Las mujeres en la época de la revolución
Armando Martínez Garnica
6.339 palabras · unos 32 minutos de lectura
Una época revolucionaria
Las chisperas del pueblo bajo: participación política
Chisperas famosas
Desmanes de las chisperas el día 13 de agosto de 1810 en Santafé
Las mujeres santafereñas en el día de la transfiguración política, lunes 6 de mayo de 1816
Una oportunidad para la liberación
Movilizarse tras los milicianos
Permitirse libertades antes imposibles:
-El matrimonio de la una marquesa momposina con un cadete de Granada
-Casarse con un desconocido de otro natural
-Casarse con hombres de casta inferior
Damnificadas por el violento desorden
Las emigradas
Las viudas
El activismo de las monjas realistas
Las suicidas
Mujeres castigadas:
Castigo a las chicheras del cantón de Sogamoso
Castigo a las señoras ilustres de Santafé
Las mujeres mártires
Las mujeres dispuestas a sacrificar a sus hijos
Mujeres que mantuvieron el orden y las vidas
Las mujeres en la pintura del tiempo de la revolución
Una época revolucionaria
Una época revolucionaria se caracteriza por el despojo del poder soberano a quien hasta entonces lo ejercía, seguido por una cruenta lucha por la restitución de la nueva persona jurídica que en adelante se asegura el ejercicio de la soberanía. Es un tiempo de guerra civil, con sus consecuencias drásticas en la vida cotidiana de todas las personas. Entre 1810 y 1819, los pueblos de las provincias del antiguo Nuevo Reino de Granada “se alzaron con la soberanía” del rey Fernando VII, que la recuperó temporalmente en 1816, pero en la Villa del Rosario fue transferida a la Nación colombiana.
El período de tránsito de la soberanía de una persona jurídica a otra, como transición del régimen de Estado, se caracteriza por una quiebra de las instituciones del control social que hasta entonces habían mantenido un orden. Usando una metáfora, es una “borrachera” de sentimientos y pasiones, de licencias de la voluntad y de suspensión del juicio ético, expresadas en asesinatos, violaciones de cuerpos, robos y ajustes de cuentas antiguas. Aflora lo inesperado en las conductas de las personas y la moralidad salta en pedazos. En esas circunstancias, la vulnerabilidad de las distintas clases de mujeres queda expuesta a las distintas variedades de persecuciones y violencias, generando toda la amplia gama de respuestas, desde la más abyecta hasta la más heroica.
Las mujeres en la pintura del tiempo de la revolución:
José María Espinosa y sus cuadros de las batallas libradas por el Ejército de Cundinamarca en las provincias de Neiva y el Cauca (Museo Nacional)
Las chisperas del pueblo bajo
Chisperas famosas:
Bárbara Forero, es compañera de la Matilde, que se presentó en público a arengar, se preciaba de tener escuela pública y abierta en su casa para enseñar a sus compatriotas los bellos modales, etc.; es natural de Zipaquirá y ha salido desterrada en 1816 a Suesca.
Carmen Rodríguez, natural de Guatavita (1777), casó con don Luis Gaitán y fue la madre de los generales José María y Alejandro Gaitán Rodríguez, y la abuela del general Ricardo Gaitán Obeso. Murió en Bogotá en 1852. Chispera en la Santa Fe del 20 de julio de 1810. Fue desterrada por Morillo en 1816 a Tocaima. Regresó a Santa Fe al año siguiente y enroló entre las auxiliares de las guerrillas de los Llanos. Capturada de nuevo, se salvó del patíbulo gracias al resultado de la Batalla de Boyacá. Fue la única mujer presa por la conspiración que intentó matar a Bolívar en 1828, y se enfrentó a la dictadura de Urdaneta en 1830.
Desmanes de las chisperas el día 13 de agosto de 1810 en Santafé
Don José María Carbonell y otros insistieron al pueblo para que pidiesen que pusiesen al ex virrey y a la ex virreina en el Divorcio. Todos lo pedían a gritos, pero es de advertir que los que pedían esto era la gente baja, pues no se advertía que hubiese gente decente… la infame plebe de mujeres se juntaron y pidieron la prisión de la ex virreina al Divorcio. Formaron estas una calle desde el convento de La Enseñanza hasta la plaza, que pasarían de 600 mujeres. Como a las cinco y media la sacaron del convento, y aunque la iban custodiando algunos clérigos y personas de autoridad, no le valió, pues por debajo se metían las mujeres y le rasgaron la saya y el manto, de suerte que se vio en bastante riesgo, porque como las mujeres, y más atumultuadas, no guardan ningún respeto, fue milagro que llegase viva al Divorcio. Las insolencias que se decían eran para tapar oídos.
Día 14 de agosto de 1810: Este día se juntó toda la nobleza en la plaza y pidió a la junta que sacasen a los ex virreyes de la prisión y los llevasen al palacio. Lo consiguieron, fue la junta a la cárcel y lo sacaron con una solemnidad no vista. Las señoras fueron al Divorcio y sacaron a la ex virreina y la condujeron al mismo palacio.
