Academia Colombiana de Historia

La época de Fran­cisco de Paula San­tan­der

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.
Cubierta: emblema de la Academia Colom­biana de Historia (lema Veritas ante omnia) y retrato en minia­tura del general Fran­cisco de Paula San­tan­der dentro de un óvalo.

INTRO­DUC­CIÓN

Datos bio­grá­fi­cos. Nueve expe­rien­cias básicas. Seguir la carrera de estudios. Pro­pie­da­des. Carácter.

Item los dos mil i qui­nien­tos pesos que tengo ordenado se saquen del quinto de mis bienes en todo caso los destino en la forma siguiente: mil i qui­nien­tos pesos para recom­pen­sar la persona que se encargue de arreglar todos mis papeles ofi­cia­les i par­ti­cu­la­res, i escribir según ellos, i los papeles impresos, una especie de historia de mi vida pública i de mis ser­vi­cios a la patria, que acredite a la pos­te­ri­dad que he pro­cu­rado ser un ciu­da­dano útil a ella, i los otros mil pesos para que se imprima dicho trabajo, cuya ope­ra­ción encargo enca­re­ci­da­mente a mis albaceas i here­de­ros. (Cláusula 34 del tes­ta­mento cerrado, escrito de su puño y letra por el general de división Fran­cisco de Paula San­tan­der en Bogotá, el 19 de enero de 1838).

Este libro ha inten­tado cumplir esta voluntad tes­ta­men­ta­ria del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, limi­tán­dose a ofrecer al lector una especie de historia de su vida pública y de sus ser­vi­cios, tanto a la primera Repú­blica de Colombia como al Estado de la Nueva Granada, para demos­trar que efec­ti­va­mente fue, en el mundo en el que le tocó vivir, un ciu­da­dano útil en grado sumo a su patria. Este hombre público quiso que su vida fuese pro­pie­dad de una historia impar­cial: ins­pi­rado en sus lecturas de las his­to­rias romanas antiguas de Cornelio Tácito, deseó en sus Apun­ta­mien­tos his­tó­ri­cos —ter­mi­na­dos en octubre de 1837— que

la historia de la Nueva Granada fuera escrita por hombres “libres de odios e innobles pasiones”, quienes al examinar impar­cial­mente los hechos pudiesen examinar sus causas, pesando las cir­cuns­tan­cias que influ­ye­ron en ellos y haciendo obser­va­cio­nes exactas y serenas.

El general San­tan­der desem­peñó muchos empleos públicos y sació todas sus ambi­cio­nes, tanto en la carrera militar como en el ejer­ci­cio de la política. En los ejér­ci­tos repu­bli­ca­nos, ascendió desde subo­fi­cial hasta general de división; en los gobier­nos de Colombia y la Nueva Granada, fue vice­pre­si­dente y pre­si­dente; en la Gran Con­ven­ción de Ocaña, uno de los dipu­ta­dos elegido por varias pro­vin­cias; en las legis­la­tu­ras colom­bia­nas (1823-1826), objetor de muchas de las leyes apro­ba­das; en el Congreso de la Nueva Granada, diputado ante la Cámara de Repre­sen­tan­tes. Durante die­cio­cho años fue primera figura de los asuntos esta­ta­les, después de nueve años de campañas mili­ta­res por muchas pro­vin­cias; se rela­cionó con todos los hombres pro­mi­nen­tes de su gene­ra­ción, ganó y perdió la con­fianza del Liber­ta­dor pre­si­dente, sufrió per­se­cu­cio­nes y el exilio.

Siempre tuvo plena con­cien­cia de que su gene­ra­ción, y él mismo, estaban haciendo una nueva historia en su patria. Por ello no ahorró esfuer­zos para escribir las memorias his­tó­ri­cas de los cinco acon­te­ci­mien­tos más ruidosos de los que fue testigo y actor pri­vi­le­giado: la campaña liber­ta­dora que salió de Mantecal y obtuvo su triunfo decisivo en el campo de Boyacá, la eje­cu­ción de 38 ofi­cia­les al servicio del rey el 11 de octubre de 1819, la insu­bor­di­na­ción del general Páez en 1826, la cons­pi­ra­ción del 25 de sep­tiem­bre de 1828 para capturar al general Bolívar, y sus desa­ve­nen­cias con el Liber­ta­dor pre­si­dente desde 1827. Agregó unos Apun­ta­mien­tos sobre otros acon­te­ci­mien­tos que habían servido a sus enemigos para afear su conducta y repu­ta­ción. En sus relatos de todos estos epi­so­dios his­tó­ri­cos tan ruidosos y polé­mi­cos se jugó sus sen­ti­mien­tos de honor y su buen nombre, tan caros en su vida. Aspiró a ser juzgado por la pos­te­ri­dad, no por hechos aislados o por acciones inco­he­ren­tes, sino por todo el conjunto de su vida pública, aten­diendo a las cir­cuns­tan­cias que en cada caso le obli­ga­ron a elegir una opción. Se esmeró por fundar una repu­ta­ción de patrio­tismo, de ser­vi­cios y de lealtad a su patria.

El tiempo de la exis­ten­cia de Fran­cisco de Paula San­tan­der se extiende en los 48 años com­pren­di­dos entre 1792 y 1840, con lo cual vivió durante sus primeros 18 años bajo el régimen monár­quico del Virrei­nato de Santafé y en la pro­vin­cia limí­trofe con la Capi­ta­nía General de Vene­zuela, una cir­cuns­tan­cia ajena a su voluntad que permitió a Miguel Antonio Caro tacharlo de “rayano” [fron­te­rizo], igno­rando sus cinco años de estancia juvenil como colegial en Santafé. Entre 1810 y 1816 vivió la expe­rien­cia de las primeras repú­bli­cas pro­vin­cia­les, aban­do­nando la opción del Estado de Cun­di­na­marca para abrazar la del Congreso de las Pro­vin­cias Unidas, deci­dién­dose por el servicio militar y sufriendo las derrotas del Llano de Carrillo y del páramo de Cachirí. Vino ense­guida su expe­rien­cia del exilio en la pro­vin­cia del Casanare hasta su encuen­tro con el general Bolívar, quien lo con­vir­tió en el líder del cuerpo de van­guar­dia del Ejército Liber­ta­dor que tuvo su golpe de suerte en el campo del río Teatinos, en la parro­quia de Santiago Apóstol de Boyacá.

Desde sep­tiem­bre de 1819 condujo por dos años el gobierno militar del depar­ta­mento de Cun­di­na­marca, cuyas rea­li­za­cio­nes le valieron el empleo de primer vice­pre­si­dente de la expe­rien­cia colom­biana, ponién­dose en el puesto de mando del primer gobierno cons­ti­tu­cio­nal. A partir de sus desa­ve­nen­cias con el Liber­ta­dor renunció al cargo y lideró la resis­ten­cia liberal en la gran Con­ven­ción de Ocaña, preludio de su espuria acu­sa­ción como autor inte­lec­tual de la “nefanda noche sep­tem­brina” de 1828, que lo condujo a la pena de muerte y a su pos­te­rior con­mu­ta­ción por el exilio. La expe­rien­cia de varios años en Europa y los Estados Unidos completó su cono­ci­miento del mundo y lo hizo “el hombre del momento” cuando comenzó la expe­rien­cia del Estado de la Nueva Granada, durante la década de 1830. En esta fue primer pre­si­dente y después líder de la opo­si­ción en la Cámara de Repre­sen­tan­tes.

De este modo, sus expe­rien­cias suce­si­vas durante casi cinco décadas, en los tiempos del Virrei­nato, de las primeras repú­bli­cas pro­vin­cia­les, de la guerra a muerte contra los soldados del rey, de la primera Repú­blica de Colombia y del Estado de la Nueva Granada, con­vier­ten su vida en tes­ti­mo­nio de toda una época de revo­lu­ción y de cambios polí­ti­cos rápidos, el tiempo de la tran­si­ción del Estado español en las Indias al Estado repu­bli­cano en sus expe­rien­cias colom­biana y grana-

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DATOS BIO­GRÁ­FI­COS

dina. Es por esta con­si­de­ra­ción que este libro terminó titu­lán­dose La época de Fran­cisco de Paula San­tan­der. La colec­ción de datos bio­grá­fi­cos que se ofrece ense­guida sobre este per­so­naje intro­du­cirá al lector en los aspectos básicos de su exis­ten­cia en el mundo en el que vivió.

DATOS BIO­GRÁ­FI­COS

Fran­cisco José de Paula San­tan­der Omaña nació en la casa paterna de la Villa de Nuestra Señora del Rosario de los valles de Cúcuta, en la antigua pro­vin­cia de Pamplona, el día 2 de abril de 1792[6]. Fue bau­ti­zado por un teniente de cura, Manuel Fran­cisco de Lara, el siguiente 13 de abril, quien hizo constar en el primer libro de bau­tis­mos de la villa del Rosario[7] que eran sus padres don Juan Agustín San­tan­der Col­me­na­res y doña Antonia Manuela Omaña Rodrí­guez y Riva­de­neira, y que sus padrinos de bautismo fueron don Bar­to­lomé Concha y doña Salomé Concha.

Nació entonces en casa de un hijo­dalgo, como lo hizo constar en la tercera cláusula de su tes­ta­mento firmado en 1838, cuando afirmó que sus ascen­dien­tes eran de “familias nobles, que bajo el gobierno español obtu­vie­ron destinos públicos de honor i dis­tin­ción”. Quienes se han ocupado de su extensa familia[8] han com­pro­bado esas palabras: el padre, don Juan Agustín San­tan­der Col­me­na­res, natural de la villa de San Cris­tó­bal[9], donde fue bau­ti­zado el 30 de sep­tiem­bre de 1748, incre­mentó su patri­mo­nio pau­la­ti­na­mente gracias a sus tres matri­mo­nios, en los cuales procreó diez hijos. A su primer matri­mo­nio, cele­brado en San Cris­tó­bal el 2 de mayo de 1767, solo llevó su “ropa y ajuar de su decencia”, mientras que doña Paula Petro­nila de Vargas, natural de San Cris­tó­bal, aportó como dote 1.100 pesos de su herencia familiar, así como algunas alhajas, muebles y otros dineros que recibió de las causas mor­tuo­rias de sus padres. Gracias a sus empren­di­mien­tos, al segundo matri­mo­nio —cele­brado en 1779— ya llevó tres esclavos, 30 reses vacunas y algunas alhajas “de la decencia de su casa”, como cubier­tos de plata y otros “amaños precisos”, mientras que doña Justa Rufina Ferreira aportó como dote más de 8.000 pesos repre­sen­ta­dos en esclavos, mulas, ganados, plata labrada y una hacienda de árboles de cacao, con trapiche de cañas, en la juris­dic­ción de San Faustino de los Ríos, heredad de su padre[10]. En sus hacien­das y empleos de San

6. Algunos gene­a­lo­gis­tas sos­tie­nen que San­tan­der real­mente nació en la casa de la hacienda de cacaos que su padre Juan Agustín San­tan­der tenía en la juris­dic­ción de San Faustino de los Ríos, y que fue llevado a la parro­quia de Nuestra Señora del Rosario para su bautizo, el 13 de abril siguiente. Aunque debemos ate­ner­nos a la cláusula tercera de su tes­ta­mento, escrito de su puño y letra, en la que general San­tan­der declaró que había nacido en la Villa del Rosario de Cúcuta, no podemos ignorar una indi­ca­ción del ministro inglés William Turner sobre la con­ve­nien­cia política que portaba esa afir­ma­ción: “El pueblo de San Faustino, donde nació el general San­tan­der, fue recla­mado por Vene­zuela como parte de su terri­to­rio al sepa­rarse de Colombia, pero en uno de los artí­cu­los [del Tratado de amistad, alianza, comercio, nave­ga­ción y límites, con­cluido el 14 de diciem­bre de 1833] acepta cederlo a la Nueva Granada. A menos, por con­si­guiente, que este Tratado sea rati­fi­cado, el general San­tan­der se con­ver­tirá en vene­zo­lano, y como tal queda excluido de todo cargo en la Nueva Granada”. Como el Gobierno vene­zo­lano sabía del interés personal de San­tan­der en la rati­fi­ca­ción del Tratado por su Congreso, el pre­si­dente de Vene­zuela había auto­ri­zado al general Illing­worth para decirle con­fi­den­cial­mente a San­tan­der que le prometía emplear todos sus esfuer­zos para asegurar la apro­ba­ción del Tratado en lo refe­rente a los límites, quedando San Faustino de los Ríos para la Nueva Granada, a cambio de que este indujera al Congreso gra­na­dino a san­cio­nar la con­ven­ción sobre división de la deuda colom­biana. Despacho de William Turner al vizconde Pal­mers­ton. Bogotá, 20 de octubre de 1836, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (com­pi­la­do­res). San­tan­der y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fun­da­ción San­tan­der, 1991, II, 18-19.

7. El registro de bautismo, con­sig­nado en el folio 127 del primer libro de bau­tis­mos de la parro­quia de Nuestra Señora del Rosario de Cúcuta, fue dado a luz en el perió­dico La Voz de Soto, que se publi­caba en Buca­ra­manga durante la segunda mitad del siglo XIX. De allí se tomó para su publi­ca­ción en el Archivo San­tan­der, 1913, I, 115. El folio original, ilegible, se custodia en el Museo de la Casa Natal de San­tan­der, en la Villa del Rosario.

8. Luis Eduardo PACHECO y Leonardo MOLINA LEMUS. La familia de San­tan­der, 4 ed. de la primera parte, Bogotá, Banco Popular, 1978 (Biblio­teca Banco Popular, 80).

9. Así lo declaró su hijo José Eugenio San­tan­der Vargas, el 25 de sep­tiem­bre de 1793, en sus infor­ma­cio­nes para ingresar al Colegio de San Bar­to­lomé, agre­gando que su madre Paula de Vargas Ramírez de Arellano Martínez y sus dos abuelos paternos, José Joaquín San­tan­der Moncada y María Fran­cisca Col­me­na­res de Ocaña, también eran natu­ra­les de San Cris­tó­bal.

10. Los 9.100 pesos que sumaron las dotes de sus dos primeras esposas eran una suma muy apre­cia­ble. La dote que recibió Antonio Nariño en 1785 de manos del padre de doña Mag­da­lena Ortega Meza apenas ascendió a unos 3.000

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Faustino pudo don Juan Agustín acumular lo sufi­ciente para llevar a su tercer matri­mo­nio —cele­brado el 2 de marzo de 1788 en la Villa del Rosario— más de 19.000 pesos repre­sen­ta­dos en esclavos, mulas, ganados, plata labrada, hacien­das de árboles de cacao y tierras de labor, mientras que doña Manuela Antonia de Omaña y Rodrí­guez, natural de la Villa del Rosario, donde fue bau­ti­zada el 24 de abril de 1768, solo trajo como dote sus ropas, joyas y alhajas.

