El primer paso hacia el futuro en los terrenos de la historia
Dr. Armando Martínez Garnica
El Aeropuerto Palonegro
El domingo 28 de julio de 1974, con el aterrizaje del avión de la Fuerza Aérea Colombiana que transportaba al presidente Misael Pastrana Borrero. fue inaugurado oficialmente el Aeropuerto de Palonegro.
Al descender por la escalerilla fueron disparados veintiún cañonazos de salva, tras lo cual se iniciaron los actos inaugurales que incluían el reparto de diez mil piñas entre el público, el ascenso de cuatro mil globos de gas y el descenso de paracaidistas de la Fuerza Aérea, una revista aérea de cuatro aviones Mirage y la entusiasta novelería de los bumangueses que a pie o en buses habían llegado a este sitio portando banderas tricolores. La comitiva que acompañaba al presidente era grande y variada, si bien las miradas se dirigieron con preferencia hacia las figuras de don Juan Pablo Ortega, Mario Galán Gómez, Carlos Ardila Lülle y Alfonso Gómez Gómez.
Sólo dos distinguidas personas dirigieron sus voces al público invitado: el gobernador de Santander, Rafael Pérez Martínez, y el director de la Aerocivil, Jorge Barco Vargas. Por su parte, el alcalde de Bucaramanga, Camilo Gómez Serrano, procedió a condecorar con la orden de Bucaramanga, en el grado de caballero, a los ciudadanos que habían tomado las decisiones de mayor peso para la realización de la obra del aeropuerto: el ministro de Obras Públicas, Argelino Durán Quintero: el de Minas, Gerardo Silva Valderrama: el mencionado director de la Aeronáutica Civil y las firmas constructoras: Atuesta Guarín y Pombo, Escandón y Mamby, y la Sociedad Colombiana de Construcción.
Las obras del terminal de pasajeros, de la torre de control y del acueducto propio fueron realizadas por la firma OTACC Ltda., bajo la dirección del ingeniero Jorge Alberto Chávez. Los trabajos de ingeniería eléctrica fueron hechos por Singel Ltda., y los acabados de la terminal corrieron a cargo de la firma Escandón y Mamby. En total, todas las obras del aeropuerto demandaron una inversión de 230 millones de ese entonces.
Esta breve reseña de una obra arquitectónica que entró al mobiliario de la ciudad no es simplemente un capítulo más de la historia de la ingeniería colombiana. La construcción del aeropuerto de Palonegro fue además una oportunidad para descubrir a la propia sociedad santandereana.
La prensa local registró generosamente en su edición dominical los detalles de la obra pública entregada ese día. Sabemos así que para realizarla fueron adquiridas ciento veintiocho y media hectáreas de tierras en el sitio llamado desde tiempos inmemoriales con el nombre de Palonegro, las cuales fueron movidas titánicamente por la Sociedad Colombiana de Construcción que dirigía el ex-contra- admirante que había hecho su fama pública como miembro de la Junta Militar de Gobierno, Rubén Piedrahita Arango. Este había ganado la licitación pública de la obra de movimiento de tierras para la formación de la pista, iniciando los trabajos de explanación el 7 de julio de 1969. Exactamente tres años después, el 6 de julio de 1 972, esta compañía entregó la obra que le valió un Premio Nacional de Ingeniería. Se excavaron más de seis y medio millones de metros cúbicos de tierra, roca y lodo, y se compactaron cinco millones de metros cúbicos de terraplén. Con cuarenta máquinas y 190 trabajadores, esta obra fue realizada a un costo de sesenta y dos y medio millones de pesos.
Las obras de pavimentación y drenaje de las pistas fueron realizadas por los ingenieros contratistas de la firma Atuesta. Guarin y Pombo, avaluadas en veintidós y medio millones de pesos.
Para empezar, digamos que los trabajos de excavación fueron una apertura del llamado «archivo de la Tierra», el repositorio donde se conservan los residuos de la historia natural y de los hombres, En el sector oriental de la pista una cuadrilla de trabajadores localizó una tumba indígena prehispánica y un árbol fosilizado, cuya antigüedad fue calculada en 130 millones de años. La antropóloga Inés de Balcero practicó los trabajos de rescate de las piezas arqueológicas de la tumba, hoy parte de la colección del Laboratorio de Arqueología de la UIS, las que nos informan sobre el utillaje empleado por los hombres prehispánicos para separar las fibras del algodón respecto de la semilla, para hilarlo y tejerlo, así como para almacenar los alimentos derivados del maíz. Pudimos entonces conocer algunos volantes de cerámica, ejes de madera, varas de escarmenar y tejer. ollas de alfarería y cuentas de collar, Quizás ello sea una indicación de que este lugar hubiese sido parte del territorio de los guanes, un pueblo de tejedores de algodón, y de que su frontera respecto de los yariguíes estuviese varias leguas al occidente.
