El origen del poblamiento del sitio de Bucaramanga no puede ser más humilde: cuatro cuadrillas de indios lavadores de arenas auríferas —Guaca y Bucarica, Xérira, Cachagua y Quebejos— fueron congregadas en pueblo a finales del año de 1622 por orden del oidor Juan de Villabona Zubiaurre para que pudieran recibir doctrina y el pago de sus jornales, y además agregó a su capilla 74 negros esclavos que asistían en el río del Oro removiendo sus arenas auríferas. Al fin y al cabo, el santo negro llamado San Benito de Palermo les serviría de vida ejemplar para que creyesen que aún los negros esclavos tenían su patrón y su lugar en los cielos. En esas circunstancias, un alcalde de minas dependiente del cabildo de Pamplona tenía que ser la autoridad que en el nombre del rey de las Españas administrase la justicia, para deshacer agravios y componer entuertos, pues el real de minas de Bucaramanga y el río del Oro era la más apropiada unidad jurisdiccional en estos dominios americanos de la familia monárquica que vivía en la península ibérica.
La memoria de la gran cantidad de charcos y de cursos de agua que recorrían la meseta que se desbarranca al occidente hacia el valle del río del Oro se ha perdido, y los ingenieros civiles que las sepultaron para construir sobre ellas avenidas llamadas La Rosita o Quebrada Seca, o barrios llamados Los Lagos o Lagos del Cacique, solo dejaron esas pequeñas huellas toponímicas de un mundo perdido para siempre. De vez en cuando a alguien se le ocurre bautizar un puente peatonal sobre la autopista que une a Bucaramanga con Girón, muy cerca del río de Oro, con el nombre de Quebejos, pero nadie advierte que ese nombre es el recuerdo de la cuadrilla de indios que don Andrés Páez de Sotomayor trajo de la villa de San Cristóbal para que escarbaran las arenas del río buscando pepitas de oro. Aunque los ecologistas de nuestros días se esfuercen por hacernos olvidar que Bucaramanga fue por siglos un distrito de mineros, y que por lo tanto no debería angustiarnos que alguien pronuncie la palabra mina, todavía se encuentran viejecitas que cariñosamente llaman a sus biznietas recién nacidas con el mote de "granito de oro". ¿Acaso no hemos olvidado también que esos
[Línea de tiempo lateral] Se ilumina por primera vez Bucaramanga con luz eléctrica.
[Línea de tiempo lateral] La sociedad de don Julio Jones, Rinaldo, Jorge Antonio y Herman, se forma para establecer en Bucaramanga el alumbrado eléctrico.
[Línea de tiempo lateral] Selección de Bucaramanga, por el decreto, como capital del poder ejecutivo del Estado de Santander.
[Línea de tiempo lateral] Fundación de la compañía anónima del Ferrocarril de Cúcuta.
[Línea de tiempo lateral] Se creó el Estado de Santander, constituido en Pamplona por una asamblea de los diputados de las antiguas provincias de Pamplona y el Socorro, así como por los del cantón de Ocaña.
artesanos demagogos que en 1879 controlaban la alcaldía de la villa de Bucaramanga hacían parte de un círculo político llamado "los pico de oro", justamente por el brillo de sus intervenciones públicas en las plazas? Los partidarios de fray Bartolomé de las Casas fracasaron en su proyecto de mantener aislados a los aborígenes respecto de los colonos que vinieron de allende los mares, como fracasan todos los que intentan separar por largo tiempo a los hombres respecto de las mujeres y a los hijos respecto de los padres. No debe extrañar entonces que cuando el visitador Francisco Antonio Moreno y Escandón llegó en 1776 al pueblo de indios de Bucaramanga tuvo que registrar que no lo era más que de nombre, y entonces ordenó su supresión legal para liberar las tierras resguardadas y dar inicio al proceso de titulación de estancias entre los que pagasen más en la puja de una almoneda pública. Vino entonces al mundo una nueva entidad jurisdiccional: la parroquia de Bucaramanga. Como sus patronos también tienden a ser olvidados por los feligreses de hoy, repartidos en muchas otras parroquias que se han erigido en todos los nuevos barrios que han aparecido, hay que recordárselos: uno es San Laureano obispo y la otra es Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Pero todavía esa parroquia original, que comenzó a funcionar el primero de enero de 1779, seguía siendo parte de un real de minas, y por ello don Juan Buenaventura Ortiz tuvo que defender desde esa fecha su jurisdicción contra el cabildo de la ciudad de Girón, que creyó que por ser una simple parroquia podía anexarla a la suya. La humildad de origen de Bucaramanga se mantuvo hasta entonces, pese a que en 1940 un patriótico historiador se dio a la tarea de dibujarle un escudo de armas reales, con yelmo y penacho, y además con la sigla MONTANI SEMPER LIBERI. Fue un esfuerzo inútil, pues en las naciones de ciudadanos libres e iguales ya no hay lugar para el uso de títulos nobiliarios ni para ostentaciones de hidalguía.
