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Artículo

Ayer 125/2022 (1): 75-100 DOI: 10.55509/ayer/125-2022-04

Armando Martínez Garnica

10.378 palabras · unos 52 minutos de lectura

Noticias del Trienio Liberal en la República de Colombia

Armando Martínez Garnica Universidad Industrial de Santander (Colombia)

Resumen: Los publicistas colombianos del tiempo del Trienio Liberal espa­

ñol dejaron consignados en El Correo del Orinoco y en la Gaceta de Co­ lombia, los dos periódicos ministeriales, así como en los periódicos po­ líticos que circulaban en Bogotá, Caracas y Cartagena, su seguimiento de las noticias llegadas de la Península. Expresaron sus esperanzas y sus temores respecto del vínculo de los sucesos políticos españoles con la suerte de Colombia, aconsejando diversas medidas políticas, milita­ res y diplomáticas que el Gobierno tendría que adoptar.

Palabras clave: Colombia, Trienio Liberal, prensa.

Abstract: During the Spanish Liberal Triennium, Colombian publicists left

consigned in two ministerial newspapers their reactions to the news ar­ riving from the Peninsula. These were El Correo del Orinoco and in the Gaceta de Colombia, which circulated in Bogotá, Caracas, and Carta­ gena. Within their pages, publicists expressed their hopes and fears re­ garding the link between Spanish political events and the fate of Co­ lombia, and advocated the adoption of various political, military, and diplomatic measures.

Keywords: Colombia, Liberal Triennium, press.

Recibido: 17-04-2019 Aceptado: 10-01-2020

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El 17  de diciembre de 1819 fue aprobada por el Congreso de Venezuela, reunido en Santo Tomás de Angostura, la Ley funda­ mental de la República de Colombia. Quince días después se pro­ dujo el pronunciamiento militar de Las Cabezas de San Juan que condujo a la jura de la Constitución de la Nación española por el rey Fernando VII. La historiografía colombiana solo se ha fijado en el derrotero del proyecto republicano de Colombia durante la década de 1820, desviando la mirada de las repercusiones del Trienio Libe­ ral y del hecho de las juras y de la aspiración gaditana en las pro­ vincias de Santa Marta, Cartagena, Riohacha, Popayán y Pasto hasta bien entrado el año 1821. Solo Jaime E. Rodríguez se ha ocupado de la recepción de las instituciones gaditanas en las provincias de Quito y Guayaquil  1, quedando las demás provincias colombianas bajo el manto de una sombra en la noche historiográfica  2. Este artículo se propone presentar ante la mirada historiográfica las noticias y los efectos de la restauración constitucional en las mencionadas provin­ cias, pues la narrativa de la guerra civil de 1820-1821 en ellas no ha dejado ver la opción gaditana que estuvo presente en ese tiempo.

Dos veces fue detenida la impresión de la quincuagésima quinta entrega del Correo del Orinoco, la gaceta oficial del Gobierno de Venezuela que imprimía desde junio de 1818, en la ciudad de Santo Tomás de Angostura, Andrés Roderick. Las noticias llegadas en los barcos mercantes procedentes de las islas de Barbuda y Saint Tho­ mas así lo justificaban. Finalmente, el sábado 18 de marzo de 1820 salieron a la calle los ejemplares de esta entrega editorial. Pudieron

1  Jaime E. Rodríguez: «La revolución hispánica en el Reino de Quito: las elec­ ciones de 1809-1814 y 1821-1822», en Marta Terán y José Antonio Serrano (eds.): Las guerras de independencia en la América Española, Zamora, El Colegio de Mi­ choacán, INAH, 2002, pp. 485-508; íd.: La revolución política durante la época de la independencia. El reino de Quito, 1808-1822, Quito, Universidad Simón Bolívar, 2006, e íd.:«La antigua provincia de Guayaquil durante la época de la independen­ cia, 1809-182», en Revolución, independencias y las nuevas naciones de América, Madrid, Mapfre, 2005, pp. 511-516.

2  Andrés Botero Bernal: «Una sombra en la noche: en torno al constituciona­ lismo gaditano y la Nueva Granada», Historia constitucional, 15 (2014), pp. 31-389, http://www.historiaconstitucional.com.

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entonces los miembros de la diputación permanente del Congreso de Venezuela y las autoridades del nuevo Gobierno colombiano, establecido en esta ciudad desde el 17 de diciembre del año ante­ rior, conocer las novedades sobre la revolución española acaecida al romper el año en Las Cabezas de San Juan.

Esta entrega insertó los textos de las tres proclamas dirigidas por Antonio Quiroga desde su cuartel de San Fernando a los vecinos de Cádiz, a los milicianos provinciales y a los militares; la proclama del comandante Rafael de Riego a los vecinos de Algeciras, una «Rela­ ción de lo ocurrido en la gloriosa insurrección del Exército Nacional contra la Tiranía», y tres cartas de comerciantes antillanos sobre el acontecimiento. Se supo entonces que la segunda expedición militar española que marcharía sobre Tierra Firme había sido detenida, que la Constitución española de 1812 recuperaba su vigencia, que el trá­ fico mercantil de las Antillas con las casas comerciales de los puer­ tos peninsulares se suspendía de nuevo, que el bergantín que llevaba al capitán portorriqueño Matías Escuté (edecán enviado a España en busca de auxilios) había regresado a Puerto Cabello y que el general Pablo Morillo, desde 1815 comandante del primer Ejército Expedi­ cionario de Tierra Firme, había dado órdenes al gobernador de Ca­ racas para que tomase medidas drásticas en caso de cualquier amago de invasión de los insurgentes a los puertos venezolanos. El redactor del Correo del Orinoco felicitó a los autores de la revolución acae­ cida en la provincia de Sevilla en nombre de la América, tildándo­ los de «bravos campeones de la Libertad» y recordándoles que en el hemisferio americano tenían sus hermanos, que, como ellos, aspira­ ban a «establecer el imperio de la Ley, y salvar la Patria» contra el tirano Fernando VII.

Estas sorprendentes noticias sobre el origen del Trienio Libe­ ral en España actualizaron en la Capitanía general de Venezuela y en el virreinato de Santafé un proyecto político que había sido abandonado en 1814 por muchas de sus provincias: ser parte de «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Ahora ese proyecto se actualizaba en el momento exacto en el que el ge­ neral Simón Bolívar se esforzaba por echar a andar un antiguo pro­ yecto formulado desde 1790 por Francisco de Mirada: formar en el extremo norte de Suramérica una nueva nación que se llamaría República de Colombia. Dos proyectos políticos enfrentados, esto es, integrar la Nación española de ambos hemisferios o formar una

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nueva Nación colombiana independiente, se contrapusieron en la escena política que se abrió al despuntar el año de 1820.

