Bicentenario Naval

LA BATALLA DECISIVA

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
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PRE­SEN­TA­CIÓN / PRE­SEN­TA­TION

Los nuevos estados nacio­na­les que emer­gie­ron en el mar de la his­pa­ni­dad, durante la revo­lu­ción que fue pro­mo­vida por la crisis monár­quica de 1808-1813, aspi­ra­ron a formar nuevas auto­ri­da­des repu­bli­ca­nas capaces de mantener el mono­po­lio sobre la fuerza armada y los recaudos fiscales. El cum­pli­miento de este pro­pó­sito era rela­ti­va­mente fácil en los esce­na­rios con­ti­nen­ta­les, dado que sobre la marcha podían reclu­tarse mili­cia­nos bisoños, darles ins­truc­ción militar con rapidez y a bajo costo, e impro­vi­sar ofi­cia­les capaces de man­dar­los y hacerlos marchar. Bata­llo­nes de cam­pe­si­nos cons­crip­tos, ins­trui­dos como soldados y dotados de unas cuantas armas blancas, se formaron con rapidez allí donde se esta­ble­cie­ron juntas de gobierno autó­no­mas, y fueron muchos los cole­gia­les que se impro­vi­sa­ron como capi­ta­nes de tierra.

Pero en los esce­na­rios marí­ti­mos este asunto era mucho más difícil. Para empezar, había que con­quis­tar una porción del antiguo Mare Nostrum del Estado monár­quico, admi­nis­trado desde hacía siglos por el almi­rante de Castilla, y defen­derlo como mar terri­to­rial de una nueva nación inde­pen­diente. Lograr este objetivo requería contar con navíos grandes y costosos, fruto de car­pin­te­ros y veleros pro­fe­sio­na­les, arti­lla­dos con­ve­nien­te­mente por peritos en balís­tica, y mane­ja­dos por capi­ta­nes de navíos y una mari­ne­ría experta en todas las manio­bras marí­ti­mas. Nada de esto podía obte­nerse

The new national states that emerged in the sea of His­pa­nity during the revo­lu­tion that was promoted by the monar­chic crisis of 1808-1813, aspired to form new repu­bli­can aut­ho­ri­ties capable of main­tai­ning a monopoly over armed force and tax revenues. The ful­fill­ment of this purpose was rela­ti­vely easy in the con­ti­nen­tal sce­na­rios, since inex­pe­rien­ced mili­tia­men could be recrui­ted on the go, give them military ins­truc­tion quickly and cheaply, and impro­vise officers that could be capable of com­man­ding them and marching them. Bat­ta­lions of cons­cript peasants, ins­truc­ted as soldiers and equipped with a few bladed weapons, were quickly formed wherever auto­no­mous govern­ment boards were formed and many scho­ol­boys impro­vi­sed as land captains.

But in the maritime sce­na­rios this matter was much more dif­fi­cult. To begin with, it was neces­sary to conquer a portion of the former Mare Nostrum of the monar­chic state, admi­nis­te­red for cen­tu­ries by the admiral de Castilla, and to defend it as the terri­to­rial sea of a new inde­pen­dent nation. To achieve this objec­tive required large and expen­sive ships, the work of pro­fes­sio­nal car­pen­ters and sailors, properly armed by experts in ballis­tics, and manned by captains and sailors expert in all maritime maneu­vers. None of this could be obtained at the time of the revo­lu­tion. That is why the new repu­bli­can states had provide them­sel­ves with foreign sailors

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en los tiempos de la revo­lu­ción. Por eso los nuevos Estados repu­bli­ca­nos tuvieron que servirse de marinos extran­je­ros y con­ce­der­les patentes de corso, dándoles una par­ti­ci­pa­ción en los repartos de los navíos enemigos apre­sa­dos en alta mar. Una potencia marítima mundial como Gran Bretaña, dueña de una alta cultura naval que incluía caba­lle­ros formados como ofi­cia­les, maes­tran­zas admi­nis­tra­das por maestros car­pin­te­ros y herreros, colec­cio­nes de precisos mapas de marear e ins­tru­men­tos efi­cien­tes, conserva en los archivos de su tribunal de presas marí­ti­mas infor­ma­ción sobre más de 32.000 naves cap­tu­ra­das en los mares del planeta.

Estas cir­cuns­tan­cias explican que el primer capítulo de una historia de la Armada repu­bli­cana de Colombia tenga que versar sobre navíos cor­sa­rios y capi­ta­nes extran­je­ros al servicio de las primeras auto­ri­da­des repu­bli­ca­nas, entre los cuales bri­lla­ron los nombres de Luis Brión, Renato Beluche, John Daniel Danells, Walter Dawes Chitty, James Bluck, J. Pelot, Pedro Uribarri, Pedro María Iglesias, Nicolás Joly, Dennis Thomas, Marck R. Mankind, William White, John McCann, Clement Castell, Richard Wright y John Illing­worth. Por sus ser­vi­cios de trans­porte a la expe­di­ción militar que salió de los Cayos de Haití, hasta hacerse con el control de la isla de Mar­ga­rita, el general Bolívar concedió a Luis Brión el único título de almi­rante que existió durante la expe­rien­cia de la primera Repú­blica de Colombia.