El movimiento de la independencia respecto de la autoridad de los Borbones españoles, acaecido gracias al desorden político que generó el emperador de los franceses en la península ibérica, fue la oportunidad para que los bumangueses mejorasen su humilde condición política. Fue así como en 1810 se titularon villa de San Laureano de Bucaramanga y declararon su autonomía respecto de
Pamplona y, por supuesto, de Girón. Esta innovación política fue posible porque ya algunos de sus hijos se habían ilustrado en los colegios mayores de Santa Fe, donde obtuvieron títulos de abogados o de presbíteros. Para empezar, su cura párroco —Juan Eloy Valenzuela Mantilla— era reconocido en el reino como uno de los mejores naturalistas, como que ya había empezado a recolectar una Flora de Bucaramanga y en su juventud había sido el primer secretario de la Real Expedición Botánica. Su hermano Miguel ya despachaba en Girón como brillante abogado, contendiendo en los estrados judiciales con el primer abogado titulado nativo de Bucaramanga: el doctor Eusebio García Salgar. Primo de este último, el doctor Custodio García Rovira ya había sido catedrático de matemáticas, filosofía y moral en el Colegio Mayor de San Bartolomé, donde era uno de sus tres consiliarios, y además hacía parte de la ilustrada tertulia santafereña llamada El Buen Gusto. El doctor José María Estévez Ruiz de Cote, especialista en los Derechos Civil y Canónico, era otro de los ilustrados bumangueses que se decidió por la carrera eclesiástica, comenzando como cura del pueblo de indios de Choachí y terminando
como obispo de Santa Marta. Aunque presidió la convención constituyente que creó el Estado de la Nueva Granada en 1832 cuando se disolvió Colombia, sus paisanos que lo han echado en el olvido no reparan en la pequeñita placa de piedra que alguien colgó en la esquina de la fachada posterior de la Casa de Bolívar, con el fin de que su nombre no desaparezca para siempre de nuestra memoria.
Al convertirse en villa durante el segundo semestre de 1810, al fin los bumangueses pudieron tener cabildo propio, con sus alcaldes ordinarios portando vara de mando en la mano: el doctor Eusebio García Salgar y don Francisco Javier Rey. Por su parte, don Facundo Mutis fue enviado como diputado ante la junta suprema provincial que se creó en Pamplona el 31 de julio de 1810. Por lo menos en cuanto a estatura política suprema provincial se refiere, los bumangueses habían comenzado la independencia ganando mucho. Las innovaciones políticas son siempre buenas para los humildes, podría ser la lección que hay que aprender de este corto relato.
[Recuadro facsímil] Primer cabildo republicano de la villa de San Laureano de Bucaramanga, 1810. — Alcalde ordinario de primera nominación: doctor don Eusebio García Salgar. — Alcalde ordinario de segunda nominación: don Francisco Javier Rey. — Alcalde de la Santa Hermandad: don Francisco Antonio Puyana. — Regidor primero: don José Puyana. — Regidor segundo: don Francisco Navas. — Síndico procurador general: don Cleto Serrano. — Escribano público y de cabildo: don Mariano Estévez. — Teniente de los corregimientos de la villa de la Matanza: don Enrique Puyana. — Vocal de la villa ante la Junta Provincial de Pamplona: don Facundo Mutis Consuegra, administrador del ramo de aguardientes de Girón, Bucaramanga, Rionegro y Cañaverales. Hijo del gaditano don Manuel Mutis Bosio y de la señora gironesa doña María Ignacia Consuegra.
Pero vino el Ejército Expedicionario enviado de España por el rey Fernando VII cuando pudo restablecerse en su trono, y después de tomar la plaza de Cartagena el 5 de diciembre de 1815 quedó con el camino abierto hacia Santa Fe. Sin experiencia militar alguna, el doctor Custodio García Rovira intentó detener la avanzada española en el páramo de Cachirí con el ejército del norte, en buena parte integrado por campesinos socorranos de lanza y machete, bajo el mando del joven coronel Francisco de Paula Santander y del general Manuel Serviez. El 22 de febrero de 1816 se produjo el combate contra las tropas españolas del coronel
Sebastián de la Calzada. El desastre militar que allí ocurrió para el gobierno de las Provincias Unidas de la Nueva Granada quedó bien expresado por el parte de victoria que Calzada envió al general Pablo Morillo cinco días después: "El enemigo ha tenido de pérdida más de mil muertos, de los cuales cuarenta oficiales, doscientos heridos, quinientos prisioneros, inclusos veinte y ocho oficiales, dos piezas de artillería, cuatro banderas de batallón… Nuestra pérdida ha consistido en ciento cincuenta hombres entre muertos y heridos…". Solo en el Casanare encontraron refugio los que salvaron la vida. Pese a esta mortandad, el capitán español Rafael Sevilla, quien entró a Bucaramanga el 16 de mayo de 1816, pudo escribir en sus Memorias la magnífica impresión que le causó la meseta ocupada.