Don Juan Agustín San­tan­der cons­truyó en la Villa del Rosario, para su tercera familia, una casa de habi­ta­ción, de tapias y tejas, y una hacienda con 10.000 árboles de cacao, pla­ta­na­les y café, adqui­riendo capi­ta­les pres­ta­dos al convento de Santa Clara de Pamplona, a varias cape­lla­nías de almas y a la cofradía del Rosario de la villa. Allí nació Fran­cisco de Paula San­tan­der, el tercero de los hijos del tercer matri­mo­nio, miembro de una cons­te­la­ción familiar dis­mi­nuida por la alta tasa de mor­ta­li­dad infantil en esa pro­vin­cia de tierra caliente y aguas sin tra­ta­miento alguno. De los diez hermanos San­tan­der por parte de padre, en 1808 solo quedaban vivos dos del primer matri­mo­nio —Juan Nepo­mu­ceno y José Eugenio San­tan­der Vargas, nacido el 3 de junio de 1771 en San Cris­tó­bal— y dos del tercero: Fran­cisco de Paula y Josefa San­tan­der Omaña.

En ese momento, Fran­cisco de Paula tenía 16 años, y sus dos medios hermanos mayores ya eran hombres que, aunque se man­te­nían solteros, se apro­xi­ma­ban a los 40 años, dueños de tierras y esclavos. De esta suerte, José Eugenio pudo ser nombrado albacea tes­ta­men­ta­rio de la sucesión paternal. Pero Fran­cisco de Paula solo con­si­de­ra­ría hermana a Josefa Dolores San­tan­der Omaña (bau­ti­zada el 11 de abril de 1794), nacida dos años después de él, a quien protegió hasta la hora de hacer su propio tes­ta­mento y fue su mejor con­fi­dente personal[11]. Al haber falle­cido en la niñez sus hermanos mayores, Pedro José y Josefa Teresa San­tan­der Omaña, le corres­pon­dió a Fran­cisco de Paula el lugar de la pri­mo­ge­ni­tura de los hijos del tercer matri­mo­nio.

[Con­ti­nua­ción de la nota 10] pesos, repre­sen­ta­dos en plata labrada, joyas (un aderezo de dia­man­tes entre ellas) y ropas de vestir.

11. En julio de 1820 el coronel José María Briceño Méndez le presentó al general San­tan­der su deseo de contraer matri­mo­nio con su hermana Josefa, y obtuvo su apro­ba­ción. Era hermano del general Pedro Briceño Méndez.

Su padre desem­peñó oficios públicos en el Estado monár­quico español: en 1769 fue alcalde ordi­na­rio, pro­cu­ra­dor general y padre de menores en el cabildo de la villa de San Cris­tó­bal, de donde era natural, y desde el segundo semestre de 1790 y por siete años, fue gober­na­dor de la pro­vin­cia de San Faustino de los Ríos y juez sub­de­le­gado de hacienda, así como juez car­tu­la­rio de la ciudad del mismo nombre, fuente de liquidez para la inver­sión en sus hacien­das[12].

¿Por qué el general San­tan­der consignó en su tes­ta­mento esa refe­ren­cia a sus ascen­dien­tes de “familias nobles, que bajo el gobierno español obtu­vie­ron destinos públicos de honor i dis­tin­ción”? Lo dijo solo “para des­men­tir a mis enemigos, que me han querido negar hasta mi naci­miento por adular a Bolívar”. Por supuesto, comparar a un “noble, rico y con talento” como Simón Bolívar, miembro de una tra­di­cio­nal familia de Caracas, enri­que­cida y enno­ble­cida durante varios siglos en la cabecera de una capi­ta­nía general, con un “noble de los valles de Cúcuta”, era una táctica de fácil empleo por la male­di­cen­cia san­ta­fe­reña adversa al general San­tan­der[13]. Pero la revo­lu­ción de la inde­pen­den­cia y el tránsito a una repú­blica de ciu­da­da­nos iguales ante la ley per­mi­tían a un liberal como San­tan­der “no hacer caso” de esas especies del antiguo régimen, pues en el nuevo régimen político “las virtudes son las que forman la mejor nobleza”. Por ello res­pon­dió al pre­jui­cio social de los san­ta­fe­re­ños con la tercera cláusula de su esta­mento: había fundado una nueva familia “cuya base han sido mis

12. Don Juan Agustín San­tan­der fue nombrado por el virrey Ezpeleta, el 21 de marzo de 1790, gober­na­dor de la ciudad de San Faustino de los Ríos. El título se le despachó el 31 de julio siguiente. El general San­tan­der hizo publicar la cer­ti­fi­ca­ción del pago de 18 pesos por la media annata de ese oficio ante la Con­ta­du­ría de la Real Hacienda en el perió­dico El Cons­ti­tu­cio­nal de Cun­di­na­marca (14 de junio de 1835), quizás para con­tro­ver­tir algún chisme de san­ta­fe­re­ños sobre su origen familiar. El despacho del virrey puede verse en el fondo San­tan­der de la colec­ción de la ACH, caja 10, carpeta 56, folio 1235A r-v, foto­grama 570-571. Fue publi­cado en Archivo San­tan­der, 1914, II, 403-404.

13. Todavía en 1862, cuando don Manuel Suárez Fortoul mani­festó su voluntad de contraer matri­mo­nio con doña Sixta Tulia San­tan­der Pontón, hija del general San­tan­der, una copla atri­buida a Germán Gutié­rrez de Piñeres indicó que en Bogotá no olvi­da­ban el origen pro­vin­cial de la familia San­tan­der, pese a que los dos con­tra­yen­tes habían nacido en Bogotá: “Juro por el Cata­tumbo/ y también por el río Zulia/ que el patán Suárez Fortoul/ no merece a Sixta Tulia”.

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con­ti­nuos ser­vi­cios a mi país, a quien le he guardado entera fide­li­dad, i en donde me he manejado con honradez e inte­gri­dad”.

Se han hecho muchas repre­sen­ta­cio­nes pic­tó­ri­cas del rostro de Fran­cisco de Paula San­tan­der, colec­cio­na­das por un par de aca­dé­mi­cos de la historia nacional[14], en las que se impuso en la memoria nacional el diseño de la pluma de José María Espinosa, base de las lito­gra­fías que se hicieron en París durante la segunda mitad del siglo XIX. Según algunos viajeros y personas que lo cono­cie­ron en persona, el general San­tan­der era de elevada estatura, pues sobre­sa­lía de la normal altura de los hombres de su tiempo. Tenía buena figura, “gallarda y sim­pá­tica, de porte majes­tuoso”, y sus movi­mien­tos cor­po­ra­les eran, en general, “acom­pa­sa­dos, lentos y de soberana nobleza”. Visto desde lejos, era “serio, grave y austero”. Tenía la cara alegre, con noble aspecto, de mejillas colo­ra­das y nariz aguileña, con dientes muy blancos. Una ligera sonrisa en la comisura de los labios expli­ca­ría, “por su cons­tan­cia, el secreto de su per­ma­nente ama­bi­li­dad”. Sus ojos eran negros gri­sá­ceos, pequeños y vivaces. Llevó siempre bigotes, castaños en la juventud y negros en su madurez, que “le caían con orden sobre el labio inferior”. Su pelo era negro y no muy abun­dante, lo cual lo forzaba a peinarse “tra­yén­do­los late­ra­les y con simetría hacia las sienes y llevando los ante­rio­res hacia la cima de la cabeza”. Un testigo se fijó en su piel algo morena, “como si en su familia hubiese habido alguna mezcla de sangre indígena”, pero Agustín Codazzi lo recordó como de “hermosa tez blanca y rosada”. Como mandaba a hacer sus trajes con las telas de algodón de la tierra, lienzos ordi­na­rios y baratos, para ejem­pli­fi­car el apoyo que daba a la arte­sa­nía nacional, su ves­tua­rio parecía un poco desa­li­ñado.

Su voz era gruesa y grave, con el acento de los valles de Cúcuta, dotado de fluidez verbal, fran­queza y algo de tono jocoso. Des­cen­día en su trato social hasta las clases más bajas del pueblo, con las que comía, cantaba y jugaba. Tra­ba­ja­dor incan­sa­ble y severo en el mando, con­cu­rría a fiestas y bailaba en ellas, jugaba ropilla en casa de

14. Pilar MORENO de ÁNGEL y Horacio RODRÍ­GUEZ PLATA. San­tan­der. Su ico­no­gra­fía, Bogotá, Lito­gra­fía Arco, 1984. La imagen del medallón que San­tan­der envió a su sobrina desde París, el 20 de mayo de 1831, hecha por su fiel amigo Fran­cisco Evan­ge­lista González, fue la primera apro­xi­ma­ción realista a su rostro, pero la pluma de José María Espinosa fijó la imagen que toda la nación se hace del prócer.

sus amigos, visitaba los con­ven­tos de frailes y a los soldados en sus cuar­te­les. Paseaba por las calles de Bogotá y por el atrio de la catedral, com­par­tiendo en las ter­tu­lias de las tiendas, ente­rán­dose de todos los asuntos de la crónica popular. Leía todas las gacetas que se impri­mían y no dudaba en res­pon­der a algunos artí­cu­los publi­ca­dos, porque su manía de escribir a toda hora era bien conocida. Como fue el hombre más calum­niado de su tiempo, trataba con desdén a sus críticos, res­pon­diendo con chanzas y sen­ten­cias a tantos apodos, versos satí­ri­cos y sar­cas­mos que le rega­la­ron sus opo­si­to­res. A un viajero sueco le impre­sionó la sen­ci­llez del pro­to­colo usado en la sala de audien­cias del palacio, pues varias personas fueron pre­sen­ta­das en forma simple y des­cui­dada, y el único sir­viente que vio fue un mulato de alpar­ga­tas y sin medias, al servicio personal de San­tan­der. Un colegial becado lo recordó como bizarro de pre­sen­cia, escritor incan­sa­ble y afor­tu­nado en amores.

Entre sus con­tem­po­rá­neos, San­tan­der se des­ta­caba por su elevada estatura. Su criado de toda la vida, José Delfín Caba­llero, recordó que cuando estaban muchos hombres reunidos, “las dos cabezas que sobre­sa­lían siempre en el grupo eran la del general San­tan­der y la de don José Manuel Restrepo”. Ejem­pli­ficó este rasgo con la anécdota del baile de máscaras en el Coliseo, días antes del 25 de sep­tiem­bre de 1828, cuando San­tan­der escoltó al Liber­ta­dor en su salida. Para abrirle paso entre la muche­dum­bre agolpada en la puerta, abrió los brazos a la altura de los hombros, con su capa exten­dida, para formar una especie de muro pro­tec­tor. Fue entonces cuando el criado, que venía tras ellos, no pudo ver más al general Bolívar, porque el general San­tan­der era mucho más alto y lo tapaba por completo desde la altura de sus hombros[15].

Soltero empe­der­nido y hombre de muchas mujeres, como su padre, se le han contado al general San­tan­der cinco hijos, de los cuales solo reco­no­ció a cuatro. El primero y no reco­no­cido fue Manuel San­tan­der, supues­ta­mente habido a sus 19 años en sus amores tem­pra­nos

15. Laureano GARCÍA ORTIZ. “Apuntes para la historia del 25 de sep­tiem­bre. Relato de un criado, remi­nis­cen­cias de un caba­llero y comen­ta­rios des­pre­o­cu­pa­dos”, en Causas y memorias de los con­ju­ra­dos del 25 de sep­tiem­bre de 1828, Bogotá, Fun­da­ción San­tan­der, 1990, III, 289-290.

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con una mujer de Honda, cuando era secre­ta­rio de la Coman­dan­cia de Armas de la pro­vin­cia de Mari­quita, entre el 29 de marzo y el 30 de abril de 1811. Este aseguró en Quito haber nacido a finales de 1811 y ser hijo del entonces sub­te­niente del batallón de Guardias Nacio­na­les, pero el general San­tan­der no dio ninguna noticia de su exis­ten­cia ni lo reco­no­ció nunca. El segundo hijo varón se llamó Fran­cisco de Paula Jesús Bar­to­lomé San­tan­der Pie­dra­híta, bau­ti­zado en la Catedral de Bogotá el 28 de agosto de 1833, con el padri­nazgo de su tía doña Josefa San­tan­der y su esposo, el coronel José María Briceño Méndez. Aunque en la partida de bautismo se dijo que era hijo de “padres solteros no cono­ci­dos”, el general San­tan­der lo reco­no­ció como hijo natural en la cláusula 6ª de su tes­ta­mento, pero no así a la madre, de quien se dijo era doña María de la Paz Pie­dra­híta Sáenz[16], quien ya había tenido dos hijos varones de otros hombres[17]. Años después, como su padre, siguió la carrera militar y llegó a ser general de la Repú­blica, falle­ciendo en Bogotá el 11 de agosto de 1916.

En la parro­quia de San Ber­nar­dino de Soacha se celebró, el 15 de febrero de 1836, el matri­mo­nio del general San­tan­der con doña Sixta Pontón Pie­dra­híta[18], ante Juan de la Cruz Gómez Plata, obispo de

16. Hija de don Joaquín Manuel Pie­dra­híta Saavedra y doña María Petro­nila Sanz, era hermana de María Josefa Pie­dra­híta Sanz, quien contrajo matri­mo­nio el 1º de julio de 1816 con el general Custodio García Rovira en el tambo de Gabriel López, cuando este huía hacia La Plata. Antes de llegar a este destino fueron cap­tu­ra­dos y puestos en marcha hacia Santafé, donde García Rovira fue sometido al último suplicio el 8 de agosto siguiente. La viuda casó en 1824 con el san­ta­fe­reño Manuel Julián de Páramo Fer­nán­dez y engendró a Carmen Páramo Pie­dra­híta.

17. Con el general de brigada Ale­jan­dro Gaitán Rodrí­guez engendró a Jenaro Gaitán Pie­dra­híta, quien ascendió al rango de general de la repú­blica.