El 7 de agosto de 1819 se había producido en el campo de Bo­ yacá, corazón de la antigua provincia de Tunja, en el Nuevo Reino de Granada, la sorprendente derrota de las fuerzas del Ejército Ex­ pedicionario español que mandaba el general José María Barreiro. De inmediato huyeron, por el camino del puerto de Honda, tanto el virrey Juan Sámano como toda la burocracia de la Real Audien­ cia. Cuatro días después, instalado en el modesto palacio de los vi­ rreyes, el general Simón Bolívar brindó en una cena, en presencia de militares de la Legión Irlandesa, por la reunión del virreinato de Santafé con la Capitanía de Venezuela para formar la República de Colombia. Con ello ponía fin al proyecto de la segunda Consti­ tución de la República de Venezuela, aprobada en Angostura una semana después de la batalla de Boyacá, y se puso en marcha el esfuerzo bélico que haría posible la incorporación de las provin­ cias de Quito, Cuenca y Guayaquil al Estado colombiano, a despe­ cho de la segunda experiencia de obediencia que estas hicieron de la Constitución española, expresada en la renovación de los ayun­ tamientos constitucionales de sus pueblos. En la ciudad de Santo Tomás de Angostura, capital de la provincia de Guayana, el Con­ greso de Venezuela, que estaba reunido desde el 15 de febrero de 1819, concedió su aprobación a la Ley fundamental de la República de Colombia. Era el día 17  de diciembre de 1819 y era la conse­ cuencia política del resultado militar del campo de Boyacá. Pese a que solamente una provincia del antiguo Nuevo Reino de Gra­ nada, el Casanare, estuvo representada en ese congreso de los ve­ nezolanos, se aprobó que desde ese mismo día quedaban reunidas en un solo Estado todas las antiguas provincias que habían estado bajo la jurisdicción del virreinato de Santafé y de la Capitanía ge­ neral de Caracas. Nació este día el Estado colombiano, que re­ clamó las 115.000 leguas cuadradas en que se estimaron los territo­ rios que aportaban las dos entidades antiguas del dominio indiano de los reyes borbones. La realización de este proyecto político re­ quería del continuado esfuerzo militar del llamado Ejército Liber­ tador, encargado de la conquista de las antiguas provincias de las dos entidades fundantes y de la convocatoria del Congreso consti­ tuyente que se reuniría en la Villa del Rosario de Cúcuta desde el 6 de mayo de 1821.

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Como desde el día 17 de diciembre de 1819 se consideró que existía la República de Colombia, el 24  de diciembre siguiente se posesionó, como su primer presidente, el general Simón Bolívar. Fue elegido como vicepresidente el doctor Francisco Antonio Zea, el mismo que en 1808 había estado en la Junta de Españoles que se reunió en Bayona como diputado de Guatemala. Como la Ley fundamental predijo que el territorio colombiano se dividiría para su administración en tres departamentos que se llamarían Cundi­ namarca, Venezuela y Quito, para los dos primeros fueron nom­ brados, con títulos de vicepresidente, el general Francisco de Paula Santander y el doctor Juan Germán Roscio, respectivamente.

La Ley fundamental del proyecto colombiano, pese a la sospe­ cha legal sobre su naturaleza espuria, remediada con una segunda versión en el Congreso constituyente de la Villa del Rosario de Cú­ cuta, era el soporte de su legitimidad dos semanas antes de la revo­ lución española. Esto podría significar que el proyecto colombiano podría ser confrontado por el proyecto de restauración de la Carta gaditana de 1812, tal como efectivamente acaeció en Santo Tomás de Angostura, sin olvidar la efectiva restauración de las institucio­ nes gaditanas en las tres provincias de la Presidencia de Quito.

La propuesta restauradora del general Pablo Morillo

El 20 de enero de 1820, en el curso de su sesión 268, se disol­ vió el Congreso de Venezuela que trajo a la luz de la política na­ cional la Ley fundamental de la República de Colombia, una prueba más de que el proyecto colombiano no fue un sueño de los neogra­ nadinos ni de los quiteños, sino de los venezolanos. Pero ocurrió que mientras se reunía el Congreso constituyente de Colombia en la Villa del Rosario de Cúcuta, los congresistas venezolanos le dieron vida a una diputación permanente del Congreso de Venezuela, inte­ grada por siete de ellos, que sin tener facultades legislativas podría encargarse de asuntos gubernamentales y judiciales. Esta extraña anomalía política hizo posible en 1821 la coexistencia del Congreso constituyente de Colombia con un apéndice del Congreso de Vene­ zuela que se negaba a desaparecer y que incluso no quiso trasladar su sede desde Angostura hacia Villa del Rosario. Pero también sig­ nificaba que el Poder Ejecutivo que existía desde el 24 de diciem­

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bre de 1819 para Colombia, y también para del Departamento de Venezuela, coexistió con un pequeño cuerpo legislativo de Vene­ zuela con funciones no legislativas. En este extraño contexto polí­ tico, ajeno a los cánones universales que ordenan la disolución in­ mediata de los cuerpos constituyentes una vez han realizado su propósito fundamental, se produjo la propuesta política del gene­ ral Pablo Morillo, el comandante del primer Ejército Expediciona­ rio de Tierra Firme que durante los años 1815 y 1816 restauró el dominio monárquico tanto en las provincias de la Capitanía de Ve­ nezuela como en las del Nuevo Reino de Granada.

Desde su cuartel general en Caracas, sede principal del domi­ nio monárquico en Venezuela, el general Pablo Morillo dirigió al «Serenísimo Congreso [de Venezuela] establecido en Guayana» una comunicación el 17  de junio de 1820 motivada por «los úl­ timos sucesos de la Península, y del triunfo de la opinión general de la Nación, para restablecer la constitución de la Monarquía es­ pañola, sancionada en Cádiz el año de 1812, por el voto univer­ sal representativo de ambos hemisferios». Autorizado por el «Rey constitucional de las Españas», propuso negociar «un acomoda­ miento generoso y justo» capaz de reunir «toda la familia a disfru­ tar de las ventajas de nuestra regeneración política». Había llegado el momento de poner fin a «los funestos efectos de la división, na­ cida del deseo de redimirse de la opresión que por un falso cálculo se ha creído peculiar de estos países, siendo como ha sido trascen­ dental a todo el Imperio». Propuso una suspensión de hostilida­ des hasta lograr alguna reconciliación pactada entre el jefe mili­ tar superior de Venezuela y sus propios comisionados, el brigadier Tomás de Cires (gobernador español de la provincia de Cumaná) y don José Domingo Duarte (intendente de ejército y superinten­ dente general de Hacienda).

Recordó que había hecho la guerra a los venezolanos por su deber como jefe militar de carrera subordinado. En la nueva cir­ cunstancia política creada por la revolución militar del primero de enero de este año, actuaba gustosamente como reconciliador encar­ gado, intentando «desplegar los principios de liberalidad con que el Rey y la Nación me autorizan para plantear la paz y la reconcilia­ ción de unos pueblos por su naturaleza españoles», aprovechando las nuevas circunstancias que los hacían acreedores a «entrar en el goce de la reforma de nuestras instituciones políticas». Para ello ha­

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bría que apartar la vista de «la odiosidad de la guerra», fijando las miradas solamente en «las dulces y halagüeñas esperanzas de reu­ nir los hijos a los padres, los hermanos a los hermanos, los amigos a los amigos, y los españoles a los españoles, que una fatalidad ha­ bía separado». Gracias a esta propuesta de reconciliación que hizo posible una «Constitución conciliadora» que igualaba la represen­ tación nacional de todos los pueblos, sin que ninguno dependiese de otro, era posible que todos se considerasen «libres e indepen­ dientes». Gracias al sufragio ofrecido a los americanos, estos po­ drían en Cortes tener la autoridad para hacer leyes que mejorasen su agricultura, comercio, artes e industrias, eliminando las «distin­ ciones odiosas que los políticos mezquinos de los pasados siglos ha­ bían adoptado». Finalizó su comunicación expresando su deseo de presentarse ante el Congreso venezolano sin los aparatos de gue­ rra, «sin más investidura que la de un pacífico ciudadano español», dispuesto a «celebrar el triunfo mutuo conseguido contra vuestras pasiones», mostrando la diferencia entre el general y el ciudadano, «que se hace un honor constitucional en ser»  3.

