Datos biográficos. Nueve experiencias básicas. Seguir la carrera de estudios. Propiedades. Carácter.
Item los dos mil i quinientos pesos que tengo ordenado se saquen del quinto de mis bienes en todo caso los destino en la forma siguiente: mil i quinientos pesos para recompensar la persona que se encargue de arreglar todos mis papeles oficiales i particulares, i escribir según ellos, i los papeles impresos, una especie de historia de mi vida pública i de mis servicios a la patria, que acredite a la posteridad que he procurado ser un ciudadano útil a ella, i los otros mil pesos para que se imprima dicho trabajo, cuya operación encargo encarecidamente a mis albaceas i herederos. (Cláusula 34 del testamento cerrado, escrito de su puño y letra por el general de división Francisco de Paula Santander en Bogotá, el 19 de enero de 1838).
Este libro ha intentado cumplir esta voluntad testamentaria del general Francisco de Paula Santander, limitándose a ofrecer al lector una especie de historia de su vida pública y de sus servicios, tanto a la primera República de Colombia como al Estado de la Nueva Granada, para demostrar que efectivamente fue, en el mundo en el que le tocó vivir, un ciudadano útil en grado sumo a su patria. Este hombre público quiso que su vida fuese propiedad de una historia imparcial: inspirado en sus lecturas de las historias romanas antiguas de Cornelio Tácito, deseó en sus Apuntamientos históricos —terminados en octubre de 1837— que
la historia de la Nueva Granada fuera escrita por hombres “libres de odios e innobles pasiones”, quienes al examinar imparcialmente los hechos pudiesen examinar sus causas, pesando las circunstancias que influyeron en ellos y haciendo observaciones exactas y serenas.
El general Santander desempeñó muchos empleos públicos y sació todas sus ambiciones, tanto en la carrera militar como en el ejercicio de la política. En los ejércitos republicanos, ascendió desde suboficial hasta general de división; en los gobiernos de Colombia y la Nueva Granada, fue vicepresidente y presidente; en la Gran Convención de Ocaña, uno de los diputados elegido por varias provincias; en las legislaturas colombianas (1823-1826), objetor de muchas de las leyes aprobadas; en el Congreso de la Nueva Granada, diputado ante la Cámara de Representantes. Durante dieciocho años fue primera figura de los asuntos estatales, después de nueve años de campañas militares por muchas provincias; se relacionó con todos los hombres prominentes de su generación, ganó y perdió la confianza del Libertador presidente, sufrió persecuciones y el exilio.
Siempre tuvo plena conciencia de que su generación, y él mismo, estaban haciendo una nueva historia en su patria. Por ello no ahorró esfuerzos para escribir las memorias históricas de los cinco acontecimientos más ruidosos de los que fue testigo y actor privilegiado: la campaña libertadora que salió de Mantecal y obtuvo su triunfo decisivo en el campo de Boyacá, la ejecución de 38 oficiales al servicio del rey el 11 de octubre de 1819, la insubordinación del general Páez en 1826, la conspiración del 25 de septiembre de 1828 para capturar al general Bolívar, y sus desavenencias con el Libertador presidente desde 1827. Agregó unos Apuntamientos sobre otros acontecimientos que habían servido a sus enemigos para afear su conducta y reputación. En sus relatos de todos estos episodios históricos tan ruidosos y polémicos se jugó sus sentimientos de honor y su buen nombre, tan caros en su vida. Aspiró a ser juzgado por la posteridad, no por hechos aislados o por acciones incoherentes, sino por todo el conjunto de su vida pública, atendiendo a las circunstancias que en cada caso le obligaron a elegir una opción. Se esmeró por fundar una reputación de patriotismo, de servicios y de lealtad a su patria.
El tiempo de la existencia de Francisco de Paula Santander se extiende en los 48 años comprendidos entre 1792 y 1840, con lo cual vivió durante sus primeros 18 años bajo el régimen monárquico del Virreinato de Santafé y en la provincia limítrofe con la Capitanía General de Venezuela, una circunstancia ajena a su voluntad que permitió a Miguel Antonio Caro tacharlo de “rayano” [fronterizo], ignorando sus cinco años de estancia juvenil como colegial en Santafé. Entre 1810 y 1816 vivió la experiencia de las primeras repúblicas provinciales, abandonando la opción del Estado de Cundinamarca para abrazar la del Congreso de las Provincias Unidas, decidiéndose por el servicio militar y sufriendo las derrotas del Llano de Carrillo y del páramo de Cachirí. Vino enseguida su experiencia del exilio en la provincia del Casanare hasta su encuentro con el general Bolívar, quien lo convirtió en el líder del cuerpo de vanguardia del Ejército Libertador que tuvo su golpe de suerte en el campo del río Teatinos, en la parroquia de Santiago Apóstol de Boyacá.
Desde septiembre de 1819 condujo por dos años el gobierno militar del departamento de Cundinamarca, cuyas realizaciones le valieron el empleo de primer vicepresidente de la experiencia colombiana, poniéndose en el puesto de mando del primer gobierno constitucional. A partir de sus desavenencias con el Libertador renunció al cargo y lideró la resistencia liberal en la gran Convención de Ocaña, preludio de su espuria acusación como autor intelectual de la “nefanda noche septembrina” de 1828, que lo condujo a la pena de muerte y a su posterior conmutación por el exilio. La experiencia de varios años en Europa y los Estados Unidos completó su conocimiento del mundo y lo hizo “el hombre del momento” cuando comenzó la experiencia del Estado de la Nueva Granada, durante la década de 1830. En esta fue primer presidente y después líder de la oposición en la Cámara de Representantes.
De este modo, sus experiencias sucesivas durante casi cinco décadas, en los tiempos del Virreinato, de las primeras repúblicas provinciales, de la guerra a muerte contra los soldados del rey, de la primera República de Colombia y del Estado de la Nueva Granada, convierten su vida en testimonio de toda una época de revolución y de cambios políticos rápidos, el tiempo de la transición del Estado español en las Indias al Estado republicano en sus experiencias colombiana y grana-
dina. Es por esta consideración que este libro terminó titulándose La época de Francisco de Paula Santander. La colección de datos biográficos que se ofrece enseguida sobre este personaje introducirá al lector en los aspectos básicos de su existencia en el mundo en el que vivió.
DATOS BIOGRÁFICOS
Francisco José de Paula Santander Omaña nació en la casa paterna de la Villa de Nuestra Señora del Rosario de los valles de Cúcuta, en la antigua provincia de Pamplona, el día 2 de abril de 1792[6]. Fue bautizado por un teniente de cura, Manuel Francisco de Lara, el siguiente 13 de abril, quien hizo constar en el primer libro de bautismos de la villa del Rosario[7] que eran sus padres don Juan Agustín Santander Colmenares y doña Antonia Manuela Omaña Rodríguez y Rivadeneira, y que sus padrinos de bautismo fueron don Bartolomé Concha y doña Salomé Concha.
Nació entonces en casa de un hijodalgo, como lo hizo constar en la tercera cláusula de su testamento firmado en 1838, cuando afirmó que sus ascendientes eran de “familias nobles, que bajo el gobierno español obtuvieron destinos públicos de honor i distinción”. Quienes se han ocupado de su extensa familia[8] han comprobado esas palabras: el padre, don Juan Agustín Santander Colmenares, natural de la villa de San Cristóbal[9], donde fue bautizado el 30 de septiembre de 1748, incrementó su patrimonio paulatinamente gracias a sus tres matrimonios, en los cuales procreó diez hijos. A su primer matrimonio, celebrado en San Cristóbal el 2 de mayo de 1767, solo llevó su “ropa y ajuar de su decencia”, mientras que doña Paula Petronila de Vargas, natural de San Cristóbal, aportó como dote 1.100 pesos de su herencia familiar, así como algunas alhajas, muebles y otros dineros que recibió de las causas mortuorias de sus padres. Gracias a sus emprendimientos, al segundo matrimonio —celebrado en 1779— ya llevó tres esclavos, 30 reses vacunas y algunas alhajas “de la decencia de su casa”, como cubiertos de plata y otros “amaños precisos”, mientras que doña Justa Rufina Ferreira aportó como dote más de 8.000 pesos representados en esclavos, mulas, ganados, plata labrada y una hacienda de árboles de cacao, con trapiche de cañas, en la jurisdicción de San Faustino de los Ríos, heredad de su padre[10]. En sus haciendas y empleos de San
6. Algunos genealogistas sostienen que Santander realmente nació en la casa de la hacienda de cacaos que su padre Juan Agustín Santander tenía en la jurisdicción de San Faustino de los Ríos, y que fue llevado a la parroquia de Nuestra Señora del Rosario para su bautizo, el 13 de abril siguiente. Aunque debemos atenernos a la cláusula tercera de su testamento, escrito de su puño y letra, en la que general Santander declaró que había nacido en la Villa del Rosario de Cúcuta, no podemos ignorar una indicación del ministro inglés William Turner sobre la conveniencia política que portaba esa afirmación: “El pueblo de San Faustino, donde nació el general Santander, fue reclamado por Venezuela como parte de su territorio al separarse de Colombia, pero en uno de los artículos [del Tratado de amistad, alianza, comercio, navegación y límites, concluido el 14 de diciembre de 1833] acepta cederlo a la Nueva Granada. A menos, por consiguiente, que este Tratado sea ratificado, el general Santander se convertirá en venezolano, y como tal queda excluido de todo cargo en la Nueva Granada”. Como el Gobierno venezolano sabía del interés personal de Santander en la ratificación del Tratado por su Congreso, el presidente de Venezuela había autorizado al general Illingworth para decirle confidencialmente a Santander que le prometía emplear todos sus esfuerzos para asegurar la aprobación del Tratado en lo referente a los límites, quedando San Faustino de los Ríos para la Nueva Granada, a cambio de que este indujera al Congreso granadino a sancionar la convención sobre división de la deuda colombiana. Despacho de William Turner al vizconde Palmerston. Bogotá, 20 de octubre de 1836, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (compiladores). Santander y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fundación Santander, 1991, II, 18-19.
7. El registro de bautismo, consignado en el folio 127 del primer libro de bautismos de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Cúcuta, fue dado a luz en el periódico La Voz de Soto, que se publicaba en Bucaramanga durante la segunda mitad del siglo XIX. De allí se tomó para su publicación en el Archivo Santander, 1913, I, 115. El folio original, ilegible, se custodia en el Museo de la Casa Natal de Santander, en la Villa del Rosario.
8. Luis Eduardo PACHECO y Leonardo MOLINA LEMUS. La familia de Santander, 4 ed. de la primera parte, Bogotá, Banco Popular, 1978 (Biblioteca Banco Popular, 80).
9. Así lo declaró su hijo José Eugenio Santander Vargas, el 25 de septiembre de 1793, en sus informaciones para ingresar al Colegio de San Bartolomé, agregando que su madre Paula de Vargas Ramírez de Arellano Martínez y sus dos abuelos paternos, José Joaquín Santander Moncada y María Francisca Colmenares de Ocaña, también eran naturales de San Cristóbal.
10. Los 9.100 pesos que sumaron las dotes de sus dos primeras esposas eran una suma muy apreciable. La dote que recibió Antonio Nariño en 1785 de manos del padre de doña Magdalena Ortega Meza apenas ascendió a unos 3.000
Faustino pudo don Juan Agustín acumular lo suficiente para llevar a su tercer matrimonio —celebrado el 2 de marzo de 1788 en la Villa del Rosario— más de 19.000 pesos representados en esclavos, mulas, ganados, plata labrada, haciendas de árboles de cacao y tierras de labor, mientras que doña Manuela Antonia de Omaña y Rodríguez, natural de la Villa del Rosario, donde fue bautizada el 24 de abril de 1768, solo trajo como dote sus ropas, joyas y alhajas.
