CLAVES PARA ENTENDER A COLOMBIA
Dividir para gobernar
Desde la conquista la fisonomía político-administrativa de Colombia se ha mantenido en constante evolución. La extensión y los límites de los actuales departamentos resultaron de procesos políticos y sociales.
Por Armando Martínez Garnica. Historiador y director del Archivo General de la Nación.
Las fronteras son caprichosas, arbitrarias, absurdas, si se quiere, pero en especial, imaginarias. Sin embargo, son tan reales que, hacia sus extremos pueden contener pueblos, historias, culturas y realidades diferentes sin importar que convivan en un mismo territorio: separan, segregan, dividen…
Para administrar y gobernar los bienes y las almas, pero en especial las riquezas y tributos, los españoles impusieron en el Nuevo Mundo diferentes divisiones territoriales. Así lo hicieron cuando llegaron al Caribe colombiano, al que llamaron tierra firme y lo partieron en dos gobernaciones: la de Urabá o Nueva Andalucía y la de Veraguas o Castilla de Oro.
Después, a medida que se internaron en la tierra y dominaron más y más grupos aborígenes, dibujaron un nuevo continente sin dejar de demarcar y dividir, a veces a partir de los dominios indígenas y, en la mayoría de los casos, de intereses privados, de las instituciones eclesiásticas o de la Corona.
Lo que hoy es Colombia ha tenido numerosas divisiones político-administrativas que se pueden agrupar en grandes periodos: el indiano, la transición independentista y los primeros experimentos republicanos, y la República de Colombia nacida en 1821, que tras muchas experiencias históricas y cambios de nombre, terminó con los 32 departamentos y 6 distritos especiales en los que hoy se divide el mapa nacional.
MAPAS Y TRAZAS
Como se sabe, en el reinado de Carlos I de Castilla (1516-1556) llegó el periodo de formación del Estado moderno en la península ibérica y, en consecuencia, en sus dominios indianos. Cada nueva provincia erigida en derecho, por lo general en torno a una ciudad con privilegios, quedaba bajo la jurisdicción de dos alcaldes ordinarios y diversos regidores de los cabildos, quienes tenían entre sus funciones ejercer la jurisdicción civil y criminal de primera instancia, así como regir el vecindario.
Desde 1551 las provincias existentes, creadas por la mano armada de los capitanes de conquista, quedaron bajo el gobierno superior de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá. La voz provincia, conforme con las antiguas tradiciones romanas, no se refería en ese entonces a entidades territoriales, sino a jurisdicciones de entidades de justicia y regimiento, como los cabildos de las ciudades, los gobernadores provinciales, los corregidores y la Real Audiencia, pero también a los caciques y cabildos de la república de los indios.
Entonces, originalmente, las jurisdicciones de los gobernadores y de los cabildos de la república de los españoles delimitaron las provincias antiguas del país, no entendidas como territorios, sino como cuerpos de vasallos sometidos a la vara de la justicia ordinaria de los cabildos o a la de los gobernadores y corregidores.
La Corona española desde 1551 puso las primeras provincias reunidas en el Nuevo Reino de Granada, Popayán, Santa Marta, Cartagena, Antioquia y San Juan bajo el gobierno superior de la Real Audiencia de Santa Fe, cuyos oidores solo tuvieron jurisdicción en causas civiles y criminales en grado de apelación. Pero los presidentes de esta audiencia, togados o de capa y espada, ejercieron el gobierno y la capitanía general en su propia jurisdicción. Resultó así que la división político-administrativa de nuestra sociedad tiene su sustrato profundo en el ordenamiento provincial, diseñado por los términos puestos a la acción de los jueces ordinarios autorizados para conocer causas judiciales.
La Corona estableció en sus dominios virreinatos y reales audiencias, capitanías generales y provincias, ciudades y villas para recaudar con mayor eficiencia sus tributos y rentas, así como para controlar mejor a sus vasallos.
REAL AUDIENCIA. La dificultad de la Gobernación de Santa Marta en la administración de los nuevos territorios en el interior del continente y la necesidad de contener el creciente poder territorial de los encomenderos obligaron a la Corona española a establecer la Real Audiencia de Santa Fe en los Andes orientales.