Como en ese momento la vicepresidencia de la República de Colombia había pasado al doctor Juan Germán Roscio, dado que Zea se había marchado a Londres para negociar un nuevo emprés­ tito que dotara de recursos a la nueva república, ocurrió una ines­ perada fatalidad: pese al nombre del destinatario de la carta del ge­ neral Morillo, plenamente identificado en el pliego («el Serenísimo Congreso establecido en Guayana») que llegó a Angostura durante la noche del 7  de julio de 1820, procedió su receptor, el general Carlos Soublette (vicepresidente del departamento de Venezuela en ese momento), a entregarlo al doctor Roscio, quien de inmediato lo abrió para preparar su respuesta, convencido de que tocaba al Po­ der Ejecutivo el despacho de este asunto de estado. Pero los miem­ bros de la diputación permanente del Congreso de Venezuela en­ traron en cólera por la supuesta «usurpación de funciones» que había cometido el Ejecutivo de Colombia.

3  Comunicación dirigida por el general Pablo Morillo al Serenísimo Congreso [de Venezuela] establecido en Guayana, Cuartel General de Caracas, 17 de junio de 1820, Actas de la Diputación Permanente del Congreso de Angostura, edición de J.  D.  Monsalve, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1927 (Biblioteca de Historia Nacional, XL), pp. 137-138.

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El resultado inmediato de este enfrentamiento político entre los poderes públicos fue insólito: la diputación permanente con­ vocó a la reinstalación del Congreso de Venezuela solo para dar respuesta a la propuesta del general Morillo en sus propios térmi­ nos, distintos a los usados por el doctor Roscio. Efectivamente, el Congreso de Venezuela se reinstaló en Santo Tomás de Angostura el 10 de julio de 1820, presidido por el doctor Fernando de Peñal­ ver, y sesionó por nueve días solamente para dar respuesta a la co­ municación del jefe del Ejército español de Tierra Firme, pero rea­ sumiendo el mando de las armas republicanas y el uso del poder soberano, sin dejar de amenazar al vicepresidente de Colombia por su falta. El acaloramiento de todas las partes forzó el contenido de la respuesta que dio el Congreso de Venezuela al general Morillo, aprobada en la sesión del 13 de julio con el siguiente texto:

Reunido el Soberano Congreso [de Venezuela], que fue convocado extraordinariamente para que viese la carta que vuestra excelencia le di­ rigió desde su Cuartel General de Caracas, con fecha del diez y siete de junio [...] trasmito a vuestra excelencia en contestación el siguiente de­ creto: El Soberano Congreso de Colombia [sic], deseoso de establecer la paz, oirá con gusto todas las proposiciones que se hagan de parte del Go­ bierno español, siempre que tengan por base el reconocimiento de la so­ beranía e independencia de Colombia, y no admitirá ninguna que se se­ pare de este principio, muchas veces proclamado por el Gobierno y los pueblos de la República»  4.

La respuesta que José Rafael Revenga, ministro de Relaciones Exteriores de la República de Colombia, había dado el 8 de julio anterior a la propuesta del general Morillo, más diplomática, ofre­ ció más razones para rechazarla: la necesidad de proveer a su pro­ pia conservación había aconsejado a Colombia la resolución de fiar su destino solo a sus propias fuerzas, con lo cual ya había contraído

4  Acta 4 de la sesión del Congreso de Venezuela reunido en la ciudad de Santo Tomás de Angostura, capital de Guayana, 13 de julio de 1820, Actas de la Dipu­ tación Permanente del Congreso de Angostura, edición de J. D. Monsalve, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1927 (Biblioteca de Historia Nacional, XL), p. 153.

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obligaciones hacia sí misma y hacia las demás naciones. Para ello ya se había dado a sí misma un Gobierno «conforme a las luces de la edad presente y a la voluntad general», obstáculo para acep­ tar en tal circunstancia una constitución europea. La reconciliación solo sería posible sobre la base de la existencia de Colombia, cuya Constitución crearía el cuerpo legislativo capaz de aprobar los futu­ ros tratados de reconciliación con el Estado español  5.

Por su lado, el general venezolano José Antonio Páez, quien re­ cibió del general Morillo la misma invitación a la suspensión de hos­ tilidades ofrecida al Congreso venezolano, contestó desde su cuartel general de San Juan de Payara el 13 de julio de 1820. Afirmó que la Constitución de la monarquía no podía «apagar la tea de la discor­ dia entre la América disidente y la España, dado que ya era general el grito de libertad e independencia. Como él dependía de un Go­ bierno a quien estaba obligado a obedecer, no estaba en sus facul­ tades suspender por un momento las hostilidades»  6.

El general Morillo había empeñado su mejor esfuerzo para in­ tentar una reintroducción de las instituciones gaditanas en las pro­ vincias de Venezuela y Nueva Granada, pero había llegado tarde. El resultado de la batalla de Boyacá y la Ley fundamental de Colom­ bia habían permitido a los ejércitos libertadores durante el segundo semestre de 1819 la conquista de buena parte de las provincias de esas dos entidades políticas, y las jornadas electorales de 1820 ya ha­ bían seleccionado sus diputados ante el Congreso constituyente de Colombia en la Villa del Rosario de Cúcuta, convocado para el pri­ mero de enero de 1821. Solo en las plazas de Cartagena de Indias, Maracaibo y el istmo de Panamá, así como en las provincias de la Presidencia de Quito y de la gobernación de Popayán, pudo inten­ tarse el esfuerzo de reintroducción de la Constitución española de 1812. Al menos hasta que el Ejército colombiano se hiciera presente.

5  Comunicación de José Rafael Revenga, ministro de Estado y de Relaciones Exteriores de la República de Colombia, dirigida a su excelencia el general en jefe del Ejército Expedicionario de Tierra Firme, Santo Tomás de Angostura, 8 de ju­ lio de 1820, Actas de la Diputación Permanente del Congreso de Angostura, edición de J. D. Monsalve, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1927 (Biblioteca de Historia Nacional, XL), pp. 138-140.

6  «Carta del general José Antonio Páez al general Pablo Morillo, cuartel gene­ ral de San Juan de Payara, 13 de julio de 1820», Correo del Orinoco, 73 (sábado, 29 de julio de 1820).

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En su Manifiesto a los Pueblos de Colombia, Fernando de Pe­ ñalver, quien había presidido la reinstalación del Congreso de Ve­ nezuela, expuso las razones por las cuales había llegado muy tarde el ofrecimiento del general Pablo Morillo. Después de la experien­ cia de diez años de guerra, los granadinos y venezolanos se habían transformado: en 1810, los ciudadanos temían ser soldados y no contaban con ejércitos ni con elementos para formarlos. Diez años después, todos eran soldados o querían serlo, y se contaba con há­ biles generales, soldados veteranos, armas y municiones abundan­ tes. Esto significaba que «ya el Pueblo de Colombia es un pueblo enteramente nuevo, regenerado por diez años de lucha en que ha desaparecido los inconvenientes físicos y morales que hacen dudosa su independencia, él se ha hecho digno y capaz de mandarse a sí mismo, y de no obedecer a otra voluntad, ni a otra soberanía que a la suya propia». Buena parte de los ciudadanos se habían conven­ cido de la perfidia del Ejército Expedicionario español, pues nunca había cumplido sus ofertas ni sus tratados, despreciando el derecho de gentes. En esa circunstancia, el reconocimiento de la soberanía y la independencia de la República de Colombia era la nueva base de las relaciones de los colombianos con los españoles, porque así lo exigían los diez años de sacrificios  7.