Don Juan Agustín Santander construyó en la Villa del Rosario, para su tercera familia, una casa de habitación, de tapias y tejas, y una hacienda con 10.000 árboles de cacao, platanales y café, adquiriendo capitales prestados al convento de Santa Clara de Pamplona, a varias capellanías de almas y a la cofradía del Rosario de la villa. Allí nació Francisco de Paula Santander, el tercero de los hijos del tercer matrimonio, miembro de una constelación familiar disminuida por la alta tasa de mortalidad infantil en esa provincia de tierra caliente y aguas sin tratamiento alguno. De los diez hermanos Santander por parte de padre, en 1808 solo quedaban vivos dos del primer matrimonio —Juan Nepomuceno y José Eugenio Santander Vargas, nacido el 3 de junio de 1771 en San Cristóbal— y dos del tercero: Francisco de Paula y Josefa Santander Omaña.
En ese momento, Francisco de Paula tenía 16 años, y sus dos medios hermanos mayores ya eran hombres que, aunque se mantenían solteros, se aproximaban a los 40 años, dueños de tierras y esclavos. De esta suerte, José Eugenio pudo ser nombrado albacea testamentario de la sucesión paternal. Pero Francisco de Paula solo consideraría hermana a Josefa Dolores Santander Omaña (bautizada el 11 de abril de 1794), nacida dos años después de él, a quien protegió hasta la hora de hacer su propio testamento y fue su mejor confidente personal[11]. Al haber fallecido en la niñez sus hermanos mayores, Pedro José y Josefa Teresa Santander Omaña, le correspondió a Francisco de Paula el lugar de la primogenitura de los hijos del tercer matrimonio.
[Continuación de la nota 10] pesos, representados en plata labrada, joyas (un aderezo de diamantes entre ellas) y ropas de vestir.
11. En julio de 1820 el coronel José María Briceño Méndez le presentó al general Santander su deseo de contraer matrimonio con su hermana Josefa, y obtuvo su aprobación. Era hermano del general Pedro Briceño Méndez.
Su padre desempeñó oficios públicos en el Estado monárquico español: en 1769 fue alcalde ordinario, procurador general y padre de menores en el cabildo de la villa de San Cristóbal, de donde era natural, y desde el segundo semestre de 1790 y por siete años, fue gobernador de la provincia de San Faustino de los Ríos y juez subdelegado de hacienda, así como juez cartulario de la ciudad del mismo nombre, fuente de liquidez para la inversión en sus haciendas[12].
¿Por qué el general Santander consignó en su testamento esa referencia a sus ascendientes de “familias nobles, que bajo el gobierno español obtuvieron destinos públicos de honor i distinción”? Lo dijo solo “para desmentir a mis enemigos, que me han querido negar hasta mi nacimiento por adular a Bolívar”. Por supuesto, comparar a un “noble, rico y con talento” como Simón Bolívar, miembro de una tradicional familia de Caracas, enriquecida y ennoblecida durante varios siglos en la cabecera de una capitanía general, con un “noble de los valles de Cúcuta”, era una táctica de fácil empleo por la maledicencia santafereña adversa al general Santander[13]. Pero la revolución de la independencia y el tránsito a una república de ciudadanos iguales ante la ley permitían a un liberal como Santander “no hacer caso” de esas especies del antiguo régimen, pues en el nuevo régimen político “las virtudes son las que forman la mejor nobleza”. Por ello respondió al prejuicio social de los santafereños con la tercera cláusula de su estamento: había fundado una nueva familia “cuya base han sido mis
12. Don Juan Agustín Santander fue nombrado por el virrey Ezpeleta, el 21 de marzo de 1790, gobernador de la ciudad de San Faustino de los Ríos. El título se le despachó el 31 de julio siguiente. El general Santander hizo publicar la certificación del pago de 18 pesos por la media annata de ese oficio ante la Contaduría de la Real Hacienda en el periódico El Constitucional de Cundinamarca (14 de junio de 1835), quizás para controvertir algún chisme de santafereños sobre su origen familiar. El despacho del virrey puede verse en el fondo Santander de la colección de la ACH, caja 10, carpeta 56, folio 1235A r-v, fotograma 570-571. Fue publicado en Archivo Santander, 1914, II, 403-404.
13. Todavía en 1862, cuando don Manuel Suárez Fortoul manifestó su voluntad de contraer matrimonio con doña Sixta Tulia Santander Pontón, hija del general Santander, una copla atribuida a Germán Gutiérrez de Piñeres indicó que en Bogotá no olvidaban el origen provincial de la familia Santander, pese a que los dos contrayentes habían nacido en Bogotá: “Juro por el Catatumbo/ y también por el río Zulia/ que el patán Suárez Fortoul/ no merece a Sixta Tulia”.
continuos servicios a mi país, a quien le he guardado entera fidelidad, i en donde me he manejado con honradez e integridad”.
Se han hecho muchas representaciones pictóricas del rostro de Francisco de Paula Santander, coleccionadas por un par de académicos de la historia nacional[14], en las que se impuso en la memoria nacional el diseño de la pluma de José María Espinosa, base de las litografías que se hicieron en París durante la segunda mitad del siglo XIX. Según algunos viajeros y personas que lo conocieron en persona, el general Santander era de elevada estatura, pues sobresalía de la normal altura de los hombres de su tiempo. Tenía buena figura, “gallarda y simpática, de porte majestuoso”, y sus movimientos corporales eran, en general, “acompasados, lentos y de soberana nobleza”. Visto desde lejos, era “serio, grave y austero”. Tenía la cara alegre, con noble aspecto, de mejillas coloradas y nariz aguileña, con dientes muy blancos. Una ligera sonrisa en la comisura de los labios explicaría, “por su constancia, el secreto de su permanente amabilidad”. Sus ojos eran negros grisáceos, pequeños y vivaces. Llevó siempre bigotes, castaños en la juventud y negros en su madurez, que “le caían con orden sobre el labio inferior”. Su pelo era negro y no muy abundante, lo cual lo forzaba a peinarse “trayéndolos laterales y con simetría hacia las sienes y llevando los anteriores hacia la cima de la cabeza”. Un testigo se fijó en su piel algo morena, “como si en su familia hubiese habido alguna mezcla de sangre indígena”, pero Agustín Codazzi lo recordó como de “hermosa tez blanca y rosada”. Como mandaba a hacer sus trajes con las telas de algodón de la tierra, lienzos ordinarios y baratos, para ejemplificar el apoyo que daba a la artesanía nacional, su vestuario parecía un poco desaliñado.
Su voz era gruesa y grave, con el acento de los valles de Cúcuta, dotado de fluidez verbal, franqueza y algo de tono jocoso. Descendía en su trato social hasta las clases más bajas del pueblo, con las que comía, cantaba y jugaba. Trabajador incansable y severo en el mando, concurría a fiestas y bailaba en ellas, jugaba ropilla en casa de
14. Pilar MORENO de ÁNGEL y Horacio RODRÍGUEZ PLATA. Santander. Su iconografía, Bogotá, Litografía Arco, 1984. La imagen del medallón que Santander envió a su sobrina desde París, el 20 de mayo de 1831, hecha por su fiel amigo Francisco Evangelista González, fue la primera aproximación realista a su rostro, pero la pluma de José María Espinosa fijó la imagen que toda la nación se hace del prócer.
sus amigos, visitaba los conventos de frailes y a los soldados en sus cuarteles. Paseaba por las calles de Bogotá y por el atrio de la catedral, compartiendo en las tertulias de las tiendas, enterándose de todos los asuntos de la crónica popular. Leía todas las gacetas que se imprimían y no dudaba en responder a algunos artículos publicados, porque su manía de escribir a toda hora era bien conocida. Como fue el hombre más calumniado de su tiempo, trataba con desdén a sus críticos, respondiendo con chanzas y sentencias a tantos apodos, versos satíricos y sarcasmos que le regalaron sus opositores. A un viajero sueco le impresionó la sencillez del protocolo usado en la sala de audiencias del palacio, pues varias personas fueron presentadas en forma simple y descuidada, y el único sirviente que vio fue un mulato de alpargatas y sin medias, al servicio personal de Santander. Un colegial becado lo recordó como bizarro de presencia, escritor incansable y afortunado en amores.
Entre sus contemporáneos, Santander se destacaba por su elevada estatura. Su criado de toda la vida, José Delfín Caballero, recordó que cuando estaban muchos hombres reunidos, “las dos cabezas que sobresalían siempre en el grupo eran la del general Santander y la de don José Manuel Restrepo”. Ejemplificó este rasgo con la anécdota del baile de máscaras en el Coliseo, días antes del 25 de septiembre de 1828, cuando Santander escoltó al Libertador en su salida. Para abrirle paso entre la muchedumbre agolpada en la puerta, abrió los brazos a la altura de los hombros, con su capa extendida, para formar una especie de muro protector. Fue entonces cuando el criado, que venía tras ellos, no pudo ver más al general Bolívar, porque el general Santander era mucho más alto y lo tapaba por completo desde la altura de sus hombros[15].
Soltero empedernido y hombre de muchas mujeres, como su padre, se le han contado al general Santander cinco hijos, de los cuales solo reconoció a cuatro. El primero y no reconocido fue Manuel Santander, supuestamente habido a sus 19 años en sus amores tempranos
15. Laureano GARCÍA ORTIZ. “Apuntes para la historia del 25 de septiembre. Relato de un criado, reminiscencias de un caballero y comentarios despreocupados”, en Causas y memorias de los conjurados del 25 de septiembre de 1828, Bogotá, Fundación Santander, 1990, III, 289-290.
con una mujer de Honda, cuando era secretario de la Comandancia de Armas de la provincia de Mariquita, entre el 29 de marzo y el 30 de abril de 1811. Este aseguró en Quito haber nacido a finales de 1811 y ser hijo del entonces subteniente del batallón de Guardias Nacionales, pero el general Santander no dio ninguna noticia de su existencia ni lo reconoció nunca. El segundo hijo varón se llamó Francisco de Paula Jesús Bartolomé Santander Piedrahíta, bautizado en la Catedral de Bogotá el 28 de agosto de 1833, con el padrinazgo de su tía doña Josefa Santander y su esposo, el coronel José María Briceño Méndez. Aunque en la partida de bautismo se dijo que era hijo de “padres solteros no conocidos”, el general Santander lo reconoció como hijo natural en la cláusula 6ª de su testamento, pero no así a la madre, de quien se dijo era doña María de la Paz Piedrahíta Sáenz[16], quien ya había tenido dos hijos varones de otros hombres[17]. Años después, como su padre, siguió la carrera militar y llegó a ser general de la República, falleciendo en Bogotá el 11 de agosto de 1916.
En la parroquia de San Bernardino de Soacha se celebró, el 15 de febrero de 1836, el matrimonio del general Santander con doña Sixta Pontón Piedrahíta[18], ante Juan de la Cruz Gómez Plata, obispo de
16. Hija de don Joaquín Manuel Piedrahíta Saavedra y doña María Petronila Sanz, era hermana de María Josefa Piedrahíta Sanz, quien contrajo matrimonio el 1º de julio de 1816 con el general Custodio García Rovira en el tambo de Gabriel López, cuando este huía hacia La Plata. Antes de llegar a este destino fueron capturados y puestos en marcha hacia Santafé, donde García Rovira fue sometido al último suplicio el 8 de agosto siguiente. La viuda casó en 1824 con el santafereño Manuel Julián de Páramo Fernández y engendró a Carmen Páramo Piedrahíta.
17. Con el general de brigada Alejandro Gaitán Rodríguez engendró a Jenaro Gaitán Piedrahíta, quien ascendió al rango de general de la república.
