El arca dejada a su muerte por el cosmógrafo real Alonso de Santacruz (1505-1567) fue la fuente de los documentos y mapas de las Indias Occidentales que su sucesor en el cargo, Juan López de Velasco (c.1530-1598), usó para elaborar el Cuestionario que generó el conjunto documental conocido como Relaciones geográficas de Indias, fuente que tuvieron a su disposición los reales cronistas de Indias, comenzando por Andrés García de Céspedes (1596-1611). Uno de los documentos generados por Santacruz fue el conocido con el nombre de Epítome del Nuevo Reino de Granada, la más temprana descripción de este reino indiano, atribuido sin razones al capitán Gonzalo Jiménez de Quesada.
Los conceptos básicos usados por el cosmógrafo real Alonso de Santa Cruz para describir el descubrimiento y la conquista del Nuevo Reino de Granada fueron cuatro: tierra, nación, generación y provincia. Los panches, el grupo aborigen enemigo de los muiscas, fue descrito como «cierta nación de indios que comen carne humana y habitan tierra caliente». Pero estos también fueron nombrados con el concepto de generación: «ansí como aquella generación de indios se llama panches, ansí esta otra generación de indios del Nuevo Reino se llama moscas».
Por lo que muestran las fuentes de Santa Cruz, era obvio para él que la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada había comenzado descubriendo dos distintas naciones aborígenes (panches y moscas), porque eran también dos generaciones distintas de seres humanos. Pero, una vez que ingresó a aquello que determinó nombrar Nuevo Reino de Granada, distinguió entre la nación mosca dos provincias distintas: «la una se llama de Bogotá, la otra de Tunja, y ansí se llaman los señores della del apellido de la tierra; cada uno destos señores son poderosísimos de grandes señores y caciques que le son sujetos a cada uno dellos». La provincia de Bogotá fue considerada mayor que la provincia de Tunja porque “el señor della es más poderoso y aún de mayor gente”, pese a que la tierra de Tunja era «más rica» que la de Bogotá, dado que tenía más oro y esmeraldas, si bien la riqueza de estas dos provincias era inferior a la que se había hallado en la conquista del Perú.
Fue siguiendo las antiguas tradiciones romanas, que el cosmógrafo real de la Monarquía española designó con el concepto de provincia a los dos señoríos (Bogotá y Tunja) de la nación muisca, pero también a la nación panche, diferenciando las calidades y temples de las tierras que ocupaban todas ellas. Insistió en la novedad que había traído la presencia de las huestes de soldados españoles entre los aborígenes: «todo el año de 1537 y parte de 1538 se gastó en sujetarlos, a unos por bien y a otros por mal, como convenía, hasta que estas dos provincias de Tunja y Bogotá quedaran bien sujetas y asentadas en la obediencia debida a Su Majestad, y lo mismo quedaron la nación y provincia de los panches».
Una nación aborigen, así en el ecumene romano antiguo como en las nuevas tierras descubiertas en las Indias, se convertía en provincia cuando era objeto de conquista y, en consecuencia, de un proyecto de subordinación a la autoridad superior de los invasores y conquistadores: «tornando al Nuevo Reino digo que se gastó la mayor parte del año 1538 en acabar de sujetar y pacificarlo». Una provincia, desde los tiempos de la antigua República Romana, era una nación por conquistar, tarde o temprano. En el caso peculiar de la hueste conquistadora del licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, se introdujeron en este proceso de conquista dos conceptos nuevos, uno de tradición visigótica (reino) y otro del anterior proceso de romanización de Hispania (ciudad):
Acabado de pacificar aquel reino, entendió luego “el dicho licenciado en poblarlo de españoles, y edificó luego tres ciudades principales: la una en la provincia de Bogotá y llámola Santa Fe. La otra llámola Tunja, del mesmo nombre de la tierra. La otra llamó Vélez, que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había entrado. Ya era el año de 1539 cuando todo esto se acabó”.
Entre el Nuevo Reino de Granada y Quito, en el Epítome se reconoció otra provincia: Popayán, «que Sebastián de Benalcázar, teniente y capitán por el marqués don Francisco Pizarro, pobló». Como las provincias de Santa Marta y de Cartagena ya existían, y la provincia de Popayán fue descubierta y poblada por una expedición que vino del Perú, hay que insistir en que la jurisdicción original del Nuevo Reino de Granada solo cubrió las dos provincias muiscas que fueron puestas bajo la jurisdicción de los cabildos de las ciudades de Santa Fe y Tunja, la provincia de los panches que se puso bajo la jurisdicción de la ciudad de Tocaima y el conjunto de las cuatro provincias que fueron puestas en la jurisdicción del cabildo de la ciudad de Vélez. Para comprender el significado de esta afirmación, se tiene que examinar enseguida la historia conceptual de las palabras provincia, reino y ciudad.
Origen de las palabras “provincia”, “reino” y “ciudad”
La palabra provincia, en los escritos de Cicerón, se usaba para designar a las generaciones de hombres que fueron objeto de proyectos de conquista por las legiones romanas (pro y vinco): las gentes que había que vencer con armas, para obligarlas a tributar y a servir. Declarar y reducir una nación aborigen a la condición de provincia significaba suprimir sus libertades y obligarla a tributación. Una provincia consularis praetoria era una nación conquistada y puesta bajo el gobierno de un procónsul, de un pretor. Con este sentido recogió la palabra el cronista Alfonso de Palencia en su Universal vocabulario en latín y en romance collegido: «Provincias se dijeron porque los romanos vencedores redujeron a su jurisdicción los principados de las gentes que pertenecían a otros reyes». Todavía en 1611 insistía Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, en el origen latino de la palabra: «Provincia: quiasi procul victa»: lo obtenido tras una victoria militar por los romanos.
La perspectiva histórica de los hispanoamericanos es ajena a un acontecimiento esencial del mundo hispano: España fue una creación de Roma. Las dos primeras provinciae, Hispania Citerior e Hispania Ulterior, que desde el año 197 a. C. determinaron las actividades de los dos magistrados romanos enviados a la península ibérica, los pretores de rango proconsular, fueron las primeras zonas ultramarinas que fueron designadas así por los romanos. La Hispania romanizada existió por seis siglos, hasta las primeras décadas del siglo V, cuando Roma perdió el control centralizado y el noreste de la península ibérica fue conquistado por los visigodos (cerca del año 475), con lo cual fue suprimida la llamada provincia Tarraconensis. El proceso que dio lugar a la creación de las provincias Hispaniae, existentes durante casi siete siglos, fue el mismo proceso que creó el imperio romano de Occidente.
La experiencia romana en la península ibérica es un conocimiento imprescindible para comprender el proceso de la conquista hispana de las Indias, desde finales del siglo XV, y la reducción de sus naciones aborígenes a la condición de provincias. Así como los habitantes de las provincias hispanas fueron romanizados por su propio deseo de imitar a sus conquistadores, también los romanos se esmeraron por adecuarlos a su visión imperial. Hay que saber entonces que, en marzo de 218 a. C., el Senado Romano asignó por primera vez a Hispania el nombre de provincia, lo cual significaba una presencia militar permanente de Roma en la península ibérica, en el contexto de las guerras contra los cartagineses que ya habían conquistado la ciudad ibera de Sagunto y avanzaban por la costa este de España. Este nombre determinaba la zona donde el cónsul romano podía hacer uso de su poder (imperium) como general en jefe de los ejércitos que se le habían asignado. Los cónsules y los pretores se habían convertido en elementos de la maquinaria política exterior de Roma. Cuando una nación indígena del exterior era designada como provincia, podía un ejército romano ser enviado sobre ella. Solo era una cuestión de tiempo. Al comienzo no se trataba de una demarcación territorial, como podría creerse, sino de la designación de un nuevo escenario exterior de guerra que debían llevar a cabo las legiones del imperio. Originalmente, una provincia era una región en la que actuaba un comandante romano que ejercía un control militar, y no una región administrativa integrada en un supuesto imperio «colonial». Solo hasta el primer siglo después de Cristo fue que estas regiones militares (provinciae) se convirtieron en partes del imperio romano y configuraron la idea de imperio que heredó la Europa moderna.