Las mujeres santafereñas en el día de la transfiguración política, lunes 6 de mayo de 1816:
Entre las 10 y 11 de la mañana, como en el monte Tabor, se produjo en Santafé una transfiguración política. Las mujeres salieron como locas por las calles con banderitas y ramos blancos, gritando vivas a Fernando VII. Entraron en tumulto al palacio y cubrieron todos los balcones, y cuando entraron los curros a las once, ellas desde el balcón les echaban vítores con mucha alegría y algazara.
Una oportunidad para la liberación
Cuando estalla una conmoción revolucionaria, o un desastre ambiental, muchas mujeres encuentran la oportunidad para escapar de su miseria doméstica, causada por sus padres, maridos o hermanos. Son las “desaparecidas” en toda conmoción política o ambiental. Los caminos de su escape son muy variados, y uno de ellos es acompañar a un hombre dispuesto a llevarlas consigo.
Movilizarse tras los milicianos
La anónima mujer de un soldado colombiano en las batallas del Alto Perú, 1824.
“Recuerdo que uno de los temas de complacencia y saladas especies en aquel almuerzo fue la salud a toda prueba de la madre de un niño nacido en la peligrosa noche de la pampa de Matará [Camino del Cuzo a Huamanga, 3 de diciembre de 1824]. Esforzada mujer de un soldado colombiano, habíalo acompañado desde su tierra en marchas y batallas; el alumbramiento no la atrasó un día, y madre y niño estaban en su puesto en nuestro campo y siguieron triunfantes hasta la remota Chuquisaca. Seis años más tarde (1830) ella me reconoció en Tocuyito de Venezuela, y marido y mujer continuaban inseparables. Dios sabe cuánto esas hermanas militares de la caridad aliviaron la ímproba tarea de nuestra independencia, desde sacar agua y víveres, como Moisés, hasta de las rocas del desierto, y hacer el rancho y vendar las heridas, hasta cargar pertrechos y fusiles y espiar a su manera al enemigo”.[1]
El caso de las charaleñas de 1819
El cura de la parroquia de Charalá, Pedro José de Vargas, informó al general Bolívar el 2 de septiembre de 1819 que el 27 julio anterior se habían presentado en esta parroquia el coronel Antonio Morales, uno de los protagonistas de los palos dados al comerciante José González Llorente en la mañana santafereña del 20 de julio de 1810, y el comandante de la guerrilla de Coromoro, Fernando Santos (hermano de la sacrificada Antonia Santos Plata), con cosa de 100 hombres de pelotón, que traerían como 50 fusiles, como 40 lanzas y chuzos de caña brava. Convocaron todo el vecindario y los demás pueblos que la rodean, se juntaron como 800 hombres desarmados. Se quejó de que estos, en vez de dar medidas de defensa en los siguientes ocho, se habían pasado “todas las noches en diversiones y en fandangos en casa de Pedro Agustín Vargas. Agregó que en varias ocasiones había visto al coronel Morales “plácidamente con una fulana en galanterías y ofrecimientos a su persona, dejando en manos de sus subalternos las decisiones que le eran consultadas, en vez de enfrentar las circunstancias con la seriedad inevitable. A esta conducta atribuyó la masacre que las tropas de pardos venezolanos habían hecho el 3 de agosto siguiente, que almas timoratas han renombrado como “Batalla del Pienta”. Cuando el coronel Morales huyó hacia las montañas de Cincelada llevó consigo a “la fulana” de nombre desconocido.
La gran magnitud de mujeres movilizadas al hospital militar de Bucaramanga, según las anotaciones del párroco Juan Eloy Valenzuela en su libro de defunciones de la parroquia de San Laureano de Bucaramanga (1824 a 1826)
-Bautista Bravo e Isabel Leal, advenedizas de Cácota, llegadas al común refugio de haraganes, mendigos, rateros y viciosos.
-Maria Sinforosa de Valdivieso, soltera advenediza, al Común de Bucaramanga.
-Leonarda Rangel, soltera, gitana de Cúcuta, de donde apareció.
-María Josefa Villamizar, soltera advenediza de Tutepa.
-Manuela Celis, mendiga que de Girón acaba de venirse a la proveeduría y almacén de esta parroquia.
-Gregoria Colmenares, atraída del hambre, y por eso refugiada a la Bodega Universal, y muladar privilegiado.
-Gerarda Carreño, mi feligresa sans-culotes, pues así son todos los que se avecindan, en que hay más de garra y pico.
-Catarina Hernández, soltera advenediza que recibió los sacramentos de partida, y murió en la indigencia y miseria propia de su abandono y libertinaje, prefiriendo la vida vaga y paridora a un partido cómodo de concierto y servicio.
-María Josefa Gómez, mis feligreses en la clase, o sea rango de los encamisados y mendigos.
-Nepomucena Bautista, advenedizos sansculotes o sin bragas, del Páramo al refugio de Aragonés.
-Josefa García, soltera habituada a la tuna de balde.
-Josefa Suárez, mendigos de por vida.
-Natividad Bueno, matriculada en la famina y miseria.