18. Nacida en Medellín (¿?) el 30 de diciembre de 1814, vecina de Bogotá, hija de don José María Mariano Pontón de Vargas y Chaves, quien fue administrador de los correos de Medellín, y de doña María Francisca Piedrahita Mariaca. Lino de Pombo hizo a su amigo Rufino Cuervo, el 22 de enero de 1836, un comentario sarcástico sobre doña Sixta: “La noticia particular más notable que hay, y que voy a dar a usted, no dejará de sorprenderle. El general F. de P. Santander une dentro de pocos días su blanca mano con perpetuo e indisoluble lazo con la mano agraciada, aunque un poco morenilla, de Sixta Pontón, vulgo Villa”. Luis Augusto Cuervo. Epistolario del doctor Rufino Cuervo (1826-1840), Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1918, 324. Mucho más benigno, José Rafael Mosquera felicitó a Santander desde Popayán, el 8 de marzo de 1836, por su matrimonio con “tan hermosa, amable y digna esposa”. Archivo Santander, 1926, 22, 75. El chisme de Lino de Pombo hacía referencia al hecho de que doña Francisca Piedrahita Mariaca era viuda de don José Pablo de Villa Tirado cuando contrajo segundo matrimonio con don José Mariano Pontón. La hermana de doña Sixta, doña Juana Pontón Piedrahita, casó en 1832 con el inmigrante londinense William Wills, quien desde entonces se convirtió en concuñado del general Santander y en uno de los padrinos de bautismo de su hija, Clementina Santander Pontón.
Antioquia, quien administró el sacramento, y el arzobispo de Bogotá, Manuel José Mosquera, quien actuó como padrino. Fueron testigos los coroneles Francisco y Joaquín Barriga. Tenía el general Santander 44 años cuando puso fin a su soltería, y doña Sixta Pontón solo 21 años. Las razones fueron expuestas ante su hermana Josefa Santander en una carta: “Ella tendrá defectos: no me importa. Lo que yo aprecio en ella es que pertenece a familia honradísima, que tiene modales, talento y sabe manejar una casa. Yo ya no estoy para buscar bellezas. Su orgullo se le acabará y espero que me cuide en mis males”. Durante el brindis sentenció: “Hoy he pagado con toda mi voluntad este obsequio a la naturaleza y un homenaje a la religión católica y a la moral pública”. A todos sus compatriotas que se hallaren en su caso, les recomendó que también hicieran un homenaje igual “a la razón, a la religión y a la moral, en favor de su felicidad doméstica y de la general de nuestra querida patria”[19].
De este matrimonio provinieron los tres hijos legítimos: el 20 de diciembre de 1836 nació el primogénito, Juan, quien falleció pocos minutos después y fue inhumado en el recientemente abierto Cementerio Central de Bogotá[20]. Vinieron luego las dos hijas: Clementina Mercedes
19. Brindis con ocasión de su matrimonio, en Constitucional de Cundinamarca, 231 (21 de febrero de 1836).
20. “Estoy pasando el acervo dolor de haber perdido el 20 [de diciembre] a mi primer hijo, muerto por exceso de robustez y magnitud, pocos minutos después de haber nacido. Este es un dolor que solo puede apreciar el que lo haya experimentado”. Carta de Santander al general Pedro A. Herrán. Bogotá, 29 de diciembre de 1836. CORTÁZAR, 1955, IX, 463. Según el doctor Miguel Ángel Alarcón, la expresión “exceso de robustez y magnitud” hace referencia a un cuerpo muy grande (mayor a 4.000 gramos) del neonato, que puede producirle tres problemas: 1. Trabajo de parto prolongado, con asfixia asociada, 2. Dificultad notoria en el momento del parto, por ser el feto más grande que el tamaño de la pelvis materna, lo cual puede producir trauma severo por una maniobra forzada de quien atendió el parto, y 3. Hipoglicemia no compensada, que aunada a las demás complicaciones mencionadas, conduce al deceso del neonato.
Digna Rosa Francisca Manuela Josefa, nacida el 30 de noviembre de 1837[21], y Sixta Tulia de la Concepción Francisca de Paula Juana Manuela Agustina Valeria, nacida el 7 de febrero de 1839[22], ambas bogotanas.
Sus biógrafos no han podido esclarecer los detalles de las relaciones conocidas del general Santander con la madre de su hijo del mismo nombre, doña María Paz Piedrahita Murgueitio y Sáenz[23], ni con la afamada doña Nicolasa Ibáñez de Caro, su amiga y amante por dos décadas. Es casi seguro que su correspondencia de muchos años con esta última fue destruida, para borrar toda huella, aunque ninguno de sus contemporáneos pudo ignorarla[24]. No importa, lo que interesa del personaje en este libro es su vida pública.
21. Fueron sus padrinos de bautismo las cuatro personas más cercanas al general Santander en ese tiempo: su hermana Josefa Santander de Briceño, Francisco Soto, el general José María Obando y su concuñado William Wills. A su turno, el general Santander fue padrino de bautismo de Teresa Francisca, una de las hijas de William Wills (con su cuñada Juana Pontón), con lo cual este y Santander fueron doblemente compadres. Malcolm Deas. Vida y opiniones de Mr. William Wills, Bogotá, Banco de la República, 1996, tomo I, nota de pie de página 14.
22. El 26 de febrero de 1839, el general Santander visitó en su casa al arzobispo Manuel José Mosquera para pedirle que bautizara a esta niña en su casa. Aunque el arzobispo no estaba en casa, recibió de inmediato el recado y accedió a complacer esta petición con la mayor satisfacción. Carta del arzobispo a Santander, Bogotá, 26 de febrero de 1839. CORTÁZAR, Correspondencia..., 1966, VIII, 396-397.
23. Nacida en 1802, esta señora había tenido ya dos hijos, uno en 1830 con el general Alejandro Gaitán Rodríguez (Genaro Gaitán Piedrahíta, quien fue general) y otro con Rafael Silvestre (Zoilo Silvestre Piedrahíta).
24. Cuando la niña Manuela Briceño Santander, hija de Josefa Santander y, por tanto, sobrina del general Santander, fue llevada a la pila bautismal en la catedral de Bogotá, fueron sus padrinos el tío Francisco de Paula Santander y Nicolasa Ibáñez. Se trata de un fuerte indicio sobre el grado de familiaridad de doña Nicolasa con la familia Santander, confirmada por la carta que desde París le envió el tío a la sobrina y ahijada, el 20 de mayo de 1831, encargándole hacerle una visita, en su nombre, a la madrina Nicolasa. Una carta de Santander a su hermana Josefa, enviada desde Vélez el 28 de septiembre de 1832 cuando venía de regreso de su exilio europeo, indica que Nicolasa también había sido su madrina de matrimonio con el coronel José María Briceño Méndez, y su urgencia de verla en secreto: “Convídala a que vaya a tu casa a verme el día de mi llegada porque yo no voy de manera ninguna a su quinta. Reserva esto”.
NUEVE EXPERIENCIAS BÁSICAS
Las experiencias básicas de la trayectoria vital del general Santander fueron nueve, comenzando con la de la niñez y formación del carácter en la casa y hacienda de su padre en la Villa del Rosario, rodeado de esclavos, árboles de cacao y trapiche de cañas, ganados regalados por los amigos de su padre y caballos, preceptores de letras, aritmética, doctrina cristiana y rezos del rosario, salpicada de meriendas de chocolate y colaciones. Su primer biógrafo, José Duque Gómez, dijo en 1827 que su estudio de los escritores latinos había comenzado en su villa natal. Esta experiencia formativa tuvo una duración de 13 años, pues el 17 de agosto de 1805 comenzó la segunda experiencia como colegial en Santafé, día en que se presentó a vestir una de las becas seminarias[25] en el Colegio Real Mayor y Seminario de San Bartolomé. El 13 de agosto anterior había presentado los testigos, ante el secretario Juan Nepomuceno Parra, que confirmaron su legitimidad de nacimiento y su limpieza de sangre. El doctor José Domingo Duquesne, gobernador del Arzobispado, se la había concedido por intercesión del tío materno Nicolás Mauricio de Omaña, cura de la catedral. El doctor José Custodio García Rovira, natural de la parroquia de Bucaramanga, en ese entonces consiliario del colegio y catedrático de filosofía, fue el padrino del joven estudiante, su amigo y después de la independencia su superior en la milicia patriótica, hasta la batalla de Cachirí.
Los cinco años escolares que corrieron desde su ingreso al colegio como becado y hasta junio de 1810, son exactamente los años de la formación escolar del joven Santander en el currículo escolar de San
25. El Colegio de San Bartolomé otorgaba 18 becas seminarias para jóvenes, pagadas con cargo a un porcentaje de las rentas de diezmos, de las cofradías y las capellanías del arzobispado. Tenía además becas fundadas por personas particulares, becas pensionistas (pagadas por los padres de los alumnos) y becas pagadas por la Real Hacienda. Los catedráticos eran pagados con fondos del ramo de Temporalidades, que se habían originado en las haciendas y rentas de la expulsada Compañía de Jesús. Como era colegio seminario, el arzobispo había obtenido del rey en noviembre de 1800 el derecho a ser el patrono, pues según el Concilio de Trento la formación de los seminaristas correspondía a los obispos. El rey mantuvo entonces su patronato sobre el Colegio del Rosario.
Bartolomé, cuando su vida transcurría entre los 13 y los 18 años de edad, una experiencia compartida con su condiscípulo José Ignacio de Márquez. Fueron años de muchos latines, lecturas y escrituras, acceso a salones familiares, pláticas religiosas del tío y otros eclesiásticos, devociones y rezos del rosario, rasgueo de guitarra y exámenes. El 1º de febrero de 1808 pagó Santander los tres pesos de propina del examen final denominado “la tremenda”[26], con lo cual se examinó para recibir de la Universidad de Santo Tomás el grado de bachiller en filosofía.
Solo le quedaba por realizar la práctica forense en el gabinete de un abogado para graduarse como doctor en derecho, pero los acontecimientos que se desataron desde el 20 de julio siguiente, cuando el colegio estaba en vacaciones, frustraron sus planes de graduación para siempre[27]. Tenía 18 años y cuatro meses cuando puso fin a la posibilidad de continuar la carrera de estudios. Muchos jóvenes santafereños de su edad, provenientes de las familias Ricaurte, París, Andrade, Baraya, Ayala, Ortega, Morales y Montenegro fueron cooptados por la Junta Suprema de Gobierno en atención a su simpatía con la transformación política que había comenzado en la época de la revolución hispana en los dos continentes. Fue en esa circunstancia, no prevista por nadie, en la que surgió una nueva posibilidad de existencia que antes no estaba disponible en la sociedad neogranadina: el servicio como soldado en los batallones de guardias nacionales que comenzaron a organizarse, servir a la revolución contra el Estado de la Monarquía de España y las Indias[28].
26. La tremenda era un examen en el que el estudiante examinado sacaba a la suerte unos temas. A las seis de la tarde se presentaba en la capilla del Convento de Santo Domingo, sede de la Universidad de Santo Tomás, y sentado en un banquillo ante dos velas, frente a los maestros examinadores, respondía durante dos horas las preguntas relacionadas con sus temas.
27. Félix RESTREPO, S. J. Santander, bartolino, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, 2010, 10-11.
28. En un panegírico dedicado al presidente en 1835, un anónimo catedrático del Colegio de San Bartolomé dijo que el esplendor que rodeaba la figura de Francisco de Paula Santander era “un resultado del destino que le ha señalado la Providencia entre los alumnos de Marte y de Minerva”, es decir, que este personaje había sido favorecido al tiempo por los dioses latinos de la guerra y del saber. AGN, fondo Santander, caja 10, carpeta 57, fotografía 727.
Su hoja de servicios militares registra en detalle esta tercera experiencia de su existencia y el primer capítulo de su vida pública, que comenzó con el servicio a la Junta Suprema Gubernativa del Reino como alférez abanderado del Batallón de Guardias Nacionales, incorporado a la secretaría del comandante de la provincia de Mariquita, capitán Manuel del Castillo y Rada. Baraya lo llevó a Inspección Militar de Santafé, donde sirvió hasta el 5 de mayo de 1812. Por su actuación como secretario de la plana mayor de la comandancia que marchó en expedición a los valles de Cúcuta fue uno de los firmantes de la reunión del 25 de mayo de 1812 en Sogamoso para controvertir la orden de Nariño, cuando los oficiales se pasaron a la autoridad del Congreso de las Provincias Unidas, con lo cual fue ascendido al grado de capitán. Con este rango, y al frente de una compañía, participó en la expedición que salió de Tunja e intentó tomar Santafé, donde fue herido y hecho prisionero, el 9 de enero de 1813, por las tropas que defendieron con éxito la capital de Cundinamarca.
