de Bocachica.

11. María Teresa, nacida en el Socorro hacia 1704, quien casó con don José Silvestre Muñoz de la Zerda, vecino de Charalá.

12. Juana Josefa, nacida en el Socorro hacia 1705, quien casó con el español don Juan García y engendró al sacerdote jesuita Leonardo García Plata, quien falleció en Roma.

Para los propósitos del enlace SANTOS PLATA solo debemos seguir por la descendencia Plata Rodríguez, empezando desde don Pedro Antonio Plata Moreno, quien contrajo matrimonio con doña Juana Rodríguez Vergara. Esta pareja engendró los siguientes hijos legítimos de los apellidos PLATA Rodríguez:

-Cipriano, quien fue colegial de San Bartolomé y se ordenó sacerdote. Fue cura párroco en varias parroquias de la jurisdicción del Socorro.

-Ana Josefa, quien casó en 1774 con don Casimiro de la Cadena y Vergara. De ellos desciende el doctor en derecho Narciso Cadena Plata (Socorro, 1811), quien fue presidente del Estado de Santander, convencionista en Rionegro (1863) y senador de la República.

-Casilda, quien contrajo matrimonio con don Casimiro Gómez Moreno. Ambos fueron padrinos de bautismo de doña Antonia Santos Plata. Su descendencia Gómez Plata incluye a: Miguel José (Socorro, 1756), abogado rosarista en 1781, quien fue implicado en la conspiración de los pasquines de 1794, en compañía de varios de sus paisanos: Pedro Pradilla, José María Durán y José María Uribe. Fue a Londres, acompañado por José María Durán, a comprar armas e imprentas para las fuerzas del Congreso de las Provincias Unidas, las cuales trajo en la corbeta ―Dardo‖, armada por el capitán Luis Brion, en cantidad de 15.200 fusiles y 300 sables y 200 pares de pistolas. Fue fusilado por orden de un consejo de guerra en la plaza de San Francisco de Santafé el 28 de noviembre de 1816. José Javier (Barichara, 1757), quien fue capitán comunero de los baricharas en 1781 y casó en Confines con doña María Victoria Plata Uribe, engendrando 13 hijos, de cuyas descendencias se destaca su nieto Arturo Santos Gómez, quien fue gobernador de Santander, diplomático y parlamentario.

-Félix, quien casó con su prima María de los Reyes Gómez Plata. -Y la quinta hija fue doña María Petronila, la que contrajo matrimonio en 1775 con don Pedro Santos Meneses y se convirtió en el tronco de la familia SANTOS PLATA.

Ha quedado entonces aclarado que don Pedro Santos Meneses consolidó la ―nobleza‖ de su descendencia, diferenciándose socialmente de ―la plebe‖ de Pinchote y Cincelada, gracias a su enlace matrimonial con una señora de la extensa familia Plata de la villa del Socorro. Pero su ―honrosidad‖ propia ya existía desde sus orígenes en las tierras familiares del valle de Pinchote, donde vino al mundo en el año de 1737, en el seno del hogar formado por don Isidoro Manuel Santos y doña Francisca Meneses.12

Propietario de la hacienda El Hatillo, situada en la jurisdicción de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, don Pedro Santos estableció allí cultivos de caña, plataneras y frutales, ganados vacunos y mulares, sementeras y cría de cerdos, así como trapiches para la molienda de las cañas y la fabricación de panelas y mieles. La panela obtenida de sus gaveras de madera estuvo exenta del pago de diezmos, pues el juez de diezmos del partido de Cincelada tuvo que reconocer que la hacienda de don Pedro Santos era una ―casa excusada‖ de este pago, y el propio don Pedro fue en algunos años juez de diezmos de su partido. Su hacienda admitió sementeras y equinos de sus arrendatarios, cañaverales de su padre y de algunos arrendatarios, y otras formas del

12 El registro de bautismo de Antonia Santos Plata, en el archivo de la parroquia de Pinchote (libro de bautismos de 1782), confirma los nombres de los dos padres de don Pedro Santos Meneses que aparecen registrados en la partida de bautismo que se le administró en la parroquia de Nuestra Señora del Socorro.

sistema de ―factura‖ y de peonaje que imperó en la provincia del Socorro durante siglos para la explotación de las haciendas.13

Describiéndose a sí mismo como ―uno de los principales vecinos‖ de la parroquia de Cincelada, donde fue alcalde partidario por dos veces, en 1791 don Pedro Santos le recordó al virrey de Santafé que también había ejercido alguna vez el empleo de alcalde de la Santa Hermandad de la villa del Socorro, y que ―deseando ejercitarse en servicio del Rey‖ pretendía el empleo de teniente corregidor de Mogotes, dado que la persona que lo ejercía ya llevaba nueve años en ese cargo. Alegó a favor de la gracia que solicitaba el exacto cumplimiento en los dos empleos que hasta entonces había ejercido, ―procurando el bien público y aumento de la Real Hacienda‖. El 19 de noviembre de 1791 fue recomendado ante el virrey para el empleo que pretendía, pero no hay evidencia alguna de que efectivamente hubiera obtenido esa gracia del virrey.14

Después de procrear una extensa descendencia murió en su hacienda cuando terminaba el siglo XVIII, tal como fue consignado en el registro de su defunción:

En la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores [de Cincelada], en dos de febrero de mil setecientos noventa y siete, Yo dicho teniente [de cura] di sepultura eclesiástica al cuerpo difunto de Don Pedro de los Santos, marido que fue de Doña María Plata. Recibió sacramentos, de que doy fe. Marcos Colmenares.15 Su viuda, doña María Petronila Plata, le sobrevivió casi dos décadas, apoyada en la administración de la hacienda por sus hijos. En el segundo libro de defunciones de la parroquia de Cincelada, al folio 19v, se registró su fallecimiento: ―En la parroquia de los Dolores en 2 de octubre de 1816 di sepultura a Doña María Plata, viuda de Don Pedro Santos. Se le administraron los santos sacramentos. Doy fe. Doctor Josef Ignacio Vega‖. 1.2. La descendencia Santos Plata Son trece los hijos hasta ahora conocidos de don Pedro Santos Meneses: los cuatro mayores (María Gregoria, María Lucía, José Miguel y José Joaquín) nacieron en el Socorro antes de que aquel recibiera el sacramento del matrimonio con su mujer, doña María Petronila Plata, y los ocho siguientes nacieron en las parroquias del Socorro, Cincelada, Pinchote y Coromoro: Fernando, Margarita, José María Eduardo, José Santiago, María Antonia, María Josefa, José Matías y José Bernardo. Finalmente, una bastarda (María Lucía), procreada con María de Cárdenas, fue bautizada en Cincelada. Los cuatro hijos Santos Plata socorranos procreados antes de recibir el sacramento del matrimonio con doña María Petronila Plata son los siguientes:

13 El pleito entre don Pedro de los Santos y don Pedro José Vargas, seguido en 1787-1788 por unas cargas de panela del ramo de diezmos, ofrece algunos datos sobre la complejidad de los derechos de propiedad y del sistema de factura de las haciendas de Cincelada en esa época. AGN, Juicios Criminales, tomo 198, 780-865. 14 Don Pedro de los Santos, exalcalde de la Santa Hermandad del Socorro y exalcalde partidario de Cincelada, se postula para el empleo de teniente de corregidor de Mogotes, 1791. AGN, Contrabandos cartas, tomo 5, f. 636r-637v. 15 Libro 1 de defunciones de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 51v.

I.-María Gregoria, nacida en El Socorro el 5 de julio de 1767. En 1815 estaba en Cincelada participando y firmando en el litigio por las tierras de El Hatillo. Murió soltera y fue sepultada en la parroquia de Cincelada el 27 de junio de 1815 por el presbítero Josef Ignacio Vega y Silva.16

II.-María Lucía, nacida en el Socorro el 19 de marzo de 1769. Casó con Justo Gómez Plata, hijo de Agustín Gómez Farelo Serrano y Juana Bautista Plata Torres. Fue la madre de Juan Pablo, José Rito y Juana Antonia Gómez Santos. Cuando se produjo el litigio de 1815 por las tierras de El Hatillo ya había fallecido, pues su hermano menor José Santiago actuaba como tutor de sus hijos.

III.- José Miguel, nacido en el Socorro el 11 de octubre de 1770, casó con Sebastiana Rodríguez Plata. En 1815 estaba en Cincelada participando y firmando en el litigio por las tierras de El Hatillo. Fue el padre de Joaquín, Miguel Trinidad, Consolación, Manuel y Teodosia Santos Rodríguez.

IV.- José Joaquín, nacido en el Socorro a finales del mes de agosto de 1772, quien fue bautizado de urgencia por el maestro Narciso de los Ríos. Fue bautizado de nuevo en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, el 30 de diciembre de 1774, por el párroco Antonio Fiallo.17 Casó con doña Joaquina Rosillo Cadena y fue el padre de Josefa, María de los Ángeles, María Natividad, Joaquín y María Elena Santos Rosillo. La primera, doña Josefa Santos Rosillo18, fue la madre del general José SANTOS19 y de sus hermanas: Obdulia, Librada (casada con Manuel Torres, madre del general Leonidas E. Torres Santos) y Secundina Santos. La segunda, María de los Ángeles Santos Rosillo, fue bautizada en la parroquia de Nuestra de los Dolores de Cincelada el 7 de octubre de 1807 por José Vicente Fiallo, cura de la parroquia del Encino, con licencia del párroco.20 La tercera, doña María Natividad Santos Rosillo, fue bautizada en esa misma parroquia el 29 de diciembre de 1809 por el cura José Ignacio Vega.21 Fue la madre de Aquiles, Néstor, Natividad, Dolores22 y de Germán Vargas Santos, el charaleño que fue profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, que representó al Estado de Santander en el Congreso de la Unión y que fue miembro de la Asamblea Legislativa de Santander, reemplazando a Aquileo Parra en la presidencia del Estado de Santander durante el año

16 Libro segundo de defunciones de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, f. 10r. 17 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, folio 49v. 18 Doña Josefa Santos Rosillo contrajo matrimonio —después de procrear a José Santos con don Francisco Vargas— con don José María Santos, generando el linaje Santos Santos de Charalá. 19 Hijo ilegítimo de don Francisco Vargas, fallecido en Charalá el 27 de septiembre de 1900, cuando era ―mayor de sesenta años‖, lo cual confirmaría su nacimiento en Charalá durante el año de 1835, según afirma Edmundo GAVASSA VILLAMIZAR en Gobernantes de Santander, Bucaramanga, el autor, 2002, 71. Contrajo matrimonio en Charalá, el 28 de abril de 1857, con doña Silvia Arias Santos. 20 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, f. 98v-segunda foliación consecutiva, folio 136r. 21 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, folio 98vsegunda foliación consecutiva, folio 186v. 22 Doña Dolores Vargas Santos casó con un señor Cabrera y engendró a José María, Roberto, Rafael, Bernardo, María y Dolores Cabrera Vargas.

1874.23 El cuarto, Joaquín Santos Rosillo, fue general de la república y participó en las guerras civiles de 1860, 1876 y 1885, y dado que se avecindó en Tunja llegó a ocupar el empleo de gobernador de Boyacá en 1897; fue además el padre de Matilde, Amalia, Joaquín y Eliécer Santos. Y la última, María Elena Rosalía Santos Rosillo, fue bautizada en Cincelada el 15 de febrero de 1806 por el párroco Antonio Fiallo, actuando como madrina su tía María Antonia Santos Plata.24 A la corta edad de 13 años y medio fue asesinada por un soldado español en la sacristía de la iglesia de Charalá, el 4 de agosto de 1819, quien le disparó durante la acción militar contra los vecinos de esta parroquia. Don José Joaquín Santos Plata falleció en Cincelada25 y fue sepultado allí el 28 de febrero de 1813, lo cual explica la razón por la cual doña Antonia Santos Plata se encargó en adelante de la manutención de su ahijada, la niña María Elena Santos Rosillo, quien en ese momento solo tenía 7 años.

El 28 de octubre de 1774 se administró el sacramento del matrimonio, en la parroquia del Socorro, a don Pedro Santos Meneses y a doña María Petronila Plata. Recibieron las bendiciones del doctor Juan Antonio Colmenares, cura párroco, ante los dos testigos escogidos, Juan Antonio Cala y Joseph Meneses. Ocho más fueron los hijos legítimos Santos Plata procreados a partir de este momento, a los que agrega una hija natural:

I.- Fernando, nacido en El Socorro en 1775. Fue capitán del Bravo Batallón de Cazadores de la Unión (1815) y estuvo en la acción militar de Cachirí, de donde pudo huir, organizando una guerrilla de unos cien hombres en el pueblo de Onzaga. Mantuvo entre 1817 y 1819 una guerrilla patriótica en los alrededores de Coromoro, en la que participaron dos de sus cuñados (Gabriel Uribe y Tadeo Rojas) y su sobrino Ramón Santos. Después de la guerra libertadora residió en la hacienda El Hatillo y murió en 1840. Casó por vez primera en Cincelada con doña Rosalía Santos, con quien procreó en 1811 a Lino Facundo Santos Santos, fallecido en su infancia.26 Casó por segunda vez con doña María Presentación Vargas, con quien procreó a Nicodemus, Presentación y Águeda Santos Vargas; casando esta última con don Medardo del Busto.

II.- Margarita, nacida en la hacienda El Hatillo en 1778 y bautizada en Charalá, quien casó con José Tadeo Rojas, oriundo del Socorro y persona muy vinculada, con sus cuñados, a la guerrilla de Coromoro, quien murió siendo comandante abanderado en el trágico combate empeñado en Charalá el 4 de agosto de 1816. Hijo de este matrimonio fue

23 El médico Germán Vargas Santos, segundo designado, se encargó de la presidencia del Estado de Santander el 1º de octubre de 1874 para reemplazar a Aquileo Parra. Durante siete meses y medio ejerció este cargo. Casó con Mercedes Leiva y procreó a Francisco Antonio, Nicolás, Lucrecia, Sara, Ester, Dolores y Elena Vargas Leiva. 24 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 98v-segunda foliación consecutiva. 25 Libro 2 de defunciones de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 4r. 26 En la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores en trece de marzo de mil ochocientos once, Yo el cura y vicario di sepultura eclesiástica al cadáver de Lino Facundo párvulo hijo de Don Fernando Santos y de Doña Rosalía Santos. Doy fe. Doctor Josef Ignacio Vega y Silva. Libro primero de defunciones de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 87v.

Próspero Rojas Santos, casado con María Tránsito Montero. En 1815 fue representada por su marido en el pleito de sucesión de la hacienda El Hatillo.

III.- José María Eduardo, nacido en la hacienda El Hatillo y bautizado el 14 de octubre de 1778 en la parroquia de Charalá.27 Fue hacendado y comerciante de mulas, y murió en Coromoro hacia el año 1851. Contrajo dos matrimonios sucesivos: el primero con doña Genoveva Vargas Reyes, en quien procreó ocho hijos de la estirpe SANTOS VARGAS: Miguel, Aquilino, José María, Rito Antonio, Emeterio, Genoveva —la madre del general Plutarco Vargas Santos—, Leonor y Zoila Santos Vargas. En segundas nupcias casó con la curiteña doña Antonia Facunda Galvis Galvis, con quien trajo al mundo cuatro hijos de la estirpe SANTOS GALVIS: Aureliano, Dolores, Antonio y Francisco. Este último, nacido en Coromoro, es el tronco de la familia Santos Montejo y de sus descendientes.

IV.- José Santiago, bautizado en Pinchote el 6 de enero de 1780. Fue alcalde parroquial de Cincelada en 1815 y en este año participó en el litigio por la sucesión de las tierras de El Hatillo, actuando por sí mismo y como tutor de los hijos de Lucía de los Santos y Justo Gómez. Fue capturado en 1809 por las tropas españolas en esta hacienda, con su hermana María Antonia, y llevado al Socorro. Fue padrino del bautismo de su sobrina Elena Santos Rosillo.

V.- María Antonia, bautizada en Pinchote el 11 de abril de 1782. En 1815 estaba en Cincelada participando en el litigio por la sucesión de las tierras de El Hatillo. Cuando fue capturada en 1819 por soldados españoles se hizo acompañar de dos esclavos suyos, llamados Juan y Juan Nepomuceno. Abasteció a la guerrilla patriótica de Coromoro, a la cual estaban vinculados su hermano Fernando, dos de sus cuñados y sobrinos. Madrina de bautismo de su sobrina María Elena Santos Rosillo, se hizo cargo de ella cuando quedó huérfana de madre. Fue fusilada en el Socorro el 28 de julio de 1819. En su honor se han erigido monumentos y son innumerables las historias, biografías y estudios que se han escrito, pues es considerada una de las heroínas de la nación colombiana.

VI.- María Josepha, bautizada en la parroquia de Cincelada el 9 de junio de 1784, siendo sus padrinos el mismo párroco don Antonio Fiallo28 y su hermana, doña Nicolasa Fiallo.29 Casó con Gabriel de Uribe, reconocido miembro de la guerrilla patriótica de Coromoro, y fue la madre de doña María Antonia Ana de Jesús Uribe Santos, quien nació en Cincelada el 10 de julio de 1811.30

27 ―En octubre 14 de 1778 el Dr. Don Luis Fernando Sarmiento y Otero, teniente de cura, bauticé, puse óleo y crisma y di bendiciones a un niño recién nacido a quien di por nombre José María Eduardo, hijo legítimo de don Pedro Santos y doña Petronila Plata Rodríguez‖. Publicado por Gustavo MATEUS CORTÉS en Eduardo Santos (Tunja 1888-Bogotá 1975). Aproximación genealógica y entorno afectivo, Tunja, Academia Boyacense de Historia, 2005, 47. 28 El doctor Antonio Fiallo fue el primer párroco de Cincelada y también cura de la viceparroquia de Chagre. 29 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 121v. 30 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 7r, tercera foliación consecutiva.

VII.- José Matías, bautizado en la parroquia de Cincelada el 7 de abril de 1786, cuando tenía ya tres meses.31 Recibió las bendiciones nupciales del cura de esta misma parroquia el 18 de agosto de 1811, dado que el 23 de enero anterior había contraído matrimonio en la parroquia de Confines con doña Gregoria Durán, natural de ella, ―previo lo necesario para la dispensación del impedimento de pública honestidad‖.32 Durante el año de 1810 era el alcalde pedáneo de Cincelada, y en 1815 participó en el litigio de sucesión por las tierras de El Hatillo. Su única hija conocida es doña Jacinta Santos Durán, quien casó con un señor Franco y procreó a Antonio, Damián, Pablo, Jonás, Virginia, Filomena, Soledad, Agripina y Balbina Franco Santos. Esta última casó con un pariente Santos y procreó diez hijos SANTOS FRANCO: Tulia, Matilde, Ana Francisca, Lastenia, Herminio, Clodomiro, Octavio, Roque Julio, Rosa del Carmen y Luis Francisco Santos Franco. Este último contrajo matrimonio con doña María Oliva Buitrago y produjo el linaje SANTOS BUITRAGO del Socorro, integrado por Alberto, Jorge Enrique, Carmen Helena, María Josefa y María Antonia.

VIII.- José Bernardo, bautizado en Coromoro en 1794. En 1815 estaba en Cincelada participando y firmando en el litigio por las tierras de El Hatillo. IX.- María Lucía de los Santos Cárdenas. Como ya se dijo, don Pedro de los Santos procreó por fuera del matrimonio, con María del Carmen Cárdenas, una hija bastarda. Natural de la parroquia de Cincelada (c. 1779), esta María del Carmen Cárdenas era una hija soltera de Pedro Tomás de Cárdenas, feligrés de la misma parroquia, quien residía en la hacienda de don Pedro de los Santos como ―viviente‖ autorizado para desbrozar la montaña y establecer cañaverales y cría de mulas. Una vez embarazada, su padre la casó con Ignacio Lisarazo. La hija bastarda nacida en la hacienda de El Hatillo se llamó María Lucía de los Santos Cárdenas y contrajo matrimonio en Cincelada, el 13 de agosto de 1800, con Pedro Pablo Bravo, hijo legítimo este de Nicolás Bravo y de María Ardila.33

Don José Matías Santos Plata, uno de los hijos menores de don Pedro de los Santos Meneses y doña María Petronila Plata, fue el primero que mostró su idoneidad para el ejercicio de ―los empleos de república‖. Precisamente en el año 1810, cuando comenzó la ―gran transformación política‖ del Nuevo Reino de Granada, ejerció el empleo de alcalde partidario de la parroquia de Cincelada. Como por algún pequeño indicio fue involucrado en la causa judicial que le fue seguida al canónigo magistral de la Catedral de Santafé, el socorrano Andrés Rosillo y Meruelo (1758-1835), cuyo joven sobrino fue condenado a la pena capital en juicio sumario seguido por una supuesta insurrección de la provincia del Casanare, fue destituido del empleo y reemplazado por otra persona. La representación que entonces dirigió don José Matías Santos al corregidor de Tunja para recuperar su empleo de alcalde partidario de Cincelada es una muestra de la defensa del honor y honra que había heredado de sus padres:

31 Libro primero de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada, 142v. 32 Libro segundo de matrimonios de la parroquia de Cincelada, f. 24v. Libro primero de matrimonios de la parroquia de Confines, 5. 33 Libro primero de matrimonios de la parroquia de Cincelada, 101v.

… digo que yo fui electo, confirmado y mandado recibir de alcalde de la dicha parroquia de Cincelada] al tiempo que por unos ligeros indicios se me emprendió como cómplice en la causa que se le sigue al Sr. Magistral don Andrés Rosillo; pero habiéndose palpado mi inocencia y la de otros varios sujetos se nos mandó poner en libertad, declarando no obstar a nuestro honor y concepto de buena conducta la relacionada prisión, por lo que igualmente se mandó por el superior tribunal de la Real Audiencia y el del Superior Gobierno que se me pusiese en posesión del dicho empleo de alcalde de aquella parroquia, como todo consta del despacho que con la solemnidad necesaria presento y juro, pidiendo se me devuelva original para hacer los usos que en lo sucesivo correspondan a mi honor y buen proceder.34 Aunque presentó un despacho de la Real Audiencia y pidió su inmediata restitución en el empleo mencionado, don José Jover, el teniente de corregidor de Tunja, dictaminó el 16 de junio de 1810 que como ya el empleo lo estaba ejerciendo otra persona, se le nombraría alcalde para el año siguiente. Pero don José Matías Santos replicó esta decisión, en defensa de su honor, argumentando que todos los vecinos de Cincelada habían sido testigos de su prisión, ordenada por el corregidor del Socorro y solamente por un indicio: era su honor el que exigía ser puesto inmediatamente en posesión de su empleo. No obstante, el 19 de junio siguiente fue ratificada la resolución por el corregidor Andrés Pinzón y Zaylorda. Pero la revolución que se inició en la villa del Socorro el 10 de julio siguiente contra el corregidor José Valdés Posada transformó esta decisión, pues dese entonces volvió don José Matías Santos Plata a ejercer el empleo de alcalde partidario de Cincelada, como se comprobará enseguida.

El 16 de septiembre de 1810, los vecinos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada manifestaron que la destitución del corregidor, con la consecuente erección de una Junta de gobierno de la provincia del Socorro, era ―consecuencia de la memorable acción del 10 de julio‖ que había restituido a los pueblos ―los sagrados e imprescriptibles derechos de libertad e igualdad‖. Usando de ellos, declararon que ―puede cada cual elegir el gobierno que más le acomode‖, estando además convencidos ―de la humanidad y justicia de los principios constitucionales sancionados en la villa del Socorro, en la ceremonia augusta y religiosa del 15 de agosto último‖. En consecuencia, otorgaron poder a don José Joaquín Santos Plata para que fuera al Socorro a solicitar la agregación de este vecindario al nuevo gobierno allí establecido. Esta solicitud efectivamente fue tramitada por ese otro hijo de don Pedro de los Santos, quien aseguró a la nueva Junta de Gobierno socorrana que los ―ciudadanos‖ de la parroquia de Cincelada que deseaban agregarse a su autoridad se comprometían a jurar y obedecer el acta constitucional del 15 de agosto de 1810.

Fue entonces cuando la Junta de gobierno comisionó a don Francisco Rosillo, capitán de milicias de Charalá, para tomar el juramento constitucional a los vecinos de Cincelada. Este diputado llegó a la parroquia el 14 de octubre siguiente y reunió al vecindario, encabezado por sus dos alcaldes partidarios, haciéndoles leer en voz alta el acta constitucional, de cuyo contenido una vez enterado el vecindario de la parroquia, juró en la forma siguiente:

¿Juran por Dios Nuestro Señor, por esta señal de la Cruz, por esta divina imagen de Jesucristo, y por estos Santos Evangelios, de ser fieles a los principios y leyes contenidas en la Constitución que acaban de oír; y obedecer a los señores de la Junta y [de]más autoridades

34 Archivo Regional de Boyacá, Tunja, fondo Cabildos de Tunja, año 1810, 139.

legítimamente constituidas? A que respondieron todos los vecinos que sí juraban, y yo el diputado concluí diciendo: si así lo hicieren, Dios os ayude, y si no, os lo demande. A que respondieron Amén.35 Poniendo una mano sobre los Evangelios y haciendo la señal de la Cruz con la otra, el diputado Francisco Rosillo juró, en contrapartida, en nombre de los señores de la Junta del Socorro que lo habían enviado, que estos serían ―fieles observadores de las leyes fundamentales del nuevo gobierno‖. Dos días antes de este acto, el capitán Rosillo había estado en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción del Encinito presidiendo una ceremonia similar. Ante el vecindario congregado, recibió el juramento de obediencia al acta constitucional y a la Junta del Socorro. La fórmula había sido la misma: ―Juran… a los principios y leyes contenidas en la Constitución que acaban de oír, y obedecerán los señores de la Junta…‖.

El acta de juramento del Acta Constitucional del Socorro fue firmada por el doctor José Ignacio Vega, los dos alcaldes partidarios —José Matías Santos Plata y Cornelio Amorocho—, José Fernando de los Santos, Vicente Reyes, José Manuel de Vargas, José Miguel Santos Plata, José Mariano de Lamos y muchos más. 1.3. El mito familiar: María Antonia Santos Plata La familia Santos de la provincia del Socorro compartió, en todas sus generaciones del siglo XX, un mito: el relato del martirio de doña María Antonia Santos Plata. Como personaje real sabemos que esta mujer efectivamente nació en la parroquia de Pinchote durante el año de 1782, cuando ya se había apagado el fuego de la insurrección de los Comunes en su provincia nativa:

En la vice-parroquia de Pinchote Abril once de mil setecientos ochenta y dos, yo el infraescripto cura ecónomo baptizé, puce óleo, crisma y di bendiciones a una niña de un día a quien di por nombre María Antonia, es hija lexítima de Don Pedro Santos y Doña María Petronila Plata. Abuelos paternos Isidoro Manuel Santos y Francisca Meneses, y maternos Don Pedro Antonio Plata y Doña Juana Rodríguez. Fueron padrinos Don Cacimiro Gómes y Doña Cacilda Plata36, a quienes advertí el parentesco y obligaciones. Doy fee. Doctor Don Luis Fernando Sarmiento y Otero.37 Pero no sabemos nada más de su existencia en el mundo, que duró de 37 años, 3 meses y 17 días; ni de sus trabajos en la hacienda paterna de El Hatillo, en Cincelada, ni de sus ocupaciones domésticas en la casa de Pinchote. Se conoce que nunca contrajo matrimonio, quizás algo no muy frecuente en su tiempo entre las mujeres de su condición. Pero en cambio contamos con varias versiones literarias del ―momento estelar‖ de esta doncella entrada en años: su fusilamiento en la plaza del Socorro, después de un sumario proceso 35 Archivo Regional de Boyacá, Tunja, fondo Archivo Histórico de Tunja, libro de 1810, 2º (no. 472), 474- 482. 36 Doña Casilda Plata Rodríguez era la esposa de don Casimiro Gómez y tía materna de doña Antonia Santos Plata. 37 Archivo de la parroquia de Pinchote, libro primero de bautismos. Encontrada en 1930 por el maestro Pascual Moreno G. y publicada en facsímil por Horacio RODRÍGUEZ PLATA, obra citada, 1969, entre las páginas 50 y 51. Existe una copia en el archivo parroquial de Cincelada, libro de bautismos 1.

ante un consejo de guerra al que fue llevada después de su aprehensión por soldados españoles. La comunicación oficial de este momento estelar, dirigida al comandante general de la Tercera División del Ejército Español, don José María Barreiro, dice lo siguiente:

Despacho Nº 10. En la mañana del 28 [de julio] fueron fusilados en el Socorro los rebeldes Antonia Santos, Pascual del Espíritu Santo Becerra, e Isidro Bravo, en virtud de la sentencia pronunciada en consejo de guerra, y aprovación del excelentísimo señor virrey. Y lo digo a VS para su conocimiento. Dios guarde a VS muchos años. Oyba julio 30 de 1819. Lucas González38. Después, uno de los frailes de la localidad registró su inhumación como sigue:

En el cementerio del Socorro en veinte y ocho de julio de mil ochocientos diez y nueve: yo el Cura interino di sepultura eclesiástica a los cadáveres de Isidro Bravo, casado; Pascual Beserra y Antonia Santos, soltera, naturales de la parroquia de Cincelada. Se administraron en la cárcel antes de ser ajusticiados. Doy fee. Fray Serafín de Caudete.39 Sus hermanos Santos Plata que la sobrevivieron, y todos sus descendientes, cultivaron con esmero y difundieron en Santander y en el país un relato mítico sobre este momento final de su vida, cuya forma más acabada se debe a la pluma del doctor Horacio Rodríguez Plata.40 Fue don Adriano Páez el primer literato que se ocupó de esta figura legendaria en el semanario El Norte (Socorro, 1872), seguido por Luis María Cuervo en el Papel Periódico Ilustrado (año III, no. 72, 24 de julio de 1884, 395-396). La conmemoración centenaria de la batalla del campo de Boyacá, realizada en 1919, fue también el año de la divulgación del folleto titulado Apoteosis de Antonia Santos, en el que la ―célebre mártir de la libertad‖ adquirió sus rasgos míticos:

Era alta y esbelta, blanca y sonrosada, rostro ovalado, ojos grandes y negros velados por pestañas largas y crespas, cejas muy delineadas, boca correcta y graciosa, labios gruesos, nariz aguileña, pelo abundante, negro y ensortijado. Su cabeza era bien modelada, su voz

38 Casa Museo del 20 de julio, Bogotá. Publicada en facsímil en la Apoteosis de Antonia Santos. Primer centenario del fusilamiento de esta heroína en la ciudad del Socorro, julio 28 de 1919, Bogotá, Imprenta Nacional, 1919, p. 75. Publicada en facsímil por Horacio RODRÍGUEZ PLATA, 1969, entre pp. 150 y 151. 39 Archivo de la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, libro de defunciones de 1819. Publicada en facsímil por Horacio RODRÍGUEZ PLATA, 1969, entre pp. 146-147. 40 RODRÍGUEZ PLATA, Horacio, Antonia Santos Plata (Genealogía y Biografía), Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1969 (Biblioteca de Historia Nacional, vol. CX). También difundieron el relato mítico: José D. MONSALVE, Mujeres de la independencia, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1926. Ramiro GÓMEZ RODRÍGUEZ, Antonia Santos. Genealogía y Biografía, Bucaramanga, Impresores Colombianos, marzo de 1982. Luis MARTÍNEZ DELGADO, ―Antonia Santos Plata‖, en Boletín de Historia y Antigüedades, vol.56, 369 y ss.

armoniosa, su espíritu jovial y chancero, que la hacía muy agradable y simpática. En sus costumbres era pura y sencilla, y entusiasta admiradora de lo grande y de lo bello.41 Horacio Rodríguez Plata contribuyó con los tintes morales a perfeccionar la personalidad de esta heroína de la mitología socorrana:

El anhelo por una vida más justa comenzó a ser para ella un imperativo categórico de su vivir. No es extraño, pues, que a ese sentimiento profundo vinculara su juventud y a él consagrara de ahí en adelante toda su fuerza vital y por último le entregara su propia existencia. Y algo también muy valioso le fue inculcado por su familia y por el ambiente austero que la rodeaba: un gran sentido de la dignidad personal y del honor y un innato amor a sus semejantes que se traducía en querer verlos libres como libres eran los seres de la naturaleza que diariamente estaban en contacto con ella. Esta mártir se habría anticipado a su tiempo, como precursora que ―no dudó nunca que el sol de la libertad llegaría prontamente‖. Por ello, una vez pasada su adolescencia, se había consagrado ―a la creación de una patria que soñara justa y amable para todos‖, y a esa patria ―entregaría el palpitar de su corazón y el fluir de su sangre generosa‖. La versión ―apoteósica‖ de 1919 atribuyó a doña Antonia la organización de la guerrilla de Coromoro que, según el despacho de un anónimo oficial español, fue encontrada en Onzaga conformada por unos cien hombres bajo el mando de don Fernando Santos Plata, hermano de la heroína.42 Pero el momento estelar del relato es el de su fusilamiento en la plaza del Socorro, en la mañana del 28 de julio de 1819. Varios óleos pintados en el siglo XX por artistas de renombre y varias plumas han competido para representarlo, empezando por las de Luis María Cuervo (1884) y José D. Monsalve (1926). Por la antigüedad de la tradición en la memoria popular, se ha escogido la versión de Cuervo:

Con humildad cristiana, pero sin abatimiento, y con frente serena, marchó al patíbulo entre filas de soldados. Al llegar al banquillo entregó a su hermano don Santiago las alhajas de oro con que iba ataviada, y su testamento, dándole sus últimos adioses e instrucciones para su entierro; y dirigiéndose al oficial que mandaba la escolta le suplicó que aceptase el anillo que llevaba puesto, y quitándoselo de la mano se lo entregó, rogándole que dispusiera que no se le apuntara sino al pecho, a fin de no padecer tanto. Enseguida se sentó, sacó un pañuelo que llevaba en el seno, y con la serenidad del que sabe lo que va a hacer, se arregla el vestido y con el pañuelo ciñe el traje alrededor de los pies, contra el palo del banquillo, encargando a uno de sus sirvientes que si al morir se descubre algo de su cuerpo, lo cubra al momento. Un sargento la ata, la venda, se da un redoble, la escolta hace fuego y se consuma la inicua obra de cruel venganza en una mujer. Este ―episodio nacional‖, digno de la pluma de un Benito Pérez Galdós, fue presentado por Cuervo como el momento del ―más grande y sublime sentimiento del pudor‖ femenino. No

41 APOTEOSIS de Antonia Santos, Primer centenario del fusilamiento de esta heroína en la ciudad del Socorro, Julio 28 de 1919, Bogotá, Imprenta Nacional, 1919, 3. 42 Según el parte del anónimo oficial español desde el pueblo de Santa Rosa, datado el 16 de abril de 1816, había seguido a este guerrilla con la caballería de los húsares y la artillería desde el pueblo de Onzaga hasta que se internaron en el monte, causándoles 20 muertos y tomándoles 5 prisioneros. En RODRÍGUEZ PLATA, obra citada, 1969, 74-75.

solo eso. Para Rodríguez Plata su último suspiro había sido ―el canto de la alondra mañanera que anunciaba el alba de la libertad en Boyacá‖. La apoteosis de la heroína fue llevada por este último a su máximo grado: ―Tal vez en este momento sublime alcanzó a adivinar que su sacrificio era creador, creador sí, de una patria que algún día sería dirigida por un vástago de su sangre, por un hombre [Eduardo Santos Montejo] que llevaría sobre su pecho la bandera de Colombia que ella en esos momentos veía como una encarnación de sus postreros sueños‖. Fueron también los socorranos de su tiempo, y sus descendientes, quienes conservaron la memoria del momento estelar y lo transformaron en el relato heroico de ―la distinción, la discreta mesura, el señorío puestos al servicio de la causa de la libertad‖, como escribió Oswaldo Díaz Díaz en su historia de la Reconquista Española de 1816-1819. Uno de los descendientes ilustrados de la familia Plata del Socorro escribió que ella había ascendido ―al sitial de la inmortalidad por virtud de su recia voluntad y merced a sus propios merecimientos‖. Equivocaba el sujeto auténtico de este relato mitológico: en realidad fue la ―recia voluntad política‖ de los socorranos posteriores, como fue la de los charaleños la transformación de la toma española de Charalá, el 4 de agosto de 1819, en un ―momento estelar‖ de la campaña libertadora que concluiría con éxito tres días después. En ambos casos, la narrativa estaba iluminada por la lectura de uno de los libros de Stefan Zweig más leídos en Colombia: el titulado Momentos estelares de la Humanidad (Buenos Aires, 1925). 1.4. José María Eduardo Santos Plata Hijo de don Pedro Santos Meneses y doña María Petronila Plata Rodríguez, fue bautizado el 14 de octubre de 1788 en la parroquia de Charalá.43 Fue uno de los herederos de la hacienda El Hatillo y dueño de la hacienda La Mina. Murió cerca del año 1851, cuando su hijo Francisco Santos Galvis apenas tenía tres años.

Dedicó su vida a las haciendas y a la comercialización de sus producciones pecuarias y agrícolas, en especial de mieles de caña y panelas producidas en sus trapiches. Un testimonio de esas actividades es la siguiente nota comercial, escrita en una de sus haciendas:

Señor Doctor Francisco Vega Socorro La Mina, diciembre 19 de 1838. Mi estimado amigo, los afanes en que en la actualidad me hallo me obligan a molestar la atención de usted suplicándole me haga el favor de mandarme los 80 pesos de las mulas con el portador de ésta, que le quedaré muy agradecido, pues tengo que entregar mil doscientos pesos de aquí al sábado y me faltan doscientos pesos, y esto me obliga a mandarle este propio.

43 Su partida de bautismo dice: ―En octubre 14 de 1778 el Dr. Don Luis Fernando Sarmiento y Otero, teniente de cura, bauticé, puse óleo y crisma y di bendiciones a un niño recién nacido a quien di por nombre José María Eduardo, hijo legítimo de don Pedro Santos y doña Petronila Plata Rodríguez‖. Publicada por Gustavo MATEUS CORTÉS en Eduardo Santos (Tunja 1888-Bogotá 1975). Aproximación genealógica y entorno afectivo, Tunja, Academia Boyacense de Historia, 2005, 47.

Deseo que usted se mantenga sin novedad en unión de mi señora Rosa y señor Ignacio, a quienes saludo con todo mi afecto de cariño su estimador y fiel amigo Q.S.M.B., José María Santos44 Sus actividades productivas y comerciales debieron rendirle pingües ganancias, como lo probarían sus tres matrimonios y numerosa descendencia. Contrajo matrimonio con doña Genoveva Vargas Reyes, hermana de don Juan Nepomuceno Vargas Reyes, ambos vecinos de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Cincelada. La descendencia SANTOS VARGAS de este matrimonio incluye a:

-Miguel, padre de Cleofe, Florentino, Donato, Liduvina y Matilde Santos; -Aquilino, quien casó con Magdalena Gómez y engendró a Mercedes (esposa de Nepomuceno Vargas Vargas), Rafael (general de la república), Aquilino, Eliécer, Encarnación y Carolina Santos Gómez;

-José María, quien casó con Mariana Lobo-Guerrero y procreó a Filomena, Emeterio, Leonor y Mariano Santos Lobo-Guerrero;

-Rito Antonio, quien casó con Ramona Maldonado y procreó a Aurelio, Juan de la Cruz, Braulio, Luis María, Francisco, Antonio, Amalia, Nieves, Isabel y Mariana Santos Maldonado;

-Emeterio, quien murió soltero; -Genoveva, nacida en Cincelada, quien casó con su primo, Juan Nepomuceno Vargas Santos, y procreó un nuevo linaje Vargas Santos integrado por Carolina, Celso, Nepomuceno, Micaela, Genoveva (casada con un pariente Santos), Herminia (casada con un Gómez), Benilda y Plutarco Vargas Santos45;

-Leonor, quien casó con Rafael Lobo-Guerrero y engendró a Josefa, Urbana, Mariana —quien casó con su tío, José María Santos Vargas— y Mateo Lobo-Guerrero Santos, quien casó con Ana Joaquina Amaya;

-Zoila, quien casó con Cayetano Martínez y engendró a Carmen, Evangelista, Clímaco, Lino, Belisario, Antonio, Mercedes, Emilio, Zoila y Mariana Martínez Santos.

Las segundas nupcias de don José María Eduardo Santos Plata se realizaron con doña Antonia Facunda Galvis Galvis, nacida y bautizada en la parroquia de San Joaquín de Curití el 13 de junio de 1815.46 Era la quinta hija de don Antonio Vicente Galvis Durán, natural de Curití (1781), y de doña María Ignacia Galvis Casallas, nacida allí mismo el 4 de febrero de 1788. Los hermanos de doña Antonia Facunda fueron Félix José, Jesús, Nepomuceno Demóstenes y Bárbara Galvis Galvis. Era ella también nieta de don Pedro Antonio Galvis Durán y doña María Rosalía Durán, y además bisnieta de don Carlos de Galvis y de doña María Rita Durán.

Como doña Antonia Facunda Galvis Galvis contrajo matrimonio a la edad de 14 años pudo sobrevivir muchos años a su marido, don José María Eduardo Santos Plata, e incluso a tres de sus hijos, pues fue inhumada en Curití el 25 de junio de 1904.47 Su

44 Horacio RODRÍGUEZ PLATA, Antonia Santos Plata, obra citada, 1969, 195. 45 El general Plutarco Vargas Santos murió en una de las batallas de la Guerra de los Mil Días. 46 Libro segundo de bautismos de la parroquia de Curití, 338. 47 En la parroquia de Curití a 25 de julio de 1904 se dio sepultura eclesiástica al cadáver de Facunda Galvis, viuda de don José María Santos. Recibió los sacramentos. Conste. Aurelio B. Urrea. Libro 6 de defunciones de la parroquia de Curití, 25 de julio de 1904, 113.

descendencia fue plenamente establecida en el testamento que otorgó cuatro años antes de su fallecimiento a favor de su hija Dolores, la única que le sobrevivió:

―Soy natural del municipio de Curití y mayor de sesenta años. Fui casada legítimamente con el señor José María Santos, quien falleció hace algún tiempo, de cuyo matrimonio tuvimos por hijos legítimos a Aureliano, Dolores, Francisco y Antonio, de los cuales solo vive Dolores‖.48 Como los cuatro hijos Santos Galvis nacieron en las parroquias de Cincelada y Coromoro, se deduce que doña Antonia Facunda Galvis Galvis hizo vida marital en las haciendas de La Mina y El Hatillo, donde don José María Eduardo Santos Plata realizaba sus operaciones productivas y comerciales. Solo después del fallecimiento de su marido regresó a su parroquia nativa, donde permaneció hasta su muerte, visitada anualmente por su hijo Francisco.

Muy poco se sabe de Dolores y Antonio Santos Galvis. El hijo mayor, Aureliano Santos Galvis, casó con su prima Genoveva Vargas Santos, hija de Juan Nepomuceno Vargas y de Genoveva Santos Vargas. Su registro matrimonial es el siguiente:

En Cincelada a treinta de abril de mil ochocientos sesenta, Yo el cura en propiedad, y no habiendo resultado impedimento alguno, presencié, velé y di bendiciones al matrimonio que contrajeron infacie eclesiae el señor Aureliano Santos, de edad de treinta y un años, legítimo del señor José María Santos Plata y la señora Facunda Galvis; y la señora Jenoveva Vargas, de edad diez y ocho años, legítima del señor Juan Nepomuceno Vargas y la señora Jenoveva Santos, dispensados por el ilustrísimo señor arzobispo en primero con segundo grado de consanguinidad, con fecha trece de abril de mil ochocientos sesenta. Fueron testigos de casamiento los señores Nepomuceno Chacón y Florentino Bautista, vecinos de esta parroquia. Doy fe. Juan María Vásquez.49 De este matrimonio vino al mundo otro linaje Santos Vargas integrado por:

-Elvira, quien casó con Francisco Amaya, madre de Carlina (quien casó con Ricardo Galvis), Herminda (casó con Tomás Arenas) y Ofelia Amaya Santos, quien casó con Francisco Lara.

-Julia -María Antonia -Ricardo, quien casó con Felisa Gómez -Ciro Antonio, quien casó con Rosa Uribe. -Luis María -Marco Aurelio -José María y -Roberto. Francisco Santos Galvis, del cual nos ocupamos en el siguiente apartado, nació en Coromoro el 21 de agosto de 1848. Marchó a Bogotá para estudiar Jurisprudencia en el Colegio Mayor del Rosario, donde se graduó en 1873. Ejerció su actividad profesional de Vélez, Curití y Socorro.

48 Testamento otorgado por Antonia Facunda Galvis Galvis a favor de su hija Dolores, 8 de marzo de 1900. 49 Libro 0 de matrimonios de la parroquia de Cincelada, 48v.

1.5. Francisco Urbano Santos Galvis Tercer hijo del matrimonio de don José María Santos Plata con doña Antonia Facunda Galvis Galvis, nació en la casa de hacienda de su padre el 21 de agosto de 1848, y siendo su madrina doña Leonor Santos fue bautizado en la parroquia de Coromoro, el 10 de marzo del año siguiente, por el cura Antonio María Chinchilla.50

Habiendo quedado huérfano muy joven, su madre lo envió a San Gil para que adelantara estudios el Colegio San José de Guanentá, donde mostró tal aplicación escolar que a los 18 años ocupó el cargo de vicerrector de estudios. Marchó entonces a Bogotá para adelantar estudios en el Colegio Mayor del Rosario, donde recibió el título de doctor en jurisprudencia el 26 de noviembre de 1873. Tan pronto terminó sus estudios profesionales, el gobierno del Estado Soberano de Santander lo nombró jefe del Departamento de Guanentá, con sede en San Gil.51 En 1875 postuló su nombre para la Cámara de Representantes de la Unión Colombiana y resultó elegido. Una vez posesionado en Bogotá, integró la Comisión de Hacienda de dicha Cámara.52 Ante la circunstancia de una inminente guerra civil regresó a Santander para ofrecer su respaldo al presidente liberal53. Concluida la guerra de 1876, fue elegido ante la Asamblea Legislativa del Estado de Santander en representación del Departamento de Guanentá.54

De fuertes convicciones liberales, respaldó en los comicios presidenciales que se organizaron en el Estado de Santander durante el año 1878 la candidatura radical del doctor Francisco Muñoz, quien se enfrentaba al candidato del liberalismo independiente, el general Solón Wilches Calderón, cuya candidatura era promovida por el periódico El Demócrata. Cuando se iniciaba la Administración Trujillo, para equilibrar la convocatoria de Rafael Núñez —―regeneración administrativa o catástrofe‖— desde el 27 de marzo de 1878 comenzó a publicar el periódico El Corresponsal, un semanario que promovió la candidatura del doctor Muñoz entre los círculos políticos de la capital, en el que expuso su ideario liberal radical:

Por su parte el partido liberal, conductor absoluto de los destinos del país, tiene contraído el deber ineludible de dar a la República la seguridad social que necesita para vivir la vida civilizada de los pueblos cristianos. Asegurar el orden público para que a su favor se desarrolle la industria nacional i nos vengan del estranjero los capitales i los hombres de que tenemos necesidad, he aquí en su mayor síntesis el programa obligado del partido que es árbitro de la suerte de la patria. El país ya no pide sino paz, del Gobierno no exige sino la garantía de la seguridad. Si esta aspiración tan natural i tan sencilla no pudiere ser satisfecha 50 En Coromoro a diez de marzo de mil ochocientos cuarenta y nueve, se le puso oleo y crisma a un niño llamado Francisco Urbano a quien en caso de necesidad bauticé el veinte y uno de agosto de mil ochocientos cuarenta y ocho, hijo lejítimo de los señores José María Santos y Facunda Galvis, sus abuelos paternos Pedro i María Petronila Plata, maternos Vicente e Ignacia Galvis, fue madrina la señora Leonor Santos, a quien advertí el parentesco y obligación, Doy fe. Antonio María Chinchilla. En Libro de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes de Coromoro, 1844-1852, 59v-60r. 51 Diario de Cundinamarca, Bogotá, 28 de noviembre de 1873, no. 1, 196, 4, columna 2. 52 Diario de Cundinamarca, Bogotá, 27 de enero de 1876, no. 1, 841, 282. 53 Diario de Cundinamarca, Bogotá, 5 de agosto de 1876, no. 1, 998, 910. 54 Diario de Cundinamarca, Bogotá, 12 de abril de 1879, no. 2, 481, 1.

por el partido que con tanta enerjía ha defendido la posesión del poder público, continuará, ya lo creemos, con la dirección de los negocios de la República, pero en tal caso ya gobernaría sin títulos lejítimos, puesto que había faltado a sus promesas cuando no a sus juramentos. El liberalismo colombiano, pues, ha entrado en el período más solemne de su existencia. Hasta hoi ha combatido i y lo ha hecho a maravilla, ha fundado instituciones con criterio seguramente acertado, i lo que es más, tiene ya creados hábitos democráticos de inapreciable valor. Sobre estos elementos vamos a levantar el edificio económico, sin que la Nación pida al gobierno otra colaboración que la que consiste en suministrarle el artículo seguridad social. ¿Llenará el gobierno liberal esta única exijencia de los colombianos?55 Apoyado en los asuntos administrativos de este periódico por el joven abogado Diego Mendoza Pérez, el doctor Francisco Urbano Santos Galvis inició la tradición familiar del periodismo liberal que ha sido un legado de su descendencia Santos Montejo. Allí expuso la agenda de las tareas básicas del liberalismo radical: ―educación para las masas, desarrollo del progreso material i virtud en los partidos, he aquí cuánto necesitamos‖. En su opinión, la escuela era ―la fragua‖ donde se creaba al ciudadano, mientras que el desarrollo de la industria era el ataque a la pobreza, ―la causa primordial de corrupción‖. Creía que la síntesis de todos los males del país era la corrupción, y contra ella había que armar al patriotismo, convocando a los gobiernos a reclutar entre los partidos solo a los hombres más probos. Su antipatía contra ―el sapismo‖ —el círculo de Ramón Gómez que hacía política burocrática en Cundinamarca— se expuso en una de las entregas de su periódico.

Aunque de naturaleza eleccionaria, el semanario El Corresponsal incluyó noticias sobre los acontecimientos europeos, notas históricas, análisis económicos y traducciones de textos alemanes y franceses. Los relatos de Daniel Hernández sobre las batallas de la guerra civil de 1876-1877, como las de Garrapata y La Donjuana, fueron ofrecidos a sus lectores. Fueron 16 las entregas semanales de El Corresponsal. En la última entrega, datada el 11 de julio de 1878, insistió en la popularidad de la candidatura presidencial del doctor Muñoz, juzgándola ―más en armonía con los bien entendidos intereses de aquel sensato pueblo‖ de Santander.

Al poner fin a su periódico, que presentó como ―obra de santandereanos‖, don Francisco Santos Galvis caracterizó la naturaleza moral del santandereano, aquel que ―jamás está moralmente ausente del suelo natal‖, presentando a este grupo social de la república como una auténtica reserva moral de la nación:

Sea cual fuere la latitud que habite, siempre, a semejanza del inglés, sigue con anhelante pensamiento el andar del patrio hogar. Diríase que el hijo de Santander cambia el medio físico de la existencia sin descartarse nunca del nativo medio moral... En la tierra de los Azueros, Sotos i Diego Fernando Gómez, no ha echado raíces la abominable doctrina de la dualidad de conciencias en el hombre: allí, a Dios gracias, la moral política no se ha divorciado todavía de la moral privada; allí no hai sino un criterio moral para juzgar los hechos así del orden privado como del político. Aquella decantada elasticidad moral, aquel no reconocer obstáculos en la persecución de un fin político dado, condiciones que dicen constituyen al hombre de Estado, no son doctrinas que hayan hecho fortuna en Santander. Aquel pueblo es refractario a los avances de las ciencias políticas que no vienen por el camino de la rectitud moral.56

55 Francisco SANTOS GALVIS, ―La situación‖, en El Corresponsal, Bogotá, 1 (27 de marzo de 1878), 1. 56 Francisco SANTOS GALVIS, editorial de la entrega 16 de El Corresponsal, Bogotá (11 de julio de 1878), 1v.

En el Estado de Santander se manejaban con ―absoluta pureza‖ los fondos públicos, la administración de justicia era presidida por ―la rectitud incontestada‖, y el esfuerzo que se ponía al servicio de la instrucción de las clases populares era ―digno de encomio‖. El libre ejercicio del derecho al sufragio era allí más respetado que en cualquiera otra sección del país, y todas esas condiciones políticas era derivaciones naturales ―del amor al trabajo reproductor que, asociado a la virtud del ahorro, caracteriza a la generalidad de los hijos de aquel pueblo‖.

Contrariando sus advertencias contra ―la invasión netamente sapista que lo amenazaba desde el atrio de la catedral de Bogotá‖, así como sus llamados a que los gobernantes no escogiesen como colaboradores sino a los hombres honrados de cada partido, el general Solón Wilches Calderón ganó por amplio margen las elecciones para la presidencia de Santander, como también lo hizo Rafael Núñez en las elecciones para la presidencia del Estado de Bolívar. El liberalismo independiente comenzaba a ocupar la escena política nacional y a poner en declive el ya viejo liberalismo radical de la generación del 7 de marzo de 1849. El doctor Francisco Santos se opuso a dos propuestas de ley que un grupo de ciudadanos de San Gil había presentado a la Asamblea Legislativa del Estado de Santander, el 17 de septiembre de 1778, para derogar dos conquistas del liberalismo radical contra la influencia de la Iglesia Católica en la vida social: el matrimonio civil y el derecho estatal a la inspección de cultos religiosos. Como la Asamblea le confió el estudio e informe sobre esos proyectos de ley, tuvo la oportunidad de preparar un informe desfavorable a tales propósitos, el 3 de octubre siguiente, sosteniendo que ―las corrientes del siglo avivan más y más cada día esa santa sed de libertad y de luz de que se sienten presa los espíritus progresistas‖. Contra la ―tiranía religiosa‖ que estaría detrás del proyecto de los sangileños, presentó ante la Asamblea Legislativa el siguiente proyecto de resolución:

La Asamblea Legislativa halla de suma conveniencia social la vigencia de las leyes civil sobre matrimonio y penal sobre inspección de cultos, que hoy rigen en el Estado. En consecuencia encarece a las autoridades respectivas pongan al servicio del cumplimiento estricto de tales leyes la mayor vigilancia, el celo más activo. Comuníquese esta resolución a los ciudadanos residentes en San Gil.57 El doctor Santos Galvis contrajo matrimonio, el 6 de mayo de 1879, en el oratorio privado de la finca de don Fructuoso Montejo, abuelo de su novia, en la parroquia de Ráquira. Su esposa fue doña Leopoldina Vitalia de las Mercedes Montejo Camero, nacida en Tunja el 3 de noviembre de 1857 y bautizada dos días después. Era hija de don Joaquín Montejo Roa y doña Gustavia Camero Bermúdez, nieta paterna de don José Fructuoso Montejo Moreno y doña María Ramona Roa Roa, nieta materna de don Vicente Camero y Mercedes Bermúdez. Esta señora sobrevivió al doctor Santos más de tres décadas, pues falleció en Bogotá a los 79 años de edad, el 31 de agosto de 1936.

La había conocido en Guateque durante sus correrías políticas por Boyacá, y un año después de la boda se establecieron en Vélez, donde el doctor Santos se desempeñó como juez. Pasaron después al Socorro y a Curití, donde ejerció la abogacía. Fue en Curití donde 57 Diario de Cundinamarca, Bogotá, 29 de octubre de 1878, No. 2, 393, p. 1. Trascrito por Enrique SANTOS MOLANO en Los jóvenes Santos [Montejo], Bogotá, Universidad Central, 2000, tomo I, 27. El proyecto del doctor Santos Galvis fue aprobado por 29 votos afirmativos contra uno solo negativo.

nacieron sus hijas María Luisa y María Josefa, quienes murieron en la infancia. Por ello decidieron establecer su residencia en Bogotá, donde ya vivía toda la familia Montejo, al comenzar la Administración Zaldúa (1º de abril de 1882), donde habitó la casa número 171 de la Calle 10, en el barrio de La Candelaria.58

Entre los meses de mayo y junio de 1882 publicó, en compañía de Belisario Porras, un segundo semanario político que tituló El Republicano, órgano de la Sociedad Republicana. El espíritu conciliador de sus páginas llamó la atención del presidente de la república, quien llamó al doctor Santos a ocupar el empleo de auxiliar de cajero en la Tesorería General de la República. En el mes de noviembre siguiente pasó a ser el jefe de la Sección Segunda (Contabilidad) de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Fallecido en su cargo el presidente Zaldúa, fue conservado por la Administración Otálora, aunque promovido al cargo de oficial mayor de la misma Secretaría. Permaneció en este empleo hasta mediados de febrero de 1884, un poco más de un mes antes de que volviera a posesionarse Rafael Núñez como presidente de la República.

En 1884 fue elegido diputado ante la Convención Constituyente del Estado de Santander, convocada por el presidente Solón Wilches para ajustar la carta política a los deseos del liberalismo independiente. Para neutralizar este proyecto, los liberales radicales declararon en noviembre de este año la guerra, cuyo desenlace fue adverso al radicalismo por las siguientes décadas. Fue en ese momento, cuando los guerreristas frustraron la Constituyente, que el doctor Santos Galvis se apartó del partido liberal. Se marchó por un tiempo a Curití, donde residía su madre después de su viudez, una costumbre que repitió todos los años. De este momento es la carta que escribió a don Abdón Espinosa, el amigo y copartidario que residía en Curití:

Secretaría de Relaciones Exteriores PRIVADO Bogotá, julio 25 de 1884 Señor Abdón Espinosa Curití Mi querido compadre. El señor Núñez está en Tena, a cinco leguas de esta ciudad, y se cree llegue esta noticia en la del día de mañana. Dícese no entrará de día porque huye de todo encuentro. Ha sido algo menos que cordial con los amigos que han ido a visitarlo a Tocaima y Tena. Esta conducta del Sr. Núñez, como es natural, se presta a conjeturas de diversa naturaleza. Leonidas Flórez se pregunta en el periódico que redacta si será verdad que el Dr. Núñez viene antinuñista. En fin, la política en estos momentos no pasa de mera espectadora. Se vino nueva noticia: le apunta al hecho de que aquí se cree, por muchos liberales de todos los matices, que al Dr. Núñez le era simpática la candidatura Vargas para presidente de ese Estado [de Santander], y que así, caso de un conflicto armado, él no dejará de terciar en contra de los intereses del General Wilches. De mí sé decirle que no dificulto un acuerdo completo entre el Dr. Núñez y el General Salgar. Lo que resulte de ese acuerdo, en orden a la cuestión de Santander, me tiene congestionado.

La prensa conservadora de esta capital ha empeñado recia lucha con la que sostiene la candidatura Ordóñez. El Conservador ha declarado candidatura deshonesta la de Francisco 58 SANTOS MOLANO, obra citada, 2000, tomo I, 30.

Ordoñez. La verdad es que en estos días le es muy adversa la opinión al General Wilches en esta capital. A ello han contribuido telegramas de Santodomingo en que declara casi perdido al León.

¿Qué resultará de todo esto? No es posible decidirlo a ciencia cierta. En la cuestión eleccionaria ojalá hayan optado ustedes por la neutralidad, ya que, como me lo dice, estima una apostasía la adopción del General Salgar.

Le manda mamá y Pola saludar muy cariñosamente a… mi comadre y las muchachas. Suyo, Francisco Santos Finalmente tuvo que conciliar con el programa del liberalismo independiente, movido por sus amigos de ese partido —su paisano Antonio Roldán y José Ignacio Escobar— y por la amistad que lo unía a Miguel Antonio Caro. Agradecido, el presidente Núñez lo nombró, mediante el decreto 352 de 1885, tesorero general de la Unión. Durante nueve meses desempeñó este empleo, hasta que renunció el 9 de febrero de 1886 para refugiarse en Curití, desde donde observó los cambios institucionales de este año en todo el país. Después de la guerra de este año, muy pronto el Estado de Santander fue reducido a la condición de uno de los nueve departamentos de la nueva República de Colombia. Regresó a Bogotá como agente fiscal del Departamento de Santander en esa ciudad.

El 20 de julio de 1888 se sentó en la Cámara de Representantes como el representante del primer distrito de Guanentá, y dos años después fue elegido segundo vicepresidente de esa Cámara. Su adhesión al liberalismo independiente se había consumado. Por ello apoyó la candidatura presidencial de Rafael Núñez, con la vicepresidencia de Miguel Antonio Caro, en los comicios de 1892. Pero desde entonces no quiso postularse más a las cámaras legislativas ni aceptar cargo alguno en la vicepresidencia de su amigo Caro. Abandonó la actividad política.

Sus permanencias en Curití se ampliaron. Allí se enteró que los liberales de Rafael Uribe Uribe habían intentado infructuosamente tomar la plaza de Bucaramanga, en noviembre de 1899. El desánimo por ese fracaso abatió su espíritu. Fue entonces cuando tomó la decisión de partir de su mundo, hecho que perpetró en Curití el 15 de enero de 1900, a las 6 de la tarde, cuando tenía apenas 52 años. Su nota de despedida del mundo es la siguiente:

Considero que se acerca el fin de mi vida porque el corazón me viene dando vueltas de carácter grave; no me entristece la proximidad de la muerte porque hace más de 10 años soy víctima de un malestar indefinido cuya primera consecuencia ha sido matarme la voluntad por completo. Mi anciana y buena madre me perdonará el dolor que le causo. Bien sabe ella que mis deseos eran irme después, no antes. No me pongan velas ni aparatos fúnebres de ninguna especie, esto no lo suplico, sino que lo exijo. Así cuando al corazón se le presentan grandes torturas, ofrece hermosa ocasión para viajar hacia lo desconocido, y mañana a las 6 de la tarde estaré durmiendo a la sombra de mi árbol favorito. Curití, enero 14 de 1.900 Francisco Santos Galvis59 Su registro de defunción reza como sigue:

59 Libreta personal del doctor Francisco Santos Galvis, 62-64. Archivo personal de la familia Cuadros de Curití.

En la parroquia de Curití a 15 de enero de 1900 se dio sepultura eclesiástica al cadáver del Dr. Don Francisco Santos G., de cincuenta y un años y unos meses de edad; vecino de Bogotá, esposo de la señora Leopoldina Montejo y padre de los jóvenes Hernando, Enrique, Guillermo, Eduardo y Gustavo. Murió súbitamente. Doy fe. José Manuel Sarmiento, Pbro‖. Fue su hijo, don Eduardo Santos Montejo, quien mandó fabricar el busto de su padre que hasta nuestros días se encuentra sobre un pedestal frente al atrio de la iglesia de Curití. Personalmente estuvo presente en la inauguración que se organizó el día 21 de agosto de 1939, cuando desempeñaba las funciones presidenciales60. Con el tiempo se llevó sus restos al Cementerio Central de Bogotá, que hasta el día de hoy acompañan a los suyos. 1.6. Descendencia Santos Montejo El 6 de mayo de 1879 se realizó, en el distrito parroquial de Ráquira, el matrimonio de don Francisco Urbano Santos Galvis (1848-1900) con doña Leopoldina Vitalia de las Mercedes Montejo Camero (1857-1936). Las dos hijas mayores que procrearon (María Luisa y María Josefa) murieron durante su infancia en Curití, así como dos de los hijos varones nacidos en Bogotá: Jorge (febrero de 1890-1892) y Julio (abril de 1894), quien murió a los cuatro días de nacido. Los cinco hijos varones que sobrevivieron a su padre fueron entonces Hernando, Guillermo, Enrique, Eduardo y Gustavo Santos Montejo, tal como se detalla a continuación:

I.- Hernando Santos Montejo, nacido en Tunja el 18 de mayo de 1883, quien casó con Isabel Pardo Rubio, hija de don Enrique Pardo Roche y doña Dolores Rubio Saíz, sin descendencia. Murió en Bogotá el 24 de marzo de 1921. Se especializó en la lengua inglesa y ganó un concurso sobre Shakespeare que abrió el Times de Londres. Fue profesor en el Gimnasio Moderno, traductor oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores, colaborador de El Nuevo Tiempo, la Gaceta Republicana y El Tiempo. En compañía de Guillermo Camacho Carrizosa fue redactor de La Crónica. En su juventud compró una imprenta, que funcionó en el local con la nomenclatura 141 de la Carrera 5ª, en la que se publicó el diario El Comercio, editado por Enrique Olaya Herrera y José Manuel Marroquín.

II.- Guillermo Santos Montejo, nacido en Tunja el 31 de octubre de 1884, falleció en Bogotá el 7 de noviembre de 1948. Durante varios años dirigió la Revista de la Sociedad de Agricultores de Colombia, y su opinión en asuntos económicos y agropecuarios fue respetada. Casó con Dorila Uribe García-Herreros, hija de don Luis Eduardo Uribe Ordóñez y doña Eva García Herreros Mantilla, nieta de Melquíades Uribe Silva y Dolores Ordóñez, así como de Aníbal García-Herreros Santander y Cleofe Mantilla Orbegozo. Fue el padre de Helena Santos Uribe, quien al casar con Ramón Salazar Santofimio procreó tres hijos Salazar Santos: Helena (casó con Dietlof von Armin), Clemencia y Alberto, quien a su turno casó con Juanita Carvajal y fue el padre de Andrés Alberto, Alejandro y Juanita Salazar Carvajal.

60 Carta de Eduardo Santos Montejo a su hermano Gustavo, Bogotá, 31 de julio de 1939. En Archivo Eduardo Santos, Biblioteca Luis Ángel Arango, sala de manuscritos, fondo 5, caja 17, carpeta 1.

III.-Enrique Santos Montejo, el primero de la estirpe familiar nacido en Bogotá, el 15 de julio de 1886, conocido como Calibán por el seudónimo que usó para firmar sus columnas en el diario El Tiempo. Contrajo matrimonio dos veces, con lo cual procreó tanto a la familia Santos Castillo como a la familia Santos Molano. Vivió algunos años en Caracas y a su regreso, desde el segundo semestre de 1907, residió en Tunja al frente de una tienda de comercio. Allí fundó y codirigió con don Pedro Antonio Zubieta la revista político-literaria La Linterna (1909-1919). Solo hasta finales de 1919 se vinculó a la edición de El Tiempo, ya establecido de nuevo en Bogotá, donde escribió diariamente, desde 1932, la columna ―La danza de las horas‖. La Universidad de Columbia le otorgó en 1940 el premio Cabot de libertad de prensa y relaciones interamericanas. Falleció de un paro cardíaco en la Clínica Shaio de Bogotá, en la mañana del martes 28 de septiembre de 1971. Las primeras nupcias las contrajo en la iglesia de Santiago el Mayor de Tunja (29 de mayo de 1911) con su prima en segundo grado, doña Noemí Castillo Montejo, quien había nacido en Tunja el 16 de octubre de 1882 como hija de Indalecio Castillo Montejo y de doña Rosa Montejo Roa. Sus tres hijos Santos Castillo nacidos en Tunja fueron Cecilia, Enrique y Beatriz; y un cuarto hijo, Hernando, nació en Bogotá. Se hablará de ellos en el siguiente capítulo.

Las segundas nupcias fueron contraídas con doña Blanca Molano, con quien procreó a sus cuatro hijos SANTOS MOLANO: Enrique (nacido en 1942), quien casó con Esperanza Peñuela y procreó a Simón Santos Peñuela; Pilar de Serpa, Consuelo (quien casó con Adán Ramírez Casas) y Cecilia.

IV.- Eduardo Santos Montejo, nacido en Tunja61 el 26 de octubre de 1888, donde fue bautizado, en la iglesia de Santiago el Mayor, el 21de enero de 1889. Fue presidente de la República de Colombia entre el 7 de agosto de 1938 y el 7 de agosto de 1942. Abogado, periodista, propietario y director del periódico El Tiempo. Casó en la iglesia de San Pablo de Bogotá, el 25 de noviembre de 1917, con doña Lorencita Villegas Restrepo, nacida en una hacienda cafetera del corregimiento de Dosquebradas (en ese entonces del municipio de Santa Rosa de Cabal, Caldas), el 5 de octubre de 1892. Era hija de don José Antonio Villegas Villegas y doña Carlota Restrepo Botero, cafeteros oriundos de Aguadas (Caldas). Procreó a Clarita Santos Villegas, nacida en Bogotá en 1923, donde falleció cuatro años después. Este ilustre presidente falleció en Bogotá el 27 de marzo de 1974.

V.- Gustavo Santos Montejo, nacido en Bogotá el 1º de septiembre de 1892. Casó con Isabel Gómez Tanco, hija de don Nicolás Gómez Sáiz y doña Elena Tanco Cordovez Moure. Falleció el 14 de agosto de 1967, habiendo dejado como descendencia Santos

61 Eduardo Santos Montejo siempre se consideró bogotano, dado que desde antes de cumplir su primer año de vida residió en la capital de la República. Pero su nacimiento y bautismo están documentados en el archivo de la Catedral de Tunja, libro VI de bautismos, f. 272, donde al pie de la letra dice: ―En la Iglesia Catedral de Santiago de Tunja, a 21 de enero de mil ochocientos ochentinueve, bauticé solemnemente a un niño nacido el veintiséis de octubre del año próximo pasado, a quien llamé Eduardo Fructuoso, se le suministró el agua, hijo legítimo de Francisco Santos y Leopoldina Montejo; abuelos maternos Joaquín Montejo y Gustavia Camero; abuelos paternos José María Santos y Facunda Galvis; padrinos, Fructuoso Montejo y Domitila Montejo, les advertí el parentesco y obligaciones‖. Publicada por Gustavo MATEUS CORTÉS en Eduardo Santos. Aproximación genealógica y entorno afectivo, Tunja, Academia Boyacense de Historia, 2005, 69-70.

Gómez tres hijos: Gabriela, quien casó con Jaime Martínez Recamán García (hijo de don Antonio Martínez Recamán Ramírez y doña Raquel García Arango); Isabel, quien casó con don Juan de Sargaminaga; y Eduardo. Fue diplomático, músico y crítico musical. Se formó como músico en el Conservatorio Nacional y en la Schola Cantorum de París. Cofundó y dirigió la revista Cultura, y sus reseñas críticas aparecieron en El Tiempo, la revista Cromos, El Gráfico y Sábado. Fue embajador de Colombia en el Vaticano, Ecuador, Uruguay y Argentina. 1.7. Descendencia Santos Castillo El primer matrimonio de don Enrique Santos Montejo (1886-1971), conocido periodísticamente como Calibán, se realizó en la catedral de Tunja con su prima segunda, doña Noemí Castillo Montejo. Su descendencia SANTOS CASTILLO, nacida en Tunja y en Bogotá, se integró por cuatro hijos: Cecilia, Enrique, Beatriz y Hernando. Se detalla a continuación esta descendencia.

I.- Cecilia Santos Castillo, nacida en Tunja en mayo de 1912, casada en Bogotá con José Ignacio Ortiz Lozano, hijo de don Gabriel Ortiz Williamson y doña Josefina Lozano Guarnizo. Fue la madre de María del Rosario Ortiz Santos, quien casó en primeras nupcias con Estanislao Zuleta Velásquez, hijo de don Estanislao Zuleta Ferrer y doña Margarita Velásquez, y en segundas nupcias con don Fernando Contreras, con descendencia en ambos matrimonios.

II.- Francisco Enrique Santos Castillo, nacido en Tunja el 12 de abril de 1917 y bautizado en la iglesia de San Ignacio el 21 de mayo siguiente. Falleció en Bogotá durante la noche del 25 de noviembre del 2001, a los 84 años de edad. Casó en la Iglesia de la Veracruz de Bogotá, el 23 de marzo de 1944, con Clemencia Calderón Nieto, quien había nacido en Bogotá el 4 de marzo de 1922, en el hogar formado por don Jorge Calderón Umaña y doña Teresa Nieto Restrepo, y falleció en mayo del 2000. La descendencia SANTOS CALDERÓN de esta pareja se integra por Enrique, Luis Fernando, Juan Manuel y Luis Felipe, tal como se detalla enseguida:

A. Enrique Santos Calderón nació en Bogotá el 7 de diciembre de 1945 y contrajo primeras nupcias con María Teresa Rubino Santuccio, con quien engendró a Alejandro y Julián Santos Rubino. Su segundo matrimonio fue contraído con Jacqueline Urzola Nader, con quien trajo al mundo a Josefina y Enrique Santos Urzola. Y unas terceras nupcias lo unieron a Gina Benedetti Naar, ex esposa de su hermano Luis Felipe.

B.- Luis Fernando Santos Calderón nació en Bogotá durante e marzo de 1948 y contrajo matrimonio con Michael Anne Augeri, con quien engendró a Luis Fernando y Juan Pablo Santos Anne. Al enviudar casó de nuevo con María Isabel Jaramillo Robledo, hija de Roberto Jaramillo y Aliete Robledo. Fue gerente de El Tiempo entre 1972 y 1997, presidente de la Casa Editorial El Tiempo entre 1997 y 2007.

