Colección Martínez Garnica

Historia básica de Buca­ra­manga. Cuatro siglos de un pobla­miento, 1622-2022

Armando Martínez Garnica; Álvaro Acevedo Tarazona; Jerson Fidel Jaimes Rodrí­guez; Diana Carolina Sevilla Torres; Gui­llermo Vargas Caba­llero; Gabriel Samacá Alonso; Leonardo Caba­llero Piza
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

Intro­duc­ción

La repre­sen­ta­ción his­to­rio­grá­fica sobre el fenómeno del pobla­miento del sitio de Buca­ra­manga solo comenzó en 1896 con don José Joaquín García (19.08.1849-14.12.1919), cuando este dedicó al gober­na­dor Antonio Roldán y a dos hijos ilustres de la ciudad —Aurelio Mutis y Facundo Mutis Durán— sus Crónicas de Buca­ra­manga, publi­ca­das en Bogotá por la Imprenta de Medardo Rivas. Para entonces ya nadie recor­daba que el término Buca­ra­manga había desig­nado, entre los siglos XVII y XVIII, a un pueblo de indios mineros con­gre­ga­dos por un oidor de la Real Audien­cia, y dotado de tierras de res­guardo. García solo oyó decir que en los tiempos de la Con­quista española habían existido unos cuantos ranchos de la tribu indígena de los laches, cuya insig­ni­fi­can­cia ni siquiera había des­per­tado el afán con­quis­ta­dor de las huestes de soldados espa­ño­les que por allí tran­si­ta­ron.

Por ello, en su repre­sen­ta­ción his­tó­rica habían sido los vecinos aco­mo­da­dos de Girón quienes, en su afán de temperar con sus familias los fines de semana, fueron edi­fi­cando en la meseta casas de techo de paja para dis­fru­tar de mejores fuentes de agua y un clima más fresco. Como en ninguno de los archivos de la villa deci­mo­nó­nica encontró el expe­diente de erección de la primera parro­quia, corres­pon­diente al tiempo en que el pueblo de indios ya había sido demolido por orden de un fiscal de la Real Audien­cia, supuso que «la posición irre­gu­lar y la ninguna deli­ne­a­ción que existía entre las dis­tin­tas habi­ta­cio­nes» del poblado que lo vio nacer indi­ca­ban que el pobla­miento se debía a colonos de Girón. Por ello, sus crónicas de Buca­ra­manga solo se exten­die­ron desde los recuer­dos que pudo recoger en su familia, y desde la erección de la parro­quia de San Laureano hasta el año de 1895.

En la entrega 100 del Boletín de Historia y Anti­güe­da­des, corres­pon­diente al mes de enero de 1914, vino don Enrique Otero D'Costa a sor­pren­der a todos con una nueva repre­sen­ta­ción de la «fun­da­ción de Buca­ra­manga». Gracias a sus lecturas de los expe­dien­tes del fondo Pobla­cio­nes, de la sección colonial del Archivo His­tó­rico Nacional, que entonces fun­cio­naba en el tercer piso del edificio nacional de Santo Domingo, encontró el auto dado en Pamplona, el 4 de noviem­bre de 1622, por el oidor Juan de Villa­bona para ordenar la con­gre­ga­ción de las cua­dri­llas de indios —que lavaban arenas aurí­fe­ras en el Río del Oro— en una nueva pobla­ción que fue levan­tada en el sitio de Buca­ra­manga. ¿Se habría cumplido esta orden?, se preguntó este paciente his­to­ria­dor de la Academia Colom­biana de Historia. Sus lecturas en el fondo Tierras del mismo archivo le dieron la res­puesta: en el tomo 42 halló un expe­diente de un pleito por linderos, librado entre el cabildo de la ciudad de Girón y los indios del pueblo de Buca­ra­manga, y en él reposaba la cer­ti­fi­ca­ción del cum­pli­miento dado a la orden del oidor en