La administración afrancesada (1700-1810) experimentó el régimen de las intendencias en las Indias, en busca de optimizar sus rendimientos fiscales y la eficiencia administrativa, y reformuló el mapa administrativo. Si bien la revuelta de los Comunes de la provincia del Socorro impidió su aplicación en este virreinato, los nuevos corregimientos suplieron las necesidades de la Corona.
NUEVOS AIRES. Cuando el régimen monárquico cayó por las guerras civiles de la independencia, los criollos constituyeron la República de Colombia, hace 197 años, en la Villa del Rosario de Cúcuta. El nuevo Estado republicano reclamó los territorios que
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habían tenido tanto el extinto virreinato de Santafé como la capitanía general de Venezuela. Siguiendo el modelo francés, el territorio nacional quedó dividido en departamentos, y estos en provincias, cantones y distritos parroquiales.
Acordaron entonces la figura del intendente para el gobierno departamental, concebido como un agente natural e inmediato del presidente de la república, pero mantuvieron la figura del gobernador para las antiguas provincias. El gobierno de los cantones y de los distritos parroquiales continuó siendo colegiado, según el precedente hispánico, con pleno reconocimiento de la existencia de los cabildos cantonales y de las asambleas electorales del orden parroquial, presididas por jueces parroquiales.
La primera ley de división territorial de la república, expedida el 25 de junio de 1824, elevó el número de los departamentos a 12: Orinoco, Venezuela, Zulia, Boyacá, Cundinamarca, Cauca, Magdalena, Istmo, Ecuador, Guayaquil, Apure y Azuay. Estos departamentos agruparon 37 provincias, 228 cabeceras de cantón, 96 ciudades, 111 villas, 1.246 parroquias y 1.274 viceparroquias.
Las cabeceras cantonales, que en 1825 ya eran 230, tuvieron derecho a contar con su propio cabildo, una decisión que facilitó a muchas antiguas parroquias ascender a la condición de villas. Las parroquias, entidades de la división administrativa eclesiástica, quedaron convertidas en distritos parroquiales, una gran novedad secularizadora en favor del dominio estatal republicano. Todavía no eran municipios, entes que corresponden a un régimen igualitario posterior de los poblamientos, pero sí fueron su antecedente inmediato.
Los jefes políticos municipales, que en adelante actuaron en los cantones, tuvieron autoridad gubernativa y económica con dependencia inmediata de los gobernadores. Presidieron las municipalidades, sin voto, y supervisaron la labor de los alcaldes municipales, las juntas de vacunación y las de manumisión de esclavos. Los alcaldes-jueces municipales y parroquiales, con periodos anuales, administraron asuntos locales tales como la salubridad y el ornato, el reglamento de policía, el orden y la tranquilidad, la decencia y la moralidad públicas.
LAS REFORMAS BORBÓNICAS BUSCARON, EN EL SIGLO XVIII, CENTRALIZAR LA ADMINISTRACIÓN DEL IMPERIO A TRAVÉS DEL SISTEMA DE INTENDENCIAS.
Producida la crisis política tras el fracaso de la gran Convención de Ocaña, el presidente Simón Bolívar expidió el decreto del 27 de agosto de 1828 que debería servir de ley constitucional del Estado hasta 1830. La administración del territorio nacional quedó confiada a los prefectos, definidos como jefes superiores de grandes distritos llamados prefecturas. Con esta decisión pudo el Libertador contar con cuatro prefecturas generales, justificadas en su deseo de dar más unidad y fuerza a la acción del gobierno, pero sin quererlo sentó la base política para la disgregación del territorio colombiano en los tres nuevos Estados nacionales, Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.
DIVISIONES NACIONALES. La convención constituyente del Estado de la Nueva Granada concluyó que en la experiencia colombiana había acreditado ser muy perjudicial la división de la república en departamentos, así como su mando por prefectos, pues había resultado en una viciosa organización que solo había servido para entorpecer la acción del gobierno supremo y deprimir la autoridad de los gobernadores provinciales. Ordenó entonces, el 21 de noviembre de 1831, tanto suprimir las prefecturas como dividir el territorio granadino en departamentos.
