Colección Biblioteca Santander - Nueva Época

Historia de la pro­vin­cia de Guane (1540-1939)

Armando Martínez Garnica; María Consuelo Moreno González; Álvaro Acevedo Tarazona; Gimena Gutié­rrez Martínez
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

Intro­duc­ción

El arca dejada a su muerte por el cos­mó­grafo real Alonso de San­ta­cruz (1505-1567) fue la fuente de los docu­men­tos y mapas de las Indias Occi­den­ta­les que su sucesor en el cargo, Juan López de Velasco (c.1530-1598), usó para elaborar el Cues­tio­na­rio que generó el conjunto docu­men­tal conocido como Rela­cio­nes geo­grá­fi­cas de Indias, fuente que tuvieron a su dis­po­si­ción los reales cro­nis­tas de Indias, comen­zando por Andrés García de Céspedes (1596-1611). Uno de los docu­men­tos gene­ra­dos por San­ta­cruz fue el conocido con el nombre de Epítome del Nuevo Reino de Granada, la más temprana des­crip­ción de este reino indiano, atri­buido sin razones al capitán Gonzalo Jiménez de Quesada.

Los con­cep­tos básicos usados por el cos­mó­grafo real Alonso de Santa Cruz para des­cri­bir el des­cu­bri­miento y la con­quista del Nuevo Reino de Granada fueron cuatro: tierra, nación, gene­ra­ción y pro­vin­cia. Los panches, el grupo aborigen enemigo de los muiscas, fue descrito como «cierta nación de indios que comen carne humana y habitan tierra caliente». Pero estos también fueron nom­bra­dos con el concepto de gene­ra­ción: «ansí como aquella gene­ra­ción de indios se llama panches, ansí esta otra gene­ra­ción de indios del Nuevo Reino se llama moscas».

Por lo que muestran las fuentes de Santa Cruz, era obvio para él que la hueste de Gonzalo Jiménez de Quesada había comen­zado des­cu­briendo dos dis­tin­tas naciones abo­rí­ge­nes (panches y moscas), porque eran también dos gene­ra­cio­nes dis­tin­tas de seres humanos. Pero, una vez que ingresó a aquello que deter­minó nombrar Nuevo Reino de Granada, dis­tin­guió entre la nación mosca dos pro­vin­cias dis­tin­tas: «la una se llama de Bogotá, la otra de Tunja, y ansí se llaman los señores della del apellido de la tierra; cada uno destos señores son pode­ro­sí­si­mos de grandes señores y caciques que le son sujetos a cada uno dellos». La pro­vin­cia de Bogotá fue con­si­de­rada mayor que la pro­vin­cia de Tunja porque “el señor della es más poderoso y aún de mayor gente”, pese a que la tierra de Tunja era «más rica» que la de Bogotá, dado que tenía más oro y esme­ral­das, si bien la riqueza de estas dos pro­vin­cias era inferior a la que se había hallado en la con­quista del Perú.

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Intro­duc­ción

Fue siguiendo las antiguas tra­di­cio­nes romanas, que el cos­mó­grafo real de la Monar­quía española designó con el concepto de pro­vin­cia a los dos señoríos (Bogotá y Tunja) de la nación muisca, pero también a la nación panche, dife­ren­ciando las cali­da­des y temples de las tierras que ocupaban todas ellas. Insistió en la novedad que había traído la pre­sen­cia de las huestes de soldados espa­ño­les entre los abo­rí­ge­nes: «todo el año de 1537 y parte de 1538 se gastó en suje­tar­los, a unos por bien y a otros por mal, como convenía, hasta que estas dos pro­vin­cias de Tunja y Bogotá quedaran bien sujetas y asen­ta­das en la obe­dien­cia debida a Su Majestad, y lo mismo quedaron la nación y pro­vin­cia de los panches».

Una nación aborigen, así en el ecumene romano antiguo como en las nuevas tierras des­cu­bier­tas en las Indias, se con­ver­tía en pro­vin­cia cuando era objeto de con­quista y, en con­se­cuen­cia, de un proyecto de subor­di­na­ción a la auto­ri­dad superior de los inva­so­res y con­quis­ta­do­res: «tornando al Nuevo Reino digo que se gastó la mayor parte del año 1538 en acabar de sujetar y paci­fi­carlo». Una pro­vin­cia, desde los tiempos de la antigua Repú­blica Romana, era una nación por con­quis­tar, tarde o temprano. En el caso peculiar de la hueste con­quis­ta­dora del licen­ciado Gonzalo Jiménez de Quesada, se intro­du­je­ron en este proceso de con­quista dos con­cep­tos nuevos, uno de tra­di­ción visi­gó­tica (reino) y otro del anterior proceso de roma­ni­za­ción de Hispania (ciudad):

Acabado de paci­fi­car aquel reino, entendió luego “el dicho licen­ciado en poblarlo de espa­ño­les, y edificó luego tres ciudades prin­ci­pa­les: la una en la pro­vin­cia de Bogotá y llámola Santa Fe. La otra llámola Tunja, del mesmo nombre de la tierra. La otra llamó Vélez, que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había entrado. Ya era el año de 1539 cuando todo esto se acabó”.

Entre el Nuevo Reino de Granada y Quito, en el Epítome se reco­no­ció otra pro­vin­cia: Popayán, «que Sebas­tián de Benal­cá­zar, teniente y capitán por el marqués don Fran­cisco Pizarro, pobló». Como las pro­vin­cias de Santa Marta y de Car­ta­gena ya existían, y la pro­vin­cia de Popayán fue des­cu­bierta y poblada por una expe­di­ción que vino del Perú, hay que insistir en que la juris­dic­ción original del Nuevo Reino de Granada solo cubrió las dos pro­vin­cias muiscas que fueron puestas bajo la juris­dic­ción de los cabildos de las ciudades de Santa Fe y Tunja, la pro­vin­cia de los panches que se puso bajo la juris­dic­ción de la ciudad de Tocaima y el conjunto de las cuatro pro­vin­cias que fueron puestas en la juris­dic­ción del cabildo de la ciudad de Vélez. Para com­pren­der el sig­ni­fi­cado de esta afir­ma­ción, se tiene que examinar ense­guida la historia con­cep­tual de las palabras pro­vin­cia, reino y ciudad.

Origen de las palabras “pro­vin­cia”, “reino” y “ciudad”

La palabra pro­vin­cia, en los escritos de Cicerón, se usaba para designar a las gene­ra­cio­nes de hombres que fueron objeto de pro­yec­tos de con­quista por las legiones romanas (pro y vinco): las gentes que había que vencer con armas, para obli­gar­las a tributar y a servir. Declarar y reducir una nación aborigen a la con­di­ción de pro­vin­cia sig­ni­fi­caba suprimir sus liber­ta­des y obli­garla a tri­bu­ta­ción. Una pro­vin­cia con­su­la­ris pra­e­to­ria era una nación con­quis­tada y puesta bajo el gobierno de un pro­cón­sul, de un pretor. Con este sentido recogió la palabra el cronista Alfonso de Palencia en su Uni­ver­sal voca­bu­la­rio en latín y en romance colle­gido: «Pro­vin­cias se dijeron porque los romanos ven­ce­do­res redu­je­ron a su juris­dic­ción los prin­ci­pa­dos de las gentes que per­te­ne­cían a otros reyes». Todavía en 1611 insistía Sebas­tián de Cova­rru­bias, en su Tesoro de la lengua cas­te­llana, en el origen latino de la palabra: «Pro­vin­cia: quiasi procul victa»: lo obtenido tras una victoria militar por los romanos.

La pers­pec­tiva his­tó­rica de los his­pa­no­a­me­ri­ca­nos es ajena a un acon­te­ci­miento esencial del mundo hispano: España fue una creación de Roma. Las dos primeras pro­vin­ciae, Hispania Citerior e Hispania Ulterior, que desde el año 197 a. C. deter­mi­na­ron las acti­vi­da­des de los dos magis­tra­dos romanos enviados a la penín­sula ibérica, los pretores de rango pro­con­su­lar, fueron las primeras zonas ultra­ma­ri­nas que fueron desig­na­das así por los romanos. La Hispania roma­ni­zada existió por seis siglos, hasta las primeras décadas del siglo V, cuando Roma perdió el control cen­tra­li­zado y el noreste de la penín­sula ibérica fue con­quis­tado por los visi­go­dos (cerca del año 475), con lo cual fue supri­mida la llamada pro­vin­cia Tarra­co­nen­sis. El proceso que dio lugar a la creación de las pro­vin­cias His­pa­niae, exis­ten­tes durante casi siete siglos, fue el mismo proceso que creó el imperio romano de Occi­dente.

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Intro­duc­ción

La expe­rien­cia romana en la penín­sula ibérica es un cono­ci­miento impres­cin­di­ble para com­pren­der el proceso de la con­quista hispana de las Indias, desde finales del siglo XV, y la reduc­ción de sus naciones abo­rí­ge­nes a la con­di­ción de pro­vin­cias. Así como los habi­tan­tes de las pro­vin­cias hispanas fueron roma­ni­za­dos por su propio deseo de imitar a sus con­quis­ta­do­res, también los romanos se esme­ra­ron por ade­cuar­los a su visión imperial. Hay que saber entonces que, en marzo de 218 a. C., el Senado Romano asignó por primera vez a Hispania el nombre de pro­vin­cia, lo cual sig­ni­fi­caba una pre­sen­cia militar per­ma­nente de Roma en la penín­sula ibérica, en el contexto de las guerras contra los car­ta­gi­ne­ses que ya habían con­quis­tado la ciudad ibera de Sagunto y avan­za­ban por la costa este de España. Este nombre deter­mi­naba la zona donde el cónsul romano podía hacer uso de su poder (imperium) como general en jefe de los ejér­ci­tos que se le habían asignado. Los cónsules y los pretores se habían con­ver­tido en ele­men­tos de la maqui­na­ria política exterior de Roma. Cuando una nación indígena del exterior era desig­nada como pro­vin­cia, podía un ejército romano ser enviado sobre ella. Solo era una cuestión de tiempo. Al comienzo no se trataba de una demar­ca­ción terri­to­rial, como podría creerse, sino de la desig­na­ción de un nuevo esce­na­rio exterior de guerra que debían llevar a cabo las legiones del imperio. Ori­gi­nal­mente, una pro­vin­cia era una región en la que actuaba un coman­dante romano que ejercía un control militar, y no una región admi­nis­tra­tiva inte­grada en un supuesto imperio «colonial». Solo hasta el primer siglo después de Cristo fue que estas regiones mili­ta­res (pro­vin­ciae) se con­vir­tie­ron en partes del imperio romano y con­fi­gu­ra­ron la idea de imperio que heredó la Europa moderna.

