← Volver a los artículos
Artículo

La Reconquista del centro del Reino

Armando Martínez Garnica

5.856 palabras · unos 29 minutos de lectura

La reconquista del centro del Nuevo Reino de Granada Armando MARTÍNEZ GARNICA Academia de Historia de Santander Antecedentes Desde el cuartel general del Ejército de operaciones del Norte establecido en el Pie de la Cuesta, el general de brigada Custodio García Rovira acusó —el 13 de enero de 1816— al secretario de Guerra del gobierno general de las Provincias Unidas de la Nueva Granada el recibo de la orden de “contener a los enemigos de la República” que marchaban hacia Santafé, pese a no reunir en su persona “todos los conocimientos de una profesión que no ha sido la mía, como por otros obstáculos que son propios del tiempo”.1 Contaba para ello con el apoyo de Francisco de Paula Santander, recientemente nombrado mayor general, del coronel francés Manuel Roergas Serviez y de otros oficiales, como Francisco Conde y Francisco Madrid. Como las instrucciones que le habían sido giradas por el secretario de Guerra el 4 de enero anterior eran precisas —“atacar de firme al Exército de Sebastián de la Calzada hasta destruirlo o por lo menos alejarlo de la Nueva Granada”— su responsabilidad política era máxima: “… si somos vencidos por el enemigo creo que, si no expira la libertad, a lo menos está la República a dos dedos de su ruina.”2

La fuerza militar que debía enfrentar García Rovira era la vanguardia del Ejército Expedicionario de Tierra Firme, que organizada en la Quinta División se había puesto en marcha el 18 de octubre del año anterior hacia el Nuevo Reino de Granada desde Guasdualito, bajo el mando del coronel don Sebastián de la Calzada. Esta división atravesó los Llanos de Casanare mientras la guarnición republicana estacionada en Cúcuta la abandonó a su suerte para incorporarse a la caballería de Casanare que mandaba Joaquín Ricaurte. El 30 de octubre siguiente se produjo el encuentro en la sabana de Chire, favorable a la división española, que siguió su marcha de flanco, derrotando partidas de Tunja y Santafé en Sácama y el valle de San Miguel. El 25 de noviembre llegó esta División a Chitagá y se enfrentó con el ejército republicano de Rafael Urdaneta en el paso del río Chitagá, defendido por las alturas, forzando el paso hasta entrar a la ciudad de Pamplona el 28 de noviembre de 1815. Por el otro lado, la segunda sección de operaciones en el alto Magdalena, mandada por el capitán Valentín Capmani, se apoderó de la ciudad de Simití y siguió hacia la ciudad de Ocaña. Después de pasar por Cascajal avanzó hasta el Puerto Real de Ocaña, abandonado por los republicanos, y ocupó a Ocaña, fuente de trigos y bastimentos.

Una vez que cayó la plaza de Cartagena el 6 de diciembre siguiente y entró en ella Gabriel de Torres como gobernador, pudo don Pablo Morillo planear la campaña de

1 Custodio GARCÍA ROVIRA. Comunicación dirigida a Andrés Rodríguez, secretario de Guerra del gobierno general de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Cuartel general del Pie de la Cuesta, 13 de enero de 1816. En Antonio CACUA PRADA. Custodio García Rovira. El estudiante mártir, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, Plaza & Janés, 1983, 133. 2 Andrés RODRÍGUEZ, secretario de Guerra del gobierno general de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Instrucciones giradas jefe del Ejército de operaciones del Norte, general de brigada Custodio García Rovira. Santafé, 4 de enero de 1816. Real Academia de la Historia (en adelante RAH), Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7649, legajo 6, m) 3, folios 670r-672r.

reconquista de las provincias del centro del reino. Como sus informantes le habían relatado la historia de las disputas entre las provincias regentistas y las republicanas, así como de la incapacidad del gobierno de Santafé para hacerse obedecer de estas últimas, comprendió que “la fuerza física y moral del Reino estaba dividida en las provincias”. Dedujo entonces que habría que amagarlas a todas simultáneamente, “atacando a unas con vigor y a otras con floxedad”, consiguiendo así “paralizar el uso de todas sus fuerzas, batirlas en detalle, y caer sucesivamente con masas mayores sobre las que obrando con más cautela, se hubiesen quedado en inacción observando para decidirse”.