Cuando Augusto asumió el papel de cónsul permanente en Hispania, impuso un cambio en las provincias hispanas originales: según acuerdo del año 27 a. C., la Bética se convirtió en una provincia del Senado y el pueblo, mientras que la provincia Tarraconense (Hispania Citerior) y la Lusitania pasaron a ser provincias del César. Con esta reforma, el emperador podía elegir directamente a los funcionarios que iban a «sus» provincias, en calidad de legati Augusti y solo con la facultad de imperium pro praetore. Fue solo entonces que Augusto fundó colonias para soldados desmovilizados en las dos Hispanias. Únicamente entonces fue que las provinciae se fueron convirtiendo paulatinamente en entidades administrativas, y ya no en meros destinos militares. Durante las últimas campañas militares de Augusto contra las naciones aborígenes, en el noroeste de la península ibérica, se trazaron las nuevas fronteras provinciales y se produjo el desarrollo de las ciudades al estilo romano. Fue en esas ciudades donde las naciones romanizadas se incorporaron a los beneficios del derecho civil latino, con lo cual los romanos avecindados en Hispania dejaron de ser percibidos como invasores, y las ciudades como parte integrante del mundo romano. El carácter militar de las primeras provinciae dio paso a las provincias entendidas como entidades administrativas del conjunto del imperio romano, es decir, provincias en el sentido moderno del término, el concepto que hoy se tiene. Cuando Plinio describió la provincia Lusitania en el cuarto libro de su Historia Natural, ya había sido dividida en tres unidades administrativas menores, los conventus, que gestionaban los 45 populi y las unidades políticas autóctonas sometidas a Roma.
El dominio romano sobre las naciones o generaciones aborígenes hispanas, esto es, su nominación como provincias, implicaba la introducción de los tributos. «El tributo es el precio de la paz», declaró el clérigo hispano Osorio. El botín registrado en oro y plata, entre 206 y 169 a. C., que ingresó al tesoro romano ascendió a 188 millones de sestercios. Los tratados concluidos por T. Sempronio Graco con las tribus celtíberas, en 179 a. C., incluyeron la provisión para el pago de tributo. Cicerón informó en el año 70 a. C. que las provincias hispanas pagaban una contribución única, llamada tributario, como reparación de guerra. Pero mucha parte de ese dinero nunca llegaba a Roma, pues los gobernadores lo gastaban en el pago de las tropas y en atender otros gastos provinciales. Adicionalmente, los hispanos fueron obligados a enviar el cinco por ciento de sus cosechas de trigos a Roma, o a otras provincias del Imperio.
Como puede suponerse, la conquista romana de las naciones aborígenes de las provincias hispanas supuso una alteración de múltiples ámbitos de su vida social, política y económica: el latín fue adoptado como lengua común de los hispanorromanos, con el consiguiente abandono de los alfabetos ibéricos y de las lenguas indígenas; el derecho civil romano fue incorporado a la resolución de los conflictos sociales; la religiosidad y las costumbres fueron transformadas, con los sincretismos necesarios. La intensidad y profundidad de esas transformaciones culturales en seis siglos fue desigual, como correspondía a las distintas naciones aborígenes y a la antigüedad de las conquistas romanas en cada una de ellas. Las naciones del litoral mediterráneo fueron más receptivas a la romanización que los de la Meseta, y estas fueron menos resistentes al dominio romano que las del norte peninsular. Esas diferencias explican la diferenciación, hasta hoy, de la Bética y Levante, donde ya existían núcleos urbanos antes de la llegada de los romanos, respecto de Lusitania y Celtiberia, pero más aún respecto de Galicia,
Asturias y Cantabria, con sus aislamientos tradicionales, y más aún del área del País Vasco, que no solo logró conservar su lengua, sino que se mantuvo como un reducto hasta la época visigoda.
Asimismo, la religión fue otro elemento de romanización en las provincias hispanas, con la necesaria diferenciación de la rapidez de la implantación de los cultos, incluido el cristianismo, entre las naciones conquistadas. En las regiones del sur y de Levante existieron más divinidades de origen griego, fenicio o púnico, mientras que los cultos aborígenes resistieron más en el norte peninsular. Los cultos romanos se impusieron más rápido en las áreas mediterráneas que en Lusitania o Celtiberia. Solo a muy largo plazo y tras muchos siglos, el cristianismo romanizado terminó por imponerse entre los hispanos.
La experiencia de la Hispania romana finalizó con la invasión del grupo visigodo, en el año 414-415, procedente del sur de la Galia, donde el rey Ataúlfo había establecido su sede tras desposar a la hermana del emperador Honorio. La corte visigoda fue trasladada a Barcino (Barcelona) mientras otros grupos germánicos ya llevaban varios años en territorio hispánico ejecutando razias. Su definitiva instalación con la instauración del reino visigodo de Toledo, a comienzos del siglo VI, significó la transformación de Hispania en una sociedad de tipo medieval, con sus instituciones propias: reinos, monarquías, servidumbre e instituciones feudovasalláticas. Solo las dos primeras instituciones pasaron a las Indias en el siglo XV.
De otro lado, José Antonio Maravall estudió muchos diplomas medievales para concluir que el concepto de reino en Hispania era esencialmente plural; en realidad, hay que hablar de los reinos de España (reges hispaniae) y, en consecuencia, de los reyes de la mera entidad territorial que fue España. De hecho, la tarea de reconquista de las tierras peninsulares invadidas por los sarracenos requirió de este instrumento: la pluralidad de las distintas jurisdicciones de muchos reinos. La idea de un único Regnum Hispaniae no fue más que una aspiración ideológica a la unidad. Durante demasiados siglos, nadie pensó en reunir los reinos hispanos en una Monarquía hispánica. Los reyes hispanos no ejercieron su función de reinar sobre territorios fijos ni sobre grupos humanos permanentes, ni menos sobre la totalidad del territorio de Hispania.
El anteriormente mencionado régimen de separación y aislamiento de los reinos peninsulares fue una de las características de su sistema plural. Por eso los diplomas firmados por los reyes comienzan con una enumeración de nombres de ciudades y villas, pues se reina sobre determinados lugares, no sobre gentes ni países donde se ligan las personas y las tierras. Esta tradición se mantuvo hasta los Reyes Católicos, pero a lo largo de los siglos medievales algunas regiones comenzaron a adquirir una existencia política propia y permanente: Galicia, León, Castilla, Pamplona, Aragón y los condados catalanes. En general, este proceso fue una consecuencia de la constante incorporación de tierras a los dominios de varios reyes, gracias a su acción reconquistadora. Por ello sus reinos no eran «cuerpos colectivos» sino «tierras». Los reyes hispanos solo imperaron sobre espacios fragmentados y variables. Los hijos de Alfonso III coexistieron como reyes sobre varias partes de la tierra, sin que en torno a alguno de ellos se configurara un reino. Lo extraordinario de la institución real en España es que estos reyes ocasionales no lograban hacer un cuerpo con sus tierras, con lo cual separaban y fundían de nuevo sus posesiones con la tierra principal. Los reyes hispanos no dominaban sobre una universitas política propia, era la pluralidad de varios reyes la que regía el espacio de Hispania.
