Culturas

CLUB DEL COMERCIO DE BUCA­RA­MANGA

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

PRE­SEN­TA­CIÓN. FORTES FORTUNA ADJUVAT

El Club del Comercio de Buca­ra­manga, el primero de cuantos clubes sociales se han fundado en Colombia, puede por ello ser cali­fi­cado como el Decano de los clubes sociales del país¹. Esta ini­cia­tiva fue liderada en el año 1872 por Nepo­mu­ceno Serrano Serrano para con­for­mar el Liceo de Soto, for­ma­li­zado el primero de mayo de 1873 con el nombre de Club de Soto, después de la reunión de la junta pre­pa­ra­to­ria que se organizó el 18 de marzo anterior en una resi­den­cia par­ti­cu­lar. Pos­te­rior­mente sur­gie­ron dos clubes sociales en la ciudad de Bogotá: el Jockey Club y el Gun Club.

El Jockey Club fue fundado en 1874 por un grupo de caba­lle­ros bogo­ta­nos —Ricardo Por­to­ca­rrero, Rodolfo Samper, Salvador Camacho Roldán y los hermanos Holguín— que se reunía en la tienda "La Rosa Blanca", de la calle 11 con carrera séptima, y que desde el siguiente año se instaló en la resi­den­cia de don Mariano Tanco, situada en la calle 12 con la calle de Florián. El nombre aludió a su gusto común por los caballos ingleses, y se dijo en Bogotá que su modelo fue el Reform Club de la calle Pall Mall número 104 de Londres, cuyo socio ficticio, Phileas Frogg, fue uno de los per­so­na­jes de la novela de Julio Verne titulada La vuelta al mundo en ochenta días.

El Gun Club fue creado en 1882 por otro grupo de caba­lle­ros bogo­ta­nos —Julio y Enrique Silva, José Camacho Carri­zosa, Ruperto y Carlos Restrepo Sáenz, Nicolás Pinzón Rico y José María Sáenz Pinzón— que se reunían en una tienda de la calle novena, entre carreras séptima y octava. Tomaron el nombre de una novela de Julio Verne, De la tierra a la luna (1865), pues fue en el ficticio Gun Club de Union Square número 21 de Bal­ti­more (Maryland), donde un grupo de caba­lle­ros acordó realizar un viaje a la luna. Las guerras civiles inte­rrum­pie­ron su acti­vi­dad, hasta su reor­ga­ni­za­ción en octubre de 1893.

La primera deno­mi­na­ción de "Liceo" y su naci­miento en el local de una escuela pública, hicieron refe­ren­cia al proyecto edu­ca­tivo que estuvo en los orígenes del primer club buman­gués: civi­li­zar las cos­tum­bres sociales de los caba­lle­ros, en coe­xis­ten­cia con las acti­vi­da­des de entre­te­ni­miento, lo cual haría del colec­tivo mas­cu­lino de socios un "grupo social de dis­tin­ción", carac­te­ri­zado por el cultivo del "buen gusto", tal como se expre­sa­ría en la ele­gan­cia del vestir, el trato amable, la comida gourmet del res­tau­rante, los bailes de gala en el gran salón, los licores finos ofre­ci­dos en la cantina, la novedad de los muebles y de los ele­men­tos deco­ra­ti­vos de la sede, las lecturas en el gabinete de la biblio­teca, los juegos ele­gan­tes y legales. Muy pronto se agregó el com­pro­miso patrió­tico de los socios, expre­sado en la tra­di­ción de la cele­bra­ción anual del día de la Inde­pen­den­cia Nacional. El papel pro­ta­gó­nico que jugaron los edu­ca­do­res locales tanto en el Liceo de Soto como en el Club de Soto explica esta pecu­lia­ri­dad ins­ti­tu­cio­nal, si se compara con los pro­pó­si­tos par­ti­cu­la­res de los dos clubes bogo­ta­nos que le siguie­ron en orden.

