Colección Martínez Garnica

120 años de luz y fuerza en San­tan­der

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

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El origen del pobla­miento del sitio de Buca­ra­manga no puede ser más humilde: cuatro cua­dri­llas de indios lava­do­res de arenas aurí­fe­ras —Guaca y Bucarica, Xérira, Cachagua y Quebejos— fueron con­gre­ga­das en pueblo a finales del año de 1622 por orden del oidor Juan de Villa­bona Zubiau­rre para que pudieran recibir doctrina y el pago de sus jornales, y además agregó a su capilla 74 negros esclavos que asistían en el río del Oro remo­viendo sus arenas aurí­fe­ras. Al fin y al cabo, el santo negro llamado San Benito de Palermo les serviría de vida ejemplar para que creyesen que aún los negros esclavos tenían su patrón y su lugar en los cielos. En esas cir­cuns­tan­cias, un alcalde de minas depen­diente del cabildo de Pamplona tenía que ser la auto­ri­dad que en el nombre del rey de las Españas admi­nis­trase la justicia, para deshacer agravios y componer entuer­tos, pues el real de minas de Buca­ra­manga y el río del Oro era la más apro­piada unidad juris­dic­cio­nal en estos dominios ame­ri­ca­nos de la familia monár­quica que vivía en la penín­sula ibérica.

La memoria de la gran cantidad de charcos y de cursos de agua que reco­rrían la meseta que se des­ba­rranca al occi­dente hacia el valle del río del Oro se ha perdido, y los inge­nie­ros civiles que las sepul­ta­ron para cons­truir sobre ellas avenidas llamadas La Rosita o Quebrada Seca, o barrios llamados Los Lagos o Lagos del Cacique, solo dejaron esas pequeñas huellas topo­ní­mi­cas de un mundo perdido para siempre. De vez en cuando a alguien se le ocurre bautizar un puente peatonal sobre la auto­pista que une a Buca­ra­manga con Girón, muy cerca del río de Oro, con el nombre de Quebejos, pero nadie advierte que ese nombre es el recuerdo de la cua­dri­lla de indios que don Andrés Páez de Soto­ma­yor trajo de la villa de San Cris­tó­bal para que escar­ba­ran las arenas del río buscando pepitas de oro. Aunque los eco­lo­gis­tas de nuestros días se esfuer­cen por hacernos olvidar que Buca­ra­manga fue por siglos un distrito de mineros, y que por lo tanto no debería angus­tiar­nos que alguien pro­nun­cie la palabra mina, todavía se encuen­tran vie­je­ci­tas que cari­ño­sa­mente llaman a sus biz­nie­tas recién nacidas con el mote de "granito de oro". ¿Acaso no hemos olvidado también que esos

[Línea de tiempo lateral] Se ilumina por primera vez Buca­ra­manga con luz eléc­trica.

[Línea de tiempo lateral] La sociedad de don Julio Jones, Rinaldo, Jorge Antonio y Herman, se forma para esta­ble­cer en Buca­ra­manga el alum­brado eléc­trico.

[Línea de tiempo lateral] Selec­ción de Buca­ra­manga, por el decreto, como capital del poder eje­cu­tivo del Estado de San­tan­der.

[Línea de tiempo lateral] Fun­da­ción de la compañía anónima del Ferro­ca­rril de Cúcuta.

[Línea de tiempo lateral] Se creó el Estado de San­tan­der, cons­ti­tuido en Pamplona por una asamblea de los dipu­ta­dos de las antiguas pro­vin­cias de Pamplona y el Socorro, así como por los del cantón de Ocaña.

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arte­sa­nos dema­go­gos que en 1879 con­tro­la­ban la alcaldía de la villa de Buca­ra­manga hacían parte de un círculo político llamado "los pico de oro", jus­ta­mente por el brillo de sus inter­ven­cio­nes públicas en las plazas? Los par­ti­da­rios de fray Bar­to­lomé de las Casas fra­ca­sa­ron en su proyecto de mantener aislados a los abo­rí­ge­nes respecto de los colonos que vinieron de allende los mares, como fracasan todos los que intentan separar por largo tiempo a los hombres respecto de las mujeres y a los hijos respecto de los padres. No debe extrañar entonces que cuando el visi­ta­dor Fran­cisco Antonio Moreno y Escandón llegó en 1776 al pueblo de indios de Buca­ra­manga tuvo que regis­trar que no lo era más que de nombre, y entonces ordenó su supre­sión legal para liberar las tierras res­guar­da­das y dar inicio al proceso de titu­la­ción de estan­cias entre los que pagasen más en la puja de una almoneda pública. Vino entonces al mundo una nueva entidad juris­dic­cio­nal: la parro­quia de Buca­ra­manga. Como sus patronos también tienden a ser olvi­da­dos por los feli­gre­ses de hoy, repar­ti­dos en muchas otras parro­quias que se han erigido en todos los nuevos barrios que han apa­re­cido, hay que recor­dár­se­los: uno es San Laureano obispo y la otra es Nuestra Señora del Rosario de Chi­quin­quirá. Pero todavía esa parro­quia original, que comenzó a fun­cio­nar el primero de enero de 1779, seguía siendo parte de un real de minas, y por ello don Juan Bue­na­ven­tura Ortiz tuvo que defender desde esa fecha su juris­dic­ción contra el cabildo de la ciudad de Girón, que creyó que por ser una simple parro­quia podía anexarla a la suya. La humildad de origen de Buca­ra­manga se mantuvo hasta entonces, pese a que en 1940 un patrió­tico his­to­ria­dor se dio a la tarea de dibu­jarle un escudo de armas reales, con yelmo y penacho, y además con la sigla MONTANI SEMPER LIBERI. Fue un esfuerzo inútil, pues en las naciones de ciu­da­da­nos libres e iguales ya no hay lugar para el uso de títulos nobi­lia­rios ni para osten­ta­cio­nes de hidal­guía.