Como se sabe bien, fueron los dos Reyes Católicos quienes presidieron el descubrimiento y la conquista de las Indias Occidentales del mar océano. Por ello, siguiendo la tradición hispana, sus documentos comienzan con una enumeración de sus distintos dominios geográficos, «y así hasta su hija Juana. Reyna de Castilla, de León, de Granada, de Toledo, de Gibraltar e de las Islas de Canarias, e de las Indias e Tierra Firme». Aquello que nunca debe olvidarse es que antes de que las monarquías del norte de Europa inventaran las colonias de emigrantes y la política colonial, ya se habían formado en las Indias Occidentales siete reinos, ganados para el rey de Castilla por las huestes de soldados conquistadores: México, Guatemala, Perú, Chile, Nueva Galicia, Nuevo Reino de León y Nuevo Reino de Granada. Por ello, en esta investigación se ha optado por la expresión «periodo indiano» a la de «periodo colonial». Dicha decisión parte de las tempranas aclaraciones de Ricardo Levene respecto de que las Indias no eran colonias, del magisterio de Armando Martínez en la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander (UIS) quien sostiene el mismo argumento y de lo expuesto por otros historiadores hasta llegar a Annick Lempérière.
El Nuevo Reino de Granada fue una creación del capitán Gonzalo Jiménez de Quesada, siguiendo el consejo del capitán Sebastián de Belalcázar, para asegurar su derecho en el pleito que llevó contra el adelantado de Canarias, Alonso Luis de Lugo, a quien le correspondía en segunda vida la gobernación de la provincia de Santa Marta y, en consecuencia, la del Nuevo Reino de Granada. A este Nuevo Reino de Granada «puso este nombre el dicho licenciado [Gonzalo Jiménez de Quesada] ansí por vivir él en cuando vivía en España, en esotro Reino de Granada de acá, y también porque se parecen mucho el uno al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, ambos son de un temple más frío que caliente, y en el tamaño no difieren mucho».
Don Alonso Luis de Lugo, hijo de don Pedro Fernández de Lugo, quien fue gobernador de la provincia de Santa Marta por capitulación con el rey, llevó a la Corte contra Jiménez de Quesada por la gobernación del Nuevo Reino de Granada. Alegó que su padre había obtenido en la capitulación firmada dicha gobernación por dos vidas y que las provincias descubiertas en el Nuevo Reino de Granada entraban en la demarcación de la provincia de Santa Marta. Los miembros del Supremo Consejo de Indias determinaron que el Nuevo Reino de Granada entrase en la gobernación de Santa Marta, con lo cual Lugo vino a gobernar las dos en 1540. Posteriormente, el Consejo de Indias decidió que la mejor manera de gobernar esas dos gobernaciones unidas era poniendo allí una chancillería real con oidores que se encargasen de la gobernación de esas provincias y de las otras comarcanas (San Juan, Popayán y Cartagena).
La experiencia de fundación de las primeras ciudades en las tres provinciae hispanas fue parte de la experiencia de dominio romano de la península ibérica por seis siglos. Las más tempranas conocidas fueron Itálica, Ampurias, Mérida, Tarragona, Graccurris, Iliturgi, Carteia, Córdoba, Valencia, Palma de Mallorca, Lérida, Medellín, Pamplona y Montilla. Se trataba de una reorganización de los modelos de asentamientos aborígenes, siguiendo los modelos romanos, lo cual dotó a las ciudades hispanas de magistrados anuales, senados y asambleas, todos ellos cooptados entre las oligarquías locales.
Siguiendo el mencionado modelo, las huestes de soldados españoles que descubrieron y conquistaron las naciones y generaciones aborígenes poblaron ciudades, poniéndolas bajo la jurisdicción de cabildos de justicia y regimiento. El primer cabildo anual era integrado por los capitanes de la hueste conquistadora, y los siguientes se formaban por cooptación de los salientes, escogidos de ternas de nombres, que posteriormente requirieron la real confirmación de la Real Audiencia.
El Nuevo Reino de Granada fue integrado originalmente por los cuatro cabildos de las cuatro ciudades mandadas a fundar por el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada para mejorar sus derechos ante la Corte, en el pleito que siguió con Alonso Luis de Lugo. Estas ciudades fueron nombradas Santa Fe, Tunja, Vélez y Tocaima. Por su parte, el capitán Sebastián de Belalcázar fundó las suyas en la gobernación de Popayán, una entidad administrativa independiente respecto del Nuevo Reino de Granada.
La provincia de Guane, matriz del departamento de Santander
Examinadas desde la historia conceptual las palabras provincia, reino y ciudad, se entra ahora a analizar las provincias subordinadas a la jurisdicción del cabildo de la ciudad de Vélez, entre ellas, la de Guane; una historia indiana, o neogranadina, para no llamarla colonial —como ya se argumentó líneas arriba—, que se origina con la hueste de soldados comandada por el capitán Martín Galeano.
Luego de que las ciudades de Santa Fe y Tunja fueron establecidas en provincias de la nación muisca conquistada y que la ciudad de Tocaima fue fundada entre la nación panche, cabe entonces preguntarse: ¿entre cuáles provincias de naciones aborígenes fue establecida la jurisdicción del cabildo de la ciudad de Vélez? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la Relación geográfica de Popayán y del Nuevo Reino, escrita en 1559 y usada como fuente por el cronista Andrés García de Céspedes. La ciudad de Vélez, poblada por el capitán Martín Galeano, tenía en sus términos «valles calientes y fríos» y cuatro provincias de naciones aborígenes distintas:
La primera era la provincia de Guane, de temple caliente, rica en minas de oro, que los vecinos de Vélez extraían con el servicio personal de los indios y de negros esclavos. Los aborígenes de esta provincia eran «diferentes en lengua y nación» de los demás indios de la provincia de Vélez, pues eran «gente vestida, pero no tan bien ni de tanto contrato como los moscas. Entre ellos no había señores
naturales, sino capitanejos mandoncillos». Los vecinos de Vélez enviaban a estos indios a las minas del río del Oro para sacarles provecho y «los de esta nación también llevaban a esas minas bastimentos y cargas».
La segunda era la provincia de los muiscas de Vélez, que eran «del mismo trato, ritos y costumbre que los moscas de Tunja, y andan vestidos como ellos, sin haber diferencia alguna». La tercera era la provincia llamada el Rincón de Vélez. Eran también muiscas, pero estaban «alzados» o rebelados por mucho tiempo. Era «una ladronera donde se recogen muchos indios, por no servir a los españoles». Los conducía «un indio principal de nación mosca, el cual los recoge a todos y tiene sujetos y aparte de otra nación que llaman muzos». Según los españoles, los del Rincón de Vélez «hacían la guerra a los indios que estaban pacíficos y servían a los españoles y habían sido capaces de poner en aprieto a los vecinos de la ciudad de Vélez y habrían podido destruirla si sus vecinos no hubieran recibido ayuda de los vecinos de la ciudad de Tunja. Asaltaban a los viajeros que transitaban el camino entre Vélez y Tunja para comerciar, así españoles como indios, y habían matado a muchos».
Por último, la cuarta provincia era la de los indios muzos, «diferente nación de los moscas y enemigos suyos, los cuales confinan con indios de la ciudad de Vélez, Tunja y Santa Fe…andaba desnuda y eran grandes carniceros», esto último porque, a decir de los españoles, estos naturales comían carne de aborígenes circunvecinos, especialmente de los muiscas que confinaban con ellos. Esta provincia se extendía al occidente hasta el río Grande de la Magdalena, su cacique era el Saboyá y tendría hasta 30.000 indios.
La jurisdicción del cabildo de la ciudad de Vélez incluyó entonces a cuatro provincias por conquistar, entre tres generaciones aborígenes distintas: muiscas, guanes y muzos. Quien escribió la Relación geográfica de 1559, aconsejó a los vecinos de Vélez la conquista de estas naciones «alzadas» para obligarlas a tributar, y calculó que podrían producir mucho si se lograba tener a estos indios pacíficos y sosegados. En ese momento ya se producía en las estancias de los soldados avecindados, cosechas de trigo y cañas de azúcar y se criaban ganados principalmente caballar, mular, vacuno y caprino. Para entonces, ya eran 38 los soldados avecindados en la ciudad de Vélez, entre los cuales se habían repartido 74 pueblos de indios, que sumaban 14.670 indios tributarios de las naciones guane y muisca. La tributación anual de los indios sometidos al régimen de encomienda había sido tasada por un visitador de la Real Audiencia en 4147 mantas de algodón y 3875 pesos de buen oro, pero las continuas rebeliones de indios hacían difícil el recaudo de esta masa tributaria.
