La representación historiográfica sobre el fenómeno del poblamiento del sitio de Bucaramanga solo comenzó en 1896 con don José Joaquín García (19.08.1849-14.12.1919), cuando este dedicó al gobernador Antonio Roldán y a dos hijos ilustres de la ciudad —Aurelio Mutis y Facundo Mutis Durán— sus Crónicas de Bucaramanga, publicadas en Bogotá por la Imprenta de Medardo Rivas. Para entonces ya nadie recordaba que el término Bucaramanga había designado, entre los siglos XVII y XVIII, a un pueblo de indios mineros congregados por un oidor de la Real Audiencia, y dotado de tierras de resguardo. García solo oyó decir que en los tiempos de la Conquista española habían existido unos cuantos ranchos de la tribu indígena de los laches, cuya insignificancia ni siquiera había despertado el afán conquistador de las huestes de soldados españoles que por allí transitaron.
Por ello, en su representación histórica habían sido los vecinos acomodados de Girón quienes, en su afán de temperar con sus familias los fines de semana, fueron edificando en la meseta casas de techo de paja para disfrutar de mejores fuentes de agua y un clima más fresco. Como en ninguno de los archivos de la villa decimonónica encontró el expediente de erección de la primera parroquia, correspondiente al tiempo en que el pueblo de indios ya había sido demolido por orden de un fiscal de la Real Audiencia, supuso que «la posición irregular y la ninguna delineación que existía entre las distintas habitaciones» del poblado que lo vio nacer indicaban que el poblamiento se debía a colonos de Girón. Por ello, sus crónicas de Bucaramanga solo se extendieron desde los recuerdos que pudo recoger en su familia, y desde la erección de la parroquia de San Laureano hasta el año de 1895.
En la entrega 100 del Boletín de Historia y Antigüedades, correspondiente al mes de enero de 1914, vino don Enrique Otero D'Costa a sorprender a todos con una nueva representación de la «fundación de Bucaramanga». Gracias a sus lecturas de los expedientes del fondo Poblaciones, de la sección colonial del Archivo Histórico Nacional, que entonces funcionaba en el tercer piso del edificio nacional de Santo Domingo, encontró el auto dado en Pamplona, el 4 de noviembre de 1622, por el oidor Juan de Villabona para ordenar la congregación de las cuadrillas de indios —que lavaban arenas auríferas en el Río del Oro— en una nueva población que fue levantada en el sitio de Bucaramanga. ¿Se habría cumplido esta orden?, se preguntó este paciente historiador de la Academia Colombiana de Historia. Sus lecturas en el fondo Tierras del mismo archivo le dieron la respuesta: en el tomo 42 halló un expediente de un pleito por linderos, librado entre el cabildo de la ciudad de Girón y los indios del pueblo de Bucaramanga, y en él reposaba la certificación del cumplimiento dado a la orden del oidor en
«visita de la tierra». Pese a ser solo una certificación de una diligencia ordenada por un juez visitador, ese folio fue interpretado por este investigador como la «fe de bautismo» de su lugar nativo, la legitimación de «su nacimiento» como una de «las más antiguas ciudades de Colombia». Pese a la crítica que podemos hacer a su interpretación de las fuentes que tuvo a su alcance, pues convirtió un «pueblo de indios congregados» en una «ciudad hispana antigua», a la que posteriormente le diseñaría un escudo de armas con el lema Montani semper liberi, su trabajo de tres años de archivo le permitió ofrecer a sus lectores una extensa representación histórica sobre los orígenes del poblamiento del sitio de Bucaramanga bajo el título de Cronicón solariego, publicada originalmente en la Imprenta del Departamento de Caldas, en 1922.