El movi­miento de la inde­pen­den­cia respecto de la auto­ri­dad de los Borbones espa­ño­les, acaecido gracias al desorden político que generó el empe­ra­dor de los fran­ce­ses en la penín­sula ibérica, fue la opor­tu­ni­dad para que los buman­gue­ses mejo­ra­sen su humilde con­di­ción política. Fue así como en 1810 se titu­la­ron villa de San Laureano de Buca­ra­manga y decla­ra­ron su auto­no­mía respecto de

Pamplona y, por supuesto, de Girón. Esta inno­va­ción política fue posible porque ya algunos de sus hijos se habían ilus­trado en los colegios mayores de Santa Fe, donde obtu­vie­ron títulos de abogados o de pres­bí­te­ros. Para empezar, su cura párroco —Juan Eloy Valen­zuela Mantilla— era reco­no­cido en el reino como uno de los mejores natu­ra­lis­tas, como que ya había empezado a reco­lec­tar una Flora de Buca­ra­manga y en su juventud había sido el primer secre­ta­rio de la Real Expe­di­ción Botánica. Su hermano Miguel ya des­pa­chaba en Girón como bri­llante abogado, con­ten­diendo en los estrados judi­cia­les con el primer abogado titulado nativo de Buca­ra­manga: el doctor Eusebio García Salgar. Primo de este último, el doctor Custodio García Rovira ya había sido cate­drá­tico de mate­má­ti­cas, filo­so­fía y moral en el Colegio Mayor de San Bar­to­lomé, donde era uno de sus tres con­si­lia­rios, y además hacía parte de la ilus­trada tertulia san­ta­fe­reña llamada El Buen Gusto. El doctor José María Estévez Ruiz de Cote, espe­cia­lista en los Derechos Civil y Canónico, era otro de los ilus­tra­dos buman­gue­ses que se decidió por la carrera ecle­siás­tica, comen­zando como cura del pueblo de indios de Choachí y ter­mi­nando

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como obispo de Santa Marta. Aunque presidió la con­ven­ción cons­ti­tu­yente que creó el Estado de la Nueva Granada en 1832 cuando se disolvió Colombia, sus paisanos que lo han echado en el olvido no reparan en la peque­ñita placa de piedra que alguien colgó en la esquina de la fachada pos­te­rior de la Casa de Bolívar, con el fin de que su nombre no desa­pa­rezca para siempre de nuestra memoria.

Al con­ver­tirse en villa durante el segundo semestre de 1810, al fin los buman­gue­ses pudieron tener cabildo propio, con sus alcaldes ordi­na­rios portando vara de mando en la mano: el doctor Eusebio García Salgar y don Fran­cisco Javier Rey. Por su parte, don Facundo Mutis fue enviado como diputado ante la junta suprema pro­vin­cial que se creó en Pamplona el 31 de julio de 1810. Por lo menos en cuanto a estatura política suprema pro­vin­cial se refiere, los buman­gue­ses habían comen­zado la inde­pen­den­cia ganando mucho. Las inno­va­cio­nes polí­ti­cas son siempre buenas para los humildes, podría ser la lección que hay que aprender de este corto relato.

[Recuadro facsímil] Primer cabildo repu­bli­cano de la villa de San Laureano de Buca­ra­manga, 1810.Alcalde ordi­na­rio de primera nomi­na­ción: doctor don Eusebio García Salgar.Alcalde ordi­na­rio de segunda nomi­na­ción: don Fran­cisco Javier Rey.Alcalde de la Santa Her­man­dad: don Fran­cisco Antonio Puyana.Regidor primero: don José Puyana.Regidor segundo: don Fran­cisco Navas.Síndico pro­cu­ra­dor general: don Cleto Serrano.Escri­bano público y de cabildo: don Mariano Estévez.Teniente de los corre­gi­mien­tos de la villa de la Matanza: don Enrique Puyana.Vocal de la villa ante la Junta Pro­vin­cial de Pamplona: don Facundo Mutis Con­sue­gra, admi­nis­tra­dor del ramo de aguar­dien­tes de Girón, Buca­ra­manga, Rionegro y Caña­ve­ra­les. Hijo del gaditano don Manuel Mutis Bosio y de la señora gironesa doña María Ignacia Con­sue­gra.

Pero vino el Ejército Expe­di­cio­na­rio enviado de España por el rey Fernando VII cuando pudo res­ta­ble­cerse en su trono, y después de tomar la plaza de Car­ta­gena el 5 de diciem­bre de 1815 quedó con el camino abierto hacia Santa Fe. Sin expe­rien­cia militar alguna, el doctor Custodio García Rovira intentó detener la avanzada española en el páramo de Cachirí con el ejército del norte, en buena parte inte­grado por cam­pe­si­nos soco­rra­nos de lanza y machete, bajo el mando del joven coronel Fran­cisco de Paula San­tan­der y del general Manuel Serviez. El 22 de febrero de 1816 se produjo el combate contra las tropas espa­ño­las del coronel

Sebas­tián de la Calzada. El desastre militar que allí ocurrió para el gobierno de las Pro­vin­cias Unidas de la Nueva Granada quedó bien expre­sado por el parte de victoria que Calzada envió al general Pablo Morillo cinco días después: "El enemigo ha tenido de pérdida más de mil muertos, de los cuales cuarenta ofi­cia­les, dos­cien­tos heridos, qui­nien­tos pri­sio­ne­ros, inclusos veinte y ocho ofi­cia­les, dos piezas de arti­lle­ría, cuatro banderas de batallón… Nuestra pérdida ha con­sis­tido en ciento cin­cuenta hombres entre muertos y heridos…". Solo en el Casanare encon­tra­ron refugio los que salvaron la vida. Pese a esta mor­tan­dad, el capitán español Rafael Sevilla, quien entró a Buca­ra­manga el 16 de mayo de 1816, pudo escribir en sus Memorias la mag­ní­fica impre­sión que le causó la meseta ocupada.