Cabe aclarar que la presente investigación se limita solamente a la provincia de Guane, una de las cuatro que fueron puestas bajo la jurisdicción del cabildo de la ciudad de Vélez, poblada por el capitán Martín Galeano en 1539. En términos generales, se intentó seguir el derrotero histórico de esta provincia desde sus orígenes, es decir, desde que la pequeña hueste de Martín Galeano declaró a la nación guane objeto de acción militar de conquista y obligó a sus «capitanejos mandoncillos» a servir y tributar a sus encomenderos. Como diría don Juan Friede, desde los tiempos de los guanes «bajo la dominación española».
Es este orden y propósito, el primer capítulo de este libro trata de esta provincia aborigen de conquista hispana, de la relación original entre españoles venidos del ultramar (Martín Galeano era de Valencia) y aborígenes guanes, es decir, de sus intercambios sociales, políticos, económicos y culturales bajo el régimen de la encomendación de naturales.
El segundo capítulo versa sobre la reorganización de los guanes en asentamientos congregados, posteriormente reducidos a otros pueblos, mientras se desarrollaban las estancias y empresas de los vecinos de Vélez. Además, se examina el proyecto de creación de repúblicas de indios y sus actores históricos, así como el fenómeno de la caída demográfica indígena mientras crecía, paralelamente, el grupo de los mestizos y de nuevos vecinos venidos de ultramar y de otras provincias del Reino. Adicionalmente, se presenta el régimen parroquial que dio respuesta al rápido crecimiento demográfico de los blancos y mestizos que se apropiaron del territorio de producción mercantil y se examinan las dos parroquias de Santa Cruz y Nuestra Señora del Socorro, cuyo origen y competencia marcaría la vida político-provincial durante el siglo XVIII.
El tercer capítulo trata de la reorganización política de la provincia de Guane durante el siglo XVIII, cuando la disputa de las villas de San Gil y Socorro terminó segregando la antigua jurisdicción de la ciudad de Vélez sobre la provincia original y formó dos provincias nuevas, bajo el moderno concepto de provincia como ente administrativo del Virreinato de Santa Fe. Pero también ocurrió una reorganización provincial que trajo la reforma del antiguo corregimiento de Tunja, es decir, de la organización del moderno corregimiento del Socorro, cuya provincia administrativa reunificó las tres anteriores provincias y reprodujo la antigua unidad veleña.
Finalmente, el último capítulo se ocupa del movimiento histórico de las provincias de San Gil, El Socorro y Vélez durante el siglo XIX, cuando el concepto de provincia era ya totalmente moderno y reducido a ente político-administrativo para agrupar los distritos parroquiales o modernos municipios, conservando las tradiciones culturales que venían desde el siglo de la conquista española. Se examina también el proceso de introducción de las instituciones francesas (departamentos y cantones) y estadounidenses (estados federales) como alternativas modernas e igualitarias para la división político-administrativa de los antiguos corregimientos del Socorro y Pamplona, así como la modificación en la designación de provincias en el departamento de Santander.
Así es como el presente escrito centra su mirada únicamente en la historia de la provincia de Guane y sus transformaciones conceptuales y político-administrativas a través de los siglos que se agruparán en un concepto jurídico denominado departamento de Santander. En tal propósito, no se realizan comparaciones con la historia de las provincias muiscas, muzos ni chitareras, sus circunvecinas. Es solo un esfuerzo de explicación del largo proceso de construcción social y política en una de las antiguas provincias de la conquista hispana en las Indias Occidentales del mar océano con sus mutaciones conceptuales y sociales, además de su adecuación a la tarea de poner en obediencia a las personas respecto de las autoridades públicas de los Estados modernos.
Dado que el Nuevo Reino de Granada en las Indias Occidentales del mar océano fue uno de los dominios del Ultramar de la Monarquía Hispana y la jurisdicción de su real audiencia se extendió sobre un conjunto de provincias, es decir, sobre naciones aborígenes conquistadas, fue pertinente preguntarse entonces, como hilo conductor de la presente investigación, ¿qué aconteció en la antigua provincia de Guane desde el momento cuando las huestes de soldados impusieron sobre la pretérita nación guane el dominio de la monarquía española hasta la agrupación provincial en distritos parroquiales y modernos municipios, conservando tradiciones culturales heredadas desde el siglo de la conquista española?
Esta pregunta tiene, principalmente, una motivación para los santandereanos del hoy llamado departamento de Santander, región de residencia de estos y parte del legado territorial que desde 1857 se llamó Estado federal de Santander, el cual en su momento fue el resultado de una decisión del Congreso Nacional: unir en un solo ente político-administrativo las dos antiguas provincias de Pamplona y del Socorro, con la anexión del cantón de Ocaña, separado de la provincia de Mompós. En 1910 se decretó, por voluntad del presidente Ramón González Valencia, la separación de las provincias de Pamplona, Ocaña y Cúcuta, para integrar con ellas el nuevo departamento de Norte de Santander. Como se dijo entonces que las provincias que quedaban seguirían llamándose departamento de Santander, a manera de hipótesis se consideró que ellas, pese a los experimentos que introdujo la administración Reyes entre 1904 y 1909, eran en lo fundamental la antigua provincia de Guane, con los contornos con los que fue definida en la segunda mitad del siglo XVI, cuando era una de las provincias puestas bajo la jurisdicción de la ciudad de Vélez.
Esta hipótesis de una continuidad territorial, aquella que va de la antigua provincia de Guane al departamento de Santander que quedó después de la reforma de 1910, motivó a emprender esta investigación histórica que tiene más de treinta años de gestación desde cuando se creó el programa de Historia de la Universidad Industrial de Santander. Ahora se sabe, gracias a esta investigación, que en lo fundamental era correcta esa hipótesis, con necesarios ajustes sobre las pérdidas de las provincias muiscas del Rincón de Vélez y de la provincia de los indios muzos, pero también con las ganancias de las provincias chitareras, cácotas, yariguíes y muiscas del cacique Sogamoso. Pero, en lo fundamental, con las ganancias del corregimiento moderno del Socorro y del distrito minero de los ríos Suratá y del Oro, matriz territorial de ese ente político-administrativo que hoy se llama Santander, nuestra región de residencia y el hogar de nuestros antepasados familiares.
Las fuentes y la historiografía en la larga duración de la provincia de Guane
Avanzar en la comprensión de la historia de la provincia de Guane en la larga duración, transitando desde la organización indiana hasta la organización republicana, es un trabajo en extremo complejo, pero no imposible de realizar. Fue un proceso de acomodación de los naturales de Guane a su versión provincial, que terminó por formar parte importante en la configuración de la sociedad indiana de los siglos XVI y XVII del nororiente del Nuevo Reino de Granada, con relevantes implicaciones en el movimiento histórico de las provincias de San Gil, Socorro y Vélez durante el siglo XVIII y la posterior eliminación de Guane del listado de provincias neogranadinas en 1853, además de la institucionalización de provincias, entendidas a manera de entes político-administrativos que agruparon parroquias y municipios en el siglo XIX en el otrora territorio Guane.
