Colección Martínez Garnica

Historia de las polí­ti­cas de la Armada Colom­biana

ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.
Armada de Colombia · Pro­te­ge­mos el azul de la bandera. Uni­ver­si­dad del Rosario.

Capítulo 1. La tardía for­mu­la­ción de las polí­ti­cas navales

El fallido proyecto de ley orgánica de 1823. La impo­ten­cia estatal frente a la sepa­ra­ción del depar­ta­mento de Panamá. Res­puesta a la ocu­pa­ción de Leticia. Par­ti­ci­pa­ción en la guerra de Corea. Apuntes sobre política naval.

El fallido proyecto de ley orgánica de 1823

El primer intento repu­bli­cano de deter­mi­na­ción de una política de marina de guerra se produjo en 1823, durante la corta exis­ten­cia de la primera Repú­blica de Colombia. Sus autores fueron dos hombres nacidos en la costa que mira hacia el mar Caribe: el general de división José Padilla López, natural de Riohacha y vecino de Car­ta­gena de Colombia, quien había sido el artífice del triunfo defi­ni­tivo de la Armada repu­bli­cana en el Lago de Mara­caibo; y Rafael del Castillo y Rada, natural de Car­ta­gena y oficial mayor de la Secre­ta­ría de Marina.

Este último terminó de redactar en Bogotá, el 7 de junio de 1823, el Discurso con el que presentó ante la Comisión de Guerra y Marina el primer proyecto de Ley Orgánica de esta arma, pese a que su expe­rien­cia se limitaba, durante 23 años de servicio, al Ejército, con lo cual sus cono­ci­mien­tos sobre el servicio de Marina eran muy limi­ta­dos. El debate que requería

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el proyecto de Ley Orgánica de la Marina había comen­zado el 30 de julio anterior en la Cámara de Repre­sen­tan­tes, lo cual sig­ni­fi­caba una severa reforma del régimen que se prac­ti­caba en el océano, derivado de las Orde­nan­zas de marina espa­ño­las. Ese proyecto de Ley Orgánica había sido redac­tado por una Comisión de Guerra y Marina, inte­grada por los repre­sen­tan­tes José Miguel de Unda, Miguel Palacio y Fran­cisco Montoya.

Esta­ble­cido en Bogotá, después de entregar el mando naval en Car­ta­gena, el general Padilla expuso unas obser­va­cio­nes al proyecto de ley que expre­sa­ban muy bien su extenso cono­ci­miento sobre el fun­cio­na­miento de los arse­na­les marí­ti­mos y sobre la nave­ga­ción de buques. Para empezar, dijo que la gran exten­sión de las costas de la Repú­blica requería un número sufi­ciente de buques, en todas sus deno­mi­na­cio­nes tra­di­cio­na­les: navíos, fragatas, corbetas, ber­gan­ti­nes, goletas, pai­le­bo­tes, caño­ne­ras y fle­che­ras. Sus agru­pa­cio­nes debían llamarse escua­dras, divi­sio­nes y apos­ta­de­ros, si bien las compras de estos buques depen­de­rían de los pre­su­pues­tos esta­ta­les. En su opinión, el proyecto de ley fallaba en su agru­pa­ción de buques, al cla­si­fi­car­los en mayores (navíos, fragatas y corbetas), menores (ber­gan­ti­nes y goletas) y fuerzas sutiles o guar­da­cos­tas (pai­le­bo­tes caño­ne­ros y fle­che­ras). Opinó también que podrían man­te­nerse en vigencia las Orde­nan­zas espa­ño­las, pero solo en todo lo que no con­tra­ria­sen la cons­ti­tu­ción política de la Villa del Rosario, para con­ser­var el voca­bu­la­rio naval.

Cono­ce­dor de la expe­rien­cia del almi­ran­tazgo que había ejercido Luis Brión desde 1817, eli­mi­nado por los cons­ti­tu­yen­tes de la Villa del Rosario en 1821, expuso su opo­si­ción a su res­ta­ble­ci­miento, y aún más al proyecto de erección de cinco estados mayores depar­ta­men­ta­les de marina, mandados por sendos almi­ran­tes, como rezaba el sexto artículo del proyecto de ley. Argu­mentó que mientras la Armada nacional no llegase a un estado de poderío que exigiera el esta­ble­ci­miento de un almi­ran­tazgo, bastaba con un director general de marina (con grado de capitán general) que, de con­for­mi­dad

con las atri­bu­cio­nes de la Orde­nanza española, la diri­giera y deter­mi­nase las fun­cio­nes de los capi­ta­nes o coman­dan­tes gene­ra­les de los depar­ta­men­tos de marina.¹ En cada uno de los depar­ta­men­tos de marina solo debería existir un tesorero de marina para la admi­nis­tra­ción de los caudales, auxi­liado por un cuerpo admi­nis­tra­tivo de con­ta­do­res, inte­grado por jóvenes ofi­cia­les enten­di­dos en la cuenta y razón, para no depender de extran­je­ros que ni hablaban bien el idioma cas­te­llano ni daban cuentas, con lo cual los pobres mari­ne­ros no tenían quien les diese razón del día de su embarque, ni de su tras­bordo, y así sufrían en sus ajustes de sueldos. Desde una sana admi­nis­tra­ción de los depar­ta­men­tos de marina, estos no deberían depender de los inten­den­tes de los depar­ta­men­tos político-admi­nis­tra­ti­vos, pues esta depen­den­cia, por su des­co­no­ci­miento, atrasaba con fre­cuen­cia el servicio naval, difi­cul­tando la habi­li­ta­ción y salida de los buques. Como la Comisión propuso una corres­pon­den­cia de los grados de los ofi­cia­les de la marina con los del Ejército, en los que apa­re­cían los grados de almi­rante, vice­al­mi­rante, con­tral­mi­rante y coman­dan­tes de buques mayores y menores, propuso una alter­na­tiva de grados: capitán general, teniente general, jefe de escuadra, bri­ga­dier, capi­ta­nes (de navío y de fragata), tenien­tes (de navío y fragata) y alfé­re­ces (de navío y de fragata).

1 José Padilla. Mani­fes­ta­ción que hace el coman­dante general del 3er Depar­ta­mento de la Marina de la Repú­blica de Colombia, general de brigada José Padilla, a la Hono­ra­ble Cámara de Repre­sen­tan­tes, para que se dignen tenerla en con­si­de­ra­ción al esta­ble­cer y san­cio­nar la Ley orgánica de este Cuerpo, cuyo proyecto se dio al Público en 30 de Julio del año próximo pasado de 1822. Car­ta­gena de Colombia, 30 de diciem­bre de 1823. AGN, Archivo His­tó­rico Legis­la­tivo, Senado, Asuntos Varios, 1820-1823, tomo LXVII, folios 432r-446v. Esta opo­si­ción del general José Padilla a la intro­duc­ción de un almi­ran­tazgo y de almi­ran­tes por cada depar­ta­mento de marina es otra prueba más de que él mismo jamás ostentó el cargo de almi­rante durante su vida. El título de Gran Almi­rante le fue con­ce­dido post mortem, y recien­te­mente, por la Armada colom­biana

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El general Padilla sostuvo también que era muy impor­tante la intro­duc­ción de muchos jóvenes en la ciencia de la nave­ga­ción, porque la Marina carecía de ofi­cia­les de ins­truc­ción que mandasen los buques de la Repú­blica. Había que fundar una escuela náutica para obtener ofi­cia­les ins­trui­dos en todos los ramos de marina y ade­lan­tar esos cono­ci­mien­tos con la práctica naval, con lo cual en poco tiempo no habría que "mendigar extran­je­ros" que desem­pe­ña­sen unos empleos que deberían ser para los natu­ra­les colom­bia­nos. Los ascensos de grado serían los estí­mu­los a la apli­ca­ción y dis­ci­plina de esos jóvenes en el servicio, así como a su valor en las acciones de guerra. Adi­cio­nal­mente, el servicio de la Marina requería de cuerpos de infan­te­ría de marina. Como para el servicio de la milicia de marina la Comisión había des­ti­nado a todo "colom­biano de ejer­ci­cio marinero o pescados entre los 18 y 40 años", Padilla replicó que se habían des­ti­nado los pueblos vecinos de la orilla del mar y de las riberas de los ríos nave­ga­bles, pero de ellos deberían sepa­rarse los mejores hombres para mari­ne­ros y los peores para soldados. También debían esta­ble­cerse brigadas de arti­lle­ría, pues este servicio en el mar era muy distinto que en la tierra.