Hecho el tratado pacificador entre el Congreso de las Provincias Unidas y el Estado de Cundinamarca, desde el 16 de marzo de 1813 fue destinado, con el grado de sargento mayor, a la segunda comandancia del batallón 5º de la Unión, y el 16 de abril siguiente, como teniente coronel, fue destinado a la campaña de los valles de Cúcuta bajo el mando del coronel Manuel del Castillo y Rada. Acompañó a su comandante en la negativa a seguir al general Bolívar en la campaña de Venezuela y quedó a cargo de la seguridad de los valles de Cúcuta, donde fue derrotado en el Llano de Carrillo, un incidente que afectó su honor militar y lo llevó a pedir licencia del servicio, que le fue negada. Continuó sirviendo a órdenes de varios comandantes, como Gregor MacGregor y Rafael Urdaneta, hasta que fue enviado a Ocaña a organizar tropas.
Entre el 16 de diciembre de 1815 y el 7 de marzo de 1816 sirvió a las órdenes del general Custodio García Rovira, su maestro en San Bartolomé, como segundo comandante, hasta la huida que resultó de la derrota del páramo de Cachirí, el 21 y 22 de febrero de 1816. Como segundo comandante de las fuerzas que el general Serviez llevó al Casanare sirvió entre el 7 de marzo y 16 de julio de 1816, cuando fue nombrado jefe supremo de las fuerzas del Apure, hasta el 27 de septiembre
siguiente, cuando quedó como comandante de la segunda brigada del ejército del Apure, hasta el 18 de abril de 1817. Desde su encuentro con el general Bolívar, una vez este regresó con la expedición de Haití, fue incorporado a los estados mayores de varios cuerpos, hasta que fue ingresado al ejército de Venezuela como general de brigada, en vista del plan de campaña sobre la Nueva Granada. Desde el 25 de agosto siguiente fue el comandante general de la División de Vanguardia del Ejército Libertador de la Nueva Granada, y tras la batalla de Boyacá el general Bolívar lo ascendió a general de división, grado que estrenó como gobernador militar y comandante de armas del Departamento de Cundinamarca.
La cuarta experiencia vital del general Santander comenzó el 20 de septiembre de 1819, cuando el general Bolívar regresó de Santafé a Angostura y le encomendó la vicepresidencia de las Provincias Libres de la Nueva Granada, con amplias facultades en todos los ramos del gobierno. Esta experiencia administrativa de la cosa pública en el renombrado Departamento de Cundinamarca, uno de los dos que antecedieron a la República de Colombia, fue un auténtico régimen militar, casi reducido a eliminar del país el dominio de la Corona española por todos los medios, y solo terminó cuando el Congreso Constituyente de la República de Colombia aprobó la primera constitución colombiana, el 30 de agosto de 1821, y lo eligió vicepresidente constitucional, cargo del cual tomó posesión el 3 de octubre de 1821. Fue el tiempo de los fusilamientos, los empréstitos y reclutamientos forzosos, los donativos y las contribuciones exigidas para ganar la guerra a las tropas del rey, la actuación al filo del abuso para satisfacer las necesidades de la defensa del nuevo Estado contra sus enemigos.
La quinta experiencia de conducción efectiva de la primera República de Colombia lo obligó a dejar las prácticas del estado de excepción de dos años largos, cuando actuaba como jefe militar y político, y aprender a actuar conforme a la constitución y a las leyes. Como el Libertador presidente estuvo durante todo el primer cuatrienio administrativo fuera de la capital escogida, secundado por su secretario general, fue realmente el vicepresidente Santander quien llevó la administración colombiana, acompañado por los secretarios del despacho que reunió todos los días en consejo de gobierno. Impuso
la costumbre inveterada de rendir informes anuales —por cada secretaría— al Congreso de la República el día en que abría sus sesiones ordinarias, y fue reelegido en 1825. Esta experiencia se cerró el 20 de agosto de 1827, cuando renunció al cargo por sus desavenencias con el Libertador presidente.
La sexta experiencia comenzó en septiembre de 1827 y se prolongó hasta finales de septiembre de 1828, cuando representó el liderazgo de la oposición política al Libertador presidente en su aspiración a cambiar la Constitución de 1821 por otra inspirada parcialmente en la primera constitución de Bolivia. El momento más álgido de esta oposición fue la Gran Convención de Ocaña, disuelta por la imposibilidad de pactar un compromiso entre los dos bandos enfrentados. Esta experiencia lo condujo a la persecución política, después de que se produjo el intento de apresamiento del Libertador presidente durante la “nefanda noche septembrina”.
De esta experiencia se siguió la séptima, que fue la del exilio en Europa. Acaecida la conspiración que el 25 de septiembre de 1828 protagonizaron jóvenes audaces que actuaron con imprevisión para intentar apresar al Libertador presidente y abolir su decreto de mando absoluto, fue acusado de autoría intelectual y condenado a muerte por un espurio tribunal militar encabezado por el general Rafael Urdaneta. La presión social y diplomática obligó al Libertador presidente a conmutarla por el destierro, y así fue como se configuró una experiencia de prisión en las bóvedas de Bocachica, viajes por varios países de Europa y de escritura de un diario personal que comenzó el 15 de noviembre de 1828, cuando salió proscrito de Bogotá con rumbo al río Magdalena, y concluyó en Santa Marta el 17 de julio de 1832. Fueron tres años y ocho meses de fatigas, pero también de enriquecimiento personal como viajero por Europa y visitante de las residencias de muchas personalidades, entre ellas las de la familia Bonaparte.
La octava experiencia, cuando su figura ya denotaba un notable sobrepeso, comenzó el 7 de octubre de 1832, cuando se posesionó del cargo de presidente del Estado de la Nueva Granada, ejercicio público que concluyó el 1º de abril de 1837. Esta experiencia de administración del poder ejecutivo de una nueva nación se orientó por un agenda clara: “hacer respetar la constitución a todo trance y reunir a su re-
dedor a todos los disidentes haciendo justicia, matar las revoluciones, vengar el honor granadino tantas veces ultrajado a los ojos de los pueblos extranjeros y presentarles la República tranquila y pacífica bajo el imperio de sus leyes”. Los principios de esta administración —“Libertad y orden, escuelas y caminos, alivio en las contribuciones, severa economía en su inversión, y estricta disciplina militar”— fueron la impronta de los gobiernos sucesivos, e incluso de la agenda básica de la experiencia federal. Para Estanislao Vergara, esta fue la “Administración modelo” en la Nueva Granada, pues “las rentas públicas fueron administradas con pureza e invertidas en sus objetos legales, la educación pública fue fomentada con esmero cuidadoso”. La misión de Santander había sido “cimentar una nación, inocular hábitos de orden, inculcar los principios democráticos, enseñar al pueblo a practicarlos a la sombra de la paz y de la fraternidad, sistematizar las finanzas, regularizar un plan de economías que pusiese a la nación en estado de hacer frente a los gastos, y poder ser severa cumplidora con sus compromisos de honor”[29].
La novena y última experiencia, comprendida entre el 1º de abril de 1837 y la tarde de su muerte, fue otro ejercicio de oposición al gobierno de su antiguo compañero de estudios, José Ignacio de Márquez, pero también de activa participación en los debates de la Cámara de Representantes. Hasta la sesión del 31 de marzo de 1840 asistió a la Cámara para responder las calumnias que en la sesión anterior había vertido contra su administración el secretario del Interior, general Eusebio Borrero. Desde el siguiente primero de abril estuvo postrado en su cama, y en su agonía estuvo acompañado por sus dos mujeres más fieles —su hermana Josefa y su esposa Sixta—, todos sus amigos, el arzobispo Mosquera, frailes de varias comunidades y los objetos de sus devociones de toda la vida: la camándula para el rezo del rosario, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores —patrona del Colegio de San Bartolomé— y un relicario de la Virgen de las Mercedes. Su confesor, el fraile franciscano Rafael Calvo, le ofreció el hábito de novicio de la Tercera Orden, que aceptó e hizo la profesión, con lo cual murió —“con
29. Estanislao VERGARA. “Biografía del general Francisco de P. Santander”, en La Bagatela, Bogotá, 24 a 26 (18 de febrero, 9 y 16 de marzo de 1852), recogida en Archivo Santander, 1914, IV, 1-9.
todos los auxilios necesarios en el seno de la Iglesia, siendo público y auténtico su grande arrepentimiento”— a las seis y tres cuartos de la tarde del 6 de mayo de 1840[30].
Ocho días después, sin saber que ya había fallecido, el procónsul inglés Joseph Ayton anunció que su muerte sería, sin duda, un serio golpe para el país, “pues quizás ningún otro hombre (con todos sus defectos, que son muchos), ha entendido de modo tan pleno el arte de gobernar a sus díscolos compatriotas”[31]. El enviado inglés William Pitt Adams fue más explícito sobre lo que juzgó como una pérdida profundamente lamentable, tanto personalmente como desde el punto de vista político, si se consideraba que Santander estuvo dotado de unos talentos de naturaleza poco común y de una obediencia a los dictados de la prudencia. Durante la década de paz de 1830 se había visto que “la firme autoridad” de Santander había ocultado la debilidad de la Constitución de 1832, con los resultados notorios: prosperidad del país, mejora de la navegación de los ríos, cultivo de tierras, prosperidad del comercio, mayor productividad de las minas, extensión de la educación entre el pueblo, de modo que, exceptuando la administración de justicia, todo tendía al mejoramiento[32].
El general Santander recibió en vida muchos homenajes y cortesías de muchas personas, como también malas interpretaciones y severas críticas de los enemigos que se crean todos los hombres públicos. Muchos le aconsejaron que dejase de opinar sobre la Administración Márquez en la última experiencia de su vida, pero, teniendo a la vista el ejemplo del marqués de Lafayette, tuvo la convicción de que hasta el último día de su vida estaría ocupado de la independencia, el honor
30. Constancia de Manuel Eusebio Acevedo, secretario de la Orden Tercera de San Francisco. Publicada por Luis Augusto CUERVO en Ensayos históricos, Bogotá, Cromos, 1947, 118.
31. Despacho no. 14 del procónsul Joseph Ayton a John Bidwell, superintendente del servicio consular inglés. Cartagena, Consulado Británico, 14 de mayo de 1840, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (compiladores). Santander y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fundación Santander, 1991, II, 53.
32. Despachos no. 24 y no. 61 de William Pitt Adams al vizconde Palmerston. Bogotá, 28 de mayo y 28 de diciembre de 1840, en Malcolm DEAS y Efraín SÁNCHEZ (compiladores). Santander y los ingleses, 1832-1840, Bogotá, Fundación Santander, 1991, II, 55 y 59.
y las libertades en su patria, pues no podía actuar como un extranjero, guardando silencio sobre la cosa pública.
Una colección de datos sobre la vida de un personaje no hace una biografía, como tampoco puede hacerla un completo curriculum vitae. En mi opinión personal, una auténtica biografía es un esfuerzo de interpretación sobre la específica posibilidad de existencia social, en una determinada época, elegida por un individuo singular, cuyo poder de decisión impactó la conducta de sus contemporáneos y aún de quienes se inspiraron posteriormente en su ejemplo. Este modo de interpretación —uno de los modos de la narrativa histórica— hace de una vida individual un pretexto para comprender las opciones que estaban disponibles, por su fuerza intrínseca y las circunstancias, en el intento de resolver asuntos y problemas colectivos de una época. A la larga, esta clase de narrativa histórica es una ilustración de las opciones que históricamente se impusieron, sobre otras, en el derrotero de una sociedad, gracias a la elevada posición que ocuparon individuos excepcionales dotados en alguna medida de los poderes que todos los seres humanos portan como semillas.