1] El 13 de mayo de 1957, un grupo de 37 socios (entre ellos Armando Puyana Puyana, Víctor y Enrique Paillié O., Samuel Arango Reyes, Pedro A. y Hernán Gómez Gómez) reclamó a la junta direc­tiva del Club del Comercio su silencio respecto de una intro­mi­sión en la auto­no­mía de los clubes sociales de Cali por parte de un exgo­ber­na­dor del Valle del Cauca, situa­ción que había generado un movi­miento de soli­da­ri­dad de todos los clubes del país. Dijeron estos que ese silencio era into­le­ra­ble por "el hecho de ser el Club del Comercio el decano de los clubes sociales del país". En 1973, cuando el Club con­me­moró su primer siglo de exis­ten­cia, el pre­si­dente de la junta direc­tiva, David G. Puyana Silva, afirmó que este era el primero de los clubes del país en alcanzar esa anti­güe­dad. Como alguna versión atribuye al Club Mani­za­les una anti­güe­dad similar a la del Club del Comercio de Buca­ra­manga, es preciso decir que aquel solo fue cons­ti­tuido el 10 de mayo de 1935, más de seis décadas después de la ins­ta­la­ción del Club de Soto.

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PRE­SEN­TA­CIÓN. FORTES FORTUNA ADJUVAT

El Club del Comercio de Buca­ra­manga, el primero de cuantos clubes sociales se han fundado en Colombia, puede por ello ser cali­fi­cado como el Decano de los clubes sociales del país¹. Esta ini­cia­tiva fue liderada en el año 1872 por Nepo­mu­ceno Serrano Serrano para con­for­mar el Liceo de Soto, for­ma­li­zado el primero de mayo de 1873 con el nombre de Club de Soto, después de la reunión de la junta pre­pa­ra­to­ria que se organizó el 18 de marzo anterior en una resi­den­cia par­ti­cu­lar. Pos­te­rior­mente sur­gie­ron dos clubes sociales en la ciudad de Bogotá: el Jockey Club y el Gun Club.

El Jockey Club fue fundado en 1874 por un grupo de caba­lle­ros bogo­ta­nos —Ricardo Por­to­ca­rrero, Rodolfo Samper, Salvador Camacho Roldán y los hermanos Holguín— que se reunía en la tienda "La Rosa Blanca", de la calle 11 con carrera séptima, y que desde el siguiente año se instaló en la resi­den­cia de don Mariano Tanco, situada en la calle 12 con la calle de Florián. El nombre aludió a su gusto común por los caballos ingleses, y se dijo en Bogotá que su modelo fue el Reform Club de la calle Pall Mall número 104 de Londres, cuyo socio ficticio, Phileas Frogg, fue uno de los per­so­na­jes de la novela de Julio Verne titulada La vuelta al mundo en ochenta días.

El Gun Club fue creado en 1882 por otro grupo de caba­lle­ros bogo­ta­nos —Julio y Enrique Silva, José Camacho Carri­zosa, Ruperto y Carlos Restrepo Sáenz, Nicolás Pinzón Rico y José María Sáenz Pinzón— que se reunían en una tienda de la calle novena, entre carreras séptima y octava. Tomaron el nombre de una novela de Julio Verne, De la tierra a la luna (1865), pues fue en el ficticio Gun Club de Union Square número 21 de Bal­ti­more (Maryland), donde un grupo de caba­lle­ros acordó realizar un viaje a la luna. Las guerras civiles inte­rrum­pie­ron su acti­vi­dad, hasta su reor­ga­ni­za­ción en octubre de 1893.

