Colección Martínez Garnica

Sermones patrió­ti­cos en el comienzo de la Repú­blica de Colombia, 1819-1820

Armando Martínez Garnica
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.

INTRO­DUC­CIÓN

En el oficio que el general Pablo Morillo dirigió, el 7 de marzo de 1818, al ministro español de la Guerra, puede leerse:

Los curas [de la Nueva Granada] están par­ti­cu­lar­mente desa­fec­tos, ni uno parece adicto a la causa del Rey. Ya he expre­sado mis deseos a V.E. de mandar misio­ne­ros; ahora añado la nece­si­dad de mandar igual­mente teólogos y abogados de España. Si el Rey quiere subyugar estas pro­vin­cias, las mismas medidas se deben tomar que al prin­ci­pio de la Con­quista ¹.

El violento proceso de la res­tau­ra­ción del régimen monár­quico en las pro­vin­cias sujetas al Virrei­nato de Santafé, desde el sitio de la plaza de Car­ta­gena hasta la toma de la capital del Nuevo Reino de Granada y de las ciudades de la gober­na­ción de Popayán, inter­me­diando la cruenta batalla del páramo de Cachirí, parece haber ero­sio­nado los sen­ti­mien­tos de afecto de buena parte de los curas neo­gra­na­di­nos por su otrora “deseado rey”, Fernando VII. La per­cep­ción del coman­dante general del Ejército Expe­di­cio­na­rio de Tierra Firme tendría que ser validada tras el hecho de armas del campo de Boyacá.

Para entonces, la silla del Arzo­bis­pado de Santafé seguía estando vacante, al igual que las cátedras dio­ce­sa­nas de Santa Marta y Cuenca. El doctor Nicolás Cuervo, pre­ben­dado de la catedral metro­po­li­tana de Santafé, era quien actuaba como gober­na­dor de este arzo­bis­pado. La cátedra de Caracas, ocupada por el arzo­bispo Narciso Coll y Pradt hasta su remisión a España en 1816, por orden del general Pablo Morillo, había quedado vacante y en manos de un gober­na­dor del arzo­bis­pado, que lo era el provisor Manuel Vicente Maya. El primer obispo de Antio­quia —fray Fernando Cano—, quien recibió sus bulas de ins­ti­tu­ción el 17 de junio de 1819, regresó desde las Antillas a España y nunca entró en posesión de su sede. Así que la réplica al triunfo de los Ejér­ci­tos Liber­ta­do­res tenía que venir de solo cinco pastores: Salvador Jiménez de Enciso (Popayán), fray Gregorio José Rodrí­guez OSB (Car­ta­gena), Rafael Lasso de la Vega (Mérida de Mara­caibo), Leonardo San­tan­der y Villa­vi­cen­cio (Quito), y fray Higinio Durán O.M. (Panamá).

¹ “Oficio del general Pablo Morillo al ministro de la Guerra de España”. Cuartel general de Mompox, 7 de marzo de 1818, en Correo del Orinoco, Angos­tura, no. 5 (25 de julio de 1818), 1.

Intro­duc­ción

La conducta de todos estos prelados estaba regida desde 1816 por el breve Etsi Lon­gis­simo, dirigido por el Papa Pío VII a todos los arzo­bis­pos, obispos y clero de las pro­vin­cias espa­ño­las de América, para exci­tar­los “a no perdonar esfuerzo para desa­rrai­gar y destruir com­ple­ta­mente la funesta cizaña de albo­ro­tos y sedi­cio­nes que el hombre enemigo sembró en esos países”. Este santo pro­pó­sito se podría lograr “si cada uno de vosotros demues­tra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terri­bles y gra­ví­si­mos per­jui­cios de la rebelión, si presenta las ilustres y sin­gu­la­res virtudes de nuestro carísimo hijo en Jesu­cristo, Fernando, vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la religión y la feli­ci­dad de sus súbditos”. Los espa­ño­les que en Europa habían des­pre­ciado su vida y sus bienes, para demos­trar su adhesión a la fe y su lealtad hacia el soberano, debían ponerse de ejemplo, reco­men­dando a todos los fieles “con el mayor ahínco la fide­li­dad y obe­dien­cia debidas a vuestro monarca” ².

No debe entonces extrañar que tres de estos obispos —San­tan­der, Cano y Rodrí­guez— se mar­cha­sen inme­dia­ta­mente de retorno a España porque no podían aceptar la sepa­ra­ción de Colombia respecto de la Monar­quía ³. Pero los obispos Rafael Lasso de la Vega (Mérida) y Salvador Jiménez de Enciso (Popayán) fueron sedu­ci­dos por el Liber­ta­dor para la causa colom­biana, al punto que el primero se con­vir­tió en cons­ti­tu­yente de Colombia. El gober­na­dor de la arqui­dió­ce­sis de Santafé, Nicolás Cuervo, fue ganado por el Vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca y se con­vir­tió en un impor­tante defensor de la causa repu­bli­cana. El obispo de Panamá se incor­poró a Colombia con la misma sere­ni­dad con que lo hicieron los mili­ta­res nativos de esa pro­vin­cia. Esta dife­ren­cia­ción de los prelados dio­ce­sa­nos respecto de la cons­truc­ción de la primera nación colom­biana fue la misma que habían tenido los dos cleros durante el proceso revo­lu­cio­na­rio de la anterior década, pues mientras muchos de sus miembros abra­za­ron esta causa, otros se man­tu­vie­ron fieles a la Regencia y al rey Fernando VII.

Un joven testigo de la situa­ción de Santafé tras la batalla de Boyacá, cuando el general San­tan­der actuaba como vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca, registró la hos­ti­li­dad de una parte de los curas y frailes contra el nuevo gobierno repu­bli­cano, razón por la cual algunos fueron des­te­rra­dos a Guayana, y los demás obli­ga­dos a escribir y leer en sus púlpitos “tres sermones de Patria”, en los cuales debía ser pre­co­ni­zado el nuevo orden y execrado el anterior. Este testigo relató el cum­pli­miento de la orden oficial del modo siguiente:

Como por ese tiempo había tal igno­ran­cia que eran rarí­si­mas las personas que sabían escribir, yo tuve que plumear, además de los sermones del Padre Bal­de­rru­ten (cura excu­sa­dor de La Serre­zuela), los del Padre Blanco, cura de Bojacá; los del Padre Saavedra de Faca­ta­tivá, y los del Padre Garay, cura de Funza, cuyos sermones me dejaron bonitos reales para ocurrir a las nece­si­da­des de mi madre. Cen­te­na­res de sermones llegaron a manos del general San­tan­der, de los cuales algunos se publi­ca­ron efec­ti­va­mente, quedando inéditos más de las cuatro quintas partes porque, aunque eran patrió­ti­cos y acordes con la circular, no podían darse a la estampa por lo muy maca­rró­nico de su lenguaje. Con todo, el general San­tan­der, en sus cartas a los curas, los pon­de­raba y los con­vi­daba a venir a almorzar con él, de donde resultó que casi todos los curas, por aquellos tiempos, ayudaron a hacernos Patria ⁴.

La expe­di­ción de las tropas colom­bia­nas a las pro­vin­cias del sur de Colombia se acompañó de des­tie­rros de curas rea­lis­tas, como ocurrió con el pres­bí­tero Batallas, canónigo de la catedral de Quito, expul­sado del terri­to­rio nacional “por mal ciu­da­dano” y privado de su cargo y renta como miembro del coro, “pues quien no puede ser ciu­da­dano tiene un absoluto impe­di­mento para ser empleado” ⁵. Los pres­bí­te­ros Pedro José Sañudo (cura de la iglesia de Pasto) y Martín Burbano (párroco de Pupiales) fueron enviados al puerto de Gua­ya­quil, “por adictos al gobierno español” ⁶, a comien­zos de 1823, y los pres­bí­te­ros que se quedaron en esa pro­vin­cia tuvieron que dar muestras de su lealtad a Colombia, y con el con­sen­ti­miento del Liber­ta­dor pre­si­dente reci­bie­ron nuevos bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos.

No es posible entonces hablar del clero neo­gra­na­dino en estos procesos como si se tratase de un cuerpo pro­fe­sio­nal homo­gé­neo, guiado por una sola postura y una decisión con­cer­tada, sino que hay que examinar a cada pres­bí­tero o fraile en par­ti­cu­lar, pues incluso las falsas recon­ci­lia­cio­nes debieron ser fre­cuen­tes en el tiempo de la res­tau­ra­ción del Virrei­nato, como lo ejem­pli­fica el cura Juan Fer­nán­dez de Soto­ma­yor, quien después de haber perdido el curato de Mompós por la publi­ca­ción de un cate­cismo político (1814) y de haber huido a Jamaica, logró obtener la abso­lu­ción de las censuras ecle­siás­ti­cas y la admi­nis­tra­ción del curato de indios de Chimá, gracias

² Antonio Ramón Silva, Docu­men­tos para la historia de la diócesis de Mérida, tomo IV, Mérida, Imprenta Dio­ce­sana, 1922, pp. 55-57. Citado por Juan de Dios Peña Rojas, Con­flicto de fide­li­da­des. Lasso de la Vega de realista a patriota, 1815-1831, Mérida, Archivo Arqui­dio­ce­sano de Mérida, 2008, pp. 106-107.

³ Una exhor­ta­ción pastoral del obispo de Quito, Leonardo San­tan­der y Villa­vi­cen­cio, a los pastusos rea­lis­tas llegó a las manos del general Sucre, quien la guardó en su archivo personal, Archivo Jijón y Caamaño, corres­pon­den­cia del general Sucre, tomo 83, pp. 659-661.

⁴ Vic­to­riano de Diego Paredes, “Memorias dictadas a su hija Fran­cisca Paredes Serrano en Bogotá, abril de 1885”, en Boletín de Historia y Anti­güe­da­des, 732 (enero-marzo), 1981, pp. 111-112.

⁵ Comu­ni­ca­ción del general José Gabriel Pérez, secre­ta­rio general del Liber­ta­dor pre­si­dente, dirigido al inten­dente de Quito desde el cuartel general de Ibarra, 25 de diciem­bre de 1822, Archivo Nacional del Ecuador, Pre­si­den­cia de Quito, caja 595, tomo 1, f. 126.

⁶ Consulta de Calixto Miranda al inten­dente Salvador Ortega sobre la posi­bi­li­dad de declarar vacantes los curatos de Pasto y Pupiales, si sus ante­rio­res titu­la­res fueron expul­sa­dos del terri­to­rio de Colombia, y sobre la posi­bi­li­dad de pro­ve­er­los en concurso. Quito, 19 de agosto de 1823, ANE, Pre­si­den­cia de Quito, Caja 245, volumen 609, f. 60.