En segundo lugar, sabemos que durante el año 1910 un campesino lebrijense llamado Eulogio Salgar se puso a la tarea de extraer de este sitio una colección de calaveras pertenecientes a los combatientes que cayeron durante la Guerra civil de los Mil Días.
Llevadas a la plaza de la Concordia, un nombre que evocó en esos tiempos la voluntad de paz que pretendía borrar el recuerdo de las alucinantes cargas nocturnas de los macheteros caucanos mandados por el coronel Arboleda, fueron dispuestas en pirámide como escarmiento para quienes aún pensaban que la guerra civil era una alternativa aconsejable. Felizmente fueron enterradas el 20 de julio de ese año, como parte de los festejos del centenario de la Independencia y como gesto de unión nacional: puestas en la fosa común, las anónimas calaveras revelaron a los sobrevivientes que pese a as diferencias partidistas todos los hombres resultan iguales ante la tragedia de una guerra fratricida.
Aunque la guerra de comienzos de siglo dio celebridad nacional al nombre de este lugar, sede de los campamentos de los dos estados mayores de los generales Uribe Uribe y Próspero Pinzón, el origen de la voz Palonegro hay que buscarla siglos atrás, antes de que se perdiese la memoria de los arrieros que seguramente bautizaron este sitio por su referente natural, algún tronco de árbol negro color. A ellos también se debe la denominación de Palogordo, otro sitio muy distante de éste en que estamos. Quizás sea hora de volver a percibir al de Palonegro como una sede antigua de encuentro de acémilas y arrieros en ruta hacia el Magdalena, antes que como escenario de unas matanzas que a ninguno de los bandos enfrentados puede dignificar. Hoy es también sede del encuentro de los modernos arrieros del aire.
Cerrando ya este archivo de la Tierra, pasemos ahora a examinar el de las aspiraciones de los santandereanos que se llenaron de entusiasmo por este proyecto aeroportuario. Algunas de esas voces, como la de quien actuó como interventor de la obra en 1972, expresaron los anhelos de progreso. Decía este funcionario que el aterrizaje del primer jet abriría una nueva época en la cual«todo cuanto produce el campesino, que a brazo partido lucha en tierras tan estériles, será llevado en cuatro horas a los mejores mercados de los Estados Unidos. La dulce y hermosa piña de Lebrija será manjar precioso en Miami y Nueva York. La papaya gigante, exquisitamente amarilla, que enorgullece al fruticultor santandereano, desquiciará a muchas frutas tropicales, en diversas ciudades norteamericanas. La yuca servida al estilo santandereano con su complemento. el cabrito, podrá ir en paquetes a los mejores restaurantes de gringos. El bocadillo veleño hará mella como señuelo para turistas».
A despecho de alguna sonrisa que pueda provocarnos estos folclóricos proyectos, lo cierto es que el aeropuerto de Palonegro apareció en el imaginario social de los años setenta como la promesa de relaciones comerciales intercontinentales. El día de la inauguración, el editorialista del periódico Vanguardia Liberal pronosticó que la operación aérea colocaba a la ciudad a las puertas de «un mundo increíble por su acelerada modernización, expandiéndose las fronteras parroquiales hacia otras latitudes con civilizaciones más liberales y más prósperas». Para este periodista, el aeropuerto de Palonegro provocaba «la sensación de formar parte de una humanidad sin límites en sus ímpetus de transformación, lo cual obligaba a contabilizar la obra en el inventario de las cosas «provechosas para Santander y Bucaramanga».
Estos signos de entusiasmo en el imaginario social de los bumangueses contaron con un cambio tecnológico efectivo que los confirmaba: el día de la inauguración la empresa Avianca introdujo en su ruta hacia Bogotá el servicio de aviones jet Boeing 727. Su gerente regional de entonces, Rafael Ospina Marsiglia, confirmó que los aviones de pistón DC-3 y DC-4 habían quedado definitivamente descontinuados en esa ruta, pues desde ese año había comenzado a servirse sólo con aviones Avro.
Hasta aquí podría parecer que la historia de esta obra aeroportuaria hubiese estado guiada por una mano providencial que la condujo a su término sin escollos ni sobresaltos, Pero nada en la vida de una sociedad, y menos en la santandereana donde según una escalofriante frase de Pedro Gómez Valderrama todo parece estar a punto de echarse a perder, transcurre como sobre rieles. Es necesario mostrar entonces el modo como se decidió el proyecto de construir un nuevo campo aéreo en Palonegro, en contra de otros que proponían otros lugares.