C.- Juan Manuel Santos Calderón nació en Bogotá el 1º de agosto de 1951. Casó por vez primera con Silvia Amaya Londoño, hija de don Jorge Amaya Fajardo y doña

Rocío Londoño Tamayo, con quien no tuvo descendencia. Contrajo segundas nupcias con María Clemencia Rodríguez Múnera, nacida en Bucaramanga (13 de noviembre de 1955), hija de don Jorge Enrique Rodríguez Rodríguez y de doña Cecilia Múnera Cambas. De este matrimonio son sus hijos María Antonia, Martín y Esteban Santos Rodríguez. Ocupa el cargo de presidente de la República de Colombia entre el 7 de agosto de 2010 y el 7 de agosto de 2014. D.- Luis Felipe Santos Calderón, nacido en Bogotá el 23 de febrero de 1956, casó con Gina Benedetti Naar y engendró a Laura y Valeria Santos Benedetti.

III.- Beatriz Santos Castillo, nacida en Tunja el 20 de julio de 1918. Casó el 21 de noviembre de 1938, en la capilla del palacio arzobispal de Bogotá, con José María Urdaneta Valenzuela, y es la madre de Alejandro, José María y María Teresa Urdaneta Santos.

IV.- Hernando Santos Castillo, nacido en Bogotá el 17 de agosto de 1922, y allí mismo falleció el 20 de abril de 1999. Contrajo matrimonio, el 15 de mayo de 1948, con Elena Calderón Nieto, quien nació en Bogotá el 20 de julio de 1923 y falleció el 22 de agosto de 1985. Es entonces hermana de Clemencia Calderón Nieto, la esposa de Francisco Enrique Santos Castillo, y ambas son hijas de don Jorge Calderón Umaña y doña Teresa Nieto Restrepo. Esta segunda descendencia SANTOS CALDERÓN se integra por Guillermo, Hernando, Rafael, Camilo, Adriana, Juana y Francisco, tal como se muestra a continuación:

A.- Guillermo Santos Calderón, quien contrajo matrimonio con María Cecilia Lequerica Alemán (hija de la pareja cartagenera formada por Augusto Lequerica y Diana de Alemán Benedetti), y procreó a Juan Carlos, Mateo y Helena Santos Lequerica.

B.-Hernando Santos Calderón, quien casó con María Elvira Charry Fernández y es el padre de Nicolás Santos Charry.

C.-Rafael Santos Calderón, quien casó en 1983 con Cristina Merchán Vargas (hija de Rafael Merchán Restrepo y de María Elvira Vargas), con quien engendró a Diego, Lina María, Santiago y Andrés Santos Merchán. Fue co-director de El Tiempo entre 1999 y 2009, y actualmente es el director de publicaciones de la Casa Editorial El Tiempo. D.-Camilo Santos Calderón, piloto de aeronaves. E.- Adriana Santos Calderón, casada en primeras nupcias con Pablo Echeverri, es la madre de María Echeverri Santos. En su segundo matrimonio con Patricio Wills procreó a Alejandro Wills Santos.

F.-Juanita Santos Calderón, casada en primeras nupcias con Andrés Escabi Ricci, con quien procreó a Simón Escabi Santos. Después de enviudar, volvió a casar con Roberto Pombo Holguín (hijo de don Jaime Pombo Leiva y doña María Elvira Holguín Umaña), actual director de El Tiempo, con quien trajo al mundo a Lukas Pombo Santos.

G.-Francisco Santos Calderón, quien casó el 13 de junio de 1986 con María Victoria García Borrero (hija de don Edgar García Bernal y doña Victoria Borrero Jaramillo), con quien engendró a Benjamín, Gabriel, Carmen y Pedro Santos García. Fue vicepresidente de la República de Colombia entre el 7 de agosto de 2002 y el 7 de agosto de 2010. 1.8. Conclusiones La investigación genealógica y biográfica realizada en varios archivos parroquiales de Santander y en otros archivos locales y departamentales ha comprobado documentalmente el legado familiar del actual presidente de la República de Colombia, Juan Manuel SANTOS CALDERÓN. Estamos ahora en capacidad de afirmar, sin duda alguna, que el actual presidente de Colombia es:

Hijo de Francisco Enrique SANTOS CASTILLO (Tunja, 12.04.1917 – Bogotá, 25.11.2001) y de Clemencia Calderón Nieto (Bogotá, 4.03.1922 – 05.2000). Nieto de Enrique SANTOS MONTEJO, seudónimo ―Calibán‖ (Bogotá, 15.07.1886 – 28.09.1971), quien casó en Tunja (1911) con Noemí Castillo Montejo (Tunja, 1882).

Sobrino nieto del presidente Eduardo SANTOS MONTEJO (Tunja, 26.10.1888 – Bogotá, 27.03.1974)

Bisnieto de Francisco Urbano SANTOS GALVIS (Coromoro, c21.08.1848 –Curití, 15.01.1900) y de Leopoldina Montejo (Tunja, 3.11.1857 – Bogotá, 31.08.1936). Tataranieto de José María Eduardo SANTOS PLATA (bautizado en Charalá, 14.10.1778 – Cincelada, c1851) y de Antonia Facunda Galvis Galvis (bautizada en Curití, 13.06.1815 – Curití, 25.06.1904). Sobrino tataranieto de María Antonia SANTOS PLATA, bautizada en Pinchote (11.04.1782) y fusilada en la plaza del Socorro (28.07.1819).

Chozno (hijo del tataranieto) de Pedro SANTOS MENESES (Pinchote, bautizado en el Socorro, 15.10.1737 – Cincelada, 2.02.1797) y María Petronila PLATA RODRÍGUEZ (Socorro, bautizada el 22.05.1749 – Cincelada, 2.10.1816). Capitán de los comuneros de Pinchote en Zipaquirá (1781), apoderado del vecindario para las diligencias de erección de la parroquia de Pinchote (1772–1782). Propietario de una hacienda de cañas y ganados en el partido de El Hatillo, parroquia de Cincelada, fue dos veces alcalde partidario de ella.

Bischozno de Isidoro Manuel SANTOS y doña Francisca Meneses, probablemente bautizados en la parroquia del Socorro y vecinos del valle de Pinchote.

Primo quinto del general José SANTOS (Charalá, 1835 – Charalá, 26.09.1900), quien fue gobernador de Santander y de Boyacá, y también secretario de Guerra y Marina (14 agosto 1899 a 1º mayo 1900) de la Administración Manuel Antonio Sanclemente.

Capítulo 2 General José Santos: héroe y villano de la Regeneración Luis Rubén PÉREZ PINZÓN 2.1. Un Santos de Charalá, 1835–1900. La memoria popular indica que don José Santos nació en la parroquia de Nuestra Señora de Monguí de Charalá durante el año 183562, si bien el registro de su bautismo no se encuentra en sus libros sacramentales. Su registro de defunción, firmado el 27 de septiembre de 1900, solo menciona que era ―mayor de sesenta años‖ en ese momento. Era hijo natural de doña Josefa Santos Rosillo, por lo tanto nieto de don Joaquín Santos Plata y de doña Joaquina Rosillo, con lo cual resulta sobrino-nieto de la heroína María Antonia Santos Plata y sobrino de la mártir Helena Santos Rosillo. El general Santos se enorgullecía de este parentesco pero no lo aprovechaba para obtener privilegios gubernamentales, como públicamente lo reconoció ante el empresario Reyes González, en un momento en que se puso en duda su patriotismo63.

Años después de dar a luz al fruto engendrado con el esposo de una de sus hermanas, doña Josefa Santos contrajo matrimonio con don José María Santos, en cuyo hogar fue criado y formado José Santos con sus tres medias hermanas, María Obdulia, Librada y Secundina Santos Santos, hasta alcanzar la mayoría de edad. Fue considerado un miembro más de la familia Santos Santos, como se comprueba en el registro del matrimonio que contrajo con Silvia Timotea Arias Santos a la edad de veintidós años:

En Charalá a diez i seis de junio de mil ochocientos cincuentisiete: El presbítero José María Pereira cura de Sinselada, con mi lisencia, practicadas informaciones verbales i dispensados del parentesco presunto de segundo grado de consanguinidad admisible i de parentesco de tercero de consaguinidad de las tres canónicas admoniciones por el señor Deán Doctor José Antonio Amaya, no habiendo resultado algún otro impedimento presenció el matrimonio que contrajo el señor José Santos, hijo de Josepha Santos, esposa de José María Santos, con Silvia Arias, hija de Cosme i de Graciliana Santos, vecinos de esta Parroquia i mayores de veintidós años. Testigos el infrascrito párroco Andrés Cote i otros: Consta. Pedro R. Plata64. Pero entre los feligreses de Charalá era ―voz común‖65 que José María Santos era solo el padre putativo (padrastro) de José Santos, pues su padre biológico era el reconocido patriarca charaleño Francisco Vargas, cuñado y compadre de Josefa Santos Rosillo. Al ser

62 GAVASSA VILLAMIZAR, Edmundo. Gobernantes de Santander 1853–2004: Estado Soberano de Santander, 2 ed., Bucaramanga, el autor, 2004, 72. 63 Memorial del 21 de marzo de 1892, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIV, No. 2527 (jueves 24 de marzo de 1892), 4862. 64 Partida de matrimonio de José Santos y Silvia Arias, Charalá, 16 de junio de 1857, en Libro de matrimonios de la parroquia de Nuestra Señora de Monguí de Charalá, años 1851–1888, f. 71v. 65 Información verbal sobre José Santos, Charalá, 28 de abril de 1857, en Libro de Informaciones verbales de la parroquia de Nuestra Señora de Monguí de Charalá, años 1856–1860, s.f.

informados de esta anomalía, el cura párroco de Charalá, Pedro Plata, y el cura de Cincelada, José María Pereira, recogieron informaciones verbales entre los vecinos cercanos a ambas familias, tales como Juan Evangelista Vargas y Clemente Saoza, pues era su obligación comprobar la consanguinidad de José Santos y Silvia Arias desde el momento en que manifestaron su deseo de contraer matrimonio ante la iglesia.

Los temores de que José Santos realizara el sacramento del matrimonio con una mujer de un grado de consanguinidad cercano hizo necesario averiguar por sus verdaderos vínculos familiares. Los curas de Charalá y Cincelada finalmente obtuvieron testimonios confiables que aseguraban que José Santos era hijo biológico de Francisco Vargas y no de José María Santos, que entre Josefa Santos y Graciliana Santos no existía parentesco cercano, y que entre los contrayentes el único parentesco posible era el que existía entre los dos padres biológicos, Francisco Vargas y Cosme Arias, por la línea materna en segundo grado, el cual no era tenido en cuenta como impedimento canónico, considerando la ―afinidad ilícita‖ que existía entre los padres naturales de los contrayentes.

Así fue como el cura de Charalá justificó su decisión de casar a José Santos con Silvia Arias cuarenta días antes de la boda programada, registrando que las informaciones y los testimonios verbales obtenidos bajo juramento le permitían expedir la siguiente constancia:

En Charalá a beintiocho de abril de mil ochocientos cincuenticiete se practicaron informaciones verbales para matrimonio de José Santos, mayor de edad, hijo putatibo de José María Santos, con quien está casada su señora madre Josefa Santos, pero se dice jeneralmente que lo es de Francisco Vargas, becino de esta parroquia, con la señora Silvia Arias, becina de esta parroquia, hija de los señores Cosme Arias i de Graciliana Santos, mayor de edad. Fueron testigos los señores Cayetano Saosa i Evangelista Vargas mayores de edad i becinos de esta parroquia. Prestaron el juramento acostumbrado que hicieron por Dios nuestro señor i una señal de cruz por el que ofrecieron decir verdad en lo que supieran i les fuere preguntado sobre ellos i dijeron que es vos comun que los pretendientes no son parientes [entre líneas: sino en] en [tachado: segun] do grado [entre líneas: de consaguinidad i lo dispensa el infrascrito] como lo son los otros hermanos de los pretendientes porque el señor José Santos es hijo del señor Francisco Vargas con el que son parientes el señor Cosme Arias en segundo grado por parte de madre pero ya queda la afinidad ilicita fuera de la linia de segundo no la dan que haya entre ellos ningún otro impedimento i firman conmigo. Consta Pedro R. Plata. Juan Evangelista Vargas. Cayetano Saoza66. El enlace de don José Santos con la familia Arias Santos no solo le aseguró una considerable dote y posesiones, con lo cual amplió sus propiedades a solares urbanos y tierras en los alrededores de Charalá, y pudo además contar con el capital necesario para emprender nuevos proyectos en agricultura y ganadería. Compró una extensa hacienda que se extendía a lo largo del río Pienta y del camino que llevaba de Charalá a la parroquia del Encino, la cual le recordaba sus años de infancia y de trabajo en las tierras de sus bisabuelos y abuelos maternos en El Hatillo, donde seguramente había nacido. El incremento de su prestigio social facilitó su elección como diputado por el Distrito de Ocamonte ante el cuerpo legislativo que aprobó la Constitución del Socorro en 1855, así como su nombramiento en 1858 de agente fiscal del circuito de Charalá, gracias a sus conocimientos y a los bienes requeridos para afianzar este empleo.

66Información verbal sobre José Santos, Ibid.

Acorde con las declaraciones del general Leonidas Torres y de doña Antonia Arias de Reyes, dadas en 1901, doña Silvia Arias de Santos murió en 1878. Quedaron bajo la custodia de don José Santos sus seis hijos Santos Arias: Manuel José, Pablo Emilio, Julio Enrique, Elena, María de Jesús y Francisco Antonio. Los tres mayores adelantaron estudios superiores, se dedicaron a la administración de los bienes familiares e incursionaron en la vida pública. Manuel José y Pablo Emilio fueron generales de la República, y el abogado Julio Enrique murió cuando ocupaba una curul en el Congreso Nacional.

Como las tres hermanas de don José Santos y las tres hermanas de doña Silvia Arias se encargaron de cuidar a los seis hijos, pudo el general Santos dedicar toda su atención a la vida pública, especialmente en el ejercicio de las armas durante las guerras de 1859 y 1876. Con la guerra de 1885 su carrera militar llegó al rango de coronel del Estado Mayor y de general graduado, con lo cual posteriormente los dirigentes de la Regeneración lo hicieron llegar a los empleos de general en jefe (1885-1890), gobernador (1890-1898) y ministro de Guerra (1899-1900). Su mayor frustración fue no haber podido llegar a la presidencia de la República, bien por la vía electoral o por un golpe militar, para continuar el proyecto de unidad nacional que encabezó Rafael Núñez.

2.2. Gobernador de Santander, 1890–1896 El general José Santos fue designado por el presidente Carlos Holguín Mallarino, desde el 20 de noviembre de 1890, gobernador encargado del Departamento de Santander, en remplazo del general Guillermo Quintero Calderón67. Se posesionó de este empleo ante el Tribunal del Distrito Judicial del Norte. El general Quintero Calderón se había propuesto contribuir a la normalización de la marcha constitucional del país y se había comprometido desde 1888 al ―arreglo de la administración departamental que complementa la municipal‖, a ―cimentar concienzuda y honradamente el nuevo orden constitucional y legal‖, y específicamente, a enfrentar en cada municipio el ―decadente espíritu público que los anonada, ya porque se cree que el Gobierno o la Gobernación deben remediarlo todo y que cuentan con inmensas e inagotables riquezas para todo –por lo cual no se consideran en el deber político y social de contribuir y cooperar con nada– o ya porque algunas poblaciones carecen realmente de lo más indispensable para la vida municipal propia‖68.

Reafirmado su nombramiento como gobernador interino desde los primeros días de enero de 1891, el general José Santos fue saludado y reconocido por varios gobernadores, como el de Panamá, quien le manifestó en un telegrama su complacencia por su destino público durante el tiempo de la licencia concedida al general Quintero, siendo legitimado cada uno de esos reconocimientos en la sección ―Gobernación del Departamento‖ de la Gaceta de Santander69. Otro ejemplo de esas muestras públicas de complacencia fue la proposición del Concejo Municipal de Salazar de las Palmas, por la cual esa corporación se alegraba de ―saludar al nuevo gobernador del Departamento, señor general José Santos, y

67 Edmundo GAVASSA VILLAMIZAR. Gobernantes de Santander, obra citada, 2004, 72. 68 Guillermo QUINTERO CALDERÓN. Informe del Gobernador del Departamento Nacional de Santander a la Asamblea de 1890. Bucaramanga: Imprenta del Departamento, 1890. p. III, IV 69 J. AYCARDY. Telegrama, Panamá, 9 de enero de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, No. 2410, 4393.

en presentarle el homenaje de sus respetos y adhesión, prometiéndose de su administración, paz, unión y progreso‖70.

Con la renuncia definitiva del general Quintero a la Gobernación, ya que fue nombrado comandante en jefe del Ejército Nacional y comenzó a apoyar a los conservadores (―históricos‖) disidentes, opositores al nacionalismo regenerador con la candidatura presidencial de Marceliano Vélez y los postulados ideológicos de Carlos Martínez Silva, fue formalizado el nombramiento en propiedad del general José Santos como gobernador ―conservador nacionalista‖, por el decreto 510 del 3 de junio de 1891 expedido por su paisano, Antonio Roldán, a la sazón ministro de Gobierno. Dicho decreto fue ratificado por el presidente Carlos Holguín71.

En la Gaceta de Santander del sábado 27 de junio de 1891 se comunicó a todos los santandereanos que a las diez de la mañana del anterior día 25 de junio, ―ante el Tribunal Superior del Distrito Judicial del Norte, había tomado posesión el general Santos del empleo de gobernador de Santander72. Si bien su decreto de nombramiento solo fue conocido una semana después, su primera decisión fue nombrar el mismo día de su posesión al secretario de Gobierno, Roso Cala, como nuevo secretario de Hacienda, con lo cual este tuvo que desempeñar temporalmente los dos cargos mientras se nombraba su reemplazo en el primero. Esta decisión solo se protocolizó el 9 de septiembre siguiente, quedando el Dr. Juan Francisco Mantilla como nuevo secretario de Gobierno. La importancia que tenía para el general José Santos contar con un secretario de Gobierno de su entera confianza estaba asociada a la delegación periódica que en él hizo de la administración departamental y de los ―asuntos urgentes de Gobierno‖, cuando marchaba hacia las provincias para supervisar las obras públicas, practicar las visitas provinciales, así como reubicar temporalmente su sede de gobierno en las capitales provinciales, especialmente en su natal Charalá al inicio y mediados de cada año.

Una tercera secretaría departamental fue creada en concordancia con la ley 89 de 1892 sobre Instrucción Pública, siendo reglamentados su composición y sueldos por el decreto del 7 de enero de 1893. Ese mismo día nombró como primer secretario del despacho de Instrucción Pública a un profesor de la Escuela de Artes y Oficios, Ismael Enrique Arciniegas, así como a su subsecretario y tres oficiales, separando las funciones de la Secretaría de Instrucción Pública de la Secretaría de Gobierno, a la cual habían estado adscritos hasta entonces los maestros, colegios y escuelas.

El nombramiento en propiedad del general José Santos, el 9 de marzo de 1891, también fue saludado, a través de telegramas, por otros influyentes gobernadores del régimen regenerador y compañeros de armas, como lo fueron el general Próspero Pinzón, gobernador de Boyacá; el general Aurelio Nieto, gobernador de Cundinamarca; el general Manuel Casabianca, gobernador del Tolima, y el Dr. Manuel Antonio Sanclemente, gobernador del Cauca. Reunida la Asamblea Departamental de 1892 fue revisada y ordenada la asignación salarial para los funcionarios de la Gobernación de Santander, siendo dispuesto por la ordenanza 30 que el gobernador y su secretario de Gobierno debían recibir un sobresueldo de 2.400 pesos anuales sobre el monto que les pagaba el Gobierno 70 Proposición aprobada por el Concejo Municipal de Salazar, enero 6 de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIII, No. 2417 (21 de feb. de 1891), 4424. 71 Decreto 510 de 1891. Bogotá, 3 de junio de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIII, No. 2461 (Sábado 4 de julio de 1891), 4597. 72 Posesión del señor gobernador, Bucaramanga, 25 de junio de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga. Año XXXIII, No. 2549 (Sábado 27 de junio de 1891), 4589.

Nacional, mientras que al secretario de Hacienda se le asignó un sueldo anual de 4.800 pesos.

La continuidad del general Santos en la Gobernación fue garantizada cuando el Gran Consejo Electoral informó, el 3 de julio de 1892, sobre la reelección de Rafael Núñez como presidente y la de Miguel Antonio Caro como vicepresidente de la República, en parte gracias a la totalidad de los votos de los electores de los nueve distritos electorales de Santander, y de forma absoluta de los 42 electores de Charalá. El departamento de Santander, con 332 electores, era entonces la tercera fuerza política de la Regeneración, después de Antioquia (400 electores) y Boyacá (373 electores). Ante los males que aquejaban al doctor Núñez, el vicepresidente Caro tomó posesión de su cargo y del Gobierno Nacional el 7 de agosto siguiente, nombrando a dos connotados santandereanos como ministros: el general Guillermo Quintero, ministro de Guerra y general en jefe y comandante general del Ejército, y Adolfo Harker, ministro de Fomento y senador por Santander.

El triunfo absoluto del Partido Nacional en 1892, aunado a la exitosa administración del general Santos en la gobernación de Santander desde 1890 (especialmente en los ramos de vías, policía, educación y hacienda), lo confirmaron en el cargo. Representaba en ese momento el paradigma del gobernante republicano, según la medida expuesta por el vicepresidente Caro:

El Gobierno representativo, que habéis constituido, tiene la misión de proteger vuestros derechos. Si los mandatarios que habéis elegido son hombres formados en el seno de una sociedad cristiana, que no se han manchado con ningún exceso, y que están animados de espíritu de lenidad, forzoso es admitir que, llegado el caso de dictar alguna providencia severa, no lo harán por el bárbaro placer de perseguir ni molestar a persona alguna, sino por el ineludible deber de defender el orden social, cuya custodia les ha sido encomendada bajo la religión del juramento73. La noticia sobre la tercera posesión del general Santos en el cargo de gobernador de Santander decía:

Por nombramiento que el Excelentísimo señor Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo, ha hecho en el señor General en Jefe José Santos, para desempeñar el puesto de Gobernador titular de este Departamento, en el período en curso, hoy, a las 2 p.m., tomó posesión de ese empleo ante el Honorable Tribunal Superior del Distrito Judicial del Norte, en presencia de un numeroso concurso de empleados civiles y militares y de individuos particulares. Entre aquéllos se hallaban los altos dignatarios de la Administración, y el Estado Mayor General de la 4ª División del Ejército, y entre éstos, muchas y muy distinguidas personas de esta capital‖74. Cumplidas las renuncias protocolarias de sus tres secretarios del despacho, el general Santos los ratificó en sus empleos, no sin antes reconocer el buen desempeño de los señores Juan Francisco Mantilla (Gobierno), Roso Cala (Hacienda) e Ismael Enrique Arciniegas

73 Alocución del Vicepresidente de la República encargado del Poder Ejecutivo. Bogotá, 7 de agosto de 1892, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIV, No. 2574 (Martes 30 de agosto de 1892), 5051. 74 Posesión del Gobernador de Santander y de sus secretarios, Bucaramanga, 9 de marzo de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2637 (Jueves 9 de marzo de 1893), 5301.

(Instrucción Pública), quienes habían mostrado en sus respectivas carteras ―inteligencia, celo y honradez‖.

La reelección del general Santos como gobernador de Santander fue saludada desde el 7 de marzo por sus amigos y copartidarios más cercanos, encabezados por Felipe Sorzano, quienes expresaron desde Piedecuesta que esa decisión del Gobierno Nacional había sido ―justamente deseada por los amigos de la causa nacional‖, especialmente si se tenía en cuenta que ―sus enemigos hicieron brillar y conocer sus méritos‖. Las portadas de los siguientes números de la Gaceta de Santander fueron empleadas para publicar todos los mensajes de felicitación recibidos de funcionarios, copartidarios y gentes del común. Uno de ellos, redactado por el prefecto de Charalá, don Luis Araque, mencionaba al ―laborioso, progresista y conciliador señor general en jefe don José Santos‖. Los funcionarios, hacendados y comerciantes de Rionegro telegrafiaron un largo mensaje de respaldo:

Nosotros, los habitantes de Rionegro, tenemos deuda sagrada para con vos, porque nos habéis dispensado especiales gracias y habéis impulsado nuestro comercio por todos los medios que están a vuestro alcance. Ayer el telégrafo y el teléfono, mañana el Ferrocarril que pasará por nuestro territorio, todo eso lo debemos a vuestra insaciable sed de progreso y a vuestro celo por el bien de los asociados… Habéis entrado de nuevo en el ejercicio de las funciones de Gobernador de Santander; pero nuestras felicitaciones no son para vos –aun cuando vuestra reelección implica un triunfo moral sobre vuestros gratuitos enemigos- porque bien sabemos cuán pesada es la carga que echáis a vuestras espaldas; nuestros parabienes son para el Jefe del Ejecutivo, que con tanto acierto llenó las aspiraciones de los santandereanos, y para estos, por ver realizados sus deseos75. Los ciudadanos de Simacota resumieron de manera más específica las virtudes y logros del primer período de gobierno del general Santos, entre ellos el proyecto de apertura del camino del Opón:

…desde que el señor General Santos gobierna el Departamento, reina la paz pública sin necesidad de que haya hecho sentir el poder de su autoridad, lo que prueba su grande influencia moral; ha desarrollada variadas e importantes obras de trascendental progreso, fomentándolas en la medida de sus facultades; ha dado impulso serio y eficaz a los ramos de Instrucción y Beneficencia; ha procurado la mejora de las vías de comunicación y los rendimientos de la Hacienda pública, y regularizado y celado la legítima inversión de las rentas, no sólo mediante la realidad de los servicios sino descargándolas de gravámenes innecesarios; y, en una palabra, la actividad de las industrias y la confianza de los asociados vienen determinando el avance regenerador de Santander bajo la liberal dirección del señor General Santos76. La caída de los precios internacionales del café propició un ambiente de inconformidad y de crisis económica que fue aprovechado por los liberales para promover una insurrección armada en enero de 1895, inicio de una nueva guerra civil que se concentró en la zona limítrofe entre Boyacá y Santander. La crisis cafetera y la guerra detuvieron las obras

75 Felicitaciones. Rionegro, marzo de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2647 (martes 18 de abril de 1893), 5342. 76 Felicitación. Simacota, 1º de abril de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2651 (Viernes 6 de mayo de 1893), 5857. Subrayados agregados.

viales, así como el movimiento de cargas y de recaudación de rentas, las cuales fueron reducidas a la mitad en las revisiones de los remates de su recaudo. Las licitaciones para las obras de fomento fueron suspendidas ante la caída de los presupuestos oficiales y por las trabas puestas por el Gobierno venezolano para permitir las exportaciones cafeteras por Maracaibo, una retaliación por el desenlace de la guerra y por los impuestos aduaneros y de bodegaje a las importaciones impuesto por el Gobierno colombiano con la ley 46 de 1892. La incapacidad de los gobiernos nacional y departamental para pagar las deudas y los gastos militares asociados con la guerra detuvo las esperanzas de progreso. Se produjo de inmediato una reducción de los sueldos y gastos de los funcionarios públicos, incluidos los correspondientes a los cuerpos de policía; se redujo el número y la periodicidad de los impresos oficiales, y el funcionamiento de las instituciones se hizo con el mínimo número de empleados.

Ante la crisis política, el gobernador José Santos fue sustituido por su paisano y amigo Antonio Roldán, y posteriormente por su secretario de Hacienda, Roso Cala, quien se desempeñó durante seis meses como gobernador interino, hasta que se produjo el nombramiento definitivo del general Alejandro Peña Solano, el 17 de enero de 1897, quien ya se había desempeñado como secretario de Gobierno. Al ser invitado, el 8 de febrero de 1896, a la ceremonia de posesión del Dr. Antonio Roldán como gobernador de Santander, pudo el general Santos presentar una síntesis de su último bienio administrativo (1895 y 1896), cuyos términos fueron los siguientes: Os entrego el Gobierno con la satisfacción que inspira el deber cumplido y sin el temor que debería ser natural, de que mis actos sean censurados ó improbados por las gentes sensatas capaces de apreciarlos debidamente. Este juicio, como el de la historia, me será favorable Dios mediante.

Positivo placer experimento al manifestaros que los gastos del servicio público están cubiertos hasta la fecha; que os dejo en las arcas de la Tesorería un superávit de más de ciento treinta mil pesos, y que el Gobierno nacional es deudor al Tesoro del Departamento de más de doscientos mil pesos a que asciende el valor de los suministros que se le hicieron en moneda corriente durante la guerra.

La última revolución ocasionó la unión del Partido Nacional, y por esto, como por haber dirigido todos mis esfuerzos a obtener tan importante resultado, no encontraréis hoy en Santander las denominaciones irregulares que lo dividían…

El pueblo santandereano no exige sino paz, seguridad en el ejercicio de sus derechos constitucionales y trato benévolo y afable de parte de sus mandatarios. En completa paz os entrego el Departamento, y vuestra energía, así como la prudencia y cortesanía que os distinguen, demostrarán que sois su digno y legítimo gobernante77.

El informe de esta transmisión del mando departamental fue una lección sobre el modo como se ejercían las funciones de un gobernador durante los tiempos del Estado centralizado, cuyo régimen constitucional provenía de la Constitución de 1886. Las responsabilidades y atribuciones más importantes estaban asociadas a la revisión, aprobación y publicación de las ordenanzas expedidas por las asambleas departamentales y de los acuerdos de los concejos municipales, en aquellos casos en que fuesen cuestionados

77 Posesión del Señor Gobernador del Departamento, en Gaceta de Santander, Año XXXVIII, No. 2926 (Martes 11 de febrero de 1896), 349-350.

por los ciudadanos a través de los memoriales o las denuncias presentadas ante los prefectos provinciales; y también la creación, modificación o traslado de cabeceras municipales, distritos electorales o judiciales, corregimientos, etc.

Un ejemplo representativo de esta última función es el decreto de traslado temporal de la capital de la provincia de Cúcuta desde San José a la Villa del Rosario, dado en 1892 como respuesta ante una epidemia estacional que se experimentó en esa provincia en los tiempos de la guerra civil que se había gestado en el territorio fronterizo de Venezuela. En ese entonces el gobernador era el responsable de declarar turbado el orden público ante cualquier conflicto armado o cierre de vías y puertos, pero también por causa de epidemias de viruela o cólera que pudiesen ingresar a las poblaciones con los viajeros, sus equipajes o mercancías. La preocupación por esas perturbaciones del orden había incluso autorizado al propio presidente de la República, o a quien este delegase, para ―ejercer el Poder Ejecutivo en cualquier punto del territorio nacional, en caso de conmoción interior‖ (Ley 12 de 1892).

También era responsabilidad de un gobernador el nombramiento de los empleados públicos necesarios para que la Secretaría de Gobierno Departamental ejerciera su autoridad en todos los municipios. Los empleos disponibles en esa nómina departamental eran los siguientes: subsecretarios del despacho, jefes y oficiales de sección 1ª y 2ª (norte y sur de Santander), corrector, archivero y portero, prefectos provinciales principales e interinos, alcaldes principales y suplentes (primero y segundo), inspectores de policía para los corregimientos, personeros municipales, notarios y registradores de instrumentos, miembros del cuerpo de gendarmes de las capitales provinciales, miembros de la banda de músicos, inspectores y sobrestantes de las obras viales, directores, médicos y guardianes de las cárceles y penitenciarías; directores, médicos y enfermeras del Lazareto, de los hospitales de caridad y del hospital militar de Bucaramanga, etc.

También debía nombrar y pagar los sueldos de los empleados de la Secretaría de Instrucción Pública: inspectores provinciales, directores, síndicos y maestros de escuelas y colegios, escuelas normales y Escuela de Artes y Oficios. También los empleados de la Secretaría de Hacienda: subsecretarios, jefes y oficiales del despacho, los funcionarios de la Tesorería Departamental (tesoreros general y auxiliar, contador departamental y auxiliar, colectores provinciales, jefes de sección 1ª y 2ª, tenedores de libros, secretarios, escribientes, portero-escribiente, colectores municipales, jefe de ejecuciones), los de la Administración de Correos y Telégrafos (administrador, telegrafista, auxiliar, cartero) y los empleados del Poder Judicial (magistrados, jueces, fiscales, secretarios, directores, médicos y celadores de las cárceles y penitenciarías).

Hay que advertir que aunque el gobernador era el responsable de nombrar a los funcionarios del poder judicial y del ministerio público, los telegrafistas, telefonistas, administradores de correos y administradores de rentas nacionales, todos estos eran pagados con fondos nacionales. Esto significa que los pagos de estos sueldos debían revisarse y aprobarse en segunda instancia por los funcionarios del gobierno nacional. Existieron excepciones a esta norma, como la ocurrida en 1894, en vísperas de la guerra, cuando el Ministerio de Guerra autorizó al general Santos para que, como gobernador y general en jefe del ejército, hiciera directamente nombramientos y concediera ascensos a los oficiales y soldados pertenecientes a los Batallones Rifles 14 y Tiradores 9, estacionados en Pamplona y Bucaramanga respectivamente (decretos del 19 y 22 de abril y 1º de mayo de 1894). El pago de esta creciente burocracia departamental fue atendida con los ingresos obtenidos por los impuestos a los aguardientes, las remesas de la Tesorería General, el

impuesto directo y otros ingresos varios, como la renta de registro, la renta de correo78 y el seguimiento a las donaciones, depósitos testamentarios o los bienes sin herederos. Para verificar el cumplimiento de las responsabilidades, obligaciones y rentas públicas en cada una de las instituciones departamentales, el gobernador debía realizar anualmente una visita a cada una de las provincias de Santander con el propósito de revisar los libros, inventarios, herramientas y ejecutorias de los representantes oficiales en cada capital provincial adscritos a la prefectura provincial, a los juzgados de circuito y a las oficinas de hacienda, así como se realizaban visitas protocolarias a las alcaldías y cabildos municipales para reafirmar la presencia y autoridad de las autoridades centrales nombradas por el Gobierno nacional. El régimen de la regeneración administrativa centralizada, como quería el presidente Núñez, funcionaba en todo el país gracias al empoderamiento de los gobernadores y a la eficiencia del servicio de los correos y los telégrafos.

Durante su primera visita oficial a los juzgados de San Gil, el general José Santos fue saludado por los miembros del Tribunal Superior del Distrito Judicial del Sur (de Santander), quienes desearon que

… los pasos que deis en esta peregrinación oficial dejen estampadas en el suelo santandereano las huellas o señales que deben servir de segura guía a los hombres que con infatigable celo se dedican honradamente al servicio público en distintas esferas y con diversas categorías, pero que todas deben girar, sin extralimitación alguna, en la órbita de esa poderosa ley moral, el honor, virtud fundamental del poder de las naciones y de la estabilidad de los Gobiernos79. En ese entonces ya existía una clara diferenciación entre las funciones y responsabilidades de los empleados de cada uno de los poderes públicos ante el Gobierno Nacional y ante el Gobierno Departamental, siendo los jueces quienes debían establecer las sentencias y aumentar las penas cuando los cargos puestos eran graves. No obstante, eran los gobernantes quienes decidían, acordaban y ejecutaban las penas de muerte, así como el Gobierno Nacional había conferido al gobernador de Santander la facultad para elegir y nombrar jueces principales, suplentes e interinos (ley 100 de 1892 y decreto 760 de 1893). Esta facultad, sumada a la que ya tenía para nombrar alcaldes con facultades policivas y atribuciones judiciales en primera instancia, permitía a los gobernadores contar con un poder judicial efectivo e inmediato sobre los ciudadanos. Era potestad del gobernador conceder o negar una rebaja de la tercera parte de la pena que les restaba cumplir a los presos más antiguos y de buena conducta de las cárceles y penitenciarias, acorde con la documentación debidamente arreglada, mediante la cual se debía demostrar que ―los reos tienen cumplidas las dos terceras partes de la pena impuesta; que han observado conducta ejemplar; que no se han fugado ni intentado hacerlo, y que el respectivo Tribunal superior ha dado informe favorable‖80.

78 Diligencias de visita practicadas por el Gobernador en las oficinas de la Provincia de Charalá, 12 y 14 de enero de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIII, No. 2409 (5 de febrero de 1891), 4390- 4391. 79 Anselmo MANTILLA. Discurso del Juez primero del Circuito de Guanentá. San Gil, 23 de abril de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIII, No. 2443 (Martes 5 de mayo de 1891), 4527. 80 Resolución 6 del 3 de febrero de 1891 proferida por la Gobernación de Santander, en Gaceta de Santander, No. 2410.

En promedio, semanalmente el gobernador Santos firmó tres resoluciones para otorgar o negar reducción de penas a los reos que las solicitaban, lo cual permite contabilizar, hasta mediados de enero de 1894, un total de 118 resoluciones de aprobación o rechazo a las peticiones de rebaja de una tercera o quinta parte de la pena. Era además potestad del gobernador Santos revisar los casos y conceder la libertad de los prisioneros que habían sido condenados por delitos que la nueva legislación penal no consideraba punibles o que habían pasado de ser delitos mayores a delitos de pena menor, según lo dispuesto por el decreto nacional 705 de 1891.

El Gobierno Nacional delegó a los gobernadores, y estos a los alcaldes municipales, la responsabilidad de organizar y asegurar la realización de las elecciones territoriales en los distritos electorales señalados al departamento de Santander por el decreto del 22 de febrero de 1888. Estos distritos fueron parcialmente modificados por el general Santos para ajustarlos a las variaciones de los censos electorales. Para la organización de las elecciones se debía nombrar una junta de ocho jurados electorales (principales y suplentes), quienes aseguraban y certificaban en cada municipio la elección de los miembros de los concejos municipales, asambleas departamentales, congreso nacional y, especialmente, las asambleas de electores que tenían la responsabilidad de elegir y proclamar al presidente y al vicepresidente de la República conforme con los resultados electorales departamentales (decreto nacional 511 de 1891), representando cada elector y su suplente, como hombres libres y capaces, a mil habitantes de cada distrito municipal del país.

Sin embargo, la Constitución de 1886 solo consideraba ciudadanos electores a quienes ―sepan leer y escribir, o que tengan una renta anual de $500 o propiedad inmueble de $1500‖81. Era responsabilidad del gobernador y sus secretarios confeccionar y publicar la lista de funcionarios públicos que no podían ser elegidos como electores, senadores, representantes, diputados, presidente, vicepresidente, ministros, magistrados, consejeros de estado, gobernador, procurador o jefe del ejército, de acuerdo al régimen de inhabilidades dispuestas en la ley 7 de 1888, sobre desempeño de funciones públicas durante los seis meses anteriores a las elecciones.

Para la elección de concejeros municipales y diputados a la asamblea departamental era obligación del gobernador informar semanalmente a los santandereanos, a través de la primera página de la Gaceta de Santander, que tenían ―derecho a votar todos los ciudadanos en ejercicio de sus derechos, inscritos en las listas respectivas‖82. Debía advertir las restricciones para la elección de los representantes al Congreso Nacional, pues solo tenían derecho a votar los ciudadanos alfabetizados y con las rentas mínimas establecidas.

Respecto a los medios para asegurar el progreso y el desarrollo de los emprendimientos de particulares, fuente de los ingresos tributarios, correspondía al gobernador atender y responder a las solicitudes de cesión de minas, los denuncios de minas abandonadas, la explotación y colonización de baldíos en las sabanas y selvas de los valles de los ríos Magdalena y Catatumbo, la construcción de tomas, falúas o desvíos de caudales de ríos y quebradas; la explotación de bosques, etc. El cumplimiento de las obligaciones de los concesionarios era garantizado con la creación de corregimientos y el nombramiento de inspectores de policía. Un buen ejemplo de estas disposiciones fue la

81 Elecciones. Bucaramanga, 6 de noviembre de 1891, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIII, No. 2493 (Jueves 12 de noviembre de 1891), 4725. 82 Elecciones, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXIV, No. 2536 (Miércoles 20 de abril de 1892), 4897.

creación del corregimiento de La Baja, en el municipio de California, y el nombramiento de un inspector especial encargado de supervisar los trabajos en las minas que allí habían sido establecidas (decreto 2 de junio de 1891).

Otra competencia era la gestión de recursos para la financiación de los presupuestos anuales, razón por la que el general Santos optó por decretar el remate público de las propiedades urbanas que la Gobernación no deseaba reconstruir o continuar financiando ante su detrimento, como fue el caso del teatro, el hospital militar y el colegio viejo de Cúcuta, una casa adjunta al hospital de caridad del Socorro (decreto del 30 de julio de 1891) y los lotes improductivos que tenía en el departamento en Oiba (decreto del 3 de agosto de 1892).

El mayor conflicto del general Santos fueron los comerciantes y empresarios bumangueses que resistieron sus disposiciones. Como gobernador estaba obligado a hacer cumplir el decreto nacional del 16 de marzo de 1892 que ordenaba, a partir del primero de julio de ese año, cumplir plenamente lo ordenado por la ley 79 de 1888. Esta ley había declarado ilícita la circulación de los billetes de los bancos particulares para favorecer el monopolio de los billetes del Banco Nacional. Los portadores de billetes expedidos por los bancos privados fueron obligados a permutarlos, según el cambio oficial, por los billetes del Banco Nacional, so pena de ser considerados como portadores de moneda falsa, con las consecuencias previstas en el Código Penal para ese delito.

En defensa de los intereses fiscales del departamento, estuvo obligado a interponer acciones judiciales para hacer efectivos los depósitos y donaciones testamentarias para beneficencia pública, como fue el caso del depósito para el Hospital de Caridad del municipio de Jordán, cuyos opositores llevaron el caso hasta el recurso de casación ante la Corte Suprema de Justicia (resolución del 17 de octubre de 1891). A esto se sumó un impuesto departamental sobre las mortuorias y las donaciones intervivos, acorde con la ley 113 de 1890, cuyos montos debían ir del 0,5% al 8%, con un 25% adicional por moratoria, y los réditos debían ser empleados por la gobernación para pagar los gastos de personal y material del Lazareto de Contratación (decreto del 29 de octubre de 1891).

Para garantizar la capacidad de gestión financiera y el manejo exclusivo de las rentas propias de cada municipio para la realización, contratación o pago de obras públicas, el general Santos decretó como rentas municipales los bienes, derechos y acciones de los distritos municipales; los bienes mostrencos y vacantes en sus límites, los bienes de personas sin herederos o testamento, los edificios, puentes y demás obras hechos con fondos municipales; la parte del impuesto directo otorgado por la ordenanza 23 de 1890, el derecho de pesos, pesas y medidas; el derecho de carnicería, almotacén, contribución para caminos, coso, pontazgo, juegos legales, multas, arredramientos, mortuorias, ingresos varios, productos de privilegios, donaciones, intereses de demora y los demás señalados por las leyes y ordenanzas (decreto del 24 de octubre de 1891). Sin embargo, el departamento preservó privilegios fiscales como el remate, concesión y usufructo anual de la renta de aguardiente, colectada en cada municipio trianualmente por un administrador particular.

Respecto a la defensa de la jurisdicción territorial, asociada con los límites de las gobernaciones y sus áreas de influencia, le correspondió al general Santos garantizar el reconocimiento, autonomía y seguridad para los cuerpos consulares residentes en Santander, especialmente el de los ciudadanos alemanes avecindados en Bucaramanga y Cúcuta. Al separarse de su cargo por licencia, el legendario cónsul titular P. G. Lorent sugirió para remplazarlo en el cargo de cónsul interino del Imperio Alemán en Bucaramanga a Gustav Wolkmann. Al general Santos se le informó sobre la decisión

tomada por el Ministerio de Relaciones Exteriores en tal sentido, y sobre la resolución nacional que lo condicionaba a aceptar y hacer válido ese reconocimiento en su jurisdicción departamental (resolución del 24 de agosto de 1891).

No obstante, era potestad de los gobernadores vigilar y actuar policivamente ante las conductas ilegales en las que pudieran incurrir muchos de esos alemanes, especialmente los asociados con la Casa de Lorent y Lengerke, quienes habían hecho parte de las empresas comerciales o habían financiado las campañas electorales de los dirigentes liberales del régimen radical extinguido, pues desde 1885 estos pretendían restaurar su hegemonía anterior por medio de las insurrecciones armadas que degeneraban en guerras civiles. Acorde con el artículo 13 de la ley 145 de 1888, relativa a los derechos de los extranjeros en Colombia, estos ciudadanos (alemanes, venezolanos, italianos, etc.) residentes en Santander tenían prohibido participar o financiar cualquier actividad política exclusiva de los ciudadanos colombianos, bajo pena de ser expulsados del territorio de la República de forma inmediata como medida ―conveniente al orden público‖. Esta postura del Gobierno Nacional fue expuesta en un comunicado por el ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez, al general Santos: ―Los individuos que tomen parte en elecciones políticas, o que pretendan usar del derecho de sufragio, ó que redacten periódicos políticos ó sirvan a empresas de esta especie, ó que de cualquier modo se ingieran en las luchas de los partidos, están comprendidos en la referida disposición y a ellos es aplicable la expulsión del territorio colombiano‖83.

El Gobierno Nacional, a través de sus gobernadores departamentales, intervino y reguló una de las principales mercancías de importación y tráfico libre de los inmigrantes desde mediados del siglo XIX, que eran las armas para el uso recreativo o la defensa personal. Ante la permanente amenaza de insubordinación y guerra por parte de los liberales asilados en la frontera venezolana, y considerando las atribuciones conferidas por la ley 14 y 36 de 1886 el decreto 561 de 1886, y las resoluciones regulatorias dadas por el Ministerio de Guerra, el general Santos decretó, el 13 de mayo de 1893, que la venta de armas y municiones en adelante quedaba sometida en Santander ―a la inspección y vigilancia de las autoridades competentes, que son los prefectos en las capitales de provincia y los alcaldes en los otros municipios‖84.

Para cumplir esa tarea de inspección y vigilancia mensual en las tiendas de los importadores y comerciantes de las armas para la caza o la defensa individual, así como de armas de guerra, municiones, explosivos o equipos de tropa, los alcaldes y prefectos fueron comisionados por el general Santos para llevar una ―rigurosa cuenta de las existencias de dichos efectos en los almacenes ó tiendas de la localidad, y llevarán un registro especial en donde dejarán constancia de las transacciones que se hagan de los indicados elementos, a fin de cerciorarse de que no se destinan a uso ilícito; transacciones que no podrán verificarse sin permiso escrito de las autoridades ya mencionadas‖. A quienes no se sometieran a la inspección o a quienes se comprobara la venta de las armas restringidas y prohibidas, se les podían imponer 200 pesos de multa y hasta 30 días de arresto.

La presión de las autoridades departamentales sobre los inmigrantes alemanes, sospechosos de colaboración con los liberales, motivó el traslado temporal de las funciones

83 Circular en ejecución del artículo 13 de la Ley 145 de 1888, sobre extranjería y naturalización. Bogotá, 27 de agosto de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2483 (Lunes 28 de sep. de 1891), 4685. 84 Decreto por el cual se reglamenta el comercio de armas y municiones, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2656 (Sábado 20 de mayo de 1893), 5378.

y jurisdicción del Consulado Alemán de Ocaña a la ciudad de Barranquilla (resolución 24 de septiembre de 1891), donde aquellos se establecieron mejor y se vincularon al desarrollo de los proyectos viales y ferroviarios que unirían a Ocaña con el Magdalena y a Cúcuta con Maracaibo. Fue así como el nuevo cónsul alemán, H. W. Brokate, ya no tuvo nada que ver con la sociedad santandereana (resolución 5907 del 2 de diciembre de 1892).

La regulación de las relaciones entre los inmigrantes y el Gobierno Nacional, a través del control de los gobernadores departamentales, determinó el bajo perfil de los siguientes cónsules extranjeros en Bucaramanga: Víctor Paillié, agente consultar de Francia; y C. Keller, agente consular de los Estados Unidos. A diferencia del protagonismo social de sus antecesores durante la experiencia federal, el de estos se redujo a la discreta presencia en los grandes eventos oficiales a los que se convocaba el cuerpo consular, tales como la solemne conmemoración militar y religiosa de los días 20 de julio, o a la celebración literaria y musical asociada.

El general Santos representó al Gobierno Nacional y a algunos gobernadores vecinos en algunos eventos oficiales. Por ejemplo, durante la inauguración oficial de las obras de la Compañía del Camino del Carare, el 18 de mayo de 1891, el general Santos habló por ―los intereses de Santander y de Boyacá, por comisión de su progresista gobernador, señor doctor Próspero Pinzón‖85. Esta confianza de los boyacenses y de su colega le valdría posteriormente el cargo de gobernador Boyacá (1897-1898), cuya tradición provenía de los tiempos en que visitaba a las gentes de la provincia de Tundama en sus correrías, moviéndose entre Charalá y Duitama por Virolín o el páramo de La Rusia. En contrapartida, el general Santos confió la seguridad militar de Santander, durante la guerra de 1895, al general Rafael Reyes Prieto, natural de Santa Rosa de Viterbo, quien llegaría a ser el político y militar más influyente después de la Guerra de los Mil Días.

El general Santos dio continuidad a las decisiones e inversiones gubernamentales promovidas por sus antecesores en beneficencia y caridad pública, asociadas a los lazaretos y hospitales de caridad, al sostenimiento de los colegios públicos provinciales, a la continuidad de la Escuela de Artes y Oficios, al mejoramiento y reforzamiento de los establecimientos de castigo, al mejoramiento y la consolidación de los servicios públicos (telegrafía, telefonía y electricidad), a las publicaciones departamentales para la divulgación de las decisiones y convicciones del Partido Nacional (Gaceta de Santander, La Escuela Primaria, Revista Judicial del Norte y Revista Judicial del Sur) y al sostenimiento de la Banda de Música Departamental, una institución que amenizaba las fechas cívicas con gran solemnidad, ritualidad religiosa y rigurosidad militar, temporalmente financiada por el Ministerio de Guerra.

Acorde con el régimen educativo regido por Concordato de 1887, cada colegio municipal o provincial en Santander debían contar con una junta administradora encargada de los asuntos organizacionales, financieros, educativos y morales. Los colegios municipales debían ser administrados por el cura párroco, dos vecinos elegidos por la gobernación y otro elegido por el concejo municipal; los colegios provinciales, como el de San José de Guanentá y San José de Pamplona, debían ser administrados por una junta integrada por el cura párroco, el prefecto provincial, el colector provincial de hacienda y tres vecinos nombrados por la gobernación (ordenanza 9 de 1888). Sin embargo, a partir de la administración del general Santos, en concordancia con lo dispuesto por el Ministerio de

85 Inauguración de los trabajos del Camino del Carare. Vélez, 18 de mayo de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2549 (Sábado 27 de junio de 1891), 4589.

Instrucción Pública, desde el 1º de enero de 1892 las juntas administradoras locales o provinciales fueron sustituidas por juntas de inspección, a cargo de inspectores provinciales de Instrucción Pública adscritos a la secretaría departamental del ramo.

Esta centralización de la administración de la instrucción pública fue complementada con la eliminación de las juntas de fomento (que administraban el sistema de contratación de caminos por concesiones o patentes), de la Junta de Beneficencia (que regulaba los lazaretos y hospitales de caridad) y de la Junta Departamental de Hacienda que regulaba los remates de la renta de aguardientes, degüello y pontazgos. En adelante todos los administradores de esos ramos fueron nombrados directamente, y sin consulta, por el gobernador Santos. La réplica de los influyentes empresarios de Bucaramanga no se hizo esperar, tal como los ejemplifica el memorial firmado el 21 de marzo de 1892 por don Reyes González y don Sinforoso García. La respuesta dada por el general Santos es un índice de la independencia del Estado de la experiencia regeneradora respecto de los intereses de los particulares: esas juntas no eran ya necesarias porque el gobernador y sus secretarios del despacho podían velar directamente por el incremento y buen uso de las rentas públicas, sin atender a algunas críticas, quizás bien fundadas, de que las adjudicaciones de los contratos favorecían solo a los conservadores de las provincias.

Los inspectores de instrucción pública tuvieron a cargo la supervisión del manejo financiero, disciplinario y moral que se prestaba a los estudiantes que aprobaban la educación secundaria y eran becados para continuar sus estudios en la Universidad Nacional, y en especial la vigilancia de la administración realizada por los rectores de los establecimientos de instrucción secundaria financiados por el Gobierno Nacional o subvencionados por el departamento. Esas instituciones eran el colegio de varones de San José de Pamplona, el colegio San José de Guanentá, el colegio de varones del Socorro, el colegio de varones de Vélez, la Escuela de Artes y Oficios de San Gil, el colegio de señoritas de Ocaña, las escuelas normales de Bucaramanga y Socorro, y la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga. A ellas se agregaban las ―escuelas superiores‖ que se habían creado durante el gobierno del general Santos en capitales provinciales como Charalá, Málaga, Bucaramanga, Ocaña y Cúcuta, donde no se contaba con colegios públicos o privados para dar continuidad a los estudios aprobados en las escuelas de instrucción primaria.

También era competencia del gobernador, del secretario de Instrucción Pública y de los inspectores provinciales vigilar el funcionamiento y los servicios prestados por los colegios de instrucción secundaria de carácter privado o de propiedad de congregaciones religiosas. En la provincia de Cúcuta existía un colegio de particulares establecido en Salazar y dos más en San José, en la provincia de García Rovira estaba el colegio de San José, promovido por el cura párroco de Málaga; en la provincia de Guanentá el colegio de señoritas establecido y regentado por las Hermanas de la Caridad, también encargadas del asilo de indigentes; en la provincia de Ocaña existía un colegio de particulares asociados entre sí; en la provincia de Pamplona funcionaban algunos establecimientos religiosos como el Colegio Seminario y el colegio de la Presentación de las Hermanas de la Caridad, así como otros particulares: el Liceo de San Luis Gonzaga, el colegio de las Mercedes y el colegio de la Concepción. En la provincia del Socorro, el colegio de señoritas de la Presentación de las Hermanas de la Caridad, el colegio de la Concordia, el Instituto Pestalozziano y el colegio de varones de Suaita. En la provincia de Vélez, dos colegios de particulares.

En la provincia de Soto los inspectores tenían la responsabilidad de informarse sobre el funcionamiento de colegios de particulares como el colegio de varones de Suratá, el colegio de Nuestra Señora de las Mercedes (Suratá) y el colegio de Bolívar (Piedecuesta), con su escuela anexa, así como sobre los colegios religiosos como el colegio de señoritas de las Hermanas de Caridad que se encargaban del hospital de Piedecuesta, y el colegio del Sagrado Corazón de Jesús de Bucaramanga, regentado por las Hermanas Bethlemitas. Hay que destacar que el papel de las hermanas de la caridad como institutoras en las escuelas y colegios era muy reconocido en cada municipalidad por estar acorde con la moral católica y los principios de orden y autoridad promovidos por el Estado. La ordenanza 18 de 1894 había facultado al general Santos para contratar y traer a Santander ―una congregación religiosa docente que se encargue de la dirección de algunas escuelas primarias‖.

El informe presentado por el general Santos a su sucesor advirtió sobre la baja cobertura de la instrucción pública en algunas provincias del departamento. Esto motivó a la Asamblea Departamental y al nuevo gobernador a promover la creación de nuevos colegios departamentales en las provincias más distantes de Santander. Esta necesidad produjo la creación de institutos de instrucción secundaria para señoritas en varios municipios de las provincias de Málaga, Socorro y Vélez (ordenanza 9 de 1892), así como de un colegio de varones en el municipio de Salazar. Los lotes y los pupitres eran provistos por las administraciones municipales, y la gobernación se encargaría del nombramiento y pago de los sueldos de los maestros.

Ante el incremento de los costos y gastos que implicaba crear y financiar el funcionamiento de nuevos colegios, el gobernador y la asamblea optaron por fomentar el servicio público de educación en los colegios de particulares por medio de auxilios departamentales anuales, siempre y cuando esas instituciones privadas estuviesen dispuestas a acatar la inspección y control central del gobierno departamental, a contar por lo menos con 20 estudiantes y a someter a inspección y aprobación del gobernador su reglamento interno de funcionamiento. Acorde con esas condiciones, el primer colegio privado que se acogió a la cofinanciación oficial fue el colegio ―La Unión‖ de Suaita, que obtuvo un auxilio anual por 500 pesos dispuesto en la ordenanza 31 de 1892.

Considerando que el Gobierno Nacional era responsable de las escuelas normales (ley 89 de 1892 y decreto 349 de 1892), y que la ley 63 de 1892 le había concedido facultades para comprar, construir o reconstruir los locales para las normales en los municipios más convenientes de Colombia, el gobernador de Santander concentró su atención en las escuelas superiores, especialmente las que había creado en Piedecuesta y Charalá durante su primer año de administración. Para ello, la ordenanza 12 de 1892 dispuso transformar su carácter y finalidad, convirtiéndolas en institutos de educación secundaria ―bajo la denominación de colegios provinciales de Soto y Charalá‖, cuyas asignaturas de enseñanza debían ser las mismas que tenía la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. Se debía entonces impartir ―instrucción profesional‖ (ley 89 de 1892), asumiendo la Gobernación de Santander los gastos de local, mobiliario y empleados. En las capitales provinciales donde existían colegios de varones, como era el caso de San Gil y Pamplona, el general Santos dispuso complementar la formación académica y científica tradicionalmente impartidas en ellos (decreto nacional 196 de 1889) con cátedras en artes y oficios, dirigidas a quienes no podían continuar la instrucción secundaria. Para ello, la ordenanza 20 (22 de julio) de 1892 dispuso que los colegios de San José de Guanentá y San José de Pamplona establecerían escuelas en artes y oficios como secciones

anexas, en las cuales los maestros graduados contratados y dotados por la gobernación debían atender a por lo menos diez ―jóvenes de reconocida pobreza y aptitud‖, escogidos y becados por el gobernador. Fue así como San Gil contó con una escuela de artes y oficios privada, a cargo de la Sociedad San Vicente de Paúl, y otra pública localizada en el colegio departamental de varones. La necesidad e importancia de la Escuela de Artes y Oficios para Pamplona fue planteada y reclamada por el obispo de la Diócesis de Nueva Pamplona.

La expansión y regionalización de la instrucción práctica en artes y oficios por todo Santander había sido la consecuencia de los actos públicos de graduación de jóvenes maestros titulados por la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga (herrería, carpintería, zapatería y guarnicionería), gracias a las becas otorgadas por la gobernación, cuyos beneficiados fueron escogidos por los generales Quintero Calderón y Santos. Durante la sesión solemne de graduación realizada en la Asamblea Departamental, el 30 de noviembre de 1891, el general Santos manifestó su satisfacción por los logros morales, académicos y laborales de la nueva generación de santandereanos, elevó los sueldos del rector y del vicerrector para el siguiente año, y dispuso la extensión del modelo de las escuelas de artes y oficios a las demás provincias de Santander. Fue autorizado además por la Asamblea para establecer la enseñanza teórica y práctica de la mecánica y la fundición metálica (ordenanza 52 de 1892), que contaría con el apoyo de la compañía industrial que habían formado Orestes Bautista y los hermanos Eugenio y Mariano Penagos. La ambición fue más lejos, pues un año después se diseñó la enseñanza de la veterinaria teórica y práctica, cuyo profesor debía actuar a su vez como inspector de carnes y ganados del departamento (decreto del 23 de diciembre de 1893).

A partir de lo dispuesto por el decreto del 17 de diciembre de 1891, el general Santos concedió a los concejos municipales autorización para que los maestros graduados de la Escuela de Artes y Oficios establecieran en cada municipio un taller para la formación de hasta cinco jóvenes en los conocimientos técnicos y prácticos aprendidos. Culminado el proceso de formación, el prefecto provincial debía certificar que los maestros graduados habían cumplido el compromiso que había adquirido con su beca, y los aprendices debían ser examinados y certificados por los inspectores provinciales de Instrucción Pública. Para garantizar la culminación de la formación en el oficio dispuesto, los aprendices debían otorgar una fianza ante el alcalde municipal y quedaban obligados a pagar 200 pesos de multa en caso de abandonar los estudios (decreto del 17 de diciembre de 1891).

La gestión del general Santos y de su secretario de Instrucción Pública respecto de las escuelas de instrucción primaria garantizó los locales para su funcionamiento, el nombramiento de directores y maestros y el pago total de los salarios de las directoras de las escuelas de niñas (decreto 6 de marzo de 1893). La supervisión de los inspectores provinciales fue complementada con la dotación de recursos didácticos, previamente sometidos a la censura de las autoridades religiosas, educativas y políticas, como fue el caso de los tres mil ejemplares de la Nueva Ortografía de la Lengua Castellana publicados por las señoras Virginia de Blume, Felisa y María de Jesús Martínez, que fueron distribuidos en todas las escuelas del departamento por el inspector general, cumpliendo lo dispuesto por la ordenanza 8 (12 de julio) de 1892.

La selección de un manual de ortografía castellana, antes que de un libro de ciencias aplicadas o de asuntos comerciales, es una muestra de los alcances de la trinidad ideológica de la Regeneración promovida por el Partido Nacional para remediar ―la catástrofe‖ de valores, pedagogías y costumbres que atribuyeron a la experiencia federal del liberalismo radical. Para conjurar todo intento de restauración del régimen educativo anterior, desde la

creación de la Academia Colombiana de la Lengua se había promovido la pureza de la lengua castellana mediante el estudio de la gramática y de la muestra de los talentos literarios en los certámenes públicos, la limpieza del alma a través de la censura de las prácticas, lecturas y costumbres morales por las autoridades eclesiásticas; y la sujeción de los cuerpos y las sensaciones a partir del acatamiento de los manuales de urbanidad y los códigos de policía, así como la conservación del orden público por medio de cuerpos de gendarmes.

La elección de los libros de enseñanza que debían consultar los santandereanos, acordes con los principios morales promovidos por el Gobierno Nacional, fue reafirmada por las atribuciones de regulación y censura a los impresos conferidas legalmente al general Santos. Conforme a la resolución del 3 de julio de 1893, la Secretaría de Gobierno de Santander dio curso a una solicitud del cura párroco de Bucaramanga, José María Villalba: sobre la base del artículo 38 de la Constitución, del decreto 151 de 1888 y de la resolución del Ministerio de Gobierno del 2 de abril de 1889, fue prohibida la venta pública de los libros titulados Contra el Altar y el Trono y Las dominicales del libre pensamiento, así como de los periódicos El Progreso de Nueva York y La Estrella de Guatemala, por ofender ―la moralidad pública con escritos escandalosos y obscenos‖.

El apoyo más importante dado por el general Santos al fomento de la innovación técnica fue el respaldo dado a la compañía de los hermanos Eugenio y Mariano Penagos, inmigrantes españoles que en su taller de mecánica sirvieron a los hacendados cafeteros y paneleros de Santander. Llegaron a Bucaramanga en mayo de 1892, procedentes de Caracas, e inicialmente se dedicaron a la cerrajería y fundición hasta finales de 189586. Desde su llegada contaron con el apoyo y respaldo del comerciante más importante e influyente de Bucaramanga, don Reyes González, convirtiéndose en los técnicos encargados de diagnosticar, reparar, elaborar repuestos o adaptar a las necesidades locales los mecanismos requeridos por los trapiches, calderos, molinos, descerezadoras y clasificadoras de café, tornos, telégrafos, teléfonos y mecanismos de producción de electricidad domiciliaria o industrial. En tiempos de la guerra llegaron a fabricar cañones o adaptar otros artefactos para tal fin, recalzaron las balas empleadas en combate y elaboraron moneda oficial (macuquinas) con los casquillos de las balas.

El general Santos articuló la destreza y conocimientos de los hermanos Penagos a sus proyectos de fomento y desarrollo vial, al pedirles, cuando finalizaba la guerra de 1895, el rediseño, traslado y reconstrucción del puente colgante que comunicaba a Bucaramanga con Lebrija y Rionegro sobre el Río de Oro. Fue tal su complacencia por la obra culminada que no solo ordenó pagarles el contrato pactado sino que garantizó su consolidación empresarial en Bucaramanga del modo siguiente: como los trabajos habían sido pagados a los hermanos Penagos por el sistema de planilla, el día de la inauguración el general Santos, muy satisfecho con la obra, llamó a su despacho a Eugenio Penagos y le dijo: ―Haga de cuenta que no le hemos pagado nada. Elabore una cuenta por todo el dinero que necesitan para terminar de traer todas esas máquinas que tienen por allá pudriéndose en Cúcuta y para que terminen de pagar la casa. Quiero que se instalen bien aquí, porque Santander los necesita‖87.

Ese respaldo oficial les permitió convertirse en el taller industrial más importante de Colombia en ese momento, pues contaba con máquina de vapor y caldera, taladro, torno,

86 Emilio ARENAS. El camino de Hierro, Bucaramanga, el autor, 1994, 108-109. 87 Emilio ARENAS, obra citada, 32.

una máquina para roscar tornillos, un horno para la fundición de hierro y su corte en frío, molinos, herramientas e insumos para el funcionamiento de telégrafos, teléfonos, ruedas pelton y dínamos para la producción de electricidad. Establecieron una sucursal del taller en la próspera región agroindustrial de Rionegro, donde se encontraban las haciendas más productivas, la mayor demanda de mantenimiento o reparaciones técnicas, y donde residían los políticos y hacendados más influyentes de la provincia de Soto que podían protegerlos durante las guerras civiles por su condición de extranjeros.

A la par del desarrollo metalmecánico que permitió la diversificación de la agroindustria cafetera, durante la administración del general Santos se consolidó la industria cigarrera con disposiciones legales para su fomento (decreto 1343 de 1893), comenzó el uso del papel litografiado para el empaque de los productos según los contratos otorgados (decreto 1290 de 1898), mejoraron las rentas fiscales (decretos 1624 y 1659 de 1893 y decretos 300 y 455 de 1894) y se concedieron privilegios de exclusividad. Respecto a la producción cigarrera en Santander, el Gobierno Nacional decretó por vía de contrato el modo como debía hacerse el abastecimiento, la manufactura y la comercialización de los productos de la fábrica de cigarrillos del empresario Daniel D‘Costa Gómez (contrato nacional del 5 de octubre de 1893). Todos esos estímulos y regulaciones legales fueron la base para que la industria cigarrera se constituyera en la principal fuente de ingresos y rentas urbanas de Santander durante la primera mitad del siglo XX.

Asociada la caridad pública y los auxilios oficiales para beneficencia tradicionalmente con el Lazareto departamental, al alterar el general Santos las prácticas administrativas y hospitalarias con la supresión de la Junta de Beneficencia (1º de septiembre de 1890) y la restitución al prefecto provincial del Socorro sus funciones de financiación, administración, inspección y justicia del lazareto de Contratación, fue preciso buscar nuevos ingresos y rentas para financiar anualmente el pago de las raciones para los enfermos, el sueldo del administrador, sus cabos y enfermeras, así como el pago de la burocracia oficial de ese municipio especial integrada por un alcalde, un secretario, un contralor, un juez y un carcelero escogidos entre los enfermos asilados de mejores calidades y condiciones.

Una de esas primeras fuentes alternas de ingresos para el Lazareto de Contratación provino de la colecta que realizó en Bogotá y en Cundinamarca el líder e ideólogo del ala ―histórica‖ del conservatismo, Carlos Martínez Silva, quien reunió más de mil pesos entre los banqueros, familias pudientes, empresarios y donantes anónimos. Esta circunstancia motivó al general Santos a nombrar un administrador capaz de gestionar entre la clase política y empresarial auxilios, donativos y limosnas para el mejoramiento de las condiciones de vida de los recluidos en el lazareto, así como para hacer cumplir de forma rigurosa y policiva lo dispuesto por la Junta Central de Higiene sobre higiene, salubridad y desinfección de los leprosos (acuerdo 13 del 23 de febrero de 1892).

Otra fuente de ingresos para la beneficencia fue la promoción de donaciones entre las familias y autoridades más representativas de los municipios santandereanos. Durante la ceremonia de conmemoración de la independencia nacional se organizó una junta de beneficencia en Bucaramanga y el general Santos convocó las donaciones con el siguiente discurso:

La importante ceremonia que se cumple actualmente… tiene hoy un elemento más digno y más aceptable, si se quiere, ante los ojos de Dios: la santa caridad. Veis aquí al virtuoso y respetable Cura párroco asociado de distinguidas señoras y señoritas y de los miembros de la

Junta de Beneficencia, que para hacer más grato el recuerdo a los Padres de la Patria, han escogido este acto para inaugurar el Bazar de los Pobres, que tanto se necesita y que de tanta utilidad será en esta población. Ellos, incansables en hacer el bien a nuestros hermanos que gimen en la desgracia y el desamparo, apelan hoy a los humanitarios sentimientos de los santandereanos, poniendo por intermediarios a los que todo lo dieron y lo sacrificaron por nuestro bienestar futuro; y muy justo es que dando el ejemplo los que nos hallamos presentes, consignemos nuestro óbolo para plantar así los cimientos de uno de los más grandes monumentos que podemos consagrar a la memoria de los libertadores88. Este gobernador de Santander también promovió las loterías públicas como una fuente directa de ingresos para su inversión en beneficencia pública y caridad en los establecimientos hospitalarios que lo requerían. La Lotería de Santander fue creada mediante contrato firmado el 17 de septiembre de 1891 por el secretario de Hacienda, Roso Cala, con Secundino Anuexy, ―súbdito español, del comercio de San José de Cúcuta‖, si bien su publicación solo se hizo en octubre de 1894. El informe presentado por el tesorero general al secretario de Hacienda es la fuente sobre el origen de la Lotería de Santander:

Tengo el honor de participar a usted que el señor Secundino Anuexy ha entregado en esta oficina la cantidad de $600 en moneda corriente, con fecha 25 de los corrientes, en virtud del ―contrato de privilegio sobre establecimiento de una Lotería pública en el Departamento de Santander, con domicilio en San José de Cúcuta‖, suma que corresponde al Hospital de Caridad del Socorro y al Asilo de indigentes y Hospital de Caridad de Bucaramanga, por partes iguales, y como prima del primer sorteo verificado de acuerdo con el contrato citado. En esta misma fecha se ha hecho el envío a los Síndicos ó representantes legales de los expresados Establecimientos de Beneficencia, de las sumas que a éstos les corresponden89. La Asamblea de Santander no descartó la opción de librarse de la carga financiera que suponía la existencia del Lazareto de Contratación, para lo cual autorizó al general Santos a gestionar algún convenio que permitiera enviar a los leprosos al lazareto nacional establecido en Agua de Dios (Cundinamarca) y así demoler el casco urbano de Contratación (ordenanza 29 de 1894). Ante las inquietudes sociales que esta autorización produjo, finalmente este gobernador aseguró a los enfermos y benefactores del Lazareto que no se variaría en nada la organización municipal dada a Contratación.

Dada su condición de general del Ejército Nacional, uno de los principales esfuerzos del gobernador Santos fue el establecimiento de un cuerpo de gendarmería en Santander (decreto del 20 de agosto de 1888), distribuido entre las capitales político-administrativas de las provincias, especialmente en las que en el pasado habían sido escenario de insurrecciones liberales y de levantamientos armados (decreto del 15 de septiembre de 1891). Entendido como fuerza de policía para repeler alteraciones del orden público interior, propuso que sus integrantes debían ser un ―positivo beneficio al orden y a la seguridad generales… modelos de actividad, de respeto por los derechos individuales y de

88 Alocución del Gobernador de Santander en el LXXXIII Aniversario de la Independencia Nacional. Bucaramanga, 20 de julio de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2670 (Jueves 20 de julio de 1892), 5433. 89 Consignación. Bucaramanga, 27 de septiembre de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2893 (Jueves 5 de octubre de 1893), 5526.

energía para proteger esos mismos derechos.‖90 El modelo sería el reglamento de la policía de Bogotá.

Los cuerpos provinciales de gendarmería estarían integrados según el tamaño de la población y las necesidades de orden público. El de Bucaramanga tendría un jefe e inspector general, cargo servido por un coronel efectivo; un ayudante-secretario, un sargento 1º, un sargento 2º, tres cabos (1º, 2º, 3º) y veinte gendarmes (decreto del 26 de octubre de 1891 y visita practicada por el secretario de Gobierno el 6 de octubre de 1891). Si bien se pretendía mantener esta misma estructura en las demás capitales provinciales, finalmente se reguló que cada cuerpo provincial tendría un inspector, un ayudante, un sargento, un cabo y hasta dieciséis gendarmes (decreto del 15 de diciembre de 1891).

Los agentes de policía formados y entrenados como miembros del cuerpo de gendarmería de Santander en cada cabecera provincial, conforme las orientaciones del general Santos, fueron también una de las fuentes de gendarmes solicitados por el ministro de Gobierno para conformar un cuerpo de Policía Nacional (Ley 23 de 1880), integrado inicialmente por 400 agentes caracterizados por la severidad de costumbres, mediana educación y vigor físico (circular del secretario de Gobierno del 11 de noviembre de 1891). Gozarían de nombramiento oficial, carrera de ascensos y sueldo básico, con incrementos acordes con las prácticas adoptadas por las gendarmerías de cada departamento.

A la presencia oficial de guardas civiles del orden público y de un cuerpo armado de agentes encargados de las cárceles y penitenciarias públicas, se sumó el interés que puso este gobernador en la consolidación de la Banda Departamental de Música, integrada por músicos profesionales contratados como empleados públicos. Su estructura, organización y reglamentación tendrían carácter y jerarquía militar, pues la banda estaría bajo el mando de un teniente, un sargento primero o un subteniente, quienes debían cumplir con sus responsabilidades durante los actos oficiales, ensayar rigurosamente y denunciar a los desertores. Este régimen militar de los músicos oficiales tenía como fin mantener el ―vigor y la disciplina‖, una razón por la cual ese cuerpo estaría adscrito a la guarnición de la fuerza nacional establecida en la plaza de Bucaramanga (decreto nacional del 1º de octubre de 1890). El decreto del 17 de septiembre de 1891, reformatorio del dado el 12 de noviembre de 1889, dispuso la organización definitiva y los sueldos que tendrían los músicos de la Banda Departamental, bajo el mando de un capitán director, un capitán músico mayor, cinco subtenientes músicos, once subtenientes músicos, siete sargentos músicos y un cabo. Uno de los miembros de esa banda fue don Alejandro Villalobos, músico y compositor notable en la historia musical de Santander, quien fue ascendido de sargento músico a subteniente por el decreto del 20 de octubre de 1891.

