La historia contada desde las regiones

Colombia

Armando Martínez Garnica (artículo, Revista Semana)
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.
Cubierta de la publi­ca­ción de la revista Semana. Enca­be­zado: "LA HISTORIA CONTADA DESDE LAS REGIONES". Título prin­ci­pal: "COLOMBIA". Logotipo "Semana" en la parte superior. Ilus­tra­ción de paisaje andino con montañas, cielo nublado y un río en primer plano (pintura de estilo cos­tum­brista).

Dividir para gobernar

CLAVES PARA ENTENDER A COLOMBIA

Dividir para gobernar

Desde la con­quista la fiso­no­mía político-admi­nis­tra­tiva de Colombia se ha man­te­nido en cons­tante evo­lu­ción. La exten­sión y los límites de los actuales depar­ta­men­tos resul­ta­ron de procesos polí­ti­cos y sociales.

Por Armando Martínez Garnica. His­to­ria­dor y director del Archivo General de la Nación.

Las fron­te­ras son capri­cho­sas, arbi­tra­rias, absurdas, si se quiere, pero en especial, ima­gi­na­rias. Sin embargo, son tan reales que, hacia sus extremos pueden contener pueblos, his­to­rias, culturas y rea­li­da­des dife­ren­tes sin importar que convivan en un mismo terri­to­rio: separan, segregan, dividen…

Para admi­nis­trar y gobernar los bienes y las almas, pero en especial las riquezas y tributos, los espa­ño­les impu­sie­ron en el Nuevo Mundo dife­ren­tes divi­sio­nes terri­to­ria­les. Así lo hicieron cuando llegaron al Caribe colom­biano, al que llamaron tierra firme y lo par­tie­ron en dos gober­na­cio­nes: la de Urabá o Nueva Anda­lu­cía y la de Veraguas o Castilla de Oro.

Después, a medida que se inter­na­ron en la tierra y domi­na­ron más y más grupos abo­rí­ge­nes, dibu­ja­ron un nuevo con­ti­nente sin dejar de demarcar y dividir, a veces a partir de los dominios indí­ge­nas y, en la mayoría de los casos, de inte­re­ses privados, de las ins­ti­tu­cio­nes ecle­siás­ti­cas o de la Corona.

Lo que hoy es Colombia ha tenido nume­ro­sas divi­sio­nes político-admi­nis­tra­ti­vas que se pueden agrupar en grandes periodos: el indiano, la tran­si­ción inde­pen­den­tista y los primeros expe­ri­men­tos repu­bli­ca­nos, y la Repú­blica de Colombia nacida en 1821, que tras muchas expe­rien­cias his­tó­ri­cas y cambios de nombre, terminó con los 32 depar­ta­men­tos y 6 dis­tri­tos espe­cia­les en los que hoy se divide el mapa nacional.

MAPAS Y TRAZAS

Como se sabe, en el reinado de Carlos I de Castilla (1516-1556) llegó el periodo de for­ma­ción del Estado moderno en la penín­sula ibérica y, en con­se­cuen­cia, en sus dominios indianos. Cada nueva pro­vin­cia erigida en derecho, por lo general en torno a una ciudad con pri­vi­le­gios, quedaba bajo la juris­dic­ción de dos alcaldes ordi­na­rios y diversos regi­do­res de los cabildos, quienes tenían entre sus fun­cio­nes ejercer la juris­dic­ción civil y criminal de primera ins­tan­cia, así como regir el vecin­da­rio.

Desde 1551 las pro­vin­cias exis­ten­tes, creadas por la mano armada de los capi­ta­nes de con­quista, quedaron bajo el gobierno superior de la Real Audien­cia de Santa Fe de Bogotá. La voz pro­vin­cia, conforme con las antiguas tra­di­cio­nes romanas, no se refería en ese entonces a enti­da­des terri­to­ria­les, sino a juris­dic­cio­nes de enti­da­des de justicia y regi­miento, como los cabildos de las ciudades, los gober­na­do­res pro­vin­cia­les, los corre­gi­do­res y la Real Audien­cia, pero también a los caciques y cabildos de la repú­blica de los indios.

Entonces, ori­gi­nal­mente, las juris­dic­cio­nes de los gober­na­do­res y de los cabildos de la repú­blica de los espa­ño­les deli­mi­ta­ron las pro­vin­cias antiguas del país, no enten­di­das como terri­to­rios, sino como cuerpos de vasallos some­ti­dos a la vara de la justicia ordi­na­ria de los cabildos o a la de los gober­na­do­res y corre­gi­do­res.

La Corona española desde 1551 puso las primeras pro­vin­cias reunidas en el Nuevo Reino de Granada, Popayán, Santa Marta, Car­ta­gena, Antio­quia y San Juan bajo el gobierno superior de la Real Audien­cia de Santa Fe, cuyos oidores solo tuvieron juris­dic­ción en causas civiles y cri­mi­na­les en grado de ape­la­ción. Pero los pre­si­den­tes de esta audien­cia, togados o de capa y espada, ejer­cie­ron el gobierno y la capi­ta­nía general en su propia juris­dic­ción. Resultó así que la división político-admi­nis­tra­tiva de nuestra sociedad tiene su sustrato profundo en el orde­na­miento pro­vin­cial, diseñado por los términos puestos a la acción de los jueces ordi­na­rios auto­ri­za­dos para conocer causas judi­cia­les.