Su expe­rien­cia en las ope­ra­cio­nes hechas en el Lago de Mara­caibo, en el mando del Tercer Depar­ta­mento de Marina (Car­ta­gena) y en el servicio hecho en la mari­ne­ría desde sus primeros años le había enseñado que de nada servía cons­truir o comprar buenos buques, armarlos y equi­par­los, si se carecía de personal diestro y des­ti­nado exclu­si­va­mente a su manejo. Pero esta gente debía ser ins­truida en el arte de nave­ga­ción y en su práctica, con­se­guida con trabajo dis­ci­pli­nado, con lo cual impor­ta­ban más la vocación, la habi­li­dad, el valor y el denuedo con que se miraba la muerte. Por ello tanto en el sitio de Car­ta­gena como en las memo­ra­bles acciones del Lago de Mara­caibo había sido la Marina el arma que se había dis­tin­guido, arre­ba­tando bajo el fuego enemigo los buques de las escua­dras y fuerzas sutiles, com­ba­tiendo contra fuerzas supe­rio­res en número. A dife­ren­cia de la infan­te­ría, en la

que con pocas lec­cio­nes se aprendía el manejo de las armas, los mari­ne­ros no solo debían estar habi­tua­dos a navegar, sino además conocer la maniobra de cada buque con la destreza nece­sa­ria para ejecutar la voz del que mandaba y salvar los peligros, y eso requería mucho tiempo.

En Car­ta­gena había que res­ta­ble­cer el antiguo arsenal que estuvo situado bajo las baterías de Barahona hasta el Reducto, pese a que la isla de Manga era mejor sitio por su capa­ci­dad, así como el muelle del arsenal y la máquina de grúa que permitía embarcar pesos extra­or­di­na­rios. Las costas de la Isla de Manga, donde estaba situado el muelle, los grandes tendales y alma­ce­nes no eran apro­pia­dos para cons­truir embar­ca­cio­nes mayores, por no estar a cubierto de los enemigos, pues por Boca­grande o por Pasa­ca­ba­llos podían entrar las fuerzas sutiles enemigas y apo­de­rarse del Arsenal con faci­li­dad. A eso se debió que los espa­ño­les pudieran entrar y hacerse dueños de la parte exterior del puerto, pero él había sacado las lanchas y demás buques sutiles de estos debajo de las murallas. Opinó Padilla que la guerra contra los espa­ño­les no era igual a la que en otros tiempos se había hecho contra los ingleses y otras poten­cias extran­je­ras, cuando todos los car­ta­ge­ne­ros eran sus enemigos, pues los espa­ño­les tenían muchos par­ti­da­rios apa­sio­na­dos y deci­di­dos por el "ser­vi­lismo". Al frente del Pas­te­li­llo, y en la costa occi­den­tal del puerto, existía un muelle llamado la Machina, en el cual se podrían cons­truir lanchas y esta­ble­cer alma­ce­nes, aunque el incon­ve­niente era la dis­tan­cia de la Machina a la playa exterior, de 1.830 pies de Burgos.

Convenía contar en los arse­na­les con apren­di­ces de car­pin­te­ros y de cala­fa­tes, a los cuales se les asig­na­ría un peque­ñí­simo jornal como estímulo y ayuda de ves­tua­rio, porque siendo pobres sus padres pre­fe­ri­rían ponerlos a servir en cual­quier parte donde tuviesen utilidad, y con el tiempo se harían obreros en la Marina. Aunque los maestros se hacían cargo de un muchacho sin darle nada a su padre, se encar­gaba de ali­men­tarlo y vestirlo, y al cabo de algún tiempo se lo devolvía útil para el

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oficio de cortar y ensam­blar maderas, hilar estopa, ayudar a dar barrenos o a cala­fa­tear rumbos de embar­ca­cio­nes pequeñas. Eran pues nece­sa­rios los apren­di­ces para muchos trabajos del arsenal, como lo eran los peones o mari­ne­ros para las pesadas faenas que de ordi­na­rio ocurrían. Era en el arsenal donde se ponía por obra la cons­truc­ción de buques y cuanto había que fabricar en relación con ellos, no solo las piezas de madera sino todas las de herrería. Como en el terri­to­rio nacional había abun­dan­cia de cáñamo, debían formarse en las capi­ta­les de los depar­ta­men­tos de marina las máquinas para su hilado y tejido, así como menas de cables, guin­da­lera, cabos de labor, meollar, vaivenes y piolas, tal como se hacía en los arse­na­les de los depar­ta­men­tos marí­ti­mos de España. Un arsenal debería ser una autén­tica ciu­da­dela de trabajos, donde debía encon­trarse hasta lo más mínimo que tuviese relación con el apresto de los buques, y todo cuanto pudiese ser fabri­cado en él resul­ta­ría en utilidad del país, no solo por los cono­ci­mien­tos que se adqui­rían y por la continua ocu­pa­ción de los hombres, sino por la utilidad que gene­ra­ban en las ventas a los extran­je­ros.

Cada arsenal debía contar con un contador que man­tu­viese el orden, la economía y buena dis­tri­bu­ción de cuanto se invir­tiera. Todos los maestros, ofi­cia­les y apren­di­ces des­ti­na­dos al taller de la Marina deberían estar ins­cri­tos en una lista, para poder con­vo­car­los a los trabajos cuando fuesen nece­sa­rios, con sujeción a las auto­ri­da­des de las que depen­dían, pudiendo dedi­carse a trabajos con par­ti­cu­la­res cuando no tuviesen ocu­pa­ción en el servicio. Todo buque debería llevar su patente. Los nacio­na­les serían arque­a­dos al natu­ra­li­zarse, y los extran­je­ros al ponerse en estado de salir al mar; por con­si­guiente, en sus patentes debían constar las tone­la­das que medían. Con respecto a la loca­li­za­ción de los puertos, eran nece­sa­rio contar en ellos con al menos diez prác­ti­cos. Para ello había que mantener dos pai­le­bo­tes en el mar, alejados cuatro leguas, para que pudiesen ser entre­ga­dos los prác­ti­cos a los buques que se dirigían hacia el puerto. Estos se con­cer­ta­rían con su capitán en lo que deberían ser pagados.

Ante seme­jante programa de política estra­té­gica para la Armada repu­bli­cana, primero y único durante la expe­rien­cia de una década de la primera Repú­blica de Colombia, los abogados miembros de la Comisión que preparó el proyecto de ley reco­no­cie­ron su falta de cono­ci­mien­tos sobre el tema, y fue entonces cuando soli­ci­ta­ron la asesoría de "un oficial de marina" que no lo era: el oficial mayor de la Secre­ta­ría de Marina, Rafael del Castillo y Rada. Pese a su inex­pe­rien­cia, este redactó cinco pro­yec­tos de ley rela­ti­vos a esta arma, motivado por su deseo de fomen­tarla: el que orga­ni­zaba la ofi­cia­li­dad de la Marina intro­dujo los grados que Padilla con­si­de­raba incon­ve­nien­tes en este momento de la historia (almi­ran­tes, vice­al­mi­ran­tes, con­tral­mi­ran­tes, coman­dan­tes, capi­ta­nes, tenien­tes) y la cla­si­fi­ca­ción de los buques en mayores y menores, algo que también recha­zaba Padilla. Siguiendo la cultura cas­trense, intro­dujo estados mayores gene­ra­les y depar­ta­men­ta­les para la Marina, algo que tampoco aceptaba Padilla.