[Recuadro facsímil] "Pernoctamos en Bucaramanga, donde se nos auxilió con algunos bagajes. El 16 de mayo [de 1816] entramos en el magnífico valle del mismo nombre, el cual ofrecía al fatigado viajero del desierto un espectáculo poético y conmovedor. En efecto, el contraste era demasiado brusco porque hasta el más rudo soldado, el más insensible a las bellas escenas de la naturaleza, no sintiese la poesía de aquella feracísima comarca. El valle era tan vasto que no le veían otros límites que el cielo azul que se posaba en el horizonte. Hermosas casitas blancas cuyas chimeneas despedían un humo diáfano y ligero que se perdía en el espacio como el incienso de cien familias felices que se elevara al Empíreo; verdes campiñas cultivadas, en lontananza; infinidad de ganados pastando, varios labriegos siguiendo el tardo caminar de los bueyes; multitud de personas de ambos sexos pintorescamente vestidas mirándonos desde las cumbres de sus colinas o desde las puertas o balcones de sus casas, no sin recelo de que fuésemos a perturbar sus tranquilos hogares; árboles gigantescos ostentándose en todo su lujo primaveral… Este era el cuadro grandioso que contemplábamos. La tea abrasadora de la guerra civil con su cortejo de asesinatos, desolaciones, violaciones y saqueos, no había posado su destructora planta en el valle, dichoso hasta entonces, de Bucaramanga." Capitán Rafael Sevilla: Memorias de un oficial del ejército español: campañas contra Bolívar y los separatistas de América, 1815-1821.
Con la consumación de la reconquista española retornó Bucaramanga a su humilde condición de parroquia, y a la jurisdicción de Girón. Pero cuando se produjo la liberación definitiva en el campo de Boyacá y se convocó la convención constituyente de la República de Colombia en la villa del Rosario de Cúcuta, llegó hasta allá don Enrique Puyana para pedir la restitución de la condición de villa. Aunque le dieron largas, cuando la Legislatura de 1824 aprobó la primera ley de ordenamiento político-administrativo le fue
concedida, gracias a que fue escogida como cabecera del cantón de su nombre, si bien siguió siendo parte de la gobernación de Pamplona y de la intendencia de Boyacá.
El programa de apertura de colegios provinciales que puso en marcha el vicepresidente Francisco de Paula Santander dotó de esas instituciones públicas, tan importantes para la innovación social e intelectual de los pueblos, a las antiguas y privilegiadas ciudades de Vélez y Pamplona, pero también a las antiguas villas de San Gil y el Socorro. La apertura del colegio de San José de Guanentá y del colegio universitario del Socorro forzó a los veleños a gestionar su propio colegio en la década de 1830, cuya ejemplar cátedra de Derecho constitucional fue servida por el doctor Cerbeleón Pinzón, eminencia que escribió y publicó para sus alumnos el primer Tratado de Ciencia Constitucional publicado en este país, en dos tomos, por la imprenta bogotana de Nicolás Gómez (1839). Pese a que los vecindarios de Girón y de Piedecuesta no eran cabeceras de provincia, contendieron entre sí para conseguir la sede de un colegio propio, y la solución salomónica en estos casos era establecerlo en medio de ellos, en la parroquia de Floridablanca. De paso le rindieron otro homenaje póstumo a don José Moñino, el conde de Floridablanca, quien presidió la Junta Suprema de España y las Indias durante la crisis de 1808 y a quien nuestro cura Eloy Valenzuela admiró porque "sin los derechos de la sangre o el estrépito de las armas, y sin los manejos de la política, supo ganarse el concepto, la estimación, las esperanzas y también las lágrimas del pueblo español en ambos hemisferios".