[Recuadro facsímil] "Per­noc­ta­mos en Buca­ra­manga, donde se nos auxilió con algunos bagajes. El 16 de mayo [de 1816] entramos en el mag­ní­fico valle del mismo nombre, el cual ofrecía al fatigado viajero del desierto un espec­tá­culo poético y con­mo­ve­dor. En efecto, el con­traste era dema­siado brusco porque hasta el más rudo soldado, el más insen­si­ble a las bellas escenas de la natu­ra­leza, no sintiese la poesía de aquella fera­cí­sima comarca. El valle era tan vasto que no le veían otros límites que el cielo azul que se posaba en el hori­zonte. Hermosas casitas blancas cuyas chi­me­neas des­pe­dían un humo diáfano y ligero que se perdía en el espacio como el incienso de cien familias felices que se elevara al Empíreo; verdes campiñas cul­ti­va­das, en lon­ta­nanza; infi­ni­dad de ganados pastando, varios labrie­gos siguiendo el tardo caminar de los bueyes; multitud de personas de ambos sexos pin­to­res­ca­mente vestidas mirán­do­nos desde las cumbres de sus colinas o desde las puertas o balcones de sus casas, no sin recelo de que fuésemos a per­tur­bar sus tran­qui­los hogares; árboles gigan­tes­cos osten­tán­dose en todo su lujo pri­ma­ve­ral… Este era el cuadro gran­dioso que con­tem­plá­ba­mos. La tea abra­sa­dora de la guerra civil con su cortejo de ase­si­na­tos, deso­la­cio­nes, vio­la­cio­nes y saqueos, no había posado su des­truc­tora planta en el valle, dichoso hasta entonces, de Buca­ra­manga." Capitán Rafael Sevilla: Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los sepa­ra­tis­tas de América, 1815-1821.

Con la con­su­ma­ción de la recon­quista española retornó Buca­ra­manga a su humilde con­di­ción de parro­quia, y a la juris­dic­ción de Girón. Pero cuando se produjo la libe­ra­ción defi­ni­tiva en el campo de Boyacá y se convocó la con­ven­ción cons­ti­tu­yente de la Repú­blica de Colombia en la villa del Rosario de Cúcuta, llegó hasta allá don Enrique Puyana para pedir la res­ti­tu­ción de la con­di­ción de villa. Aunque le dieron largas, cuando la Legis­la­tura de 1824 aprobó la primera ley de orde­na­miento político-admi­nis­tra­tivo le fue

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con­ce­dida, gracias a que fue escogida como cabecera del cantón de su nombre, si bien siguió siendo parte de la gober­na­ción de Pamplona y de la inten­den­cia de Boyacá.

El programa de apertura de colegios pro­vin­cia­les que puso en marcha el vice­pre­si­dente Fran­cisco de Paula San­tan­der dotó de esas ins­ti­tu­cio­nes públicas, tan impor­tan­tes para la inno­va­ción social e inte­lec­tual de los pueblos, a las antiguas y pri­vi­le­gia­das ciudades de Vélez y Pamplona, pero también a las antiguas villas de San Gil y el Socorro. La apertura del colegio de San José de Guanentá y del colegio uni­ver­si­ta­rio del Socorro forzó a los veleños a ges­tio­nar su propio colegio en la década de 1830, cuya ejemplar cátedra de Derecho cons­ti­tu­cio­nal fue servida por el doctor Cer­be­león Pinzón, emi­nen­cia que escribió y publicó para sus alumnos el primer Tratado de Ciencia Cons­ti­tu­cio­nal publi­cado en este país, en dos tomos, por la imprenta bogotana de Nicolás Gómez (1839). Pese a que los vecin­da­rios de Girón y de Pie­de­cuesta no eran cabe­ce­ras de pro­vin­cia, con­ten­die­ron entre sí para con­se­guir la sede de un colegio propio, y la solución salo­mó­nica en estos casos era esta­ble­cerlo en medio de ellos, en la parro­quia de Flo­ri­da­blanca. De paso le rin­die­ron otro homenaje póstumo a don José Moñino, el conde de Flo­ri­da­blanca, quien presidió la Junta Suprema de España y las Indias durante la crisis de 1808 y a quien nuestro cura Eloy Valen­zuela admiró porque "sin los derechos de la sangre o el estré­pito de las armas, y sin los manejos de la política, supo ganarse el concepto, la esti­ma­ción, las espe­ran­zas y también las lágrimas del pueblo español en ambos hemis­fe­rios".

Gracias a las ges­tio­nes empe­ña­das, el pre­si­dente San­tan­der decretó, el 20 de febrero de 1835, la apertura del Colegio de Flo­ri­da­blanca, donde se edu­ca­rían los jóvenes de Girón, Pie­de­cuesta y Buca­ra­manga. Como los fondos nacio­na­les se habían des­ti­nado al colegio pro­vin­cial de San José de Pamplona, fueron los vecinos del cantón de Girón quienes reco­gie­ron los nece­sa­rios por sus­crip­ción, ayudados por los cul­ti­va­do­res de tabaco que cedieron medio real por cada arroba que ven­die­ran a la factoría de Pie­de­cuesta, con lo cual reu­nie­ron anual­mente 2.220 pesos. El doctor Juan Clímaco Ordóñez fue el primer rector, y la primera cátedra de filo­so­fía fue abierta por el doctor Carlos Delgado con cuatro estu­dian­tes: Antonio Val­di­vieso, Carlos Navas, Mati­diano Barco y Lino María Novoa. Durante el siguiente año se agre­ga­ron Fran­cisco González, Ruperto Arenas, José Martín Bue­na­hora, José Benito Valen­zuela y Marcos Gutié­rrez. En 1836 se abrieron las cátedras de gra­má­ti­cas cas­te­llana y latina, a las cuales asis­tie­ron ini­cial­mente los jóvenes Tomás de Brigard, Nepo­mu­ceno Forero y Felipe Prada. Una nueva elite ilus­trada comenzó a formarse en este colegio, cuya figura más bri­llante durante ese siglo fue el gironés Tomás de Brigard, hijo del inmi­grante polaco Juan de Brigard Dom­browski (1792-1860) y de la hacen­dada gironesa doña María Josefa Sordo García, sobrina del doctor Eusebio García Salgar. Enviado por su padre a Bogotá para pro­se­guir sus estudios, terminó siendo des­ta­cado diplo­má­tico de Colombia y padre de don Juan de Brigard, quien fue secre­ta­rio de Fomento y Obras Públicas de la Admi­nis­tra­ción Caro. ¿Acaso se acuerdan los mon­se­ño­res Brigard que en el mundo han sido, de tan rancios abo­len­gos bogo­ta­nos como se dan, que su ilustre ante­pa­sado comenzó su vida en Girón y su carrera en el colegio de Flo­ri­da­blanca?