La Corona esta­ble­ció en sus dominios virrei­na­tos y reales audien­cias, capi­ta­nías gene­ra­les y pro­vin­cias, ciudades y villas para recaudar con mayor efi­cien­cia sus tributos y rentas, así como para con­tro­lar mejor a sus vasallos.

REAL AUDIEN­CIA. La difi­cul­tad de la Gober­na­ción de Santa Marta en la admi­nis­tra­ción de los nuevos terri­to­rios en el interior del con­ti­nente y la nece­si­dad de contener el cre­ciente poder terri­to­rial de los enco­men­de­ros obli­ga­ron a la Corona española a esta­ble­cer la Real Audien­cia de Santa Fe en los Andes orien­ta­les.

La admi­nis­tra­ción afran­ce­sada (1700-1810) expe­ri­mentó el régimen de las inten­den­cias en las Indias, en busca de opti­mi­zar sus ren­di­mien­tos fiscales y la efi­cien­cia admi­nis­tra­tiva, y refor­muló el mapa admi­nis­tra­tivo. Si bien la revuelta de los Comunes de la pro­vin­cia del Socorro impidió su apli­ca­ción en este virrei­nato, los nuevos corre­gi­mien­tos suplie­ron las nece­si­da­des de la Corona.

NUEVOS AIRES. Cuando el régimen monár­quico cayó por las guerras civiles de la inde­pen­den­cia, los criollos cons­ti­tu­ye­ron la Repú­blica de Colombia, hace 197 años, en la Villa del Rosario de Cúcuta. El nuevo Estado repu­bli­cano reclamó los terri­to­rios que

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Claves para entender a Colombia

CLAVES PARA ENTENDER A COLOMBIA

habían tenido tanto el extinto virrei­nato de Santafé como la capi­ta­nía general de Vene­zuela. Siguiendo el modelo francés, el terri­to­rio nacional quedó dividido en depar­ta­men­tos, y estos en pro­vin­cias, cantones y dis­tri­tos parro­quia­les.

Acor­da­ron entonces la figura del inten­dente para el gobierno depar­ta­men­tal, con­ce­bido como un agente natural e inme­diato del pre­si­dente de la repú­blica, pero man­tu­vie­ron la figura del gober­na­dor para las antiguas pro­vin­cias. El gobierno de los cantones y de los dis­tri­tos parro­quia­les continuó siendo cole­giado, según el pre­ce­dente his­pá­nico, con pleno reco­no­ci­miento de la exis­ten­cia de los cabildos can­to­na­les y de las asam­bleas elec­to­ra­les del orden parro­quial, pre­si­di­das por jueces parro­quia­les.

La primera ley de división terri­to­rial de la repú­blica, expedida el 25 de junio de 1824, elevó el número de los depar­ta­men­tos a 12: Orinoco, Vene­zuela, Zulia, Boyacá, Cun­di­na­marca, Cauca, Mag­da­lena, Istmo, Ecuador, Gua­ya­quil, Apure y Azuay. Estos depar­ta­men­tos agru­pa­ron 37 pro­vin­cias, 228 cabe­ce­ras de cantón, 96 ciudades, 111 villas, 1.246 parro­quias y 1.274 vice­pa­rro­quias.

Las cabe­ce­ras can­to­na­les, que en 1825 ya eran 230, tuvieron derecho a contar con su propio cabildo, una decisión que facilitó a muchas antiguas parro­quias ascender a la con­di­ción de villas. Las parro­quias, enti­da­des de la división admi­nis­tra­tiva ecle­siás­tica, quedaron con­ver­ti­das en dis­tri­tos parro­quia­les, una gran novedad secu­la­ri­za­dora en favor del dominio estatal repu­bli­cano. Todavía no eran muni­ci­pios, entes que corres­pon­den a un régimen igua­li­ta­rio pos­te­rior de los pobla­mien­tos, pero sí fueron su ante­ce­dente inme­diato.

Los jefes polí­ti­cos muni­ci­pa­les, que en adelante actuaron en los cantones, tuvieron auto­ri­dad guber­na­tiva y eco­nó­mica con depen­den­cia inme­diata de los gober­na­do­res. Pre­si­die­ron las muni­ci­pa­li­da­des, sin voto, y super­vi­sa­ron la labor de los alcaldes muni­ci­pa­les, las juntas de vacu­na­ción y las de manu­mi­sión de esclavos. Los alcaldes-jueces muni­ci­pa­les y parro­quia­les, con periodos anuales, admi­nis­tra­ron asuntos locales tales como la salu­bri­dad y el ornato, el regla­mento de policía, el orden y la tran­qui­li­dad, la decencia y la mora­li­dad públicas.