18. Nacida en Medellín (¿?) el 30 de diciem­bre de 1814, vecina de Bogotá, hija de don José María Mariano Pontón de Vargas y Chaves, quien fue admi­nis­tra­dor de los correos de Medellín, y de doña María Fran­cisca Pie­dra­hita Mariaca. Lino de Pombo hizo a su amigo Rufino Cuervo, el 22 de enero de 1836, un comen­ta­rio sar­cás­tico sobre doña Sixta: “La noticia par­ti­cu­lar más notable que hay, y que voy a dar a usted, no dejará de sor­pren­derle. El general F. de P. San­tan­der une dentro de pocos días su blanca mano con perpetuo e indi­so­lu­ble lazo con la mano agra­ciada, aunque un poco more­ni­lla, de Sixta Pontón, vulgo Villa”. Luis Augusto Cuervo. Epis­to­la­rio del doctor Rufino Cuervo (1826-1840), Bogotá, Academia Colom­biana de Historia, 1918, 324. Mucho más benigno, José Rafael Mosquera felicitó a San­tan­der desde Popayán, el 8 de marzo de 1836, por su matri­mo­nio con “tan hermosa, amable y digna esposa”. Archivo San­tan­der, 1926, 22, 75. El chisme de Lino de Pombo hacía refe­ren­cia al hecho de que doña Fran­cisca Pie­dra­hita Mariaca era viuda de don José Pablo de Villa Tirado cuando contrajo segundo matri­mo­nio con don José Mariano Pontón. La hermana de doña Sixta, doña Juana Pontón Pie­dra­hita, casó en 1832 con el inmi­grante lon­di­nense William Wills, quien desde entonces se con­vir­tió en con­cu­ñado del general San­tan­der y en uno de los padrinos de bautismo de su hija, Cle­men­tina San­tan­der Pontón.

Antio­quia, quien admi­nis­tró el sacra­mento, y el arzo­bispo de Bogotá, Manuel José Mosquera, quien actuó como padrino. Fueron testigos los coro­ne­les Fran­cisco y Joaquín Barriga. Tenía el general San­tan­der 44 años cuando puso fin a su soltería, y doña Sixta Pontón solo 21 años. Las razones fueron expues­tas ante su hermana Josefa San­tan­der en una carta: “Ella tendrá defectos: no me importa. Lo que yo aprecio en ella es que per­te­nece a familia hon­ra­dí­sima, que tiene modales, talento y sabe manejar una casa. Yo ya no estoy para buscar bellezas. Su orgullo se le acabará y espero que me cuide en mis males”. Durante el brindis sen­ten­ció: “Hoy he pagado con toda mi voluntad este obsequio a la natu­ra­leza y un homenaje a la religión católica y a la moral pública”. A todos sus com­pa­trio­tas que se hallaren en su caso, les reco­mendó que también hicieran un homenaje igual “a la razón, a la religión y a la moral, en favor de su feli­ci­dad domés­tica y de la general de nuestra querida patria”[19].

De este matri­mo­nio pro­vi­nie­ron los tres hijos legí­ti­mos: el 20 de diciem­bre de 1836 nació el pri­mo­gé­nito, Juan, quien falleció pocos minutos después y fue inhumado en el recien­te­mente abierto Cemen­te­rio Central de Bogotá[20]. Vinieron luego las dos hijas: Cle­men­tina Mercedes

19. Brindis con ocasión de su matri­mo­nio, en Cons­ti­tu­cio­nal de Cun­di­na­marca, 231 (21 de febrero de 1836).

20. “Estoy pasando el acervo dolor de haber perdido el 20 [de diciem­bre] a mi primer hijo, muerto por exceso de robustez y magnitud, pocos minutos después de haber nacido. Este es un dolor que solo puede apreciar el que lo haya expe­ri­men­tado”. Carta de San­tan­der al general Pedro A. Herrán. Bogotá, 29 de diciem­bre de 1836. CORTÁZAR, 1955, IX, 463. Según el doctor Miguel Ángel Alarcón, la expre­sión “exceso de robustez y magnitud” hace refe­ren­cia a un cuerpo muy grande (mayor a 4.000 gramos) del neonato, que puede pro­du­cirle tres pro­ble­mas: 1. Trabajo de parto pro­lon­gado, con asfixia asociada, 2. Difi­cul­tad notoria en el momento del parto, por ser el feto más grande que el tamaño de la pelvis materna, lo cual puede producir trauma severo por una maniobra forzada de quien atendió el parto, y 3. Hipo­gli­ce­mia no com­pen­sada, que aunada a las demás com­pli­ca­cio­nes men­cio­na­das, conduce al deceso del neonato.

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NUEVE EXPE­RIEN­CIAS BÁSICAS

Digna Rosa Fran­cisca Manuela Josefa, nacida el 30 de noviem­bre de 1837[21], y Sixta Tulia de la Con­cep­ción Fran­cisca de Paula Juana Manuela Agustina Valeria, nacida el 7 de febrero de 1839[22], ambas bogo­ta­nas.

Sus bió­gra­fos no han podido escla­re­cer los detalles de las rela­cio­nes cono­ci­das del general San­tan­der con la madre de su hijo del mismo nombre, doña María Paz Pie­dra­hita Mur­guei­tio y Sáenz[23], ni con la afamada doña Nicolasa Ibáñez de Caro, su amiga y amante por dos décadas. Es casi seguro que su corres­pon­den­cia de muchos años con esta última fue des­truida, para borrar toda huella, aunque ninguno de sus con­tem­po­rá­neos pudo igno­rarla[24]. No importa, lo que interesa del per­so­naje en este libro es su vida pública.

21. Fueron sus padrinos de bautismo las cuatro personas más cercanas al general San­tan­der en ese tiempo: su hermana Josefa San­tan­der de Briceño, Fran­cisco Soto, el general José María Obando y su con­cu­ñado William Wills. A su turno, el general San­tan­der fue padrino de bautismo de Teresa Fran­cisca, una de las hijas de William Wills (con su cuñada Juana Pontón), con lo cual este y San­tan­der fueron doble­mente com­pa­dres. Malcolm Deas. Vida y opi­nio­nes de Mr. William Wills, Bogotá, Banco de la Repú­blica, 1996, tomo I, nota de pie de página 14.

22. El 26 de febrero de 1839, el general San­tan­der visitó en su casa al arzo­bispo Manuel José Mosquera para pedirle que bau­ti­zara a esta niña en su casa. Aunque el arzo­bispo no estaba en casa, recibió de inme­diato el recado y accedió a com­pla­cer esta petición con la mayor satis­fac­ción. Carta del arzo­bispo a San­tan­der, Bogotá, 26 de febrero de 1839. CORTÁZAR, Corres­pon­den­cia..., 1966, VIII, 396-397.

23. Nacida en 1802, esta señora había tenido ya dos hijos, uno en 1830 con el general Ale­jan­dro Gaitán Rodrí­guez (Genaro Gaitán Pie­dra­híta, quien fue general) y otro con Rafael Sil­ves­tre (Zoilo Sil­ves­tre Pie­dra­híta).

24. Cuando la niña Manuela Briceño San­tan­der, hija de Josefa San­tan­der y, por tanto, sobrina del general San­tan­der, fue llevada a la pila bau­tis­mal en la catedral de Bogotá, fueron sus padrinos el tío Fran­cisco de Paula San­tan­der y Nicolasa Ibáñez. Se trata de un fuerte indicio sobre el grado de fami­lia­ri­dad de doña Nicolasa con la familia San­tan­der, con­fir­mada por la carta que desde París le envió el tío a la sobrina y ahijada, el 20 de mayo de 1831, encar­gán­dole hacerle una visita, en su nombre, a la madrina Nicolasa. Una carta de San­tan­der a su hermana Josefa, enviada desde Vélez el 28 de sep­tiem­bre de 1832 cuando venía de regreso de su exilio europeo, indica que Nicolasa también había sido su madrina de matri­mo­nio con el coronel José María Briceño Méndez, y su urgencia de verla en secreto: “Con­ví­dala a que vaya a tu casa a verme el día de mi llegada porque yo no voy de manera ninguna a su quinta. Reserva esto”.

NUEVE EXPE­RIEN­CIAS BÁSICAS

Las expe­rien­cias básicas de la tra­yec­to­ria vital del general San­tan­der fueron nueve, comen­zando con la de la niñez y for­ma­ción del carácter en la casa y hacienda de su padre en la Villa del Rosario, rodeado de esclavos, árboles de cacao y trapiche de cañas, ganados rega­la­dos por los amigos de su padre y caballos, pre­cep­to­res de letras, arit­mé­tica, doctrina cris­tiana y rezos del rosario, sal­pi­cada de merien­das de cho­co­late y cola­cio­nes. Su primer biógrafo, José Duque Gómez, dijo en 1827 que su estudio de los escri­to­res latinos había comen­zado en su villa natal. Esta expe­rien­cia for­ma­tiva tuvo una duración de 13 años, pues el 17 de agosto de 1805 comenzó la segunda expe­rien­cia como colegial en Santafé, día en que se presentó a vestir una de las becas semi­na­rias[25] en el Colegio Real Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé. El 13 de agosto anterior había pre­sen­tado los testigos, ante el secre­ta­rio Juan Nepo­mu­ceno Parra, que con­fir­ma­ron su legi­ti­mi­dad de naci­miento y su limpieza de sangre. El doctor José Domingo Duquesne, gober­na­dor del Arzo­bis­pado, se la había con­ce­dido por inter­ce­sión del tío materno Nicolás Mauricio de Omaña, cura de la catedral. El doctor José Custodio García Rovira, natural de la parro­quia de Buca­ra­manga, en ese entonces con­si­lia­rio del colegio y cate­drá­tico de filo­so­fía, fue el padrino del joven estu­diante, su amigo y después de la inde­pen­den­cia su superior en la milicia patrió­tica, hasta la batalla de Cachirí.

Los cinco años esco­la­res que corrie­ron desde su ingreso al colegio como becado y hasta junio de 1810, son exac­ta­mente los años de la for­ma­ción escolar del joven San­tan­der en el currí­culo escolar de San

25. El Colegio de San Bar­to­lomé otorgaba 18 becas semi­na­rias para jóvenes, pagadas con cargo a un por­cen­taje de las rentas de diezmos, de las cofra­días y las cape­lla­nías del arzo­bis­pado. Tenía además becas fundadas por personas par­ti­cu­la­res, becas pen­sio­nis­tas (pagadas por los padres de los alumnos) y becas pagadas por la Real Hacienda. Los cate­drá­ti­cos eran pagados con fondos del ramo de Tem­po­ra­li­da­des, que se habían ori­gi­nado en las hacien­das y rentas de la expul­sada Compañía de Jesús. Como era colegio semi­na­rio, el arzo­bispo había obtenido del rey en noviem­bre de 1800 el derecho a ser el patrono, pues según el Concilio de Trento la for­ma­ción de los semi­na­ris­tas corres­pon­día a los obispos. El rey mantuvo entonces su patro­nato sobre el Colegio del Rosario.

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Bar­to­lomé, cuando su vida trans­cu­rría entre los 13 y los 18 años de edad, una expe­rien­cia com­par­tida con su con­dis­cí­pulo José Ignacio de Márquez. Fueron años de muchos latines, lecturas y escri­tu­ras, acceso a salones fami­lia­res, pláticas reli­gio­sas del tío y otros ecle­siás­ti­cos, devo­cio­nes y rezos del rosario, rasgueo de guitarra y exámenes. El 1º de febrero de 1808 pagó San­tan­der los tres pesos de propina del examen final deno­mi­nado “la tremenda”[26], con lo cual se examinó para recibir de la Uni­ver­si­dad de Santo Tomás el grado de bachi­ller en filo­so­fía.

Solo le quedaba por realizar la práctica forense en el gabinete de un abogado para gra­duarse como doctor en derecho, pero los acon­te­ci­mien­tos que se desa­ta­ron desde el 20 de julio siguiente, cuando el colegio estaba en vaca­cio­nes, frus­tra­ron sus planes de gra­dua­ción para siempre[27]. Tenía 18 años y cuatro meses cuando puso fin a la posi­bi­li­dad de con­ti­nuar la carrera de estudios. Muchos jóvenes san­ta­fe­re­ños de su edad, pro­ve­nien­tes de las familias Ricaurte, París, Andrade, Baraya, Ayala, Ortega, Morales y Mon­te­ne­gro fueron coop­ta­dos por la Junta Suprema de Gobierno en atención a su simpatía con la trans­for­ma­ción política que había comen­zado en la época de la revo­lu­ción hispana en los dos con­ti­nen­tes. Fue en esa cir­cuns­tan­cia, no prevista por nadie, en la que surgió una nueva posi­bi­li­dad de exis­ten­cia que antes no estaba dis­po­ni­ble en la sociedad neo­gra­na­dina: el servicio como soldado en los bata­llo­nes de guardias nacio­na­les que comen­za­ron a orga­ni­zarse, servir a la revo­lu­ción contra el Estado de la Monar­quía de España y las Indias[28].

26. La tremenda era un examen en el que el estu­diante exa­mi­nado sacaba a la suerte unos temas. A las seis de la tarde se pre­sen­taba en la capilla del Convento de Santo Domingo, sede de la Uni­ver­si­dad de Santo Tomás, y sentado en un ban­qui­llo ante dos velas, frente a los maestros exa­mi­na­do­res, res­pon­día durante dos horas las pre­gun­tas rela­cio­na­das con sus temas.

27. Félix RESTREPO, S. J. San­tan­der, bar­to­lino, Bogotá, Pon­ti­fi­cia Uni­ver­si­dad Jave­riana, 2010, 10-11.

28. En un pane­gí­rico dedicado al pre­si­dente en 1835, un anónimo cate­drá­tico del Colegio de San Bar­to­lomé dijo que el esplen­dor que rodeaba la figura de Fran­cisco de Paula San­tan­der era “un resul­tado del destino que le ha señalado la Pro­vi­den­cia entre los alumnos de Marte y de Minerva”, es decir, que este per­so­naje había sido favo­re­cido al tiempo por los dioses latinos de la guerra y del saber. AGN, fondo San­tan­der, caja 10, carpeta 57, foto­gra­fía 727.

Su hoja de ser­vi­cios mili­ta­res registra en detalle esta tercera expe­rien­cia de su exis­ten­cia y el primer capítulo de su vida pública, que comenzó con el servicio a la Junta Suprema Guber­na­tiva del Reino como alférez aban­de­rado del Batallón de Guardias Nacio­na­les, incor­po­rado a la secre­ta­ría del coman­dante de la pro­vin­cia de Mari­quita, capitán Manuel del Castillo y Rada. Baraya lo llevó a Ins­pec­ción Militar de Santafé, donde sirvió hasta el 5 de mayo de 1812. Por su actua­ción como secre­ta­rio de la plana mayor de la coman­dan­cia que marchó en expe­di­ción a los valles de Cúcuta fue uno de los fir­man­tes de la reunión del 25 de mayo de 1812 en Sogamoso para con­tro­ver­tir la orden de Nariño, cuando los ofi­cia­les se pasaron a la auto­ri­dad del Congreso de las Pro­vin­cias Unidas, con lo cual fue ascen­dido al grado de capitán. Con este rango, y al frente de una compañía, par­ti­cipó en la expe­di­ción que salió de Tunja e intentó tomar Santafé, donde fue herido y hecho pri­sio­nero, el 9 de enero de 1813, por las tropas que defen­die­ron con éxito la capital de Cun­di­na­marca.