Esta interpretación ha clasificado el periplo vital de Santander, entre 1792 y 1840, en nueve experiencias, cada una iluminada por una posibilidad de existencia vital. En el ámbito de la existencia privada fueron dos las experiencias: vivir la infancia y la adolescencia, y luego seguir la carrera de estudios. En el ámbito de la existencia pública fueron siete experiencias: servir en la fuerza armada republicana, administrar un gobierno militar, administrar un gobierno constitucional, después militar en la oposición a un gobierno autoritario de facto, ser un exilado de su patria, administrar la presidencia de una república constitucional y, finalmente, militar en la oposición política a un gobierno legítimo del cual se tenían reservas.
Con el rango de general de brigada, Francisco de Paula Santander combatió en el campo de Boyacá durante la tarde del 7 de agosto de 1819. Testigo de excepción del acontecimiento, por haber conducido la División de la Vanguardia del Ejército Libertador, no pudo ocultar su admiración por las escasas bajas que había tenido en este combate. Opinó entonces que los “agentes principales” que influyeron en esa batalla habían sido dos: “la fuerza moral que nuestras tropas adqui-
rieron en la batalla del Pantano de Vargas [25 de julio anterior], y la desmoralización de las contrarias”. Todo indica que el coronel Barreiro y sus oficiales peninsulares no habían podido contener a sus soldados, la mayoría venezolanos y granadinos, para impedir que “volvieran caras”, abandonando el campo en desordenada fuga.
La fuerza del “poder moral” se había manifestado en esa ocasión para favorecer a uno de los ejércitos que, a marchas forzadas, alcanzó junto al puente del río Teatinos al otro, que prefirió huir antes que resistir la carga. Lo que siguió entonces fue una persecución de los huidos por soldados patriotas “enajenados de gozo”. Este “momento estelar” de solo una tarde fue decidido por la fuerza moral de unos jefes militares que, soportando una larga marcha y todas las privaciones, dispusieron del coraje y de la voluntad de poderío que los hizo vencer, resolviendo el conflicto de las opciones políticas que estaban en juego en esas circunstancias. Desde el enfrentamiento del puente de Gámeza ya el coronel Barreiro había sentido que estaba lidiando con hombres “muy decididos a vencer a todo trance”. Aunque ese momento pertenece a la biografía del general Santander y de todos los jefes militares que se dieron cita en el campo de Boyacá, condecorados después con la “Orden de los Libertadores”, en esencia nos habla de una posibilidad de existencia de una nación de ciudadanos que se había imaginado desde hacía una década, y que aquí obtuvo su oportunidad de comenzar un nuevo camino hacia su realización efectiva, porque puso al Ejército “Libertador” en posesión de la capital del antiguo Virreinato de Santafé. Para el oficial español derrotado, este resultado significó, en su biografía personal, la muerte por fusilamiento un poco más de dos meses después. Sencillamente, la opción política que representaba fue derrotada en un campo de batalla.
SEGUIR LA CARRERA DE ESTUDIOS
Yo seguía la carrera de estudios en uno de los colegios de Santafé de Bogotá cuando llegó el memorable 20 de julio de 1810. Era el Colegio de San Bartolomé, donde habían vestido la beca en el siglo
pasado dos hermanos míos y dos tíos maternos (Santander: Apuntamientos, 1837).
A sus trece años, una tradición compartida de las dos familias que lo trajeron al mundo puso ante Francisco de Paula Santander una opción de vida: seguir la carrera de estudios. Ya la habían experimentado sus dos medios hermanos mayores y dos de sus tíos maternos. Su padre había amasado una apreciable riqueza no solo por las dotes aportadas por sus dos primeras esposas, sino por el ejercicio del empleo de gobernador de la provincia de San Faustino de los Ríos y juez subdelegado de hacienda, un cargo que se obtenía con mayor facilidad en la Real Audiencia si se había seguido una carrera de estudios. El ejemplo del tío materno, Nicolás Mauricio de Omaña Rodríguez, cura de la catedral y vicerrector del Colegio Real Mayor y Seminario de San Bartolomé, brillaba como un sol en los cálculos familiares.
José Alejandro de Omaña y Rodríguez Rivadeneira, el tío mayor de Francisco de Paula Santander, fue el primero de la familia materna que presentó informaciones para ingresar al Colegio Real Mayor y Seminario de San Bartolomé, el 22 de febrero de 1775. Había nacido en San José de Cúcuta el 14 de marzo de 1759, en el hogar de don Juan Antonio de Omaña Rivadeneira y doña Juana Lucía Rodríguez. Tres años después presentó la tremenda y se hizo bachiller, donde fue consiliario (1779-1781) y fiscal (diciembre de 1789 a enero de 1781) del Colegio. Su hermano, Nicolás Mauricio de Omaña Rodríguez Rivadeneira, nacido en el Rosario el 22 de septiembre de 1780, ingresó al Colegio Seminario de San Bartolomé el 30 de septiembre de 1797. En 1802 presentó la tremenda y obtuvo del grado de bachiller en derecho civil, y al año siguiente el de licenciado en cánones. En 1805 tomó las órdenes religiosas y fue cura de la Catedral. Actuó como examinador sinodal de los obispos de Santafé y Mérida, promotor fiscal, vocal de la Junta de Sanidad, consultor del Santo Oficio de la Inquisición y catedrático en San Bartolomé. Formada la Junta Suprema de Santafé en la madrugada del 21 de julio de 1810, fue uno de los firmantes del acta constitutiva, pasando a presidir la sección de Negocios Eclesiásticos. En 1811 marchó a los Estados Unidos en comisión para gestionar la compra de una imprenta y armamento para la Junta de Gobierno de Santafé.
La hermana de estos dos hombres ilustrados, doña Isabel Rita de Omaña Rivadeneira y Rodríguez, fue bautizada en San José de Cúcuta el 19 de julio de 1760. Contrajo matrimonio el 30 de enero de 1776 con Cristóbal Santiago Ramírez de Arellano, natural del Rosario de Cúcuta, quien fue bautizado el 7 de octubre de 1753 y ejerció empleos de cabildo. Esta pareja procreó a Lino María Ramírez y Omaña, bautizado el 25 de septiembre de 1785 en el Rosario de Cúcuta, primo hermano de Francisco de Paula Santander, quien presentó informaciones para ingresar al Colegio de San Bartolomé el 23 de diciembre de 1802. Su hermano, Miguel Ramírez y Omaña, bautizado en la Villa del Rosario de Cúcuta el 5 de julio de 1793, presentó informaciones para ingresar al mismo Colegio el 20 de octubre de 1807.
Los dos medios hermanos mayores de Francisco de Paula Santander, del primer matrimonio de su padre con doña Paula Petronila de Vargas Ramírez, ambos naturales de la villa de San Cristóbal, fueron enviados a seguir la carrera de estudios al Colegio de San Bartolomé. José Eugenio Santander Vargas, nacido en San Cristóbal el 3 de junio de 1771, presentó sus informaciones el 25 de septiembre de 1793. Presentó los exámenes para hacerse bachiller e hizo parte de la junta de gobierno que se formó en San Faustino de los Ríos en 1810. Las informaciones de su hermano mayor, Juan Nepomuceno Santander Vargas, no están en el archivo del Colegio, pero basta la palabra de Francisco de Paula Santander para saber que también fue enviado a seguir la carrera de estudios.
Un nieto de doña Nicolasa Santander Moncada, la hermana del abuelo paterno de Francisco de Paula Santander, también fue enviado al Colegio: Pedro Fortoul Sánchez, nacido el 27 de mayo de 1780 en el Rosario de Cúcuta, producto del matrimonio de Esteban Fortoul Santander con doña María Inés Sánchez Rangel, con lo cual resulta primo segundo de Francisco de Paula Santander. Presentó sus informaciones el 12 de abril de 1793. Su hermano, Ramón Eduardo José Miguel Fortoul Sánchez, bautizado el 7 de febrero de 1790 en el Rosario de Cúcuta, presentó sus informaciones en el Colegio el 28 de junio de 1808. Para comprobar su familiaridad, presentó como testigo a Nicolás Mauricio de Omaña, en ese entonces promotor fiscal del Arzobispado y defensor general de obras pías. Un primo hermano de estos dos, José
Gregorio Fortoul y Jaimes, otro nieto de doña Nicolasa Santander con el inmigrante francés Pedro Fortoul, bautizado en San Cristóbal 29 de noviembre de 1790, presentó sus informaciones el 1º de marzo de 1809 y vistió la beca el 15 de marzo siguiente.
Esta constelación de dos tíos maternos, dos medios hermanos, dos primos hermanos y tres primos segundos completa con Francisco de Paula Santander diez miembros de las familias Omaña, Santander y Fortoul en el Colegio de San Bartolomé para seguir la carrera de estudios antes de la revolución[33]. El tío Nicolás Mauricio de Omaña dejó su huella en un retrato de la galería del Colegio de San Bartolomé, en el cual se reconocen sus servicios como “pasante, catedrático de latinidad, de sagrada escritura, de derecho canónico y civil, secretario, vicerrector, consiliario nato y rector regente de estudios”. Como dijo el sacerdote jesuita Félix Restrepo en el discurso del 21 de mayo de 1940 con el que descubrió el busto erigido a Francisco de Paula Santander en el Colegio, este estaba destinado a ser llamado “el primero y más ilustre de los estudiantes bartolinos”.
La familia Omaña Rodríguez Rivadeneira abrió para las familias de los hacendados de los valles de Cúcuta, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la posibilidad de recorrer la existencia con una carrera de estudios en los colegios mayores de Santafé, la capital de un virreinato. Dos variantes se abrían entonces para la condición de bachiller o doctor: la primera era la del derecho canónico combinado con las órdenes sagradas, camino seguro hacia las canonjías de los cabildos catedrales y quizás hacia algún cargo de obispo. El doctor Rafael Lasso de la Vega, un panameño que fue arzobispo de Mérida de Maracaibo, fue el ejemplo en los primeros tiempos de la revolución. La segunda variante era el derecho real y civil, camino hacia los estrados de la Real Audiencia como abogado recibido, o también hacia los jugosos
33. Los expedientes de todos los colegiales mencionados se encuentran en el archivo del Real Colegio Mayor y Seminario de San Bartolomé, cuyo catálogo fue el resultado de la investigación dirigida por William Jaramillo Mejía y publicado en Bogotá con el título Real Colegio Mayor y Seminario de San Bartolomé. Nobleza e hidalguía. Colegiales de 1605 a 1820, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, 1996. El expediente completo original de la información de Francisco de Paula Santander se encontraba en la Casa Museo de la Independencia (en las páginas 177-182), pero fue desaparecido.
procesos de sucesiones y testamentarías de las provincias, combinados con el ejercicio de empleos remunerados en las Real Hacienda o en las gobernaciones. Bajo la tutoría de su tío Nicolás Mauricio, Francisco de Paula Santander escogió esta segunda opción.
El 20 de febrero de 1809, definiéndose como “colegial formal y estudiante de derecho civil”, solicitó al rector una copia de la información que había presentado el 3 de agosto de 1805. Comprobamos en este expediente que efectivamente en esta fecha había manifestado ante el rector que era su deseo “seguir la carrera de estudios con el honor y ventajas que proporciona este Colegio”, tal como ya lo habían hecho sus dos hermanos por parte de padre y sus dos tíos maternos, y entregó copia de las partidas de bautismo y matrimonio que acreditaban su legitimidad y limpieza de sangre. Fueron testigos de la probanza de legitimidad de nacimiento y limpieza de sangre el doctor Juan Félix de Villegas y fray José de la Trinidad Bonilla, de la orden hospitalaria de San Juan de Dios, que la firmaron el 13 de agosto de 1805. Se le pidió entonces comparecer a vestir la beca seminaria, lo cual hizo efectivamente el 17 de agosto siguiente, según la certificación expedida por el rector José Domingo Duquesne[34].