13

Intro­duc­ción

«visita de la tierra». Pese a ser solo una cer­ti­fi­ca­ción de una dili­gen­cia ordenada por un juez visi­ta­dor, ese folio fue inter­pre­tado por este inves­ti­ga­dor como la «fe de bautismo» de su lugar nativo, la legi­ti­ma­ción de «su naci­miento» como una de «las más antiguas ciudades de Colombia». Pese a la crítica que podemos hacer a su inter­pre­ta­ción de las fuentes que tuvo a su alcance, pues con­vir­tió un «pueblo de indios con­gre­ga­dos» en una «ciudad hispana antigua», a la que pos­te­rior­mente le dise­ña­ría un escudo de armas con el lema Montani semper liberi, su trabajo de tres años de archivo le permitió ofrecer a sus lectores una extensa repre­sen­ta­ción his­tó­rica sobre los orígenes del pobla­miento del sitio de Buca­ra­manga bajo el título de Cronicón sola­riego, publi­cada ori­gi­nal­mente en la Imprenta del Depar­ta­mento de Caldas, en 1922.

La ree­di­ción de esta obra por la Cámara de Comercio de Buca­ra­manga, en 1972, con­so­lidó la pers­pec­tiva del origen del pobla­miento de Buca­ra­manga en un pueblo de con­gre­ga­ción de indios, una «repú­blica de indios» del orde­na­miento segre­gado del Estado monár­quico español en las Indias, que coexiste con una inter­pre­ta­ción que lo con­ver­tía en «repú­blica de espa­ño­les», cuyos actores prin­ci­pa­les vinieron a ser el minero Andrés Páez de Soto­ma­yor, el pres­bí­tero Miguel de Trujillo y los indios mineros. Un conjunto de tres figuras de bronce que yace olvidado en la esquina occi­den­tal de la fachada del edificio de la Alcaldía de Buca­ra­manga, con­tra­tado a una artista por el alcalde Alfonso Gómez Gómez, da fe de esa inter­pre­ta­ción. Su negativa a pro­lon­gar la escri­tura de su historia más allá del año 1630, en dos tomos más que ofreció —dado el cambio de sus ocu­pa­cio­nes coti­dia­nas—, dejó sin resolver el tema de la demo­li­ción del pueblo de indios original por orden de otro visi­ta­dor de la segunda mitad del siglo XVIII, dando paso al nuevo pobla­miento parro­quial en traza orto­go­nal, cuya huella sobre­vive hasta nuestros días.

La demo­li­ción del pueblo de indios de Buca­ra­manga, el retorno de las tierras res­guar­da­das al patri­mo­nio real y su pos­te­rior remate entre los vecinos que habían tomado en arriendo estan­cias a los indios —e intro­du­cido mejoras mate­ria­les— pudo haber arrojado otra «fe de bautismo» de Buca­ra­manga, si hubiera apa­re­cido en el archivo de la Arqui­dió­ce­sis de Santafé, des­truido durante el «Bogotazo», el expe­diente completo de erección de la parro­quia de Nuestra Señora de Chi­quin­quirá y san Laureano, los dos patrones tra­di­cio­na­les que hoy muchos han olvidado. La con­ti­nui­dad del tránsito de la «repú­blica de indios» (1622-1778) a la «repú­blica de espa­ño­les» (1779-1810) fue la juris­dic­ción del Real de Minas del río de Oro y Buca­ra­manga, ejercida por un alcalde mayor de Minas que era proveído por la Audien­cia. Como el cabildo de Pamplona había impuesto su juris­dic­ción hasta el Río del Oro, gracias a pleitos que entabló contra los cabildos de las ciudades de Vélez y San Juan Girón, las cua­dri­llas de indios que reco­rrían los ríos del Oro, Suratá y Lebrija, así como las ran­che­rías de las que­bra­das que reco­rrían la meseta de Buca­ra­manga, fueron ori­gi­nal­mente parte de la juris­dic­ción de esa ciudad. Sin embargo, cuando se erigió la parro­quia de Buca­ra­manga, fue incor­po­rada por el cabildo de San Juan Girón a su juris­dic­ción, que eligió los alcaldes pedáneos durante varios años, hasta que el alcalde mayor de Minas se opuso en defensa de su propia juris­dic­ción.