Los cons­ti­tu­yen­tes que se reu­nie­ron en la Villa del Rosario en el año 1821 exa­mi­na­ron la temprana expe­rien­cia marítima repu­bli­cana, basada en los recursos de los navíos par­ti­cu­la­res que reci­bie­ron patentes de corso. Juzgaron que, pese a los bene­fi­cios obte­ni­dos contra los navíos espa­ño­les enemigos y a la expe­rien­cia obtenida en las flo­ti­llas sutiles, la Armada repu­bli­cana debía contar con orga­ni­za­ción, navíos y hombres propios cali­fi­ca­dos. Una Comisión de Marina acci­den­tal propuso la abo­li­ción del Almi­ran­tazgo y del Tribunal del Almi­ran­tazgo que habían existido hasta entonces en Vene­zuela, y su reem­plazo por un régimen de cuatro depar­ta­men­tos de marina, coor­di­na­dos por el secre­ta­rio de Marina del poder eje­cu­tivo. Así fue como la costa del mar Caribe fue dividida en tres depar­ta­men­tos de marina,

and grant them pri­va­teer's patents, giving them a share in the dis­tri­bu­tion of enemy ships captured on the high seas. A world maritime power like Great Britain, owner of a high naval culture that included gen­tle­men trained as officers, master ships' yards managed by master car­pen­ters and black­smiths, collec­tions of precise sea charts and effi­cient ins­tru­ments, pre­ser­ves in the archives of its court of maritime dams infor­ma­tion on more than 32,000 ships captured on the seas of the planet.

These cir­cums­tan­ces explain why the first chapter of a history of the Repu­bli­can Navy of Colombia had to navigate over corsair ships and foreign captains in the service of the first repu­bli­can aut­ho­ri­ties, among which the names of Luis Brión, Renato Beluche, John Daniel Danells, Walter Dawes Chitty, James Bluck, J. Pelot, Pedro Uribarri, Pedro María Iglesias, Nicolás Joly, Dennis Thomas, Marck R. Mankind, William White, John McCann, Clement Castell, Richard Wright and John Illing­worth stood out. For his trans­port services to the military expe­di­tion that left the Haitian Keys, until it took the control of Isla Mar­ga­rita, General Bolívar granted Luis Brión the only title of admiral that existed during the expe­rience of the first Republic of Colombia.

The cons­ti­tuents that met They judged in Villa de Rosario in 1821, examined the early repu­bli­can maritime expe­rience, based on the resour­ces of private vessels that received pri­va­teer's patents. They judged that, in spite of the benefits obtained against enemy Spanish ships and the expe­rience gained in the subtle flo­ti­llas, the Repu­bli­can Navy should have an orga­ni­za­tion, ships and qua­li­fied men. An acci­den­tal Navy Com­mis­sion proposed the abo­li­tion of the Admi­ralty and the Admi­ralty Court, which had existed until then in Vene­zuela and their repla­ce­ment by a regime of four Navy Depart­ments, coor­di­na­ted by the Secre­tary of the Navy of the Exe­cu­tive Power. That was how the Carib­bean coast was divided into three marine depart­ments, and the fourth would be in charge of the Pacific coast, from the port of Gua­ya­quil.

When the port of Car­ta­gena became the head­quar­ters of the Third Depart­ment of the Navy, Vice Presi-

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y el cuarto quedaría encar­gado de la costa del mar Pacífico, desde el puerto de Gua­ya­quil.

Cuando el puerto de Car­ta­gena se con­vir­tió en la sede del Tercer Depar­ta­mento de Marina, juzgó el vice­pre­si­dente San­tan­der que su coman­dan­cia debía recaer en el coronel José Padilla López, a la vista de su lucido lide­razgo de la flotilla de navíos sutiles, e incluso de los navíos mayores, en el asedio y la toma de las plazas de Santa Marta y Car­ta­gena. Dado que los pana­me­ños se ade­lan­ta­ron en decla­rarse inde­pen­dien­tes del Estado monár­quico, la con­quista del istmo de Panamá no fue nece­sa­ria, por lo que el objetivo militar se desplazó a las plazas de Mara­caibo y Puerto Cabello, cuya defensa era apoyada con grandes navíos espa­ño­les desde la isla de Cuba.