Gracias a las gestiones empeñadas, el presidente Santander decretó, el 20 de febrero de 1835, la apertura del Colegio de Floridablanca, donde se educarían los jóvenes de Girón, Piedecuesta y Bucaramanga. Como los fondos nacionales se habían destinado al colegio provincial de San José de Pamplona, fueron los vecinos del cantón de Girón quienes recogieron los necesarios por suscripción, ayudados por los cultivadores de tabaco que cedieron medio real por cada arroba que vendieran a la factoría de Piedecuesta, con lo cual reunieron anualmente 2.220 pesos. El doctor Juan Clímaco Ordóñez fue el primer rector, y la primera cátedra de filosofía fue abierta por el doctor Carlos Delgado con cuatro estudiantes: Antonio Valdivieso, Carlos Navas, Matidiano Barco y Lino María Novoa. Durante el siguiente año se agregaron Francisco González, Ruperto Arenas, José Martín Buenahora, José Benito Valenzuela y Marcos Gutiérrez. En 1836 se abrieron las cátedras de gramáticas castellana y latina, a las cuales asistieron inicialmente los jóvenes Tomás de Brigard, Nepomuceno Forero y Felipe Prada. Una nueva elite ilustrada comenzó a formarse en este colegio, cuya figura más brillante durante ese siglo fue el gironés Tomás de Brigard, hijo del inmigrante polaco Juan de Brigard Dombrowski (1792-1860) y de la hacendada gironesa doña María Josefa Sordo García, sobrina del doctor Eusebio García Salgar. Enviado por su padre a Bogotá para proseguir sus estudios, terminó siendo destacado diplomático de Colombia y padre de don Juan de Brigard, quien fue secretario de Fomento y Obras Públicas de la Administración Caro. ¿Acaso se acuerdan los monseñores Brigard que en el mundo han sido, de tan rancios abolengos bogotanos como se dan, que su ilustre antepasado comenzó su vida en Girón y su carrera en el colegio de Floridablanca?
La guerra civil de 1840-1841, conocida como la de los "caudillos provinciales supremos", hizo comprender a los conductores del Estado nacional que las elites políticas de las grandes provincias, organizadas en cámaras provinciales, eran fuente de insurgencia contra la soberanía de los poderes nacionales. El remedio inmediato era dividir las 18 provincias que habían integrado en 1831 el Estado de la Nueva Granada y, a la larga, suprimirlas. Fue así como la antigua provincia de Pamplona, establecida desde 1549 por una hueste de
conquistadores venidos de España, fue dividida el 17 de abril de 1850 por una ley del Congreso en tres nuevas provincias: la de Pamplona, reducida solo a los cantones de su nombre, el de Málaga y el de la Concepción; la de [Francisco de Paula] Santander, integrada por los cantones de San José de Cúcuta, Salazar de las Palmas y el Rosario de Cúcuta, que fue inaugurada el 21 de julio siguiente con un acto de manumisión de esclavos; y la de [Francisco] Soto, conformada por los cantones de Bucaramanga, Girón y Piedecuesta, con capital en Piedecuesta. Tres años después y por decreto se separó una más, llamada [Custodio] García Rovira, formada con los cantones de La Concepción, Málaga y Fortoul (Guaca y San Andrés). Esta innovación política mejoró la gobernabilidad del Estado nacional y abrió la senda hacia la municipalización, la innovación que suprimiría para siempre la diferenciación de los poblados por estatus, ese legado de la sociedad anterior a la independencia. Pero en la provincia de Soto se vieron frente a frente dos vecindarios que aspiraban al rango de capital provincial, ambos con un número similar de efectivos y con pasado humilde: Piedecuesta había venido al mundo político como parroquia de San Francisco Javier en 1774 y Bucaramanga como pueblo de indios en 1622. El primer movimiento de este ajedrez político le dio la ventaja a Piedecuesta, escogida por el legislador como primera capital de la provincia de Soto.
La siguiente innovación política nacional provino del Istmo de Panamá, en ese entonces parte integrante de la Nueva Granada, que por una singular alineación de estrellas políticas ocurrida en 1855 consiguió en el Congreso la aprobación de un acto legislativo que creó el Estado federal de Panamá. Con ello se abrió la experiencia federal que tuvo una duración de tres décadas y en la cual las 35 provincias cedieron su lugar a nueve estados soberanos. Ese salto adelante en el proceso de integración social de la nación colombiana permitió que en 1857 viniera al mundo el Estado de Santander, constituido en Pamplona por una asamblea de los diputados de las antiguas provincias de Pamplona y el Socorro, así como por los del cantón de Ocaña, que por su libre voluntad se separaron de la provincia de Mompós. Fue allí donde se produjo una segunda jugada política, esta vez contra el conservatismo de los pamploneses. Ocurrió que la mayoría liberal de la asamblea designó a la villa de Bucaramanga como capital del Estado, dejando a Pamplona con los crespos hechos y a sus enojados vecinos quemando una efigie del publicista Manuel Murillo Toro, escogido como su primer presidente. Cuando los constituyentes se trasladaron a Bucaramanga para proseguir sus sesiones tuvieron que reunirse en el humilde local de una escuela pública, sentándose en bultos movidos para tal propósito.