La carrera de estudios fue seguida de cerca por su tío Nicolás Mauricio de Omaña, vicerrector y catedrático de latinidad, sagrada escritura y derecho canónico. Sus primeros biógrafos, José Duque Gómez y Estanislao Vergara, dijeron que los estudios de los principios de latinidad los había comenzado en su villa natal, con lo cual fue bajo la dirección de su tío que los continuó en Santafé. Con su padrino de estudios, Custodio García Rovira, siguió las cátedras de filosofía
34. “Francisco de P. Santander. En 17 de agosto de 1805 vistió la beca de este Colegio Real, Mayor y Seminario de San Bartolomé, don Francisco de Paula Santander y Omaña, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de don Juan Agustín Santander y de doña Manuela A. de Omaña, naturales de la villa de Nuestra Señora del Rosario de Cúcuta, entrando en el goce de una Beca seminaria que yo el Rector, como Provisor y Vicario general y Gobernador del Arzobispado, le concedí, exigiéndole el correspondiente título, habiendo precedido las informaciones de Constitución y siendo su padrino el doctor don José Custodio García, consiliario y catedrático de Filosofía de este Colegio. Domingo Duquesne”. Trascrita del Archivo del Colegio de San Bartolomé por Pedro María Ibáñez, y publicada en el artículo “Santander estudiante”, en Archivo Santander, 1917, XI, 1-2.
moral para alcanzar el grado de bachiller en febrero de 1808, pagando la propina correspondiente a la Universidad de Santo Tomás. Con el doctor Pablo Francisco Plata defendió, en 1809, las tesis sacadas de las Instituciones de Justiniano, y en el siguiente año, con el doctor Emigdio Benítez Plata, las conclusiones de Derecho Real y de Derecho de Gentes. La práctica forense comenzó a adelantarla con el doctor Frutos Joaquín Gutiérrez hasta que el estallido de la revolución en 1810 la detuvo. Todos estos maestros le mostraron la misma opción política: la independencia respecto del Estado monárquico español. ¿Qué mejor ejemplo de ello que su tío, firmante del acta santafereña del 20 de julio de 1810? Uno de sus condiscípulos fue el santafereño Bernardino Tobar, quien dio testimonio de “las luces, entendimiento y aplicación” manifestada en “el curso literario”, testigo de que había sido en la clase “uno de los más bien notados por su habilidad y conducta”, pues lo había visto defender “con lucimiento y aplauso varios actos literarios” y merecer “aprecio y estimación de los catedráticos y superiores”[35].
Durante su carrera de estudiante, Santander defendió tesis en dos certámenes públicos: el primero versó sobre Derecho Romano, el 11 de julio de 1809, bajo la dirección del doctor Pablo Plata. El segundo versó sobre Práctica Forense, cuya acta en lengua latina, traducida al español, decía: “La norma, el método y los términos propios con que se ha de proseguir, definir y terminar los juicios ejecutivos y ordinarios, tanto civiles como criminales, constituyen la materia del certamen público que sostendrá don Francisco de Paula Santander de Omaña, bajo la dirección del doctor don Emigdio Benítez, catedrático de derecho real en este Colegio Real, Mayor y Seminario de San Bartolomé el 11 de julio de 1810”[36].
Todos los escolares del Colegio de San Bartolomé tenían que leer a Cornelio Nepote —Vidas de los generales famosos de las naciones extranjeras[37]—, pero a través de los escritos de Santander también es
35. Carta de Bernardino Tobar, gobernador de la provincia del Socorro, al general Santander. Socorro, 25 de marzo de 1820, en Roberto CORTÁZAR, Correspondencia dirigida al general Santander, 1969, XIII, 40-41.
36. Trascrita del Archivo del Colegio de San Bartolomé por Pedro María Ibáñez, y publicada en “Santander estudiante”, en Archivo Santander, 1917, XI, 2.
37. En la carta que Santander escribió a su amigo Alejandro Osorio desde Bogotá, el 21 de mayo de 1821, le dijo: “Digan lo que quieran y condénenme enhorabuena; si no he podido imitar a Milcíades, Epaminondas, Foción, me consolaré con que el término de nuestros días sean iguales”. La vida de estos tres generales famosos de la Antigüedad es el tema de los capítulos I, XV y XIX de la obra de Cornelio Nepote que Santander debió leer en una de las tres primeras ediciones bilingües, latino-castellano, de don Rodrigo de OVIEDO: Vidas de los varones ilustres que escribió en latín Cornelio Nepote, Madrid, en la imprenta de Pedro Marín, 1774; 2° edición en 1785; 3° edición en 1795 (en la imprenta que fue de Ramón Ruiz).
posible identificar a los autores latinos y griegos que leyó en el Colegio: Cayo Cornelio Tácito, Jenofonte, Plutarco, Demóstenes y Aristóteles. También leyó textos franceses de historia romana antigua. Al comenzar sus Apuntamientos para las Memorias sobre Colombia y la Nueva Granada (1837), Santander convocó en auxilio de su esfuerzo de memoria histórica los libros de las Historias del historiador griego Cayo Cornelio Tácito: “Los escritores que se dejan guiar por el odio o por la adulación, no piensan en la posteridad; la detracción y la maledicencia son ávidamente recibidas, porque tienen un aire falso de libertad. En cuanto a mí, no conozco a [Servio] Galba, a Otón, a Vitelio, ni porque me hayan hecho beneficios ni injurias”[38]. Al comenzar su balance de los tres primeros años de su administración de la Nueva Granada, titulado La Nueva Granada al empezar el año de 1836, escogió Santander como epígrafe una oración del mismo Cayo Cornelio Tácito: Incorruptam fidem professis, nec amore quisquam, et sine odio dicendus est.
En los mismos Apuntamientos de 1837, dejó testimonio de sus lecturas de las historias de Jenofonte: “Sabe poco de guerra, o ni siquiera ha leído la materia, el que pretende nivelar las operaciones militares de un cuerpo de tropas bisoñas y desalentadas que van en retirada, con la de cuerpos aguerridos y disciplinados que obran defensivamente. La historia antigua no hace mención sino de la retirada de los 10.000
38. “[...] la verdad era pisoteada de mil formas: primero por desconocimiento de la realidad de la República [...] después por el vicio de la adulación, así como por el odio hacia los gobernantes. De modo que, sintiéndose obligados los unos y ofendidos los otros, nadie se preocupaba por el futuro [...] Por lo que toca a mi relación con Galba, Otón y Vitelio, no he recibido de ellos beneficio o perjuicio alguno”. Primer párrafo del libro I de los libros de las Historias de Cornelio TÁCITO, c. 109 de nuestra era. La primera traducción castellana, de Baltasar Álamos de Barrientos, fue editada en Madrid en 1614, y de ella se hicieron numerosas reimpresiones. El otro libro de Cornelio Tácito es el de los Anales del Imperio Romano, c. 115 de nuestra era.
moral para alcanzar el grado de bachiller en febrero de 1808, pagando la propina correspondiente a la Universidad de Santo Tomás. Con el doctor Pablo Francisco Plata defendió, en 1809, las tesis sacadas de las Instituciones de Justiniano, y en el siguiente año, con el doctor Emigdio Benítez Plata, las conclusiones de Derecho Real y de Derecho de Gentes. La práctica forense comenzó a adelantarla con el doctor Frutos Joaquín Gutiérrez hasta que el estallido de la revolución en 1810 la detuvo. Todos estos maestros le mostraron la misma opción política: la independencia respecto del Estado monárquico español. ¿Qué mejor ejemplo de ello que su tío, firmante del acta santafereña del 20 de julio de 1810? Uno de sus condiscípulos fue el santafereño Bernardino Tobar, quien dio testimonio de “las luces, entendimiento y aplicación” manifestada en “el curso literario”, testigo de que había sido en la clase “uno de los más bien notados por su habilidad y conducta”, pues lo había visto defender “con lucimiento y aplauso varios actos literarios” y merecer “aprecio y estimación de los catedráticos y superiores”[35].
Durante su carrera de estudiante, Santander defendió tesis en dos certámenes públicos: el primero versó sobre Derecho Romano, el 11 de julio de 1809, bajo la dirección del doctor Pablo Plata. El segundo versó sobre Práctica Forense, cuya acta en lengua latina, traducida al español, decía: “La norma, el método y los términos propios con que se ha de proseguir, definir y terminar los juicios ejecutivos y ordinarios, tanto civiles como criminales, constituyen la materia del certamen público que sostendrá don Francisco de Paula Santander de Omaña, bajo la dirección del doctor don Emigdio Benítez, catedrático de derecho real en este Colegio Real, Mayor y Seminario de San Bartolomé el 11 de julio de 1810”[36].
Todos los escolares del Colegio de San Bartolomé tenían que leer a Cornelio Nepote —Vidas de los generales famosos de las naciones extranjeras[37]—, pero a través de los escritos de Santander también es
35. Carta de Bernardino Tobar, gobernador de la provincia del Socorro, al general Santander. Socorro, 25 de marzo de 1820, en Roberto CORTÁZAR, Correspondencia dirigida al general Santander, 1969, XIII, 40-41.
36. Trascrita del Archivo del Colegio de San Bartolomé por Pedro María Ibáñez, y publicada en “Santander estudiante”, en Archivo Santander, 1917, XI, 2.
37. En la carta que Santander escribió a su amigo Alejandro Osorio desde Bogotá, el 21 de mayo de 1821, le dijo: “Digan lo que quieran y condénenme enhorabuena; si no he podido imitar a Milcíades, Epaminondas, Foción, me consolaré con que el término de nuestros días sean iguales”. La vida de estos tres generales famosos de la Antigüedad es el tema de los capítulos I, XV y XIX de la obra de Cornelio Nepote que Santander debió leer en una de las tres primeras ediciones bilingües, latino-castellano, de don Rodrigo de OVIEDO: Vidas de los varones ilustres que escribió en latín Cornelio Nepote, Madrid, en la imprenta de Pedro Marín, 1774; 2° edición en 1785; 3° edición en 1795 (en la imprenta que fue de Ramón Ruiz).
posible identificar a los autores latinos y griegos que leyó en el Colegio: Cayo Cornelio Tácito, Jenofonte, Plutarco, Demóstenes y Aristóteles. También leyó textos franceses de historia romana antigua. Al comenzar sus Apuntamientos para las Memorias sobre Colombia y la Nueva Granada (1837), Santander convocó en auxilio de su esfuerzo de memoria histórica los libros de las Historias del historiador griego Cayo Cornelio Tácito: “Los escritores que se dejan guiar por el odio o por la adulación, no piensan en la posteridad; la detracción y la maledicencia son ávidamente recibidas, porque tienen un aire falso de libertad. En cuanto a mí, no conozco a [Servio] Galba, a Otón, a Vitelio, ni porque me hayan hecho beneficios ni injurias”[38]. Al comenzar su balance de los tres primeros años de su administración de la Nueva Granada, titulado La Nueva Granada al empezar el año de 1836, escogió Santander como epígrafe una oración del mismo Cayo Cornelio Tácito: Incorruptam fidem professis, nec amore quisquam, et sine odio dicendus est.
En los mismos Apuntamientos de 1837, dejó testimonio de sus lecturas de las historias de Jenofonte: “Sabe poco de guerra, o ni siquiera ha leído la materia, el que pretende nivelar las operaciones militares de un cuerpo de tropas bisoñas y desalentadas que van en retirada, con la de cuerpos aguerridos y disciplinados que obran defensivamente. La historia antigua no hace mención sino de la retirada de los 10.000
38. “[...] la verdad era pisoteada de mil formas: primero por desconocimiento de la realidad de la República [...] después por el vicio de la adulación, así como por el odio hacia los gobernantes. De modo que, sintiéndose obligados los unos y ofendidos los otros, nadie se preocupaba por el futuro [...] Por lo que toca a mi relación con Galba, Otón y Vitelio, no he recibido de ellos beneficio o perjuicio alguno”. Primer párrafo del libro I de los libros de las Historias de Cornelio TÁCITO, c. 109 de nuestra era. La primera traducción castellana, de Baltasar Álamos de Barrientos, fue editada en Madrid en 1614, y de ella se hicieron numerosas reimpresiones. El otro libro de Cornelio Tácito es el de los Anales del Imperio Romano, c. 115 de nuestra era.
de Jenofonte”[39]. En 1816 no quedaban libres del dominio español sino las provincias del Casanare y Popayán. El grupo derrotado en Cachirí decidió retirarse al Casanare para unirse a las tropas que mandaba en los llanos venezolanos el general Rafael Urdaneta y en Guasdualito el coronel Valdés. El 5 de mayo de 1816 salieron de Santafé la mayoría de los jefes y oficiales hacia los llanos de Venezuela, aunque en el camino muchos abandonaron la partida. En estos Apuntamientos, Santander explicó el desastre de Cachirí haciendo una comparación con la retirada de los griegos del Imperio Persa. En los mismos Apuntamientos, dejó un testimonio de sus lecturas de Plutarco: “No hubo imputación que no me hicieran ni calumnia que no inventaran [...] porque yo había nacido en Cúcuta, de padres de pequeña fortuna, y no había hecho como militar lo que Alejandro y César”[40].