Las dife­ren­cias de criterio de Rafael del Castillo y José Padilla eran muy grandes, en buena medida por la amplia dife­ren­cia de las expe­rien­cias que tenían los dos. El primero quiso llevar a la Marina las tra­di­cio­nes cul­tu­ra­les del Ejército, y el segundo quiso mostrar su amplia cultura en admi­nis­tra­ción de arse­na­les, maes­tran­zas, hombres y navíos. Era entonces impo­si­ble una con­ci­lia­ción, y por ello tanto la Comisión de Guerra y Marina, como las siguien­tes legis­la­tu­ras cons­ti­tu­cio­na­les, aban­do­na­ron el proyecto de apro­ba­ción de alguna Ley Orgánica de la Marina. Castillo presentó renuncia al empleo de oficial mayor de la Secre­ta­ría de Marina en noviem­bre de 1825, y fue reem­pla­zado por el capitán de fragata Juan Ignacio Pareja, quien había sido coman­dante interino del Cuarto Depar­ta­mento de Marina. Pero las Legis­la­tu­ras de 1826 y 1827 no se ocuparon del tema de la Marina, y en 1828 se desató la grave crisis política que comenzó en Ocaña y terminó con los fusi­la­mien­tos de la plaza mayor de Bogotá y el des­tie­rro del general San­tan­der. Todos los cleros, los diplo­má­ti­cos acre­di­ta­dos y Nicolasa Ibáñez Arias lograron salvarle la vida al vice­pre­si­dente San­tan­der,

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pero los pocos jueces que defen­die­ron la vida del general José Padilla no lograron la cle­men­cia para él, y así fue fusilado y colgado en Bogotá el 2 de octubre de 1828. La pérdida para la política naval fue incal­cu­la­ble.

La injusta muerte del general José Padilla, maqui­nada por el general Rafael Urdaneta —el mismo que nos impuso la falsa versión sobre el intento de ase­si­nato del Liber­ta­dor en la noche del 25 de sep­tiem­bre de 1828, pese a que el centenar de hombres que ingresó al Palacio de San Carlos solo pre­ten­día cap­tu­rarlo para seguirle un juicio político por su decreto de facul­ta­des extra­or­di­na­rias—, dejó por un siglo a la nación colom­biana, dueña de un terri­to­rio bañado por dos océanos, sin la for­mu­la­ción de una política naval militar.

Fue así como las polí­ti­cas nacio­na­les del primer siglo repu­bli­cano solo versaron sobre los puertos marí­ti­mos y flu­via­les, y sobre las vías terres­tres y férreas que los pondrían en comu­ni­ca­ción con la capital del país. El ejemplo emble­má­tico fue el proyecto de apertura del camino que comu­ni­ca­ría al puerto de Bue­na­ven­tura con Cali, empren­dido por la segunda admi­nis­tra­ción Mosquera, quien obtuvo de la Con­ven­ción de Rionegro la auto­ri­za­ción para con­tra­tar en Londres un emprés­tito externo de 200.000 libras ester­li­nas para su apertura. Una compañía empre­sa­ria de este camino fue orga­ni­zada para tal efecto, pro­te­gida por una reno­va­ción del pri­vi­le­gio que se le había con­ce­dido desde 1854 para tal obra. Este pri­vi­le­gio fue man­te­nido por el pre­si­dente —uno de los socios fun­da­do­res— incluso hasta los tiempos de su expul­sión violenta de la escena política nacional (1867), y durante el viaje que hizo a Europa para tramitar los recursos que requería la agenda de progreso de su cuarta admi­nis­tra­ción, cuando negoció la fallida compra de rieles de acero para la cons­truc­ción de un ferro­ca­rril por la ruta de este camino abierto.

En 1856 unos inge­nie­ros nor­te­a­me­ri­ca­nos, enca­be­za­dos por el capitán William­son, habían sido con­tra­ta­dos para explorar la

mejor ruta de este camino. En octubre de 1864 se rei­ni­cia­ron los trabajos de apertura del camino que habían sido sus­pen­di­dos por la guerra civil, bajo la con­duc­ción del coronel español Mariano Moreno, quien continuó guián­dose por los mapas de los primeros inge­nie­ros y tuvo como com­pa­ñero al inge­niero mecánico alemán Henrique Haeusler. Una ava­lan­cha del río Dagua, acaecida el 15 de noviem­bre de 1866, destruyó un puente y seis kiló­me­tros del camino cons­truido para­le­la­mente a su ribera. A finales de 1856 llegó al Dagua un inge­niero nor­te­a­me­ri­cano, Mr. Hopkins, enviado por el general Mosquera para hacerse cargo, pero falleció a los pocos meses de su llegada. Los supe­rin­ten­den­tes de la empresa —Julián Trujillo, Santiago Eder y Manuel W. Carvajal—, pese al celo que pusieron para vigilar la con­ta­bi­li­dad de los gastos, no tenían capa­ci­dad para inter­ve­nir en la solución de los graves pro­ble­mas de diseño que siempre tuvo esta obra. Adi­cio­nal­mente, Mosquera firmó un contrato con un agente de la Casa William H. Cot­te­rill para trans­fe­rir los derechos que la compañía empre­sa­ria tenía a una parte de lo pro­du­cido en las aduanas de Car­ta­gena y Santa Marta, y a todo lo pro­du­cido por las de Bue­na­ven­tura y Tumaco, como garantía para el cum­pli­miento del pago del emprés­tito de 100.000 pesos que el Gobierno Nacional tomó con esa casa inglesa. Para entonces, un grupo más idóneo —el inge­niero Harrison Stiles y los con­tra­tis­tas Juan de Dios y Juan Jacobo Restrepo— resolvió los pro­ble­mas técnicos y de diseño de la obra, que era sim­ple­mente un camino de herra­dura sólido y cómodo, de bajo costo y ajeno a las "quimeras" del general Mosquera.

Un balance del esfuerzo ferro­via­rio empren­dido por el país desde que comenzó la cons­truc­ción del Ferro­ca­rril del Istmo de Panamá muestra también que las polí­ti­cas marí­ti­mas nacio­na­les se reducían a los puertos marí­ti­mos y flu­via­les. En ese esfuerzo de desa­rro­llo invir­tie­ron sus capi­ta­les muchos extran­je­ros y nacio­na­les, así como el Tesoro Nacional. El pro­pó­sito prin­ci­pal de las admi­nis­tra­cio­nes fue conectar Bogotá con el prin­ci­pal puerto del Pacífico, Bue­na­ven­tura, y con los puertos

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de Santa Marta, Bocas de Ceniza y Car­ta­gena, para atender las nece­si­da­des mer­can­ti­les y sociales. Pero la realidad, hasta 1920, no había satis­fe­cho tan ambi­cio­sas expec­ta­ti­vas, porque el Tesoro de la nación y los capi­ta­les de los empren­de­do­res nacio­na­les y extran­je­ros inte­re­sa­dos no daban para ese sueño de las comu­ni­ca­cio­nes modernas. La geo­gra­fía nacional, una enma­ra­ñada com­bi­na­ción de tres cor­di­lle­ras, valles inte­ran­di­nos y cañones de ríos, no ayudaba a la tarea de tendido de los rieles de acero. Lo que real­mente se con­si­guió fueron 13 tramos férreos, que apenas sumaban 1.111 kiló­me­tros, lejos de poder conec­tarse entre sí para formar las vías férreas inin­te­rrum­pi­das entre Bogotá y las costas de los dos océanos: en la costa norte, los tres tramos Barran­qui­lla-Puerto Colombia, Santa Marta-Fun­da­ción y Car­ta­gena-Calamar. En la costa del Pacífico, solo el tramo Bue­na­ven­tura-Palmira, y en los puertos del valle alto del río Mag­da­lena, los tramos La Dorada-Beltrán, Girardot-Faca­ta­tivá y Flandes-Ibagué.