En adelante, el Poder Ejecutivo solo tendría bajo su dependencia directa a los gobernadores de las provincias, quienes recibirían las órdenes de los secretarios del despacho ejecutivo nacional. La herencia indiana de las provincias sujetas a gobernadores, y estos al gobierno superior de la nación, fue entonces mejor valorada como fruto de una experiencia acumulada durante varios siglos. El territorio del Estado de la Nueva Granada quedó desde 1832 solo con 19 provincias: Pamplona, Socorro, Vélez, Tunja, Bogotá, Casanare, Neiva, Mariquita, Antioquia, Mompós, Santa Marta, Riohacha, Cartagena, Panamá, Veraguas, Chocó, Popayán, Buenaventura y Pasto.
Por diferentes razones, el número de provincias llegó a 35 en 1853. Por eso, la Constitución del 20 de mayo de 1853 eliminó los cantones y redujo la división político-administrativa de la república solo a las unidades provinciales y a los distritos parroquiales, en una clara tendencia a fortalecer el régimen municipal que se abría paso.
En 1855 el Congreso aprobó un acto adicional a la Constitución que creó el estado federal de Panamá, y abrió la puerta a la experiencia federal de los Estados Unidos de Colombia. Después de la guerra civil de 1861 y de la Constitución de Rionegro, el territorio nacional terminó dividido en nueve estados soberanos: Panamá, Magdalena, Bolívar, Antioquia, Santander, Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Cauca.
Pero tras casi tres décadas de experiencia federal, la Constitución de 1886 postuló que el territorio, con sus bienes públicos, solo pertenecía a la nación colombiana. Por esto, convirtió los anteriores estados en departamentos y dividió estos en provincias y municipios. El artículo quinto constitucional garantizó la continuidad de los nueve estados en igual número de departamentos e impuso duras condiciones para el desmembramiento de los existentes.
Así, la administración de Rafael Reyes, que prometió grandes reformas nacionales, tuvo que empezar
AGUSTÍN CODAZZI. Agustín Codazzi, ingeniero y militar italiano encargado de dirigir la Comisión Corográfica en Colombia (1850-1859) y Venezuela (1830-1839). En Europa, luchó en la batalla de Waterloo contra Napoleón y posteriormente se embarcó hacia América. Conoció a Bolívar en 1819 y peleó junto a los ejércitos patriotas en las guerras de independencia. Su trabajo cartográfico fue elogiado por Humboldt, padre de la geografía moderna.
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habían tenido tanto el extinto virreinato de Santafé como la capitanía general de Venezuela. Siguiendo el modelo francés, el territorio nacional quedó dividido en departamentos, y estos en provincias, cantones y distritos parroquiales.
Acordaron entonces la figura del intendente para el gobierno departamental, concebido como un agente natural e inmediato del presidente de la república, pero mantuvieron la figura del gobernador para las antiguas provincias. El gobierno de los cantones y de los distritos parroquiales continuó siendo colegiado, según el precedente hispánico, con pleno reconocimiento de la existencia de los cabildos cantonales y de las asambleas electorales del orden parroquial, presididas por jueces parroquiales.
La primera ley de división territorial de la república, expedida el 25 de junio de 1824, elevó el número de los departamentos a 12: Orinoco, Venezuela, Zulia, Boyacá, Cundinamarca, Cauca, Magdalena, Istmo, Ecuador, Guayaquil, Apure y Azuay. Estos departamentos agruparon 37 provincias, 228 cabeceras de cantón, 96 ciudades, 111 villas, 1.246 parroquias y 1.274 viceparroquias.
Las cabeceras cantonales, que en 1825 ya eran 230, tuvieron derecho a contar con su propio cabildo, una decisión que facilitó a muchas antiguas parroquias ascender a la condición de villas. Las parroquias, entidades de la división administrativa eclesiástica, quedaron convertidas en distritos parroquiales, una gran novedad secularizadora en favor del dominio estatal republicano. Todavía no eran municipios, entes que corresponden a un régimen igualitario posterior de los poblamientos, pero sí fueron su antecedente inmediato.