Por demás, como ya se ha advertido, comprende un largo y complejo proceso de configuraciones y reconfiguraciones sociales que ha implicado conocer a profundidad el proceso de nacimiento provincial de Guane en 1540 y la manera como se formó y desarrolló provincialmente Guane a través del periodo indiano comprendido entre 1540 y 1700. En el mismo orden, también implica conocer el proceso inicial de configuración social en el nororiente del Nuevo Reino de Granada durante el Virreinato de la Nueva Granada y en tiempos republicanos de Colombia (1819-1831), Nueva Granada (1832-1861), Confederación Granadina (1862-1863), Estados Unidos de Colombia (1863-1886) y la República de Colombia de 1886 a 1939. De aquí que la historia regional se constituya en un abordaje fundamental para el conocimiento de una provincia indiana, distinguida como Guane, que coexistió con los españoles entre los siglos XVI y XVIII, vivió con la creciente población mestiza en tiempos independentistas en el siglo XIX y habitó el territorio que hoy forma parte del actual departamento de Santander en la región nororiental de Colombia.
En el mismo propósito, la investigación abre horizontes al conocimiento de procesos de formación y desarrollo de provincias durante el periodo indiano, dentro de un amplio espectro de opciones investigativas que el hoy departamento de Santander ofrece en el campo de estudio de la historia y que permitirían comprender no solo la conformación de identidades regionales sino también culturales y particulares de aquellas poblaciones y territorios que estuvieron bajo el dominio de la Corona española durante los siglos XVI, XVII y XVIII, así como entender la vivencia de tiempos independentistas en el siglo XIX y republicanos del siglo XX.
Alcanzar con éxito este cometido de realizar una historia en la larga duración de la provincia de Guane implicó, por otra parte, una acuciosa y fundamentada consulta de fuentes documentales primarias y de fuentes secundarias que tratan el tema provincial de Guane. Con relación al acercamiento a las fuentes primarias, durante el desarrollo de la investigación surgieron diversos problemas para reconocer el discurso o punto de vista guane, pues lo que sabe de la provincia de Guane es, en gran parte, desde la mediación del discurso hispano, especialmente en tiempos indianos, independentistas y republicanos tempranos. De tal manera que se desconocen lengua o escritura guane sobrevivientes luego de la llegada de los conquistadores españoles, a diferencia de otras provincias como los muiscas, de quienes se cuenta con la Gramática en la lengua general del Nuevo Reino de Granada, llamada ch'ibch'a o mosca de 1619, autoría de fray Bernardo de Lugo; o de provincias del reino de Nueva España, de donde sobrevivieron, entre otros textos indígenas, los códices Borgia, Florentino y Azcatitlán; o las lenguas aimara y quechua que aún hoy día cuentan con hablantes en Perú. Es más, el mismo término «Guane» fue mencionado por primera vez durante la jornada de descubrimiento de esa provincia a cargo del alemán Ambrosio Alfinger, y muy probablemente Martín Galeano retomó esa denominación de noticias sobre la «provincia de Guane», dadas por algunos integrantes de la hueste de Alfinger, como Pedro Gutiérrez, quien estuvo durante la fundación de la ciudad de Vélez en 1539.
Otro asunto para acometer y que surgió durante la investigación fue la búsqueda y consulta de documentación de la primera década de formación provincial de Guane, dada la pérdida de archivos ocurrida durante el incendio de la casa del escribano Alonso Téllez, en Santafé, en 1554. Pese a ello, este impase se solucionó con el material disponible en los primeros veinte libros que reposan en el Archivo de la Notaría Primera de Vélez y que contienen documentos de 1547 a 1600, entre ellos, actas del cabildo de Vélez, pleitos, disposiciones, cartas de poder y testamentos de vecinos de esa ciudad y encomenderos de la provincia de Guane. Igualmente, se consultaron documentos diversos de 1540 a 1550 de los fondos Visitas a Santander, Visitas a Boyacá, Residencias Santander, Caciques e Indios, Poblaciones Santander, Encomiendas, Tributos, Minas Santander, Curas y Obispos, Tierras Santander y Miscelánea del Archivo General de la Nación (AGN). También fue valiosa la información sobre el juicio de residencia de Martín Galeano y los procesos legales de 1547 hasta la sentencia definitiva en 1554, que se halla en documentos de la signatura Justicia, y, en general, reales cédulas, despachos, mercedes, informes y reales provisiones disponibles en las signaturas Santa Fe, Contaduría, Patronato Real, Indiferente General, Panamá, Escribanía y Contratación y el Catálogo de Pasajeros a Indias durante los siglos XVI, XVII y XVIII de Cristóbal Bermúdez y Luis Romera del Archivo General de Indias (AGI). Para documentación de los siglos XVIII, XIX y XX, se acudió a la disponible en el AGN.
La fuente primaria y el ejercicio paleográfico de documentación de los siglos XVI y XVII, específicamente de manuscritos como cartas, peticiones e informes, se caracteriza por la caligrafía particular de cada escribano. Entre ellos, de Pedro de Salazar, quien fue el primer escribano de Vélez en 1540, Rodrigo Zapata en 1617 o Pedro de Bustamante en 1679. La clase de escritura del material de los siglos XVI y XVII, revisado, varió en su mayoría entre letra gótica cortesana y cursiva, redonda, cancilleresca y procesal encadenada para manuscritos y gótica en impresos. La letra de los siglos XVIII al XX fue en su mayoría cursiva y no ofreció mayores problemas de legibilidad.
Con el fin de superar el escollo mencionado sobre una más amplia documentación de los siglos XVI y XVII, se aprovechó material transcrito por el historiador Julián Bautista Ruiz Rivera en Fuentes para la demografía histórica
de Nueva Granada, publicado en 1972, y las transcripciones de documentos originales realizadas por fray Enrique Báez Arenales de la Orden de Predicadores, durante su recorrido por archivos de Sevilla y Valencia (España), así como por archivos parroquiales, notariales, municipales y departamentales colombianos y el Archivo Nacional de Colombia. Específicamente sobre documentos de la provincia de Guane, el padre Báez firmó contrato con el Concejo Municipal de Vélez para examinar su archivo notarial y escribir la correspondiente monografía histórica de esa ciudad; sin embargo, el fraile extendió su estudio al archivo notarial del Socorro, el Archivo de la Diócesis de San Gil y Socorro (ADSGS) y sesenta y seis parroquias santandereanas más que contaban con registros en archivos eclesiásticos de bautizos, confirmaciones, matrimonios y defunciones de gentes de la provincia de Guane; así como también escrituras, compra-ventas de tierra, denuncias y poderes e incluso documentos de gran valor histórico, como el fragmento del testamento del cacique Coratá, único testamento de un nativo Guane de época indiana temprana.
Durante esta investigación se contrastaron las transcripciones documentales realizadas por Báez con la documentación original, principalmente del material custodiado en el Archivo de la Notaría Primera de Vélez (ANPV) y el primer libro del ADSGS, en los que se pudo confirmar la huella «Baeza» o señal escrita con lápices de colores gris, rojo o azul e índices manuscritos por el propio Báez de múltiples libros públicos, que no contaban con esa herramienta de búsqueda. En simultáneo a la recolección, el padre Báez se apoyó logísticamente en dos secretarios para la transcripción y mecanografiado de la documentación que consideró de valor histórico para la región. Ante el incumplimiento del contrato firmado con el Concejo veleño, en 1994 el fraile donó su obra a la Orden Dominica, en cuyo Archivo Histórico de la Provincia de San Luis Bertrán (Bogotá-Colombia) reposa hasta nuestros días, acervo documental de gran utilidad para esta investigación, especialmente en los tomos titulados «Parroquias de Santander», tomos XVI y XVII, «Vélez», tomo XVII, y «Socorro Histórico», tomo XVIII.
Además de recurrir a material ya transcrito, durante el ejercicio paleográfico de fuentes primarias de documentación hallada en el AGI, el AGN, el fondo Diversos y Colecciones de Indias del Archivo Histórico Nacional en Madrid y algunos rollos disponibles en el Centro de Documentación e Investigación Histórica Regional de la Universidad Industrial de Santander (CDIHR-UIS), se acudió constantemente a la consulta de los manuales de María Helena Bribiesca Sumano, Natalia Silva Prada, María Mercedes Ladrón de Guevara León y del Diccionario de Abreviaturas Hispanas de los siglos XIII al XVIII, de Ángel Riesco Terrero.