Para empezar, digamos que en 1974 existieron nostálgicos que no se alegraron por el cierre del viejo aeropuerto bautizado con el nombre de un piloto oibano muerto en una tragedia aérea: Luis Francisco Gómez Niño. Para ellos, los treinta y cinco años de servicios prestados no ameritaban la muerte de tercera clase que le correspondió, quejándose además de la larga distancia que en adelante tendrían que recorrer para abordar un avión en el filo de Palonegro. La venganza de esta actitud nostálgica fue cobrada el mismo día de la inauguración: seis horas después de realizada, el aeropuerto de Palonegro fue cerrado por causa de una furiosa tempestad que obligó a la comitiva presidencial a regresar a Bogotá en un avión Vicker Viscount de la empresa TAO que tuvo que despegar del menospreciado campo aéreo de Gómez Niño.
»Patadas de ahogado» podríamos decir. porque desde el mes de marzo de 1 964 ya la suerte del viejo aeropuerto estaba echada: los cuatro largos meses de calima que entonces se completaron, paralizando por demasiado tiempo la operación aérea de Bucaramanga. fueron su sentencia de muerte. En septiembre de ese mismo año de calimas el periódico Vanguardia Liberal realizó una encuesta pública alrededor de la pregunta «Que es lo que más necesita Bucaramanga?». Sin vacilar, prestantes figuras de la sociedad local como Alfonso Silva Silva, Roberto García Peña, Juan Pablo Ortega, Abdón y Augusto Espinosa Valderrama, Gerardo Silva Valderrama y el capitán Reinaldo Vesga respondieron: un nuevo aeropuerto en lugar distinto al del Gómez Niño.
Un memorando técnico presentado un año después por el vicepresidente técnico de Avianca recomendó la construcción solicitada.
La escogencia de aquel sitio generó una polémica pública entre los meses de diciembre de 1965 y mayo de 966, resultando enfrentadas las opciones de las Mesas de Ruitoque y Los Santos. Pero la historia de una sociedad se hace como selección de una opción contra otras o. como diría el poeta Antonio Machado, sin recurrir a caminos providencias. Se hace camino al andar, porque los hombres eligen uno entre los varios que tienen ante sus ojos, y en este caso existían tres.
La opción del campo de Palonegro comenzó a tomar fuerza contra la propuesta de Ruitoque. especialmente cuando el presidente Guillermo León Valencia autorizó, en junio de 1966, la realización de los estudios técnicos. El CEI aportó los cinco millones requeridos. encargando el trabajo a la Compañía de Estudios e interventorias. dirigida por Ernesto Sarria y Oscar Rivera. Pese a la resistencia del partido de los ruitoquenses, el CEI entregó en 1967 los resultados del estudio de Palonegro al alcalde de Bucaramanga y al gobernador de Santander. Para zanjar las diferencias se formó en noviembre de ese año un Comité Pro-solución del aeropuerto y comenzaron a expresarse los gestos, amagues y noticias que intentaban decidir la escogencia de una de las dos alternativas.
Ejemplo de ello fue el gesto de un grupo de periodistas radiales, encabezados por Gonzalo Ayala, que dominicalmente arañaban con picos y palas el suelo de Palonegro para presionar la opinión pública en favor de esta opción. Otro fue el vuelo de reconocimiento sobre este sitio realizada el 4 de agosto de 1968 por el ex contra-almirante Piedrahita Arango, seguido por la noticia que le atribuyó unas palabras decisivas: «se le mediría a la obra»
Finalmente se impuso el argumento del estudio técnico pagado por el CEI, y en septiembre de 1968 por fin la Empresa Colombiana de Aeropuertos abrió la licitación pública para la ejecución de los trabajos de movimiento de tierras en Palonegro. siendo ganado el concurso por la Sociedad Colombiana de Construcción, Pero los trabajos de explanación sólo fueron iniciados el 7 de julio de 1 969, con la presencia del presidente Carlos Lleras Restrepo y del ministro de Hacienda, Abdón Espinosa Valderrama. Exactamente tres años después, el ex-contralmirante entregó la obra que le había correspondido a su empresa.
El aeropuerto de Palonegro no fue el primero ni será el último de cuantos ha tenido la ciudad de Bucaramanga. Los primeros fueron el llano de Andrés Serrano, el Conuco. el de la COSADA y el llano del Cuartel. Vino luego el Gómez Niño y desde 1974, el de Palonegro. Es posible que en el próximo siglo sea construido otro en las cercanías de Sabana de Torres. Lo que importa en estas imágenes pasadas y presentes de Palonegro es la conciencia que nos ofrecen respecto del acontecer del urbanismo y la arquitectura de la ciudad.
Armando Martínez Garnica
Decano de Historia - UIS
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.