CXLVIII-CXLIX

Intro­duc­ción

La conducta de todos estos prelados estaba regida desde 1816 por el breve Etsi Lon­gis­simo, dirigido por el Papa Pío VII a todos los arzo­bis­pos, obispos y clero de las pro­vin­cias espa­ño­las de América, para exci­tar­los “a no perdonar esfuerzo para desa­rrai­gar y destruir com­ple­ta­mente la funesta cizaña de albo­ro­tos y sedi­cio­nes que el hombre enemigo sembró en esos países”. Este santo pro­pó­sito se podría lograr “si cada uno de vosotros demues­tra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terri­bles y gra­ví­si­mos per­jui­cios de la rebelión, si presenta las ilustres y sin­gu­la­res virtudes de nuestro carísimo hijo en Jesu­cristo, Fernando, vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la religión y la feli­ci­dad de sus súbditos”. Los espa­ño­les que en Europa habían des­pre­ciado su vida y sus bienes, para demos­trar su adhesión a la fe y su lealtad hacia el soberano, debían ponerse de ejemplo, reco­men­dando a todos los fieles “con el mayor ahínco la fide­li­dad y obe­dien­cia debidas a vuestro monarca” ².

No debe entonces extrañar que tres de estos obispos —San­tan­der, Cano y Rodrí­guez— se mar­cha­sen inme­dia­ta­mente de retorno a España porque no podían aceptar la sepa­ra­ción de Colombia respecto de la Monar­quía ³. Pero los obispos Rafael Lasso de la Vega (Mérida) y Salvador Jiménez de Enciso (Popayán) fueron sedu­ci­dos por el Liber­ta­dor para la causa colom­biana, al punto que el primero se con­vir­tió en cons­ti­tu­yente de Colombia. El gober­na­dor de la arqui­dió­ce­sis de Santafé, Nicolás Cuervo, fue ganado por el Vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca y se con­vir­tió en un impor­tante defensor de la causa repu­bli­cana. El obispo de Panamá se incor­poró a Colombia con la misma sere­ni­dad con que lo hicieron los mili­ta­res nativos de esa pro­vin­cia. Esta dife­ren­cia­ción de los prelados dio­ce­sa­nos respecto de la cons­truc­ción de la primera nación colom­biana fue la misma que habían tenido los dos cleros durante el proceso revo­lu­cio­na­rio de la anterior década, pues mientras muchos de sus miembros abra­za­ron esta causa, otros se man­tu­vie­ron fieles a la Regencia y al rey Fernando VII.

Un joven testigo de la situa­ción de Santafé tras la batalla de Boyacá, cuando el general San­tan­der actuaba como vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca, registró la hos­ti­li­dad de una parte de los curas y frailes contra el nuevo gobierno repu­bli­cano, razón por la cual algunos fueron des­te­rra­dos a Guayana, y los demás obli­ga­dos a escribir y leer en sus púlpitos “tres sermones de Patria”, en los cuales debía ser pre­co­ni­zado el nuevo orden y execrado el anterior. Este testigo relató el cum­pli­miento de la orden oficial del modo siguiente:

Como por ese tiempo había tal igno­ran­cia que eran rarí­si­mas las personas que sabían escribir, yo tuve que plumear, además de los sermones del Padre Bal­de­rru­ten (cura excu­sa­dor de La Serre­zuela), los del Padre Blanco, cura de Bojacá; los del Padre Saavedra de Faca­ta­tivá, y los del Padre Garay, cura de Funza, cuyos sermones me dejaron bonitos reales para ocurrir a las nece­si­da­des de mi madre. Cen­te­na­res de sermones llegaron a manos del general San­tan­der, de los cuales algunos se publi­ca­ron efec­ti­va­mente, quedando inéditos más de las cuatro quintas partes porque, aunque eran patrió­ti­cos y acordes con la circular, no podían darse a la estampa por lo muy maca­rró­nico de su lenguaje. Con todo, el general San­tan­der, en sus cartas a los curas, los pon­de­raba y los con­vi­daba a venir a almorzar con él, de donde resultó que casi todos los curas, por aquellos tiempos, ayudaron a hacernos Patria ⁴.

La expe­di­ción de las tropas colom­bia­nas a las pro­vin­cias del sur de Colombia se acompañó de des­tie­rros de curas rea­lis­tas, como ocurrió con el pres­bí­tero Batallas, canónigo de la catedral de Quito, expul­sado del terri­to­rio nacional “por mal ciu­da­dano” y privado de su cargo y renta como miembro del coro, “pues quien no puede ser ciu­da­dano tiene un absoluto impe­di­mento para ser empleado” ⁵. Los pres­bí­te­ros Pedro José Sañudo (cura de la iglesia de Pasto) y Martín Burbano (párroco de Pupiales) fueron enviados al puerto de Gua­ya­quil, “por adictos al gobierno español” ⁶, a comien­zos de 1823, y los pres­bí­te­ros que se quedaron en esa pro­vin­cia tuvieron que dar muestras de su lealtad a Colombia, y con el con­sen­ti­miento del Liber­ta­dor pre­si­dente reci­bie­ron nuevos bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos.

No es posible entonces hablar del clero neo­gra­na­dino en estos procesos como si se tratase de un cuerpo pro­fe­sio­nal homo­gé­neo, guiado por una sola postura y una decisión con­cer­tada, sino que hay que examinar a cada pres­bí­tero o fraile en par­ti­cu­lar, pues incluso las falsas recon­ci­lia­cio­nes debieron ser fre­cuen­tes en el tiempo de la res­tau­ra­ción del Virrei­nato, como lo ejem­pli­fica el cura Juan Fer­nán­dez de Soto­ma­yor, quien después de haber perdido el curato de Mompós por la publi­ca­ción de un cate­cismo político (1814) y de haber huido a Jamaica, logró obtener la abso­lu­ción de las censuras ecle­siás­ti­cas y la admi­nis­tra­ción del curato de indios de Chimá, gracias

² Antonio Ramón Silva, Docu­men­tos para la historia de la diócesis de Mérida, tomo IV, Mérida, Imprenta Dio­ce­sana, 1922, pp. 55-57. Citado por Juan de Dios Peña Rojas, Con­flicto de fide­li­da­des. Lasso de la Vega de realista a patriota, 1815-1831, Mérida, Archivo Arqui­dio­ce­sano de Mérida, 2008, pp. 106-107.

³ Una exhor­ta­ción pastoral del obispo de Quito, Leonardo San­tan­der y Villa­vi­cen­cio, a los pastusos rea­lis­tas llegó a las manos del general Sucre, quien la guardó en su archivo personal, Archivo Jijón y Caamaño, corres­pon­den­cia del general Sucre, tomo 83, pp. 659-661.

⁴ Vic­to­riano de Diego Paredes, “Memorias dictadas a su hija Fran­cisca Paredes Serrano en Bogotá, abril de 1885”, en Boletín de Historia y Anti­güe­da­des, 732 (enero-marzo), 1981, pp. 111-112.

⁵ Comu­ni­ca­ción del general José Gabriel Pérez, secre­ta­rio general del Liber­ta­dor pre­si­dente, dirigido al inten­dente de Quito desde el cuartel general de Ibarra, 25 de diciem­bre de 1822, Archivo Nacional del Ecuador, Pre­si­den­cia de Quito, caja 595, tomo 1, f. 126.

⁶ Consulta de Calixto Miranda al inten­dente Salvador Ortega sobre la posi­bi­li­dad de declarar vacantes los curatos de Pasto y Pupiales, si sus ante­rio­res titu­la­res fueron expul­sa­dos del terri­to­rio de Colombia, y sobre la posi­bi­li­dad de pro­ve­er­los en concurso. Quito, 19 de agosto de 1823, ANE, Pre­si­den­cia de Quito, Caja 245, volumen 609, f. 60.

CXLVIII-CXLIX

Intro­duc­ción

a un jura­mento de fide­li­dad al rey, pero luego fue pre­sen­tado ante la Curia Romana por el Gobierno colom­biano para la silla de la diócesis de Car­ta­gena, en reem­plazo de fray Gregorio José Rodrí­guez ⁷.

Los curas “refrac­ta­rios” de la diócesis de Popayán fueron iden­ti­fi­ca­dos por Alfonso Zawadzky, quien examinó los informes secretos enviados al rey Fernando VII por su obispo, Salvador Jiménez de Enciso, entre 1818 y 1819 ⁸. Teniendo a la vista la real orden que le había sido comu­ni­cada por el ministro de Gracia y Justicia, el 31 de octubre de 1816, en la cual se le sugería preferir a los pres­bí­te­ros más fieles al rey en la dis­tri­bu­ción de los bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos, infor­mando sobre los que se habían hecho acre­e­do­res a las reales recom­pen­sas por su fide­li­dad y ser­vi­cios a la causa del rey, pre­di­cando contra los insur­gen­tes, este obispo sumi­nis­tró, “en con­cien­cia”, los siguien­tes nombres del clero realista: Eusebio Ramírez de Arellano, español y racio­nero de la catedral de Popayán, emigrado a la pro­vin­cia de Pasto durante las pasadas con­vul­sio­nes polí­ti­cas; José María Grueso, hijo de espa­ño­les honrados, de “lite­ra­tura nada común”, provisor y vicario general de Popayán; Félix Liñán y Haro, español, secre­ta­rio del obispo infor­mante; Salvador Morcillo, cura de Almaguer, hermano del párroco de La Cruz (José María Morcillo), quien fue ase­si­nado por los insur­gen­tes; Joaquín González de la Penilla, cura de Anserma; Luis Antonio Peña, cura de Guacarí; Luis Antonio de Aguirre, cura de Timbío, quien fue capellán del real batallón del Patía y de las tropas que vinieron de Lima a la recon­quista del Nuevo Reino de Granada; Juan Ignacio Aragón, cura interino del Salado, cali­fi­cado de “realista de todo corazón” por el coman­dante del Valle del Cauca; Cayetano Domín­guez, cura de Yumbo, “muy realista”; Eduardo Vidal y Joaquín Sánchez, “fieles vasallos de Su Majestad”, y Pedro Antonio de Torres, vice­rrec­tor del Real Colegio Semi­na­rio de Popayán, quien “ha tomado las armas en clase de teniente”.