Al ser considerados cuerpos del servicio público, gendarmes y músicos tuvieron el mismo régimen de nombramiento, contratación y pago. Los salarios se cancelaban de acuerdo a las semanas cumplidas por medio de vales de tesorería, expedidos a partir de una lista nominal sobre los reconocidos como parte de cada cuerpo al pasarse revista a los mismos durante la primera semana de cada mes (decreto del 19 de noviembre de 1891). Cada cuerpo provincial contaba, al igual que las alcaldías y las cárceles, con asignaciones anuales para el pago del arrendamiento de local, compra de útiles de escritorio y pago del alumbrado público (decreto del 17 de diciembre de 1891).

Para garantizar la actividad policiva de los cuerpos de gendarmes, asegurar a los infractores del orden público y contener la fuga de los delincuentes e insurgentes, después

90Informe del Gobernador de Santander, 1890. Citado, XIV.

de garantizar el funcionamiento de las secretarías departamentales, las prefecturas provinciales, las alcaldías municipales y los establecimientos de instrucción primaria y secundaria, el gobernador Santos promovió e hizo aprobar la ordenanza 32 (30 de julio) de 1892, por la cual se concedieron auxilios departamentales para la refacción, construcción o reconstrucción de las cárceles distritales de cada municipio y provincia, y en algunos casos la totalidad de las casas municipales en donde se hallaban ubicadas, a lo cual se sumaron auxilios para refaccionar otros establecimientos de servicio público de responsabilidad departamental como eran las escuelas, hospitales, puentes y acueductos.

Con el nombramiento de José Segundo Peña como director general de la Policía Nacional (1º de septiembre de 1892) y la organización de la misma a partir del cuerpo de Gendarmería de Cundinamarca, los gendarmes de Santander, encabezados por el general Santos, debieron reorientar su jerarquía de mando y la toma de decisiones en el ámbito municipal, provincial y departamental. La existencia de cuerpos de gendarmes en cada capital provincial, con la presencia de efectivos de la fuerza nacional en las fronteras, la capital departamental y los puertos o estaciones ferroviarias, garantizó a los generales conservadores que se desempeñaban como gobernadores, y al ministro de Guerra, la circulación permanente de información o denuncias sobre las actividades políticas, acciones insurgentes o planes bélicos de los liberales en oposición. De allí que en una de las tareas prioritarias de los gendarmes de policía y de los cuerpos de seguridad fuese el decomiso y destrucción de los periódicos insurgentes extranjeros, entre los cuales se encontraba El Contador, editado en San Cristóbal, Venezuela (resolución del 23 de mayo de 1824), siendo multados y apresados quienes los tuviesen en su poder al ser requeridos por los agentes del orden.

En marzo de 1895, tanto en los vapores y vagones de ferrocarril, como en los carteles fijados en las esquinas de las capitales, se advirtió a la población que debería estar preparada para la nueva conspiración de los liberales que alteraría el orden público en las prósperas regiones cafeteras. El gobernador Santos se fundó en los temores públicos para declarar turbado el orden público en Santander, asumiendo la condición de jefe civil y militar e implantando la ley marcial, con lo cual pudo legislar por medio de decretos y ordenar empréstitos forzosos. Fue declarada abiertamente la guerra contra los insurgentes liberales. Santander no contaba para ello con rentas públicas suficientes y ni siquiera había recaudado aún los 350.000 pesos que habían sido reconocidos por la Nación por concepto de los empréstitos y gastos hechos en el departamento durante la guerra de 1884-1885.

A semejanza de sus predecesores, la principal preocupación del general Santos fue el mantenimiento permanente de los caminos centrales y provinciales del departamento, la continuidad de los proyectos viales inconclusos, como los caminos del Carare, Botijas y de Lengerke; la construcción de puentes sobre los ríos Oro y Manco, la interconexión ferroviaria con Antioquia, Cundinamarca y Venezuela por medio del Ferrocarril de Santander, el Ferrocarril de Ocaña, el Ferrocarril de Cúcuta y el ferrocarril de la Frontera.

El papel del Partido Nacional y los beneficios de la regeneración fueron reconocidos a la hora de nombrar los sitios más emblemáticos de la red vial, pues se usaron los apellidos de las figuras más importantes de esa experiencia histórica. Ejemplo de ello aconteció al instalarse los trabajos preparatorios de la Compañía empresaria del Camino del Carare, cuyas principales paradas fueron bautizadas con los nombres de los grandes caudillos de la Regeneración como fueron la Estación Holguín, la Estación Núñez, etc.

La postura del gobernador Santos y de sus secretarios del despacho era que los alcaldes, personeros y concejales municipales debían hacer más por dirigir los trabajos en

las vías públicas, con lo cual deberían dar prioridad a la elaboración de las listas anuales de contribuyentes para el mejoramiento de los caminos. Era tradición de los empleados municipales la indiferencia hacia el cumplimiento estricto de sus deberes en los ramos más importantes de la Nación, aduciendo los bajos salarios que se les pagaba o el desinterés de sus conciudadanos por aportar para las obras públicas. Por ello durante el quinquenio de la administración Santos se asumió como asunto de interés general la centralización, contratación, financiación y ejecución de obras públicas que no habían sido lideradas ni gestionadas por las administraciones locales ante sus limitadas rentas. Estas obras públicas fueron: -La construcción del camino de herradura que unía a Bucaramanga con Peñas Blancas (Rionegro), el cual iba desde Sabaneta, Cáchira y Angostura hasta el puerto de Botijas, junto al río Lebrija (decretos del 10 de abril y 6 de julio de 1891), bajo la dirección del general Juan Bautista Carreño (como vigilante proveedor general) y con el apoyo de inspectores especiales en representación directa del gobernador, y tres sobrestantes (decreto del 9 de noviembre de 1891). -La construcción de un puente provisional de alambres sobre el río Lebrija, en el puerto de Botijas, siendo administrado el contrato por un director, un sobrestante, quince peones y la mano de obra calificada en aserraderos y carpintería que fuese necesaria (decretos del 10 de febrero, 25 de abril y 23 de mayo de 1892). Este puente fue recompuesto por los daños que le causó una creciente del río (decreto del 23 de enero de 1894). -La revisión y rescisión de los contratos con los accionistas de la Compañía constructora del camino de herradura de Bucaramanga a Sabana de Torres, el camino a Puerto Wilches, el ferrocarril de Santander hasta Puerto Wilches y sus caminos conexos (contrato y decreto de 13 de junio de 1891). -El nombramiento de inspectores especiales para el inicio o continuación de trabajos en las vías centrales de Vélez y García Rovira por la ruta Umpalá–Cepitá-Molagavita (decreto del 17 de junio de 1891). -La conservación del camino central de Bucaramanga a Floridablanca por el sistema de administración, sobrestante (Andrés Santos) o inspector general (decretos del 19 de junio, 29 de junio y 17 de agosto de 1891). -El reconocimiento oficial del privilegio nacional y la organización definitiva (15 de agosto de 1891) de la Compañía Empresaria del camino del Carare, encargada de interconectar a Boyacá con Antioquia a partir de Vélez, bajo la gerencia de Wenceslao Camacho (contrato nacional 99 de 1892). Se agregaron algunas exenciones tributarias para fomentar su continuidad (decreto nacional del 5 de marzo de 1894). -La conformación y seguimiento a la junta administradora de los fondos nacionales (ley 31 de 1890) para ―conducir a la ciudad de Ocaña las aguas necesarias del río del Algodonal‖ (decreto del 24 de agosto de 1891). -La reglamentación de los trabajos del camino central de Umpalá a Molagavita por Cepitá que fue abierto por cuenta del departamento (decreto del 4 de septiembre de 1891). -El establecimiento de una sección ambulante de hasta veinte trabajadores nombrados por el prefecto de la provincia del Socorro para ―componer los trayectos peligrosos de las vías centrales inmediatas a la ciudad del Socorro‖ (decretos del 8 de octubre y 11 de noviembre de 1891). -El otorgamiento de una patente de privilegio y licencia a Ricardo Rincón para establecer un puente de alambre colgante o de madera, que fuese cómodo, sólido e incorruptible sobre

el río Manco, en el punto del mismo nombre, en la vía de Soto a García Rovira (resolución del 16 de enero de 1890 y decreto del 24 de octubre de 1891). -El establecimiento de secciones de trabajadores en el camino de Río de Oro a las Bocas, vía central al puerto de Botijas (decretos del 11 de agosto y 17 de diciembre de 1892). Complementado por el contrato de conservación de ese camino conocido como Peñas Blancas desde El Paso, la construcción de un puente de cal, canto y vigas de corazón sobre la quebrada la Tigra (contrato del 2 de octubre de 1893) y la limpieza del mismo (decreto del 13 de noviembre de 1893). -La composición de los pasos malos que existían entre los sitios de Lincoln, El Tablazo y el puerto de Marta en la vía central de Bucaramanga a dicho puerto por el sistema de administración (decretos del 20 de diciembre de 1892, 27 de febrero y 13 de julio de 1893). -La construcción de un puente colgante sobre el Río de Oro, en la vía central de Bucaramanga a Lebrija, en el sitio de Calenturas, bajo la administración de Hermófilo Rivadeneira (ordenanza 2 de 1892, decretos del 29 de abril, 2 de mayo, 1 de agosto y 2 de octubre de 1893). -La apertura del camino de La Argentina (o Bagueche) para comunicar la provincia de Soto con la de Cúcuta a través de Arboledas, acorde con el contrato otorgado al coronel Aguilera H. (mayo de 1893). -La composición de los pasos malos entre el Alto de la Cruz y Pinchote en la vía que conducía del Socorro a San Gil (Decretos del 14 de agosto de 1893 y 8 de enero de 1894). -La apertura del camino que desde Simacota debía llegar hasta la colonia agrícola del Opón, pasando por el cerro de los Cobardes y el camino de Ferreira (decreto del 31 de agosto de 1893). -La construcción en Girón de un camellón a lo largo de la calle que se iniciaba en la casa de mercado y concluía en el camino que iba a Pamplona (decreto del 30 de octubre de 1893). -La reconstrucción del puente de arco sobre la quebrada de la Iglesia en la vía de Bucaramanga a Floridablanca (decretos del 11 de noviembre de 1893, 22 de enero y 24 de octubre de 1894). -La refacción de los estribos y torres del puente de Roldán, en la vía central de Bucaramanga a Rionegro, por los daños que sufrieron durante las fuentes avenidas del río Cañaverales (decreto del 4 de mayo de 1894). -La concesión de una patente para el cobro de peaje por el uso del puente de alambre construido sobre el río Cáchira, en la vía de Bucaramanga a Puerto Botijas, cuyas obras fueron entregadas para su administración al bodeguero principal de Puerto Santos (patente de licencia del 26 de abril de 1894). -La construcción de un camino entre Bucaramanga y Zapatoca, pasando por el puente colgante sobre el río Suárez (ordenanza 7 de 1894 y decretos del 17 y 18 de septiembre de 1894). -La composición y limpieza del camino central entre Bucaramanga y Rionegro, entre Las Juntas y Las Bocas (decreto del 21 de junio de 1894). -La composición de los caminos de Cúcuta a Ocaña, de Salazar a San Pedro, de Pamplona a Cúcuta por Chinácota y Mutiscua (ordenanzas 19 y 20 de 1894). -La construcción de un puente en el sitio de Santa Rosa para comunicar a Enciso con San Miguel y la composición de la vía central entre Málaga y San Andrés por La Pica (ordenanzas 24 y 25 de 1894).

-La composición de la vía central de Zapatoca al Tablazo (junto al río Sogamoso), pasando por San Vicente; la de Capitanejo a Onzaga, por el límite con Boyacá, y de San Joaquín a Mogotes (ordenanza 27 de 1894). -La indemnización a las señoras Sara y Mariana M‘Cormick, como gratificación por los servicios prestados por su padre, quien construyó de forma particular el puente de Sube sobre el río Chicamocha, en el municipio de Jordán (ordenanza 43 de 1894). En su informe a la Asamblea Departamental de 1892, el general Santos reconoció la continuidad del proceso de contratación y ejecución en la construcción o refacción (por administración) de los caminos de Soto al Magdalena (Bucaramanga a Botijas, Bucaramanga a Peñas Blancas, Bucaramanga a las Bodegas de Marta y Botijas), esfuerzos que fueron apoyados por la Asamblea Departamental (ordenanza 18 de 1892) con la atribución de facultades ilimitadas para decidir y reglamentar lo que considerara necesario para la administración y culminación de los mismos.

Si bien esas vías terrestres hasta los puertos fluviales más cercanos fueron la necesidad más apremiante para el progreso, orden y seguridad de la nueva capital de Santander, en tanto que los prefectos y el Concejo de Cúcuta hacían lo propio al proyectar su propio desarrollo a través de los caminos hacia Maracaibo, financiados por la Compañía del Ferrocarril de Cúcuta, la gobernación no dejó de promover obras de refacción de los caminos más transitados. De allí que en los informes anuales el gobernador manifestara a los diputados los avances específicos que se habían obtenido en los caminos de San José de Cúcuta hasta los límites de Boyacá, empleando la mano de obra de los presos de la penitenciaría de Pamplona que no se dedicaban a elaborar artesanías de fique; de Bucaramanga a Tona, de Bucaramanga a Floridablanca, de Piedecuesta a Los Santos (desde el Salado hasta el Volador), el camino de Jordán, los caminos del Socorro a Guadalupe y Pinchote, los caminos y puente desde Charalá hacia Onzaga por Coromoro, de Puente Nacional hasta los límites con Boyacá, de Bucaramanga a Málaga por Umpalá, Cepitá y Molagavita; de Bucaramanga a Ocaña por Matanza, Suratá y Cáchira; de Ocaña a Cúcuta por Sardinata y Gramalote, de Suratá a Arboledas por Cachirí y Bagueche, de Zapatoca a San Vicente y el camino del Carare.

Con el propósito de garantizar la financiación de las vías que interconectaban a las provincias más distantes con la capital departamental, así como para asegurar su refacción de forma periódica, la ordenanza 1ª de 1892 dispuso cambiar la condición administrativa de algunas vías. Así fueron declarados como departamentales los caminos provinciales que unían a Málaga con Chiscas (Boyacá) y a Cúcuta con Pamplona. La ordenanza 2ª determinó como vías centrales los caminos de Bucaramanga a Lebrija con un puente sobre el río del Oro hasta llegar a Calenturas, Floridablanca a Pamplona por Las Mesitas, Onzaga a Boyacá por Las Vegas y Pamplona hasta Gramalote por Cucutilla, Arboledas y Salazar.

La ordenanza 5ª declaró como vías centrales los caminos de Curití a Mogotes por la bajada de las cabras y el de Onzaga a Boyacá por Chaguacá. La ordenanza 14 declaró como vías centrales adicionales los caminos de Mogotes al Socorro, pasando por el hoyo de los pájaros y el Valle; Málaga a Boyacá pasando por Enciso, Carcasí y El Colmillo; Galán hasta San Vicente, a través de la serranía de los Lloriquíes, y el de Guadalupe hasta San Benito, pasando por Puerto Santander y el camino central de la Falúa. La ordenanza 15 declaró como caminos centrales los que iban de Convención al río Catatumbo, conectando con el de San José a Tamalameque; Floridablanca a Pamplona, conectándose con el de Santa Bárbara; Toledo a Concordia por el alto de la Osa, Puerto Santander a Santa Ana por Güepsa, y Suratá a Tona, conectando con las vías a Ocaña y Pamplona. La ordenanza 34

autorizó al general Santos para que facilitara la conexión desde San Vicente al camino que se conectaba con la vía a Barrancabermeja, para que se uniera con la vía central que conectaba a Bucaramanga con los puertos de Botijas y Marta.

El gobierno del general Santos decretó acciones complementarias para la continuidad y seguridad de todos esos circuitos viales, como fueron la degradación de los municipios de Botijas, Wilches (1891) y Buenavista (1894) a la condición de corregimientos, y la creación de corregimientos entre las aldeas y caseríos que conectaban los caminos centrales, especialmente los que iban paralelamente a los ríos Sogamoso, Lebrija y Catatumbo, los cuales debían estar ordenados y regulados por inspectores de policía. Entre los corregimientos creados o autorizados durante la administración del general Santos estuvieron el del Pedral (río Sogamoso), El Naranjo (río Lebrija), San Faustino, Puerto Villamizar y El Salado, en la provincia de Cúcuta (decreto del 23 de junio de 1891); San Calixto en Teorama (decreto 3 de julio de 1891), Berbeo y Landázuri en Bolívar (decreto del 22 de marzo de 1892), y El Zulia en San Cayetano (acuerdo 15 de 1893). También promovió el establecimiento de colonias agrícolas en Agua Blanca, en el municipio de Bolívar (decreto del 23 de junio de 1891), San José del Sarare, en el tránsito de Pamplona al Casanare (decretos del 23 y 26 de abril de 1892, ordenanza 15 de 1892) y la del Opón, adscrita a la jurisdicción de Simacota (decreto del 21 de enero de 1893). Estas colonias servirían para abrir caminos y poblar territorios baldíos, contarían con una capilla, cárcel, oficinas del administrador y casas de colonos. Promoverían procesos legales de colonización y asegurarían las obras y el flujo vial de cargas y viajeros a través de los caminos de extracción de productos y materias primas con el exterior, entre las capitales provinciales y los puertos fluviales o las estaciones ferroviarias.

El general Santos ordenó establecer la colonia de San Vicente de Chucurí con el propósito de asegurar la misión católica y la colonización de tierras en la vía a Barrancabermeja. El gerente de la compañía del camino del Carare dispuso y reglamentó la creación de la colonia llamada Los Santos, junto al Puente Camacho y en la ribera del río Carare. También se estableció otra colonia con la denominación de Carare, al occidente de la cordillera y junto al camino trazado desde Vélez (decreto del 14 de diciembre de 1893). Con ello, el departamento reconocía como de su responsabilidad directa las colonias construidas y preservadas en el Carare, Opón, Sarare y Tecacua (Cobaría).

De esos caminos, el gobernador de Santander centró sus esperanzas de progreso nacional en el del Carare, así como supervisó personalmente las obras del camino de Bucaramanga hasta los puertos y bodegas de paja en Botijas y Marta, a través del cual 67 compañías de empresarios nacionales y extranjeros movieron en 1891 cerca de 5.600 cargas de mercancías, sal y artículos varios importados, así como más de 4.600 cargas de café, cueros de res o de chivos y artículos varios de exportación. Un año después, 116 compañías nacionales y extranjeras movieron 42.627 cargas por los puertos de Botijas y Marta, demostrándose así la importancia de recomponer o construir con prontitud los caminos hacia los puertos fluviales91.

Para la supervisión de los contratos, la recepción de los informes de los inspectores provinciales de vías y la conservación periódica de cada una de las vías centrales, el gobernador contaba con un inspector general de los caminos del departamento (decreto del

91 Cuadro General en 1892, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2714 (Viernes 5 de enero de 1894), 5611.

3 de octubre de 1893). Sin embargo, para el general Santos la responsabilidad de la refacción y construcción de las vías debía ser una tarea del interés comunal y concitar la solidaridad tributaria de los municipios, para que la gobernación pudiera centrar sus esfuerzos y rentas en el estudio y financiación de proyectos viales de mayor envergadura, como eran los ferrocarriles y puertos, las verdaderas fuentes de desarrollo y atracción de los capitales extranjeros. Al respecto expresaba en su informe de 1892 a la Asamblea Departamental:

La Gobernación se ha esforzado hasta donde alcanzan los medios de acción de que dispone, en procurar que tanto las vías centrales del Departamento como las comunales, se conserven y mejoren con recursos con recursos del Departamento y de los municipios, y aun cuando es cierto que en este ramo de la Administración Pública hay mucho por hacer, también lo es que ya se nota mayor interés en los diferentes empleados que intervienen en la ejecución de los trabajos y en la exacta inversión de los fondos destinados al efecto. El día en que los esfuerzos de la Gobernación sean secundados por los municipios en lo referente a la contribución para caminos, podrá el Departamento hacer economías en los gastos que hoy hace, y aplicar esos fondos para vías de comunicación de mayor importancia92. La importancia de fomentar la iniciativa privada y de conceder privilegios a los empresarios dispuestos a construir puentes y caminos en los diferentes municipios de Santander, aliviando las cargas del departamento y remediando la negligencia de alcaldes y concejales, se ejemplificó cuando la Asamblea autorizó al gobernador Santos (ordenanza 51 de 1892) para conceder un privilegio a Gonzalo Nieto para la apertura de un camino de herradura que pusiera en comunicación el municipio de Teorama, pasando por el de Aspasica en la provincia de Ocaña, con el nuevo caserío de San Martín de Sardinata, en la provincia de Cúcuta, ―no siendo necesarias autorizaciones u ordenanzas adicionales‖93.

La ordenanza 58 de 1892 autorizó al gobernador a conceder privilegio al individuo o compañía que asegurara las condiciones necesarias para abrir un camino de herradura desde la cabecera del municipio de San Vicente al río Magdalena, ―tomando la dirección, poco más o menos, del camino que existió llamado del puerto de Infantas, hasta donde se encuentre una cuchilla denominada de San Gorgonio, u otra parte alta que se preste para salir al camino que existió llamado de Barrancabermeja y que fue construido por el finado Geo von Lengerke‖94.

A la iniciativa privada para el fomento de las vías terrestres, fluviales y ferroviarias se aunó la preocupación de los gobernantes y comerciantes por el mejoramiento de las vías y espacios públicos de Bucaramanga. Uno de los ejemplos más significativos fue la donación de un lote de terreno a la Gobernación, en diciembre de 1892, por los comerciantes Trinidad Parra de Orozco y Anselmo Peralta, en el barrio San Juan de Dios (o del hospital), con el propósito de ampliar la plazuela pública del hospital de caridad y transformar ese espacio en ―un parque destinado para paseo público, sembrándolo al efecto de árboles que lo hermoseen y ornamentándolo debidamente‖95. 92 Informe del Gobernador del Departamento de Santander, 1892, parte V, Caminos, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2562 (Viernes 5 de agosto de 1892), 5004. 93 Ordenanza 51, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2566 (Jueves 11 de agosto de 1892), 5017. 94 Ordenanza 58, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2569 (Jueves 18 de agosto de 1892), 5029. 95 Contrato, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2617 (Sábado 14 de enero de 1893), 5223. Desde 1910 este parque fue llamado Francisco Romero, un homenaje al párroco que estimuló la caficultura entre los hacendados locales.

Desde la llegada a la gobernación del general Santos fueron pocas las quejas de los secretarios del despacho y de los prefectos respecto de la indolencia y el desinterés de la mayoría de las municipalidades de Santander por el fomento del progreso y el orden en sus jurisdicciones, conforme a sus deberes legales y en procura de la legitimidad del régimen republicano. En el Informe presentado en 1892 por el gobernador y sus secretarios a la Asamblea Departamental se demostró que las gestiones hechas por el poder ejecutivo habían hecho posible una mayor captación y rendimiento de las rentas públicas, dejando un superávit superior a los 100.000 pesos, los cuales se habían reinvertido en la instrucción pública y en las vías de comunicación. Estos funcionarios estaban convencidos de que existía una relación directa entre el mejoramiento de la instrucción, el incremento de las producciones y el de la exportación de bienes para obtener un incremento de divisas. Para justificar los gastos, auxilios y providencias adicionales en escuelas y caminos, durante su segundo año de gobierno, el general Santos expuso a los diputados que

El libre e industrioso pueblo santandereano necesita especialmente de estos dos poderosos elementos para asegurar su prosperidad y bienestar, y hay que prodigárselos en la mayor suma de conocimientos útiles e instructivos en las artes y ciencias y en una red de caminos de herradura ya que tan difícil nos es obtener ferrocarriles que sirvan para exportar cómodamente sus frutos y estimular el mayor desarrollo de su industria, que en diferentes artículos, y especialmente en café, se exhibe en los mercados extranjeros con gran preponderancia y empieza a llamar hacia estas ricas comarcas la atención de los acaudalados comerciantes del Exterior96. Los continuos fracasos en la ejecución de los contratos para la construcción de ferrocarriles, desde la creación del Estado de Santander, habían motivado a gobernantes como el general Santos a centrar sus esfuerzos e inversiones en la refacción o construcción de los caminos carreteros, principales y comunales, pues aseguraban las exportaciones de las provincias sin tener que comprometer las escasas rentas públicas en los ilusorios ―caminos de hierro‖. Por ello el general Santos respaldó la decisión de su predecesor en el cargo, el general Guillermo Quintero Calderón, de rematar del Ferrocarril del Norte la única locomotora que se conservaba del emblemático y ruinoso proyecto del Ferrocarril de Santander que había promovido sin éxito el general Solón Wilches Calderón cuando fue presidente del Estado Soberano de Santander.

Los proyectos férreos estaban condicionados a ser iniciativas de los empresarios particulares, siendo el ejemplo más importante y representativo de ello la sociedad mixta que fue propietaria de la Compañía Ferrocarril de Cúcuta. Esta no solo había reconstruido su línea férrea primigenia, después del terremoto de 1878, sino que la había extendido a lo largo de los puertos y bodegas sobre los afluentes del río Catatumbo, e incluso había gestionado los permisos necesarios para interconectar las redes fluviales y férreas de Cúcuta con las de los estados limítrofes de Venezuela para llegar hasta los puertos, islas y costas del lago de Maracaibo y el Caribe venezolano.

También obtuvieron de la Asamblea de Santander y del gobierno del general Santos, por intermedio de su apoderado, José María Villamizar Gallardo, el privilegio exclusivo para la construcción y explotación de un ferrocarril que, ―partiendo del punto que se elija como más conveniente en el municipio de San José de Cúcuta, vaya a terminar a orillas del 96 Informe del Gobernador del Departamento Nacional de Santander a la Asamblea de 1892, Bucaramanga, Imprenta del Departamento, 1892, IV.

río Táchira en el punto más a propósito o frente a San Antonio en la frontera colombiana, y que se denominará Ferrocarril de la Frontera‖97, acorde a lo dispuesto y reglamentado en la ordenanza 65 del 10 de agosto de 1892. Al ser inauguradas esas obras, el 8 de agosto de 1893, ante los delegados de los gobiernos de Santander y del Táchira el presidente de la Compañía expresó públicamente cuáles eran los intereses económicos y la expansión comercial que con el Ferrocarril de Cúcuta se esperaba realizar durante las siguientes décadas en el territorio de Santander, así como en la frontera colombo-venezolana:

Con este acto comienza hoy la segunda época de esta importante Empresa. La primera terminó en Junio de 1888, declarando el Gobierno nacional cumplidos fielmente todos los compromisos celebrados en los diversos contratos para la construcción de la vía y sus anexidades…La segunda época, que ahora inauguramos, en medio de tan numerosa concurrencia, aunque aparezca de poca importancia por su extensión kilométrica, será de trascendencia para el porvenir. Toda vía férrea busca naturalmente los centros de producción que la alimenten, sirviendo ella, a su turno, para desarrollar la agricultura y las mejoras materiales de las comarcas que recorren. El paso que hoy damos es el primer peldaño de ascenso hacia Los Andes; sólo el porvenir podrá decir hasta dónde llegará, siguiendo el curso progresivo que lleva la América Latina. Por el sur, es natural que busque el enlace con los ferrocarriles que hoy toman impulso en Colombia; por el Oriente, llegaremos a las puertas de la vecina República, y si los hermanos del Táchira así lo quieren, podrán en el futuro esta pequeña vía servir de lazo para llegar hasta la red de ferrocarriles venezolanos. Tirado sobre un puente sobre el Táchira, desaparecerá social y mercantilmente esa frontera imaginaria, que no tiene razón de ser, pues ambos pueblos fueron uno solo bajo el pabellón glorioso de la Gran Colombia98. En respuesta a las expectativas de los empresarios, el coronel Lorenzo Yáñez, prefecto provincial y delegado del gobernador Santos, recordó a los asistentes el significado de una red de ferrocarriles como eje de la reconstrucción de la ciudad y fuente de progreso permanente de la provincia de Cúcuta:

Cúcuta marcha, señores, y cada día avanza más y más por la senda del progreso. Ayer, herida cruelmente por la naturaleza [terremoto de 1878], la vimos vestida de luto, llorando su orfandad, sin tener siquiera un albergue donde defenderse de los abrazadores rayos del sol tropical; luego la vimos levantarse, enjuagar su llanto, mirar hacia el porvenir y emprender diligentemente los trabajos de un pueblo progresista y civilizado; y hoy admiramos esta simpática y bien delineada población, orgullo y honra de los santandereanos, y a la que alguien ha llamado la perla de Colombia…La Compañía del ferrocarril ha querido llevar adelante su empresa y ponernos en comunicación rápida con la República de Venezuela. No tardará pues en dejarse oír en la Frontera el pito de la locomotora; y estad seguros de que a su eco nos contestarán gozosos el saludo nuestros hermanos de allende el Táchira; y por el influjo de esa nueva vía, nuestras relaciones serán cada vez más frecuentes y amistosas99. El desarrollo ferroviario en la fronteriza Cúcuta se sustentó en las iniciativas privadas de los empresarios locales, con lo cual las rutas trazadas sobre bajas pendientes, la abundancia de pasajeros y de cargas, las facilidades para importar rieles y locomotoras, y el flujo de 97 Ordenanza 65, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2570 (Viernes 19 de agosto de 1892), 5033. 98 Inauguración del Ferrocarril de Cúcuta a la Frontera Venezolana. Discurso del Presidente de la Compañía del Ferrocarril, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2685 (Lunes 11 de sept. 1893), 5494-5495. 99 Ibid., 5495.

capitales nacionales e internacionales se concentraron en esa zona de frontera. Los proyectos ferroviarios oficiales, o los privilegios concedidos a los particulares para el desarrollo de ese tipo de vías en Bucaramanga y su área de influencia, resultaron poco sustentables o efímeros, comparados con el plan de expansión de la Compañía de Cúcuta.

Ejemplo de ello fue la ordenanza 46 (6 de agosto) de 1892, por la cual se concedió al ingeniero civil Abelardo Ramos100 un privilegio para ―construir, equipar y explotar un tranvía servido por motores eléctricos, de vapor o combinados uno y otro, que partiendo de una cualquiera de las esquinas de la carrera 1ª de la ciudad de Bucaramanga y pasando por la Plaza de Mercado hoy en construcción, por la población de Florida y la ciudad de Piedecuesta, termine en Cuatro Esquinas, o sea en el punto de bifurcación de los caminos nacionales de García Rovira y Guanentá‖101. El primer retraso se produjo cuando el ingeniero Ramos solicitó una prórroga de cuatro meses para hacer el trazado de la vía hasta Cuatro Esquinas, y una más de 60 días más para el trazo del tranvía de Soto, con otros 30 días más para elaborar los dibujos respectivos.

En plena crisis y suspensión del Ferrocarril de Santander, Ramos pidió luego una nueva prórroga con el argumento de que había encontrado socios en Europa, obteniendo seis meses más para el inicio del tranvía de Soto, a partir del 17 de agosto de 1894 (decreto del 27 de julio de 1894). Unos días antes de entregar el poder a su sucesor, el general Santos concedió una cuarta prorroga a Ramos, hasta diciembre de 1896, para comenzar las obras del tranvía de Bucaramanga hasta Cuatro Esquinas, en Piedecuesta (decreto del 16 de enero de 1896).

El interés del Gobierno Nacional y del Congreso por redefinir la continuidad, financiamiento y cumplimiento de los privilegios, contratos y concesiones asociados con el Ferrocarril de Soto al río Magdalena (Puerto Wilches), obligó al gobernador Santos a dedicar esfuerzos a esta obra, dando cumplimiento a la ley 75 del 13 de noviembre de 1892. Esta ley dispuso que el Gobierno Nacional debía participar en esa empresa ―hasta con las dos terceras partes de la cantidad anual que el Departamento se obligue a pagar a la compañía constructora de dicho camino como garantía del capital que se inscriba en él, o como intereses y fondo de amortización del empréstito que se consiga para llevarlo a cabo‖102. Este gobernador fue autorizado a respaldar la subvención que le correspondía en el contrato con las rentas del degüello de ganado y de las aduanas departamentales. En ese entonces el general Santos consideraba al Ferrocarril de Santander como la fuente del ―porvenir y el progreso del Departamento‖ (decreto del 14 de noviembre de 1892). Por ello comisionó a su secretario de Hacienda para que se trasladara a Bogotá y atendiera todo lo concerniente a la ―obra redentora‖, firmando ante el Gobierno Nacional el contrato de construcción del Ferrocarril de Santander ―con el empresario o compañía que presente condiciones más ventajosas para los intereses del Departamento‖103.

100 El ingeniero Abelardo Ramos (1852-1906) era natural de Fómeque (Cundinamarca), fundador de Puerto Wilches y primer presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros. 101 Ordenanza 46, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2571 (Lunes 22 de agosto de 1892), 5037. El deseo de interconectar a Bucaramanga con Piedecuesta por medio un sistema masivo de transporte con carriles exclusivos y vagones de gran volumen, tipo ferrocarril, cristalizó el 14 de agosto de 2011 con el inicio del sistema Metrolínea, una imitación a los sistemas Transmilenio de Bogotá y Metro de Medellín. 102 Ferrocarril de Santander, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2612 (Viernes 30 de diciembre de 1892), 5201. 103 Ley 75 de 1892, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2597 (Viernes 18 de noviembre de 1892), 5141.

A finales 1892 las esperanzas de progreso y desarrollo llegaron a su cénit cuando el Gobierno Nacional se comprometió con el contrato para la construcción y culminación del anhelado Ferrocarril de Santander. Entusiasmado, el secretario de Hacienda telegrafió el 27 de diciembre: ―Firmado contrato Ferrocarril. Me ocupo en diligencias oficiales concernientes a él, que estaré comunicándole. Roso Cala‖104. El contrato y empréstito fue firmado con el ingeniero inglés William Ridley, apoderado de los señores Punchard, McTaggart, Lowther & Company de Londres, ante el vicepresidente Miguel Antonio Caro, dos días después. El general Santos lo ratificó en su casa de campo de Charalá el 21 de enero de 1893105. El ingeniero Ramos, jefe de la construcción del ferrocarril, informó desde Puerto Wilches que el 9 de febrero de 1893 habían desembarcado en ese puerto los representantes de la compañía británica, acompañados de ingenieros, empleados y peones para comenzar las obras.

Optimista, el general ordenó publicar semanalmente, en la sección ―Crónica Oficial‖ de la Gaceta de Santander, los avances de la ejecución del contrato y todo lo concerniente ―al desarrollo que tenga la obra del Ferrocarril, cuentas, erogaciones hechas de los fondos que manejan los depositarios, inversión dada a ellos, etc.‖106. La misma orden fue dada respecto de los contratos con la Compañía del Ferrocarril de Cúcuta, especialmente del Ferrocarril de la Frontera, cuyo contrato fue firmado el 17 de abril por el gobernador Santos, el 31 de mayo por el vicepresidente Caro, e inauguradas las obras oficialmente el 8 de agosto de 1893.

A ese intervencionismo y regulación del Gobierno Nacional de las vías férreas de Santander se sumaron las leyes de 1892, reguladoras de los costos y reglamentos para el uso de las bodegas y aduanas asociadas con el ferrocarril de Cúcuta, así como la revisión y modificación del contrato existente para la construcción del ―camino de hierro‖ de Ocaña hasta un puerto sobre el río Lebrija o el Magdalena, acorde al contrato que regulaba el funcionamiento del eficiente y próspero ferrocarril de Cúcuta (ley 43 de 1892). Este contrato fue revisado, como el aprobado por la ley 100 de 1890 para la ―construcción y explotación de un camino de hierro servido por vapor entre la ciudad de Ocaña, del Departamento de Santander, y el río Magdalena‖, cuya base fue el contrato 106 del 24 de diciembre de 1892, firmado por el ministro de Fomento y el vicepresidente de la República con Elberto de J. Roca, cesionario del contrato firmado en 1890 por Rafael Fernández M.

A diferencia de los proyectos ferroviarios de Santander durante el régimen radical, los ―caminos de hierro‖ promovidos durante la regeneración, bajo la responsabilidad del general Santos, se caracterizaron por el riguroso cumplimiento de los contratos avalados por el Gobierno Nacional, a lo que sumó la representación directa de las partes por empresarios tales como el expresidente Santiago Pérez Triana, residente en Londres. En su calidad de depositario de los contratistas ingleses, este expresidente, acompañado del empresario Punchard, informó al Gobierno de Colombia que desde el 6 de abril de 1893 era un hecho que el ―cuerpo de ingenieros para el ferrocarril de Bucaramanga a Puerto Wilches saldrá de Inglaterra para Colombia el 16 del corriente‖. El general Santos respondió

104 Ferrocarril de Santander, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2612 (Viernes 30 de diciembre de 1892), 5201. 105 Ferrocarril de Santander. Contrato y documentos referentes a éste, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2636 a 2628 (Jueves 9 de febrero de 1893). La firma concesionaria se llamó The Great Northern Central Railway of Colombia, Limited, con domicilio en Londres. 106 Secretaría de Gobierno. Crónica Oficial Ferrocarril de Santander, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2680 (Martes 22 de agosto de 1893), 5473.

nombrando al exgobernador Alejandro Peña Solano como depositario, en Bucaramanga, del Ferrocarril de Santander.

Los avances en las obras de los caminos, puentes, puertos dragados, bodegas, estaciones y tambos de viaje, así como en el trazado del ferrocarril desde los ríos Lebrija y Magdalena hasta Bucaramanga, fueron reconocidos como las grandes obras impulsadas por el general Santos para Santander, no solo por los empresarios bumangueses sino por sus principales beneficiados, los prósperos hacendados y comerciantes cafetaleros de Rionegro, los primeros en felicitarlo por su reelección y posesión como gobernador el 9 de marzo 1893: Señor General D. José Santos, Gobernador de Santander. Bucaramanga.

Creemos que la mejor recompensa para un Magistrado que, sin oír los consejos de la ambición y sin otro móvil que el de servir a la Patria, abandona su tranquilidad para seguir las penosas labores del Magistrado, es la del deber cumplido y la satisfacción que da el aprecio de los gobernados. Y vos llevaréis el convencimiento de vuestro patriotismo y cumplida satisfacción del aprecio de los santandereanos.

Nosotros, los habitantes de Rionegro, tenemos deuda sagrada para con vos, porque nos habéis dispensado especiales gracias y habéis impulsado nuestro comercio por todos los medios que están a vuestro alcance. Ayer el telégrafo y el teléfono, mañana el Ferrocarril que pasará por nuestro territorio, todo eso lo debemos a vuestra insaciable sed de progreso y a vuestro celo por el bien de los asociados.

Y queremos significaros nuestra gratitud siquiera sea con palabras que os darán la seguridad de que si hay gentes que pretenden desconocer vuestros méritos y vuestros servicios al país, también las hay que reconocen vuestros esfuerzos y que, ajenas a la política militante, que viven del trabajo independiente y solo quieren el bien de los pueblos, ven en vos al gobernante noble y progresista que vela por la felicidad de los gobernados. Habéis entrado de nuevo en el ejercicio de las funciones de Gobernador de Santander; pero nuestras felicitaciones no son para vos –aun cuando vuestra reelección implica un triunfo moral sobre vuestros gratuitos enemigos- porque bien sabemos cuán pesada es la carga que echáis a vuestras espaldas; nuestros parabienes son para el Jefe del Ejecutivo, que con tanto acierto llenó las aspiraciones de los santandereanos, y para estos, por ver realizados sus deseos107. La continuidad del expresidente Pérez en la Compañía ferroviaria de Santander, así como su permanencia en el territorio santandereano, fueron finalmente limitadas y prohibidas por el Gobierno Nacional: el vicepresidente Caro dio el decreto 1227 del 14 de agosto de 1893, fundado en la ley 61 de 1888 y en el acuerdo del Consejo de Ministros del 12 de agosto anterior, por el cual fue desterrado del territorio de Colombia don Santiago Pérez, por haber hecho parte desde 1892 de una ―conspiración para subvertir el orden‖. Sus derechos políticos quedarían suspendidos mientras durase su confinamiento en la isla de San Andrés.

Tan drástica decisión fue justificada en un hecho acaecido en Barranquilla el 3 de agosto anterior: ―se tomaron en casa del señor Santiago Pérez, titulado director del partido radical, varios papeles que, examinados de orden del Gobierno, resultaron pertenecer al señor Santiago Pérez Triana, y revelaron la ejecución de algunos hechos relacionados con

107 Felicitaciones. Rionegro, marzo de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2647 (Martes 18 de abril de 1893), 5342.

la construcción de los Ferrocarriles de Antioquia y Bucaramanga que pueden traer a sus autores responsabilidades legales‖108.

La retención de la documentación incautada a Santiago Pérez y su destierro, quien era socio y representante de la Compañía internacional del Ferrocarril de Santander, agregada a la crisis de la producción cafetera que redujo durante 1893 los volúmenes de cargas exportadas, en cuatro quintas partes, por los puertos de Botijas y Marta,109 y a la amenaza de insurrección de los liberales asilados en Venezuela, llevaron a que los gobiernos departamental y nacional optaran por rescindir el contrato firmado un año antes. La mayoría de las casas comerciales y los empresarios más importantes de Bucaramanga manifestaron su oposición a esa decisión unilateral de los gobernantes que impedían la conclusión de la obra vital más importante de Santander. El 11 de noviembre de 1893 escribieron al general Santos:

Hemos visto con profundísima pena que, por circunstancias a que no han podido sobreponerse ni los Gobiernos de la Nación y del Departamento, ni la compañía encargada de la construcción del Ferrocarril de Puerto Wilches a esta ciudad, acaba de ser rescindido el contrato respectivo, y que por lo tanto quedan frustradas por ahora las esperanzas que se habían fundado en la ejecución de una obra de tal necesidad para la agricultura y el comercio de estos pueblos que sin ella estos elementos del progreso del país perderán terreno en vez de seguir desarrollándose, puesto que muchas de las plantaciones de café que se han estado fundando en aras de la esperanza del ferrocarril, serán abandonados por la imposibilidad manifiesta de movilizar cargamentos mayores que los actuales por nuestros caminos de herradura110. La respuesta del gobernador a ese influyente grupo de presión fue dada ese mismo día, pues expidió un decreto que disponía transitoriamente la continuación de los trabajos del Ferrocarril de Santander bajo la responsabilidad y manejo administrativo del exgobernador Alejandro Peña. Esta decisión fue avalada el 27 de diciembre siguiente por el vicepresidente Caro, quien aprobó la rescisión del contrato y la respuesta dada al Comercio de Bucaramanga, así como se establecieron las condiciones y plazos para la liquidación del contrato (contrato nacional 139 de 1893).

Para el funcionamiento transitorio del ferrocarril y la continuación de las obras, el general Santos nombró un super-constructor y un guarda-almacén que remplazaron parcialmente a los ingenieros de la compañía extranjera (decreto del 19 de diciembre de 1893), continuando el ingeniero-director Abelardo Ramos en su cargo, ayudado por un contador–cajero (decretos del 24 y 27 de enero de 1894). Los obreros recibirían el alojamiento y la alimentación, incluso durante los días de fiesta patria o religiosa (decreto del 19 de febrero de 1894). Para verificar el cumplimiento de sus decisiones, el gobernador Santos realizó una primera inspección personal a las obras que se estaban realizando en el corregimiento de Puerto Wilches, el 25 de febrero de 1894. Después de esta visita se informó que ―el señor gobernador ha quedado satisfecho de la manera como se han manejado los trabajos y de la consagración y celo de todos los empleados en el

108 Resolución del Ministerio de Guerra sobre retención de varios documentos, cartas, etc., del Señor Santiago Pérez, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2691 (Martes, 28 de sept. de 1893), 5517. 109 Cuadro General de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2726 (Martes 6 de febrero de 1894), 5659. 110 Manifestación, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2704 (Lunes 27 de nov. de 1893), 5571.

cumplimiento de su deber,‖111 aunque se reglamentó rigurosamente el modo como se debían desarrollar en adelante los trabajos bajo la administración directa de la gobernación (decretos del 6 de abril, 28 de abril y 3 de mayo de 1894). Unas semanas después viajó el general Santos a las provincias del norte de Santander para inspeccionar las obras de los ferrocarriles de Ocaña y Cúcuta, donde recibió homenajes de las autoridades municipales.

En su informe ante la Asamblea correspondiente a 1894, el general Santos destacó las realizaciones de su gestión en varios ramos de la administración: la instrucción pública gratuita y masiva, el incremento de las rentas públicas y la atención a los lazaretos y hospitales de caridad, pero especialmente la ejecución de las vías. En su alocución aclaró a los diputados lo que había ocurrido con el Ferrocarril de Santander:

El ferrocarril al Magdalena, mi más vehemente aspiración de gobernante, la esperanza más acariciada por los pueblos de esta comarca, recibió golpe de gracia con la rescisión del contrato Punchard, porque aplazó indefinidamente las posibilidades de consecución de capital extranjero; pero fue preciso proceder así; la rescisión se hizo indispensable, y yo tuve, en presencia de esta esperanza defraudada, la única satisfacción que podía tener: la de ver aprobada mi conducta por el primer Magistrado de Colombia y por mis conciudadanos112. Durante algunos meses más se continuaron las obras iniciadas y se gestionó el apoyo financiero de la Nación para garantizar la continuidad de las obras bajo la administración de la gobernación. Sin embargo, el general Santos tuvo finalmente que decretar, el 1º de agosto de 1894, la suspensión definitiva de los trabajos de construcción del Ferrocarril de Santander que se adelantaban desde Puerto Wilches hasta Sabana de Torres.

El registro de las informaciones producidas o recibidas por el general Santos desde las provincias, sus informes de visita y los informes de los contratistas de los caminos y ferrocarriles sobre los avances de las obras, no solo fueron publicados en la Gaceta de Santander. Este gobernador hizo uso estratégico de toda esa información para la toma de sus decisiones y para la proyección de las inversiones públicas. Apelando a la experiencia y racionalidad castrense que había caracterizado a Agustín Codazzi y a Tomás Cipriano de Mosquera, el general Santos exigió de sus subalternos controles rigurosos de las diferentes instituciones y de los ciudadanos de todas las provincias. Integró y presidió una Junta General encargada de componer cada dos años una Estadística general del Departamento a partir de los informes, relaciones y visitas que debían realizar los prefectos provinciales y los secretarios de los despachos de Gobierno, Instrucción y Hacienda.

Para tal fin, todos los empleados y corporaciones tuvieron la obligación de facilitar a la Junta General y a las comisiones de los prefectos ―todos los datos e informes que puedan necesitar para la confección de la Estadística, franqueándoles, cuando así lo exijan, los libros, documentos y papeles de las oficinas a su cargo.‖113 La información estadística de cada municipio incluía los siguientes aspectos: población, división territorial, territorio, instrucción pública, beneficencia, correos, rentas y gastos municipales, minería, explotación de bosques, desmontes, producción agrícola, animales de servicio, crías de animales

111 Diligencia de visita, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXVI, No. 2736 (lunes 19 de marzo de 1894), 5697. 112 Informe del gobernador de Santander, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXVI, No. 2765 (sábado 26 de mayo de 1894), 5814. 113 Decreto del 6 de abril de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2436 (16 de abril de 1891), 4497.

domésticos, cebas de ganado, fábricas, edificios, comercio interior, comercio exterior. A partir de esas informaciones los prefectos debían agrupar y presentar cuadros generales sobre la riqueza, producción, industria y comercio de cada provincia.

El registro riguroso de las acciones realizadas o las decisiones tomadas debería constituirse en una práctica recurrente entre todos los funcionarios públicos. En el caso particular de las autoridades encargadas de la policía, el orden público y las buenas costumbres, ante el incumplimiento recurrente de la regla 13 del artículo 226 del Código Político y Municipal nacional, que les obligaba a ―dar en el mes de diciembre un informe al prefecto de la provincia sobre la marcha de la administración pública en el distrito, y las medidas que convenga tomar para mejorarla‖, el prefecto de Vélez exigió específicamente a sus subordinados cumplir rigurosamente con esa obligación en los siguientes términos:

Para que usted pueda rendir un informe completo a este Despacho sobre documentos fehacientes, y no lo dé al tanteo o de memoria, es preciso que usted tenga un expediente concreto y claro sobre el particular. En dicho informe compilará usted todos los datos estadísticos del Distrito como censo de población, nacimientos, matrimonios, defunciones, mejoras públicas, movimientos de rentas y gastos, marchas de las escuelas, progreso en las artes, industria, etc.114 Esos informes estadísticos de los alcaldes eran el insumo de los informes que presentarían los prefectos al gobernador, quien a su turno elaboraría, a partir de los consolidados de las provincias y de su contraste con los informes de las visitas provinciales y los informes de las secretarías departamentales, el Informe del Gobernador del Departamento Nacional de Santander. Este sería impreso y presentado en una sesión ordinaria de la Asamblea Departamental, con el fin de que sirviera de orientación para la preparación de ordenanzas, asignación de auxilios presupuestales y resoluciones de la siguiente legislatura, así como para guiar las acciones y consideraciones de los proyectos de ley que presentarían los representantes de Santander ante el Congreso Nacional. Desde la perspectiva del inspector de la Oficina de Estadística (Ley 110 de 1890) del Ministerio de Fomento, la estadística era de una gran utilidad para el empoderamiento de los agentes del estado y para los cálculos económicos de los particulares:

A medida que adelanta la civilización de un país se desarrolla también en Estadística y procura su Gobierno detallar todos los ramos de esta ciencia, cuya importancia se reconoce no solamente por los hombres de estado, sino también por los comerciantes, industriales, agrónomos, bancos, etc., en vista de la necesidad de una buena Estadística no sólo para conocer la riqueza del país, el aumento ó disminución de su población y el movimiento de ésta de unos lugares a otros, la fluctuación de los precios de los distintos artículos que se producen, se exponen o importan, se venden ó compran -es decir, la vida material del país- sino también para comparar sus producciones con las demás de los demás países, encontrar y escoger los productos más agradables al país y averiguar los lugares donde se puedan obtener más baratos los artículos más indispensables para satisfacer las demandas de la población.

No sólo sirve la Estadística como un regulador de la vida material de los habitantes, sino también para demostrar el estado religioso y moral del país, y sirve, en fin, como única base justa para la distribución de los impuestos, la que es imposible hacer con justicia y equidad sin el conocimiento de la importación y exportación del monto de las producciones, de la 114 Circular del prefecto de Vélez a los alcaldes de la Provincia. Vélez, 20 de junio de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2465 (Lunes 20 de julio de 1891), 4614.

riqueza raíz, del territorio, de la distribución de población sobre el mismo, de las ocupaciones de los habitantes, etc.115 Con la expedición de la ley 107 de 1892 que organizó la estadística nacional como función del gobierno nacional, los avances hechos por el gobierno departamental del general Santos cristalizaron en el establecimiento de una oficina nacional de estadística en Bucaramanga, integrada por un jefe y un oficial, encargados de publicar al final de cada trimestre un Boletín de Estadística. Para el cumplimiento de esta ley se expidió un reglamento interno (17 de marzo de 1893) que obligaba a los empleados nacionales y departamentales de las oficinas de estadística a ―recopilar todos los datos indispensables para dar a conocer con la mayor exactitud posible la población, riqueza, civilización y poder de la República‖. Los boletines deberían contener el ―conocimiento exacto‖ de los siguientes aspectos: censo y movimiento de población, industrias agrícola, pecuaria, minera y fabril; comercio interior, fuentes naturales de riqueza (terrenos baldíos, salinas, minas, vegetación y animales de los bosques, sabanas y ríos), vías de comunicaciones nacionales, departamentales y municipales; navegación marítima y fluvial, correos y telégrafos, catastro de la propiedad inmueble y semoviente, deuda hipotecaria y transmisión de la propiedad raíz, bancos, casas de moneda, religión, instrucción pública, movimiento tipográfico, beneficencia, criminalidad y establecimientos de castigo, finanzas nacionales, departamentales y municipales, etc.116

La obligatoriedad de las disposiciones y exigencias de la Oficina Nacional de Estadística fueron encarecidas a los funcionarios departamentales, provinciales y municipales de Santander gracias a un decreto dado por el general Santos que comisionó a los prefectos provinciales para imponer multas a los alcaldes ―que no remitan a la oficina de estadística departamental los datos para la estadística nacional en las épocas señaladas por el decreto número 1309 de 1892‖.117 La primera de esas multas fue ordenada por el representante de la Oficina Nacional de Estadística en Santander al imponer a la mayoría de los alcaldes de Santander una multa de diez pesos por no haber enviado los cuadros sobre ―cultivos de los principales artículos de exportación‖.

El conocimiento de las riquezas nacionales, la necesidad de redes de servicios públicos para garantizar la explotación y traslado de las materias primas demandadas por los mercados nacionales e internacionales, y la exaltación de las inversiones privadas de los empresarios comprometidos con el desarrollo de Santander, por parte del general Santos, se unieron a la preocupación de los diputados por la provisión de nuevos servicios públicos domiciliarios contratados con particulares, sin la regulación de las autoridades centrales, como sucedía con los telégrafos y correos que administraba directamente el Gobierno Nacional. Esto hizo posible que la Asamblea de Santander, por medio de la ordenanza 29 de 1892, concediera al gobernador Santos la autorización para fomentar la Compañía del alumbrado eléctrico de Bucaramanga, aplicando el producido de la venta de la orden de pago que el Departamento tenía pendiente en contra de la Nación por los suministros

115 Decreto No. 381 de 1892, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXV, No. 2616 (jueves 12 de enero de 1893), 5217. 116 Estadística. Reglamento 1, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2652 (Miércoles 10 de mayo de 1893), 5361. 117 Decreto en ejecución del número 1309 (11 febrero) de 1892 en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2663 (Jueves 15 de junio de 1893), 5405.

hechos en la última guerra‖118. Solo Bucaramanga y Cúcuta contaban con alumbrado público de kerosén financiado con fondos departamentales, pues otros municipios como Piedecuesta (30 lámparas), Pamplona (20), Málaga (15), Vélez (15), Socorro (20), Charalá (10) y San Gil debían financiarlo con sus fondos municipales (proyecto de ordenanza del 9 de agosto de 1892).

Un grupo de empresarios encabezados por el exprefecto Aníbal García Herreros obtuvo el privilegio por 15 años (ordenanza 47 de 1892) para establecer comunicación telefónica entre las poblaciones de San José de Cúcuta, Salazar, Gramalote y Arboledas, a un costo de 50 centavos por cada diez minutos de uso continuo. Para tener una idea de lo que ello representaba respecto de las comunicaciones telegráficas conviene tener en cuenta que por cada 10 palabras enviadas por la línea telegráfica se pagaban 20 centavos, y por el porte de cada 100 palabras hasta tres pesos, un alto costo que se oponía a la expansión de la demanda de ese servicio y del trabajo de los operadores (decreto nacional 832 de 1893). En cambio, las redes telefónicas permitían la expansión de la demanda de las comunicaciones por la reducción de sus costos, gracias al aumento de las redes de conexión a lo largo de las vías públicas y a la mayor potencia de los dispositivos de emisión y recepción.

El general Santos concedió ese privilegio con condiciones precisas tales como la obligación de instalar las líneas de comunicación, las oficinas del despacho telefónico y la continuidad del servicio. Al vencerse el término del privilegio todos los aparatos, máquinas y demás útiles de la empresa debían continuar funcionando como propiedad y servicio público bajo la administración del departamento, y los servidores públicos quedaban excluidos de pagar por el servicio de telefonía cuando se realizaba para emitir o recibir comunicaciones oficiales. Esta modernización y mejoramiento de las comunicaciones entre las entidades públicas para la toma de decisiones en breve tiempo, por vía telefónica, fue concebida por los diputados y el gobernador en los siguientes términos: ―Las autoridades públicas podrán comunicarse libremente por el teléfono con otras autoridades o con los particulares cuando lo tengan a bien para asuntos públicos referentes al servicio de sus respectivas oficinas‖119.

A la par de la construcción de las redes telegráficas y telefónicas en la provincia de Cúcuta a lo largo de sus vías férreas, en la provincia de Soto las redes de telégrafos y teléfonos se construyeron a lo largo de los caminos y del ferrocarril que debía conectar a Bucaramanga con el río Magdalena a lo largo del valle del río Lebrija. El servicio de telefonía entre Bucaramanga y Botijas fue garantizado desde el 1º de marzo de 1893, siendo cobrado a razón de 20 centavos por cada cinco minutos de duración, y prohibiéndose conferencias mayores a 15 minutos (decreto del 20 de marzo de 1893). Finalmente, el Gobierno Nacional asumió el control de todas las comunicaciones telefónicas por razones de seguridad, estabilidad en el orden público, protección de las redes de transmisión, tal como ya lo había hecho con los correos y telégrafos. El decreto 638 de 1893 dispuso que ―todos los asuntos relacionados con el servicio de teléfonos‖ debían quedar adscritos al Ministerio de Gobierno, siendo reglamentado y prestado su uso por la Dirección General de Correos y Telégrafos.

Por su nacimiento en Charalá, donde se crió, fue este municipio favorecido especialmente por este gobernador entre 1890 y 1896. Una de sus prácticas administrativas y personales más comunes consistía en decretar como su primera actividad de cada año la

118 Ordenanza 29, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2559 (Sábado 30 de julio de 1892), 4989. 119 Ordenanza 47, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2565 (Miércoles 10 de agosto de 1892), 5013.

realización de la visita provincial a la alcaldía, juzgado, colecturía de hacienda, notaría y cárcel de Charalá, con el fin de inspeccionar los libros y archivos conservados desde 1878, así como para inspeccionar el cumplimiento de lo dispuesto en el Código Político y Municipal. Pero además este gobernador también aprovechaba los últimos días del año y los primeros del siguiente para visitar a sus familiares y conocidos, acordar las acciones electorales que se debían desarrollar durante el resto del año, atender los favores y peticiones especiales de sus aliados y copartidarios, así como para disponer todo lo concerniente al uso productivo que los mayordomos debían dar a sus propiedades, terrenos y semovientes durante los meses en los que permanecería en Bucaramanga. Incluso dejaba programado su viaje de retorno a Charalá un semestre después, pues gobernaba temporalmente desde esa municipalidad para no perderse las ferias y fiestas de esa localidad.

La primera de esas visitas oficiales fue realizada en enero de 1891, cuyo resultado fue la expedición del decreto (10 de abril de 1891) que asignó 500 pesos de auxilio departamental al municipio de Charalá para la construcción de un puente sobre el río Táquiza. El caudal de este río había debilitado y destruido el antiguo puente por el que transitaban las mercancías, ganados, tropas y pasajeros entre Charalá, el caserío de Riachuelo y el corregimiento de Coromoro en el punto de El Llano.120 El 8 de octubre siguiente este gobernador, acompañado por el prefecto provincial y el alcalde, llegó hasta el sitio de El Llano para examinar el puente de madera cubierto de tejas que sobre el río Táquiza había construido, con los auxilios departamentales, Evaristo Sánchez‖121. Dadas sus condiciones, fue recibida la obra a satisfacción de todos.

Ordenó entonces la reconstrucción de la cárcel del circuito de Charalá, que se hallaba en ruinas y sin seguridad, bajo la administración del prefecto provincial. Asignó para ello un auxilio de 2.000 pesos (decreto del 25 de junio de 1891), al amparo de la ordenanza 18 de 1888. Estas misma ordenanza autorizó aumentar el auxilio departamental hasta 1.500 pesos para la construcción del camino que une a Charalá con Onzaga, pasando por Coromoro y Cincelada, bajo la supervisión del prefecto de la provincial de Charalá (decreto del 7 de octubre de 1891). Para concluir las obras de la cárcel distrital de Charalá gestionó la ordenanza 3 (7 de febrero) de 1892 que incluyó en el presupuesto departamental un segundo auxilio de 3.000 pesos para ella.122

Para las obras públicas de Charalá autorizó al alcalde y al director de la cárcel para emplear los reclusos en las refacciones necesarias en ese edificio, como en los cimientos de los puentes sobre los ríos Pienta y Táquiza, con lo cual su tiempo libre para elaborar artesanías de fique debía ser reducido a la mitad para que primara el servicio público en el empleo de la fuerza laboral carcelaria. Uno de los puentes que requirió de la mano de obra de los presos de Charalá fue el dispuesto por la ordenanza 3 de 1892, que declaró ―obra de utilidad pública la construcción de un puente sobre el río Pienta, en el punto denominado Los Cedros‖, ya que así se garantizaría la comunicación de los habitantes de los sitios denominados Nemizaque y Morena con la cabecera municipal.

120 Decreto por el cual se auxilia al Municipio de Charalá para la construcción de un puente sobre el río Táquiza. Bucaramanga, 10 de abril de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2440 (Sábado 25 de abril de 1891), 4513. 121 Diligencia de recepción del puente del ―Llano‖ en la Provincia de Charalá. Charalá, 8 de octubre de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2486 (Jueves 15 de octubre de 1891), 4698. 122 Diligencia de visita practicada por el señor Gobernador del Departamento en la Prefectura de la Provincia de Charalá, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2684 (Sábado 9 de sep. de 1893), 5489.

Otro de los beneficios obtenidos por Charalá fue la instalación de la red nacional de telegrafía y correos hasta ese municipio. La inauguración de la oficina telegráfica y del telégrafo ocurrió a las tres de la tarde del 13 de febrero de 1892. El primer mensaje emitido desde Charalá fue enviado por el prefecto provincial al gobernador Santos, uno de los principales usuarios durante sus visitas periódicas a su provincia natal como gobernador y posteriormente como ministro de estado. Durante los días 19 a 21 de septiembre de 1894 no tuvo descanso el telegrafista de Charalá, pues tuvo que transmitir los cientos de mensajes, órdenes y decretos asociados al fallecimiento del presidente Rafael Núñez, máximo caudillo de la Regeneración y amigo personal del general Santos.

Al culminar los períodos de vacaciones o de visita a Charalá, el gobernador Santos aprovechaba el viaje de retorno a la capital de Santander para examinar los avances en las obras de construcción o mantenimiento de las vías centrales del departamento, en tramos importantes como el que unía a Charalá con Pinchote y Socorro, así como el que iba desde San Gil hasta Los Santos. Para garantizar la duración y conservación de cada inversión por el sistema de administración, la principal exigencia del gobernador se refería a la construcción de desagües laterales de piedra y sardineles para disminuir la inclinación (Crónica del secretario de Hacienda, 15 de octubre de 1891). La extinguida capital estatal del Socorro fue también beneficiada con la obras decretadas por el gobernador, quien gestionó la aprobación de la ordenanza 6 de 1892 que auxiliaba a esa municipalidad con 4.000 pesos para la ―provisión de aguas y la reparación y mejora de sus acueductos públicos‖.

Era de esperar que, acorde con la dignidad y prestigio del general Santos, las vías principales y comunales de la provincia de Charalá recibieran mayor reconstrucción, refacción y atención periódica por parte del alcalde de Charalá. Una de ellas conducía al Encino, pasando por su hacienda personal, tal como informó el secretario de Hacienda el 20 de noviembre de 1891. El coronel José María Valderrama fue uno de los beneficiarios de los contratos de caminos, ya que en 1892 se le adjudicaron las obras de la primera parte del camino de Bucaramanga a Puerto Botijas. El prefecto provincial de Charalá, Manuel Arias, pariente del gobernador, fue ratificado en su cargo antes de cumplirse su año de nombramiento por su esmero en la supervisión de las órdenes dadas por el gobernador para la provincia y municipalidad de Charalá, constituyéndose en el principal intercesor de los charaleños ante el gobernador para pedir la autorización de decisiones de beneficio provincial como las prórrogas al pago de los impuestos, preservando así el régimen jurisdiccional establecido desde la creación del departamento de Charalá en 1860. Otro pariente del general Santos, don Francisco Arias, fue nombrado prefecto de Guanentá y del Socorro durante su segunda administración departamental. También supervisó el cumplimiento de las decisiones respecto de la conservación de las vías, el orden público y la productividad de los fértiles campos de la cuenca del río Suárez. Al recriminar a los alcaldes de su provincia sobre el cumplimiento de las normas y decretos sobre policía, este prefecto se expresaba en los siguientes términos:

…es demasiado sensible no sólo para los Agentes del Gobierno, sino para la sociedad en general, ver la indiferencia con que en algunas de nuestras poblaciones se miran todas estas disposiciones que tienden a su mejoramiento y moralización. Desconsolador es también para una autoridad, que al dirigirse a uno de los municipios de su mando, lo primero que encuentra es el mal estado de sus vías de comunicación, el desaseo de la localidad, sus calles convertidas en corral y la beodez y la vagancia en auge, mientras que los campos carecen de

brazos para su cultivo, y todo esto debido a la desidia, a las mezquinas consideraciones del pueblo, a la marcada indolencia que se nota en las autoridades municipales…123 El prefecto de Charalá recibió a satisfacción, el 29 de junio de 1892, la culminación de las obras del camino entre Charalá (Vado de Palo) y Duitama; tuvo la potestad para hacer variaciones a los trazados o los contratos (ordenanza 41 de 1892), y apeló la expedición de decretos provinciales mediante los cuales se establecieron las fechas de cumplimiento o prórroga para el pago semestral de las contribuciones obligatorias que debían hacer los vecinos ante los alcaldes y tesoreros, bajo penas y multas por el incumplimiento de esos recaudos, que garantizaban la comodidad de las rutas de tránsito de los funcionarios, viajeros, agentes de correos, arrieros, etc. Esa red de caminos para la intercomunicación permanente de la provincia de Charalá con Boyacá y la capital del país fue complementada con la declaratoria, como obra de utilidad pública, del camino que partiendo desde el corregimiento de Coromoro conducía hasta el municipio de Belén (ordenanza 62 de 1892).

En el campo de la instrucción pública, el general Santos gestionó las ordenanzas y auxilios necesarios para lograr la transformación de la educación primaria y secundaria hacia la formación aplicada en artes u oficios. Si bien la Escuela Superior logró liberar parcialmente a las gentes de Charalá de la dependencia respecto de los colegios y la escuela de artes y oficios que existían en San Gil y el Socorro, solo con la creación del colegio provincial de Charalá, acorde con la ordenanza 12 (13 de julio) de 1892, se formalizó la creación de un instituto de instrucción secundaria cuyas materias de estudio y el personal a contratar por parte de la gobernación debían ser congruentes con el plan de estudios de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia.

En 1892 el general Santos sancionó la ordenanza 32 que concedió un auxilio adicional para las instituciones públicas de Charalá, como eran el hospital de caridad y los dos locales de instrucción primaria para niños y niñas, asignando al establecimiento sanitario mil pesos y a las escuelas dos mil pesos. Durante los siguientes años, los esfuerzos e inversiones del gobernador se centraron en el fomento de los ferrocarriles y caminos hacia el río Magdalena, con lo cual correspondería a sus hijos Manuel José y Pablo Emilio Santos Arias velar por los intereses de los charaleños, actuando como representantes electorales con la venia del partido y el permiso de su padre.

Acorde con la tradición política y administrativa adoptada en el país, cada 20 de julio concluían los años fiscales para la ejecución de los presupuestos y las legislaturas políticas, siendo empleados los actos de conmemoración de la principal fiesta patria del país, el ―gran día de la Patria‖, para que presidentes, gobernadores, prefectos y alcaldes hicieran balances y resúmenes de sus gestiones semestrales o anuales. Para ennoblecer esos eventos, el gobernador Santos dispuso dar realce institucional a la conmemoración cívica del 20 de julio con la presencia de sus secretarios y de todos los sectores de la sociedad en los actos públicos.

Para solemnizar el octogésimo primer aniversario de la independencia nacional en Bucaramanga decretó, el 16 de julio de 1891, que todos los edificios públicos y todas las casas de la provincia de Soto debían iluminar su exterior durante las noches del 19 y 20 de julio. La banda de música ejecutaría una gran retreta en la Plaza de la Constitución, en la

123 Circular del secretario de Gobierno, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2767 (Jueves 31 de mayo de 1894), 5823.

mañana del 20 de julio todos los empleados públicos debían participar en la izada del pabellón nacional, las salvas de artillería, los paseos de música, la misa solemne y el Te Deum en acción de gracias, estando a cargo de las Secretarías de Hacienda y de Gobierno esos actos protocolarios. Correspondía a la Secretaría de Instrucción Pública y a su inspector general organizar a los establecimientos de educación para que presentaran ―actos literarios‖ durante las horas vespertinas124, los cuales se dividieron en actos de las escuelas municipales y actos de las escuelas normales y de las escuelas de artes y oficios.

En la alocución que el gobernador dirigió a los santandereanos, el 20 de julio de 1891, reafirmó los ideales y valores patrióticos que debían ser regenerados y preservados entre los ciudadanos colombianos como fundamento necesario para asegurar el progreso y garantizar los beneficios de las obras de bienestar y seguridad común que impulsaba el régimen nacionalista, tronando contra los ―hijos desnaturalizados‖ que pretendían ―trastornar el orden establecido y la marcha regular de las sabias instituciones‖:

Gobernar un pueblo como el de Santander, en donde hay verdadero espíritu republicano, donde se ve claramente por la índole y las inclinaciones de los habitantes, que el trabajo de nuestros padres, por legarnos Independencia y Libertad, no ha sido estéril, es no sólo motivo de complacencia sino de positiva satisfacción y de patriótico orgullo. El espíritu se engrandece al contemplar el Pueblo de Santander tan pacífico, tan laborioso, tan consagrado al trabajo, que busca por medio de tan poderosos elementos, así como en el fomento de empresas materiales de reconocida utilidad pública, su preponderancia en los mercados extranjeros con los productos explotables de la industria, y que llama la atención de todos los colombianos por su repecto a la Ley y al Gobierno que sabe ejecutarla y cumplirla125. En compensación por sus servicios, como por su interés en reafirmar los valores patrios entre los santandereanos, la Escuela de Artes y Oficios obsequió al gobernador una de sus obras de arte que consistía en ―un magnífico cuadro de madera que contiene el acta de proclamación de la Independencia de 1810‖. Los gremios privados de la ciudad concluyeron los festejos con una velada literaria en honor al día de la Patria, realizada en el Club del Comercio.

La preocupación del general Santos por exaltar, promover e incitar a la defensa de los valores espirituales y morales propios del patriotismo republicano y nacionalista, promovido por la regeneración antes que por la exaltación de los medios materiales y los símbolos liberales del progreso tecnológico, fue reafirmada al pronunciarse durante los actos de inauguración del servicio de energía eléctrica y alumbrado público para Bucaramanga en la noche del 30 de agosto de 1891, cuyo uso masivo fue prestado solo a partir del 20 de noviembre. A la par de los discursos y telegramas publicados durante la inauguración de la red de telégrafos y correos nacionales en cada municipio de la provincia de Soto, expresó sus agradecimientos a los empresarios Goelkel y Jones por la inversión hidroeléctrica y la gestión empresarial realizadas para el beneficio colectivo y la proyección

124 Decreto por el cual se dispone la solemnización del LXXXI aniversario de nuestra independencia nacional. Bucaramanga, 16 de julio de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2464 (Jueves 16 de julio de 1891), 4609. 125 Alocución del Gobernador de Santander el 20 de julio de 1891, 81º Aniversario de la Independencia de Colombia. Bucaramanga, 20 de julio de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2465 (Lunes 20 de julio de 1891), 4613.

de la capital de Santander como una ciudad ―tan culta y civilizada como cualquier otra de Europa o América‖. Sus palabras en tal ocasión fueron las siguientes:

Sorprendente es, señores, el resultado que habéis obtenido estableciendo en vuestra tierra natal y empleando para ello todos vuestros recursos intelectuales y pecuniarios, uno de los más importantes descubrimientos inspirados por Dios a la inteligencia humana. De hoy más, Bucaramanga ocupará distinguido puesto entre las ciudades civilizadas del continente americano, pudiendo decir con orgullo: lo que soy, lo debo todo al trabajo, a la honradez y a la laboriosidad de mis hijos, que todo lo sacrifican por engrandecerme y hacerme prosperar moral y materialmente. No dudo que conmigo reconoceréis que a la sombra de la paz y la seguridad que inspira las instituciones y el Gobierno que rigen el país, habéis podido arriesgar todos los recursos de que erais poseedores y vuestro porvenir, en la grandiosa empresa que acabáis de coronar con el aplauso de vuestros compatriotas… señalo vuestros nombres a la juventud de mi patria como el tipo perfecto de la honradez, de la laboriosidad y de la resignación, pues sabéis cumplir vuestros compromisos y coadyuvar en cuanto es posible al adelanto y engrandecimiento del país126. La insistencia del general Santos por los valores morales, los principios católicos y el mejoramiento material de las condiciones de vida basada en el trabajo dedicado y honrado como reflejo de su propio proyecto de vida, fue reafirmada al entregar los títulos de maestros normalistas y de maestros en artes y oficios (herrería, carpintería, zapatería, guarnicionería) durante la sesión solemne realizada en la Asamblea Departamental el 30 de noviembre de 1891. Rememorando su exitoso y próspero proyecto de vida, se presentó ante los jóvenes maestros graduados como un hombre anciano dispuesto a aconsejarlos para el resto de sus vidas:

Muy jóvenes aún, faltos de experiencia y poco conocedores de los peligros que os asaltarán en la carrera de la vida, debéis procurar poneros a cubierto de todas las asechanzas del vicio y la perversidad, representados por desgracia en algunos de vuestros semejantes, formando un escudo invulnerable para oponerles, en vuestro carácter de hombres honrados, virtuosos y trabajadores. El carácter firme y benévolo da siempre importancia y respetabilidad al individuo, tanto en el taller como en el escritorio, ejerciendo funciones de representante del pueblo ó de acaudalado comerciante, y eleva a los hombres que han sabido crearse tan preciosa cualidad, a las más altas dignidades de la magistratura. Los verdaderos cimientos de la seguridad civil, así como la industria, la civilización y el poder de las naciones, dependen del carácter individual. Acostumbraos a decir siempre la verdad, a ser íntegros y bondadosos, porque estas cualidades son la esencia del carácter. Poseerlas con fuerza de voluntad, dan un poder irresistible para hacer el bien, resistir el mal y sirven también de barrera contra el infortunio. Confiad siempre en Dios y haced luego lo que vuestra conciencia os señale como deber. No olvidéis que para sobresalir y perfeccionaros en las artes debéis trabajar constantemente con voluntad ó sin ella, a mañana y tarde, porque si abandonáis el ejercicio diario de vuestra profesión acabaréis por olvidar lo que habéis aprendido y os volveréis perezosos y holgazanes. Sólo con constancia y resignación se puede vencer a la pobreza y las dificultades que ella presenta a los hombres de trabajo127.