La eclosión juntera del segundo semestre de 1810 en casi todas las pro­vin­cias de la Real Audien­cia de Santafé trajo consigo la espon­tá­nea decla­ra­to­ria de villa para la parro­quia de Buca­ra­manga, una decisión espuria de sus vecinos que solo duró hasta la res­tau­ra­ción monár­quica que se impuso tras el desastre del páramo de Cachirí, en febrero de 1816. El capitán Elías Sevilla pudo así des­cri­bir a su paso por la parro­quia de Buca­ra­manga, camino de Santafé con el Ejército Expe­di­cio­na­rio de Tierra Firme, la buena dis­po­si­ción de los obe­dien­tes parro­quia­nos. Un mes después de la batalla de Boyacá, los buman­gue­ses vol­vie­ron a auto­pro­cla­marse villa de San Laureano, dándose sus propios alcaldes ordi­na­rios y ofi­cia­les de cabildo, hasta que la vecina villa de San Carlos de Pie­de­cuesta, que sí había obtenido título de villa por despacho de la Regencia de España, demandó con éxito la elección de los fun­cio­na­rios del cabildo en 1823. Y fue así como, desde julio de 1823, volvió Buca­ra­manga a la con­di­ción de parro­quia, ahora en la juris­dic­ción del cabildo de la villa de San Carlos de Pie­de­cuesta, con lo cual don Fran­cisco Ordóñez y don José Antonio Serrano se resig­na­ron a des­pa­char en la con­di­ción subal­terna de alcaldes pedáneos.

Sería la primera ley de orde­na­miento terri­to­rial de Colombia, aprobada por la Legis­la­tura colom­biana de 1824, la que al fin permitió a los buman­gue­ses declarar villa a su poblado, conforme a derecho. Ya como villa y cabecera del cantón de su nombre, disputó a Girón y a Pie­de­cuesta la sede del colegio pro­vin­cial, final­mente esta­ble­cido en Girón con fondos de sus cose­che­ros de tabacos. Entre 1820 y 1850, Buca­ra­manga era solo unum inter pares, con Girón y Pie­de­cuesta. Por ello fue que estas tres pobla­cio­nes se dieron sus res­pec­ti­vas cons­ti­tu­cio­nes muni­ci­pa­les, cuando la carta política de 1853 las autorizó para ello.

Las crónicas de Buca­ra­manga fueron pro­se­gui­das, para el período 1900-1945, por don Ernesto Val­de­rrama Benítez (1895-16.05.1961), en la tercera parte (Sinopsis de la tierra en el siglo XX) de su libro titulado Real de Minas de Buca­ra­manga, publi­cado en 1947 por la Imprenta del Depar­ta­mento de San­tan­der. Con­sul­tando tanto el Archivo del Concejo de Buca­ra­manga como el Archivo Depar­ta­men­tal, así como su cono­ci­miento personal de los acon­te­ci­mien­tos y lugares, este cronista ofreció una colec­ción de noticias selec­cio­na­das sobre el acon­te­cer local de las ins­ti­tu­cio­nes y sobre la oferta pau­la­tina de los ser­vi­cios públicos y bienes manu­fac­tu­ra­dos. Antes de él, don José Ful­gen­cio Gutié­rrez había cubierto las crónicas de Buca­ra­manga para el período 1895-1941, publi­ca­das en 1941 como parte de un libro con­me­mo­ra­tivo de los Quintos Juegos Depor­ti­vos Nacio­na­les que se rea­li­za­ron en esta ciudad¹. Agregó pequeñas bio­gra­fías de los buman­gue­ses notables de todos los tiempos, un aporte sus­tan­cial para el cono­ci­miento de este tema.