Cuando fina­li­zaba el siglo XIX, la Repú­blica solo contaba con dos vapores de guerra deno­mi­na­dos Crucero Córdoba y General Nariño. El 8 de noviem­bre de 1898, el pre­si­dente Manuel Antonio San­cle­mente y su ministro de Guerra y Marina, Pedro Antonio Molina, expi­die­ron el decreto eje­cu­tivo número 215 que ordenaba ven­der­los en pública subasta, con­si­de­rando que con esa medida de economía se res­ta­ble­ce­ría el equi­li­brio fiscal, además de que no estaban pres­tando servicio alguno. El vapor Crucero Córdoba fue adju­di­cado en el remate a la firma Grell, Ellio & Compañía de Puerto España, que ofreció 5.000 francos.

La impo­ten­cia estatal frente a la sepa­ra­ción del depar­ta­mento de Panamá

El país solo volvió a mirar al mar cuando se produjo una emer­gen­cia nacional: la sepa­ra­ción del Depar­ta­mento de Panamá en 1903, cuando los sena­do­res negaron en pleno su apro­ba­ción al Tratado Herrán-Hay y rom­pie­ron "el hilo que unía al istmo

de Panamá con el resto de la nación". Arthur M. Beaupré, secre­ta­rio de la legación esta­dou­ni­dense en Bogotá, comunicó al ministro de Rela­cio­nes Exte­rio­res de Colombia, Luis Carlos Rico, la sen­ten­cia defi­ni­tiva: "El Gobierno de los Estados Unidos declara que no solo está obligado por los tratados exis­ten­tes, sino también por los inte­re­ses de la civi­li­za­ción, a procurar que el pacífico tráfico del mundo por el Istmo de Panamá no sea inte­rrum­pido ya más por una sucesión cons­tante de inne­ce­sa­rias y aso­la­do­ras guerras civiles". No existía ni una sola embar­ca­ción de guerra colom­biana para hacer pre­sen­cia en las dos costas del Istmo con la misión de impedir la sepa­ra­ción que fue aprobada el 3 de noviem­bre de 1903 por el Concejo muni­ci­pal de Panamá. Para más inri, la expe­rien­cia de la Guerra de los Mil Días demostró la vul­ne­ra­bi­li­dad de la fuerza armada per­ma­nente: dado que con los primeros combates desa­pa­re­cie­ron las tropas regu­la­res que existían, los efec­ti­vos tuvieron que ser reem­pla­za­dos de urgencia por los bata­llo­nes de cons­crip­tos que se formaron impro­vi­sa­da­mente, tras­la­dando ofi­cia­les de unos cuerpos a otros. Al campo de Palo­ne­gro acu­die­ron en mayo de 1900 unos 27.000 com­ba­tien­tes de los dos bandos enfren­ta­dos, reclu­ta­dos a los volandas en muchas pro­vin­cias de seis depar­ta­men­tos, casi todos bisoños cam­pe­si­nos par­ti­dis­tas mandados por ofi­cia­les impro­vi­sa­dos. Por ello, cuando el general con­ser­va­dor Manuel Casa­bianca, ministro de la Guerra, concedió a Jaime Fletcher Feijóo, durante el mes de julio de 1900, el despacho de ascenso al grado de capitán efectivo por sus ser­vi­cios a la décima octava división en la citada batalla, este sim­ple­mente lo inter­pretó como su "carnet con­ser­va­dor". Para atender la campaña militar del río Mag­da­lena, la admi­nis­tra­ción Marro­quín tuvo que acudir al arren­da­miento de vapores comer­cia­les de la Compañía Colom­biana de Trans­por­tes, apo­de­rada por Rufino Gutié­rrez. Por lapsos de días varios de los meses de octubre de 1899 a marzo de 1901, esta Compañía puso a dis­po­si­ción de Gobierno nueve vapores en arren­da­miento, segu­ra­mente para el trans­porte de soldados y arma­men­tos.

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La réplica ante la con­mo­ción nacional de la Guerra de los Mil Días vino de la mano del pre­si­dente Rafael Reyes (1904-1909). La primera política naval con­sis­tió en abrir una Escuela Naval de Cadetes en Car­ta­gena, simul­tá­ne­a­mente con la apertura de la Escuela Militar de Bogotá. Una casua­li­dad abrió el camino de su eje­cu­ción: el general Rafael Uribe Uribe, enviado ple­ni­po­ten­cia­rio ante el Gobierno de Chile, tenía a sus dos hijos, Julián y Carlos Uribe Gaviria, admi­ti­dos como cadetes en la Escuela Militar chilena. El cono­ci­miento que eso le dio, de primera mano, sobre la calidad y la dis­ci­plina militar en ese país, en buena medida legada por la influen­cia de las tra­di­cio­nes mili­ta­res pru­sia­nas, le permitió acon­se­jar al general Reyes la con­ve­nien­cia de con­tra­tar una misión chilena para el pro­pó­sito político. Esta fue inte­grada con los capi­ta­nes Arturo Ahumada y Diego Guillén, encar­ga­dos de la orga­ni­za­ción de una nueva escuela militar de cadetes en Bogotá, y por el teniente de navío Alberto Asmussen Cortés, quien asumió la res­pon­sa­bi­li­dad de fundar en Car­ta­gena una escuela naval. Fue así como el 1° de junio de 1907 comen­za­ron las labores de la Escuela Militar de Cadetes en las ins­ta­la­cio­nes del viejo cuartel de San Agustín, creada por el Decreto 434 de 1907 como depen­den­cia del Minis­te­rio de Guerra. Por el otro lado, la Escuela Naval de Guar­dia­ma­ri­nas fue creada por el Decreto 793 de 1907, bajo la direc­ción del teniente Asmussen y del coronel Gui­llermo Holguín Lloreda.

Esta Escuela Naval solo pudo formar una pro­mo­ción de ocho guar­dia­ma­ri­nas gra­dua­dos, pero su impacto en la acti­vi­dad naval fue con­tun­dente: Froilán Valen­zuela, Pablo Emilio Nieto Martínez, Virgilio Mas­tro­do­mé­nico, José Antonio Noguera, Mario Caicedo, Luis María Galindo, Juan Federico Gerlein y Fran­cisco de Paula Prieto. Enviados a las armadas de Chile y España para las prác­ti­cas pro­fe­sio­na­les, a su regreso al país coman­da­ron toda de clase navíos y fueron los primeros llamados a filas cuando estalló el con­flicto con el Perú por el puerto de Leticia. Su marca fue inde­le­ble cuando final­mente se cons­ti­tuyó la Armada, bajo la admi­nis­tra­ción Olaya Herrera: eran los chicos

expe­ri­men­ta­dos del teniente Asmussen. Pero la defi­ni­ción de una política naval de guerra no les corres­pon­día, porque la clausura de la Escuela Naval que los formó dejó a la nación sin ella, apenas reducida a las polí­ti­cas flu­via­les de las flo­ti­llas que nave­ga­ban los ríos Amazonas, Putumayo y Mag­da­lena, bajo la depen­den­cia del Minis­te­rio de Hacienda, es decir, al control de con­tra­ban­dos. El desastre se consumó cuando el consejo de minis­tros ordenó vender los tres cruceros anclados en Car­ta­gena (Marro­quín, Próspero Pinzón y Car­ta­gena) en pública subasta: las pujas solo llegaron a la irri­so­ria cifra de 27.000 pesos por las tres naves, y por esa cifra se ven­die­ron unas 12.000 tone­la­das de material metálico al capitán Haynes. La desi­lu­sión fue tan grande que el capitán Pablo Emilio Nieto abandonó la acti­vi­dad marinera. Solo con­ti­nua­ron nave­gando en el bajo río Mag­da­lena, como flotilla fluvial de guerra desde 1923, el cañonero Hércules y la cañonera Colombia, ensam­blada por la Junta de Cana­li­za­ción, trans­por­tando el correo oficial, cons­crip­tos y reser­vis­tas del Ejército, coman­da­das por ofi­cia­les del Ejército. Eran movidas por calderas ali­men­ta­das con leña y contaban con su propia guar­ni­ción, sumi­nis­trada perió­di­ca­mente por el batallón de inge­nie­ros Caldas.