En paleografía y diplomática se tuvo en cuenta lo trabajado por Antonia Heredia Herrera en Recopilación de estudios de diplomática indiana, para identificar el tipo de documento real, legal, contable, epistolar o informe (carta, real provisión, real cédula, despacho, merced, bula, etc.) que se estaba consultando y para comprender el contenido documental, analizar críticamente y valorar su antigüedad, originalidad y calidad de la información pertinente para la época y contexto, en este caso, de la provincia de Guane.
Se examinó también bibliografía del tema de interés para el trabajo investigativo en la versión digital de los primeros ejemplares de la Gaceta de Santander, la revista Estudio y el Boletín de Historia y Antigüedades. Se consultaron obras en físico resguardadas en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos (EEHA) en la ciudad de Sevilla, España, en la Biblioteca Luis Ángel Arango (BLAA), ubicada en Bogotá (Colombia), y en la Biblioteca de la UIS, en Bucaramanga, Colombia, e información disponible en la página web del ADSGS.
En detalle, el proceso de consulta para el acceso a la lectura o reproducción de material documental inició con la búsqueda de información sobre la provincia de Guane de los siglos XVI al XX, en los catálogos digitales o impresos de archivos históricos locales, nacionales y del AGI, la EEHA, la BLAA y la Biblioteca UIS. Como ya se mencionó, especialmente en documentación temprana, fue posible leer el discurso o punto de vista guane en la mediación del discurso hispano, situación que obligó a leer entrelíneas para identificar la voz de los naturales de Guane en la palabra castellana.
Uno de los documentos más valiosos encontrados en la pesquisa investigativa es el que trata de los cargos contra Martín Galeano, el teniente de gobernador de la ciudad de Vélez, en los que no hay testimonio del propio Galeano, sino descargos judiciales por los que se reclamaba la sanción impuesta de privación de su oficio y enfatizaba en la acusación de los funcionarios de la ciudad contra Galeano por haber contradicho las Leyes Nuevas. Además, incluida la cláusula que obligaba a Galeano a reducir a la paz a los indios guane, sin hacerles guerra ni malos tratamientos.
A diferencia de quienes desestiman las crónicas como fuentes apropiadas para el estudio de provincias, fue ineludible acudir a lo narrado por los cronistas de Indias, en tanto las crónicas son de los pocos testimonios disponibles hasta el presente de un acontecer vivido por los mismos autores en el Nuevo Reino de Granada. La metodología para trabajar este material de los siglos XVI y XVII fue la misma seguida para los documentos de archivo, remitiéndose siempre a la fuente más antigua para aclarar cualquier tipo de dudas.
Entre las crónicas revisadas durante el trabajo investigativo se cuenta la Recopilación historial de fray Pedro Aguado, fraile franciscano de la provincia de Santafé, redactor final de la tarea inconclusa del también fraile Antonio Medrano y quien complementó el escrito con sus propios apuntes y explicaciones. En cuanto a la obra, según Friede, «para la época de su confección (esta Historia) es la primera que se ha escrito en tierras colombianas», cuya narración histórica se focalizó en la fundación de ciudades en el Nuevo Reino, a cargo de grupos de indios y españoles, tratando de equilibrar, mediante un lenguaje sencillo y justo, las fortalezas y carencias de unos y otros como una forma de demostrar que el ejercicio de escritura formaba parte fundamental del trabajo comprometido y misional franciscano en la conversión de naturales. Para el presente trabajo se estudiaron los capítulos del libro IV, específicamente el capítulo I, que trató las salidas de Nicolás de Federman y Ambrosio Alfinger; el capítulo IV sobre la jornada de castigo del capitán Céspedes a indios rebeldes en Vélez, y el capítulo XXIII en el que se expuso la tasación de indios en Vélez en 1562, a cargo del licenciado Angulo de Castejón.
Otro cronista consultado para esta investigación, y que ha sido el más citado especialmente por los historiadores del Nuevo Reino de Granada, fue Juan de Castellanos y su obra Elegías de varones ilustres. En esta crónica se hace mención de la provincia de Guane, específicamente en el canto IV de la primera elegía de la segunda parte: «Por una y otra parte discurriendo / camina sin cesar el Marcio Coro, / los confines de *Guane* descubriendo, / provincia de grandísimo decoro…».
En esta obra se destaca, igualmente, el hecho de que Juan de Castellanos fue autor-testigo e incluso acompañante de Gonzalo Jiménez de Quesada en su expedición al interior del Nuevo Reino en 1536, y muy probablemente Castellanos también atestiguó el cumplimiento de la orden impartida por Jiménez de Quesada para fundar las ciudades de Vélez y Tunja. Precisamente en esta última ciudad, Castellanos llegó a ser beneficiado de Tunja y allí murió en 1607. Ambas ciudades fueron de gran importancia en esta historia, porque desde sus inicios provinciales Guane fue incorporada a la jurisdicción del cabildo veleño, y este, a su vez, formaba parte del área de jurisdicción del corregimiento de Tunja, que se extendía hasta los confines de Pamplona. Asimismo, a finales del siglo XVII ingresó el territorio puesto bajo el control del cabildo de la villa de Santa Cruz y San Gil de la Nueva Baeza y su parroquia de Nuestra Señora del Socorro directamente a la jurisdicción del corregimiento de Tunja, escindido de la antigua jurisdicción del cabildo de Vélez.
De igual manera, se destacaron en el proceso de consulta y análisis investigativo las Noticias historiales de las Conquistas de Tierra firme en las Indias Occidentales, escritas por el cronista Pedro Simón. En este libro se halló un volumen significativo de información a manera de «*noticias*», relacionadas con la provincia de Guane, que no se encontraron en textos de los anteriores cronistas. Particularmente, para el trabajo investigativo aquí presentado, de la primera parte se revisó con especial atención la segunda noticia historial, capítulos IV-VIII, acerca de la jornada de Ambrosio Alfinger al interior del Nuevo Reino y el descubrimiento de la provincia de Guane. En la segunda parte, el apartado más importante fue la quinta noticia, del primer al vigésimo capítulo, que versó sobre las acciones de Martín Galeano en la provincia de Guane, explicitando el reconocimiento, exploración, designación, pacificación, jornadas de castigo y ocupación definitiva de esa provincia en 1540 y los posteriores conatos de rebeldía indígena hasta 1547, cuando desaparecen de los escritos españoles alusiones al llamado cacique Cácher de Chanchón.
Un autor poco citado, pero de gran ayuda en esta investigación, fue el genealogista neogranadino Juan Flórez de Ocáriz. De su obra Genealogías del Nuevo Reino de Granada se utilizó en esta investigación lo trabajado en el Preludio, Árbol primero y Árbol segundo del libro primero. En el preludio se examinó información referente a las jornadas y datos genealógicos de Ambrosio Alfinger (descubridor de la provincia de Guane en 1531), así como listados de gente que se quedó en el Nuevo Reino, ya fuese como primeros pobladores, vecinos, regidores, alguaciles mayores o encomenderos de la provincia de Guane adscrita al cabildo de Vélez. En el árbol primero se leyó lo concerniente a presidentes, oidores y fiscales de la Real Audiencia desde el año 1550, fecha de su establecimiento en Santafé, hasta el año de 1672. Igualmente se escrutaron datos genealógicos de gobernadores, fundadores de villas y encomenderos de la provincia de Guane en el «Árbol Segundo» de Martín Galeano, conquistador de la provincia de Guane en 1540.
Del libro segundo de Ocáriz, en el que se expusieron los árboles genealógicos de cuarenta conquistadores, se examinaron datos de aquellos invasores relacionados con encomiendas en la provincia de Guane, como Juan de Mayorga (Encomienda de Moncorá), Bartolomé González (Encomienda de Coratá) y Pedro Gutiérrez Aponte (Encomienda de Choagüete). Este autor, además de brindar información genealógica de los exploradores, descubridores, conquistadores y pobladores de esa provincia, hizo su propia lectura de lo indiano e incluso reconoció cómo personas como él alcanzaron en estas tierras el ascenso social que les era imposible en España.
