Academia Colombiana de Historia

Nuevas miradas a la Campaña Liber­ta­dora

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

Textos y tes­ti­mo­nios alre­de­dor de sucesos con­tro­ver­ti­bles his­tó­ri­ca­mente en torno a la Campaña Liber­ta­dora

Parte I

Armando Martínez Garnica

La defensa de la pro­vin­cia del Casanare por un gra­na­dino ejemplar

Parte I. Armando Martínez Garnica

Desde 1817, las gentes de la pro­vin­cia del Casanare, la única que sostenía las reli­quias de los ejér­ci­tos gra­na­di­nos que habían sido des­trui­dos durante el primer semestre de 1816, fueron puestas bajo la auto­ri­dad de un gober­na­dor y un coman­dante vene­zo­la­nos, dado que el general José Antonio Páez la anexó de hecho a la pro­vin­cia de Barinas. Los coman­dan­tes llaneros estaban dis­per­sos y ene­mis­ta­dos, y solo los coro­ne­les Fran­cisco de Paula San­tan­der y Antonio Arre­dondo, así como los tenien­tes coro­ne­les Juan Nepo­mu­ceno y Vicente Uribe hacían esfuer­zos por defender la dignidad política de esa pro­vin­cia. Fue entonces nece­sa­rio empeñar un gran esfuerzo político y militar para res­tau­rarle al Casanare su auto­no­mía y res­pe­ta­bi­li­dad durante el segundo semestre de 1818 y el primero del siguiente año, no solo en el Congreso cons­ti­tu­yente de Vene­zuela sino en la campaña liber­ta­dora que vino desde Mantecal hasta Santafé. En ese proceso político jugó un papel des­ta­cado un gra­na­dino ejemplar: Fran­cisco de Paula San­tan­der. De sus acciones se ocupa esta ponencia.

El 17 de diciem­bre de 1817, exac­ta­mente dos años antes de la apro­ba­ción de la Ley Fun­da­men­tal de la Repú­blica de Colombia, tres comi­sio­na­dos del coman­dante general de las tropas de la pro­vin­cia de Casanare, el coronel Ramón Nonato Pérez ¹, repre­sen­ta­ron en Santo Tomás de Angos­tura, ante el jefe supremo del Ejército de Vene­zuela, el general Simón Bolívar, los abusos come­ti­dos en ella por el general José Antonio Páez, jefe del Ejército de Apure. Rela­ta­ron

¹ El coronel Ramón Nonato Pérez había com­ba­tido a los espa­ño­les desde 1812, había liberado dos veces al Casanare de las inva­sio­nes del canario Yáñez, y había sos­te­nido la libertad de esta pro­vin­cia hasta 1816. Cuidó las familias de los emi­gra­dos de este año y tenía gran fama de guerrero patriota en el Llano por sus vic­to­rias en Arauca, Guas­dua­lito, Chire, La Miel, Betoyes, aldea de Setenta y Mucu­ri­tas.

Nuevas miradas a la Campaña Liber­ta­dora de 1819 / Armando Martínez Garnica

que en el mes de enero de ese año las tropas del Casanare, per­se­gui­das por las tropas espa­ño­las, habían tenido que unirse al Ejército de Apure. Quedaron entonces bajo la pro­tec­ción del general Páez las familias emi­gra­das del Casanare, pero nunca ima­gi­na­ron que esa decisión per­mi­ti­ría al general Páez com­por­tarse en el Casanare “como si fuese el jefe absoluto de Vene­zuela”. Nombró solo a vene­zo­la­nos para el gobierno y la coman­dan­cia del Casanare, “sin oír la opinión de los notables de la pro­vin­cia”. Fue así como el teniente coronel Vásquez despojó del gobierno del Casanare al coronel Juan Nepo­mu­ceno Moreno, y el coronel Guerrero, segundo jefe de Apure, de la coman­dan­cia general al coronel Pérez. Las gentes de la pro­vin­cia y las tropas se alar­ma­ron con estos cambios, y estas se negaron a dejar de obedecer a Pérez y a obedecer al general Páez. Pidieron entonces inde­pen­di­zar al Casanare de la auto­ri­dad del jefe de Apure y mantener en el coronel Pérez la coman­dan­cia de armas. Por ninguna “razón de justicia, ni de con­ve­nien­cia”, podía per­mi­tirse que Casanare estu­viese sometida a Barinas, ni al ejército de Apure. Y ello porque “no hay ley que lo prevenga, no hay cos­tum­bre que lo haga tole­ra­ble, no hay razón que lo jus­ti­fi­que”. El general Páez jamás había sido reco­no­cido como jefe del Casanare, y sus gentes solo estaban dis­pues­tas a obedecer al general Bolívar, por su pro­tec­ción indis­pen­sa­ble, ya que esta pro­vin­cia había sido “el asilo más pro­por­cio­nado y más seguro para los des­gra­cia­dos gra­na­di­nos que sean per­se­gui­dos en el interior, y siempre habría que recordar que “Casanare per­te­nece a la Nueva Granada”. Resu­mie­ron sus cuatro peti­cio­nes: 1. Inde­pen­di­zar a la pro­vin­cia del Casanare y sus fuerzas del jefe del ejército de Apure. 2. Pro­por­cio­nar al Casanare auxilios para su defensa, hasta que se abriera la campaña sobre la Nueva Granada. 3. Mantener al coronel Pérez en la coman­dan­cia de la división del Casanare. 4. Res­ta­ble­cer al teniente coronel en el gobierno de la pro­vin­cia, hasta que se crea con­ve­niente su remoción por el jefe supremo de Vene­zuela ².

La res­puesta del general Simón Bolívar fue adversa a los comi­sio­na­dos: porque convenía “al servicio de la Repú­blica”, el coronel Pérez fue des­ti­tuido de su cargo, y se le ordenó pre­sen­tarse en el cuartel general de Angos­tura, donde sería tratado “con el decoro y dignidad a que su empleo y ser­vi­cios le han hecho tan acreedor”, y donde se le admi­nis­tra­ría justicia “con la mayor impar­cia­li­dad”. El

teniente coronel Miguel Vásquez fue nombrado gober­na­dor político del Casanare, y el teniente coronel Juan Galea como coman­dante general de armas. Ambos eran vene­zo­la­nos ³. No obstante, el día siguiente escribió el general Bolívar una carta privada al coronel Pérez para con­fiarle que la inde­pen­den­cia del Casanare respecto de Barinas era de “tanta justicia que no ha sido nece­sa­rio una decla­ra­to­ria siquiera”. Casanare “goza de los mismos derechos y pri­vi­le­gios que las demás Pro­vin­cias Unidas de Vene­zuela, y su gober­na­dor gozaba de absoluta inde­pen­den­cia en la admi­nis­tra­ción interior en lo civil y político. Su única subor­di­na­ción era respecto de la auto­ri­dad del jefe supremo de Vene­zuela, y del coman­dante en jefe de las pro­vin­cias del Occi­dente de Caracas (el general de brigada José Antonio Páez), al igual que las pro­vin­cias de Mérida, Trujillo y Barinas ⁴. En ese entonces el general Páez firmaba sus des­pa­chos como jefe del ejército de Apure y Casanare.

Aunque Bolívar envió al coronel fray Ignacio Mariño a con­ven­cer a Pérez de la con­ve­nien­cia de cumplir la orden de pre­sen­tarse en Angos­tura, todo indica que no lo hizo, con lo cual el general Páez lo apresó y lo envió, bajo custodia del capitán Juan Antonio Mal­do­nado, a San Fernando de Apure, donde estaba Bolívar. Pero el 20 de mayo de 1818 este escribió al general Páez para acusarle recibo del pri­sio­nero y decirle que habiendo llegado sin algún oficio que acre­di­tase el motivo de su prisión, ni los cargos que se le impu­ta­ban, le pedía informes del Casanare para avanzar en la demanda de enjui­cia­miento que le pedía Páez. Los informes que había dado Galea sobre Pérez no servían para el pro­pó­sito de juzgarlo conforme a las leyes y el decoro de su empleo, y por ello le pidió informes formales y solemnes para que nadie creyera que se le juzgaba en justicia y no por “pasión”.

El 18 de junio de 1818 el general Bolívar incor­poró a Fran­cisco de Paula San­tan­der al servicio de Vene­zuela con el grado de coronel efectivo de infan­te­ría, que era el mismo que había tenido en el ejército de la Nueva Granada, decla­rán­dole la anti­güe­dad en este rango de 31 de mayo de 1814.