Cuando Augusto asumió el papel de cónsul per­ma­nente en Hispania, impuso un cambio en las pro­vin­cias hispanas ori­gi­na­les: según acuerdo del año 27 a. C., la Bética se con­vir­tió en una pro­vin­cia del Senado y el pueblo, mientras que la pro­vin­cia Tarra­co­nense (Hispania Citerior) y la Lusi­ta­nia pasaron a ser pro­vin­cias del César. Con esta reforma, el empe­ra­dor podía elegir direc­ta­mente a los fun­cio­na­rios que iban a «sus» pro­vin­cias, en calidad de legati Augusti y solo con la facultad de imperium pro praetore. Fue solo entonces que Augusto fundó colonias para soldados des­mo­vi­li­za­dos en las dos His­pa­nias. Úni­ca­mente entonces fue que las pro­vin­ciae se fueron con­vir­tiendo pau­la­ti­na­mente en enti­da­des admi­nis­tra­ti­vas, y ya no en meros destinos mili­ta­res. Durante las últimas campañas mili­ta­res de Augusto contra las naciones abo­rí­ge­nes, en el noroeste de la penín­sula ibérica, se trazaron las nuevas fron­te­ras pro­vin­cia­les y se produjo el desa­rro­llo de las ciudades al estilo romano. Fue en esas ciudades donde las naciones roma­ni­za­das se incor­po­ra­ron a los bene­fi­cios del derecho civil latino, con lo cual los romanos ave­cin­da­dos en Hispania dejaron de ser per­ci­bi­dos como inva­so­res, y las ciudades como parte inte­grante del mundo romano. El carácter militar de las primeras pro­vin­ciae dio paso a las pro­vin­cias enten­di­das como enti­da­des admi­nis­tra­ti­vas del conjunto del imperio romano, es decir, pro­vin­cias en el sentido moderno del término, el concepto que hoy se tiene. Cuando Plinio des­cri­bió la pro­vin­cia Lusi­ta­nia en el cuarto libro de su Historia Natural, ya había sido dividida en tres unidades admi­nis­tra­ti­vas menores, los con­ven­tus, que ges­tio­na­ban los 45 populi y las unidades polí­ti­cas autóc­to­nas some­ti­das a Roma.

El dominio romano sobre las naciones o gene­ra­cio­nes abo­rí­ge­nes hispanas, esto es, su nomi­na­ción como pro­vin­cias, impli­caba la intro­duc­ción de los tributos. «El tributo es el precio de la paz», declaró el clérigo hispano Osorio. El botín regis­trado en oro y plata, entre 206 y 169 a. C., que ingresó al tesoro romano ascendió a 188 millones de ses­ter­cios. Los tratados con­clui­dos por T. Sem­pro­nio Graco con las tribus cel­tí­be­ras, en 179 a. C., inclu­ye­ron la pro­vi­sión para el pago de tributo. Cicerón informó en el año 70 a. C. que las pro­vin­cias hispanas pagaban una con­tri­bu­ción única, llamada tri­bu­ta­rio, como repa­ra­ción de guerra. Pero mucha parte de ese dinero nunca llegaba a Roma, pues los gober­na­do­res lo gastaban en el pago de las tropas y en atender otros gastos pro­vin­cia­les. Adi­cio­nal­mente, los hispanos fueron obli­ga­dos a enviar el cinco por ciento de sus cosechas de trigos a Roma, o a otras pro­vin­cias del Imperio.

Como puede supo­nerse, la con­quista romana de las naciones abo­rí­ge­nes de las pro­vin­cias hispanas supuso una alte­ra­ción de múl­ti­ples ámbitos de su vida social, política y eco­nó­mica: el latín fue adoptado como lengua común de los his­pa­no­rro­ma­nos, con el con­si­guiente abandono de los alfa­be­tos ibéricos y de las lenguas indí­ge­nas; el derecho civil romano fue incor­po­rado a la reso­lu­ción de los con­flic­tos sociales; la reli­gio­si­dad y las cos­tum­bres fueron trans­for­ma­das, con los sin­cre­tis­mos nece­sa­rios. La inten­si­dad y pro­fun­di­dad de esas trans­for­ma­cio­nes cul­tu­ra­les en seis siglos fue desigual, como corres­pon­día a las dis­tin­tas naciones abo­rí­ge­nes y a la anti­güe­dad de las con­quis­tas romanas en cada una de ellas. Las naciones del litoral medi­te­rrá­neo fueron más recep­ti­vas a la roma­ni­za­ción que los de la Meseta, y estas fueron menos resis­ten­tes al dominio romano que las del norte penin­su­lar. Esas dife­ren­cias explican la dife­ren­cia­ción, hasta hoy, de la Bética y Levante, donde ya existían núcleos urbanos antes de la llegada de los romanos, respecto de Lusi­ta­nia y Cel­ti­be­ria, pero más aún respecto de Galicia,

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Asturias y Can­ta­bria, con sus ais­la­mien­tos tra­di­cio­na­les, y más aún del área del País Vasco, que no solo logró con­ser­var su lengua, sino que se mantuvo como un reducto hasta la época visigoda.

Asimismo, la religión fue otro elemento de roma­ni­za­ción en las pro­vin­cias hispanas, con la nece­sa­ria dife­ren­cia­ción de la rapidez de la implan­ta­ción de los cultos, incluido el cris­tia­nismo, entre las naciones con­quis­ta­das. En las regiones del sur y de Levante exis­tie­ron más divi­ni­da­des de origen griego, fenicio o púnico, mientras que los cultos abo­rí­ge­nes resis­tie­ron más en el norte penin­su­lar. Los cultos romanos se impu­sie­ron más rápido en las áreas medi­te­rrá­neas que en Lusi­ta­nia o Cel­ti­be­ria. Solo a muy largo plazo y tras muchos siglos, el cris­tia­nismo roma­ni­zado terminó por impo­nerse entre los hispanos.

La expe­rien­cia de la Hispania romana finalizó con la invasión del grupo visigodo, en el año 414-415, pro­ce­dente del sur de la Galia, donde el rey Ataúlfo había esta­ble­cido su sede tras desposar a la hermana del empe­ra­dor Honorio. La corte visigoda fue tras­la­dada a Barcino (Bar­ce­lona) mientras otros grupos ger­má­ni­cos ya llevaban varios años en terri­to­rio his­pá­nico eje­cu­tando razias. Su defi­ni­tiva ins­ta­la­ción con la ins­tau­ra­ción del reino visigodo de Toledo, a comien­zos del siglo VI, sig­ni­ficó la trans­for­ma­ción de Hispania en una sociedad de tipo medieval, con sus ins­ti­tu­cio­nes propias: reinos, monar­quías, ser­vi­dum­bre e ins­ti­tu­cio­nes feu­do­va­sa­llá­ti­cas. Solo las dos primeras ins­ti­tu­cio­nes pasaron a las Indias en el siglo XV.

De otro lado, José Antonio Maravall estudió muchos diplomas medie­va­les para concluir que el concepto de reino en Hispania era esen­cial­mente plural; en realidad, hay que hablar de los reinos de España (reges his­pa­niae) y, en con­se­cuen­cia, de los reyes de la mera entidad terri­to­rial que fue España. De hecho, la tarea de recon­quista de las tierras penin­su­la­res inva­di­das por los sarra­ce­nos requirió de este ins­tru­mento: la plu­ra­li­dad de las dis­tin­tas juris­dic­cio­nes de muchos reinos. La idea de un único Regnum His­pa­niae no fue más que una aspi­ra­ción ide­o­ló­gica a la unidad. Durante dema­sia­dos siglos, nadie pensó en reunir los reinos hispanos en una Monar­quía his­pá­nica. Los reyes hispanos no ejer­cie­ron su función de reinar sobre terri­to­rios fijos ni sobre grupos humanos per­ma­nen­tes, ni menos sobre la tota­li­dad del terri­to­rio de Hispania.

El ante­rior­mente men­cio­nado régimen de sepa­ra­ción y ais­la­miento de los reinos penin­su­la­res fue una de las carac­te­rís­ti­cas de su sistema plural. Por eso los diplomas firmados por los reyes comien­zan con una enu­me­ra­ción de nombres de ciudades y villas, pues se reina sobre deter­mi­na­dos lugares, no sobre gentes ni países donde se ligan las personas y las tierras. Esta tra­di­ción se mantuvo hasta los Reyes Cató­li­cos, pero a lo largo de los siglos medie­va­les algunas regiones comen­za­ron a adquirir una exis­ten­cia política propia y per­ma­nente: Galicia, León, Castilla, Pamplona, Aragón y los condados cata­la­nes. En general, este proceso fue una con­se­cuen­cia de la cons­tante incor­po­ra­ción de tierras a los dominios de varios reyes, gracias a su acción recon­quis­ta­dora. Por ello sus reinos no eran «cuerpos colec­ti­vos» sino «tierras». Los reyes hispanos solo impe­ra­ron sobre espacios frag­men­ta­dos y varia­bles. Los hijos de Alfonso III coe­xis­tie­ron como reyes sobre varias partes de la tierra, sin que en torno a alguno de ellos se con­fi­gu­rara un reino. Lo extra­or­di­na­rio de la ins­ti­tu­ción real en España es que estos reyes oca­sio­na­les no lograban hacer un cuerpo con sus tierras, con lo cual sepa­ra­ban y fundían de nuevo sus pose­sio­nes con la tierra prin­ci­pal. Los reyes hispanos no domi­na­ban sobre una uni­ver­si­tas política propia, era la plu­ra­li­dad de varios reyes la que regía el espacio de Hispania.