La reedición de esta obra por la Cámara de Comercio de Bucaramanga, en 1972, consolidó la perspectiva del origen del poblamiento de Bucaramanga en un pueblo de congregación de indios, una «república de indios» del ordenamiento segregado del Estado monárquico español en las Indias, que coexiste con una interpretación que lo convertía en «república de españoles», cuyos actores principales vinieron a ser el minero Andrés Páez de Sotomayor, el presbítero Miguel de Trujillo y los indios mineros. Un conjunto de tres figuras de bronce que yace olvidado en la esquina occidental de la fachada del edificio de la Alcaldía de Bucaramanga, contratado a una artista por el alcalde Alfonso Gómez Gómez, da fe de esa interpretación. Su negativa a prolongar la escritura de su historia más allá del año 1630, en dos tomos más que ofreció —dado el cambio de sus ocupaciones cotidianas—, dejó sin resolver el tema de la demolición del pueblo de indios original por orden de otro visitador de la segunda mitad del siglo XVIII, dando paso al nuevo poblamiento parroquial en traza ortogonal, cuya huella sobrevive hasta nuestros días.
La demolición del pueblo de indios de Bucaramanga, el retorno de las tierras resguardadas al patrimonio real y su posterior remate entre los vecinos que habían tomado en arriendo estancias a los indios —e introducido mejoras materiales— pudo haber arrojado otra «fe de bautismo» de Bucaramanga, si hubiera aparecido en el archivo de la Arquidiócesis de Santafé, destruido durante el «Bogotazo», el expediente completo de erección de la parroquia de Nuestra Señora de Chiquinquirá y san Laureano, los dos patrones tradicionales que hoy muchos han olvidado. La continuidad del tránsito de la «república de indios» (1622-1778) a la «república de españoles» (1779-1810) fue la jurisdicción del Real de Minas del río de Oro y Bucaramanga, ejercida por un alcalde mayor de Minas que era proveído por la Audiencia. Como el cabildo de Pamplona había impuesto su jurisdicción hasta el Río del Oro, gracias a pleitos que entabló contra los cabildos de las ciudades de Vélez y San Juan Girón, las cuadrillas de indios que recorrían los ríos del Oro, Suratá y Lebrija, así como las rancherías de las quebradas que recorrían la meseta de Bucaramanga, fueron originalmente parte de la jurisdicción de esa ciudad. Sin embargo, cuando se erigió la parroquia de Bucaramanga, fue incorporada por el cabildo de San Juan Girón a su jurisdicción, que eligió los alcaldes pedáneos durante varios años, hasta que el alcalde mayor de Minas se opuso en defensa de su propia jurisdicción.
La eclosión juntera del segundo semestre de 1810 en casi todas las provincias de la Real Audiencia de Santafé trajo consigo la espontánea declaratoria de villa para la parroquia de Bucaramanga, una decisión espuria de sus vecinos que solo duró hasta la restauración monárquica que se impuso tras el desastre del páramo de Cachirí, en febrero de 1816. El capitán Elías Sevilla pudo así describir a su paso por la parroquia de Bucaramanga, camino de Santafé con el Ejército Expedicionario de Tierra Firme, la buena disposición de los obedientes parroquianos. Un mes después de la batalla de Boyacá, los bumangueses volvieron a autoproclamarse villa de San Laureano, dándose sus propios alcaldes ordinarios y oficiales de cabildo, hasta que la vecina villa de San Carlos de Piedecuesta, que sí había obtenido título de villa por despacho de la Regencia de España, demandó con éxito la elección de los funcionarios del cabildo en 1823. Y fue así como, desde julio de 1823, volvió Bucaramanga a la condición de parroquia, ahora en la jurisdicción del cabildo de la villa de San Carlos de Piedecuesta, con lo cual don Francisco Ordóñez y don José Antonio Serrano se resignaron a despachar en la condición subalterna de alcaldes pedáneos.
Sería la primera ley de ordenamiento territorial de Colombia, aprobada por la Legislatura colombiana de 1824, la que al fin permitió a los bumangueses declarar villa a su poblado, conforme a derecho. Ya como villa y cabecera del cantón de su nombre, disputó a Girón y a Piedecuesta la sede del colegio provincial, finalmente establecido en Girón con fondos de sus cosecheros de tabacos. Entre 1820 y 1850, Bucaramanga era solo unum inter pares, con Girón y Piedecuesta. Por ello fue que estas tres poblaciones se dieron sus respectivas constituciones municipales, cuando la carta política de 1853 las autorizó para ello.