De todos modos, el general Pablo Morillo insistió ante el general Simón Bolívar, nombrado presidente de la República de Colombia, sobre la negociación de un armisticio. En este intento sí consiguió su propósito, pues los días 25 y 26 de noviembre de 1820 los seis comi­ sionados nombrados por las dos partes concluyeron y firmaron, en la ciudad de Trujillo, tanto un Tratado de Armisticio como un Tra­ tado de regularización de la guerra. Los aciagos tiempos de la guerra a muerte habían terminado, ya que en adelante la guerra entre Es­ paña y Colombia se haría «como la hacen los pueblos civilizados», recibiendo los prisioneros de guerra un trato respetuoso hasta nego­ ciar su canje. No le sería aplicada la pena de muerte a los desertores. Las hostilidades entre los dos ejércitos se suspenderían por seis me­ ses y se respetarían las plazas de Cartagena y Maracaibo, en poder

7  Fernando de Peñalver, presidente del Congreso de Venezuela, «Manifiesto a los Pueblos de Colombia, Santo Tomás de Angostura, agosto de 1820», Correo del Orinoco, 77 (sábado, 26 de agosto de 1820).

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del Ejército español  8. Gracias a estos acuerdos, los generales Murillo y Bolívar pudieron concertar una entrevista personal, realizada en el pueblo de Santa Ana el 27 de noviembre siguiente. Después de los efusivos abrazos de los dos guerreros pasaron a consumir una senci­ lla comida, seguida de un brindis por la reconciliación de los espa­ ñoles y los colombianos. La tregua de seis meses fue un gran logro del general Morillo y puede considerarse un efecto de la nueva vi­ gencia de la Carta de Cádiz.

El 11 de noviembre de 1820 zarparon del puerto de Cádiz seis comisionados del «rey constitucional de las Españas», cuya mi­ sión era intentar una pacificación de las provincias de Venezuela, el Nuevo Reino de Granada y el Perú. Como las dos primeras en­ tidades estaban ya unidas en la República de Colombia por efecto de la Ley fundamental del 17 de diciembre de 1819, los dos comi­ sionados para Caracas (José Sartorio y Francisco Espelius) y los del Nuevo Reino de Granada permanecieron en Caracas desde el 24 de diciembre de 1820, solicitando una entrevista con los comisionados del presidente de Colombia.

Desde Boconó de Trujillo, el 10 de marzo de 1821, el Liberta­ dor presidente de Colombia ofició al nuevo jefe del Ejército Ex­ pedicionario español, don Miguel de la Torre, el cese de la tregua pactada con el general Murillo, quien había regresado a la Penín­ sula. De acuerdo con el artículo 12 del Tratado, con una anticipa­ ción de cuarenta días debía anunciarse la finalización de la tregua. Había llegado el momento de escoger una opción: hacer la paz o combatir de nuevo. Fue entonces cuando preguntó si los dos co­ misionados enviados por el rey traían facultades para impedir la reanudación de la guerra, ofreciendo algún tratado de paz entre las naciones española y colombiana  9. El general La Torre respondió el 21 de marzo siguiente que, como no aceptaba que los comisionados enviados por el rey fuesen intimados a aceptar la independencia

8  Los dos tratados fueron publicados en la entrega 90 del Correo del Orinoco (sábado, 23 de diciembre de 1820).

9  «Oficio del Libertador presidente de Colombia al general Miguel de la To­ rre, jefe del Ejército Expedicionario español, Boconó de Trujillo, 10 de marzo de 1821», Correo del Orinoco, 101 (sábado, 14 de abril de 1821). La respuesta dada por el general Miguel de la Torre desde el cuartel general de Caracas el 21  de marzo de 1821 también fue publicada en esta entrega.

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de Colombia para poder negociar, las operaciones militares serían reanudadas el siguiente 28 de abril y su responsabilidad sería atri­ buida por el mundo a los colombianos. Los dos generales pasaron entonces a publicar sus respectivas proclamas, dirigidas a sus solda­ dos, anunciando la reanudación de la guerra. Los comisionados lle­ gados de Cádiz ya no tenían nada que hacer en Caracas, en especial porque el general venezolano José Francisco Bermúdez tomó Cara­ cas el 14 de mayo de 1821.

La nueva adopción de la Constitución española en algunas provincias

Entre los años 1820 y 1822, la Constitución de la monarquía es­ pañola tuvo su segunda oportunidad en algunas provincias de la ju­ risdicción del extinguido virreinato de Santafé. El Gobierno de la Real Audiencia de Quito despachó a las autoridades locales de sus provincias cinco reales órdenes relacionadas con el restablecimiento de las instituciones de la Constitución gaditana de 1812, que ya ha­ bían sido experimentadas durante los años de 1813 y 1814. Difun­ diendo la idea de que el rey había jurado en 1820 la Constitución política de la monarquía española, solicitó a sus entidades locales su­ jetas proceder a organizar nuevas ceremonias de jura de ella y a esta­ blecer el gobierno político, militar y judicial contenido en ella.

Así fue como en la ciudad de Barbacoas, el 8 de octubre de 1820, se realizó la ceremonia de jura de la Constitución española en su igle­ sia ordenada por don Antonio Rodríguez y Moreno, capitán de in­ fantería de los reales ejércitos, teniente gobernador y corregidor de naturales de dicha ciudad y su provincia. La fórmula empleada en el juramento público fue muy simple: «Hice levantar las manos y hacer la señal de la cruz, y les dije: ¿Juráis por Dios nuestro Señor y esta señal de cruz, y por los santos evangelios, ser fieles al Rey, y obser­ var estrictamente la constitución política de la Monarquía Española? Respondieron: sí juramos, y besaron la cruz. Y yo les repuse: si así lo hiciereis Dios os ayude, y de lo contrario, os lo demande»  10.

10  Jura de la Constitución española en la ciudad de Barbacoas, 8 de octubre de 1820, Archivo Histórico Nacional, Quito, fondo Corte Suprema de Justicia, serie Gobernación de Popayán, caja 351, carpeta 5.

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El 2 de agosto de 1821, después de la jura pública de la Cons­ titución de la monarquía española en el pueblo de Túquerres, ca­ beza del partido de la provincia de Los Pastos, se instaló el ayunta­ miento constitucional que había sido ordenado por el gobernador de la provincia de Popayán, integrado por don Tomás López Pardo, don Bernardo de Benavides y Burbano, don José Antonio Arellano y Muñoz, don José María López Moreno, don Mariano de Guevara, don Jacinto María Bravo y don Mateo Gómez Jurado. La Audiencia de Quito acusó esta noticia el 20 de agosto siguiente y ordenó que los miembros del mencionado ayuntamiento podían usar el tratamiento de excelencia  11.

En la gobernación de Veraguas, el gobernador don José de Fá­ brega, teniente coronel de los reales ejércitos, tan pronto recibió el nuevo texto impreso de la Constitución de la monarquía española y el Manifiesto del Rey a la Nación del 10 de marzo de 1820 que ju­ raba su adopción, ordenó la realización de su jura en la ciudad de Santiago de Veraguas el día 12 de julio de 1820. Ese día fue leída en su totalidad la Constitución por el escribano Manuel Eugenio Saldaña y después el gobernador juró su obediencia ante los evan­ gelios y dos velas encendidas  12. Previamente se había realizado la jura en la ciudad de Panamá, en este mes de julio, bajo la autoridad del comandante general de esa plaza.