La campaña del Zulia fue entonces la opor­tu­ni­dad para que la Repú­blica de Colombia pudiera contar con un mar terri­to­rial propio, vedado a la nave­ga­ción de navíos enemigos. Pero tomar las dos plazas en disputa, defen­di­das por la flota del capitán Ángel Laborde, segundo jefe de las Fuerzas navales espa­ño­las en la América Sep­ten­trio­nal, era una misión muy difícil. Para empezar, había que ingresar en navíos al lago de Mara­caibo por una barra de aguas poco pro­fun­das, paso defen­dido por el castillo de San Carlos, y después sortear los bajos de El Tablazo. Eran precisos los ser­vi­cios de prác­ti­cos que son­de­a­ran las pro­fun­di­da­des del mar, pero, sobre todo, la decisión del coman­dante Padilla, encar­gado de la misión. Una vez supe­ra­dos estos graves riesgos, había que batir en batalla abierta la flota española. El objetivo pudo cum­plirse el 24 de julio de 1823, cuyo mejor resul­tado fue la capi­tu­la­ción que tuvo que firmar el coman­dante de la marina española, y el regreso de todas las Fuerzas espa­ño­las a la isla de Cuba.

El resul­tado político de la gran batalla del lago de Mara­caibo fue de una con­tun­den­cia con­ti­nen­tal. Las armadas espa­ño­las no vol­vie­ron a tener la posi­bi­li­dad de con­ser­var el control sobre el mar y la costa de la Tierra Firme. En adelante, este control solo pudo ser de la primera Repú­blica de Colombia y, desde 1830, de los nuevos Estados de Vene­zuela y la Nueva Granada.

dent San­tan­der judged that its command should fall on Colonel José Padilla López, in view of his bri­lliant lea­ders­hip of the flotilla of subtle ships, and even of the larger ships in the siege and capture of the squares of Santa Marta and Car­ta­gena. As the conquest of the Isthmus of Panama was not neces­sary, given that the Pana­ma­nians went ahead by decla­ring their inde­pen­dence from the monar­chic State, the military objec­tive was shifted to the squares of Mara­caibo and Puerto Cabello, whose defense was sup­por­ted by large Spanish ships from the island of Cuba.

The Zulia campaign was then the oppor­tu­nity for the Republic of Colombia to have its own terri­to­rial sea, for­bid­den to enemy ships. But taking the two places in dispute, defended by the fleet of Captain Angel Laborde, second in command of the Spanish naval forces in North America, was a very dif­fi­cult mission. To begin with, it was neces­sary to enter Lake Mara­caibo in ships through a shallow water bar, a pass defended by the castle of San Carlos, and then to cross the shallows of El Tablazo. The services of pilots to sound out the depths of the sea were neces­sary, but, above all, the decision of Com­man­der Padilla, in charge of the mission. Once these serious risks had been overcome, the Spanish fleet had to be beaten in open battle. The objec­tive was achieved on July 24, 1823, the best result of which was the capi­tu­la­tion that the com­man­der of the Spanish navy had to sign and the return of all the Spanish forces to the island of Cuba.

The poli­ti­cal result of the great battle of Lake Mara­caibo was of con­ti­nen­tal for­ce­ful­ness. The Spanish navies never again had the pos­si­bi­lity of retai­ning control over the sea and the coast of the Tierra Firme. From then on, this control could only belong to the first Republic of Colombia and, since 1830, to the new States of Vene­zuela and New Granada. The old Mare Nostrum of the Spanish monar­chic State had ceased to exist in Tierra Firme, and for this reason the military sailors of the new repu­blics that had been formed to the south of the con­ti­nent in Buenos Aires and Mon­te­vi­deo could breathe easy. That is why Colom­bian

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El antiguo Mare Nostrum del Estado monár­quico español había dejado de existir en la Tierra Firme, y por ello res­pi­ra­ron con tran­qui­li­dad los marinos mili­ta­res de las nuevas repú­bli­cas que se habían formado al sur del con­ti­nente, en Buenos Aires y Mon­te­vi­deo. Es por ello, que los marinos colom­bia­nos con­si­de­ran que esta fue la acción naval que aseguró la libertad de la América del Sur.

Este libro da cuenta de esa historia, en el año en que se con­me­mo­ran los 200 años de su ocu­rren­cia. En el momento en que se libraba la batalla decisiva, el coronel José Padilla no había recibido el despacho por el cual el Consejo de Gobierno de Colombia lo ascendía al rango de general de brigada. Después de la batalla, el Consejo tuvo que ofre­cerle el título de general de división como recom­pensa por sus ser­vi­cios a la Patria. Así que solo en este año del Bicen­te­na­rio es cuando la Armada de Colombia le ofrece, como reco­no­ci­miento póstumo, el título de Gran Almi­rante de la Repú­blica.

sailors consider that this was the naval action that ensured the freedom of South America.

This book gives an account of that history in the year in which the 200th anni­ver­sary of its occu­rrence is com­me­mo­ra­ted. At the time of the decisive battle, Colonel José Padilla had not received the dispatch by which the Colom­bian Gover­ning Council promoted him to the rank of bri­ga­dier general. After the battle, the Council had to offer him the title of major general as a reward for his services to the Fat­her­land. So it is only in this year of the Bicen­ten­nial that the Colom­bian Navy offers him, as a post­hu­mous recog­ni­tion, the title of Grand Admiral of the Republic.

Armando Martínez Garnica

Pre­si­dente de la Academia Colom­biana de Historia

Pre­si­dent of the Colom­bian Academy of History

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.