Finalmente, en cuanto a consulta de cronistas, se atendió a lo descrito por el padre Basilio Vicente Oviedo en Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada, obra publicada en 1763, cuando ya se hablaba del Virreinato de la Nueva Granada de 1717. De esa forma, el contenido del libro posibilitó para este trabajo de investigación la reconfiguración de contextos, gentes, paisajes naturales y culturales de la provincia de Guane. Así mismo, el padre Basilio Vicente Oviedo fue de los pocos criollos (nació en Socotá en el Nuevo Reino de Granada en 1699) que logró la impresión y publicación de su obra bajo el dominio de la monarquía española; trabajo que hizo de él en una especie de “voz virreinal” de la Nueva Granada. Además, luego de ser instituido cura en 1725 y de ordenarse sacerdote en el Seminario de Popayán al siguiente año, Basilio Vicente Oviedo tuvo su primer curato precisamente en Guane y allí conoció de primera mano aspectos de toda la provincia, incluyendo, por supuesto, su historia. Para el tema que aquí concierne, se tomaron específicamente datos sobre la geografía, flora, fauna y fundación de ciudades y de los curatos en Vélez. La investigación se enriqueció durante la estructuración del segundo y tercer capítulo con las recopilaciones documentales realizadas por Juan Friede, referenciadas en su artículo de 1969: “De la encomienda indiana a la propiedad territorial y su influencia sobre el mestizaje”. De este autor también se consultó su obra Fuentes documentales para la historia de Nueva Granada.
La historia de provincias como la de Guane debe empezar a constituirse en tema de interés para la labor histórica, en especial para la regional, más allá del estudio de cortos lapsos relativos a la Revolución Comunera de 1781. Esto da pie a ampliar estudios como el de José María Ots Capdequí, quien en su libro Las instituciones del Nuevo Reino de Granada abordó la comprensión de las facultades de las autoridades locales alejadas del poder de la monarquía borbónica que reinaba en España en el siglo XVIII. En esta obra, el autor hizo una única referencia al proceso de adaptación de la provincia de Guane al ordenamiento español, analizando un caso documentado en expediente de 1807, en el que era «excepcional que fueran los propios indios y no sus Corregidores, los que dieran en arrendamiento parte de sus tierras de Resguardos».
Otro trabajo examinado en esta investigación fue el realizado por José Ignacio Avellaneda Navas, quien centró su interés en el estudio de la vida y acciones de los integrantes de las expediciones de conquista y poblamiento en el Nuevo Reino de Granada. En su obra se hallan concisas referencias a la llegada de Martín Galeano a la ciudad de Vélez y el emprendimiento de jornadas de invasión, castigo y pacificación con fines de subordinación provincial de Guane. Estos datos se tomaron de los artículos “La hueste de Federmán y la población de Vélez” y “Los primeros pobladores de la ciudad de Vélez” de 1987 y 1988, respectivamente. También se consultó la tesis doctoral titulada The conquerors of the New Kingdom of Granada y los libros publicados entre 1993 y 1995, La jornada de Jerónimo Lebrón al Nuevo Reino de Granada, La expedición de Alonso Luis de Lugo al Nuevo Reino de Granada y La expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, al mar del Sur y la creación del Nuevo Reino de Granada.
Asimismo, los estudios de Julián Bautista Ruiz Rivera en sus obras Encomienda y mita en Nueva Granada, en coautoría con Manuela García; Cargadores de indios, encomiendas, indios y españoles; La venta de cargos y el ejercicio de poder en Indias, en coautoría con Horst Piestschmann, y el artículo “La Mita en los siglos
XVI y XVII”. Estos trabajos permiten comprender el proceso de asignación de encomiendas y su repercusión en las poblaciones indianas. Otros textos que orientan el presente trabajo de investigación son Tributo y trabajo del indio en Nueva Granada, de María Ángeles Eugenio Martínez y La encomienda en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII, de María Teresa Molino García. De estos libros se retomaron los conceptos de encomendero, tributo, tributario, administrador de encomienda, confirmación y encomienda. Si bien estos textos son esclarecedores para el entendimiento de esa figura indiana y sus dinámicas provinciales, también han sido confrontados con otros autores para encontrar un balance y comprender las carencias y aciertos de cada autor con respecto a tales definiciones.
Igual se hizo con las publicaciones de Germán Colmenares Encomienda y población en la provincia de Pamplona (1549-1650) y de Jorge Augusto Gamboa Mendoza El cacicazgo muisca en los años posteriores a la Conquista. Del psihipqua al cacique colonial (1537-1575). Dichas obras, valga señalar, se ocuparon primordialmente del estudio de las provincias de la encomienda en Pamplona y el cacicazgo muisca, respectivamente, y ofrecieron escasas referencias a la provincia de Guane. De igual manera se trabajó el libro El régimen de la encomienda en la provincia de Vélez, de Darío Fajardo, discípulo de Colmenares, quien interesado principalmente en la población indígena y el aspecto económico tributario, permitió con esta publicación acceder a una riqueza documental importante sobre cantidad de tributarios y clases de tributos que aportó la provincia de Guane a la dinámica encomendera planteada por los vecinos de Vélez. También fueron de ayuda sus transcripciones del título de encomienda de Bartolomé Hernández de 1555, el título de la viuda de Hernández de 1571 y la probanza de servicios de Simón del Basto en 1560, en la que se halló información relevante para la comprensión de la subordinación de gente Guane durante esos años. Finalmente, en el tema de la encomienda, Silvio Zavala se constituyó en referencia obligada para el conocimiento general de esa figura indiana.
Pese a la escasa referencia a las visitas a la provincia de Guane, de imprescindible consulta para entender la relación entre la encomienda y la demografía guane fue la obra de Hermes Tovar Pinzón Relaciones y visitas a los Andes; de igual manera, la información que aparece en el «Apéndice Documental» del artículo “Estado actual de los estudios de demografía histórica en Colombia”, con listados de tributos y tributarios guane registrados durante la visita de Tomás López Medel 1560-1561. En este orden de consulta, también un artículo de Manuel Lucena Salmoral de 1974, titulado “Apuntes para la etnohistoria Guane. La exogamia”, en razón a que hace alusión al aspecto demográfico guane y por el listado de «Apellidos Guane» con que finaliza la publicación, además de su atención en la población guane del siglo XVIII, específicamente de los años 1734, 1743 y 1764.
De otro lado, además del trabajo ya referenciado de Jorge Augusto Gamboa Mendoza para el estudio del cacicazgo guane, se tuvieron en cuenta principalmente los trabajos de Carl Henrik Langebaek sobre los muiscas. Aunque en los estudios tradicionales sobre el mundo Guane se ha considerado que la provincia con este nombre, y en general los llamados guane, era un grupo indígena diferente a los muiscas por sus distinciones fisonómicas y lingüísticas antes de la conquista, estudios recientes cuestionan esta distinción y frontera entre guanes y muiscas. Dicha frontera fue el resultado del interés de los europeos por clasificar a estos dos grupos nativos como distintos, elaborando una distinción entre los habitantes del altiplano cundiboyacense y los del macizo de Santander. Por demás, fue un criterio clasificatorio muy general que solo tuvo
en cuenta distribución espacial y diferencias culturales entre guanes y muiscas. No obstante, excavaciones arqueológicas recientes indican que los grupos nativos circunscritos a cuencas y valles del actual territorio del departamento de Santander evidencia cierta continuidad cultural entre muiscas y guanes, la cual disminuye en la parte septentrional del macizo santandereano. Tal evidencia concluyente sugiere «analizar la variabilidad cultural en sus propios términos y explorar las pautas de interacción, omitiendo la perspectiva colonial que atraviesa las fuentes históricas».