² Repre­sen­ta­ción de fray Ignacio Mariño, Antonio Arre­dondo y Agustín R. Rodrí­guez al jefe supremo de Vene­zuela. Angos­tura, 17 de diciem­bre de 1817. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López, Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, tomo I (Bogotá, Andes, 1970), pp. 131-134.

³ Oficio del general Simón Bolívar dirigido al coronel Ramón Nonato Pérez. Calabozo, 22 de febrero de 1818. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López, Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, tomo I (Bogotá, Andes, 1970), pp. 135-136.

⁴ Carta del general Simón Bolívar dirigido al coronel Ramón Nonato Pérez. Calabozo, 23 de febrero de 1818. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López, Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, tomo I (Bogotá, Andes, 1970), pp. 136-137.

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Desde Angos­tura, el 22 de junio siguiente el coronel Fran­cisco de Paula San­tan­der tuvo que escribir una carta al general José Antonio Páez para jus­ti­fi­carse de la acu­sa­ción de “hombre criminal” que este le había endil­gado después de que el teniente coronel Miguel Vásquez inter­cep­tara una carta que el gra­na­dino había escrito el 29 de mayo anterior al teniente coronel Vicente Uribe, remi­tién­do­sela a Páez. Antes de conocer a Uribe, advirtió el acusado, ya sabía que Uribe era “un oficial de cono­ci­mien­tos e inte­li­gen­cia”, y que había hecho valer ante el general Páez “los derechos de Casanare para res­ti­tuirle sus antiguos fun­cio­na­rios, y no depender de pro­vin­cia (Barinas) de quien jamás había depen­dido”. Ese proceder de Uribe le había com­pla­cido por ser muy justo, y por ver “que aún quedaban gra­na­di­nos que repre­sen­ta­sen por el honor y decoro de su país, y que no se dejasen tratar como se trata a los siervos”. Vista sin pasión y con justicia la situa­ción creada por las deci­sio­nes de Páez, la pro­vin­cia de Casanare había per­te­ne­cido a la Con­fe­de­ra­ción de las Pro­vin­cias Unidas de la Nueva Granada, y había tenido “sus leyes, sus ins­ti­tu­cio­nes y sus fun­cio­na­rios”. Sin mediar un acuerdo de los pueblos no era posible abolir ni destruir esas ins­ti­tu­cio­nes, “so pena de incurrir en la misma tiranía que ejer­cie­ron los espa­ño­les”. Sostuvo que “la fuerza no da derecho alguno para destruir el sistema esta­ble­cido por la espon­tá­nea y libre voluntad de los hombres”. Aunque Casanare había buscado “pro­tec­ción en su orfandad” por nece­si­dad, no era nece­sa­rio que el general Páez hubiera pro­ce­dido a variar su sistema político, y menos a quitar los fun­cio­na­rios gra­na­di­nos antiguos para nom­brarle nuevos, y obli­garla “a obedecer leyes que no ha esta­ble­cido”. Con justicia había que pre­gun­tar: ¿Per­te­ne­ció Casanare alguna vez a Vene­zuela? Pero incluso si quisiera per­te­ne­cer a Vene­zuela: “¿hay razón y justicia para que por sí sola tome un partido sin escuchar la opinión de sus hermanas con quienes ha formado siempre un solo cuerpo?”. Sostener los derechos de la Nueva Granada al Casanare no era “cri­mi­na­li­dad”, sino los mismos sen­ti­mien­tos de un barinés, un cara­queño o un cumanés. Se trataba de “sostener el rango que se ha dado de unánime con­sen­ti­miento y defender los derechos que los pueblos reco­bra­ron por la trans­for­ma­ción”. Si el vene­zo­lano tenía el derecho a reco­no­cer la auto­ri­dad acordada por una asamblea repre­sen­ta­tiva de los pueblos en su propio país: ¿por qué no la habría de tener el gra­na­dino en el suyo? Cuando se hablaba en Vene­zuela de libertar la Nueva Granada no se trataba de echar a los espa­ño­les para impo­nerle “un nuevo yugo”, ni de obli­garlo con las armas a recibir la ley “que a título de más fuerte se le impone”, ni menos “la cons­ti­tu­ción que él no haya con­cu­rrido

a formar”. Había que entender que libertar la Nueva Granada era romper las cadenas que la tenían apri­sio­nada, para “res­ti­tuir sus pueblos al goce de sus pri­mi­ti­vos derechos”, deján­do­los “en aptitud de reformar los defectos de su sistema y de abrazar un partido que no per­ju­di­que a la libertad general de la América”. En una palabra, se trataba de formar, “con su acuerdo”, la gran nación “Gra­na­dina Vene­zo­lana”. Si hacía otra cosa quienes con­du­cían los ejér­ci­tos vene­zo­la­nos, no harían dife­ren­cia entre esa con­quista y la que habían hecho los espa­ño­les en el siglo XVI.

Este sen­ti­miento de un gra­na­dino no podía cali­fi­carse de criminal, pues sola­mente cumplía “con los deberes de ame­ri­cano, de gra­na­dino y de patriota”, repre­sen­tando los derechos del Casanare. Esta pro­vin­cia tenía que depender por algún tiempo de cual­quier potencia que la pudiera proteger y auxiliar, mientras recu­pe­raba el honor perdido por con­se­cuen­cia de las des­gra­cias de 1816. Solo pro­vi­sio­nal­mente obe­de­ce­ría las auto­ri­da­des de Vene­zuela, mientras imitaba el ejemplo de la lucha del “bravo vene­zo­lano” contra los tiranos. Repre­sen­tar los derechos del Casanare, sin excitar a la insu­bor­di­na­ción militar, tendría que juzgarse como “un acto de patrio­tismo y de honor excep­cio­nal”. Callar llevaría a ser “colonos de Vene­zuela”, solo porque de allí se recibían los auxilios, “y porque los únicos fun­cio­na­rios que se han dado a Casanare son vene­zo­la­nos”. Los vene­zo­la­nos parecían estar gober­nando al Casanare como una colonia suya cuando le nom­bra­ban fun­cio­na­rios que no querían, leyes que no habían con­cu­rrido a formar, qui­tán­do­les toda repre­sen­ta­ción y exi­gién­do­les “ciega obe­dien­cia”. El gober­na­dor que tenían no había sido elegido por ellos, ni habían nombrado a algún gra­na­dino como fun­cio­na­rio.

Mientras que todas las pro­vin­cias de Vene­zuela hacían valer sus derechos y las leyes que habían sido dadas por su Con­fe­de­ra­ción se man­te­nían inva­ria­bles, excepto en las cir­cuns­tan­cias en que habían sido dictadas por una auto­ri­dad com­pe­tente, ¿sola­mente era Casanare la que debía callar y sufrir, “porque es pro­vin­cia del Reino”? Los gra­na­di­nos tenían derecho a estar resen­ti­dos, y no cometían falta alguna en repre­sen­tar sus derechos.

En este momento his­tó­rico tenía que “con­tem­plarse vene­zo­lano”, dis­tin­guiendo lo que era razo­na­ble de lo que no lo era, y estaba con­ven­cido que el primer deber de un militar era obedecer, sobre todo porque la auto­ri­dad suprema vene­zo­lana era ejercida por un “hombre de crédito y talentos”. En el caso de que esa auto­ri­dad fuese reco­no­cida por los pueblos de la Nueva Granada, por su espontá-

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nea voluntad, como gra­na­dino tendría que obe­de­cerla y sos­te­nerla. Pero pre­ten­der obtener por la fuerza la obe­dien­cia de los pueblos que gozan de sus derechos no estaba escrito en el sagrado libro de la justicia. Cuando había dejado su país para venir a servir a Vene­zuela estaba seguro de que no ade­lan­ta­ría nada, pero su filo­so­fía personal era la de llenar sus deberes, conforme al tes­ti­mo­nio público y a su con­cien­cia. No había siquiera ascen­dido al rango de general porque la intriga del general Serviez lo había alejado del Gobierno de la Nueva Granada. Su aspi­ra­ción era sola­mente la de volver a su país cargado de expe­rien­cia, y mientras tanto servir fiel­mente la causa de Vene­zuela, “que es la causa de mi patria”. “¡Cuánto me lastima esa riva­li­dad que se nota entre gra­na­di­nos y vene­zo­la­nos en Casanare!”. Jamás la había aprobado, ni la apro­ba­ría una persona que tuviese un poco de sentido común. Nadie había sido más generoso que él en olvidar las injurias con que mil veces se había insul­tado al pueblo gra­na­dino lla­mán­dolo “cobarde, inepto, bárbaro… y en olvidar el tra­ta­miento que han recibido muchos de mis paisanos”, todo porque estaban llamados estos dos pueblos “a formar un solo cuerpo de nación”. Estaba entonces abierto a escuchar del general Páez los medios de res­ta­ble­cer la con­cor­dia, y para ponerlos en eje­cu­ción, pres­cin­diendo de los resen­ti­mien­tos que los dos pudieran tener. Aunque per­so­nal­mente había recibido alguna con­si­de­ra­ción en Vene­zuela, tenía que confesar “que a veces los pri­sio­ne­ros enemigos han sido mejor tratados que mis paisanos”. Incluso haber buscado asilo en Vene­zuela “fue mirado con burla y como un efecto de sobrada cobardía”, pues “ver a un gra­na­dino era repre­sen­tarse la idea de inep­ti­tud, de la barbarie, de la cana­lle­ría”. De la memoria de los vene­zo­la­nos había desa­pa­re­cido el recuerdo de la campaña de 1813, cuando un puñado de gra­na­di­nos bien con­du­ci­dos habían roto las cadenas que los oprimían. El encono y la pre­ven­ción se dirigía siempre contra cual­quier oficial o paisano que no hubiese nacido en Vene­zuela.