-Josefa Galvis, advenediza mendicantes.
-Vicente Vargas y Natividad Puentes, apuntados en el gremio de los encamisados.
-Anita Vega, apuntada en el escuadrón de las venales y encamisadas.
-Pedro Piña y Susana Castro, consortes alistados en los escuadrones de indigencia y desidia.
-María Paz Arciniegas, soltera de la plebe gitana, que se ha venido con su madre de Pie la cuesta.
-María Zavala, soltera advenediza de la Mano del Negro, en miseria completa y lazarino iniciado.
-Juan Bernardo Arias y Paula Nava, venidos de Pielacuesta en indigencia y desnudez.
-Ana María Vega, soltera y limosnera, venida de Rionegro.
-Pantalón Patiño y Lina Mora, venidos de Girón por indigentes.
-Vicente Reyes y Casimira Consuegra, apuntados en guarapo, insolvencia y hambre.
-Magdalena Cruz, soltera recién advenida de Girón, al centro común de inmundicia y miseria.
-María Antonia Piña, limosnera aventada de Rionegro.
-Felipe Cabrera y María Ariza, indios mendigos.
-Felipe Rodríguez y María Rodríguez, recién aventado de Rionegro.
-Alexo Guarín e Isidora Pérez, aventados a la guarida común de los hambrientos y encamisados.
-Domingo Espinosa y Wenceslada Mantilla, aventados de Aratoca buscando candela.
-Dionisio Caballero y Andrea Cristancho, mis feligreses encamisados.
-Fermín Delgado y Antonia Ruiz, matriculados en la desidia y miseria.
-Ignacio Prieto e Inés Cuellar, adventados de Girón a la sentina de mendigos y malvados.
-Eloy Esteban y Teresa Liévano, alistados en el Batallón de banderas rotas.
-Victoria Santos, soltera advenediza de Cucutilla.
-Simona Abreu... de la clase consumidora y que apenas da estiércol.
-Francisca Hernández, soltera paridora advenediza de Rionegro, con la miseria propia de su oficio.
-Una forastera insignificante... hija de la miseria, ahijada de la suciedad, de corona a jarretes.
-Juliana Ariza, advenediza de Rionegro, huyendo de la imbombera y necesidad.
-Catharina, soltera, de buena sangre, pero criada por una mujer caritativa, y después dada al escándalo, a la tuna y libertinaje, que la condujeron a muerte miserable.
-Ana Josefa Arias, corrida de la miseria y refugiados a la sentina común del cantón.
Permitirse libertades antes imposibles:
El matrimonio de la una marquesa momposina con un cadete de Granada
Había en Mompox una espléndida y grandiosa casa, mejor dicho, un palacio, morada de la segunda marquesa de Torre Hoyos, doña María Josefa de Hoyos y Hoyos, donde fue alojado el general Pablo Morillo con su cuartel general y la oficialidad toda.
La marquesa era una de esas mujeres que llaman la atención por su garbo y hermosura. Joven todavía, tenía 37 años, había quedado viuda del regidor Mateo de Epalza y Santacruz y era dueña de una fortuna inmensa representada en haciendas y ganados en el Valle de Upar, esclavos y minas de oro.
No pocos oficiales, cuando venían de sus oficinas o de tirar balazos a los cocodrilos del río, a sentarse a la mesa, con la desenvoltura propia de su oficio, solían clavar sus ojos exploradores en los negros y rasgados de aquella millonaria, que podía sacar a uno de trabajos. Pero ella se mostraba altiva é inabordable. Al general en jefe lo trataba como una reina a uno de sus súbditos.
Con nosotros iba un cadete del regimiento de Granada, joven tímido, pero muy buen mozo. Tenía 17 años y se llamaba Juan Antonio Imbrechts y Archimbau. La opulenta viuda le echaba a veces unas miradillas disimuladas, que todo el mundo notó, menos el interesado, que era tal vez el único á quien nunca se le había pasado por la imaginación dirigirle una galantería.
El 17 de marzo de 1816, al despedirse el general de aquella dama, pues partíamos a la mañana siguiente, la hizo mil ofrecimientos y le manifestó de una manera expresiva su gratitud, por la generosa hospitalidad que le habíamos merecido.
—Eso no vale nada, general— le contestó ella—; pero ya que usted se muestra tan galante, voy a aceptar sus servicios pidiéndole a usted un favor.
—¡Cómo! ¿Seré yo tan feliz, marquesa, que pueda servirla de algo?
—Sí, señor; y mi súplica le va a parecer a usted extraña. Para no sufrir un desaire, que me sería bochornoso y sensible, después de formulada mi petición, necesito que usted me prometa acceder a ella de antemano.
—Está concedida, señora; tiene usted mi palabra.
—Pues dé usted la licencia absoluta al cadete Juan Antonio Imbrechts.
Morillo quedó desconcertado:
—Pues qué, marquesa —le preguntó, después de una pausa— ¿lo necesita usted para mayordomo?
—Lo necesito para marido— dijo con la mayor frescura la gallarda mujer.