LAS REFORMAS BOR­BÓ­NI­CAS BUSCARON, EN EL SIGLO XVIII, CEN­TRA­LI­ZAR LA ADMI­NIS­TRA­CIÓN DEL IMPERIO A TRAVÉS DEL SISTEMA DE INTEN­DEN­CIAS.

Pro­du­cida la crisis política tras el fracaso de la gran Con­ven­ción de Ocaña, el pre­si­dente Simón Bolívar expidió el decreto del 27 de agosto de 1828 que debería servir de ley cons­ti­tu­cio­nal del Estado hasta 1830. La admi­nis­tra­ción del terri­to­rio nacional quedó confiada a los pre­fec­tos, defi­ni­dos como jefes supe­rio­res de grandes dis­tri­tos llamados pre­fec­tu­ras. Con esta decisión pudo el Liber­ta­dor contar con cuatro pre­fec­tu­ras gene­ra­les, jus­ti­fi­ca­das en su deseo de dar más unidad y fuerza a la acción del gobierno, pero sin quererlo sentó la base política para la dis­gre­ga­ción del terri­to­rio colom­biano en los tres nuevos Estados nacio­na­les, Vene­zuela, Nueva Granada y Ecuador.

DIVI­SIO­NES NACIO­NA­LES. La con­ven­ción cons­ti­tu­yente del Estado de la Nueva Granada concluyó que en la expe­rien­cia colom­biana había acre­di­tado ser muy per­ju­di­cial la división de la repú­blica en depar­ta­men­tos, así como su mando por pre­fec­tos, pues había resul­tado en una viciosa orga­ni­za­ción que solo había servido para entor­pe­cer la acción del gobierno supremo y deprimir la auto­ri­dad de los gober­na­do­res pro­vin­cia­les. Ordenó entonces, el 21 de noviem­bre de 1831, tanto suprimir las pre­fec­tu­ras como dividir el terri­to­rio gra­na­dino en depar­ta­men­tos.

En adelante, el Poder Eje­cu­tivo solo tendría bajo su depen­den­cia directa a los gober­na­do­res de las pro­vin­cias, quienes reci­bi­rían las órdenes de los secre­ta­rios del despacho eje­cu­tivo nacional. La herencia indiana de las pro­vin­cias sujetas a gober­na­do­res, y estos al gobierno superior de la nación, fue entonces mejor valorada como fruto de una expe­rien­cia acu­mu­lada durante varios siglos. El terri­to­rio del Estado de la Nueva Granada quedó desde 1832 solo con 19 pro­vin­cias: Pamplona, Socorro, Vélez, Tunja, Bogotá, Casanare, Neiva, Mari­quita, Antio­quia, Mompós, Santa Marta, Riohacha, Car­ta­gena, Panamá, Veraguas, Chocó, Popayán, Bue­na­ven­tura y Pasto.

Por dife­ren­tes razones, el número de pro­vin­cias llegó a 35 en 1853. Por eso, la Cons­ti­tu­ción del 20 de mayo de 1853 eliminó los cantones y redujo la división político-admi­nis­tra­tiva de la repú­blica solo a las unidades pro­vin­cia­les y a los dis­tri­tos parro­quia­les, en una clara ten­den­cia a for­ta­le­cer el régimen muni­ci­pal que se abría paso.

En 1855 el Congreso aprobó un acto adi­cio­nal a la Cons­ti­tu­ción que creó el estado federal de Panamá, y abrió la puerta a la expe­rien­cia federal de los Estados Unidos de Colombia. Después de la guerra civil de 1861 y de la Cons­ti­tu­ción de Rionegro, el terri­to­rio nacional terminó dividido en nueve estados sobe­ra­nos: Panamá, Mag­da­lena, Bolívar, Antio­quia, San­tan­der, Boyacá, Cun­di­na­marca, Tolima y Cauca.

Pero tras casi tres décadas de expe­rien­cia federal, la Cons­ti­tu­ción de 1886 postuló que el terri­to­rio, con sus bienes públicos, solo per­te­ne­cía a la nación colom­biana. Por esto, con­vir­tió los ante­rio­res estados en depar­ta­men­tos y dividió estos en pro­vin­cias y muni­ci­pios. El artículo quinto cons­ti­tu­cio­nal garan­tizó la con­ti­nui­dad de los nueve estados en igual número de depar­ta­men­tos e impuso duras con­di­cio­nes para el des­mem­bra­miento de los exis­ten­tes.

Así, la admi­nis­tra­ción de Rafael Reyes, que prometió grandes reformas nacio­na­les, tuvo que empezar

AGUSTÍN CODAZZI. Agustín Codazzi, inge­niero y militar italiano encar­gado de dirigir la Comisión Coro­grá­fica en Colombia (1850-1859) y Vene­zuela (1830-1839). En Europa, luchó en la batalla de Waterloo contra Napoleón y pos­te­rior­mente se embarcó hacia América. Conoció a Bolívar en 1819 y peleó junto a los ejér­ci­tos patrio­tas en las guerras de inde­pen­den­cia. Su trabajo car­to­grá­fico fue elogiado por Humboldt, padre de la geo­gra­fía moderna.

