Aunque pueda creerse que el término Patria Boba es una acuñación de la historiografía del período de la primera república emancipada, lo cierto es que ya se usaba en la tercera década del siglo XIX por quienes habían participado en ella como principales protagonistas. El general Antonio Nariño, por ejemplo, menciona el término en su «Tercera Corrida» de Los toros de Fucha (1823) contra el redactor del periódico El Patriota, quien seguramente también lo usaba:
«En cuanto a balazos de San Victorino y Ventaquemada, y las viudas, huérfanos, y qué sé yo qué más, que se vieron en la patria boba, con que usted me favorece...¿Y por qué tanta cólera, señor predicador de moderación, contra un general de antaño, contra un general de la patria boba, contra un general casi olvidado...»¹.
Los historiadores de la Patria Boba, influídos por el triunfo definitivo de la tendencia centralista en la organización de la república colombiana,
1 Tercera Corrida de Los Toros de Fucha, abril de 1823. En: Archivo Nariño, 1990, VI, p. 258.
normalmente la han interpretado en términos del utopismo, la envidia y el anarquismo de las gentes de las provincias, quienes no habrían podido comprender en su momento la verdad de las posiciones políticas del general Nariño y de la élite santafereña.
Para José Manuel Restrepo, el primero de los historiadores republicanos que se ocupó del período, la principal causa de la Patria Boba que perdió la primera república fue
«que las provincias de la Nueva Granada se hubieran decidido desde 1810 por el sistema de gobierno federativo...de aquí la guerra civil entre las provincias...que impidió la Unión, paralizó las fuerzas y recursos, y hondamente arraigó los odios, la división y la discordia, preparando así un camino fácil a las armas españolas»².
La calificación de «federalismo utópico» se debe a monseñor Rafael Gómez Hoyos, quien presenta la posición de las provincias como la culpable de las pugnas internas y el olvido de la amenaza que procedía de España³.
Para los dos historiadores citados, la posición política de la provincia de Cartagena frente a la de Cundinamarca sólo es explicable en términos de la «envidia». Restrepo nos dice que
«la junta de Cartagena principió la división; ésta, por la importancia de aquella plaza y por la multitud de elementos militares que encerraba, tenía grandes aspiraciones a figurar, y miraba con ojos envidiosos que la capital fuera Santafé, según lo acreditaron los sucesos posteriores»⁴.
Siguiéndolo de cerca, Gómez Hoyos repite la tesis de los «ojos de la envidia» cartagenera:
«La Junta Superior de Cartagena dió los primeros campanazos de la división que haría imposible un gobierno nacional eficaz. Por la importancia económica, social y militar de aquella plaza, miró con ojos de envidia a la Junta Suprema de Santafé y no se resignó a soportar la superioridad de la capital...No sobra observar que también el regentismo de Cartagena, abierta o veladamente, inspira esta actitud»⁵.
2 RESTREPO, José Manuel: Historia de la revolución de Colombia. Medellín: Bedout, 1969, tomo II, p. 130.
3 Gómez Hoyos, Rafael: «La división entre las provincias». En: La independencia de Colombia. Madrid: Mapfre, 1992, p. 168.
4 Restrepo, ob. cit., I, p. 147.
5 Cfr. Gómez Hoyos, ob. cit., p. 168.
La tercera idea atribuye a las provincias simples ideas anarquizantes. Es así como Restrepo nos relata que
«principiaron también a desarrollarse otros gérmenes activos de división y anarquía: el federalismo, la rivalidad de unas provincias con otras y la de las ciudades subalternas con sus capitales. He aquí los principios desorganizadores que desde los primeros días turbaron la revolución de la Nueva Granada, y que más de una vez regaron con sangre sus fértiles campos»⁶.
Monseñor Gómez Hoyos llega incluso a incluír el Manifiesto de Cartagena, famoso texto escrito por Simón Bolívar, en esta tendencia anarquizante, pues
«sembró el morbo de las pequeñas repúblicas o parciales soberanías, y difundió las ideas federales que las embriagaron con anhelos de poder, lo cual fue origen de futuras derrotas...Don Antonio Nariño...y Frutos Joaquín Gutiérrez de Caviedes, en Santafé, señalaron el peligro de estas ideas anarquizantes»⁷.