En 1920, el orga­ni­grama del Minis­te­rio de Guerra no con­tem­plaba ninguna depen­den­cia encar­gada de la Marina. Pese a ello, el ministro Jorge Roa defendió la nece­si­dad de contar con una Marina de Guerra, dada la exis­ten­cia de dos mares terri­to­ria­les, y se com­pro­me­tió a llevar a las cámaras legis­la­ti­vas un proyecto de ley que pudiera satis­fa­cer esa nece­si­dad, creando ini­cial­mente una nueva escuela naval con la asesoría de una misión naval extran­jera, y formar en el curso de unos

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ocho años una escuadra de navíos marí­ti­mos. Nada se hizo, hasta que la súbita irrup­ción del con­flicto con el Perú puso en marcha ace­le­rada esos dos pro­yec­tos. En 1930 la flotilla del río Mag­da­lena contaba con cuatro unidades flu­via­les: el cañonero General Mosquera y los tres caño­ne­ros cons­trui­dos por la Casa Yarrow & Compañía de Glasgow, con base en Barran­qui­lla,

donde se creó el comando por Decreto 446 de marzo de este año, deno­mi­na­dos Car­ta­gena, Santa Marta y Barran­qui­lla.

Res­puesta a la ocu­pa­ción de Leticia

Al amanecer del jueves 1° de sep­tiem­bre de 1932 se produjo un acon­te­ci­miento que vino a cambiar radi­cal­mente la política de defensa de la Repú­blica: el ingreso de 46 inva­so­res peruanos armados, lide­ra­dos por el alférez Juan Fran­cisco La Rosa y el inge­niero civil Óscar Ordóñez, al puerto de Leticia sobre el río Amazonas. Después de disparar sobre las casas de los colonos colom­bia­nos, ase­gu­ra­ron al inten­dente de Amazonas, Alfredo Villamil Fajardo, quien para prevenir derra­ma­mien­tos de sangre ordenó a los pocos agentes que tenía a su dis­po­si­ción rendirse. En solo quince minutos, los inva­so­res peruanos tomaron pri­sio­ne­ros a 6 fun­cio­na­rios y 19 colonos-policías colom­bia­nos. La noticia de esta toma de Leticia fue conocida en Bogotá durante el siguiente día, gracias a un radio­grama del emba­ja­dor colom­biano en Lima.

Era pre­si­dente de Colombia Enrique Olaya Herrera, cuya alta talla, maneras majes­tuo­sas y ojos verdes le daban un carisma personal que pocos man­da­ta­rios han exhibido en la historia nacional. Si un infarto no detiene su vida en Roma, habría repetido mandato durante el período 1938-1942. Cuando el pre­si­dente llamó al capitán Carlos Uribe Gaviria al Minis­te­rio de la Guerra, no existían embar­ca­cio­nes marí­ti­mas pro­pia­mente dichas. Solo se contaba con dos flo­ti­llas flu­via­les: la del río Mag­da­lena, que apenas se inte­graba por los caño­ne­ros General Mosquera y Barran­qui­lla, al mando del capitán Froilán Valen­zuela, y la flotilla del río Putumayo, inte­grada por otros dos caño­ne­ros, Santa Marta y Car­ta­gena. En el océano Atlán­tico operaban los caño­ne­ros guar­da­cos­tas Boyacá y Pichin­cha, con base en Barran­qui­lla, y los caño­ne­ros Barran­qui­lla, Santa Marta y Car­ta­gena, que habían llegado al país dos años antes. En el océano Pacífico solo operaba el cañonero guar­da­cos­tas

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Carabobo, con base en Bue­na­ven­tura, encar­gado del servicio de enlace y abas­te­ci­mien­tos del Des­ta­ca­mento del Pacífico.

La política de defensa ante la invasión del puerto sobre el río Amazonas fue expre­sada por el pre­si­dente: "el punto único y supremo de mi Admi­nis­tra­ción es imponer respeto de la sobe­ra­nía de Colombia en todo el terri­to­rio que le per­te­nece en el Amazonas". El fervor patrió­tico de los colom­bia­nos subió rápi­da­mente de tono y, siguiendo el ejemplo del pre­si­dente y su esposa, cientos de parejas acu­die­ron a donar sus alhajas, anillos y argollas matri­mo­nia­les para comprar aviones y navíos de guerra. Los bonos de un emprés­tito patrió­tico de diez millones de pesos fueron sus­cri­tos en menos de 15 días por par­ti­cu­la­res, bancos y enti­da­des depar­ta­men­ta­les y muni­ci­pa­les. Mientras la flotilla fluvial y el des­ta­ca­mento del Putumayo se encar­ga­ban de la reacción inme­diata, el general Alfredo Vásquez Cobo nego­ciaba la adqui­si­ción de dos navíos en Francia, el Pre­si­dente Mosquera y el General Córdoba. El plan de batalla con­cer­tado fue con­tro­lar el curso del río Putumayo, recon­quis­tar Tarapacá, ocupar los fuertes peruanos de Güepí y Puerto Arturo, luego empren­der ope­ra­cio­nes en el río Napo con el apoyo de la aviación, neu­tra­li­zar la base militar peruana en Iquitos y final­mente atacar a Leticia. Dos buques de trans­porte de soldados, un guar­da­cos­tas arti­llado y un cañonero fluvial fueron movi­li­za­dos hacia el teatro de la guerra.

Nunca hubo una decla­ra­ción de guerra. Sim­ple­mente el general Vásquez Cobo ordenó a los navíos Barran­qui­lla y Pichin­cha abrir fuego de arti­lle­ría, en la mañana del 15 de febrero de 1933, sobre las trin­che­ras peruanas de Tarapacá, haciendo huir a sus efec­ti­vos. El domingo 30 de abril de 1933, un joven peruano puso fin a la vida del pre­si­dente del Perú, Sánchez Cerro. Su sucesor en la Pre­si­den­cia, el general Óscar Raimundo Bena­vi­des Larrea, aceptó la fórmula de la Sociedad de las Naciones para concluir pací­fi­ca­mente el con­flicto. Un nuevo inten­dente del Amazonas recibió el puerto de Leticia de manos de una comisión enviada por la Sociedad de las Naciones, y la firma

de un pro­to­colo de amistad y coo­pe­ra­ción en Rio de Janeiro trajo la paz entre los dos países en con­flicto. Seis guar­dia­ma­ri­nas de la Escuela Naval del teniente Asmussen acu­die­ron a la cita en el río Putumayo (Luis María Galindo, Pablo E. Nieto, Mario Caicedo, Froilán Valen­zuela, Virgilio Mas­tro­do­mé­nico y José Antonio Noguera) para cumplir su deber patrió­tico.

De este con­flicto surgió la nueva Armada colom­biana, como lo expresó resuel­ta­mente José Joaquín Castro, ministro de Guerra en 1939: "por razones de defensa nacional el país tuvo que crear un servicio de marina de guerra, adqui­riendo varias unidades, cons­tru­yendo las bases navales y aten­diendo a la pre­pa­ra­ción del personal de ofi­cia­les". Colombia había pres­cin­dido siempre de una marina de guerra que hiciera alguna tra­di­ción, hasta que el con­flicto de 1932 obligó a adquirir barcos, fundar una escuela naval y pro­yec­tar la cons­truc­ción de ins­ta­la­cio­nes navales. Además de dos flo­ti­llas flu­via­les de guerra y una flotilla marítima de guerra, el país con­si­guió una misión naval inglesa, enca­be­zada por el capitán Basil Owen Bell-Salter, deter­mi­nante para la apertura de tres escuelas navales y la expe­di­ción, al fin, de la Ley 105 (29 de abril) de 1936, orgánica de la Armada Nacional, pre­ci­sada al detalle por los Decretos 50 (12 de enero) de 1937 y 351 (25 de febrero) de 1938. Final­mente apareció en el orga­ni­grama del Minis­te­rio de Guerra un Depar­ta­mento de Marina, creado por un decreto reser­vado del pre­si­dente Olaya con tres depar­ta­men­tos.