126 Luz Eléctrica. Discurso pronunciado por el señor Gobernador del Departamento en el acto de la inauguración de la luz eléctrica en esta ciudad, en la noche del 30 de agosto último. Bucaramanga, 30 de agosto de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2476 (Viernes 4 de septiembre de 1891), 4658. 127 Sesión solemne de las Escuelas Normales y de la de Artes y Oficios. Bucaramanga, 30 de noviembre de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2500 (Lunes 7 de dic. de 1891). 4754.

Los principios morales y patrióticos de los santandereanos debían regenerarse siguiendo la ―espada de Bolívar‖, apelando a la memoria y gloria que había inspirado la creación en 1857 de un territorio de Colombia con el nombre de ―Santander‖. Al promover la conmemoración solemne del centenario de nacimiento del general Francisco de Paula Santander reafirmó los atributos civiles, militares y morales que lo habían llevado a constituirse en uno de los padres de la patria defendida y regenerada por el partido nacional:

…el General Santander fue de los primeros que acudieron a alistarse en el Ejército republicano cuando se inició en nuestro país el movimiento revolucionario que terminó con la separación absoluta de Colombia del Gobierno español;

Que en la guerra de la independencia prestó importantísimos servicios, rodeó su nombre de gloria inmarcesible y fue uno de los que más ayudaron al planteamiento de las instituciones republicanas en Colombia;

Que por su inteligencia, su valor y su clara visión política llegó a ser Jefe prestigioso en la gran Revolución y desempeño los puestos más altos y honrosos en la jerarquía civil del país;

Que el pueblo de este Departamento, cuna del General Santander, debe festejar el aniversario del nacimiento de este ilustre patricio, cuya gloria se refleja sobre la tierra santandereana,128…

El sacro apego y cumplimiento de las leyes que caracterizó al general Santander fue el referente de acción administrativa que guió las acciones y decisiones del general Santos, al punto de llegar a estar en contra de la defensa y divulgación de las creencias y valores morales católicos promovidas por la regeneración cuando no fuese acatada estrictamente la ley. Ejemplo de ello es la suspensión que hizo del acuerdo 7 (7 de septiembre) de 1891 dado por el Concejo Municipal de Aratoca. Los concejales habían acordado ―consagrar el municipio al culto especial del Sagrado Corazón de Jesús; señalar un día del año para que el municipio solemnice esta fiesta, y pasar copia del acto al Ilustrísimo señor Obispo de la Diócesis y al venerable señor Cura de la Parroquia‖. Sin embargo, el Juez 2º del circuito de Guanentá declaró nulo ese acuerdo y pidió la confirmación de su providencia al Tribunal Superior del Sur, considerando que le estaba prohibido a los concejos municipales intervenir en asuntos que no eran de su competencia, según lo dispuesto por el Código Político y Municipal de la Nación. Este asunto era del dominio exclusivo de la Iglesia Católica, dada la separación político-administrativa entre Iglesia y Estado que existía en el país.

Pero el compromiso con los principios de la causa regeneradora fue públicamente reafirmado por el gobernador Santos al saludar el aniversario de la independencia de Cartagena en 1893, expresando al presidente Rafael Núñez en un telegrama el siguiente mensaje: ―Como gobernante del pueblo santandereano, y también en mi condición de particular, me felicito porque la Divina Providencia ha conservado para bien de la República la ciudad de nuestro orgullo patrio y de nuestras más hermosas tradiciones, y al

128 Decreto por el cual se celebra el centenario del natalicio del General Francisco de P. Santander (1 de abril de 1892), en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2532 (Martes 5 de abril de 1892), 4881.

incontrastable y experto piloto de Colombia‖. El presidente le contestó: ―Agradecemos recuerdo glorioso once (11). Adicto amigo, Núñez‖129.

Temiendo los hechos insurgentes que llevaron a la guerra civil de 1895, e incluso a la de 1899, el general Santos dedicó su última alocución a los santandereanos, con motivo de la conmemoración LXXXIV de la Independencia Nacional, a la necesidad de defender a muerte los principios de la regeneración política:

SANTANDEREANOS. No debo ocultaros que nuestra actual situación es seguramente una de las más críticas que se nos han presentado en el transcurso de ochenta y cuatro años, y que en estos momentos solemnes es cuando más se necesita despertar el espíritu patriótico para mirar y juzgar con serenidad completa las desgracias que nos amenazan… Mientras no nos amemos como hermanos y antepongamos el amor patrio al interés particular y egoísta que desconocer hasta la sublime virtud de la caridad, no debemos aspirar a colaborar dignamente en la obra de nuestros antepasados titulándonos sus representantes, pues si esto pretendemos y como obligación sagrada deberíamos cumplir, necesitamos imitar sus virtudes no sólo en el ejercicio de los puestos públicos que nos correspondan, sino también en el hogar doméstico y en nuestras relaciones sociales, de lo cual nos da alto ejemplo el actual encargado del Poder Ejecutivo Nacional. Tengamos presente también, que el Jefe de la Regeneración y Presidente titular de la República, siguiendo el camino trazado por los Padres de la Patria, nos ha dejado en él después de destruir muchas malezas de las que embarazaban su tránsito, considerándonos capaces, sin duda, de perfeccionarlo haciendo imperar la República cristiana y civilizadora donde todos los ciudadanos gocen de verdadera paz, de seguridad y de la satisfacción que inspira el deber cumplido. Él nos observa, y así como nuestros próceres desde el cielo nos bendecirán si sabemos honrar su memoria, morirá agradecido y satisfecho de haber visto bien secundados sus esfuerzos y sacrificios por la Regeneración de Colombia130. Mientras el general Santos advertía sobre los peligros que corría la Regeneración, el vicepresidente Miguel Antonio Caro apaciguaba los ánimos al decretar la liberación de todos los presos políticos, incluidos los enemigos de la Regeneración, como gracia del Gobierno Nacional con motivo de los festejos del día de la independencia en la capital del país (decreto 685 de 1894). Finalmente, la revisión de los principios morales de la Regeneración y el destino de la patria en manos de sus defensores resultó ser una tarea mucho más ardua y sentida para el general Santos al enterarse en San Gil, el 18 de septiembre, del fallecimiento de su amigo y protector, el Dr. Rafael Núñez. Desde su residencia familiar en Charalá manifestó públicamente, el 21 de septiembre, los sentimientos y reflexiones que le generaba la muerte del caudillo:

Al vicepresidente Caro: El dedo del Altísimo señala a S. E. de manera visible para continuar la grande obra de regeneración, y para llevar airosa la bandera del partido al través de las calamidades y vicisitudes que hoy afligen a Colombia. A Soledad Román de Núñez: Dios lo ha querido: para llenar la copa de las desgracias que apura Colombia, se consumó el tremendo sacrificio, y sobre esta Patria enlutecida por la muerte de tantos buenos hijos, cayó

129 Telegramas, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2532 (Jueves 23 de nov. de 1893), 5566. 130 Alocución del Gobernador de Santander, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2790 (Viernes 20 de julio de 1894), 5914.

el más terrible de los duelos con la desaparición del varón fuerte y justo que terminó la obra de Bolívar. Al Gobernador de Bolívar: Pero dice Usía: el espíritu de Núñez velara sobre la Patria, y su sombra veneranda se alzará aún para predicarnos la unión y evitar la ruina total de la grande obra del padre de la Regeneración. Que Dios nos ilumine, y que premie los sacrificios del ilustre finado131. El espíritu militar y el culto patriótico a los héroes se manifestaron en las distintas conmemoraciones que el gobernador Santos ordenó realizar. Durante sus cinco años de gobierno en Santander se contaron los siguientes homenajes: por el decreto del 2 de abril de 1892 ordenó conmemorar el centenario del nacimiento del general Francisco de Paula de Santander, para ―honrar la memoria de uno de los mejores hijos del Departamento y de una de las figuras más notables y egregias de la Independencia y de la República.‖132 Se dispuso izar el pabellón nacional, disparar salvas, interpretar música al mediodía y presentar una retreta en la noche. Dichas salvas fueron hechas con el cañón que existía en el cuartel de Bucaramanga, hasta que durante la Guerra de los Mil Días fue movido y ubicado estratégicamente durante la batalla de la Puerta del Sol (Bucaramanga), siendo factor decisivo para el triunfo oficialista (14 noviembre de 1899) al bombardear y neutralizar a los rebeldes ocultos en la Quinta Minlos y la Casa de San Miguel.

Por el decreto del 27 de enero de 1891 ordenó honrar la memoria del general Fernando Ponce, quien había sido comandante general del Ejército.133 Por el decreto de honores del 20 de agosto de 1892 pidió a los santandereanos imitar las virtudes del general Antonio Arenas T., héroe de la guerra civil de 1885, disponiendo el traslado a Oiba de un cuerpo militar para que hiciera las salvas fúnebres, y también que la banda departamental ejecutara una retreta fúnebre en honor de ese general en Bucaramanga. Con el decreto de honores del 19 de febrero de 1893 ordenó honrar la memoria del general en jefe del Ejército Antonio Basilio Cuervo, quien había sido ministro de Gobierno encargado del despacho de Guerra, izando el pabellón nacional a media asta en los edificios públicos durante tres días, cada guarnición militar de Santander debía realizar los honores militares que le correspondían, y la banda oficial ejecutaría retretas en honor del finado durante los días 20 y 21 de febrero a las cinco de la tarde. En la entrega 2632 de la Gaceta de Santander, donde se publicó este decreto, fue cumplida la orden dada para que, en señal de duelo oficial, ―los periódicos oficiales del Departamento vestirán de luto sus columnas por una vez, en memoria del triste suceso que hoy se deplora‖. Para cumplir con esa innovación protocolaria y editorial fueron trazadas gruesas líneas de separación entre los niveles del encabezamiento, así como entre las cuatro columnas de la portada. También se le hicieron las honras ordenadas por el decreto nacional 173 de 1893 que exaltaba su condición de jefe militar y de ministro de Estado, siendo nombrado en su reemplazo, como ministro de Gobierno, otro militar de confianza como fue el general José María Campo Serrano (decreto 492 de 1893), quien con su firma sancionó la Carta de 1886.

131Gobernación del Departamento Telegramas, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2812 (Jueves 18 de octubre de 1894), 6002. 132 Secretaría de Gobierno: Sentencia dictada por el Tribunal Judicial del Sur (23 de febrero de 1892), en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2536 (Miércoles 20 de abril de 1892), 4897. 133 Decreto del 27 de enero de 1891, en Gaceta de Santander, Año XXXIII, No. 2405 (30 de enero de 1891), 4373.

Los honores públicos y el luto gubernamental expresados con columnas negras en los periódicos oficiales, aunados a los homenajes de luto para un alto dignatario del Estado en las plazas públicas con notas de condolencia, honores militares con los cañones de las guarniciones, pabellones izados a media asta en las oficinas públicas y la realización de retretas fúnebres durante tres días seguidos fueron repetidos al expedirse el decreto de honores al general Solón Wilches Calderón, quien falleció en La Concepción el 13 de octubre de 1893. Liberal independiente y presidente del Estado de Santander, había sido representante y senador por Santander, general en jefe de la Guardia Colombiana y hombre que ―fomentó muchas empresas públicas y particulares, y propendió por el desarrollo de la instrucción pública, de la industria y el comercio‖ (decreto del 14 de octubre de 1893).

Los mismos actos de homenaje fueron tributados en su fallecimiento al general Leonardo Canal (decreto del 5 de mayo de 1894), considerado el ―Soldado del Deber‖, el ―trabajador más antiguo e incansable‖ de la Regeneración, quien había iniciado su carrera pública en 1844 y su vida militar en 1854, durante la cual se había destacado como defensor de los principios republicanos al desempeñarse como gobernador de Pamplona (1845 y 1853), gobernador militar de Santander (1860-1861), comandante de los Ejércitos de Santander, Antioquia y Cauca (1862–1863), presidente ―constitucional‖ de la República (1862), representante al Congreso (1868 y 1869), general en jefe del Ejército de Reserva (1885), senador (1888, 1890 y 1892) y ministro de Fomento (1890). El general Santos lo presentó como ―uno de sus hijos más esclarecidos, aquel que tuvo siempre abierto su corazón a todo lo que es grande, su inteligencia al servicio de la Patria y su espada lista siempre a sostener los verdaderos principios republicanos… cuya vida de ciudadano y de caudillo es página brillante en la historia política del país, por las numerosas empresas materiales que él fomentó, por los hechos de armas en que figuró y por las muchas ocasiones en que su prestigio hizo conquistas morales en pro de la causa genuinamente republicana y de los ideales que ella proclama y sostiene‖134.

Otros decretos de honores ordenados por el general Santos para exaltar la memoria de generales que habían ocupado cargos legislativos o ejecutivos fueron los siguientes: decreto de honores (3 de junio de 1893) para recomendar la memoria del general Alejandro Posada, del general Lázaro María Pérez (ordenanza 13 de 1894), del general de brigada Pedro León Canal (decreto del 20 de septiembre de 1894) y también de ―uno de los más expertos y prestigiosos de la causa nacional‖, el expresidente Carlos Holguín (decreto del 20 de octubre de 1894). También dio cumplimiento a los decretos nacionales que ordenaron conmemorar el centenario del natalicio del general Juan José Neira, prócer de la Independencia (decreto 1642 de 1893), y el centenario del natalicio de Policarpa Salavarrieta (resolución 13 de noviembre de 1894).

Esta experiencia de un lustro de expedición de decretos de honores y de realización de homenajes públicos a los principales ciudadanos y funcionarios de Santander le permitieron al general Santos la expedición del decreto de honores fúnebres al presidente Rafael Núñez, una vez que se enteró, a las nueve y media de la mañana del 18 de septiembre de 1894, de su fallecimiento. Considerando que había sido un eminente hombre de estado que había ocupado la presidencia de la república durante varias ocasiones, un ciudadano cumplidor del deber que había buscado el engrandecimiento y prosperidad de la

134 Decreto de honores a la memoria del General en Jefe Leonardo Canal, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 5758 (Jueves 10 de mayo de 1894), 5785.

Nación al restablecer la paz religiosa y el orden social, un católico inteligente que logró la reconciliación del Estado con la Santa Sede y el restablecimiento de relaciones con España, un filósofo, poeta y escritor que contribuyó con sus ideas al adelanto moral e intelectual del país; un obrero que promovió el desarrollo de las bellas artes, el comercio y la industria; decretó el gobernador Santos lo siguiente: ―En señal de condolencia, el Pabellón nacional permanecerá izado a media asta y enlutado, en las oficinas públicas, por diez días consecutivos, y durante ellos se darán retretas fúnebres en la plaza principal de la capital del Departamento. Por igual tiempo, llevarán luto todos los empleados, funcionarios públicos y alumnos de los establecimientos de educación. Las honras fúnebres de tan eximio Mandatario se celebrarán con la solemnidad debida en la iglesia parroquial de Bucaramanga el día 27 de los corrientes‖135.

Además de sus órdenes para que en Santander se conmemoraran anualmente los días 20 de julio y 11 de noviembre, el gobernador Santos dio continuidad en 1892 a la conmemoración que desde el período federal se hacía de la insurrección de los comuneros. Considerando que ―desde que los invictos Comuneros lanzaron en la ciudad del Socorro el primer grito de Independencia que resonó en el territorio colombiano y que por tal razón el aniversario del 16 de marzo de 1781 debe celebrarse y se celebra en Colombia como fiesta nacional‖136, dispuso en su decreto del 12 de marzo de 1894 conmemorar los días 16 de marzo de cada año ―en memoria del heroico sacrificio y de la indómita bravura de los Comuneros del Socorro‖.

La solemnidad protocolaria y los efectos morales de la conmemoración del día de los comuneros en la Bucaramanga de 1892 fueron aprovechados por los comerciantes Reyes González y Sinforoso García para cuestionar los decretos del gobernador sobre hacienda pública y el manejo de las administraciones de rentas al darse preferencia a empresarios conservadores de Soto como Felipe Sorzano. Apelando al imaginario comunero contrario a los regímenes despóticos y tributarios, los empresarios González y García plantearon:

Hace pocos días se izó en la casa de la Gobernación el pabellón nacional, y en las oficinas de los Cónsules extranjeros se izaron en el mismo día los pabellones de sus respectivas naciones para solemnizar el aniversario del movimiento insurreccional de los comuneros en el siglo pasado, movimiento ocasionado por los tributos, y por el cual fue inmolada una gloriosa heroína del propio nombre y de la misma sangre de US.; y el decreto de que hemos venido tratando fue expedido en el aniversario del nacimiento del más limpio de los administradores públicos. En nombre de estos sucesos históricos y de la tradicional sobriedad administrativa de este Departamento de Santander, respetuosamente pedimos la revocación del decreto del 22 del mes pasado…137. En tono indignado les respondió el gobernador Santos: ―el encargado de la Gobernación, para ser honrado y cumplir con su deber, no necesita de evocar recuerdos del pasado por gloriosos que ellos sean, y protesta contra la inmerecida ofensa que trata de hacérsele

135 Decreto por el cual se honra la memoria del Excmo. Sr. Presidente de la República, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2807 (Jueves 27 de sept. de 1894), 5982. 136 Decreto por el cual se dispone la solemnización del 111º. aniversario de la insurrección de los comuneros (15 de marzo de 1892), en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2527 (Jueves 24 de marzo de 1892), 4861. 137 Memorial del 21 de marzo de 1892, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2527 (Jueves 24 de marzo de 1892), 4862.

emboscadamente al citar la fecha en que fue expedido el decreto que tanto ha mortificado a los peticionarios‖138. Durante la conmemoración del 20 de julio de 1892 volvió el general Santos sobre esta actualización del relato histórico para el debate político:

Admiro la grandeza de espíritu y el incomparable patriotismo de nuestros padres, que con tanto entusiasmo como serenidad arrostraron toda clase de peligros y aceptaron como el cumplimiento de un gran deber, el sacrificio de su vida por dejarnos una Patria libre de esclavos y en que se reconocieran y practicaran los derechos del ciudadano, basados en el orden y la justicia. Cuidado ha sido de nuestros Gobiernos haceros conocer esos ilustres varones desde las Escuelas de Primeras Letras; pero yo, al sentirme orgulloso de darles hoy una prueba de mi reconocimiento –por tenerme la providencia colocado como vuestro vocero ejerciendo las funciones de Gobernador del Departamento– no puedo menos que presentaros, aun cuando lo sabéis de memoria, los nombres de algunos de algunos de aquellos que más merecen que su recuerdo permanezca grabado en nuestros corazones. No olvidéis nunca a Bolívar, Caldas, Camilo Torres, Nariño, Rosillo, Sucre, Santander, Ricaurte, Páez, Rondón, García Rovira, Girardot, Cedeño, a Córdoba y a mil héroes más que sería largo enumerar aquí, y los cuales son nuestros padres y bienhechores: ninguna alabanza sería suficiente para ensalzar sus méritos139. Como para todos era conocido su parentesco con la heroína María Antonia Santos Plata, tía de su madre, agregó el general Santos:

Policarpa Salabarrieta y Antonia Santos, heroínas que santificaron y colmaron de grandeza la obra de nuestros próceres sacrificándose por ella, nos han legado ejemplo de virtud y de valor que las levantan al pináculo de la gloria, y han hecho que se reconozca en ellas una superioridad moral que por lo menos las coloca al nivel de las más insignes matronas de la antigüedad. Pronunciemos siempre esos nombres con respeto y veneración, y cuando experimentemos contrariedades en el camino de la vida, recordemos su patriótica abnegación; y que su sangre, que si no corre por nuestra venas, si ha quedado al menos como un benéfico rocío para fortificar nuestro espíritu, nos dé aliento y memoria para no dejarnos olvidar la verdadera República sin abusos ni atropellos que fue su ideal y tiene por lema la Libertad en la Justicia. Durante los actos militares, cívicos, literarios, musicales y sociales del 20 de julio de 1893 pasó el general Santos a relacionar la defensa de las ―ideas de orden y de libertad en la justicia‖ de los próceres que habían defendido la independencia de Colombia con las tareas de la regeneración que representaba en Santander:

Si nuestros próceres pelearon heroicamente por asegurarnos una patria libre e independiente, debemos estar convencidos de que al proceder así pensaban solamente en conquistarnos un porvenir tranquilo, en que, a la sombra de la paz, tuvieran desarrollo los verdaderos principios republicanos, el cultivo de las ciencias, la industria en general y, sobre todo, las sanas ideas de la Religión cristiana, que como elemento moralizador, forman la base y aseguran la vida de toda sociedad civilizada. Hacernos, pues, dignos herederos y sucesores de

138 Ibid. Resolución del 23 de marzo de 1892. P. 4863. El enfrentamiento y recelo entre los dos hombres más poderosos de Bucaramanga fue temporal. En nombre de la unidad del partido, el general Santos nombró a Reyes González como prefecto de Soto a partir del 20 de febrero de 1894. 139 Alocución del Gobernador del Departamento. Bucaramanga, 20 de julio de 1892, en Gaceta de Santander, Año XXXIV, No. 2556 (Miércoles 24 de julio de 1892), 4977.

tan esforzados varones en nuestra misión en Colombia, para que desde el cielo puedan éstos contemplar satisfechos su obra y la fecundidad de la semilla benéfica que regaron en este sueldo empapado con su sangre –con esa sangre derramada en tantos campos de batalla y en tantos otros sitios en donde fueron inmolados los más ilustres y respetables ciudadanos que iniciaron y llevaron a término la magna empresa de nuestra Independencia. Por fortuna, la paz de que disfrutamos, la forma de gobierno que garantiza nuestra actual Constitución, en que campea la idea republicana sostenida por sus principales elementos – el orden y la libertad en justicia- demuestran que si no hemos cumplido del todo el programa de nuestros padres –puesto que aún no nos amamos ni fraternizamos en nuestro modo de ser en política, como ellos lo desearan – nos aproximamos ya mucho a ese divino ideal que los condujo al sacrificio y que será definitivamente realizado por la presente regeneración140. El calendario de conmemoraciones solemnes anuales que decretó este gobernador de Santander, hecho con las fechas de interés patrio, quedó entonces integrado con las siguientes: 1º de enero, día Acción de Gracias a Dios; 16 de marzo, día de los comuneros; 20 de julio, día de la independencia nacional; y 11 de noviembre, día de la independencia de Cartagena. Se agregaban las fechas del natalicio y muerte de los generales Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. Solo faltaba una fecha: el 7 de agosto, conmemorativa de la batalla del campo de Boyacá.

En efecto, el decreto del 5 de agosto de 1892 ordenó a los santandereanos conmemorar anualmente el aniversario de la ―batalla cuyo éxito libertó a Colombia de la dominación española‖. Era entonces un ―deber de gratitud grabar en la memoria de los hijos de la República los hechos culminantes de su historia‖, iluminando los edificios públicos y las casas particulares en la noche del seis de agosto a la par de realizarse una retreta en la plaza principal. A las cinco de la mañana del día patrio, como era acostumbrado para las demás fiestas cívicas, los funcionarios públicos debían presenciar la izada del pabellón nacional cuando se escuchaban las salvas de artillería y la entonación de dianas marciales y musicales, las cuales debían repetirse al mediodía. Finalmente, a las ocho de la noche se debía realizar una ―gran retreta en memoria de los patriotas que lidiaron en Boyacá por legarnos una patria libre‖.

Durante los actos conmemorativos organizados en otros departamentos, a los cuales no podía asistir por diversos motivos, el general Santos delegó su representación a un funcionario o a un ciudadano de su plena confianza. Ejemplo de ello fue el nombramiento de don Adolfo Harker (administrador general de la Compañía del camino de Bucaramanga a Sabana de Torres), para que representara al departamento de Santander durante los actos de inauguración de la estatua del Libertador en San Pedro Alejandrino, quinta que la gobernación del Magdalena había decidido conservar e inaugurar el 17 de diciembre de 1891, en honor del ―fundador de la República‖ (decreto del 30 de noviembre de 1891). También ocurrió cuando el gobernador no pudo desplazarse hasta San José de Cúcuta para presidir la inauguración del monumento erigido a la memoria del general Francisco de Paula Santander, cuando fue delegado el prefecto provincial de Cúcuta, el empresario Virgilio Galvis (decreto del 23 de julio de 1893).

Si bien las conmemoraciones nacionalizadas para todo el país por los decretos del Gobierno Nacional se organizaron en Santander puntualmente, el general Santos procuró

140 Alocución del Gobernador de Santander en el LXXXIII Aniversario de la Independencia Nacional. Bucaramanga, 20 de julio de 1893, en Gaceta de Santander, Año XXXV, No. 2670 (Jueves 20 de julio de 1892), 5433.

establecer actividades paralelas que agregaran otros sentidos a dichas festividades. Por ejemplo, cuando el Gobierno Nacional se asoció a la conmemoración mundial del cuarto centenario del descubrimiento de América siguiendo las recomendaciones de la Santa Sede, pues el Papa León XIII deseaba exaltar con una ―pompa religiosa‖ el comienzo de la ―vida civilizada‖ en América y el origen de la ―heroica raza latina‖ (comunicación del Ministerio de Relaciones desde Roma a 3 de octubre de 1891), el decreto nacional 36 de 1892 ordenó la conmemoración del Descubrimiento de América como un día de fiesta nacional, desde el 12 de octubre de 1892, en especial porque este país había derivado su nombre del apellido del descubridor del Nuevo Mundo, abandonando el nombre de Nueva Granada tanto en 1819 como en 1863. El gobernador de Santander optó en esta ocasión por realzar la imagen de Colón como militar exitoso e innovador, descubridor de un nuevo mundo, quien en nombre de los reyes de España había sido capitán, almirante y visorrey como recompensa de los trabajos de este ―intrépido navegante genovés, [que] abrió a la civilización el mundo americano‖.

Decretó por ello, el 3 de octubre de 1892, que los santandereanos encabezados por sus prefectos provinciales y alcaldes municipales debían solemnizar esa fiesta patria con ―la mayor pompa posible‖ en todas las poblaciones del departamento. Las autoridades civiles debían dictar las providencias necesarias para la ―mejor celebración del cuarto centenario del Descubrimiento de América‖, las autoridades eclesiásticas debían hacer lo propio a través de sus rituales desde los altares, y todos tenían la obligación de excitar a los demás habitantes a contribuir ―en cuanto puedan al mayor lucimiento de la fiesta‖, siendo de libre decisión de los ciudadanos mantener izado, durante todo el día de fiesta, el pabellón nacional frente a sus habitaciones particulares.

Al igual que los demás días patrios, los actos conmemorativos del Descubrimiento de América fueron encabezados en Bucaramanga por el general Santos, quien a las 5 de la mañana de ese día estuvo presente en el saludo de alborada, con salvas de artillería y fusilería en la plaza de la Constitución. Izó en ella el pabellón nacional, presidió el desfile que con dianas ejecutadas por las bandas (de música y marcial) del Batallón 9º de Tiradores recorrió las calles de la ciudad, asistió con todos sus funcionarios a la misa solemne (8 am) y al Te Deum (12 m) en el templo principal. Los actos militares, litúrgicos y literarios de ese día patrio fueron cerrados con una retreta musical al aire libre que se ofreció a las ocho de la noche.

El mayor aporte del gobernador a estos festejos fue la edición de una entrega de la Gaceta de Santander como un suplemento literario y cultural titulado ―Cuarto Centenario del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón‖. Las cuatro páginas del número 2.587 fueron enviadas a todas las oficinas públicas el miércoles 12 de octubre de 1892 con la indicación de que ―la Gobernación de Santander consagra este número del periódico oficial a la memoria del insigne descubridor del nuevo continente‖. Se insertó la Alocución del gobernador, datos sobre los descubrimientos geográficos y la biografía del descubridor genovés, extractados de la obra Documentos para la historia de la vida pública del Libertador (1875), escrita por José Félix Blanco.

Un homenaje semejante, consignado en el suplemento literario y cultural de la entrega 2.668 (martes 11 de julio de 1893) de la Gaceta de Santander, fue dedicado a honrar la memoria del ―ilustre general de ingenieros de la Nueva Granada Don Agustín Codazzi, en el primer centenario de su natalicio‖ (1793–1859). Se incluyó la biografía de Agustín Codazzi escrita por Domingo Magnani y traducida al castellano por Constanza Codazzi de Convers. En esta misma entrega se incluyó un homenaje a Manuel Briceño con

ocasión del aniversario de su muerte (1885), copiando para ello el texto que había escrito Rafael Pombo y publicado en el Papel Periódico Ilustrado.

Esta estrategia de divulgación y preservación en la memoria colectiva del nombre y las obras de los héroes y símbolos promovidos por los generales–gobernadores de la experiencia regeneradora fue parte del proceso de nacionalización de la memoria, que las generaciones posteriores llamarían ―historia oficial‖. El general Santos, por ejemplo, ordenó dedicar la entrega 2.676 (lunes 7 de agosto de 1893) de la Gaceta de Santander para rendir homenaje a ―Simón Bolívar, Libertador de cinco Repúblicas y fundador de Colombia en el aniversario de la gloriosa batalla 7 de agosto de 1819‖. Las páginas interiores incluyeron el decreto que ordenaba desde Charalá (3 de agosto de 1893) celebrar el 7 de agosto en la capital de Santander con salvas, retretas musicales, así como la inauguración de la estatua al general Francisco de Paula Santander en Cúcuta. La invitación oficial dirigida a todos los funcionarios y autoridades de la provincia de Cúcuta incluyó la trascripción de los ―Documentos relativos a la batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819‖.

El primer día de cada año se iniciaba con los actos de ―testimonio público de reconocimiento y adoración al Todopoderoso por los beneficios recibidos durante el año que termina e implorar su misericordia para el año que principia‖, según lo dispuesto por la ley 128 de 1888. El general Santos ordenó desde Charalá, a finales de 1891, a todos los prefectos impartir las ordenes y acciones necesarias para que en cada municipio se realizaran actos solemnes de inicio de año semejantes a los dispuestos para la capital de Santander, los cuales debían incluir: alborada, salvas de artillería, izada del pabellón nacional en las oficinas públicas, misa solemne con exposición del Santísimo Sacramento, Te Deum e iluminación general con retretas durante la noche (decreto del 22 de diciembre de 1891). Estos actos solemnes y litúrgicos se repitieron al comenzar el año de 1893, pues el decreto del 6 de diciembre de 1892 ordenó que las salvas de artillería y las dianas musicales estarían a cargo del Batallón 9º de Tiradores, en la madrugada y media tarde, la misa solemne y el Te Deum se realizarían a media mañana y el medio día, habría retreta en la plaza pública e iluminación de los edificios públicos, debiendo permanecer izado el pabellón nacional desde la madrugada, al igual que en los días patrios o en los homenajes a los héroes o servidores públicos fallecidos. 2.3. Gobernador de Boyacá, 1897–1898. La vida pública del general José Santos continuó meses después de su sustitución en el cargo como gobernador de Santander, pues fue nombrado gobernador en propiedad de Boyacá y, posteriormente ministro de Guerra y ministro plenipotenciario. Hizo entonces parte de una constelación de figuras santandereanas de importancia nacional entre las que se incluyeron el general Aurelio Mutis, quien fue gobernador de Santander (1897-1898) y ministro de Guerra, y Antonio Roldán, quien fue ministro de Gobierno de la Administración Caro.

El Gobierno Nacional le confirió al general Santos la tarea de regir los destinos administrativos de los boyacenses, considerando su reconocimiento en los departamentos de mayorías conservadoras, su amplia experiencia gubernamental en Santander, su incuestionada capacidad para preservar el orden público y contener las insubordinaciones, su habilidad para gestionar y promover las obras de interconexión vial y ferroviaria del país, así como los valores públicos exaltados por sus subalternos y conocidos públicamente

al ser considerado recurrentemente como un político firme, experto militar, empleado recto, corazón hidalgo, extensión de la palabra141, etc. El general Santos respondió aceptó este nombramiento el 4 de mayo de 1897 y se posesionó tres días después ante las autoridades judiciales y eclesiásticas de Tunja.

Los primeros saludos de felicitación por su nombramiento provinieron de los boyacenses residentes en Bucaramanga y de sus copartidarios del resto del país que reafirmaban las virtudes que lo habían caracterizado y su disposición a ponerse ―a vuestras ordenes como miembros convencidos del Gran Partido Nacionalista‖142. Los buenos augurios de los ciudadanos de las provincias más afectas a la regeneración se expresaron desde Soatá en los siguientes términos: ―Quiera Dios guiar sus actos y corresponder patrióticos deseos de aquel en momentos difíciles para la causa conservadora que debe mantenerse siempre unida y siempre vigorosa‖. Un ciudadano tunjano se expresó en los términos siguientes: ―Soy soldado de la causa que Ud. representa y estoy a sus órdenes‖. Desde El Cocuy escribieron: ―Boyacá progresará teniendo al frente de sus destinos al veterano del progreso de Santander‖. Otro tunjano entusiasta vaticinó: ―Grandes caudillos dirigen grandes causas‖.

En Boyacá centró su atención el general Santos en el cumplimiento de sus obligaciones administrativas básicas: nombrar, sustituir, declarar insubsistente o excusar a los funcionarios de las ramas ejecutiva, judicial y ministerio público; otorgar licencias, aumentar sueldos, presionar la recolección de los impuestos por los recaudadores, colectores, alcaldes y prefectos; proyectar y aprobar presupuestos, concesionar baldíos o minas, supervisar y aprobar los procesos de conformación de las juntas y distritos electorales, etc. Sus visitas oficiales se extendieron a Bogotá, el río Magdalena y los llanos del Casanare, controlando el orden público, supervisando las obras públicas contratadas o recibiendo con acciones de gracias al todopoderoso al comenzar un año nuevo. Finalmente, en agosto de 1898 dejó de presentarse a gobernar en Tunja y fue sustituido por su secretario de Gobierno cuando comenzaba el mes de septiembre de 1898.

Una de las primeras acciones decretadas cuando sustituyó al gobernador Clímaco Vargas fue la reforma de algunas disposiciones sobre rentas públicas. Para ello delegó en su secretario de Hacienda, Ceferino Mateus, todas las responsabilidades concernientes al Tesoro Departamental. Su secretario de Gobierno fue Luis Alejandro Márquez y el canónigo Adolfo Perea su secretario de Instrucción Pública, una concesión a la tradición de las mayorías católicas.

Las únicas obras de interés público promovidas durante su administración fueron la recepción de los trabajos y la revisión de las cuentas de los contratos firmados por su antecesor para la macadamización de los costados de la carretera sur del departamento y el arreglo de dos calles de Tunja, la refacción de los puentes de Ráquira, Albarracín y Gutiérrez, así como el contrato que refaccionaba la casa municipal, la fuente grande y el Instituto de Obreros de la ciudad. La carretera sur, importante para el comercio con la capital del país, fue nuevamente refaccionada a inicios de 1898 en el tramo entre Tunja y las obras contratadas un año antes, y se continuaron las obras de refacción de las calles de Tunja, bajo la responsabilidad de un ingeniero, directores e inspectores de obra nombrados por el gobernador (decreto 16 de 1898).

141 Telegramas de felicitación, en El Boyacense, Tunja, Año XL, No. 751 (22 de mayo de 1897), 203. 142 Telegramas de felicitación, en El Boyacense, Año XL, No. 750 (15 de mayo de 1897) 194.

Al concentrar la mayoría de los recursos de fomento en el mejoramiento de las vías principales tuvo que remover a los administradores de los caminos que conectaban con los llanos de Casanare. Sin embargo, reintegró al administrador del camino del Cravo, cediendo ante los ganaderos del llano que argumentaron su eventual ruina si no contaban con mejores caminos para llevar sus ganados a la feria de Tunja (resolución del 28 de mayo de 1897). Para evitar las presiones sociales y políticas, delegó todo lo concerniente a la administración, mantenimiento, rectificación y financiación de los caminos a los inspectores de carreteras, con lo cual Antonio Arenas fue nombrado inspector de la carretera del sur (decreto 66 de 1897). Los tres secretarios del despacho fueron entonces quienes ordenaron la reparación de la transitada carretera del norte que unía a Tunja con Paipa (decreto 29 de 1898).

La Asamblea y el secretario de Gobierno acordaron la construcción de un camino carretero entre Tunja y Sogamoso por Firavitoba (ordenanza 24 de 1898), y dados los altos costos de apertura de un camino carretero que comunicara directamente el comercio de Boyacá con el río Magdalena, ordenaron abrir una trocha entre Chiquinquirá y Puerto Niño (ordenanza 27 de 1898). Incluso, los diputados le confiaron al secretario de Gobierno y próximo gobernador de Boyacá la responsabilidad de contratar con ―una compañía o empresario la construcción de un ferrocarril que ponga en comunicación la capital del Departamento con los límites de Cundinamarca y Santander‖ (ordenanza 44 de 1898). También acordaron que las vías centrales de responsabilidad departamental serían la carretera de Cundinamarca a Santander, el camino de Occidente, el camino de La Vega, el camino de Ricaurte y el camino de Cepeda (ordenanza 45 de 1898).

El arreglo de las calles de Tunja y la canalización de las aguas sobrantes de la pila del chorro de Abreo fue una obra delegada a los jefes de la Oficina de Fomento y al contratista nombrado para tal fin (decreto 55 de 1897). La higiene pública, ante las epidemias cíclicas de viruelas, fue encargada a los médicos y vacunadores oficiales, amenazando con multas y penas a quienes no cumplieran las normas de salubridad dispuestas en el Código de Policía (decreto Junio 4 de 1897). Se ordenó que un cuerpo de diez policías debían capturar y custodiar a los virolentos en el hospital dispuesto para ellos (2 de septiembre de 1897), y se delegó en los médicos nombrados la organización de una oficina de medicina legal en la ciudad de Tunja, acorde a lo dispuesto por la Asamblea Departamental (ordenanza 15 de 1898). Se entregaron auxilios a los boyacenses enfermos de lepra que se encontraban recluidos en los lazaretos de Contratación o Agua de Dios (ordenanza 17 de 1898).

El general Santos delegó en un jefe de la Secretaría de Gobierno la visita provincial que se debía hacer anualmente a cada municipio, con funciones de visitador-fiscal (decreto 57 de 1897), y encomendó al secretario de Gobierno levantar un censo de población (ordenanza 16 de 1898), la administración de la policía, el nombramiento de su director departamental, comisarios provinciales, gendarmes y músicos de la banda departamental adscritos a la fuerza pública, la conformación de un cuerpo de agentes de seguridad para la vigilancia interna de la capital ante los ataques personalizados contra funcionarios y clérigos, la normatividad sobre servicio militar obligatorio. Varios generales fueron nombrados prefectos provinciales para mantener el orden público y organizar la celebración del 20 de julio y el 7 de agosto en 1897, eventos en los que no estuvo presente, como tampoco en los del año siguiente.

El secretario de Gobierno tuvo que defender el buen nombre, gestión y gobierno del general Santos ante las aparentes muestras de apatía, falta de mando y actividad de alcaldes

y prefectos, acorde con su autoridad civil y rango militar, durante los ataque sufridos por el obispo y el clero el 5 de diciembre de 1897, una consecuencia de los resultados de las elecciones en los que se volvieron a imponer los conservadores nacionalistas sobre los conservadores históricos. Se tuvo que emplear el destacamento del Ejército en Tunja para mantener la plaza central despejada y sin aglomeraciones, el desacato de que habían sido objeto los cuerpos de policía. El secretario de Gobierno, Luis Alejandro Márquez, llamó la atención a los prefectos sobre su responsabilidad:

Los hechos ocurridos en esta ciudad en la noche del 5 de los corrientes son ya conocidos del público y aunque sería por demás decir a Usted que ellos causaron dolorosa impresión en el ánimo del Señor Gobernador, como en el de todos los que nos preciamos de católicos y que aspiramos a que nada ocurra en nuestra sociedad que desdiga de su reconocida cultura, creo oportuno significar a U. que el Sr. Gobernador ha sufrido doble mortificación al ver que la conducta de la autoridad en relación con aquellos sucesos era apreciada con sobra de injusticia, pues se llegó al extremo de considerarla por lo menos como cómplice o encubridora de dichos acontecimientos. En obsequio de la verdad creo necesario hacer consta aquí que el Jefe del Gobierno Departamental dictó oportunamente las medidas que juzgó indispensables para prevenir cualquier desorden, y con posterioridad a aquellos ha procedido también de acuerdo con las prescripciones legales.143 El nombramiento de generales y coroneles como prefectos provinciales fue celebrado por los ciudadanos afectos al orden, tal como fue reconocido por algunos ciudadanos de Soatá, en los límites con Santander, que en junio de 1898 escribieron:

Robustecer el principio de autoridad, rodearlo de fuerza y garantías, como a la justicia y a la verdad y especialmente cuando estas maliciosamente se quieren eclipsar, parecer que es un deber de todo ciudadano; y los abajo suscritos, queriendo cumplir con él, como conocemos de las dotes que engalanan al Sr. Coronel D. Tomás Galvis como ciudadano, como recto y progresista empleado, encarrilado siempre en el cumplimiento del deber y de la justicia, no vacilamos en presentar a Usía nuestros agradecimientos por haber favorecido a esta Provincia enviando como Prefecto a tan digno empleado, cuya separación del puesto que ocupaba creemos transitoria144. A la Secretaría de Hacienda, encargada de la recolección, administración y contabilidad de las rentas y presupuestos departamentales, el general Santos le encargó tareas adicionales como evaluar, inventariar y recibir todos los productos elaborados en las Escuelas de Artes y Oficios del Departamento, una institución que tenía su par en Bucaramanga (resolución 57 de 1897), pues era el reflejo del progreso y de las transformaciones agropecuarias de las materias primas nativas. También delegó en esta Secretaría la tarea de visitar, inspeccionar y promover acciones de desarrollo para la fábrica de hilados y tejidos de Samacá, acorde con los derechos e inversiones que en ella tenía el Departamento de Boyacá145. Como resultado de esas inspecciones financieras, la ordenanza 32 de 1898 ordenó librar al

143 Circular (1.573) a los Prefectos de la Provincia del Departamento. Tunja, 28 de diciembre de 1897, en El Boyacense, Año XL, No. 789 (30 de dic. de 1897), 505. 144 Manifestaciones, en El Boyacense, Año XLI, No. 827 (5 de agosto de 1898), 299. 145 El Boyacense, Año XLI, No. 819 (30 de junio de 1898).

Departamento de las deudas adquiridas por los apoderados y arrendatarios de la Compañía Industrial de Samacá.

Respecto a la instrucción pública de Boyacá, el general Santos hizo cumplir las decisiones de su antecesor en el cargo, pero agregó algunas medidas que habían tenido éxito en Santander, como becar a algunos de los estudiantes matriculados en el Instituto de Obreros, en colegios departamentales financiados por la Gobernación o en universidades de carácter nacional, previo concurso de méritos (decreto 131 de 1897). Elevó a la condición de superiores a las escuelas provinciales allí donde no se contaba con colegios o institutos, dispuso las fechas de los exámenes de finales de año para todas las instituciones escolares, garantizó la continuidad del colegio de Ricaurte, que en 1898 contaba con una facultad de Derecho (decretos 26 y 27 de 1898), así como los talleres y gastos del Instituto de Obreros (decreto 34 de 1898). Fundó el colegio San José de Guateque y reformó el colegio de San Luis Gonzaga en Santa Rosa (ordenanza 4 de junio 2 de 1898).

Tal como lo había ordenado en Santander, decretó la compilación de una reseña periódica sobre cada municipio y provincia, para lo cual, a falta de una oficina de estadística eficiente, ordenó a los directores de las escuelas y a los alcaldes municipales reunir todos los datos concernientes a la geografía municipal (límites, habitantes, montañas, climas, animales, producciones minerales y agropecuarias, curiosidades naturales, caminos reales, industria, división en veredas, oficinas, historia, razas predominantes), los cuales serían revalidados por los curas párrocos y los inspectores de educación de Boyacá (decreto 101 de 1897). Manteniendo su norma de exaltar ante el público la memoria y las virtudes de los grandes hombres de Colombia, el primer homenaje público que organizó tuvo como objeto a Rafael Núñez, al cumplirse dos años de su fallecimiento: hizo distribuir entre los boyacenses una parte de las 10.000 copias del libro Corona Fúnebre ó la memoria del Exmo. Sr. Presidente titular de la República de Colombia, Dr. Rafael Núñez. Se trata de una compilación de su biografía, los actos públicos celebrados por las instituciones de cada territorio, honras, discursos, ilustraciones, e incluso, sus escritos más notables.

A este homenaje siguieron los honores dispuestos por el Gobierno Nacional al general Enrique Morgan, héroe que evitó que en 1884 el ejército revolucionario de Santander se tomara el parque de armas custodiado en Tunja, así como al actuar como comandante del Batallón de Zapadores e Ingenieros había contribuido a la culminación del Ferrocarril de Girardot (ley 109 de 1896). Participó en los homenajes nacionales dispuestos para el padre Miguel Unia, ―apóstol de los leprosos en Colombia‖ (ley 155 de 1896). Al conocer el fallecimiento de uno de los próceres de la independencia, el general antioqueño Francisco Giraldo, expidió un decreto de honores que exaltaba su memoria y lo recomendaba como modelo de vida digno de imitarse. Una retreta fúnebre ejecutada por la banda de música de Boyacá fue ejecutada en el Parque Colón y se envió un ejemplar auténtico del decreto y su nota de atención a la familia del finado y al gobierno de Antioquia en ―señal de condolencia‖ (decreto 125 de 1897).

Otras personalidades que recibieron decreto de honores fúnebres del general Santos fueron el general Higinio Rodríguez, fallecido en Bucaramanga, uno de los fundadores de la Regeneración y uno de los más consagrados generales de la República que había luchado para asegurar esa ―grande obra‖ en el nororiente de Colombia (decreto 127 de 1897); el general Abraham García (decreto 136 de 1897), el general Francisco Polanco (decreto 137 de 1897), el general Gabriel Peña Solano, caracterizado por su ―valor, lealtad y disciplina‖ (decreto 206 de 1898); el general Nicolás Díaz, hijo de Boyacá (decreto 207 de 1898); el

general Simón Hernández (decreto 218 de 1898), el doctor Juan N. Rincón Motta (decreto 225 de 1898), el doctor Pedro Vicente Franco, exsecretario departamental, diputado y senador por Boyacá (decreto 246 de 1898); el general de división Heliodoro Ruíz (decreto 259 de 1898), el general boyacense José N. Rincón Motta (ordenanza 1 de 1898), el ―virtuoso sacerdote y distinguido hijo de Boyacá‖, presbítero Pablo Manuel Bernal (ordenanza 6 de 1898); y el Dr. Ignacio Sáenz de Sampelayo (ordenanza 9 de 1898), Hizo también trasladar los restos y construir un monumento para los generales Juan Merchán y Leandro Suárez (ordenanza 23 de 1898).

La memoria de estos personajes de la Nación colombiana se perpetuó entre los boyacenses con su orden de adecuar en el monumento del Puente de Boyacá un panteón de generales insignes de la república, donde fuesen exhibidos y admirados los bustos de los generales y héroes de la Batalla de Boyacá cada día 7 de agosto. Esta monumentalidad de la memoria nacional es uno de los signos de la Regeneración, cuyos ―espacios de memoria‖ se abrieron en ese tiempo en la Quinta de San Pedro Alejandrino de Santa Marta y en la plaza de Bolívar de Cartagena. Acorde con la voluntad del gobernador Santos, su secretario de Hacienda contrató con José Ramón Peña la fundición, compra e importación de cinco bustos que debían ser instalados en el puente de Boyacá, conforme a un auxilio de 11.500 pesos. Las especificaciones dadas a este contratista fueron: traer de los Estados Unidos o de Europa cuatro bustos de bronce, de cinco o cinco y medio pies de alto, inclusive la peana, representativos de los generales Santander, Anzoátegui, Soublette y O‘Leary (este último con las insignias de la Legión Británica), y además un busto del Libertador en tres cuartos de relieve, entre una palma de laurel y otra de olivo, siguiendo los retratos que de estos próceres existan en el Museo Nacional. Una vez llegados al campo de Boyacá serían instalados en sus respectivos lugares146. La exaltación permanente del heroísmo y patriotismo motivaron al gobernador Santos a hacer cumplir los pagos adeudados a los oficiales y soldados del Batallón Arboledas, organizado en Güicán durante el año 1895, acorde a los montos y condiciones establecidos por la ley 115 de 1896 y como justo homenaje y deber para con los héroes, defensores y servidores de la Regeneración.

Después de un año de ejercicio del cargo de gobernador de Boyacá, no quiso el general Santos continuar ejerciéndolo, quizás por los efectos de la alteración del orden público durante las elecciones de finales de 1897 y al enfrentamiento con las influyentes autoridades eclesiásticas de Boyacá. El Comité Católico de Artesanos agradeció el 22 de septiembre de 1897 la obra gubernamental del general Santos a favor de las mejoras morales y materiales para la clase obrera.

El enfrentamiento del gobernador Santos con el clero de Boyacá se originó en la orden dada para perseguir y encarcelar a los curas párrocos que encabezaban asonadas contra las alcaldías, y que desde el púlpito o con telegramas y carteles protestaban contra las arbitrariedades de los funcionarios públicos antes, durante y después de las elecciones. Este clero se había comprometido con la campaña que se hacía a favor del general Rafael Reyes para la presidencia de la República, en consideración a que se trataba de un candidato boyacense. La agitación electoral produjo un ruidoso incidente en la noche del 5 de diciembre de 1897, cuando estalló una manifestación en contra del obispo y de su clero.

146 Secretaría de Hacienda. Contrato. Tunja, 26 de abril de 1898, en El Boyacense, Año XLI, No. 809 (mayo de 1898), 154.

Acompañado de música marcial, cohetes y algazara, un grupo de personas fue hasta la casa diocesana para insultar al prelado y al clero por su posición partidista en el debate electoral.

El obispo José Benigno Perilla Martínez se quejó ―del silencio que ha guardado la autoridad para averiguar lo del motín contra mí y el clero‖, soslayando la circular electoral que había hecho leer en los púlpitos por los párrocos, e insinuando que el gobernador era responsable de los hechos bochornosos. El arzobispo Bernardo Herrera Restrepo hizo suya la causa del obispo de Tunja y lo acompañó ―en el dolor que no ha podido menos de sentir a verse ofendido e insultado en la misma ciudad, siendo su sede‖, reconviniendo a los empleados públicos ―que para guardar el orden tienen en las manos de hacerse obedecer‖, y eran ―los primeros llamados a impedir que fuese vilipendiada la dignidad episcopal‖.147 Contando con este respaldo, el obispo Perilla hizo una defensa de la conducta política del clero de Boyacá en la carta que dirigió al gobernador el 22 de diciembre de 1897:

Dejando ahora lo relativo a cargos concretos a cuatro sacerdotes, es llegada la ocasión de responder de los que genéricamente se hacen a ―muchos sacerdotes‖ sobre predicaciones contra el Gobierno. Los sacerdotes, mejor que todos, saben y cumplen el precepto divino de acatar, de respetar y hacer que todos acaten y obedezcan las autoridades legítimamente constituidas; pero no están obligados a guardar silencio y tolerar las arbitrariedades y excesos que cometen algunos empleados del orden civil, especialmente en poblaciones rurales donde muchos (por motivos que aquí no se deben apuntar) y sobre todo infelices e indefensos, son oprimidos y extorsionados de diversos modos, en nombre del mando que ejercen. Los señores párrocos sabedores y aún testigos de injusticias y tropelías increíbles se ven obligados a advertirlas y reprenderlas, y esto es lo bastante para recibir injurias y persecuciones, y el socorrido pretexto para acusarlos en venganza, ante superiores civiles y aún eclesiásticos, de ser enemigos del Gobierno y de predicar contra él y sus mandatarios, como si los vicios, tropelías e injusticias reprendidas fueran el Gobierno; y lo peor es, que algunos mandatarios y escritorzuelos, sin examinar el asunto y con nimia credulidad dan asenso a inculpaciones falsas, las tienen como ciertas y hacen de ellas obligado tema de publicarlas en todos tonos. Así pasan estas cosas, en términos que ya varios párrocos no pueden advertir los errores, ni corregir las malas costumbres sin verse odiados y acusados148. Para apaciguar el ambiente de enfrentamiento entre los poderes que mantenían el orden de la Regeneración y la unidad nacional, el gobernador Santos minimizó el impacto de la hoja impresa que el obispo dirigió a ―los calumniadores del Gobierno Departamental y Nacional‖, negando la existencia de alguna heterodoxia religiosa o de cualquier limitación de las libertades electorales. El 23 de diciembre de 1897 contestó al obispo en los siguientes términos comedidos:

Estoy en un todo de acuerdo con Su Señoría Ilustrísima en cuanto a la necesidad que hay de alejar las causas que han venido manteniendo en alarma nuestra sociedad. En lo que de mí depende, aseguro a Su Señoría Ilustrísima que pondré los medios para obtener ese resultado, entre los cuales considero uno de los más importantes el propender a que el Clero disfrute de

147 Carta del arzobispo Bernardo Herrera Restrepo al obispo de Tunja, José Benigno Perilla Martínez. Bogotá, 16 de diciembre de 1897, en José RESTREPO POSADA. La Iglesia en dos momentos difíciles de la historia patria, Bogotá, 1971, 35. 148 Nota del Ilustrísimo Obispo al Gobernador del Departamento y Contestación, en El Boyacense, Año XLI, No. 793 (10 de febrero de 1897), 42–43. También en Carlos VALDERRAMA ANDRADE. Miguel Antonio Caro y la Regeneración, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1997, 569.

todas las consideraciones que se deben a su elevado Ministerio. A mi vez me complazco en saber que Su Señoría Ilustrísima emplea en el mismo sentido su grande autoridad moral, que es en las actuales circunstancias de singular significación, pues en mi concepto, varios de los desordenes que lamentamos han tenido su verdadero origen en la actitud asumida por una parte considerable del Clero de Boyacá, que entró en la candente arena de la política con ardor tal que quedó de hecho colocado en la vanguardia de las filas oposicionistas en este Departamento; y los que toman parte activa en las luchas de la política no deben extrañar el tropezar a cada paso con todo género de decepciones y contrariedades que la investidura sacerdotal misma no puede evitar149. Unos anónimos ―campesinos y viejos conservadores‖ circularon en Tunja una hoja volante impresa, publicada en la imprenta bogotana de Antonio María Silvestre, para apoyar al obispo, exponiendo las razones eleccionarias que estuvieron presentes en el incidente del 5 de diciembre:

Después de haber visto las protestas de todas las señoras y caballeros católicos de esta ciudad, con motivo de los hechos escandalosos verificados el cinco de los corrientes, por la noche, por radicales y nacionalistas unidos, y apoyados por el general Santos, nosotros también protestamos enérgicamente contra los actos salvajes en contra de la religión, del clero y de la sociedad culta. Todos saben que una turba de gentes sin honor, de los dos bandos arriba indicados, recorrieron las calles de la ciudad, gritando abajos al ilustrísimo señor obispo, al clero, al fanatismo, a la religión, y vivas al señor Caro, a [Aquileo] Parra, a Foción [Soto] y al general José Santos. La réplica del gobernador Santos al arzobispo de Bogotá es un testimonio de la culpabilidad que cabía al clero boyacense en el incidente político acaecido en Tunja el 5 de diciembre:

Si el respetable clero de Boyacá no se hubiera colocado en su mayor parte al nivel de los intrigantes políticos, ningún irrespeto le habría correspondido de los que siempre aparejan las cuestiones políticas; pero desgraciadamente él asumió tanto en la cátedra sagrada como ante los jurados de votación una actitud bastante incompatible con el carácter sagrado del sacerdocio, que lo expuso a sufrir mayores contrariedades e irrespetos de los que se dice sufrió y que a mí no me consta sino por las referencias de la prensa y de otros particulares. Si Su Señoría Ilustrísima lo tiene a bien puedo enviarle comprobantes de lo que dejo expuesto, de los cuales no he querido hacer uso por el respeto que me inspira la dignidad sacerdotal y por ser consecuente con el espíritu de benevolencia y de tolerancia con que acostumbro señalar todos mis procedimientos como gobernante y como ciudadano.150 Hasta mayo de 1898 permaneció el general Santos en la gobernación de Boyacá, pues en los siguientes tres meses disfrutó de una licencia y encargó a su secretario de Gobierno como gobernante en interinidad. Gracias a la presión de los senadores y los diputados boyacenses, recayó este cargo en quien había sido secretario de Gobierno del general Santos: Luis Ángel Márquez. Comenzaban ya a correr los tiempos de la Administración del vicepresidente José Manuel Marroquín cuando el general Santos emprendía el regreso a su hacienda de Charalá.

149 El Boyacense, Año XLI, No. 793 (10 de febrero de 1897), 43. 150 Telegrama del gobernador José Santos al arzobispo Bernardo Herrera Restrepo. Tunja, 20 de diciembre de 1897, en VALDERRAMA ANDRADE, obra citada, 571.

2.4. Puerto Santos: un monumento a su memoria La memoria pública del general José Santos fue señalada durante sus primeros años de gobierno con la denominación que se dio a uno de los sitios públicos de descanso y alojamiento nocturno a la orilla del camino entre Bucaramanga y Peñas Blancas: el Tambo Santos. Uno de los barcos que fueron comprados y adecuados para el transporte fluvial a través del río Lebrija fue bautizado como el Vapor Santos, el cual cubrió la ruta fluvial entre Magangué y la Bodega Central, llegando en tiempos de caudal alto hasta los puertos fluviales de Peñas Blancas y Astilleros sobre el río Lebrija. Los revolucionarios liberales lo secuestraron y lo condenaron a su destrucción cuando lo usaron como embarcación de combate contra la fuerza naval del gobierno a lo largo del río Magdalena, durante la guerra que se inició en 1899.

Otro monumento fluvial y ferroviario bautizado en honor al general Santos, por haber sido su principal promotor, fue el puerto de ascenso e interconexión del camino y, posteriormente, del ferrocarril que desde los puertos del río Magdalena ascendía a Bucaramanga a lo largo del río Lebrija. Este puerto fue adecuado al norte del puerto de Botijas como alternativa mercantil para los comerciantes de la provincia de Soto ante las limitaciones impuestas por los empresarios que poseían los privilegios viales y las concesiones ferroviarias desde las bodegas de Botijas. Puerto Santos, como se llamó, contaba con su propio telégrafo y teléfono, sus bodegas eran más seguras porque quedaban libres de los cambios en los raudales de los ríos afluentes, así como los contratos viales futuros condicionaron la conexión de ese puerto con los demás puertos de Santander sobre el río Magdalena, como eran Puerto Santander y Puerto Wilches, así como con los puertos y bodegas del río Sogamoso, como el de Marta.

El interés del general Santos por el desarrollo y consolidación del puerto creado en su honor fue expuesto en el informe que en 1894 presentó a la Asamblea de Santander:

Para Puerto Santos se contrató con el Señor Carlos Vogelsang la armadura de dos bodegas de hierro pedidas al exterior, que ya están al servicio. Hay en construcción una casa para oficina de los Bodegueros; y cuando ya esté despachada toda la carga que aún existe en Botijas, se trasladará también a Puerto Santos la bodega de hierro que hay en aquel Puerto. Aunque no con completa regularidad, debido a los inconvenientes naturales que presentan las zonas de terreno que atraviesan las líneas, han estado funcionando los aparatos telefónicos de Marta y Botijas. A Puerto Santos se trasladará próximamente el de Botijas. Las bodegas de hierro de que he hablado, los teléfonos, las reparaciones de las antiguas bodegas y los tambos, han causado un gasto de $30.000 aproximadamente151. Al clausurarse definitivamente el uso de las bodegas de Botijas (decreto del 19 de marzo de 1894), Puerto Santos y sus bodegueros monopolizaron la circulación de mercancías, obtuvieron más ingresos (decreto del 12 de mayo de 1894), se reglamentó por el bodeguero oficial su actividad de 6 de la mañana a 11 de la noche152, y se hicieron inventarios

151 Informe del Gobernador de Santander, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2769 (Martes 5 de junio de 1894), 5830. 152 Reglamento para el servicio de las Bodegas de Puerto Santos. Bucaramanga, 10 de septiembre de 1894, en Gaceta de Santander, Año XXXVI, No. 2810 (Martes 9 de octubre de 1894), 5996.

periódicos a las mercancías depositadas en las bodegas (decreto del 16 de enero de 1896). La importancia de Puerto Santos se mantuvo hasta que las vías carreteras para los vehículos automotores y de carga pesada lo desplazaron después de 1912, cuando los puertos fluviales y las estaciones ferroviarias distribuidas lo largo del valle del río Lebrija fueron dominados por las importaciones del turco Gandul Fayad.

Con el abandono de Puerto Santos desapareció el único monumento que recordaba la existencia del general José Santos como uno de los más importantes gobernadores de Santander durante la Regeneración. No obstante, en el edificio de la Gobernación de Santander en Bucaramanga fue instalado un retrato suyo, en la galería de los gobernantes santandereanos, pintado por Epifanio Garay. 2.4. Un general “juzgado por la historia” En 1884 renunció el general Solón Wilches Calderón a la presidencia del Estado soberano de Santander, en medio de las críticas por su reelección fraudulenta y de su negativa a combatir a los revolucionarios con los mil hombres armados, pertrechados y adiestrados que tenía a su disposición. Cuando los liberales asumieron que la revolución bipartidista había cesado, estuvieron listos para firmar un tratado de paz con los revolucionarios conservadores en su campamento del Alto de la Reina. En ese acto estuvo presente el general José Santos como garante de los negociadores de la comisión liberal. Un historiador conservador como José Fulgencio Gutiérrez, en su clásica obra de historia regional Santander y sus Municipios, cuestionó los pactos acordados:

La presencia específica del Señor José Santos en ese lugar correspondía a las atribuciones y funciones delegadas para tal fin por el Presidente Narciso González al ser nombrado como Secretario de Gobierno del cuestionado régimen liberal radical a pesar de ser conservador, y consigo, al constituirse en símbolo y mediador de las garantías que se les ofrecía a los revolucionarios conservadores para hacer la paz al comprometerse a no reconocer la Asamblea de Diputados elegida y al sustituir a los Jefes Departamentales por aquellos sugeridos o concertados con los alzados en armas. De tal modo, J. Santos se comprometía a renunciar a la condición de Diputado para la cual había sido elegido pero logró que en adelante el Jefe Departamental para Charalá solo fuese un conservador153. El general Santos optó por renunciar a su condición de secretario y se presentó a deliberar en la ―Convención Popular‖ de diputados reunida en El Socorro desde el 10 de noviembre de 1884, y contribuyó a que esa reunión de representantes departamentales asumiera una doble condición como Asamblea Constituyente y Asamblea Legislativa. La lucha de intereses de cada facción por el nombramiento del nuevo presidente llevó a que los mayoritarios 19 liberales radicales aprobaran decisiones arbitrarias a su favor, a la reacción de protesta y rechazo de los 13 diputados liberales independientes, representados por Francisco Santos Galvis, y los cuatro conservadores liderados por su pariente, el general José Santos.

153 GUTIÉRREZ, José Fulgencio. Santander y sus municipios, Bucaramanga, Contraloría de Santander, 1940, tomo I.

En consecuencia, se propició la reanimación de las rebeliones, revueltas y conflictos armados en cada departamento del Estado de Santander por medio de guerrillas conservadoras, así como la insurrección de los generales y oficiales del Ejército del Estado. Esta situación llegó a ser tan dramática que los dos parientes Santos (José y Francisco) propusieron al presidente Rafael Núñez como solución al conflicto la sustitución del presidente Narciso González por el comisionado Francisco Santos Galvis.

El prestigio, la influencia y el poder en la toma de decisiones estatales que había alcanzado para entonces el general José Santos señalan hacia su lenta pero constante carrera política como militante del ala nacionalista del partido conservador. Recién cumplida su mayoría de edad fue elegido diputado, legislador y constituyente de la Legislatura del Socorro durante septiembre y octubre de 1855, un resultado de su acción durante la proclamación de una nueva constitución provincial socorrana sancionada por el gobernador Lucas Caballero. En 1872, mientras el general Solón Wilches, para entonces expresidente de Santander, se posesionaba como jefe de la Guardia Colombiana a cargo de la seguridad del presidente de la Unión, el doctor Manuel Murillo Toro, uno de los nueve representantes santandereanos elegidos ante el Congreso Nacional fue el charaleño José Santos.

Durante los acontecimientos de la guerra de 1885, José Fulgencio Gutiérrez deja sin mencionar el papel de José Santos como militar ascendido al grado de general durante ese conflicto, pues solo centra su atención en las decisiones, heroísmo y reconocimiento obtenidos por los generales y jefes de las fuerzas gobiernistas al mando del liberal Solón Wilches y del conservador Guillermo Quintero Calderón, específicamente durante la batalla de La Humareda, el 17 de junio. Con esta batalla fue debilitada y reducida la fuerza fluvial del ejército revolucionario hasta la costa caribe bajo el mando del general Sergio Camargo, trayendo la gradual derrota de los revolucionarios de Santander y de Boyacá, que cayeron bajo el dominio del general Quintero Calderón.

Hasta octubre de 1884 don José Santos aún era reconocido como un civil sin rango ni protagonismo en la guerra civil, apenas encargado ―transitoriamente de la Secretaría de Instrucción Pública, por disposición del Poder Ejecutivo y en virtud de renuncia admitida al señor doctor José Miguel Arango‖154. Solo hasta que el presidente de Santander, Narciso González Lineros, organizó el Ejército de Reserva por decreto del 25 de enero de 1885, disponiendo que las dos divisiones y sus doce batallones debían tener como jefe del Estado Mayor General al general Juan M. Dávila, fue que apareció en la nómina de jefes el general José Santos. En ese momento fue nombrado jefe de la primera división el general Guillermo Quintero y Aníbal Carvajal como jefe de la segunda división. Tres días después, el presidente González, desde el cuartel general de Los Santos y por sugerencia del secretario de gobierno, el charaleño Antonio Roldán, llamó al servicio militar e incorporó a José Santos al ejército. El decreto presidencial fue dirigido ―al señor José Santos, coronel efectivo, ayudante general del general en jefe del Ejército de Reserva"155.

La experiencia militar de José Santos se remontaba a su condición de edecán y ayudante del general Tomás Cipriano de Mosquera durante su lenta permanencia pacificadora en la provincia de Charalá, durante el primer semestre de 1854,156 sin importarle las censuras de los socorranos que pedían ser liberados rápidamente del régimen

154 Gaceta de Santander, Socorro, Año XXVII, No. 1775 (23 de enero de 1885), 1751. 155 Gaceta de Santander, Socorro, Año XXVII, No. 1776 (20 de febrero de 1885), 1754. 156 GAVASSA VILLAMIZAR, Edmundo. Gobernantes de Santander 1853–2004: Estado Soberano de Santander. 2 ed., Bucaramanga, el autor, 2004, 73.

y los excesos de los partidarios del general José María Melo en el poder157. También experimentó de cerca la insurrección guerrillera de los conservadores del sur de Santander en 1859, cuya victoria se formalizó con la selección del general Leonardo Canal como presidente del Estado Soberano. Participó en la batalla del Oratorio (1860) y en la revolución conservadora de 1876 contra las leyes federales sobre educación liberal.

Para la guerra de 1885 el presidente Narciso González y su secretario de Gobierno, Antonio Roldán, confiaron la jefatura general del Ejército de Santander a ―la inteligencia y patriotismo‖ del general Solón Wilches158, cuya dimisión de la presidencia del Estado no había sido suficiente para conjurar la revolución bipartidista en contra del nacionalismo regenerador que encarnaba el presidente Rafael Núñez. Las tareas y los compromisos que aceptaba cumplir el general Wilches fueron la principal preocupación del coronel José Santos, encargado de coordinar las tareas impartidas a las divisiones del norte y del sur del Estado, como a sus diferentes batallones y compañías, además de proteger a los jefes y oficiales heridos en un lugar de sanidad que no siempre contaba con el apoyo de las hermanas de la caridad. También estaba encargado del pago cumplido de las raciones y sueldos dispuestos por el general en jefe, asegurar el abastecimiento logístico militar y el de carnes o víveres a cada una de las ciudades, y proteger las líneas telegráficas.

La Proclama del general en jefe del Ejército, Solón Wilches, desde el emblemático pueblo de Los Santos, antes de marchar con siete batallones hacia el Socorro, es una muestra del talante santandereano basado en el honor:

SOLDADOS: Soy con honra vuestro Jefe, mejor dicho vuestro compañero de armas, vuestro camarada. Quedo pues colocado con vosotros en el campo del honor. Resultados gloriosos nos esperan; siendo la paz el mayor de todos, tanto más satisfactorios cuanto menos cruentos logremos alcanzarlos. SOLDADOS: Llevamos por lema la Constitución y la libertad positiva en que debe afianzarse la democracia que es el fundamento de la República práctica; tenemos por tanto invencible estandarte que jamás puede abatirse en los dominios de lo de los aborígenes adoradores del sol. Nuestros medios son seguros: la fe y la disciplina guiará nuestros pasos, y la moralidad en nuestros procederes os dará el imperecedero nombre de leales soldados de la libertad y la República. Divididas y dispersas las fuerzas revolucionarias desde El Cocuy hacia los llanos de Tame, y posteriormente, a lo largo de la frontera con Venezuela, se declaró culminada la campaña del norte. Se convocó a elecciones de diputados, se reorganizaron e incorporaron a través de los decretos de 22 de junio y 3 de julio las divisiones del Ejército de Santander (―Dávila‖, ―García‖ y ―Quintero Calderón‖) como parte de las divisiones del Ejército Nacional, con el fin de unificar las operaciones de la guerra y trasladar a la Hacienda Nacional los gastos de la guerra que habían asumido los santandereanos; fue reforzada la seguridad militar de las ciudades donde residían las familias de los generales en guerra, como era el caso de Charalá, aumentando la tropa con soldados inválidos; se restableció la banda (militar) de música asignándose rangos militares a los músicos, y se hicieron públicas las manifestaciones municipales de apoyo a la reforma a la Constitución de 1863. El parte provisional de victoria fue emitido en la alocución del presidente Narciso González

157 GUTIÉRREZ, José Fulgencio, Op. Cit., 220. 158 Gaceta de Santander, Socorro, Año XXVII, No. 1776 (20 de febrero de 1885), 1755.

a los santandereanos, el 20 de julio de 1885: ―La victoria ha coronado hasta ahora a los defensores del orden legal‖159.

El proceso de reorganización de las fuerzas militares benefició al capitán Eliecer Santos, quien fue destinado a la ayudantía de campo de la comandancia general de la 4ª. División del Ejército (decreto del 6 de agosto)160. Se eliminaron los batallones y compañías de milicianos para propiciar el retorno a sus hogares, se dispuso por decreto presidencial ascender y conferir el grado militar como generales de las fuerzas del Estado a los coroneles más destacados en el campo de batalla, los cuales no tendrían mando real ni autoridad sobre las tropas al delegarse esa tarea solo a los generales y coroneles efectivos que habían peleado con las mismas y quienes debían continuar siendo los jefes de las cuatro divisiones del Estado: primera división, el general Juan Manuel Dávila y el coronel Higinio Rodríguez (División Dávila); segunda división, los generales Guillermo Quintero Calderón y Benito Martínez (División Quintero); tercera división, los generales Moisés García y Vicente Villamizar (División García), y cuarta división, los generales Aníbal Carvajal y José Trinidad Rodríguez.161

El ascenso a generales graduados, terminada la guerra, de los coroneles que no se habían declarado en licencia indefinida, se produjo ―en atención a los servicios importantes que en las actuales circunstancias han prestado a la causa de la legitimidad.‖ Resultaron beneficiados el coronel efectivo Eusebio Rojas, quien murió el 23 de agosto en El Salado; el coronel de milicias Leonidas Torres, por ser ―un deber del Gobierno estimular al patriotismo de los ciudadanos y recompensar los servicios de los defensores de la legitimidad‖; el coronel efectivo Horacio Wilches y el de milicias Wenceslao Camacho, por ―los importantes servicios prestados‖; el coronel Juan B. Carreño, por el deber del Gobierno de ―premiar a los ciudadanos sus servicios y estimular su patriotismo‖, y el coronel efectivo José Santos, cuyo ascenso debió producirse entre mediados de agosto y mediados de septiembre, en recompensa de su condición de general victorioso.