En la ciudad de Caracas, bajo la mirada del general Pablo Mo­ rillo, jefe del Ejército Expedicionario de Tierra Firme, fue jurada la Constitución de la monarquía el 7 de junio de 1820. Ese acto fue seguido de su comunicación al Serenísimo Congreso de Venezuela del 17  de junio, ya mencionado, que proponía una reconciliación sobre la base de la adopción de la carta gaditana. El 12  de junio ya había dirigido el general Morillo una convocatoria a los emigra­ dos de Costa Firme instándolos a regresar a sus hogares, ponién­ dose bajo la autoridad del nuevo gobierno representativo que ha­

11  Instalación del ayuntamiento constitucional en Túquerres, provincia de Los Pastos, 2 de agosto de 1821, Archivo Histórico Nacional, Quito, fondo Corte Su­ prema de Justicia, serie Gobernación de Popayán, caja 351, carpeta 10.

12  Certificaciones del escribano de Santiago de Veraguas sobre la jura de la Constitución de la monarquía en esa ciudad, Veraguas, 12 y 13 julio de 1820, Ar­ chivo del Congreso de los Diputados Españoles, serie general, leg. 87, núm. 112, y leg. 88, núm. 7.

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bía vuelto a tener vigencia gracias a la jura realizada en Caracas. El ayuntamiento constitucional de Puerto Cabello no solo juró la carta de la monarquía, sino que dirigió al rey unas observaciones políti­ cas contra las pretensiones de infracción de algunos de sus artícu­ los por una junta de autoridades de Caracas  13.

En la plaza de Cartagena, último refugio del virrey y de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada, se hizo la jura de la Constitución de la monarquía en los días 10 y 11 de junio de 1820. El 7 de junio anterior, los oficiales de la guarnición se plan­ taron frente al palacio de la Gobernación para pedir la jura, se­ gún lo había dispuesto el brigadier Gabriel de Torres y Velasco, comandante general de la tercera división del Ejército Expedicio­ nario de Tierra Firme, para vencer la resistencia del anciano vi­ rrey don Juan Sámano, respaldado por los granaderos de su guar­ dia personal. El siguiente día 9, las tropas del gobernador Torres ocuparon el baluarte de Santo Domingo y detuvieron al brigadier Cano, comandante del regimiento local. Aliado con el oidor de­ cano Francisco de Mosquera y Cabrera, Torres y todas las autori­ dades de la ciudad juraron la Constitución a las cinco de la tarde. Al día siguiente esta fue proclamada en la catedral sin la asisten­ cia de Sámano, que para vencer su resistencia fue separado del mando. Torres pasó entonces a proponerle al general Simón Bo­ lívar una reconciliación al amparo de la Constitución de la mo­ narquía, que este rechazó con indignación en carta del 28  de agosto siguiente. Las tropas colombianas, encabezadas por Ma­ riano Montilla, Luis Brion y José Padilla, pasaron a sitiar la plaza, bien abastecida desde Cuba y Jamaica, con lo cual no fue hasta el 10 de octubre de 1821 que las fuerzas españolas abandonaron fi­ nalmente esta plaza bajo el mando de Torres  14. Había caído el úl­ timo bastión del Trienio Liberal en la parte caribeña del Nuevo Reino de Granada, pues aún quedaba la provincia de Pasto en la resistencia.

13  «Carta del ayuntamiento constitucional de Puerto Cabello dirigida al rey Fernando VII, Puerto Cabello, 6 de octubre de 1829», Correo del Orinoco, 93-97 (27 de enero y 3, 10, 17 y 24 de febrero de 1821).

14  Adelaida Sourdis Nájera: «Los últimos días del Gobierno español en Co­ lombia», Memorias, revista digital de Historia y Arqueología desde el Caribe Colom­ biano, 13 (2010), pp. 67-86.

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En las tres provincias subordinadas al presidente de la Real Au­ diencia de Quito, la Constitución de la monarquía española fue ju­ rada por doquier, restableciéndose la experiencia de los ayunta­ mientos constitucionales de la década anterior. Las repúblicas de indios formaron sus ayuntamientos y el orden gaditano tuvo su se­ gunda oportunidad hasta que se produjo la invasión de las tropas colombianas al amparo del uti posidetis de 1810, que le permitió a la nueva República de Colombia reclamar los territorios de las provincias de Quito, Cuenca y Guayaquil, subordinadas al virrei­ nato de Santafé. Quito fue tomada tras la batalla de Pichincha y la presencia militar colombiana en Guayaquil bastó para que su cole­ gio electoral aprobara su incorporación a Colombia, al menos por ocho años.

Seguimiento de las noticias de la Revolución española en Angostura

En la entrega  56 del Correo del Orinoco, publicada en Santo Tomás de Angostura el sábado 25  de marzo de 1820, fue publi­ cada la Alocución del Ejército Constitucional al Pueblo Español, re­ dactada por Antonio Quiroga y publicada originalmente en la Ga­ ceta Patriótica del Ejército Nacional, en la ciudad de San Fernando, el 25 de enero de 1820. Se acompañó de la epístola patriótica es­ crita por «Un patriota de Gerona», tomada de la entrega 14 del Es­ pañol Constitucional. El redactor del Correo del Orinoco vio en esta Alocución un presagio favorable a la pronta terminación de la gue­ rra que libraba el Ejército Expedicionario de Tierra Firme contra el Ejército Libertador de Colombia. Si las ideas liberales se difundían en la Península, los españoles quedarían persuadidos «de la justicia que demanda el americano» y además su guerra civil le quitaría re­ cursos para emplear en América. Pasarían entonces a proponerle a los americanos la adopción de la Constitución de 1812 restaurada, «mezquina con respecto a nosotros, como liberal para ellos». Por eso aconsejaba preparar una respuesta que recordara la despropor­ cional representación que había existido en las primeras Cortes de 1810-1813, que le había negado a «tres cuartas partes del pueblo americano el derecho de ser representados», y además las violencias que habían ejecutado en América los jefes militares españoles (Ve­

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negas, Monteverde, Callejas y Abascal) bajo la vigencia de la Cons­ titución de la monarquía.

En la entrega 57 del Correo del Orinoco, publicada el sábado 8 de abril de 1820, se publicaron tres proclamas de Antonio Qui­ roga, datadas en el cuartel general de San Fernando los días  5, 9 y 14 de enero de 1820, dirigidas al ejército y a la marina españo­ las, así como al obispo de la Diócesis de Cádiz. En la siguiente entrega  (la 58) fueron publicados extractos de cartas datadas en Madrid, llegadas en las gacetas francesas, sin que el redactor del Correo del Orinoco se atreviese a opinar abiertamente sobre la Re­ volución de España. Casi en todas las sucesivas entregas de este pe­ riódico aparecen noticias varias sobre la Revolución española, hasta llegar a la entrega 63, en la que se insertó el Manifiesto del Rey a la Nación española del 10 de marzo de 1820, en el cual anunciaba su juramento de obediencia a la Constitución de 1812, prestado a las seis de la tarde del día anterior, así como la nueva convocatoria a Cortes. Fue leída entonces, por los lectores colombianos, su fa­ mosa frase que rezaba: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional; y mostrando a la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre español, al mismo tiempo que la­ bramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria»  15.

La consecuencia inmediata para los americanos de la jura del rey a la Constitución española de 1812 pudo leerse en la entrega 69 del Correo del Orinoco: el Manifiesto del rey Fernando VII a los españo­ les americanos de Ultramar. Allí decía el rey: «Los dos hemisferios, hechos para estimarse, no necesitan sino entenderse para ser eter­ namente amigos inseparables, protegiéndose mutuamente en vez de buscar ocasiones en que perjudicarse»  16. En esta misma entrega fue publicada una respuesta inmediata de los «Americanos del Sur» al rey Fernando  VII: «Los errores de vuestra majestad destruyeron la

15  «Manifiesto del rey a la nación española, Madrid, 10 de marzo de 1820», Co­ rreo del Orinoco (Angostura), 63 (sábado, 20 de mayo de 1820). Reproducido de la Gazeta extraordinaria de Madrid, domingo, 12 de marzo de 1820.