—Señora marquesa —interpuso el comandante de húsares, don Manuel ViIlavicencio—, le suplico no se burle de ese pobre muchacho; es mi amigo, y me está recomendado por su padre.
—No me burlo, caballero; y la prueba es que le invito a usted a que sea nuestro padrino de casamiento esta misma noche.
—¡Pues no parecía bobo el mozo que con tal sigilo hizo tan envidiable conquista!— exclamó Morillo, medio vuelto de su asombro.
—Está usted equivocado, general—rectificó la dama.
—Ni me ha escrito, ni me ha dicho una palabra. Pero hace días que a mí me ha entrado el capricho de casarme con él, y todo lo he preparado en secreto, para despedirles a ustedes con la agradable sorpresa de una boda.
—¿Y si él no consintiese? — preguntó ViIlavicencio.
—No se me había ocurrido todavía que ningún hombre pudiera hacerme la injuria de rechazar una mano que a muchos, en mejor posición que ése, he negado. Pero llámele usted, y saldremos de dudas.
Villavicencio salió, y a los cinco minutos volvió con el cadete. Éste, que sin duda había sido informado de todo por su protector, estaba colorado como una amapola. Él, parecía la niña, y ella el hombre.
—Joven —le dijo la marquesa—, le he elegido a usted para esposo mío. El general está pronto a darle a usted la licencia absoluta y Villavicencio a servimos de padrino esta misma noche. ¿Le conviene a usted el negocio? Sí o no: no me gusta gastar el tiempo en amoríos. Ya pasó esa época para mí.
—Señora —balbuceó el favorecido— se me figura que estoy soñando. Tanta felicidad para mí me parece imposible.
—General, estamos arreglados. Extienda usted la licencia e invite usted a todo el mundo a la boda, sin omitir a los soldados, para los que haré poner mesa aparte.
En efecto, aquella noche tuvieron lugar sus nupcias. La marquesa tiró la casa por la ventana. Entre otros magníficos regalos que hizo, dio 200 caballos de sus haciendas del Valle de Upar al comandante Villavicencio para la remonta de sus húsares. El 18, por la mañana, continuamos nuestra marcha…[2]
Casarse con un desconocido de otro natural
María Josefa Piedrahita Sanz llegó con sus padres y hermanas, todos antioqueños, a un campamento del páramo de Guanacas, el Tambo de Gabriel López, cuando terminaba el mes de junio de 1816. Tenía entonces 16 años. Esa noche la pidió al general Custodio García Rovira, de 36 años y natural de Bucaramanga, hasta entonces presidente del gobierno de las Provincias Unidas de la Nueva Granada que la llevara consigo. Huía de la derrota del páramo de Cachirí y había acompañado a la familia Piedrahita en el trayecto de Neiva a Guanacas. Al amanecer, fray Francisco Antonio Florido hizo el casamiento, a petición de la joven. Los nuevos cónyuges continuaron juntos, hasta su captura por las fuerzas españolas, diez días después, en La Plata. Llevado a Santafé fue fusilado el 8 de agosto de 1816 en la Huerta de Jaime, y la joven conoció la viudez, de la cual la sacó en 1824 don Antonio Escallón Páramo. Casarse con un hombre de otro natural, sin mediar noviazgo ni conocimiento, es propio de tiempos de revolución.
Casarse con hombres de casta inferior
-Josefa Manterola, viuda de don Pedro Bencomo desde hacía siete años y a cargo de tres hijos sim amparo, vecina de Barquisimeto, pidió a Pablo Morillo, gobernador y capitán general, desde el pueblo de Yaritagua, el 1º de febrero de 1819, licencia para contraer matrimonio con un pardo libre, Mateo Parra, quien se había ofrecido a mantenerla a ella y a sus hijos. Si no hacía este sacrificio, pronto estaría en posición de mendigar. El cura del pueblo exigió una licencia real para casarlos, por ser pardo el contrayente y en consideración a la real cédula que lo prohibía.
-María Josefa Díaz, natural del pueblo de Petare, pidió licencia el 5 de noviembre de 1819 a Pablo Morillo para casarse con José Manuel Landaeta, un pardo. El cura y el teniente de ese pueblo se oponían al matrimonio con el argumento de que la familia de la novia era de rango superior a la del pardo, pero ella aseguró que esto no era cierto, pues ella era de una familia humilde y de la clase común, “sin ningún lugar entre la gente visible”. De hecho, su hermana María Luisa Díaz ya se había casado con el pardo Francisco Antonio González sin oposición de nadie.