El capitán inglés Ralph Douglas Binney se encargó de formar las nuevas pro­mo­cio­nes de guar­dia­ma­ri­nas gra­dua­dos en la nueva Escuela Naval de Car­ta­gena. Como alguna vez lo soñó el general José Padilla, se esta­ble­ció la jerar­quía de grados del mando naval pro­fe­sio­na­li­zado: con­tra­al­mi­rante, capitán de navío, capitán de fragata, capitán de corbeta, teniente de navío, sub­te­niente de navío, guar­dia­ma­rina, alférez y cadete. La mari­ne­ría tendría tres clases: marinero, grumete y sir­viente. El Decreto 2122 de 1936 esta­ble­ció la anti­güe­dad del primer esca­la­fón de ofi­cia­les de la nueva Marina Nacional. En las viejas

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ins­ta­la­cio­nes del muelle de madera de la Machina, des­trui­das en 1931 por un incendio, quedó esta­ble­cida desde 1935 la base naval MC Bolívar. A partir de 1947 usó la las letras ARC, ini­cia­les de la Armada de la Repú­blica de Colombia, por orden del con­tral­mi­rante Luis A. Baquero Herrera.

En 1939 llegó a Car­ta­gena la nueva misión naval esta­dou­ni­dense, pre­si­dida por el capitán de navío Lawrence Fairfax Reifs­ni­der. Era el anuncio de un cambio de la política del pre­si­dente Santos, una res­puesta al ascenso del Partido Nazi en Alemania, carac­te­ri­zada por el alin­de­ra­miento estra­té­gico con los Estados Unidos contra el eje fascista. La defensa del Atlán­tico y de las costas obligó a crear la Infan­te­ría de Marina. El primer día de sep­tiem­bre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial, y la admi­nis­tra­ción Roo­se­velt confirmó su neu­tra­li­dad, pero convocó a una reunión de consulta en la ciudad de Panamá para crear una zona de segu­ri­dad del con­ti­nente ame­ri­cano, defen­dida por 80 des­truc­to­res que fueron asig­na­dos.

Tras la invasión alemana de Holanda, Bélgica y Francia, así como de la entrada de Italia a la guerra, Roo­se­velt convocó a una nueva reunión de consulta en La Habana (julio de 1940), donde fue aprobado una reso­lu­ción sobre la política de asis­ten­cia recí­proca y coo­pe­ra­ción defen­siva. La política exterior colom­biana quedó estre­cha­mente ligada a la soli­da­ri­dad ame­ri­cana y al sistema de defensa esta­dou­ni­dense contra una eventual agresión de las poten­cias mili­ta­res del Eje. Una reunión de los estados mayores en Bogotá (10 a 26 de sep­tiem­bre

de 1940) com­pro­me­tió a las fuerzas armadas colom­bia­nas en la tarea de prevenir acciones dentro de su terri­to­rio, o en el Canal de Panamá, contra los inte­re­ses de los Estados Unidos.

El ataque de los aviones japo­ne­ses a Pearl Harbor, el 7 de diciem­bre de 1941, puso fin a la política de neu­tra­li­dad en América. La reunión de can­ci­lle­res ame­ri­ca­nos en Rio de Janeiro (15 a 28 de enero de 1942) logró que todos los estados ame­ri­ca­nos (excepto Chile y Argen­tina) rom­pie­ran rela­cio­nes con las tres poten­cias del Eje. El ali­ne­a­miento con las polí­ti­cas esta­dou­ni­den­ses marcó en adelante la política del gobierno colom­biano, pues la admi­nis­tra­ción Santos sostuvo que la defensa exterior tendría que hacerla el gobierno de los Estados Unidos, reser­ván­dose el país la defensa interior con muchos puestos y des­ta­ca­men­tos de obser­va­ción de las costas oce­á­ni­cas y de las fron­te­ras terres­tres. Había ter­mi­nado súbi­ta­mente la política de neu­tra­li­dad por el com­pro­miso de soli­da­ri­dad pana­me­ri­cana con los Estados Unidos. Como Colombia había dejado de ser nación neutral en la guerra, el 23 de junio de 1942 un sub­ma­rino alemán hundió la goleta colom­biana Resolute, navío comer­cial de 52 tone­la­das que navegaba de Car­ta­gena hacia la isla de San Andrés, a 35 millas de la isla de Pro­vi­den­cia, después de ame­tra­llar a sus pasa­je­ros. Cuando fueron tres las goletas atacadas por sub­ma­ri­nos alemanes, el gobierno colom­biano declaró el estado de beli­ge­ran­cia con Alemania.

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El pre­si­dente López Pumarejo sus­cri­bió la adhesión de Colombia a la Carta del Atlán­tico, firmada ori­gi­nal­mente, el 14 de agosto de 1941, por el pre­si­dente Franklin D. Roo­se­velt y Winston Chur­chill. Eran ocho prin­ci­pios orien­ta­do­res del nuevo orden mundial que surgiría tras la derrota del Tercer Reich respecto a la auto­de­ter­mi­na­ción de las naciones y renuncia al uso de la fuerza contra otras naciones, esta­ble­ciendo un nuevo sistema de segu­ri­dad general per­ma­nente. Sobre esta base, 26 Estados sus­cri­bie­ron el 1° de enero de 1942 la Decla­ra­ción de las Naciones Unidas. Colombia adhirió a este embrión de las Naciones Unidas el 17 de diciem­bre de 1943, cuando el pre­si­dente López la firmó sobre el escri­to­rio del pre­si­dente Roo­se­velt en el despacho oval de la Casa Blanca, acom­pa­ñado por el nuevo emba­ja­dor, Gabriel Turbay.

Par­ti­ci­pa­ción en la guerra de Corea

En 1948 se produjo una reforma admi­nis­tra­tiva de todo el personal naval, al tenor de la Ley 92, reor­gá­nica de la Armada Nacional, que fue puesta bajo la depen­den­cia del Estado Mayor General. Vino entonces un hecho impre­visto, el traspaso del Paralelo 38 por el Ejército de Corea del Norte, en la madru­gada del 25 de junio de 1950. Como el Consejo de Segu­ri­dad de las Naciones Unidas pidió a todos los países prestar asis­ten­cia militar a Corea del Sur, la admi­nis­tra­ción esta­dou­ni­dense convocó a todos los gobier­nos lati­no­a­me­ri­ca­nos a res­pon­der. Pero solo Colombia, durante las admi­nis­tra­cio­nes Ospina Pérez y Gómez Castro, res­pon­dió al lla­ma­miento en Lati­no­a­mé­rica. Las nego­cia­cio­nes redu­je­ron la par­ti­ci­pa­ción inicial a solo dos unidades: el Batallón de infan­te­ría No. 1 Colombia, que con 1.060 hombres fueron embar­ca­dos en el puerto de Bue­na­ven­tura, y la fragata ARC "Almi­rante Padilla", que patru­lla­ría las aguas de Corea bajo el comando de el capitán de corbeta Julio César Reyes Canal y, como segundo coman­dante, el teniente de navío Jaime Parra Ramírez. En los siguien­tes tres años fueron agre­ga­das la fragata ARC "Capitán Tono", bajo el mando del

capitán de corbeta Hernando Berón Victoria, y la fragata ARC "Almi­rante Brión", bajo el mando del capitán de corbeta Carlos Prieto Silva.