Este plan de campaña se alejaba “del arte de la guerra por la diseminación que se hizo de las fuerzas, y por otras razones militares”, pues las columnas fueron dispersadas “para abrazar el vasto país, y explorar las cordilleras y bosques, a fin de no dar lugar a que los malcontentos formasen partidas”, pero siempre manteniendo la fuerza principal “reunida a la derecha del río Magdalena”. La marcha sobre Santafé se haría simultáneamente en tres direcciones: por el río Magdalena hasta Honda; por Ocaña, el Páramo de Cachirí, Girón, el Socorro, y Vélez y Tunja; y por la provincia de Antioquia hacia las de Mariquita y Santafé. Estas tres marchas simultáneas procurarían “que la diseminación de nuestras fuerzas fuese aparente en lo posible, para lo cual la columna destinada a Antioquia debía seguir en aquella dirección, pero por las vertientes del Magdalena”. Lo mismo haría la columna que marcharía desde Ocaña hasta el Socorro, pero la tercera columna que marcharía por el río Magdalena tenía que mantener la comunicación con las dos anteriores. Este plan de columnas que entrarían por los dos lados del río Magdalena con rumbo al sur sería apoyado por “la diversión” que haría el brigadier Juan Sámano entre Pasto y Popayán. Las tropas que marcharon de Cartagena hacia el interior del reino fueron el regimiento de infantería de la Victoria, el primer batallón del Rey, “compuesto de venezolanos”, con otros dos batallones más de venezolanos, dos compañías de artillería ligera, cinco compañías de húsares de Fernando VII, media compañía de zapadores, la compañía de Cazadores de Castilla y la Compañía de Barbastro.3 La batalla del páramo de Cachirí El 7 de febrero de 1816 el general Custodio García Rovira llegó con su ejército de socorranos, neogranadinos y venezolanos a la villa de Matanza. Los cazadores de la vanguardia expedicionaria que ya habían estado allí y en la parroquia de Suratá se retiraron por el antiguo camino que usaban los arrieros para sacar las harinas de trigo de este valle de Suratá hacia Ocaña. Calzada ordenó que un destacamento de 300 hombres se quedase en la entrada al páramo de Cachirí, pero el siguiente día una columna de socorranos encabezada por José María Carreño lo atacó y lo obligó a desalojar su posición. Tres días después García Rovira informó al secretario de Guerra que había acampado al pie del páramo de Cachirí y el 16 de febrero ordenó a su ejército internarse en el páramo por el camino de Ocaña. Durante los días 21 y 22 de febrero se libró en este páramo la batalla decisiva entre el Ejército de operaciones del Norte, encabezado por García Rovira, y la Quinta División del Ejército Expedicionario, comandada por coronel Calzada, con el apoyo de las compañías de cazadores dirigidas por el teniente coronel Matías Escuté. Los dos partes

3 Campaña de la reconquista del Nuevo Reyno de Granada en 1816. Operaciones en el interior del Nuevo Reyno de Granada, hasta la reducción de los rebeldes y completa pacificación del Virreynato. RAH, Colección Pablo Morillo, sig. 9/7651, leg. 8, 1), folios 351-385, fotos 706-774.

militares4 dados inmediatamente por Sebastián de la Calzada al general Pablo Morillo, como las memorias de Francisco de Paula Santander5 y Rafael Sevilla6, son las mejores fuentes para reconstruir lo que allí ocurrió. Podemos agregar el relato posterior del mismo Morillo7, quien estaba en Mompox en el momento de la batalla, y el de su primer biógrafo, Jerónimo de la Escosura8, el primero que tuvo acceso a su archivo personal. Según Santander, aunque García Rovira estaba “dotado de un valor personal admirable y empapado con muchas teorías militares”, cometió “la grave falta de querer hacer con tropas bisoñas lo que había leído que hicieron los grandes capitanes con tropas bien disciplinadas”, sin considerar que “día a día disminuía la fuerza moral del pueblo en favor de la independencia”. Su plan de defender la montaña de Cachirí “colocando las tropas por escalones para hacer una retirada a Bucaramanga” era muy arriesgado porque tenía que ser ejecutado “con tropas tan bisoñas, que más de la mitad de los soldados apenas se habían fogueado antes de ver por primera vez al enemigo”. Según el más completo parte de Calzada, los jefes de brigada Custodio García Rovira, Timoteo Ricaurte, Francisco de Paula Santander, Francisco Madrid y el zambo Pedro Arévalo habían conducido hasta las alturas de Cachirí tres mil hombres. El día 21 de febrero las compañías de cazadores mandadas por el capitán Silvestre Llorente reconocieron los bosques inmediatos y atacaron a 300 cazadores republicanos que observaban las fuerzas expedicionarias, arrollándolos. A las cinco de la tarde el segundo batallón de Numancia y la columna de cazadores se desplegó en guerrilla para batir las posiciones de los enemigos “que estaban bien parapetados”, hasta que llegó la noche, pero las compañías de cazadores del primero y segundo batallón expedicionario mantuvieron el fuego hasta tomar la altura de la izquierda, flanqueando a sus enemigos. Durante toda la noche el Ejército del Norte trasladó su campamento, construyendo nuevos parapetos a toda prisa. El desenlace se produjo en la mañana del 22 de febrero, según el relato de Calzada:

Al amanecer las guerrillas los arrojaron hasta sus trincheras, tomándoles un oficial y diez soldados, y aprovechándome en esta situación del entusiasmo con que mis valientes tropas ansiaban el combate, mandé la columna de Cazadores a las órdenes del teniente coronel sargento mayor del regimiento de la Victoria, don Matías Escuté, por la altura de la derecha, y por la izquierda el resto de la columna a las [órdenes] del capitán Llorente, a fin de flanquear las trincheras enemigas, y lo consiguieron felizmente colocando una pieza de artillería que les hacía gran daño. Ya se habían empeñado la sexta compañía del primer batallón y la segunda del segundo, cuando dispuse que las de los Granaderos atacasen a la

4 El primer parte de Sebastián de la Calzada fue firmado el 23 de febrero de 1816 en el cuartel general de Suratá. El segundo, el 27 de febrero siguiente, en el cuartel general del Pie de la Cuesta. RAH, Colección Pablo Morillo, libro copiador de la correspondencia enviada por el general Pablo Morillo, signatura 9/7656, leg. 13, b), folios 125v-126v, fotos 248-250. Legajo 13, a), folios 15-16, fotos 35-38. Otra copia en sig. 9/7656, leg. 13, b), folios 128v-131, fotos 254-259. El segundo fue impreso, incompleto, con superior orden en Cartagena de Indias, en la Imprenta del Gobierno, por don Ramón León del Pozo, año de 1816. 5 Francisco de Paula SANTANDER. Apuntamientos para las memorias sobre Colombia i la Nueva Granada, Bogotá, Imprenta de Lleras y Compañía, 1837. 6 Rafael SEVILLA. Memorias de un oficial del Ejército Español. Campañas contra Bolívar y los separatistas de América, Madrid, América, 1916. 7 Pablo MORILLO. Campaña de la reconquista del Nuevo Reyno de Granada en 1816. Operaciones en el interior del Nuevo Reyno de Granada, hasta la reducción de los rebeldes y completa pacificación del Virreynato. RAH, Colección Pablo Morillo, sig. 9/7651, leg. 8, 1), folios 358-360, fotos 720-724. 8 Jerónimo de la ESCOSURA. Biografía del teniente general Don Pablo Morillo, Conde Cartagena, Marqués de la Puerta, caballero gran cruz de la real y distinguida orden de Carlos 3º, de la militar de San Fernando, de la americana de Isabel la Católica y caballero de la de San Hermenegildo, gentil hombre de cámara de S.M. etc., etc. Madrid, 18 de marzo de 1840. Colección Pablo Morillo, sig. 9/7651. Leg. 8, a), folios 1-38.