-Ana María de la Merced Pellicer, blanca de 36 años e hija de padres ya difuntos (Don Tomás Pellicer y doña Concepción González), pidió en Caracas al jefe superior político, en 1821, licencia para casarse con el pardo José Salvador Solís, hijo natural de María de Jesús Solís. Como las reales cédulas de 27 de mayo y 9 de septiembre de 1805 regulaban los matrimonios entre personas de notoria limpieza de sangre con negros, mulatos y castas, acudía a solicitar el permiso. Aunque el contrayente era pardo, también era “de notoria hombría de bien” y con “algunos intereses que maneja, e inventarios”. En cambio, ella era pobre y miserable, huérfana y sin bienes de los cuales subsistir. Por su fragilidad y por efecto de su miseria ya había procreado con él tres hijos, y ya llevaba cinco años con él en “torpe amistad”, que podría ser remediada con el vínculo del matrimonio. Su familia no sufriría ningún daño con este matrimonio, y en cambio sus hijos podrían ser legitimados y así educarse cristiana y civilmente, para ser útiles a la Nación. Ante estos argumentos, se le concedió la habilitación y licencia para casarse.
Damnificadas por el violento desorden
La guerra civil que se desata en una conmoción revolucionaria afecta a todas las personas: a los varones adultos, por su incorporación forzosa o voluntaria a los grupos armados; a los niños, por su temprana orfandad o su reclutamiento forzoso; a las mujeres, por su viudez, desplazamiento forzado, violaciones y hambre. Algunas no resisten y ponen fin a sus vida con sus propias manos, pero la mayoría resiste todas las privaciones y violencias de la época.
La emigradas
Don Miguel Castro, vecino de Caracas, emigró hacia Cariaco en 1815 para escapar, “lleno de espanto y temor”, de la entrada de las tropas realistas de José Tomás Boves. Los rumores decían que venían matando a todos. En agosto de ese año, un alcalde de barrio notificó a su esposa, doña Francisca Media Aldea, que debía abandonar la ciudad en el término de cinco días para reunirse con su marido emigrado, pese a que se rumoraba que había muerto. Fue entonces cuando ella se dirigió al gobernador Pablo Morillo para decirle: “¿Cómo es posible se obligue a una mujer honrada y honesta a salir de su casa y país, a emigrar y andar errante en lugares desconocidos, sin marido, sin amigos, ni conexiones de quienes pueda esperar siquiera alguna ayuda o favor?”. Al cuidado de dos niñas, una de 8 meses y otra de dos años, de dos hermanas huérfanas de padre (una de 9 años y la otra de 11), con su madre enferma en el Hospital de Caridad, siendo “una mujer que en nada me he metido ni meto”, era atropellada por una autoridad. ¿Era acaso algún delito haberse casado? Ni ella ni sus hijas tenían que responder por un delito que no habían cometido, y su marido jamás había tomado armas en sus manos, ni era desafecto a la Corina. Suplicó entonces, el 5 de agosto de 1815, que suspendiera la medida de destierro para ella, sus hijas y hermanas.
Doña María del Rosario de Toro fue otra de las mujeres que se dirigió al Consejo de Indias para rogar protección: no solo habían secuestrado los bienes de su marido, emigrado a la isla de Santo Tomás, sino que también le habían ordenado emigrar tras él en el término de cinco días. Como la orden había sido general para todas las esposas de los emigrados, saldrían de esa provincia más de 3,000 almas a mendigar en alguna colonia extranjera.
La momposina Petronila Germán Ribón, una viuda con tres hijas que se dedicó a los negocios al enviudar, “llevando por sí el manejo de los negocios y mantuvo las relaciones de su casa en Europa y varias plazas de América. Se exiló en 1815 en Jamaica, donde permaneció hasta 1826, cuando regresó a Mompóx. Pero murió allí el 16 de abril de 1827, cuando casi cumplía los 50 años. “El 16 de abril de 1827 a las cinco de la tarde dejó esta morada de dolor la señora Petronila Germán Ribón, natural de la ciudad de Mompox, en donde ha fallecido a los 49 años 9 meses y 15 días de edad. Esta señora, por sus virtudes públicas y privadas, merece bien un recuerdo en las páginas de Colombia. La posteridad mompoxina no dejará de agradecerle, si es justa, los servicios que ha hecho a la causa común, bien señalada por su sexo. De una de las más antiguas familias de su país, dotada de una imaginación viva y de otras felices disposiciones, aprendió lo que el tiempo y su patria enseñaban. Buena esposa, buena madre, constante amiga, vivió sin émulos porque era para todos los que buscaban su amistad, o impetraban su protección, y no tuvo pretensiones que alarmasen la envidia. Viuda en una temprana edad, ella fue a la vez padre y madre de sus tres hijos, y el desembarazo con que llevó por sí el manejo de los negocios y mantuvo las relaciones de su casa en Europa y varias plazas de América, sin olvidar la memoria, borró el vacío del hombre que había faltado en ella. Todos saben los acontecimientos del año de 1810 y el término que puso a estos males el memorable noviembre del año 1811 en que uniformándose los sentimientos de ambos pueblos, el cartaginés se acreditó tan digno de ser libre como un año antes lo había acreditado Mompox; pero pocos tienen noticias de los señalados rasgos de patriotismo de esta señora en aquel entonces por el puro interés de la causa común, los sacrificios que hizo ella, y … ¡aquí un velo! El año de 1815, cuando las tropas españolas ocuparon a Mompox en el terror y confusión de esta sorpresa, abandonando todo salió a pie cruzando bosques y lodazales hasta la plaza de Cartagena. Allí con el húmedo de sus lágrimas mescló el pesar que la devoraba de su país con las alarmas, el aciago aparato de uno de los más memorables sitios, las privaciones, etc. Al evacuarse la plaza salió con los héroes a mendigar en las colonias un asilo que se lo dio en Jamaica el pueblo inglés, este amigo universal. Allí en el retiro de una montaña con el pasto frugal de una filosofía sencilla, aunque desmentida en reacciones con lágrimas, sufriendo males permaneció con sus hijos hasta el año próximo pasado que logró restituirse a su patrio suelo. Este día fue de los más gratos para un alma sensible como la suya. Ella vuelve a pisar sus lares entre las más entusiastas demostraciones de centenares de parientes, amigos y conocidos, cuyos alborotados grupos parecían una acción popular. ¿Cuántas lágrimas virtió en aquel día el júbilo! ¡Cuántos recordaron en el mismo al raro aunque olvidado Pantaleón Ribón! ¡Pero que nada son los placeres de esta vida y qué caprichosa es la suerte! ¡Esta señora desgraciada aún no ha llegado al seno de su patria, después de tantos años de suspirar por ella, cuando ya pertenece a la eternidad! Ella ha muerto dejando amigos y más que nada hijos sensibles que la llorarán eternamente. Perdone mientras tanto el público generoso estas líneas a la gratitud y al amor filial[3].
