Biblioteca de Historia

Jamás ha llovido reyes el cielo… De inde­pen­den­cias, revo­lu­cio­nes y libe­ra­lis­mos en Ibe­ro­a­mé­rica

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

Una guía de foras­te­ros del Virrei­nato de Santa Fe para el año 1810

Durante la segunda mitad del siglo XVIII comen­za­ron a publi­carse en el Nuevo Reino de Granada los alma­na­ques o Kalen­da­rios manuales de los años trans­cu­rri­dos desde la encar­na­ción del Señor Jesu­cristo. En ellos se con­ta­bi­li­za­ban los años corridos desde la creación del mundo, la ocu­rren­cia del diluvio uni­ver­sal, la fun­da­ción de Roma, España y Madrid, del des­cu­bri­miento de América y de la fun­da­ción de la ciudad de Santa Fe, del acto de la correc­ción gre­go­riana del calen­da­rio, del comienzo del pon­ti­fi­cado del Papa en fun­cio­nes y del comienzo del reinado del católico monarca en vigencia, así como desde el comienzo de los gobier­nos del virrey y del arzo­bispo que a la sazón admi­nis­tra­ban los gobier­nos temporal y espi­ri­tual del Reino.

El Kalen­da­rio del año del Señor de 1780 circuló amplia­mente en el Nuevo Reino en formato de medio pliego, sumi­nis­trando infor­ma­ción sobre los santos patrones de cada día, las fiestas movibles, témporas y de precepto que debían guar­darse. Cada día de la semana se marcaba con su número y santo patrono, así como con un símbolo que señalaba los días de fiesta entera, los que podían ser tra­ba­ja­dos con con­di­ción de oír misa antes o después de las labores, los feriados, así como los días en que se sacaban almas del Pur­ga­to­rio o en que se podían ganar indul­gen­cias ple­na­rias si se visi­ta­ban cinco iglesias o altares, teniendo a la mano la bula de la Santa Cruzada. También se marcaban con cuatro signos los días en que empezaba una nueva fase de la luna (llena, men­guante, nueva y cre­ciente), una infor­ma­ción muy per­ti­nente para todos los cam­pe­si­nos que debían pro­gra­mar siembras, podas y cosechas.

Gracias a estos alma­na­ques, que muy pronto inclu­ye­ron infor­ma­ción sobre la ocu­rren­cia de los eclipses y del movi­miento admi­nis­tra­tivo de los tri­bu­na­les de justicia, jubileos, ben­di­cio­nes papales, besa­ma­nos del virrey y del arzo­bispo, cada día del año cobró per­so­na­li­dad propia entre la comu­ni­dad de los vasallos cris­tia­nos del Nuevo Reino de Granada, con­fi­rién­dole un sentido a la vida coti­diana y orien­tando las acti­vi­da­des

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cam­pe­si­nas y urbanas. Fijado en una de las paredes de la casa de habi­ta­ción, o en las manos cau­te­lo­sas del jefe del hogar, cada persona inte­re­sada podía con­sul­tar a dis­cre­ción el sentido de cada día y orga­ni­zar su asis­ten­cia a las misas y pro­ce­sio­nes solemnes, cumplir con el deber de salvar su propia alma y la de sus fami­lia­res falle­ci­dos, pero también calcular las labores del campo. Incluso podía contar con la segu­ri­dad coti­diana que daba el poder contar con el apoyo celes­tial que daba la inter­ce­sión del santo patrón del día, a quien se podía invocar desde el alba.

Al menos dos neo­gra­na­di­nos se ocuparon de com­ple­men­tar estos alma­na­ques con una guía de foras­te­ros. Querían ofrecer a quienes llegaban a la sede de la real corte virrei­nal infor­ma­ción sobre todos los fun­cio­na­rios civiles y ecle­siás­ti­cos, sobre los abogados y pro­cu­ra­do­res de oficio que podían repre­sen­tar­los ante los estrados de la Real Audien­cia o ante la curia arqui­dio­ce­sana, y también sobre el estado admi­nis­tra­tivo y militar del reino. Don Joaquín Durán y Díaz publicó su guía sobre el Estado general de todo el Virrei­nato de Santa Fe de Bogotá en el presente año de 1794, y dando cum­pli­miento a la comisión dada por el virrey Amar, el doctor Antonio José García de la Guardia publicó doce años después, en la real imprenta que admi­nis­traba don Bruno Espinosa de los Monteros, su Guía de foras­te­ros para el año de 1806. Como contador general de los diezmos y admi­nis­tra­dor de las rentas anuales del Arzo­bis­pado de Santa Fe, Durán y Díaz estaba en posición para conocer todos los curatos de su juris­dic­ción, los abogados y la admi­nis­tra­ción política del reino, y de cumplir así satis­fac­to­ria­mente la real orden dada en 1804 para que fuese escrita esta guía.¹

