La historia de las juntas que reasumieron en sí el poder soberano, organizaron colegios constituyentes y declararon su independencia respecto de la monarquía de los Borbones españoles en la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada –todo ello entre 1810 y 1813– puede ser inscrita en la historia de la Era de las Revoluciones Atlánticas. Es por ello por lo que este tomo comienza situándonos en los procesos mundiales que subvirtieron el dominio de las monarquías absolutas y constituyeron repúblicas o monarquías parlamentarias, introdujeron innovaciones industriales, circunnavegaron los océanos y fundaron nuevos Estados nacionales. La Paz de Westfalia (1648), al reconocer la independencia de la República de los Siete Países Bajos Unidos respecto de la monarquía absoluta de España, marca esa era que pareció cerrarse en el campo de Ayacucho por los ejércitos colombianos. Las revoluciones europeas que se iniciaron con la francesa, de 1789, condujeron al Imperio napoleónico. Éste, a su vez, provocó, en 1808, la crisis de la dinastía de los Borbones en el trono de las Españas. Es así como Hugues Sánchez Mejía nos sitúa en este escenario general para todos los dominios peninsulares y ultramarinos que reaccionaron desde distintas opciones políticas, pues había llegado el momento de las revoluciones hispánicas en ambos hemisferios. Al comienzo de la crisis emergió Fernando VII como rey "deseado" por todos sus vasallos, frente al "usurpador" José I Bonaparte, pues la agenda de las juntas de gobierno que se formaron en la península, y después en las reales audiencias indianas, fue la misma: conservación de la religión católica, defensa de los derechos de los Borbones al trono y alivio de las necesidades de la patria. Sobre ese escenario, Ana Catalina Reyes Cárdenas aborda el movimiento revolucionario de los cabildos neogranadinos que erigieron juntas de gobiernos y reasumieron en sí la soberanía, al comienzo solamente para conservarla al rey deseado. Ya no se trata solamente de la junta santafereña del 20 de julio de 1810, sino también de las que previamente se habían formado en otras ciudades o villas, y de las que siguiendo el ejemplo de la capital del reino se formaron durante los meses siguientes. Eclosión juntera es el concepto que mejor puede describir este sorprendente proceso, tan peninsular como americano. De todos modos, Pablo Rodríguez estudia en detalle el proceso de formación de la Junta que se tituló "suprema del Reino" en la ciudad de Santafé de Bogotá durante el día y la noche del 20 de julio. Enseguida, Jorge Conde aborda el tema que tradicionalmente ha sido visto como un enfrentamiento entre dos opciones ideológicas (centralismo versus federalismo) pero que en realidad fue una pugna armada por la mejor opción para reconstruir la unidad de las provincias que integraban el reino en ausencia de las instituciones jurisdiccionales superiores que habían desaparecido. El fracaso del primer congreso general del reino condujo a la organización de varios colegios
constituyentes que aprobaron sus respectivas cartas constitucionales, pero de tal modo que contra las pretensiones del Estado de Cundinamarca la mayoría de los estados provinciales prefirió suscribir un acta de federación que configuró una confederación. La llegada de los militares venezolanos expulsados de la primera república venezolana dio nuevos alientos a la guerra civil entre las provincias que declararon la independencia y las que se mantuvieron obedientes al Consejo de Regencia y a las Cortes de Cádiz. Jorge Conde, además, profundiza en la complejidad política de esta Primera República neogranadina (1810-1816), en términos de la introducción de las agendas de los gobiernos republicanos y del régimen representativo, en camino hacia la nueva nación de ciudadanos libres e iguales.
Las primeras constituciones de los estados provinciales son examinadas en detalle por Gilberto Loaiza Cano, quien las inscribe en el proceso general de irrupción del ideario liberal que irradiaba de Cádiz y de la Europa revolucionaria, pero también de la tradición de la cultura política que provenía tanto de los juristas españoles como de los escritores de la Ilustración. El aspecto de las guerras civiles que acompañaron el proceso de las independencias es descrito por Carlos Eduardo Jaramillo, pues se trata de una larga experiencia militar que llevó a los colombianos hasta los confines de la Audiencia de Charcas, una estrategia que el Libertador defendió para asegurar la independencia de Venezuela y de la Nueva Granada. Jairo Gutiérrez Ramos se ocupa del tema de la participación de los indios y de los mulatos en el proceso de las independencias, en especial de aquellos que dejaron muchas noticias sobre su actuación: los indios vecinos de Santa Marta y de Pasto, los guerrilleros negros del Patía, los paeces del Cauca y los pardos del arrabal de Getsemaní, tan importantes en la temprana declaración de independencia por Cartagena.
Por su parte, Martha Elisa Lux Martelo analiza el caleidoscópico tema de la participación de las mujeres en las guerras civiles, identificando los nombres de algunas de las que perdieron la vida en el proceso. Cierra este tomo Fabio Zambrano al examinar el difícil proceso de construcción de la nación que siguió al fin de la corta experiencia colombiana. Las sociabilidades modernas y las disputas bipartidistas, la irrupción política de los artesanos urbanos y de una nueva generación de liberales, inspirados en la Revolución francesa de 1848 y en los escritores románticos, tornaron más compleja la definición de la agenda estatal. En definitiva, todas las representaciones históricas aquí presentadas son un brillante aporte a nuestra conmemoración bicentenaria del proceso de las independencias.
Armando Martínez Garnica
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.