En la pro­vin­cia de Antio­quia, según los informes sumi­nis­tra­dos por el fraile fran­cis­cano Rafael de la Serna, “héroe de fide­li­dad y cons­tan­cia contra los malvados”, se habría tenido que recom­pen­sar con bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos al doctor Fran­cisco Antonio Sal­da­rriaga, “opositor a los par­ti­da­rios de la Inde­pen­den­cia”; al doctor Salvador Tirado, cura interino de la villa de Medellín, per­se­guido por haberse negado a jurar la inde­pen­den­cia”; a don Manuel Rojas, cura de San Cris­tó­bal que combatió a los insur­gen­tes “con el mayor honor y fide­li­dad a Su Majestad”; a Alberto María de la Calle, vicario de Medellín, con­de­co­rado por el general Pablo Morillo en premio de su conocida

fide­li­dad; a Carlos Cadavid, cura de Copa­ca­bana; a José María Calle, cura de Santa Isabel; a Manuel López de la Peña, comi­sa­rio del Santo Oficio; y a los pres­bí­te­ros Casimiro Tamayo y José Antonio Naranjo.

Informó también el obispo de Popayán sobre la fide­li­dad al rey de casi todos los frailes fran­cis­ca­nos de los con­ven­tos de Popayán (fray Fran­cisco Pugnet, fray Juan Antonio Gutié­rrez, fray Marcos Tejada, fray Lucas Domingo y fray Juan Bautista Zamora, guardián) y Cali (fray Juan de Dios Mon­te­ne­gro, fray González, fray Delgado y fray José Joaquín Polanco), emi­gra­dos “por no faltar a sus sagrados deberes y han sufrido los mayores trabajos en el tiempo de la revo­lu­ción”. En el convento de Santo Domingo de Popayán se dis­tin­guía fray Andrés Sar­miento (capellán del virrey Juan Sámano, res­pon­sa­ble de haber levan­tado a los patianos y a los pastusos en defensa del rey), y en el convento de San Agustín fray Pedro Albán, “azote de los insur­gen­tes y en todos los tiempos” ⁹.

El pres­bí­tero Faustino Martínez y una Relación reser­vada com­ple­ta­ron la lista de los curas rea­lis­tas de la pro­vin­cia de Antio­quia, por soli­ci­tud del obispo de Popayán, con los siguien­tes nombres: José María Herrera, cura de Sacaojal, quien dio muestras de “cons­tante amor y firmeza al rey”; Félix Díaz, cura interino de Sopetrán; José María Restrepo, cura pro­pie­ta­rio del Valle de San Andrés, quien “ha ins­pi­rado a sus feli­gre­ses amor y lealtad al rey”; José Eus­ta­quio Herrón, cura de Urrao; Vicente Ibarra, doc­tri­nero de indios de Saba­na­larga por 19 años; Gabriel García Aguirre, quien prefirió huir al monte que servir al gobierno insur­gente; el doctor Carlos Morales, “de vas­tí­sima lite­ra­tura en materias morales, prin­ci­pios teo­ló­gi­cos y en el Concilio de Trento; José Joaquín Escobar, cura de Amagá; Juan Fran­cisco Suárez Tobón, quien se retiró a los montes para no servir bajo el gobierno insur­gente; José Miguel Vélez, Fran­cisco Benítez, José María de Uribe, Antonio Montoya, el doctor Carlos de Restrepo, sacris­tán mayor de Medellín; Félix Antonio Jara­mi­llo, cura de Yarumal; Cecilio Salazar, Sin­fo­riano Pérez, Pedro Pérez y Miguel Mariano de la Cantera, cura de Toro ¹⁰. De todos modos, el obispo de Popayán juzgó que por las revuel­tas habían quedado vacantes 28 bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos en la pro­vin­cia de Antio­quia, con lo cual era nece­sa­rio reformar el clero de esa pro­vin­cia, pues eran muchos los curas que se hallaban “con graves notas de resultas de la revo­lu­ción” ¹¹.

⁷ Javier Ocampo López, El cura Juan Fer­nán­dez de Soto­ma­yor y Picón y los cate­cis­mos de la Inde­pen­den­cia, Bogotá, Uni­ver­si­dad del Rosario, 2010.

⁸ Alfonso Zawadzky, Clero insur­gente y clero realista. Estudio de los Informes secretos del Obispo de Popayán doctor Salvador Jiménez, al Rey de España sobre la actua­ción de sacer­do­tes de su Diócesis durante la Guerra de Inde­pen­den­cia, 1818-1819, 2 edición mejorada, Cali, Imprenta Boli­va­riana, 1948. La primera edición había sido publi­cada por el autor en Medellín, Publi­ca­cio­nes del Concejo de Medellín, 1944. Los informes men­cio­na­dos fueron vistos por este autor en el fondo Curas y Obispos del AGN.

⁹ Informe reser­vado del obispo de Popayán al rey. Popayán, 5 de noviem­bre de 1818, en Zawadzky, Clero insur­gente y clero realista, ob. Cit, pp. 42-53.

¹⁰ Informe del doctor Faustino Martínez al obispo Salvador Jiménez de Enciso. Santafé de Antio­quia, 24 de enero de 1819, en Zawadzky, Clero insur­gente y clero realista, ob. Cit, pp. 58-61. Relación reser­vada de los ecle­siás­ti­cos que deben ser pre­fe­ri­dos en la colo­ca­ción de los curatos vacantes de esta pro­vin­cia de Antio­quia. Medellín, 1 de febrero de 1819, en Zawadzky, Clero insur­gente y clero realista, ob. Cit, pp. 67-75.

¹¹ Carta del obispo de Popayán al rey. Popayán, 5 de mayo de 1819, en Zawadzky, Clero insur­gente y clero realista, ob. Cit, pp. 63-64.

CL-CLI

Intro­duc­ción

Este libro recoge los nombres y los textos de los curas que dieron muestras de su patrio­tismo al comenzar la expe­rien­cia de la primera repú­blica de Colombia, posible gracias al resul­tado de la batalla de Boyacá, y gracias a la obe­dien­cia que pres­ta­ron a la orden dada, el 2 de diciem­bre de 1819, por quien en ese entonces actuaba como vice­pre­si­dente del Depar­ta­mento de Cun­di­na­marca, el general Fran­cisco de Paula San­tan­der. Esa orden había sido con­cer­tada por el vice­pre­si­dente con el doctor Nicolás Cuervo y Rojas, quien en ausencia del arzo­bispo de Bogotá actuaba como gober­na­dor del Arzo­bis­pado. Esta alianza de las dos cabezas de la auto­ri­dad pública en el extin­guido Nuevo Reino de Granada fue un acon­te­ci­miento afor­tu­nado para el proceso de for­ma­ción del nuevo estado repu­bli­cano, benéfica para las dos partes, y una con­ti­nui­dad de la larga tra­di­ción de cola­bo­ra­ción de la Iglesia Católica y el Estado desde los tiempos de la recon­quista hispana de las taifas de los moros.

La orden con­cer­tada pre­ten­día que las feli­gre­sías de todos los pobla­mien­tos fuesen ins­trui­das por sus res­pec­ti­vos párrocos “en los derechos que tienen a la libertad e inde­pen­den­cia”. El pro­to­colo de su cum­pli­miento siguió las rutinas parro­quia­les: en cada iglesia debía cele­brarse una misa de rogativa a la imagen de su corres­pon­diente santo patrono, seguida del canto de las letanías y las preces acos­tum­bra­das, tras lo cual el res­pec­tivo cura párroco leería una exhor­ta­ción con dos temas:

1º. Que el sistema de inde­pen­den­cia obtenido con la batalla de Boyacá era conforme a la doctrina de Jesu­cristo y, por con­si­guiente, los que lo seguían no podían ser cali­fi­ca­dos de herejes.

2º. Que si la Nueva Granada, por los pecados de sus habi­tan­tes, fuese sub­yu­gada nue­va­mente por las tropas espa­ño­las, sufriría males mayores que los que ya había padecido durante los tres años trans­cu­rri­dos entre febrero de 1816 y agosto de 1819.

Ide­al­mente, cada uno de los sermones patrió­ti­cos, o exhor­ta­cio­nes a los feli­gre­ses, debía contener el desa­rro­llo de estos dos temas en las dos partes prin­ci­pa­les de su texto. Como lo docu­menta la orden dada el 29 de marzo de 1820 por el general José María Córdova, actuando como gober­na­dor de la pro­vin­cia de Antio­quia, los curas que no cum­plie­sen el mandato de entrega del “cuaderno” de la exhor­ta­ción, en lo posible cer­ti­fi­cado por la auto­ri­dad pública local, incu­rri­ría en una multa de cin­cuenta pesos.

El cum­pli­miento de esta orden por los 199 curas párrocos reco­gi­dos en esta colec­ción de sermones patrió­ti­cos arroja un resul­tado ines­pe­rado. Tra­tán­dose de los “hombres de letras” de su tiempo, un grupo mayo­ri­ta­rio si se compara con el grupo de los abogados, sor­prende el escaso empleo de una argu­men­ta­ción basada en el Derecho de Gentes, usado con mayor fre­cuen­cia por la gene­ra­ción de abogados que fue sacri­fi­cada en los patí­bu­los de 1816. La clásica obra de Emmerich de Vattel (1714-1767) sobre los “prin­ci­pios de la ley natural apli­ca­dos a la conducta y los asuntos de las naciones y los sobe­ra­nos” estaba dis­po­ni­ble en su versión inglesa desde 1758, y

en 1820 jus­ta­mente estuvo dis­po­ni­ble la primera edición madri­leña en español, gracias al licen­ciado Manuel María Pascual Her­nán­dez. La lectura en las edi­cio­nes inglesa y francesa puede probarse en los textos de Fran­cisco de Miranda, el primer Congreso de las Pro­vin­cias de Vene­zuela (1811), José Acevedo y Gómez, Diego Martín Tanco, Camilo Torres Tenorio, Ignacio de Herrera, Félix Restrepo, Jerónimo Torres, Joaquín Camacho, Antonio Nariño y los abogados que inte­gra­ron las primeras juntas pro­vin­cia­les de gobierno que se eri­gie­ron durante el quin­que­nio 1810-1815.

En cambio, solo en los sermones de trece curas párrocos se encuen­tran refe­ren­cias explí­ci­tas al Derecho de Gentes, enca­be­za­dos por quienes habían alcan­zado en las aulas de los dos colegios mayores de Santafé los títulos de doctor: Juan Nepo­mu­ceno Parra (Moni­quirá), Bue­na­ven­tura Sáenz (Guatoque), Agapito Soler (Silos) e Isidro Gómez (Palmas del Socorro). Con ellos, los curas de la villa de la Puri­fi­ca­ción (Diego Chacón y Galindo), La Mesa, Cha­pa­rral (fray Salvador María Vargas), Guarumo (Fray Pedro de la Virgen del Carmen), Nuestra Señora de Chi­quin­quirá de Nocaima (Carlos de Medina y Ruiz), Chipaque (fray José de San Andrés Moya), La Con­cep­ción (José Agustín Sar­miento), Buca­ra­manga (José Ignacio Martínez) y La Plata.