La primera deno­mi­na­ción de "Liceo" y su naci­miento en el local de una escuela pública, hicieron refe­ren­cia al proyecto edu­ca­tivo que estuvo en los orígenes del primer club buman­gués: civi­li­zar las cos­tum­bres sociales de los caba­lle­ros, en coe­xis­ten­cia con las acti­vi­da­des de entre­te­ni­miento, lo cual haría del colec­tivo mas­cu­lino de socios un "grupo social de dis­tin­ción", carac­te­ri­zado por el cultivo del "buen gusto", tal como se expre­sa­ría en la ele­gan­cia del vestir, el trato amable, la comida gourmet del res­tau­rante, los bailes de gala en el gran salón, los licores finos ofre­ci­dos en la cantina, la novedad de los muebles y de los ele­men­tos deco­ra­ti­vos de la sede, las lecturas en el gabinete de la biblio­teca, los juegos ele­gan­tes y legales. Muy pronto se agregó el com­pro­miso patrió­tico de los socios, expre­sado en la tra­di­ción de la cele­bra­ción anual del día de la Inde­pen­den­cia Nacional. El papel pro­ta­gó­nico que jugaron los edu­ca­do­res locales tanto en el Liceo de Soto como en el Club de Soto explica esta pecu­lia­ri­dad ins­ti­tu­cio­nal, si se compara con los pro­pó­si­tos par­ti­cu­la­res de los dos clubes bogo­ta­nos que le siguie­ron en orden.

1] El 13 de mayo de 1957, un grupo de 37 socios (entre ellos Armando Puyana Puyana, Víctor y Enrique Paillié O., Samuel Arango Reyes, Pedro A. y Hernán Gómez Gómez) reclamó a la junta direc­tiva del Club del Comercio su silencio respecto de una intro­mi­sión en la auto­no­mía de los clubes sociales de Cali por parte de un exgo­ber­na­dor del Valle del Cauca, situa­ción que había generado un movi­miento de soli­da­ri­dad de todos los clubes del país. Dijeron estos que ese silencio era into­le­ra­ble por "el hecho de ser el Club del Comercio el decano de los clubes sociales del país". En 1973, cuando el Club con­me­moró su primer siglo de exis­ten­cia, el pre­si­dente de la junta direc­tiva, David G. Puyana Silva, afirmó que este era el primero de los clubes del país en alcanzar esa anti­güe­dad. Como alguna versión atribuye al Club Mani­za­les una anti­güe­dad similar a la del Club del Comercio de Buca­ra­manga, es preciso decir que aquel solo fue cons­ti­tuido el 10 de mayo de 1935, más de seis décadas después de la ins­ta­la­ción del Club de Soto.

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Dos dis­tin­gui­dos socios, ambos aca­dé­mi­cos de número en la Academia de Historia de San­tan­der, se han ocupado ante­rior­mente de la historia del Club del Comercio de Buca­ra­manga. Edmundo Gavassa Villa­mi­zar entregó en 1986 el primero de sus tres libros his­tó­ri­cos sobre el Club, titulado Club del Comercio, que dio cuenta de sus lecturas de las actas de las reu­nio­nes de la junta direc­tiva entre 1873 y 1941. En el año 2005 entregó el segundo libro, producto de la lectura de las actas entre 1942 y 1980 y titulado Una historia íntima, y el último tomo, corres­pon­diente a los años 1981-2019, fue publi­cado en febrero de 2020 con el título de Inti­mi­da­des de su historia. Por su parte, Marina González de Cala escribió el libro con­me­mo­ra­tivo con ocasión de sus primeros 125 años de historia, pro­du­cido en 1997 por el Grupo Edi­to­rial 87, con la direc­ción edi­to­rial de Aída Martínez Carreño y la selec­ción foto­grá­fica de Saúl Meza Arenas.

La historia del Club del Comercio forma parte integral de la sociedad buman­guesa, de sus vici­si­tu­des y sus rea­li­za­cio­nes, testigo de excep­ción del desa­rro­llo social, cultural, empre­sa­rial y político de la ciudad, que el 22 de diciem­bre de 2022 celebra los 400 años de la con­gre­ga­ción de indios de Buca­ra­manga, sim­bio­sis que se aprecia en el con­te­nido de esta obra.