Las crónicas de Bucaramanga fueron proseguidas, para el período 1900-1945, por don Ernesto Valderrama Benítez (1895-16.05.1961), en la tercera parte (Sinopsis de la tierra en el siglo XX) de su libro titulado Real de Minas de Bucaramanga, publicado en 1947 por la Imprenta del Departamento de Santander. Consultando tanto el Archivo del Concejo de Bucaramanga como el Archivo Departamental, así como su conocimiento personal de los acontecimientos y lugares, este cronista ofreció una colección de noticias seleccionadas sobre el acontecer local de las instituciones y sobre la oferta paulatina de los servicios públicos y bienes manufacturados. Antes de él, don José Fulgencio Gutiérrez había cubierto las crónicas de Bucaramanga para el período 1895-1941, publicadas en 1941 como parte de un libro conmemorativo de los Quintos Juegos Deportivos Nacionales que se realizaron en esta ciudad¹. Agregó pequeñas biografías de los bumangueses notables de todos los tiempos, un aporte sustancial para el conocimiento de este tema.
Más o menos para este mismo período llevó sus Diarios don Bartolomé Rugeles López (1860-1938), quien dio noticias de los sucesos locales y de su propia vida familiar entre los años 1899 y 1938. Gracias a Aída Martínez Carreño y al apoyo de la Cámara de Comercio, fueron trascritos y publicados en 2005, en una versión recortada, pero hoy puede consultarse completa en la página web de la Casa del Libro Total. Se trata de una crónica íntima del municipio que incluye noticias políticas y sociales, comenzando con la de la guerra de los Mil Días, los precios del dólar y de las mercancías en el mercado, sobre todo café y sombreros, y de movimientos empresariales. Llevó el registro de matrimonios del grupo de distinción, de asesinatos y listas de los miembros de las asambleas departamentales y los concejos municipales, así como miles de noticias íntimas de la vida local.
La perspectiva progresista y optimista de los cuatro primeros cronistas mencionados comenzó a agotarse en José Fulgencio Gutiérrez, quien en sus
1 José Fulgencio Gutiérrez. Historia de Bucaramanga, en Carlos Albarracín Tavera (editor), El libro olímpico de Bucaramanga, Bucaramanga, 1941, 25-62.
relatos del período 1930-1941 insistió en los actos de violencia política que se habían dado en el seno de la Asamblea Departamental y en Santander, y se extinguió en la prolongación de las crónicas para el período 1946-1965, en la pluma de Roberto Harker Valdivieso (12.11.1930-24.09.2011), tituladas ... y sucedió en Bucaramanga, publicadas por la Academia de Historia de Santander en 1977. Como la fuente de este cronista fueron los diarios Vanguardia Liberal, El Deber y El Frente, y su perspectiva la de un militante partidista conservador, devoto del clero refractario, lo que «sucedió en Bucaramanga» parece sacado tanto de la «página roja» como de la de «sociales», así como de las notas necrológicas de esa prensa local y del noticiero de la burocracia gubernamental. Si bien es cierto que esas dos décadas coinciden con el tiempo de la «violencia bipartidista» que se hizo frecuente desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, la perspectiva pesimista del texto perdió de vista el desarrollo de las instituciones y los nuevos emprendimientos de los esforzados hombres que nos han antecedido en el tiempo.
Antes de esta variación de perspectiva, doña Ana Francisca Barón, directora de una escuela primaria de varones, había difundido en La Escuela Primaria, de diciembre de 1923, una Monografía del municipio de Bucaramanga, que fue premiada con diploma de honor y medalla de oro en un concurso abierto por la Dirección de Instrucción Pública de la Gobernación de Santander, con motivo de la Fiesta de la Raza. Además de la utilidad de esta monografía para el conocimiento de los edificios, aguadas, empresas y casas comerciales en la antigua nomenclatura de calles y carreras, que ella recorrió personalmente, la perspectiva optimista todavía se mantenía con fervor en su pluma: «ha querido la Providencia que sus hijos vivan en admirable bonanza y hayan vuelto sus ojos hacia las industrias, principalmente a la de tabaco, que se impulsó notablemente desde 1903 y hoy constituyen una verdadera fuente de riqueza con el establecimiento de numerosas fábricas, que cuentan con famosas máquinas y en ellas se emplean gran número de señoritas y muchas jóvenes del pueblo que devengan honradamente su salario». A pesar del título de su obra, Nuevas crónicas de Bucaramanga (1986), Ernesto Camargo Martínez no cubrió un tramo temporal del acontecer de esta ciudad, pues solo coleccionó arbitrariamente noticias sin perspectiva científica alguna, dado que su pluma se extravió por las sendas de la literatura.