Final­mente le recordó que Casanare dependía del general Páez, y por ello Juan Galea mandaba y Miguel Vásquez gober­naba. Y de él y de sus ofi­cia­les más cercanos dependía en gran parte sofocar esa riva­li­dad. No podían olvidar que la Nueva Granada era un país poblado por casi tres millones de habi­tan­tes, y que a pesar de sus des­gra­cias no había perdido “ni su genio, ni su suelo, ni su sol”, ni estaba borrado de la carta política, y que quienes hoy se reían de sus males podrían en otro tiempo recurrir a su apoyo y desear “en-

contrar a la Nueva Granada ocupando el lugar que la natu­ra­leza le ha asignado” ⁵.

Cuando el coronel San­tan­der envió la carta al teniente coronel Uribe que fue inter­cep­tada por el gober­na­dor Vásquez ya habían ter­mi­nado las dife­ren­cias entre el general Páez y el coronel Ramón Nonato Pérez, porque el general Bolívar había acordado dictar la pro­vi­den­cia que les pondría fin. Esto explica que la firme defensa de la Nueva Granada y del Casanare deco­mi­sada llegara a manos del jefe supremo de Vene­zuela, el general Bolívar. Se produjo entonces en Angos­tura un encuen­tro entre este y el coronel gra­na­dino, en el que tuvieron que ser escu­cha­das las justas razones alegadas por San­tan­der contra el mal tra­ta­miento dado a los llaneros del Casanare por el general Páez.

Bolívar com­pren­dió que los con­flic­tos del Casanare, y el apoyo de sus gentes a una eventual campaña sobre Santafé, reque­rían de manera indis­pen­sa­ble del lide­razgo del coronel San­tan­der. Fue entonces cuando, usando sus facul­ta­des de jefe supremo, relevó al general Páez del mando sobre el Casanare. Para ello tuvo que ascender a San­tan­der al rango de general de brigada de los ejér­ci­tos de Vene­zuela, en un despacho que preparó el general Carlos Sou­blette el 12 de agosto siguiente, pero además lo nombró ese mismo día gober­na­dor y coman­dante general de la pro­vin­cia del Casanare. La repa­ra­ción a San­tan­der había comen­zado el 16 de julio anterior, cuando el jefe supremo de Vene­zuela expidió un despacho que lo hacía miembro de la Orden de los Liber­ta­do­res de Vene­zuela, auto­ri­zán­dolo para usar la venera mientras recibía la estrella. El 5 de agosto siguiente, el general Páez ascendió a Juan Nepo­mu­ceno Moreno al grado de coronel.

Desde Guayana, el 13 de agosto de 1818, el coronel vene­zo­lano Manuel Cedeño escribió al general Fran­cisco de Paula San­tan­der para feli­ci­tarlo por su ascenso o al rango de general de brigada de los ejér­ci­tos de Vene­zuela que le había dado el jefe supremo del Gobierno de Vene­zuela el día anterior, en remu­ne­ra­ción de “los sacri­fi­cios que han marcado su vida militar en la marcha de la libertad y de la inde­pen­den­cia”. Al ofre­cerle su amistad, anunció que su des­ti­na­ción al Casanare lo miraba como “un acon­te­ci­miento que va a hacer mudar la faz de aquellos negocios, pero de un modo que la Repú­blica sentirá muy pronto esta pro­mo­ción afor­tu­nada”. El Gobierno de Vene­zuela había tenido “un feliz acierto en confiar a

⁵ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y Mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, volumen I (Bogotá, Librería Voluntad, 1953), pp. 77-83.

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usted uno de los puntos que más influi­rán en la libertad y en la inde­pen­den­cia del Sur”, un reco­no­ci­miento a “su talento militar y sus cono­ci­mien­tos polí­ti­cos” ⁶.

Desde el cuartel general en Angos­tura, el 21 de agosto de 1818, el general de brigada Carlos Sou­blette, quien le había remitido el 12 de agosto anterior el despacho de nom­bra­miento, escribió ⁷ al nuevo general de brigada Fran­cisco de Paula San­tan­der para feli­ci­tarlo por el encargo especial que le había dado el jefe supremo del Gobierno de Vene­zuela: “tomar el mando del Exército de Ope­ra­cio­nes de la pro­vin­cia del Casanare, orga­ni­zarlo, aumentar sus fuerzas”. Por ello, como jefe del Estado Mayor General, le daba por escrito las siguien­tes ins­truc­cio­nes:

1. Su primer cuidado y atención sería levantar y dis­ci­pli­nar cuerpos de infan­te­ría bajo el mismo pie y fuerza de los bata­llo­nes del ejército. Para ello se le confiaba el siguiente arma­mento: 1.000 fusiles, 30 quin­ta­les de pólvora, 40 quin­ta­les de plomo, 20.000 piedras de chispa, 200 agujetas, una pequeña armería y 300 car­tu­che­ras con sus por­ta­car­tu­chos.

2. Aumentar también la caba­lle­ría, con los recursos dis­po­ni­bles en ese país para el servicio de esta arma.

3. Res­pon­sa­bi­li­zarse de la defensa de la pro­vin­cia del Casanare. Las ope­ra­cio­nes de este cuerpo de ejército depen­de­rán de su entera res­pon­sa­bi­li­dad, dada la enorme dis­tan­cia a la que estaba el cuartel general. Por ello apro­ve­chará cual­quier opor­tu­ni­dad que se le pre­sen­tare para invadir la Nueva Granada, apro­ve­chando el des­con­tento de sus pobla­do­res con el Gobierno español.

4. Res­ta­ble­cer la dis­ci­plina militar en el Casanare para el acierto de las ope­ra­cio­nes de guerra.

5. Mantener corres­pon­den­cia fre­cuente con el Estado Mayor General de Vene­zuela.

En un convoy de tres embar­ca­cio­nes que navegó río Orinoco arriba, el 22 de agosto siguiente se puso en marcha el general San­tan­der hacia el Casanare. El 17 de agosto anterior, el general Sou­blette había des­pa­chado una orden dirigida al coronel Juan Galea para noti­fi­carle su relevo del mando de coman­dante del ejército del Casanare, pidién­dole ponerse en adelante bajo las órdenes y a dis­po­si­ción del general San­tan­der.

Por su lealtad al general San­tan­der, el coronel gra­na­dino José María Vergara había sido escogido como jefe de estado mayor de su guardia de honor. Esta­cio­nado en Upatá, fue el des­ti­na­ta­rio de una carta dirigida por San­tan­der desde Angos­tura, el 21 de agosto de 1818, antes de zarpar, en la que le abrió su corazón para mos­trarle sus grandes expec­ta­ti­vas por la suerte de la Nueva Granada. “Loco” de entu­siasmo, dueño de mil fusiles y pólvora, sabiendo que al fin era “el que ordena y manda”, quisiera tenerlo a él y al coronel Antonio Morales en su Guardia Honor para que esta brillase en ins­truc­ción y dis­ci­plina, y para que lo acom­pa­ña­sen en su marcha triunfal por Casanare, Tunja, Socorro y Santafé. Advirtió que en ese momento ya tenía su proclama impresa, anun­cián­dome a esos caba­lle­ros reinosos”. Iba a datarla en el “Cuartel General de Tunja”, pero su locura lo situaba algunas veces en Santafé y otras en Zipa­quirá. Prometió escri­birle desde Casanare, Tunja, Socorro y Santafé, pues estaba seguro que Dios ben­de­ci­ría su empresa, y los dejaría reunir en Santafé, ya vic­to­rio­sos ⁸.