Contra los críticos de la par­ti­ci­pa­ción colom­biana en la guerra de Corea, la política de par­ti­ci­pa­ción de la Armada y del Batallón Colombia le había dejado a la nación colom­biana una primera pre­sen­cia inter­na­cio­nal de impor­tan­cia, bajo el manto legal de las Naciones Unidas, y una demos­tra­ción de que el Estado nacional honraba sus com­pro­mi­sos mili­ta­res en las expe­rien­cias bélicas mul­ti­na­cio­na­les. A la Armada Nacional le había dejado dos nuevas unidades navales de guerra, las fragatas ARC "Almi­rante Brión" y ARC "Capitán Tono", obte­ni­das a muy bajo costo; un entre­na­miento de nivel inter­na­cio­nal en

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todas las ope­ra­cio­nes reque­ri­das por una unidad militar de guerra, y una expe­rien­cia logís­tica y de man­te­ni­miento en ope­ra­cio­nes navales rea­li­za­das a gran dis­tan­cia de la base. Pos­te­rior­mente, ya en 1960, el Gobierno de los Estados Unidos cedió al de Colombia cuatro unidades a flote más: el des­truc­tor tipo Fletcher USS Hale, renom­brado ARC "Antio­quia"; el remol­ca­dor marítimo USS Choctaw, renom­brado ARC "Pedro de Heredia"; el dique flotante USS ARD-28, renom­brado ARC "Capitán Rodrí­guez Zamora"; y el bongo YFND6. Se agregó en 1962 la barcaza-taller antigua USN YR-66, también cedida por la Armada de los Estados Unidos, renom­brada ARC "Capitán Eloy Mantilla". En 1963 se agre­ga­ron el trans­porte marítimo antiguo USN-YFR-443, renom­brado ARC "Quindío", y un remol­ca­dor de bahía antiguo USN-YTL-231, renom­brado ARC "Teniente Ricardo Sorzano". Todavía en 1965 se estaban ads­cri­biendo a la Armada unidades a flote cedidas por la Armada esta­dou­ni­dense: el des­truc­tor trans­porte antiguo USS Tollberg APD-103, renom­brado ARC "Almi­rante Padilla" DT-03.

A los ofi­cia­les y tri­pu­la­cio­nes les había dejado un fuerte espíritu de cuerpo, elevado sen­ti­miento moral, expe­rien­cias pro­fe­sio­na­les de nivel inter­na­cio­nal, cono­ci­miento del mundo y un sen­ti­miento de valía ante los ojos de otras armadas del mundo. No hay que perder de vista que los ofi­cia­les del Ejército y de la Armada que acu­mu­la­ron expe­rien­cias en Corea fueron llamados en las décadas siguien­tes a los más altos mandos de las Fuerzas Mili­ta­res y del Minis­te­rio de Guerra. Como la logís­tica de la campaña de Corea demostró la impor­tan­cia del Arma Naval en el mundo que siguió, el vice­al­mi­rante Eduardo Wills Olaya, quien fue segundo coman­dante de la fragata ARC "Almi­rante Brión", durante dos años de expe­rien­cia en Corea, concluyó que la historia de la Armada colom­biana se divide en dos grandes épocas: "antes y después de Corea". Lo mismo afirmó el general Gabriel Puyana García respecto del Ejército.

Esta expe­rien­cia inter­na­cio­nal también le dejó al país unas polí­ti­cas de coo­pe­ra­ción defen­siva inte­ra­me­ri­ca­nas. Para empezar,

con la Junta Inte­ra­me­ri­cana de Defensa que se instaló en Was­hing­ton desde 1942, y después con el Colegio Inte­ra­me­ri­cano de Defensa, orga­nismo bajo su depen­den­cia, ins­tau­rado en el Fort Lesley J. McNair. Adi­cio­nal­mente, la adhesión a las polí­ti­cas de la Guerra Fría, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión Sovié­tica y los partidos comu­nis­tas que obe­de­cían al Comin­tern eran el gran peligro de las demo­cra­cias occi­den­ta­les, cla­ra­mente ame­na­za­das en los países de Europa Central y Oriental. A la vista de la invasión sovié­tica a Hungría, el pre­si­dente Harry S. Truman declaró ante el Congreso de los Estados Unidos (marzo de 1947) que, en lo sucesivo, su política apoyaría "a los pueblos libres que se resisten a los intentos de sub­yu­ga­ción de minorías armadas o pre­sio­nes externas". Esta Doctrina Truman de la guerra fría contra la Unión Sovié­tica fue ganando cada vez más a la opinión esta­dou­ni­dense respecto de la res­pon­sa­bi­li­dad, ante el "mundo libre", de liderar la lucha contra el comu­nismo sovié­tico.

A despecho de los com­pro­mi­sos de la política de Guerra Fría, tras la diso­lu­ción de la Unión Sovié­tica y el derrumbe del muro de Berlín, la admi­nis­tra­ción Lleras Camargo con­tri­buyó deci­di­da­mente a cons­truir el sistema inte­ra­me­ri­cano de la OEA com­pro­me­tido con el prin­ci­pio de la reso­lu­ción pacífica de los con­flic­tos, la defensa común contra las agre­sio­nes de otros Estados y el prin­ci­pio de la no inter­ven­ción en los asuntos internos de los Estados. El sistema inte­ra­me­ri­cano no era una evo­lu­ción de la Doctrina Monroe, sino un esfuerzo de sus­ti­tuirla y abro­garla. La misión de la OEA era impedir que en América exis­tie­ran guerras de agresión, gracias a sus con­ven­cio­nes firmadas para someter al hemis­fe­rio a la ley inter­na­cio­nal y a la pros­crip­ción de la guerra. La vigencia de la postura de Lleras Camargo en nuestros días es inne­ga­ble. En el mes de abril de 1958 se realizó en Ginebra una Con­fe­ren­cia de las Naciones Unidas sobre la pla­ta­forma con­ti­nen­tal, a la cual asis­tie­ron dos ple­ni­po­ten­cia­rios colom­bia­nos. El 29 de abril firmaron la Con­ven­ción sobre la pla­ta­forma con­ti­nen­tal, ins­tru­mento que dio a Colombia unos derechos dis­tin­tos a los que tenía sobre el

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mar terri­to­rial ganado por el general José Padilla en la Batalla de Mara­caibo de 1823. El concepto de pla­ta­forma con­ti­nen­tal designó, en esa Con­ven­ción, al lecho del mar y el subsuelo de las zonas sub­ma­ri­nas adya­cen­tes a las costas nacio­na­les pero situadas fuera de la zona del mar terri­to­rial, hasta una pro­fun­di­dad de 200 metros, y además al lecho del mar y el subsuelo de las regiones sub­ma­ri­nas análogas, adya­cen­tes a las costas de islas. El 23 de julio de 1959, el pre­si­dente Lleras Camargo aprobó esta Con­ven­ción y la sometió a la con­si­de­ra­ción del Congreso. Este la examinó y aprobó el 8 de febrero de 1961, quedando san­cio­nada la ley con fecha del 13 de marzo de 1961, de suerte que las dis­po­si­cio­nes sobre pla­ta­forma con­ti­nen­tal se con­si­de­ra­rían en adelante parte inte­grante del derecho interno colom­biano.

A finales de 1965, durante la admi­nis­tra­ción Valencia, se realizó la tran­si­ción del Minis­te­rio de Guerra al Minis­te­rio de Defensa, bajo la con­duc­ción del general Gabriel Revéiz Pizarro. En vez de calcular los riesgos de una guerra exterior, los cálculos se diri­gie­ron en adelante hacia la guerra interior con los grupos gue­rri­lle­ros. Cuando las decla­ra­cio­nes de Punta del Este y de la Alianza para el Progreso repre­sen­ta­ron a la Revo­lu­ción Cubana como enemiga del sistema inte­ra­me­ri­cano, dada la opinión general de que estaba entre­gada al sistema comu­nista y a la "expor­ta­ción" de gue­rri­llas, la Junta Inte­ra­me­ri­cana de Defensa tuvo que elaborar una doctrina militar contra el enemigo que había apa­re­cido en el Caribe. Esa doctrina con­vo­caba a la con­ten­ción del comu­nismo inter­na­cio­nal y a la defensa del "mundo libre".