Como se sabe bien, fueron los dos Reyes Cató­li­cos quienes pre­si­die­ron el des­cu­bri­miento y la con­quista de las Indias Occi­den­ta­les del mar océano. Por ello, siguiendo la tra­di­ción hispana, sus docu­men­tos comien­zan con una enu­me­ra­ción de sus dis­tin­tos dominios geo­grá­fi­cos, «y así hasta su hija Juana. Reyna de Castilla, de León, de Granada, de Toledo, de Gibral­tar e de las Islas de Canarias, e de las Indias e Tierra Firme». Aquello que nunca debe olvi­darse es que antes de que las monar­quías del norte de Europa inven­ta­ran las colonias de emi­gran­tes y la política colonial, ya se habían formado en las Indias Occi­den­ta­les siete reinos, ganados para el rey de Castilla por las huestes de soldados con­quis­ta­do­res: México, Gua­te­mala, Perú, Chile, Nueva Galicia, Nuevo Reino de León y Nuevo Reino de Granada. Por ello, en esta inves­ti­ga­ción se ha optado por la expre­sión «periodo indiano» a la de «periodo colonial». Dicha decisión parte de las tem­pra­nas acla­ra­cio­nes de Ricardo Levene respecto de que las Indias no eran colonias, del magis­te­rio de Armando Martínez en la Escuela de Historia de la Uni­ver­si­dad Indus­trial de San­tan­der (UIS) quien sostiene el mismo argu­mento y de lo expuesto por otros his­to­ria­do­res hasta llegar a Annick Lempérière.

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El Nuevo Reino de Granada fue una creación del capitán Gonzalo Jiménez de Quesada, siguiendo el consejo del capitán Sebas­tián de Belal­cá­zar, para asegurar su derecho en el pleito que llevó contra el ade­lan­tado de Canarias, Alonso Luis de Lugo, a quien le corres­pon­día en segunda vida la gober­na­ción de la pro­vin­cia de Santa Marta y, en con­se­cuen­cia, la del Nuevo Reino de Granada. A este Nuevo Reino de Granada «puso este nombre el dicho licen­ciado [Gonzalo Jiménez de Quesada] ansí por vivir él en cuando vivía en España, en esotro Reino de Granada de acá, y también porque se parecen mucho el uno al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, ambos son de un temple más frío que caliente, y en el tamaño no difieren mucho».

Don Alonso Luis de Lugo, hijo de don Pedro Fer­nán­dez de Lugo, quien fue gober­na­dor de la pro­vin­cia de Santa Marta por capi­tu­la­ción con el rey, llevó a la Corte contra Jiménez de Quesada por la gober­na­ción del Nuevo Reino de Granada. Alegó que su padre había obtenido en la capi­tu­la­ción firmada dicha gober­na­ción por dos vidas y que las pro­vin­cias des­cu­bier­tas en el Nuevo Reino de Granada entraban en la demar­ca­ción de la pro­vin­cia de Santa Marta. Los miembros del Supremo Consejo de Indias deter­mi­na­ron que el Nuevo Reino de Granada entrase en la gober­na­ción de Santa Marta, con lo cual Lugo vino a gobernar las dos en 1540. Pos­te­rior­mente, el Consejo de Indias decidió que la mejor manera de gobernar esas dos gober­na­cio­nes unidas era poniendo allí una chan­ci­lle­ría real con oidores que se encar­ga­sen de la gober­na­ción de esas pro­vin­cias y de las otras comar­ca­nas (San Juan, Popayán y Car­ta­gena).

La expe­rien­cia de fun­da­ción de las primeras ciudades en las tres pro­vin­ciae hispanas fue parte de la expe­rien­cia de dominio romano de la penín­sula ibérica por seis siglos. Las más tem­pra­nas cono­ci­das fueron Itálica, Ampurias, Mérida, Tarra­gona, Grac­cu­rris, Iliturgi, Carteia, Córdoba, Valencia, Palma de Mallorca, Lérida, Medellín, Pamplona y Montilla. Se trataba de una reor­ga­ni­za­ción de los modelos de asen­ta­mien­tos abo­rí­ge­nes, siguiendo los modelos romanos, lo cual dotó a las ciudades hispanas de magis­tra­dos anuales, senados y asam­bleas, todos ellos coop­ta­dos entre las oli­gar­quías locales.

Siguiendo el men­cio­nado modelo, las huestes de soldados espa­ño­les que des­cu­brie­ron y con­quis­ta­ron las naciones y gene­ra­cio­nes abo­rí­ge­nes poblaron ciudades, ponién­do­las bajo la juris­dic­ción de cabildos de justicia y regi­miento. El primer cabildo anual era inte­grado por los capi­ta­nes de la hueste con­quis­ta­dora, y los siguien­tes se formaban por coop­ta­ción de los salien­tes, esco­gi­dos de ternas de nombres, que pos­te­rior­mente requi­rie­ron la real con­fir­ma­ción de la Real Audien­cia.

El Nuevo Reino de Granada fue inte­grado ori­gi­nal­mente por los cuatro cabildos de las cuatro ciudades mandadas a fundar por el licen­ciado Gonzalo Jiménez de Quesada para mejorar sus derechos ante la Corte, en el pleito que siguió con Alonso Luis de Lugo. Estas ciudades fueron nom­bra­das Santa Fe, Tunja, Vélez y Tocaima. Por su parte, el capitán Sebas­tián de Belal­cá­zar fundó las suyas en la gober­na­ción de Popayán, una entidad admi­nis­tra­tiva inde­pen­diente respecto del Nuevo Reino de Granada.

La pro­vin­cia de Guane, matriz del depar­ta­mento de San­tan­der

Exa­mi­na­das desde la historia con­cep­tual las palabras pro­vin­cia, reino y ciudad, se entra ahora a analizar las pro­vin­cias subor­di­na­das a la juris­dic­ción del cabildo de la ciudad de Vélez, entre ellas, la de Guane; una historia indiana, o neo­gra­na­dina, para no llamarla colonial —como ya se argu­mentó líneas arriba—, que se origina con la hueste de soldados coman­dada por el capitán Martín Galeano.

Luego de que las ciudades de Santa Fe y Tunja fueron esta­ble­ci­das en pro­vin­cias de la nación muisca con­quis­tada y que la ciudad de Tocaima fue fundada entre la nación panche, cabe entonces pre­gun­tarse: ¿entre cuáles pro­vin­cias de naciones abo­rí­ge­nes fue esta­ble­cida la juris­dic­ción del cabildo de la ciudad de Vélez? La res­puesta a esta pregunta se encuen­tra en la Relación geo­grá­fica de Popayán y del Nuevo Reino, escrita en 1559 y usada como fuente por el cronista Andrés García de Céspedes. La ciudad de Vélez, poblada por el capitán Martín Galeano, tenía en sus términos «valles calien­tes y fríos» y cuatro pro­vin­cias de naciones abo­rí­ge­nes dis­tin­tas:

La primera era la pro­vin­cia de Guane, de temple caliente, rica en minas de oro, que los vecinos de Vélez extraían con el servicio personal de los indios y de negros esclavos. Los abo­rí­ge­nes de esta pro­vin­cia eran «dife­ren­tes en lengua y nación» de los demás indios de la pro­vin­cia de Vélez, pues eran «gente vestida, pero no tan bien ni de tanto contrato como los moscas. Entre ellos no había señores

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natu­ra­les, sino capi­ta­ne­jos man­don­ci­llos». Los vecinos de Vélez enviaban a estos indios a las minas del río del Oro para sacarles provecho y «los de esta nación también llevaban a esas minas bas­ti­men­tos y cargas».

La segunda era la pro­vin­cia de los muiscas de Vélez, que eran «del mismo trato, ritos y cos­tum­bre que los moscas de Tunja, y andan vestidos como ellos, sin haber dife­ren­cia alguna». La tercera era la pro­vin­cia llamada el Rincón de Vélez. Eran también muiscas, pero estaban «alzados» o rebe­la­dos por mucho tiempo. Era «una ladro­nera donde se recogen muchos indios, por no servir a los espa­ño­les». Los conducía «un indio prin­ci­pal de nación mosca, el cual los recoge a todos y tiene sujetos y aparte de otra nación que llaman muzos». Según los espa­ño­les, los del Rincón de Vélez «hacían la guerra a los indios que estaban pací­fi­cos y servían a los espa­ño­les y habían sido capaces de poner en aprieto a los vecinos de la ciudad de Vélez y habrían podido des­truirla si sus vecinos no hubieran recibido ayuda de los vecinos de la ciudad de Tunja. Asal­ta­ban a los viajeros que tran­si­ta­ban el camino entre Vélez y Tunja para comer­ciar, así espa­ño­les como indios, y habían matado a muchos».

Por último, la cuarta pro­vin­cia era la de los indios muzos, «dife­rente nación de los moscas y enemigos suyos, los cuales confinan con indios de la ciudad de Vélez, Tunja y Santa Fe…andaba desnuda y eran grandes car­ni­ce­ros», esto último porque, a decir de los espa­ño­les, estos natu­ra­les comían carne de abo­rí­ge­nes cir­cun­ve­ci­nos, espe­cial­mente de los muiscas que con­fi­na­ban con ellos. Esta pro­vin­cia se extendía al occi­dente hasta el río Grande de la Mag­da­lena, su cacique era el Saboyá y tendría hasta 30.000 indios.

La juris­dic­ción del cabildo de la ciudad de Vélez incluyó entonces a cuatro pro­vin­cias por con­quis­tar, entre tres gene­ra­cio­nes abo­rí­ge­nes dis­tin­tas: muiscas, guanes y muzos. Quien escribió la Relación geo­grá­fica de 1559, aconsejó a los vecinos de Vélez la con­quista de estas naciones «alzadas» para obli­gar­las a tributar, y calculó que podrían producir mucho si se lograba tener a estos indios pací­fi­cos y sose­ga­dos. En ese momento ya se producía en las estan­cias de los soldados ave­cin­da­dos, cosechas de trigo y cañas de azúcar y se criaban ganados prin­ci­pal­mente caballar, mular, vacuno y caprino. Para entonces, ya eran 38 los soldados ave­cin­da­dos en la ciudad de Vélez, entre los cuales se habían repar­tido 74 pueblos de indios, que sumaban 14.670 indios tri­bu­ta­rios de las naciones guane y muisca. La tri­bu­ta­ción anual de los indios some­ti­dos al régimen de enco­mienda había sido tasada por un visi­ta­dor de la Real Audien­cia en 4147 mantas de algodón y 3875 pesos de buen oro, pero las con­ti­nuas rebe­lio­nes de indios hacían difícil el recaudo de esta masa tri­bu­ta­ria.