bayoneta por el frente, verificándolo con tal intrepidez, al mismo tiempo que los Cazadores, que unos y otros llegaron a la segunda trinchera mezclados con los enemigos, quienes a pesar de haber perdido más de cien hombres redoblaron su ataque hasta llegar a la tercera. El comandante de carabineros don Antonio Gómez, con algunos de esta arma, se introdujo entre los rebeldes para desordenarlos y ponerlos en confusión como sucedió, aterrándoles la intrepidez de acciones tan arrojadas, en términos de dispersarse y huir vergonzosamente, en cuyo caso fueron perseguidos por los carabineros y parte de la bizarra oficialidad de infantería, todos a caballo, quienes a pesar de las diligencias que hicieron por rehacerse los rebeldes, los fueron siguiendo y destruyendo hasta la villa de Matanzas. El balance de Calzada era dramático: más de mil muertos [republicanos], “de los cuales cuarenta oficiales, doscientos heridos, quinientos prisioneros, inclusos veinte y ocho oficiales, dos piezas de artillería, cuatro banderas de batallón, 750 fusiles, 300 lanzas, 45.000 cartuchos, provisiones, ganados y otros varios efectos”. La pérdida del Ejército Expedicionario la calculó en 150 hombres entre muertos y heridos, entre ellos el capitán Francisco Daza. El 11 de mayo siguiente, 78 días después de la batalla, pasó por el páramo de Cachirí el capitán español Rafael Sevilla. Su relato es escalofriante: “El hedor que exhalaban los insepultos cadáveres que yacían en derredor era insoportable”. Al llegar al sitio donde habían sido construidos los parapetos lo encontró totalmente cubierto de muertos y caballos en putrefacción, así como de prendas de un ejército destrozado. Como “las aves de rapiña cerníanse ominosas sobre aquel cementerio al descubierto” se permitió una reflexión moral: “¡Oh, cuántas madres, cuántas esposas tendrían arrojados como perros en aquel campo a los pedazos de su amor! ¡Felices los pueblos que no han sido visitados por esa calamidad que se llama guerra! ¡Desgraciados aquellos en donde esta furia impera!”. La reconquista de la capital del Reino El 27 de febrero entraron a la villa del Socorro los restos del Ejército de operaciones del Norte, encabezados por Custodio García Rovira, Francisco de Paula Santander, 20 oficiales más y unos 30 jinetes. La mayor parte de los reclutas que sobrevivieron se desbandaron por todas partes. De inmediato se ordenó una nueva leva de socorranos para organizar la defensa de la capital. El día siguiente llegó la noticia del descalabro militar a Santafé y entonces José María Caballero anotó en su diario con su pluma irónica: “¡Adiós, libertad! ¡Adiós, independencia! ¡Qué mal te han sabido conservar! Batieron la columna que mandaba don Custodio García Rovira, compuesta de 400 hombres, y enseguida los demás. Si éstos no tienen práctica militar, si se han colocado en los empleos es por el sueldo y robar. Ya verán, no les arriendo las ganancias; si no corren como gamos, yo no sé; lo que siento es que paguen justos por pecadores.”9 Mientras tanto la quinta división expedicionaria de Calzada y la columna de cazadores de Matías Escuté avanzaron hacia la villa del Socorro, apoderándose de todas las tarabitas que cruzaban el río Chicamocha-Sogamoso. Encabezados por el párroco de Bucaramanga, el doctor Juan Eloy Valenzuela Mantilla, este vecindario y los de Girón y

9 José María CABALLERO. Libro de varias noticias particulares que han sucedido en esta capital de Santa Fe de Bogotá, Provincia de Cundinamarca, sacadas de varios cuadernos antiguos, desde el año de 1743, arreglado lo posible en este año del Señor de 1813, 3º de nuestra transformación política y 1º de nuestra independencia absoluta… por el ciudadano… subteniente de milicias de infantería de esta capital, Santa Fe, 1783-1819. 1ª edición en Bogotá, como parte del primer volumen de la Biblioteca de Historia Nacional (La Patria Boba), con el título de Días de la independencia, 1902, anotación del 28 de febrero de 1816.

el Pie de la Cuesta “se portaron con el mayor entusiasmo y lealtad al acercarse las tropas del Rey, haciendo demostraciones que indicaban bien su adhesión a la justa causa, y dando el mejor hospedaje a los soldados”, según informó Morillo. En la plaza de Girón fue ahorcado el oficial Pedro Arévalo, apresado en Cachirí, por orden de Sebastián de la Calzada. Conforme a la tradición de la piedad austríaca del siglo XVII, los templos de Santafé retomaron la práctica de las horas de oración. Caballero relató que el presidente Camilo Torres ordenó celebrar una misa solemne en La Concepción, encomendado las preces a Nuestra Señora de la Peña. Se comenzaron novenarios a Nuestra Señora del Topo en la Catedral, preces a Nuestro Amo en Santo Domingo y en San Francisco, al Espíritu Santo en La Concepción, a San Miguel y a Nuestra Señora del Descendimiento en San Francisco, “y en todas las demás iglesias y conventos a diferentes santos, que es lo que realmente nos puede librar de esta terrible calamidad.”10 El 6 de marzo comenzó la migración de socorranos hacia el sur y el siguiente día la responsabilidad militar del gran derrotado en Cachirí fue cobrada: el secretario de Guerra de las Provincias Unidas nombró al general francés Manuel de Serviez como general en jefe de todas las fuerzas de la segunda línea de defensa que se estaba organizando desde Sogamoso hasta Chiquinquirá, con las que se estaban replegando desde el Socorro. El 22 de marzo siguiente García Rovira entregó al general Serviez, en el Puente Real de Vélez, el mando de los restos de los batallones derrotados en Cachirí y en Cúcuta, aumentados en la provincia del Socorro con nuevos reclutas y con caballería de milicias sin la menor disciplina. La responsabilidad política de la derrota fue pagada el 12 de marzo, cuando renunció Camilo Torres a la presidencia del gobierno general y Francisco Javier García Hevia a la gobernación de la provincia de Santafé. Esa misma noche una turba de santafereños acudió a la sede del Congreso para pedir un dictador, como en los tiempos de don Antonio Nariño. Dos días después fue elegido José Fernández Madrid como nuevo presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Según la mordaz pluma de Caballero, este era “el que dijo que la Patria iba a perecer en sus manos”. Cinco días después entraron a Santafé los emigrados de la provincia del Socorro, quienes fueron organizados en un cuerpo militar para la defensa de esta ciudad.