Los jefes políticos municipales, que en adelante actuaron en los cantones, tuvieron autoridad gubernativa y económica con dependencia inmediata de los gobernadores. Presidieron las municipalidades, sin voto, y supervisaron la labor de los alcaldes municipales, las juntas de vacunación y las de manumisión de esclavos. Los alcaldes-jueces municipales y parroquiales, con periodos anuales, administraron asuntos locales tales como la salubridad y el ornato, el reglamento de policía, el orden y la tranquilidad, la decencia y la moralidad públicas.
LAS REFORMAS BORBÓNICAS BUSCARON, EN EL SIGLO XVIII, CENTRALIZAR LA ADMINISTRACIÓN DEL IMPERIO A TRAVÉS DEL SISTEMA DE INTENDENCIAS.
Producida la crisis política tras el fracaso de la gran Convención de Ocaña, el presidente Simón Bolívar expidió el decreto del 27 de agosto de 1828 que debería servir de ley constitucional del Estado hasta 1830. La administración del territorio nacional quedó confiada a los prefectos, definidos como jefes superiores de grandes distritos llamados prefecturas. Con esta decisión pudo el Libertador contar con cuatro prefecturas generales, justificadas en su deseo de dar más unidad y fuerza a la acción del gobierno, pero sin quererlo sentó la base política para la disgregación del territorio colombiano en los tres nuevos Estados nacionales, Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.
DIVISIONES NACIONALES. La convención constituyente del Estado de la Nueva Granada concluyó que en la experiencia colombiana había acreditado ser muy perjudicial la división de la república en departamentos, así como su mando por prefectos, pues había resultado en una viciosa organización que solo había servido para entorpecer la acción del gobierno supremo y deprimir la autoridad de los gobernadores provinciales. Ordenó entonces, el 21 de noviembre de 1831, tanto suprimir las prefecturas como dividir el territorio granadino en departamentos.
En adelante, el Poder Ejecutivo solo tendría bajo su dependencia directa a los gobernadores de las provincias, quienes recibirían las órdenes de los secretarios del despacho ejecutivo nacional. La herencia indiana de las provincias sujetas a gobernadores, y estos al gobierno superior de la nación, fue entonces mejor valorada como fruto de una experiencia acumulada durante varios siglos. El territorio del Estado de la Nueva Granada quedó desde 1832 solo con 19 provincias: Pamplona, Socorro, Vélez, Tunja, Bogotá, Casanare, Neiva, Mariquita, Antioquia, Mompós, Santa Marta, Riohacha, Cartagena, Panamá, Veraguas, Chocó, Popayán, Buenaventura y Pasto.
Por diferentes razones, el número de provincias llegó a 35 en 1853. Por eso, la Constitución del 20 de mayo de 1853 eliminó los cantones y redujo la división político-administrativa de la república solo a las unidades provinciales y a los distritos parroquiales, en una clara tendencia a fortalecer el régimen municipal que se abría paso.
En 1855 el Congreso aprobó un acto adicional a la Constitución que creó el estado federal de Panamá, y abrió la puerta a la experiencia federal de los Estados Unidos de Colombia. Después de la guerra civil de 1861 y de la Constitución de Rionegro, el territorio nacional terminó dividido en nueve estados soberanos: Panamá, Magdalena, Bolívar, Antioquia, Santander, Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Cauca.
Pero tras casi tres décadas de experiencia federal, la Constitución de 1886 postuló que el territorio, con sus bienes públicos, solo pertenecía a la nación colombiana. Por esto, convirtió los anteriores estados en departamentos y dividió estos en provincias y municipios. El artículo quinto constitucional garantizó la continuidad de los nueve estados en igual número de departamentos e impuso duras condiciones para el desmembramiento de los existentes.
Así, la administración de Rafael Reyes, que prometió grandes reformas nacionales, tuvo que empezar
AGUSTÍN CODAZZI. Agustín Codazzi, ingeniero y militar italiano encargado de dirigir la Comisión Corográfica en Colombia (1850-1859) y Venezuela (1830-1839). En Europa, luchó en la batalla de Waterloo contra Napoleón y posteriormente se embarcó hacia América. Conoció a Bolívar en 1819 y peleó junto a los ejércitos patriotas en las guerras de independencia. Su trabajo cartográfico fue elogiado por Humboldt, padre de la geografía moderna.