La guerra civil de 1840-1841, conocida como la de los "cau­di­llos pro­vin­cia­les supremos", hizo com­pren­der a los con­duc­to­res del Estado nacional que las elites polí­ti­cas de las grandes pro­vin­cias, orga­ni­za­das en cámaras pro­vin­cia­les, eran fuente de insur­gen­cia contra la sobe­ra­nía de los poderes nacio­na­les. El remedio inme­diato era dividir las 18 pro­vin­cias que habían inte­grado en 1831 el Estado de la Nueva Granada y, a la larga, supri­mir­las. Fue así como la antigua pro­vin­cia de Pamplona, esta­ble­cida desde 1549 por una hueste de

con­quis­ta­do­res venidos de España, fue dividida el 17 de abril de 1850 por una ley del Congreso en tres nuevas pro­vin­cias: la de Pamplona, reducida solo a los cantones de su nombre, el de Málaga y el de la Con­cep­ción; la de [Fran­cisco de Paula] San­tan­der, inte­grada por los cantones de San José de Cúcuta, Salazar de las Palmas y el Rosario de Cúcuta, que fue inau­gu­rada el 21 de julio siguiente con un acto de manu­mi­sión de esclavos; y la de [Fran­cisco] Soto, con­for­mada por los cantones de Buca­ra­manga, Girón y Pie­de­cuesta, con capital en Pie­de­cuesta. Tres años después y por decreto se separó una más, llamada [Custodio] García Rovira, formada con los cantones de La Con­cep­ción, Málaga y Fortoul (Guaca y San Andrés). Esta inno­va­ción política mejoró la gober­na­bi­li­dad del Estado nacional y abrió la senda hacia la muni­ci­pa­li­za­ción, la inno­va­ción que supri­mi­ría para siempre la dife­ren­cia­ción de los poblados por estatus, ese legado de la sociedad anterior a la inde­pen­den­cia. Pero en la pro­vin­cia de Soto se vieron frente a frente dos vecin­da­rios que aspi­ra­ban al rango de capital pro­vin­cial, ambos con un número similar de efec­ti­vos y con pasado humilde: Pie­de­cuesta había venido al mundo político como parro­quia de San Fran­cisco Javier en 1774 y Buca­ra­manga como pueblo de indios en 1622. El primer movi­miento de este ajedrez político le dio la ventaja a Pie­de­cuesta, escogida por el legis­la­dor como primera capital de la pro­vin­cia de Soto.

La siguiente inno­va­ción política nacional provino del Istmo de Panamá, en ese entonces parte inte­grante de la Nueva Granada, que por una singular ali­ne­a­ción de estre­llas polí­ti­cas ocurrida en 1855 con­si­guió en el Congreso la apro­ba­ción de un acto legis­la­tivo que creó el Estado federal de Panamá. Con ello se abrió la expe­rien­cia federal que tuvo una duración de tres décadas y en la cual las 35 pro­vin­cias cedieron su lugar a nueve estados sobe­ra­nos. Ese salto adelante en el proceso de inte­gra­ción social de la nación colom­biana permitió que en 1857 viniera al mundo el Estado de San­tan­der, cons­ti­tuido en Pamplona por una asamblea de los dipu­ta­dos de las antiguas pro­vin­cias de Pamplona y el Socorro, así como por los del cantón de Ocaña, que por su libre voluntad se sepa­ra­ron de la pro­vin­cia de Mompós. Fue allí donde se produjo una segunda jugada política, esta vez contra el con­ser­va­tismo de los pam­plo­ne­ses. Ocurrió que la mayoría liberal de la asamblea designó a la villa de Buca­ra­manga como capital del Estado, dejando a Pamplona con los crespos hechos y a sus enojados vecinos quemando una efigie del publi­cista Manuel Murillo Toro, escogido como su primer pre­si­dente. Cuando los cons­ti­tu­yen­tes se tras­la­da­ron a Buca­ra­manga para pro­se­guir sus sesiones tuvieron que reunirse en el humilde local de una escuela pública, sen­tán­dose en bultos movidos para tal pro­pó­sito.

La extra­or­di­na­ria suerte política de los buman­gue­ses les había con­ce­dido mucho más de lo que habían esperado: un humilde pueblo de indios devenido parro­quia de San Laureano y que apro­ve­chó la inde­pen­den­cia para ascender a la con­di­ción de villa subal­terna de Pamplona, si bien no pudo contra Pie­de­cuesta en su aspi­ra­ción a llegar a ser capital de la pro­vin­cia de Soto, gracias a la mayoría liberal de la asamblea cons­ti­tu­yente del Estado de San­tan­der pudo llegar en 1857 a ser su capital. La minoría con­ser­va­dora que con­tro­laba a Pamplona, la ciudad mejor pre­pa­rada para esa posición por su muy larga tra­di­ción admi­nis­tra­tiva, riqueza de sus elites, expe­rien­cia en una cámara pro­vin­cial y hasta por contar con imprenta propia donde publi­caba su gaceta oficial, fue la gran per­de­dora. No hay que extrañar entonces que del seno de la sociedad pam­plo­nesa hayan salido grandes mili­ta­res con­ser­va­do­res como Leonardo Canal y los hermanos García Herreros, con­mo­vi­dos por los resul­ta­dos de la ley elec­to­ral con cir­cuns­crip­ción estatal que dejó a Pamplona sin repre­sen­ta­ción titular en la primera Asamblea Legis­la­tiva de este Estado.