16  «Manifiesto del rey Fernando a los españoles americanos», Correo del Ori­ noco (Angostura), 69 (sábado, 1 de julio de 1820). Seguida de la respuesta de «Los Americanos del Sur».

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ilusión de unir nuestros destinos al de la Monarquía europea, si se nos hubiese ofrecido la oliva en 1814 [...] pero hoy nuestra determi­ nación es irrevocable; y por ansiosos que estemos de envainar la es­ pada, lo estamos mucho más de blandirla en defensa de nuestros más caros derechos». Para confirmar la postura de esos «Americanos del Sur», en la siguiente entrega del Correo del Orinoco de 8 de julio de 1820 fue insertada el Acta de independencia de Venezuela que había sido aprobada por el primer Congreso constituyente el 5 de julio de 1811. En el acto conmemorativo del noveno aniversario de la aproba­ ción de esa Declaración de la independencia de Venezuela, organizado en Santo Tomás de Angostura, el vicepresidente interino de Colom­ bia dijo que la ceremonia de acción de gracias a Dios por esa Decla­ ración podía servir de «contestación al Manifiesto con que nos llama Fernando VII a jurar la Constitución española de 1812»  17.

La Constitución de la República de Colombia

El 6 de mayo de 1821 se instaló en la Villa del Rosario de Cúcuta el Congreso constituyente de Colombia, una realización de la pro­ mesa de la Ley fundamental del 17 de diciembre de 1819 anterior. Por su parte, el Libertador presidente entró triunfante a la ciudad de Caracas el 29 de junio siguiente. La realización del proyecto de la na­ ción colombiana pareció entonces un hecho consumado, si bien los ejércitos colombianos tenían por delante todavía la conquista de las provincias del sur de Colombia (Pasto, Quito, Cuenca y Guayaquil) y de las plazas fuertes de Cartagena, Maracaibo y Puerto Cabello. El resultado de la batalla de Carabobo, librada el 24 de junio de 1821, en palabras del general Bolívar, había confirmado «el nacimiento po­ lítico de la República de Colombia». Solo restaba por conquistar Puerto Cabello y Cumaná para completar la total liberación de la an­ tigua Capitanía general de Venezuela. El sitio de Cartagena había co­ menzado y muy pronto saldrían hacia la Península los restos del Ejér­ cito español que conservó el general Miguel de la Torre.

17  «Discurso del vicepresidente interino de Colombia en el acto de acción de gracias dirigidas al Ser Supremo en el noveno aniversario de la aprobación de la Declaración de independencia de Venezuela, Angostura, 5 de julio de 1820», Co­ rreo del Orinoco (Angostura), 70 (sábado, 8 de julio de 1820).

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Finalmente, el 30 de agosto de 1821 fue aprobada y firmada por los diputados al Congreso constituyente la primera Constitución de la República de Colombia. El primero de sus artículos estableció que la nación colombiana era, para siempre y de forma irrevocable, libre e independiente de la monarquía española. En adelante, la soberanía residía esencialmente en la nación colombiana. La incompatibilidad con el tercer artículo de la Constitución política de la monarquía es­ pañola, que también atribuía la soberanía a la nación española, era absoluta. Tendrían que coexistir en adelante dos naciones distintas, la española y la colombiana, pues el resultado de la guerra había ce­ rrado el proyecto de incorporación de los ciudadanos colombianos a la «reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Solo te­ nían en común el precepto de que ninguna de las dos naciones, la que había nacido en 1812 en Cádiz y la que había nacido en la Vi­ lla del Rosario de Cúcuta en 1821, podría ser nunca «patrimonio de ninguna familia ni persona». Durante la sesión del 3 de octubre de 1821 se presentó el general Simón Bolívar para prestar el juramento correspondiente a su empleo de presidente constitucional de Colom­ bia y también el general Francisco de Paula Santander para prestar el que le correspondía como vicepresidente constitucional.

Seguimiento de las noticias de la Revolución española

Con la seguridad que daba el contar con una carta constitucio­ nal aprobada, el nuevo redactor de la Gaceta de Colombia enumeró los males de la política española bajo el ordenamiento del Trienio Liberal, para sostener su opinión sobre «los vicios de que adolece una Constitución cuyos principios democráticos, nada o mal tem­ plados con los aristocráticos, es posible acomodarlos a una forma de Gobierno monárquico». El asunto era que la carta gaditana no había respondido aún a las esperanzas de los legisladores, «y ca­ mino lleva de nunca corresponder, según las apariencias». En sínte­ sis, «los vicios» de esa Constitución no le concedía la virtud «para hacer la felicidad de pueblos tan remotamente lejanos como ilustra­ dos, hoy día cerca de sus verdaderos intereses»  18.

18  «Noticias extranjeras. España», Gaceta de Colombia (Villa del Rosario de Cúcuta), 2 (domingo, 9 de septiembre de 1821).

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El discurso del rey al cerrar las sesiones de las Cortes ordina­ rias el 30 de junio de 1821 fue comentado por el redactor de la Ga­ ceta de Colombia. Como el rey afirmó que haría todo género de es­ fuerzos para restablecer el orden en las provincias de Ultramar, el comentarista opinó que el Ministerio de Su Majestad debería estar mejor informado sobre la situación de América tras once años de revolución y lucha por su independencia, cuando el menos adver­ tido ya sabía que «la revolución es ya en la masa general, la obra no solo del sentimiento sino de la reflexión». La guerra había ensan­ chado el tamaño del territorio liberado de la monarquía no solo por el progreso de las armas colombianas y chilenas, sino porque las co­ sas habían llegado a tal punto que era imposible el cumplimiento del deseo del rey  19.

El discurso del rey al abrir las sesiones de las Cortes de 1822 también fue anotado por el redactor de la Gaceta de Colombia, en especial el llamamiento a adoptar medidas «para obtener el bienes­ tar y la pacificación de la América». La palabra «pacificación», re­ cordó el redactor, traía a la memoria de los americanos «una mul­ titud de ideas dolorosas», el «cuadro de desolación de su país y el compendio de once años de desastres». Colombia solo podía llorar «la pacificación» encomendada a Boves, Morillo, Enrile y a «tan­ tos otros monstruos que desencadenó la España en su furor contra nosotros». La palabra «pacificación» era tan abominable para los americanos que debería borrarse hasta de los diccionarios, como la palabra «Inquisición», porque evocaban «la memoria de los más es­ candalosos atentados de la especie humana»  20.

La Gaceta de Colombia acogió el texto del mensaje al rey que fue aprobado por las Cortes en su sesión del 24 de mayo de 1822, en el que, «oprimidos de dolor a vista de las terribles calamidades que afligen a la Nación», los diputados expusieron los peligros «te­ rribles y espantosos» que se cernían sobre España. La exasperación del pueblo español había llegado a límites peligrosos, originada en

19  «Reflexiones sobre el discurso de S. M. C. en la sesión de clausura de las Cortes ordinarias de 1820-1821», Gaceta de Colombia (Villa del Rosario de Cú­ cuta), 7 (jueves, 27 de septiembre de 1821).

20  «Anotaciones al discurso de Su Majestad en la apertura de las sesiones de las Cortes de 1822», Gaceta de Colombia (Villa del Rosario de Cúcuta), 15 (domingo, 27 de enero de 1822).