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con el acto reformatorio número tres de la Constitución nacional, que facultaba al gobierno a modificar el número de los departamentos. Rafael Reyes creó el nuevo departamento de Nariño al nombrarle su primer gobernador, y ante la resistencia del Congreso a sus reformas convocó una Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa desde el 15 de marzo de 1905, lo que le permitió crear tres nuevas intendencias (Meta, Alto Caquetá y Putumayo) y reorganizar la intendencia de La Guajira.
Pero en la Junta de Gobernadores que presidió desde el 10 de marzo de 1905 trató el tema de la nueva división territorial en materia civil y en materia eleccionaria. Vinieron allí al mundo político los nuevos departamentos de Cundinamarca (sin Bogotá y con capital en Facatativá), Huila, Galán, Caldas, Atlántico, Tundama y Quesada. Nació también el Distrito Capital de Bogotá.
Esta misma asamblea aprobó, el 4 de agosto de 1908, la más extrema reforma político-administrativa del territorio nacional, dividido en 34 departamentos: Tumaco, Túquerres, Pasto, Popayán, Cali, Buga, Neiva, Garzón, Ibagué, Honda, Facatativá, Girardot, Zipaquirá, Chiquinquirá, Santa Rosa, Tunja, Vélez, San Gil, Bucaramanga, Cúcuta, Manizales, Cartago, Medellín, Antioquia, Jericó, Sonsón, Barranquilla, Santa Marta, Riohacha, Quibdó, Cartagena, Mompós y Sincelejo.
Esta reforma no solo borraba toda huella del sistema de 1886, sino además el régimen de las provincias, dado que cada una de estas coincidía con el tamaño de los departamentos nuevos. Gracias al artículo 24 de esta ley, que autorizó al Ejecutivo a retardar su ejecución por conveniencia pública, el presidente Reyes solamente autorizó la operación de 26 de estos departamentos en 1909.
Pero las aguas desbordadas de la extrema creación de departamentos retornaron a su cauce. La administración de Ramón González Valencia sancionó la Ley 65 del 14 de diciembre de 1909, cuyo primer artículo restableció la división territorial existente al comenzar 1905. El país regresó a nueve departamentos (Antioquia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Santander, Tolima y Nariño), pero el presidente González Valencia fue obligado a acatar la Ley 65 de 1909, por la que tenía que emitir decretos que aprobaran la existencia de nuevos departamentos cuando una comisión legislativa diera concepto favorable. Así
pasó con los vecindarios de Neiva, Manizales, Cali y Buga, que forzaron al gobierno a expedir el Decreto 340 del 16 de abril de 1910 que creó los departamentos de Caldas, Huila y Valle, salidos en buena medida del Cauca, que Antioquia aceptó a cambio de que le regresaran Urabá. La Asamblea Nacional aprobó el 14 de julio de 1910 la Ley 25 que creó el nuevo departamento de Norte de Santander, y la república del centenario de la independencia terminó con 14 departamentos.
Los llamados territorios nacionales, que habían existido durante la experiencia federal, prolongaron su existencia durante el siglo XX bajo la denominación de intendencias y con los nombres de Oriente, La Guajira, Caquetá, Chocó, Meta, Putumayo, Amazonas, San Andrés y Providencia, Arauca y Casanare. Algunas de ellas fueron por algún tiempo comisarías, como también Vaupés, Vichada, Juradó, Urabá, Guainía y Guaviare.
Después nacieron nuevos departamentos, más por presiones políticas o regionales que por necesidades reales. Por ejemplo, Caldas se dividió en tres en 1966. Quindío vio la luz como departamento el 1 de julio y Risaralda, el 23 de noviembre.
Otros territorios antiguos se convirtieron finalmente en departamentos, como La Guajira. En 1911 seguía siendo comisaría; en 1954, intendencia; y en 1963 finalmente fue elevado a departamento, algo que se materializó el 1 de julio de 1965. Por su parte, el presidente Carlos Lleras Restrepo concibió el Cesar en junio de 1967 y empezó a ser departamento a partir de diciembre de ese año.
Finalmente, la Constitución Política de 1991 solo consideró entidades territoriales a los departamentos, los distritos, los municipios y los territorios indígenas. Desde entonces, las intendencias se convirtieron en departamentos, lo que hizo que el país se dividiera en 32 de ellos, cerca de 1.132 municipios –todos iguales en derecho–, el distrito capital de Bogotá y cinco distritos especiales: Cartagena, Santa Marta, Barranquilla, Buenaventura, Riohacha. Además de los territorios indígenas y afrodescedientes.