Fueron muchos más los curas que argu­men­ta­ron con una mención al Derecho Natural: José Cayetano Silva (Cunday), Antonio de Guevara (Manta), fray Patricio Salguero OFM (Tunja), Salvador Josef Sánchez (Villa de Leiva), Pedro Pablo Blanco (Cucaita), Antonio Valdés (Sora), Fray Miguel Custodio de San Antonio Guevara (Toca), Cándido A. García (Tuta), Fray Agustín Casas (Chita), Vicente Ferrer Bernal (Machetá), José Antonio de Abella (Cerinza), el doctor Sebas­tián José Meléndez Figueroa (Sátiva), Juan Ramón del Castillo (Simacota), Anselmo García (Oiba), Manuel Campos de Cote (Confines), José Antonio Gómez (Gua­da­lupe), Josef Gavino de La Peñuela (La Aguada), Emigdio Gómez (San José de Pare), Pedro Thomas Pinzón (Santa Ana), Fray José Domingo de San Antonio Correa (Taguaná), José Antonio Camilo Durán (Yaguará), Fray José Casimiro Uribe (Car­ni­ce­rías), Fran­cisco Xavier Cándido Pinzón (Otás), Fray Joseph Fran­cisco Higuera (La Alpu­ja­rra), Josef Joaquín Ramírez (Anapoima), Ramón Romero (Valle de San Juan), Josef Ignacio de Olejua (San Juan de la Vega) y Carlos José Morales (Belén de la Otra Banda). Como ellos, también los curas de Cáqueza, Turmequé, Teguas, Garagoa y Guaca.

Pero estas refe­ren­cias al Derecho de Gentes y al Derecho Natural, como argu­men­tos en favor de la inde­pen­den­cia de la Nueva Granada respecto de la monar­quía, son casi nada en com­pa­ra­ción con el grueso de la argu­men­ta­ción, sos­te­nida en algunos de los libros del Antiguo Tes­ta­mento: Samuel, Reyes, Judit, los Salmos, Ecle­sias­tés, Éxodo, Deu­te­ro­no­mio, Macabeos. Del Nuevo Tes­ta­mento, solo algunos textos de los evan­ge­lis­tas y algunas de las epís­to­las de San Pablo. Claro, estamos hablando de la cultura ecle­siás­tica de los pres­bí­te­ros neo­gra­na­di­nos de comien­zos de las primeras décadas del siglo XIX, y de una política que debía ser defen­dida: la inde­pen­den­cia de la monar­quía, y las promesas de la Repú­blica de Colombia, que no suponían una

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Intro­duc­ción

amenaza a la cultura hege­mó­nica de la Iglesia Católica, y por ello estaban muy lejos ser cali­fi­ca­das como herejía. Como dijo el doctor Nicolás Cuervo en su carta pastoral, había que cons­truir “la reli­giosa Repú­blica de Colombia”, es decir, una repú­blica cris­tiana. Hasta su muerte, el general San­tan­der tran­qui­lizó al clero colom­biano, y después gra­na­dino, y por ello fue inhumado con la gran camán­dula que le colgaron al cuello los frailes fran­cis­ca­nos. Aunque a veces atizaba, y a veces moderaba, los excesos de los llamados “libe­ra­les exal­ta­dos” de la década de 1830 en la Nueva Granada, se le puede con­si­de­rar un “liberal moderado”, tanto como a José Ignacio de Márquez.

Viviana Arce Escobar ya llamó la atención sobre el hecho de que, inde­pen­dien­te­mente de la defensa ide­o­ló­gica que empren­die­ran los clérigos gra­na­di­nos, según los períodos del proceso de eman­ci­pa­ción, siempre fueron los libros de la Biblia la fuente de su argu­men­ta­ción. La historia del antiguo pueblo judío permitía cons­truir las com­pa­ra­cio­nes per­ti­nen­tes con el proceso vivido por el pueblo neo­gra­na­dino, extra­yendo los argu­men­tos pro­ba­to­rios de la causa que se estu­viera defen­diendo. Por ello, los sermones fueron un ins­tru­mento para la cons­truc­ción del régimen repu­bli­cano, como antes había servido para la defensa de la monar­quía de Fernando VII ¹².

El mérito del vice­pre­si­dente San­tan­der fue entender el valor estra­té­gico del clero en la cons­truc­ción de la nación colom­biana y la utilidad de los sermones patrió­ti­cos, y a la vista de la cosecha de los sermones de 1819-1820, produjo el decreto del 4 de enero 1822, que supuso la depen­den­cia civil del clero colom­biano al Estado. Cuando se fuesen a proveer los bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos, los obispos quedaron obli­ga­dos a pasar a los res­pec­ti­vos inten­den­tes depar­ta­men­ta­les las listas de los pres­bí­te­ros gana­do­res de las opo­si­cio­nes, con detalle de sus ser­vi­cios pres­ta­dos a la Iglesia “y de los que jus­ti­fi­quen su conducta política”. De este modo, los inten­den­tes fueron facul­ta­dos para objetar las pro­vi­sio­nes de bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos cuando juzgaran en con­cien­cia que, “por sus com­pro­me­ti­mien­tos con el Gobierno español, o conducta indi­fe­rente con el Gobierno colom­biano, pueden ser per­ju­di­cia­les en el bene­fi­cio a que se le destina; y en este caso el prelado ecle­siás­tico refor­mará su nom­bra­miento”. Esta depen­den­cia del clero colom­biano con el Estado sig­ni­fi­caba que, “para proceder con más armonía en las pro­vi­sio­nes, el prelado ecle­siás­tico se pondrá a la voz de acuerdo con el inten­dente siempre que sea posible” ¹³.

En su informe anual a la Legis­la­tura colom­biana de 1823, el Secre­ta­rio del Interior de Colombia hizo un reco­no­ci­miento al “patrio­tismo del clero colom­biano” y a los “impor­tan­tes ser­vi­cios que ha hecho a la causa de la

inde­pen­den­cia”. En todas partes había auxi­liado “con el influjo de la palabra y de su minis­te­rio, con su ejemplo y con sus riquezas”. Sola­mente se había encon­trado “uno u otro fanático servil que, por igno­ran­cia o por una malicia refinada”, había querido con­ven­cer a otros que la religión solo podía ir de la mano del gobierno monár­quico. Como el gobierno repu­bli­cano ya no contaba con el ejer­ci­cio del antiguo patro­nazgo de la Iglesia que habían tenido los reyes, no estaba en capa­ci­dad de recom­pen­sar con las altas dig­ni­da­des a los ecle­siás­ti­cos bene­mé­ri­tos, pero llegaría el día en podría hacerlo, para cimentar más entre el clero el amor a la patria ¹⁴.

Mar­ga­rita Garrido hizo un primer examen de una parte de los sermones patrió­ti­cos de 1819-1820, la que hace parte del fondo Ortega Ricaurte del AGN, tratando de iden­ti­fi­car los grandes argu­men­tos de esta pre­di­ca­ción ¹⁵. Ante el primer tema, los libros de Samuel y de los Reyes per­mi­tían sostener el repu­bli­ca­nismo de Dios, pues habiendo sido este par­ti­da­rio del gobierno de los jueces entre el pueblo judío, vio con malos ojos su demanda de reyes, al uso de los filis­teos, y solo concedió esa petición, tra­mi­tada ante Samuel, como medio de pro­ve­er­les el castigo que infrin­gen los regí­me­nes monár­qui­cos. Ante el segundo tema, que anun­ciaba mayores males si llegasen a regresar las tropas espa­ño­las, los relatos de los crímenes y robos de los soldados del Ejército Expe­di­cio­na­rio de Pablo Morillo se diri­gie­ron a provocar entre las feli­gre­sías una condena moral de la nación española, dada su falta de escrú­pu­los cris­tia­nos para cometer toda clase de veja­cio­nes y vio­la­cio­nes, espe­cial­mente contra las viudas y las don­ce­llas. Esa “sata­ni­za­ción” de los espa­ño­les fijaba un punto de no retorno a la Repú­blica de Colombia, pues en caso de su des­truc­ción pere­ce­rían todos los ciu­da­da­nos. Siguiendo el relato de Matatías y sus hijos, los Macabeos, la lucha contra el domino monár­quico era un deber moral y una obli­ga­ción exis­ten­cial: “dulce es morir por la patria”. Fernando Muñoz examinó este mismo grupo de sermones patrió­ti­cos, tratando de iden­ti­fi­car la argu­men­ta­ción contra la acu­sa­ción de herejía que se impuso a los par­ti­da­rios de la ruptura con la monar­quía, la jus­ti­fi­ca­ción de esta ruptura con el derecho dado por la ley natural, la atri­bu­ción de atri­bu­tos mesiá­ni­cos al Liber­ta­dor Simón Bolívar, la sepa­ra­ción como camino de sal­va­ción, y el lla­ma­miento a la acción militar contra los espa­ño­les ¹⁶.

Resulta así que los his­to­ria­do­res que se han ocupado de los sermones patrió­ti­cos solo tuvieron acceso a una tercera parte de ellos, los que separó don Enrique Ortega Ricaurte para su colec­ción docu­men­tal, pero no a los

¹² Viviana Arce Escobar, “La Biblia como fuente de refle­xión política en los sermones neo­gra­na­di­nos, 1808-1821”, en Ciencias Sociales, Cali, no. 9, (enero-junio), 2012, pp. 273-308.

¹³ Decreto dado por el vice­pre­si­dente de Colombia, Fran­cisco de Paula San­tan­der, sobre la manera de proveer los bene­fi­cios ecle­siás­ti­cos. Bogotá, 4 de enero de 1822, en Gaceta de Colombia, 15 (27 de enero de 1822).

¹⁴ José Manuel Restrepo, “Memoria pre­sen­tada al Congreso de Colombia sobre los negocios de su depar­ta­mento. Bogotá, 22 de abril de 1823”, en Admi­nis­tra­cio­nes de San­tan­der, Bogotá, Fun­da­ción Fran­cisco de Paula San­tan­der, tomo I, 1990, pp. 99-139.

¹⁵ Mar­ga­rita Garrido, “Los sermones patrió­ti­cos y el nuevo orden en Colombia, 1819-1820”, en Boletín de Historia y Anti­güe­da­des, vol. XCI, No. 826, Bogotá, Academia Colom­biana de Historia, 2004, pp. 461-483.