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Pero Buca­ra­manga no estaba pre­pa­rada en ese entonces para tan alta posición, como lo delató el primer comen­ta­rio escrito de Manuel Murillo Toro cuando llegó a ella para ejercer la pre­si­den­cia: «Son unos necios», dijo. Así que cuando se desató la guerra civil de 1860-1861, tan costosa para San­tan­der y para la Admi­nis­tra­ción Ospina, mientras se con­so­li­daba el lide­razgo nacional del gran general Tomás Cipriano de Mosquera se pusieron de acuerdo el pre­si­dente de San­tan­der, general Eus­tor­gio Salgar, y el pre­si­dente de su Asamblea Legis­la­tiva, Aquileo Parra, para tras­la­dar (14 de sep­tiem­bre de 1861) la capital del Estado al Socorro. Fue allí donde se for­ta­le­ció una de las más impor­tan­tes sedes del radi­ca­lismo liberal del país y donde se inició la

cons­truc­ción del Capi­to­lio de San­tan­der, cuyas ruinas aún puede ver el visi­tante a una cuadra de la plaza prin­ci­pal. El lide­razgo regional del Socorro provenía de la segunda mitad del siglo XVIII, y solo esta villa tenía la expe­rien­cia admi­nis­tra­tiva y la elite política sufi­ciente para enfren­tar la resis­ten­cia con­ser­va­dora de Pamplona. Fue allí donde se esta­ble­ció la imprenta oficial y la escuela normal de ins­ti­tu­to­res que le corres­pon­día a cada uno de los estados de la Unión Colom­biana, y donde se intro­dujo la inno­va­ción peda­gó­gica desa­rro­llada por Johann Heinrich Pes­ta­lozzi en su Ins­ti­tuto de Yverdon, junto al lago de Neu­cha­tel (Suiza). Las tres décadas de la expe­rien­cia federal (1855-1885) fueron domi­na­das en el Estado de San­tan­der por la villa del Socorro. Pero en esa época cre­cie­ron las villas de Buca­ra­manga y la de San José de Cúcuta, los sitios donde se con­cen­tró la inmi­gra­ción extran­jera y los negocios de impor­ta­ción y expor­ta­ción, dada su posición geo­grá­fica cercana a los puertos flu­via­les que llevaban a los puertos atlán­ti­cos.

Los vecinos de la parro­quia de San José de Guasimal habían ascen­dido a la cate­go­ría de villa de San José de Cúcuta por una real cédula de 1792, año en que ya podían mostrar una pobla­ción de 3.855 almas. El comercio del cacao por el río Zulia hacia Mara­caibo explica tan impre­sio­nante cre­ci­miento y, pese a los daños que en los valles de Cúcuta causó la guerra de inde­pen­den­cia, pudo esa villa recu­pe­rarse pronto y con­ver­tirse en puerto inter­na­cio­nal e imán de una nutrida inmi­gra­ción de comer­cian­tes extran­je­ros. Durante el tiempo de la fede­ra­ción funcionó allí una aduana, pro­te­gida por una compañía de la Guardia Colom­biana, y la ini­cia­tiva empre­sa­rial pasó pronto de cons­truir un camino al puerto de Villa­mi­zar a tender una línea férrea al puerto de Los Cachos. La expan­sión del cultivo de café para la expor­ta­ción por las rutas del Zulia y Mara­caibo hizo el cre­ci­miento ace­le­rado de esta villa, ame­na­zando la hege­mo­nía que por siglos había tenido la ciudad de Pamplona sobre esa región fron­te­riza. Como los cultivos ingre­sa­ron a Colombia desde el Estado Táchira, en 1874 el Estado de San­tan­der producía casi las cuatro quintas partes del café nacional. En 1876 se fundó la compañía anónima del Ferro­ca­rril de Cúcuta mediante un contrato firmado por Vicente Herrera, secre­ta­rio general del Estado de San­tan­der, y el expre­si­dente José María Villa­mi­zar Gallardo, quien actuó como represen-

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tante legal de la compañía que había cons­truido el camino anterior. El ferro­ca­rril de vapor tendría la capa­ci­dad para mover 44 tone­la­das de peso bruto a razón de 20 kiló­me­tros por hora en su pen­diente máxima, y la compañía cons­trui­ría las dos esta­cio­nes en los extremos de la línea férrea.

Mientras tanto, la villa de Buca­ra­manga se había con­ver­tido en recep­tora de capi­ta­les que per­mi­tie­ron el esta­ble­ci­miento de casas comer­cia­les de crédito, impor­ta­ción y expor­ta­ción, tales como Koppel & Schrader, el Banco de San­tan­der, Hederich & Gölkel, Lengerke & Lorent, Manuel Cor­tis­soz & Casa A. Wolff & Cía., Koppel & Schloss, Reyes González y Hermanos, la Mina Hidráu­lica del Suratá y Río de Oro, Minlos, Breuer & Cía. y David Puyana e Hijo. Según el monto del impuesto directo cargado sobre la riqueza decla­rada en 1858, los hombres más ricos de Buca­ra­manga en los comien­zos del Estado de San­tan­der eran Ulpiano Valen­zuela, Manuel Mutis, Geo von Lengerke, Cri­sós­tomo Parra, Eusebio García Peralta, Juan I. Valen­zuela, Adolfo Harker, David y Evaristo Puyana, Mar­ce­lino Trillos, José María Valen­zuela y Rafael Ordóñez. Varias boticas impor­ta­do­ras de medi­ci­nas europeas fueron esta­ble­ci­das por los inmi­gran­tes, entre ellas la "Botica Alemana", creada en 1863 por Hugo Wiesner, y la botica "La Paz", abierta en 1875 por Víctor Paillié.