Derrotadas las facciones bipartidistas y los revolucionarios liberales alzados en armas en el convulsivo Estado de Santander, el presidente Rafael Núñez aprobó el cambio de capital del Estado, en adelante el municipio de Bucaramanga. Como se sabe, un Consejo Nacional Constituyente fue convocado para reformar la carta fundamental. Por el Estado de Santander fueron nombrados como delegatarios principales el jefe civil y militar Antonio Roldán, liberal; el general José Santos, conservador, y el general Ramón Rueda Martínez. Los delegatarios suplentes fueron el general Guillermo Quintero Calderón, Felipe Sorzano y Adolfo Harker. El 11 de noviembre de 1885 asistió el general Santos a la inauguración y a las primeras sesiones, y todavía el 30 de este mes aparece su firma al pie del acuerdo sobre reforma constitucional. Pero se retiró de las sesiones y cedió su lugar a su primer suplente, el general Guillermo Quintero Calderón.

Concluidas las sesiones de la asamblea constituyente, firmaron por Santander la Constitución de 1886 don Antonio Carreño y el general Guillermo Quintero Calderón, delegatario suplente del general José Santos. El general Quintero fue gobernador de Santander (1888–1890) y reconocido en medios impresos como uno de los diez santandereanos más conspicuos e influyentes de Bucaramanga. En 1892 fue nombrado designado a la Presidencia de la República por el Congreso Nacional, ocupando ese cargo

159 Gaceta de Santander, Socorro, no. 1781 (20 de julio de 1885), 1773. 160 Gaceta de Santander, Socorro, no. 1784 (21 de agosto de 1885), 1785. 161 Gaceta de Santander, Socorro, no. 1780 (7 de julio de 1885), 1769.

solo hasta 1896, después de producida la muerte de Núñez (1894) y de la renuncia del vicepresidente Caro. El general Santos se mantuvo en segundo lugar respecto de los generales de brigada o división que auxilió, apoyó o remplazó, como lo fueron Solón Wilches, Guillermo Quintero, Ramón González Valencia, Rafael Reyes y Próspero Pinzón.

La historiografía santandereana no lo registra durante el primer quinquenio de regeneración constitucional, pese a que desde el 20 de diciembre de 1890 fue gobernador encargado, en sustitución de Guillermo Quintero; a que promovió la reanudación de los contratos y privilegios concedidos a los empresarios encargados de obras públicas de desarrollo esencial como eran los caminos, ferrocarriles, telefonía y electricidad. En este tiempo lideró las acciones de control de los conatos regionales de rebelión contra los encargados del gobierno, especialmente de las facciones santandereanas lideradas por el expresidente Aquileo Parra.

En 1891 fueron lanzadas dos fórmulas para las candidaturas a la presidencia y la vicepresidencia de la República: la primera, lanzada por Carlos Martínez Silva en su periódico El Correo Nacional, unía a Rafael Núñez con Marceliano Vélez. La segunda, lanzada por Jorge Holguín en su periódico La Prensa, unía a Núñez con Miguel Antonio Caro.162 Como se sabe, esta última fue la que se impuso. El gobernador Santos tomó partido por la vicepresidencia de Caro, no solo por su antigua amistad, sino porque la candidatura de Vélez ―nos puede dejar malos resabios para el porvenir‖.163 En ese mismo año inauguró el camino del Carare y se alió a don Adolfo Harker para impulsar en Santander la fórmula ganadora que definió la suerte del nacionalismo. La actividad política que el gobernador Santos realizó en esta campaña electoral en la provincia de Vélez a favor del partido nacional fue decidida:

En lo general es mala y casi insostenible la situación del partido nacional en esta provincia, porque además de que nos encontramos en notable minoría, los que aquí representan la causa están divididos y la fracción disidente fraterniza con los radicales, tanto porque cree a los independientes indignos de formar con ella, como porque sus miembros son pretensiosos y aspiran a ser supremos directores de la política […] En vista de tal situación y considerando que este círculo disidente [de los conservadores] que no es otra cosa que el despechado velismo, que pretende vengarse de los independientes que han sabido cumplir su consigna y sostener la Regeneración, he resuelto dejar guardia en Jesús María, nombrar un buen alcalde y solicitar del juez 1º Díaz, el cambio del juez municipal, pero por fortuna es interino el que actualmente ejerce tales funciones.164

Su manejo de las rentas públicas de Santander le atrajo en 1892 la antipatía de quienes se habían beneficiado anteriormente de su administración delegada, los ―capitalistas‖ Reyes González, Joaquín Bretón, Sinforoso García, Demetrio Ortiz y David Puyana, quienes se esforzaron por desprestigiarlo:

Pobres gentes; no saben que yo soy un pobre campesino que por nada cambio la tranquilidad y la satisfacción que dejan las labores del agricultor, y que si estoy aquí es por servir a la 162 Carlos VALDERRAMA ANDRADE. Miguel Antonio Caro y la Regeneración, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1997, 518. 163 Carta de José Santos a Miguel Antonio Caro. Vélez, 18 de mayo de 1891. En VALDERRAMA ANDRADE, obra citada, 518. 164 Carta del gobernador Santos a Miguel Antonio Caro. Vélez, 22 de enero de 1892, en VALDERRAMA ANDRADE, obra citada, 519-520.

causa en momentos de prueba y por especial cariño a Ud. y al doctor [Carlos] Holguín que tan dignamente la representan.165 Solo hasta la posesión en propiedad del general José Santos como gobernador (9 de marzo de 1893) es que llamó la atención de los cronistas sobre su capacidad de gestión ante los infructuosos proyectos empresariales inconclusos durante las anteriores décadas, sobre el papel de sus familiares o coterráneos para ascender a las posiciones de poder público, y sobre su incapacidad estratégica para contener la revolución de 1895 y la Guerra de los Mil Días, cuando ejercía el Ministerio de Guerra. Respecto de los acontecimientos 1895, promovidos por los revolucionarios liberales de Santander organizados y financiados desde Venezuela, los comentaristas más importantes de la ―República Conservadora‖ consideraron que esas facciones no fueron debidamente perseguidas, combatidas y exterminadas por el gobernador Santos.

José Fulgencio Gutiérrez es uno de los que emitió en su obra los juicios más duros contra el general Santos, considerándolo incapaz de liderar la guerra y obtener la gloria para sí. Pero su única fuente era don Ismael Enrique Arciniegas, quien se había desempeñado como coronel e intendente general del ejército del Gobierno. Su principal reproche es el de no haber podido contener, como ministro de Guerra, la Guerra de los Mil Días (1899–1902), pues supuestamente había tolerado los revolucionarios liberales que eran financiados por el general Cipriano Castro, presidente de Venezuela. Incluso le atribuyó ambiciones presidencialistas y hasta traición durante la revolución de 1895, cuando pudo obrar con mayor rapidez para derrotar a los rebeldes. El general Santos se defendió de los malentendidos con toda su dignidad:

Mi conciencia está tranquila, pues en la medida de mis fuerzas he servido a la causa como verdadero patriota y he hecho por el señor Caro cuanto demandan la amistad y la lealtad. Mi carrera no ha sido la del empleado público, y por esto como por volver irrevocablemente a mi oficio de agricultor, miraré con gusto que se me reemplace presto en este empleo que a nadie he pedido, que he servido a contentamiento de la generalidad de los santandereanos y sin tener más censores de mi conducta que los que aspiran al puesto para sí o para sus allegados. No he renunciado, por no dar esa satisfacción a mis pequeñísimos detractores y porque quiero, aunque deseo mucho retirarme de la política, no hacerlo sino por la puerta que se me abra voluntariamente.166

2.6. Ministro de Guerra, 1899–1900. La hacienda personal del general José Santos se extendía a lo largo del río Pienta hasta la jurisdicción del Encino, lindando con la hacienda del general José María Valderrama. Era su refugio en las épocas de vacaciones de final de año o cuando no estaba ejerciendo un empleo público. Allí se encontraba cuando después de mediados de 1899 fue llamado a ocupar el Ministerio de Guerra de la República de Colombia. A finales de julio anterior se había decretado la censura y restricción a la libertad de prensa en Santander y Antioquia,

165 Carta del gobernador Santos a Miguel Antonio Caro. Bucaramanga, 11 de abril de 1892, en VALDERRAMA ANDRADE, obra citada, 531. 166 Carta del gobernador José Santos a don Enrique de Narváez. Bucaramanga, 22 de septiembre de 1895, en VALDERRAMA ANDRADE, obra citada, 563.

con lo cual las noticias sobre el fin de la insurrección liberal o del devenir de la guerra dependían solo de los partes oficiales publicados en la Gaceta de Santander y en el Diario Oficial.

Las noticias alarmantes que el gobernador de Santander, Alejandro Peña Solano, había comunicado al ministro de guerra a mediados de ese mismo mes predicaban de los liberales derrotados durante la última guerra civil en la batalla de Enciso, al mando de Pedro Rodríguez, quienes estarían preparando una invasión a Santander desde Venezuela con el apoyo de los liberales convocados a la revolución. De cruzar el fronterizo río Táchira, con el apoyo de la revolución liberal restauradora del general Cipriano Castro (1899), la revolución de los liberales se expandiría por toda Colombia hasta tomarse el poder por la vía armada y restaurar el régimen liberal, radical y federal en Bogotá.

Como exgobernador de Santander y de Boyacá, el general José Santos era el gobernante, político y militar que mejor conocía el teatro de operaciones de la frontera colombo-venezolana. Por haber sido el estratega que había planificado la victoria del ejército gubernamental durante la revolución de 1895, comisionando el mando al general Rafael Reyes, era el hombre del momento para la nueva guerra civil que estaba en ciernes. Fue así como con el beneplácito del ministro de Gobierno, Rafael M. Palacio, el presidente Manuel Antonio Sanclemente firmó el 11 de agosto de 1899 su nombramiento como ministro de Guerra. Su antecesor en el empleo, el general (graduado) Jorge Holguín, fue promovido al de ministro del Tesoro167.

Tres días después, el general Santos tomaba posesión de su despacho en Bogotá.168 De inmediato fue informado sobre los contratos de logística y abastecimiento realizados durante los últimos tres meses, así como los decretos y las decisiones que se habían expedido durante el mes de julio anterior para su conocimiento, validación y ejecución. El decreto 342 de 10 de julio había suspendido indefinidamente la concesión de ascensos militares, y el decreto 312 del 20 de julio había ordenado licenciar mil hombres más del Ejército de la República. El Ministerio de Guerra atendía sus asuntos en tres secciones civiles (Hacienda y Guerra, Contabilidad, Organización y servicio) y dos militares (Inspección y Gobierno, Dirección y mando). La buena marcha se regulaba jerárquicamente desde el ministro a sus secretarios y subsecretarios de sección, quienes transmitían las órdenes a los jefes de sección y estos a los demás empleados subalternos. De ocho y media a las diez y media de la mañana se reunían para estudiar los asuntos pendientes y distribuir los trabajos de cada sección, con lo cual solo desde el medio día a las cuatro de la tarde se prestaba atención al público, haciéndose excepciones en las mañana para otros ministros, jefes militares, gobernantes, secretarios legislativos, etc.169.

La prudente actividad patriótica del general Santos fue efectivamente una constante en su ejercicio ministerial. Las evidencias oficiales que han quedado de su gestión lo presentan como un funcionario ―trascendental‖ y una ―garantía para el ejército‖, según los comunicados de las diferentes guarniciones del país. Incluso desde territorios distantes como Panamá, el gobernador Facundo Mutis Durán expresó que con su nombramiento se

167 Decreto número 359 de 1899 (11 de agosto), firmado por Manuel A. Sanclemente. Anapoima, 11 agosto de 1899, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXV, No. 11066 (viernes 18 de agosto de 1899), 865. 168 Ministerio de Guerra: Circular. Bogotá, 14 de agosto de 1899, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXV, No. 11068 (lunes 21 de agosto de 1899), 875. 169 Decreto No. 381 de 1892, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XXXV, No. 2613 (lunes 2 de enero de 1893), 5205.

reafirmaban sus ―sentimientos de complacencia por la paz del país, que en este Departamento se ha mantenido inalterable‖170.

El ministro Santos tomó decisiones de austeridad fiscal y rigurosidad administrativa en el cumplimiento de los códigos militares, tales como la suspensión en el pago más no en la recepción de solicitudes de gratificación concedidas desde 1896 a los militares, ante la difícil situación fiscal por la que pasaba el Tesoro Nacional en medio de la guerra (resolución del Ministerio de Guerra 5 del 23 de agosto de 1899), mientras que a los demás funcionarios se les hizo una rebaja de sueldos; la conformación de un consejo administrativo en cada una de las divisiones militares para el manejo semanal de las cuentas y habilitaciones asociadas con los militares en ejercicio; la concesión de pensiones a los militares o a sus viudas por medio de decretos ministeriales basados en las decisiones tomadas por la Junta Directiva del Montepío Militar y la rigurosa revisión de los pagos o descuentos mensuales realizados; la restricción de los pasaportes militares; la unificación de comandancias militares, la exigencia de fianza a todos los funcionarios responsables de recaudar, administrar o invertir fondos públicos para el ejército (decreto 461 del 30 de septiembre de 1899). Se pagaron quincenalmente las ―hospitalidades‖ a los soldados u oficiales hospitalizados, incluidos los dados de alta o baja por enfermedades venéreas (resolución 40 de 27 de septiembre de 1899).

Estas tareas fueron complementadas con acciones como la revisión minuciosa de los sobresueldos para las guarniciones militares en desigualdad de condiciones climáticas, seguridad o acceso (decreto del 1º de diciembre de 1899); la adecuación de la contabilidad militar durante la guerra, de tal manera que no se hiciese descuentos a los militares en servicio activo; el régimen estricto del Cargo y Data, la obligación impuesta a los ordenadores de los gastos militares en campaña de llevar una relación pormenorizada de cada uno de sus decretos, evitándose así investigaciones o sanciones por la Corte de Cuentas (decreto 550 de 29 de octubre de 1899); la declaración de la incompetencia del Ministerio de Guerra para resolver las demandas de los acreedores, contratistas y generales pensionables de años y guerras pasadas, obligando a las contrapartes a seguir el debido proceso por la vía jurídica ordinaria (resolución 30 de agosto 31 de 1899), etc.

El general Santos fue categórico en su rechazo a la renuncia de los comandantes generales de división o de sus jefes de estado mayor, quienes al disentir del mando ministerial pedían sus letras de cuartel (con derecho a pensión) en medio de la guerra. A los generales de la primera división logró persuadirlos de no renunciar al manifestarles que ―el Gobierno considera importantes los servicios de dichos Jefes, en quienes tiene depositada especial confianza, a lo cual ellos por su parte han sabido corresponder, no se les acepta la renuncia que presentan, y antes bien, este Despacho los excita a que con su probado patriotismo continúen en el desempeño de los cargos que tienen‖171.

Para regular las relaciones con los demás generales y unificar el mando, el ministro Santos llamó al servicio activo al general Manuel Casabianca, asignándole facultades especiales sobre la fuerza naval en Panamá y el Caribe (decreto 9 agosto de 1899). Creó la jefatura del Cauca al mando del general Lucio Velasco (decreto 16 de agosto de 1899), llamó al servicio y nombró como comandante de la cuarta división al general Vicente

170 DURÁN, Mutis. Telegrama. Panamá, 28 de agosto de 1899, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXV, No. 11089 (jueves 14 de sep. de 1899), 959. 171 SANTOS, José. Oficio 315 del Ministro de Guerra. Bogotá, 23 de agosto de 1899, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXV, No. 11089 (jueves 14 de sept. de 1899), 959.

Villamizar (decreto 17 de agosto de 1899), trasladando el cuartel general de Bucaramanga a Pamplona (decreto 451 del 19 de septiembre de 1899), y promovió los ascensos de los generales de división a las cúpulas centrales del Estado Mayor cuando renunció su comandante.

Consolidó la unificación de las fuerzas armadas al integrar y regular todos los cuerpos de policía (nacional, departamental y municipal) a través del Ministerio de Guerra (decreto 512 del 24 de octubre de 1899); decretó el reconocimiento de los grados militares que se habían conferido en la guerra de 1895, especialmente los de coroneles efectivos, para poder nombrar y ascender nuevos generales (decreto 27 de septiembre de 1899); respetó las licencias indefinidas (por ineptitud y/o mala conducta) y las declaraciones de insubsistencia solicitadas por los comandantes de división; reconoció y aprobó sin cuestionamientos los ascensos hechos por los jefes civiles y militares en cada departamento para afianzar su confianza en el Gobierno central. Todos estos preparativos institucionales del Estado para la guerra civil fue la condición necesaria para que el presidente Manuel A. Sanclemente decretara, el 18 de octubre de 1899, turbado el orden público en todo el territorio de la Nación, pues solo estaba vigente el decreto de turbación para Santander y Cundinamarca, ante el riesgo de una invasión militar de los revolucionarios liberales proveniente de Venezuela.

La guerra fue promovida en el sentido contrario al que se esperaba, desde Bogotá hacia Bucaramanga, y fue encabezada por el general Rafael Uribe Uribe. Esto obligó a descentralizar en cada uno de los jefes civiles y militares la administración logística y la toma de decisiones bélicas, que hasta entonces habían sido de la exclusiva responsabilidad del Ministerio de Guerra a través del Estado Mayor del Ejército. Durante el desarrollo de la guerra civil se dispuso (decreto 482 de 20 de octubre de 1899) que los gobernadores, en su carácter de jefes civiles y militares, quedan investidos de las siguientes facultades: 1. Las que por las leyes y ordenanzas vigentes corresponden a los gobernadores; 2. Organizar las fuerzas militares que sean necesarias para el restablecimiento del orden, y ponerlas a disposición del Gobierno; 3. Nombrar con aprobación del Gobierno los jefes de las fuerzas que se organicen; 4. Dirigir las operaciones militares que el Gobierno ordene y confíe a su dirección; 5. Prestar los auxilios que los ejércitos de operaciones ordenadas por el Gobierno les pidan mientras estén en el territorio de su mando; 6. Decretar las expropiaciones y empréstitos forzosos o voluntarios que las circunstancias demanden; 7. Destinar a los gastos que exija el restablecimiento del orden el producto de las rentas y contribuciones del Departamento.172

También fueron encargados de proteger, conservar o reconstruir las líneas telegráficas que fuesen destruidas por cualquiera de los bandos en conflicto (decreto 558 de 1899) en las zonas de combate a donde no podían llegar los contratistas, y sin cargar el costo de esas reparaciones a esos mismos contratistas. Una contribución de guerra fue repartida entre todos los gobernadores para su colecta entre los habitantes de sus respectivas jurisdicciones: para Santander fue de 1.500.000 pesos, al igual que para Cundinamarca, por ser los escenarios de la guerra más afectados, debiéndose colectar en todo el país un total de cinco millones (decreto 582 del 1º de diciembre de 1899). A estos

172 Decreto Número 482 de 1899. Anapoima, 20 de octubre de 1899, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXV, No. 11124 (miércoles 25 de octubre de 1899), p. 1097.

ingresos se sumaría el endeudamiento público hasta por un millón y medio de pesos en oro para los gastos de guerra, soportados en las acciones que la Nación tenía en la Compañía del Ferrocarril de la Sabana y en la nueva prórroga a la Compañía del Canal de Panamá (decreto 676 del 27 de enero de 1900).

En medio del fragor de la guerra, también se dispuso dedicar tiempo y recursos a la realización de los ritos, tradiciones y honores militares promovidos e institucionalizados para los generales de la independencia y para los miembros de las fuerzas armadas fallecidos. El ministro Santos dio continuidad a la práctica de homenajes que promovió durante su administración como gobernador de Santander, asociadas con los decretos de honores para los militares distinguidos, así como la realización de actos públicos en los cuales debían presentarse las bandas de músicos militares. Los miembros de las bandas debían distinguirse por sus capacidades y responsabilidad siendo ejemplo de ello los músicos del Batallón Nariño de la Primera División estacionada en Bogotá. En esta época fueron exaltados el general José María Córdoba, el general de división Ramón Ulloa, el Dr. Luis A. Robles, el general Julio Rengifo, el general Valerio Andrade, el coronel Heliodoro Pieschacón y el general Daniel Florencio O‘Leary en el centenario de nacimiento.

Tardíamente, y con el propósito de apoyar la gestión militar del jefe de Santander ante el conocido avance del ejército revolucionario sobre Bucaramanga, el ministro Santos descentralizó aún más su poder al pedir al presidente Sanclemente la conformación del Ejército del Norte (decreto del 23 de octubre de 1899), organizado con las tropas y los reclutamientos que se hicieran en el norte de Cundinamarca y en los departamentos de Boyacá y Santander. Su comandante en jefe debía ser el general Isaías Luján, quien fue llamado al servicio activo y ascendido a general de división. Para la jefatura del Estado Mayor se llamó al servicio activo al general graduado Jorge Holguín, y el general Enrique Arboleda fue nombrado jefe de la primera División de ese ejército.

Para evitar el cuestionamiento de las órdenes del general Luján como jefe de operaciones y comandante en jefe se le confirieron ―amplias autorizaciones para organizar fuerzas, hacer nombramientos, conferir ascensos, crear recursos y dictar todas aquellas mediad indispensables para la completa organización de una expedición de esta clase‖. Fue así como todas las fuerzas armadas organizadas en Boyacá y en Santander quedaron bajo el mando directo del comandante en jefe del Ejército del Norte, mientras que los funcionarios ministeriales se concentraron en gestionar y proveer para ese ejército los recursos logísticos necesarios al aumentar los contratos de abastecimientos, disponer la conformación de una maestranza para la fabricación de los uniformes y zapatos, pues resultó insuficiente la producción contratada tradicionalmente con la Sociedad San Vicente de Paúl de Bogotá (decreto del 31 de octubre de 1899).

Para garantizar la operatividad del Ejército del Norte, el presidente Sanclemente decretó que la seguridad y administración de Cundinamarca, Bogotá y el palacio de gobierno debían quedar bajo la responsabilidad del Ministerio de Guerra (decreto 611 del 16 de enero de 1900). Para ello, el ministro Santos dispuso que la jefatura civil y militar de Cundinamarca sería adscrita al Ministerio de Guerra, con lo cual el ministro controlaba, mientras durara el estado de sitio, todo lo correspondiente a los asuntos militares en Cundinamarca, incluida la expedición de pasaportes y salvoconductos para la exportación de bienes (café, cueros, minerales) y la venta forzosa de una parte de esas especies al gobierno en patrón de oro (decreto 730 del 24 de abril de 1900).

Para compensar los cambios que se harían en la cúpula militar de Bogotá, el general Marceliano Vargas fue nombrado ministro del Tesoro. Se agregó un decreto operativo

adicional que permitiría destituir a todo empleado público, particularmente de los ministerios y jefaturas, que de hecho o de palabra se manifestase hostil al gobierno o sus representantes, que rehusara cooperar en la defensa de las instituciones, o manifestara su simpatía por los rebeldes (decreto 677 del 28 de febrero de 1900).

Todas las delegaciones de las funciones del Ministerio de Guerra relativas a las acciones propias de los militares activos en los campos de batalla, desde la administración del ministro Santos, demostraba la justeza de la tesis del procurador general de la Nación, Gabriel Rosas, quien había sostenido que los funcionarios del Ministerio de Guerra, incluidos los agentes de policía, eran civiles. En sus propias palabras, ―aunque el Ministerio de Guerra se ocupa en el despacho de cuanto se refiere a la guerra, y por ende al Ejército Nacional, el personal que forma ese ministerio no reviste en tiempo alguno carácter militar y está sujeto al fuero ordinario. Si hay diferencia esencial entre el Ministerio y el Ejército que le está subordinado, no será lo mismo agregar o adscribir una persona ó entidad al primero que destinarla ó incorporarla al segundo‖173.

Ese conflicto de opiniones, acciones y decisiones entre los generales activos que comandaban las divisiones y batallones del Ejército, a partir de sus ascensos y experiencia en los campos de batalla, con los generales graduados que habían ganado sus insignias y rangos como recompensa por sus servicios políticos, burocráticos o económicos durante las guerras anteriores, se hizo manifiesta al no lograr el ministro Santos que sus planes y estrategias concebidas en los escritorios del Ministerio se concretaran en los agrestes campos de Santander. Ante la exigencia de resultados militares y el incremento de la popularidad nacional del presidente Sanclemente, después de medio año de guerra fueron los generales victoriosos en las batallas navales del Caribe (Manuel Casabianca) y el río Magdalena (Guillermo Quintero), así como en los campos de Palonegro (Próspero Pinzón) y Cúcuta (Ramón González Valencia), quienes en adelante serían llamados a ocupar el Ministerio de Guerra y el Estado Mayor del Ejército, sustituyendo a los generales no combatientes que habían sido nombrados en considerando a sus anteriores glorias.

Una semana antes de ocurrir la cruenta batalla de dieciséis días y noches en Palonegro, el decreto 741 del 2 de mayo de 1900 informó al país que a partir de esa fecha el presidente Sanclemente había decidido desde su casa de Tena que el general José Santos había dejado de ser el ministro de Guerra de Colombia, y en adelante sería reemplazado por el victorioso general Manuel Casabianca, quien había logrado en solo veinte días restablecer el orden público y la unidad del ejército en Santander, después de la infausta batalla en Peralonso. Era el mismo general que en 1891, como ministro de Guerra, había mantenido el orden entre las fuerzas militares y los conservadores disidentes (―históricos‖), al ser destituido el general Guillermo Quintero como presidente designado, en reemplazo de Núñez y Caro. El general Casabianca comunicó el 11 de mayo siguiente que se había posesionado en su nuevo cargo el mismo día en que se conoció el movimiento de las tropas rebeldes desde Cúcuta hacia Bucaramanga.

En compensación a los servicios prestados por el general Santos, el presidente Sanclemente lo nombró ministro plenipotenciario de Colombia ante el Gobierno del

173 ROSAS, Gabriel. Vista del Procurador General de la Nación. Bogotá, 11 de julio de 1900, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXVI, No. 11302 (viernes 20 de julio de 1900), 494.

Ecuador, aprovechando la estrechez de relaciones que existía entre ambas naciones174 y con el fin de buscar salidas diplomáticas a la crisis binacional que se había producido cuando las autoridades y gentes de Esmeraldas habían apoyado a los rebeldes de Tumaco y Tulcán, responsables de perpetrar la invasión liberal y el ataque armado a Ipiales desde la frontera ecuatoriana, a lo cual se sumó el apoyo del cuerpo consular ecuatoriano a los rebeldes liberales de Panamá. Para cumplir su misión, el general Santos estaría acompañado por el cónsul general de Colombia nombrado para Guayaquil, el Dr. Manuel Padrón (decreto 709 de 7 de abril de 1900).

Como rechazo a esta inesperada decisión del Presidente contra su ministro de Guerra, y contra sus pretensiones de sacar del país a sus contradictores más influyentes entre las fuerzas militares, los ministros de Hacienda y del Tesoro, los generales Carlos Calderón y Marceliano Vargas, renunciaron a sus cargos en solidaridad con el general Santos. Esta decisión fue aprovechada por el presidente para sustituir gradualmente la red burocrática que había promovido el general Santos, con sus coterráneos y aliados políticomilitares, vinculada al ascenso político de varios miembros de la familia González Valencia de la provincia de Cúcuta. La ausencia del anciano y enfermo presidente Sanclemente y la renuncia de tres de los seis ministros fue aprovechada por el general Casabianca para planificar el fallido intento de golpe de estado que se produjo el 31 de julio de 1900, cuya consecuencia fue su destitución del mando y su remplazo inmediato por el general Guillermo Quintero Calderón, nombrado ministro de Gobierno e interino de Guerra (decreto 1 del 31 de julio de 1900).

La mutua desconfianza que se originó entre el presidente Sanclemente y el exministro de guerra, la influencia golpista de la facción opositora de generales y exministros que se congregaron para buscar salidas a la guerra, la reducción de las funciones y sueldos de los diplomáticos en el Ecuador, dependientes de la Embajada del Perú, los acontecimientos sucedidos en la batalla de Palonegro que alteraron el curso de la guerra formal para dar paso a la desgastante guerra de guerrillas en las provincias del norte, más el cansancio físico y los padecimientos corporales que ya sufría el general Santos, todo ello se unió para que finalmente no aceptara el nombramiento como embajador en el Ecuador, siendo sustituido por el Dr. Carlos Uribe (secreto 767 del 27 de mayo de 1900).

Por otra parte, la crisis fronteriza ya había sido solucionada con la expulsión de los agentes consulares opositores y la destitución de los funcionarios desobedientes a la autoridad del presidente Sanclemente, así como el 15 de junio de 1900 en Bogotá se suscribió un protocolo de ratificación de los tratados vigentes entre el ministro de Relaciones de Colombia y el ministro plenipotenciario del Ecuador, ratificado en Lima entre los embajadores de ambos países residentes en ese país.

Durante las siguientes semanas, el general Santos obtuvo la liquidación de sus servicios, canceló sus obligaciones y se dispuso a retornar a su natal Charalá durante los primeros días de agosto de 1900, después de los infructuosos hechos golpistas. Tuvo entonces la convicción de que mientras durase la guerra no tendría más oportunidades de ocupar un nuevo cargo público en Bogotá, al ser una vez más eclipsado su ascenso político, su gloria militar y su aspiración a la presidencia por la presencia e influjo del general Guillermo Quintero, ahora ministro de Guerra y de Gobierno, el mismo que en el pasado le

174 Decreto Número 741 de 1900. Bogotá, 2 de mayo de 1900, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXVI, No. 11302 (viernes 20 de julio de 1900), 493.

había antecedido como general victorioso, gobernador de Santander y presidente de la República al ser ―designado‖ y ocupar ese cargo entre el 12 y el 17 de marzo de 1896.

Al partir de Bogotá hacia su tierra el panorama de devastación que había dejado al país la revolución de los liberales y sus aliados extranjeros por retornar al poder, aunado a las fallas en la estrategia de persecución y combate de esos insurgentes por el Ejército Nacional, fue resumida por el presidente Sanclemente al decir que ―en nueve meses de continuo combatir, el suelo de la Patria ha sido inundado en sangre, millares de colombianos han muerto en los campos de batallas; en los hospitales es considerable el número de heridos, y el país se encuentra en completa ruina‖175.

Ante ese panorama, y al igual que los demás ciudadanos, el general Santos se acogió al decreto 29 del 19 de agosto de 1900 sobre orden público, el cual había preestablecido siendo ministro al firmar los decretos que justificaban su aplicación. Sin embargo, tuvo que explicar a sus paisanos y copartidarios los alcances y condiciones que en ellos se establecían explícita e implícitamente. Por ese decreto el Gobierno ofrecía a todas las fuerzas o partidas revolucionarias un salvoconducto si en los quince días siguientes a su publicación en cada capital departamental deponían y entregaban sus armas y demás elementos de guerra, como muestra de interés por el restablecimiento y conservación del orden público, para salvaguardar con humanidad y patriotismo la vida de los rebeldes al ser su lucha infructuosa por estar dominado su avance en todos los puntos de conflicto, y por ser esa rendición símbolo de una paz decorosa que debía sobreponerse al honor militar de la lucha a muerte exigida por los generales y oficiales rebeldes a sus combatientes.

Los rebeldes que se negaran a aceptar esa oferta de paz y olvido de sus faltas en el plazo concedido debían ser tratados, perseguidos y condenados con el rigor legal para quienes incurrían en el delito de rebelión, pero sin incurrir en crueldades o actos contrarios a la moral de la guerra. En consonancia con los decretos promovidos y firmados por el general Santos, particularmente el 582 del 1º de diciembre de 1899, en los departamentos donde subsistiesen las partidas armadas de rebeldes o se conformaran nuevas guerrillas debía ser obligación de cada jefe civil y militar distribuir y recolectar entre cada ciudadano tributante una contribución obligatoria semanal para financiar la guerra durante ―todo el tiempo que tarde la completa pacificación del departamento‖.

De esa manera, ciudadanos como el mismo general Santos, por disposición del general Guillermo Quintero, quedaban obligados a realizar esas contribuciones y quienes no tuviesen predios o rentas embargables podían ser enviados a prisión para cumplir con su pago. Los ciudadanos debían estar dispuestos a denunciar la ubicación de los rebeldes u organizarse para combatirlos hasta neutralizarlos o pacificarlos en cada departamento con el propósito de librarse de las imposiciones y contribuciones generales.

El desconocimiento de su autoridad como ministro, su degradación como funcionario público confiable y la pérdida de respaldo como legislador, general y gobernante a nombre del partido conservador condicionaron a José Santos a regresar durante sus últimos dos meses de vida a su Charalá natal. Allí, haciendo uso de buen retiro de la vida pública y sin los honores o pensiones que gozaron otros generales santandereanos cuestionados por sus servicios, como fue el caso de José María Mantilla, murió el 26 de septiembre de 1900 y fue sepultado el día siguiente sin tener que responder por los cargos

175 SANCLEMENTE, Manuel. Alocución del Presidente de la República. Bogotá, 20 de julio de 1900, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXVI, No. 11277 (sábado 5 de mayo de 1900), 393.

de ineptitud, traición, connivencia o conspiración que durante medio siglo fueron divulgados por sus copartidarios conservadores a través de estudios y publicaciones sobre la historia de Santander.

Finalmente su nombre fue olvidado y desterrado del imaginario colectivo de los charaleños, como de los demás santandereanos de este siglo XXI, pues hasta en la historia local y regional de Charalá176 no existe, excepto por figurar como uno de los primeros gobernadores del departamento de Charalá en las crónicas locales.

En medio de un ambiente enrarecido por la distante guerra, durante sus dos últimos meses de vida en Charalá el general Santos volvió a dedicarse a las actividades agropecuarias y comerciales que habían caracterizado su vida y la de su familia hasta antes de la guerra de 1885. Evidencia de ello quedó registrada ante el Notario del Circuito de Charalá, cuando vendió, el 3 de agosto de 1900, una casa, mediagua y casa pajiza con su solar en el barrio Las Pilas, a través de la cual desde enero de 1899 se había apropiado de toda una cuadra cuyo lindero sur era la casa y solar de su uso personal, la cual lindaba a su vez con la calle que conectaba al camino real que conducía a Encino. Para ello, había vendido previamente la casa que poseía en el barrio La Iglesia, así como preservaba su dominio sobre algunos terrenos en el sitio del Ejido junto a la misma quebrada Las Pilas como en los terrenos que iban desde el barrio la capilla hasta el río Taquiza. Ese resultó ser su último acto público debidamente registrado y protocolizado ante el notario de Charalá.

Los registros notariales de Charalá prueban su defunción y la inexistencia de un testamento protocolizado. Tampoco hay evidencia de algún juicio de sucesión de sus bienes entre sus herederos, si bien en un protocolo del 17 de octubre de 1900 describe una operación de compra venta de un terreno en el barrio Las Pilas diciendo que este se encontraba ―callejuela por medio, con propiedad de herederos del señor General José Santos‖177.

Al amanecer del 27 de septiembre de 1900 se informó por vía telegráfica, a Bogotá y Bucaramanga, el fallecimiento del general José Santos. Los generales encargados de la Gobernación de Santander y el ministro de Guerra fueron los primeros en enterarse. Cada uno de esos generales gestionó en las siguientes horas sendos decretos de honores militares. El entonces ministro de Guerra en propiedad, general Próspero Pinzón, antes de renunciar a ese ministerio para ocuparse de la guerra en la Costa Atlántica (decreto 131 del 5 de octubre de 1900), así como el ministro de Gobierno, el general Guillermo Quintero, promovieron la expedición del decreto 117 del 27 de septiembre de 1900, ―por el cual se honra la memoria del Sr. General D. José Santos‖. Como compañeros de armas en los momentos más álgidos de las guerras de 1885, 1895 y 1899, los generales Pinzón y Quintero dispusieron, con el respaldo y firma del vicepresidente José Manuel Marroquín, encargado del poder ejecutivo, rendir honores de alto dignatario, general en jefe y héroe patrio al ordenarse izar a media asta el pabellón nacional en todos los edificios públicos de Colombia, vestir de luto los miembros del Ejército Nacional, ejecutarse con artillería los honores dispuestos en el Código Militar y realizar retretas fúnebres por parte de las bandas de música que el mismo general Santos había promovido entre la primera división.

176 BARRERA, Ernesto. Promotor del rescate de la memoria oral y el Centro Municipal de la Memoria de la Casa de la Cultura de Charalá. Charalá, diálogo informal, 2 de septiembre de 2012. 30 minutos. 177 ARCHIVO NOTARIAL DE CHARALÁ. Partida 118 de 1900. Charalá, 17 de octubre de 1900, tomo 1, f. 190v.

El decreto nacional publicado en el Diario Oficial siete días después de su expedición decía textualmente:

Decreto número 117 de 1900

(27 de septiembre) Por el cual se honra la memoria del Sr. General D. José Santos El Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo,

CONSIDERANDO Que el General en Jefe Sr. JOSÉ SANTOS ha fallecido el día 26 del corriente; Que durante su carrera pública ocupó altos puestos en la jerarquía militar, en la Magistratura, en las Cámaras Legislativas, en el Ramo administrativo, y en todos ellos prestó muy importantes servicios; Que siempre se distinguió por su patriotismo y amor a la causa conservadora,

DECRETA Art. 1º. El Gobierno de la República lamenta el fallecimiento del Sr. General D. JOSÉ SANTOS, reconoce los importantes servicios prestados por él a la República, y tributa homenaje de gratitud a su memoria. Art. 2º. El pabellón nacional permanecerá izado por nueve días a media asta en los edificios públicos; el Ejército llevará luto por el mismo tiempo; el Batallón de Artillería acantonado en esta plaza hará al finado los honores que le corresponden como á General en Jefe, y las Bandas de Música tocarán retretas fúnebres en los mismos días. Art. 3º. Copia autentica del presente Decreto será enviada a la familia del Sr. General SANTOS. Publíquese. Dado en Bogotá, a 27 de septiembre de 1900. JOSÉ MANUEL MARROQUÍN El Ministro de Guerra, PRÓSPERO PINZÓN178 Hay que destacar que el homenaje y los honores dispuestos para el general José Santos fueron superiores y de mayor realce nacional que los dispuestos para el expresidente, legislador, educador, escritor y empresario liberal Santiago Pérez, fallecido el 3 de agosto anterior en París. En este caso, el vicepresidente Marroquín y su ministro de Gobierno solo decretaron que ―por el Ministerio de Guerra se darán las órdenes pertinentes a fin de que se hagan los honores de que trata el artículo 1020 del Código Militar‖179. A la par de los honores militares se procedió a reorganizar el Ejército del Norte que había creado el general Santos, reconfigurando la cúpula de la cuarta División bajo la comandancia del general Juan B. Tobar.

Diecisiete días después de expedirse el decreto de honores por parte de la Gobernación de Santander, en ese momento en cabeza del jefe civil y militar, general Ramón González Valencia, cuyo secretario de Gobierno era el general Carlos Matamoros, en la Gaceta de Santander fue divulgado el 13 de octubre a todos los santandereanos el fallecimiento del general Santos. Se decretó tributarle honores de artillería como gobernador y general en jefe por parte de la tropa en Bucaramanga, así como la banda de 178 Decreto Número 117 de 1900. Bogotá, 27 de septiembre de 1900, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXVI, No. 11337 (miércoles 3 de octubre de 1900), 646. 179 Decreto Número 123 de 1900. Bogotá, 3 de octubre de 1900, en Diario Oficial, Bogotá, Año XXXVI, No. 11339 (sábado 6 de octubre de 1900), 652.

música militar debía realizar una retreta pública en el lugar más concurrido e importante de Bucaramanga. Valga resaltar que la carrera militar del general González Valencia había sido promovida y respaldada por el general Santos al hacerlo parte de su Estado Mayor en la guerra de 1895, y promovió su ascenso al grado de general. El decreto departamental publicado en la Gaceta de Santander decía lo siguiente:

DECRETO Por el cual se honra la memoria del Sr. General José Santos

El Jefe Civil y Militar de Santander

CONSIDERANDO: 1º. Que ha fallecido en Charalá el Sr. General D. JOSÉ SANTOS, el día 26 de los corrientes; 2º. Que su muerte ha sido motivo de duelo para la República, y en especial para el Departamento, que lo contaba en el número de sus hijos más distinguidos; 3º. Que el Sr. General SANTOS fue siempre de los primeros en poner su espada al servicio de la Patria y de los buenos principios, haciéndose notable por su valor, su abnegación y constancia; 4º. Que durante su vida ocupó los altos puestos públicos, tanto en lo civil como en lo militar, en los cuales desplegó altas dotes de inteligencia y laboriosidad; y 5º. Que es un deber de los Gobiernos honrar a los ciudadanos que les dan lustre y nombradía, DECRETA Art. 1º. El Gobierno del Departamento lamenta la muerte del Sr. General D. JOSÉ SANTOS y honra su nombre como uno de los hijos connotados del Departamento. Art. 2º. La fuerza pública que hace la guarnición en esta plaza le tributará los honores de ordenanza. Art. 3º. La Banda del Departamento ejecutará una retreta fúnebre en el atrio del Parque de García Rovira. Un ejemplar del presente Decreto se enviará con nota de condolencia a la familia del finado. Expedido en Bucaramanga el 27 de septiembre de 1900. RAMÓN GONZÁLEZ VALENCIA El Secretario de Gobierno CARLOS MATAMOROS180 2.7. Epilogo: José Santos y los charaleños del siglo XXI La popularidad, respeto e influencia que llegó a tener entre los charaleños el general José Santos al comenzar el siglo XX se perdió en la memoria colectiva durante el transcurso del mismo. Solo muy recientemente los cronistas locales han tornado a interrogar por sus acciones y personalidad pública, admirados del silencio que pesa sobre el hijo más ilustre de Charalá durante la segunda mitad del siglo XIX. A la inexistencia de una tradición oral sobre su paso por el mundo se ha sumado su desaparición material, pues no hay indicio alguno en el cementerio local de su nombre ni de su familia, como algún monumento o panteón familiar.

La historia de Charalá se reduce a la versión oficial de los grandes acontecimientos fundacionales de la República. En las redes globales de comunicación contemporánea las autoridades municipales promueven noticias sobre el cacique Chalala, José Antonio Galán,

180 Decreto por el cual se honra la memoria del Sr. General José Santos. Bucaramanga, 27 de septiembre de 1900, en Gaceta de Santander, Bucaramanga, Año XLII, No. 3454 (sábado 13 de octubre de 1900), 84.

José Acevedo Gómez y María Antonia Santos Plata181. Es algo que se puede constatar con una simple inspección ocular a los espacios públicos de las instituciones culturales de la cabecera municipal de Charalá, específicamente en los muros externos de la alcaldía y en las obras de arte de la Casa de la Cultura, en donde la memoria histórica de los charaleños se reduce y concentra en reafirmar su pasado asociado con la resistencia indígena de los caciques guanes representados por el cacique Chalala (1540), la gesta comunera representada por José Antonio Galán (1781), el heroísmo independentista personificado en José Acevedo (1810) y María Antonia Santos Plata, con sus hermanos y sobrinos sacrificados en la batalla de Pienta, particularmente María Elena Santos Rosillo (1819). Incluso se registran los estadistas liberales de la segunda mitad del siglo XX, representados por el doctor Mario Galán Gómez y su inmolado hijo, Luis Carlos Galán Sarmiento.

La importancia de resaltar al general José Santos como uno de los hijos ilustres y más connotados de Charalá ha resultado limitada y sin impacto sociocultural significativo entre las actuales generaciones de charaleños. Ejemplo de ello se evidencia en el informe titulado Identificación del Patrimonio Cultural de Charalá. Cuaderno 1: Bienes inmuebles e historiografía, escrito por Juan Bautista Cruz Salazar bajo contrato con la Administración Municipal de 2002, y divulgado a través de la página institucional de la Alcaldía de Charalá. Las noticias sobre ―Pepe Santos‖ se reducen a su parentesco con las heroínas María Antonia Santos Plata y su sobrina María Elena Santos Rosillo, a su rango como edecán del general Mosquera, y a la enumeración de sus empleos. Pero no es más que una reproducción de las noticias recogidas por Edmundo Gavassa en su galería de gobernantes de Santander.

Solo indirectamente Gabriel Galán Sarmiento, cuando presentó la biografía de su padre, Mario Galán Gómez182, en la Casa de la Cultura de Charalá, llamó la atención sobre el general José Santos. Dijo en aquella charla que el destino personal de Mario Galán Gómez, como el de sus descendientes, estuvo marcado por la protección y el apoyo brindados por el general Santos en el tiempo en el que vivió en su hacienda de Charalá, después de concluir su quinquenio como gobernador de Santander.

Relató que ante la intolerancia y la exclusión sufrida por los liberales durante la experiencia regeneradora, a manos de los conservadores de todas las clases y condiciones, incluidos los humildes ―peseros‖ (vendedores de carne) de Charalá, cuya afición ―era tirarle piedra, los domingos por la tarde, a las casas de los pocos liberales que residían en el pueblo‖, personajes respetados como el general José Santos habían contribuido a proteger y resguardar a los liberales perseguidos por los conservadores más intolerantes y fanáticos, a costa de su prestigio. Entre ellos estuvo Januario Galán Vargas, padre de Mario Januario Galán Rodríguez y abuelo de Mario Galán Gómez:

El general Pepe Santos había ayudado al abuelo de mi padre, Januario Galán Vargas, a instalarse en Charalá luego de que tuviera que salir de Cincelada debido a una tunda que le propinó a un matón de pueblo. Por eso Januario se volvió conservador. El general Pepe Santos se preocupó por proteger a los liberales y por restablecer una buena relación de los conservadores con los liberales durante la guerra de los mil días, hecho que le generó muchos enemigos dentro de los conservadores fanáticos.

181 COLOMBIA. MUNICIPIO DE CHARALÁ. Reseña Histórica del Municipio de Charalá. [En Línea]. Disponible en: http://charala-santander.gov.co/apc-aa-files/36633534386265393932666336616630/Monograf_aCharal__2.rtf 182 GALÁN SARMIENTO, Gabriel. Mario Galán Gómez: “Un hombre hecho por sí mismo”, Bucaramanga, UIS, 2011, 185 p.

También Gabriel Galán recogió una leyenda sobre las acciones moralmente reprochables del general Santos, como fueron la procreación y el desconocimiento de hijos naturales con humildes mujeres de Charalá y las comarcas cercanas, reproduciendo la experiencia de su madre con el respetado patriarca Francisco Vargas. Además de Eduardo Pinzón183, hijo natural del general Santos con Carlota Pinzón, Mario Galán recordaba que la nodriza y responsable de sus primeros meses de vida era una hija natural del general Santos:

…una nodriza llamada Sara Aguilar, hija de una buena mujer que prestaba sus servicios en la casa de mi abuela materna desde hacía más de treinta años. ...Sara, según me contó años más tarde mamá, era hija natural del famoso general José (Pepe) Santos, charaleño, que fue Gobernador de Santander y de Boyacá, conservador y ministro de Guerra cuando comenzaba la Guerra de los Mil Días. Esto significa que en la memoria de los charaleños de la primera mitad del siglo XX se conservaban noticias, algunas amables y otras no tanto, sobre el paso de don José Santos por este mundo. Esperamos que este capítulo les permita ahora a los santandereanos de nuestros días aproximarse un poco a un ilustre santandereano que recibió todos los honores correspondientes a su rango cuando se marchó del mundo en su nativa Charalá.

Capítulo 3 Eduardo Santos Montejo, capitán de una república austera

Isidro VANEGAS USECHE

¡Oh Capitán, mi Capitán! Terminaba ya el proceloso viaje. El barco había sorteado todos los escollos y era nuestro el trofeo anhelado. Suenan las campanas, vibra la alegría de las gentes y todos los ojos siguen la ruta firme del barco, del barco audaz y severo, que ya regresa al puerto. Pero ¡oh dolor infinito! sobre el puente del barco victorioso inerte yace el Capitán.

Walt Whitman La manera como Eduardo Santos fue visto por sus contemporáneos y la manera como es percibido en la actualidad ofrece un agudo contraste. Hoy, aun cuando se le asocie a la 183 Don Eduardo Pinzón, natural de Charalá, casó con la señora charaleña Salvadora Poveda. De este enlace provino doña Rosalbina Pinzón Poveda (Charalá, 1929), quien casó con don Luis Francisco Higuera (Charalá, 1910-Bucaramanga, 2010). Estos dos últimos procrearon a doña Teresa Lucía Higuera Pinzón (Charalá, 1966), quien contrajo matrimonio con don Henry León Piñeros (Charalá, 1967), padres de la familia León Higuera que se avecindó en Bucaramanga. Información suministrada por Henry León Higuera (Charalá, 1989), vecino de Bucaramanga e historiador profesional.

poderosa empresa periodística que levantó, otros líderes liberales que con él compartieron la escena política aparecen como figuras de mucho mayor relieve. Alfonso López Pumarejo es exaltado como el reformador que modernizó al país, Jorge Eliécer Gaitán como el imponderable caudillo cuyo asesinato habría truncado todas las esperanzas de la nación, Enrique Olaya Herrera como el símbolo de la ruptura con la ―hegemonía conservadora‖. Incluso hombres como Rafael Uribe Uribe, Darío Echandía o Alberto Lleras Camargo parecen tener un lugar más aventajado en la conciencia colombiana. Todos ellos tuvieron en cierto momento un rol importante en la arena política, pero en su época ninguna de esas carreras políticas dejó de tener en Eduardo Santos y en El Tiempo una catapulta, y sobre todo, un punto de referencia. Desde comienzos de la década de 1920 y durante cerca de medio siglo Santos fue, así para sus aliados como para sus adversarios, una medida primordial de aquello que era preciso hacer o repudiar. Se trataba de una impronta que no marcaba sólo a los notables políticos ni se confinaba a Bogotá, pues una parte decisiva de los colombianos de las diversas regiones fijaba sus ojos en Santos para saber, o mejor, para ratificar, aquello que era dado perseguir como nación y despreciar como negación de ella.

Eduardo Santos fue, pues, durante ese medio siglo, el más reconocido hombre público de Colombia. Durante dicho periodo los colombianos hicieron una nación que diversos intelectuales y políticos extranjeros elogiaron por sus riquezas intelectuales así como por sus intensas aunque llevaderas luchas políticas. El conocido intelectual mexicano José Vasconcelos llegó a afirmar a finales de la década de 1920: ―Colombia es una tierra en donde la vida humana se respeta‖.184 Este elogio, que en su momento varios liberales acogieron por creerse ellos los principales artífices de la pacificación del país, quizá suene ahora como una gentileza vana. Tal es así porque a los colombianos del presente no les resulta difícil aceptar que la historia anterior a la violencia de las décadas recientes es simplemente la antesala de esa atrocidad, un tiempo que la prepara o la anuncia.

La aceptación de que la violencia es para los colombianos una naturaleza y un destino ha venido acompañada del desinterés por los hombres, los momentos, las instituciones, las experiencias, en las que la violencia ha encontrado un firme repudio. Es como si no fuera posible hallar nada de eso, y si llegare a existir, es como si hubiera sido un fruto del azar. Pero la violencia sólo es uno de los indicios del fiasco en que supuestamente habría consistido la experiencia nacional colombiana.

Menos por su notoriedad que por haberse encontrado en el cruce de acontecimientos de primera magnitud, la vida pública de Eduardo Santos constituye un tema de gran interés. Él tuvo ante sus ojos y dejó testimonio de los profundos cambios de todo orden acaecidos en Colombia, como la aparición de agrupamientos sociales ligados al trabajo industrial, la emergencia de partidos, discursos y prácticas políticas inéditas, la difusión de prácticas de consumo desconocidas. Así mismo desarrolló una intensa vida política, mantuvo contacto con cientos de intermediarios políticos, tomó asiento en diversas corporaciones públicas y ocupó los más altos cargos que la república puede ofrecer, además de organizar actos de beneficencia, tomar parte en giras políticas, concertar comités electorales... Pero Santos, a

184 Alejandro Vallejo, Bogotá, 8 de Junio…, Publicaciones de la Revista ―Universidad‖, Bogotá, 1929, p. 104. He descrito las tres primeras décadas del siglo XX como un tiempo que impugna la fatalidad retrospectiva de la violencia, pero tal caracterización podría extenderse a toda la primera mitad del siglo anterior. Ver Isidro Vanegas, Todas son iguales. Estudios sobre la democracia en Colombia, Universidad Externado, Bogotá, 2011, pp. 269-339.

la vez que testigo y actor tuvo un rol determinante en la manera como los colombianos construyeron la percepción de esos fenómenos.

Este capítulo se propone seguir sus pasos por algunos de los momentos decisivos de su vida pública y por algunas de sus ideas más constantes o más particulares, tratando al mismo tiempo de comprender el conjunto en el cual esos acontecimientos y esas ideas se insertaron. 3.1. La cordura de esperar Eduardo Santos nació en 1888 en un hogar que gozaba de considerable holgura económica pero en su vida seguramente fue más decisiva la vieja tradición política a la que se sentía ligada su familia, la cual tenía su origen en la antigua provincia del Socorro. Su padre había llegado a ocupar posiciones destacadas en el Congreso y en el gobierno de la Unión, habiendo militado en el liberalismo independiente de Rafael Núñez, y habiendo tenido cercanías con Miguel Antonio Caro. Esa proximidad familiar dio oportunidad a Eduardo para entablar un contacto personal con Caro, a quien por su ceguera sirvió de lazarillo en diversas oportunidades. El respeto que el otrora caudillo de la Regeneración arrancó al joven Santos quizá lo ayudó a dudar del imperativo de entregarse afectivamente al partido liberal, a lo cual probablemente se sintió inclinado, como su hermano Enrique, durante la guerra de los tres años. Pero esa duda pudo estar alimentada ante todo por el ejemplo de su padre, que al final de su travesía política había gustado de un liberalismo en versión transaccional, renuente a las fronteras partidistas.185

Habiéndose graduado de abogado en 1908, al año siguiente se involucró de forma activa en las protestas del 13 de marzo que culminaron en la caída del gobierno de Rafael Reyes. Pero como él mismo lo relatará años más tarde, su actuación en esa jornada fue poco auspiciosa: pronunció su primer discurso, el cual no movilizó a nadie, y fue capturado por la policía, pero no tuvo la fortuna de ir a la cárcel porque el Jefe Civil y Militar de Bogotá, que era su condiscípulo, lo dejó ir para su casa. El fin de aquel gobierno autoritario liberó el ansia de movilización política e incrementó la ya notable inclinación periodística de los colombianos. Santos escribió en modestas publicaciones como El Debate y La Pluma Libre, pero no le bastó con eso, y a mediados de 1909 fundó La Revista, con quien será un gran amigo de toda la vida, Tomás Rueda Vargas, yerno además de Miguel Antonio Caro.186 Rueda y Santos ofrecieron La Revista a ―todos los hombres de buena voluntad‖ para que allí reflexionaran serenamente sobre las graves cuestiones a que estaba confrontado un país cuyo desgarramiento de Panamá aparecía como la denuncia concluyente de la querella partidista. Esperaban abrir espacio a ―la moderación y la tolerancia‖, virtudes raras entonces, según aquellos dos jóvenes que veían el ambiente marcado ante todo por polémicas ardorosas e infecundas. Eduardo Santos abrió la sección ―Revista política‖, inspirada sin duda en el político e intelectual conservador Carlos Martínez Silva, agudo comentarista de la actualidad política de finales del siglo XIX y modelo de espíritu abierto y republicano. Pero Santos no fue muy prolífico literariamente,

185 Enrique Santos Molano, Los jóvenes Santos, t. 1, Universidad Central, Bogotá, 2000, pp. 15-51; ―El doctor Santos defiende el Protocolo de Río y explica las bases de la política internacional‖, El Tiempo, enero 26 de 1935, pp. 2, 15. 186 Luis Enrique Osorio, ―Eduardo Santos me dijo‖, Vida, vol. 5, nº 41, diciembre de 1941, Bogotá, p. 20.

pues escribió su sección apenas en dos ocasiones de las diez en que circuló su publicación. Allí, sin embargo, aparecen con fuerza algunas de las ideas a cuya materialización consagrará más tarde sus esfuerzos: el intenso vínculo existente entre el destino de la república y la obra de la revolución neogranadina, la nación como artífice de la tranquilidad pública, el carácter nocivo de partidos de carácter muy definido, la concordia como uno de los supremos bienes de la república.187

Las controversias políticas que alarmaban a los directores de La Revista no tenían en realidad ninguna gravedad. Todo lo contrario, pues desde los inicios de la república pocos momentos como este mostraban una tan tenue hostilidad entre uno y otro partido. En los meses que siguieron al derrumbe del gobierno de Reyes muchos líderes políticos incluso llegaron a dudar que los partidos tuvieran una función positiva, tomando una fuerza inusitada la ilusión de que disolviendo aquellas viejas agrupaciones en una sola y nueva corriente, se sanarían las heridas mutuas y se abriría paso el solo interés colectivo. Esa convicción dio vida al movimiento republicano y tuvo amplia acogida durante el gobierno de transición de Ramón González Valencia, quien tomó posesión de la presidencia en agosto de 1909. Por estas fechas Santos viajó a París, donde permanecerá cerca de dos años.

En París asistió informalmente a algunos cursos en la universidad, observó los debates parlamentarios y en general siguió el curso de la apacible política europea, particularmente la francesa. Esta temática le sirvió para escribir algunas crónicas que fueron publicadas en El Liberal de Madrid y en la Gaceta Republicana y El Tiempo de Bogotá.188 Así mismo frecuentó el notablato colombiano residente en esa ciudad, y con ellos organizó un homenaje póstumo al líder liberal Santiago Pérez, muerto en el destierro parisino a que lo había obligado el presidente Miguel Antonio Caro. En aquel liberal derrotado una y otra vez incluso por sus compañeros de partido, Santos encontraba convicciones que inexorablemente devendrían triunfadoras: su desprecio del caudillaje, sus anhelos civilistas, su fe en los ideales de cultura y libertad.189

Eduardo Santos regresó a Bogotá en julio de 1911, y a finales de ese año su amigo Enrique Olaya Herrera le concedió un cargo en el ministerio de relaciones exteriores que él encabezaba. Desde su retorno había colaborado en varios periódicos republicanos, pero sobre todo en El Tiempo, a cuyo director le había confiado su adhesión entusiasta a la agrupación política en cuyo nombre ejercía la presidencia de la república Carlos E. Restrepo.190 Ahora bien, ¿cuáles son las ideas políticas que asedian a ese joven que ejerce a la vez como funcionario y escritor? Revisando algunos de sus artículos de esos meses podemos intentar una aproximación a ellas. La primera es que la república se halla en tal estado de gravedad que se hace necesario no tanto refundarla sino prácticamente fundarla. La patria aparece ante sus ojos ―mutilada y humillada, mendicante, sin vigor moral ni fuerzas físicas, caduca en plena niñez‖. La segunda es que los diversos partidos políticos,

187 Tomás Rueda Vargas y Eduardo Santos, editorial, La Revista, nº 1, julio 5 de 1909, Bogotá, p. 1; Eduardo Santos, ―Revista política‖, La Revista, nº 1, julio 5 de 1909, pp. 28-30; Eduardo Santos, ―Revista política‖, La Revista, nº 2, agosto 1 de 1909, p. 66-68. 188 Enrique Santos Molano, Los jóvenes Santos, t. 1, ob. cit., pp. 85-106; Luis Enrique Osorio, ―Eduardo Santos me dijo‖, Vida, vol. 5, nº 41, diciembre de 1941, Bogotá, p. 20. 189 Oración de Eduardo Santos en Juan E. Manrique y otros, Peregrinación a la tumba de Santiago Pérez 23 mayo 1911, Librería de Paul Ollendorf, París, 1911, pp. 40-42. 190 ―La casa del Maestro. Eduardo Santos en nuestra Redacción‖, El Tiempo, abril 26 de 1911, p. 2; ―Notas políticas. Doux pays‖, El Tiempo, febrero 21 de 1912, p. 2.

no bastándoles con ser los hacedores de la catástrofe, ni siquiera son capaces de percibir su responsabilidad en ella. De esta manera, aunque sus arremetidas vayan preferentemente contra los ―partidos extremos‖, la noción de partido le resulta chocante, puesto que partido necesariamente se contrapone a patria. La tercera es que los hombres políticos del pasado no solo son casi invariablemente incompetentes sino que son, a priori, sospechosos de privilegiar sus intereses particulares al interés público. Tras la encomiable actuación de los héroes de la independencia, los hombres públicos no han hecho otra cosa que cometer desvaríos, cuando no es preciso imputarles una voluntad deliberada de atentar contra la nación. La cuarta radica en que, poseídos del sectarismo partidista, los políticos colombianos han estado viendo con absoluto desprecio los cambios graduales, concibiendo el éxito en la vida pública como el completo control del Estado de manera que así se pueda proceder al entierro de la obra y de los hombres del régimen precedente. Por esto Eduardo Santos manifiesta su firme adhesión a la Constitución vigente, la de 1886, pues ella contiene todos los principios que puede apetecer un espíritu liberal y acuerda los mecanismos necesarios para que sus eventuales defectos puedan ser subsanados. La quinta idea que le ronda es que el ardor partidista tiene como consecuencia necesaria la violencia, la cual ha llenado de horror la historia colombiana, particularmente en las guerras civiles. Sobre esa violencia, que no solo es una consecuencia sino que parece una condición de las luchas partidistas, Santos propone una idea plena de sugestión interpretativa: las guerras civiles no hay que verlas tanto como el producto de la acción de los gamonales políticos sino más bien como productoras de gamonales.191

Esa mirada tan ácida estaba lejos de ser compartida por la generalidad de sus compatriotas, y pensando seguramente en concepciones como esa un periódico bogotano recogió lo dicho por un colega costarricense quien afirmó que Colombia, lejos de ser un país decadente o enfermo o cosa parecida, era el país de la prensa ―más quejumbrosa del orbe terráqueo‖.192 En este momento, ciertamente, la visión de Santos sobre la república puede caracterizarse como negativa, en el sentido que denuncia unos defectos pero carece de un programa; no se interesa en proponer la forma de deshacer esos defectos. Esa visión severa del país, con todo, no invita al desánimo ni anuncia la derrota y la disolución.193

Ese joven Santos ya tiene algún reconocimiento en los medios periodísticos y políticos de la capital, gracias sobre todo a su participación en El Tiempo. Este periódico, fundado por Alfonso Villegas Restrepo en enero de 1911, se había abierto un espacio importante debido a su defensa apasionada del republicanismo y de la obra de gobierno de Carlos E. Restrepo. No otro es el objetivo que se ha propuesto Villegas con su diario, que a mediados de 1913 ya se ha convertido en uno de los pilares periodísticos de aquel partido, junto a Gaceta Republicana y El Republicano. Pero esa labor ha sido tan ardua que ha dejado exhausto física y económicamente al fundador de El Tiempo, que lo vende por la suma de cinco mil pesos a Eduardo Santos, quien asume su dirección en julio de 1913, una vez ha renunciado a su puesto en el ministerio de relaciones exteriores. Villegas le deja un periódico que con su modesto tiraje de 1500 ejemplares había alcanzado un reconocimiento

191 Ver los siguientes artículos de Eduardo Santos en El Tiempo: ―La voz de un hombre ilustre‖, septiembre 26 de 1911, p. 1; ―Las elecciones municipales‖, octubre 6 de 1911, p. 1; ―‗El Liberal‘ y la Constitución nacional‖, enero 10 de 1912, p. 2; ―Por la paz y la justicia‖, mayo 10 de 1913, p. 2; ―La paz necesaria‖, mayo 23 de 1913, p. 2. Ver también Eduardo Santos, ―Mirando atrás‖, El Diario, septiembre 28 de 1912, Bogotá, p. 2. 192 ―La voz de la calle‖, La Crónica, septiembre 23 de 1911, Bogotá, p. 2. 193 Eduardo Santos, ―Escepticismo nacional‖, El Diario, noviembre 11 de 1912, Bogotá, p. 2.

nacional. Sólo que su viabilidad como empresa era incierta y dársela requirió cambios notables en el orden administrativo, que Santos emprendió con notable éxito ayudado de los talentos gerenciales de Fabio Restrepo.194

En el orden doctrinario el nuevo propietario de El Tiempo no le introduce cambios perceptibles, pero posee un estilo literario propio y una tenacidad que elogiarán incluso sus rivales. Su idea del republicanismo comporta la atenuación de la efervescencia electoral, y en general convoca a moderar las luchas partidistas y al respeto entre los contendientes. Pero su ideal de la escena política no es la unanimidad, la falta de debate, la humilde marcha tras el hombre o el partido que velaría olímpicamente por los intereses nacionales. Por ello vindica para el republicanismo un carácter fuertemente doctrinario, dándole en él un lugar preferente a las nociones de justicia, libertad, progreso, legalidad. Como republicano es particularmente incisivo en la necesidad de sacar la cuestión religiosa de la arena política, poniendo la religión definitivamente en el ámbito privado de cada individuo y quitándole al Estado cualquier subordinación al poder eclesiástico. Clama porque los hombres de iglesia se alejen completamente de las luchas políticas, porque esa intromisión acentúa las discordias y envilece a la iglesia.195

Eduardo Santos repite que el republicanismo no es un fin en sí mismo sino un medio para cooperar al bien general. De ahí que no le inquiete mucho la organización de su partido, pues considera digno de atención ante todo el pulimento doctrinal y la selección de sus dirigentes. Y de ahí que pueda convertir en un reparo grave a las demás agrupaciones políticas el cuidado que ponen en aceitar sus organizaciones, pues ve en ese afán la evidencia de que el interés primordial de ellas no es el bien común sino su propio engrandecimiento. Esa es la barrera más grave que existe entre su posición y la del principal líder liberal del momento, Rafael Uribe Uribe. Claro está que El Tiempo le formula a Uribe un manojo de críticas: su carencia de ideales que lo conduce a desdeñar la intromisión de los curas en política; su pragmatismo que lo lleva a apoyar la candidatura Concha argumentando que este haría un gobierno nacional, esto es, por encima de los partidos, justamente cuando eso ha hecho Carlos E. Restrepo y solo ha recibido invectivas del jefe liberal; su manera personalista, esto es, caudillista, de dirigir el liberalismo. Al lado de esos desacuerdos tácticos gravita algo más decisivo y es que para Santos un partido si acaso puede esperar disciplina y coherencia doctrinaria en sus jefes, siendo de desear que la gran masa de ciudadanos se defina como nómada políticamente, esto es, que esté siempre dispuesta a adherir a la corriente que con mejores razones le convoque.196

El partido republicano que con tanto énfasis reclama tener los mejores hombres y los mejores ideales es, de cara a las elecciones presidenciales de 1914, una fuerza electoral bien modesta. Los mismos republicanos saben que su partido no tiene ninguna posibilidad de continuar encabezando el poder ejecutivo. El conservatismo está compacto, tras él tiene al clero unido, manda en el poder electoral y en el aparato de justicia, y una considerable parte de los funcionarios del Estado milita en ese partido. Por si algo faltara, Uribe Uribe alinea su partido tras el candidato conservador. La inminencia de la derrota no llegó, sin

194 ―Banquete en honor de Villegas Restrepo‖, El Tiempo, julio 10 de 1913, pp. 2, 3; ―Notas políticas‖, El Tiempo, julio 14 de 1913, p. 2; Eduardo Santos, ―Recuerdo de don Fabio‖, El Tiempo, enero 30 de 1961, p. 4. 195 Algunos de los editoriales de su periódico que nos acercan a su concepción del republicanismo: ―Reformas constitucionales‖, agosto 4 de 1913, p. 2; ―Conservadores y republicanos‖, diciembre 18 de 1913, p. 2; ―Ideas republicanas‖, marzo 20 de 1914, p. 2. 196 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Al margen de un informe‖, julio 18 de 1913, p. 2; ―El patriotismo y la candidatura republicana‖, diciembre 1 de 1913, p. 2; ―El arcoirismo‖, junio 9 de 1914, p. 2.

embargo, a atormentar a los líderes republicanos. Para ellos la acción política tenía un fuerte componente pedagógico e intelectual que le restaba trascendencia a los ciclos electorales. En el momento, escribe Eduardo Santos, la prioridad de los ―partidos progresistas‖ es darse una doctrina consistente y una sólida base moral. Necesitan dotarse de un horizonte que puedan transmitirle a la nación. Los republicanos, pues, van a la elección presidencial como un deber, presentando a la contienda a uno de sus grandes líderes: Nicolás Esguerra. Vindican la completa negativa del presidente Restrepo a intervenir a favor del candidato republicano, sabiendo que justamente esa actitud había hecho inexorable su derrota. Haber actuado de manera distinta, dice Santos, hubiera sido borrar las diferencias con los gobiernos del pasado y haber renunciado a la razón de ser del republicanismo. ―La República es, ante todo y sobre todo, la seguridad absoluta para los ciudadanos pacíficos y cumplidores de las leyes, de que pueden reírse de las simpatías o antipatías personales de los gobernantes, que no podrán violar sus derechos ni perjudicar sus intereses‖, escribió.197

Una de las lecciones que el director de El Tiempo extrae de esa derrota electoral es que los partidos no conservadores harían bien en unirse, en concertar esfuerzos para enfrentar al conservatismo, que él ve como una fuerza voraz que quiere apoderarse del país todo. Santos propone a los republicanos y a los liberales de los distintos matices constituir una ―alianza democrática‖ en la que se le reconozca a cada agrupación su personalidad, no en la que se disuelvan en un nuevo partido. El objeto, dice, no es formar una coalición electoral sino vigorizar unas corrientes de opinión en torno a determinados principios. Su propuesta tenía pocas posibilidades de ser bien recibida puesto que una intensa repulsión había echado pie entre republicanos y liberales, estando la mayor parte de estos concentrados en torno al liderazgo de Uribe Uribe, que disgustaba a buena parte de los republicanos, y por supuesto al director de El Tiempo. Así, la propuesta de este no solo no fue contestada positivamente sino que el tono de la discordia se acentuó una vez posesionado de la presidencia José Vicente Concha, en agosto de 1914.198

La presidencia de Concha constituyó un reto mayúsculo para Eduardo Santos y tuvo consecuencias significativas en su periódico. La actitud de El Tiempo respecto al gobierno que terminaba había sido nítida: apoyo decidido a una administración de la que debía enorgullecerse el país. Pero ¿qué actitud tomar ante el nuevo gobierno siendo coherente con el ideal republicano de conciliación? Santos estimaba que un gobierno deseoso de hacer una obra de largo alcance, en lugar de apoyarse en los partidos, debía reunir a los hombres más capaces, a los ―hombres de buena voluntad‖, sin que importara su pertenencia partidista. Siendo Colombia un ―pueblo informe‖ que apenas estaba entrando en la edad de la razón, no otro podía ser el camino para instituir la nación y la república, escribió.199 En lugar de ese, que para él era un imperativo, ve tomar un camino enteramente distinto al nuevo presidente desde su posesión. Santos se siente tan consternado que suspende por un día el periódico para darse la oportunidad de reflexionar detenidamente. El 9 de agosto de 1914 publica un editorial que es una requisitoria temperada contra el nuevo gobierno. Concha, dice, pretende reunir lo mejor de la nación en su gobierno, pero excluye de él a los

197 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Candidaturas presidenciales‖, octubre 7 de 1913, p. 2; ―El Liberal y la candidatura republicana‖, noviembre 29 de 1913, p. 2; ―Por la verdad histórica‖, enero 29 de 1914, p. 2. 198 Eduardo Santos, ―La lección de las derrotas‖, El Tiempo, febrero 11 de 1914, p. 2; Eduardo Santos, ―La alianza democrática‖, El Tiempo, febrero 14 de 1914, p. 2. 199 Eduardo Santos, ―¿Qué debe ser un Gobierno en Colombia‖, El Tiempo, julio 18 de 1914, p. 2.

republicanos y a los liberales que no son adictos al General Uribe. Y por si fuera poco, el nuevo presidente frustra todas las esperanzas de llevar un espíritu renovador a la administración, pues coloca en el gabinete a hombres que en su mayor parte son incompetentes o están poseídos del espíritu de la Regeneración. Ese retorno al pasado que ve anunciado en los ministros lo ve ratificarse en la intención de Concha de acabar con el servicio militar obligatorio —implantado por Carlos E. Restrepo— para volver al enganche voluntario, que se había prestado para todos los atropellos.200

El administrador del diario, Fabio Restrepo, recordará años después cómo este editorial marcó un hito para El Tiempo: ―La edición de ese día fue la más copiosa que registraba su historia. Desde esa fecha se triplicó la circulación del periódico que empezaba a ser una empresa‖.201 Esa expansión también se benefició del interés despertado por la guerra europea, de la cual El Tiempo se esforzó por informar cuidadosamente a sus lectores. Pero la principal razón de la sólida pujanza que continuará experimentando el periódico hay que buscarla en la página editorial, donde Eduardo toma una distancia firme aunque serena respecto al gobierno conservador, interpretando así a una sociedad en la que crecía la atracción por lecturas del mundo no confinadas a los esquemas propios de los antiguos anclajes partidistas. El Tiempo, además, podía ufanarse desde sus orígenes de no haber recibido favores del gobierno y de no haber servido de escalón hacia posiciones políticas.