Cabe aclarar que la presente inves­ti­ga­ción se limita sola­mente a la pro­vin­cia de Guane, una de las cuatro que fueron puestas bajo la juris­dic­ción del cabildo de la ciudad de Vélez, poblada por el capitán Martín Galeano en 1539. En términos gene­ra­les, se intentó seguir el derro­tero his­tó­rico de esta pro­vin­cia desde sus orígenes, es decir, desde que la pequeña hueste de Martín Galeano declaró a la nación guane objeto de acción militar de con­quista y obligó a sus «capi­ta­ne­jos man­don­ci­llos» a servir y tributar a sus enco­men­de­ros. Como diría don Juan Friede, desde los tiempos de los guanes «bajo la domi­na­ción española».

Es este orden y pro­pó­sito, el primer capítulo de este libro trata de esta pro­vin­cia aborigen de con­quista hispana, de la relación original entre espa­ño­les venidos del ultramar (Martín Galeano era de Valencia) y abo­rí­ge­nes guanes, es decir, de sus inter­cam­bios sociales, polí­ti­cos, eco­nó­mi­cos y cul­tu­ra­les bajo el régimen de la enco­men­da­ción de natu­ra­les.

El segundo capítulo versa sobre la reor­ga­ni­za­ción de los guanes en asen­ta­mien­tos con­gre­ga­dos, pos­te­rior­mente redu­ci­dos a otros pueblos, mientras se desa­rro­lla­ban las estan­cias y empresas de los vecinos de Vélez. Además, se examina el proyecto de creación de repú­bli­cas de indios y sus actores his­tó­ri­cos, así como el fenómeno de la caída demo­grá­fica indígena mientras crecía, para­le­la­mente, el grupo de los mestizos y de nuevos vecinos venidos de ultramar y de otras pro­vin­cias del Reino. Adi­cio­nal­mente, se presenta el régimen parro­quial que dio res­puesta al rápido cre­ci­miento demo­grá­fico de los blancos y mestizos que se apro­pia­ron del terri­to­rio de pro­duc­ción mer­can­til y se examinan las dos parro­quias de Santa Cruz y Nuestra Señora del Socorro, cuyo origen y com­pe­ten­cia marcaría la vida político-pro­vin­cial durante el siglo XVIII.

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Intro­duc­ción

El tercer capítulo trata de la reor­ga­ni­za­ción política de la pro­vin­cia de Guane durante el siglo XVIII, cuando la disputa de las villas de San Gil y Socorro terminó segre­gando la antigua juris­dic­ción de la ciudad de Vélez sobre la pro­vin­cia original y formó dos pro­vin­cias nuevas, bajo el moderno concepto de pro­vin­cia como ente admi­nis­tra­tivo del Virrei­nato de Santa Fe. Pero también ocurrió una reor­ga­ni­za­ción pro­vin­cial que trajo la reforma del antiguo corre­gi­miento de Tunja, es decir, de la orga­ni­za­ción del moderno corre­gi­miento del Socorro, cuya pro­vin­cia admi­nis­tra­tiva reu­ni­ficó las tres ante­rio­res pro­vin­cias y repro­dujo la antigua unidad veleña.

Final­mente, el último capítulo se ocupa del movi­miento his­tó­rico de las pro­vin­cias de San Gil, El Socorro y Vélez durante el siglo XIX, cuando el concepto de pro­vin­cia era ya total­mente moderno y reducido a ente político-admi­nis­tra­tivo para agrupar los dis­tri­tos parro­quia­les o modernos muni­ci­pios, con­ser­vando las tra­di­cio­nes cul­tu­ra­les que venían desde el siglo de la con­quista española. Se examina también el proceso de intro­duc­ción de las ins­ti­tu­cio­nes fran­ce­sas (depar­ta­men­tos y cantones) y esta­dou­ni­den­ses (estados fede­ra­les) como alter­na­ti­vas modernas e igua­li­ta­rias para la división político-admi­nis­tra­tiva de los antiguos corre­gi­mien­tos del Socorro y Pamplona, así como la modi­fi­ca­ción en la desig­na­ción de pro­vin­cias en el depar­ta­mento de San­tan­der.

Así es como el presente escrito centra su mirada úni­ca­mente en la historia de la pro­vin­cia de Guane y sus trans­for­ma­cio­nes con­cep­tua­les y político-admi­nis­tra­ti­vas a través de los siglos que se agru­pa­rán en un concepto jurídico deno­mi­nado depar­ta­mento de San­tan­der. En tal pro­pó­sito, no se realizan com­pa­ra­cio­nes con la historia de las pro­vin­cias muiscas, muzos ni chi­ta­re­ras, sus cir­cun­ve­ci­nas. Es solo un esfuerzo de expli­ca­ción del largo proceso de cons­truc­ción social y política en una de las antiguas pro­vin­cias de la con­quista hispana en las Indias Occi­den­ta­les del mar océano con sus muta­cio­nes con­cep­tua­les y sociales, además de su ade­cua­ción a la tarea de poner en obe­dien­cia a las personas respecto de las auto­ri­da­des públicas de los Estados modernos.

Dado que el Nuevo Reino de Granada en las Indias Occi­den­ta­les del mar océano fue uno de los dominios del Ultramar de la Monar­quía Hispana y la juris­dic­ción de su real audien­cia se extendió sobre un conjunto de pro­vin­cias, es decir, sobre naciones abo­rí­ge­nes con­quis­ta­das, fue per­ti­nente pre­gun­tarse entonces, como hilo con­duc­tor de la presente inves­ti­ga­ción, ¿qué acon­te­ció en la antigua pro­vin­cia de Guane desde el momento cuando las huestes de soldados impu­sie­ron sobre la pre­té­rita nación guane el dominio de la monar­quía española hasta la agru­pa­ción pro­vin­cial en dis­tri­tos parro­quia­les y modernos muni­ci­pios, con­ser­vando tra­di­cio­nes cul­tu­ra­les here­da­das desde el siglo de la con­quista española?

Esta pregunta tiene, prin­ci­pal­mente, una moti­va­ción para los san­tan­de­re­a­nos del hoy llamado depar­ta­mento de San­tan­der, región de resi­den­cia de estos y parte del legado terri­to­rial que desde 1857 se llamó Estado federal de San­tan­der, el cual en su momento fue el resul­tado de una decisión del Congreso Nacional: unir en un solo ente político-admi­nis­tra­tivo las dos antiguas pro­vin­cias de Pamplona y del Socorro, con la anexión del cantón de Ocaña, separado de la pro­vin­cia de Mompós. En 1910 se decretó, por voluntad del pre­si­dente Ramón González Valencia, la sepa­ra­ción de las pro­vin­cias de Pamplona, Ocaña y Cúcuta, para integrar con ellas el nuevo depar­ta­mento de Norte de San­tan­der. Como se dijo entonces que las pro­vin­cias que quedaban segui­rían lla­mán­dose depar­ta­mento de San­tan­der, a manera de hipó­te­sis se con­si­deró que ellas, pese a los expe­ri­men­tos que intro­dujo la admi­nis­tra­ción Reyes entre 1904 y 1909, eran en lo fun­da­men­tal la antigua pro­vin­cia de Guane, con los con­tor­nos con los que fue definida en la segunda mitad del siglo XVI, cuando era una de las pro­vin­cias puestas bajo la juris­dic­ción de la ciudad de Vélez.

Esta hipó­te­sis de una con­ti­nui­dad terri­to­rial, aquella que va de la antigua pro­vin­cia de Guane al depar­ta­mento de San­tan­der que quedó después de la reforma de 1910, motivó a empren­der esta inves­ti­ga­ción his­tó­rica que tiene más de treinta años de ges­ta­ción desde cuando se creó el programa de Historia de la Uni­ver­si­dad Indus­trial de San­tan­der. Ahora se sabe, gracias a esta inves­ti­ga­ción, que en lo fun­da­men­tal era correcta esa hipó­te­sis, con nece­sa­rios ajustes sobre las pérdidas de las pro­vin­cias muiscas del Rincón de Vélez y de la pro­vin­cia de los indios muzos, pero también con las ganan­cias de las pro­vin­cias chi­ta­re­ras, cácotas, yari­guíes y muiscas del cacique Sogamoso. Pero, en lo fun­da­men­tal, con las ganan­cias del corre­gi­miento moderno del Socorro y del distrito minero de los ríos Suratá y del Oro, matriz terri­to­rial de ese ente político-admi­nis­tra­tivo que hoy se llama San­tan­der, nuestra región de resi­den­cia y el hogar de nuestros ante­pa­sa­dos fami­lia­res.

Las fuentes y la his­to­rio­gra­fía en la larga duración de la pro­vin­cia de Guane

Avanzar en la com­pren­sión de la historia de la pro­vin­cia de Guane en la larga duración, tran­si­tando desde la orga­ni­za­ción indiana hasta la orga­ni­za­ción repu­bli­cana, es un trabajo en extremo complejo, pero no impo­si­ble de realizar. Fue un proceso de aco­mo­da­ción de los natu­ra­les de Guane a su versión pro­vin­cial, que terminó por formar parte impor­tante en la con­fi­gu­ra­ción de la sociedad indiana de los siglos XVI y XVII del noro­riente del Nuevo Reino de Granada, con rele­van­tes impli­ca­cio­nes en el movi­miento his­tó­rico de las pro­vin­cias de San Gil, Socorro y Vélez durante el siglo XVIII y la pos­te­rior eli­mi­na­ción de Guane del listado de pro­vin­cias neo­gra­na­di­nas en 1853, además de la ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción de pro­vin­cias, enten­di­das a manera de entes político-admi­nis­tra­ti­vos que agru­pa­ron parro­quias y muni­ci­pios en el siglo XIX en el otrora terri­to­rio Guane.

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Intro­duc­ción

Por demás, como ya se ha adver­tido, com­prende un largo y complejo proceso de con­fi­gu­ra­cio­nes y recon­fi­gu­ra­cio­nes sociales que ha impli­cado conocer a pro­fun­di­dad el proceso de naci­miento pro­vin­cial de Guane en 1540 y la manera como se formó y desa­rro­lló pro­vin­cial­mente Guane a través del periodo indiano com­pren­dido entre 1540 y 1700. En el mismo orden, también implica conocer el proceso inicial de con­fi­gu­ra­ción social en el noro­riente del Nuevo Reino de Granada durante el Virrei­nato de la Nueva Granada y en tiempos repu­bli­ca­nos de Colombia (1819-1831), Nueva Granada (1832-1861), Con­fe­de­ra­ción Gra­na­dina (1862-1863), Estados Unidos de Colombia (1863-1886) y la Repú­blica de Colombia de 1886 a 1939. De aquí que la historia regional se cons­ti­tuya en un abordaje fun­da­men­tal para el cono­ci­miento de una pro­vin­cia indiana, dis­tin­guida como Guane, que coe­xis­tió con los espa­ño­les entre los siglos XVI y XVIII, vivió con la cre­ciente pobla­ción mestiza en tiempos inde­pen­den­tis­tas en el siglo XIX y habitó el terri­to­rio que hoy forma parte del actual depar­ta­mento de San­tan­der en la región noro­rien­tal de Colombia.