Este hallazgo se suma a uno no menos importante de investigaciones biológicas y paleontológicas sobre 17 individuos nativos guane encontrados en la vereda La Purnia de la Mesa de los Santos, las cuales encontraron ADN antiguo de una alta diversidad genética en los restos óseos de estos individuos. El resultado de que un grupo antiguo, ubicado en un solo sitio, evidencie una alta diversidad genética con haplogrupos mitocondriales antiguos y modernos de poblaciones estadounidenses y no estadounidenses deja ver que si bien los guane, al momento del sometimiento español, mostraban unas particularidades fenotípicas caucasoides y ciertas diferenciaciones culturales con sus grupos vecinos, en la larga duración los guane habían tenido un alto intercambio genético en razón de su ubicación entre los ríos Suárez y del Oro, rodeados al occidente y al oriente por la cordillera de los Andes con el río Chicamocha como uno de sus afluentes principales, ubicación de paso obligado para los grupos nativos de América que provenían del norte.
En el asunto lingüístico de la nación guane fueron de utilidad los avances presentados por el historiador Roger Pita en su artículo “Vestigios de la lengua Guane”. Un hecho a destacar sobre este tópico es que hasta hoy prevalecen vocablos de origen guane, en especial toponímicos y algunos patronímicos con los cuales se denominaron algunos pueblos de indios guane. De Roger Pita también se consultó su trabajo sobre encomiendas guane del siglo XVII, doctrinas en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVII, antecedentes del poblamiento parroquial en el siglo XVIII y cuestiones teológicas que justificaron el saqueo de santuarios indígenas en el siglo XVI en el Nuevo Reino.
En el asunto religioso fue valiosa la lectura del libro de John Jairo Marín Tamayo, La construcción de una nueva identidad en los indígenas del Nuevo Reino de Granada. Este trabajo fue de utilidad para la aproximación al discernimiento acerca de los grados de adaptación de la provincia de Guane al adoctrinamiento en la fe católica, la catequización, especialmente durante la implementación del catecismo de fray Luis Zapata de Cárdenas en 1576, y la congregación provincial en sitios de doctrina. En historiografía nacional vale mencionar un artículo titulado “La sucesión del cacicazgo en los Guane siglo XVII”, que trata el caso de tres pleitos por derechos a heredar cacicazgos guane más que del proceso de herencia de ese título.
En cuanto a historiografía regional, por la información que se trata en las publicaciones de Enrique Otero D'Costa, se trabajaron un artículo titulado “Fundación de Bucaramanga” de 1914 y el libro Cronicón solariego. De ambas obras se analizó lo concerniente a la participación de la provincia de Guane en lo que Otero D'Costa llama la «fundación de Bucaramanga» y la fundación de la ciudad de Girón. Igualmente se consultaron los libros del padre Isaías Ardila Díaz, El pueblo de los guanes. Raíz gloriosa y fecunda de Santander, publicado en 1978 e Historia de San Gil en sus 300 años. De estas obras se consultó lo
tratado sobre la fundación la villa de San Gil y la desagregación provincial de Guane durante la erección parroquial de Nuestra Señora del Socorro del valle de Chanchón, a finales del siglo XVII.
Se revisaron también, especialmente para el tercer capítulo, los trabajos de grado de Robinson Salazar sobre los terratenientes de San Gil y de Mónica Cortés Yepes acerca del conflicto entre San Gil y Socorro por lograr el control territorial en «calidad de cabeceras jurisdiccionales de sus propios distritos», así como una monografía de Girón a cargo de Jaime Torres, Marco Basto y Jorge Albarracín. El trabajo de investigación de maestría de Diana Ardila sobre el paisaje guane también fue objeto de examen para esta investigación.
En este balance no se puede pasar por alto que los principales avances en el estudio de la provincia de Guane se gestaron en la década de los noventa del siglo pasado, por parte de un grupo de profesores de la Escuela de Historia de la UIS, encabezado por Armando Martínez Garnica. Este grupo de investigadores, en su momento, consideraba que el «estudio de los procesos de poblamiento y de la estabilidad de los asentamientos es una buena puerta de ingreso a la historia de las sociedades humanas». También consideraba que era necesario iniciar «indagaciones requeridas para la reconstrucción histórica del pasado de la región y sus provincias» o «del rico pasado santandereano». En cumplimiento de tales propósitos investigativos se escribió la Colección de Historia Regional y diversas publicaciones entre 1991 y 1999. Estos textos fueron de obligada consulta en esta investigación, en especial para la estructuración de los últimos capítulos del presente trabajo.
En primer lugar, de acuerdo con lo anterior y aunque el texto se refiere principalmente a la producción textil muisca, se revisó el tema de tributación en mantas guane en el artículo de 1991, titulado “Consideraciones históricas sobre la fabricación de mantas muiscas y guanes”. En otra publicación de 1999, se analizó el proceso de congregación de guanes en el pueblo de Moncorá (Guane), iniciado durante la visita a la provincia de Guane de Lesmes de Espinosa Saravia en 1617. Del libro Pueblos de Santander de 1996, se retomaron datos sobre la fundación de Vélez, Girón y San Gil y sus desarrollos municipales hasta el siglo XX.
Particularizando en los volúmenes de la Colección de Historia Regional UIS, se consultó La provincia de Soto. Orígenes de sus poblamientos urbanos, de autoría de Armando Martínez y Amado Guerrero, publicado en 1995 y cuyo objetivo se centró en «hacer inteligible el proceso histórico de la configuración social de la Provincia de Soto»; también se revisó lo reflexionado sobre la participación de gentes de la provincia de Guane en la congregación en el sitio de doctrina de Bucaramanga en 1617 y los desarrollos poblacionales de las siguientes décadas hasta el siglo XX. De igual forma, se consultó La provincia de los Comuneros. Orígenes de sus poblamientos urbanos, obra escrita por Amado Guerrero y Armando Martínez, publicada en 1996 y realizada con el fin de dar cuenta de los «procesos sociales, políticos y jurídico-civiles y canónicos, que posibilitaron la configuración formal de los municipios actuales» de dicha provincia. Así mismo, se consultó el libro La provincia de Vélez. Orígenes de sus poblamientos urbanos, de Armando Martínez, publicado en 1997 y elaborado con el fin de hacer «la historia de los orígenes de los poblamientos urbanos que hoy en día constituyen las cabeceras de los diecinueve municipios de la provincia de Vélez».
De indiscutible ayuda para esta investigación también fue la lectura de la obra La provincia de Guanentá. Orígenes de sus poblamientos urbanos, de autoría
de Amado Guerrero y Armando Martínez, publicada en 1996 con el propósito de mostrar el proceso de creación de pueblos de indios, villas y parroquias entre los siglos XVII y XVIII y de instituciones del siglo XIX de departamentos, cantones y estados federales, además de dar cuenta de la supresión de provincias en el departamento de Santander en el siglo XX. De igual manera, un texto de imprescindible consulta fue La provincia de Guanentá, escrito en coautoría por Armando Martínez y Jairo Gutiérrez, el cual también trabajó, como su nombre lo dice, la provincia otrora integrada por gentes de la provincia de Guane. Asimismo, para los dos últimos capítulos de esta investigación se consultó el libro de Horacio Rodríguez de título La antigua provincia del Socorro y la independencia, publicado en 1963, y el texto de Amado Guerrero y Jairo Gutiérrez titulado Gobierno y administración colonial del siglo XVIII, editado en la UIS en 1996. Igualmente se consultó ampliamente el fondo Poblaciones de Santander del AGN y la Gaceta de Santander. Finalmente, hay decir que esta investigación fue apoyada generosamente por material inédito de autoría del profesor Armando Martínez Garnica, además de fichas y documentos analizados sobre la historia política de Santander del siglo XIX, principalmente.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.