Hecho el tratado paci­fi­ca­dor entre el Congreso de las Pro­vin­cias Unidas y el Estado de Cun­di­na­marca, desde el 16 de marzo de 1813 fue des­ti­nado, con el grado de sargento mayor, a la segunda coman­dan­cia del batallón 5º de la Unión, y el 16 de abril siguiente, como teniente coronel, fue des­ti­nado a la campaña de los valles de Cúcuta bajo el mando del coronel Manuel del Castillo y Rada. Acompañó a su coman­dante en la negativa a seguir al general Bolívar en la campaña de Vene­zuela y quedó a cargo de la segu­ri­dad de los valles de Cúcuta, donde fue derro­tado en el Llano de Carrillo, un inci­dente que afectó su honor militar y lo llevó a pedir licencia del servicio, que le fue negada. Continuó sir­viendo a órdenes de varios coman­dan­tes, como Gregor Mac­Gre­gor y Rafael Urdaneta, hasta que fue enviado a Ocaña a orga­ni­zar tropas.

Entre el 16 de diciem­bre de 1815 y el 7 de marzo de 1816 sirvió a las órdenes del general Custodio García Rovira, su maestro en San Bar­to­lomé, como segundo coman­dante, hasta la huida que resultó de la derrota del páramo de Cachirí, el 21 y 22 de febrero de 1816. Como segundo coman­dante de las fuerzas que el general Serviez llevó al Casanare sirvió entre el 7 de marzo y 16 de julio de 1816, cuando fue nombrado jefe supremo de las fuerzas del Apure, hasta el 27 de sep­tiem­bre

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siguiente, cuando quedó como coman­dante de la segunda brigada del ejército del Apure, hasta el 18 de abril de 1817. Desde su encuen­tro con el general Bolívar, una vez este regresó con la expe­di­ción de Haití, fue incor­po­rado a los estados mayores de varios cuerpos, hasta que fue ingre­sado al ejército de Vene­zuela como general de brigada, en vista del plan de campaña sobre la Nueva Granada. Desde el 25 de agosto siguiente fue el coman­dante general de la División de Van­guar­dia del Ejército Liber­ta­dor de la Nueva Granada, y tras la batalla de Boyacá el general Bolívar lo ascendió a general de división, grado que estrenó como gober­na­dor militar y coman­dante de armas del Depar­ta­mento de Cun­di­na­marca.

La cuarta expe­rien­cia vital del general San­tan­der comenzó el 20 de sep­tiem­bre de 1819, cuando el general Bolívar regresó de Santafé a Angos­tura y le enco­mendó la vice­pre­si­den­cia de las Pro­vin­cias Libres de la Nueva Granada, con amplias facul­ta­des en todos los ramos del gobierno. Esta expe­rien­cia admi­nis­tra­tiva de la cosa pública en el renom­brado Depar­ta­mento de Cun­di­na­marca, uno de los dos que ante­ce­die­ron a la Repú­blica de Colombia, fue un autén­tico régimen militar, casi reducido a eliminar del país el dominio de la Corona española por todos los medios, y solo terminó cuando el Congreso Cons­ti­tu­yente de la Repú­blica de Colombia aprobó la primera cons­ti­tu­ción colom­biana, el 30 de agosto de 1821, y lo eligió vice­pre­si­dente cons­ti­tu­cio­nal, cargo del cual tomó posesión el 3 de octubre de 1821. Fue el tiempo de los fusi­la­mien­tos, los emprés­ti­tos y reclu­ta­mien­tos forzosos, los dona­ti­vos y las con­tri­bu­cio­nes exigidas para ganar la guerra a las tropas del rey, la actua­ción al filo del abuso para satis­fa­cer las nece­si­da­des de la defensa del nuevo Estado contra sus enemigos.

La quinta expe­rien­cia de con­duc­ción efectiva de la primera Repú­blica de Colombia lo obligó a dejar las prác­ti­cas del estado de excep­ción de dos años largos, cuando actuaba como jefe militar y político, y aprender a actuar conforme a la cons­ti­tu­ción y a las leyes. Como el Liber­ta­dor pre­si­dente estuvo durante todo el primer cua­trie­nio admi­nis­tra­tivo fuera de la capital escogida, secun­dado por su secre­ta­rio general, fue real­mente el vice­pre­si­dente San­tan­der quien llevó la admi­nis­tra­ción colom­biana, acom­pa­ñado por los secre­ta­rios del despacho que reunió todos los días en consejo de gobierno. Impuso

la cos­tum­bre inve­te­rada de rendir informes anuales —por cada secre­ta­ría— al Congreso de la Repú­blica el día en que abría sus sesiones ordi­na­rias, y fue ree­le­gido en 1825. Esta expe­rien­cia se cerró el 20 de agosto de 1827, cuando renunció al cargo por sus desa­ve­nen­cias con el Liber­ta­dor pre­si­dente.

La sexta expe­rien­cia comenzó en sep­tiem­bre de 1827 y se prolongó hasta finales de sep­tiem­bre de 1828, cuando repre­sentó el lide­razgo de la opo­si­ción política al Liber­ta­dor pre­si­dente en su aspi­ra­ción a cambiar la Cons­ti­tu­ción de 1821 por otra ins­pi­rada par­cial­mente en la primera cons­ti­tu­ción de Bolivia. El momento más álgido de esta opo­si­ción fue la Gran Con­ven­ción de Ocaña, disuelta por la impo­si­bi­li­dad de pactar un com­pro­miso entre los dos bandos enfren­ta­dos. Esta expe­rien­cia lo condujo a la per­se­cu­ción política, después de que se produjo el intento de apre­sa­miento del Liber­ta­dor pre­si­dente durante la “nefanda noche sep­tem­brina”.

De esta expe­rien­cia se siguió la séptima, que fue la del exilio en Europa. Acaecida la cons­pi­ra­ción que el 25 de sep­tiem­bre de 1828 pro­ta­go­ni­za­ron jóvenes audaces que actuaron con impre­vi­sión para intentar apresar al Liber­ta­dor pre­si­dente y abolir su decreto de mando absoluto, fue acusado de autoría inte­lec­tual y con­de­nado a muerte por un espurio tribunal militar enca­be­zado por el general Rafael Urdaneta. La presión social y diplo­má­tica obligó al Liber­ta­dor pre­si­dente a con­mu­tarla por el des­tie­rro, y así fue como se con­fi­guró una expe­rien­cia de prisión en las bóvedas de Boca­chica, viajes por varios países de Europa y de escri­tura de un diario personal que comenzó el 15 de noviem­bre de 1828, cuando salió pros­crito de Bogotá con rumbo al río Mag­da­lena, y concluyó en Santa Marta el 17 de julio de 1832. Fueron tres años y ocho meses de fatigas, pero también de enri­que­ci­miento personal como viajero por Europa y visi­tante de las resi­den­cias de muchas per­so­na­li­da­des, entre ellas las de la familia Bona­parte.

La octava expe­rien­cia, cuando su figura ya denotaba un notable sobre­peso, comenzó el 7 de octubre de 1832, cuando se pose­sionó del cargo de pre­si­dente del Estado de la Nueva Granada, ejer­ci­cio público que concluyó el 1º de abril de 1837. Esta expe­rien­cia de admi­nis­tra­ción del poder eje­cu­tivo de una nueva nación se orientó por un agenda clara: “hacer respetar la cons­ti­tu­ción a todo trance y reunir a su re-

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dedor a todos los disi­den­tes haciendo justicia, matar las revo­lu­cio­nes, vengar el honor gra­na­dino tantas veces ultra­jado a los ojos de los pueblos extran­je­ros y pre­sen­tar­les la Repú­blica tran­quila y pacífica bajo el imperio de sus leyes”. Los prin­ci­pios de esta admi­nis­tra­ción —“Libertad y orden, escuelas y caminos, alivio en las con­tri­bu­cio­nes, severa economía en su inver­sión, y estricta dis­ci­plina militar”— fueron la impronta de los gobier­nos suce­si­vos, e incluso de la agenda básica de la expe­rien­cia federal. Para Esta­nis­lao Vergara, esta fue la “Admi­nis­tra­ción modelo” en la Nueva Granada, pues “las rentas públicas fueron admi­nis­tra­das con pureza e inver­ti­das en sus objetos legales, la edu­ca­ción pública fue fomen­tada con esmero cui­da­doso”. La misión de San­tan­der había sido “cimentar una nación, inocular hábitos de orden, inculcar los prin­ci­pios demo­crá­ti­cos, enseñar al pueblo a prac­ti­car­los a la sombra de la paz y de la fra­ter­ni­dad, sis­te­ma­ti­zar las finanzas, regu­la­ri­zar un plan de eco­no­mías que pusiese a la nación en estado de hacer frente a los gastos, y poder ser severa cum­pli­dora con sus com­pro­mi­sos de honor”[29].

La novena y última expe­rien­cia, com­pren­dida entre el 1º de abril de 1837 y la tarde de su muerte, fue otro ejer­ci­cio de opo­si­ción al gobierno de su antiguo com­pa­ñero de estudios, José Ignacio de Márquez, pero también de activa par­ti­ci­pa­ción en los debates de la Cámara de Repre­sen­tan­tes. Hasta la sesión del 31 de marzo de 1840 asistió a la Cámara para res­pon­der las calum­nias que en la sesión anterior había vertido contra su admi­nis­tra­ción el secre­ta­rio del Interior, general Eusebio Borrero. Desde el siguiente primero de abril estuvo postrado en su cama, y en su agonía estuvo acom­pa­ñado por sus dos mujeres más fieles —su hermana Josefa y su esposa Sixta—, todos sus amigos, el arzo­bispo Mosquera, frailes de varias comu­ni­da­des y los objetos de sus devo­cio­nes de toda la vida: la camán­dula para el rezo del rosario, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores —patrona del Colegio de San Bar­to­lomé— y un reli­ca­rio de la Virgen de las Mercedes. Su confesor, el fraile fran­cis­cano Rafael Calvo, le ofreció el hábito de novicio de la Tercera Orden, que aceptó e hizo la pro­fe­sión, con lo cual murió —“con

29. Esta­nis­lao VERGARA. “Bio­gra­fía del general Fran­cisco de P. San­tan­der”, en La Bagatela, Bogotá, 24 a 26 (18 de febrero, 9 y 16 de marzo de 1852), recogida en Archivo San­tan­der, 1914, IV, 1-9.

todos los auxilios nece­sa­rios en el seno de la Iglesia, siendo público y autén­tico su grande arre­pen­ti­miento”— a las seis y tres cuartos de la tarde del 6 de mayo de 1840[30].

Ocho días después, sin saber que ya había falle­cido, el pro­cón­sul inglés Joseph Ayton anunció que su muerte sería, sin duda, un serio golpe para el país, “pues quizás ningún otro hombre (con todos sus defectos, que son muchos), ha enten­dido de modo tan pleno el arte de gobernar a sus díscolos com­pa­trio­tas”[31]. El enviado inglés William Pitt Adams fue más explí­cito sobre lo que juzgó como una pérdida pro­fun­da­mente lamen­ta­ble, tanto per­so­nal­mente como desde el punto de vista político, si se con­si­de­raba que San­tan­der estuvo dotado de unos talentos de natu­ra­leza poco común y de una obe­dien­cia a los dictados de la pru­den­cia. Durante la década de paz de 1830 se había visto que “la firme auto­ri­dad” de San­tan­der había ocultado la debi­li­dad de la Cons­ti­tu­ción de 1832, con los resul­ta­dos notorios: pros­pe­ri­dad del país, mejora de la nave­ga­ción de los ríos, cultivo de tierras, pros­pe­ri­dad del comercio, mayor pro­duc­ti­vi­dad de las minas, exten­sión de la edu­ca­ción entre el pueblo, de modo que, excep­tuando la admi­nis­tra­ción de justicia, todo tendía al mejo­ra­miento[32].

El general San­tan­der recibió en vida muchos home­na­jes y cor­te­sías de muchas personas, como también malas inter­pre­ta­cio­nes y severas críticas de los enemigos que se crean todos los hombres públicos. Muchos le acon­se­ja­ron que dejase de opinar sobre la Admi­nis­tra­ción Márquez en la última expe­rien­cia de su vida, pero, teniendo a la vista el ejemplo del marqués de Lafa­yette, tuvo la con­vic­ción de que hasta el último día de su vida estaría ocupado de la inde­pen­den­cia, el honor

30. Cons­tan­cia de Manuel Eusebio Acevedo, secre­ta­rio de la Orden Tercera de San Fran­cisco. Publi­cada por Luis Augusto CUERVO en Ensayos his­tó­ri­cos, Bogotá, Cromos, 1947, 118.

31. Despacho no. 14 del pro­cón­sul Joseph Ayton a John Bidwell, supe­rin­ten­dente del servicio consular inglés. Car­ta­gena, Con­su­lado Bri­tá­nico, 14 de mayo de 1840, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (com­pi­la­do­res). San­tan­der y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fun­da­ción San­tan­der, 1991, II, 53.

32. Des­pa­chos no. 24 y no. 61 de William Pitt Adams al vizconde Pal­mers­ton. Bogotá, 28 de mayo y 28 de diciem­bre de 1840, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (com­pi­la­do­res). San­tan­der y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fun­da­ción San­tan­der, 1991, II, 55 y 59.

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y las liber­ta­des en su patria, pues no podía actuar como un extran­jero, guar­dando silencio sobre la cosa pública.

Una colec­ción de datos sobre la vida de un per­so­naje no hace una bio­gra­fía, como tampoco puede hacerla un completo curri­cu­lum vitae. En mi opinión personal, una autén­tica bio­gra­fía es un esfuerzo de inter­pre­ta­ción sobre la espe­cí­fica posi­bi­li­dad de exis­ten­cia social, en una deter­mi­nada época, elegida por un indi­vi­duo singular, cuyo poder de decisión impactó la conducta de sus con­tem­po­rá­neos y aún de quienes se ins­pi­ra­ron pos­te­rior­mente en su ejemplo. Este modo de inter­pre­ta­ción —uno de los modos de la narra­tiva his­tó­rica— hace de una vida indi­vi­dual un pretexto para com­pren­der las opciones que estaban dis­po­ni­bles, por su fuerza intrín­seca y las cir­cuns­tan­cias, en el intento de resolver asuntos y pro­ble­mas colec­ti­vos de una época. A la larga, esta clase de narra­tiva his­tó­rica es una ilus­tra­ción de las opciones que his­tó­ri­ca­mente se impu­sie­ron, sobre otras, en el derro­tero de una sociedad, gracias a la elevada posición que ocuparon indi­vi­duos excep­cio­na­les dotados en alguna medida de los poderes que todos los seres humanos portan como semillas.