En el mismo pro­pó­sito, la inves­ti­ga­ción abre hori­zon­tes al cono­ci­miento de procesos de for­ma­ción y desa­rro­llo de pro­vin­cias durante el periodo indiano, dentro de un amplio espectro de opciones inves­ti­ga­ti­vas que el hoy depar­ta­mento de San­tan­der ofrece en el campo de estudio de la historia y que per­mi­ti­rían com­pren­der no solo la con­for­ma­ción de iden­ti­da­des regio­na­les sino también cul­tu­ra­les y par­ti­cu­la­res de aquellas pobla­cio­nes y terri­to­rios que estu­vie­ron bajo el dominio de la Corona española durante los siglos XVI, XVII y XVIII, así como entender la vivencia de tiempos inde­pen­den­tis­tas en el siglo XIX y repu­bli­ca­nos del siglo XX.

Alcanzar con éxito este cometido de realizar una historia en la larga duración de la pro­vin­cia de Guane implicó, por otra parte, una acuciosa y fun­da­men­tada consulta de fuentes docu­men­ta­les pri­ma­rias y de fuentes secun­da­rias que tratan el tema pro­vin­cial de Guane. Con relación al acer­ca­miento a las fuentes pri­ma­rias, durante el desa­rro­llo de la inves­ti­ga­ción sur­gie­ron diversos pro­ble­mas para reco­no­cer el discurso o punto de vista guane, pues lo que sabe de la pro­vin­cia de Guane es, en gran parte, desde la media­ción del discurso hispano, espe­cial­mente en tiempos indianos, inde­pen­den­tis­tas y repu­bli­ca­nos tem­pra­nos. De tal manera que se des­co­no­cen lengua o escri­tura guane sobre­vi­vien­tes luego de la llegada de los con­quis­ta­do­res espa­ño­les, a dife­ren­cia de otras pro­vin­cias como los muiscas, de quienes se cuenta con la Gra­má­tica en la lengua general del Nuevo Reino de Granada, llamada ch'ibch'a o mosca de 1619, autoría de fray Bernardo de Lugo; o de pro­vin­cias del reino de Nueva España, de donde sobre­vi­vie­ron, entre otros textos indí­ge­nas, los códices Borgia, Flo­ren­tino y Azca­ti­tlán; o las lenguas aimara y quechua que aún hoy día cuentan con hablan­tes en Perú. Es más, el mismo término «Guane» fue men­cio­nado por primera vez durante la jornada de des­cu­bri­miento de esa pro­vin­cia a cargo del alemán Ambrosio Alfinger, y muy pro­ba­ble­mente Martín Galeano retomó esa deno­mi­na­ción de noticias sobre la «pro­vin­cia de Guane», dadas por algunos inte­gran­tes de la hueste de Alfinger, como Pedro Gutié­rrez, quien estuvo durante la fun­da­ción de la ciudad de Vélez en 1539.

Otro asunto para acometer y que surgió durante la inves­ti­ga­ción fue la búsqueda y consulta de docu­men­ta­ción de la primera década de for­ma­ción pro­vin­cial de Guane, dada la pérdida de archivos ocurrida durante el incendio de la casa del escri­bano Alonso Téllez, en Santafé, en 1554. Pese a ello, este impase se solu­cionó con el material dis­po­ni­ble en los primeros veinte libros que reposan en el Archivo de la Notaría Primera de Vélez y que con­tie­nen docu­men­tos de 1547 a 1600, entre ellos, actas del cabildo de Vélez, pleitos, dis­po­si­cio­nes, cartas de poder y tes­ta­men­tos de vecinos de esa ciudad y enco­men­de­ros de la pro­vin­cia de Guane. Igual­mente, se con­sul­ta­ron docu­men­tos diversos de 1540 a 1550 de los fondos Visitas a San­tan­der, Visitas a Boyacá, Resi­den­cias San­tan­der, Caciques e Indios, Pobla­cio­nes San­tan­der, Enco­mien­das, Tributos, Minas San­tan­der, Curas y Obispos, Tierras San­tan­der y Mis­ce­lá­nea del Archivo General de la Nación (AGN). También fue valiosa la infor­ma­ción sobre el juicio de resi­den­cia de Martín Galeano y los procesos legales de 1547 hasta la sen­ten­cia defi­ni­tiva en 1554, que se halla en docu­men­tos de la sig­na­tura Justicia, y, en general, reales cédulas, des­pa­chos, mercedes, informes y reales pro­vi­sio­nes dis­po­ni­bles en las sig­na­tu­ras Santa Fe, Con­ta­du­ría, Patro­nato Real, Indi­fe­rente General, Panamá, Escri­ba­nía y Con­tra­ta­ción y el Catálogo de Pasa­je­ros a Indias durante los siglos XVI, XVII y XVIII de Cris­tó­bal Bermúdez y Luis Romera del Archivo General de Indias (AGI). Para docu­men­ta­ción de los siglos XVIII, XIX y XX, se acudió a la dis­po­ni­ble en el AGN.

La fuente primaria y el ejer­ci­cio pale­o­grá­fico de docu­men­ta­ción de los siglos XVI y XVII, espe­cí­fi­ca­mente de manus­cri­tos como cartas, peti­cio­nes e informes, se carac­te­riza por la cali­gra­fía par­ti­cu­lar de cada escri­bano. Entre ellos, de Pedro de Salazar, quien fue el primer escri­bano de Vélez en 1540, Rodrigo Zapata en 1617 o Pedro de Bus­ta­mante en 1679. La clase de escri­tura del material de los siglos XVI y XVII, revisado, varió en su mayoría entre letra gótica cor­te­sana y cursiva, redonda, can­ci­lle­resca y procesal enca­de­nada para manus­cri­tos y gótica en impresos. La letra de los siglos XVIII al XX fue en su mayoría cursiva y no ofreció mayores pro­ble­mas de legi­bi­li­dad.

Con el fin de superar el escollo men­cio­nado sobre una más amplia docu­men­ta­ción de los siglos XVI y XVII, se apro­ve­chó material trans­crito por el his­to­ria­dor Julián Bautista Ruiz Rivera en Fuentes para la demo­gra­fía his­tó­rica

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Intro­duc­ción

de Nueva Granada, publi­cado en 1972, y las trans­crip­cio­nes de docu­men­tos ori­gi­na­les rea­li­za­das por fray Enrique Báez Arenales de la Orden de Pre­di­ca­do­res, durante su reco­rrido por archivos de Sevilla y Valencia (España), así como por archivos parro­quia­les, nota­ria­les, muni­ci­pa­les y depar­ta­men­ta­les colom­bia­nos y el Archivo Nacional de Colombia. Espe­cí­fi­ca­mente sobre docu­men­tos de la pro­vin­cia de Guane, el padre Báez firmó contrato con el Concejo Muni­ci­pal de Vélez para examinar su archivo notarial y escribir la corres­pon­diente mono­gra­fía his­tó­rica de esa ciudad; sin embargo, el fraile extendió su estudio al archivo notarial del Socorro, el Archivo de la Diócesis de San Gil y Socorro (ADSGS) y sesenta y seis parro­quias san­tan­de­re­a­nas más que contaban con regis­tros en archivos ecle­siás­ti­cos de bautizos, con­fir­ma­cio­nes, matri­mo­nios y defun­cio­nes de gentes de la pro­vin­cia de Guane; así como también escri­tu­ras, compra-ventas de tierra, denun­cias y poderes e incluso docu­men­tos de gran valor his­tó­rico, como el frag­mento del tes­ta­mento del cacique Coratá, único tes­ta­mento de un nativo Guane de época indiana temprana.

Durante esta inves­ti­ga­ción se con­tras­ta­ron las trans­crip­cio­nes docu­men­ta­les rea­li­za­das por Báez con la docu­men­ta­ción original, prin­ci­pal­mente del material cus­to­diado en el Archivo de la Notaría Primera de Vélez (ANPV) y el primer libro del ADSGS, en los que se pudo con­fir­mar la huella «Baeza» o señal escrita con lápices de colores gris, rojo o azul e índices manus­cri­tos por el propio Báez de múl­ti­ples libros públicos, que no contaban con esa herra­mienta de búsqueda. En simul­tá­neo a la reco­lec­ción, el padre Báez se apoyó logís­ti­ca­mente en dos secre­ta­rios para la trans­crip­ción y meca­no­gra­fiado de la docu­men­ta­ción que con­si­deró de valor his­tó­rico para la región. Ante el incum­pli­miento del contrato firmado con el Concejo veleño, en 1994 el fraile donó su obra a la Orden Dominica, en cuyo Archivo His­tó­rico de la Pro­vin­cia de San Luis Bertrán (Bogotá-Colombia) reposa hasta nuestros días, acervo docu­men­tal de gran utilidad para esta inves­ti­ga­ción, espe­cial­mente en los tomos titu­la­dos «Parro­quias de San­tan­der», tomos XVI y XVII, «Vélez», tomo XVII, y «Socorro His­tó­rico», tomo XVIII.

Además de recurrir a material ya trans­crito, durante el ejer­ci­cio pale­o­grá­fico de fuentes pri­ma­rias de docu­men­ta­ción hallada en el AGI, el AGN, el fondo Diversos y Colec­cio­nes de Indias del Archivo His­tó­rico Nacional en Madrid y algunos rollos dis­po­ni­bles en el Centro de Docu­men­ta­ción e Inves­ti­ga­ción His­tó­rica Regional de la Uni­ver­si­dad Indus­trial de San­tan­der (CDIHR-UIS), se acudió cons­tan­te­mente a la consulta de los manuales de María Helena Bri­biesca Sumano, Natalia Silva Prada, María Mercedes Ladrón de Guevara León y del Dic­cio­na­rio de Abre­via­tu­ras Hispanas de los siglos XIII al XVIII, de Ángel Riesco Terrero.