Vinieron después los escritores que abordaron solamente temas singulares de la ciudad, como don José del Carmen Rivera Mejía —Parques, estatuas, símbolos (1984)— y los estudiosos de la familia Puyana, cuya distinción social proviene de dos de los compradores de estancias en el remate del globo del resguardo del pueblo extinguido: Edmundo Harker Puyana —Bucaramanga y los Puyana (1984)—, Emilio Arenas —La Casa del Diablo (1982)— y don Armando Puyana Puyana —Epílogo a La Casa del Diablo (1982). Los estudios sobre los mayores emprendedores de negocios e industrias en la historia de la ciudad no han faltado, desde los tiempos de la tesis doctoral de Enrique Ogliastri, Elite, class, power and social consciousness in the economic development of a Colombian city: Bucaramanga (1973), hasta los estudios más recientes de Carlos Espinosa, Negociantes en Bucaramanga, 1902-1929 (2009); Felipe Dorado, Grupos empresariales en Santander: evolución y estrategias de diversificación, 1980-2005 (2009), y Diana Sevilla, Utopía y realidad, la urbanización del barrio de la mutualidad en Bucaramanga (2013).
Una historia básica de Bucaramanga no puede examinar a tantos emprendedores de negocios e industrias, pero puede ilustrarlos con figuras paradigmáticas entre sus contemporáneos, como Manuel Mutis Bosio, Juan Crisóstomo Parra y su hija Trinidad Parra de Orozco, Georg von Lengerke, David Puyana Figueroa, Reyes González Arciniegas, Apolinar Pineda Buenahora, Alfonso Silva Silva, Pedro María Buitrago Roa, Armando Puyana Puyana, Alfonso Penagos Mantilla, Rafael Parra Cadena y Rafael Ernesto Pérez Martínez. Lo mismo puede decirse de sus políticos de mayor notabilidad del tiempo republicano del siglo XX, cuando esta condición significaba velar por los intereses generales de la ciudad y de la región en medio de un reconocimiento nacional. Tanto los alcaldes como los concejales eran las figuras centrales de la vida política, pero en un mar de nombres es casi imposible seleccionar los más notables.
Para los propósitos de una historia básica de Bucaramanga solo se seleccionó un grupo básico de veinte políticos memorables por el impacto social que tuvieron entre sus contemporáneos, por su notabilidad y por su relativo buen nombre, con alguna dosis de arbitrariedad: Adolfo Harker Mutis, Alejandro Peña Solano, Pedro Elías Novoa Téllez, Alejandro Galvis Galvis, Gabriel Turbay Abunader, Mario Galán Gómez, Hernando Sorzano González, José Camacho Carreño, Luis Carlos Galán Sarmiento, Alfonso Gómez Gómez, Luisa Emma Mantilla de Romero, Abdón Espinosa Valderrama, Enrique Barco Guerrero, Ciro López Mendoza, Jaime García Parra, Jaime Serrano Rueda, José Manuel Arias Carrizosa, Jorge Sedano González, Carlos Toledo Plata y Rodolfo González García. Más fácil fue seleccionar los artistas más notables en la historia de la ciudad y de mayor impacto entre sus contemporáneos, pues solamente son siete nombres: Domingo Moreno Otero, Segundo Agelvis, Carlos Gómez Castro, Óscar Rodríguez Naranjo, Mario Hernández Prada, Jorge Mantilla Caballero y Beatriz González².