Esta inter­pre­ta­ción ha cla­si­fi­cado el periplo vital de San­tan­der, entre 1792 y 1840, en nueve expe­rien­cias, cada una ilu­mi­nada por una posi­bi­li­dad de exis­ten­cia vital. En el ámbito de la exis­ten­cia privada fueron dos las expe­rien­cias: vivir la infancia y la ado­les­cen­cia, y luego seguir la carrera de estudios. En el ámbito de la exis­ten­cia pública fueron siete expe­rien­cias: servir en la fuerza armada repu­bli­cana, admi­nis­trar un gobierno militar, admi­nis­trar un gobierno cons­ti­tu­cio­nal, después militar en la opo­si­ción a un gobierno auto­ri­ta­rio de facto, ser un exilado de su patria, admi­nis­trar la pre­si­den­cia de una repú­blica cons­ti­tu­cio­nal y, final­mente, militar en la opo­si­ción política a un gobierno legítimo del cual se tenían reservas.

Con el rango de general de brigada, Fran­cisco de Paula San­tan­der combatió en el campo de Boyacá durante la tarde del 7 de agosto de 1819. Testigo de excep­ción del acon­te­ci­miento, por haber con­du­cido la División de la Van­guar­dia del Ejército Liber­ta­dor, no pudo ocultar su admi­ra­ción por las escasas bajas que había tenido en este combate. Opinó entonces que los “agentes prin­ci­pa­les” que influ­ye­ron en esa batalla habían sido dos: “la fuerza moral que nuestras tropas adqui-

rieron en la batalla del Pantano de Vargas [25 de julio anterior], y la des­mo­ra­li­za­ción de las con­tra­rias”. Todo indica que el coronel Barreiro y sus ofi­cia­les penin­su­la­res no habían podido contener a sus soldados, la mayoría vene­zo­la­nos y gra­na­di­nos, para impedir que “vol­vie­ran caras”, aban­do­nando el campo en desor­de­nada fuga.

La fuerza del “poder moral” se había mani­fes­tado en esa ocasión para favo­re­cer a uno de los ejér­ci­tos que, a marchas forzadas, alcanzó junto al puente del río Teatinos al otro, que prefirió huir antes que resistir la carga. Lo que siguió entonces fue una per­se­cu­ción de los huidos por soldados patrio­tas “ena­je­na­dos de gozo”. Este “momento estelar” de solo una tarde fue decidido por la fuerza moral de unos jefes mili­ta­res que, sopor­tando una larga marcha y todas las pri­va­cio­nes, dis­pu­sie­ron del coraje y de la voluntad de poderío que los hizo vencer, resol­viendo el con­flicto de las opciones polí­ti­cas que estaban en juego en esas cir­cuns­tan­cias. Desde el enfren­ta­miento del puente de Gámeza ya el coronel Barreiro había sentido que estaba lidiando con hombres “muy deci­di­dos a vencer a todo trance”. Aunque ese momento per­te­nece a la bio­gra­fía del general San­tan­der y de todos los jefes mili­ta­res que se dieron cita en el campo de Boyacá, con­de­co­ra­dos después con la “Orden de los Liber­ta­do­res”, en esencia nos habla de una posi­bi­li­dad de exis­ten­cia de una nación de ciu­da­da­nos que se había ima­gi­nado desde hacía una década, y que aquí obtuvo su opor­tu­ni­dad de comenzar un nuevo camino hacia su rea­li­za­ción efectiva, porque puso al Ejército “Liber­ta­dor” en posesión de la capital del antiguo Virrei­nato de Santafé. Para el oficial español derro­tado, este resul­tado sig­ni­ficó, en su bio­gra­fía personal, la muerte por fusi­la­miento un poco más de dos meses después. Sen­ci­lla­mente, la opción política que repre­sen­taba fue derro­tada en un campo de batalla.

SEGUIR LA CARRERA DE ESTUDIOS

Yo seguía la carrera de estudios en uno de los colegios de Santafé de Bogotá cuando llegó el memo­ra­ble 20 de julio de 1810. Era el Colegio de San Bar­to­lomé, donde habían vestido la beca en el siglo

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pasado dos hermanos míos y dos tíos maternos (San­tan­der: Apun­ta­mien­tos, 1837).

A sus trece años, una tra­di­ción com­par­tida de las dos familias que lo trajeron al mundo puso ante Fran­cisco de Paula San­tan­der una opción de vida: seguir la carrera de estudios. Ya la habían expe­ri­men­tado sus dos medios hermanos mayores y dos de sus tíos maternos. Su padre había amasado una apre­cia­ble riqueza no solo por las dotes apor­ta­das por sus dos primeras esposas, sino por el ejer­ci­cio del empleo de gober­na­dor de la pro­vin­cia de San Faustino de los Ríos y juez sub­de­le­gado de hacienda, un cargo que se obtenía con mayor faci­li­dad en la Real Audien­cia si se había seguido una carrera de estudios. El ejemplo del tío materno, Nicolás Mauricio de Omaña Rodrí­guez, cura de la catedral y vice­rrec­tor del Colegio Real Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé, brillaba como un sol en los cálculos fami­lia­res.

José Ale­jan­dro de Omaña y Rodrí­guez Riva­de­neira, el tío mayor de Fran­cisco de Paula San­tan­der, fue el primero de la familia materna que presentó infor­ma­cio­nes para ingresar al Colegio Real Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé, el 22 de febrero de 1775. Había nacido en San José de Cúcuta el 14 de marzo de 1759, en el hogar de don Juan Antonio de Omaña Riva­de­neira y doña Juana Lucía Rodrí­guez. Tres años después presentó la tremenda y se hizo bachi­ller, donde fue con­si­lia­rio (1779-1781) y fiscal (diciem­bre de 1789 a enero de 1781) del Colegio. Su hermano, Nicolás Mauricio de Omaña Rodrí­guez Riva­de­neira, nacido en el Rosario el 22 de sep­tiem­bre de 1780, ingresó al Colegio Semi­na­rio de San Bar­to­lomé el 30 de sep­tiem­bre de 1797. En 1802 presentó la tremenda y obtuvo del grado de bachi­ller en derecho civil, y al año siguiente el de licen­ciado en cánones. En 1805 tomó las órdenes reli­gio­sas y fue cura de la Catedral. Actuó como exa­mi­na­dor sinodal de los obispos de Santafé y Mérida, promotor fiscal, vocal de la Junta de Sanidad, con­sul­tor del Santo Oficio de la Inqui­si­ción y cate­drá­tico en San Bar­to­lomé. Formada la Junta Suprema de Santafé en la madru­gada del 21 de julio de 1810, fue uno de los fir­man­tes del acta cons­ti­tu­tiva, pasando a presidir la sección de Negocios Ecle­siás­ti­cos. En 1811 marchó a los Estados Unidos en comisión para ges­tio­nar la compra de una imprenta y arma­mento para la Junta de Gobierno de Santafé.

La hermana de estos dos hombres ilus­tra­dos, doña Isabel Rita de Omaña Riva­de­neira y Rodrí­guez, fue bau­ti­zada en San José de Cúcuta el 19 de julio de 1760. Contrajo matri­mo­nio el 30 de enero de 1776 con Cris­tó­bal Santiago Ramírez de Arellano, natural del Rosario de Cúcuta, quien fue bau­ti­zado el 7 de octubre de 1753 y ejerció empleos de cabildo. Esta pareja procreó a Lino María Ramírez y Omaña, bau­ti­zado el 25 de sep­tiem­bre de 1785 en el Rosario de Cúcuta, primo hermano de Fran­cisco de Paula San­tan­der, quien presentó infor­ma­cio­nes para ingresar al Colegio de San Bar­to­lomé el 23 de diciem­bre de 1802. Su hermano, Miguel Ramírez y Omaña, bau­ti­zado en la Villa del Rosario de Cúcuta el 5 de julio de 1793, presentó infor­ma­cio­nes para ingresar al mismo Colegio el 20 de octubre de 1807.

Los dos medios hermanos mayores de Fran­cisco de Paula San­tan­der, del primer matri­mo­nio de su padre con doña Paula Petro­nila de Vargas Ramírez, ambos natu­ra­les de la villa de San Cris­tó­bal, fueron enviados a seguir la carrera de estudios al Colegio de San Bar­to­lomé. José Eugenio San­tan­der Vargas, nacido en San Cris­tó­bal el 3 de junio de 1771, presentó sus infor­ma­cio­nes el 25 de sep­tiem­bre de 1793. Presentó los exámenes para hacerse bachi­ller e hizo parte de la junta de gobierno que se formó en San Faustino de los Ríos en 1810. Las infor­ma­cio­nes de su hermano mayor, Juan Nepo­mu­ceno San­tan­der Vargas, no están en el archivo del Colegio, pero basta la palabra de Fran­cisco de Paula San­tan­der para saber que también fue enviado a seguir la carrera de estudios.

Un nieto de doña Nicolasa San­tan­der Moncada, la hermana del abuelo paterno de Fran­cisco de Paula San­tan­der, también fue enviado al Colegio: Pedro Fortoul Sánchez, nacido el 27 de mayo de 1780 en el Rosario de Cúcuta, producto del matri­mo­nio de Esteban Fortoul San­tan­der con doña María Inés Sánchez Rangel, con lo cual resulta primo segundo de Fran­cisco de Paula San­tan­der. Presentó sus infor­ma­cio­nes el 12 de abril de 1793. Su hermano, Ramón Eduardo José Miguel Fortoul Sánchez, bau­ti­zado el 7 de febrero de 1790 en el Rosario de Cúcuta, presentó sus infor­ma­cio­nes en el Colegio el 28 de junio de 1808. Para com­pro­bar su fami­lia­ri­dad, presentó como testigo a Nicolás Mauricio de Omaña, en ese entonces promotor fiscal del Arzo­bis­pado y defensor general de obras pías. Un primo hermano de estos dos, José

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Gregorio Fortoul y Jaimes, otro nieto de doña Nicolasa San­tan­der con el inmi­grante francés Pedro Fortoul, bau­ti­zado en San Cris­tó­bal 29 de noviem­bre de 1790, presentó sus infor­ma­cio­nes el 1º de marzo de 1809 y vistió la beca el 15 de marzo siguiente.

Esta cons­te­la­ción de dos tíos maternos, dos medios hermanos, dos primos hermanos y tres primos segundos completa con Fran­cisco de Paula San­tan­der diez miembros de las familias Omaña, San­tan­der y Fortoul en el Colegio de San Bar­to­lomé para seguir la carrera de estudios antes de la revo­lu­ción[33]. El tío Nicolás Mauricio de Omaña dejó su huella en un retrato de la galería del Colegio de San Bar­to­lomé, en el cual se reco­no­cen sus ser­vi­cios como “pasante, cate­drá­tico de lati­ni­dad, de sagrada escri­tura, de derecho canónico y civil, secre­ta­rio, vice­rrec­tor, con­si­lia­rio nato y rector regente de estudios”. Como dijo el sacer­dote jesuita Félix Restrepo en el discurso del 21 de mayo de 1940 con el que des­cu­brió el busto erigido a Fran­cisco de Paula San­tan­der en el Colegio, este estaba des­ti­nado a ser llamado “el primero y más ilustre de los estu­dian­tes bar­to­li­nos”.

La familia Omaña Rodrí­guez Riva­de­neira abrió para las familias de los hacen­da­dos de los valles de Cúcuta, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la posi­bi­li­dad de recorrer la exis­ten­cia con una carrera de estudios en los colegios mayores de Santafé, la capital de un virrei­nato. Dos varian­tes se abrían entonces para la con­di­ción de bachi­ller o doctor: la primera era la del derecho canónico com­bi­nado con las órdenes sagradas, camino seguro hacia las canon­jías de los cabildos cate­dra­les y quizás hacia algún cargo de obispo. El doctor Rafael Lasso de la Vega, un panameño que fue arzo­bispo de Mérida de Mara­caibo, fue el ejemplo en los primeros tiempos de la revo­lu­ción. La segunda variante era el derecho real y civil, camino hacia los estrados de la Real Audien­cia como abogado recibido, o también hacia los jugosos

33. Los expe­dien­tes de todos los cole­gia­les men­cio­na­dos se encuen­tran en el archivo del Real Colegio Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé, cuyo catálogo fue el resul­tado de la inves­ti­ga­ción dirigida por William Jara­mi­llo Mejía y publi­cado en Bogotá con el título Real Colegio Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé. Nobleza e hidal­guía. Cole­gia­les de 1605 a 1820, Ins­ti­tuto Colom­biano de Cultura His­pá­nica, 1996. El expe­diente completo original de la infor­ma­ción de Fran­cisco de Paula San­tan­der se encon­traba en la Casa Museo de la Inde­pen­den­cia (en las páginas 177-182), pero fue desa­pa­re­cido.

procesos de suce­sio­nes y tes­ta­men­ta­rías de las pro­vin­cias, com­bi­na­dos con el ejer­ci­cio de empleos remu­ne­ra­dos en las Real Hacienda o en las gober­na­cio­nes. Bajo la tutoría de su tío Nicolás Mauricio, Fran­cisco de Paula San­tan­der escogió esta segunda opción.

El 20 de febrero de 1809, defi­nién­dose como “colegial formal y estu­diante de derecho civil”, solicitó al rector una copia de la infor­ma­ción que había pre­sen­tado el 3 de agosto de 1805. Com­pro­ba­mos en este expe­diente que efec­ti­va­mente en esta fecha había mani­fes­tado ante el rector que era su deseo “seguir la carrera de estudios con el honor y ventajas que pro­por­ciona este Colegio”, tal como ya lo habían hecho sus dos hermanos por parte de padre y sus dos tíos maternos, y entregó copia de las partidas de bautismo y matri­mo­nio que acre­di­ta­ban su legi­ti­mi­dad y limpieza de sangre. Fueron testigos de la probanza de legi­ti­mi­dad de naci­miento y limpieza de sangre el doctor Juan Félix de Villegas y fray José de la Trinidad Bonilla, de la orden hos­pi­ta­la­ria de San Juan de Dios, que la firmaron el 13 de agosto de 1805. Se le pidió entonces com­pa­re­cer a vestir la beca semi­na­ria, lo cual hizo efec­ti­va­mente el 17 de agosto siguiente, según la cer­ti­fi­ca­ción expedida por el rector José Domingo Duquesne[34].