Más o menos para este mismo período llevó sus Diarios don Bar­to­lomé Rugeles López (1860-1938), quien dio noticias de los sucesos locales y de su propia vida familiar entre los años 1899 y 1938. Gracias a Aída Martínez Carreño y al apoyo de la Cámara de Comercio, fueron tras­cri­tos y publi­ca­dos en 2005, en una versión recor­tada, pero hoy puede con­sul­tarse completa en la página web de la Casa del Libro Total. Se trata de una crónica íntima del muni­ci­pio que incluye noticias polí­ti­cas y sociales, comen­zando con la de la guerra de los Mil Días, los precios del dólar y de las mer­can­cías en el mercado, sobre todo café y som­bre­ros, y de movi­mien­tos empre­sa­ria­les. Llevó el registro de matri­mo­nios del grupo de dis­tin­ción, de ase­si­na­tos y listas de los miembros de las asam­bleas depar­ta­men­ta­les y los concejos muni­ci­pa­les, así como miles de noticias íntimas de la vida local.

La pers­pec­tiva pro­gre­sista y opti­mista de los cuatro primeros cro­nis­tas men­cio­na­dos comenzó a agotarse en José Ful­gen­cio Gutié­rrez, quien en sus

1 José Ful­gen­cio Gutié­rrez. Historia de Buca­ra­manga, en Carlos Alba­rra­cín Tavera (editor), El libro olímpico de Buca­ra­manga, Buca­ra­manga, 1941, 25-62.

14-15

Intro­duc­ción

relatos del período 1930-1941 insistió en los actos de vio­len­cia política que se habían dado en el seno de la Asamblea Depar­ta­men­tal y en San­tan­der, y se extin­guió en la pro­lon­ga­ción de las crónicas para el período 1946-1965, en la pluma de Roberto Harker Val­di­vieso (12.11.1930-24.09.2011), titu­la­das ... y sucedió en Buca­ra­manga, publi­ca­das por la Academia de Historia de San­tan­der en 1977. Como la fuente de este cronista fueron los diarios Van­guar­dia Liberal, El Deber y El Frente, y su pers­pec­tiva la de un mili­tante par­ti­dista con­ser­va­dor, devoto del clero refrac­ta­rio, lo que «sucedió en Buca­ra­manga» parece sacado tanto de la «página roja» como de la de «sociales», así como de las notas necro­ló­gi­cas de esa prensa local y del noti­ciero de la buro­cra­cia guber­na­men­tal. Si bien es cierto que esas dos décadas coin­ci­den con el tiempo de la «vio­len­cia bipar­ti­dista» que se hizo fre­cuente desde el ase­si­nato de Jorge Eliécer Gaitán, la pers­pec­tiva pesi­mista del texto perdió de vista el desa­rro­llo de las ins­ti­tu­cio­nes y los nuevos empren­di­mien­tos de los esfor­za­dos hombres que nos han ante­ce­dido en el tiempo.

Antes de esta varia­ción de pers­pec­tiva, doña Ana Fran­cisca Barón, direc­tora de una escuela primaria de varones, había difun­dido en La Escuela Primaria, de diciem­bre de 1923, una Mono­gra­fía del muni­ci­pio de Buca­ra­manga, que fue premiada con diploma de honor y medalla de oro en un concurso abierto por la Direc­ción de Ins­truc­ción Pública de la Gober­na­ción de San­tan­der, con motivo de la Fiesta de la Raza. Además de la utilidad de esta mono­gra­fía para el cono­ci­miento de los edi­fi­cios, aguadas, empresas y casas comer­cia­les en la antigua nomen­cla­tura de calles y carreras, que ella recorrió per­so­nal­mente, la pers­pec­tiva opti­mista todavía se mantenía con fervor en su pluma: «ha querido la Pro­vi­den­cia que sus hijos vivan en admi­ra­ble bonanza y hayan vuelto sus ojos hacia las indus­trias, prin­ci­pal­mente a la de tabaco, que se impulsó nota­ble­mente desde 1903 y hoy cons­ti­tu­yen una ver­da­dera fuente de riqueza con el esta­ble­ci­miento de nume­ro­sas fábricas, que cuentan con famosas máquinas y en ellas se emplean gran número de seño­ri­tas y muchas jóvenes del pueblo que devengan hon­ra­da­mente su salario». A pesar del título de su obra, Nuevas crónicas de Buca­ra­manga (1986), Ernesto Camargo Martínez no cubrió un tramo temporal del acon­te­cer de esta ciudad, pues solo colec­cionó arbi­tra­ria­mente noticias sin pers­pec­tiva cien­tí­fica alguna, dado que su pluma se extravió por las sendas de la lite­ra­tura.