¹⁶ Fernando Muñoz, “Apro­xi­ma­ción al ima­gi­na­rio reli­gioso del período inde­pen­den­tista”, en Revista Historia y Espacio, Cali, Uni­ver­si­dad del Valle, No. 35, (julio-diciem­bre), 2010, pp. 177-200.

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Intro­duc­ción — Los viejos curas patrio­tas

dos tomos encua­der­na­dos de sermones (12 y 13) que reposan en el fondo Decretos manus­cri­tos y Leyes ori­gi­na­les de la Sección de la Repú­blica. Todos estos sermones se cus­to­dian hoy en el Archivo General de la Nación, excepto uno encon­trado en la Biblio­teca Nacional de Colombia. Este libro se propone entonces ofrecer a la inves­ti­ga­ción todo el cuerpo de sermones patrió­ti­cos, que resultó de la orden dada el 22 de diciem­bre de 1819 por el vice­pre­si­dente de Cun­di­na­marca, excepto unos cinco sermones a los que no se les pudo iden­ti­fi­car ni el autor ni la parro­quia donde fueron leídos. Gracias a esta com­pi­la­ción de trans­crip­cio­nes moder­ni­za­das de esos docu­men­tos ori­gi­na­les, se ofrece a los nuevos lectores un cuerpo docu­men­tal más amplio para el empren­di­miento de nuevas inves­ti­ga­cio­nes sobre la cultura de los hombres de letras que vestían hábitos reli­gio­sos al comenzar la expe­rien­cia de la primera Repú­blica de Colombia, la cual se puso al servicio del proyecto repu­bli­cano, para alejar a las feli­gre­sías anal­fa­be­tas de su antigua fide­li­dad al rey de España. Se faci­li­taba así su tránsito a la ciu­da­da­nía de una nación que se inventó en ese momento, y que vivió una rica expe­rien­cia política que fue legada, una década después, a los tres nuevos estados nacio­na­les que se llamaron Nueva Granada, Vene­zuela y Ecuador.

Los primeros borra­do­res de estas trans­crip­cio­nes se deben a Astrid Guio­vanna Rojas Vargas y a María Paula Corredor Acosta, sobre los cuales trabajó el com­pi­la­dor, teniendo a la vista los textos ori­gi­na­les. Muchas gracias a ellas por su cola­bo­ra­ción, así como a Roger Pita, quien aportó infor­ma­ción y trans­crip­cio­nes. La impre­sión de este volumen se debe a los buenos oficios de la Academia Colom­biana de Historia, en especial a su pre­si­dente, Eduardo Durán Gómez, y a su secre­ta­rio, Luis Horacio López. Los ser­vi­cia­les fun­cio­na­rios de la sala de inves­ti­ga­do­res del Archivo General de la Nación siempre estu­vie­ron atentos a auxiliar el trabajo de com­pi­la­ción y de trans­crip­ción, como es tra­di­ción en esa bene­mé­rita ins­ti­tu­ción de la Nación colom­biana.

Como se espera que esta com­pi­la­ción docu­men­tal atraiga la atención de nuevos inves­ti­ga­do­res de la cultura ecle­siás­tica de la Nueva Granada, y de las estra­te­gias polí­ti­cas de cons­truc­ción de la nueva nación que hizo posible el triunfo del Ejército Liber­ta­dor, aquí solo se con­sig­nan, como abre­bo­cas, algunas obser­va­cio­nes temá­ti­cas sobre la riqueza con­cep­tual e his­tó­rica de los sermones patrió­ti­cos.

Los viejos curas patrio­tas

Aunque a esta nutrida colec­ción de hombres de letras que habían pro­fe­sado el minis­te­rio ecle­siás­tico se le podría aplicar la sospecha de haber sido unas “veletas” durante la década del proceso de inde­pen­den­cia, como alguna vez dijo Daniel Gutié­rrez, pues cambiaba de bando según los vientos polí­ti­cos de los tiempos, aquí encon­tra­mos algunos viejos curas que se afi­lia­ron a la causa patriota desde la eclosión juntera de 1810. Entre ellos brillan José María

Estévez de Cote, quien el 24 de julio de 1810 se presentó en Santafé, “asociado a don Pedro Callejas, corre­gi­dor del partido de Cáqueza, a su tío don Juan Nepo­mu­ceno Estévez y a don Mateo Pescador, y al frente de 500 de sus feli­gre­ses” del pueblo de indios de Choachí, para apoyar la Junta Suprema que se había erigido en la capital del Virrei­nato. Amigo personal desde ese entonces del general San­tan­der, por su lealtad a la causa repu­bli­cana llegó a presidir la Con­ven­ción cons­ti­tu­yente de 1832, y a recibir el bene­fi­cio de la diócesis de Santa Marta, por gestión del Gobierno de Colombia en la Sede Pon­ti­fi­cia. Al pre­sen­tar “el libro santo que debe reglar los destinos de la patria”, es decir, la primera carta cons­ti­tu­cio­nal del Estado de la Nueva Granada (29 de febrero de 1832), dijo que conforme al artículo 15 de esa cons­ti­tu­ción, quedaba esta­ble­cido “el riguroso deber que tiene la Nueva Granada de proteger la Santa Religión Católica, Apos­tó­lica y Romana, esta religión divina, la única ver­da­dera, precioso origen del bien que here­da­ron los gra­na­di­nos de sus padres, que reci­bie­ron del Cielo en el bautismo y, que por la mise­ri­cor­dia del Dios que adoramos, con­ser­va­re­mos todos intacta, pura y sin mancha”. La vieja amistad de este prelado con el primer pre­si­dente de la Nueva Granada, el general Fran­cisco de Paula San­tan­der, con­tri­buyó a pro­lon­gar la estrecha alianza de la Iglesia Católica y el Estado, por lo menos hasta la irrup­ción de la siguiente gene­ra­ción de gra­na­di­nos.

El licen­ciado Manuel Campos de Cote, cura de la parro­quia de los Confines, en la pro­vin­cia del Socorro, había repre­sen­tado a la pro­vin­cia de Neiva en el primer Congreso del Reino que se abrió el 22 de diciem­bre de 1810 en Santafé, cuando era el cura de la parro­quia de Prado. Allí donde sostuvo los derechos de repre­sen­ta­ción de las villas, como Mompós, Villa de Leiva y Sogamoso, contra los repre­sen­tan­tes que la reducían solo a las cabe­ce­ras de las antiguas pro­vin­cias. Dijo entonces que, así como España ya no podía sojuzgar a Santafé, dada la rea­sun­ción de la sobe­ra­nía por los pueblos, en la cir­cuns­tan­cia de ausencia de Fernando VII en su trono, por exten­sión, Santafé ya no podía sojuzgar a las pro­vin­cias del Nuevo Reino de Granada y, más allá, las cabe­ce­ras pro­vin­cia­les tampoco podían hacerlo respecto de las villas sujetas anti­gua­mente a sus juris­dic­cio­nes ¹⁷. Intro­dujo entonces un argu­mento político muy novedoso: el de la repre­sen­ta­ción conforme a la pobla­ción, demo­liendo el criterio de la repre­sen­ta­ción por pre­e­mi­nen­cia política antigua. Por esta larga expe­rien­cia política fue que pudo decir, en su sermón leído en el púlpito de Confines el 25 de abril de 1810:

Yo fui el primero de los sacer­do­tes que, en esta pro­vin­cia [del Socorro], al desa­pa­re­cer los tiranos, os hablé de tan impor­tante asunto. Entonces, a todos los pueblos con­gre­ga­dos en la Iglesia del Socorro, para dar gracias a Dios, les mani­festé cuán mila­grosa era la res­ti­tu­ción de nuestra libertad, les detallé todos los males que habíamos padecido en estos tres

¹⁷ Voto del licen­ciado Manuel Campos, diputado de la pro­vin­cia de Neiva en el Primer Congreso del Reino, 5 de enero de 1811, en Diario del Congreso General del Reyno, 2 (enero de 1811), Bogotá, Biblio­teca Nacional de Colombia, fondo Quijano, 151, pieza 1.

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Intro­duc­ción

años, y les hice conocer que el Todo­po­de­roso se había decla­rado pro­tec­tor de la justicia oprimida en el afligido ame­ri­cano.

Los curas de esta com­pi­la­ción que habían per­ma­ne­cido en sus parro­quias entre 1810 y 1820 fueron Juan José Porras (Bosa), Domingo Ramírez (Pandi), fray Cayetano Reyes (Fusa­ga­sugá), José María Estévez (Choachí), Vicente Navarro (Fúquene), Salvador José Sánchez (Villa de Leiva), fray Fernando Gaitán (Pesca), Luis Calvo (Sota­quirá), Carlos José Ave­lla­neda (Boavita), Juan Antonio Val­cár­cel (Socotá), Fran­cisco Jácome (Socha), Próspero Parra (Ria­chuelo), José María Cogollos (Bari­chara), Manuel Esteban Vega (Zapatoca), Camilo Valen­zuela (Suaita), Raimundo Rodrí­guez (Pamplona), Juan Antonio Moreno de los Reyes y Parra (Cácota de Suratá y Matanza), Bue­na­ven­tura Buitrago (Labateca y Toledo), Esteban Antonio Abad (El Retiro). Fueron quienes expe­ri­men­ta­ron todos los dra­má­ti­cos cambios polí­ti­cos y, en especial, los tres años de la res­tau­ra­ción monár­quica.

Testigos de excep­ción, al frente de sus fieles feli­gre­sías, podían dar tes­ti­mo­nio de su patrio­tismo y de las vio­len­cias que habían sufrido a manos de los soldados del Ejército Expe­di­cio­na­rio español. Citemos solo dos ejemplos: el del cura del pueblo de Fómeque, el doctor Joaquín Antonio Nieto, quien en su sermón del 27 de diciem­bre 1819 relató como:

en mi pueblo de Betéi­tiba, quiso el memo­ra­ble José María Chamorro alojar sus tropas en la iglesia, por sep­tiem­bre de mil ocho­cien­tos diez y seis, sobre que tuve que hacer una vigorosa resis­ten­cia para impe­dirlo, expo­nién­dome, desde luego, a su osadía y atre­vi­miento. Allí, con motivo de alo­jar­los en mi habi­ta­ción, oí blas­fe­mias horri­bles y pro­po­si­cio­nes heré­ti­cas, en pre­sen­cia de José María Cuero, a sus ofi­cia­les, que no pude menos que repren­der agria­mente. Un tal Cordido, que comandó en Santa Rosa, no dejó niña que no hiciere conducir a su alo­ja­miento por medio de los soldados, a pesar de las lágrimas de estas y de sus cris­tia­nas madres.