Este flujo de capi­ta­les se dirigió también hacia las grandes empresas agro­pe­cua­rias diri­gi­das a la pro­duc­ción de bienes expor­ta­bles, tales como el añil, el café y las quinas. Entre las hacien­das comer­cia­les más notables se contaban "La Luisiana" de Reyes González, "Sardinas" y "López" de Carlos Vogel­sang y Carlos Müller; "La Granja", "Las Delicias" y "El Alto" de Rinaldo Gölkel-Jones; "Las Palmas" de Obdulio y Juan Cri­sós­tomo Estévez; "Las Vegas" y "Guyanas" de Trino Mantilla; "San Joaquín", "Las Vegas", "La Fe" y "El Tablazo" de Minlos, Breuer & Cía.; "La Ceiba", de Gui­llermo Jones Benítez; "Río del pescado" de Paul G. Lorent; "Suratá", "Medios", "La Quinta" y "Vijagual" de Ulpiano Valen­zuela, y "Sardinas" de Alberto Fritsch.

En sus Crónicas de Buca­ra­manga (1896), don José Joaquín García registró en detalle las cir­cuns­tan­cias polí­ti­cas que pro­mo­vie­ron en esta ciudad las inno­va­cio­nes eco­nó­mi­cas, sociales y técnicas, entre ellas

la intro­duc­ción, por primera vez en el terri­to­rio de San­tan­der, de la ilu­mi­na­ción pública generada por una planta eléc­trica.

La gran inno­va­ción política que cambió el destino de Buca­ra­manga fue su selec­ción como capital del poder eje­cu­tivo del Estado de San­tan­der por el decreto dado el 24 de marzo de 1886, un resul­tado de la guerra civil que se libró en 1885 y que condujo a la reunión de un Consejo Nacional Cons­ti­tu­yente que puso fin al régimen federal en los nueve estados sobe­ra­nos de la Unión Colom­biana. Vencido el libe­ra­lismo radical en esa guerra, los jefes del libe­ra­lismo inde­pen­diente que habían apoyado al pre­si­dente Rafael Núñez se aliaron con los con­ser­va­do­res y el clero católico para poner fin al orde­na­miento federal que regía desde la Con­ven­ción de Rionegro en 1863. Se transitó al nuevo régimen de los nueve depar­ta­men­tos admi­nis­tra­ti­vos some­ti­dos a la sobe­ra­nía de la Nación Colom­biana que los espe­cia­lis­tas han conocido con el nombre de "rege­ne­ra­ción cons­ti­tu­cio­nal". La villa del Socorro, una de las sedes más impor­tan­tes del radi­ca­lismo liberal y capital del Estado soberano de San­tan­der desde 1861, pagó cara la derrota en los tiempos de la Rege­ne­ra­ción. Una vez aprobada la nueva cons­ti­tu­ción nacional que trans­formó los estados sobe­ra­nos en depar­ta­men­tos admi­nis­tra­ti­vos, el primer gober­na­dor del Depar­ta­mento de San­tan­der declaró en vigencia esa cons­ti­tu­ción en su juris­dic­ción, rati­fi­cado lo dis­puesto respecto de la desig­na­ción de Buca­ra­manga como capital del poder eje­cu­tivo.

[Recuadro facsímil] Decreto por el cual se dispone la tras­la­ción del poder eje­cu­tivo del Estado a la ciudad de Buca­ra­manga. El jefe civil y militar del Estado de San­tan­der, Teniendo en cuenta que varios asuntos impor­tan­tes del servicio público hacen indis­pen­sa­ble la tras­la­ción, a la ciudad de Buca­ra­manga, del jefe civil y militar con sus res­pec­ti­vos secre­ta­rios, Decreta: Artículo 1. — Tras­lá­dase tem­po­ral­mente el poder eje­cu­tivo del Estado a la ciudad de Buca­ra­manga. Publí­quese. Dado en el Socorro, a 24 de marzo de 1886. El Pre­si­dente, Antonio Roldán. El Secre­ta­rio de Gobierno, Vicente Villa­mi­zar. El Secre­ta­rio de Hacienda, Ale­jan­dro Peña S. El Secre­ta­rio de Ins­truc­ción Pública, Felipe Sorzano.

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Intro­duc­ción

Un clima de opti­mismo y entu­siasmo recorrió a las gentes de Buca­ra­manga desde 1886, una vez que el doctor Antonio Roldán entró a su ciudad como nuevo jefe civil y militar de San­tan­der, acom­pa­ñado de sus tres pres­ti­gio­sos secre­ta­rios del despacho eje­cu­tivo —Ale­jan­dro Peña Solano, Vicente Villa­mi­zar y Felipe Sorzano— y de los emple­a­dos públicos que aban­do­na­ron su resi­den­cia en el Socorro. Para palacio del nuevo gobierno depar­ta­men­tal eli­gie­ron una casa de dos pisos loca­li­zada en el costado norte de la primera Calle Real. Pronto se vieron los efectos de la ins­ta­la­ción del gobierno en esta villa elegida como capital: inmi­gra­ción de nuevas familias, amplia­ción de las ope­ra­cio­nes comer­cia­les, incre­mento del canon de arren­da­miento de las habi­ta­cio­nes dis­po­ni­bles, edi­fi­ca­ción de nuevas casas, dupli­ca­ción de los precios de los mate­ria­les de cons­truc­ción y de los jornales y, en fin, mucho afán de nove­le­rías e inno­va­cio­nes. La cir­cu­la­ción de papel moneda que trajo el nuevo orden político nacional también actuó como estímulo del comercio. Las calles del Comercio y de la Iglesia fueron refor­ma­das para que los caños de aguas que corrían por en medio de ellas lo hicieran en adelante por las siguien­tes hacia el norte y hacia el sur, con lo cual el pavi­mento fue levan­tado para eliminar su anterior incli­na­ción hacia el centro; se hicieron nuevos empe­dra­dos planos y se aumentó el número de faroles en las calles y en la plaza.