El régimen de los municipios no surgió, como se ha querido ver, del fortalecimiento que recibió con la Constitución de 1991. Apareció de una reivindicación igualitaria comenzada en 1810: no solo las personas debían igualarse en la condición ciudadana, también a los poblamientos en la condición municipal. Así, se quebró la preeminencia de las provincias antiguas, con sus caudillos declarados supremos, lo que permitió a los ciudadanos desarrollar la iniciativa local para generar una vida política más participativa y fecunda.
EL ARQUITECTO. El presidente Rafael Reyes tomó las ideas de reforma territorial de Rafael Uribe Uribe y lideró la conformación de nuevos departamentos entre 1905 y 1908, convirtiéndose en el arquitecto de la moderna organización de Colombia. Con este reordenamiento territorial buscó restar poder a algunas élites regionales y respaldar a nuevos grupos y poblaciones, mejorando su situación en la estructura político-administrativa del país.
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En busca de diversificar
Pese a que la economía colombiana se ha desarrollado en varias direcciones, todavía depende en gran medida de las exportaciones del petróleo y de minerales.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), en 2017 el carbón, el petróleo y sus derivados representaron el 54,3 por ciento de las exportaciones. Esas cifras significan que, pese a los intentos de diversificar la economía, el país sigue dependiendo del comercio de materias primas o commodities, una tendencia histórica originada en la colonia.
Entre 1550 y 1810, las élites que habitaron el territorio de la actual Colombia tuvieron la mayor fuente de riquezas en el oro extraído al occidente del país, desde las estribaciones de la cordillera Central, en especial en las tierras del Bajo Cauca, hasta la vertiente del Pacífico en la provincia de Pasto. Alrededor de este mineral nacieron haciendas y circuitos comerciales que satisfacían las necesidades de los centros mineros.
Las dificultades para comunicarse impidieron la integración y un fluido comercio interregional. Si bien las élites del centro de la Nueva Granada podían disfrutar de artículos de lujo importados, que entraban por Cartagena o Santa Marta y llegaban en champán por el río Magdalena, la agreste geografía colombiana encarecía el transporte de otros productos. Cada región formó mercados intrarregionales para satisfacer sus necesidades, que giraban en torno a haciendas productoras de carne, hortalizas, legumbres, granos, mieles y alcoholes, y a talleres artesanales que elaboraban ruanas, alpargatas, cestos y otros artículos. De esta manera, surgieron economías regionales prácticamente autárquicas.
Aun así, hubo un modesto intercambio interregional. Las provincias del centro oriente vendían los textiles en los poblados mineros. En estos lugares los mineros también consumían tabaco, aguardiente, conservas y carnes secas llevadas desde El Socorro, Vélez y Cúcuta y otros centros productores hasta las minas de Antioquia y Chocó.
Esa escasa integración regional, sumada a las políticas imperiales que prohibían el comercio internacional y a la ausencia de las grandes plantaciones como las caribeñas y brasileñas, hizo del oro el principal producto de exportación. El metal generó modestas fortunas a las élites, comparadas con las enormes riquezas de los mineros del virreinato de Perú y de México o de los terratenientes de Brasil.
Tras la crisis económica que trajo la independencia, los gobernantes colombianos emprendieron el trabajo de insertar al país en la economía mundial a partir de la exportación de materias primas. Esos esfuerzos fracasaron en varias ocasiones por las guerras civiles y por las dinámicas de los mercados internacionales. En el siglo XIX los ciclos exportadores pasaron por las cortas bonanzas del tabaco, la quina y el añil. Solo con el café, Colombia pudo obtener ingresos estables del comercio exterior. Pese a sus altibajos, esa economía exportadora se convirtió en la fuerza motriz que fortaleció el mercado interno, promovió el desarrollo vial (primero con ferrocarriles y luego con carreteras) y consolidó la economía moderna.