Sobre el esquema jerar­qui­zado de dis­tri­bu­ción de los fun­cio­na­rios, tanto del orden secular como del ecle­siás­tico, pues el orden social del Antiguo Régimen político se fundaba en la dis­tin­ción y en los pri­vi­le­gios jerar­qui­za­dos de todos los grupos sociales, cinco his­to­ria­do­res colom­bia­nos –Daniel Gutié­rrez Ardila, Roberto Luis Jara­mi­llo Velás­quez, María Teresa Ripoll, Zamira Díaz López y quien escribe– unieron sus esfuer­zos para ofrecer una Guía de foras­te­ros del Nuevo Reino de Granada para el año de 1810, una especie de quién es quién para este año revo­lu­cio­na­rio. Como se sabe, este fue un año especial en el reino por el rápido cambio que acaeció desde su mes de mayo, cuando comenzó a hablarse de una trans­for­ma­ción política ori­gi­nada por la mayor crisis expe­ri­men­tada por la monar­quía de los Borbones en España y sus dominios ame­ri­ca­nos. Para ilustrar a cual­quier foras­tero de ese entonces, esta guía pro­por­cionó en su primera parte una imagen buro­crá­tica general del Virrei­nato de Santa Fe hasta el mes de julio del año de la trans­for­ma­ción política, dando a con­ti­nua­ción y en su segunda parte la imagen ins­ti­tu­cio­nal resul­tante de dicho cambio en la juris­dic­ción de la Real Audien­cia de Santa Fe. En la primera parte se acumuló la infor­ma­ción bio­grá­fica per­ti­nente de cada fun­cio­na­rio iden­ti­fi­cado, y en la segunda parte sola­mente la que corres­ponde a los fun­cio­na­rios que emer­gie­ron durante la crisis política de 1810. Se comprobó una vez más la carac­te­ri­za­ción de María Teresa Ripoll (2006), “revo­lu­ción política sin reno­va­ción social”, pero también se vio que existió la opor­tu­ni­dad para que abogados y ofi­cia­les jóvenes pudieran trepar con mayor rapidez a las posi­cio­nes buro­crá­ti­cas abiertas ini­cial­mente por el proceso de la eclosión juntera y, después de 1811, por los estados pro­vin­cia­les que fueron erigidos en los con­gre­sos elec­to­ra­les y cons­ti­tu­yen­tes.

Se trató de cons­truir una fuente de consulta para la reso­lu­ción de diversas inquie­tu­des sobre la iden­ti­dad de las personas que ejercían la auto­ri­dad durante el año del comienzo del proceso de la inde­pen­den­cia, con­ser­vando el voca­bu­la­rio ins­ti­tu­cio­nal y el tono res­pe­tuoso de los vasallos cuando hablaban de los fun­cio­na­rios de los órdenes secular y espi­ri­tual en el Virrei­nato de Santa Fe. Los resul­ta­dos, publi­ca­dos durante el año 2010 en una coe­di­ción de las uni­ver­si­da­des del Rosario e Indus­trial de San­tan­der, se ofrecen a con­ti­nua­ción en una versión resumida.

LA CORTE VIRREI­NAL

El virrey Antonio Amar y Borbón presidía toda la corte virrei­nal en Santa Fe. Natural de Zaragoza, era además gober­na­dor y capitán general del Nuevo Reino de Granada, pre­si­dente de su Real Audien­cia, supe­rin­ten­dente general de la Real Hacienda y rentas estan­ca­das, y sub­de­le­gado de la renta de correos. Nombrado por real decreto del 26 de julio de 1802, cuando desem­pe­ñaba la Coman­dan­cia General de Gui­púz­coa, el 17 de sep­tiem­bre de 1803 se pose­sionó como el décimo tercer virrey. Estaba casado con la ara­go­nesa María Fran­cisca de Villa­nova, hija de un acau­da­lado comer­ciante.