En la carta que dirigió al general José Antonio Páez desde Angostura, el 22 de junio de 1818, demostró sus lecturas de Demóstenes: al defender la autonomía del Casanare respecto del mando de Páez y del gobierno provisional venezolano establecido en Angostura, Santander le recordó que la provincia de Casanare había pertenecido a la Confederación Granadina, la cual había tenido sus leyes, sus funcionarios y sus instituciones. Como nunca había pertenecido a Venezuela, su independencia tenía que ser mantenida, como la de la Nueva Granada respecto de Venezuela, así se formara con un gran acuerdo “la gran Nación Granadina Venezolana”. Sus sentimientos en este sentido no podían ser criminalizados, como no lo había sido “Demóstenes, cuando excitaba a los atenienses a no recibir la ley de los macedonios, sino a los ojos de Filipo”[41].
En su primer relato histórico sobre la campaña del general Bolívar en la Nueva Granada de 1819, probó su lectura de Aristóteles: “Nuestros reformadores hicieron lo que no hizo Solón, a quien creo
39. JENOFONTE. Las obras de Xenofonte ateniense. Trasladadas de griego en castellano por el secretario Diego Gracián, 2 ed., tomo II (Historia de la entrada de Cyro el menor en el Asia, y de la retirada de los diez mil griegos que fueron con él), Madrid. Imprenta Real de la Gazeta, 1781.
40. PLUTARCO. Alejandro-César. Vidas paralelas, traducción del griego por Antonio Ranz Romanillos, Madrid, Imprenta Nacional, 1821.
41. DEMÓSTENES. Primer discurso contra Filipo, c. 351 a.C. No se ha podido identificar la edición que leyó Santander.
con más talento que ellos: este formó su legislación y su gobierno, según el carácter y costumbres de los atenienses, en vez de que aquellos, rodeados de enemigos, ganando y perdiendo el territorio, quisieron de repente acomodar el carácter de los granadinos a una legislación de hombres perfectamente libres”[42]. En la carta que dirigió al coronel José María Vergara en 1819, mostró la fuente de sus conocimientos sobre la historia romana antigua: René AUBERT, abate de Vertot, Historia de las revoluciones de la República Romana, París, D'Herhan pour la Maison de frères Mame, 1810. En su biblioteca personal existía un ejemplar con sus iniciales en la portada. Pudo por ello escribir: “La posteridad tendrá que olvidar a Cincinato y a Camilo, y en vez de presentarlos como modelos de virtudes cívicas y militares, y de recordarlos por la generosidad con que se desprendieron de la autoridad suprema, no recordará ni presentará a otro que al gran Bolívar”[43].
Quien leía a Cornelio Nepote, también leía las Vidas paralelas de Plutarco. Y así lo consignó Santander en su réplica al doctor Francisco Javier Yanes: “Arístides, que mereció el renombre de Justo, y que hizo desechar, como injusto, aquel proyecto útil de Temístocles, en una ocasión, dice Plutarco, que sacrificó la justicia a la utilidad y conveniencia públicas”[44]. También lo hizo en la defensa de su honor y “probidad a toda prueba” que hizo ante el secretario general del Libertador: como “puedo desafiar al mismo Arístides a que me exceda en integridad”, pudo decir que “por mis manos no ha corrido ni he querido que corra ni un solo real del empréstito inglés”[45].
Para Bernardino Tobar, la educación que había recibido Santander en el Colegio de San Bartolomé había sido una circunstancia feliz,
42. Roberto CORTÁZAR. Cartas y mensajes de Santander, I, 294-295. ARISTÓTELES. Politeía (Constitución de los atenienses), c. 347 a.C., 5-13.
43. Carta de Santander al coronel José María Vergara. La Laguna del Casanare, 8 de abril de 1819.
44. Carta de Santander a Francisco Javier Yanes. Bogotá, 7 de marzo de 1822, en Archivo Santander, 1916, VIII, 132.
45. Carta de Santander al general José Gabriel Pérez. Bogotá, 8 de febrero de 1837, en Archivo Santander, 1919, XVI, 212. Tanto Plutarco como Cornelio Nepote acogieron como vida ejemplar al general ateniense Arístides, apodado el Justo por su ecuanimidad, quien murió en extrema pobreza después de haber luchado contra los persas y de haber determinado la contribución de cada polis al tesoro colectivo de la confederación de los griegos.
pues muchos de los jefes militares de su generación que no la tuvieron no pudieron por ello corresponder bien a lo que se esperaba por su nacimiento. Para Eusebio Borrero, compañero de “la carrera de las letras” y amigo desde los primeros tiempos de la juventud, quien también en 1810 abandonó “la carrera literaria para abrazar la carrera militar”, la amistad llevada en San Bartolomé había sido marcada por “el carácter de la franqueza, sinceridad y buena fe”, que la hacía de las mejores entre todas las amistades de la vida[46]. Estanislao Vergara atribuyó a dos de sus maestros, su tío Nicolás Mauricio de Omaña (cura de la catedral) y al doctor Frutos Joaquín Gutiérrez, el aliento para lanzarse con la convicción del patriotismo a la experiencia militar republicana.
Durante la experiencia de la campaña de los llanos de Venezuela, durante los años 1817 y 1818, Santander comparó su esmerada formación, “bajo principios liberales”, con la sociedad de soldados venezolanos que lo acogió, en cuyas barracas no podían recibir “el régimen destinado a conservar los derechos del ciudadano y a promover su felicidad”. Se hizo consciente de su diferencia, no solo porque había sido “alimentado con las doctrinas de los más ilustres abogados de los derechos del hombre”, que lo habían hecho “un amante de la libertad” y un “vehemente apasionado de las formas republicanas”, sino porque había tenido la experiencia de actuar como “ciudadano de la Nueva Granada, cuyo filantrópico gobierno quizás fue el más republicano de todos los nuevos Estados de América”, es decir, del gobierno del Congreso de las Provincias Unidas de la Nueva Granada (1812-1816)[47].
46. Carta de Eusebio Borrero al general Santander. Cali, 27 de enero de 1821, en Roberto CORTÁZAR. Correspondencia dirigida al general Santander, 1964, III, 136.
47. Francisco de Paula SANTANDER. “Memorias sobre el origen, causas y progreso de las desavenencias entre el presidente de la República de Colombia, Simón Bolívar, y el vicepresidente de la misma, Francisco de Paula Santander, escritas por un colombiano en 1829”, en Archivo Santander, 1932, XXIV, 199.
PROPIEDADES INMOBILIARIAS
Como los calumniadores le asignaron a Santander muchos bienes inmobiliarios, derivados de un supuesto fraude a los fondos del último empréstito inglés, gracias a su testamento de 1838 podemos identificar los siguientes bienes reales, adquiridos gracias a las recompensas por sus servicios militares y a los sueldos que le fueron pagados por el Tesoro Nacional.
Para empezar, su residencia familiar de dos plantas y techos de tejas, que reedificó en la esquina noroccidental de la plazuela de San Francisco en Bogotá (Carrera séptima con Calle 16 de la actual nomenclatura urbana), frente a la iglesia de la Tercera Orden Franciscana. La recibió como recompensa extraordinaria del general Bolívar (decreto del 12 de septiembre de 1819) por sus servicios en el mando de la Vanguardia del Ejército Libertador, y había pertenecido a un español emigrado, don Vicente Córdova[48]. La reedificó por los daños que sufrió durante el terremoto acaecido el 16 de noviembre de 1827. En ella tenía su biblioteca, sus vajillas, el ajuar doméstico, sus alhajas y 8.000 pesos en vales de deuda pública, derivados de sueldos que se le adeudaban por su empleo de vicepresidente de Cundinamarca y por préstamos que hizo al gobierno en momentos de escasez de la Tesorería. Pegada a esta, en el costado oriental, una casa pequeña de dos pisos y techos de tejas, que reedificó sobre cuatro tiendas compradas a don Enrique Umaña, que fue la residencia de su hermana Josefa Santander y sus hijas, a quienes les hizo donación testamentaria, con 6.000 pesos en dinero.
La hacienda de Hatogrande, que él llamó de Los Amigos, en jurisdicción de la parroquia de Sopó, junto al camino real entre los ríos Sopó y Bogotá, dotada con potreros de cría y ceba de ganados, cercas de piedra y corrales. Fue recibida del Libertador como indemnización por el tiempo de servicios militares prestados en Venezuela durante los años 1816 a 1819, sin sueldo alguno, pero solo las tierras con la casa
48. Esta casa se le adjudicó a Santander en 8.178 pesos, y sobre ella pesaba un censo de 1.492 pesos en favor del monasterio de la Concepción.
y las cercas arruinadas, con el gravamen de un censo del convento de Santa Clara. Sobre esta hacienda, que había pertenecido a un presbítero español emigrado, Pedro Bujanda, pesaban entonces las rentas anuales de dos capitales que habían sido tomados en préstamo: 120 pesos anuales por un capital de 2.400 pesos que heredó como gravamen de un censo antiguo del monasterio de Santa Clara de Bogotá, y 410 pesos anuales por un capital de 8.200 pesos que tomó en préstamo al Colegio de Pamplona para comprar ganados, hacer cercas nuevas, casa, corralejas, desagües y división de potreros. Con los ahorros de sus sueldos la fue mejorando, y en 1830 fue saqueada por los revoltosos de El Santuario. Tadeo Cuéllar fue el fiel mayordomo administrador de esta hacienda, especialmente en los tiempos del destierro europeo[49].
La estancia llamada La Resaca, en jurisdicción de Chía, entre las haciendas de Yerbabuena y Agua Caliente, que compró a los hermanos Guzmán, sobre la cual pesaba una renta anual derivada de un capital tomado en préstamo al monasterio de La Concepción de Bogotá. En el camino del Carare, provincia de Vélez (hoy Landázuri), 10.000 fanegadas de tierras baldías que compró, las cuales pobló de ganados y de cultivos, bajo la dirección de Antonio María Díaz.
Gracias a sus elevados salarios, correspondientes a seis años como vicepresidente de Colombia y a cinco años como presidente de la Nueva Granada, el testamento identificó al gran número de personas que recibieron dineros prestados de Santander: Gabriel Rosas recibió 2.500 pesos a interés, con garantía hipotecaria de su casa en la esquina del Colegio del Rosario, y once personas, la mayoría oficiales del ejército, recibieron un total de 4.011 pesos. Se agregan a esta suma 5.116 pesos que fueron prestados a 22 personas de su círculo cercano, juzgados incobrables, de los cuales 2.000 los recibió el general José Padilla para comprar una casa en Cartagena y 1.000 pesos el coronel José Concha, pariente. Finalmente, los 8.000 pesos que prestó a Antonio Caro para que pagase sus deudas y cuyo pago condonó a la
49. Esta hacienda estuvo arrendada en el bienio 1819-1820 a Ambrosio Almeida, ministro del Tesoro Público de Bogotá, por 1.000 pesos anuales. Sobre el capital en que se estimó, 20.000 pesos, se reconocía el censo de 2.400 pesos al monasterio de Santa Clara, con un interés anual de 5%.
viuda Nicolasa Ibáñez, como reconocimiento a sus especiales favores durante las persecuciones que sufrió en 1828.