¿A cuál proclama dirigida a los caba­lle­ros reinosos se refería el general San­tan­der? Ni en el archivo personal de este general ni en otro archivo his­tó­rico se ha encon­trado alguna proclama impresa “que he pre­pa­rado para consolar a mis com­pa­trio­tas”, datada en el mes de agosto de 1818 y dirigida a los habi­tan­tes de la Nueva Granada. Sola­mente se conoce la proclama de Bolívar a los gra­na­di­nos del 15 de agosto de 1818, en la que les pedía reunir sus esfuer­zos a los de sus “hermanos” de Vene­zuela para liberar a la Nueva Granada, “como vosotros conmigo en los años pasados liber­tás­teis a

⁶ AGN, fondo Academia Colom­biana de Historia, serie Corres­pon­den­cia de Fran­cisco de Paula San­tan­der, caja 1, carpeta 1, folio 7r-v. Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1964, IV, p. 372. Natural de Cardonal (Cha­gua­ra­mas, Aragua), con el grado de general de división murió com­ba­tiendo en la batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821.

⁷ AGN, fondo Academia Colom­biana de Historia, serie Corres­pon­den­cia de Fran­cisco de Paula San­tan­der, caja 1, carpeta 1, folio 8r-10r. Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1964, XII, pp. 185-186. Natural de San Pedro de la Guaira, este general llegaría a ser pre­si­dente de la Repú­blica de Vene­zuela.

⁸ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, volumen I (Bogotá, Librería Voluntad, 1953), pp. 87-88. San­tan­der les había enviado a sus paisanos resi­den­tes en Londres, Jamaica y Trinidad, para que allí la publi­ca­sen, “a fin de reanimar a cuantos gra­na­di­nos residan en colonias y Europa”.

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Nuevas miradas a la Campaña Liber­ta­dora de 1819 / Armando Martínez Garnica

Vene­zuela”. La proclama conocida y dirigida a los gra­na­di­nos es la firmada por San­tan­der en Manare, el 24 de mayo de 1819: “El ilustre Bolívar apa­re­cerá triun­fante en vuestro terri­to­rio, seguido de un gran número de bravos, que han jurado no envainar su espada mientras existan tiranos… Reuníos a las tropas de mi mando, con­tri­buid vosotros mismos a liber­ta­ros” ⁹.

Antes de que el general San­tan­der llegara al Casanare ya se habían pro­du­cido dos juntas de los ofi­cia­les gra­na­di­nos del depar­ta­mento del Centro (coman­dante Santiago Béjar, capi­ta­nes Mauricio Béjar y Félix José Rangel, tenien­tes Luis Cubides, Atanasio y Nepo­mu­ceno Barragán, Con­cep­ción Aguirre y Santos Domín­guez, y ocho alfé­re­ces) y del depar­ta­mento de Santiago (en la pro­vin­cia del Casanare. La primera en Curimina, el 15 de sep­tiem­bre de 1818, y la segunda en la parro­quia de Taguana. Con­si­de­rando “la impo­lí­tica y mala direc­ción” de los jefes vene­zo­la­nos (Vásquez y Galea), y las inten­cio­nes de tras­la­dar soldados y caballos al Bajo Apure, así como la pro­puesta de que la Nueva Granada era “una parte inte­grante de la Nueva Granada”, acor­da­ron reponer en el gobierno del Casanare al teniente coronel Juan Nepo­mu­ceno Moreno ¹⁰. Repuesto de facto en la gober­na­ción y en la coman­dan­cia de armas de la pro­vin­cia del Casanare, Moreno argu­mentó que se había visto pre­ci­sado a tomar las riendas de ellas por un con­ven­ci­miento de que los coro­ne­les Vásquez y Galeano habían tomado durante un año ninguna pro­vi­den­cia para defender esta pro­vin­cia, y los pueblos deses­pe­ra­dos lo habían com­pe­lido a ello ¹¹.

Moreno envió un comi­sio­nado suyo, el teniente coronel Pedro Ignacio Vargas, ante el general Bolívar para ges­tio­nar la apro­ba­ción de lo actuado de hecho, y para que les diese como jefe al general San­tan­der o al general Urdaneta. Pero el 9 de noviem­bre el general San­tan­der se encontró con Vargas en el sitio de Bue­na­vista (Meta), y al con­si­de­rar ya inútil su comisión le hizo regresar en su compa-

ñía. Ya en su cuartel general de Gua­na­palo, desde el 27 de noviem­bre siguiente comenzó San­tan­der a girar las órdenes para subor­di­nar a Moreno, Arre­dondo y demás jefes llaneros a su auto­ri­dad. Así como el río Orinoco había sido la defensa natural de las tropas y de los migrados vene­zo­la­nos, dijo que el río Meta sería lo mismo para los gra­na­di­nos.

Como en la carpeta 4 de la caja 1 que hace parte del archivo personal del general San­tan­der que la Academia Colom­biana de Historia compró a Juan Bautista Pérez y Soto se encuen­tra un borrador de un proyecto de decreto datado en la ciudad de Pore en el año 1818, con los espacios para el día y el mes en blanco, se han cons­truido tres inter­pre­ta­cio­nes sobre su sentido. Los aca­dé­mi­cos Rodrí­guez Plata y fray Lee opinaron que era un “acta de cons­ti­tu­ción del gobierno” autónomo del Casanare desde octubre de 1818, bajo el mando del teniente coronel Juan Nepo­mu­ceno Moreno ¹². Como un abogado que reside en el Casanare lo inter­pretó como una “proclama” fun­da­dora del “cons­ti­tu­cio­na­lismo llanero”, tenemos el derecho a pre­sen­tar otra inter­pre­ta­ción: es un “proyecto de decreto” vin­cu­lado al general San­tan­der, quien esperaba la opor­tu­ni­dad para datarlo en alguna pobla­ción del Nuevo Reino de Granada (Tunja, Zipa­quirá o Santafé) con el pro­pó­sito de asegurar la auto­no­mía de la pro­vin­cia de Casanare respecto de Vene­zuela y su ads­crip­ción a la Nueva Granada.

Conforme a esta inter­pre­ta­ción, el proyecto político que subyace en este pro­yec­tado decreto era el de declarar la pro­vin­cia de Casanare como “Estado libre”. Siendo este Estado “el único de la Unión que se halla ente­ra­mente libre”, tenía el “derecho incon­tes­ta­ble para repre­sen­tar él solo toda la fede­ra­ción” gra­na­dina que había sucum­bido en 1816. Sobre esta “decla­ra­ción”, el Estado del Casanare quedaba legal­mente auto­ri­zado para tratar los negocios polí­ti­cos y mili­ta­res “con toda la plenitud de poder y de auto­ri­dad” que todos los antiguos estados de la Unión gra­na­dina habían depo­si­tado en el Congreso federal. Con estas facul­ta­des, el Estado de Casanare podía ins­ti­tuir un Gobierno pro­vi­so­rio que diri­giera los negocios públicos de la fede­ra­ción, inte­grado por una junta de cinco miembros que re-

⁹ Proclama del general Fran­cisco de Paula San­tan­der a los gra­na­di­nos. Cuartel General de Van­guar­dia, en Manare, 24 de mayo de 1819. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López. Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, Bogotá, Andes, 1970, tomo II, p. 57.

¹⁰ Acta de la junta de ofi­cia­les del depar­ta­mento del Centro de Casanare. Curimina, 15 de sep­tiem­bre de 1818. Acta de la junta ofi­cia­les del depar­ta­mento de Santiago en el cantón de Que­ba­ra­da­seca, Taguana, 29 de sep­tiem­bre de 1818. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López. Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, Bogotá, Andes, 1970, tomo I, pp. 171-174.

¹¹ Carta de Juan Nepo­mu­ceno Moreno al general Simón Bolívar. La Trinidad, 26 de octubre de 1818. En Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee López. Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, Bogotá, Andes, 1970, tomo I, pp. 187-189.

¹² Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee publi­ca­ron este borrador con tacha­du­ras en el tomo I de sus Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, Bogotá, Andes, 1970, pp. 187-189. Inter­pre­ta­ron este docu­mento como “el acta de cons­ti­tu­ción del gobierno de la pro­vin­cia de Casanare” y opinaron que no podía ser del 18 de diciem­bre de 1818, “pues el general San­tan­der nunca hace refe­ren­cia a ella”, sino de los meses de sep­tiem­bre u octubre, “pues sus términos” se rela­cio­nan con los del oficio de Juan Nepo­mu­ceno Moreno datado en Trinidad el 26 de octubre de este año.