La extraordinaria suerte política de los bumangueses les había concedido mucho más de lo que habían esperado: un humilde pueblo de indios devenido parroquia de San Laureano y que aprovechó la independencia para ascender a la condición de villa subalterna de Pamplona, si bien no pudo contra Piedecuesta en su aspiración a llegar a ser capital de la provincia de Soto, gracias a la mayoría liberal de la asamblea constituyente del Estado de Santander pudo llegar en 1857 a ser su capital. La minoría conservadora que controlaba a Pamplona, la ciudad mejor preparada para esa posición por su muy larga tradición administrativa, riqueza de sus elites, experiencia en una cámara provincial y hasta por contar con imprenta propia donde publicaba su gaceta oficial, fue la gran perdedora. No hay que extrañar entonces que del seno de la sociedad pamplonesa hayan salido grandes militares conservadores como Leonardo Canal y los hermanos García Herreros, conmovidos por los resultados de la ley electoral con circunscripción estatal que dejó a Pamplona sin representación titular en la primera Asamblea Legislativa de este Estado.
Pero Bucaramanga no estaba preparada en ese entonces para tan alta posición, como lo delató el primer comentario escrito de Manuel Murillo Toro cuando llegó a ella para ejercer la presidencia: «Son unos necios», dijo. Así que cuando se desató la guerra civil de 1860-1861, tan costosa para Santander y para la Administración Ospina, mientras se consolidaba el liderazgo nacional del gran general Tomás Cipriano de Mosquera se pusieron de acuerdo el presidente de Santander, general Eustorgio Salgar, y el presidente de su Asamblea Legislativa, Aquileo Parra, para trasladar (14 de septiembre de 1861) la capital del Estado al Socorro. Fue allí donde se fortaleció una de las más importantes sedes del radicalismo liberal del país y donde se inició la
construcción del Capitolio de Santander, cuyas ruinas aún puede ver el visitante a una cuadra de la plaza principal. El liderazgo regional del Socorro provenía de la segunda mitad del siglo XVIII, y solo esta villa tenía la experiencia administrativa y la elite política suficiente para enfrentar la resistencia conservadora de Pamplona. Fue allí donde se estableció la imprenta oficial y la escuela normal de institutores que le correspondía a cada uno de los estados de la Unión Colombiana, y donde se introdujo la innovación pedagógica desarrollada por Johann Heinrich Pestalozzi en su Instituto de Yverdon, junto al lago de Neuchatel (Suiza). Las tres décadas de la experiencia federal (1855-1885) fueron dominadas en el Estado de Santander por la villa del Socorro. Pero en esa época crecieron las villas de Bucaramanga y la de San José de Cúcuta, los sitios donde se concentró la inmigración extranjera y los negocios de importación y exportación, dada su posición geográfica cercana a los puertos fluviales que llevaban a los puertos atlánticos.
Los vecinos de la parroquia de San José de Guasimal habían ascendido a la categoría de villa de San José de Cúcuta por una real cédula de 1792, año en que ya podían mostrar una población de 3.855 almas. El comercio del cacao por el río Zulia hacia Maracaibo explica tan impresionante crecimiento y, pese a los daños que en los valles de Cúcuta causó la guerra de independencia, pudo esa villa recuperarse pronto y convertirse en puerto internacional e imán de una nutrida inmigración de comerciantes extranjeros. Durante el tiempo de la federación funcionó allí una aduana, protegida por una compañía de la Guardia Colombiana, y la iniciativa empresarial pasó pronto de construir un camino al puerto de Villamizar a tender una línea férrea al puerto de Los Cachos. La expansión del cultivo de café para la exportación por las rutas del Zulia y Maracaibo hizo el crecimiento acelerado de esta villa, amenazando la hegemonía que por siglos había tenido la ciudad de Pamplona sobre esa región fronteriza. Como los cultivos ingresaron a Colombia desde el Estado Táchira, en 1874 el Estado de Santander producía casi las cuatro quintas partes del café nacional. En 1876 se fundó la compañía anónima del Ferrocarril de Cúcuta mediante un contrato firmado por Vicente Herrera, secretario general del Estado de Santander, y el expresidente José María Villamizar Gallardo, quien actuó como represen-
tante legal de la compañía que había construido el camino anterior. El ferrocarril de vapor tendría la capacidad para mover 44 toneladas de peso bruto a razón de 20 kilómetros por hora en su pendiente máxima, y la compañía construiría las dos estaciones en los extremos de la línea férrea.