En 1827 tenía Santander otra casa cercana al convento de San Juan de Dios, que después de refaccionada vendió, y la quinta Santa Catalina de Fucha, residencia de doña Nicolasa Ibáñez, que fue comprada por ella con lo producido por la venta de unas ropas suyas, según un vale por 7.000 pesos que endosó a Antonio Caro. No hay que olvidar que también tuvo pérdidas en su haber, no solo por el terremoto sino por un robo que sufrió en 1827, además del saqueo de caballos y ganados que hicieron los soldados del batallón Callao en Hatogrande durante el año 1830. Desde 1825, y en los últimos años de su vida, Santander tuvo una estancia en Tena.
Los únicos regalos que Santander aceptó, y que atesoró en su casa por su valor simbólico, fueron los siguientes: el libro escrito por el abate Dominique de Pradt y titulado La Europa y la América en 1821 (Burdeos, Juan Pinard impresor, 1822), la espada que la ciudad de Dublín le dio al general irlandés D'Evereaux y que este trajo a Venezuela, la medalla de los libertadores de Cundinamarca y la de Boyacá, que le fue entregada por la ciudad de Bogotá; los retratos de los cinco primeros presidentes de los Estados Unidos y una carta geográfica que le fueron entregados por el coronel Todd, primer comisionado de los Estados Unidos; tres retratos (el rey George IV, el Duque de York y el ministro Canning) que le fueron entregados por el coronel Hamilton; una estatua de Napoleón en bronce que le trajo el hijo del general Wilson, una pintura de Napoleón que le trajo el caballero Francisco D'Esmenard, y varios libros de política y arte militar que le fueron donados por varios ciudadanos para su biblioteca.
Manuel José Hurtado le remitió desde Londres, en noviembre de 1826, otro libro del abate de Pradt (Verdadero sistema de Europa con respecto a la América y la Grecia, París, 1825), los tres tomos de las Obras dramáticas y líricas de Leandro Fernández de Moratín (París, 1825) y tres Catecismos de Historia Antigua, Historia Romana e Historia Griega. Por su parte, José Fernández Madrid le remitió desde París otra obra que el abate de Pradt había dedicado al Congreso Mexicano, Concordat de l'Amerique avec Rome (París, Béchet Ainé, 1827), que ese mismo año también fue publicada en español.
CARÁCTER
Los hombres de la época de Santander tenían carácter, cultivado desde las experiencias de la niñez en los modelos paternales, y después en algún colegio mayor de Santafé. Las experiencias siguientes terminaban el modelado de la personalidad, con lo cual en la avanzada edad madura se podía decir que el hombre era “un carácter”, listo para ingresar a alguna galería de hombres ilustres o notables, como la que publicó don José María Samper Agudelo[50]. Para sus contemporáneos, el carácter del general Santander era muy diferente del carácter de su condiscípulo, el doctor José Ignacio de Márquez, y quizás esa fue la razón por la que el primero apoyó con su influjo a Joaquín Mosquera para la vicepresidencia de la Nueva Granada, “pues no era amigo de Márquez”, como anotó José Manuel Restrepo en su Historia de la Nueva Granada.
Este primer historiador de la nación colombiana, conocedor como nadie del carácter de Santander, pues lo acompañó diariamente en el Consejo de Gobierno durante la primera experiencia colombiana, nos dejó su impresión negativa:
Criado en los campos de la guerra de independencia, Santander era duro, despótico y no sufría sin irritarse contradicción, ni oposición alguna. Este carácter lo tenía hasta en el Consejo de Gobierno, en que a veces trataba a sus secretarios, y aún a los vicepresidentes, con una indiferencia que rayaba en descortesía. Cansábalos así, y les hacía odioso el despacho[51].
Para Restrepo, el principal defecto de Santander era la intolerancia, que chocaba a muchos, “pues no podía sufrir la más leve oposición sin que se irritara, atacando con acrimonia a sus enemigos
50. José María SAMPER. Galería nacional de hombres notables, o sea colección de bocetos biográficos, Bogotá, Imprenta de Zalamea, por F. Ferro, 1879. Este escritor liberal se ocupó de la biografía de 25 hombres notables de la Nueva Granada, y de la de Simón Bolívar.
51. José Manuel RESTREPO. Historia de la Nueva Granada (1832-1845), Bogotá, Cromos, 1952, I, 37.
políticos, ya de palabra, ya por escrito”, y ese rasgo le había granjeado mucha oposición en las legislaturas. No hay que olvidar el lugar de su nacimiento, la Villa del Rosario de Cúcuta, donde ese tipo de personalidades hirsutas y descorteses abundan hasta nuestros días, y el impacto que producía en la sociedad cortesana de los santafereños, plena de cortesías y consideraciones. En la tercera cláusula de su testamento de 1838, Santander dejó constancia de su malestar por las versiones de sus enemigos que le restaban nobleza:
Mis padres, ambos, así como sus ascendientes, de familias nobles, que bajo el gobierno español obtuvieron destinos públicos de honor y distinción. Digo esto para desmentir a mis enemigos, que me han querido negar hasta mi nacimiento por adular a Bolívar, no porque yo haya hecho caso después de la revolución por la independencia de semejante origen, persuadido, como he estado, y estoy, de que las virtudes son las que forman la mejor nobleza. Por esto he fundado una enteramente nueva, cuya base han sido mis continuos servicios a mi país, a quien le he guardado entera fidelidad, y en donde me he manejado con honradez e integridad.
A pesar de que Restrepo reconoció “el buen juicio y la rectitud” de Santander, no dejó de criticarle “sus fuertes pasiones” y la costumbre de responder “con enfado y acrimonia”[52]. El modo como fue asesinado el general Sardá por quienes pudieron capturarlo con vida, era un ejemplo de una “aberración” de las órdenes de Santander, y de su justificación, “originada acaso de sus fuertes pasiones”. También le identificó a Santander la manía de “elogiarse con frecuencia, lo que era una vanidad que muchos no le perdonaban”.
Al examinar el último mensaje que Santander leyó ante el Congreso de 1837, Restrepo rescató el ideario de Santander en favor de la educación de la nueva generación de granadinos en los principios religiosos y morales. No deberían abandonar la moral y la doctrina del Evangelio, pero tampoco entregarse al fanatismo religioso. Por eso su insistencia en la enseñanza de la obra de Jeremy Bentham se basaba
52. José Manuel Restrepo. Historia de la Nueva Granada, obra citada, 1952; I, 66-67.
en un malentendido, pues creía que el fanatismo le quería arrancar una concesión que lo presentaría como débil. El carácter de Santander expresaba su tenacidad, y por ello “no cedía un ápice de sus convicciones”. El ideario liberal de Santander era, en consecuencia, “absolutamente diferente, y aún contrario, al que surgió después, bajo la Administración del 7 de marzo de 1849”[53].
El rasgo que más admiró Restrepo de Santander fue su extraordinaria capacidad de trabajo en el despacho ministerial. Durante la última administración de Santander, sus secretarios de despacho parecían solo auxiliares suyos, en especial en la Secretaría de Guerra, donde el general Antonio Obando solo parecía prestarse para firmar lo que redactaba el presidente. El secretario de Hacienda, Francisco Soto, entendía poco de las cifras que la Contaduría General elaboraba para los estados generales de las cuentas, y era incapaz de formar un plan combinado sobre alguna renta o sobre el crédito público; pero por su orden y severa probidad pudo mejorar lo que encontró con una rigurosa economía. Coincidía con Santander en un criterio fiscal conservador, ajeno a reformas y ensayos que no estuvieran bien fundados en los cálculos del recaudo y de los gastos.
Al producirse el fallecimiento de Santander, Restrepo consignó su balance del personaje con las siguientes palabras:
Santander era alto, un poco grueso, y de una fisonomía varonil. Su genio era naturalmente áspero e intolerante como de un militar que había pasado mucha parte de su vida mandando soldados, circunstancia que afectaba gran número de sus acciones. Poseía talentos sólidos y brillantes. Al mismo tiempo que despachaba con sus secretarios los negocios más difíciles del Gobierno, escribía cartas y artículos para los periódicos. Gustaba sobremanera de esta clase de escritos, y en el curso de su vida le causó muchos disgustos la pasión que le dominaba, de escribir para las gacetas y de contestar cuanto decían contra él. Escribía fácil y correctamente. Su estilo era cáustico por lo común, lo que no le perdonaban aquellos contra quienes se dirigía, especialmente cuando ocupaba la silla presidencial. Conocía bien la legislación de la Nueva Granada, su
53. José Manuel Restrepo, obra citada, 1952, I, 114.
administración, sus rentas y todo cuanto tenía relación con su gobierno y política exterior. Su lectura e instrucción eran extensas e hijas de una gran memoria y penetración. Tenía firmeza, actividad y energía para obrar, método y constancia en el trabajo. Sus pasiones eran fuertes y un poco rencorosas y no sufrían contradicciones[54].
Sobre su legendaria capacidad de trabajo burocrático, una evidencia temprana son sus propias palabras, dirigidas a José María del Castillo:
Mi trabajo es insoportable. Despacho lo mismo que ahora un año en el Departamento [de Cundinamarca], es decir, a mí ocurren con cuantos negocios les vienen al caso; mas, tengo que trabajar para los ministerios y que cumplir las leyes del congreso. Para todo no tengo sino a Estanislao Vergara. Yo trabajo como un oficial de pluma en la oficina; soy además general y cabo, soy alcalde para escuchar demandas, y crea usted que me falta tiempo para comer. Estoy desesperado hasta un punto excesivo; o ustedes me admiten la renuncia sin dejarme más desesperar o aquí ponen secretarios suficientes, porque de otro modo es preciso despacharlo todo tarde y mal. Mi genio no sufre dilaciones; quiero hacerlo todo inmediatamente y que todos lo hagan lo mismo[55].
Además de su gran capacidad de trabajo, uno de los rasgos del carácter de Santander fue su capacidad de integración con todas las personas y con todos los grupos sociales. Era muy conocido el gusto que le daban los paseos por el altozano de la Catedral y por la Calle de la Carrera, siempre atento a intervenir en cuanta conversación se ofreciera, enterándose de todos los chismes políticos que corrían. Participaba con su tiple en tenidas de toda clase, comiendo y bebiendo cuanta comida popular le ofrecieran. Aunque muchos de los ingleses fueron partidarios del general Bolívar, algunos fueron decididos partidarios suyos, como su edecán Charles Willthew, el cónsul James Henderson
54. José Manuel RESTREPO, obra citada, 1952, I, 168.
55. Carta del vicepresidente del Departamento de Cundinamarca al vicepresidente interino de Colombia, José María del Castillo y Rada. Bogotá, 30 de agosto de 1821, en CORTÁZAR, Cartas y mensajes, 1954, III, 324.
y su concuñado William Wills. El periódico bilingüe El Constitucional acogió, en lengua inglesa, un comentario de algún inglés sobre la sencillez del general Santander en los tiempos en que ejercía el cargo de vicepresidente de Colombia:
El general Santander y las principales autoridades comparten la más humilde de las comidas en los potreros, sentados al lado de cualquier ciudadano que quisiera ubicarse en el asiento cercano a ellos; quizás parezca un espectáculo despreciable y bajo ante los ojos de la sublime jerarquía de la Santa Alianza, pero, para nosotros, y para todos aquellos que reconocen el gran principio de la Soberanía del Pueblo, fue uno de los más dignos e imponentes que podría presentar un gobierno.[56]
Al comparar el carácter de Santander con el del inmigrante inglés William Wills, ambos casados con una señorita Pontón Piedrahita, el fallecido historiador Malcolm Deas señaló la afinidad de sus respectivos caracteres: “un temperamento enérgico y emprendedor, y una gran memoria para los odios y los resentimientos”.[57]
56. El Constitucional, Bogotá, 12 (12 de agosto de 1824). Citado por Malcolm Deas, Vida y opiniones de William Wills, Bogotá, Banco de la República, 1996, I, 39.
57. Malcolm Deas, Vida y opiniones de William Wills, Bogotá, Banco de la República, 1996, I, 178.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.