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pre­sen­tase al Congreso y un pre­si­dente de la Nueva Granada. Como este solo podría ser elegido cuando exis­tie­sen al menos tres estados libres, mientras tanto ejer­ce­ría sus fun­cio­nes el gober­na­dor del Casanare, es decir, el general San­tan­der. Este gobierno pro­vi­so­rio levan­ta­ría y dis­ci­pli­na­ría tropas, con­fir­ma­ría los ascensos con­ce­di­dos por el capitán general Simón Bolívar a los ofi­cia­les del ejército del Casanare, estre­cha­ría la alianza entre la Nueva Granada y Vene­zuela, y reco­no­ce­ría al jefe supremo de Vene­zuela como capitán general de los ejér­ci­tos del Casanare.

Este proyecto político del general San­tan­der res­ti­tuía la dignidad de la pro­vin­cia del Casanare que había sido aplas­tada por el general Páez cuando la subor­dinó a la pro­vin­cia de Barinas y la puso bajo la auto­ri­dad de ofi­cia­les vene­zo­la­nos. Esta res­ti­tu­ción elevó su dignidad a la altura de un Estado libre, y además repre­sen­tante de un ente político que había dejado de existir desde mediados de 1816: el Congreso de las Pro­vin­cias Unidas de la Nueva Granada. La defensa política de la pro­vin­cia del Casanare era ya un hecho cumplido, y su artífice era el general San­tan­der.

Desde Caicara, el 3 de octubre de 1818, el general San­tan­der informó al general Páez que el jefe supremo de Vene­zuela lo había nombrado coman­dante de la van­guar­dia del ejército liber­ta­dor de la Nueva Granada, el cual tenía que levantar en el Casanare. Para ello llevaba buenos ele­men­tos de guerra y órdenes supe­rio­res para que todas las auto­ri­da­des del Casanare se pusieran a su dis­po­si­ción. Este nom­bra­miento era justo, pues él conocía el terri­to­rio y los pueblos del Reino, y además buena repu­ta­ción para conducir las primeras tropas que ingre­sa­rían a libe­rarlo. Reco­no­cía que las reli­quias de las fuerzas de la Nueva Granada debían en 1816 su sal­va­ción al general Páez, y esperaba que su ayuda con­ti­nuase en el futuro. Le remitió una copia de una proclama que había pre­pa­rado para consolar a sus com­pa­trio­tas, la cual había remitido a sus paisanos resi­den­tes en Londres, Jamaica y Trinidad, para que la publi­ca­sen, a fin de reanimar a todos los gra­na­di­nos ¹³.

Desde el cuartel general de Achaguas, el 30 de octubre de 1818, el general José Antonio Páez, coman­dante del Ejército del Apure, escribió dos cartas al general San­tan­der para decirle que, a la vista de la orden dada por el jefe supremo, no tenía más camino que cederle la auto­ri­dad sobre el Casanare. Aunque había mandado sus­pen­der su marcha a la desor­ga­ni­zada pro­vin­cia del Casanare porque estan-

do a cargo de ella no había sido infor­mado de la orden dada por el general Bolívar, “sin decirme tus ni mus”, le daba las gracias porque le había quitado de encima el peso de Casanare. Y le advirtió: “esta gente está ende­mo­niada, hierve en con­vul­sio­nes, y apenas Guerrero ha podido cal­mar­las”. Era difícil conocer la inten­ción de esa gente: “¿Acaso será porque es vene­zo­lano el que lo manda? Esta maldita riva­li­dad, o más bien, esta dis­tin­ción de nombres me irrita, y Dios quiera no nos traiga una guerra civil si desde ahora no nos esfor­za­mos en des­truirla”. En fin, como San­tan­der se iba a “su Casanare”, sin saber cómo saldría bien en una pro­vin­cia mise­ra­ble, “sin recursos, sin hombres, y sin nada”, que solo servía para desa­cre­di­tar a un hombre, una “pro­vin­cia envi­ciada en revo­lu­cio­nes”, le aconsejó tener cuidado con el coronel español Arre­dondo, “el corifeo de todas las tur­bu­len­cias” ¹⁴. De todos modos, el general Páez tuvo que redactar una proclama, datada en su cuartel general de Achaguas el 1° de noviem­bre de 1818, para des­pe­dirse de los “dignos habi­tan­tes del Casanare”, en virtud de su sus­ti­tu­ción por el general San­tan­der. Ella ter­mi­naba ase­gu­rando que ellos habían mejorado su fortuna con el nuevo jefe, y al darle su adiós hacía los más ardien­tes votos por su pros­pe­ri­dad ¹⁵.

El 19 de noviem­bre de 1819, desde el cuartel general de Gua­na­palo, el general San­tan­der escribió al coronel Juan Nepo­mu­ceno Moreno para comu­ni­carle su decisión de sos­te­nerlo como gober­na­dor político de la pro­vin­cia del Casanare, “a reserva de ampliarle las facul­ta­des en lo militar” cuando tuviera que ausen­tarse de ella ¹⁶. El doctor Manuel Baños le fue agregado como teniente de gober­na­dor letrado. Dos días después le pidió un informe sobre el estado de las fuerzas que existían en el Casanare, dis­cri­mi­na­das por arma, jefes y arma­mento; el estado del enemigo en el interior del Reino y sus fuerzas dis­po­ni­bles, y los recursos de la pro­vin­cia para la sub­sis­ten­cia de sus tropas. El 29 de noviem­bre siguiente pidió lo mismo al teniente coronel Arre­dondo, orde­nán­dole que ges­tio­nara de inme­diato su reco­no­ci­miento como coman­dante.

¹³ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 88-90.

¹⁴ AGN, fondo Academia Colom­biana de Historia, serie Corres­pon­den­cia de Fran­cisco de Paula San­tan­der, caja 1, carpeta 1, folio 14r-15r. Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1967, volumen X, pp. 62-63.

¹⁵ Esta proclama fue publi­cada por Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee en el tomo I de sus Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1819, Bogotá, Andes, 1970, p. 191.

¹⁶ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 95-96.

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Desde San Fernando, el 27 de noviem­bre de 1818, el coronel José María Vergara, esta­cio­nado en Angos­tura contra su parecer, y espe­rando órdenes del general Bolívar para mar­charse al Casanare, escribió al general San­tan­der para infor­marle que el coronel Antonio Morales iba en camino hacia el Casanare, comi­sio­nado para entre­garle la con­vo­ca­to­ria para el Congreso de Vene­zuela, por haber sido “invitada la pro­vin­cia de Casanare”. Esta medida repor­ta­ría con­si­de­ra­bles ventajas a la Nueva Granada, y aconsejó elegir a José María Salazar como uno de los dipu­ta­dos de esa pro­vin­cia, en con­si­de­ra­ción a sus buenas rela­cio­nes adqui­ri­das con la Casa de Little Page de Trinidad. Era una buena opor­tu­ni­dad para que la Nueva Granada con­si­guiera fusiles de la casa comer­cial del señor Princeps, puestos en Angos­tura a 9 pesos, y auxilios del señor Anderson. Envió saludos a los “amigos y paisanos”: el teniente coronel Antonio Obando, el sargento mayor Joaquín París, el teniente coronel Vicente González, el coronel Antonio Arre­dondo y demás ¹⁷.

Este mismo día llegó el general San­tan­der a Gua­na­palo, pueblo de la pro­vin­cia de Casanare, después de la larga nave­ga­ción que había comen­zado en Angos­tura. De inme­diato hizo llamar al coronel Juan Nepo­mu­ceno Moreno, quien desem­pe­ñaba el cargo de gober­na­dor pro­vin­cial, para que le diera un informe de las tropas que mandaba y hacerse cargo de ellas. Ordenó un alis­ta­miento general de hombres, su ins­truc­ción por armas, y poner la pro­vin­cia en estado de defensa res­pe­ta­ble. El 28 siguiente llegó Moreno a pre­sen­tarle el informe soli­ci­tado, con­fir­mando que la división de los ánimos había comen­zado en el pasado mes de agosto, desde que llegaron los nuevos jefes enviados por el general Páez. El coronel Arre­dondo se había negado a obe­de­cer­los y se situó en la serranía con 200 infantes, como jefe inde­pen­diente. En el terri­to­rio libre del Casanare y Llanos de San Martín solo se podía contar con 800 hombres de caba­lle­ría y 130 infantes, con­cen­tra­dos en La Laguna. La mayor parte de la caba­lle­ría estaba dispersa en partidas de gue­rri­lla, y el único sustento eran las carnes. Solo se contaba con unos mil caballos.