El vigor del diario de Eduardo Santos parece tener una relación inversamente proporcional al declive del republicanismo. Este era, incluso bastante antes de la culminación del gobierno de Carlos E. Restrepo, una pequeña fuerza electoral visible sobre todo en las ciudades principales, aunque su prensa y sus intelectuales tuvieran una importancia grande. Santos llega a admitir esa debilidad de su partido pero la contrasta con la fortaleza de las ideas que desde allí son promovidas, las cuales, cree, se han expandido incluso entre los demás partidos. Y contra las dificultades para obtener votaciones importantes, contra las constantes deserciones y el desaliento que los acecha, llama a sus copartidarios a seguir adelante, a prepararse para los siguientes combates por las reformas, a continuar la propaganda de sus ideales más allá de las coyunturas electorales. Una de las condiciones de ese triunfo es el ablandamiento de los antiguos partidos, sobre los cuales tiende una mirada lúgubre. Desde su perspectiva, esos partidos no pueden ser sino asociaciones que persiguen intereses particulares, que bloquean la emergencia del sentimiento de solidaridad nacional, que impiden en las masas el nacimiento del patriotismo. Carecen de ideales nobles, los mueven pasiones insensatas, mezquinas. Los partidos, dice, son ―pantanos estancados y pestilentes‖. Cree que el republicanismo se diferencia de los otros partidos en que no lo moviliza sino la sana y tranquila pasión patriótica. Pero en sus palabras el republicano, antes que un partido, se asemeja más bien a un club de propaganda. Lo concibe como un grupo de hombres selectos, distinguidos por su probidad, sus talentos, su patriotismo, no como un partido de masas, que, desde su punto de vista, puede caer bajo la seducción de los hombres audaces listos a extraviarlas. Cuando

200 Eduardo Santos, ―Una revelación. El gran ministerio‖, El Tiempo, agosto 9 de 1914, p. 2.

201 ―Fabio Restrepo cuenta cómo fueron los primeros días de EL TIEMPO‖, El Tiempo, enero 30 de 1961, 2ª sección, p. 10. A mediados de 1914 El Tiempo llegó a los 3 mil ejemplares. En realidad Santos había comenzado su periódico con un tiraje de 900 ejemplares diarios, habiendo cortado en cerca de una tercera parte los envíos, proporción que Villegas Restrepo había estado entregando gratuitamente, con grave detrimento de las finanzas de la empresa (Eduardo Santos, ―Recuerdo de don Fabio‖, El Tiempo, enero 30 de 1961, p. 4).

describe ese partido republicano tan determinado por la dimensión moral está enunciando a la vez su ideal de la política y de la república: la nación solo puede ser dirigida por el puñado de hombres probos, justos y capaces que está en aptitud de hacerlo; ciertamente la ciudadanía debe participar, debatir, escoger sus líderes, pero ha de hacerlo mediante una elucidación racional y sosegada, evitando los sobresaltos pasionales.202

La indolencia del republicanismo para afirmarse como partido no impulsa a Santos a abandonarlo, antes por el contrario, elogiándolo por sus precisas ―bases ideológicas‖ que lo hacen distinto a las demás agrupaciones políticas. Por lo tanto rehúsa las invitaciones a los republicanos para que se sumen al liberalismo. No obstante, llega más bien pronto al convencimiento de que su colectividad difiere del liberalismo no por los ideales que unos y otros buscan hacer triunfar sino ante todo por las vías mediante las cuales se busca hacer triunfar esos objetivos similares. No es solo una diferencia de tácticas sino también de lenguajes, en cuanto estos escenifican antagonismos entre diversos proyectos de comunidad política. Santos se reclama de un republicanismo para el cual la moderación es tanto un medio como un fin. Un republicanismo empeñado en un amplio conjunto de cambios pero necesariamente a través de ajustes progresivos alcanzados dentro de un espíritu de transacción. Por eso, aún reconociendo que en los años recientes el liberalismo ha suavizado sus contornos, al adoptar diversos elementos del republicanismo, sigue considerándolo un partido impulsivo, propicio a la grandilocuencia y las vociferaciones, y, como el conservador, un partido ávido de dominación. Un partido al que la desaparición de Uribe Uribe —en octubre de 1914— no habría librado de ser dirigido por caudillos y mediocridades.203

Durante los años que siguieron al asesinato de aquel jefe, el liberalismo vivió en un estado de aguda fragmentación, pues nadie logró una preeminencia similar a la que él había detentado. Ni siquiera se desarrollaron liderazgos reconocidos como nacionales. Sin que pudiera caracterizarse propiamente como una corriente, gran parte siguió el derrotero del difunto líder y participó sin iniciativas en el gobierno, pero en cada departamento los liberales tejieron las más variadas y cambiantes combinaciones con los demás partidos. En ese tiempo de desánimo y confusión, los liberales acordaron variadas formas de colaboración con los republicanos, siendo así que de 1915 en adelante las dos agrupaciones constantemente postularon listas comunes a las corporaciones de elección popular, aun cuando el republicanismo siguió reclamando su existencia como partido autónomo.204

Fueron años en que la división fue experimentada igualmente por los conservadores, pero en estos quizá tuvo mayor gravedad pues pervivió un más largo periodo y desembocó en una acritud aún más descarnada entre copartidarios. A despecho de lo que suele pensarse, los más decisivos opositores de los gobiernos conservadores militaron en sus propias filas. Además, la eficacia de la oposición liberal, republicana, e incluso socialista,

202 Editoriales en su periódico: ―Manifiesto Republicano‖, marzo 20 de 1915, p. 2; ―Al margen del Manifiesto‖, marzo 22 de 1915, p. 2; ―Lo que significa la Convención‖, julio 17 de 1915, p. 2; ―El viejo mal‖, El Tiempo, octubre 23 de 1915, p. 2. 203 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Renovarse o morir‖, noviembre 30 de 1914, p. 2; ―Republicanos y liberales‖, enero 14 de 1915, p. 2; ―Excomunión laica‖, septiembre 22 de 1916, p. 2. 204 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Las elecciones de hoy‖, mayo 2 de 1915, p. 2; ―El desastre del Bloque‖, mayo 3 de 1915, p. 2. Ver también los siguientes artículos en ese mismo periódico: ―Unión Liberal- Republicana para Concejeros Municipales‖, octubre 1 de 1915, p. 2; ―Para el concejo municipal de Bogotá. Candidatos de la Coalición Progresista‖, octubre 6 de 1917, p. 2; ―Las elecciones en Boyacá‖, febrero 8 de 1919, p. 2.

dependió en buena medida de las tensiones al interior del partido de gobierno. A mitad de camino de la administración Concha, cuando apenas comienza a verse la profundidad de la división conservadora, Eduardo Santos proclama su neutralidad en una querella que tenía notorios antecedentes en el país y en la cual algunas veces los liberales habían creído encontrar la clave para dar fin a la hegemonía de su adversario, esperanza que se había revelado ingenua. En este punto, sin embargo, El Tiempo hizo pronto un viraje que tendrá importantes repercusiones sobre la escena política de al menos la siguiente década.

Cuando se comienza a reflexionar acerca de las posibles estrategias para las elecciones presidenciales de 1918, la mayor parte de los líderes republicanos y liberales llega a la conclusión de que la mejor salida no es presentar un candidato propio sino lograr que liberales y republicanos trabajen con los conservadores no clericales para derrotar la candidatura oficial de Marco Fidel Suárez. Santos participa complacido de esa estrategia pues ve en aquellos conservadores —cuyas cabezas más visibles son Guillermo Valencia y Laureano Gómez— un aliado decisivo para abrirle paso a las reformas necesarias. La tensión intraconservadora la piensa como una oportunidad para ampliarle espacios a las ―fuerzas progresistas‖, pero el acercamiento a un sector de ese partido no lo concibe apenas como un movimiento táctico, pues espera que tal coalición llegue a ser una fuerza capaz de dejar una impronta duradera en el país. Tal tipo de alianza es afín a su ideal de la organización política. Una coalición encabezada por un conservador le atrae porque piensa que la eventual victoria de un liberal o un republicano en una elección presidencial sería desconocida, pero también porque de esta manera podría irse triunfando paulatinamente contra la intolerancia, el fraude y el clericalismo. Santos encuentra normal que en el campo ―progresista‖ existan diversas corrientes y tiene por inconveniente una escena política contraída al bipartidismo liberal-conservador. En primer lugar, porque esa polarización haría que el campo progresista perdiera tanto la adhesión de muchos ciudadanos moderados, que terminarían en el abstencionismo, como la simpatía de los conservadores inconformes, que preferirían quedarse en ese partido a engrosar las filas de su tradicional adversario. Pero además de las razones tácticas, Santos rechaza un esquema bipartidista por considerarlo generador de una tensión máxima que tiende a disgregar a la nación. Su ideal es que existan cuatro o cinco partidos, suma que facilitaría la producción de acuerdos y que procuraría todo un conjunto de beneficios: amenguar las tensiones que el bipartidismo exacerba, permitir a la opinión pública un mejor conocimiento de los problemas y de sus eventuales soluciones, dar más plasticidad a la representación al ofrecer a los ciudadanos la posibilidad de afiliarse a organizaciones políticas más cercanas a sus ideales y sus sentimientos. En este sentido, un número más bien amplio de partidos permitiría reconocer la mayor variedad que en todos los campos caracteriza al mundo moderno.205

Eduardo Santos tomó parte de manera muy entusiasta en las actividades que los liberales, los republicanos y parte de los conservadores realizaron en los meses finales de 1917 y en enero 1918 para promover la candidatura de Guillermo Valencia. Aquí comenzó la estrecha colaboración que durante más de diez años mantendrán los liberales y los republicanos con el principal líder de un conservatismo disidente, Laureano Gómez. Esa cooperación, así como el amplio reconocimiento que le otorgó El Tiempo, fueron fundamentales en la proyección de Gómez como un líder de carácter nacional. Santos, por

205 Textos de Eduardo Santos: ―La política y el país‖, septiembre 8 de 1916, p. 2; ―Qué busca la coalición‖, octubre 4 de 1917, p. 2; ―Los que protestan‖, noviembre 4 de 1917, p. 2; ―En un solo partido‖, junio 13 de 1918, p. 2.

su parte, reclamó insistentemente no pretender que su diario fuera la ―base para una carrera política‖.206 Y esa condición que se autoimpuso la cumplió, en el sentido que no utilizó El Tiempo para obtener puestos ni en las corporaciones públicas ni en el Estado. Mientras muchos otros periodistas daban constantemente el paso a empleos públicos para luego retornar a sus periódicos, o utilizaban sus periódicos para dar curso a disputas estrechamente partidistas, Santos dio absoluta prioridad a su labor periodística. Ella fue el centro de su actividad pública. Pero sin que haya necesidad de impugnar su sinceridad, es preciso constatar que su labor periodística enriqueció su carrera política, algo inevitable mucho más si se tiene en cuenta su notoriedad en el seno de un pequeño partido como lo era el republicano. Santos el periodista reconocido no podía eximirse de participar en la preparación de las listas de candidatos a las distintas corporaciones, no podía rehuir la proximidad de los líderes republicanos y de sus aliados liberales y conservadores, no podía dejar de prestar sus esfuerzos en la dirección del partido republicano, en la cual ocupó algún puesto durante varios años. Tampoco estaba en sus manos tan fácilmente impedir que lo incluyeran en listas de candidatos a la Asamblea de Cundinamarca, a la Cámara de Representantes o al Concejo de Bogotá.

Sin pretender los primeros planos ni concentrar mucho esfuerzo en ello, Santos trasegó intensamente la política electoral: en la época esto era algo consustancial a la dirección de un periódico de carácter político. Así, en 1915 formó parte de una lista de candidatos que una coalición de los republicanos y algunos líderes obreristas postuló a la Asamblea de Cundinamarca por la circunscripción de Bogotá. Como segundo suplente, su participación en la Asamblea era muy improbable, pero de todas formas su lista no obtuvo ninguna representación. Ese mismo año volvió a ser segundo suplente en una lista muy heterogénea de aspirantes a la Cámara —junto a los republicanos había un sector de liberales y estaban representados igualmente los ―comerciantes y agricultores progresistas‖—, la cual obtuvo mejores resultados, pues ganó tres curules. En dicho año de 1915 nuevamente figuró como suplente en la lista liberal-republicana para la elección de concejo municipal, la cual obtuvo la mayoría. Dos años después, ocupó uno de los tres renglones principales en la lista que una coalición liberal-republicana presentó a la elección de diputados a la Asamblea de Cundinamarca por la circunscripción de Bogotá, la cual triunfó ampliamente. Santos, pues, vino a ocupar un puesto en aquella corporación.207

En 1919, después de expresar varias veces su renuencia a aceptar la postulación, terminó encabezando la lista de candidatos a la Cámara propuesta por una amplia coalición en la que también figuraba Laureano Gómez. Santos explicó su decisión diciendo que su categórica negativa había sido vencida por la orden que le impartieron las directivas de su partido.208 Esas evasivas para no participar en listas electorales van envueltas en una

206 Eduardo Santos, ―Cinco años‖, El Tiempo, enero 30 de 1916, p. 2.

207 Artículos de El Tiempo: ―Partido Republicano‖, febrero 8 de 1915, p. 2; Eduardo Santos, ―Las causas de una derrota‖, febrero 9 de 1915, p. 2; ―Pacto electoral para la Circunscripción de Bogotá‖, mayo 2 de 1915, p. 2; ―Unión Liberal-Republicana para Concejeros Municipales‖, octubre 1 de 1915, p. 2; Eduardo Santos, ―Las elecciones en Bogotá‖, febrero 2 de 1917, p. 2; ―Las candidaturas progresistas por Bogotá‖, febrero 2 de 1917, p. 2. Eduardo Santos también fue nombrado en una comisión creada por el Congreso para asesorar al gobierno en la consecución de un empréstito (―La elección de Eduardo Santos para la comisión fiscal‖, El Tiempo, noviembre 20 de 1920, p. 3). 208 ―Candidatos de la coalición progresista para la circunscripción de Bogotá‖, El Tiempo, mayo 3 de 1919, p. 2; ―La gran manifestación de ayer a los candidatos de la coalición‖, El Espectador, mayo 8 de 1919, Bogotá, pp. 1, 6.

galantería reveladora de un antiguo rasgo de la representación política: el hombre político debe mostrar de todas las formas posibles que no desea, e incluso que ―no es merecedor‖ de la distinción con que se le quiere honrar, que si acepta un cargo, o incluso una postulación, es forzado por las circunstancias, como un deber y no como un premio. Esas reticencias ponen en evidencia ciertos rasgos claves del hombre público y de la escena política en que ellos actúan. En primer lugar, subrayan la abnegación con que el político debe afrontar una tarea por la que muchos de ellos sienten desdén o aversión, una actividad que con razón debe ser tenida por riesgosa, pues en ella siempre se está a punto de perder el honor y el buen nombre, tan importantes en esos tiempos. En segundo lugar, sirven para reafirmar la independencia con que el electo actuará ante el electorado y ante su partido en el ejercicio del cargo alcanzado, pues queda disponible el argumento de que se llegó a él a pesar del deseo personal. En tercer lugar, esos gestos en lugar de reducir la eminencia del político lo elevan, lo sustraen de en medio de sus conciudadanos. Esas reticencias, pues, no pueden leerse como una simple comedia. Mostrarse deseoso de ocupar un cargo público sería aceptar que los móviles de su pretensión son de naturaleza egoísta.

El periodista y el político que había en Eduardo Santos eran inseparables de otra faceta que solía completar el carácter de los hombres públicos de la época: el filántropo. De ahí que El Tiempo llegó a ser no solo un club político y un centro de reunión de los notables bogotanos sino también un eje de las actividades de beneficencia y de embellecimiento de la ciudad. En 1919 y 1920, por ejemplo, lo vemos abrir una suscripción para la restauración de la Quinta de Bolívar, participar en la Junta de Socorros que reúne fondos para las familias de las víctimas de la jornada del 16 de marzo de 1919, impulsar la erección de una estatua de Francisco de Paula Santander en Bucaramanga, organizar una colecta para ayudar a un poeta en desgracia, recibir donativos para las víctimas de la epidemia de tifo.209 Esta solo es una pequeña muestra de un tipo de actividad en la que Santos, al igual que los directores de otros periódicos prestigiosos, se involucró constantemente. Los responsables de los principales diarios incluso podían ser llamados a ayudar en la solución de conflictos laborales, como sucedió a finales de 1920 cuando los directores de El Nuevo Tiempo, El Espectador, El Diario Nacional, La Joven Colombia, y El Tiempo, fueron invitados a arbitrar una discrepancia entre los directivos y los empleados del Commercial Bank.210

La filantropía, por supuesto, no agotaba el repertorio de respuestas ante la cuestión social, tan invocada en esos años, y que podía ser vista desde varios ángulos. De un lado estaba la miseria en que pasaban sus días muchas familias, por la cual Santos muestra una constante preocupación, deplorando la situación de ese bajo pueblo para el cual reclama socorros del Estado, como la construcción de viviendas dignas. Por otro lado estaban las demandas o las expectativas de los obreros, las cuales desde la caída de Reyes algunos grupos trataban sistemáticamente de convertir en reivindicaciones políticas. El director de El Tiempo considera que los obreros, por sus anhelos de mejoramiento material, de libertad y de instrucción, son intrínsecamente una fuerza progresista, esto es, liberal. De ahí que repudie los esfuerzos de los conservadores por alejarlos del campo liberal-republicano, al cual incita a acercarlos con ofrecimientos verdaderos que consulten su interés.

209 Artículos de El Tiempo: ―Para la compra de la ‗Quinta de Bolívar‘‖, marzo 25 de 1919, p. 2; ―Por las víctimas del 16 de marzo‖, mayo 23 de 1919, p. 2; ―Para la estatua de Santander en Bucaramanga‖, mayo 25 de 1920, p. 1; ―Por Martín Pomala‖, junio 15 de 1920, Bogotá, p. 1; ―Para socorrer a las víctimas del tifo‖, junio 23 de 1920, p. 5. 210 ―La prensa y el Commercial Bank‖, El Tiempo, noviembre 12 de 1920, p. 3.

Simultáneamente, desaconseja a los trabajadores organizarse políticamente en forma autónoma, entre otras razones porque parece suponer que no sabrían sobreponerse a las ambiciones de quienes, como los conservadores, querrían utilizarlos para sus fines propios; algo que a su turno piensan los conservadores respecto a liberales y republicanos.211

Eduardo Santos insta repetidamente a todos los actores del mundo del trabajo a esforzarse, dentro del respeto mutuo, por atraer la paz social y por ahuyentar las revoluciones. Piensa que ante las huelgas y demandas de los trabajadores, incrementadas enormemente tras la primera guerra mundial, es inútil quejarse puesto que son fenómenos traídos al país por las corrientes modernas. Además de baldío, lamentarse por ello sería un acto de injusticia pues lo que está implícito en esas peticiones es un saludable impulso al que los capitalistas harían mal en oponerse, dado que así alimentarían el extremismo socialista y la lucha de clases. Como él, muchos líderes de la época son plenamente conscientes de que la sordera ante los reclamos, que la falta de sensibilidad ante las reformas, alimentarían el radicalismo de los trabajadores. Pero su actitud no nace sólo del pragmatismo. Emerge también de su convicción de que una república sólo puede hacerse sólida si tiene una honda preocupación por la igualdad. Por eso se regocija del cambio que ve iniciarse en el mundo respecto a la propiedad, de una titularidad que daba una capacidad irrestricta para usarla, a otra noción, caracterizada por un uso limitado de ella en armonía con los intereses de la comunidad.212

Las carencias en que se debatía una gran parte de los colombianos tenían para Eduardo Santos una evidente relación con la incapacidad para promover el progreso que habían demostrado los gobiernos conservadores que se habían sucedido casi sin interrupción desde 1885. Su juicio sobre ellos es severo, sobre todo en ese punto del adelanto material. Los acusa de sustentarse en el fraude electoral operado a gran escala pero se detiene sobre todo a reprocharles el haber permitido recortes al territorio patrio, haberse negado a organizar una administración pública eficiente, no haber mejorado las vías de comunicación ni la higiene pública, ni la calidad de la educación. En diversos editoriales, pues, exagera dramáticamente la inercia conservadora: ―Su obra positiva y constructora es nula, su fracaso en todo lo que se relaciona con el engrandecimiento y progreso de la Nación, evidente‖, dice.213 Los gobiernos recientes los critica por no manejar de manera eficiente los recursos públicos y por no interesarse en la prosperidad de los colombianos, pero en absoluto por tener rasgos de tiranía. A la libertad existente se refiere con estas palabras tajantes: ―Puede sin miedo asegurarse a los cuatro vientos que en Colombia se vive hoy libremente‖. Y aunque subraye la gravedad de ciertos males como el fraude electoral, admite de buena gana que eso no lo iniciaron los gobiernos conservadores de la Regeneración, pues los liberales, en las décadas en que habían predominado, también lo habían tenido por una práctica corriente. En cuanto a la violencia, pese a episodios como el de marzo de 1919 y a diversas agresiones que no deja de lamentar y de censurar, está convencido de que la paz en Colombia se ha aclimatado de manera que nadie sería capaz de desencadenar una guerra civil. Y para él no se trata de una paz nacida de las cadenas, la

211 Ver, entre otros editoriales de El Tiempo: ―Los obreros solos‖, febrero 22 de 1917, p. 2; ―La cuestión social‖, noviembre 7 de 1918, p. 2; ―Muriendo de hambre‖, noviembre 26 de 1918, p. 2. 212 Eduardo Santos, ―Ante la cuestión social‖, El Tiempo, noviembre 21 de 1919, p. 1; Eduardo Santos, ―Orientaciones hacia un mundo nuevo‖, El Tiempo, mayo 24 de 1920, p. 1. 213 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Un país estancado‖, abril 25 de 1918, p. 2; ―Las glorias del Partido Conservador‖, febrero 6 de 1919, p. 2; ―Por la Universidad Nacional‖, abril 14 de 1919, p. 2.

sumisión y el silencio, sino de la convicción profunda de que la violencia apenas sirve para agravar los problemas del país.214

Eduardo Santos demanda entonces mesura a la hora de hacer el balance de los gobiernos conservadores. Recusa la caracterización de Colombia como el país de Jauja, donde no habría ningún cambio por desear, al tiempo que recrimina a quienes agitan ―el espectro de imaginarias tiranías, de insoportables desigualdades peores que la misma muerte, de situaciones inauditas que ponen pavor en los corazones, para hacer así aparecer a sus adversarios políticos como a crueles y sanguinarios enemigos conculcadores de todos los derechos y preocupados sólo por planes de exterminio y de salvaje dominación‖. Sin desestimar los notables defectos del régimen político existente, está convencido de que contiene los elementos necesarios para que la sociedad colombiana afronte los retos que se le presentan. Tales elementos son la existencia práctica de libertades y de una paz consentida, el desprecio del caudillaje y, en fin, una patria común y una ―democracia auténtica‖.215 Pero esta lectura mesurada del régimen conservador contrasta con palabras suyas en las que de cuando en cuando aparece el militante político enardecido que embiste apasionadamente a su contrincante. En este sentido tiene razón un periódico conservador que le reprocha la utilización, en ciertos casos, de medidas enteramente distintas para la crítica: una, implacable con el conservatismo, otra, moderada con el republicanismo. Como fue su actitud ante dos hechos de violencia similares ejecutados por las autoridades en Bogotá: la represión de julio de 1911 para la que tuvo un juicio benévolo, la de marzo de 1919 ante la cual hizo una requisitoria fulminante.216 Él mismo admitió que la prensa libre puede causar daños y agravios pero creía que en esa misma libertad estaba el remedio a esos eventuales perjuicios.217

Momentos de pasajero desaliento con la democracia colombiana tiene, pero contrastan intensamente con su vindicación de ella cuando la caracterizan sustrayéndole rasgos esenciales. La reciedumbre de su respuesta es mayor cuando esos juicios provienen del exterior, como ocurrió en el segundo semestre de 1920 en el curso de una polémica iniciada en torno al concepto de cesarismo democrático, acuñado por Laureano Vallenilla Lanz. Según este, el caudillo, más precisamente el tirano amasado en los pliegues del mundo popular, constituye una necesidad en ciertas sociedades como las de América Latina. Santos subraya la triste paradoja en que incurre Vallenilla al afirmar que si desde sus orígenes Venezuela se inclinó por gobiernos caudillistas, fue por el carácter altivo de su pueblo, tan distinto de las ―indiadas sumisas‖ de Nueva Granada, Ecuador y Bolivia. Según el autor del Cesarismo democrático, el caudillo, además de ordenar un mundo que en su ausencia sería caótico, también es conveniente pues solo a través de él puede superarse el atraso material de nuestras sociedades. Santos le replica que incluso si eso fuera cierto, que no lo es, la vida carecería de sentido porque el bienestar se alcanzaría al precio del envilecimiento del espíritu. Por esa vía solo se lograría comprometer la existencia misma de

214 Eduardo Santos: ―Cómo entendemos la lucha cívica‖, El Tiempo, mayo 24 de 1917, p. 2; ―Política de ayer y de mañana‖, El Tiempo, febrero 10 de 1921, p. 1; ―Año nuevo‖, El Tiempo, enero 1 de 1915, p. 2; ―La paz de las bayonetas‖, El Tiempo, octubre 2 de 1919, p. 1. 215 Eduardo Santos: ―Por la solidaridad nacional‖, El Tiempo, septiembre 18 de 1916, p. 2; ―Sobre las teorías del señor Vallenilla Lanz‖, El Tiempo, diciembre 28 de 1920, p. 1. 216 ―Los cargos de El Tiempo‖, El Nuevo Tiempo, febrero 2 de 1915, Bogotá, p. 2; Ismael Enrique Arciniegas, ―Diez años‖, El Tiempo, enero 30 de 1921, p. 5; ―Arriba y abajo….‖, La Crónica, marzo 29 de 1919, Bogotá, p. 2; Eduardo Santos, ―Lo inaudito‖, El Tiempo, marzo 19 de 1919, p. 2. 217 Eduardo Santos, ―El periodismo del Sr. Suárez‖, El Tiempo, diciembre 14 de 1918, p. 2.

estas naciones, necesitadas de un espíritu vivo ante las amenazas de las potencias extranjeras. Justificar el cesarismo como la alternativa a la supuesta falta de atractivo que la ley impersonal tiene en estas sociedades no le merece menos reprobación, pues el imperio de una ley igual para todos le resulta la única forma digna de vivir en una república, incluso si por esa vía no se hicieran avances materiales espectaculares.

Vallenilla respondió que las reticencias de los colombianos con los caudillos militares y plebeyos que por fortuna habían proliferado en Venezuela se debían a que aquí había predominado otro tipo de hegemonía. La del clero y la oligarquía, las cuales a la vez que expresaban profundamente nuestra historia habían limitado severamente nuestro desarrollo como nación. Vallenilla encontraba prosperidad y libertades en abundancia en la Venezuela del buen tirano mientras que en Colombia no veía sino atraso y dominación, forjadas por una feroz tiranía clerical y por una excluyente oligarquía. Santos no niega que en su país haya necesidad de una mayor independencia del poder civil respecto a la iglesia o que sea necesario impulsar un más dinámico adelanto material, pero deshace la caracterización que Vallenilla hace de Colombia. ¿Cómo es que este país puede ser considerado un oscuro reino del clericalismo cuando los periodistas excomulgados además de seguir escribiendo se hacen por eso más populares? ¿Qué hermética aristocracia predomina aquí cuando son tantos los ejemplos de hombres que han llegado a los principales puestos solo por su mérito personal? No solo muestra el desconocimiento del venezolano sobre la historia colombiana. También observa con agudeza que, a diferencia de Vallenilla y de la prensa venezolana que carece de una opción distinta al ensalzamiento del dictador, la prensa colombiana puede vindicar sus propios gobiernos justamente por estar en posibilidad de criticarlos sin correr ningún riesgo, incluso si se está en la oposición.218

El Tiempo, por ejemplo, no puede contar más de un choque de alguna magnitud con el gobierno en sus primeros diez años. En 1919 el presidente Suárez había llamado a su director a la sede presidencial para recriminarlo por un duro concepto sobre la actitud presidencial ante la violenta agresión de que fueron víctimas varios artesanos en marzo de ese año.219 Pero a esa reconvención verbal no le siguió sino el acrecentamiento del prestigio de Santos y de su periódico. Para 1921 —fecha del 10º aniversario— ese reconocimiento nacional había convertido El Tiempo en el principal diario del país. ¿Qué explica el logro de esa posición?

El periódico había puesto en funcionamiento una maquinaria nueva a mediados de 1919 la cual lo colocó, técnicamente, a la altura de sus principales colegas colombianos, pudiendo sacar ediciones más amplias, ya no de 4 sino de 8 páginas.220 Esos adelantos, junto al juicioso manejo financiero de El Tiempo le permitían una mayor circulación, pero ella y su consiguiente incremento de influencia hay que buscarlos sobre todo en la persona del director, pues lo que entonces hace a un diario es ante todo el autor de sus editoriales.

218 Editoriales en su periódico: ―Los venezolanos y nosotros‖, mayo 27 de 1920, p. 1; ―Cesarismo democrático‖, julio 9 de 1920, p. 1; ―Con la prensa de Venezuela‖, noviembre 27 de 1920, p. 1; ―Sobre las teorías del señor Vallenilla Lanz‖, diciembre 28 de 1920, p. 1. Una interesante reflexión en torno al debate Santos-Vallenilla en Eduardo Posada, ―Colombia en Cesarismo democrático‖, Mitos políticos en las sociedades andinas, Equinoccio / Université de Marne-la-Vallée / IFEA, Caracas, 2006, pp. 255-267. Frédéric Martínez hace otros apuntes sugestivos en este mismo libro, pp. 243-245. 219 ―La entrevista del Excelentísimo Señor Presidente de la Republica con Eduardo Santos‖, El Tiempo, marzo 21 de 1919, p. 2; ―Circular‖, La Crónica, marzo 22 de 1919, Bogotá. 220 ―Nuevo formato de ‗El Tiempo‘‖, El Tiempo, julio 24 de 1919, p. 2; ―El nuevo formato de ‗El Tiempo‘‖, El Tiempo, julio 25 de 1919, p. 1.

En esos años, del lado liberal-republicano hubo periódicos muy importantes inscritos en la senda de Uribe Uribe, como El Liberal, o de otro lado los que creó Enrique Olaya Herrera,221 que en este campo introdujo grandes innovaciones al país, pero quien construyó una carrera política convencional de la cual el periodismo era claramente uno de sus instrumentos. Eduardo Santos tomó un camino distinto. Trabajador infatigable capaz de elaborar él solo todas las secciones de su periódico, posee como escritor amplios recursos estilísticos, siendo a la vez claro y potente. Sus contemporáneos lo aprecian por su desprendimiento, por su posicionamiento al margen no solo de la política en el sentido partidista sino al margen de intereses pecuniarios o la ambición de honores. Es un modelo de republicano, incluso para algunos rivales caracterizados.222

Desde su periódico, Eduardo Santos representa una noción de lo político capaz de sobrepasar las tensiones en torno a la cuestión religiosa, sin por ello renunciar a la crítica de la participación de los curas en política. Representa igualmente el afortunado abandono de las querellas estrechamente partidistas, actitud que contrasta no solo con la mayor parte de los periódicos de su propio campo político sino también con el conservatismo, donde El Nuevo Tiempo terminó siendo el periódico de una fracción de ese partido sumido en agrias disputas internas, lo cual le ayudó a perder la primacía de que había gozado por años entre la prensa colombiana. El éxito del diario de Santos tiene, pues, una profunda relación con su capacidad para expresar algunas actitudes predominantes en sectores clave de la sociedad colombiana de principios del siglo XX. Como la avidez de novedades culturales, el nacionalismo antiyanqui, el repudio a la violencia como instrumento político. Además de la dureza con que las gentes más variadas ven a los partidos, los hombres políticos e incluso la política. Una antipatía ante los hombres políticos de la que están poseídos, paradójicamente, incluso muchos de ellos mismos, como si dudaran de la posibilidad de hacer trabajo fecundo desde esa actividad. Eduardo Santos participa de esta paradoja, pudiendo darse el lujo de criticar sin restricciones a los partidos y a los hombres políticos porque, como lo observó su colega Ismael Enrique Arciniegas, en sentido estricto había carecido de un partido que lo dirigiera o que él pudiera dirigir. En ello coincide el mismo Santos, quien admite que mientras los demás partidos imponen a los periodistas inscritos en sus filas una fuerte presión para que actúen en correspondencia con sus ideas y sus litigios, el minúsculo y débil partido republicano permite a sus periodistas una enorme libertad.223 Que la ciudadanía recompensa leyéndolos.

Ese partido republicano cada vez más agotado no es, sin embargo, un campo que satisfaga a un periodista político con tantas energías y anhelos como los de Eduardo Santos. Así, al menos desde inicios de 1919 comienza a instar a sus copartidarios a salir de la inercia para que los ideales de cambio de que están poseídos los liberales y los republicanos adquieran un instrumento político que los haga vivir, pues en frente del conservatismo no halla ninguna fuerza que se le oponga.224 Desde mediados del año siguiente da un paso más y expresa públicamente sus dudas sobre la utilidad de que continúe existiendo el republicanismo como grupo ―de compromiso y de equilibrio‖. El republicanismo, piensa,

221 Olaya Herrera fundó la Gaceta Republicana y El Diario Nacional, entre otros periódicos. 222 Ver, por ejemplo, Ismael Enrique Arciniegas, ―Diez años‖, El Tiempo, enero 30 de 1921, p. 5. Consultar igualmente, ―La prensa bogotana y El Tiempo‖, El Tiempo, diciembre 8 de 1929, p. 5. 223 Ismael Enrique Arciniegas, ―Diez años‖, El Tiempo, enero 30 de 1921, Bogotá, p. 5; Eduardo Santos, ―Política y periodismo‖, El Tiempo, abril 20 de 1917, p. 2. 224 Eduardo Santos, ―La lección de la derrota‖, El Tiempo, febrero 4 de 1919, p. 2; Eduardo Santos, ―Hay que ver las cosas de frente‖, El Tiempo, febrero 8 de 1921, p. 1.

ha caído en un estado contemplativo que contribuye a fortalecer al conservatismo. Por ello ve necesario cambiar drásticamente de rumbo, y para esto baraja todas las posibilidades que se le ofrecen a su agrupación, desde integrarse en el liberalismo hasta disolverse formalmente como partido y que sus integrantes queden como elementos sueltos. En ese examen del republicanismo llega incluso a preguntarse si no fue un error haber querido convertir eso que había sido ante todo una ―corriente espiritual‖ libre y viva, en un partido. Propone entonces a sus copartidarios contribuir decididamente, sin renunciar a sus ideas, a dar empuje al liberalismo en su combate partidista.225

El desenlace de la evolución política de Eduardo Santos se produce en febrero de 1921, cuando no solo llama a republicanos, liberales y socialistas a trabajar juntos para dar eficacia a sus ideales de cambio, sino que decide proclamar públicamente su paso al liberalismo. Él, uno de los últimos líderes importantes del republicanismo lo deja no sin algo de aprehensión ante la respuesta que puedan asumir sus lectores. Para él se trata, antes que una deserción, de la salida lógica a la pura y simple desaparición de un partido del que vindica su espíritu de moderación y su idealismo, que deben continuar viviendo, pero que ya nada tiene para ofrecer como fuerza capaz de darle alguna orientación al país. Cree que el campo de actuación ha cambiado grandemente entre el momento en que surgió el republicanismo y el momento actual, porque si en el primero la existencia de dos partidos cargados de odios y prejuicios pedía la erección de una fuerza moderadora, ahora la situación podría resumirse en que unas fuerzas progresistas débiles y desorganizadas tienen en frente un partido conservador que se complace en la abulia de sus rivales. En el momento actual, piensa Santos, el principal desafío es el declive del espíritu público en una escena en la que un partido domina sin contrapeso ni vigilancia efectiva. No imagina en absoluto la resurrección de pugnas sombrías pero se le hace imperativo que el liberalismo recobre sus bríos en el combate cívico, aunque así puedan suscitarse roces, pues esa es la única manera de intervenir en servicio de los asuntos públicos. A quienes piensan que la actividad partidista es necesariamente enemiga de la patria se opone ahora con firmeza y les llama la atención sobre la existencia de una nueva generación ya aclimatada al imperativo de la paz y la legalidad. Les dice, además, que seguir pensando los debates partidistas según ellos habían sido a finales del siglo anterior sería injuriarse a sí mismos, pues así se estaría despreciando el grado de cultura política alcanzado por los colombianos en los últimos veinte años. Entiende que los programas de todas las corrientes progresistas caben dentro de un concepto amplio y renovado de liberalismo. Un liberalismo pacifista atento a los cambios, interesado en el mejoramiento del Estado en todos sus ramos y en educar a las nuevas generaciones más sólidamente y dentro de un espíritu más libre.226

El partido liberal de esta etapa tiene por su figura cimera al general Benjamín Herrera, a quien Santos elogia por su moderación y patriotismo, y con quien coincide en diversos conceptos centrales, como poner la patria por encima de los partidos, vigorizar al liberalismo dentro de la lucha cívica y facilitar el consenso nacional en asuntos como la política exterior. Eduardo Santos participa resueltamente en la campaña presidencial de 1922, y queda convencido que solo el fraude arrebató el triunfo a Herrera. Pero poco

225 Eduardo Santos, ―Política progresista‖, El Tiempo, junio 23 de 1920, p. 1; Eduardo Santos, ―En el campo republicano‖, El Tiempo, julio 20 de 1920, p. 1. 226 Editoriales en El Tiempo: ―Lo que el futuro exige‖, febrero 17 de 1921, p. 1; ―El partido republicano y la unión liberal‖, febrero 22 de 1921, p. 1; ―El país y los partidos‖, febrero 28 de 1921, p. 1; ―Las concentraciones, la paz y la política republicana‖, marzo 3 de 1921, p. 1.

después de esa campaña ve al liberalismo vaciado, carente de un programa ambicioso e incluso de una estrategia coherente. A sus copartidarios les basta como bandera la jefatura del ―Supremo Director‖ y juzgan por lo tanto como un sumo error, casi como una traición, objetar de alguna manera sus disposiciones y mencionar las deficiencias del partido. El liberalismo parece retornar a los tiempos estériles en que lo dirigió Rafael Uribe Uribe, cuando el caudillo había tomado el lugar de la doctrina, y el partido se había empequeñecido postrándose a sus pies. Pero Santos denuncia sobre todo a los oscuros personajes que para medrar se escudan en la sombra del jefe, a quien los halagos ditirámbicos y unánimes extravían, profundizando las debilidades de un liberalismo que se congratula de sus derrotas y en el que una multitud de gamonales se desgarra mutuamente.227

Eduardo Santos criticó los poderes omnímodos otorgados a Herrera para dirigir el liberalismo, los cuales además de contravenir el espíritu liberal, habían sido infructuosos para reorganizarlo y darle nuevo vigor, que habían sido las metas de esa disposición. Le reprocha dejar caer al liberalismo en la rutina, pero el sujeto de su descontento es más amplio puesto que tras las elecciones de 1922 el partido liberal entró en una larga etapa de estancamiento. En estos años no cesará de censurar al conservatismo, pero un motivo semejante de quejas será su propio partido, al que tiene por principal responsable de su impotencia para generar cambios positivos en el país. Los liberales siguen confrontados al fraude sistemático, y frente a esa barrera la mayoría clama por la renuncia completa y sistemática a tomar parte en los gobiernos conservadores desde puestos de responsabilidad otorgados por el ejecutivo. En esta estrategia encuentran no solo una forma de protesta y de compactación sino un eventual factor de desgaste del conservatismo. Santos propone, por el contrario, una estrategia que acerque el liberalismo al gobierno a condición que desde allí se esté practicando una política de conciliación y de cambios. Juzga un suicidio el retraimiento completo de la arena política, y en cambio clama por un combate cívico intenso que sea capaz de movilizar a la ciudadanía y poner en evidencia la falsificación de la voluntad popular. Pero reconoce que al fraude electoral no son ajenos muchos gamonales liberales, entre los cuales suelen encontrarse los más exaltados.228 Santos se esfuerza por inyectarle energía mesurada al liberalismo, por no dejarlo caer ni en la resignación pasiva ni en la desesperación suicida. Su intervención directa en los ajetreos electorales después de ingresar al liberalismo fue, sin embargo, muy reducida —fue elegido concejal de Bogotá en 1921—, entre otras razones porque muchos de sus copartidarios lo vieron con suspicacia por su antigua militancia y sus posiciones independientes.229

La enorme influencia que en estos años mantuvo desde El Tiempo no impidió, sin embargo, que dentro del partido liberal fuera un outsider. En esa condición impulsó a sus

227 Eduardo Santos en su periódico: ―Lo que el futuro exige‖, febrero 17 de 1921, p. 1; ―¡Arriba, corazones!‖, febrero 16 de 1922, p. 1; ―El General Herrera y la política liberal‖, abril 28 de 1923, p. 1; ―La dirección liberal y su obra‖, mayo 16 de 1923, p. 1; ―Un poco de liberalismo‖, mayo 18 de 1923, p. 1; ―A Don Tomás Uribe Uribe‖, mayo 23 de 1923, p. 1. 228 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Alarmas infundadas. Cómo debe entenderse el acuerdo de Ibagué‖, abril 3 de 1922, p. 1; ―El recurso de las armas y el recurso de la paz‖, enero 4 de 1923, p. 1; ―Abstención liberal y división conservadora‖, febrero 19 de 1923, p. 1; ―Las comunicaciones de Marte‖, abril 10 de 1924, p. 1; ―Cooperacionismo y oposición‖, abril 16 de 1924, p. 1; ―La orientación liberal de ayer y de mañana‖, enero 1 de 1926, pp. 3, 4. 229 ―Candidatos liberales para concejales‖, El Tiempo, septiembre 24 de 1921, p. 1; Eduardo Santos, ―El triunfo liberal de ayer‖, El Tiempo, octubre 3 de 1921, p. 1.

copartidarios al debate cívico e intelectual sin desanimarse ante los fraudes y violencias de los conservadores, pero sin abrirle espacio tampoco al retorno de los ademanes guerreros, aunque ellos fueran solo verbales. Insistió en que su partido requería cultivar la tolerancia, el respeto por las ideas ajenas, el patriotismo, el estudio juicioso de los mejores caminos para concretar sus ideales. Debía, sin duda, tener vocación por la acción, pero esa acción debía orientarse a objetivos precisos, a reformas sustanciales, debía estar dotada de una fuerza espiritual nítida. Eduardo Santos representa una tendencia en el liberalismo, aunque él pretenda estar por fuera de la división que atenaza a su partido. Esa tendencia descarta absolutamente la violencia como instrumento de acción política, no deja de reclamar profundos cambios pero lo espera todo de la movilización cívica, el combate intelectual, la denuncia, e incluso de la colaboración en gobiernos modernizadores. Cree que la espada está definitivamente enterrada como instrumento para hacer algún bien político y que el liberalismo no debe buscar la unidad mediante el recurso de las jefaturas, o de una determinada organización sino a través de un conjunto de ideas. La otra tendencia cree que el partido no puede ser conducido eficazmente sino por una mano sola y fuerte, pues de lo que se trata es de oponerse a una potencia avasalladora dispuesta a conculcar todo derecho. Esta tendencia, que no repudia el cesarismo democrático, exige a los liberales ante todo disciplina, y algunos sectores no excluyen de manera absoluta el recurso de las armas. Se trata de una corriente nostálgica de las vivas pasiones del siglo XIX, que atrae a los impacientes, a quienes no ven en el régimen conservador sino oscuridades. Una corriente que tiene muchos vínculos con el socialismo, que por estos años ha tenido alguna expansión.230

Frente al socialismo, Santos elaboró precisiones sustantivas. Reconoció sin reticencias la justicia de un conjunto de reclamos de los trabajadores: mejores condiciones de higiene, incremento de los salarios, protección en el trabajo, abaratamiento de los productos de consumo, jornada de ocho horas, descanso dominical, pensión para la vejez... Pero se negó a creer, como sí lo hicieron otros líderes del liberalismo, que su partido estuviera impedido para liderar esas reivindicaciones debiendo dejarle ese rol al partido socialista o incluso desapareciendo como agrupación política. La vía para satisfacer esas demandas obreras la encuentra, por un lado, en la organización de los mismos trabajadores, la cual ve con simpatía pues la juzga necesaria para realizar gradualmente sus aspiraciones dado que siendo fácil la formulación de un programa de mejoramiento en ese campo, su materialización es algo mucho más arduo. La organización de los trabajadores la considera beneficiosa también para la buena marcha del Estado en la medida que este puede encontrar un interlocutor para resolver mejor ciertos asuntos. Por otro lado, aquellas reivindicaciones deben simultáneamente ser adoptadas como suyas por un partido político que les de fuerza desde el Estado. Pero no es en absoluto en el socialismo donde se encontrará el apoyo idóneo para materializarlas, sino en el liberalismo, el cual además de contar con mejores posibilidades de hacerlo, ha trabajado larga e intensamente en bien del proletariado. El liberalismo, por lo tanto, debe triunfar ayudado por los obreros para acometer las reformas que estos necesitan y para ello debe concederles influencia en la dirección del partido. Cuando muchos liberales —incluidos grandes intelectuales como Sanín Cano— reniegan del liberalismo, cuando muchos dirigentes piensan que el liberalismo es algo del pasado pues interpretan los cambios económicos del mundo como el relegamiento ineluctable de

230 Eduardo Santos, ―Una carta sobre política liberal‖, El Tiempo, mayo 16 de 1924, pp. 1, 3; Eduardo Santos, ―El porvenir del liberalismo‖, El Tiempo, noviembre 26 de 1924, p. 1.

las reivindicaciones individualistas; Santos es uno de los que con mayor firmeza continúa vindicando el liberalismo. Un liberalismo que resume así: una fuerza ―que deje al individuo todas sus capacidades de expansión y dé amplio vuelo a las iniciativas individuales, pero que proteja también a las clases asalariadas y procure su constante mejoramiento, no por beneficencia sino por justicia‖. Una fuerza que, además, lidere el progreso material de la nación.231

En las antípodas del liberalismo coloca tanto al conservatismo como al socialismo bolchevizado. Santos teme que la inacción de su partido permita a esta segunda corriente ocupar sus espacios, pero su denuncia está impulsada además por la convicción de que existe una diferencia de naturaleza entre el liberalismo y el socialismo comunista. A este lo caracteriza como una corriente de renovadores furiosos que prometen un cambio completo para producir una sociedad quimérica de pleno bienestar, igualdad y paz. En realidad, dice, se trata de ―una nueva forma de la tiranía; una negación plena de la libertad‖. Ese socialismo desea suprimir la propiedad privada, coartar la iniciativa individual, privilegiar a una sola clase. El liberalismo aspira a la justicia pero en medio de la libertad, a través de la distribución racional de las riquezas que es preciso generar, no promoviendo la revancha de los explotados ante los explotadores. Santos tiene el buen tino de prever que la implantación de ese socialismo bolchevizado en Colombia abriría una era inédita de violencia política articulada en torno a la noción de lucha de clases. En ese caso el liberalismo debe asumir el rol de partido moderador, que es una de sus principales características en todo el mundo, con lo cual evitará el choque violento entre la extrema derecha y la extrema izquierda.232 Pero en lugar de este rol apaciguador que le augura a su partido, un sector de él lo que hará es incentivar el choque.

En febrero de 1927 Eduardo Santos se muestra descontento con el estado de la república, que describe dominada por los apetitos, y sobre todo con el liberalismo, del que dice que ansía el poder pero no se ha hecho digno de él. Ve un país enfermo del cual el liberalismo se aprovecha en lugar de ofrecerle remedios. La situación de su periódico, por el contrario, debe generarle confianza, pues a finales de este mes sale de Bogotá con destino a París para unas vacaciones de cuatro o cinco meses, que sin embargo durarán un año y medio. En aquella ciudad, hace intensa vida social con los colombianos residentes y con los círculos franceses que tienen algún vínculo familiar, diplomático o comercial con Colombia. Igualmente, toma conocimiento de la obra del escultor colombiano Rómulo Rozo, de quien escribe cálidos elogios y con quien teje vínculos de amistad. Asiste así mismo al congreso de la prensa en Ginebra, y se ocupa de contratar un conjunto de escritores extranjeros prestigiosos para El Tiempo: Gabriela Mistral, Francisco García Calderón, José Vasconcelos, Alcides Arguedas y Henri Barbusse.233 231 Eduardo Santos en El Tiempo: ―El Congreso Obrero‖, abril 29 de 1924, p. 1; ―Liberalismo y socialismo‖, diciembre 28 de 1924, p. 1; ―El problema obrero‖, febrero 11 de 1926, p. 1; ―Los tres partidos del porvenir‖, noviembre 28 de 1926, p. 1; ―El liberalismo y la cuestión social‖, noviembre 30 de 1926, p. 1; ―La muerte del liberalismo‖, enero 4 de 1927, p. 1. 232 Eduardo Santos en El Tiempo: ―Liberalismo y socialismo‖, diciembre 28 de 1924, p. 1; ―¿Hay campo para una política liberal?‖, julio 29 de 1925, p. 1; ―Las huelgas políticas y el interés de los obreros‖, enero 26 de 1927, pp. 1, 8; ―Federalismo y sovietismo‖, enero 16 de 1927, p. 1; ―Entre dos violencias‖, enero 31 de 1927, p. 1. 233 Sobre el viaje de Santos, pueden consultarse los siguientes artículos de su periódico: ―Cosas del día. El viaje del director de EL TIEMPO‖, febrero 25 de 1927, p. 3; ―Cosas del día. Un grande artista nacional‖, mayo 11 de 1927, p. 3; ―Colombianos en París‖, junio 12 de 1927, p. 2; ―Notas del día. El congreso de la prensa de Ginebra‖, agosto 27 de 1927, p. 3; ―Un gran banquete a Vásquez Cobo en París‖, diciembre 14 de

Eduardo Santos regresa a Bogotá el 11 de julio de 1929 y su periódico hace ese anuncio muy discretamente en unas pocas líneas de la página de sociales, una orientación que pronto cambiará completamente. Su hermano Enrique, quien durante su ausencia había dirigido el periódico, con la colaboración constante de Baldomero Sanín Cano, había lidiado con debates importantes como los contratos para la explotación del petróleo, los proyectos de ley restrictivos de las libertades, las conferencias de Laureano Gómez sobre la nacionalidad.234 Eduardo Santos encuentra un gobierno, el de Miguel Abadía Méndez, que languidece entre los ataques suicidas de los socialistas, la áspera reprobación de los liberales y la tibia defensa, cuando no la censura, de sus copartidarios conservadores. Una administración que además de su total incompetencia para dirigir un país con problemas agravados por la crisis económica mundial, simula amenazas descomunales al orden social para adelantar una campaña de represión y para ocultar su indolencia en la que medran los corruptos. Ante las protestas sociales el gobierno ejerce la autoridad de una forma tan carente de límites y tan en disonancia con el talante de la república en los años recientes, que incluso muchos conservadores por eso lo repudian. Ante el socialismo que con no menos insensatez ha optado por la senda de una insurrección que termina en actos delictuosos, Eduardo Santos llama a erigir las barreras del derecho y de la justicia social, no la represión. Se entusiasma, por el contrario, con las movilizaciones ciudadanas en que son denunciados los grupos que desde la administración de Bogotá imponen un crudo clientelismo: le parece el anuncio del renacimiento de la república.235

Pero a finales de ese año de 1929 el director de El Tiempo encuentra que el liberalismo sigue arrastrando los mismos problemas que desde hace varios años le impiden realizar una eficaz labor transformadora. Constata con pena que una porción importante de sus copartidarios no avizora más que la adhesión a uno de los candidatos conservadores que ya hacen campaña para la presidencia de la república. Constata igualmente que ningún líder liberal cree posible que las distintas corrientes formen un partido cohesionado, como se puso de manifiesto en la Convención Liberal de noviembre, donde esa imposibilidad se trasladó al esquema organizativo acordado, un triunvirato lánguido sin ninguna capacidad para tomar iniciativas. Esta situación del liberalismo cambió repentina y brutalmente con la proposición de presentar a Enrique Olaya Herrera como candidato. Esa candidatura, surgida al margen de la dirección liberal, casi como un golpe de mano, no pudo sin embargo ser fácilmente concretada, pues Olaya se negó inicialmente a aceptarla dado que deseaba que el liberalismo le entregara ya formada una amplia coalición multipartidista y que además lo apoyara renunciando a reclamar su protagonismo. Pese al gran fervor que su candidatura había levantado en pocos días, dudaba que el liberalismo pudiera adquirir las fuerzas suficientes para darle la victoria. Finalmente, aceptó ser candidato y retornó al país, realizando una campaña fulgurante dentro de una congregación de fuerzas que recibió el rótulo de concentración nacional, para sugerir su alejamiento de las adscripciones partidistas, pero en la cual el liberalismo era la única fuerza política organizada. Santos

1927, pp. 1, 2; ―Cuatro nuevos colaboradores de EL TIEMPO‖, febrero 16 de 1928, p. 1; ―La fiesta en París en honor del Vizconde de Fontenay‖, junio 21 de 1928, pp. 2, 10; Carlos Deambrosis Martins, ―Homenaje al Dr. Eduardo Santos‖, junio 26 de 1929, p. 11; ―Ecos‖, julio 12 de 1929, p. 11. 234 Jorge Mario Eastman adjudica equivocadamente a Eduardo un amplio conjunto de editoriales que fueron escritos por su hermano Enrique mientras aquel permaneció en París. Ver Eduardo Santos, Obras selectas. Editoriales del diario „El Tiempo‟ 1913-1930, Cámara de Representantes, Bogotá, 1981. 235 Eduardo Santos, ―La república renaciente‖, El Tiempo, julio 20 de 1929, p. 1; Eduardo Santos, ―Reformas sociales y defensa social‖, El Tiempo, julio 31 de 1929, p. 1.

puso todo su entusiasmo en la campaña, siendo Alfonso López el gran arquitecto de la estrategia liberal.236

Enrique Olaya Herrera triunfó en las elecciones presidenciales de febrero de 1930. Los historiadores han puesto aquí un punto aparte en la historia colombiana, y podemos también detenernos a fin de subrayar el carácter que revistió la actuación de Eduardo Santos en la arena política durante las dos décadas anteriores.

En 1928 Baldomero Sanín Cano había predicho el triunfo de las ideas y las aspiraciones de aquellos que tuvieran ―la cordura de esperar‖, puesto que el siglo XX había enseñado que los gobiernos ineptos caían no por la violencia sino por el peso de sus propios lastres.237 Podría decirse que después de la guerra de los mil días la cordura de esperar la tuvo no solo el partido liberal sino la sociedad colombiana en general, y que Eduardo Santos fue a la vez uno de los más tenaces impulsores y uno de los más vivos ejemplos de esa actitud. Se había tratado de una espera, en absoluto de un acto de desidia. De una espera plena de actividad intelectual y política, animada por innumerables movilizaciones, por multitud de publicaciones y actos repletos de libertad. Liberales, conservadores, republicanos, socialistas, todos habían intervenido ardorosamente en la arena política a pesar de las dificultades que se les presentaron bajo la forma de la violencia, del sectarismo adversario, de la enorme fuerza de una iglesia intolerante, de los desatinos de ellos mismos. Santos se propuso en su periódico no acrecentar los males de la nación avalando la interpretación de quienes en nombre de esos males pretendían acallar a sus opositores o justificar protestas violentas. Fue incansable denunciando la violencia política como un anacronismo y tratando de moderar las pasiones políticas, y creyó que la libertad y la justicia se impondrían mediante su conquista paulatina y laboriosa. 3.2. La democracia no puede ser sino liberal Solo a posteriori puede ser considerado este año de 1930 y la victoria de Olaya Herrera como un punto de quiebre de la historia nacional. La historiografía cuyo relato está hilado por los periodos presidenciales no puede pasar por alto que Olaya Herrera, como candidato y como presidente, rehusó inscribirse en el liberalismo, ante el cual mostró fuertes reticencias que llevaron a los conservadores a tener fundadas esperanzas en que volvería a repetirse la tranquila devolución del poder ejecutivo a sus manos, como había sucedido en 1914 al término de la presidencia de Carlos E. Restrepo. Si en este caso eso no sucedió, su explicación debe tomar en cuenta la frenética oposición lanzada por Laureano Gómez contra Olaya, y en general la inhábil estrategia del conservatismo, que a diferencia de lo que había hecho 20 años atrás, no supo esperar con serenidad a cosechar la situación de predominio que siguió teniendo en el aparato estatal así como la fuerza del considerable electorado que lo seguía en todo el país. Pero el advenimiento de Olaya no puede ser aceptado tan buenamente como un viraje completo en la historia colombiana sobre todo por una razón que Eduardo Santos expresa con enorme lucidez: hacerlo sería adoptar una 236 Eduardo Santos, ―Ante el panorama político‖, El Tiempo, octubre 19 de 1929, p. 1; Eduardo Santos, ―El liberalismo y la Convención Nacional‖, El Tiempo, noviembre 21 de 1929, p. 1; Eduardo Santos, ―Sin novedad en el frente‖, El Tiempo, diciembre 31 de 1929, p. 4; Eduardo Santos, ―El partido liberal y la concentración patriótica‖, El Tiempo, enero 30 de 1930, p. 3. Ver también Carlos E. Restrepo, Orientación republicana, t. II, Banco Popular, Bogotá, 1972, pp. 504-617. 237 Baldomero Sanín Cano, ―La cordura de esperar‖, El Tiempo, abril 23 de 1928, p. 1.

―interpretación sectaria de la historia‖. En efecto, en un editorial escrito cuando el nuevo presidente aún no ha tomado posesión del cargo, Santos afirma que ―la historia nacional es un bloque; es un organismo vivo‖ nacido en la Revolución Neogranadina y que continúa su marcha a través de los años, en el que las insensateces o los triunfos del pasado están soldados con los aciertos o los problemas del presente. De lo uno y de lo otro no es responsable un partido y ajeno el otro. Por eso los dolores del pasado han de respetarse y las disputas de otros tiempos deben tener reconocimiento en la hora actual, pues en ellas es que se fue formando la nación. Una perspectiva serena de la historia nacional debe permitir incluso el enaltecimiento de los hombres ilustres del partido rival, pues si sus combates estuvieron animados por conceptos de la política ya sobrepasados, en cualquier caso hubo en ellos un ánimo generoso de servir a la patria. Ese rechazo a las interpretaciones sectarias de la historia era una actitud consustancial a la perspectiva política de Santos. Lo había expresado desde sus inicios en el periodismo, como en un escrito de 1913 donde recusa a su maestro Francisco de Paula Borda por dividir la historia colombiana entre un luminoso periodo de predominio liberal y un sombrío periodo de predominio conservador.238

Eduardo Santos esperaba que el nuevo gobierno estuviera dirigido por grandes miras que le permitieran elevarse por encima de las disputas partidistas, que además llamara a hombres competentes que estuvieran rodeados del respeto nacional. Un gobierno que fuera liberal, pero no el sentido que se subordinara a ese partido o que arremetiera contra sus rivales, sino en el sentido que trabajara por los ideales liberales. No obstante, el partido liberal se esforzó desde los momentos iniciales por tejer un acercamiento estrecho con el presidente, pues temían —y Santos compartía esa inquietud— que Olaya repitiera lo obrado por Carlos E. Restrepo, que en aras de la encomiable neutralidad del poder ejecutivo había permitido a los conservadores retener intactas las palancas de su predominio en el Estado, particularmente la autoridad electoral y el aparato de justicia, con las cuales habían seguido controlando el voto y por esa vía hegemonizando la república. Los liberales no esperan una arbitraria redistribución de los puestos sino el reconocimiento del hecho que el poder electoral y la administración de justicia deben también reflejar las preferencias electorales de los ciudadanos. Santos pone de presente que el triunfo de Olaya desafía al liberalismo a materializar lo que ha vindicado en las últimas décadas, pues si la república ha llegado a un nivel de sensatez que entierra el romanticismo de las ideologías y de las armas, eso no significa que haya que sentarse a descansar. Todo lo contrario, pues la ―victoria en política no existe, como sí la derrota. La victoria o no significa nada, o tiene que ser una cadena de victorias, una eterna marcha hacia delante‖. El partido liberal, afirma con rotundidad, está en la obligación de aspirar a todas las victorias, pero debe trabajar para merecerlas.239

Respecto a sus primeros años de periodista nimbado por su idealismo desentendido de la filigrana política, Santos deja ver ahora un cambio en su manera de concebir el rol de su partido en el gobierno. Piensa que para hacer avanzar los ideales liberales no es irrelevante que los hombres encargados de dirigir el Estado sean de una u otra corriente política. Acepta por lo tanto el ministerio de relaciones exteriores que le ofrece el

238 Eduardo Santos, ―Contra la interpretación sectaria de la historia‖, El Tiempo, marzo 8 de 1930, p. 3; Eduardo Santos, ―El señor Borda y el estudio de la historia‖, El Tiempo, marzo 10 de 1913, p. 2. 239 Eduardo Santos, ―¿Cómo será la administración Olaya Herrera?‖, El Tiempo, febrero 25 de 1930, p. 3; Eduardo Santos, ―El fin de una administración‖, El Tiempo, agosto 7 de 1930, p. 4; ―Carta del doctor Eduardo Santos a la Junta Asesora‖, El Tiempo, agosto 9 de 1930, p. 15.

presidente Olaya desde el comienzo de su administración, consciente de que rechazarlo sería hacerle perder al liberalismo espacios importantes. No solo por ser él un caracterizado dirigente de su partido —en el gabinete hay conservadores, liberales y republicanos, pero no son hombres muy involucrados en la dinámica partidista— sino también porque tiene una interlocución privilegiada con el presidente, estando el otro gran líder liberal, Alfonso López, más bien alejado de Olaya. Santos acepta el cargo con la condición de permanecer allí solo un corto tiempo, lo que sugiere que su nombre pudo ser pensado para darle brillo al gabinete o para mostrar al partido liberal unido tras Olaya. En los cuatro meses que ejerció como canciller, Santos no hizo mayor cosa: recibió multitud de recomendaciones, proveyó algunos puestos en los consulados e hizo aprobar por el Congreso algunos tratados internacionales. De tan poca trascendencia le debió parecer su actividad ministerial que ni siquiera ofreció en El Tiempo un balance de sus labores.240

Su puesto de combate no estaba en el gabinete, y en las últimas jornadas que pasó allí incluso debió disculparse por participar en polémicas políticas que le estaban vedadas por su cargo. La labor en la prensa y en el partido sin duda era mucho más importante para consolidar la victoria del liberalismo, la cual durante casi todo el gobierno de Olaya apareció como algo endeble.