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habían tenido tanto el extinto virrei­nato de Santafé como la capi­ta­nía general de Vene­zuela. Siguiendo el modelo francés, el terri­to­rio nacional quedó dividido en depar­ta­men­tos, y estos en pro­vin­cias, cantones y dis­tri­tos parro­quia­les.

Acor­da­ron entonces la figura del inten­dente para el gobierno depar­ta­men­tal, con­ce­bido como un agente natural e inme­diato del pre­si­dente de la repú­blica, pero man­tu­vie­ron la figura del gober­na­dor para las antiguas pro­vin­cias. El gobierno de los cantones y de los dis­tri­tos parro­quia­les continuó siendo cole­giado, según el pre­ce­dente his­pá­nico, con pleno reco­no­ci­miento de la exis­ten­cia de los cabildos can­to­na­les y de las asam­bleas elec­to­ra­les del orden parro­quial, pre­si­di­das por jueces parro­quia­les.

La primera ley de división terri­to­rial de la repú­blica, expedida el 25 de junio de 1824, elevó el número de los depar­ta­men­tos a 12: Orinoco, Vene­zuela, Zulia, Boyacá, Cun­di­na­marca, Cauca, Mag­da­lena, Istmo, Ecuador, Gua­ya­quil, Apure y Azuay. Estos depar­ta­men­tos agru­pa­ron 37 pro­vin­cias, 228 cabe­ce­ras de cantón, 96 ciudades, 111 villas, 1.246 parro­quias y 1.274 vice­pa­rro­quias.

Las cabe­ce­ras can­to­na­les, que en 1825 ya eran 230, tuvieron derecho a contar con su propio cabildo, una decisión que facilitó a muchas antiguas parro­quias ascender a la con­di­ción de villas. Las parro­quias, enti­da­des de la división admi­nis­tra­tiva ecle­siás­tica, quedaron con­ver­ti­das en dis­tri­tos parro­quia­les, una gran novedad secu­la­ri­za­dora en favor del dominio estatal repu­bli­cano. Todavía no eran muni­ci­pios, entes que corres­pon­den a un régimen igua­li­ta­rio pos­te­rior de los pobla­mien­tos, pero sí fueron su ante­ce­dente inme­diato.

Los jefes polí­ti­cos muni­ci­pa­les, que en adelante actuaron en los cantones, tuvieron auto­ri­dad guber­na­tiva y eco­nó­mica con depen­den­cia inme­diata de los gober­na­do­res. Pre­si­die­ron las muni­ci­pa­li­da­des, sin voto, y super­vi­sa­ron la labor de los alcaldes muni­ci­pa­les, las juntas de vacu­na­ción y las de manu­mi­sión de esclavos. Los alcaldes-jueces muni­ci­pa­les y parro­quia­les, con periodos anuales, admi­nis­tra­ron asuntos locales tales como la salu­bri­dad y el ornato, el regla­mento de policía, el orden y la tran­qui­li­dad, la decencia y la mora­li­dad públicas.

LAS REFORMAS BOR­BÓ­NI­CAS BUSCARON, EN EL SIGLO XVIII, CEN­TRA­LI­ZAR LA ADMI­NIS­TRA­CIÓN DEL IMPERIO A TRAVÉS DEL SISTEMA DE INTEN­DEN­CIAS.

Pro­du­cida la crisis política tras el fracaso de la gran Con­ven­ción de Ocaña, el pre­si­dente Simón Bolívar expidió el decreto del 27 de agosto de 1828 que debería servir de ley cons­ti­tu­cio­nal del Estado hasta 1830. La admi­nis­tra­ción del terri­to­rio nacional quedó confiada a los pre­fec­tos, defi­ni­dos como jefes supe­rio­res de grandes dis­tri­tos llamados pre­fec­tu­ras. Con esta decisión pudo el Liber­ta­dor contar con cuatro pre­fec­tu­ras gene­ra­les, jus­ti­fi­ca­das en su deseo de dar más unidad y fuerza a la acción del gobierno, pero sin quererlo sentó la base política para la dis­gre­ga­ción del terri­to­rio colom­biano en los tres nuevos Estados nacio­na­les, Vene­zuela, Nueva Granada y Ecuador.

DIVI­SIO­NES NACIO­NA­LES. La con­ven­ción cons­ti­tu­yente del Estado de la Nueva Granada concluyó que en la expe­rien­cia colom­biana había acre­di­tado ser muy per­ju­di­cial la división de la repú­blica en depar­ta­men­tos, así como su mando por pre­fec­tos, pues había resul­tado en una viciosa orga­ni­za­ción que solo había servido para entor­pe­cer la acción del gobierno supremo y deprimir la auto­ri­dad de los gober­na­do­res pro­vin­cia­les. Ordenó entonces, el 21 de noviem­bre de 1831, tanto suprimir las pre­fec­tu­ras como dividir el terri­to­rio gra­na­dino en depar­ta­men­tos.