Vinieron después los escri­to­res que abor­da­ron sola­mente temas sin­gu­la­res de la ciudad, como don José del Carmen Rivera Mejía —Parques, estatuas, símbolos (1984)— y los estu­dio­sos de la familia Puyana, cuya dis­tin­ción social proviene de dos de los com­pra­do­res de estan­cias en el remate del globo del res­guardo del pueblo extin­guido: Edmundo Harker Puyana —Buca­ra­manga y los Puyana (1984)—, Emilio Arenas —La Casa del Diablo (1982)— y don Armando Puyana Puyana —Epílogo a La Casa del Diablo (1982). Los estudios sobre los mayores empren­de­do­res de negocios e indus­trias en la historia de la ciudad no han faltado, desde los tiempos de la tesis doctoral de Enrique Oglias­tri, Elite, class, power and social cons­cious­ness in the economic deve­lop­ment of a Colom­bian city: Buca­ra­manga (1973), hasta los estudios más recien­tes de Carlos Espinosa, Nego­cian­tes en Buca­ra­manga, 1902-1929 (2009); Felipe Dorado, Grupos empre­sa­ria­les en San­tan­der: evo­lu­ción y estra­te­gias de diver­si­fi­ca­ción, 1980-2005 (2009), y Diana Sevilla, Utopía y realidad, la urba­ni­za­ción del barrio de la mutua­li­dad en Buca­ra­manga (2013).

Una historia básica de Buca­ra­manga no puede examinar a tantos empren­de­do­res de negocios e indus­trias, pero puede ilus­trar­los con figuras para­dig­má­ti­cas entre sus con­tem­po­rá­neos, como Manuel Mutis Bosio, Juan Cri­sós­tomo Parra y su hija Trinidad Parra de Orozco, Georg von Lengerke, David Puyana Figueroa, Reyes González Arci­nie­gas, Apolinar Pineda Bue­na­hora, Alfonso Silva Silva, Pedro María Buitrago Roa, Armando Puyana Puyana, Alfonso Penagos Mantilla, Rafael Parra Cadena y Rafael Ernesto Pérez Martínez. Lo mismo puede decirse de sus polí­ti­cos de mayor nota­bi­li­dad del tiempo repu­bli­cano del siglo XX, cuando esta con­di­ción sig­ni­fi­caba velar por los inte­re­ses gene­ra­les de la ciudad y de la región en medio de un reco­no­ci­miento nacional. Tanto los alcaldes como los con­ce­ja­les eran las figuras cen­tra­les de la vida política, pero en un mar de nombres es casi impo­si­ble selec­cio­nar los más notables.