La carrera de estudios fue seguida de cerca por su tío Nicolás Mauricio de Omaña, vice­rrec­tor y cate­drá­tico de lati­ni­dad, sagrada escri­tura y derecho canónico. Sus primeros bió­gra­fos, José Duque Gómez y Esta­nis­lao Vergara, dijeron que los estudios de los prin­ci­pios de lati­ni­dad los había comen­zado en su villa natal, con lo cual fue bajo la direc­ción de su tío que los continuó en Santafé. Con su padrino de estudios, Custodio García Rovira, siguió las cátedras de filo­so­fía

34. “Fran­cisco de P. San­tan­der. En 17 de agosto de 1805 vistió la beca de este Colegio Real, Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé, don Fran­cisco de Paula San­tan­der y Omaña, hijo legítimo y de legítimo matri­mo­nio de don Juan Agustín San­tan­der y de doña Manuela A. de Omaña, natu­ra­les de la villa de Nuestra Señora del Rosario de Cúcuta, entrando en el goce de una Beca semi­na­ria que yo el Rector, como Provisor y Vicario general y Gober­na­dor del Arzo­bis­pado, le concedí, exi­gién­dole el corres­pon­diente título, habiendo pre­ce­dido las infor­ma­cio­nes de Cons­ti­tu­ción y siendo su padrino el doctor don José Custodio García, con­si­lia­rio y cate­drá­tico de Filo­so­fía de este Colegio. Domingo Duquesne”. Tras­crita del Archivo del Colegio de San Bar­to­lomé por Pedro María Ibáñez, y publi­cada en el artículo “San­tan­der estu­diante”, en Archivo San­tan­der, 1917, XI, 1-2.

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moral para alcanzar el grado de bachi­ller en febrero de 1808, pagando la propina corres­pon­diente a la Uni­ver­si­dad de Santo Tomás. Con el doctor Pablo Fran­cisco Plata defendió, en 1809, las tesis sacadas de las Ins­ti­tu­cio­nes de Jus­ti­niano, y en el siguiente año, con el doctor Emigdio Benítez Plata, las con­clu­sio­nes de Derecho Real y de Derecho de Gentes. La práctica forense comenzó a ade­lan­tarla con el doctor Frutos Joaquín Gutié­rrez hasta que el esta­llido de la revo­lu­ción en 1810 la detuvo. Todos estos maestros le mos­tra­ron la misma opción política: la inde­pen­den­cia respecto del Estado monár­quico español. ¿Qué mejor ejemplo de ello que su tío, firmante del acta san­ta­fe­reña del 20 de julio de 1810? Uno de sus con­dis­cí­pu­los fue el san­ta­fe­reño Ber­nar­dino Tobar, quien dio tes­ti­mo­nio de “las luces, enten­di­miento y apli­ca­ción” mani­fes­tada en “el curso lite­ra­rio”, testigo de que había sido en la clase “uno de los más bien notados por su habi­li­dad y conducta”, pues lo había visto defender “con luci­miento y aplauso varios actos lite­ra­rios” y merecer “aprecio y esti­ma­ción de los cate­drá­ti­cos y supe­rio­res”[35].

Durante su carrera de estu­diante, San­tan­der defendió tesis en dos cer­tá­me­nes públicos: el primero versó sobre Derecho Romano, el 11 de julio de 1809, bajo la direc­ción del doctor Pablo Plata. El segundo versó sobre Práctica Forense, cuya acta en lengua latina, tra­du­cida al español, decía: “La norma, el método y los términos propios con que se ha de pro­se­guir, definir y terminar los juicios eje­cu­ti­vos y ordi­na­rios, tanto civiles como cri­mi­na­les, cons­ti­tu­yen la materia del certamen público que sos­ten­drá don Fran­cisco de Paula San­tan­der de Omaña, bajo la direc­ción del doctor don Emigdio Benítez, cate­drá­tico de derecho real en este Colegio Real, Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé el 11 de julio de 1810”[36].

Todos los esco­la­res del Colegio de San Bar­to­lomé tenían que leer a Cornelio Nepote —Vidas de los gene­ra­les famosos de las naciones extran­je­ras[37]—, pero a través de los escritos de San­tan­der también es

35. Carta de Ber­nar­dino Tobar, gober­na­dor de la pro­vin­cia del Socorro, al general San­tan­der. Socorro, 25 de marzo de 1820, en Roberto CORTÁZAR, Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1969, XIII, 40-41.

36. Tras­crita del Archivo del Colegio de San Bar­to­lomé por Pedro María Ibáñez, y publi­cada en “San­tan­der estu­diante”, en Archivo San­tan­der, 1917, XI, 2.

37. En la carta que San­tan­der escribió a su amigo Ale­jan­dro Osorio desde Bogotá, el 21 de mayo de 1821, le dijo: “Digan lo que quieran y con­dé­nenme enho­ra­buena; si no he podido imitar a Mil­cí­a­des, Epa­mi­non­das, Foción, me con­so­laré con que el término de nuestros días sean iguales”. La vida de estos tres gene­ra­les famosos de la Anti­güe­dad es el tema de los capí­tu­los I, XV y XIX de la obra de Cornelio Nepote que San­tan­der debió leer en una de las tres primeras edi­cio­nes bilin­gües, latino-cas­te­llano, de don Rodrigo de OVIEDO: Vidas de los varones ilustres que escribió en latín Cornelio Nepote, Madrid, en la imprenta de Pedro Marín, 1774; 2° edición en 1785; 3° edición en 1795 (en la imprenta que fue de Ramón Ruiz).

posible iden­ti­fi­car a los autores latinos y griegos que leyó en el Colegio: Cayo Cornelio Tácito, Jeno­fonte, Plutarco, Demós­te­nes y Aris­tó­te­les. También leyó textos fran­ce­ses de historia romana antigua. Al comenzar sus Apun­ta­mien­tos para las Memorias sobre Colombia y la Nueva Granada (1837), San­tan­der convocó en auxilio de su esfuerzo de memoria his­tó­rica los libros de las His­to­rias del his­to­ria­dor griego Cayo Cornelio Tácito: “Los escri­to­res que se dejan guiar por el odio o por la adu­la­ción, no piensan en la pos­te­ri­dad; la detrac­ción y la male­di­cen­cia son ávi­da­mente reci­bi­das, porque tienen un aire falso de libertad. En cuanto a mí, no conozco a [Servio] Galba, a Otón, a Vitelio, ni porque me hayan hecho bene­fi­cios ni injurias”[38]. Al comenzar su balance de los tres primeros años de su admi­nis­tra­ción de la Nueva Granada, titulado La Nueva Granada al empezar el año de 1836, escogió San­tan­der como epígrafe una oración del mismo Cayo Cornelio Tácito: Inco­rrup­tam fidem pro­fes­sis, nec amore quisquam, et sine odio dicendus est.

En los mismos Apun­ta­mien­tos de 1837, dejó tes­ti­mo­nio de sus lecturas de las his­to­rias de Jeno­fonte: “Sabe poco de guerra, o ni siquiera ha leído la materia, el que pretende nivelar las ope­ra­cio­nes mili­ta­res de un cuerpo de tropas bisoñas y desa­len­ta­das que van en retirada, con la de cuerpos ague­rri­dos y dis­ci­pli­na­dos que obran defen­si­va­mente. La historia antigua no hace mención sino de la retirada de los 10.000

38. “[...] la verdad era piso­te­ada de mil formas: primero por des­co­no­ci­miento de la realidad de la Repú­blica [...] después por el vicio de la adu­la­ción, así como por el odio hacia los gober­nan­tes. De modo que, sin­tién­dose obli­ga­dos los unos y ofen­di­dos los otros, nadie se pre­o­cu­paba por el futuro [...] Por lo que toca a mi relación con Galba, Otón y Vitelio, no he recibido de ellos bene­fi­cio o per­jui­cio alguno”. Primer párrafo del libro I de los libros de las His­to­rias de Cornelio TÁCITO, c. 109 de nuestra era. La primera tra­duc­ción cas­te­llana, de Baltasar Álamos de Barrien­tos, fue editada en Madrid en 1614, y de ella se hicieron nume­ro­sas reim­pre­sio­nes. El otro libro de Cornelio Tácito es el de los Anales del Imperio Romano, c. 115 de nuestra era.

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moral para alcanzar el grado de bachi­ller en febrero de 1808, pagando la propina corres­pon­diente a la Uni­ver­si­dad de Santo Tomás. Con el doctor Pablo Fran­cisco Plata defendió, en 1809, las tesis sacadas de las Ins­ti­tu­cio­nes de Jus­ti­niano, y en el siguiente año, con el doctor Emigdio Benítez Plata, las con­clu­sio­nes de Derecho Real y de Derecho de Gentes. La práctica forense comenzó a ade­lan­tarla con el doctor Frutos Joaquín Gutié­rrez hasta que el esta­llido de la revo­lu­ción en 1810 la detuvo. Todos estos maestros le mos­tra­ron la misma opción política: la inde­pen­den­cia respecto del Estado monár­quico español. ¿Qué mejor ejemplo de ello que su tío, firmante del acta san­ta­fe­reña del 20 de julio de 1810? Uno de sus con­dis­cí­pu­los fue el san­ta­fe­reño Ber­nar­dino Tobar, quien dio tes­ti­mo­nio de “las luces, enten­di­miento y apli­ca­ción” mani­fes­tada en “el curso lite­ra­rio”, testigo de que había sido en la clase “uno de los más bien notados por su habi­li­dad y conducta”, pues lo había visto defender “con luci­miento y aplauso varios actos lite­ra­rios” y merecer “aprecio y esti­ma­ción de los cate­drá­ti­cos y supe­rio­res”[35].

Durante su carrera de estu­diante, San­tan­der defendió tesis en dos cer­tá­me­nes públicos: el primero versó sobre Derecho Romano, el 11 de julio de 1809, bajo la direc­ción del doctor Pablo Plata. El segundo versó sobre Práctica Forense, cuya acta en lengua latina, tra­du­cida al español, decía: “La norma, el método y los términos propios con que se ha de pro­se­guir, definir y terminar los juicios eje­cu­ti­vos y ordi­na­rios, tanto civiles como cri­mi­na­les, cons­ti­tu­yen la materia del certamen público que sos­ten­drá don Fran­cisco de Paula San­tan­der de Omaña, bajo la direc­ción del doctor don Emigdio Benítez, cate­drá­tico de derecho real en este Colegio Real, Mayor y Semi­na­rio de San Bar­to­lomé el 11 de julio de 1810”[36].

Todos los esco­la­res del Colegio de San Bar­to­lomé tenían que leer a Cornelio Nepote —Vidas de los gene­ra­les famosos de las naciones extran­je­ras[37]—, pero a través de los escritos de San­tan­der también es

35. Carta de Ber­nar­dino Tobar, gober­na­dor de la pro­vin­cia del Socorro, al general San­tan­der. Socorro, 25 de marzo de 1820, en Roberto CORTÁZAR, Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1969, XIII, 40-41.

36. Tras­crita del Archivo del Colegio de San Bar­to­lomé por Pedro María Ibáñez, y publi­cada en “San­tan­der estu­diante”, en Archivo San­tan­der, 1917, XI, 2.

37. En la carta que San­tan­der escribió a su amigo Ale­jan­dro Osorio desde Bogotá, el 21 de mayo de 1821, le dijo: “Digan lo que quieran y con­dé­nenme enho­ra­buena; si no he podido imitar a Mil­cí­a­des, Epa­mi­non­das, Foción, me con­so­laré con que el término de nuestros días sean iguales”. La vida de estos tres gene­ra­les famosos de la Anti­güe­dad es el tema de los capí­tu­los I, XV y XIX de la obra de Cornelio Nepote que San­tan­der debió leer en una de las tres primeras edi­cio­nes bilin­gües, latino-cas­te­llano, de don Rodrigo de OVIEDO: Vidas de los varones ilustres que escribió en latín Cornelio Nepote, Madrid, en la imprenta de Pedro Marín, 1774; 2° edición en 1785; 3° edición en 1795 (en la imprenta que fue de Ramón Ruiz).

posible iden­ti­fi­car a los autores latinos y griegos que leyó en el Colegio: Cayo Cornelio Tácito, Jeno­fonte, Plutarco, Demós­te­nes y Aris­tó­te­les. También leyó textos fran­ce­ses de historia romana antigua. Al comenzar sus Apun­ta­mien­tos para las Memorias sobre Colombia y la Nueva Granada (1837), San­tan­der convocó en auxilio de su esfuerzo de memoria his­tó­rica los libros de las His­to­rias del his­to­ria­dor griego Cayo Cornelio Tácito: “Los escri­to­res que se dejan guiar por el odio o por la adu­la­ción, no piensan en la pos­te­ri­dad; la detrac­ción y la male­di­cen­cia son ávi­da­mente reci­bi­das, porque tienen un aire falso de libertad. En cuanto a mí, no conozco a [Servio] Galba, a Otón, a Vitelio, ni porque me hayan hecho bene­fi­cios ni injurias”[38]. Al comenzar su balance de los tres primeros años de su admi­nis­tra­ción de la Nueva Granada, titulado La Nueva Granada al empezar el año de 1836, escogió San­tan­der como epígrafe una oración del mismo Cayo Cornelio Tácito: Inco­rrup­tam fidem pro­fes­sis, nec amore quisquam, et sine odio dicendus est.

En los mismos Apun­ta­mien­tos de 1837, dejó tes­ti­mo­nio de sus lecturas de las his­to­rias de Jeno­fonte: “Sabe poco de guerra, o ni siquiera ha leído la materia, el que pretende nivelar las ope­ra­cio­nes mili­ta­res de un cuerpo de tropas bisoñas y desa­len­ta­das que van en retirada, con la de cuerpos ague­rri­dos y dis­ci­pli­na­dos que obran defen­si­va­mente. La historia antigua no hace mención sino de la retirada de los 10.000

38. “[...] la verdad era piso­te­ada de mil formas: primero por des­co­no­ci­miento de la realidad de la Repú­blica [...] después por el vicio de la adu­la­ción, así como por el odio hacia los gober­nan­tes. De modo que, sin­tién­dose obli­ga­dos los unos y ofen­di­dos los otros, nadie se pre­o­cu­paba por el futuro [...] Por lo que toca a mi relación con Galba, Otón y Vitelio, no he recibido de ellos bene­fi­cio o per­jui­cio alguno”. Primer párrafo del libro I de los libros de las His­to­rias de Cornelio TÁCITO, c. 109 de nuestra era. La primera tra­duc­ción cas­te­llana, de Baltasar Álamos de Barrien­tos, fue editada en Madrid en 1614, y de ella se hicieron nume­ro­sas reim­pre­sio­nes. El otro libro de Cornelio Tácito es el de los Anales del Imperio Romano, c. 115 de nuestra era.