Las viudas
Doña Merced Silva quedó viuda en la Caracas de 1816 porque los facciosos asesinaron a su esposo, natural de los reinos de España. Rodeada de pequeños hijos y dotada solo con el patrimonio de sus manos, sin casa propia ni con que pagar el alquiler de una casa, pidió la adjudicación de una casa embargada a los patriotas por el Tribunal de Secuestros. Se le informó que no había casas disponibles pero se le ofreció alguno de los ranchos que se encontraban fuera de la ciudad, “por si le acomoda”.
El activismo de las monjas conventuales
-María Alejandra Velasco, huérfana y pobre de solemnidad, vecina de Caracas, cuando se enteró del cautiverio del rey Fernando VII por Napoleón hizo la promesa de servir durante un año en un convento, a cambio de que Dios le concediera su deseo de liberar a su rey. En 1816 fue al convento de las monjas carmelitas de Caracas para pagar allí su promesa, pero le dijeron que los estatutos de esa orden religiosa no permitía la admisión de mujeres en clase de sirvientas. Pidió entonces a la Junta de Secuestros de bienes de emigrados que le permitieran pagar su promesa en una casa embargada al difunto Conde Tovar, donde se habían recogido muchas infelices que no tenían con que subsistir, donde trabajaría como sirvienta del convento a cambio de un cuarto, La Junta le concedió la pieza solicitada.
-En la carta del coronel Antonio Morales al general Santander desde Pasto, 11 de febrero de 1821, se lee: “Las calles estaban cubiertas de un inmenso pueblo que gritaba sin cesar: viva muestro rey don Fernando VII. Una monja gritó “mueran los insurgentes” e hizo lo mismo una mujer del bajo pueblo… Creo que el bochinche nos seguirá en el tránsito, y si siguiere nos sacrificaremos por la paz”.
Las suicidas
“Aburrida de la miseria”. En El Republicano de Popayán, 1827. Reproducido en El Conductor. Bogotá. No. 3 (9 feb. 1827), p. 10 (Variedades). “Cruel suicidio. Una mujer de edad de 48 años, aburrida de la miseria, se ha quemado en Pasto, su patria. Para verificarlo esperó la noche, y que sus hijas estuviesen dormidas. Un horno de sazonar pan, preparado por ella misma, sirvió de pira a su bárbaro heroísmo. Por la información que se siguió acerca de este inaudito suceso resulta que la tal mujer desde su tierna edad decía que tenía ganas de quemarse viva. ¡Extravagante deseo! ¡Resolución desesperada!”
Castigos a mujeres
El castigo a las chicheras del cantón de Sogamoso
Se originó en un chisme falso: el supuesto envenenamiento de unos 50 soldados de un contingente de pardos venezolanos por las vendedoras de chicha de maíz, una bebida tradicional en ese tiempo. Desde su cuartel general de Sogamoso, el general Bolívar escribió una comunicación al general Santander, el 29 de marzo de 1820, para decirle que estaba asombrado por el hecho de haber perdido más de cincuenta soldados de la división Valdés en menos de cuatro días, más cien que estaban en el hospital, lo cual hacía sospechar que se trataba de un siniestro plan de envenenamiento con chicha de maíz, en el cual estarían implicados los dos alcaldes ordinarios y todo el vecindario godo. Por ello estaba resuelto a “hacer pasar por las armas” a todos los que resultasen culpables. Adicionalmente, giró instrucciones a los gobernadores de todas las provincias del norte para que procedieran a asegurar “todos los curas y vecinos notoriamente enemigos de la causa”, embargando sus bienes. Su intención era remitirlos a Angostura para usarlos como rehenes, para que sus familias entendiesen “que su padre, hermano o deudo perderá la vida si el gobierno de Cundinamarca recibe el menor perjuicio de ellas”.