Para los pro­pó­si­tos de una historia básica de Buca­ra­manga solo se selec­cionó un grupo básico de veinte polí­ti­cos memo­ra­bles por el impacto social que tuvieron entre sus con­tem­po­rá­neos, por su nota­bi­li­dad y por su relativo buen nombre, con alguna dosis de arbi­tra­rie­dad: Adolfo Harker Mutis, Ale­jan­dro Peña Solano, Pedro Elías Novoa Téllez, Ale­jan­dro Galvis Galvis, Gabriel Turbay Abunader, Mario Galán Gómez, Hernando Sorzano González, José Camacho Carreño, Luis Carlos Galán Sar­miento, Alfonso Gómez Gómez, Luisa Emma Mantilla de Romero, Abdón Espinosa Val­de­rrama, Enrique Barco Guerrero, Ciro López Mendoza, Jaime García Parra, Jaime Serrano Rueda, José Manuel Arias Carri­zosa, Jorge Sedano González, Carlos Toledo Plata y Rodolfo González García. Más fácil fue selec­cio­nar los artistas más notables en la historia de la ciudad y de mayor impacto entre sus con­tem­po­rá­neos, pues sola­mente son siete nombres: Domingo Moreno Otero, Segundo Agelvis, Carlos Gómez Castro, Óscar Rodrí­guez Naranjo, Mario Her­nán­dez Prada, Jorge Mantilla Caba­llero y Beatriz González².

Recorrer el acon­te­cer de un pobla­miento humano durante cuatro siglos es un camino plagado del riesgo de ana­cro­nis­mos. Un reco­rrido de cuatro siglos muestra que Buca­ra­manga ha sido de todo: pueblo de indios, parro­quia de espa­ño­les, villa de ciu­da­da­nos, ciudad capital de uno de los nueve depar­ta­men­tos del Estado Federal de San­tan­der y del propio Estado durante cuatro años, muni­ci­pio, y recien­te­mente núcleo prin­ci­pal de un área metro­po­li­tana. Así que lo primero que hay que hacer es ase­gu­rarse una deli­mi­ta­ción cro­no­ló­gica precisa de las dis­tin­tas enti­da­des político-admi­nis­tra­ti­vas que se han sucedido en la llamada meseta de Buca­ra­manga, tal como queda ilus­trado en el cuadro siguiente:

2 Una iden­ti­fi­ca­ción de los die­ci­séis artistas de la más reciente gene­ra­ción fue ofrecida por Olga Lucía Jordán Calvo y Carlos Enrique Gómez Rueda en el libro ilus­trado Retratos de artistas san­tan­de­re­a­nos, Buca­ra­manga, Uni­cien­cia, 2013.

16-17

Intro­duc­ción

[Cuadro: Sucesión his­tó­rica de los entes político-admi­nis­tra­ti­vos llamados Buca­ra­manga]

Muni­ci­pio de Buca­ra­manga como núcleo prin­ci­pal del área metro­po­li­tana de Buca­ra­manga. 15 de diciem­bre de 1981 a 2022: núcleo prin­ci­pal del área metro­po­li­tana.

Muni­ci­pio de Buca­ra­manga en el depar­ta­mento de San­tan­der. 7 de sep­tiem­bre de 1886 a 2022: capital del depar­ta­mento de San­tan­der. 30 de sep­tiem­bre de 1887 a 1937: capital de la pro­vin­cia de Soto.

Ciudad de Buca­ra­manga en el Estado soberano de San­tan­der y en el depar­ta­mento de Soto. 2 de diciem­bre de 1857 a 14 de sep­tiem­bre de 1861: ciudad capital del Estado Federal de San­tan­der. 21 de febrero de 1858 a 13 de diciem­bre de 1859: muni­ci­pio cons­ti­tu­cio­nal. 1º de enero de 1870: ciudad por dis­po­si­ción del decreto del 7 de diciem­bre de 1869, dado por el pre­si­dente de San­tan­der. 25 de junio de 1859 a 30 de sep­tiem­bre de 1887: capital del depar­ta­mento de Soto. 24 de marzo a 6 de sep­tiem­bre de 1886: sede pro­vi­sio­nal del poder eje­cu­tivo del Estado de San­tan­der.