El coronel Antonio Arre­dondo escribió al general San­tan­der desde Zapatosa, el 28 de noviem­bre de 1818, infor­mán­dole que desde que la pro­vin­cia de Casanare había sido res­ca­tada del dominio de la pro­vin­cia de Barinas “por un corto número de deser­to­res del Bajo Apure”, todos deseaban un jefe que le guardara sus derechos y

la pusiera a salvo de los desór­de­nes inte­rio­res y de las ten­ta­ti­vas de suble­va­ción que pro­mo­vían sus enemigos. Los neo­gra­na­di­nos emi­gra­dos que allí vivían en asilo deseaban lo mismo, aspi­rando a orga­ni­zar alguna fuerza con la cual pudieran regresar a “su país” y acaso libe­rarla, pero nada avan­za­ban por “la inso­len­cia de las pasiones”, que todo lo ha ter­gi­ver­sado”. Todos habían res­pi­rado al fin al saber que ya venía en camino un jefe gra­na­dino dotado de auto­ri­dad y arma­mento por el supremo jefe Bolívar, pues pondría remedio a los dos males des­cri­tos. Un nuevo orden de cosas en el Casanare pondría fin a las “cala­mi­da­des del Llano” y al “linaje de des­tie­rro en que hemos caído”. Le dijo que el capitán Narciso Lobo Guerrero había sido enviado ante él para infor­marle sobre las causas que lo habían separado tanto del gobierno como de la coman­dan­cia general del Casanare, y las razones por las cuales había decidido traer su batallón desde Betoyes al Casanare ¹⁸.

El coronel Arre­dondo le había dicho al coronel Briceño en Manare que su batallón de infan­te­ría no le obedecía ni a él ni al general Páez. Careado, Briceño convocó a la ofi­cia­li­dad y a la tropa, en nombre de Bolívar y Páez, a unírsele quienes estu­vie­ran dis­pues­tos a obedecer las auto­ri­da­des puestas por Páez en el Casanare. Solo un oficial y 40 soldados vene­zo­la­nos lo hicieron, y los otros 400 hombres se man­tu­vie­ron fieles a Arre­dondo. Este tomó el parque y las armas y se marchó hacia Zapatosa, donde la gue­rri­lla de los Almeidas tenía alguna gente, advir­tiendo que Bolívar ignoraba cuanto ocurría en el Casanare, y que lo obe­de­ce­rían cuando estu­vie­sen seguros de sus desig­nios.

Por su parte, Juan Nepo­mu­ceno Moreno se negó a marchar al Apure y cruzó el río Meta para man­te­nerse en esas sabanas. Juan Galea fue enviado a paci­fi­car los ánimos, acom­pa­ñado del teniente coronel Pedro Fortoul, pero no con­si­guie­ron que Arre­dondo fuese a su encuen­tro. Así que Guerrero intentó tomar el mando de la gober­na­ción del Casanare, por orden de Páez, inten­tando llevarse al Apure todos los hombres que pudiese. Todas esas intrigas esperaba cal­mar­las el general San­tan­der en cuanto llegase al Casanare, pues estaba con­ven­cido de que se debían al des­con­tento y disgusto con el gobierno de ofi­cia­les vene­zo­la­nos.

El 6 de diciem­bre de 1818 ya el general San­tan­der había obtenido la obe­dien­cia de todos los jefes mili­ta­res que actuaban en

¹⁷ AGN, fondo Academia Colom­biana de Historia, serie Corres­pon­den­cia de Fran­cisco de Paula San­tan­der, caja 1, carpeta 1, folio 19r-20r. Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1970, volumen XIV, pp. 37-38.

¹⁸ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Corres­pon­den­cia dirigida al general San­tan­der, 1970, volumen I, pp. 252-253. Natural de los reinos de España, murió en la batalla de Gámeza.

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el Casanare, y a todos les advirtió que debían cesar para siempre las antiguas riva­li­da­des y disen­sio­nes, pues no iba a permitir divi­sio­nes ni tumultos entre las tropas. Su naci­miento, sus prin­ci­pios y el estado de la América y Europa lo llamaban a sacri­fi­carse por su país. Por ello esperaba el valor, celo e interés de todos sus com­pa­ñe­ros de armas.

El 8 de enero de 1818 ya pudo el general San­tan­der informar al general Bolívar, desde La Trinidad, que el Casanare se encon­traba en “un pie de defensa muy res­pe­ta­ble”, en ins­truc­ción cons­tante, y con ellas pronto comen­za­ría las ope­ra­cio­nes sobre la Nueva Granada. También estaban orga­ni­za­dos tanto el depar­ta­mento civil como de hacienda de la pro­vin­cia. Todos los ofi­cia­les, excep­tuando al coronel Arre­dondo y al sargento mayor Reynal Sas­ma­jous, eran gra­na­di­nos, des­ta­cán­dose entre ellos Juan Nepo­mu­ceno Moreno, Ramón Nonato Pérez, Ambrosio Almeyda, José Concha, Pedro Fortoul, Joaquín París, Aniceto Ramírez, Juan José Molina y Fran­cisco Javier Alfonso. Los de la “pandilla sin cuenta” de San­tan­der eran Fortoul, Concha, Almeyda, París, Arre­dondo y el coronel Antonio Morales, así como el diputado del Casanare, José María Vergara. Solo quedaba un vene­zo­lano, el coronel Jacinto Lara, porque había venido de Angos­tura acom­pa­ñando la flotilla de embar­ca­cio­nes que trajo el arma­mento y el parque cedido por el jefe supremo de Vene­zuela. Pero en febrero de 1819 este pidió a San­tan­der un pasa­porte para aban­do­nar el Casanare y volver a Vene­zuela. Al igual que Juan Galea y el coronel Concha, no había recibido aún su destino militar en el Casanare. Alarmado, San­tan­der le rogó que no se fuera, argu­men­tando que por este hecho se ganaría “todo el odio de los vene­zo­la­nos”. Bastante había sufrido ya por la injusta acu­sa­ción de odiar a los vene­zo­la­nos, sin que se pudiera pre­sen­tar un solo hecho de par­cia­li­dad por el lugar de origen de la ofi­cia­li­dad. Le prometió escuchar sus quejas, si las tuviera, para impedir su sepa­ra­ción del ejército del Casanare, pues estaba seguro de que en Vene­zuela todos dirían que “el general gra­na­dino está des­ple­gando su odio contra los vene­zo­la­nos” ¹⁹. El coronel Juan Galea, quien había estado bajo las órdenes directas del general Páez, se presentó en Pore ante San­tan­der en este mismo mes de febrero de 1819, para soli­ci­tar servicio en el ejército del Casanare, y este informó al general Páez que apro­ve­cha­ría su bravura en el caso de que efec­ti­va­mente llega-

ra la expe­di­ción española a los llanos, y que no le había dado algún destino porque había llegado muy enfermo.

El coronel Lara se quedó unos meses en el Casanare, pero su porfía obligó a San­tan­der a con­ce­derle el pasa­porte para que regre­sara al ejército de Vene­zuela, “temeroso de sufrir desaires en este país”. En opinión de San­tan­der, esos temores no tenían otro fun­da­mento que “la riva­li­dad de gra­na­di­nos y vene­zo­la­nos”, que parecían “bien exce­si­vos”. Por ello recordó al general Bolívar ²⁰ que esa riva­li­dad siempre había existido, y que “en alguna parte de Vene­zuela se aumentó hasta el último punto”. Las dos partes le habían mani­fes­tado sus quejas, de modo que ya no entendía cuáles eran las justas y cuáles las injustas, pero “lo cierto es que las pasiones no se enfrenan de un solo golpe”. Relató a su des­ti­na­ta­rio que cuando llegó al Casanare esta riva­li­dad estaba encen­dida por efecto nece­sa­rio “del tra­ta­miento que la pro­vin­cia y los gra­na­di­nos habían recibido, y que al fin produjo la insu­rrec­ción”. Como era impo­si­ble erra­di­car de raíz esta riva­li­dad, había tratado de des­te­rrarla poco a poco con bandos y órdenes, así como con su ejemplo, pues en la reor­ga­ni­za­ción del ejército del Casanare solo había atendido al mérito de los ofi­cia­les y a su capa­ci­dad de cumplir sus deberes, y “a nadie se le pregunta el lugar de su naci­miento, sino para exten­derle la filia­ción”. Prueba de su conducta eran los ofi­cia­les que habían venido del Apure a soli­ci­tar servicio bajo sus órdenes en el Casanare. Pese a su empeño, el coronel Lara había tenido pequeños dis­gus­tos con ofi­cia­les gra­na­di­nos, pero como podían ser pre­cur­so­res de otros mayores, era mejor con­ce­derle el pasa­porte para su regreso a Vene­zuela.