Cuando el doctor Roldán se marchó tem­po­ral­mente de la villa pasó la jefatura civil y militar al doctor Ale­jan­dro Peña Solano, anterior secre­ta­rio de Hacienda, con lo cual el 17 de sep­tiem­bre de 1886 se pose­sionó en inte­ri­ni­dad como primer gober­na­dor cons­ti­tu­cio­nal de San­tan­der. Dos semanas después comenzó a des­pa­char el Tribunal Superior del distrito judicial del norte con cuatro magis­tra­dos, con lo cual la reunión de todos los poderes depar­ta­men­ta­les en la misma villa fue con­su­mada. Un año y dos meses después regre­sa­ría el doctor Roldán para pose­sio­narse en este empleo, con­ser­vando en el despacho de Hacienda al doctor Peña Solano y vin­cu­lando dos secre­ta­rios más de gran ini­cia­tiva: los doctores Roso Cala Rocha (Gobierno) y Aurelio Mutis (Ins­truc­ción Pública). Fue entonces cuando se empren­dió la obra del puente sobre la Quebrada Seca, pos­puesta por muchos años.

La inno­va­ción política intro­du­cida en Buca­ra­manga fue seguida por la apertura de la expo­si­ción indus­trial que se abrió a los curiosos en la fes­ti­vi­dad del 20 de julio de 1887. Orga­ni­zada por orden del gober­na­dor en la escuela de varones, recibió las mejores pro­duc­cio­nes enviadas desde las nueve pro­vin­cias, con lo cual resultó "una ver­da­dera fiesta del progreso" a la que con­tri­bu­ye­ron "los miembros de todos los partidos". Se vieron allí pro­duc­cio­nes agrí­co­las, sus­tan­cias medi­ci­na­les, trabajos de mano y tejidos, muebles de madera y arte­fac­tos, muestras de mine­ra­les, pinturas enmar­ca­das y anti­güe­da­des, pero también maqui­na­rias y aparatos útiles. A la hora de la pre­mia­ción fueron reco­no­ci­das las inno­va­cio­nes de dos nuevas som­bre­re­rías que habían sido recien­te­mente esta­ble­ci­das por los señores Gui­llermo C. Jones y Lorenzo Menéndez. En la primera habían comen­zado a fabri­carse som­bre­ros de fieltro, pelo y nuevos mate­ria­les, tan de buena calidad que llegaron a competir con los que se impor­ta­ban del extran­jero por las casas comer­cia­les. En el taller del segundo también se fabri­ca­ban som­bre­ros de mérito, con lo cual el público elegante de la ciudad podía encon­trar en ellos sus­ti­tu­tos de los bienes impor­ta­dos que nece­si­ta­ban para dife­ren­ciarse en el vestido de la masa de la pobla­ción que siempre había usado som­bre­ros de jipijapa y de otras fibras vege­ta­les.

Las grandes expec­ta­ti­vas des­per­ta­das en Buca­ra­manga por su nueva posición política pre­e­mi­nente urgieron la intro­duc­ción de inno­va­cio­nes técnicas. Una de ellas comenzó a pro­mo­verse en 1887 cuando don Julio Jones se asoció con los tres señores Gölkel —Rinaldo, Jorge Antonio y Herman— para esta­ble­cer en ella

el alum­brado eléc­trico. El primero fue comi­sio­nado por esta sociedad para viajar a los Estados Unidos con el pro­pó­sito de adquirir la planta de gene­ra­ción de la energía y las bom­bi­llas. Un sitio en la hacienda Chitota, junto al río Suratá, fue escogido para la cons­truc­ción de las obras civiles que per­mi­tie­ran apro­ve­char una caída de agua con tal pro­pó­sito. Esta sociedad obtuvo del gobierno muni­ci­pal el pri­vi­le­gio de exclu­si­vi­dad para montar este tipo de empresas durante 25 años. Por otra parte, el Concejo muni­ci­pal contrató al inge­niero Ángel María Otero para que estu­diara la mejor opción para el esta­ble­ci­miento de un acue­ducto, tomando las aguas de la quebrada de Tona o del río Suratá, y este levantó los planos y aventuró un pre­su­puesto de 300.000 pesos para tal empresa. Don Julio Jones per­ma­ne­ció ocho meses en los Estados Unidos y resolvió todo lo nece­sa­rio para la adqui­si­ción de la planta y de las bom­bi­llas, así como para el traslado de todo el material al puerto de Saba­ni­lla, desde donde subiría por el río Mag­da­lena hasta el mejor puerto fluvial que faci­li­tara su con­duc­ción a lomo de mula hasta su destino final.