Villa de San Laureano de Buca­ra­manga en las pro­vin­cias de Pamplona, Soto o Lebrija. 1º de enero de 1811 a 23 de febrero de 1816, subor­di­nada al gobierno del Estado libre de Pamplona. 1º de sep­tiem­bre de 1819 a 30 de junio de 1823, autónoma. 1º de julio de 1825 a 17 de abril de 1850: cabecera de cantón subor­di­nado a la pro­vin­cia de Pamplona. 18 de abril de 1850 a 21 de abril de 1854 y sep­tiem­bre de 1854 a 31 de mayo de 1855: cabecera de cantón subor­di­nado a Pie­de­cuesta, capital de la pro­vin­cia de Soto. 1º de febrero a 21 de abril de 1854: cabecera de cantón subor­di­nado a Flo­ri­da­blanca, capital de la pro­vin­cia de Lebrija. 1º de junio de 1855 a 24 de noviem­bre de 1857: cabecera de cantón subor­di­nado a la pro­vin­cia de Pamplona.

Parro­quia de San Laureano y Nuestra Señora de Chi­quin­quirá, del Real de Minas de Buca­ra­manga. 1º de enero de 1779 a 31 de diciem­bre de 1810, subor­di­nada al cabildo de San Juan Girón. 24 de febrero de 1816 a 31 de agosto de 1819, subor­di­nada a la coman­dan­cia de armas de Pie­de­cuesta. 1º de julio de 1823 a 30 de junio de 1825, subor­di­nada a la villa de San Carlos de Pie­de­cuesta.

Pueblo de indios de Buca­ra­manga. 22 de diciem­bre de 1622 a 11 de julio de 1778.

En cada uno estos períodos político-admi­nis­tra­ti­vos existió un régimen público distinto, enca­be­zado por una vario­pinta cantidad de fun­cio­na­rios: alcaldes mayores de Minas, curas doc­tri­ne­ros, alcaldes pedáneos, alcaldes ordi­na­rios, concejos muni­ci­pa­les, jefes polí­ti­cos de cantón, gober­na­do­res pro­vin­cia­les, pre­si­den­tes de estado federal, alcaldes muni­ci­pa­les y pre­fec­tos pro­vin­cia­les. La expo­si­ción tiene que dar cuenta de esos dis­tin­tos regí­me­nes y de la crónica aspi­ra­ción del vecin­da­rio a elevar su con­di­ción política, dado que el pobla­miento comenzó como una repú­blica de indios, siguió como una repú­blica de espa­ño­les, pasó a ser una pequeña repú­blica de ciu­da­da­nos libres con la inde­pen­den­cia de la monar­quía y se elevó a cabecera de estado federal durante cuatro años, para terminar como capital de uno de los primeros nueve depar­ta­men­tos admi­nis­tra­ti­vos del terri­to­rio nacional desde 1887.

El primer capítulo de esta historia básica versa sobre el pueblo de indios de Buca­ra­manga, una aparente «repú­blica de indios» inte­grada por cua­dri­llas de indios lava­do­res de arenas aurí­fe­ras, cuya exis­ten­cia comenzó el 22 de diciem­bre de 1622 y concluyó el 11 de julio de 1778. Fue el tiempo del laboreo de todos los ríos, que­bra­das y aven­ta­de­ros, por indios, mestizos o colonos pobres. El cambio demo­grá­fico obligó a ponerle fin a su exis­ten­cia, pues al cabildo de San Juan Girón no escapó que solo era de nombre un pueblo de indios.

El primer día del año 1779 comenzó su exis­ten­cia la parro­quia de San Laureano de Buca­ra­manga, cuya depen­den­cia política fue dis­pu­tada, ante la indi­fe­ren­cia del cabildo de Pamplona, por el cabildo de San Juan Girón y el alcalde mayor de Minas de Vetas y Buca­ra­manga. El segundo capítulo aborda esta ins­ti­tu­ción parro­quial, las disputas juris­dic­cio­na­les que suscitó, una selec­ción de sus curas párrocos más notables —Miguel de Trujillo, el maestro Adriano González, el maestro Martín Suárez de Figueroa, el doctor Juan Eloy Valen­zuela y Mantilla, José Ignacio Martínez, Fran­cisco Romero, José María Villalba, Lorenzo Rivera y José de Jesús Trillos— y las aso­cia­cio­nes de cató­li­cos del tiempo de la roma­ni­za­ción de la Iglesia.