Hoy conocemos el efecto de esta disposición del Libertador presidente: José Antonio Romero fue fusilado y embargados sus bienes, Francisco Abello y su esposa, María Joaquina Pérez (hermana de dos chicheras involucradas) fueron desterrados a Angostura; dos chicheras (Carmen y Rita Pérez) fueron desterradas a Angostura y una (Isidora González) fue fusilada; ocho mujeres más, acusadas de ser “partidarias de los godos”, también fueron remitidas a Angostura sin proceso alguno y “en derechura”; y muchos otros fueron enviados presos a Santa Rosa de Viterbo ante el oficial Justo Briceño.[4] La defensa que el doctor Antonio Malo hizo de estas gentes, “en defensa de su honor y el decoro de la provincia”, nos aproxima a la verdad de la injusticia del gobierno militar: había sido la mala calidad del agua y la pésima dieta dada a unos soldados “nacidos y criados en los calurosos países de la costa de Venezuela”, durmiendo en el suelo de un hospital, más las sangrías “aplicadas temerariamente por fray Ignacio Mariño, que no sabe las obligaciones de un médico”, y el uso del “tártaro emético” como medicina, la causas de esa mortalidad. Aunque su muerta había sido por causas naturales, la asociación con el consumo simultáneo de chicha había producido el equívoco, como aclaró el padre cirujano encargado del hospital. Así que preguntó: “¿Cómo bebiendo el soldado con su paisano alternativamente y en un mismo barco, se envenena aquel con la chicha, y este se robustece para el trabajo?”. Todas las vendedoras de chicha fueron obligadas por el juez a beber sus propias chichas, sin observar novedad alguna. Un solo chisme había bastado para “mancillar la conducta de las mujeres de Sogamoso con la impostura reclamada, que resiste la razón y la justicia”.[5]
Castigo a las señoras ilustres de Santafé
Los tres salones de tertulias políticas de Santafé funcionaban en las residencias de:
-doña Indalecia Ricaurte y Castro Neira, hija de Joaquín Ricaurte Torrijos y esposa de Vicente Azuero Plata. Centro de divulgación de las tempranas ideas liberales.
-doña Gabriela Barriga y Brito, quien se casó con don Antonio Villavicencio. Animó en su casa de Santa Fe una tertulia, centro de difusión de las nuevas ideas llegadas de Francia, quien terminó contrayendo matrimonio con don Antonio de Villavicencio, el quiteño comisionado por el Consejo de Regencia en 1810. Entre las damas desterradas por Pablo Morillo estaba ella, quien fue enviada al pueblo de indios Anolaima. El 9 de mayo de 1812 había contraído matrimonio con don Antonio de Villavicencio, el comisionado del Consejo de Regencia para cuyo recibimiento fue solicitado un florero al comerciante José González Llorente. Por haberse pasado al bando patriótico fue fusilado en Santa Fe el 6 de junio de 1816, dejando viuda a doña Gabriela. El 18 de junio de 1818, esta viuda representó ante el virrey Sámano que se hallaba “sumamente pobre” y en “notoria indigencia”, por lo cual solicitaba ser exceptuada de la pensión de alojamientos de militares y ocuparla en otra cosa cualquiera.
- Doña Manuela Sanz de Santamaría, esposa del doctor Francisco González Manrique. Creó su tertulia en 1801 y fue bautizada El Buen Gusto. Además de saber latín, esta dama se interesaba por la jardinería, la botánica y la ciencia natural. La anfitriona ofrecía aloja de arroz, vinos tintos de Castilla, mistelas y chocolate. Toda la generación ilustrada de la Independencia pasó por esta tertulia.
“Relación de las personas de esta ciudad que han salido desterradas en 1816, con expresión de adonde han ido”:
Nombres Pueblos
Doña Gabriela Barriga, mujer de [Antonio] Villavicencio……………. Anolayma
Doña Josefa Baraya y familia……………………………………….. Manta
Doña Josefa Manrique y familia…………………………………….. Tena
Doña Melchora Nates y familia………………………………………Tabio
Doña María Josefa Domínguez y familia………………………………Fusagasugá
Doña Petronila Navas y familia……………………………………….Cogua
Doña Josefa Ricaurte y familia……………………………………….Leyva
Doña Ángela Gama de Mutis y familia……………………………….Guasca
Doña Josefa Díaz y familia………………………………………….Fontibón
Doña Francisca Guerra y familia…………………………………….Ubaté
Doña Josefa Ballén y familia…………………………………………Simijaca
Doña Genoveva Ricaurte y familia…………………………………..Facatativá
Doña Carmela Rodríguez y familia………………………………….Tocayma
Doña Teresa Ribas y familia………………………………………..Soacha
Doña Manuela Jacoba Arias, su hija y familia………………...La Mesa de Juan Díaz
Doña Manuela Ibáñez……………………………………………..Ocaña
Doña Domitila Salgar………………………………………………Gusca
Doña Dolores Vargas………………………………………………Facatativá
Doña Bárbara Ortiz………………………………………………..Zerrezuela
Bárbara Forero, es compañera de la Matilde, que se presentó
en público a arengar, se preciaba de tener escuela pública y
abierta en su casa para enseñar a sus compatriotas los bellos
modales, etc.; es natural de Zipaquirá y ha salido desterrada a…….Suesca
Santafé, 12 de agosto de 1816. José de Ortega. Es copia. Morillo”.