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los ataques de muchos malvados contra las instituciones constitucio­ nales y liberales, y contra «los progresos de la libertad y las luces». Buena parte del clero se pronunciaba contra las libertades emana­ das de la Constitución, las facciones se multiplicaban en Cataluña y la administración de las provincias se había puesto en manos inex­ pertas y odiadas por los pueblos. Era preciso que el rey arrancase de raíz todos esos males y peligros, empoderase las leyes e impulsara el gobierno. Para ello pidieron aumentar y armar tanto a la milicia na­ cional como a los voluntarios, «porque los ciudadanos armados en defensa de sus hogares y de su libertad son la guarda más fuerte de la constitución», y además comunicar a los gobiernos extranjeros que no interviniesen, directa o indirectamente, en los asuntos do­ mésticos de España. También habría que reprimir los excesos de los funcionarios que abusaban de sus poderes, exterminar a los faccio­ sos y expulsar a los eclesiásticos que predicaban el fanatismo y la re­ belión. En síntesis, el rey y las Cortes debían unirse estrechamente para defender el orden constitucional restaurado  21.

Como este mensaje demostraba «a todas luces el estado crítico y lamentable en que se encontraba la nación española», el redac­ tor de la Gaceta de Colombia introdujo unas «reflexiones» escritas por E. M. C. y publicadas originalmente en la Gaceta de Cartagena: ninguna de las disposiciones adoptadas por los Cortes ni la ley del 28 de abril de 1821, que prescribía pena de muerte a quienes aten­ tasen contra la Constitución, habían bastado para evitar la guerra civil. ¿En qué consistía ese «caos de confusión en que se halla su­ mergida la desgraciada España»? En opinión del columnista car­ tagenero, la respuesta a esta pregunta por el origen del «estímu­lo anticonstitucional de España» apuntaba a los gobiernos de las na­ ciones vecinas, con lo cual la lucha era «más peligrosa y duradera». De cualquier manera, los sucesos del Trienio Liberal en España da­ ban la razón a los colombianos que se negaron a aceptar la pro­ puesta de adopción de la Carta de 1812 para construir algún enten­ dimiento con la monarquía constitucional, abandonando «la grande empresa de su independencia y emancipación» para abrazar «un sistema que se bambolea en el suelo mismo en que se plantó». Es­

21  Este mensaje de las Cortes ordinarias al rey fue tomado por los redactores de la Gaceta de Colombia de The Times (Londres, 10 de junio de 1822) y publicado en las entregas 49 y 50 (22 y 29 de septiembre de 1822).

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tarían ahora expuestos a «volver a ser uncidos al carro del despo­ tismo que han arrastrado por más de tres centurias», como había sucedido en los tiempos de la guerra de sucesión o de la lucha con­ tra los invasores franceses. Haber resistido a la seducción de Muri­ llo o de los comisionados reales había sido la mejor decisión de los colombianos, pues «a despecho de la naturaleza, se nos quería so­ meter otra vez a la Península»  22.

El gobernador de la provincia de Santa Marta informó al Go­ bierno de Colombia que el 22 de septiembre de 1822 había entrado a su puerto un bergantín inglés procedente de Burdeos, cuyo capi­ tán había informado que todo el reino de Cataluña estaba en re­ belión contra las Cortes españolas, intentando erigirse en gobierno independiente de ellas. Los periódicos llegados de La Habana in­ sertaban los partes de guerra de los jefes militares encargados de combatir a las guerrillas que se habían formado en el reino de Gali­ cia. Otro periódico informaba que una multitud había asesinado en Valencia al general Francisco Javier de Elio solo porque había sido proclamado capitán general por un cuerpo del Ejército que se pro­ nunció contra el orden constitucional. En general, las noticias sobre la formación de guerrillas en muchas provincias españolas ocupa­ ron las entregas de la Gaceta de Colombia desde el mes de octubre de 1822, como también de los sospechosos movimientos del Ejér­ cito francés en los Pirineos.

La entrega 56 (10 de noviembre de 1822) de la Gaceta de Co­ lombia finalmente insertó una columna titulada «Revolución en Madrid». Gracias a los periódicos llegados de Inglaterra y de Fran­ cia a los puertos colombianos, ya no había duda: el ordenamiento constitucional que había comenzado en España al amanecer del año 1820 estaba llegando a su final. Ya era evidente que una conspira­ ción general se había tramado contra el Gobierno constitucional y que el «cordón sanitario» francés en los Pirineos era realmente un ejército de reserva y «el punto de apoyo de los hijos desnaturaliza­ dos que aspiran a restablecer el despotismo». La agitación que se respiraba en Madrid había concluido el día en que el rey clausuraba las sesiones de las Cortes (30  de junio) y regresaba al palacio se­

22  E. M. C., «Reflexiones a que da lugar la representación de las Cortes españo­ las al rey», Gaceta de Cartagena, 25 y 26 (1822). Reproducidas en la Gaceta de Co­ lombia, 50 (29 de septiembre de 1822).

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guido de una multitud que aclamaba la Constitución de 1812. Bajo los arcos del palacio, los guardas hicieron fuego contra la muche­ dumbre, iniciándose un tumulto popular con saldo de cuatro guar­ dias reales y un miliciano muertos. Las hostilidades armadas entre cuerpos militares comenzaron, el duque del Infantado fue compro­ metido en la rebelión, lo ministros presentaron sus renuncias y las refriegas abundaron.

Una gaceta de Jamaica llegada al puerto de Cartagena trajo los nombres del nuevo Ministerio, de las marchas de cuerpos de ejército contra Cataluña y el texto de la representación del ayuntamiento de Madrid al rey sobre los sucesos del 5, 6 y 7 de julio de 1822, soli­ citando diversas medidas para el restablecimiento del orden, entre ellas su declaración unívoca en defensa de la Constitución.

La entrega 104 (septiembre de 1823) de la Gaceta de Cartagena ofreció un extracto de todas las noticias sobre el estado de la gue­ rra civil en la Península, identificando la distribución y los jefes de todos los cuerpos del Ejército español. Incluyó las propuestas del conde de La Bisbal para restablecer la paz y la unión de los espa­ ñoles, así como para satisfacer las exigencias del Ejército francés in­ vasor. También ofreció noticias sobre los planes de evacuación de Madrid por los constitucionalistas y sobre el mantenimiento del or­ den en dicha ciudad por las tropas del duque de Angulema, en vista de los destrozos y saqueos que la plebe hacía en los bienes de los constitucionalistas. Un balance de la situación española en el año 1823 fue ofrecido por el redactor de la Gaceta de Colombia en su entrega 101 (21 de septiembre de 1823): la mitad de la Península española ya estaba bajo las órdenes del duque de Angulema, quien intentaba restablecer la monarquía al estado que tenía el 31 de di­ ciembre de 1819, y la otra mitad era defendida por los sostenedo­ res de la Constitución de 1812 que resistían la invasión francesa. En Madrid despachaba una Regencia con dos Consejos (Castilla e In­ dias), y en Cádiz un Gobierno constitucional. En esas circunstan­ cias, el redactor colombiano tomó partido por los españoles cons­ titucionalistas, «dirigiendo al cielo nuestros votos por el triunfo de la causa de la libertad; olvidando en este instante nuestros agravios, y deseamos vehementemente que los que con las armas en la mano han emprendido arrebatar a España el Código de su bien, encuen­ tren en ella su castigo». Ante el drama sangriento de la guerra ci­ vil española, este redactor deseó el triunfo de «la causa de la filo­

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sofía en la patria de nuestros enemigos», como los colombianos «la haremos triunfar aquí sobre los que se arrojen a venir a marchitar sus laureles y a derramar su sangre, en contradicción con sus prin­ cipios y su gloria».