El resultado de la batalla de Cachirí obligó a los miembros del gobierno de las Provincias Unidas y a los jefes militares a examinar las opciones políticas pertinentes: primero, resistir con las armas o capitular en procura del indulto que ofrecía Morillo; segundo, en el caso de retirarse para organizar la resistencia armada, hacia la provincia de Popayán o hacia los llanos del Casanare. En la villa de Leiva se produjo el encuentro entre el general Serviez y el doctor José María Dávila, diputado enviado por el Congreso de las Provincias Unidas a “consultar sobre la conveniencia de capitular con los españoles”. Consultados los jefes militares, los coroneles Vergara, Conde, Concha, Tomás Montilla y Santander unánimemente negaron “la conveniencia para el país de una capitulación con Morillo”.

Serviez no tenía intención alguna de dar la batalla al Ejército Expedicionario pues, según Santander, tenía poca confianza en su ejército de bisoños y “la convicción de que ya era imposible impedir al ejército real que se apoderase de la Nueva Granada”. Reservado con todos los jefes, desconfiando de la intención de capitulación de estos, “no nos dejaba penetrar sus verdaderas intenciones”. Como tenía en su poder varias cartas que había recibido de patriotas granadinos y venezolanos que le hacían “la más lisonjera pintura de los recursos del país en caballos y ganado, del entusiasmo de los llaneros, y de 10 José María CABALLERO. Libro de varias noticias particulares, obra citada, anotaciones del 3 y 9 de marzo de 1816.

las ventajas que las tropas independientes habían alcanzado en la provincia de Barinas en distintos combates con los enemigos”, acordó con los oficiales venezolanos que le acompañaban enviar al coronel Santander ante el presidente Fernández Madrid para que lo convenciera “de que se retirase hacia Casanare con las tropas y demás recursos que fuera posible”. Santander pasó de Chiquinquirá a Zipaquirá, donde estaban reunidos varios diputados del Congreso, y efectivamente los convenció de la opción de retirarse hacia los llanos de Casanare. Serviez mismo fue llamado por el presidente Fernández Madrid a Chía para consultarle sobre la posibilidad de dar una batalla con esperanza de éxito, por una parte, y de la otra sobre la conveniencia de preferir la retirada hacia Popayán en vez de la de los llanos. El oficial francés insistió en su incapacidad para resistir al enemigo y en su resolución de retirarse hacia el Casanare cuando se le acercase, conminando al presidente a acompañarlo con la Guardia de Honor y el batallón del Sur que acababa de llegar.

Resuelta ya la opción de la retirada y la negativa a capitular ante Morillo, no fue posible un acuerdo sobre el destino de la retirada. Según Santander, porque Fernández Madrid “desconfiaba que Serviez lo depusiera del mando y se proclamase dictador”, como porque Serviez, “con los venezolanos, desconfiaban” del presidente porque creían que este los haría arrestar y “entregar a los españoles por medio de una capitulación”. Fue así como el presidente salió de Chía precipitadamente hacia Popayán por el camino de Funza cuando las tropas de La Torre ocuparon Zipaquirá, mientras que Serviez se situaba en Usaquén, a una legua de Santafé. Como sus soldados aprehendieron un correo que llevaba unos pliegos enviados por Fernández Madrid a Morillo, en los cuales manifestaba “su decisión de capitular y devolver al dominio del rey los pueblos que aún no lo estaban, y su pesar de que la oposición del ejército de Serviez le hubiese impedido llevar a efecto sus intenciones y los deseos del congreso general, que había facultado al presidente para esta negociación”, los oficiales que estaban a su mando desconocieron la orden que desde Funza les había enviado el presidente para que lo siguieran hacia Popayán, y tomaron la decisión de marcharse hacia el Casanare.11