En adelante, el Poder Eje­cu­tivo solo tendría bajo su depen­den­cia directa a los gober­na­do­res de las pro­vin­cias, quienes reci­bi­rían las órdenes de los secre­ta­rios del despacho eje­cu­tivo nacional. La herencia indiana de las pro­vin­cias sujetas a gober­na­do­res, y estos al gobierno superior de la nación, fue entonces mejor valorada como fruto de una expe­rien­cia acu­mu­lada durante varios siglos. El terri­to­rio del Estado de la Nueva Granada quedó desde 1832 solo con 19 pro­vin­cias: Pamplona, Socorro, Vélez, Tunja, Bogotá, Casanare, Neiva, Mari­quita, Antio­quia, Mompós, Santa Marta, Riohacha, Car­ta­gena, Panamá, Veraguas, Chocó, Popayán, Bue­na­ven­tura y Pasto.

Por dife­ren­tes razones, el número de pro­vin­cias llegó a 35 en 1853. Por eso, la Cons­ti­tu­ción del 20 de mayo de 1853 eliminó los cantones y redujo la división político-admi­nis­tra­tiva de la repú­blica solo a las unidades pro­vin­cia­les y a los dis­tri­tos parro­quia­les, en una clara ten­den­cia a for­ta­le­cer el régimen muni­ci­pal que se abría paso.

En 1855 el Congreso aprobó un acto adi­cio­nal a la Cons­ti­tu­ción que creó el estado federal de Panamá, y abrió la puerta a la expe­rien­cia federal de los Estados Unidos de Colombia. Después de la guerra civil de 1861 y de la Cons­ti­tu­ción de Rionegro, el terri­to­rio nacional terminó dividido en nueve estados sobe­ra­nos: Panamá, Mag­da­lena, Bolívar, Antio­quia, San­tan­der, Boyacá, Cun­di­na­marca, Tolima y Cauca.

Pero tras casi tres décadas de expe­rien­cia federal, la Cons­ti­tu­ción de 1886 postuló que el terri­to­rio, con sus bienes públicos, solo per­te­ne­cía a la nación colom­biana. Por esto, con­vir­tió los ante­rio­res estados en depar­ta­men­tos y dividió estos en pro­vin­cias y muni­ci­pios. El artículo quinto cons­ti­tu­cio­nal garan­tizó la con­ti­nui­dad de los nueve estados en igual número de depar­ta­men­tos e impuso duras con­di­cio­nes para el des­mem­bra­miento de los exis­ten­tes.

Así, la admi­nis­tra­ción de Rafael Reyes, que prometió grandes reformas nacio­na­les, tuvo que empezar

AGUSTÍN CODAZZI. Agustín Codazzi, inge­niero y militar italiano encar­gado de dirigir la Comisión Coro­grá­fica en Colombia (1850-1859) y Vene­zuela (1830-1839). En Europa, luchó en la batalla de Waterloo contra Napoleón y pos­te­rior­mente se embarcó hacia América. Conoció a Bolívar en 1819 y peleó junto a los ejér­ci­tos patrio­tas en las guerras de inde­pen­den­cia. Su trabajo car­to­grá­fico fue elogiado por Humboldt, padre de la geo­gra­fía moderna.

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con el acto refor­ma­to­rio número tres de la Cons­ti­tu­ción nacional, que facul­taba al gobierno a modi­fi­car el número de los depar­ta­men­tos. Rafael Reyes creó el nuevo depar­ta­mento de Nariño al nom­brarle su primer gober­na­dor, y ante la resis­ten­cia del Congreso a sus reformas convocó una Asamblea Nacional Cons­ti­tu­yente y Legis­la­tiva desde el 15 de marzo de 1905, lo que le permitió crear tres nuevas inten­den­cias (Meta, Alto Caquetá y Putumayo) y reor­ga­ni­zar la inten­den­cia de La Guajira.

Pero en la Junta de Gober­na­do­res que presidió desde el 10 de marzo de 1905 trató el tema de la nueva división terri­to­rial en materia civil y en materia elec­cio­na­ria. Vinieron allí al mundo político los nuevos depar­ta­men­tos de Cun­di­na­marca (sin Bogotá y con capital en Faca­ta­tivá), Huila, Galán, Caldas, Atlán­tico, Tundama y Quesada. Nació también el Distrito Capital de Bogotá.

Esta misma asamblea aprobó, el 4 de agosto de 1908, la más extrema reforma político-admi­nis­tra­tiva del terri­to­rio nacional, dividido en 34 depar­ta­men­tos: Tumaco, Túque­rres, Pasto, Popayán, Cali, Buga, Neiva, Garzón, Ibagué, Honda, Faca­ta­tivá, Girardot, Zipa­quirá, Chi­quin­quirá, Santa Rosa, Tunja, Vélez, San Gil, Buca­ra­manga, Cúcuta, Mani­za­les, Cartago, Medellín, Antio­quia, Jericó, Sonsón, Barran­qui­lla, Santa Marta, Riohacha, Quibdó, Car­ta­gena, Mompós y Sin­ce­lejo.