Cuando el Estado monár­quico de los Borbones espa­ño­les entró en su mayor crisis por la invasión de las tropas fran­ce­sas en 1808, se desen­ca­denó la revo­lu­ción en el mundo hispano. La eclosión de juntas de gobierno permitió la auto­no­mía de los buman­gue­ses, que se decla­ra­ron villa de San Laureano y se dieron cabildo propio, cuya exis­ten­cia sufrió dos inte­rrup­cio­nes: el de la res­tau­ra­ción monár­quica de 1816-1819 y el de la incor­po­ra­ción a la juris­dic­ción del cabildo de San Carlos de Pie­de­cuesta, entre 1823 y 1825. Como el tiempo de esta villa se prolongó más allá de 1850, cuando fue incor­po­rada a la primera pro­vin­cia de Soto, el capítulo tercero da cuenta de esas vici­si­tu­des.

Cuando en 1857 los cons­ti­tu­yen­tes del Estado federal de San­tan­der deter­mi­na­ron que su capital sería Buca­ra­manga, la decla­ra­ron ciudad, dado su rango político pre­e­mi­nente, y esta con­di­ción fue con­ser­vada cuando lo perdió, pero a cambio se con­vir­tió en la capital del nuevo depar­ta­mento de Soto, en sus­ti­tu­ción de la pro­vin­cia que desde 1850 llevó este nombre. El capítulo cuarto se ocupa de esta ciudad durante la expe­rien­cia federal, cuando la agenda de escuelas y caminos le asignó una de las escuelas normales nacio­na­les de ins­ti­tu­to­ras y el proyecto del ferro­ca­rril que la uniría con el río Mag­da­lena en Puerto Wilches.

Los capí­tu­los quinto y sexto enfren­tan toda la abi­ga­rrada gama de aspectos sociales y polí­ti­cos que aca­e­cie­ron cuando, como muni­ci­pio, fue escogida como la capital del depar­ta­mento de San­tan­der. Son muchos los temas exa­mi­na­dos, desde la pro­vi­sión de todos los ser­vi­cios básicos, las empresas muni­ci­pa­les, la vocación por la ense­ñanza técnica de lo práctico, la economía ciga­rrera, la urba­ni­za­ción de sus barrios y sus pro­ble­mas crónicos. Final­mente, un epílogo asume los retos de su futuro político como núcleo prin­ci­pal de un área metro­po­li­tana, viniendo de una aso­cia­ción de muni­ci­pios y en la pers­pec­tiva de su trans­for­ma­ción en una parte de un distrito especial, con Flo­ri­da­blanca, Girón y Pie­de­cuesta.

El lector debe hacerse cargo de que esta obra es solo una historia básica de un pobla­miento de cuatro siglos, atenta a esquivar ana­cro­nis­mos y a selec­cio­nar los temas de rele­van­cia pública, haciendo con­ce­sio­nes a figuras rele­van­tes de su vida política, empre­sa­rial y artís­tica. Son las inves­ti­ga­cio­nes temá­ti­cas par­ti­cu­la­res las que pro­fun­di­zan en cada uno de los temas aquí selec­cio­na­dos y en otros que no fueron selec­cio­na­dos, muchos de ellos ya en el mercado edi­to­rial de las ins­ti­tu­cio­nes uni­ver­si­ta­rias. Y serán los nuevos his­to­ria­do­res los que, a la vista de las insu­fi­cien­cias y ausen­cias de esta historia básica, empren­de­rán nuevos pro­yec­tos de inves­ti­ga­ción que las resuel­van.

18-19
Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.