Mientras tanto, la villa de Bucaramanga se había convertido en receptora de capitales que permitieron el establecimiento de casas comerciales de crédito, importación y exportación, tales como Koppel & Schrader, el Banco de Santander, Hederich & Gölkel, Lengerke & Lorent, Manuel Cortissoz & Casa A. Wolff & Cía., Koppel & Schloss, Reyes González y Hermanos, la Mina Hidráulica del Suratá y Río de Oro, Minlos, Breuer & Cía. y David Puyana e Hijo. Según el monto del impuesto directo cargado sobre la riqueza declarada en 1858, los hombres más ricos de Bucaramanga en los comienzos del Estado de Santander eran Ulpiano Valenzuela, Manuel Mutis, Geo von Lengerke, Crisóstomo Parra, Eusebio García Peralta, Juan I. Valenzuela, Adolfo Harker, David y Evaristo Puyana, Marcelino Trillos, José María Valenzuela y Rafael Ordóñez. Varias boticas importadoras de medicinas europeas fueron establecidas por los inmigrantes, entre ellas la "Botica Alemana", creada en 1863 por Hugo Wiesner, y la botica "La Paz", abierta en 1875 por Víctor Paillié.
Este flujo de capitales se dirigió también hacia las grandes empresas agropecuarias dirigidas a la producción de bienes exportables, tales como el añil, el café y las quinas. Entre las haciendas comerciales más notables se contaban "La Luisiana" de Reyes González, "Sardinas" y "López" de Carlos Vogelsang y Carlos Müller; "La Granja", "Las Delicias" y "El Alto" de Rinaldo Gölkel-Jones; "Las Palmas" de Obdulio y Juan Crisóstomo Estévez; "Las Vegas" y "Guyanas" de Trino Mantilla; "San Joaquín", "Las Vegas", "La Fe" y "El Tablazo" de Minlos, Breuer & Cía.; "La Ceiba", de Guillermo Jones Benítez; "Río del pescado" de Paul G. Lorent; "Suratá", "Medios", "La Quinta" y "Vijagual" de Ulpiano Valenzuela, y "Sardinas" de Alberto Fritsch.
En sus Crónicas de Bucaramanga (1896), don José Joaquín García registró en detalle las circunstancias políticas que promovieron en esta ciudad las innovaciones económicas, sociales y técnicas, entre ellas
la introducción, por primera vez en el territorio de Santander, de la iluminación pública generada por una planta eléctrica.
La gran innovación política que cambió el destino de Bucaramanga fue su selección como capital del poder ejecutivo del Estado de Santander por el decreto dado el 24 de marzo de 1886, un resultado de la guerra civil que se libró en 1885 y que condujo a la reunión de un Consejo Nacional Constituyente que puso fin al régimen federal en los nueve estados soberanos de la Unión Colombiana. Vencido el liberalismo radical en esa guerra, los jefes del liberalismo independiente que habían apoyado al presidente Rafael Núñez se aliaron con los conservadores y el clero católico para poner fin al ordenamiento federal que regía desde la Convención de Rionegro en 1863. Se transitó al nuevo régimen de los nueve departamentos administrativos sometidos a la soberanía de la Nación Colombiana que los especialistas han conocido con el nombre de "regeneración constitucional". La villa del Socorro, una de las sedes más importantes del radicalismo liberal y capital del Estado soberano de Santander desde 1861, pagó cara la derrota en los tiempos de la Regeneración. Una vez aprobada la nueva constitución nacional que transformó los estados soberanos en departamentos administrativos, el primer gobernador del Departamento de Santander declaró en vigencia esa constitución en su jurisdicción, ratificado lo dispuesto respecto de la designación de Bucaramanga como capital del poder ejecutivo.
[Recuadro facsímil] Decreto por el cual se dispone la traslación del poder ejecutivo del Estado a la ciudad de Bucaramanga. El jefe civil y militar del Estado de Santander, Teniendo en cuenta que varios asuntos importantes del servicio público hacen indispensable la traslación, a la ciudad de Bucaramanga, del jefe civil y militar con sus respectivos secretarios, Decreta: Artículo 1. — Trasládase temporalmente el poder ejecutivo del Estado a la ciudad de Bucaramanga. Publíquese. Dado en el Socorro, a 24 de marzo de 1886. El Presidente, Antonio Roldán. El Secretario de Gobierno, Vicente Villamizar. El Secretario de Hacienda, Alejandro Peña S. El Secretario de Instrucción Pública, Felipe Sorzano.