Esta reforma no solo borraba toda huella del sistema de 1886, sino además el régimen de las pro­vin­cias, dado que cada una de estas coin­ci­día con el tamaño de los depar­ta­men­tos nuevos. Gracias al artículo 24 de esta ley, que autorizó al Eje­cu­tivo a retardar su eje­cu­ción por con­ve­nien­cia pública, el pre­si­dente Reyes sola­mente autorizó la ope­ra­ción de 26 de estos depar­ta­men­tos en 1909.

Pero las aguas des­bor­da­das de la extrema creación de depar­ta­men­tos retor­na­ron a su cauce. La admi­nis­tra­ción de Ramón González Valencia sancionó la Ley 65 del 14 de diciem­bre de 1909, cuyo primer artículo res­ta­ble­ció la división terri­to­rial exis­tente al comenzar 1905. El país regresó a nueve depar­ta­men­tos (Antio­quia, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cun­di­na­marca, Mag­da­lena, San­tan­der, Tolima y Nariño), pero el pre­si­dente González Valencia fue obligado a acatar la Ley 65 de 1909, por la que tenía que emitir decretos que apro­ba­ran la exis­ten­cia de nuevos depar­ta­men­tos cuando una comisión legis­la­tiva diera concepto favo­ra­ble. Así

pasó con los vecin­da­rios de Neiva, Mani­za­les, Cali y Buga, que forzaron al gobierno a expedir el Decreto 340 del 16 de abril de 1910 que creó los depar­ta­men­tos de Caldas, Huila y Valle, salidos en buena medida del Cauca, que Antio­quia aceptó a cambio de que le regre­sa­ran Urabá. La Asamblea Nacional aprobó el 14 de julio de 1910 la Ley 25 que creó el nuevo depar­ta­mento de Norte de San­tan­der, y la repú­blica del cen­te­na­rio de la inde­pen­den­cia terminó con 14 depar­ta­men­tos.

Los llamados terri­to­rios nacio­na­les, que habían existido durante la expe­rien­cia federal, pro­lon­ga­ron su exis­ten­cia durante el siglo XX bajo la deno­mi­na­ción de inten­den­cias y con los nombres de Oriente, La Guajira, Caquetá, Chocó, Meta, Putumayo, Amazonas, San Andrés y Pro­vi­den­cia, Arauca y Casanare. Algunas de ellas fueron por algún tiempo comi­sa­rías, como también Vaupés, Vichada, Juradó, Urabá, Guainía y Guaviare.

Después nacieron nuevos depar­ta­men­tos, más por pre­sio­nes polí­ti­cas o regio­na­les que por nece­si­da­des reales. Por ejemplo, Caldas se dividió en tres en 1966. Quindío vio la luz como depar­ta­mento el 1 de julio y Risa­ralda, el 23 de noviem­bre.

Otros terri­to­rios antiguos se con­vir­tie­ron final­mente en depar­ta­men­tos, como La Guajira. En 1911 seguía siendo comi­sa­ría; en 1954, inten­den­cia; y en 1963 final­mente fue elevado a depar­ta­mento, algo que se mate­ria­lizó el 1 de julio de 1965. Por su parte, el pre­si­dente Carlos Lleras Restrepo concibió el Cesar en junio de 1967 y empezó a ser depar­ta­mento a partir de diciem­bre de ese año.

Final­mente, la Cons­ti­tu­ción Política de 1991 solo con­si­deró enti­da­des terri­to­ria­les a los depar­ta­men­tos, los dis­tri­tos, los muni­ci­pios y los terri­to­rios indí­ge­nas. Desde entonces, las inten­den­cias se con­vir­tie­ron en depar­ta­men­tos, lo que hizo que el país se divi­diera en 32 de ellos, cerca de 1.132 muni­ci­pios –todos iguales en derecho–, el distrito capital de Bogotá y cinco dis­tri­tos espe­cia­les: Car­ta­gena, Santa Marta, Barran­qui­lla, Bue­na­ven­tura, Riohacha. Además de los terri­to­rios indí­ge­nas y afro­des­ce­dien­tes.

El régimen de los muni­ci­pios no surgió, como se ha querido ver, del for­ta­le­ci­miento que recibió con la Cons­ti­tu­ción de 1991. Apareció de una rei­vin­di­ca­ción igua­li­ta­ria comen­zada en 1810: no solo las personas debían igua­larse en la con­di­ción ciu­da­dana, también a los pobla­mien­tos en la con­di­ción muni­ci­pal. Así, se quebró la pre­e­mi­nen­cia de las pro­vin­cias antiguas, con sus cau­di­llos decla­ra­dos supremos, lo que permitió a los ciu­da­da­nos desa­rro­llar la ini­cia­tiva local para generar una vida política más par­ti­ci­pa­tiva y fecunda.

EL ARQUI­TECTO. El pre­si­dente Rafael Reyes tomó las ideas de reforma terri­to­rial de Rafael Uribe Uribe y lideró la con­for­ma­ción de nuevos depar­ta­men­tos entre 1905 y 1908, con­vir­tién­dose en el arqui­tecto de la moderna orga­ni­za­ción de Colombia. Con este reor­de­na­miento terri­to­rial buscó restar poder a algunas élites regio­na­les y res­pal­dar a nuevos grupos y pobla­cio­nes, mejo­rando su situa­ción en la estruc­tura político-admi­nis­tra­tiva del país.