En pale­o­gra­fía y diplo­má­tica se tuvo en cuenta lo tra­ba­jado por Antonia Heredia Herrera en Reco­pi­la­ción de estudios de diplo­má­tica indiana, para iden­ti­fi­car el tipo de docu­mento real, legal, contable, epis­to­lar o informe (carta, real pro­vi­sión, real cédula, despacho, merced, bula, etc.) que se estaba con­sul­tando y para com­pren­der el con­te­nido docu­men­tal, analizar crí­ti­ca­mente y valorar su anti­güe­dad, ori­gi­na­li­dad y calidad de la infor­ma­ción per­ti­nente para la época y contexto, en este caso, de la pro­vin­cia de Guane.

Se examinó también biblio­gra­fía del tema de interés para el trabajo inves­ti­ga­tivo en la versión digital de los primeros ejem­pla­res de la Gaceta de San­tan­der, la revista Estudio y el Boletín de Historia y Anti­güe­da­des. Se con­sul­ta­ron obras en físico res­guar­da­das en la Escuela de Estudios His­pa­no­a­me­ri­ca­nos (EEHA) en la ciudad de Sevilla, España, en la Biblio­teca Luis Ángel Arango (BLAA), ubicada en Bogotá (Colombia), y en la Biblio­teca de la UIS, en Buca­ra­manga, Colombia, e infor­ma­ción dis­po­ni­ble en la página web del ADSGS.

En detalle, el proceso de consulta para el acceso a la lectura o repro­duc­ción de material docu­men­tal inició con la búsqueda de infor­ma­ción sobre la pro­vin­cia de Guane de los siglos XVI al XX, en los catá­lo­gos digi­ta­les o impresos de archivos his­tó­ri­cos locales, nacio­na­les y del AGI, la EEHA, la BLAA y la Biblio­teca UIS. Como ya se mencionó, espe­cial­mente en docu­men­ta­ción temprana, fue posible leer el discurso o punto de vista guane en la media­ción del discurso hispano, situa­ción que obligó a leer entre­lí­neas para iden­ti­fi­car la voz de los natu­ra­les de Guane en la palabra cas­te­llana.

Uno de los docu­men­tos más valiosos encon­tra­dos en la pesquisa inves­ti­ga­tiva es el que trata de los cargos contra Martín Galeano, el teniente de gober­na­dor de la ciudad de Vélez, en los que no hay tes­ti­mo­nio del propio Galeano, sino des­car­gos judi­cia­les por los que se recla­maba la sanción impuesta de pri­va­ción de su oficio y enfa­ti­zaba en la acu­sa­ción de los fun­cio­na­rios de la ciudad contra Galeano por haber con­tra­di­cho las Leyes Nuevas. Además, incluida la cláusula que obligaba a Galeano a reducir a la paz a los indios guane, sin hacerles guerra ni malos tra­ta­mien­tos.

A dife­ren­cia de quienes deses­ti­man las crónicas como fuentes apro­pia­das para el estudio de pro­vin­cias, fue ine­lu­di­ble acudir a lo narrado por los cro­nis­tas de Indias, en tanto las crónicas son de los pocos tes­ti­mo­nios dis­po­ni­bles hasta el presente de un acon­te­cer vivido por los mismos autores en el Nuevo Reino de Granada. La meto­do­lo­gía para trabajar este material de los siglos XVI y XVII fue la misma seguida para los docu­men­tos de archivo, remi­tién­dose siempre a la fuente más antigua para aclarar cual­quier tipo de dudas.

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Intro­duc­ción

Entre las crónicas revi­sa­das durante el trabajo inves­ti­ga­tivo se cuenta la Reco­pi­la­ción his­to­rial de fray Pedro Aguado, fraile fran­cis­cano de la pro­vin­cia de Santafé, redactor final de la tarea incon­clusa del también fraile Antonio Medrano y quien com­ple­mentó el escrito con sus propios apuntes y expli­ca­cio­nes. En cuanto a la obra, según Friede, «para la época de su con­fec­ción (esta Historia) es la primera que se ha escrito en tierras colom­bia­nas», cuya narra­ción his­tó­rica se focalizó en la fun­da­ción de ciudades en el Nuevo Reino, a cargo de grupos de indios y espa­ño­les, tratando de equi­li­brar, mediante un lenguaje sencillo y justo, las for­ta­le­zas y caren­cias de unos y otros como una forma de demos­trar que el ejer­ci­cio de escri­tura formaba parte fun­da­men­tal del trabajo com­pro­me­tido y misional fran­cis­cano en la con­ver­sión de natu­ra­les. Para el presente trabajo se estu­dia­ron los capí­tu­los del libro IV, espe­cí­fi­ca­mente el capítulo I, que trató las salidas de Nicolás de Federman y Ambrosio Alfinger; el capítulo IV sobre la jornada de castigo del capitán Céspedes a indios rebeldes en Vélez, y el capítulo XXIII en el que se expuso la tasación de indios en Vélez en 1562, a cargo del licen­ciado Angulo de Castejón.

Otro cronista con­sul­tado para esta inves­ti­ga­ción, y que ha sido el más citado espe­cial­mente por los his­to­ria­do­res del Nuevo Reino de Granada, fue Juan de Cas­te­lla­nos y su obra Elegías de varones ilustres. En esta crónica se hace mención de la pro­vin­cia de Guane, espe­cí­fi­ca­mente en el canto IV de la primera elegía de la segunda parte: «Por una y otra parte dis­cu­rriendo / camina sin cesar el Marcio Coro, / los confines de *Guane* des­cu­briendo, / pro­vin­cia de gran­dí­simo decoro…».

En esta obra se destaca, igual­mente, el hecho de que Juan de Cas­te­lla­nos fue autor-testigo e incluso acom­pa­ñante de Gonzalo Jiménez de Quesada en su expe­di­ción al interior del Nuevo Reino en 1536, y muy pro­ba­ble­mente Cas­te­lla­nos también ates­ti­guó el cum­pli­miento de la orden impar­tida por Jiménez de Quesada para fundar las ciudades de Vélez y Tunja. Pre­ci­sa­mente en esta última ciudad, Cas­te­lla­nos llegó a ser bene­fi­ciado de Tunja y allí murió en 1607. Ambas ciudades fueron de gran impor­tan­cia en esta historia, porque desde sus inicios pro­vin­cia­les Guane fue incor­po­rada a la juris­dic­ción del cabildo veleño, y este, a su vez, formaba parte del área de juris­dic­ción del corre­gi­miento de Tunja, que se extendía hasta los confines de Pamplona. Asimismo, a finales del siglo XVII ingresó el terri­to­rio puesto bajo el control del cabildo de la villa de Santa Cruz y San Gil de la Nueva Baeza y su parro­quia de Nuestra Señora del Socorro direc­ta­mente a la juris­dic­ción del corre­gi­miento de Tunja, escin­dido de la antigua juris­dic­ción del cabildo de Vélez.

De igual manera, se des­ta­ca­ron en el proceso de consulta y análisis inves­ti­ga­tivo las Noticias his­to­ria­les de las Con­quis­tas de Tierra firme en las Indias Occi­den­ta­les, escritas por el cronista Pedro Simón. En este libro se halló un volumen sig­ni­fi­ca­tivo de infor­ma­ción a manera de «*noticias*», rela­cio­na­das con la pro­vin­cia de Guane, que no se encon­tra­ron en textos de los ante­rio­res cro­nis­tas. Par­ti­cu­lar­mente, para el trabajo inves­ti­ga­tivo aquí pre­sen­tado, de la primera parte se revisó con especial atención la segunda noticia his­to­rial, capí­tu­los IV-VIII, acerca de la jornada de Ambrosio Alfinger al interior del Nuevo Reino y el des­cu­bri­miento de la pro­vin­cia de Guane. En la segunda parte, el apartado más impor­tante fue la quinta noticia, del primer al vigésimo capítulo, que versó sobre las acciones de Martín Galeano en la pro­vin­cia de Guane, expli­ci­tando el reco­no­ci­miento, explo­ra­ción, desig­na­ción, paci­fi­ca­ción, jornadas de castigo y ocu­pa­ción defi­ni­tiva de esa pro­vin­cia en 1540 y los pos­te­rio­res conatos de rebeldía indígena hasta 1547, cuando desa­pa­re­cen de los escritos espa­ño­les alu­sio­nes al llamado cacique Cácher de Chanchón.

Un autor poco citado, pero de gran ayuda en esta inves­ti­ga­ción, fue el gene­a­lo­gista neo­gra­na­dino Juan Flórez de Ocáriz. De su obra Gene­a­lo­gías del Nuevo Reino de Granada se utilizó en esta inves­ti­ga­ción lo tra­ba­jado en el Preludio, Árbol primero y Árbol segundo del libro primero. En el preludio se examinó infor­ma­ción refe­rente a las jornadas y datos gene­a­ló­gi­cos de Ambrosio Alfinger (des­cu­bri­dor de la pro­vin­cia de Guane en 1531), así como listados de gente que se quedó en el Nuevo Reino, ya fuese como primeros pobla­do­res, vecinos, regi­do­res, algua­ci­les mayores o enco­men­de­ros de la pro­vin­cia de Guane adscrita al cabildo de Vélez. En el árbol primero se leyó lo con­cer­niente a pre­si­den­tes, oidores y fiscales de la Real Audien­cia desde el año 1550, fecha de su esta­ble­ci­miento en Santafé, hasta el año de 1672. Igual­mente se escru­ta­ron datos gene­a­ló­gi­cos de gober­na­do­res, fun­da­do­res de villas y enco­men­de­ros de la pro­vin­cia de Guane en el «Árbol Segundo» de Martín Galeano, con­quis­ta­dor de la pro­vin­cia de Guane en 1540.

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Del libro segundo de Ocáriz, en el que se expu­sie­ron los árboles gene­a­ló­gi­cos de cuarenta con­quis­ta­do­res, se exa­mi­na­ron datos de aquellos inva­so­res rela­cio­na­dos con enco­mien­das en la pro­vin­cia de Guane, como Juan de Mayorga (Enco­mienda de Moncorá), Bar­to­lomé González (Enco­mienda de Coratá) y Pedro Gutié­rrez Aponte (Enco­mienda de Cho­a­güete). Este autor, además de brindar infor­ma­ción gene­a­ló­gica de los explo­ra­do­res, des­cu­bri­do­res, con­quis­ta­do­res y pobla­do­res de esa pro­vin­cia, hizo su propia lectura de lo indiano e incluso reco­no­ció cómo personas como él alcan­za­ron en estas tierras el ascenso social que les era impo­si­ble en España.