En la justificación de su conducta desde La Mesa, Fernández Madrid dio su versión sobre sus desavenencias que había tenido con Serviez en la entrevista de Chía: este le había asegurado que las dos fuerzas reunidas serían derrotadas por la superioridad del enemigo, y le encareció la urgente retirada hacia los Llanos porque a su vista se dispersarían las tropas bisoñas; y “protestó que si se trataba de llevar el Exército al Sur este se pondría en efervescencia y se disolvería causando graves males, pues todos los oficiales venezolanos y aun los granadinos estaban decididos a retirarse a Casanare, a donde algunos ya tenían adelantadas sus familias”. El presidente replicó que aunque concordaba con la opinión de que una acción militar no tenía para ellos “alguna probabilidad racional de la victoria”, sin embargo sus fuerzas unidas sí podían ser empleadas para abrir una negociación de paz con el enemigo dirigida a “sacar algún partido que disminuyese cuanto fuese posible las calamidades de los miserables pueblos a quienes no era justo abandonar para siempre”. Pero Serviez le había contestado que “los oficiales del Exército estaban persuadidos de que los españoles nunca cumplían pacto ni capitulación alguna, y que así tampoco podía el Gobierno contar con el Exército para este objeto.”12

11 Francisco de Paula SANTANDER. Apuntamientos para las memorias sobre Colombia i la Nueva Granada, 1837, obra citada. 12 José FERNÁNDEZ MADRID. Breve justificación de mi conducta desde que se me encargó del Gobierno hasta esta fecha. La Mesa, mayo 5 de 1816. Imprenta del Gobierno. Por el C. J. M. Ríos Impresor del Congreso de la Nueva Granada, RAH, Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7649, leg, 6, h) 3, folio 579r-v.

El fracaso de esta entrevista era fatal para el presidente, pues el Ejército de operaciones del Norte no ofrecería combate al enemigo, ni le acompañaría en la retirada hacia Popayán, ni tampoco en una negociación de paz que disminuyese a los pueblos las calamidades que les esperaban. El primero de mayo tuvo que mandarle a decir a Serviez, con García Rovira, que al menos contuviera a los enemigos antes de marcharse al Casanare, protegiendo a las fuerzas que acompañarían al Gobierno en su marcha hacia el pueblo de Bogotá. Cuando la vanguardia del Ejército Expedicionario tomó Zipaquirá, el 4 de mayo, el ejército del Sur se puso en marcha hacia La Mesa, dejando a los santafereños librados a su suerte. El lunes 6 de mayo entró a Santafé la vanguardia del Ejército Expedicionario con sus dos jefes, los coroneles Miguel de la Torre y Sebastián de la Calzada, como consecuencia de la derrota de Cachirí y de las ventajas de la retirada de los ejércitos del Congreso de las Provincias Unidas. Fue el día que José María Caballero consignó en su Diario como el “día de la transfiguración”:

[…] En todos los balcones y ventanas pusieron banderas blancas y colchas de lo mismo. Este día fue cuando se conocieron sin rebozo los regentistas y realistas, y fue el día de la transfiguración, como allá en el monte Tabor, porque dentro de una hora —que fue de las diez a las once— se trasfiguraron todos de tal modo, que todos los resplandores eran de realistas; aun aquellos patriotas distinguidos se trasfiguraron, que por los muchos resplandores yo no conocía a ninguno. Día maravilloso, ya se ve, día en que de nuevo se nos han remachado los grillos y las cadenas; y ahora sí que es de veras nuestra esclavitud […] Las mujeres era cosa de ver cómo salieron como locas por las calles con banderitas y ramos blancos, gritando vivas a Fernando VII, entraron en tumulto al Palacio y cubrieron los balcones, y a las once que entraron los curros, ellas desde el balcón les echaban vítores con mucha alegría y algazara. La plaza se llenó de gente, con ser que más de media ciudad había emigrado. […]13 A las cuatro de la tarde entraron los cuatro batallones de infantería y se pudo ver claramente su composición social y sus diversos trajes militares: el primero y el segundo eran de españoles peninsulares pero los demás eran, como observó Caballero, de mulatos y negros de la provincia de Venezuela, así como de hombres reclutados en las provincias del Socorro y Tunja. Durante los días siguientes entraron los soldados enfermos y los heridos en la acción de Cachirí. Los peninsulares vestían “a lo mosaico, otros a lo moro, y los artilleros a lo genízaro, con una especie de diademas en la cabeza, que llaman cachuchas. La infantería venía vestida a lo húngaro, y los curros a lo gitano, con chaqueta y capote corto; los zapadores venían con barba larga, como capuchinos, y el vestido a lo húngaro, y todos con bigote”. El 13 de mayo ya estaba Morillo con su séquito en la parroquia de Bucaramanga, proveniente de Ocaña, desde donde había dirigido el primero de abril anterior una proclama a los habitantes de las provincias del Socorro y Tunja para advertirles contra el francés Serviez, el nuevo jefe del Ejército del Congreso, quien como otros más de la “cáfila de aventureros” (Louis-Michel Aury, Henri Ducoudray Holstein) que habiendo sido arrojados de su patria “y hablando mucho de honor, comprometen los sencillos habitantes de estos países y después de robar y de cometer toda suerte de maldades, se fugan y los abandonan”.14 Siguió su camino por las villas de San Gil (16 de mayo) y el