Advirtió que esta “riva­li­dad tan decan­tada” entre gra­na­di­nos y vene­zo­la­nos era la misma que tenían los de Barinas con los de Caracas, y la de los cara­que­ños con los de Cumaná, pero, aunque de estas no se hacía caso, de la de los primeros “se forman las mejores decla­ma­cio­nes”. Como desa­for­tu­na­da­mente los vene­zo­la­nos habían dis­tin­guido a los gra­na­di­nos con el epíteto de cobardes, y estos habían acu­mu­lado muchos resen­ti­mien­tos y pade­ci­mien­tos, era impo­si­ble borra de repente esta riva­li­dad. Recordó que en otra época el mismo general Bolívar le había dicho que los hombres eran “muy sen­si­bles al mal e indi­fe­ren­tes al bien”. Final­mente sostuvo que su celo por “los inte­re­ses polí­ti­cos de la Nueva Granada” no sig­ni­fi­caba que olvidara su gratitud con Vene­zuela, su asilo en la des-

¹⁹ Carta dirigida por el general San­tan­der al coronel Jacinto Lara. Cuartel General de La Trinidad, 6 de febrero de 1819. Publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 188-189.

²⁰ Carta del general San­tan­der al general Bolívar. Cuartel General en el Palmar, 24 de abril de 1819. Publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 244-246.

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gracia y ser la fuente del arma­mento y muni­cio­nes que usaría para dar muerte a los tiranos de sus padres y amigos, bajo la con­duc­ción del “pro­tec­tor de la Nueva Granada”.

La impe­riosa nece­si­dad de pro­tec­ción y apoyo logís­tico del ejército de Vene­zuela, la con­vo­ca­to­ria a par­ti­ci­par en el Congreso cons­ti­tu­yente de la nación vene­zo­lana, y la defensa de los inte­re­ses polí­ti­cos de la Nueva Granada en una atmós­fera de recelos entre gra­na­di­nos y vene­zo­la­nos, eran demandas con­tra­dic­to­rias que el general San­tan­der tuvo que equi­li­brar. Además de enviar dipu­ta­dos del Casanare al Congreso vene­zo­lano, algunos de los cuales fueron fir­man­tes de la segunda carta cons­ti­tu­cio­nal de esa nación, San­tan­der tramitó desde Tame, en mayo de 1819, el tes­ti­mo­nio docu­men­tal que reco­no­cía la auto­ri­dad del pre­si­dente de Vene­zuela por el ejército gra­na­dino que se había orga­ni­zado en el Casanare. Pidió que fuese publi­cado, para que todo el mundo supiese que las primeras armas listas para sostener la auto­ri­dad del Gobierno de Vene­zuela eran las del único cuerpo armado dis­po­ni­ble en la Nueva Granada.

El 20 de mayo de 1819 envió el general Bolívar al general San­tan­der la orden de estar pre­pa­rado para cooperar con sus tropas una ope­ra­ción militar sobre la Nueva Granada. Una semana después expresó este último su com­pla­cen­cia por esta orden y mani­festó que estaba listo para reunir sus tropas donde le indicase. Ya había enviado a un oficial reinoso a Sogamoso, donde tenía su familia, para ave­ri­guar sobre el estado del Reino y llevar comu­ni­ca­cio­nes para los gue­rri­lle­ros.

Parte impor­tante de la pre­pa­ra­ción de la división de Van­guar­dia del Ejército Liber­ta­dor de la Nueva Granada, cons­truida por el general San­tan­der en el ejército del Casanare, era la jura de reco­no­ci­miento y obe­dien­cia al pre­si­dente de la Repú­blica de Vene­zuela. Durante los días 13 y 19 de mayo de 1819 se orga­ni­za­ron en las plazas públicas de Manare y Tame esas cere­mo­nias. Hecha la for­ma­ción de los bata­llo­nes 1° de Líneas y 1° de Caza­do­res, el general San­tan­der, con la espada en la mano, preguntó: “¿Juráis… reco­no­cer, obedecer y respetar al exce­len­tí­simo señor general Simón Bolívar como pre­si­dente del Gobierno de la Repú­blica, entre tanto que se liberta la Nueva Granada y los pueblos esta­ble­cen libre­mente el sistema de gobierno que crean más conforme a sus derechos?”. La pro­vin­cia de Casanare y el cantón de San Martín, con el ejército formado desde noviem­bre del año anterior, en reco­no­ci­miento de la “orfandad política a que la ocu­pa­ción de la Nueva Granada” les

había reducido, por un acto de nece­si­dad reco­no­cían al gobierno de Vene­zuela, que se había hecho cargo de libe­rarla. Dando ejemplo, el general San­tan­der renovó sus votos de “obe­dien­cia, sumisión y respeto al gobierno vene­zo­lano” ²¹.

La par­ti­ci­pa­ción del Casanare en el Congreso cons­ti­tu­yente de Vene­zuela

Al comenzar el mes de febrero de 1819 recibió el general San­tan­der el Regla­mento elec­to­ral (redac­tado el 17 de octubre de 1818) de la con­vo­ca­to­ria de dipu­ta­dos para el Congreso cons­ti­tu­yente de Vene­zuela. Aunque durante el segundo semestre del año anterior había jugado este general con la carta política del Estado libre del Casanare, como repre­sen­tante del Congreso de las Pro­vin­cias Unidas de la Nueva Granada, ahora tenía que resolver el problema político de la pre­sen­cia del Casanare en un congreso de las pro­vin­cias de Vene­zuela. ¿En cuál con­di­ción podría asistir? En su carta al general Páez del 9 de febrero apenas sugirió que “por ahora” el Casanare con­cu­rri­ría. El día siguiente giró ins­truc­cio­nes a su teniente de gober­na­dor para que orga­ni­zara las elec­cio­nes entre las familias de los cantones de El Palmar y de Charte, mani­fes­tando a los elec­to­res que deberían votar por “ciu­da­da­nos de aptitud, de luces y de un interés por la Nueva Granada, pues en el congreso general de Vene­zuela se han de tratar negocios muy arduos e impor­tan­tes”. Era nece­sa­rio que los dipu­ta­dos de Casanare dieran “honor a la Repú­blica Gra­na­dina”, eli­giendo “personas que sean ciu­da­da­nos de la Nueva Granada” ²². El 12 y 13 de febrero giró las mismas ins­truc­cio­nes a los jueces mayores de los cantones del Norte y del Meta, y al coronel Concha, jefe del escua­drón esta­cio­nado en el depar­ta­mento de Chita.

²¹ Cer­ti­fi­ca­ción de la rea­li­za­ción de la cere­mo­nia de reco­no­ci­miento de la auto­ri­dad del pre­si­dente de Vene­zuela por los ofi­cia­les y soldados del Ejército del Casanare, firmada por el teniente coronel Antonio Morales, subjefe interino del Estrado Mayor General. Cuartel General de Tame, 18 de mayo de 1819. Publi­cada por Horacio Rodrí­guez Plata y fray Alberto Lee en el tomo I de sus Docu­men­tos sobre la Campaña Liber­ta­dora de 1829, Bogotá, Andes, 1970, pp. 422-424.

²² Carta dirigida por el general San­tan­der al teniente de gober­na­dor desde el Cuartel General de Pore, 10 de febrero de 1819. Publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, p. 193.

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En esta pers­pec­tiva, Casanare asis­ti­ría no como pro­vin­cia de Vene­zuela, sino como Estado libre y repre­sen­tante de la Repú­blica de la Nueva Granada. La auto­no­mía de la pro­vin­cia del Casanare exigía llegar a ese congreso en calidad de “invitada”. Y esta fue efec­ti­va­mente la estra­te­gia que decidió el paladín de los gra­na­di­nos en esa situa­ción tan riesgosa. La habi­li­dad política del general San­tan­der había quedado demos­trada, haciendo honor a las palabras del coronel Cedeño, quien había dicho que el nom­bra­miento de este jefe gra­na­dino como jefe del Casanare era un reco­no­ci­miento a “su talento militar y sus cono­ci­mien­tos polí­ti­cos”.