El otro ejemplo es el del cura de la parro­quia de Aratoca, José Gabriel de Silva, quien relató en su sermón del 16 de enero de 1820:

Tantas veces me habéis oído, algo habéis pre­sen­ciado, acordaos de lo que en vuestro mismo vecin­da­rio habéis visto. En la cabuya del Basto, cuando el impío Tolrá pasó con su inmoral tropa, allí con­du­ci­ros por cierto infame ame­ri­cano, entraron donde aquellas ino­cen­tes mujeres que se habían ocultado, las trataron tor­pe­mente hasta dejar muerta a una y a otro que a pocos días la siguió, quedando las demás todas llenas de oprobio. Traer a la memoria lo que hizo de irre­li­gioso Cicilia en la cabuya de Sube, que puso el cuartel en la misma iglesia, donde se celebra el santo sacri­fi­cio de la misa. En fin, en esta misma parro­quia, cuántos desór­de­nes expe­ri­men­tas­teis en el tránsito de esas bárbaras legiones.

Pero también se perciben excep­cio­nal­mente, en las excusas dadas por algunos curas para no haber escrito el sermón mandado por el vice­pre­si­dente San­tan­der, cierto opor­tu­nismo, cierta lam­bo­ne­ría irónica, como lo ejem­pli­fica el caso del cura de la parro­quia de La Peña, Ramón Torres, quien el 14 de abril de 1820 presentó una excusa de su incum­pli­miento al severo general pie­de­cues­tano José María Mantilla, en ese entonces gober­na­dor militar de la pro­vin­cia de Mari­quita:

Pensando estudiar un sermón, aunque no más bien parlado, pero sí como yo apetezco, he soli­ci­tado libros por todas partes para poder dar noticia de los sucesos desde la Con­quista, y refutar las razones polí­ti­cas y bulas mal enten­di­das con que los godos han querido auto­ri­zar sus locuras. Esto, y los negocios de Cuaresma, y dos comi­sio­nes reser­va­das que he nece­si­tado evacuar, me han hecho demorar el car­ta­pa­cio, creyendo que no sería tarde todavía; pero si V.S. no pudiese disi­mu­lar a que lo concluya, mandaré una copia más ligera, y dejaré este para otra ocasión. Debiendo V.S. vivir per­sua­dido que yo soy de los más rendidos y fieles súbditos, y que aunque no he pre­di­cado el sermón, las pláticas no han faltado, por donde conocerá V.S. que no soy del número de aquellos mis hermanos bastante indo­len­tes, porque soy de los muy com­pro­me­ti­dos, y con quien V.S. podrá contar no solo en la cátedra del Espíritu Santo, sino también en el campo de batalla, exhor­tando a los soldados, y tomando las armas, porque estoy per­sua­dido que nos es lícito repeler la fuerza cuando peligra la propia exis­ten­cia, como me sucede en el caso.

En fin, digamos que, como en todo grupo social de todas las épocas, siempre habrá hombres y mujeres apli­ca­das en sus trabajos y res­pon­sa­bles de sus actos, irres­pon­sa­bles de sus acciones, fieles a una causa y tibios a otra, simu­la­do­res y sinceros, honrados y crápulas, curas en olor de santidad y curas enna­gua­dos, como en el cam­ba­la­che de la vida. Así que, en las res­pues­tas dadas por estos curas al segundo tema, sobre las vio­len­cias de los tres años de la res­tau­ra­ción monár­quica, veremos el patrio­tismo de la mayoría de ellos.

En cuanto al tema de los recursos retó­ri­cos emple­a­dos por los curas, llaman la atención dos: el dominio de la lengua pro­fe­sio­nal de la Iglesia, y la petición de ins­pi­ra­ción tanto a la Virgen María como al Espíritu Santo.

En efecto, dado que toda pro­fe­sión dispone de un discurso y de un voca­bu­la­rio espe­cia­li­zado para el cum­pli­miento de sus fun­cio­nes, y para que sus pares pro­fe­sio­na­les puedan evaluar su com­pe­ten­cia laboral, estos miembros del clero gra­na­dino tenían que lucirse en el domino de la lengua latina, la lengua oficial de la Iglesia de Roma. A despecho de sus feli­gre­sías cam­pe­si­nas y anal­fa­be­tas, des­ti­na­ta­rios ino­cen­tes de una lengua que no podrían entender, el uso del latín por los curas era una demos­tra­ción pública de su com­pe­ten­cia pro­fe­sio­nal. Casi no debería encon­trarse en esta com­pi­la­ción algún sermón que no apele, al menos en su epígrafe, a las ora­cio­nes en latín. Algunas demues­tran los atri­bu­tos doctos de sus autores, y otros, como

CLVIII-CLIX

Intro­duc­ción — La con­for­mi­dad de la inde­pen­den­cia con la doctrina de Jesu­cristo

dijo el joven Vic­to­riano de Diego Paredes al reco­no­cer que apro­ve­chó esta opor­tu­ni­dad para recaudar algunos dineros de la mano de los curas que le encar­ga­ron la escri­tura de sus sermones, demues­tran “lo muy maca­rró­nico de su lenguaje”.

En este contexto de los sermones sal­pi­ca­dos de latines, hay algunos curas que abusaron de las citas en latín, y otros que fueron más dis­cre­tos en su uso. Entre los curas que usaron con creces ora­cio­nes en latín se destacan los de las parro­quias de San Roque de Que­bra­da­ne­gra (cantón de Guaduas), La Plata, Belén de la Otra Banda, Nuestra Señora de Sopetrán, Cáqueza, el Carmen de la Mesa de Carupa y San Jacinto de Guasca. Y entre los curas que se abs­tu­vie­ron de usar latines ante sus des­va­li­das feli­gre­sías, encon­tra­mos al capellán del monas­te­rio de reli­gio­sas de la Encar­na­ción de Popayán, al cura interino de Puracé (José Miguel Velasco), al párroco de la ciudad de Santafé de Antio­quia (José María Herrera), y a los curas párrocos de San Pedro de Saba­na­larga y de San Antonio de Buriticá.

El saludo de los fieles a la Virgen María, de clara tra­di­ción romana, “Ave María”, fue un recurso retórico usado con mucha fre­cuen­cia para cerrar la parte intro­duc­to­ria del sermón y abrir la argu­men­ta­ción de los dos temas soli­ci­ta­dos por el vice­pre­si­dente. Veamos un ejemplo, tomado del sermón del cura del pueblo de Usme, en el cantón de Cáqueza:

Mas para hacer más per­cep­ti­ble mi asunto lo dividiré en dos partes, y os haré ver en la primera que, si por nuestros pecados fuese de nuevo sub­yu­gada nuestra patria por los fieros espa­ño­les, sufri­rí­a­mos mayores males que los pasados. Y os demos­traré en la segunda que la libertad e inde­pen­den­cia son con­for­mes al evan­ge­lio de Jesu­cristo, y sus secuaces son dis­cí­pu­los de tan divino maestro. Mas no pudién­dome desen­ten­der del objeto prin­ci­pal de esta solem­ni­dad, que es la madre de Dios, nuestra madre y nuestra reina, a quien vene­ra­mos, inma­cu­lada e inmune de la horrible gangrena del pecado original, no es menos cierto que por el conducto de esta piadosa madre, a quien con­fe­sa­mos con la Iglesia con­so­la­dora de afli­gi­dos y madre de los peca­do­res; así pues, llenos de júbilo y pos­tra­dos a vuestras humildes plantas os decimos con el ángel: ¡Ave María!

La con­for­mi­dad de la inde­pen­den­cia con la doctrina de Jesu­cristo

El primer tema de pre­di­ca­ción ordenado por el vice­pre­si­dente San­tan­der hacía refe­ren­cia a la com­pa­ti­bi­li­dad de la emer­gente nación colom­biana separada de la Monar­quía con la vigencia del culto de la religión católica, inten­tando sofocar los miedos que difun­dían los enemigos del nuevo régimen repu­bli­cano, en especial los obispos de Popayán [Salvador Jiménez de Enciso] y de Car­ta­gena [fray Gregorio José Rodrí­guez, OSB]. Contra monar­quía

católica, había que con­tra­po­ner repú­blica católica, como había dicho en su carta pastoral el doctor Nicolás Cuervo, gober­na­dor del Arzo­bis­pado:

La reunión de las virtudes cívicas y cris­tia­nas será la gloria de la Repú­blica. La más sagrada obli­ga­ción de los párrocos y pastores es la for­ma­ción de las buenas cos­tum­bres, y sus desvelos deben diri­girse a exter­mi­nar aquellos hábitos degra­dan­tes y esa igno­ran­cia que como funesto patri­mo­nio se ha vin­cu­lado con las razas ame­ri­ca­nas. No es este momento el de pres­cri­bi­ros reglas de edu­ca­ción, pero sabéis que un hombre abyecto es incapaz de moral, como ni de la augusta idea de la religión bien enten­dida; que las falsas nociones de virtud reli­giosa han con­tri­buido a formar nuestras cadenas y que estas, limi­tando nuestras poten­cias, han sido el más fuerte apoyo de los impos­to­res; que el Evan­ge­lio ha intro­du­cido en todas partes la antorcha de la ciencia, y en todo sentido ha hecho palpar al hombre su ver­da­dera grandeza, y enseñado que sin sus luces ni puede haber religión ni virtudes públicas.

No era el tiempo de argu­men­tar sobre la legi­ti­mi­dad política de la sepa­ra­ción de la Repú­blica de Colombia respecto de la Monar­quía española, que podría hacerse sobre las doc­tri­nas del Derecho de Gentes, sino el de disipar el miedo que gene­ra­ban los supues­tos riesgos que correría la religión católica bajo el régimen repu­bli­cano de Colombia. Fue por ello que los curas párrocos acu­die­ron a los libros his­tó­ri­cos del Antiguo Tes­ta­mento en busca de com­pa­ra­cio­nes con el pueblo judío. Y aquí fue donde el capítulo 8 del Libro de Samuel ofrecía un fuerte argu­mento sobre las anti­pa­tías de Dios con el régimen de los reyes.