Al llegar a la con­me­mo­ra­ción de los 150 años de la ini­cia­tiva del Liceo de Soto que dio origen al actual Club del Comercio, su junta direc­tiva invitó al doctor Armando Martínez Garnica, pre­si­dente de las Aca­de­mias Colom­biana de Historia y de San­tan­der, a ocuparse nue­va­mente de la inves­ti­ga­ción de esta historia ins­ti­tu­cio­nal. Este ani­ver­sa­rio coincide con la cele­bra­ción de los primeros 100 años de la ter­mi­na­ción, el 20 de sep­tiem­bre de 2022, del edificio neo­clá­sico diseñado y cons­truido por el inge­niero italiano Pietro Colombo Mon­ti­coni, fecha desde cuando ha sido la sede social del Club. Edi­fi­ca­ción decla­rada mediante Reso­lu­ción No 0350 del 01 de agosto de 2023 por el Minis­te­rio de Cultura como un Bien Interés Cultural del orden nacional.

Con gran entu­siasmo, el autor empren­dió la paciente lectura de las actas de las reu­nio­nes de las juntas direc­ti­vas y de las asam­bleas gene­ra­les que se han con­ser­vado, refor­zando las inves­ti­ga­cio­nes ante­rio­res y com­ple­men­tán­do­las con los hechos pos­te­rio­res. Para la edición del libro conformó un equipo de alto nivel pro­fe­sio­nal con José Bernardo Mayorga Rodrí­guez, correc­tor de estilo; Saul Mesa Arenas, quien aportó la selec­ción foto­grá­fica; Marta Ayerbe Posada, el diseño gráfico; Beatriz Helena Dangond, el levan­ta­miento y la res­ti­tu­ción de la evo­lu­ción arqui­tec­tó­nica; y Héctor Iván Moreno Villa­mi­zar, gerente del Club. Contó también con el decidido apoyo de la junta direc­tiva y socios del Club, entre los que es preciso men­cio­nar a Gilda Azuero Paillié, Elena Arenas de Ortiz y Carmen Alicia Remolina, quienes acom­pa­ña­ron esta explo­ra­ción his­tó­rica, resol­viendo dudas y ajus­tando los detalles de una gesta colec­tiva en las que cientos de socios empe­ña­ron desvelos y esfuer­zos, como miembros de las juntas direc­ti­vas, para la reso­lu­ción de los pro­ble­mas diarios de la pre­ser­va­ción de esta ses­qui­cen­te­na­ria ins­ti­tu­ción y de su cen­te­na­rio edificio neo­clá­sico, cuyo devenir hace honor al pro­ver­bio que encabeza esta pre­sen­ta­ción, elegido como seu­dó­nimo por Pietro Colombo Mon­ti­coni para par­ti­ci­par en el concurso de diseño de la sede. He aquí el fruto de todos ellos.

PRE­SEN­TA­CIÓN

Un especial reco­no­ci­miento al Minis­te­rio de Cultura, que asumió lo rela­cio­nado con el apoyo finan­ciero para la publi­ca­ción de esta amena obra, así como a la Uni­ver­si­dad Autónoma de Buca­ra­manga y la Elec­tri­fi­ca­dora de San­tan­der S. A. ESP, enti­da­des emble­má­ti­cas de San­tan­der que patro­ci­na­ron el diseño gráfico y la selec­ción foto­grá­fica.

Este riguroso y ameno relato his­tó­rico, que con certeza dis­fru­ta­rán los socios y amigos de esta casa social, las orga­ni­za­cio­nes his­tó­ri­cas, aca­dé­mi­cas y cul­tu­ra­les, y la ciu­da­da­nía en general, queda como refe­rente docu­men­tado para futuras gene­ra­cio­nes sobre uno de los modos de la socia­bi­li­dad urbana basada en la aspi­ra­ción a la dis­tin­ción, al buen gusto, a la cama­ra­de­ría, a la caba­lle­ro­si­dad y a las buenas maneras.

CARLOS ALBERTO GÓMEZ GÓMEZ

Pre­si­dente de la Junta Direc­tiva

Club del Comercio de Buca­ra­manga

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.