Una vez recobrada su independencia, Santos denuncia la táctica de los conservadores tendiente a debilitar el gobierno y a abonar su camino de retorno al poder, la cual consiste en provocar incidentes y agravar los conflictos aún más pequeños, particularmente en las zonas donde hay autoridades pertenecientes al liberalismo, de manera que se pueda pedir al presidente la remoción de esos hombres. Los conservadores tratan de no dejarse arrebatar sus posiciones, mientras que los liberales, encabezados por Alfonso López, organizan una intensa campaña para avanzar sobre los puestos claves de sus adversarios, no solo en el Congreso y los demás órganos legislativos sino en todo el aparato gubernativo. Santos, entre diversas actividades de partido, presiona a Olaya para que impida a los conservadores continuar sirviéndose del poder electoral para adelantar el fraude, y para que al menos en los departamentos donde los liberales tienen una nítida mayoría, esa mayoría pueda manifestarse. Le pide darle a los liberales la sensación de que están respaldados, que son gobierno y que sus derechos no seguirán siendo burlados. No reclama ninguna presión oficial a su favor, y menos algún atropello, pero pide al gobierno que les haga sentir que ―sus enemigos‖ no continúan detentando el poder. Le recuerda a Olaya que el declive electoral del liberalismo como resultado del fraude no haría sino darle fuerza a los sectores menos civilistas de su partido, con todo y sus llamados a la violencia, además de enajenarle al gobierno un sólido apoyo. Santos, y los dirigentes liberales, en general, presionan por todos los flancos a Olaya para que abandone su actitud, que consideran más de displicencia que de neutralidad, ante el manejo arbitrario del poder electoral por parte de los conservadores. Piden también cambiar drásticamente una legislación electoral que califican de torcida, pues permite a los conservadores en algunos departamentos tener más escaños en las asambleas departamentales aunque obtengan

240 ―El doctor Eduardo Santos y el Ministerio de Relaciones Exteriores‖, El Tiempo, agosto 8 de 1930, p. 1; ―El Dr. Eduardo Santos se retira del ministerio de RR. EE.‖, El Tiempo, diciembre 7 de 1930, p. 1. Sobre sus actividades en la cancillería, ver Archivo General de la Nación, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 1-36.

muchos menos votos que sus rivales. Pese a todo, Santos y la mayor parte de sus copartidarios tienen la convicción de que ―la república quiere ser liberal y lo será‖.241

Esa convicción, que da una enorme vitalidad al liberalismo, choca con la convicción de los conservadores de ser mayoría, y de que una república liberal lesionaría o sus intereses o sus certidumbres o su sensibilidad. De esta manera, la campaña por la tranquilidad pública, emprendida particularmente por la prensa liberal, no pudo impedir que 1931 fuera uno de los años de mayor violencia política en las décadas recientes. Efectivamente, en las elecciones de febrero para diputados a las asambleas departamentales se presentaron, sobre todo en los Santanderes, Boyacá y Bolívar, hechos gravísimos de violencia en los cuales los conservadores no vieron víctimas sino entre sus copartidarios y victimarios sino entre los liberales. Ante el caso específico de Santander Eduardo Santos replicó que si la violencia allí había sido especialmente amplia y cruel había sido en razón de la campaña agresiva de Manuel Serrano Blanco y su periódico El Deber, que habían atropellado a las autoridades y clamado por sangre.242 Para que ayudara a detener esa violencia política desatada en Santander, el presidente Olaya convocó a Eduardo Santos. Este se puso en contacto con el gobernador Alejandro Galvis y con los líderes políticos de ese departamento y acordaron que él asumiría el cargo de gobernador mientras se desarrollaba el proceso electoral para escoger representantes a la Cámara, que estaba ya en curso. El 2 de mayo de 1931 Santos se posesionó de la gobernación con un discurso en el que evocó a su padre como el móvil de su aceptación de esa responsabilidad. Allí invitó a los santandereanos a desmentir la imagen que una literatura pintoresca y engañosa había construido de ellos como habitantes de una tierra poseída por odios feroces, ―donde la vida humana tiene poco precio y son plantas exóticas la tolerancia y la cordial colaboración de los partidos‖. Una imagen que algunos políticos, desgraciadamente, cultivaban cuando denunciaban virtudes cívicas como la concordia, como si ellas fueran ―debilidades ideológicas escasas de varonil resolución‖. Convertir la intransigencia sectaria en un rasgo distintivo de Santander del cual debían enorgullecerse, les dijo, era hundirse en la barbarie cuando aquello que necesitaban era afirmar las bondades de cada agrupación política mediante el brillo de las ideas y la fuerza de las realizaciones que desde ellas se pudieran adelantar. La locura partidista cuyas huellas siempre irían cubiertas de sangre no debía ser en absoluto el camino de una región que bien podía colocarse a la cabeza de la nación. En sus dos semanas como gobernador, logró el cometido de su encargo, habiéndose reducido ampliamente la violencia durante esas elecciones.243

Para este momento, la definición más precisa que puede hacerse de Eduardo Santos no es la de periodista, por más que comande su periódico. Desde los inicios de la campaña de la concentración nacional su relación con el periodismo se había transformado

241 ―Carta del doctor Eduardo Santos sobre su actitud en la Cámara y sobre la ofensiva conservadora contra las autoridades‖, El Tiempo, diciembre 14 de 1930, p. 1; Carta de Eduardo Santos al Presidente Olaya, enero 9 de 1931, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 37-42; Eduardo Santos, ―Sin novedad en el frente‖, El Tiempo, enero 10 de 1931, p. 4; Eduardo Santos, ―Colombia liberal‖, El Tiempo, febrero 2 de 1931, p. 4. 242 ―Cosas del día. Las víctimas de la violencia‖, El Tiempo, febrero 2 de 1931, p. 5; Eduardo Santos, ―La paz, los escrutinios y la circular presidencial‖, El Tiempo, febrero 5 de 1931 p. 4. 243 ―Hoy se resolverá la situación en Santander del S.‖, El Tiempo, mayo 1 de 1931, p. 1; ―Se posesionó el Dr. Santos de la Gobernación de Santander‖, El Tiempo, mayo 3 de 1931, pp. 1, 12; ―Se ha acentuado la división conservadora en Santander‖, El Tiempo, mayo 7 de 1931, p. 6; ―Del Presidente al Gobernador de Santander S.‖, El Tiempo, mayo 17 de 1931, p. 1

completamente en varios sentidos, y continuará así en el futuro. En primer lugar, prácticamente abandona la dirección personal del periódico, tanto por sus largas permanencias en el exterior como por su inmersión en el combate estrictamente político. En segundo lugar, su periódico lo trata como lo que él pasa a ser, uno de los políticos más importantes del país, por lo que le dedica grandes espacios a sus actividades, no las modestas alusiones que habían sido la norma hasta entonces. En tercer lugar, contra lo que él mismo dice, y quizá piense, su diario deviene una plataforma política para su director. El Tiempo no ha dejado de incrementar su circulación y su influencia en medio de una fuerte crisis de la prensa del conservatismo. Por enero de 1932 el periódico mismo indica que su tiraje diario es de 30 mil ejemplares, de los cuales más de la mitad son distribuidos fuera de Bogotá, siendo leído el mismo día de su salida en la mayor parte de las ciudades importantes merced a su envío aéreo. Siendo de lejos el primer diario colombiano, Eduardo Santos trata de afianzar ese liderazgo en toda oportunidad que se le presenta, como la desaparición de El Espectador, que lo llevó en marzo de 1930 a crear el periódico vespertino La Tarde, cuya dirección le entregó a Alberto Lleras Camargo, y que duró tres meses, hasta la reaparición del periódico de Luis Cano.244 Estando tan estrechamente relacionados el liderazgo de un diario con su credibilidad, Santos estuvo constantemente preocupado porque El Tiempo apoyara decididamente al gobierno Olaya, aunque sin asumir una actitud de incondicionalidad, y menos una actitud camorrista con quienes lo criticaran, puesto que eso lo convertiría en un órgano oficial que así perdería su fuerza. Santos mismo en diversas ocasiones recibió solicitudes del presidente Olaya para que asumiera responsabilidades en el gobierno, como la de ministro de guerra, que rechazó, pero esa deferencia no impidió que en algunas cuestiones su punto de vista divergiera. Como la deuda exterior colombiana en la situación de crisis económica mundial, que Olaya continuó pagando a todo trance en lugar de decretar la moratoria, lo cual para Santos era sacrificar el país a los acreedores extranjeros. ―La creencia de que a fuerza de pagar vamos a conmover el corazón de los banqueros yanquis y van a prestarnos más plata me parece una quimera indefensable‖, le escribió en una carta privada a su hermano Enrique y a Alberto Lleras, que en su ausencia habían quedado encargados del diario.245

Eduardo Santos había partido el 5 de junio de 1931 para el exterior, pretendiendo retornar al país 4 o 5 meses después. El viaje —que estaba previsto desde hacía varios meses— tenía como objetivo no solo descansar sino darle al presidente Olaya un mayor margen de maniobra sobre el liberalismo, actitud que por fechas similares habían asumido también otros jefes liberales como Alfonso López y Gabriel Turbay. Esta vez en París las actividades privadas y públicas de Santos parecen haber sido menos variadas, habiéndose consagrado sobre todo a gestiones diplomáticas.246 Efectivamente, había sido encargado por el presidente de la república de representar al país en la Liga de las Naciones, de la cual le

244 ―EL TIEMPO en 1931 y 1932‖, El Tiempo, enero 1 de 1932, p. 4; Alberto Lleras Camargo, Obras selectas de Alberto Lleras, t. II, Biblioteca de la Presidencia de la República, Bogotá, 1987, pp. 19-22, 137-138. 245 Carta de Eduardo Santos a su hermano Enrique y a Alberto Lleras, París, enero 22 de 1932, en Biblioteca Luis Ángel Arango, Archivo Alberto Lleras, carpeta 4, ff. 25/1-25/3. La importancia de El Tiempo para el gobierno es posible advertirla en la solicitud explícita que Olaya Herrera a hace Santos de que oriente su periódico hacia una defensa cerrada de sus providencias (Carta del Presidente Olaya Herrera a Eduardo Santos, mayo 27 de 1932, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 63-64). 246 ―Cosas del día. El viaje del director de EL TIEMPO‖, El Tiempo, junio 5 de 1931, p. 4; ―Eduardo Santos elogió nuestro espíritu civil‖, El Tiempo, junio 28 de 1932, p. 1.

envió a Olaya una imagen muy pesimista, particularmente respecto a su rol político, juzgándola incapaz de hacer algo positivo en la resolución de los conflictos sometidos a su arbitraje. Pero allí justamente debió trabajar cuando estalló el conflicto con el Perú, pues el gobierno lo nombró delegado especial de Colombia para que defendiera nuestros intereses ante la situación creada por un grupo de civiles peruanos que se tomó Leticia en septiembre de 1932 reclamándola como perteneciente a ese país. El gobierno del Perú primero adujo que se trataba de un grupo de comunistas ajenos a él, pero terminó protegiéndolos, sirviéndose de ellos para revivir sus reparos al tratado de límites firmado hacía algunos años por los dos países. Santos desarrolló una vigorosa defensa jurídica de la posición colombiana ante la Liga, mostrando que el Perú era la parte trasgresora de un pacto internacional debidamente reconocido por las dos partes. Paralelamente a esas gestiones, Santos trabajó por ganarle simpatías a la causa colombiana entre los políticos e intelectuales europeos, logrando que personajes como el ex-presidente francés Raymond Poincaré diera una opinión favorable a nuestra posición. En el curso de esas gestiones pudo experimentar la manera como los notables europeos miraban los asuntos latinoamericanos: ―Es una mezcla de ignorancia y de indiferencia casi intolerable. No saben de qué se trata ni les importa. No distinguen bien unos países de otros; no creen que allá puedan aplicarse estrictamente todas estas teorías de Tratados, de derechos y de garantías que para lo de aquí se consideran sagradas. Uno encuentra mucha cortesía, mucha cordialidad personal pero en el fondo una irrevocable indiferencia. En la prensa francesa se puede publicar todo lo que se quiera pero pagando. En el Times de Londres no fue posible obtener que publicaran ni pagando ni sin pagar la nota de la Liga de las Naciones y otro tanto ocurre en Italia. En cambio cualquier cuestión Europea, aun de las más insignificantes de los Balkanes, tiene abiertas las puertas de la publicidad. / En España la prensa se interesa un poco más pero en el fondo existe si no la misma indiferencia, una ignorancia todavía más grande‖.247

El conflicto con el Perú terminó luego del asesinato del dictador Sánchez Cerro, y la intervención de Santos en la Liga de las Naciones fue considerada por la mayor parte de los liberales y por muchos conservadores como exitosa, en el sentido que había reafirmado los derechos colombianos en el Amazonas pero al mismo tiempo había abierto posibilidades a un acuerdo pacífico. Este balance, sin embargo, no fue compartido por diversos líderes políticos para quienes Colombia había actuado de manera pusilánime, no solo renunciando a resolver el conflicto en el terreno que lo había puesto el Perú, la agresión militar, sino haciendo concesiones inadmisibles en el campo diplomático, como la celebración de una conferencia internacional en Río de Janeiro, donde podría ser revisado el tratado que había establecido los límites entre los dos países.248 Uno de los más ardorosos críticos del manejo del gobierno colombiano a este conflicto fue Laureano Gómez, para quien Olaya y Santos habían devenido objetos predilectos de su frenesí. Este episodio, que servía bien a su interés de efectuar una descalificación completa del gobierno, lo animó durante largo tiempo a promover discusiones en la prensa y en el Senado, donde en septiembre de 1933 protagonizó un debate en torno específicamente de la actuación de Santos ante la Liga de las Naciones. Pero Laureano estaba movido menos por el interés de demostrar que el 247 Cartas de Eduardo Santos al Presidente Olaya, octubre 15 de 1931 y enero 19 de 1933, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 47-49, 78r; ―Eduardo Santos es delegado especial de nuestro gobierno en Europa‖, El Tiempo, noviembre 25 de 1932, p. 1; ―Raymond Poincaré da un concepto favorable a la tesis colombiana‖, El Tiempo, octubre 23 de 1932, p. 1. 248 Sobre el conflicto colombo-peruano y la actuación de Eduardo Santos puede consultarse la síntesis de Gustavo Humberto Rodríguez, Olaya Herrera, 2ª ed., Banco de la República, Bogotá, 1981, pp. 229-243.

gobierno había manejado equivocadamente el asunto, que por el de erosionar la posición del liberalismo y colocarse él como el dominador de la escena política. Para desacreditar a Santos poco le importó adulterar los hechos, adoptar los argumentos de los peruanos, vejar al país que supuestamente defendía.249

Meses después —a finales de julio de 1934—, Eduardo Santos regresó al país y una de sus principales preocupaciones fue enfrentar aquellas acusaciones, un deber mucho más apremiante dado que iba a ocupar el puesto de representante a la Cámara obtenido mientras permanecía en el exterior. En la respuesta, buscó no solo desestimar las críticas de Gómez sino dilucidar las razones de sus acusaciones afrentosas. Estas las ve, por un lado, como un instrumento para acercarse al presidente López y tratar de crear un distanciamiento entre este y el liberalismo. Por otro lado, las explica por diferencias de orden espiritual entre él y su censor, pues los individuos perversos, dice en un momento, ―se esfuerzan por descubrir en todo acto un fondo de perversidad‖, juzgándolo todo con ese criterio. Pero no es propiamente odio personal lo que encuentra en la base de los ataques de Laureano Gómez, sino una diferencia de carácter. Mientras que este rechaza todo —se ha opuesto a ―todos‖ los pactos o tratados internacionales suscritos por Colombia—, Santos se describe como un conciliador. Mientras que Gómez no encuentra inconveniente en zaherir y despreciar, incluso a su propio país, Santos se declara partidario constante de los pactos internacionales, poseedor de ―fe, confianza y orgullo‖ en Colombia, y deseoso de la ―concordia entre los hombres‖.250

Laureano Gómez replicó a Santos negando el calificativo de difamador, pero sobre todo encausando a su contradictor debido a su cambio de posición respecto a él, cuestión interesante porque revela aspectos importantes de la política de este periodo. En efecto, Laureano subraya que El Tiempo lo estimuló por años a criticar a los hombres en el poder cuando estos eran conservadores pero que ahora se molesta por sus críticas a los hombres en el poder cuando, según él, en ambos casos no lo guía sino su interés en servir al país. Asevera que El Tiempo lo amenazó con quitarle la ―personalidad‖ que le había dado, si atacaba la política que el liberalismo estaba realizando. Él había asumido el desafío y además se declaraba vencedor: ―Se creía que nada era dable hacer sin el apoyo de ese periódico y sin adular a Eduardo Santos. Hoy valgo más; quisieron acabar conmigo y no lo consiguieron. Y he logrado independizar de EL TIEMPO la opinión conservadora que en una gran parte estaba sometida a su tutela. Ese fue un grande error. Las equivocaciones de las últimas administraciones conservadoras se deben a que los gobernantes estuvieron pendientes de lo que dijera y pensara EL TIEMPO. Y yo he conseguido esa independencia y que la opinión liberal en una gran parte también se independice‖. El inmenso poder que le había permitido a Santos domesticar al conservatismo ha quedado roto por la tenacidad del

249 ―Le tocó al doctor Santos el turno de ser agredido por Laureano Gómez en el Senado‖, El Tiempo, septiembre 14 de 1933, pp. 1, 9; Luis Eduardo Nieto Caballero, ―La vieja intemperancia‖, El Tiempo, septiembre 14 de 1933, p. 4; Rafael Guizado, ―Los cargos del S. Gómez al Dr. Santos por sus actuaciones en Ginebra, vistos por un experto‖, El Tiempo, septiembre 15 de 1933, p. 4. 250 ―El doctor Santos juzga inatacable el pacto de Río‖, El Tiempo, julio 27 de 1934, pp. 1, 16; ―El doctor Santos hizo gran elogio del presidente Olaya‖, El Tiempo, julio 28 de 1934, pp. 1, 15; ―Eduardo Santos destruyó todos los cargos de Laureano Gómez y demostró la corrección absoluta de su labor en Ginebra‖, El Tiempo, enero 25 de 1935, pp. 1, 2, 13; Germán Arciniegas, ―El regreso de la diatriba‖, El Tiempo, enero 25 de 1935, p. 4; ―El doctor Santos defiende el Protocolo de Río y explica las bases de la política internacional‖, El Tiempo, enero 26 de 1935, p. 15.

líder conservador, que por lo demás halla en sí mismo y en ningún otro honradez, virtud ciudadana e inteligencia.251

Hacia la mitad del periodo presidencial de Olaya, Eduardo Santos está convencido de que el liberalismo tiene una amplia mayoría en el país —predominando en todas las poblaciones grandes y con alguna implantación industrial— pero que también tiene el convencimiento de ser mayoría, lo cual le impediría aceptar una derrota que el conservatismo le quisiera propinar recurriendo al fraude: eso haría inevitable un choque violento a gran escala. Constata, además, que el conservatismo está unido tras Laureano Gómez, pese a algunos conservadores refractarios a su liderazgo. Al partido conservador lo considera una ―fuerte minoría que no ha perdido la esperanza de reconquistar lo perdido, y de establecer un régimen que le conceda todo, absolutamente todo cuanto valga la pena en Colombia‖. Partido arisco que mientras pudo aspirar a hacerlo no renunció a triunfar dolosamente en las elecciones, y cuyo triunfo abre perspectivas siniestras para el país porque ha perdido ―la ilusión de su mayoría‖ y sabría que solo la violencia podría mantenerlo en el poder, dice.252

Laureano Gómez, con el mando indiscutible sobre la inmensa mayoría del conservatismo, despliega efectivamente una estrategia que consiste en negarle toda legitimidad al régimen liberal al tiempo que exacerba los ánimos de sus copartidarios. A estos los llama a repudiar cualquier institución, cualquier medida, cualquier acto del gobierno o del partido liberal, teniéndolos a priori por lesivos a la nación y la república y reñidos con todo principio moral. Comienza entonces a machacar contra ese enemigo liberal los cargos de atentar contra la paz y realizar todo con improbidad e incompetencia. Desde las elecciones de mayo de 1933 dirá, y seguirá diciendo lo mismo casi sin interrupción, que la derrota electoral de su partido no contradice el hecho de que el conservatismo cuenta con una ―mayoría numérica incontrastable‖, que solo ―una cadena de delitos‖ de los liberales deshace. También empieza a alegar que no es dable esperar justicia de sus adversarios, y que los conservadores deben buscarla, por su propio camino, sugiriendo así que el recurso de la violencia puede ser utilizado por sus copartidarios.253 Incluso un conservador sosegado, como el antioqueño Pedro J. Berrío, si bien admite que los conservadores cometen actos de violencia, los ve como algo aislado, mientras que los ataques de los liberales le parecen una estrategia orientada desde lo alto para despojarlos de la parte de patria a que tienen derecho. Sus copartidarios, dice, están enfrentados ―a un régimen de violencia que no podemos contrarrestar con las únicas armas de que disponemos, que son la ley y la moral‖.254

Los jefes conservadores se dan a contrastar la situación de orden público del país entre el momento de su predominio y el momento posterior al triunfo liberal de 1930. Mientras la calma habría reinado en la primera etapa, en la segunda el liberalismo en complicidad con el gobierno altera cotidianamente la tranquilidad, proponiéndose exterminar a los conservadores. Como muchos otros liberales, Alejandro López desmintió

251 ―El discurso del senador Laureano Gómez‖, El Tiempo, enero 26 de 1935, p. 15. 252 Carta de Eduardo Santos al Presidente Olaya, abril 20 de 1932, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 54-58. 253 ―La justicia conservadora‖, El Tiempo, mayo 21 de 1933, p. 4; ―Un gobierno fuerte y el partido de gobierno‖, El Tiempo, octubre 20 de 1933, p. 4. Ver también: ―El manifiesto de abstención. El Directorio explica las razones sobre la política de abstención‖, El Tiempo, abril 18 de 1935, p. 16. 254 ―Berrío contesta a Luis Cano. El jefe conservador de Antioquia analiza las causas de la abstención‖, El Tiempo, abril 18 de 1935, pp. 1, 9.

que ese fuera el caso y más bien llamó al conservatismo a actuar con patriotismo. En ese momento, les dijo, la paz dependía de ellos, como había dependido de los liberales entre 1903 y 1930, etapa en la que habían logrado imponerla al ayudar al conservatismo a gobernar, en el sentido de dejarse gobernar. Esto es, admitiendo que sus rivales poseían la legitimidad necesaria para ejercer la autoridad y que un cambio de esa situación solo podría provenir del dictamen de las urnas, de forma que hasta aquel momento el partido derrotado debía intervenir pacíficamente en las luchas políticas.255 Entre los liberales hay quienes son capaces de aceptar que, como alegan los conservadores, algunos de sus copartidarios usan la violencia para confrontar a sus rivales políticos, pero recalcan que los energúmenos que cometen crímenes de hecho y de palabra son tanto liberales como conservadores, de ahí que competa a ambos partidos terminar con esas prácticas. Algunos liberales llegan a tener conciencia de los peligros de un ambiente político crispado, pero en general el liberalismo está convencido de que cada victoria electoral es la ratificación del avance inexorable de la ―revolución liberal‖, la cual debe desbaratar la ―máquina de predominio‖ que los conservadores habían instalado para ejercer su poder desde su situación de minoría, y debe producir hondos cambios en todos los órdenes de la vida de la república. Pero los liberales, por otro lado, son optimistas respecto a la ―civilización de la lucha política‖ que ha ido produciéndose en el país, y creen que los colombianos pueden sentirse orgullosos de la diferenciación que en este terreno se ha operado respecto a los europeos, de quienes puede decirse que están entregados en esos tiempos a una violencia irresponsable.256

Sobre la marcha, el liberalismo fue deshaciendo lentamente el predominio electoral que los conservadores había construido, y durante varios años sus publicistas se quejaron de que el congreso no reflejaba todavía el hecho de que el liberalismo se había convertido en amplia mayoría en el país. Pero el liberalismo en estos años no solo se preocupó por construir esa mayoría electoral, sino que consagró también esfuerzos importantes a una transformación de los vínculos sociales, a tratar de hacer arraigar nuevos principios y prácticas políticas. El liberalismo toma el camino de convertirse en un partido de masas — un hito muy importante de este impulso es la creación de la Casa Liberal, en Bogotá—, un partido que no desea reducir su radio de acción al parlamento o el gobierno, y trata de definirse como de izquierda, esto es, como un partido orientado de manera decidida a buscar más igualdad.257 El promotor de esta orientación fue sin duda Alfonso López, a quien difícilmente otro liberal hubiera podido disputar la sucesión de Olaya Herrera en la presidencia, y cuya pretensión apoyó decididamente Eduardo Santos desde mediados de 1932. Santos entendía que en esa candidatura se jugaba la suerte de la república liberal, por lo que debía desentenderse de la ―antipatía fundamental‖ que lo distanciaba de López, de quien él, y quizás también Olaya Herrera, dudaba sobre su capacidad para dirigir adecuadamente al liberalismo por entre los desafíos enormes que debía afrontar para mejorar el país. Desde antes de asumir la presidencia, López había dado muestras de un lenguaje divisivo socialmente, el cual le reprochó con perspicacia el conservador Álvaro

255 ―La doble circular‖, El Tiempo, mayo 21 de 1932, p. 4; ―La pesadilla conservadora‖, El Tiempo, abril 13 de 1935, p. 4. 256 Luis Eduardo Nieto Caballero, ―Anhelos de justicia‖, El Tiempo, septiembre 25 de 1934, p. 4; ―La victoria de ayer‖, El Tiempo, febrero 6 de 1933, p. 4; ―La civilización de la lucha política‖, El Tiempo, marzo 5 de 1932, p. 4; ―Un año electoral‖, El Tiempo, enero 2 de 1935, p. 4; Armando Solano, ―Abstención electoral‖, El Tiempo, abril 9 de 1935, p. 4. 257 ―El momento de la Dirección Liberal‖, El Tiempo, noviembre 28 de 1933, p. 4; ―Un balance contradictorio‖, El Tiempo, febrero 8 de 1935, p. 4.

Holguín. En los gobiernos de la república colombiana, escribió este, ha podido haber errores e incluso delitos políticos, pero la afirmación de López según la cual todos los gobiernos colombianos han sido oligarquías, es desafortunada en la medida que tiende a quitarle cualquier legitimidad al régimen político. Ciertamente ha habido gobiernos de partido, indica Holguín, pero decir que ha gobernado una oligarquía carece de sustento cuando los puestos más importantes han sido ocupados por hombres de orígenes bien diversos, aunque eso sí talentosos, preparados y patriotas. El rechazo de esos denunciantes de la oligarquía así como la conciencia del carácter destructor que esa categoría entraña sobre los vínculos en la república, los compartía Eduardo Santos.258

Alfonso López realizó importantes reformas, muchas de ellas largamente soñadas por los liberales, pero que —como lo sugiere con buen tino un editorial de El Tiempo a propósito de los cambios en el régimen electoral— perdieron buena parte de su fecundidad en la medida que no fueron recibidas en la escena política como actos tendientes a procurar remedios a determinados déficits del país, sino que fueron descalificadas por un adversario poderoso que las rotuló como meros ardides del liberalismo para ejercer una dominación intolerable. En estas condiciones, la estabilidad de la república se veía confrontada a la dificultad de que liberales y conservadores se consideraban, cada uno, inapelablemente, mayoría. La salida aparentemente era fácil: crear instituciones que dirimieran esa situación y entregaran el comando de la república al partido que recogiera más adhesiones. En esa dirección fue la ambiciosa iniciativa de cedulación y otras disposiciones tomadas por López para que las elecciones fueran un proceso transparente. La falla insalvable de esta solución era que cada partido se creía más grande no solo numérica sino moralmente, y el conservatismo impugnaba a priori la rectitud de los liberales en el conteo electoral, impidiéndole que midiera el apoyo de que disponían una y otra fuerza entre la ciudadanía. Cada partido se creía el único legítimo detentador de las riendas del Estado para discernir las divisiones de la república: es más, cada uno consideraba que el otro portaba un proyecto destructor de la república. Los liberales están convencidos de que efectúan una revolución y que esa revolución carece de violencia. Los conservadores creen que, efectivamente, sus adversarios están llevando a cabo una revolución pero que, como toda revolución, ella comporta violencia: no solo la de tipo físico ligada a los pleitos electorales, sino también una violencia simbólica relativa al desmonte del orden ya consolidado, que a sus ojos entraña la armonía.259

Eduardo Santos apoyó sistemáticamente la administración López, por sus realizaciones, e incluso por su manera de situarse frente a los conservadores. Los gritos alarmados de estos porque el presidente se estaba entregando al comunismo, cuando se había hecho aclamar de una muchedumbre popular, los desdeñó Santos como una

258 Cartas cruzadas entre Alberto Lleras y Enrique Santos, septiembre 1934, en Biblioteca Luis Ángel Arango, Archivo Alberto Lleras, carpeta 4, ff. 27/1-27/3; Carta de Eduardo Santos a Olaya Herrera, abril 20 de 1932, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, f. 57; Álvaro Holguín, ―Oligarquía y democracia (Carta política al doctor Alfonso López)‖, Revista Colombiana, vol. III, nº 27, mayo 1 de 1934, Bogotá, pp. 65-70; ―Eduardo Santos destruyó todos los cargos de Laureano Gómez y demostró la corrección absoluta de su labor en Ginebra‖, El Tiempo, enero 25 de 1935, p. 2. 259 ―Un año electoral‖, El Tiempo, enero 2 de 1935, p. 4; ―El régimen liberal no puede ser una hegemonía estilo regenerador‖, El Tiempo, abril 17 de 1935, pp. 1, 2; ―El gobierno y la oposición. Nunca ha existido el propósito de colocar al adversario en situación de inferioridad respecto de la ley‖, El Tiempo, abril 27 de 1935, pp. 1, 14; ―Serenidad y locura‖, El Tiempo, abril 27 de 1935, p. 4.

ratificación de su malignidad hacia la república liberal, la cual sólo hacía justicia a ―los de abajo‖ dándoles oportunidades mejores para una vida digna dentro de un neto concepto de armonía social. Y cuando el clero y el conservatismo salieron a satanizar la reforma constitucional, replicó que ella no era un capricho sino apenas la puesta al día del país ante los cambios de muy diverso orden que se habían producido en las décadas recientes.260 Esa actitud afianzó su ya sólida posición en el liberalismo, el cual en 1935 lo había llamado a formar parte de su dirección nacional, lo había escogido como senador, y lo había nombrado como presidente de esta corporación.261 Pero Santos no viene a ser el escogido para suceder a López sino cuando Olaya Herrera, el candidato designado y sin ningún rival, fallece en Roma en febrero de 1937.

Si fuera por sus propias palabras, sin embargo, esa ruta a la presidencia le estuviera vedada. En enero de 1935 había dicho en el senado: ―Yo sé que no serviría para presidente de la república. Me conozco suficientemente y sé que carezco del don de mando, de la rudeza necesaria para asumir el poder. […] Yo tengo, y así lo ha dicho un escritor hijo del presidente del senado, condiciones que no son las que se requieren para ponerse al frente de los destinos de una nación. El afecto por todas las personas, la lástima que me causa la desgracia humana, toda esa manera de ver y de sentir las cosas, no son las condiciones propias de un gobernante. / Sé que estoy hablando en un solemne momento de mi vida. El partido al que pertenezco me mira con simpatía y afecto, pero todas estas cosas del poder las miro con profundo horror. […] No me siento capacitado para la presidencia. Mi honradez personal no me dejaría aceptar un cargo para el que no sirviera. Por otra parte, no me seduce el honor. En mi vida he conocido amarguras y placeres y he llegado a formarme un concepto melancólico del vivir. Creo que serán pocos mis años de permanencia en el planeta y quiero dedicarlos al estudio y a procurar ser útil en otros campos. No tengo manos de tirano ni de dominador. Soy apenas un hombre bueno que desea acertar y cuyo más íntimo orgullo será el de realizar actos que puedan ser considerados como convenientes para el país‖. Ese hombre que en diversas ocasiones se había descrito como amante del anonimato y que había ensayado diversas explicaciones a su previsible fracaso como presidente, mostraba con esa insistencia en realidad cuánto lo tentaba la presidencia, en lo cual seguramente pesaba algo el hecho de que sus muchos amigos políticos le señalaban ese puesto como su destino.262

Pese a aquellas reticencias de las que emerge una visión tan lóbrega de la función presidencial y de la política en general, tan pronto fallece el candidato ya designado por el liberalismo, Eduardo Santos acepta la postulación de su nombre para llenar aquel vacío. Los lopistas intentan sin mucho entusiasmo levantar la opción de Darío Echandía como candidato, pero es muy difícil que en las circunstancias del liberalismo alguien distinto a Santos asuma el liderazgo liberal en las elecciones a las que el conservatismo nuevamente se niega a ir. Antes de que haga cualquier campaña, la victoria del candidato liberal está asegurada, pero eso no borra la necesidad de realizar una campaña en regla, pues pudiendo

260 Eduardo Santos, ―El gobierno liberal‖, El Tiempo, mayo 3 de 1936, p. 4; ―El alcance de la reforma constitucional‖, El Tiempo, agosto 6 de 1936, p. 4. 261 ―Qué condiciones deben llenar los candidatos para la próxima cámara‖, El Tiempo, mayo 9 de 1935, p. 1; ―Los 7 senadores por Cundinamarca fueron elegidos ayer tarde‖, El Tiempo, junio 8 de 1935, pp. 1, 14. 262 Carta de Eduardo Santos al Presidente Olaya, abril 20 de 1932, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, f. 58r; ―Eduardo Santos destruyó todos los cargos de Laureano Gómez y demostró la corrección absoluta de su labor en Ginebra‖, El Tiempo, enero 25 de 1935, p. 2.

triunfar con un solo voto, la legitimidad de su presidencia, y la del régimen liberal en general, dependerá en buena medida de que pueda mostrar que una porción significativa, es más, ampliamente mayoritaria de ciudadanos, le dio el triunfo. La fuerza del nuevo gobierno dependerá, además, de su capacidad para mostrar que todo el liberalismo lo sigue, debiendo por lo tanto subrayar que es el continuador de la obra de las dos administraciones anteriores. Las asambleas de todos los departamentos proclaman oficialmente la candidatura Santos. Este pronuncia conferencias en diversos sitios de Bogotá, moviliza a los intermediarios políticos de todo el país, y hace giras por varias regiones del país, como la que realizó por los Santanderes y Boyacá a finales de abril de 1937 acompañado desde Bogotá por un puñado de amigos cercanos. Población tras población, relató Luis Eduardo Nieto Caballero, fueron recibidos por las más altas autoridades civiles, por empresarios, por los directorios liberales, por los niños de las escuelas, por las damas más distinguidas, por los moradores humildes, por los sindicatos, por algunos conservadores, quienes les hicieron fiestas y banquetes, los agasajaron con música, les pronunciaron y les escucharon discursos en que fueron rememorados los antiguos combates del liberalismo y afianzados sus nuevos anhelos. Esas maratónicas jornadas incluso los llevaron por varias poblaciones del Táchira, a donde fueron invitados por el gobierno de López Contreras, y donde el candidato se reunió con los colombianos allí asentados.263

La intensa actividad desplegada para promover la candidatura Santos no fue sin embargo del agrado del presidente López quien, excusándose en el rechazo de la cámara de representantes a un proyecto suyo sobre devaluación, amagó con renunciar a su cargo a finales de mayo de 1937. El candidato liberal trató de convencerlo de que la tal ―situación de interinidad, casi de inferioridad‖ en que pretendían colocarlo él y los santistas no existía sino en su imaginación, pues no tenía ningún afán de entrar a gobernar ya, como tampoco ninguna animosidad hacia López. Incluso El Espectador, periódico muy cercano al presidente, reprendió a este por haber manifestado que renunciaba debido a la invasión de su autoridad que estaban realizando los santistas.264 No obstante, Eduardo Santos apresuró su salida de Colombia, una vez la Convención Nacional Liberal, que se reunió en julio de este año, lo invistió como candidato oficial y le dio plenos poderes para dirigir el partido. Viajó el 12 de agosto de 1937, proponiéndose intervenir en Ginebra en la Liga de las Naciones, como jefe de la delegación colombiana, y regresar al país a comienzos del año siguiente. Desde París le escribió a su hermano Enrique: ―El deseo del gobierno de que yo me marchara de Colombia era para todos visible y se exteriorizaba en las formas más categóricas. Nunca he recibido una franca solicitud de colaboración, de origen autorizado, que me permitiera tomar ciertas iniciativas, a pesar de que yo he multiplicado las manifestaciones de buena voluntad, las ofertas de colaboración y los propósitos de ayudar al Gobierno. No una sino diez o cien veces he manifestado mi opinión de que el liberalismo en el Congreso y en la calle debía y debe apoyar a la administración López. La correspondencia a esa actitud mía no ha aparecido por parte alguna y yo me pregunto si

263 ―Discurso del doctor Eduardo Santos‖, El Tiempo, febrero 21 de 1937, p. 4; ―Germán Arciniegas, director de ‗El Tiempo‘‖, El Tiempo, febrero 27 de 1937, pp. 1, 20; Eduardo Santos y otros, La política liberal en 1937, Talleres Gráficos Mundo al Día, Bogotá, 1937; ―El viaje de Eduardo Santos. Entrevista con Nieto Caballero‖, El Tiempo, mayo 3, 4 de 1937, pp. 4, 15; ―Las 14 asambleas proclamaron la candidatura presidencial del doctor Eduardo Santos‖, El Tiempo, mayo 4 de 1937, p. 4. 264 ―Renuncia el presidente López‖, El Tiempo, mayo 25 de 1937, p. 1; ―Observaciones del Dr. Eduardo Santos al discurso pronunciado por el señor ministro de gobierno‖, El Tiempo, mayo 26 de 1937, p. 4; ―Una deplorable interpretación‖, El Tiempo, mayo 27 de 1937, p. 4.

puedo o debo hacer más. Intervenir sin que nadie me lo pida en favor de determinados proyectos de ley caros al Gobierno me parece que sería asumir responsabilidades que no me corresponden y ejercer una presión sobre los parlamentarios que no tendría una explicación bien clara‖.265

Sin poder seguir rehuyendo las pequeñas escaramuzas políticas que le esperan en Colombia, regresa en marzo de 1938 y se ocupa, entre otras cosas, de efectuar varias giras políticas.266 Es un candidato sin enemigos, pues incluso Laureano Gómez en El Siglo declara: ―No hemos sido nunca amigos políticos del doctor Eduardo Santos ni partidarios de lo que él representa en la vida nacional. Reconocemos ampliamente la probidad inmaculada de sus actuaciones, que le han permitido vivir treinta años de intensa participación en los asuntos públicos sin que sobre su nombre se haya posado siquiera una sospecha fundada. Evidentes son su espíritu republicano, su respeto por las libertades públicas, su alto concepto de la dignidad patria, y son grandemente simpáticas la modestia tranquila de su carácter, su aversión por todo exhibicionismo y su repugnancia por los sistemas de gobierno basados en el bombo‖. Laureano encuentra que el candidato liberal carece de una obra que lo acredite como estadista, pero considera que el conservatismo puede acordarle un amplio margen de confianza porque el mando del ejecutivo lo ha logrado sin haberse hipotecado políticamente con nadie y sin llevar en el alma las heridas consiguientes a una campaña ardorosa.267 El 1º de mayo de 1938 este hombre de 50 años es elegido presidente de Colombia.

Pocos presidentes colombianos habían llegado a esa posición con un poder tan enorme, pues Santos podía contar con el respaldo de la mayoría del partido de gobierno, con el apoyo incondicional del principal periódico nacional y con la automarginación del combate electoral del partido opositor. Las condiciones para que sus iniciativas puedan plasmarse son muy favorables porque el país se siente en un estado tal de orden que los actos de violencia política que acaecen sobre todo en los periodos electorales no alteran sustancialmente ese sentimiento. En su discurso de posesión el nuevo presidente aludió a todos los grandes temas nacionales, proponiéndose continuar los cambios iniciados en los 8 años anteriores, con un criterio de gradualidad, pero prometiendo ante todo ampliar las posibilidades para que los colombianos disfruten de un poco más de bienestar así como garantizar la justicia y salvaguardar la paz.268 Esta última promesa, justamente, se vio confrontada a un duro desafío en enero de 1939 cuando varios conservadores participantes en una reunión política en el municipio cundinamarqués de Gachetá fueron asesinados durante una asonada promovida por los liberales locales. El gobierno había tomado diversas medidas preventivas para evitar este tipo de hechos, pero como lo expresó Enrique Santos, ellas eran insuficientes pues había faltado el espíritu de conciliación entre los bandos 265 ―La Convención Nacional Liberal proclamó ayer candidato presidencial al Dr. Eduardo Santos y le otorgó plenos poderes para dirigir el partido‖, El Tiempo, julio 23 de 1937, p. 1; ―El Dr. Santos y su señora salen con rumbo a Europa hoy a la una de la tarde‖, El Tiempo, agosto 12 de 1937, p. 1; Carta de Eduardo Santos a su hermano Enrique, octubre 16 de 1937, en Biblioteca Luis Ángel Arango, Archivo Alberto Lleras, carpeta 4, f. 31/1. 266 ―Se trabaja con éxito en la manifestación al candidato‖, El Tiempo, marzo 16 de 1938, pp. 1, 15; ―Espléndido recibimiento hizo Tolima liberal al candidato presidencial‖, El Tiempo, abril 18 de 1938, pp. 1, 15; ―Chiquinquirá recibió triunfalmente al candidato único del liberalismo‖, El Tiempo, abril 22 de 1938, pp. 1, 13. 267 ―Opinión de la prensa de Bogotá sobre las elecciones de hoy‖, El Tiempo, mayo 1 de 1938, p. 2. 268 ―La posesión del doctor Santos. Discurso del doctor Eduardo Santos‖, El Tiempo, agosto 8 de 1938, pp. 4, 7, 11, 18.

políticos. Eduardo Santos se esforzó tenazmente por llevar ese espíritu de conciliación a toda la nación, y su empeño encontró eco de manera que durante su mandato la violencia política estuvo bajo control. Ello a pesar de la falta de entusiasmo por la convivencia manifestada por algunos líderes políticos, y que Gilberto Alzate admitió con franqueza. ―Nosotros respetamos la valentía moral de Eduardo Santos, al optar por el thermidor y tratar de desmovilizar las pasiones de partido que lo llevaran al poder. Pero demasiado conocemos la interinidad de esa tregua artificial‖, escribió el líder derechista.269

Un desafío menos esperado que los actos de violencia partidista fue para la administración Santos el desencadenamiento de la segunda guerra mundial. La gravedad del momento fue por lo demás muy bien percibida por el presidente. La catástrofe europea, dijo, ―tendrá repercusiones incalculables para el desarrollo futuro de las actividades humanas. Si en alguna hora ha podido decirse que se abre para el mundo una nueva era, es en esta en que todos los valores humanos antes aceptados quedan en tela de juicio y en que nadie podría decir cómo haya de reconstruirse, sobre las ruinas de lo que antes pareciera definitivo, la humanidad futura‖. En esa situación procuró actuar de conformidad con el criterio de salvaguardar los intereses colombianos sin renunciar a determinados principios que el conflicto ponía en juego a escala global. Colombia, planteó Santos, debía mantener una neutralidad vigilante que de alguna manera contribuyera a poner a salvo los valores democráticos universales. El conflicto llevó al gobierno a tomar diversas medidas, como la ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania y sus aliados, la incautación de los bienes de los ciudadanos del Eje residentes en Colombia y el estrechamiento de los vínculos con Estados Unidos, suscribiendo con este país algunos acuerdos de cooperación económica y militar.270

La violencia europea de estos años acarreó otro fenómeno que tuvo alguna incidencia en Colombia: la persecución de los judíos. Eduardo Santos declaró ante el Congreso que no era indiferente al dolor de las víctimas de la persecución racial y política que se había desatado en Europa, y particularmente que no era insensible a la ―tragedia espantable‖ que sobre los judíos había abatido la barbarie nazi. Pero en realidad hizo pocos esfuerzos para aliviar esa tragedia, y bien al contrario prosiguió la política del anterior gobierno tendiente a impedir la inmigración de judíos a Colombia. Esta actitud de Santos es posible explicarla porque su criterio sobre los judíos estaba dominado desde tiempo atrás por los prejuicios racistas que los espíritus simples mantenían sobre ellos y que en ese momento compartía la mayor parte de los colombianos de todos los sectores sociales y corrientes políticas. Los judíos, para el presidente, son una ―raza‖ dotada a la vez de magníficas condiciones intelectuales y de una dañina inclinación al negocio del préstamo de dinero. Los pequeños trabajadores y empleados colombianos deben ser protegidos de esas actividades usurarias, alegó, pero su desconfianza hacia los judíos era mucho más amplia, como se desprende de una carta que le había escrito en 1937 a José Joaquín Castro en la que le mostraba su desconfianza hacia algunos intelectuales alemanes de origen judío

269 ―5 muertos y 7 heridos en la manifestación de Gachetá‖, El Tiempo, enero 9 de 1939, pp. 1, 2; Enrique Santos, ―Danza de las horas‖, El Tiempo, enero 10 de 1939, p. 4; Germán Arciniegas, ―Gachetá es la excepción‖, El Tiempo, enero 11 de 1939, p. 4; Gilberto Alzate Avendaño, ―La revolución está a la derecha‖, La Patria, enero 17 de 1939, Manizales, pp. 1-3. 270 Eduardo Santos, ―La posición de Colombia ante el conflicto europeo‖, Revista del Banco de la República, nº 143, septiembre de 1939, Bogotá, pp. 327-330. Para una comprensión más precisa de la política exterior colombiana de este periodo puede consultarse David Bushnell, Eduardo Santos y la política del buen vecino, 1938-1942, 2ª ed., El Ancora, Bogotá, 1984.

que pretendían emigrar a Colombia.271 Eduardo Santos, por lo tanto, no superó una tara de la nación colombiana de la primera mitad del siglo XX: la noción de raza, y un racialismo que, como ocurrió con los judíos, estuvo confundido con el más abyecto racismo. La noción de raza parecía resolver la cuestión de la nacionalidad con originalidad y con fuerza pero se trataba más bien de una trampa analítica, pues desde esa perspectiva la nación queda definida por fuera del ámbito de lo político, confinada a arbitrarios marcos identitarios dependientes de rasgos naturales que facilitan la invocación de la eliminación de los caracteres ―desviados‖.

La labor de la administración Santos en los diversos campos fue harto fecunda, con muchos logros consistentes, esto es, con la creación de instituciones, de leyes y de actitudes destinadas a perdurar. En el campo económico logró la firma del pacto de cuotas cafeteras que benefició considerablemente esa industria en una situación bastante riesgosa, además de crear el Instituto de Fomento Industrial. En cuanto al bienestar social, desarrolló un programa de vivienda para obreros y otro, inédito, para campesinos, mediante el cual fueron construidas mil casas. Programas que vistos desde hoy pueden parecer exiguos pero que dada la magnitud del gasto público colombiano en la época, eran iniciativas relevantes. El Ministerio del Trabajo desarrolló una activa labor: puso a funcionar las comisiones de conciliación y arbitraje —con representación de empresarios, trabajadores y gobierno—, las cuales deberían facilitar la resolución de litigios; consolidó las oficinas del trabajo encargadas de velar por el reconocimiento de las prestaciones sociales de los trabajadores; fomentó la celebración de convenios colectivos de trabajo y la expedición de reglamentos de trabajo en las empresas; lideró la aprobación de leyes de protección a la maternidad y de remuneración de algunos días festivos. Pero fue una legislación laboral mucho más amplia la que impulsó este gobierno: la carrera administrativa que buscaba garantizarle la estabilidad laboral a los empleados públicos; leyes beneficiando a diversos trabajadores ferroviarios; la inembargabilidad de una parte del salario; la ampliación de los términos para hacer reclamaciones salariales; el perfeccionamiento legal del contrato individual de trabajo; la reglamentación de las fases de negociación de los conflictos laborales. Igualmente, fue creado el fondo de fomento municipal para encargarlo de la racionalización de la inversión del Estado en diversas obras públicas de orden local, como acueductos, alcantarillados y hospitales, cuya construcción se amplió considerablemente durante estos 4 años.272

El 7 de agosto de 1942 una muchedumbre acompañó a Eduardo Santos de regreso a su casa, agradeciéndole así lo obrado desde la jefatura de la república y testimoniándole su

271 Eduardo Santos, ―Mensaje del Presidente de la República al Congreso‖, El Tiempo, julio 21 de 1939, p. 8; Carta de Eduardo Santos a José Joaquín Castro, Ministro de Educación, París, noviembre 2 de 1937, en Archivo José Joaquín Castro Martínez, Universidad Externado, sección 2, carpeta 2, f. 6; Lina María Leal, Colombia frente al antisemitismo y la inmigración de judíos polacos y alemanes 1933-1948, tesis de maestría en historia Universidad Nacional, Bogotá, 2011. Que frente al tema de los judíos Santos procedía de manera penosa, es posible deducirlo de sus propias palabras. En 1937, antes de posesionarse de la presidencia, se había referido así al problema de las ―masas hebreas en Colombia‖: ―Yo tengo de nuestra nación un definido y claro concepto de variedad. […] Colombia no sabe de distingos raciales, inexistentes en América por otra parte‖ (Rufino Marín, Lo que piensa América del problema judío, Editorial América, Buenos Aires, 1944, pp. 210-211). 272 ―Cuatro años al servicio de la patria‖, El Tiempo, agosto 7 de 1942, p. 4; ―El país vivió en un sólido ambiente de paz social durante la administración del presidente Santos‖, El Tiempo, agosto 7 de 1942, sección 2ª, p. 5; Jorge Bejarano, ―La administración Santos y la higiene‖, El Tiempo, agosto 7 de 1942, sección 2ª, p. 2.

reconocimiento porque el gran poder con que había ascendido a esa posición lo había utilizado con moderación, ciñéndose a los mandatos de la ley. Su gobierno, sin embargo, no fue recompensado con el entusiasmo delirante de los liberales, quizá porque Santos se caracterizó, más que por alentar ilusiones, por satisfacerlas de manera modesta pero eficaz. Lo sucedió Alfonso López, quien desde cuando Santos había asumido el gobierno había tenido la convicción de que este se ocupaba de deslucir su administración. Por eso López había instado a Alberto Lleras a que desde su periódico, El Liberal, hiciera frente al ingrato Santos, que habiéndose hecho elegir como continuador de las políticas desarrolladas entre 1934 y 1938, una vez en el poder las había abandonado por otras, que, supuestamente, rechazaba el liberalismo. El disgusto entre los dos era antiguo, pese a que habían peleado juntos algunas batallas decisivas para el liberalismo, como la candidatura de Olaya Herrera, triunfante en 1930. López no dejaba de recordar la tardía incorporación de Santos al liberalismo ni las dudas que siguió manteniendo respecto al partido. ―Se ha sentido siempre más cerca de los conservadores que yo, política y personalmente‖, le dice a Luis Cano. Ve en Santos a alguien que no ha dejado de militar en el extinguido partido republicano, alguien en quien los años no lograron borrar ―la tendencia a tachar el espíritu de partido, por nocivo, e imaginar que se hace obra grande cuando se le condena‖, creyendo que son ellos, los republicanos, los únicos capaces de anteponer el interés del país al interés del partido. Según ellos, agrega López, los partidos no pueden hacer ninguna contribución al progreso nacional, siendo el suyo, entonces, un concepto ―apolítico de la política, engreídamente superior‖. Pero no se trataría simplemente de una diferencia de estilo — calmado y ecuánime el uno, inquieto y combativo el otro— sino de una diferencia de fondo: para hacer las reformas que su gobierno hizo, era imprescindible la beligerancia. La pausa de Santos no requiere beligerancia, dice López, mientras que sí la requieren ―las reformas, el cambio, la evolución, la revolución, aunque sea pacífica‖.273

Alfonso López tiene razón cuando alude a la desconfianza que hasta bien tarde tuvo Santos respecto al partido liberal y sus dirigentes. ―Yo no le tengo gran confianza a nuestro partido, ni a sus hombres, pero es un hecho que constituye una mayoría fuerte. […] Lo que no sé es si los liberales serán capaces de asegurar la victoria que les corresponde, y de desarrollar una política que no les enajene la voluntad nacional. Hay tanto necio y tanto pícaro por allá que a ratos uno pierde toda esperanza y hasta toda caridad‖, le había escrito al presidente Olaya Herrera. Y dudó que luego de este, López fuera el líder indicado para proseguir la obra reformadora del liberalismo, siendo quizá alguien propenso a la ―gritería popular‖ y no un convencido de la ―liberalización tranquila y gradual del país‖. En 1941 Santos le soltó a un periodista una frase con la que aludía veladamente a los leopardos, a Jorge Eliécer Gaitán, y a otros políticos de ese momento, pero también podía estar pensando en López: ―La democracia para que cumpla su función debe ser más seria de lo que es hoy, dejar a un lado la politiquería y la perorata, que impiden y perturban la acción rápida y fecunda. Lo que más me choca en el mundo es la oratoria frenética y teatral. No la resisto‖.274 Luis López de Mesa, al igual que muchos otros observadores de la época,

273 Cartas de Alfonso López a Alberto Lleras, noviembre 13 de 1939 y mayo 13 y junio 18 de 1940, en Biblioteca Luis Ángel Arango, Archivo Alberto Lleras, carpeta 4, ff. 33/1-33/2, 35/1-35/6, 37/1-37/6; Carta de Alfonso López a Luis Cano, julio 1 de 1940, en Biblioteca Luis Ángel Arango, Archivo Alberto Lleras, carpeta 4, ff. 38/1-38/4. 274 Cartas de Eduardo Santos al Presidente Olaya, abril 20 y noviembre 22 de 1932, en AGN, Fondo Academia Colombiana de Historia, Colección Enrique Olaya, sección 7ª, caja 60, carpeta 1, ff. 56v, 73r; Luis Enrique Osorio, ―Eduardo Santos me dijo‖, Vida, vol. 5, nº 41, diciembre de 1941, p. 23.

coincidían con Santos en el tipo de liderazgo que era propio de López Pumarejo, a quien aquel lo contrastó con Olaya Herrera diciendo que mientras este era el hombre del sosiego, el primero era un ―hombre de mensaje ideal‖, con cuya dirección política el pueblo colombiano ―no se siente sosegado‖ pues ―ni un solo instante ha logrado ser el centro de reposo de la sensibilidad colombiana‖. Y esto pese a que López conducía la nación en consonancia con las mutaciones políticas que el mundo experimentaba, y que lo hacía con un sentido pragmático.275 Y Abelardo Forero Benavides, por su parte, dirá que en contraste con López, el prestigio de Santos no es el ―de caudillo, de jefe, de conductor. Propiamente no afecta el fondo emocional de las masas colombianas, ni ha provocado explosiones rabiosas. Es de un orden intelectual, benigno y extendido, sedante y tranquilo‖.276

En la década de 1940, pues, los liberalismos de López y de Santos están en contradicción, pero debido no tanto al contenido doctrinario como a la forma de concebir la representación política. No es una división que provenga de una fractura socioeconómica en el seno de la dirigencia, es decir, la derecha liberal no es simplemente su ―oligarquía‖, mientras que la izquierda no son los dirigentes de origen humilde. Tampoco tenía su origen esa división en que unos representaran al pueblo y otros a las clases altas. Tampoco en que unos quisieran reformas y los otros no. Esa división tenía que ver más bien con la manera como unos y otros juzgaban pertinente hacer las reformas, pues mientras los unos las buscaban alentando a los ciudadanos a tomarse el espacio público para desde allí darles impulso, los otros juzgaban que esto era innecesario y comprometía la paz social, un objetivo tan importante como las reformas mismas.

En la década de 1940, en cualquier caso, los liberales fueron siendo tomados por la certidumbre de que el suyo era un partido insalvablemente fragmentado. Tras los primeros dos años del segundo gobierno de López el marasmo del liberalismo fue algo inocultable, y estalló con toda su fuerza a propósito de la contienda presidencial de 1946. A la abierta hostilidad entre corrientes y líderes del partido se sumó la intervención sinuosa del principal jefe liberal, Alfonso López, que le hizo al liberalismo la propuesta desconcertante de formar un ―frente nacional‖ con los conservadores, fórmula que podría encontrar una vía de materialización en la entrega al directorio conservador de la facultad de escoger el candidato presidencial entre una terna de liberales. La propuesta no encontró simpatía entre los conservadores, y los liberales la consideraron simplemente una forma de sabotear la candidatura oficial del liberalismo. José Joaquín Castro, por ejemplo, le escribió a Eduardo Santos: ―La propuesta del frente nacional tuvo, pues, muchos vicios desde su nacimiento y a medida que fue adelantándose el trabajo para realizarla se vio más claro que en todo eso solo había personalismo, rencores, rivalidades y ambiciones. Lo que fue la convención constituyente, y luego los escrutinios de las votaciones hechas por los delegados, la presentación de la terna, el rechazo a que la sometió Laureano Gómez y en general la opinión pública, y por último la débil y plañidera insistencia con que algunos confían todavía en la formación del frente nacional, todo eso está demostrando cuántos males debían hacer crisis en el seno del liberalismo y cómo se ha hecho urgente una revisión total de los conceptos sobre los cuales aspirábamos a hacer la unión‖.277 275 Luis López de Mesa, ―El caudillo de las democracias‖, El Tiempo, febrero 27 de 1937, p. 4. 276 Abelardo Forero Benavides, ―Eduardo Santos‖, Sábado, nº 23, diciembre 18 de 1943, Bogotá, pp. 1, 22, 23. 277 Alejandro Vallejo, ―El día en que Turbay…‖, Sábado, nº 134, febrero 2 de 1946, Bogotá, pp. 3, 14; ―Formidable oración política pronunció el doctor Turbay‖, El Tiempo, febrero 17 de 1946, pp. 1, 8; ―Frente nacional contra la coalición y contra la reacción conservadora inician las directivas antioqueñas‖, El Tiempo,

La prueba concluyente del marasmo liberal fue la enorme fuerza electoral que en un breve lapso adquirió Jorge Eliécer Gaitán, en nombre de un proyecto político que rechazaba elementos fundamentales del liberalismo cultivados en los 30 o 40 años anteriores. Eduardo Santos, que había deseado retirarse de la actividad política pero que debió asumir responsabilidades importantes como la presidencia de la dirección nacional liberal, contradijo de manera firme aquel proyecto gaitanista de ―restauración moral‖ de la república. El gaitanismo, dijo, entraña una impugnación de la obra del liberalismo y de lo que es el liberalismo, careciendo de cualquier fundamento su retórica de la oligarquía, la cual sin embargo le generó al liberalismo antipatía entre el pueblo y se convirtió en un instrumento eficaz para enardecer la lucha de clases. Gaitán, agregó, ha hecho su carrera política sirviéndose de una irrestricta libertad de palabra, la misma que sus huestes le niegan a quienes consideran sus enemigos, apedreando periódicos liberales o impidiendo a otros liberales pronunciar discursos.278 Baldomero Sanín Cano pudo ser más tajante y asoció el gaitanismo con el nazismo y el fascismo. ―Los hombres que se reúnen alrededor de un candidato bajo el lema de la ‗restauración moral‘, no son liberales en el sentido tradicional y etimológico de la palabra, porque invocan la fuerza y la violencia como procedimiento y enseña de victoria. Nada hay más contrario a la tesis secular del partido que esas formas de emulación y propaganda‖, escribió.279

Vencido el candidato liberal en 1946 y desatada dos años después la violencia que tan arduos esfuerzos había costado contener, el país se desbocó por el camino de un sistemático recorte de las libertades, de un obsceno deleite en la barbarie, de una destrucción de las instituciones y de las tradiciones liberales a la que Eduardo Santos — como todos los jefes liberales— asistió como un espectador impotente. Trató en vano de concertar esfuerzos para hacer menos dura la situación de sus copartidarios y menos desastrosa la violencia. Pensaba que la principal responsabilidad de todo esto recaía en los conservadores, y entre ellos en ciertos espíritus de particular insania, pero en una carta admitió con amargura que también los liberales tenían mucho que hacerse perdonar.280 Eduardo Santos murió el 27 de marzo de 1974.

febrero 17 de 1946, p. 8; Carta de José Joaquín Castro a Eduardo Santos, marzo 14 de 1946, en Archivo José Joaquín Castro Martínez, Universidad Externado, sección 2, carpeta 1, ff. 55-57. 278 ―Concluida la organización para la grandiosa manifestación que se hará el sábado al Dr. Santos‖, El Tiempo, julio 19 de 1944, pp. 1, 13; ―Con el Partido Liberal‖, El Tiempo, abril 9 de 1946, p. 4; ―Texto de la conferencia del doctor Eduardo Santos sobre la candidatura liberal‖, El Tiempo, abril 28 de 1946, p. 4. 279 Baldomero Sanín Cano, ―Cómo nace la antidemocracia‖, El Tiempo, abril 29 de 1946, p. 4. 280 Carta de Eduardo Santos a José Joaquín Castro, París, julio 3 de 1953, en Archivo José Joaquín Castro Martínez, Universidad Externado, sección 2, carpeta 2, f. 24r. Un acercamiento a esta etapa de la vida de Santos puede hacerse a través de las cartas que intercambió con Carlos Lleras Restrepo. Ver Carlos Lleras de la Fuente, ed., Cartas del exilio, Planeta, Bogotá, 2005.

Capítulo 4 Enrique Santos Montejo, Calibán

El periodismo y la política

Álvaro ACEVEDO TARAZONA281 La muerte de Enrique Santos Montejo, Calibán, instaló ―un tremendo vació en la página central de todos los periódicos colombianos‖282, dijo Álvaro Cepeda Samudio en las páginas de El Caribe el mismo día en que se llevaban a cabo sus exequias. La referencia de Cepeda Samudio a la columna La danza de las horas de Calibán no era lisonja. Aquella columna había ocupado la página más leída del periódico El Tiempo durante cuatro decenios. Este era el mismo diario que Alfonso Villegas Restrepo había fundado en 1911, y que Eduardo Santos, hermano de Calibán, había adquirido para salvarlo de la quiebra en 1913. Enrique Santos Montejo había llegado al mundo en 1886 y murió un martes 28 de septiembre de 1971 en Bogotá. Una afección cardiaca apagó un espíritu liberal de convicciones políticas y militantes muy tempranas que le valieron ponerse varias veces su vestido de excomunión. Este anticlericalismo de compromisos ideológicos liberales en política tenía antecedentes en su origen familiar santandereano. Francisco Urbano Santos Galvis283, su padre, nacido en Coromoro y muerto en Curití (1848-1900), se casó el 6 de mayo de 1879 en el distrito parroquial de Ráquira con Leopoldina Vitalia de las Mercedes Montejo Camero (1857-1936). De esta unión familiar hubo cinco hijos: Hernando (1883), Guillermo (1884), Enrique (1886), Eduardo (1888) y Gustavo (1892). Solo dos de ellos, Enrique y Gustavo, nacieron en Bogotá; los otros tres en Tunja. Las dos hijas mayores que procrearon Francisco Santos y Leopoldina Montejo habían muerto durante su infancia en Curití; así como dos de los hijos varones: Jorge (1890-1982) y Julio (abril de 1984), quienes murieron en Bogotá.

Dos meses antes de su muerte, Enrique Santos Montejo había alcanzado a cumplir 85 años de edad el 15 de julio de 1971. Mantuvo una pulsión por el sexo bello – reconocería, incluso, Enrique Santos Molano, su hijo, en una entrevista para El País284–. Se casó en dos oportunidades. De su matrimonio con Noemí Castillo Montejo, su prima, tuvo como descendientes a Cecilia, Enrique y Beatriz. De su segunda unión con Blanca Molano nacieron Enrique, Pilar, Consuelo y Cecilia.

281 Con la colaboración del historiador Rolando Humberto MALTE ARÉVALO, candidato a magister en Historia por la Universidad Industrial de Santander, y de Elizabeth ORTIZ PÉREZ, estudiante del programa de Historia de la misma universidad y pasante de investigación en el proyecto de investigación UIS- Colciencias titulado Prensa, educación y orientación política en la República Liberal (1930-1946). 282 El Tiempo, 12 de septiembre de 1971, p. 12-C. 283 José María Eduardo Santos Plata, bautizado en la parroquia de Charalá, contrajo matrimonio por segunda vez con una señora de la parroquia de Curití, doña Antonia Facunda Galvis Galvis. Por este enlace vino al mundo el doctor Francisco Urbano Santos Galvis, quien nació en la hacienda El Hatillo el 21 de agosto de 1848, cuando se le aplicó bautismo de agua por necesidad, y quien fue llevado a la pila bautismal, para recibir óleo y crisma en la parroquia de Coromoro, el 10 de marzo de 1849. 284 http://www.elpais.com.co/elpais/colombia/noticias/neoliberalismo-solamente-trae-desolacion-y-tragedia. Consulta realizada el 4 de noviembre de 2012.

Enrique Santos Montejo dedicó unos sesenta años al periodismo de opinión, oficio en el que se inició intelectual y profesionalmente en un pequeño semanario que publicaría en Tunja en 1909. Desde entonces y hasta su última edición el 9 de mayo de 1919, La Linterna fue el rotativo liberal más radical que circularía durante la hegemonía conservadora en territorio boyacense. La madurez profesional la alcanzó en La danza de las horas, columna que escribió desde 1932 hasta 1971 en El Tiempo con el seudónimo de Calibán y que le valió en 1940 el Premio Cabot de la Universidad de Columbia285. Desde 1919 había ingresado a El Tiempo como director del mismo y en esta función se mantuvo hasta 1935. 4.6. Una obra, una generación Sobre Enrique Santos Montejo ya se ha dicho casi todo sobre una vida y obra dedicada a la prensa en Colombia, una de las expresiones más importantes de la representación política y tema esencial para explicar junto a las sociabilidades y el estudio de prosopografías generacionales el acontecer de la nación colombiana en sus dos últimos siglos de vida republicana. Esta semblanza se propone mostrar las relaciones entre la prensa y la historia cultural de la política; también considerar las relaciones de esta última con el ejercicio periodístico y la labor del intelectual. Enrique Santos Montejo modernizó el oficio periodístico y se apasionó por los mismos debates y propósitos de la Generación del Centenario a la que perteneció. Una comunidad de huellas reconocida en la historiografía porque ingresó a la vida pública hacia el año de 1910, cuando Colombia conmemoró el primer centenario de su independencia.286

Conmemoración esta, por cierto, precaria en cuanto a las obras materiales que se emprendieron y confusa respecto de los valores que quisieron transmitirse. Con el fin de organizar los eventos antes de la conmemoración del acto central del 20 de julio de 1910, el gobierno de Rafael Reyes había dispuesto anticipadamente la conformación de juntas patrióticas en los principales centros urbanos de la nación. Entre el 15 y 31 de julio se llevaron a cabo homenajes a Simón Bolívar, Policarpa Salavarrieta y la rebelión comunera de 1781. También a Gonzalo Jiménez de Quezada, claro ejemplo del positivo aporte hispánico y herencia legítima sobre la que se fundó las bases del verdadero progreso287. De igual manera fueron homenajeados Rodrigo de Bastidas, Pedro de Heredia, José Celestino Mutis y Francisco Antonio Moreno y Escandón. Esta propuesta de revaloración del hispanismo era una iniciativa impulsada por el conservatismo colombiano, en directa asociación con los intereses de la corriente ultramontana del catolicismo. De manera que era una tamaña contradicción que las celebraciones propiamente del 20 de julio de 1910 estuviesen cargadas de discursos con manifestaciones de júbilo por la Independencia y con expresiones de odio a la Madre Patria, máxime cuando los conquistadores también habían sido motivo de homenaje.288

285 El Tiempo, 29 de septiembre de 1971, p. 11-A. 286 HENDERSON, James. La modernización en Colombia: Los años de Laureano Gómez, 1889-1965. Medellín, Universidad Nacional de Colombia, 2006, p. 35. 287 ISAZA, Emiliano y MARROQUÍN, Lorenzo. El Centenario de la Independencia. Bogotá, Tipografía Salesiana, 1911, p. 29. 288 ACEVEDO TARAZONA, Álvaro y CUADROS SÁNCHEZ, Miguel Darío. El Centenario en Colombia: Poscolonialismo, raza y narrativas de una celebración. pp. 13-26, en La construcción de la nación

La orientación práctica de la celebración fue la Exposición Nacional, Industrial, Agrícola y Pecuaria. Los nacientes empresarios industriales se vincularon a la celebración buscando presentar un aire cosmopolita de la nación. En últimas, se trató de hacer una reproducción a escala de las ferias mundiales de París (1889) y Chicago (1906) y de las exposiciones en México (1900), Brasil (1908) y Argentina (1910). De las obras materiales y emprendimientos prácticos, más allá de las fugaces recordaciones de heroísmo, 289 quedó muy poco. La efeméride centenaria plasmó el ideal del hombre colombiano: un individuo educado para desempeñar roles en una sociedad culta, un conductor de la sociedad que al tiempo que celebraba el centenario de las luchas independentistas fundaba comunidades para alentar el conocimiento de las ciencias naturales y de los saberes jurídico-filosóficos. Este ideal alternó con un nacionalismo eugenésico sobre dos polos narrativos, no sólo en Colombia sino en toda América Latina. Si bien para una corriente de intelectuales y políticos el honor nacional y el patriotismo creó un relato moralizante en el país y en otras naciones de América Latina –en el que los Estados Unidos era el enemigo y el causante de la degradación que sufría la civilización latina–, para otra corriente lo mejor era construir una convivencia entre sajones e hispanoamericanos para aproximarse a la nación del norte mediante el ―patriotismo de la paz‖. Única forma de conjurar la ―maldición de América Latina‖ determinada por la ―raza débil del maíz‖290. Lo que estaba en juego a finales del siglo XIX y comienzos del XX era la ―inscripción del racismo en los mecanismos de Estado‖291, pues el cometido no sólo era eliminar al adversario político sino anular el peligro biológico mediante la supresión de toda raza que no fuera la blanca.

Si bien el carácter independiente de Enrique Santos Montejo no le permitió aceptar una educación formal universitaria, es posible que no compartiera los prejuicios racistas de ciertos miembros con estudios superiores de aquella generación centenarista –y de otras anteriores y posteriores a esta– que habían logrado acceder al mejor cuerpo profesoral, de hecho y paradójicamente, vinculados a una concepción cosmopolita del mundo.292 El fin no era otro que conducir la nación al nuevo siglo sobre el precepto de mirar y absorber los valores y comportamiento culturales de la reconciliación nacional y del progreso para alcanzar la civilidad de otros países dignos de emular.

Los docentes y estudiantes de esta generación compartieron una amplia visión de mundo –siempre dispuesta a poner en práctica en cualquier rincón de Colombia–, mediada por acciones educativas y públicas cargadas de significado político.293 Pese a sus diferencias partidistas, los hombres de esta generación –porque fue un mundo masculino por definición y actitud– también compartieron un espíritu científico y una fe en el progreso que los unía con tendencias del pensamiento occidental como el positivismo, el

Iberoamericana, siglos XIX-XX: Comparaciones y Conexiones. Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 2013. 289 GARAY, Alejandro. La exposición del Centenario: Una aproximación a una narrativa nacional, en La ciudad de la luz: Bogotá y la exposición agrícola e industrial. Bogotá, Alcaldía Mayor de Bogotá, 2005, p. 63. 290 ROJAS, Rafael. Retóricas de la raza: Intelectuales mexicanos entre la guerra del 98, en Revista Historia Mexicana, Vol. XLIX, No. 4, 2000, pp. 593-629. 291 FOUCAULT, Michel. Genealogía del racismo. La Plata, Altamira, 1986, p. 56. 292 HENDERSON, Op. cit., p. 35 293 Ibíd., pp. 42-43, 109.

organicismo de Herbert Spencer294 y un estilo de vida burgués. Sumado a estas concepciones, la mayoría de dirigentes de este período se asumían como los conductores de la nación, porque social y racialmente eran superiores. Para algunos de ellos como los civilistas victorianos conciliadores, el progreso anglosajón se constituía en el único camino para salir del atraso económico.295

Enrique Santos Montejo no fue ajeno a esta visión y práctica de mundo, ya compartiendo tendencias de pensamiento, ya entablando debates contra la Iglesia Católica para que la sociedad colombiana entrara de inmediato en la senda de cambios que demandaba. La amplia visión de mundo de Enrique Santos Montejo en sus columnas de opinión, matizadas por una profundidad psicológica, irónica y humorística admirables, le permitió incursionar, entre otros temas, en la crítica literaria (Del estilo, La Gruta Simbólica), el análisis de la política mundial (El principio de la crisis, La liberación de París, Gloriosa Inglaterra, La muerte de John Kennedy) y nacional (¿Reformar lo irreformable?, Caín y Abel, El 10 de mayo), la historia (10.000 días – 10.000 números de “El Tiempo”), la ciudad y su acontecer cotidiano (Calle Real, Peluquero trasquilador), la familia, el crimen y la impunidad (El rapto del niño Lindbergh), la muerte (Espectáculo para una vez), breves perfiles de personajes de la cultura y política nacional (El maestro Valencia, El irremplazable), la crítica mordaz (Aguafuerte), el universo femenino (El feminismo: grandezas y miserias), la libertad de prensa (Libre vale más), el oficio de escritor (Sobre el yunque) y la educación (Con la pluma en la mano). Este último tema motivo de preocupación y demandas de cambios urgentes para que adquiriese pertinencia y mejorase su calidad. En su última Danza que escribiera el 24 de septiembre de 1971, Con la pluma en la mano, cuatro días antes de su fallecimiento, Enrique Santos Montejo dejó un mensaje de suma preocupación sobre el futuro de la educación del país:

Si la situación en la Universidad es como la plantea el ministro de Educación, no queda otro camino que el de implementar allí cambio radical. Las corruptelas se combaten a fondo o es inútil. Aunque no las considero causa de los males universitarios, sino efecto de falla profunda en todo nuestro sistema educativo. Uno de los peores del mundo. Ya perdí la cuenta de las ocasiones en que he criticado la forma como se administra la enseñanza primaria y secundaria. Atiborramiento de materias que ningún ser humano podría digerir. Y el 99% de los alumnos colombianos olvida tan pronto concluye su bachillerato. De los miles y miles de conocimientos que se le suministran a lo largo de doce años de primaria y bachillerato, el que logra su cartón no recuerda la milésima parte. Co el agravante de que, además de no recordar, no quiere recordar. Los bachilleres colombianos reciben su cartón como el niño al que se premia por tomarse un purgante.

Con estos antecedentes no podemos pretender que la universidad conforme un núcleo de gentes selectas. Los estudiantes que pasan el examen preuniversitario llegan ya viciados, casi idiotizados por doce interminables años en que han perdido su tiempo. La reforma educativa no puede tomarse por separado (…) La educación es un bloque inseparable.296

294 Ibíd., p. 36 295 ACEVEDO TARAZONA, Álvaro. Pereira. Las representaciones de la raza, prohombres y civismo en la génesis y transformaciones materiales de una ciudad, Revista Historelo, Vol. 2, No. 5, 2011, p. 135. 296 CALIBÁN. La danza de las horas (La Gruta Simbólica). Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 1972, pp. 151-52.

Fiel a un sentido y estilo escritural sucinto y claro, Enrique Santos Montejo quiso por intermedio de sus columnas en la prensa acercar la cultura erudita y reflexiva del acontecer con el público lector, indistintamente de su condición social. Para periodistas de oficio como él, ―la hoja luminosa‖ de la prensa estaba llamada a cumplir una función civilizatoria; así lo asumieron oficiantes de periodismo y periódicos tanto de la capital como de provincia. La hoja luminosa –escribiría un oficiante de provincia en El Diario de Pereira en 1929– debía ser ―decente, doctrinaria y seria, pues [era] el libro diario en que la sociedad vincula[ba] la defensa de sus costumbres y de donde [debían] las masas populares la purísima luz de sus derechos‖.297 Los periodistas no sólo tenían una función civilizatoria sino veedora, vigilante y defensora del pueblo. Aun en el años de 1938 esto se podía leer en algunos editoriales de Vanguardia Liberal en los que se consideraba el periodismo ―de un orden elevado, y se roza[ba] más directamente con la defensa de todos los derechos y el implantamiento de rectas normas de equidad‖298. Un orden que tenía ―la misión y la responsabilidad de velar porque el partido [liberal] no se saliera de sus causes lógicos para dar tumbos desorientados‖.299

Entregarle a la prensa y al oficio del periodismo funciones civilizatorias (de orden ―elevado‖), normativas de equidad, veedoras de derechos y doctrinarias partidistas implicaba entregarles una función educativa y política. No era para menos. Las condiciones de atraso y pobreza de Colombia en los dos primeros decenios del siglo XX eran tan cuestionables para espíritus como el de Enrique Santos Montejo que la prensa debía orientar la opinión pública. El estado de pobreza y atraso del país fue retratado por los pocos viajeros foráneos que lo visitaron dejando un cuadro de imágenes cáusticas sobre el enclaustramiento nacional, la fragmentación del territorio y las profundas desigualdades sociales.300 Para ciertos gobernantes colombianos de orden local o nacional, una de las posibles explicaciones de esta condición era la ignorancia de la sociedad, encarnación de casi todos los males, especialmente del sistema electoral301. Tanto para Colombia como para los países de América Latina los sistemas políticos, los avances científicos y las favorables condiciones de vida en Europa y los Estados Unidos se convirtieron en referentes de civilización, raza y progreso.

Pero no sólo las ideologías políticas o las concepciones positivistas y racistas de otras latitudes influyeron en los proyectos políticos de las nacientes repúblicas latinoamericanas. A la par de este movimiento de influencias y adaptaciones sobrevino el intervencionismo norteamericano. Una política que empezó a tomar cuerpo desde que en 1823 John Quincy Adams y James Monroe proclamaron la famosa Doctrina Monroe:

297 SANTEL, R. El periódico, en El Diario, Pereira, 14 de junio de 1929, p. 5. 298 La prensa y el gobierno, en La Vanguardia Liberal, Bucaramanga, No. 2.904, marzo 10 de 1929, p. 1. 299―La política liberal en Santander‖, en La Vanguardia Liberal, Bucaramanga, No. 5.659, enero 22 de 1938. p. 3. 300 ACEVEDO TARAZONA, Álvaro. El camino del Quindío en el centro occidente de Colombia: La ruta, la retórica y los proyectos de poblamiento, en Estudios Humanísticos. Historia, León (España), No. 4 (2005); pp. 9-36. 301 En Colombia el sufragio universal masculino, que se había impuesto en el decenio de 1850 suprimiendo el requisito de analfabetismo para votar, sólo regresó al país en la reforma constitucional de 1936 en el primer mandato de Alfonso López Pumarejo. El voto femenino, por su parte, sólo fue concedido en 1954 en el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, aunque cien años atrás la provincia de Vélez en Santander fue la primera en el mundo en intentar concederlo a la mujer; véase: BUSHNELL, David. Colombia: una nación a pesar de sí misma. Bogotá, Planeta, 1996, p. 261.

“América para los americanos‖302. A pesar de ciertas intervenciones de las potencias de Europa sobre Latinoamérica durante el siglo XIX, Estados Unidos reafirmó dicha política a comienzos del siglo XX con la Doctrina del destino manifiesto –proclamada por Theodore Roosevelt en 1904–, una especie de carta blanca para la intervención de los Estados Unidos en América Latina y el Caribe si cualquier nación bajo la influencia de la órbita estadounidense ponía en peligro los derechos o propiedades de sus empresas. Bajo esta premisa fue flagrante el intervencionismo norteamericano en América Latina. En 1903 el gobierno de los Estados Unidos fue uno de los directos responsables de la separación de Panamá de la República de Colombia.

En la prensa se ventilaron tanto las denuncias de este intervencionismo como las aspiraciones del nuevo siglo, al lado de los males que aquejaban a la nación colombiana. Abogados, políticos, maestros y escritores de oficio querían escribir en la hoja luminosa de la prensa. Estas actitudes y visión de mundo implicaron un cambio en la mentalidad y la vida cotidiana a través de prácticas nuevas e igualitarias303 –opuestas a una vida de valores aristocráticos o neoborbones304– que aspiraban a incorporar los ideales de lo práctico y del espíritu científico, en medio de una sociedad jerarquizada en extremo, política y económicamente, y fragmentada territorialmente. Los cafés, las sociedades cívicas o científicas, entre otras, y, especialmente, la prensa como medio de divulgación ampliado a sectores con escasa formación social y política, constituyeron interrelaciones más horizontales e igualitarias. Quienes estaban ubicados en posiciones de privilegio podían asumir esta cultura positivista y victoriana o burguesa, ya fuese para estimular las transformaciones que la sociedad colombiana requería o para mantener el statu quo. Santos Montejo optó por lo primero con un espíritu de combatividad a prueba de temores o falsas posturas. Para ello hizo de la prensa y la política una simbiosis creativa y de oficio con el fin de contrarrestar las profundas fuerzas de grupos de poder dispuestos a contener el dique de tradiciones y privilegios. Pero si hemos de entablar un diálogo con Max Weber, las virtudes del político son incompatibles con las del hombre de ciencia, porque no se puede ser al mismo tiempo hombre de acción y hombre de estudio sin atentar contra la dignidad de una y otra profesión, y sin faltar a la vocación de las dos305. Una afirmación de riesgo y límites que no busca otra cosa que poner una cortapisa entre consagración al pensamiento y las actitudes políticas. Por demás, dos elecciones de vida que se atraen y repelente mutuamente por desenvolverse en la misma arena de batalla: el poder. Pero en Colombia y América Latina durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX no fue posible mantener una cortapisa entre pensamiento intelectual y acción política. Como enunciador y modelador de opiniones, el intelectual puede fácilmente transitar hacia la política. Este fue el caso de Enrique Santos Montejo, amigo entrañable de Baldomero Sanín Cano, el maestro más reconocido por la Generación del Centenario. No podía ser de otra manera, Calibán fue un periodista que se metió a la política por las condiciones propias de un país que con su bipartidismo orientó su institucionalidad y su acontecer cultural. Fue

302 Estados Unidos con esta doctrina afirmó que no toleraría ninguna lesión a las soberanías nacionales del continente americano por parte de los estados europeos. 303 AGULHON, Maurice. El círculo burgués: La sociabilidad en Francia, 1810-1848. Buenos Aires, Siglo veintiuno editores, 2009, p. 106 304 SAFFORD, Frank. El ideal de lo práctico: El desafío de formar una elite técnica y empresarial en Colombia, Bogotá, Universidad Nacional-Áncora, 1989. 305 WEBER, Max. El político y el científico. Barcelona, Altaya, 1995, pp. 10-33.

diputado a la Asamblea de Boyacá en (1913-1918), representante (1917-1918 y 1941- 1942), senador (1939-1943) y embajador en Chile (1948-1949). A su hermano Eduardo Santos, presidente de Colombia (1938-1942), le ocurrió algo similar pero desde un camino opuesto: fue un político que terminó incursionando en el periodismo. En el siglo XIX y los primeros decenios del siglo XX predominó en Colombia y América Latina el intelectual político para la organización burocrática del Estado y la redacción de constituciones y leyes, con el fin de mantener una relación simbiótica con los caudillos militares. Al lado de este intelectual apareció en el país otro tipo (entre los años de 1870 y 1930) que estableció una disputa en términos generacionales con aquel que había detentado la institucionalidad. Era el intelectual crítico, de izquierda o de derecha, representante ya de un sector de izquierda en el liberalismo o de un grupo radical en el partido conservador. Muchos de ellos terminaron subordinados al establishment. Otros evolucionaron hacia una actitud distanciada de la política y más comprometida con un papel crítico moralizante de la sociedad. Estos últimos fueron los intelectuales de las revistas Mito, Eco o de la primera fase del movimiento nadaísta; ellos hicieron su aparición en la escena pública a partir de la segunda mitad del siglo XX asumiéndose como críticos del Estado, de los partidos políticos y de sus dirigentes306. La independencia de Enrique Santos Montejo, sumado a su comportamiento díscolo y militancia radical en liberalismo, por lo menos en sus primeros años de oficio periodístico, no permite encasillarlo propiamente en una generación. Pero es seguro que sus afinidades y debates políticos los entabló desde la visión de mundo y valores de la Generación del Centenario. Enrique Santos Molano en un texto titulado Un siglo de ensayo307 para la Revista Credencial Historia, tipifica tres generaciones nacidas en el siglo XIX que impulsaron el ensayo colombiano en la tres primeras décadas siglo veinte: la Generación del 86 (nacidos entre 1850 y 1865308), la Generación de Fin de Siglo (nacidos entre 1866 y 1881309) y la Generación del Centenario (nacidos entre 1882 y 1897). En esta última generación, precisamente, ubicó a Enrique Santos Montejo junto a Luis López de Mesa, Armando Solano y Daniel Samper Ortega, no sin acotar que fue con la siguiente generación, Los Nuevos (nacidos entre 1898 y 1913310), que el ensayo adquirió dimensiones de calidad y cantidad.