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En busca de diver­si­fi­car

CLAVES PARA ENTENDER A COLOMBIA

En busca de diver­si­fi­car

Pese a que la economía colom­biana se ha desa­rro­llado en varias direc­cio­nes, todavía depende en gran medida de las expor­ta­cio­nes del petróleo y de mine­ra­les.

Según el Depar­ta­mento Admi­nis­tra­tivo Nacional de Esta­dís­tica (Dane), en 2017 el carbón, el petróleo y sus deri­va­dos repre­sen­ta­ron el 54,3 por ciento de las expor­ta­cio­nes. Esas cifras sig­ni­fi­can que, pese a los intentos de diver­si­fi­car la economía, el país sigue depen­diendo del comercio de materias primas o com­mo­di­ties, una ten­den­cia his­tó­rica ori­gi­nada en la colonia.

Entre 1550 y 1810, las élites que habi­ta­ron el terri­to­rio de la actual Colombia tuvieron la mayor fuente de riquezas en el oro extraído al occi­dente del país, desde las estri­ba­cio­nes de la cor­di­llera Central, en especial en las tierras del Bajo Cauca, hasta la ver­tiente del Pacífico en la pro­vin­cia de Pasto. Alre­de­dor de este mineral nacieron hacien­das y cir­cui­tos comer­cia­les que satis­fa­cían las nece­si­da­des de los centros mineros.

Las difi­cul­ta­des para comu­ni­carse impi­die­ron la inte­gra­ción y un fluido comercio inte­rre­gio­nal. Si bien las élites del centro de la Nueva Granada podían dis­fru­tar de artí­cu­los de lujo impor­ta­dos, que entraban por Car­ta­gena o Santa Marta y llegaban en champán por el río Mag­da­lena, la agreste geo­gra­fía colom­biana enca­re­cía el trans­porte de otros pro­duc­tos. Cada región formó mercados intra­rre­gio­na­les para satis­fa­cer sus nece­si­da­des, que giraban en torno a hacien­das pro­duc­to­ras de carne, hor­ta­li­zas, legum­bres, granos, mieles y alco­ho­les, y a talleres arte­sa­na­les que ela­bo­ra­ban ruanas, alpar­ga­tas, cestos y otros artí­cu­los. De esta manera, sur­gie­ron eco­no­mías regio­na­les prác­ti­ca­mente autár­qui­cas.

Aun así, hubo un modesto inter­cam­bio inte­rre­gio­nal. Las pro­vin­cias del centro oriente vendían los textiles en los poblados mineros. En estos lugares los mineros también con­su­mían tabaco, aguar­diente, con­ser­vas y carnes secas llevadas desde El Socorro, Vélez y Cúcuta y otros centros pro­duc­to­res hasta las minas de Antio­quia y Chocó.

Esa escasa inte­gra­ción regional, sumada a las polí­ti­cas impe­ria­les que pro­hi­bían el comercio inter­na­cio­nal y a la ausencia de las grandes plan­ta­cio­nes como las cari­be­ñas y bra­si­le­ñas, hizo del oro el prin­ci­pal producto de expor­ta­ción. El metal generó modestas fortunas a las élites, com­pa­ra­das con las enormes riquezas de los mineros del virrei­nato de Perú y de México o de los terra­te­nien­tes de Brasil.

Tras la crisis eco­nó­mica que trajo la inde­pen­den­cia, los gober­nan­tes colom­bia­nos empren­die­ron el trabajo de insertar al país en la economía mundial a partir de la expor­ta­ción de materias primas. Esos esfuer­zos fra­ca­sa­ron en varias oca­sio­nes por las guerras civiles y por las diná­mi­cas de los mercados inter­na­cio­na­les. En el siglo XIX los ciclos expor­ta­do­res pasaron por las cortas bonanzas del tabaco, la quina y el añil. Solo con el café, Colombia pudo obtener ingresos estables del comercio exterior. Pese a sus alti­ba­jos, esa economía expor­ta­dora se con­vir­tió en la fuerza motriz que for­ta­le­ció el mercado interno, promovió el desa­rro­llo vial (primero con ferro­ca­rri­les y luego con carre­te­ras) y con­so­lidó la economía moderna.

El cultivo del grano, que se inició en las laderas cercanas al valle de San José de Cúcuta y se extendió a las ver­tien­tes cun­di­na­mar­que­sas y a la cor­di­llera Central, formó un sistema de trans­porte moderno y fomentó la urba­ni­za­ción. Así mismo, al ritmo del cultivo del café se con­so­li­da­ron las colo­ni­za­cio­nes de las ver­tien­tes de las tres cor­di­lle­ras, comen­za­das en el siglo XVIII. Nuevas redes de caminos y prós­pe­ras estruc­tu­ras urbanas se con­vir­tie­ron en la base de la pos­te­rior indus­tria­li­za­ción. Al café expor­ta­ble se sumaron otros pro­duc­tos como el banano, que desde inicios del siglo XX hasta hoy ha estado en manos de mul­ti­na­cio­na­les.