Pero si la posición centralista de Cundinamarca, encabezada por el presidente Antonio Nariño, era la «única salvación de la patria»: ¿cómo explican entonces los historiadores el predominio de la postura federal en la mayor parte de las provincias que se emanciparon en el Nuevo Reino de Granada?
Para José Manuel Restrepo, «la falta de opinión de los pueblos en casi todas las provincias» respecto de la propuesta centralista fue agravada por la escasa energía de mando que desplegaron los jefes del gobierno instalado en Santafé:
«Influyó también poderosamente en la pérdida de la Nueva Granada la falta de energía de los diversos jefes que manejaron las riendas del gobierno. Ninguno de ellos desplegó aquellos talentos y fuerza de alma que sólo son capaces de consumar las revoluciones. Providencias medias, decretos conciliatorios y detalles de administración era lo que emanaba de la autoridad nacional, y jamás alguna de las grandes medidas que podían salvar el Estado»⁸.
6 Cfr. Restrepo, ob. cit., I, p. 147.
7 Cfr. Gómez Hoyos, ob. cit., p. 168.
8 Cfr. Restrepo, ob. cit, II, p. 130.
Frente a esta interpretación predominante en los historiadores de la Patria Boba, resultado de «la cárcel historiográfica»⁹ fabricada por José Manuel Restrepo, podemos oponer la autorizada voz del general Antonio Nariño, para quien la radical postura de las provincias contra su pretensión centralizadora se fundaba en una razón menos frívola:
«La contradicción de principios es la que nos ha llenado de dificultades al tiempo de formar nuestros gobiernos. Tendamos la vista sobre nuestro continente y veremos que ésta es la causa de los embarazos en que se hallan todos nuestros gobiernos...»¹⁰.
Hay que comenzar entonces a entender los conflictos entre las provincias durante el tiempo de la «patria boba» como contradicciones de principios o, lo que es lo mismo, como desinteligencia entre ellas, lo que no puede interpretarse como «bobería». Y es que, por principio, cada una de las provincias que integraban el Nuevo Reino de Granada actuó, en los tiempos de la emancipación, de manera diferenciada. Algunas abrazaron con energía la decisión de seguir bajo la autoridad de la Corona (Santa Marta y Pasto), otras la de romper todo vínculo con ella (Socorro, Cartagena, Pamplona, Mariquita) y otras la de esperar prudentemente el desarrollo de los acontecimientos de Cádiz. Esa identidad política diferenciada alimentó una gran cantidad de pasquines que circularon impresos o manuscritos. En 1812 circuló uno de ellos¹¹, en el que puede registrarse la percepción diferenciadora que se tenía respecto de la distinta identidad política de cada provincia. Se trata de un diálogo nocturno de un viejo con sus dos hijos, acostados sobre sus enjalmas, sobre las similitudes de las provincias del Nuevo Reino. Allí se expresaron las opiniones siguientes: la provincia de Cartagena se parecía a un aljibe, pues «si no le cae la agua del cielo, perece». La de Santa Marta se parecía a una casa de azotea, pues ya estaba desmantelada. Por su parte, la del Socorro era como «el enano del zarzo de Puente Real, que daba gritos como gigante y era un pigmeo». La de Santafé era como un gallo capón, «que picada la pechuga con ortiga saca pollos, y cuando éstos crecen lo
9 Germán Colmenares señaló que la Historia de Restrepo, «un repertorio fijo e inalterable de los hechos, susceptible sólo de reacomodarse en una interpretación diferente», es una «cárcel historiográfica que ha cerrado los caminos de la investigación a la infinitud de los hechos sociales». Cfr. La historia de la revolución por José Manuel Restrepo: una prisión historiográfica, 1986, p. 11.
10 Discurso de Nariño en el Colegio Electoral de Cundinamarca, 23 diciembre 1811. Archivo Nariño, 1990, III, p. 71.
11 Hoja anónima: Fábula sobre las provincias. Archivo del Convento de Santo Domingo, caja 33, f. 204v.
pisan». Aunque no podamos comprender a cabalidad el sentido de estas comparaciones, lo que importa destacar aquí es el hecho de que las provincias eran el fundamento de la imaginación política de los neogranadinos.
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.