Recorrer el acontecer de un poblamiento humano durante cuatro siglos es un camino plagado del riesgo de anacronismos. Un recorrido de cuatro siglos muestra que Bucaramanga ha sido de todo: pueblo de indios, parroquia de españoles, villa de ciudadanos, ciudad capital de uno de los nueve departamentos del Estado Federal de Santander y del propio Estado durante cuatro años, municipio, y recientemente núcleo principal de un área metropolitana. Así que lo primero que hay que hacer es asegurarse una delimitación cronológica precisa de las distintas entidades político-administrativas que se han sucedido en la llamada meseta de Bucaramanga, tal como queda ilustrado en el cuadro siguiente:
2 Una identificación de los dieciséis artistas de la más reciente generación fue ofrecida por Olga Lucía Jordán Calvo y Carlos Enrique Gómez Rueda en el libro ilustrado Retratos de artistas santandereanos, Bucaramanga, Uniciencia, 2013.
[Cuadro: Sucesión histórica de los entes político-administrativos llamados Bucaramanga]
Municipio de Bucaramanga como núcleo principal del área metropolitana de Bucaramanga. 15 de diciembre de 1981 a 2022: núcleo principal del área metropolitana.
Municipio de Bucaramanga en el departamento de Santander. 7 de septiembre de 1886 a 2022: capital del departamento de Santander. 30 de septiembre de 1887 a 1937: capital de la provincia de Soto.
Ciudad de Bucaramanga en el Estado soberano de Santander y en el departamento de Soto. 2 de diciembre de 1857 a 14 de septiembre de 1861: ciudad capital del Estado Federal de Santander. 21 de febrero de 1858 a 13 de diciembre de 1859: municipio constitucional. 1º de enero de 1870: ciudad por disposición del decreto del 7 de diciembre de 1869, dado por el presidente de Santander. 25 de junio de 1859 a 30 de septiembre de 1887: capital del departamento de Soto. 24 de marzo a 6 de septiembre de 1886: sede provisional del poder ejecutivo del Estado de Santander.
Villa de San Laureano de Bucaramanga en las provincias de Pamplona, Soto o Lebrija. 1º de enero de 1811 a 23 de febrero de 1816, subordinada al gobierno del Estado libre de Pamplona. 1º de septiembre de 1819 a 30 de junio de 1823, autónoma. 1º de julio de 1825 a 17 de abril de 1850: cabecera de cantón subordinado a la provincia de Pamplona. 18 de abril de 1850 a 21 de abril de 1854 y septiembre de 1854 a 31 de mayo de 1855: cabecera de cantón subordinado a Piedecuesta, capital de la provincia de Soto. 1º de febrero a 21 de abril de 1854: cabecera de cantón subordinado a Floridablanca, capital de la provincia de Lebrija. 1º de junio de 1855 a 24 de noviembre de 1857: cabecera de cantón subordinado a la provincia de Pamplona.
Parroquia de San Laureano y Nuestra Señora de Chiquinquirá, del Real de Minas de Bucaramanga. 1º de enero de 1779 a 31 de diciembre de 1810, subordinada al cabildo de San Juan Girón. 24 de febrero de 1816 a 31 de agosto de 1819, subordinada a la comandancia de armas de Piedecuesta. 1º de julio de 1823 a 30 de junio de 1825, subordinada a la villa de San Carlos de Piedecuesta.
Pueblo de indios de Bucaramanga. 22 de diciembre de 1622 a 11 de julio de 1778.
En cada uno estos períodos político-administrativos existió un régimen público distinto, encabezado por una variopinta cantidad de funcionarios: alcaldes mayores de Minas, curas doctrineros, alcaldes pedáneos, alcaldes ordinarios, concejos municipales, jefes políticos de cantón, gobernadores provinciales, presidentes de estado federal, alcaldes municipales y prefectos provinciales. La exposición tiene que dar cuenta de esos distintos regímenes y de la crónica aspiración del vecindario a elevar su condición política, dado que el poblamiento comenzó como una república de indios, siguió como una república de españoles, pasó a ser una pequeña república de ciudadanos libres con la independencia de la monarquía y se elevó a cabecera de estado federal durante cuatro años, para terminar como capital de uno de los primeros nueve departamentos administrativos del territorio nacional desde 1887.