El cultivo del grano, que se inició en las laderas cercanas al valle de San José de Cúcuta y se extendió a las vertientes cundinamarquesas y a la cordillera Central, formó un sistema de transporte moderno y fomentó la urbanización. Así mismo, al ritmo del cultivo del café se consolidaron las colonizaciones de las vertientes de las tres cordilleras, comenzadas en el siglo XVIII. Nuevas redes de caminos y prósperas estructuras urbanas se convirtieron en la base de la posterior industrialización. Al café exportable se sumaron otros productos como el banano, que desde inicios del siglo XX hasta hoy ha estado en manos de multinacionales.
En la segunda década del siglo XX, comenzó la explotación petrolera en Barrancabermeja y con el tiempo se expandió por los antiguos territorios nacionales. Al igual que con el café, el oro negro contribuyó a formar la clase obrera e impulsó la colonización del valle del Magdalena, la Orinoquia y la Amazonia, y su integración al país.
Con los capitales del grano y otras actividades comerciales, comenzó en las primeras décadas del siglo XX la industrialización. Antioquia dio el primer paso, pero rápidamente el ímpetu se expandió a las élites de otras regiones como Bogotá y el Caribe. La industria colombiana, concentrada en fabricar alimentos y textiles, tuvo su edad dorada entre la década de 1930 hasta finales de los años setenta. La industrialización contribuyó a crear el sector de bienes y servicios, que después de la segunda mitad del siglo XX se expandió rápidamente hasta convertirse en el que más aporta al PIB en la actualidad.
Todas estas actividades económicas han tenido que convivir con ocupaciones ilegales que se pueden rastrear hasta la colonia y que contribuyeron a amasar grandes fortunas. Primero, apareció el contrabando de productos de todo tipo que entraban por los actuales departamentos de La Guajira y Valledupar. Y años después, a partir de la década de 1970, la economía ilegal también se expandió con el tráfico de drogas. Esa actividad se convirtió en el combustible del conflicto interno colombiano.
Por su parte, en Antioquia la minería de oro siguió como la base más importante de acumulación de capital, hasta finales del siglo XIX, cuando se sumó la economía cafetera. A partir de entonces, Medellín se convirtió en la principal ciudad de la región debido al crecimiento de su mercado interno y gracias a la industrialización, basada en textiles, alimentos y bebidas.
El suroccidente vivió una profunda transformación territorial por la apertura del canal de Panamá en 1914 y la construcción del ferrocarril del Pacífico en 1915 que conectó la zona con el puerto de Buenaventura. Ambos eventos permitieron a Cali convertirse en el eje de la modernización económica de su región. El café cultivado en Caldas y Valle del Cauca empezó a salir exportado por Buenaventura y por eso la Sultana del Valle se convirtió en el nuevo centro económico de esta parte de Colombia.
La costa Caribe, cuyas ciudades coloniales cayeron en un letargo durante el siglo XIX, volvió a tener una importancia nacional con el surgimiento de Barranquilla, que durante la primera mitad del siglo XX se convirtió en el principal puerto de Colombia. Luego, en la segunda mitad del siglo XX resurgieron Cartagena y Santa Marta. Recientemente, renació un eje económico en los Santanderes controlado por Bucaramanga.
En la actualidad, el regionalismo económico ha disminuido por la infraestructura, pero todavía grandes zonas del país se mantienen aisladas. Los datos del Dane con respecto a la participación de los sectores económicos en el PIB también muestran que la economía colombiana se ha diversificado, pero aún mantiene una fuerte dependencia de la exportación de commodities. Diversificar las exportaciones y fortalecer la integración nacional, así como reducir la desigualdad constituyen los tres grandes retos del país en el futuro inmediato.
LOS NÚCLEOS ECONÓMICOS. Sin embargo, la geografía mantuvo fragmentados a los mercados. Al comenzar el siglo XX se formaron cuatro metrópolis regionales con sus respectivos mercados altamente diferenciados. Bogotá aprovechó la centralidad administrativa y geográfica para crear en el centro del país una red urbana de ciudades y pueblos con una demografía que desde la colonia tenía la mayor densidad. Con una gran oferta de mano de obra, una eficiente producción de alimentos, una importancia administrativa, financiera y comercial, la capital se consolidó como la metrópoli nacional.
6,6 por ciento de las exportaciones colombianas en 2017 corresponden a café.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.