Un clima de optimismo y entusiasmo recorrió a las gentes de Bucaramanga desde 1886, una vez que el doctor Antonio Roldán entró a su ciudad como nuevo jefe civil y militar de Santander, acompañado de sus tres prestigiosos secretarios del despacho ejecutivo —Alejandro Peña Solano, Vicente Villamizar y Felipe Sorzano— y de los empleados públicos que abandonaron su residencia en el Socorro. Para palacio del nuevo gobierno departamental eligieron una casa de dos pisos localizada en el costado norte de la primera Calle Real. Pronto se vieron los efectos de la instalación del gobierno en esta villa elegida como capital: inmigración de nuevas familias, ampliación de las operaciones comerciales, incremento del canon de arrendamiento de las habitaciones disponibles, edificación de nuevas casas, duplicación de los precios de los materiales de construcción y de los jornales y, en fin, mucho afán de novelerías e innovaciones. La circulación de papel moneda que trajo el nuevo orden político nacional también actuó como estímulo del comercio. Las calles del Comercio y de la Iglesia fueron reformadas para que los caños de aguas que corrían por en medio de ellas lo hicieran en adelante por las siguientes hacia el norte y hacia el sur, con lo cual el pavimento fue levantado para eliminar su anterior inclinación hacia el centro; se hicieron nuevos empedrados planos y se aumentó el número de faroles en las calles y en la plaza.
Cuando el doctor Roldán se marchó temporalmente de la villa pasó la jefatura civil y militar al doctor Alejandro Peña Solano, anterior secretario de Hacienda, con lo cual el 17 de septiembre de 1886 se posesionó en interinidad como primer gobernador constitucional de Santander. Dos semanas después comenzó a despachar el Tribunal Superior del distrito judicial del norte con cuatro magistrados, con lo cual la reunión de todos los poderes departamentales en la misma villa fue consumada. Un año y dos meses después regresaría el doctor Roldán para posesionarse en este empleo, conservando en el despacho de Hacienda al doctor Peña Solano y vinculando dos secretarios más de gran iniciativa: los doctores Roso Cala Rocha (Gobierno) y Aurelio Mutis (Instrucción Pública). Fue entonces cuando se emprendió la obra del puente sobre la Quebrada Seca, pospuesta por muchos años.
La innovación política introducida en Bucaramanga fue seguida por la apertura de la exposición industrial que se abrió a los curiosos en la festividad del 20 de julio de 1887. Organizada por orden del gobernador en la escuela de varones, recibió las mejores producciones enviadas desde las nueve provincias, con lo cual resultó "una verdadera fiesta del progreso" a la que contribuyeron "los miembros de todos los partidos". Se vieron allí producciones agrícolas, sustancias medicinales, trabajos de mano y tejidos, muebles de madera y artefactos, muestras de minerales, pinturas enmarcadas y antigüedades, pero también maquinarias y aparatos útiles. A la hora de la premiación fueron reconocidas las innovaciones de dos nuevas sombrererías que habían sido recientemente establecidas por los señores Guillermo C. Jones y Lorenzo Menéndez. En la primera habían comenzado a fabricarse sombreros de fieltro, pelo y nuevos materiales, tan de buena calidad que llegaron a competir con los que se importaban del extranjero por las casas comerciales. En el taller del segundo también se fabricaban sombreros de mérito, con lo cual el público elegante de la ciudad podía encontrar en ellos sustitutos de los bienes importados que necesitaban para diferenciarse en el vestido de la masa de la población que siempre había usado sombreros de jipijapa y de otras fibras vegetales.
Las grandes expectativas despertadas en Bucaramanga por su nueva posición política preeminente urgieron la introducción de innovaciones técnicas. Una de ellas comenzó a promoverse en 1887 cuando don Julio Jones se asoció con los tres señores Gölkel —Rinaldo, Jorge Antonio y Herman— para establecer en ella
el alumbrado eléctrico. El primero fue comisionado por esta sociedad para viajar a los Estados Unidos con el propósito de adquirir la planta de generación de la energía y las bombillas. Un sitio en la hacienda Chitota, junto al río Suratá, fue escogido para la construcción de las obras civiles que permitieran aprovechar una caída de agua con tal propósito. Esta sociedad obtuvo del gobierno municipal el privilegio de exclusividad para montar este tipo de empresas durante 25 años. Por otra parte, el Concejo municipal contrató al ingeniero Ángel María Otero para que estudiara la mejor opción para el establecimiento de un acueducto, tomando las aguas de la quebrada de Tona o del río Suratá, y este levantó los planos y aventuró un presupuesto de 300.000 pesos para tal empresa. Don Julio Jones permaneció ocho meses en los Estados Unidos y resolvió todo lo necesario para la adquisición de la planta y de las bombillas, así como para el traslado de todo el material al puerto de Sabanilla, desde donde subiría por el río Magdalena hasta el mejor puerto fluvial que facilitara su conducción a lomo de mula hasta su destino final.