306Otro tipo de intelectual también aparecería en la escena pública del siglo XX en Colombia: el intelectual ideólogo, el comprometido y el subordinado. El primero se caracterizó por venir de las profesiones modernas y de la secularización paulatina del Estado (el ingeniero, el maestro de escuela) y por cumplir funciones de modelador de la racionalidad y la eficiencia con sus derroteros pragmáticos y la enunciación de utopías éticas y políticas; el segundo edificó una épica de la izquierda colombiana (sacerdotes, profesores, estudiantes, subversivos) y a la postre un elitismo ortodoxo; y el tercero fue y sigue siendo el típico intelectual oficioso y controlador que administra y reproduce las normas y códigos de los grupos hegemónicos y del Estado; véase: LOAIZA CANO, Gilberto. Los intelectuales y la historia política en Colombia, en César Augusto Ayala Diago, editor. La historia política hoy: Sus métodos y las ciencias sociales. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2004, p. 58, 84-91. 307 SANTOS MOLANO, Enrique. Un siglo de ensayo, en Revista Credencial Historia, marzo de 2007. Tomado de: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revistas/credencial/marzo2007/ensayos.htm. Consultado el 2 de noviembre de 2012. 308 Marco Fidel Suárez, Santiago Pérez Triana, Rafael Uribe Uribe, Baldomero Sanín Cano. 309 Maximiliano Grillo, Carlos Arturo Torres, Antonio Gómez Restrepo, Luis Zea Uribe, Carlos Alberto Lleras Acosta. 310 Germán Arciniegas, Joaquín Tamayo, Antonio García Nossa, Alfonso López Michelsen, Luis Eduardo Nieto Arteta, Jorge Zalamea, Hernando Téllez, Gerardo Molina, Guillermo Hernández, José Antonio Osorio Lizarazo, Eduardo Caballero Calderón.

El propio Enrique Santos Montejo, Calibán, se refirió al carácter político de su generación en La danza de las horas: ―La generación del Centenario fue esencialmente política. Pero no faltaron los poetas.‖311 Tal vez lo más meritorio de esta generación fue nunca rendirse ante las convicciones políticas, y su propósito de sacar la nación adelante sin caer en posiciones irreconciliables que condujeran a la guerra. 4.7. El periodismo: una vocación temprana Uno de los textos biográficos de Enrique Santos Montejo refiere que el afecto por las letras lo había sentido desde su niñez: ―Fui completamente negado a las matemáticas. Apenas aprendía a sumar, restar y multiplicar y a estas horas, no sé dividir. En cambio, historia, geografía, idiomas y gramática, me fascinaban‖. Su afición a la escritura era tal, se confesaba, que a ―los diez años‖ intentaría, decidido, emborronar sus primeros cuentos.312 Sin duda la influencia de su padre tuvo mucho que ver, ya que con frecuencia él mismo solía arrullar a sus hijos al ritmo de la prosa de Dickens, Cervantes o Walter Scott.313 Enrique Santos Montejo tuvo una formación literaria precoz. Los libros, recordaba a sus 26 años de edad, se disputaron siempre su tiempo con los juegos infantiles:

Hace muchos años –dijo para El Diario Nacional en 1922–, tantos que se confunden con los albores de este siglo y cuando aún no había estrenado los ―calzones largos‖, era yo todo un señor literato. Creo que hasta lo era más que hoy. No leía a Dumas ni a Julio Verne. Mis lecturas iban de Paul Verlaine a André Gide, pasando por el zar Peladán. ¿Entendía yo todos aquellos libros? Creo que no; pero lo cierto era que el morbo literario me poseía en una forma tan completa, que puede decirse que no conocí los goces de la vida infantil, echada a perder por lecturas indigestas.314

Su primera instrucción formal la recibió en el pequeño colegio que dirigían muy cerca de su casa, en el barrio la Candelaria de Bogotá, ―las señoritas Mendoza‖. Se recibió como bachiller en el Colegio de La Salle al tiempo que la nación se enfrascaba en la última contienda civil del siglo: la Guerra de los Mil Días (1899-1902). A los 14 año se creía ―todo un literato‖. Compraba todos los periódicos que el régimen conservador de finales del siglo XIX dejaba circular. Incluso apoyó el único periódico literario que de cuando en cuando la guerra permitía imprimir: Esfinge. Fue en ese periódico en el que Enrique Santos Montejo publicó, a la edad de 15 años (1902), su primer artículo literario. Gracias a su devota disciplina intelectual había vertido del francés un artículo de Anatole France sobre Paul Verlaine, traducción que a don Baldomero Sanín Cano le pareció tan buena que Esfinge la publicó en primera página. Así fue el salto oficial de Enrique Santos Montejo al mundo de las letras.315 Esta pasión del periodista en ciernes por la literatura era consecuencia de su formación cosmopolita en una época –ya se advirtió– de valores victorianos o burgueses. Las palabras círculo o sociedad con las que se convocaba a la libre unión de propósitos

311 CALIBÁN, Op. cit., p. 140. 312 El Tiempo, 29 de septiembre de 1971, p. 10-A. 313 SANTOS MOLANO, Enrique. Los jóvenes Santos. Tomo I. Santafé de Bogotá, Fundación Universidad Central, 2000, p. 38. 314 Ibíd. p. 42. Tomado a su vez de El Diario Nacional, 12 de mayo de 1922, p. 9. 315 ADAMES, Luis Carlos. Calibán y la prensa de opinión. Bogotá, Círculo de Lectores, 1997, p. 87. También: SANTOS MOLANO, Enrique. Op. Cit. p. 43.

comunes para el trabajo o la militancia también estaba reservada, como fue el caso de Santos Montejo, para el ocio y la especialización del saber.316

Por aquellos años la literatura no era su única preocupación. ―A finales de 1900 – cuenta Enrique Santos Molano– tuvo tentaciones de irse a la guerra, empujado por su ardor liberal y por el entusiasmo que en él despertaban el eco vibrante de las hazañas (…) de la guerrilla del Tolima, y la lectura clandestina de los periódicos liberales‖.317 Su primera aventura política la recordaría años después de manera jocosa pero entrañable: ―Cierto día me fugué de mi casa, durante la guerra, con la intención de alistarme en una guerrilla. Tenía catorce años. No pasé de la estación Uribe. Un terrible dolor de muela y dos perros feroces que me mantuvieron toda la noche subido a un árbol, soportando tenaz lluvia, me desengañaron para siempre de las aventuras. Como resultado de la escapada fui a dar al internado de los hermanos cristianos en Egipto‖.318

En vista de su educación diletante y juvenil, más un comportamiento díscolo –él mismo se reconocía un pícaro–, su madre decidió enviarlo a Caracas, ciudad en donde trabajó al servicio de su tutor, el abogado y político venezolano Clodomiro Contreras, y en donde estudió derecho sin llegar a graduarse. En la biblioteca de don Clodomiro, la más lujosa y grande biblioteca personal que había conocido hasta entonces, Santos Montejo ―devoró‖ toda clase de textos –filosofía, historia, ciencias y literatura–, hasta sufrir, según él mismo refiere, ―una indigestión de libros de la cual no me he curado [aún]‖319. Este paso por la biblioteca de don Clodomiro Contreras le permitió complementar una formación que le abriría el camino hacia el mundo del periodismo profesional. 4.8. La Linterna: El oficio hecho a pulso De regreso a Colombia (1905), y ya emancipado y con herencia, en 1908 decidió establecerse en Tunja para levantar un pequeño comercio de ropa, siguiendo el consejo que su hermano Hernando le había dado. Su ánimo exaltado, no obstante, pronto lo convirtió ―en líder de la juventud‖ boyacense. No era para menos, en su haber ostentaba ―el prestigio de haber viajado, de ser bogotano y de llevar una carga de erudición barata y de libros cuya existencia no se tenía allí noticia. Nietzsche, Renán, France, Verlain y hasta el mago Petian.‖ En las tertulias que celebraba con sus amigos en la trastienda de su almacén ―soltaba‖ ―toda clase de paradojas‖, y hasta hablaba ―de la muerte de Dios, proclamada por Nietzsche con el corolario de que nada es verdad y todo es permitido‖. Ante ―semejante atrocidad –reconocía–, la estupefacción‖ era general.320 Incluso llegó a considerar que el suicido era una alternativa a la que cada individuo tenía derecho bajo el principio de la soberanía del fuero interno. Temerarias ideas en aquellos tiempos de catolicismo y Regeneración conservadora, que hoy adquieren toda la vigencia ante la aprobación (o despenalización) que sobre la eutanasia hiciera la Corte Constitucional en Colombia el 15 de mayo de 1997.

Pese a la hostilidad con que la Iglesia estigmatizó a comienzos del siglo XX las corrientes de pensamiento moderno, el ambiente en Boyacá fue propicio para que un grupo

316 AGULHON, Op. cit., pp. 115, 118. 317 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. Cit. p. 41. 318 ADAMES, Luis Carlos. Op. Cit. p, 89. Egipto era un barrio de Bogotá. 319 El Tiempo, 29 de septiembre de 1971, p. 10-A. 320 Ibídem.

de jóvenes inquietos como él se iniciaran en la política. En 1909, junto a Pedro Antonio Zubieta, Juan Clímaco Hernández, José Agustín Morales y sus parientes Indalecio Castillo Montejo y Juan de Dios Galvis, entre otros, Santos Montejo se dio a la tarea de hilvanar un manifiesto en el que llamaba a los liberales de Boyacá a formalizar la causa de la Unión Republicana, que para ese momento era liderada por Carlos Eugenio Restrepo en contra del presidente Rafael Reyes (1904-1909).321

Este arribo de Reyes al gobierno y los enfrentamientos políticos que anudó con su talante pragmático y autoritario fue el acontecimiento político que definió la vocación periodística de Enrique Santos Montejo. Él creyó ver en el gobierno de Reyes el motivo por el cual una buena cantidad de papeles y folletines empezaron a circular a lo largo y ancho del país. Para una tendencia de políticos e intelectuales colombianos la única forma articularse con éxito al mercado internacional era saldar las cuentas con Estados Unidos por la cuestión Panamá. Desde el mandato de Rafael Reyes se había establecido relaciones diplomáticas con dicho país. El propósito sin embargo derivó en un escándalo político incontenible. El 13 de marzo de 1909 los estudiantes de universidades y colegios marcharon por las principales calles del centro de Bogotá para celebrar la renuncia del presidente Rafael Reyes y exigir la libertad de los presos políticos encarcelado por el gobierno luego de algunas manifestaciones.

El escándalo se desató desde finales de febrero de 1909 cuando el gobierno tuvo que hacer público el texto de un tratado que habían firmado el Ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Enrique Cortés, y el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Elihu Root. El Tratado –que en realidad eran dos: uno con Estados Unidos y otro con Panamá– declaraba mutua amistad entre Colombia y Estados Unidos, otorgaba a Colombia concesiones especiales para el uso del Canal, establecía facilidades para la utilización de los puertos colombianos por parte de los Estados Unidos, aceptaba la independencia y soberanía de Panamá y fijaba los límites entre las dos naciones. En este mismo tratado los Estados Unidos no reconocían ninguna indemnización pecuniaria a Colombia por los sucesos de Panamá, en cambio, Colombia se conformaba con un desembolso de 2.5 millones de dólares, que el antiguo departamento de Panamá cancelaba como aporte proporcional en el pago de la deuda pública322.

Cinco años después y ante la escasez de numerario y la necesidad de modernizar el país, el gobierno del presidente Carlos E. Restrepo se vio forzado a reanudar las negociaciones con Estados Unidos, dirigidas a finiquitar la querella por Panamá. En 1914 se firmó en Bogotá el tratado Urrutia-Thompson en el que se establecía una indemnización para Colombia de 25 millones de dólares, que sólo fue efectiva hasta el año 1922 debido a que el partido republicano de los Estados Unidos se opuso en el congreso a votar afirmativamente el contenido del mismo.

Para entrar a tono con aquel ambiente de rechazo al gobierno de Reyes, el neófito de periodista Santos Montejo, junto con el abogado Pedro Antonio Zubieta y el médico Juan Clímaco Hernández, decidió juntar un capital para fundar La Linterna, su primera empresa intelectual.323 Un hecho de probada entereza si se tiene en cuenta que Tunja era una ciudad donde la mayoría de la población mostraba afectos mayoritarios con el partido conservador.

321 El manifiesto titulado A nuestros amigos políticos se publicó en La Linterna, No. 14, 29 de octubre de 1909, p. 1. 322 LEMAITRE, Eduardo. Rafael Reyes. Bogotá, Editorial Iqueima, 1952, p. 45 323 MORALES BENÍTEZ, Otto. Periodismo: ética y paz. Cali, Universidad del Valle, 2007, p. 280.

Pese a esta situación adversa, la empresa periodística puso a circular un papel de cuatro páginas en el que se exponían las opiniones y las ideas liberales más radicales. El más preciado público de La Linterna lo constituiría el artesanado boyacense, entre quienes fue posible vender en varias ocasiones hasta 500 ejemplares.

La idea de llamar al periódico La Linterna fue de Enrique Santos Montejo. El nombre estaba inspirado en el ―legendario matutino liberal francés, Le Lanterne.‖ La propuesta fue acogida con gusto, y ya para el 30 de julio de aquel 1909 circulaba el periódico en ―formato pequeño, de tres columnas y octavo‖.324 Los primeros números clamaron por una reforma constitucional que pusiera un fin categórico al gobierno de Rafael Reyes y que vigorizara las libertades públicas, en especial la causa de la Unión Republicana, sintetizada en la consigna ―patria‖ como única fórmula de su ―programa‖325.

Al parecer el líder del equipo de redacción, conformado por Pedro Antonio Zubieta y Juan Clímaco Hernández, era Enrique Santos Montejo. Su febril actividad ya mostraba al periodista en ciernes que se abría paso con profesionalismo: traducía cables, pergeñaba apuntes, analizaba y clarificaba comentarios, pero, ante todo, apuntalaba críticas en una simbiosis, ya mencionada, entre periodismo y política que lo iba a acompañar toda la vida y en la que no demarcó fronteras entre la ética de convicciones y la ética de responsabilidades.

Alberto Sánchez de Iriarte, el famoso cronista bogotano y redactor de las publicaciones más importantes de la primera mitad del siglo XX –Cromos, El Tiempo, El Espectador, Mundo al Día, la Revista Contemporánea y El Gráfico–, visitó en una ocasión las oficinas de La Linterna. Quedó impresionado con el trabajo de Pedro Antonio Zubieta:

En aquella vetusta y fría ciudad que Rondón el Conquistador se permitió fundar, he conocido un periodista joven e interesante [que ha hecho de su profesión] un deber que considera [a]caso el más sagrado de todos los suyos.

Si los días son de desaliento en el público por esas mil circunstancias que frecuentemente nos desilusionan a todos, él duplica sus actividades empeñado en que se saquen fuerzas de flaqueza; y si ve correspondido su esfuerzo, entonces trabaja con gusto mayor y recibe el estímulo como el mejor gaje. En el triunfo natural de un liberalismo amplio, noble y fecundo está su fe…326 Si bien no hay manera de controvertir la versión de Alberto Sánchez de Iriarte –algo que, por lo demás, no conduce a ninguna parte–, ciertamente Enrique Santos Montejo ya expresaba en su primera empresa periodística la vocación necesaria para continuar con la profesión del ―gacetillero‖ mal pago. Tan pronto como Zubieta pudo conectarse al gobierno abandonó el periódico, de la misma manera que lo hiciera antes que él Clímaco Hernández.

Enrique Santos quedó entonces solo al frente de La Linterna. Sin embargo, su ―genio periodístico, unido a sus facultades intelectuales, y a una cultura asombrosa y enciclopédica‖ –escribe Santos Molano– le permitirían hacer del semanario ―el periódico

324 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. cit. p. 59. 325 LOZANO ALVERNIA, Esperanza y Jairo Enrique QUINTERO MANTILLA. ―Historia del periodismo en Boyacá, siglo XIX y los primeros cincuenta años del siglo XX‖. Trabajo para optar el título de comunicador social-periodista. Universidad de la Sabana/Facultad de Comunicación social–periodismo, Bogotá, 1986, p. 239. 326 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. cit. p. 70-71.

de provincia con más influencia en la vida nacional.‖327 En efecto, a partir del número 45, correspondiente al 28 de octubre de 1910, La Linterna empezó a ser vendido en Bogotá, el epicentro mismo de la política colombiana. El hecho había entusiasmado tanto a los redactores de la Gaceta Republicana –diario vespertino de Enrique Olaya Herrera328–, que sin miramientos, y seguros de que La Linterna proporcionaría al público capitalino ―lectura[s] interesante[s] y seria información‖, presentaron esta apuesta comunicativa y de opinión pública como el medio que anunciaba los mayores ―progresos en el periodismo‖ nacional.329

Así pues, con poco más de 20 años de edad, Enrique Santos Montejo era ya un hombre de periodismo y política. En 1910 decidió poner La Linterna al servicio de la Unión Republicana, acto que le representó la jefatura de ese partido en el departamento de Boyacá. Fue uno de los primeros liberales, junto a su hermano Eduardo, en apartarse del general Rafael Uribe Uribe con la intención de animar la búsqueda de una unidad nacional que pudiera hacer frente a la hegemonía conservadora330. Como jefe local del partido, convocó en 1916 la primera Convención de esa colectividad en el departamento, evento que contó con la participación de los veteranos de la Guerra de los Mil Días y que se convertiría en el primer llamado a la unidad que Enrique Santos le hiciera al liberalismo. En un lenguaje emotivo, de esta manera llamaba a la Convención:

El liberalismo boyacense, con impulso unánime y hermosísimo, supo responder al llamamiento que a favor de la unión se le hizo. Desde los más apartados rincones de Boyacá, los liberales contestaron la lista, plenos de entusiasmo, vibrantes de fe en el porvenir, y de amor por nuestros grandes ideales.

El momento actual es, para quienes dedicaron todos sus esfuerzos al logro de la unión liberal, la suprema recompensa. Contemplar al viejo partido reorganizado, y unido en todo a la gloriosa bandera, fue la única aspiración de los espíritus verdaderamente liberales. La realidad ha superado en mucho a las más atrevidas esperanzas.

Para coronar la magnífica obra llevada a cabo por el liberalismo boyacense, sólo falta la reunión de la Convención; esta tendrá lugar el 29 del presente mes [noviembre], día en que conmemoremos el sacrificio de los mártires inmolados en aras de la libertad.331 Pero La Linterna era mucho más que un semanario al servicio de un partido. Iluminado por las convicciones de su director, el periódico se convirtió en la punta de lanza del liberalismo. El clero colombiano, el gamonalismo, la lucha irregular entre los partidos, el analfabetismo y la falta de progreso material hallaron en La Linterna a su principal combatiente. De ahí que el semanario incluyera toda clase artículos en los que se criticaba cualquier aspecto de la vida social, política, económica y cultural que estuviese en contravía de los principios liberales.

327 Ibíd. p. 71-72. 328 CACUA PRADA, Antonio. Historia del periodismo colombiano. Bogotá, Fondo rotatorio Policía Nacional, 1968, p. 192. 329 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. cit. 75. Tomado de Gaceta Republicana, 1 de noviembre de 1910, p. 1. 330 No obstante, hay que aclarar que Enrique Santos Montejo siempre tuvo en alta estima al caudillo liberal. Su artículo en homenaje al asesinado general da cuenta de ello. Ver: CALIBÁN. Danza de la horas y otros escrotos. Bogotá, Libros del Cóndor, 1969, p. 47-50. Tomado de La Linterna, 23 de octubre de 1914. 331 CALIBÁN. La danza de las horas y otros escritos. Bogotá, Libros del Cóndor, 1969, p. 116-117. Tomado de La Linterna, 3 de noviembre de 1916.

Sobre el caciquismo y el clericalismo conservadores recayeron las críticas más mordaces de La Linterna. La permanencia en el poder tantos años del partido conservador en maridaje con gamonales y el clero fue denunciada en el periódico como un connubio digno de ser puesto en evidencia. Así lo expresó el periódico en 1912, calificando inconsecuente dicha actuación no solo con respecto a los tiempos modernos, sino con respecto a los intereses de la nación:

En Boyacá la Concentración Conservadora se apresta para entrar en la lucha electoral – escribió Santos en aquella ocasión–. ¿Sabéis cuál es el programa que han lanzado los directores del partido? (…) Como programa, la concentración preconiza, en Boyacá sobre todo, el uso de la violencia. Todos los crímenes antes que permitir que el sufragio, libremente expresado, dé el triunfo a los adversarios de la concentración (…).

En Boyacá, se ha dado orden en todos los Municipios en donde las autoridades no sean concentristas para que se les hostilice con la mayor violencia. Ya en muchos municipios se está cumpliendo esa orden. Los alcaldes han tenido que huir amenazados de muerte (…) En la sombra se preparan sangrientas tragedias. Siniestros personajes, que han fatigado el crimen, recorren las provincias y organizan la rebelión. Y no es esto tan solo: en muchos pueblos, como en el de Chitaraque, el cura, el padre de las almas es quien dirige y encabeza el motín. (…) Las altas autoridades eclesiásticas no pueden (…) permanecer indiferentes ante los atropellos cometidos por algunos sacerdotes. Nosotros elevamos nuestra voz de protesta… (…)

Lamentamos en verdad que no haya en Colombia un verdadero y honrado partido conservador, con ideales puros, con sólidas doctrinas, pues lo que aquí se lleva el nombre de partido conservador, es una camarilla de demagogos que, apoyados por el clero, explotan masas inconscientes.332 El clero declaró la excomunión inmediata tanto de Santos como de La Linterna, pero no sin antes señalar que el liberalismo era, como lo dijera Miguel Antonio Caro en su momento, una ―antítesis impía‖, dado que prohibía lo mismo que pregonaba, la libertad de hablar: ―¿Quién nos acusa? Un liberal, es decir, un hombre que lucha porque a nadie le falte la libertad para pensar lo que quiera, decir lo que quiera… sin sujeción a nadie ni a nada. Así son los hombres de La Linterna ¿Y tal hombre nos condena hoy al horrible castigo que es el odio de los suyos, nada más que por haber dicho alguna cosa que quisimos decir? ¿Pero cómo es esto? ¿Y la lógica dónde está?…‖333

Pese a la excomunión, a Santos Montejo y a La Linterna no les quedó otra opción que seguir adelante. Fieles a sus convicciones, los oficiantes de periodismo en La Linterna no hicieron más que promover ideas de progreso y justicia social y principios libertarios de expresión, consciencia, cultos, cátedra, imprenta, pensamiento y empresa. No escatimaron tinta ni papel para defender ideas y acciones tan rotundamente liberales como las que habían ejecutado en su tiempo los radicales del periodo federal, especialmente en Santander, la tierra de la familia paterna de Santos Montejo:

Si se echa una ojeada a las páginas de la historia liberal contemporánea (…) no tardará en averiguarse como cosa perfectamente cierta la decadencia del liberalismo actual

332 PLAZA PERÉZ, Oscar Gonzalo. ―La polémica de Calibán y La Linterna en la década del diez‖. Trabajo para optar el título de Licenciado en Ciencias Sociales. Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Tunja, 1996, p. 75-76. Tomado de La Linterna, 21 de abril de 1912, p. 2. 333 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. cit. p. 114. Tomado de Gaceta Republicana, 6 de julio de 1912.

comparado con lo que fue allá por 1849 –cuando la famosa e imperecedera Escuela Republicana– y en 1860, cuando los videntes de los derechos democráticos asombraron al mundo civilizado con aquel monumento liberal que denominaron Constitución de Rionegro. En las celebraciones bullentes de aquellos apóstoles no se sabe qué admirar más, si su decisión incontrastable por el ideal o la fe ciega con que lo predicaban en la plaza pública, en los centros políticos o en los Congresos y asambleas.

Generaciones de magnates del liberalismo, hombres incorruptibles, en cuyas consciencias jamás se aposentó el peculado como meta fueron aquellos quienes la opinión públicas encargó de regir sus negocios y su administración de 1863 a 1884.334 Las batallas en Boyacá que Enrique Santos Montejo y La Linterna emprendieron por el liberalismo llegaron a su fin al despuntar la segunda década del siglo XX. A la altura de 1920 se instaló en Bogotá, atendiendo al llamado de su hermano Eduardo quien lo requería como reportero y traductor de cables para El Tiempo. Esto significaba dejar La Linterna tras una década de trabajo. En su ―despedida‖, el último artículo que escribiera para aquel semanario no dejaba de reconocer cuánto había logrado como publicista del liberalismo:

Después de 10 años de lucha incesante, un poco fatigado y un tanto maltrecho; después de mostrar cómo con algo de paciencia y de tenacidad, se puede combatir de frente y con éxito a estas dos plagas, que olvidó el Señor incluir entre las siete de Egipto, y que han asolado a Boyacá: el caciquismo conservador y el caciquismo clerical; después de burlar los anatemas episcopales, y de enseñarle al pueblo a no temerles a estos rayos de latón; después de haber dado y recibido golpes, me retiro de este suelo boyacense, al cual me ligan tan grandes e inolvidables lazos de afecto, y al que debo gratitud imperecedera. (…)

LA LINTERNA, sangre de mi sangre no se extinguirá; queda ella en buenas manos. (…) El periódico se haya hoy en plena prosperidad; tiene asegurada una vida propia, y continuará por largo tiempo aun prestando sus servicios desinteresados a liberalismo boyacense y al pueblo en general, y siendo azote de los clérigos metidos a políticos, y de la traílla sacristanesco-conservadora que lo sigue.335 En estas sentidas palabras de despedida de Boyacá, las dos plagas mencionadas por Santos Montejo, el caciquismo conservador y el caciquismo clerical, era una forma de referirse a las prácticas de la política en Colombia, caracterizadas por rivalidades y caudillismos regionales. Tanto en el país como a lo largo y ancho del continente, caciques y caudillos después de las independencias se promovieron socialmente por intermedio de la fuerza, las armas y las empresas comerciales. Un liderazgo validado por su paradójica condición de constituirse en el puente de dos culturas políticas: la modernidad y el Antiguo Régimen. De un lado, promoviendo discursos de transformación guiados por tesis liberales336 y neopositivistas;337 del otro, afianzando prácticas de dominio y clientela en un mundo que se

334 PLAZA PERÉZ, Oscar Gonzalo. Op. cit., p. 68. Tomado de La Linterna, 21 de abril de 1912, p. 2. 335 Ibíd. p. 176-177. Tomado de La Linterna, 9 de mayo de 1919. 336 El denominador común del pensamiento liberal no sólo en Colombia sino en América Latina fue el utilitarismo. En México el liberalismo también expresó posiciones indigenistas y agraristas. En general, el liberalismo preconizó la pequeña propiedad individual y el impulso a la educación. 337 El positivismo acentuó los aspectos útiles y pragmáticos, promovió una desconfianza en la especulación filosófica y se interesó en el progreso material y el orden de la sociedad. Estas ideas se desenvolvieron entre las élites latinoamericanas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, principalmente en países como México (el porfiriato, 1876-1911), Argentina, Chile, Venezuela y Colombia. También en ciudades como Río de Janeiro y Sâo Paulo.

resistía a desaparecer. Para François Chevalier, el cacique y el caudillo representan en América Latina el nexo de comunicación y domino de un dualismo de sociabilidades en franca oposición: el mundo holista y jerarquizado del Antiguo Régimen, conformado por actores políticos mayoritarios tradicionales, y el ―nuevo mundo‖ republicano, conformado por actores minoritarios que promovían las ideas de ciudadanía y se autoproclamaban garantes de la modernización y del ejercicio del poder.338

La política en Colombia y América Latina, además, había derivado hacia la guerra como una estrategia para alcanzar una jefatura partidista o acceder a una participación burocrática. Los líderes de estas confrontaciones auparon a los sectores de abajo –nómbrense también populares o subalternos–, para que tomaran partido ya mediante el reclutamiento forzoso, ya por intermedio de las lealtades clientelistas o locales. De manera que para muchos de estos actores ir a la guerra se convirtió en un modus vivendi. Y en caso de no ir a la guerra, el cometido era eliminar al adversario con el rumor, la estigmatización o el anatema.

Se fue Enrique Santos Montejo de Boyacá y La Linterna, ―artículo diario y fugaz‖, dejó de emitir sus luces de liberalismo, oposición sin guerra y paz sin ministerialismos. Esta empresa periodística le había permitido afirmar a Enrique Santos Montejo una vocación de oficio desde que en 1902 sacó a la luz una sentida traducción de Anatole France,339 ungido por sus propias convicciones y por una tradición familiar paterna de liberalismo.

En las sentidas palabras de despedida de Boyacá también aludía a una lucha incesante contra las fuerzas conservadoras y clericales que lo había dejado ―un poco fatigado y maltrecho, aunque exitoso. Según él, había burlado los anatemas episcopales y le había enseñado al pueblo a no temerle a rayos de latón. Una lucha en la que dio y recibió golpes. Y debió ser así. La Iglesia Católica, apoyada por la Regeneración Conservadora (1886-1930), luego del periodo de Radicalismo Liberal (1853-1886), había creado sociabilidades en todo el territorio nacional con el fin de ejercer un control por medio de prácticas como la caridad y asociaciones, entre ellas la sociedad San Vicente de Paul o la sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia se había adaptado así a las exigencias de la modernidad. Si el liberalismo había recurrido a la prensa para captar el mercado de la opinión pública, la Iglesia también había entendido que podía recurrir a aliados, adeptos e intermediarios para el mismo propósito, pero con la diferencia de que en sus programas, objetivos y simbología reivindicaba el ideal de una República Católica, esto era, una República de creyentes más que de ciudadanos.340 4.9. El Tiempo y La danza de las horas: aparece Calibán Resguardas en su memoria las experiencias La Linterna, formado en el oficio y a punto de blandirlas ante la adversidad, Enrique Santos Montejo llegó a la capital colombiana. En Bogotá no era ningún desconocido. Su hermano Eduardo era ya un personaje influyente, y

338 CHEVALIER, François. América Latina: De la independencia a nuestros días. 2ª reimpresión. México, Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 274, 318. 339 El Tiempo, 29 de septiembre de 1971, p, 10-A. 340 LOAIZA CANO, Gilberto. Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación: Colombia, 1820- 1886. Bogotá, Universidad Externado, 2011, pp. 217-218.

su propia actividad como diputado a la Asamblea de Boyacá (1913-1918)341 constituía un antecedente suficiente para saltar sin miedo a la palestra.

En El Tiempo revivió La danza de las horas, una pequeña columna que habían escrito intermitentemente su hermano Eduardo desde 1915. La primera Danza que Enrique Santos firmó bajo el seudónimo de Calibán apareció el 11 de junio de 1932. Antes de entrar en el tema –el misterioso asesinato de Charles Lindbergh, hijo–, Enrique Santos aclaró: ―Después de varios años de silencio, Calibán reanuda hoy esta sección, en donde se comentará, desde un ángulo especial, el hecho saliente del día‖.342 Y así lo hizo hasta su muerte. El seudónimo que lo haría famoso, Calibán, lo tomó –según cuenta Luis Carlos Adames– de una caricatura que sobre Andrés Hofer –el rebelde trioles– había publicado el semanario Les Nouvelles Literaires343. Con la llegada de Calibán, El Tiempo adquirió un nuevo estilo. El lenguaje directo y cuidadoso de Calibán, carente del tono retórico que caracterizaba al periodismo hasta ese momento, hizo de El Tiempo un periódico ágil y combativo.

En El Tiempo aprendería que su trabajo periodístico le daba sentido a los acontecimientos del país. El mismo Alberto Lleras Camargo expresó en alguna ocasión que La danza de las horas ―representa[ba] en el tiempo lo que en el tiempo representa el barómetro. Nadie ha reflejado mejor que Calibán en su columna los cambios atmosféricos de la política, de la economía, de las ideas, de las tesis, de la opinión sobre los hombres y las cosas, sobre las costumbres, sobre la moral, sobre los libros, sobre las ciencias, las artes, el amor, el deporte, las mujeres, los dictadores, los presidentes.‖344 Calibán era consciente de la influencia de su pluma y de los avatares del oficio en un país de pasiones políticas: ―[Ante los hechos de la violencia partidista] Mi primera intención fue declarar terminada mi vida de escritor. Tenía derecho a ello. Treinta años con la pluma en la mano son más que suficientes para aspirar al retiro; pero era la solución cómoda, cobarde, huidiza, prudente. Y ninguna de estas características se acomoda a mi idiosincrasia. Un respetable amigo me encarecía la importancia que podrían tener mis opiniones.‖345 Esto lo expresaría el 2 de enero de 1950. Y no se retiró. En la política colombiana era posible recurrir a cualquier táctica para combatir al adversario de credo o ideas, incluso tirando piedras verbales como lo hizo Laureano Gómez contra Alfonso López y Eduardo Santos.346 El apasionamiento por la política condujo irremediablemente a la violencia, y si bien es cierto que investigadores nacionales se han dedicado con esfuerzo y seriedad a estudiar esta relación en el país entre política y violencia durante los años cuarenta y cincuenta, no es menos cierto que han descuidado los análisis económicos y culturales de este mismo período, tan importantes para el país por el crecimiento económico y las transformaciones sociales e institucionales.

Recurrir a la lectura de las columnas de Calibán es tal vez una manera de ver ese país político y ese país cultural. No se puede desconocer que la vida y obra de Calibán como la de El Tiempo fue un constante batallar en la arena política, pero también un trabajo

341 SANTOS MOLANO, Enrique. Op. cit. p. 184. 342 El Tiempo, 11 de junio de 1932, p. 4. 343 ADAMES, Luis Carlos. Op. cit., p. 45. 344 VALLEJO MEJÍA, Maryluz. La crónica en Colombia: medio siglo de oro. Bogotá, Imprenta Nacional de Colombia, 1997, p. 146. 345 SANTOS MONTEJO, Enrique. La Lanza de las horas. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1971, p. 120. Tomado de El Tiempo, 2 de enero de 1950. 346 HENDERSON, Op. cit., p. 392.

silencioso en los campos cultural y educativo. La intermediación escrita, fotográfica y propagandística de la prensa permitió que amplios sectores de la población accedieran a una educación no formal y que reconocieran el espacio público de las ciudades a través de la opinión pública. De las batallas políticas libradas por El Tiempo, una en particular, la caída de la Regeneración, fue rememorada por Calibán en su Danza del 30 de enero de 1951, con motivo del cuadragésimo aniversario del periódico: No pertenecí a El Tiempo en la época en que el diario se imprimía en prensa de palo, con motor humano y cada jornada era una batalla y una victoria sobre toda suerte de obstáculos. (…) Cuando ingresé al periódico, todo marchaba sobre ruedas. Era ya El Tiempo un gran diario nacional. [Pero] en los diez años subsiguientes, en ambiente de tolerancia, libertad y gallardía, El Tiempo habría de librar la batalla que culminó en la caída del conservatismo. Naturalmente apoyado por todas las fuerzas progresistas del país. Ese fue el tiempo que yo viví.347 En El Tiempo, Enrique Santos Montejo encontraría a sus más cercanos colaboradores y amigos: Ricardo Rendón, Jaime Barrera Parra, Alberto Lleras Camargo, Gabriel Montaña Camacho y Oliverio Perry, entre otros. Junto con ellos hizo parte de la primera generación de cronistas modernos del país. Un grupo de escritores, coinciden los analistas, que no sólo por la calidad de su prosa sino por su búsqueda de la verdad crearon una ruptura con el estilo pomposo, panfletario y acartonado que habían cultivado los publicistas del siglo anterior. Como muchos otros, Calibán criticaba el estilo ―relamido y perfumado‖ en el artículo diario y de combate; prefería la frase franca y directa, sin cortapisa, el argumento sintético y el ejemplo claro.

Estoy de acuerdo con Pio Baroja –escribía en diciembre de 1932– en no rendirle al estilo un culto exagerado. El estilo no es, según él, sino pretexto para no decir nada. Y el estilo relamido y perfumado en artículos de combate diario, es invención ridícula de ciertos colaboradores jóvenes, semi-jóvenes y ancianos de la prensa colombiana. La química del estilo está reservada en otras latitudes a las revistas de carácter literario. Durante quince días estos estetas pulen y repulen su artículo, lo retuercen, lo alambican y lo entregan a la circulación, tan peripuestos y elegantes como un dandy de provincia. (…) ¿Qué se le puede y se le debe exigir a un diarista? Claridad y lógica.348

En su oficio de cronista reconoció el magisterio de Joaquín Quijano Mantilla, el piedecuestano que en sus Andanzas de un desocupado –publicadas por El Tiempo– sentó las bases de un estilo sobrio y bien logrado. Perteneció, en fin, Enrique Santos Montejo a la Generación del Centenario, aquel grupo de intelectuales que representó –en palabras de Maryluz Vallejo– una ―cultura humanista, con gran rigor intelectual, curiosidad por el mundo circundante, compromiso político y sensibilidad estética.‖349 Aunque la Generación del Centenario estuvo conformada por aquellos escritores nacidos entre 1882 y 1897, el signo del nuevo siglo, el anti-modernismo, los marcaría irremediablemente. Luis López de Mesa, Armando Solano, Daniel Samper Ortega y el mismo Enrique Santos Montejo se sentían influenciados por un nuevo espíritu: el que en materia de estética criticaba a Rubén Darío, y el que en materia periodística aborrecía la diatriba o el ensayo de dimensiones extensas y contenido complejo o enrevesado. Para aquella generación, el modernismo era 347 El Tiempo, 30 de enero de 1951, p. 4. 348 Ibíd., pp. 51-53. Tomado de El Tiempo, 15 de diciembre de 1932. 349 VALLEJO MEJÍA, Maryluz. Op. cit., p. XXVIII.

―blanco‖ de ―francotiradores‖. ―Unos lo condenaron como culpable de haber iniciado la labor de demolición de venerables tradiciones; otros, por ser él mismo ya tradición e impedir el avance de las corrientes literarias ‗progresistas‘‖.350 Entre los últimos, se ubicaría Enrique Santos. 4.10. Prensa y censura El periodismo de la época le dio la oportunidad a Enrique Santos Montejo de escribir extenso, pero jamás lo hizo; prefirió la concisión. Afiladas así sus armas –una escritura clara y lógica, que despreciaba la suntuosidad–, Enrique Santos ―Calibán‖ se dispuso a blandirlas en contra de cualquier ataque a la democracia, principalmente si este provenía del comunismo. Del asesinato de Gaitán, culpó al comunismo colombiano:

(…) fue un ciclón. El ciclón de la bestia (…) Hasta el cansancio denuncié el peligro comunista. Dos días antes de la tragedia, cuando los ideólogos necios se oponían a toda medida de defensa contra el comunismo, con increíble ceguedad bajo el pretexto de que los comunistas eran que minoría inofensiva, les manifesté cómo estaban en error gravísimo y cómo los comunistas organizados, colocados en puestos claves, agazapados, como hienas, tomarían la ofensiva en el momento propicio. ¿Quién mató al jefe del liberalismo? Acaso nunca se tenga prueba plena. Pero diré como el doctor Echandía: ―No fueron los conservadores‖. Y no lo fueron porque del delito se aprovechaban exclusivamente los comunistas en su propósito de sabotear la Novena Conferencia, en obedecimiento a órdenes terminantes de Moscú. La lógica se impone. ¿Cuál era el único medio de provocar conmoción capaz de acabar con la Conferencia? No había sino uno solo: la muerte del caudillo que había conquistado justamente el afecto idolátrico de las masas. El doctor Gaitán disponía aquí de 50 mil ciudadanos. En las capas superiores estaban los hombres de orden, liberales sinceros que veían en el jefe la mejor posibilidad de volver al poder por los medios legales. (…) La misma política torpe y bárbara del conservatismo en las provincias, la persecución desatada, servía admirablemente a sus fines, y así fue asesinado Jorge Eliecer Gaitán. Fue la primera ilustre víctima de la política del politburó comunista… como lo observan cuantos conocen y han visto de cerca la táctica comunista, en Bogotá se siguieron las líneas clásicas de la acción comunista. Se adueñaron de las radiodifusoras, predicaron el terror y encabezaron a los dinamiteros, incendiarios y saqueadores. Provocar el terror, sembrar el pánico son bases fundamentales de la ofensiva comunista. Pero ¿por qué destruir el palacio de San Carlos?, ¿por qué dejar sin trabajo a obreros y empleados modestos? Porque todo esto entra en el plan comunista. (…)351 La tesis conspirativa sobre la muerte de Gaitán expuesta por Calibán fue un tema recurrente de la prensa nacional y local. Incluso no sólo sobre este episodio. La Guerra Fría creó enemigos reales, inexistentes y hasta invisibles tanto del lado comunista como capitalista. Desde la orilla occidental, el comunismo le iba arrebatar el poder al capitalismo. La sospecha era tal que de la conspiración se pasó a la paranoia: el capitalismo estaba siendo perseguido por una fuerza incontrolable llamada comunismo. Un tema también recurrente con similares matices conspirativos y paranoicos –tanto en la prensa como en la tribuna pública– fue el enfrentamiento entre liberales y conservadores. Bien ha señalado James

350 JIMÉNEZ P. David. Historia de la crítica literaria en Colombia: siglos XIX y XX. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia/Instituto Colombiano de Cultura, 1992, p. 172. 351 SANTOS MONTEJO, Enrique. Op. cit., p. 107-114. Tomado de El Tiempo, 16 de abril de 1948.

Henderson que en aquellos años la política nacional era un ―espectáculo maravilloso‖352 –y peligroso, es posible agregar–. Llena de drama, la política frecía al espectador una serie de anécdotas cargadas de emoción, que se desarrollaban con la regularidad de un moderno melodrama. La violencia entre los años treinta y sesenta en Colombia no puede atribuírsele ni a una conspiración ni a un individuo. El bipartidismo en Colombia comparte esta responsabilidad. Y en cada colectividad, unos individuos más que otros. Para Laureano Gómez los miembros de su partido tenían derecho legítimo a matar a quienes amenazaran su partido. Incluso no contra los de abajo sino contra los de arriba por ser los responsables de la violencia. No obstante, en el período de la República Liberal (1930-1946), ciertos partidarios de esta colectividad consideraron lo mismo respecto a los conservadores.353

La violencia en aquellos años se tornó incontenible. Sin duda, el suceso que encendió la alarma fue el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. El sistema político colombiano, anquilosado en una estructura bipartidista, carecía de la maleabilidad necesaria para admitir el ingreso de nuevos actores sociales. Sorprende la claridad con que Calibán entendía la situación. En una de sus Danzas de marzo de 1949 no dudó en denunciarla: ―Bajando al terreno de Colombia, el interrogatorio sigue en pie. ¿Para qué quieren los conservadores mantenerse en el poder, y los liberales recobrarlo? En el fondo, unos y otros no aspiran sino a tomar la totalidad del burocrático puchero, y a oprimir a sus adversarios. Hasta ahora no se ha presentado ningún hombre ni ningún grupo con programa verdaderamente nacional.‖354

El conservatismo liderado por Laureano Gómez no veía, en consecuencia, otra alternativa que desestimar cada vez con mayor frecuencia las reglas de la democracia. Las acciones militares entraron en la escena: se debilitó el Congreso, se obstaculizó al poder judicial y se truncó la libre movilidad. Vernon Fluharty en La danza de los millones logró recrear aquella situación:

(…) como si se tratara de una maldición, una violencia aterradora arrasó el país. Las libertades civiles murieron y los partidos de oposición fueron silenciados: bandas de campesinos libraron batallas campales con el ejército y la policía; refugiados aterrorizados invadieron por miles las ciudades despoblando el campo; las cárceles se llenaron de presos políticos. Finalmente, cuando los colombianos no podían resistir más, llegó el ejército para acabar con la danse macabre.355 A la cabeza del ejército estaba el General Gustavo Rojas Pinilla, y con él, la dictadura. El régimen de Laureano Gómez era ya insoportable, y tanto liberales como conservadores vieron en la fuerza militar una opción adecuada. Para Calibán, ciertamente, las ideas políticas del caudillo conservador resultaban ―funestas para el porvenir de Colombia‖. ―Ahogar la libertad –dijo al criticar la reforma constitucional que aquel impulsaba–, es peligroso. Retroceder para crear, imposible. Apagar todas las luces, no es lo propio para encontrar el buen camino.‖356 Lo mismo opinaba el conservatismo, y pese a que se hallaba

352 HENDERSON, Op. cit., p. 140. 353 Ibíd., pp. 394, 398. 354 SANTOS MONTEJO, Enrique. Op. cit. p. 116. Tomado de El Tiempo, 29 de marzo de 1949. 355 FLUHARTY, Vernon L. La danza de los millones: régimen militar y revolución social en Colombia (1930-1956). Bogotá, El Áncora, 1981, p. 9-10. 356 El Tiempo, 24 de mayo de 1953, p. 4. En enero de 1950 Calibán ya había advertido: ―Hoy como ayer, detesto el sectarismo, que es el peor de nuestros defectos, y lo que nos ha llevado a este abismo en donde

dividido entre los laureanistas y los seguidores del expresidente Mariano Ospina Pérez, aborrecieron sin ambages el autoritarismo de Gómez. En consecuencia, el 13 de junio de 1953 se perpetró el golpe. El entusiasmo que despertó tal hecho entre la sociedad y los partidos fue asombroso. El mismo Calibán –defensor irascible de la libertad– lo celebró en una más de sus Danzas:

El feliz San Pedro de que acaban de disfrutar los colombianos, señaló el verdadero retorno de la alegría limpia y sana. Los bogotanos se precipitaron al campo, aprovechando el week-end. Ya no son lúgubres las noches bogotanas, sino como antes, llenas de animación. Grande satisfacción debe ser para el Jefe del Estado, que es patriota de los que aman a cuantos vieron la luz en la misma tierra, registrar –con emoción– este renacimiento de la vida buena, amable, generosa, base cierta de la prosperidad y de orden.357 En su opinión, no podía negarse que el golpe militar representaba una evolución moral de la sociedad colombiana: ―la evolución del 13 de junio no tuvo finalidades puramente políticas –escribió–, sino principalmente morales. Restaurar el orden moral es la obligación imperativa del régimen, en buena hora presidido por un hombre puro como el general Rojas Pinilla.‖ Había que reconocer, por consiguiente, que sin un acto como el golpe militar el partido liberal seguiría reducido por el conservatismo más extremista en las márgenes de la política nacional. Las circunstancias ahora eran otras. Y por eso juzgaba que no había ante el nuevo gobierno una ―posición más desinteresada, patriótica, y generosa‖ que la del liberalismo. He ahí la razón por la cual Calibán concluía lo siguiente:

El gobierno sabe que no tiene apoyo mejor ni más sólido que el que le presta el partido liberal. ¿Y por qué le brinda este respaldo y por qué se muestra satisfecho de las orientaciones oficiales? Sencillamente porque salió de la esclavitud a la libertad. De la persecución a las garantías. Del temor a la seguridad. De la miseria a la posibilidad de trabajo. Y el partido no espera a cosa distinta de que esta situación se consolide y la república, que había tenido una pausa trágica, continúe.358 Ninguno de los buenos deseos que Calibán pronosticó se hizo realidad. Si bien el régimen había logrado desarmar una parte de las guerrillas campesinas, y bajar con ello la intensidad del conflicto, los cuatro años que Rojas Pinilla permaneció en el poder no se caracterizaron precisamente por un retorno a la democracia. Las garantías individuales habían continuado

acabaremos de hundirnos sino lo extirpamos. Tengo el triste privilegio de haber predicho cien veces que la violencia aumentaría cada vez más y acabaría por ensangrentar a todo el país. La violencia al fin tomo carta de naturaleza y no sé cómo ni cuándo pueda ser extirpada. Creí con viva fe en la Unión Nacional (…) La pugna entre las dos agrupaciones poderosas empeñadas en combatirse rotundamente, tenía que producir la situación presente. Que no beneficiaría a la postre ninguna de las dos. Ni la unión imposible de todos los colombianos, porque es inevitable y conveniente que las gentes extremistas queden por fuera (…) Creo, como decía alguien, en que el pueblo está cansado de la politiquería verbal, como de la demagogia socializante y de la mística; de los impuestos, cada vez más altos que esterilizan los esfuerzos creadores de la riqueza‖. SANTOS MONTEJO, Enrique. Op. cit.. Enero 2, 1950, en La danza de las horas. Instituto Colombiano De Cultura, 1971, pp. 121-122. 357 El Tiempo, 1 de julio de 1953, p. 4. 358 Ibídem.

suspendidas, tal como sucedía desde el 9 de abril de 1948. Esta situación se hizo insostenible a mediados de 1954 cuando se produjo una segunda oleada de violencia. En el campo, sobre todo en aquellos sitios donde se habían decretado amnistías, los campesinos habían vuelto con la esperanza de recuperar sus tierras pero descubrían que sus propiedades les habían sido definitivamente arrebatadas.359

Para El Tiempo la situación no era sino un ejemplo de la ―crisis moral‖ en la que ―al parecer sin esperanza‖ se hundía el país. Calibán, por su parte, era mucho más pesimista, y veía en ella un retorno a la dictadura:

¿Qué sigue? El señor presidente tiene una buena condición. Está seguro de sí mismo. De su inmensa popularidad. De ese pueblo que representa, según él, la verdadera opinión pública, y que lo rodea. El señor le conserve estas ilusiones. Que por lo menos lo mantenga eufórico. Gracias a ello disfrutaremos todavía (…) de un remedo de libertad. Porque remedo, un poco caricaturesco, es esta libertad, que prescinde del sufragio popular; que gasta los dineros del erario sin el indiscutible control del parlamento; que hace leyes por decreto, y anula, por decreto también, la Constitución (…) El día en que el presidente pierda la fe en sus destinos y se asome a la realidad nacional, y no la comprenda ni la acepte, se desbaratará el tablado y se romperán los diques. Y ahí sí, Finis Colombia!360 Con el paso de los días, se intensificaba la presión que El Tiempo empezaba a ejercer sobre el gobierno de Rojas Pinilla. El 1 de agosto, en el marco de una visita oficial del presidente al Ecuador, y en primera página el periódico publicaba una nota en la que Rojas Pinilla ―aclaraba‖ que su gobierno censuraba a la prensa por motivos constitucionales. Aquel mismo día, el director del diario, Roberto García-Peña, envió el siguiente cable al periódico El Comercio, de Quito:

Según comunica la Associated Press, el presidente Rojas Pinilla declaró que El Tiempo y El Espectador habían aprovechado con fines políticos la muerte en accidente de tránsito de tres personas. Posiblemente el Presidente se refería al asesinato de Emilio Correa Uribe, director de El Diario de Pereira y de su hijo el abogado Carlos Correa, por asesinos que en el Valle son conocidos con el nombre de pájaros, criminales a sueldo de la violencia política. El asesinato de los Correa, que no fue accidente de tránsito como lo quieren hacer parecer, está siendo investigado, pero sus autores materiales, ya bien conocidos, no han sido sin embargo capturados y el crimen continúa impune. Ruégole publicar esta aclaración pues no es posible que la verdad se deforme al amparo de la generosa hospitalidad ecuatoriana.361 El suceso sacó de quicio al Teniente General quien no dudo en clausurar el periódico, en razón de la negativa de su director a realizar una rectificación de la notica. En la noche del 3 de agosto de 1955 las fuerzas de la policía se apoderaron del edificio en donde funcionaba el diario –calle 12 con carrera 17– para catear a los trabajadores y ordenar la evacuación.

359 GALVIS, Silvia y Alberto DONADÍO. El Jefe Supremo. Rojas Pinilla en la violencia y el poder. Bogotá, Planeta, 1988, p. 469-490. 360 El Tiempo, 22 de julio de 1955, p. 4. 361 http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1693414 Consulta realizada el 3 de noviembre de 20012.

Aquella noche se preparaba el número 15701, edición que no vería la luz del día sino hasta el sábado 8 de junio de 1957, 2 años y 4 días después.362

Calibán ya se lo esperaba: ―Los enemigos de la libertad de prensa –había dicho– suelen camuflar sus intenciones liberticidas con el argumento de que la prensa libre es contraindicada en estos momentos de reconstrucción.‖363 Y esa había sido, precisamente, la respuesta que Rojas Pinilla había dado a la prensa ecuatoriana en su visita a aquel país. El rumbo que tomarían las cosas estaba entonces señalado. Sobre El Tiempo pesaba ya la condena.

Enrique Santos Montejo jamás se había callado ante las situaciones que consideraba injustas, y la clausura del periódico no podía ser la excepción. Así que el 15 de agosto de 1955 –ante la imposibilidad de acceder a un medio de comunicación público– decidió enviar al Teniente General Rojas Pinilla una carta privada en la que expresaba las razones por la cuales consideraba erróneas las acciones que el gobierno había tomado en contra del periódico. En su introducción, torciendo la famosa frase de Suetonio –―Salve, César, los que van a morir te saludan‖–, Calibán, con ironía, saludaba al dictador con un ―Ave César, Morituri te salutanti‖ –―Salve, César, los muertos te saludan‖–, porque ―en este caso –aclaraba– no son los que van a morir sino los muertos los que se levantan a presentar póstumo saludo al Imperator implacable.‖364

La mordaz cortesía, además de la agitación que debió generar en el ánimo del dictador, fue un indicio del grado de indignación que Calibán sentía. El contenido de su carta era muestra fehaciente de ello. Con todo, el hecho que más le molestaba a Santos Montejo era que el gobierno presentara la clausura como una victoria democrática mucho más importante que el golpe militar del 13 de junio contra Laureano Gómez, acontecimiento en el cual El Tiempo, al igual que otros medios, había jugado un papel central. ―Apenas es creíble semejante exabrupto –escribió Calibán–, ayuno de justicia y verdad e impropio del poderoso que está seguro de su poder.‖ En argumento de sus palabras, Calibán apelaba a las múltiples manifestaciones de abatimiento e indignación que tanto los políticos como el público lector le habían expresado:

¿Cree Ud. que la clausura de EL TIEMPO es triunfo de la republica y [que] le permitirá gobernar sin tropiezo? Tenga Ud. la seguridad –advertía– de que no hay ciudadano independiente y patriota, liberal o conservador que respalde las injurias vertidas desde los balcones de palacio (…) Ni acepte tampoco los cargos que Ud. emitió contra nosotros. Entre las satisfacciones que suelen traer calamidades injustas como éstas de que ahora somos víctimas, están las innumerables manifestaciones de adhesión de liberales y conservadores respetables. Los quinientos mil lectores de EL TIEMPO han sentido como propia herida y disminución de su haber espiritual la clausura del periódico. Pero su carta, más que una manifestación de indignación, era una protesta, un reclamo histórico que El Tiempo –justificaba– tenía derecho por haber apoyado en su momento al

362 CACUA PRADA, Antonio. Op. cit. p. 314. 363 El Tiempo, 1 de agosto de 1955, p. 4. 364 Carta de Enrique Santos Montejo al Teniente General y Jefe Supremo Gustavo Rojas Pinilla, Presidente de la República, Bogotá, 15 de agosto de 1955. En Biblioteca Luis Ángel Arango, archivo Eduardo Santos, fondo 5, caja 17, carpeta 2, folio 153. Esta carta –señaló Santos Montejo– tenía solo tres ejemplares: una para el destinatario, otra para la oficina de información y propaganda de El Tiempo, y otra para el remitente. Las siguientes citas, si no se indica, provienen de este mismo documento.

líder ―defensor de la libertad‖. Porque era un hecho –afirmaba Calibán– que ―El Tiempo fue factor esencial en el rápido e incruento triunfo del 13 de Junio. [Sin] el respaldo inmediato y colosal de la prensa y el pueblo liberal, el laureanismo habría reaccionado porque tenía muchos elementos de defensa. Apoyamos al gobierno sin reservas. Mereciendo por ello el calificativo de prensa arrodillada.‖ Y ante semejante hecho, concluía Santos Montejo, no quedaba más remedio que aceptar la traición, y encararla con valor:

Nosotros los escritores de EL TIEMPO, los empleados y trabajadores y la familia Santos no estamos ni abatidos ni sorprendidos por lo que acaba de ocurrir. No teníamos por qué escapar a la dura suerte que en otros países han sufrido los amigos de la libertad. Sabemos que es apenas el principio. Los que puedan, buscarán bajo los cielos el trabajo y las garantías que aquí les falten. Los Santos se quedarán en la tierra que los vio nacer. Pase lo que pase. Carlyle decía que la peor de las catástrofes no podía quitarle sino una sola cosa, la vida. Que de todos modos había de perder tarde o temprano. Goethe que un final terrorífico es mejor a un terror sin fin. El país va de tumbo en tumbo. Usted y yo solo somos dos accidentes; pero yo tengo un privilegio que a Usted le está negado. Sobre la tumba en donde reposen mis huesos no caerán maldiciones porque a nadie le hice mal. El olvido me cubrirá muy pronto, a Ud. no, porque lleva sobre sus hombros el más terrible peso que ha cargado hombre alguno en Colombia. Y no tendrá derecho al olvido… Cerrado El Tiempo, Gabriel Cano le abrió un espacio a La danza de las horas en el Espectador, y lo mismo hizo, por su parte, El Correo de Medellín. Pero Calibán quería hablar desde su propio campo. Así que fundó, en compañía de su hermano Eduardo, el 21 de febrero de 1956 Intermedio. Su nombre lo decía todo. No se trataba de un periódico que empezaba de cero, sino de uno que cargaba con la experiencia de un hombre que, como él, llevaba ya 70 años sobre la tierra y más de 50 escribiendo cada día. Por eso con arrojo, en su primer número –tuvo 458– le expresó al régimen de Rojas Pinilla lo que verdaderamente creía, y no sólo sobre la política, sino sobre la vida misma:

Colombia es realmente un pueblo ideal –dijo en aquella ocasión–. No tenemos ninguno de los graves problemas que gravitan sobre casi todo el resto del orbe. Ni internacionales. Ni cuestiones raciales, como las que abruman a Bolivia, el Perú y el Ecuador. Ni religiosas, porque todos somos católicos. Ni en el fondo políticos, porque entre liberales y conservadores no hay abismos de ideas tan grandes, como para impedir todo acuerdo. En materias económicas y sociales, tampoco hay divergencias. [Por esta razón la verdadera cuestión es esta:] Carl Sandburg formuló hace poco su concepto de la felicidad, en los siguientes postulados: No estar en la cárcel. Comer y dormir regularmente. Conseguir que lo que yo escribo sea publicado en un país libre y para un pueblo libre. Gozar de un poco de amor en el hogar, y de un poco de afecto fuera del hogar. Es una formula simple y sencilla. ¿Necesitó Sandburg 79 años de su vida para concretar su filosofía en estos cuatro puntos? Esa será también la base de lo que me resta de vida. Sobre todo si el punto tercero puede ejecutarse plenamente.365

365 CALIBÁN. Op. cit., pp. 674, 675-676.

El tiempo le daría la razón, no volvió a escribir artículos políticos hasta que el 10 de mayo de 1957 cayó el dictador. El tono reposado de su primera intervención contrastaba con el entusiasmo que dejó ver en aquella ocasión del fin de la dictadura:

¡Qué grande es Colombia! ¡Qué valiente, abnegado y generoso el pueblo en todas sus clases! No lo intimido el formidable aparato militar (…) suspendió cualquier actividad no destinada al fin único: restablecer la democracia. Derribar al tirano. ¿Qué nación puede mostrar el ejemplo maravilloso de que sus banqueros, sus industriales, sus comerciantes que en dondequiera son tímidos, adictos a la autoridad, cuidadosos de sus intereses, se pusieran a la cabeza de este movimiento libertador y aseguraran con su energía y su desprecio de las amenazas, el éxito final? En esta patria que echó a la calle a los niños y a las mujeres, artífices de la victoria. Yo los vi, los admiré, los envidie. Yo los vi pasar, desafiando a los esbirros riéndose de ellos, exhibiendo en todas partes el entusiasmo indómito de sus pocos años y de su pequeño corazón. Y no sólo eran los varones, las niñas también. Capítulo aparte merece el clero, con el cardenal a la cabeza. Gratitud eterna de la democracia hacia religiosos, como el padre Velásquez, que pasará a la historia a la par de un Morelos. ―El Catolicismo‖ que circuló ayer le dio a la Bestia el puntillón final (…) Hemos conquistado por segunda vez la independencia y la dignidad. El 10 de mayo será una fecha tan grandiosa como el 20 de julio (…) Y para terminar este rápido bosquejo de la magna jornada, rindamos un homenaje a esas dos figuras cimeras de la Patria, Alberto Lleras Camargo y Guillermo León Valencia. Sin temores, sin vacilaciones, sin un momento de duda, sin pensar en las cien mil bayonetas que sostenían el régimen dieron la voz de mando. Estuvieron en todas partes. Le inspiraron fe al incrédulo (…) El dictador se ha fugado, pero no como el general Reyes, por patriotismo y con los bolsillos vacíos. Va a disfrutar de los millones que él y su yerno y sus familiares le robaron al sudor de los trabajadores. No hay que pensar en el remordimiento de Rojas Pinilla, porque ese es un hombre insensible, ajeno a todo sentimiento noble (…) No hay ejemplo en la historia de un sujeto que pudo ser un segundo Libertador y prefirió convertirse en gánster (…)366 Para Calibán la patria nuevamente había sido salvada. El país se aprestaba, entonces, a poner en marcha un nuevo experimento político: El Frente Nacional (1958-1972). Como muchos liberales, Enrique Santos Montejo veía en aquella aventura política una opción que coronaba una antigua idea suya, la unión de los partidos en beneficio de la nación. El período frentenacionalista lo vivió casi de ―cabo a rabo‖, sino es porque la muerte lo sorprendió el 28 de septiembre de 1971. En el ínterin del Frente Nacional su Danza de horas abandonó la política y se convirtió en un espacio dedicado –diría– a ―Instruir deleitando, o de deleitar nada más‖367. Epílogo. El escritor y su público Enrique Santos Montejo, el periodista que bajo el seudónimo de Calibán había librado mil batallas; el hombre público al que jamás vencieron ni los políticos, ni los sacerdotes, ni los dictadores; el intelectual que pudo ver y comprender un país que cambió radicalmente su semblante a lo largo del siglo XX, se despedía de sus lectores y del mundo no sin antes

366 SANTOS MONTEJO, Enrique. Op. cit., pp. 133-138. Tomado de Intermedio, 10 de mayo de 1957. 367 CALIBÁN. Op. cit. p. 676. Tomado de Intermedio, 21 de febrero de 1956.

dejar de reivindicar el oficio y la tarea que se había impuesto, la de escribir para el público, base de toda democracia.

Estoy de regreso al mundo de los vivos. Después de soportar durante un mes este azote mal llamado gripe con que Jehová castiga hoy las faltas de la humanidad. Fueron treinta días de tortura e inconsciencia. Porque esta gripa afecta todo. Desde el cerebro hasta los pies. En fin, ya pasó y me encuentro de nuevo frente a mi Olivetti, bastante desentrenado, pero resuelto a seguir sin desmayo en esta tarea, a veces tan vana, de escribir para el público. ¿Cuántos millones de cuartillas habré emborronado? Todas se las llevó el viento. Y dentro de poco tiempo no quedará de ellas sino lo que mis hijos, contra mi voluntad, recogieron en un libro, que no he querido releer. Empero, este papel de escritor es base de toda democracia y de todo progreso. Sin nosotros, los esclavos de la pluma, ¿qué sería de este mundo?368 Murió Calibán fiel a un quehacer, siempre animado por el desenvolvimiento de la política nacional y mundial. En la columna Lluvia de flores de su Danza369, el 16 de febrero de 1969, describió con entusiasmo pueril la preocupación por su salud que le asistía a un posible lector anónimo: ―A casa llegó un simple obrero a preguntar cómo estaba yo. ―¿Y cómo es su nombre? ‖, le preguntó la persona que lo recibía. ―No importa. Lo que yo quería saber era el estado de su salud‘‖. Para Calibán, seguramente, el reconocimiento más preciado al que puede aspirar cualquier escritor.

Epílogo El legado de Juan Manuel Santos Calderón Esta investigación colectiva, realizada por cuatro historiadores profesionales, ha comprobado documentalmente el legado familiar del actual presidente de la República de Colombia, Juan Manuel SANTOS CALDERÓN, quien resultó ser:

Hijo de Francisco Enrique SANTOS CASTILLO (Tunja, 12.04.1917 – Bogotá, 25.11.2001) y de Clemencia Calderón Nieto (Bogotá, 4.03.1922 – 05.2000). Nieto de Enrique SANTOS MONTEJO, seudónimo ―Calibán‖ (Bogotá, 15.07.1886 – 28.09.1971), quien casó en Tunja (1911) con Noemí Castillo Montejo (Tunja, 1882).

Sobrino nieto del presidente Eduardo SANTOS MONTEJO (Tunja, 26.10.1888 – Bogotá, 27.03.1974)

Bisnieto de Francisco Urbano SANTOS GALVIS (Coromoro, c21.08.1848 –Curití, 15.01.1900) y de Leopoldina Montejo (Tunja, 3.11.1857 – Bogotá, 31.08.1936). Tataranieto de José María Eduardo SANTOS PLATA (bautizado en Charalá, 14.10.1778 – Cincelada, c1851) y de Antonia Facunda Galvis Galvis (bautizada en Curití, 13.06.1815 – Curití, 25.06.1904). Sobrino tataranieto de María Antonia SANTOS PLATA, bautizada en Pinchote (11.04.1782) y fusilada en la plaza del Socorro (28.07.1819).

368 El Tiempo, 29 de septiembre de 1971, p. 10-A. 369 CALIBÁN, La danza de las horas, 1971, p. 148.

Chozno (hijo del tataranieto) de Pedro SANTOS MENESES (Pinchote, bautizado en el Socorro, 15.10.1737 – Cincelada, 2.02.1797) y María Petronila PLATA RODRÍGUEZ (Socorro, bautizada el 22.05.1749 – Cincelada, 2.10.1816). Capitán de los comuneros de Pinchote en Zipaquirá (1781), apoderado del vecindario para las diligencias de erección de la parroquia de Pinchote (1772–1782). Propietario de una hacienda de cañas y ganados en el partido de El Hatillo, parroquia de Cincelada, fue dos veces alcalde partidario de ella.

Bischozno de Isidoro Manuel SANTOS y doña Francisca Meneses, probablemente bautizados en la parroquia del Socorro y vecinos del valle de Pinchote.

Primo quinto del general José SANTOS (Charalá, 1835 – Charalá, 26.09.1900), quien fue gobernador de Santander y de Boyacá, y también secretario de Guerra y Marina (14 agosto 1899 a 1º mayo 1900) de la Administración Sanclemente.

Desciende el actual presidente de Colombia de una de las familias que se reprodujo en las haciendas paneleras y ganaderas de los valles de Pinchote y de Cincelada, cuyo patriarca, don Pedro Santos Meneses, fue dos veces alcalde partidario de Cincelada y uno de los capitanes de Pinchote presentes en Zipaquirá durante el año de la revuelta de los Comunes de la provincia del Socorro. Uno de sus hijos, don José Matías Santos Plata, fue en 1810 el alcalde partidario de Cincelada, y otro más, don José Joaquín Santos Plata, hizo las diligencias para agregar a los ―ciudadanos‖ de la parroquia de Cincelada a la autoridad de la junta de gobierno que se estableció en la villa del Socorro con la revolución, encabezando con su hermano la ceremonia de acatamiento al acta constitucional del 15 de agosto de 1810. Toda la familia Santos Plata se involucró en el movimiento revolucionario que desconoció la autoridad del Consejo de Regencia e instauró el Estado provincial del Socorro, y durante la reconquista española varios de sus miembros participaron en la guerrilla patriótica de Coromoro. Como consecuencia, María Antonia Santos Plata fue fusilada en la plaza del Socorro el 28 de julio de 1819, y su sobrina y ahijada de 13 años y medio, María Elena Santos Rosillo, fue asesinada por un soldado español en la sacristía de la iglesia de Charalá, el 4 de agosto de 1819, durante la acción militar contra los vecinos de esta parroquia. El liderazgo político de don Pedro Santos Meneses en Cincelada y en Pinchote, y el de sus hijos Matías, José Joaquín y Fernando Santos Plata, fue determinante para la desagregación de las parroquias de Cincelada, Coromoro, Onzaga y San Joaquín del corregimiento de Sogamoso y su adscripción, durante la revolución, al Estado provincial independiente del Socorro. Esa vocación por el liderazgo político es uno de los legados más antiguos del presidente actual y se remonta a los tiempos anteriores a la revolución de independencia. La vinculación de la familia Santos con la familia Galvis de Curití solo se produjo con el segundo matrimonio de don José María Eduardo Santos Plata con doña Antonia Facunda Galvis Galvis. Este enlace trajo al mundo al doctor Francisco Urbano Santos Galvis, nacido en la hacienda familiar de El Hatillo en 1848 y bautizado en la parroquia de Coromoro. Fue este el primer Santos que se hizo abogado en Bogotá y que ingresó a la política nacional bajo las toldas del liberalismo radical, con lo cual asistió a la Cámara de Representantes como diputado del Estado soberano de Santander. Con esta actividad política aportó el segundo legado del presidente Santos: la publicación de periódicos liberales eleccionarios. Los dos primeros fueron los semanarios El Corresponsal (1878) y

El Republicano (1882), salidos de las imprentas bogotanas, gracias a la pluma del doctor Francisco Santos Galvis. Este legado del periodismo liberal fue transmitido a sus hijos Santos Montejo, casi todos nacidos en Tunja, quienes ligaron sus nombres a la revista político-literaria La Linterna (1912-1919) de Tunja y al diario El Tiempo de Bogotá, la actividad que trajo a esta familia el premio Cabot de libertad de prensa y relaciones interamericanas que concede la Universidad de Columbia. También escribieron para la Revista de la Sociedad de Agricultores de Colombia, El Nuevo Tiempo, la Gaceta Republicana, el diario El Comercio de Bogotá, y las revistas Cultura, Cromos, El Gráfico y Sábado.

La actividad partidista y sus dotes de publicistas convirtieron a Eduardo y Enrique Santos Montejo en faros de la opinión pública nacional, con lo cual el primero terminó ocupando la presidencia de Colombia entre 1938 y 1942, un reconocimiento a la posición determinante que ocupó en la escena política nacional durante tres décadas. Mucha distancia hay entre la alcaldía del partido de Cincelada y la presidencia de Colombia, pero ambas posiciones tienen en común el liderazgo social tenazmente sostenido contra todas las dificultades.

Pese a la trampa del olvido, hay que recordar que el general José Santos había ocupado una posición de liderazgo nacional durante la última década del siglo XIX, como hidalga figura del nacionalismo en las gobernaciones de Santander y de Boyacá, así como durante el año inicial de la Guerra de los Mil Días como ministro de Guerra de la Administración Sanclemente. Importa rescatar este legado, injustamente ignorado porque fue hecho bajo las toldas del ideario de la experiencia regeneradora, ya que se trató de la razón del nuevo régimen de estado que resolvió los problemas políticos de la experiencia federal, el primero de ellos la recuperación de la soberanía indivisible para la nación colombiana. La agenda de caminos y colegios que caracterizó las administraciones del general Santos, bajo la atenta inspección de los agentes estatales, se completó con su voluntad de nacionalización de la memoria social por medio de un completo calendario de conmemoraciones patrióticas.

La peculiar experiencia de esta familia Santos, originada durante la segunda mitad del siglo XVIII en unas honradas parroquias del actual departamento de Santander, que gracias a su vinculación con familias de Curití y de Tunja se instaló finalmente en Bogotá para dominar el horizonte político nacional desde la segunda mitad del siglo XIX, hace del presidente Juan Manuel Santos Calderón un heredero. Su extenso legado es una combinación de liderazgo social y actividad periodística para la publicidad de un ideario liberal que podría contribuir a institucionalizar un régimen político conveniente para la necesidad de convivencia de la nación colombiana. La prudencia y generosidad de Eduardo Santos Montejo rayó muy alto en el horizonte de la política nacional. La defensa de la libertad de prensa y la orientación de la opinión pública que representó su hermano Enrique es uno de los legados del periodismo colombiano. El patriotismo del general José Santos marcó los derroteros de la educación en Santander y en Boyacá.

La opinión nacional mira desde el 2010 la actividad de este heredero al frente del poder ejecutivo del Estado colombiano. Se trata del segundo miembro de la familia Santos que llega a tan alta posición en la constelación de las fuerzas políticas de todo el país. Las decisiones que toma todos los días son de su entera responsabilidad, pero al menos si mira hacia lo ya acontecido a su familia, desde su chozno de la parroquia de Cincelada, debe saber que si se equivoca no es por falta de experiencias acumuladas de las que podría aprender.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.