Final­mente, en cuanto a consulta de cro­nis­tas, se atendió a lo descrito por el padre Basilio Vicente Oviedo en Cua­li­da­des y riquezas del Nuevo Reino de Granada, obra publi­cada en 1763, cuando ya se hablaba del Virrei­nato de la Nueva Granada de 1717. De esa forma, el con­te­nido del libro posi­bi­litó para este trabajo de inves­ti­ga­ción la recon­fi­gu­ra­ción de con­tex­tos, gentes, paisajes natu­ra­les y cul­tu­ra­les de la pro­vin­cia de Guane. Así mismo, el padre Basilio Vicente Oviedo fue de los pocos criollos (nació en Socotá en el Nuevo Reino de Granada en 1699) que logró la impre­sión y publi­ca­ción de su obra bajo el dominio de la monar­quía española; trabajo que hizo de él en una especie de “voz virrei­nal” de la Nueva Granada. Además, luego de ser ins­ti­tuido cura en 1725 y de orde­narse sacer­dote en el Semi­na­rio de Popayán al siguiente año, Basilio Vicente Oviedo tuvo su primer curato pre­ci­sa­mente en Guane y allí conoció de primera mano aspectos de toda la pro­vin­cia, inclu­yendo, por supuesto, su historia. Para el tema que aquí con­cierne, se tomaron espe­cí­fi­ca­mente datos sobre la geo­gra­fía, flora, fauna y fun­da­ción de ciudades y de los curatos en Vélez. La inves­ti­ga­ción se enri­que­ció durante la estruc­tu­ra­ción del segundo y tercer capítulo con las reco­pi­la­cio­nes docu­men­ta­les rea­li­za­das por Juan Friede, refe­ren­cia­das en su artículo de 1969: “De la enco­mienda indiana a la pro­pie­dad terri­to­rial y su influen­cia sobre el mes­ti­zaje”. De este autor también se consultó su obra Fuentes docu­men­ta­les para la historia de Nueva Granada.

La historia de pro­vin­cias como la de Guane debe empezar a cons­ti­tuirse en tema de interés para la labor his­tó­rica, en especial para la regional, más allá del estudio de cortos lapsos rela­ti­vos a la Revo­lu­ción Comunera de 1781. Esto da pie a ampliar estudios como el de José María Ots Capdequí, quien en su libro Las ins­ti­tu­cio­nes del Nuevo Reino de Granada abordó la com­pren­sión de las facul­ta­des de las auto­ri­da­des locales alejadas del poder de la monar­quía bor­bó­nica que reinaba en España en el siglo XVIII. En esta obra, el autor hizo una única refe­ren­cia al proceso de adap­ta­ción de la pro­vin­cia de Guane al orde­na­miento español, ana­li­zando un caso docu­men­tado en expe­diente de 1807, en el que era «excep­cio­nal que fueran los propios indios y no sus Corre­gi­do­res, los que dieran en arren­da­miento parte de sus tierras de Res­guar­dos».

Otro trabajo exa­mi­nado en esta inves­ti­ga­ción fue el rea­li­zado por José Ignacio Ave­lla­neda Navas, quien centró su interés en el estudio de la vida y acciones de los inte­gran­tes de las expe­di­cio­nes de con­quista y pobla­miento en el Nuevo Reino de Granada. En su obra se hallan concisas refe­ren­cias a la llegada de Martín Galeano a la ciudad de Vélez y el empren­di­miento de jornadas de invasión, castigo y paci­fi­ca­ción con fines de subor­di­na­ción pro­vin­cial de Guane. Estos datos se tomaron de los artí­cu­los “La hueste de Federmán y la pobla­ción de Vélez” y “Los primeros pobla­do­res de la ciudad de Vélez” de 1987 y 1988, res­pec­ti­va­mente. También se consultó la tesis doctoral titulada The con­que­rors of the New Kingdom of Granada y los libros publi­ca­dos entre 1993 y 1995, La jornada de Jerónimo Lebrón al Nuevo Reino de Granada, La expe­di­ción de Alonso Luis de Lugo al Nuevo Reino de Granada y La expe­di­ción de Gonzalo Jiménez de Quesada, al mar del Sur y la creación del Nuevo Reino de Granada.

Asimismo, los estudios de Julián Bautista Ruiz Rivera en sus obras Enco­mienda y mita en Nueva Granada, en coau­to­ría con Manuela García; Car­ga­do­res de indios, enco­mien­das, indios y espa­ño­les; La venta de cargos y el ejer­ci­cio de poder en Indias, en coau­to­ría con Horst Piest­schmann, y el artículo “La Mita en los siglos

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XVI y XVII”. Estos trabajos permiten com­pren­der el proceso de asig­na­ción de enco­mien­das y su reper­cu­sión en las pobla­cio­nes indianas. Otros textos que orientan el presente trabajo de inves­ti­ga­ción son Tributo y trabajo del indio en Nueva Granada, de María Ángeles Eugenio Martínez y La enco­mienda en el Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII, de María Teresa Molino García. De estos libros se reto­ma­ron los con­cep­tos de enco­men­dero, tributo, tri­bu­ta­rio, admi­nis­tra­dor de enco­mienda, con­fir­ma­ción y enco­mienda. Si bien estos textos son escla­re­ce­do­res para el enten­di­miento de esa figura indiana y sus diná­mi­cas pro­vin­cia­les, también han sido con­fron­ta­dos con otros autores para encon­trar un balance y com­pren­der las caren­cias y aciertos de cada autor con respecto a tales defi­ni­cio­nes.

Igual se hizo con las publi­ca­cio­nes de Germán Col­me­na­res Enco­mienda y pobla­ción en la pro­vin­cia de Pamplona (1549-1650) y de Jorge Augusto Gamboa Mendoza El caci­cazgo muisca en los años pos­te­rio­res a la Con­quista. Del psi­hip­qua al cacique colonial (1537-1575). Dichas obras, valga señalar, se ocuparon pri­mor­dial­mente del estudio de las pro­vin­cias de la enco­mienda en Pamplona y el caci­cazgo muisca, res­pec­ti­va­mente, y ofre­cie­ron escasas refe­ren­cias a la pro­vin­cia de Guane. De igual manera se trabajó el libro El régimen de la enco­mienda en la pro­vin­cia de Vélez, de Darío Fajardo, dis­cí­pulo de Col­me­na­res, quien inte­re­sado prin­ci­pal­mente en la pobla­ción indígena y el aspecto eco­nó­mico tri­bu­ta­rio, permitió con esta publi­ca­ción acceder a una riqueza docu­men­tal impor­tante sobre cantidad de tri­bu­ta­rios y clases de tributos que aportó la pro­vin­cia de Guane a la dinámica enco­men­dera plan­te­ada por los vecinos de Vélez. También fueron de ayuda sus trans­crip­cio­nes del título de enco­mienda de Bar­to­lomé Her­nán­dez de 1555, el título de la viuda de Her­nán­dez de 1571 y la probanza de ser­vi­cios de Simón del Basto en 1560, en la que se halló infor­ma­ción rele­vante para la com­pren­sión de la subor­di­na­ción de gente Guane durante esos años. Final­mente, en el tema de la enco­mienda, Silvio Zavala se cons­ti­tuyó en refe­ren­cia obligada para el cono­ci­miento general de esa figura indiana.

Pese a la escasa refe­ren­cia a las visitas a la pro­vin­cia de Guane, de impres­cin­di­ble consulta para entender la relación entre la enco­mienda y la demo­gra­fía guane fue la obra de Hermes Tovar Pinzón Rela­cio­nes y visitas a los Andes; de igual manera, la infor­ma­ción que aparece en el «Apéndice Docu­men­tal» del artículo “Estado actual de los estudios de demo­gra­fía his­tó­rica en Colombia”, con listados de tributos y tri­bu­ta­rios guane regis­tra­dos durante la visita de Tomás López Medel 1560-1561. En este orden de consulta, también un artículo de Manuel Lucena Salmoral de 1974, titulado “Apuntes para la etno­his­to­ria Guane. La exogamia”, en razón a que hace alusión al aspecto demo­grá­fico guane y por el listado de «Ape­lli­dos Guane» con que finaliza la publi­ca­ción, además de su atención en la pobla­ción guane del siglo XVIII, espe­cí­fi­ca­mente de los años 1734, 1743 y 1764.

De otro lado, además del trabajo ya refe­ren­ciado de Jorge Augusto Gamboa Mendoza para el estudio del caci­cazgo guane, se tuvieron en cuenta prin­ci­pal­mente los trabajos de Carl Henrik Lan­ge­baek sobre los muiscas. Aunque en los estudios tra­di­cio­na­les sobre el mundo Guane se ha con­si­de­rado que la pro­vin­cia con este nombre, y en general los llamados guane, era un grupo indígena dife­rente a los muiscas por sus dis­tin­cio­nes fiso­nó­mi­cas y lin­gü­ís­ti­cas antes de la con­quista, estudios recien­tes cues­tio­nan esta dis­tin­ción y frontera entre guanes y muiscas. Dicha frontera fue el resul­tado del interés de los europeos por cla­si­fi­car a estos dos grupos nativos como dis­tin­tos, ela­bo­rando una dis­tin­ción entre los habi­tan­tes del alti­plano cun­di­bo­ya­cense y los del macizo de San­tan­der. Por demás, fue un criterio cla­si­fi­ca­to­rio muy general que solo tuvo

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en cuenta dis­tri­bu­ción espacial y dife­ren­cias cul­tu­ra­les entre guanes y muiscas. No obstante, exca­va­cio­nes arque­o­ló­gi­cas recien­tes indican que los grupos nativos cir­cuns­cri­tos a cuencas y valles del actual terri­to­rio del depar­ta­mento de San­tan­der evi­den­cia cierta con­ti­nui­dad cultural entre muiscas y guanes, la cual dis­mi­nuye en la parte sep­ten­trio­nal del macizo san­tan­de­re­ano. Tal evi­den­cia con­clu­yente sugiere «analizar la varia­bi­li­dad cultural en sus propios términos y explorar las pautas de inte­rac­ción, omi­tiendo la pers­pec­tiva colonial que atra­viesa las fuentes his­tó­ri­cas».