El primer capítulo de esta historia básica versa sobre el pueblo de indios de Bucaramanga, una aparente «república de indios» integrada por cuadrillas de indios lavadores de arenas auríferas, cuya existencia comenzó el 22 de diciembre de 1622 y concluyó el 11 de julio de 1778. Fue el tiempo del laboreo de todos los ríos, quebradas y aventaderos, por indios, mestizos o colonos pobres. El cambio demográfico obligó a ponerle fin a su existencia, pues al cabildo de San Juan Girón no escapó que solo era de nombre un pueblo de indios.
El primer día del año 1779 comenzó su existencia la parroquia de San Laureano de Bucaramanga, cuya dependencia política fue disputada, ante la indiferencia del cabildo de Pamplona, por el cabildo de San Juan Girón y el alcalde mayor de Minas de Vetas y Bucaramanga. El segundo capítulo aborda esta institución parroquial, las disputas jurisdiccionales que suscitó, una selección de sus curas párrocos más notables —Miguel de Trujillo, el maestro Adriano González, el maestro Martín Suárez de Figueroa, el doctor Juan Eloy Valenzuela y Mantilla, José Ignacio Martínez, Francisco Romero, José María Villalba, Lorenzo Rivera y José de Jesús Trillos— y las asociaciones de católicos del tiempo de la romanización de la Iglesia.
Cuando el Estado monárquico de los Borbones españoles entró en su mayor crisis por la invasión de las tropas francesas en 1808, se desencadenó la revolución en el mundo hispano. La eclosión de juntas de gobierno permitió la autonomía de los bumangueses, que se declararon villa de San Laureano y se dieron cabildo propio, cuya existencia sufrió dos interrupciones: el de la restauración monárquica de 1816-1819 y el de la incorporación a la jurisdicción del cabildo de San Carlos de Piedecuesta, entre 1823 y 1825. Como el tiempo de esta villa se prolongó más allá de 1850, cuando fue incorporada a la primera provincia de Soto, el capítulo tercero da cuenta de esas vicisitudes.
Cuando en 1857 los constituyentes del Estado federal de Santander determinaron que su capital sería Bucaramanga, la declararon ciudad, dado su rango político preeminente, y esta condición fue conservada cuando lo perdió, pero a cambio se convirtió en la capital del nuevo departamento de Soto, en sustitución de la provincia que desde 1850 llevó este nombre. El capítulo cuarto se ocupa de esta ciudad durante la experiencia federal, cuando la agenda de escuelas y caminos le asignó una de las escuelas normales nacionales de institutoras y el proyecto del ferrocarril que la uniría con el río Magdalena en Puerto Wilches.
Los capítulos quinto y sexto enfrentan toda la abigarrada gama de aspectos sociales y políticos que acaecieron cuando, como municipio, fue escogida como la capital del departamento de Santander. Son muchos los temas examinados, desde la provisión de todos los servicios básicos, las empresas municipales, la vocación por la enseñanza técnica de lo práctico, la economía cigarrera, la urbanización de sus barrios y sus problemas crónicos. Finalmente, un epílogo asume los retos de su futuro político como núcleo principal de un área metropolitana, viniendo de una asociación de municipios y en la perspectiva de su transformación en una parte de un distrito especial, con Floridablanca, Girón y Piedecuesta.
El lector debe hacerse cargo de que esta obra es solo una historia básica de un poblamiento de cuatro siglos, atenta a esquivar anacronismos y a seleccionar los temas de relevancia pública, haciendo concesiones a figuras relevantes de su vida política, empresarial y artística. Son las investigaciones temáticas particulares las que profundizan en cada uno de los temas aquí seleccionados y en otros que no fueron seleccionados, muchos de ellos ya en el mercado editorial de las instituciones universitarias. Y serán los nuevos historiadores los que, a la vista de las insuficiencias y ausencias de esta historia básica, emprenderán nuevos proyectos de investigación que las resuelvan.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.