Mientras tanto, el 20 de junio de 1888 se constituyó ante notario una nueva sociedad que establecería en el municipio de Bucaramanga el servicio de telefonía. Don Eliseo Camacho, quien ya había obtenido del Concejo el privilegio de exclusividad por 30 años, se asoció para este propósito con los señores Hermógenes Motta, José Antonio Serrano y Cayetano González. El primero de noviembre siguiente comenzó a operar la primera planta que prestaba este servicio a 35 aparatos telefónicos de abonados. La bondad de este nuevo servicio ya había sido vista por los aledaños curiosos en la comunicación telefónica privada que pocos meses antes se había establecido entre los almacenes de Cristian P. Clausen y Koppel & Schloss, pero los primeros que hablaron telefónicamente entre sí gracias al servicio de la nueva planta fueron don Eliseo Camacho y don Pedro Elías Novoa. En 1896 ya el número de abonados al servicio telefónico en el municipio era de un centenar de aparatos, cada uno de los cuales pagaba mensualmente a la empresa cinco pesos. Pero el mejor servicio prestado por esta empresa fue la extensión de las líneas telefónicas en 1893 hasta el puerto de Botijas en el río Lebrija y el puerto de Marta en el río Sogamoso, dado que allí estaban establecidas las bodegas de las mercancías que se importaban y exportaban, siendo urgentes las comunicaciones comerciales. La tasa de cada llamada a estos puertos se fijó en 20 centavos. El primero de julio de 1893 se puso en servicio la comunicación telefónica entre Bucaramanga y Floridablanca, que existía desde el primero de febrero de 1891 entre Bucaramanga y Lebrija.
La Compañía Eléctrica Anónima de Bucaramanga Limitada había estado trabajando en la planta de Chitota y en el tendido de los cables desde el regreso de don Julio Jones. Fueron instalados 30 focos de arco voltaico de 1.500 bujías, repartidos en las calles principales del municipio, que a la sazón reunía cerca de 17.000 habitantes. La fuente de la energía fue la planta generadora de corriente continua servida por un motor de turbina estadounidense de 300 caballos de fuerza, movido por una caída de agua del río Suratá, al que luego se agregó un alternador monofásico de 50 KVA. A las siete y media de la noche del 30 de agosto de 1891, estando reunidos todos los curiosos en las calles, se iluminó por primera vez Bucaramanga con luz eléctrica. Las campanas de la iglesia de San Laureano se echaron al vuelo y en los barrios fueron lanzados cohetes al cielo, las bandas de música salieron a alegrar las calles "y la multitud daba entusiastas vítores a los empresarios". El gobernador José Santos y sus secretarios, acompañados por muchas personas distinguidas, marcharon hacia la residencia de los empresarios para felicitarlos. En medio del contento general, el gobernador pronunció un discurso para agradecerles esta sorprendente innovación técnica que había sido
introducida por la iniciativa de personas particulares y agregó que se trataba de "uno de los más importantes descubrimientos inspirados por Dios a la inteligencia humana".
Tras tres noches de calles iluminadas por la electricidad, la toma de agua del río Suratá que surtía de agua al motor de turbina se derrumbó, y las rocas desplazadas por la corriente dieron contra el edificio de la planta, dañando parte de las instalaciones mecánicas y suspendiendo la generación de energía eléctrica. La reacción de los ciudadanos y del gobierno departamental ante este acontecimiento sorprendió a los empresarios por su solidaridad: los primeros ofrecieron préstamos en dinero y el gobierno anticipó los fondos previstos para la instalación de más focos en las calles. Con ocho mil pesos de nueva inversión, los empresarios volvieron a iluminar las calles el 20 de noviembre siguiente y desde el 26 de diciembre comenzó la instalación de las residencias particulares con luces de focos incandescentes, empezando por el Club del Comercio. Después de las ciudades de Bogotá y Panamá, fue Bucaramanga la tercera ciudad del país en introducir la luz eléctrica a sus calles y residencias. Esta innovación, relacionada con la de la telefonía, estaba ligada a la innovación política de 1886 que la convirtió en capital del poder ejecutivo de uno de los nueve departamentos del territorio nacional.
[Recuadro facsímil] Decreto en desarrollo de la Constitución en lo que se relaciona con el Departamento de Santander. El Gobernador del Departamento de Santander. Vista y atendida la Constitución nacional expedida por el Consejo de Delegatarios el día 4 de agosto último y sancionada con fecha 5 del mismo mes, DECRETA: Art. 1º. Desde la fecha del presente decreto declárase en vigencia en el Departamento de Santander la Constitución nacional sancionada el 5 de agosto último. Art. 2º. Considérase como Departamento de Santander el territorio que formaba el Estado del mismo nombre y que ha sido extinguido por ministerio de la misma Constitución. […] Art. 4º. Desígnase la ciudad de Bucaramanga para capital del Departamento de Santander. […] Dése cuenta del presente decreto al Poder Ejecutivo nacional y al Consejo Nacional de Delegatarios y publíquese. Dado en Bucaramanga, a 7 de septiembre de 1886. Alejandro Peña Solano. El secretario de Gobierno, Vicente Villamizar.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.