Este hallazgo se suma a uno no menos impor­tante de inves­ti­ga­cio­nes bio­ló­gi­cas y pale­on­to­ló­gi­cas sobre 17 indi­vi­duos nativos guane encon­tra­dos en la vereda La Purnia de la Mesa de los Santos, las cuales encon­tra­ron ADN antiguo de una alta diver­si­dad genética en los restos óseos de estos indi­vi­duos. El resul­tado de que un grupo antiguo, ubicado en un solo sitio, evi­den­cie una alta diver­si­dad genética con haplo­gru­pos mito­con­dria­les antiguos y modernos de pobla­cio­nes esta­dou­ni­den­ses y no esta­dou­ni­den­ses deja ver que si bien los guane, al momento del some­ti­miento español, mos­tra­ban unas par­ti­cu­la­ri­da­des feno­tí­pi­cas cau­ca­soi­des y ciertas dife­ren­cia­cio­nes cul­tu­ra­les con sus grupos vecinos, en la larga duración los guane habían tenido un alto inter­cam­bio genético en razón de su ubi­ca­ción entre los ríos Suárez y del Oro, rodeados al occi­dente y al oriente por la cor­di­llera de los Andes con el río Chi­ca­mo­cha como uno de sus afluen­tes prin­ci­pa­les, ubi­ca­ción de paso obligado para los grupos nativos de América que pro­ve­nían del norte.

En el asunto lin­gü­ís­tico de la nación guane fueron de utilidad los avances pre­sen­ta­dos por el his­to­ria­dor Roger Pita en su artículo “Ves­ti­gios de la lengua Guane”. Un hecho a destacar sobre este tópico es que hasta hoy pre­va­le­cen vocablos de origen guane, en especial topo­ní­mi­cos y algunos patro­ní­mi­cos con los cuales se deno­mi­na­ron algunos pueblos de indios guane. De Roger Pita también se consultó su trabajo sobre enco­mien­das guane del siglo XVII, doc­tri­nas en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVII, ante­ce­den­tes del pobla­miento parro­quial en el siglo XVIII y cues­tio­nes teo­ló­gi­cas que jus­ti­fi­ca­ron el saqueo de san­tua­rios indí­ge­nas en el siglo XVI en el Nuevo Reino.

En el asunto reli­gioso fue valiosa la lectura del libro de John Jairo Marín Tamayo, La cons­truc­ción de una nueva iden­ti­dad en los indí­ge­nas del Nuevo Reino de Granada. Este trabajo fue de utilidad para la apro­xi­ma­ción al dis­cer­ni­miento acerca de los grados de adap­ta­ción de la pro­vin­cia de Guane al adoc­tri­na­miento en la fe católica, la cate­qui­za­ción, espe­cial­mente durante la imple­men­ta­ción del cate­cismo de fray Luis Zapata de Cárdenas en 1576, y la con­gre­ga­ción pro­vin­cial en sitios de doctrina. En his­to­rio­gra­fía nacional vale men­cio­nar un artículo titulado “La sucesión del caci­cazgo en los Guane siglo XVII”, que trata el caso de tres pleitos por derechos a heredar caci­caz­gos guane más que del proceso de herencia de ese título.

En cuanto a his­to­rio­gra­fía regional, por la infor­ma­ción que se trata en las publi­ca­cio­nes de Enrique Otero D'Costa, se tra­ba­ja­ron un artículo titulado “Fun­da­ción de Buca­ra­manga” de 1914 y el libro Cronicón sola­riego. De ambas obras se analizó lo con­cer­niente a la par­ti­ci­pa­ción de la pro­vin­cia de Guane en lo que Otero D'Costa llama la «fun­da­ción de Buca­ra­manga» y la fun­da­ción de la ciudad de Girón. Igual­mente se con­sul­ta­ron los libros del padre Isaías Ardila Díaz, El pueblo de los guanes. Raíz gloriosa y fecunda de San­tan­der, publi­cado en 1978 e Historia de San Gil en sus 300 años. De estas obras se consultó lo

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tratado sobre la fun­da­ción la villa de San Gil y la desa­gre­ga­ción pro­vin­cial de Guane durante la erección parro­quial de Nuestra Señora del Socorro del valle de Chanchón, a finales del siglo XVII.

Se revi­sa­ron también, espe­cial­mente para el tercer capítulo, los trabajos de grado de Robinson Salazar sobre los terra­te­nien­tes de San Gil y de Mónica Cortés Yepes acerca del con­flicto entre San Gil y Socorro por lograr el control terri­to­rial en «calidad de cabe­ce­ras juris­dic­cio­na­les de sus propios dis­tri­tos», así como una mono­gra­fía de Girón a cargo de Jaime Torres, Marco Basto y Jorge Alba­rra­cín. El trabajo de inves­ti­ga­ción de maestría de Diana Ardila sobre el paisaje guane también fue objeto de examen para esta inves­ti­ga­ción.

En este balance no se puede pasar por alto que los prin­ci­pa­les avances en el estudio de la pro­vin­cia de Guane se gestaron en la década de los noventa del siglo pasado, por parte de un grupo de pro­fe­so­res de la Escuela de Historia de la UIS, enca­be­zado por Armando Martínez Garnica. Este grupo de inves­ti­ga­do­res, en su momento, con­si­de­raba que el «estudio de los procesos de pobla­miento y de la esta­bi­li­dad de los asen­ta­mien­tos es una buena puerta de ingreso a la historia de las socie­da­des humanas». También con­si­de­raba que era nece­sa­rio iniciar «inda­ga­cio­nes reque­ri­das para la recons­truc­ción his­tó­rica del pasado de la región y sus pro­vin­cias» o «del rico pasado san­tan­de­re­ano». En cum­pli­miento de tales pro­pó­si­tos inves­ti­ga­ti­vos se escribió la Colec­ción de Historia Regional y diversas publi­ca­cio­nes entre 1991 y 1999. Estos textos fueron de obligada consulta en esta inves­ti­ga­ción, en especial para la estruc­tu­ra­ción de los últimos capí­tu­los del presente trabajo.

En primer lugar, de acuerdo con lo anterior y aunque el texto se refiere prin­ci­pal­mente a la pro­duc­ción textil muisca, se revisó el tema de tri­bu­ta­ción en mantas guane en el artículo de 1991, titulado “Con­si­de­ra­cio­nes his­tó­ri­cas sobre la fabri­ca­ción de mantas muiscas y guanes”. En otra publi­ca­ción de 1999, se analizó el proceso de con­gre­ga­ción de guanes en el pueblo de Moncorá (Guane), iniciado durante la visita a la pro­vin­cia de Guane de Lesmes de Espinosa Saravia en 1617. Del libro Pueblos de San­tan­der de 1996, se reto­ma­ron datos sobre la fun­da­ción de Vélez, Girón y San Gil y sus desa­rro­llos muni­ci­pa­les hasta el siglo XX.

Par­ti­cu­la­ri­zando en los volú­me­nes de la Colec­ción de Historia Regional UIS, se consultó La pro­vin­cia de Soto. Orígenes de sus pobla­mien­tos urbanos, de autoría de Armando Martínez y Amado Guerrero, publi­cado en 1995 y cuyo objetivo se centró en «hacer inte­li­gi­ble el proceso his­tó­rico de la con­fi­gu­ra­ción social de la Pro­vin­cia de Soto»; también se revisó lo refle­xio­nado sobre la par­ti­ci­pa­ción de gentes de la pro­vin­cia de Guane en la con­gre­ga­ción en el sitio de doctrina de Buca­ra­manga en 1617 y los desa­rro­llos pobla­cio­na­les de las siguien­tes décadas hasta el siglo XX. De igual forma, se consultó La pro­vin­cia de los Comu­ne­ros. Orígenes de sus pobla­mien­tos urbanos, obra escrita por Amado Guerrero y Armando Martínez, publi­cada en 1996 y rea­li­zada con el fin de dar cuenta de los «procesos sociales, polí­ti­cos y jurídico-civiles y canó­ni­cos, que posi­bi­li­ta­ron la con­fi­gu­ra­ción formal de los muni­ci­pios actuales» de dicha pro­vin­cia. Así mismo, se consultó el libro La pro­vin­cia de Vélez. Orígenes de sus pobla­mien­tos urbanos, de Armando Martínez, publi­cado en 1997 y ela­bo­rado con el fin de hacer «la historia de los orígenes de los pobla­mien­tos urbanos que hoy en día cons­ti­tu­yen las cabe­ce­ras de los die­ci­nueve muni­ci­pios de la pro­vin­cia de Vélez».

De indis­cu­ti­ble ayuda para esta inves­ti­ga­ción también fue la lectura de la obra La pro­vin­cia de Guanentá. Orígenes de sus pobla­mien­tos urbanos, de autoría

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de Amado Guerrero y Armando Martínez, publi­cada en 1996 con el pro­pó­sito de mostrar el proceso de creación de pueblos de indios, villas y parro­quias entre los siglos XVII y XVIII y de ins­ti­tu­cio­nes del siglo XIX de depar­ta­men­tos, cantones y estados fede­ra­les, además de dar cuenta de la supre­sión de pro­vin­cias en el depar­ta­mento de San­tan­der en el siglo XX. De igual manera, un texto de impres­cin­di­ble consulta fue La pro­vin­cia de Guanentá, escrito en coau­to­ría por Armando Martínez y Jairo Gutié­rrez, el cual también trabajó, como su nombre lo dice, la pro­vin­cia otrora inte­grada por gentes de la pro­vin­cia de Guane. Asimismo, para los dos últimos capí­tu­los de esta inves­ti­ga­ción se consultó el libro de Horacio Rodrí­guez de título La antigua pro­vin­cia del Socorro y la inde­pen­den­cia, publi­cado en 1963, y el texto de Amado Guerrero y Jairo Gutié­rrez titulado Gobierno y admi­nis­tra­ción colonial del siglo XVIII, editado en la UIS en 1996. Igual­mente se consultó amplia­mente el fondo Pobla­cio­nes de San­tan­der del AGN y la Gaceta de San­tan­der. Final­mente, hay decir que esta inves­ti­ga­ción fue apoyada gene­ro­sa­mente por material inédito de autoría del profesor Armando Martínez Garnica, además de fichas y docu­men­tos ana­li­za­dos sobre la historia política de San­tan­der del siglo XIX, prin­ci­pal­mente.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.