En la segunda década del siglo XX, comenzó la explo­ta­ción petro­lera en Barran­ca­ber­meja y con el tiempo se expandió por los antiguos terri­to­rios nacio­na­les. Al igual que con el café, el oro negro con­tri­buyó a formar la clase obrera e impulsó la colo­ni­za­ción del valle del Mag­da­lena, la Ori­no­quia y la Amazonia, y su inte­gra­ción al país.

Con los capi­ta­les del grano y otras acti­vi­da­des comer­cia­les, comenzó en las primeras décadas del siglo XX la indus­tria­li­za­ción. Antio­quia dio el primer paso, pero rápi­da­mente el ímpetu se expandió a las élites de otras regiones como Bogotá y el Caribe. La indus­tria colom­biana, con­cen­trada en fabricar ali­men­tos y textiles, tuvo su edad dorada entre la década de 1930 hasta finales de los años setenta. La indus­tria­li­za­ción con­tri­buyó a crear el sector de bienes y ser­vi­cios, que después de la segunda mitad del siglo XX se expandió rápi­da­mente hasta con­ver­tirse en el que más aporta al PIB en la actua­li­dad.

Todas estas acti­vi­da­des eco­nó­mi­cas han tenido que convivir con ocu­pa­cio­nes ilegales que se pueden rastrear hasta la colonia y que con­tri­bu­ye­ron a amasar grandes fortunas. Primero, apareció el con­tra­bando de pro­duc­tos de todo tipo que entraban por los actuales depar­ta­men­tos de La Guajira y Valle­du­par. Y años después, a partir de la década de 1970, la economía ilegal también se expandió con el tráfico de drogas. Esa acti­vi­dad se con­vir­tió en el com­bus­ti­ble del con­flicto interno colom­biano.

Por su parte, en Antio­quia la minería de oro siguió como la base más impor­tante de acu­mu­la­ción de capital, hasta finales del siglo XIX, cuando se sumó la economía cafetera. A partir de entonces, Medellín se con­vir­tió en la prin­ci­pal ciudad de la región debido al cre­ci­miento de su mercado interno y gracias a la indus­tria­li­za­ción, basada en textiles, ali­men­tos y bebidas.

El suroc­ci­dente vivió una profunda trans­for­ma­ción terri­to­rial por la apertura del canal de Panamá en 1914 y la cons­truc­ción del ferro­ca­rril del Pacífico en 1915 que conectó la zona con el puerto de Bue­na­ven­tura. Ambos eventos per­mi­tie­ron a Cali con­ver­tirse en el eje de la moder­ni­za­ción eco­nó­mica de su región. El café cul­ti­vado en Caldas y Valle del Cauca empezó a salir expor­tado por Bue­na­ven­tura y por eso la Sultana del Valle se con­vir­tió en el nuevo centro eco­nó­mico de esta parte de Colombia.

La costa Caribe, cuyas ciudades colo­nia­les cayeron en un letargo durante el siglo XIX, volvió a tener una impor­tan­cia nacional con el sur­gi­miento de Barran­qui­lla, que durante la primera mitad del siglo XX se con­vir­tió en el prin­ci­pal puerto de Colombia. Luego, en la segunda mitad del siglo XX resur­gie­ron Car­ta­gena y Santa Marta. Recien­te­mente, renació un eje eco­nó­mico en los San­tan­de­res con­tro­lado por Buca­ra­manga.

En la actua­li­dad, el regio­na­lismo eco­nó­mico ha dis­mi­nuido por la infra­es­truc­tura, pero todavía grandes zonas del país se man­tie­nen aisladas. Los datos del Dane con respecto a la par­ti­ci­pa­ción de los sectores eco­nó­mi­cos en el PIB también muestran que la economía colom­biana se ha diver­si­fi­cado, pero aún mantiene una fuerte depen­den­cia de la expor­ta­ción de com­mo­di­ties. Diver­si­fi­car las expor­ta­cio­nes y for­ta­le­cer la inte­gra­ción nacional, así como reducir la desi­gual­dad cons­ti­tu­yen los tres grandes retos del país en el futuro inme­diato.

LOS NÚCLEOS ECO­NÓ­MI­COS. Sin embargo, la geo­gra­fía mantuvo frag­men­ta­dos a los mercados. Al comenzar el siglo XX se formaron cuatro metró­po­lis regio­na­les con sus res­pec­ti­vos mercados alta­mente dife­ren­cia­dos. Bogotá apro­ve­chó la cen­tra­li­dad admi­nis­tra­tiva y geo­grá­fica para crear en el centro del país una red urbana de ciudades y pueblos con una demo­gra­fía que desde la colonia tenía la mayor densidad. Con una gran oferta de mano de obra, una efi­ciente pro­duc­ción de ali­men­tos, una impor­tan­cia admi­nis­tra­tiva, finan­ciera y comer­cial, la capital se con­so­lidó como la metró­poli nacional.

6,6 por ciento de las expor­ta­cio­nes colom­bia­nas en 2017 corres­pon­den a café.

20-21
Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.