La llegada de un ejemplar del Indicador Constitucional de La Habana (22  de junio de 1823) al puerto de Cartagena permitió a los lectores colombianos conocer el texto del real decreto dado por el rey en el alcázar de Sevilla el 23  de abril de 1823, por el cual declaró formalmente la guerra a Francia. Esta publicación estuvo acompañada por el Manifiesto del rey a la nación (Sevilla, 23  de abril de 1823), en el que convocaba a los españoles a sostener la Constitución, «nuestra ley fundamental», y a continuar siendo es­ pañoles de corazón. Pero en la entrega 107 de la Gaceta de Colom­ bia (2 de noviembre de 1823) ya su redactor daba por cierto que los ejércitos franceses y los enemigos de la Constitución española gana­ rían. La deserción de los generales O’Donnel y Morillo, la revolu­ ción de Portugal y la conducta del rey anunciaban que los esfuerzos de los constitucionales eran infructuosos. En esta nueva circunstan­ cia, el redactor preguntó: ¿Qué tiene Colombia que temer por su suerte futura si la Constitución española fuese abolida y el rey rea­ sumiera su antiguo poder absoluto? Nada, respondió. España ya no tenía la capacidad para enviar a América un ejército expedicionario de 10.000 hombres como el que Pablo Morillo condujo en 1815, y la Colombia de 1823 ya era muy diferente de la que existía en 1815, debilitada por una guerra civil de sus provincias y por jefes espa­ ñoles capaces en Quito, Cuenca, Guayaquil y Perú. La experiencia militar de los ciudadanos colombianos, su patriotismo, la habilidad de sus generales y oficiales, la magnitud de sus recursos, prometían «un éxito feliz en la prolongación de la guerra». En 1823 ya Colom­ bia podía acumular lo indispensable para afrontarla: «bastantes sol­ dados, buena marina, almacenes abundantes y el espíritu público en el más alto grado de exaltación».

Las gacetas francesas llegadas a Cartagena en las balandras pro­ cedentes de la isla de Martinica a mediados de noviembre de 1823 confirmaron el pronóstico: las plazas fuertes y los cuerpos del Ejér­ cito constitucional iban cayendo, la isla de León y Cádiz habían sido entregadas a las tropas francesas, y la familia real se había li­ brado del control de los constitucionalistas. El rey había recompen­ sado a los militares que se habían opuesto a la revolución del 1 de

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enero de 1820 y a los generales franceses que hicieron la campaña de España. La amnistía había excluido a los caudillos de la revolu­ ción constitucionalista. Finalmente, la entrega 119 de la Gaceta de Colombia (25 de enero de 1824) insertó un extracto de las noticias llegadas en las gacetas de Jamaica: el decreto dado por el rey Fer­ nando  VII en el puerto de Santa María el 1  de octubre de 1823 por el cual todos los actos emitidos por su Gobierno, desde el 7 de marzo de 1820 y hasta el 1  de octubre de 1823, serían nulos, de ningún valor ni efecto. Las milicias nacionales fueron licenciadas, el general Rafael de Riego había sido condenado a muerte (fue ahor­ cado el 6 de noviembre), las familias de los liberales habían salido fugitivas de la Península, el duque del Infantado había sido nom­ brado generalísimo de las tropas de España y los diputados de las Cortes habían huido rumbo a Tánger.

Un balance del Gobierno de Colombia

Al abrir las sesiones de la Legislatura de 1824, el vicepresidente Francisco de Paula Santander presentó en su mensaje de apertura un balance de la situación española. El Gobierno de Fernando VII continuaba en su política de desconocimiento de la independen­ cia de la República de Colombia y del poder que la había colocado al nivel de los pueblos independientes. Antes de su disolución, las Cortes se negaron a reconocer a los nuevos estados americanos in­ dependientes, argumentando que preferían enviar comisionados que oyesen sus peticiones. El Gobierno de Colombia, que origi­ nalmente se negó a cualquier negociación mientras no fuese reco­ nocida su soberanía nacional, aprovechó todas las oportunidades para convencer al Gobierno español que estaba listo para olvidar los agravios, poner fin a la guerra y promover la prosperidad de los dos Estados. Pero la catástrofe ocurrida al Gobierno constitu­ cional español durante el año anterior redujo al Gobierno colom­ biano a confiar solamente en sus armas. El rey Fernando VII, res­ taurado en su trono absoluto con el concurso del Ejército francés y de una parte de los españoles, había mostrado en sus primeros do­ cumentos una intención de renovar la guerra con los nuevos Esta­ dos americanos. Por ello, el Poder Ejecutivo colombiano pedía a esta Legislatura los medios para conservar la seguridad exterior y la

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tranquilidad interna de la república. El éxito de la defensa contra la monarquía dependía de esos medios, aportados por los legislado­ res durante el curso de las sesiones de este año.

En su discurso de réplica al mensaje del vicepresidente, el pre­ sidente del Senado de Colombia prometió ocuparse de esa solici­ tud de recursos para la defensa, argumentando que el Gobierno monárquico tendría que abandonar «la criminal y temeraria em­ presa de hacer la guerra a republicanos que han jurado morir o gozar de la libertad e independencia que les concedió la na­ turaleza, y que han sabido recobrar a fuerza de constancia y de padecimientos»  23.

El redactor del Courier de Madrid ya había examinado en su entrega del 5 de diciembre de 1823 las dificultades de la monar­ quía para hacer una nueva tentativa que trajese a los dominios americanos de nuevo a la obediencia. Después de lo acaecido en la Península durante el año de 1823, España necesitaría «un buen sis­ tema de gobierno, un dilatado reposo y una grande prosperidad» para poder proveer a su nuevo Gobierno de los medios necesarios para poder emprender algún nuevo intento de «sumisión de las colonias». Pero cuando ello ocurriese ya se habría perdido «irre­ vocablemente la ocasión», puesto que el tiempo requerido para preparar semejante propósito ya habría sido usado por las nue­ vas repúblicas americanas para consolidar su poderío, impidiendo los trastornos llegados del exterior. En el caso de Colombia, que por catorce años había resistido todos los intentos armados, la em­ presa estaba condenada al fracaso. Más de veinte generales espa­ ñoles habían sido forzados a dejar sus puestos de mando y al final existía un gobierno con un cuerpo representativo, cuyas delibera­ ciones «no son indignas de las asambleas de los países civilizados». Por lo demás, todos los actos esenciales de la soberanía eran ejer­ cidos por los colombianos.

La República de Colombia solo existió durante una década, pues sus propias contradicciones la disolvieron, naciendo de sus cenizas las tres nuevas repúblicas que en su orden de llegada al mundo po­ lítico se llamaron Venezuela, Ecuador y Nueva Granada. Aunque

23  José María del Real, «Contestación que el presidente del Senado de Colom­ bia dio al excelentísimo señor vicepresidente de la República, encargado del poder ejecutivo», Gaceta extraordinaria de Colombia (martes, 27 de abril de 1824).

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coexistió durante tres años con el Estado monárquico constitucio­ nal español y aunque fueron bastantes sus provincias que juraron de nuevo la Carta de Cádiz y erigieron ayuntamientos constitucio­ nales hasta que las tropas colombianas las disolvieron, pudo andar por el camino de la existencia soberana e independiente, legando a sus epígonos una rica experiencia republicana.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.
Del archivo personal de Armando Martínez Garnica.