Apuntes sobre política naval

Ya bajo la admi­nis­tra­ción Lleras Restrepo, el Minis­te­rio de Defensa Nacional le pidió al almi­rante Jaime Parra Ramírez la for­mu­la­ción de la nueva política naval militar. Este terminó, el 5 de octubre de 1967, sus Apuntes sobre política naval de

Colombia. Pre­sen­ta­dos ante el Comando General de las Fuerzas Mili­ta­res, desde 1968 se con­vir­tie­ron en la guía explí­cita de las deci­sio­nes que fueron tomadas durante los seis años en que este almi­rante actuó como coman­dante de la Armada. Con­ven­cido de que el arma sub­ma­rina había cobrado la mayor impor­tan­cia en los mares del mundo, puso en marcha el esfuerzo que dotó a la Armada de los dos primeros sub­ma­ri­nos fabri­ca­dos en Kiel y bau­ti­za­dos ARC "Pijao" y ARC "Tayrona", com­ple­men­ta­dos por dos sub­ma­ri­nos tácticos modelo SX 506, y cuatro lanchas Cha­rriots modelo CE2F/X60, con sus res­pec­ti­vos acce­so­rios. Adi­cio­nal­mente, se adqui­rie­ron dos buques tanques petro­le­ros y una división de comandos de la flotilla de sub­ma­ri­nos, dotada con lanchas sub­ma­ri­nas tipo CE2F/X60, que per­mi­tían ope­ra­cio­nes de asalto costero.

La política estra­té­gica del almi­rante Parra Ramírez expuso cla­ra­mente la voluntad de empo­de­ra­miento de la Armada para asumir la con­duc­ción de ope­ra­cio­nes de disputa del dominio del mar Caribe, garan­ti­zando la pro­tec­ción del tráfico marítimo, de acuerdo a sus capa­ci­da­des. Ante la guerra irre­gu­lar que libraba el Ejército con las gue­rri­llas, la Armada también estaba obligada a apoyar sus acciones y a impedir el ingreso de arma­men­tos de con­tra­bando por sus puertos. Sostuvo que la Armada requería de mejores medios para realizar su concepto estra­té­gico y empo­de­rarse en todas las ope­ra­cio­nes de guerra en el mar y en los ríos. El valor de la Marina era su movi­li­dad y eso dependía de contar con un mayor pre­su­puesto para sus unidades a flote en los mares. En estos había que dis­tin­guir sus capa­ci­da­des de super­fi­cie respecto de su capa­ci­dad sub­ma­rina, aérea y anfibia. Tendría que mejorar sus flo­ti­llas flu­via­les (río Mag­da­lena, Llanos Orien­ta­les, Sur), sus bases marí­ti­mas (Car­ta­gena, Barran­qui­lla, Bue­na­ven­tura, San Andrés) y flu­via­les (Puerto Leguí­zamo). Tendría que contar con un velero de entre­na­miento de cadetes, que final­mente fue el buque escuela ARC "Gloria", con un servicio oce­a­no­grá­fico, un servicio de faros y boyas, buques tan­que­ros y de logís­tica, ser­vi­cios de rescate y acción cívica naval. Había que contar

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La tardía for­mu­la­ción de las polí­ti­cas navales

con todas las ins­ti­tu­cio­nes de selec­ción y for­ma­ción de su personal en todas las espe­cia­li­da­des, así como para sus retiros, bie­nes­tar y dis­tin­cio­nes. La política naval for­mu­lada por el almi­rante Jaime Parra Ramírez tuvo un gran impacto en el arma naval, pues en adelante se volvió una tra­di­ción que los coman­dan­tes de la Armada for­mu­la­ran las polí­ti­cas navales de sus tiempos de mando.

Hasta el final de los dos gobier­nos mili­ta­res (1953-1958), las polí­ti­cas de la Armada apun­ta­ban, en general, a la defensa de la sobe­ra­nía colom­biana en los azules océanos. En los términos más modernos, la Armada solo defendía "el azul de la bandera nacional". Pero durante los 16 años de la expe­rien­cia del Frente Nacional (1958-1974), la Marina fue empujada, como las otras dos fuerzas mili­ta­res, a defender el poder soberano del Estado contra todos los grupos que se decla­ra­ron en insur­gen­cia armada, siguiendo las ilu­sio­nes polí­ti­cas de las expe­rien­cias sovié­tica, china y cubana. Vinieron entonces las nuevas polí­ti­cas con­train­sur­gen­tes en el contexto de la Guerra Fría y de la pugna entre los dos campos en que se divi­die­ron los gana­do­res de la Segunda Guerra Mundial. La par­ti­ci­pa­ción en el con­flicto armado interno obligó a diseñar polí­ti­cas per­ti­nen­tes de defensa del Estado de derecho con la fuerza legítima frente a las vio­len­cias gue­rri­lle­ras. Y después del Frente Nacional se ins­ta­la­ron en las entrañas de la sociedad los nuevos grupos de nar­co­tra­fi­can­tes, ini­cial­mente al servicio del mercado esta­dou­ni­dense de las drogas ilícitas, que con sus ganan­cias intro­du­je­ron armas para resolver vio­len­ta­mente sus dife­ren­cias.

La política de segu­ri­dad demo­crá­tica de las dos admi­nis­tra­cio­nes Uribe Vélez (2002-2010) com­pro­me­tió la gestión de la Armada con las ope­ra­cio­nes contra las orga­ni­za­cio­nes gue­rri­lle­ras, tanto contra las orga­ni­za­cio­nes nar­co­tra­fi­can­tes. Como ejemplo, los Montes de María fueron teatro de una con­tun­dente acción conjunta de unidades de la Armada y de la Fuerza conjunta de Acción Decisiva que permitió el regreso de la pobla­ción des­pla­zada y nuevos pro­yec­tos de empren­di­miento

eco­nó­mico. Fue liberado un exmi­nis­tro secues­trado, se desar­ti­cu­la­ron los frentes 35 y 37 de las FARC y se neu­tra­li­za­ron cerca de 4.500 gue­rri­lle­ros. En el año 2002 comenzó la estra­te­gia de cerrar espacios al tráfico de las drogas e incau­ta­cio­nes. Se conformó un Centro Marítimo Inter­na­cio­nal contra el nar­co­trá­fico y se creó la Escuela inter­na­cio­nal de Guar­da­cos­tas. Las ope­ra­cio­nes con­jun­tas con la FAC, el Ejército, la Policía, la Fiscalía, el DAS y las unidades esta­dou­ni­den­ses tuvieron mayor con­tun­den­cia contra los carteles de las drogas.

Las dimen­sio­nes de la acción de los hombres de la Armada se amplia­ron: a la política original de defensa de la sobe­ra­nía nacional contra los enemigos externos se agregó la política con­train­sur­gente contra más de una decena de grupos armados que se formaron desde 1962 y pro­me­tie­ron derribar el Estado de derecho. Y vino después la política inter­na­cio­nal de inter­dic­ción de las drogas ilícitas y sus pre­cur­so­res químicos. Como res­puesta a tantas amenazas, la Armada no cesó de preparar todas las res­pues­tas: incre­mento de los medios más per­ti­nen­tes, pro­fe­sio­na­li­za­ción de su personal propio y auxiliar, sofis­ti­ca­ción de sus polí­ti­cas y de su capa­ci­dad de inte­li­gen­cia, alianzas estra­té­gi­cas con los poderes técnicos de otras naciones amigas. Fue así como se con­vir­tió en una Armada mediana que acumuló en su haber unas 671 unidades marí­ti­mas y flu­via­les, inclu­yendo cuatro sub­ma­ri­nos.

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Primeros Cadetes de la Escuela Naval en 1910. De pie de izquierda a derecha: Mario Caicedo, Froilán Valen­zuela, Pablo García Franco (), Fran­cisco de Paula Prieto, José Luis Betan­court (), José Antonio Noguera, Virgilio Mas­tro­do­mé­nico y Luis María Galindo; sentados: Leonidas Flórez Álvarez (), Pablo Emilio Nieto y Juan Federico Gerlein. () No se gra­dua­ron. Archivo foto­grá­fico digital de la Direc­ción de Historia Naval.
Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.