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de Jeno­fonte”[39]. En 1816 no quedaban libres del dominio español sino las pro­vin­cias del Casanare y Popayán. El grupo derro­tado en Cachirí decidió reti­rarse al Casanare para unirse a las tropas que mandaba en los llanos vene­zo­la­nos el general Rafael Urdaneta y en Guas­dua­lito el coronel Valdés. El 5 de mayo de 1816 salieron de Santafé la mayoría de los jefes y ofi­cia­les hacia los llanos de Vene­zuela, aunque en el camino muchos aban­do­na­ron la partida. En estos Apun­ta­mien­tos, San­tan­der explicó el desastre de Cachirí haciendo una com­pa­ra­ción con la retirada de los griegos del Imperio Persa. En los mismos Apun­ta­mien­tos, dejó un tes­ti­mo­nio de sus lecturas de Plutarco: “No hubo impu­ta­ción que no me hicieran ni calumnia que no inven­ta­ran [...] porque yo había nacido en Cúcuta, de padres de pequeña fortuna, y no había hecho como militar lo que Ale­jan­dro y César”[40].

En la carta que dirigió al general José Antonio Páez desde Angos­tura, el 22 de junio de 1818, demostró sus lecturas de Demós­te­nes: al defender la auto­no­mía del Casanare respecto del mando de Páez y del gobierno pro­vi­sio­nal vene­zo­lano esta­ble­cido en Angos­tura, San­tan­der le recordó que la pro­vin­cia de Casanare había per­te­ne­cido a la Con­fe­de­ra­ción Gra­na­dina, la cual había tenido sus leyes, sus fun­cio­na­rios y sus ins­ti­tu­cio­nes. Como nunca había per­te­ne­cido a Vene­zuela, su inde­pen­den­cia tenía que ser man­te­nida, como la de la Nueva Granada respecto de Vene­zuela, así se formara con un gran acuerdo “la gran Nación Gra­na­dina Vene­zo­lana”. Sus sen­ti­mien­tos en este sentido no podían ser cri­mi­na­li­za­dos, como no lo había sido “Demós­te­nes, cuando excitaba a los ate­nien­ses a no recibir la ley de los mace­do­nios, sino a los ojos de Filipo”[41].

En su primer relato his­tó­rico sobre la campaña del general Bolívar en la Nueva Granada de 1819, probó su lectura de Aris­tó­te­les: “Nuestros refor­ma­do­res hicieron lo que no hizo Solón, a quien creo

39. JENO­FONTE. Las obras de Xeno­fonte ate­niense. Tras­la­da­das de griego en cas­te­llano por el secre­ta­rio Diego Gracián, 2 ed., tomo II (Historia de la entrada de Cyro el menor en el Asia, y de la retirada de los diez mil griegos que fueron con él), Madrid. Imprenta Real de la Gazeta, 1781.

40. PLUTARCO. Ale­jan­dro-César. Vidas para­le­las, tra­duc­ción del griego por Antonio Ranz Roma­ni­llos, Madrid, Imprenta Nacional, 1821.

41. DEMÓS­TE­NES. Primer discurso contra Filipo, c. 351 a.C. No se ha podido iden­ti­fi­car la edición que leyó San­tan­der.

con más talento que ellos: este formó su legis­la­ción y su gobierno, según el carácter y cos­tum­bres de los ate­nien­ses, en vez de que aquellos, rodeados de enemigos, ganando y per­diendo el terri­to­rio, qui­sie­ron de repente acomodar el carácter de los gra­na­di­nos a una legis­la­ción de hombres per­fec­ta­mente libres”[42]. En la carta que dirigió al coronel José María Vergara en 1819, mostró la fuente de sus cono­ci­mien­tos sobre la historia romana antigua: René AUBERT, abate de Vertot, Historia de las revo­lu­cio­nes de la Repú­blica Romana, París, D'Herhan pour la Maison de frères Mame, 1810. En su biblio­teca personal existía un ejemplar con sus ini­cia­les en la portada. Pudo por ello escribir: “La pos­te­ri­dad tendrá que olvidar a Cin­ci­nato y a Camilo, y en vez de pre­sen­tar­los como modelos de virtudes cívicas y mili­ta­res, y de recor­dar­los por la gene­ro­si­dad con que se des­pren­die­ron de la auto­ri­dad suprema, no recor­dará ni pre­sen­tará a otro que al gran Bolívar”[43].

Quien leía a Cornelio Nepote, también leía las Vidas para­le­las de Plutarco. Y así lo consignó San­tan­der en su réplica al doctor Fran­cisco Javier Yanes: “Arís­ti­des, que mereció el renombre de Justo, y que hizo desechar, como injusto, aquel proyecto útil de Temís­to­cles, en una ocasión, dice Plutarco, que sacri­ficó la justicia a la utilidad y con­ve­nien­cia públicas”[44]. También lo hizo en la defensa de su honor y “probidad a toda prueba” que hizo ante el secre­ta­rio general del Liber­ta­dor: como “puedo desafiar al mismo Arís­ti­des a que me exceda en inte­gri­dad”, pudo decir que “por mis manos no ha corrido ni he querido que corra ni un solo real del emprés­tito inglés”[45].

Para Ber­nar­dino Tobar, la edu­ca­ción que había recibido San­tan­der en el Colegio de San Bar­to­lomé había sido una cir­cuns­tan­cia feliz,

42. Roberto CORTÁZAR. Cartas y mensajes de San­tan­der, I, 294-295. ARIS­TÓ­TE­LES. Politeía (Cons­ti­tu­ción de los ate­nien­ses), c. 347 a.C., 5-13.

43. Carta de San­tan­der al coronel José María Vergara. La Laguna del Casanare, 8 de abril de 1819.

44. Carta de San­tan­der a Fran­cisco Javier Yanes. Bogotá, 7 de marzo de 1822, en Archivo San­tan­der, 1916, VIII, 132.

45. Carta de San­tan­der al general José Gabriel Pérez. Bogotá, 8 de febrero de 1837, en Archivo San­tan­der, 1919, XVI, 212. Tanto Plutarco como Cornelio Nepote aco­gie­ron como vida ejemplar al general ate­niense Arís­ti­des, apodado el Justo por su ecua­ni­mi­dad, quien murió en extrema pobreza después de haber luchado contra los persas y de haber deter­mi­nado la con­tri­bu­ción de cada polis al tesoro colec­tivo de la con­fe­de­ra­ción de los griegos.

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PRO­PIE­DA­DES INMO­BI­LIA­RIAS

pues muchos de los jefes mili­ta­res de su gene­ra­ción que no la tuvieron no pudieron por ello corres­pon­der bien a lo que se esperaba por su naci­miento. Para Eusebio Borrero, com­pa­ñero de “la carrera de las letras” y amigo desde los primeros tiempos de la juventud, quien también en 1810 abandonó “la carrera lite­ra­ria para abrazar la carrera militar”, la amistad llevada en San Bar­to­lomé había sido marcada por “el carácter de la fran­queza, sin­ce­ri­dad y buena fe”, que la hacía de las mejores entre todas las amis­ta­des de la vida[46]. Esta­nis­lao Vergara atribuyó a dos de sus maestros, su tío Nicolás Mauricio de Omaña (cura de la catedral) y al doctor Frutos Joaquín Gutié­rrez, el aliento para lanzarse con la con­vic­ción del patrio­tismo a la expe­rien­cia militar repu­bli­cana.

Durante la expe­rien­cia de la campaña de los llanos de Vene­zuela, durante los años 1817 y 1818, San­tan­der comparó su esmerada for­ma­ción, “bajo prin­ci­pios libe­ra­les”, con la sociedad de soldados vene­zo­la­nos que lo acogió, en cuyas barracas no podían recibir “el régimen des­ti­nado a con­ser­var los derechos del ciu­da­dano y a promover su feli­ci­dad”. Se hizo cons­ciente de su dife­ren­cia, no solo porque había sido “ali­men­tado con las doc­tri­nas de los más ilustres abogados de los derechos del hombre”, que lo habían hecho “un amante de la libertad” y un “vehe­mente apa­sio­nado de las formas repu­bli­ca­nas”, sino porque había tenido la expe­rien­cia de actuar como “ciu­da­dano de la Nueva Granada, cuyo filan­tró­pico gobierno quizás fue el más repu­bli­cano de todos los nuevos Estados de América”, es decir, del gobierno del Congreso de las Pro­vin­cias Unidas de la Nueva Granada (1812-1816)[47].

46. Carta de Eusebio Borrero al general San­tan­der. Cali, 27 de enero de 1821, en Roberto CORTÁZAR. Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1964, III, 136.

47. Fran­cisco de Paula SAN­TAN­DER. “Memorias sobre el origen, causas y progreso de las desa­ve­nen­cias entre el pre­si­dente de la Repú­blica de Colombia, Simón Bolívar, y el vice­pre­si­dente de la misma, Fran­cisco de Paula San­tan­der, escritas por un colom­biano en 1829”, en Archivo San­tan­der, 1932, XXIV, 199.

PRO­PIE­DA­DES INMO­BI­LIA­RIAS

Como los calum­nia­do­res le asig­na­ron a San­tan­der muchos bienes inmo­bi­lia­rios, deri­va­dos de un supuesto fraude a los fondos del último emprés­tito inglés, gracias a su tes­ta­mento de 1838 podemos iden­ti­fi­car los siguien­tes bienes reales, adqui­ri­dos gracias a las recom­pen­sas por sus ser­vi­cios mili­ta­res y a los sueldos que le fueron pagados por el Tesoro Nacional.

Para empezar, su resi­den­cia familiar de dos plantas y techos de tejas, que ree­di­ficó en la esquina noroc­ci­den­tal de la plazuela de San Fran­cisco en Bogotá (Carrera séptima con Calle 16 de la actual nomen­cla­tura urbana), frente a la iglesia de la Tercera Orden Fran­cis­cana. La recibió como recom­pensa extra­or­di­na­ria del general Bolívar (decreto del 12 de sep­tiem­bre de 1819) por sus ser­vi­cios en el mando de la Van­guar­dia del Ejército Liber­ta­dor, y había per­te­ne­cido a un español emigrado, don Vicente Córdova[48]. La ree­di­ficó por los daños que sufrió durante el terre­moto acaecido el 16 de noviem­bre de 1827. En ella tenía su biblio­teca, sus vajillas, el ajuar domés­tico, sus alhajas y 8.000 pesos en vales de deuda pública, deri­va­dos de sueldos que se le adeu­da­ban por su empleo de vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca y por prés­ta­mos que hizo al gobierno en momentos de escasez de la Teso­re­ría. Pegada a esta, en el costado oriental, una casa pequeña de dos pisos y techos de tejas, que ree­di­ficó sobre cuatro tiendas com­pra­das a don Enrique Umaña, que fue la resi­den­cia de su hermana Josefa San­tan­der y sus hijas, a quienes les hizo donación tes­ta­men­ta­ria, con 6.000 pesos en dinero.

La hacienda de Hato­grande, que él llamó de Los Amigos, en juris­dic­ción de la parro­quia de Sopó, junto al camino real entre los ríos Sopó y Bogotá, dotada con potreros de cría y ceba de ganados, cercas de piedra y corrales. Fue recibida del Liber­ta­dor como indem­ni­za­ción por el tiempo de ser­vi­cios mili­ta­res pres­ta­dos en Vene­zuela durante los años 1816 a 1819, sin sueldo alguno, pero solo las tierras con la casa

48. Esta casa se le adjudicó a San­tan­der en 8.178 pesos, y sobre ella pesaba un censo de 1.492 pesos en favor del monas­te­rio de la Con­cep­ción.

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y las cercas arrui­na­das, con el gravamen de un censo del convento de Santa Clara. Sobre esta hacienda, que había per­te­ne­cido a un pres­bí­tero español emigrado, Pedro Bujanda, pesaban entonces las rentas anuales de dos capi­ta­les que habían sido tomados en préstamo: 120 pesos anuales por un capital de 2.400 pesos que heredó como gravamen de un censo antiguo del monas­te­rio de Santa Clara de Bogotá, y 410 pesos anuales por un capital de 8.200 pesos que tomó en préstamo al Colegio de Pamplona para comprar ganados, hacer cercas nuevas, casa, corra­le­jas, desagües y división de potreros. Con los ahorros de sus sueldos la fue mejo­rando, y en 1830 fue saqueada por los revol­to­sos de El San­tua­rio. Tadeo Cuéllar fue el fiel mayor­domo admi­nis­tra­dor de esta hacienda, espe­cial­mente en los tiempos del des­tie­rro europeo[49].

La estancia llamada La Resaca, en juris­dic­ción de Chía, entre las hacien­das de Yer­ba­buena y Agua Caliente, que compró a los hermanos Guzmán, sobre la cual pesaba una renta anual derivada de un capital tomado en préstamo al monas­te­rio de La Con­cep­ción de Bogotá. En el camino del Carare, pro­vin­cia de Vélez (hoy Lan­dá­zuri), 10.000 fane­ga­das de tierras baldías que compró, las cuales pobló de ganados y de cultivos, bajo la direc­ción de Antonio María Díaz.

Gracias a sus elevados salarios, corres­pon­dien­tes a seis años como vice­pre­si­dente de Colombia y a cinco años como pre­si­dente de la Nueva Granada, el tes­ta­mento iden­ti­ficó al gran número de personas que reci­bie­ron dineros pres­ta­dos de San­tan­der: Gabriel Rosas recibió 2.500 pesos a interés, con garantía hipo­te­ca­ria de su casa en la esquina del Colegio del Rosario, y once personas, la mayoría ofi­cia­les del ejército, reci­bie­ron un total de 4.011 pesos. Se agregan a esta suma 5.116 pesos que fueron pres­ta­dos a 22 personas de su círculo cercano, juzgados inco­bra­bles, de los cuales 2.000 los recibió el general José Padilla para comprar una casa en Car­ta­gena y 1.000 pesos el coronel José Concha, pariente. Final­mente, los 8.000 pesos que prestó a Antonio Caro para que pagase sus deudas y cuyo pago condonó a la

49. Esta hacienda estuvo arren­dada en el bienio 1819-1820 a Ambrosio Almeida, ministro del Tesoro Público de Bogotá, por 1.000 pesos anuales. Sobre el capital en que se estimó, 20.000 pesos, se reco­no­cía el censo de 2.400 pesos al monas­te­rio de Santa Clara, con un interés anual de 5%.

viuda Nicolasa Ibáñez, como reco­no­ci­miento a sus espe­cia­les favores durante las per­se­cu­cio­nes que sufrió en 1828.