13 José María CABALLERO. Libro de varias noticias particulares… obra citada, anotación del 6 de mayo de 1816. 14 Pablo MORILLO. Proclama dirigida a los habitantes de las provincias del Socorro y Tunja. Ocaña, 1º de abril de 1816. RAH, Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7650, leg, 7, c), folio 146rv. Tanto el comodoro Aury como Ducoudray habían estado defendiendo los cuatro fuertes de Bocachica durante el sitio del año anterior. Henri Louis DUCOUDRAY HOLSTEIN. Memorias de Simón Bolívar y

Socorro, pasó por Guadalupe, San Benito, Ubaté y Zipaquirá, y en la noche del 26 de mayo entró a Santafé. Desavenencias entre los jefes españoles Las instrucciones dadas el 18 de noviembre de 1814 por el novohispano Miguel de Lardizábal y Uribe —ministro universal de Indias— al general Pablo Morillo limitaban su acción al restablecimiento del orden en la Costa Firme hasta el Darién y de la tranquilidad en la capitanía general de Caracas, a la ocupación de la plaza de Cartagena de Indias y al auxilio del jefe que mandase en el Nuevo Reino de Granada “con el menor derramamiento de sangre de sus amados vasallos, sin excluir del número de vasallos a los extraviados de aquellas vastas regiones de América”. Una vez conseguidas estos propósitos debía enviar al Perú el excedente de tropas europeas que pudiese, y si aún quedasen algunas sobrantes las remitiría a la Nueva España. Se insistió en “la buena armonía” que Morillo debía establecer con el virrey del Nuevo Reino de Granada, pues el rey esperaba que si alguna desavenencia llegara a suscitarse entre ambos no debían olvidar “que los intereses que se les ha confiado no son de ellos propios, sino son los de Su Majestad, que han de hacer la felicidad de sus amados vasallos”.15 Como las capitanías generales del Nuevo Reino de Granada y de Venezuela habían sido unidas por orden de la Regencia el 12 de septiembre del año anterior y puestas en cabeza de Francisco Montalvo, el día siguiente del despacho de las anteriores instrucciones ordenó el ministro universal de Indias separarlas para que Morillo pudiera ejercer la de Venezuela, como se le había ofrecido el 14 de agosto anterior, de tal suerte que Montalvo retuvo solamente la jurisdicción del Nuevo Reino. Cuando Morillo marchó sobre la plaza de Cartagena dejó en Caracas como capitán general interino al brigadier Salvador Moxó, quien fue el encargado de restablecer solemnemente el tribunal de la Real Audiencia que fue mandado por la real orden del 27 de diciembre de 1815. El 28 de abril de 1816, cuando el rey Fernando VII dio la orden de restablecer el virreinato en la capitanía general del Nuevo Reino de Granada, como lo había sido en su sede de Panamá hasta 1812, Francisco de Montalvo pasó de ser capitán general a virrey. Para entonces ya despachaba en Cartagena, respaldado por el regimiento de León, los batallones de Granada y de la Albuera, Puerto Rico y segundo del Rey, dos compañías de artillería y el resto de las de Zapadores y Minadores, así como la tercera compañía de artillería volante que debía pasar al Perú según las instrucciones originales dadas a Morillo. Al quedarse despachando en Cartagena, en vez de marchar hacia Santafé, Montalvo dio lugar a las temidas desavenencias con Morillo, quien comenzó a intrigar en su correspondencia para despojarlo de su empleo y organizó de hecho una cadena de mando militar en las provincias que fue reconquistando. Al llegar a la ciudad de Girón, que tan cálido recibimiento le tributó, Morillo oyó las quejas de sus vecinos notables sobre la disolución de su gobernación provincial en 1786 y su agregación a la jurisdicción del corregidor de la provincia de Pamplona. Consideró entonces que las circunstancias aconsejaban “ir por la vía militar” y resolvió separar las dos jurisdicciones provinciales antiguas, erigiendo en Girón una comandancia militar. Al llegar a la villa del Socorro, cabecera de un corregimiento nuevo, también decidió dividirlo interinamente en tres comandancias militares, concediendo autonomía de hecho a los rivales vecindarios de