El secre­ta­rio de cámara del virrei­nato desde los tiempos del virrey Men­di­nueta era el teniente coronel de Infan­te­ría José Ramón de Leyva, natural de Car­ta­gena de Levante, quien había recibido este empleo por sus ser­vi­cios en el sitio de Gibral­tar y toma del castillo de San Felipe. El oficial mayor era el bachi­ller don Ignacio Sánchez de Tejada, quien estaba en la penín­sula y había asistido a las Cortes de Bayona como diputado de este reino, jugando un papel inte­re­sante en la amplia­ción del proyecto de estatuto cons­ti­tu­cio­nal que Napoleón Bona­parte había

[Nota al pie 1] Durante el año 1838 se publicó el Alma­na­que político y mer­can­til de la Nueva Granada para el año de 1838, Bogotá, Imprenta de Lleras y compañía, BNC, Pineda 37, 1838, No. 2, y durante el año 1837 el Alma­na­que nacional o guía de foras­te­ros de la Nueva Granada, impreso por J. A. Cualla, 1837.

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entre­gado a la dis­cu­sión de esa reunión de espa­ño­les. Cuatro ofi­cia­les más y cuatro escri­bien­tes com­ple­ta­ban este despacho de cámara, auxi­liado por una escri­ba­nía mayor de gobierno y guerra. Desde 1797 el asesor general del virrei­nato era el oidor hono­ra­rio de la Audien­cia de Charcas, don Anselmo de Bierna y Mazo, san­tan­de­rino, quien años atrás había sido teniente de gober­na­dor y auditor de guerra en Car­ta­gena de Indias.

La Real Audien­cia de Santa Fe, pre­to­riana desde su origen y ahora virrei­nal, era pre­si­dida por el virrey y contaba desde 1809 con Fran­cisco Manuel de Herrera como regente. Los oidores eran sola­mente cuatro en este año: Juan Her­nán­dez de Alba (decano), Fran­cisco Cortázar, Joaquín Carrión y Moreno, y Juan Jurado de Laínez. El fiscal de lo civil era Diego García de Frías y el fiscal del crimen (además de pro­tec­tor de indios) era Manuel Martínez Mancilla. Actuaba como alguacil mayor Juan José Gil Martínez Malo, y la nómina se com­ple­taba con dos agentes fiscales, uno de lo civil (Fran­cisco Javier de Vergara Azcárate y Caicedo) y otro de lo criminal (Frutos Joaquín Gutié­rrez de Caviedes), dos escri­ba­nos de cámara, un can­ci­ller, un tasador general, un padre de menores y dos porteros. Ante los estrados de la audien­cia acudían los abogados titu­la­dos que habían sido reci­bi­dos en ella: la lista de los que estaban activos en la ciudad de Santa Fe este año ascendía a 83, a los que hay que agregar los 108 que residían en las demás pro­vin­cias del reino. Estaban matri­cu­la­dos en la audien­cia ocho pro­cu­ra­do­res de número, tres recep­to­res, dos escri­ba­nos del número y seis escri­ba­nos reales. Los juzgados espe­cia­les eran tres: el de bienes de difuntos, el de censos y cajas de comu­ni­da­des de indios, y el de tierras baldías. Cada uno de ellos contaba con un juez, fiscal, contador, defensor y escri­ba­nos. Una Real Junta del Monte Pío de Minis­tros era dirigida por el oidor Juan Her­nán­dez de Alba y se inte­graba por dos pro­tec­to­res vocales, un contador oficial real, el supe­rin­ten­dente de la Real Casa de Moneda de la ciudad, un secre­ta­rio contador, un tesorero y un oficial, tres vocales, un admi­nis­tra­dor y un escri­bano.

En Car­ta­gena de Indias actuaba el Real Tribunal del Con­su­lado de Comercio, cuyo juez de alzadas era el gober­na­dor José Montes. Contaba con un prior y dos cónsules, cada uno con su res­pec­tivo teniente, un asesor, un escri­bano y dos porteros. Este cuerpo era regido por una Junta Eco­nó­mica de Gobierno que incor­po­raba además a ocho con­si­lia­rios y sus tenien­tes, un secre­ta­rio, un contador, un tesorero, y sus res­pec­ti­vos ofi­cia­les. En Santa Fe actuaba un Juzgado de Alzadas para ella y las pro­vin­cias inte­rio­res del virrei­nato, así como una dipu­ta­ción consular.