Dice este libro his­tó­rico de Israel que, al enve­je­cer Samuel, el último de los titu­la­res prin­ci­pa­les del régimen de los jueces, puso a sus dos hijos mayores, Joel y Abías, en los empleos de jueces de Beerseba. Pero estos, en vez de seguir el recto camino de su padre, se dejaron llevar por la avaricia, deján­dose sobornar y per­vir­tiendo el derecho. Fue entonces cuando los ancianos de Israel acu­die­ron ante Samuel en Ramá y le dijeron: “Danos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”. Desa­gra­dado, Samuel oró a Dios, y este le replicó: “Oye la voz del pueblo en todo lo que ellos digan, porque no te han dese­chado a ti, sino a mí me han dese­chado, para que no reine sobre ellos”. Olvi­dando que Dios había sacado al pueblo hebreo de su cau­ti­ve­rio en Egipto, este prefería adorar dioses ajenos y aban­do­nar su propio Dios. Por ello este le dijo a Samuel: “Oye su voz, pero hazles una adver­ten­cia solemne y mués­tra­les cómo los tratará el rey que reinará sobre ellos”. Pasó entonces Samuel a advertir a los hebreos lo que les esperaba bajo el régimen de los reyes:

Tomará vuestros hijos y los des­ti­nará a sus carros y a su gente de a caballo, para que corran delante de su carro. Los empleará como jefes de millar y jefes de cin­cuen­te­nas; los pondrá a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que fabri­quen sus armas de guerra y los per­tre­chos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para per­fu­mis­tas, coci­ne­ras y

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Intro­duc­ción — La des­ca­li­fi­ca­ción de la acu­sa­ción de la supuesta herejía repu­bli­cana

ama­sa­do­ras. Así mismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, para dárselo a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dárselo a sus ofi­cia­les y a sus siervos [...] Aquel día os lamen­ta­réis a causa del rey que habréis elegido, pero entonces Jehová no os res­pon­derá.

Pese a esta adver­ten­cia, el pueblo hebreo no quiso oír a Samuel y porfió en tener reyes, como todas las naciones antiguas, para hacer la guerra a sus vecinos. Enterado Dios de esta res­puesta por boca de su último juez, le dijo: “Oye su voz y dales un rey”. Y así Dios escogió a Saúl como el primer rey de Israel, mientras que Samuel escribió en un libro las nuevas leyes del reino. Este relato his­tó­rico de los reyes de Israel (Saúl y David) se continúa en el Libro de los Reyes (Salomón, Roboam, etc.). Pero lo que impor­taba era el desa­grado de Dios con la sus­ti­tu­ción del régimen político de los jueces (la repú­blica) por el régimen de los reyes (la monar­quía), con lo cual se podía argu­men­tar en los sermones pro­nun­cia­dos en los púlpitos, ante las feli­gre­sías cam­pe­si­nas anal­fa­be­tas, lo bueno y justo que era a los ojos de Dios el tránsito de la monar­quía de Fernando VII a la Repú­blica de Colombia. Por para­dó­jico que parezca, la doctrina revo­lu­cio­na­ria del pueblo colom­biano, que jus­ti­ficó el paso de la sobe­ra­nía de los reyes a la Nación [“la sobe­ra­nía reside esen­cial­mente en la Nación”], se fundó en el Antiguo Tes­ta­mento de los hebreos. Esta historia de los hebreos, por com­pa­ra­ción con el nuevo pueblo colom­biano, era más fácil de entender por todos que las tesis eso­té­ri­cas que pro­ve­nían de las ver­sio­nes del Derecho de Gentes de Emerich de Vattel en las lenguas francesa e inglesa.

La des­ca­li­fi­ca­ción de la acu­sa­ción de la supuesta herejía repu­bli­cana

Como los obispos de Popayán y Car­ta­gena habían argu­men­tado en sus púlpitos que la sepa­ra­ción respecto de la sobe­ra­nía de Fernando VII podría cali­fi­carse de herejía contra la doctrina cris­tiana, los curas neo­gra­na­di­nos reci­bie­ron el encargo de des­vir­tuar esa tacha puesta a la Repú­blica de Colombia. Fue así como muchos de estos sermones se pre­gun­ta­ron por la esencia de la herejía, y la mayoría des­vir­tuó tal acu­sa­ción.

Pedro Josef Almanza, cura de Tausa, argu­mentó que para que hubiese herejía tendría que existir “una pertinaz negación de algún dogma de fe católica, creyendo o con­fe­sando, o por lo menos teniendo por cierto lo que es falso y opuesto a la religión santa de Jesu­cristo nuestro señor, que nos enseña nuestra madre la Iglesia”. Fray Domingo Gálvez O.P., cura de la parro­quia de Nuestra Señora del Rosario de Chocontá, preguntó: “Y bien, hermanos míos, ¿qué cosa es herejía?”. Y res­pon­dió: “Herejía no es otra cosa que un error volun­ta­rio y pertinaz contra la doctrina y verdad de fe católica en aquel que ha recibido la fe”. Pues como el que aban­do­naba el gobierno monár­quico y se sujetaba al gobierno repu­bli­cano no sentía nada contra la doctrina y verdad

de fe católica, ni se oponía al Antiguo ni al Nuevo Tes­ta­mento, entonces el sistema de inde­pen­den­cia no se oponía a la doctrina de Jesu­cristo y por ello no era herético.

El doctor Fran­cisco Fer­nán­dez Novoa, cura doc­tri­nero del pueblo de Cucunubá, argu­mentó que no era artículo de fe que las Américas estu­vie­sen eter­na­mente vin­cu­la­das y sujetas a la Monar­quía de España, dado que todos los gobier­nos del mundo eran tem­po­ra­les y cam­bia­ban según la voluntad de Dios. Como ninguna trans­for­ma­ción política relatada en las his­to­rias había recibido anatemas de herejía, entonces “tampoco se incurre en herejía por abrazar el sistema de inde­pen­den­cia ame­ri­cana”. Si los ame­ri­ca­nos estaban ahora en posesión de sus derechos, en nada se oponían a la fe cristina y, en con­se­cuen­cia, no incu­rrían en el anatema de la herejía.

Salvador Josef Sánchez, cura de la parro­quia de San Pedro de la Villa de Leiva por su cura, argu­mentó que “herejía es cuando el cris­tiano niega con per­ti­na­cia algún misterio de nuestra santa fe católica”. Por ello, “hermanos míos, no os dejéis alucinar; mirad que nuestra causa es justa, es natural y es de natural derecho”. Agregó que el Liber­ta­dor Simón Bolívar era cris­tia­ní­simo y ni negaba la fe ni se apartaba de la obe­dien­cia de la Silla Apos­tó­lica, “antes bien todas sus tareas son diri­gi­das a que se propague la fe, se aumente la religión y el culto debido a Dios”. Por ello preguntó: “¿a qué se han dirigido sus decretos y dis­po­si­cio­nes sino para que los minis­tros del Evan­ge­lio pre­di­quen la fe de Jesu­cristo a que se han inducido los ejer­ci­cios, las misiones y las pláticas que ha mandado se hagan en todas las iglesias del Reino?”. Por ello podía con­cluirse que no era herejía “el defender el hombre su derecho natural, el que nos ha obligado a jurar la Inde­pen­den­cia que hemos jurado”.

Por su parte, fray Agustín Casas, agustino calzado, doc­tri­nero del pueblo de Nuestra Señora de la Can­de­la­ria de Chita, argu­mentó que los herejes eran los espa­ño­les: “¿Habrá fe en España? ¡Oh tristes pro­vin­cias e infeliz reino de Granada! ¡Qué herejías, qué exter­mi­nios, qué sangre, qué robos, qué pro­fa­na­ción no se han eje­cu­tado en vosotros por la nación española!”. Final­mente, digamos que José Antonio Gómez, cura de la parro­quia de Nuestra Señora de Gua­da­lupe, concluyó diciendo que era “un absurdo, un error, un desatino de nuestros opre­so­res, atribuir a los ame­ri­ca­nos el horrendo crimen de herejía, de irre­li­gio­si­dad y blas­fe­mia, cuando tratan de ser libres deso­be­de­ciendo a un tirano”. Tal como todos los curas se esfor­za­ron en probar, “el Evan­ge­lio de ningún modo se opone a nuestra libertad”.

Los tres años de males por los pecados de los neo­gra­na­di­nos

Entre febrero de 1816 y agosto de 1819, el dominio del Ejército Expe­di­cio­na­rio de Tierra Firme, coman­dado por el general Pablo Morillo, garan­tizó la res­tau­ra­ción del dominio del Estado monár­quico en el Nuevo Reino de Granada, poniendo fin al quin­que­nio de expe­rien­cias repu­bli­ca­nas en los estados pro­vin­cia­les que se habían formado después de la eclosión juntera. Por

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ello fue que el Liber­ta­dor abrió en Santafé su copiador de órdenes, el 11 de agosto de 1819, con la siguiente frase: “Res­ta­ble­cido feliz­mente el Gobierno liberal de la Repú­blica”. Fue por ello que los sermones tuvieron que evaluar, siguiendo la ins­truc­ción del vice­pre­si­dente en su segundo tema pres­crito, esos tres años largos. Fue entonces la opor­tu­ni­dad para des­ca­li­fi­car moral­mente todo el orden de la res­tau­ra­ción monár­quica de esos años. Como dijo Mar­ga­rita Garrido en su estudio pionero sobre los sermones patrió­ti­cos, había llegado el momento de la “sata­ni­za­ción de los espa­ño­les” para permitir su repre­sen­ta­ción “como enemigos irre­con­ci­lia­bles”, que llevaba implí­cita la legi­ti­mi­dad de toda deso­be­dien­cia a la auto­ri­dad del rey Fernando VII. El “Dios de los ejér­ci­tos” fue entonces con­vo­cado en extenso por los curas, para expulsar para siempre de Colombia las “huestes infer­na­les” de España.