de sus principales generales [Boston, 1828], traducción del original inglés por Juan Carlos Vela Correa, Bogotá, Terra Firma editores, 2010, capítulo XI. 15 Miguel de LARDIZÁBAL y URIBE. Instrucciones dadas al general Pablo Morillo para su expedición a la Costa Firme. Madrid, 18 de noviembre de 1814. RAH, Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7651, legajo 8, b), folios 40-46v, fotos 88-101.

San Gil y de Vélez pero, sobre todo, instaurando en cada cabecera provincial un comandante militar subordinado directamente a su persona. La desavenencia entre Montalvo y Morillo se manifestó cuando el virrey ordenó a los funcionarios de la Real Audiencia y del Tribunal de Cuentas que estaban despachando en Panamá desde 1810 trasladarse a Cartagena. Morillo detuvo la marcha del contador del Tribunal de Cuentas alegando que lo necesitaba a su lado porque era el “único individuo del ramo de hacienda honrado y con el que hago frente a los secuestros, a las raciones, a la recaudación, a adquirir noticias, y en fin a todo lo del ramo de la hacienda indispensable para que no sea este un desorden que nos arruine”. Desde la perspectiva del virrey se trataba de “un atentado a sus facultades” y por ello su ánimo se exasperó. Morillo cedió en ese momento y adoptó una actitud de subalterno “en sacrificio de la paz”, solicitándole a Montalvo otro funcionario de Hacienda capaz y un juez togado para que lo ilustrasen, pero le informó al ministro de la Guerra que la cuestión se reducía “a que aquel señor es muy celoso de su autoridad y se imagina que todos se la atacan”, algo que se remediaría si aquel estableciera su despacho en Santafé y estuvieran los dos “inmediatos”.16 Pero el 9 de junio de 1816 Morillo nombró en interinidad los altos funcionarios de la Real Hacienda cooptándolos de su expedición: Pedro de Michelena, quien llegó como contador del Ejército Expedicionario, fue nombrado administrador principal y además superintendente de la Casa de Moneda de Santafé por haber fallecido su titular anterior. Lorenzo Martínez, tesorero del mismo cuerpo, fue nombrado contador de la Casa Moneda por haber emigrado hacia Popayán su antiguo titular. En la práctica estaba Murillo creando en Santafé una real administración paralela a la que mandaba el virrey en Cartagena. Para colmo, el 8 de julio la Real Audiencia se reinstaló en Cartagena y allí se mantuvo despachando hasta el 15 de enero del año siguiente.

Exasperado, el 31 de agosto de 1816 Morillo se atrevió a solicitarle al ministro de la Guerra el nombramiento del brigadier Juan Sámano como nuevo virrey, en recompensa de sus servicios en el decisivo combate de la cuchilla del Tambo y por su actitud el 20 de julio de 1810. Dando por hecha su petición, entregó el mando de Santafé a Sámano y agregó que le constaba que Montalvo no deseaba seguir ejerciendo su empleo de virrey, con lo cual era natural su reemplazo por Sámano, “un buen soldado, virtuoso, inflexible, temido de los malos y adorado de los buenos, conociendo a unos y a otros y amado de los habitantes de los Pastos”. Para que no hubiera duda alguna sobre su desinterés por el poder, propuso que se le diera en propiedad la capitanía general de Venezuela al brigadier Moxó y pidió licencia para regresar a España.17 El 12 de noviembre de 1816, cuando Morillo abandonó Santafé, dejó el mando militar de la división que allí quedó estacionada a Sámano, negándose a entregarlo a Montalvo. El 28 de julio del año siguiente efectivamente fue Sámano nombrado virrey de Santafé en el Ministerio de la Guerra.

16 Pablo MORILLO. Comunicación reservada dirigida al ministro de la Guerra. Santafé, 17 de septiembre de 1816. RAH, Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7656, legajo 13, a), folios 32-33v, fotos 69-72. 17 Pablo MORILLO. Comunicaciones reservadas dirigidas al ministro de la Guerra. Santafé, 31 de agosto de 1816. RAH, Colección de Pablo Morillo, Conde de Cartagena, sig. 9/7656, legajo 13, a), folios 23v-31, fotos 52-67.

Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.