En 1827 tenía San­tan­der otra casa cercana al convento de San Juan de Dios, que después de refac­cio­nada vendió, y la quinta Santa Catalina de Fucha, resi­den­cia de doña Nicolasa Ibáñez, que fue comprada por ella con lo pro­du­cido por la venta de unas ropas suyas, según un vale por 7.000 pesos que endosó a Antonio Caro. No hay que olvidar que también tuvo pérdidas en su haber, no solo por el terre­moto sino por un robo que sufrió en 1827, además del saqueo de caballos y ganados que hicieron los soldados del batallón Callao en Hato­grande durante el año 1830. Desde 1825, y en los últimos años de su vida, San­tan­der tuvo una estancia en Tena.

Los únicos regalos que San­tan­der aceptó, y que atesoró en su casa por su valor sim­bó­lico, fueron los siguien­tes: el libro escrito por el abate Domi­ni­que de Pradt y titulado La Europa y la América en 1821 (Burdeos, Juan Pinard impresor, 1822), la espada que la ciudad de Dublín le dio al general irlandés D'Evereaux y que este trajo a Vene­zuela, la medalla de los liber­ta­do­res de Cun­di­na­marca y la de Boyacá, que le fue entre­gada por la ciudad de Bogotá; los retratos de los cinco primeros pre­si­den­tes de los Estados Unidos y una carta geo­grá­fica que le fueron entre­ga­dos por el coronel Todd, primer comi­sio­nado de los Estados Unidos; tres retratos (el rey George IV, el Duque de York y el ministro Canning) que le fueron entre­ga­dos por el coronel Hamilton; una estatua de Napoleón en bronce que le trajo el hijo del general Wilson, una pintura de Napoleón que le trajo el caba­llero Fran­cisco D'Esmenard, y varios libros de política y arte militar que le fueron donados por varios ciu­da­da­nos para su biblio­teca.

Manuel José Hurtado le remitió desde Londres, en noviem­bre de 1826, otro libro del abate de Pradt (Ver­da­dero sistema de Europa con respecto a la América y la Grecia, París, 1825), los tres tomos de las Obras dra­má­ti­cas y líricas de Leandro Fer­nán­dez de Moratín (París, 1825) y tres Cate­cis­mos de Historia Antigua, Historia Romana e Historia Griega. Por su parte, José Fer­nán­dez Madrid le remitió desde París otra obra que el abate de Pradt había dedicado al Congreso Mexicano, Con­cor­dat de l'Amerique avec Rome (París, Béchet Ainé, 1827), que ese mismo año también fue publi­cada en español.

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CARÁCTER

CARÁCTER

Los hombres de la época de San­tan­der tenían carácter, cul­ti­vado desde las expe­rien­cias de la niñez en los modelos pater­na­les, y después en algún colegio mayor de Santafé. Las expe­rien­cias siguien­tes ter­mi­na­ban el modelado de la per­so­na­li­dad, con lo cual en la avanzada edad madura se podía decir que el hombre era “un carácter”, listo para ingresar a alguna galería de hombres ilustres o notables, como la que publicó don José María Samper Agudelo[50]. Para sus con­tem­po­rá­neos, el carácter del general San­tan­der era muy dife­rente del carácter de su con­dis­cí­pulo, el doctor José Ignacio de Márquez, y quizás esa fue la razón por la que el primero apoyó con su influjo a Joaquín Mosquera para la vice­pre­si­den­cia de la Nueva Granada, “pues no era amigo de Márquez”, como anotó José Manuel Restrepo en su Historia de la Nueva Granada.

Este primer his­to­ria­dor de la nación colom­biana, cono­ce­dor como nadie del carácter de San­tan­der, pues lo acompañó dia­ria­mente en el Consejo de Gobierno durante la primera expe­rien­cia colom­biana, nos dejó su impre­sión negativa:

Criado en los campos de la guerra de inde­pen­den­cia, San­tan­der era duro, des­pó­tico y no sufría sin irri­tarse con­tra­dic­ción, ni opo­si­ción alguna. Este carácter lo tenía hasta en el Consejo de Gobierno, en que a veces trataba a sus secre­ta­rios, y aún a los vice­pre­si­den­tes, con una indi­fe­ren­cia que rayaba en des­cor­te­sía. Can­sá­ba­los así, y les hacía odioso el despacho[51].

Para Restrepo, el prin­ci­pal defecto de San­tan­der era la into­le­ran­cia, que chocaba a muchos, “pues no podía sufrir la más leve opo­si­ción sin que se irritara, atacando con acri­mo­nia a sus enemigos

50. José María SAMPER. Galería nacional de hombres notables, o sea colec­ción de bocetos bio­grá­fi­cos, Bogotá, Imprenta de Zalamea, por F. Ferro, 1879. Este escritor liberal se ocupó de la bio­gra­fía de 25 hombres notables de la Nueva Granada, y de la de Simón Bolívar.

51. José Manuel RESTREPO. Historia de la Nueva Granada (1832-1845), Bogotá, Cromos, 1952, I, 37.

polí­ti­cos, ya de palabra, ya por escrito”, y ese rasgo le había gran­je­ado mucha opo­si­ción en las legis­la­tu­ras. No hay que olvidar el lugar de su naci­miento, la Villa del Rosario de Cúcuta, donde ese tipo de per­so­na­li­da­des hirsutas y des­cor­te­ses abundan hasta nuestros días, y el impacto que producía en la sociedad cor­te­sana de los san­ta­fe­re­ños, plena de cor­te­sías y con­si­de­ra­cio­nes. En la tercera cláusula de su tes­ta­mento de 1838, San­tan­der dejó cons­tan­cia de su malestar por las ver­sio­nes de sus enemigos que le restaban nobleza:

Mis padres, ambos, así como sus ascen­dien­tes, de familias nobles, que bajo el gobierno español obtu­vie­ron destinos públicos de honor y dis­tin­ción. Digo esto para des­men­tir a mis enemigos, que me han querido negar hasta mi naci­miento por adular a Bolívar, no porque yo haya hecho caso después de la revo­lu­ción por la inde­pen­den­cia de seme­jante origen, per­sua­dido, como he estado, y estoy, de que las virtudes son las que forman la mejor nobleza. Por esto he fundado una ente­ra­mente nueva, cuya base han sido mis con­ti­nuos ser­vi­cios a mi país, a quien le he guardado entera fide­li­dad, y en donde me he manejado con honradez e inte­gri­dad.

A pesar de que Restrepo reco­no­ció “el buen juicio y la rectitud” de San­tan­der, no dejó de cri­ti­carle “sus fuertes pasiones” y la cos­tum­bre de res­pon­der “con enfado y acri­mo­nia”[52]. El modo como fue ase­si­nado el general Sardá por quienes pudieron cap­tu­rarlo con vida, era un ejemplo de una “abe­rra­ción” de las órdenes de San­tan­der, y de su jus­ti­fi­ca­ción, “ori­gi­nada acaso de sus fuertes pasiones”. También le iden­ti­ficó a San­tan­der la manía de “elo­giarse con fre­cuen­cia, lo que era una vanidad que muchos no le per­do­na­ban”.

Al examinar el último mensaje que San­tan­der leyó ante el Congreso de 1837, Restrepo rescató el ideario de San­tan­der en favor de la edu­ca­ción de la nueva gene­ra­ción de gra­na­di­nos en los prin­ci­pios reli­gio­sos y morales. No deberían aban­do­nar la moral y la doctrina del Evan­ge­lio, pero tampoco entre­garse al fana­tismo reli­gioso. Por eso su insis­ten­cia en la ense­ñanza de la obra de Jeremy Bentham se basaba

52. José Manuel Restrepo. Historia de la Nueva Granada, obra citada, 1952; I, 66-67.

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en un malen­ten­dido, pues creía que el fana­tismo le quería arrancar una con­ce­sión que lo pre­sen­ta­ría como débil. El carácter de San­tan­der expre­saba su tena­ci­dad, y por ello “no cedía un ápice de sus con­vic­cio­nes”. El ideario liberal de San­tan­der era, en con­se­cuen­cia, “abso­lu­ta­mente dife­rente, y aún con­tra­rio, al que surgió después, bajo la Admi­nis­tra­ción del 7 de marzo de 1849”[53].

El rasgo que más admiró Restrepo de San­tan­der fue su extra­or­di­na­ria capa­ci­dad de trabajo en el despacho minis­te­rial. Durante la última admi­nis­tra­ción de San­tan­der, sus secre­ta­rios de despacho parecían solo auxi­lia­res suyos, en especial en la Secre­ta­ría de Guerra, donde el general Antonio Obando solo parecía pres­tarse para firmar lo que redac­taba el pre­si­dente. El secre­ta­rio de Hacienda, Fran­cisco Soto, entendía poco de las cifras que la Con­ta­du­ría General ela­bo­raba para los estados gene­ra­les de las cuentas, y era incapaz de formar un plan com­bi­nado sobre alguna renta o sobre el crédito público; pero por su orden y severa probidad pudo mejorar lo que encontró con una rigurosa economía. Coin­ci­día con San­tan­der en un criterio fiscal con­ser­va­dor, ajeno a reformas y ensayos que no estu­vie­ran bien fundados en los cálculos del recaudo y de los gastos.

Al pro­du­cirse el falle­ci­miento de San­tan­der, Restrepo consignó su balance del per­so­naje con las siguien­tes palabras:

San­tan­der era alto, un poco grueso, y de una fiso­no­mía varonil. Su genio era natu­ral­mente áspero e into­le­rante como de un militar que había pasado mucha parte de su vida mandando soldados, cir­cuns­tan­cia que afectaba gran número de sus acciones. Poseía talentos sólidos y bri­llan­tes. Al mismo tiempo que des­pa­chaba con sus secre­ta­rios los negocios más difí­ci­les del Gobierno, escribía cartas y artí­cu­los para los perió­di­cos. Gustaba sobre­ma­nera de esta clase de escritos, y en el curso de su vida le causó muchos dis­gus­tos la pasión que le dominaba, de escribir para las gacetas y de con­tes­tar cuanto decían contra él. Escribía fácil y correc­ta­mente. Su estilo era cáustico por lo común, lo que no le per­do­na­ban aquellos contra quienes se dirigía, espe­cial­mente cuando ocupaba la silla pre­si­den­cial. Conocía bien la legis­la­ción de la Nueva Granada, su

53. José Manuel Restrepo, obra citada, 1952, I, 114.

admi­nis­tra­ción, sus rentas y todo cuanto tenía relación con su gobierno y política exterior. Su lectura e ins­truc­ción eran extensas e hijas de una gran memoria y pene­tra­ción. Tenía firmeza, acti­vi­dad y energía para obrar, método y cons­tan­cia en el trabajo. Sus pasiones eran fuertes y un poco ren­co­ro­sas y no sufrían con­tra­dic­cio­nes[54].

Sobre su legen­da­ria capa­ci­dad de trabajo buro­crá­tico, una evi­den­cia temprana son sus propias palabras, diri­gi­das a José María del Castillo:

Mi trabajo es inso­por­ta­ble. Despacho lo mismo que ahora un año en el Depar­ta­mento [de Cun­di­na­marca], es decir, a mí ocurren con cuantos negocios les vienen al caso; mas, tengo que trabajar para los minis­te­rios y que cumplir las leyes del congreso. Para todo no tengo sino a Esta­nis­lao Vergara. Yo trabajo como un oficial de pluma en la oficina; soy además general y cabo, soy alcalde para escuchar demandas, y crea usted que me falta tiempo para comer. Estoy deses­pe­rado hasta un punto excesivo; o ustedes me admiten la renuncia sin dejarme más deses­pe­rar o aquí ponen secre­ta­rios sufi­cien­tes, porque de otro modo es preciso des­pa­charlo todo tarde y mal. Mi genio no sufre dila­cio­nes; quiero hacerlo todo inme­dia­ta­mente y que todos lo hagan lo mismo[55].

Además de su gran capa­ci­dad de trabajo, uno de los rasgos del carácter de San­tan­der fue su capa­ci­dad de inte­gra­ción con todas las personas y con todos los grupos sociales. Era muy conocido el gusto que le daban los paseos por el altozano de la Catedral y por la Calle de la Carrera, siempre atento a inter­ve­nir en cuanta con­ver­sa­ción se ofre­ciera, ente­rán­dose de todos los chismes polí­ti­cos que corrían. Par­ti­ci­paba con su tiple en tenidas de toda clase, comiendo y bebiendo cuanta comida popular le ofre­cie­ran. Aunque muchos de los ingleses fueron par­ti­da­rios del general Bolívar, algunos fueron deci­di­dos par­ti­da­rios suyos, como su edecán Charles Willthew, el cónsul James Hen­der­son

54. José Manuel RESTREPO, obra citada, 1952, I, 168.

55. Carta del vice­pre­si­dente del Depar­ta­mento de Cun­di­na­marca al vice­pre­si­dente interino de Colombia, José María del Castillo y Rada. Bogotá, 30 de agosto de 1821, en CORTÁZAR, Cartas y mensajes, 1954, III, 324.

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y su con­cu­ñado William Wills. El perió­dico bilingüe El Cons­ti­tu­cio­nal acogió, en lengua inglesa, un comen­ta­rio de algún inglés sobre la sen­ci­llez del general San­tan­der en los tiempos en que ejercía el cargo de vice­pre­si­dente de Colombia:

El general San­tan­der y las prin­ci­pa­les auto­ri­da­des com­par­ten la más humilde de las comidas en los potreros, sentados al lado de cual­quier ciu­da­dano que quisiera ubicarse en el asiento cercano a ellos; quizás parezca un espec­tá­culo des­pre­cia­ble y bajo ante los ojos de la sublime jerar­quía de la Santa Alianza, pero, para nosotros, y para todos aquellos que reco­no­cen el gran prin­ci­pio de la Sobe­ra­nía del Pueblo, fue uno de los más dignos e impo­nen­tes que podría pre­sen­tar un gobierno.[56]

Al comparar el carácter de San­tan­der con el del inmi­grante inglés William Wills, ambos casados con una señorita Pontón Pie­dra­hita, el falle­cido his­to­ria­dor Malcolm Deas señaló la afinidad de sus res­pec­ti­vos carac­te­res: “un tem­pe­ra­mento enérgico y empren­de­dor, y una gran memoria para los odios y los resen­ti­mien­tos”.[57]

56. El Cons­ti­tu­cio­nal, Bogotá, 12 (12 de agosto de 1824). Citado por Malcolm Deas, Vida y opi­nio­nes de William Wills, Bogotá, Banco de la Repú­blica, 1996, I, 39.

57. Malcolm Deas, Vida y opi­nio­nes de William Wills, Bogotá, Banco de la Repú­blica, 1996, I, 178.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.