Como el Regla­mento elec­to­ral había asignado al Casanare cinco dipu­ta­dos ante el Congreso cons­ti­tu­yente de Vene­zuela, “para mejor con­sul­tar aquel Depar­ta­mento la eman­ci­pa­ción y libertad de la Nueva Granada”, las vota­cio­nes que se rea­li­za­ron en todos los depar­ta­men­tos del Casanare, en las cuales par­ti­ci­pa­ron 1.012 ciu­da­da­nos, escru­ta­das en la casa del general San­tan­der de Pore, el 29 de marzo de 1819, arro­ja­ron la esco­gen­cia de los cinco dipu­ta­dos prin­ci­pa­les siguien­tes: doctor Fran­cisco Antonio Zea, doctor José María Salazar, coronel José María Vergara, teniente coronel Vicente Uribe y coronel Ignacio Mariño. Los cinco dipu­ta­dos suplen­tes que fueron elegidos fueron: teniente coronel Antonio Morales, doctor Ignacio Muñoz, Fran­cisco Escobar, doctor Fran­cisco Javier Yanes y pres­bí­tero Domingo Antonio Vargas ²³.

Desde el cuartel general de La Laguna, San­tan­der giró el 8 de abril de 1819 ins­truc­cio­nes al diputado Vergara: “no deje que nos impongan la ley los repre­sen­tan­tes de 600 almas”, aunque se diga que “Nueva Granada y Vene­zuela están incor­po­ra­das de hecho”, ya que nadie sabía “de dónde y por qué sea esa incor­po­ra­ción”. Solo debía asistir a algunas sesiones, luego pedir una licencia, y regre­sarse aunque fuese a pie. Le pidió vigilar de cerca al coronel Lara, quien se había marchado final­mente al ejército de Vene­zuela, pues “algo podrá decir contra nosotros”. Debía estar a la mira para dar aviso y “defen­der­nos”, y cuando escri­biese acerca de ese oficial debía nom­brarlo con la expre­sión “correo de las brujas”, para que nadie enten­diese de quién se trataba ²⁴.

Al informar al jefe supremo de Vene­zuela sobre el resul­tado de la elección de dipu­ta­dos del Casanare al Congreso de Vene­zuela,

San­tan­der volvió a rei­te­rarle su palabra de “obedecer cie­ga­mente al gobierno de Vene­zuela”, pero “entre tanto se res­ta­blece el de la Nueva Granada” ²⁵. En una comu­ni­ca­ción dirigida al coronel vene­zo­lano Pedro Briceño Méndez desde la Hacienda Tame, el 1° de junio de 1819, San­tan­der le expresó la difi­cul­tad de reunir en una sola nación a vene­zo­la­nos y gra­na­di­nos, dados los resen­ti­mien­tos acu­mu­la­dos entre los ofi­cia­les y soldados. La pre­ten­dida unión, con la cual estaba de acuerdo, tendría que hacerse de tal modo que la Nueva Granada no quedase en posición de “un país colonial”, y que la gloria de Vene­zuela no cargase con “una mancha eterna”, y que Bolívar podría ser la persona que se podría poner al frente de esa gran nación, porque nadie tenía motivo de queja contra él, y en cambio todos le debían reco­no­ci­miento y gratitud. En cuantas oca­sio­nes algunas personas vene­zo­la­nas de alto rango insul­ta­ban a toda la Nueva Granada por su des­gra­ciada suerte del año 1816, de las cuales fue testigo, sola­mente el general Bolívar trataba de sostener el honor de los gra­na­di­nos. Con razón podía decir que él no podía ser culpado de haber con­tri­buido a esa funesta riva­li­dad entre gra­na­di­nos y vene­zo­la­nos ²⁶.

Los primeros dipu­ta­dos del Casanare que llegaron al Congreso reunido en Santo Tomás de Angos­tura, el 12 de junio de 1819, fueron el coronel José María Vergara y el teniente coronel Vicente Uribe. Para entonces Fran­cisco Antonio Zea, quien presidía el Congreso, había pasado de ser diputado de Caracas a ser diputado del Casanare. Tan pronto fue pose­sio­nado, en la sesión 93, el diputado Vergara pidió la palabra para leer un discurso que traía pre­pa­rado sobre la mejor manera de reunir en una sola nación la capi­ta­nía general de Vene­zuela y el virrei­nato de Santafé. Alegó que esta unión no podría ser “como la de un país con­quis­tado, o cedido en calidad de dote”, sino por medio de la expresa voluntad de los habi­tan­tes de ambos países, “con­ven­ci­dos de la recí­proca utilidad que debe resul­tar­les”. Como el debate del proyecto de cons­ti­tu­ción que se estaba dando requería del respeto al derecho de la Nueva Granada a ser con­sul­tada respecto de su voluntad, era preciso sus­pen­der esta cons­ti­tu­ción hasta que se pudieran reunirse los repre­sen­tan­tes de la mayoría de las pro­vin­cias de la Nueva Granada. Además, había que pres­cri­bir una conducta “política, fra­ter­nal y generosa” a los

²³ Ángel Rafael Almarza Villa­lo­bos. Los inicios del gobierno repre­sen­ta­tivo en la Repú­blica de Colombia, 1818-1821, Madrid, Marcial Pons, 2017, p. 69.

²⁴ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 236-237.

²⁵ Carta del general San­tan­der al general Bolívar. Cuartel General en el Palmar, 22 de abril de 1819. Publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 242-243.

²⁶ Carta publi­cada por Roberto Cortázar en Cartas y mensajes del general Fran­cisco de Paula San­tan­der, Bogotá, Librería Voluntad, 1953, volumen I, pp. 258-260.

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jefes de las tropas que irían a liberar los terri­to­rios ocupados por los espa­ño­les. Pero también ellos debían estar obli­ga­dos a reponer pro­vi­sio­nal­mente los gobier­nos de las pro­vin­cias que fuesen libe­rando, tal como los habían tenido en 1816.

Pidió entonces que la carta cons­ti­tu­cio­nal que se estaba deba­tiendo debería ser sus­pen­dida “hasta que puedan tomar parte en ella los pueblos de la Nueva Granada; a que se res­ta­blezca el gobierno pro­vin­cial que se esta­ble­ció cuando se vieron libres del yugo español” ²⁷. En su lugar, podía suplirse con un regla­mento pro­vi­sio­nal de gobierno. Siguiendo ins­truc­cio­nes del general San­tan­der, reco­mendó a los ofi­cia­les y tropas de “ambos Estados” observar en adelante mode­ra­ción y recí­proca armonía, y pidió discutir sus pro­pues­tas en la siguiente sesión.

Durante el curso de la siguiente semana, durante las sesiones 94 y 95 y 97, fueron some­ti­das a debate las dos pro­pues­tas que había llevado el diputado Vergara: sus­pen­der el proyecto de cons­ti­tu­ción hasta que estu­vie­sen pre­sen­tes más dipu­ta­dos de las pro­vin­cias de la Nueva Granada, y reponer en los pueblos de la Nueva Granada que se fueran libe­rando el gobierno que tenían en el año 1816. Al final de ellas fue acordado que se le encar­gaba la redac­ción de un proyecto de ley que reco­giese las obser­va­cio­nes que le habían hecho los demás dipu­ta­dos. Insistió Vergara en que se resol­vie­ran sus dos peti­cio­nes en la sesión 100, y durante la siguiente, del 22 de junio, fue acordado que pre­via­mente se hiciera un mani­fiesto relativo a la impor­tan­cia de la unión entre Vene­zuela y Nueva Granada, y sobre las bases en que esta debía fundarse, el cual fue encar­gada a una comisión de tres dipu­ta­dos, entre ellos el teniente coronel Uribe. En esa misma sesión, propuso el vice­pre­si­dente Zea que el diputado Vergara, poseedor de las lenguas inglesa y francesa, debía marchar con la comisión que había sido des­pa­chada a Londres para ges­tio­nar un emprés­tito y auxilios para la causa vene­zo­lana. Y así fue como los con­gre­sis­tas vene­zo­la­nos se libraron de la pre­sen­cia de Vergara, quien acom­pa­ñado del diputado Peñalver marchó a Londres en misión diplo­má­tica.

El 15 de agosto de 1819, cuando los dipu­ta­dos del Congreso cons­ti­tu­cio­nal de Vene­zuela estam­pa­ron su firma en carta cons­ti­tu­cio­nal final­mente aprobada, firmaron como dipu­ta­dos por la pro­vin­cia del Casanare dos de los que eran titu­la­res: el doctor Fran­cisco Antonio Zea y el teniente coronel Vicente Uribe. Habían estado

allí como “invi­ta­dos”, porque afor­tu­na­da­mente la pro­vin­cia que repre­sen­ta­ban no fue recla­mada por los cons­ti­tu­yen­tes de Vene­zuela a la hora de deli­mi­tar el terri­to­rio nacional, de acuerdo al prin­ci­pio uti posi­de­tis.

²⁷ Acta 93 del Congreso cons­ti­tu­yente de Vene­zuela. Angos­tura, 12 de junio de 1819.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.