Mientras tanto, el 20 de junio de 1888 se cons­ti­tuyó ante notario una nueva sociedad que esta­ble­ce­ría en el muni­ci­pio de Buca­ra­manga el servicio de tele­fo­nía. Don Eliseo Camacho, quien ya había obtenido del Concejo el pri­vi­le­gio de exclu­si­vi­dad por 30 años, se asoció para este pro­pó­sito con los señores Her­mó­ge­nes Motta, José Antonio Serrano y Cayetano González. El primero de noviem­bre siguiente comenzó a operar la primera planta que prestaba este servicio a 35 aparatos tele­fó­ni­cos de abonados. La bondad de este nuevo servicio ya había sido vista por los aledaños curiosos en la comu­ni­ca­ción tele­fó­nica privada que pocos meses antes se había esta­ble­cido entre los alma­ce­nes de Cristian P. Clausen y Koppel & Schloss, pero los primeros que hablaron tele­fó­ni­ca­mente entre sí gracias al servicio de la nueva planta fueron don Eliseo Camacho y don Pedro Elías Novoa. En 1896 ya el número de abonados al servicio tele­fó­nico en el muni­ci­pio era de un centenar de aparatos, cada uno de los cuales pagaba men­sual­mente a la empresa cinco pesos. Pero el mejor servicio prestado por esta empresa fue la exten­sión de las líneas tele­fó­ni­cas en 1893 hasta el puerto de Botijas en el río Lebrija y el puerto de Marta en el río Sogamoso, dado que allí estaban esta­ble­ci­das las bodegas de las mer­can­cías que se impor­ta­ban y expor­ta­ban, siendo urgentes las comu­ni­ca­cio­nes comer­cia­les. La tasa de cada llamada a estos puertos se fijó en 20 centavos. El primero de julio de 1893 se puso en servicio la comu­ni­ca­ción tele­fó­nica entre Buca­ra­manga y Flo­ri­da­blanca, que existía desde el primero de febrero de 1891 entre Buca­ra­manga y Lebrija.

La Compañía Eléc­trica Anónima de Buca­ra­manga Limitada había estado tra­ba­jando en la planta de Chitota y en el tendido de los cables desde el regreso de don Julio Jones. Fueron ins­ta­la­dos 30 focos de arco voltaico de 1.500 bujías, repar­ti­dos en las calles prin­ci­pa­les del muni­ci­pio, que a la sazón reunía cerca de 17.000 habi­tan­tes. La fuente de la energía fue la planta gene­ra­dora de corriente continua servida por un motor de turbina esta­dou­ni­dense de 300 caballos de fuerza, movido por una caída de agua del río Suratá, al que luego se agregó un alter­na­dor mono­fá­sico de 50 KVA. A las siete y media de la noche del 30 de agosto de 1891, estando reunidos todos los curiosos en las calles, se iluminó por primera vez Buca­ra­manga con luz eléc­trica. Las campanas de la iglesia de San Laureano se echaron al vuelo y en los barrios fueron lanzados cohetes al cielo, las bandas de música salieron a alegrar las calles "y la multitud daba entu­sias­tas vítores a los empre­sa­rios". El gober­na­dor José Santos y sus secre­ta­rios, acom­pa­ña­dos por muchas personas dis­tin­gui­das, mar­cha­ron hacia la resi­den­cia de los empre­sa­rios para feli­ci­tar­los. En medio del contento general, el gober­na­dor pro­nun­ció un discurso para agra­de­cer­les esta sor­pren­dente inno­va­ción técnica que había sido

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Intro­duc­ción

intro­du­cida por la ini­cia­tiva de personas par­ti­cu­la­res y agregó que se trataba de "uno de los más impor­tan­tes des­cu­bri­mien­tos ins­pi­ra­dos por Dios a la inte­li­gen­cia humana".

Tras tres noches de calles ilu­mi­na­das por la elec­tri­ci­dad, la toma de agua del río Suratá que surtía de agua al motor de turbina se derrumbó, y las rocas des­pla­za­das por la corriente dieron contra el edificio de la planta, dañando parte de las ins­ta­la­cio­nes mecá­ni­cas y sus­pen­diendo la gene­ra­ción de energía eléc­trica. La reacción de los ciu­da­da­nos y del gobierno depar­ta­men­tal ante este acon­te­ci­miento sor­pren­dió a los empre­sa­rios por su soli­da­ri­dad: los primeros ofre­cie­ron prés­ta­mos en dinero y el gobierno anticipó los fondos pre­vis­tos para la ins­ta­la­ción de más focos en las calles. Con ocho mil pesos de nueva inver­sión, los empre­sa­rios vol­vie­ron a iluminar las calles el 20 de noviem­bre siguiente y desde el 26 de diciem­bre comenzó la ins­ta­la­ción de las resi­den­cias par­ti­cu­la­res con luces de focos incan­des­cen­tes, empe­zando por el Club del Comercio. Después de las ciudades de Bogotá y Panamá, fue Buca­ra­manga la tercera ciudad del país en intro­du­cir la luz eléc­trica a sus calles y resi­den­cias. Esta inno­va­ción, rela­cio­nada con la de la tele­fo­nía, estaba ligada a la inno­va­ción política de 1886 que la con­vir­tió en capital del poder eje­cu­tivo de uno de los nueve depar­ta­men­tos del terri­to­rio nacional.

[Recuadro facsímil] Decreto en desa­rro­llo de la Cons­ti­tu­ción en lo que se rela­ciona con el Depar­ta­mento de San­tan­der. El Gober­na­dor del Depar­ta­mento de San­tan­der. Vista y atendida la Cons­ti­tu­ción nacional expedida por el Consejo de Dele­ga­ta­rios el día 4 de agosto último y san­cio­nada con fecha 5 del mismo mes, DECRETA: Art. 1º. Desde la fecha del presente decreto declá­rase en vigencia en el Depar­ta­mento de San­tan­der la Cons­ti­tu­ción nacional san­cio­nada el 5 de agosto último. Art. 2º. Con­si­dé­rase como Depar­ta­mento de San­tan­der el terri­to­rio que formaba el Estado del mismo nombre y que ha sido extin­guido por minis­te­rio de la misma Cons­ti­tu­ción. […] Art. 4º. Desíg­nase la ciudad de Buca­ra­manga para capital del Depar­ta­mento de San­tan­der. […] Dése cuenta del presente decreto al Poder Eje­cu­tivo nacional y al Consejo Nacional de Dele­ga­ta­rios y publí­quese. Dado en Buca­ra­manga, a 7 de sep­tiem­bre de 1886. Ale­jan­dro Peña Solano. El secre­ta­rio de Gobierno, Vicente Villa­mi­zar.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.