Publicado en El Patriota. Bogotá, Nº 32 (15 de junio de 1823), p. 244-245.
Las mujeres sacrificadas en la guerra por su colaboración a los bandos (las “heroínas”)
Colaboración con guerrillas: Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos Plata.
Servicios prestados a tropas: Mercedes Ábrego
Las mujeres dispuestas a sacrificar a sus hijos
Simona de la Luz Duque de Alzate (Marinilla, Antioquia, 30 de marzo de 1773-ibídem, 17 de enero de 1858), hacendada y mujer de Antonio Alzate. La hizo famosa el general José María Córdoba, quien le contó al vicepresidente Santander que ella le había entregado cinco de sus seis hijos para que los incorporara a las tropas patriotas. "Un rasgo tan sublime de amor a la patria merece la más grande consideración de parte del gobierno". El General Santander decreto que la mujer recibiera un ingreso íntegro por el resto de su vida gracias a un rasgo tan sublime de amor a la patria, No obstante y pese a su avanzada edad, Doña Simona se negó a recibir esta pensión mientras pudiera trabajar, sin embargo, ante la presión de sus dificultades, finalmente aceptó. Doña Simona Murió en Marinilla el 17 de enero de 1858 a la edad de 85 años. En su lecho de muerte le preguntó su hijo Salvador que órdenes tenía que dejarle en caso de que muriese, y con voz moribunda, aunque clara, le dijo: Que mis hijos sirvan a la Patria cada vez que los necesite”.
Pero otras mujeres escondieron a los hijos para protegerles la vida.
Mujeres que mantuvieron el orden y las vidas
Antonia López, la esclava que alimentó y enseñó a leer, a escribir y a contar a los hermanos huérfanos de José Hilario López. El Fósforo, Popayán, 4 (20 de febrero de 1823)
Casilda Zafra.
Viajando a caballo de Pamplona hacia Tunja, el Libertador llegó a Santa Rosa de Viterbo a mediados del mes noviembre de 1814. Se detuvo allí un día para que su caballo pudiera descansar y contrató a un peón para que le sirviera de guía en el camino hacia Tunja. Al proseguir su marcha interrogó al peón sobre la razón por la que no había querido alquilarle su yegua. Éste le respondió que la yegua estaba preñada y podría abortar por el esfuerzo, agregando que su mujer, llamada Casilda Zafra y apodada por sus vecinos con el mote de “el oráculo”, había soñado que el potro que traería esa yegua sería para un general vencedor en todas las batallas, y que a ella nunca le fallaban los sueños. Admirado, Bolívar le replicó: “Dile a Casilda que me guarde el potro”.
Durante el mes de agosto de 1819, cuando Bolívar preparaba la batalla de Boyacá, aquel hombre se le aproximó y con voz fuerte le dijo: “Aquí tiene el potro que le manda Casilda”. Se trataba del caballo blanco como la nieve que en adelante lo acompañaría hasta el Perú.
Ese mismo año, cuando Bolívar marchó hacia Caracas para libertarla pasó por el rancho de Casilda para agradecerle el regalo. Fue entonces cuando le dijo: “Yo creo mucho en sueños. ¿No ha vuelto a soñar conmigo?” A lo que ella le contestó: “Si señor: lo he visto sobre mi potro entrando triunfante en todas las ciudades”. Efectivamente así fue en Caracas, Quito y Lima. En 1826, cuando Bolívar emprendía el regreso desde Lima, el mariscal Andrés de Santa Cruz le pidió al Palomo Blanco de regalo. Allí se quedó hasta su muerte el regalo de Casilda Zafra, el oráculo de Santa Rosa de Viterbo.
Emiliano Londoño Botero: Bolívar paso a paso, 2009, tomo I, pp. 281-282. Allí Londoño cita las tres fuentes en que se basa esta noticia.
Recuerdos históricos del coronel Manuel Antonio López, ayudante del Estado Mayor General Libertador. ↑
Relato del capitán Rafael Sevilla. Memorias de un oficial del Ejército Español. Campañas contra Bolívar y los separatistas de América, Madrid, América, 1916, 75-77. ↑
Este relato de su yerno fue publicado en El Conductor, Bogotá. 33 (25 mayo 1827). ↑
Magali Carrillo. Chicheras, realistas y revolución en Sogamoso, en Revolucionarios y realistas en la provincia de Tunja, Bogotá, Ediciones Plural, 2020, 99-128. ↑
Representación del doctor Antonio Malo, procurador general de la provincia de Tunja, ante el gobernador militar. Tunja, 1º de julio de 1820, en Magali Carrillo, obra citada, 149-154. ↑