Las ins­ti­tu­cio­nes virrei­na­les se com­ple­ta­ban con la Real Expe­di­ción Botánica, ori­gi­nal­mente dirigida por José Celes­tino Mutis pero después de su muerte codi­ri­gida por sec­cio­nes: la de botánica por su sobrino Sin­fo­roso Mutis Con­sue­gra, la de astro­no­mía por Fran­cisco José de Caldas Tenorio y la de zoología por Jorge Tadeo Lozano. En calidad de meri­to­rio estaba agregado Fran­cisco Antonio Zea, quien se encon­traba en la penín­sula y había par­ti­ci­pado en las Cortes de Bayona como diputado del Reino de Gua­te­mala. Agre­ga­dos en calidad de volun­ta­rios estaban Enrique Umaña Barragán para la sección de Mine­ra­lo­gía y don Miguel de Pombo para la sección de Botánica. Dos ofi­cia­les de pluma y una oficina de pintores servían este cuerpo cien­tí­fico, que se com­ple­taba en las pro­vin­cias con socios corres­pon­dien­tes.

LA CIUDAD DE SANTA FE

Cabecera del Nuevo Reino de Granada y sede del virrei­nato, la ciudad de Santa Fe contaba con un cabildo justicia y regi­miento que en este año era pre­si­dido por José Miguel Pey (alcalde ordi­na­rio de primer voto) y Juan Antonio Gómez Pascual (alcalde ordi­na­rio de segundo voto). El regidor alférez real era Bernardo Gutié­rrez, el regidor decano y perpetuo era Fernando Benjumea, también regidor perpetuo era Juan Nepo­mu­ceno Rodrí­guez del Lago, y ocupaban sus sillas nueve regi­do­res anuales: José Acevedo y Gómez, Fran­cisco Suescún, José Joaquín de Urdaneta, Jerónimo Gutié­rrez de Mendoza y Galavís, Ramón de la Infiesta Valdés, Juan Manuel Torrijos, Vicente Rojo, José Joaquín Álvarez y Lorenzo de Marro­quín. Era regidor alcalde mayor pro­vin­cial José María Domín­guez del Castillo, regidor fiel ejecutor José Vicente de Ortega y síndico pro­cu­ra­dor general Ignacio de Herrera y Vergara. Actuaba como asesor José Joaquín Camacho y Lago, como capellán Juan Agustín Estévez Ruiz de Cote, como mayor­domo de propios Juan Laviña y como secre­ta­rio Eugenio Martín Melendro. Este cabildo nombraba alcaldes de campo para los barrios de Santa Bárbara, Egipto, San Vic­to­rino y San Diego; un corre­gi­dor para Bogotá y alcaldes par­ti­da­rios para Faca­ta­tivá, Usaquén, Tabio, Chía, Sesquilé, Chocontá, Suesca, Bojacá, Zipa­quirá, Gachetá y Machetá. Una junta muni­ci­pal del ramo de Propios com­ple­taba la nómina de este cuerpo.

Fun­cio­naba en esta ciudad la única uni­ver­si­dad de todo el Nuevo Reino, pri­vi­le­gio ganado por la Orden de Pre­di­ca­do­res desde el siglo XVII, que era la Real y Pon­ti­fi­cia Uni­ver­si­dad en el Colegio de Santo Tomás de Aquino. Era rector y regente fray Mariano Garnica y vice­rrec­tor fray José de Jesús Saavedra. El director de la Academia de Santo Domingo era fray Pablo Lobatón y los con­si­lia­rios eran cuatro: fray Juan Antonio de Bue­na­ven­tura, fray Luis María Téllez, el Dr. Eus­ta­quio Galavís y el Dr. Tomás Tenorio y Carvajal. Se ofrecían allí las cátedras de Teología, Moral, Meta­fí­sica, Física, Lati­ni­dad, Lógica y Retórica.

Operaban también dos colegios mayores: el de Nuestra Señora del Rosario y el de San Bar­to­lomé. El primero, del real patro­nato, era regen­tado

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.