La des­ca­li­fi­ca­ción moral de España, y en par­ti­cu­lar de los soldados de los Ejér­ci­tos espa­ño­les, usó todo espectro de los adje­ti­vos del mal. Las excla­ma­cio­nes de dolor y los ayes inundan las segundas partes del texto de los sermones patrió­ti­cos. Las figuras de la maldad de los soldados son pro­lí­fi­cas: mujeres viudas men­di­gando su sustento, don­ce­llas des­flo­ra­das por la lujuria de la sol­da­desca, ase­si­na­tos de niños, huér­fa­nos desam­pa­ra­dos, ahor­ca­miento de varones, robos y expro­pia­cio­nes sin cuento, sacri­le­gios de iglesias, des­tie­rro de sacer­do­tes, uso profano de los objetos sagrados, etc. Un cuadro dra­má­tico de esa des­ca­li­fi­ca­ción moral puede leerse en el sermón de cura del pueblo de Choachí, José María Estévez, futuro obispo de Santa Marta:

Han mandado a la América ejér­ci­tos de asesinos, para quemar los pueblos, robar sus riquezas, quitar la vida en los cadalsos a los hombres más ilus­tra­dos, pasar a cuchillo pueblos enteros, reducir a los cala­bo­zos más oscuros y mor­tí­fe­ros a cen­te­na­res de hombres, los más honrados, y de repu­ta­ción; per­se­guir que des­te­rrar a los ecle­siás­ti­cos más vir­tuo­sos y bene­mé­ri­tos; apo­de­rarse de las rentas de las iglesias, profanar sus alhajas y orna­men­tos. Se mandan millares de hombres a la apertura de caminos, bajo la direc­ción de espa­ño­les crueles y san­gui­na­rios, que des­car­gan el palo y el azote sobre estos infe­li­ces. ¡Ah! no se pueden numerar los males que hemos sufrido en tres años que duró el gobierno español. Todavía se ven un número crecido de viudas que lloran en su aba­ti­miento y miseria la pérdida de sus vir­tuo­sos maridos. Existen cen­te­na­res de huér­fa­nos que se acuerdan con furor de la muerte injusta e igno­mi­niosa que los espa­ño­les dieron a sus padres. A cuántos de vosotros no se os quitaba con vio­len­cia los pocos inte­re­ses que poseíais, y se des­ti­na­ban a racionar estos asesinos, quedando vuestras familias, en la última miseria. Estos han sido los males que ocasionó el Ejército Paci­fi­ca­dor, y que merece con pro­pie­dad en nombre de Devas­ta­dor. Puede afir­marse sin exa­ge­ra­ción que no se encuen­tra un indi­vi­duo en estas vastas pro­vin­cias, que no haya sufrido el peso de la fiereza, e inhu­ma­ni­dad de los espa­ño­les.

El cuadro de dolor dibujado por el cura de la parro­quia de Moni­quirá, el doctor Juan Nepo­mu­ceno Parra, ejem­pli­fica bien la estra­te­gia de la argu­men­ta­ción moral:

Viudas, huér­fa­nos, don­ce­llas deso­la­das ¿Quién os ha reducido a la men­di­ci­dad y es el autor de vuestras des­gra­cias, de vuestros ayes y quejas pene­tran­tes? Vosotros sabéis dema­siado que ese tigre feroz de la Hesperia, auto­ri­zando a sus jefes y soldados, bajo los pre­tex­tos de insur­gen­cia, rebeldía, insu­bor­di­na­ción, os puso sin defensa alguna a su bárbara dis­cre­ción y a su pillaje voraz, pri­ván­doos hasta del sustento preciso de vuestras familias, del asilo de vuestros hogares y la sombra de vuestros padres, hijos y maridos. Pueblos todos de la América, vosotros hasta la invasión de los godos estabais per­sua­di­dos que el lecho nupcial era invio­la­ble, que la muerte sola era capaz de separar a la mujer de su legítimo consorte; que el pudor de las vírgenes era un san­tua­rio sagrado que no se abría sino al fiel esposo a quien la iglesia las entre­gaba; más ¡ay de mí! el aliento me falta, yo des­fa­llezco, mi voz se ahoga, mi lengua se entor­pece cuando me acuerdo que los paci­fi­ca­do­res mandados por Morillo rom­pie­ron estas barreras impe­ne­tra­bles, atro­pe­lla­ron los respetos y con­si­de­ra­cio­nes debidas a la santidad del matri­mo­nio, y a la pureza de las vírgenes, y tiznaron con su ver­gon­zosa livian­dad muchos de estos san­tua­rios ino­cen­tes.

La masacre cometida por las tropas del gober­na­dor español Lucas González en la parro­quia de Charalá, el día 4 de agosto de 1819, fue difun­dida en todos los púlpitos de las parro­quias de la pro­vin­cia del Socorro, con­vir­tién­dose en un relato mítico de las gentes de esa pro­vin­cia hasta hoy, desa­for­tu­na­da­mente derivado a la con­di­ción de “Batalla del Pienta” desde el año 2008, por móviles con­tem­po­rá­neos. La com­pren­sión de este giro del relato mítico sobre “el degüello” debe partir del sermón que pro­nun­ció, el 6 de febrero de 1820, el cura de la parro­quia de Charalá, José Vargas:

Me parece en vano cansar vuestra atención en repe­ti­ros los horrores que vosotros mismos fuisteis espec­ta­do­res y testigos oculares, de los ase­si­na­tos y robos gene­ra­les que los decan­ta­dos paci­fi­ca­do­res de nuestro suelo come­tie­ron el aciago 4 de agosto último [1819]. Acordaos de más de cin­cuenta ase­si­na­tos de infe­li­ces ino­cen­tes que come­tie­ron en este santo templo. Aquel día aquella tropa de penin­su­la­res, afri­ca­nos y esclavos de nuestro suelo, esti­mu­la­dos con el sebo y licencia del saqueo, estupro, adul­te­rio, for­ni­ca­ción y ase­si­na­tos, sin respetar lo más sagrado, ni al indi­vi­duo más inocente. Acordaos de todos los que ase­si­na­ban en este santo templo. El delito que come­tie­ron fue estar oyendo misa, cum­pliendo con el precepto de la san­ti­fi­ca­ción del día de fiesta. Fuera de que los que ase­si­na­ron por las calles, casas, arra­ba­les y plaza, fue sin excep­ción de sexo, edad, e inca­pa­ces de opinión. Todo el empeño de estos tigres fue concluir con la huma­ni­dad y robarse no sola­mente las pro­pie­da­des de

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sus habi­tan­tes, sino también los bienes y alhajas des­ti­na­das y con­sa­gra­das para el servicio y culto de Dios.

Las ver­sio­nes de otros curas con­fir­man la natu­ra­leza del hecho per­pe­trado por una tropa de “penin­su­la­res, afri­ca­nos y esclavos de nuestro suelo”, auxi­liada por “rameras” que llegaron al pillaje: una expe­di­ción depre­da­dora ordenada, por el coronel español Lucas González, en repre­sa­lia por la llegada de una partida de gue­rri­lla enviada por el general Simón Bolívar al sitio, faci­li­tada por la conducta irres­pon­sa­ble del coronel patriota Antonio González. El párroco de Fómeque relató que, por orden de Lucas González, se habían dego­llado en Charalá 99 personas de todos los sexos, edades y cali­da­des: “de ellos, dos en la iglesia, y 25 en el altozano”. El cura de Tuta dijo que en Charalá “mataron más de tres­cien­tos, algunos en la iglesia, el saqueo pasó de dos­cien­tos mil pesos, y lo sé por carta que tengo de aquel señor cura y buen patriota”. El relato del cura de la parro­quia de Mogotes fue el siguiente:

Aún no había llegado a la capital el Ejército Liber­ta­dor. Apenas ocupaba la campaña del Pantano de Vargas, cuando manda el jefe supremo de la Repú­blica de gober­na­dor para la pro­vin­cia del Socorro al coronel [Antonio] Morales. Llega a Charalá, hace publicar la ley marcial, obe­dé­cenla los pueblos en donde fue intimada; se reúnen en Charalá, pero des­gra­cia­da­mente se ven atacados de González, gober­na­dor de los espa­ño­les en aquel entonces en el Socorro, coge este la plaza, derrota a los patrio­tas. ¿Y qué hizo después? Todos saben de aquellos estragos y mor­tan­dad: unos, por correr huyendo pre­ci­pi­ta­dos, se ahogaron en el río; otros, murieron a bala y machete; a otros no les valió ni aún la inmu­ni­dad de la iglesia para su refugio. El templo mismo dedicado al Dios Poderoso para ofre­cerle sacri­fi­cios sirve entonces de cadalso para quitar la vida a sus mora­do­res. Hombres y mujeres indis­tin­ta­mente riegan allí su sangre y sirven de víctima al furor de González ¹⁸. Permite a su tropa saqueo y hubo señora a quien des­po­ja­ron de sus paños menores, joyas, dinero, ropa y cuanto hubo gene­ral­mente.

El párroco de Onzaga repitió la versión anterior:

... aún no había llegado a la capital el ejército de liber­ta­do­res. Apenas estaban en la campaña de Vargas. Manda el general por Charalá, en auxilio de [Fernando] Santos, al coronel [Antonio] Morales. Se hace publicar la ley marcial com­pre­siva a la pro­vin­cia del Socorro. Por obe­de­cerla, siguen algunos pueblos. Se reúnen en Charalá, pero des­gra­cia­da­mente se ven atacados de [Lucas] González, gober­na­dor entonces del Socorro. Coge este la plaza, derrota a los patrio­tas. ¿Y qué hizo después? Todos saben de aquellos estragos y mor­tan­dad, unos por correr huyendo pre­ci­pi­ta­dos se ahogaron en el río, otros mueren a bala y machete; a otros no les vale ni aún la inmu­ni­dad de la iglesia para su refugio. El templo mismo, dedicado

a ofrecer sacri­fi­cios a un Dios poderoso, sirve entonces de cadalso para sacri­fi­car a sus mora­do­res. Hombres y mujeres indis­tin­ta­mente riegan allí su sangre y sirven de víctimas al furor de González ¹⁹. Permite a su tropa saqueo, y hubo señora a quien des­po­ja­ron hasta de sus paños menores, joyas, dinero, ropa y cuanto hubo gene­ral­mente, incluido el haber el párroco, sin embargo de estar desde antes ausente.

Daniel Gutié­rrez Ardila recons­truyó recien­te­mente lo sucedido, con­fir­mando que el coronel patriota Antonio Morales había llegado a Charalá el 27 de julio de 1819, acom­pa­ñado del coman­dante de gue­rri­llas, Fernando Santos, y de unos cien bisoños, cum­pliendo las órdenes dadas en Bonza por el Liber­ta­dor: ocupar e insu­rrec­cio­nar la pro­vin­cia del Socorro para reclutar allí muchos hombres para la campaña. Pero en vez de dictar medidas de defensa de Charalá, el coronel Morales se dedicó ocho días a “diver­sio­nes y fan­dan­gos” noc­tur­nos en la casa de Pedro Agustín Vargas, un per­so­naje local que se había lucrado durante el tiempo de la res­tau­ra­ción monár­quica con las pro­pie­da­des de los patrio­tas emi­gra­dos. Gracias a esta conducta del comi­sio­nado por el Liber­ta­dor, las tropas de González habían entrado al pueblo sin resis­ten­cia y habían sembrado las calles, casas, iglesia y altozano de cadá­ve­res, tras lo cual aco­me­tie­ron el saqueo general, con saldo de entre 200 y 300 muertos y de un botín de 5.000 pesos que llevaron a Simacota. Por supuesto, el nombre del coronel Morales fue recor­dado “con una justa exe­cra­ción por muchos habi­tan­tes de aquella pro­vin­cia” ²⁰.

Gracias a los sermones de estos curas, con­fir­ma­dos por los informes del cura de Charalá, José Vargas (2 de sep­tiem­bre de 1819), y del doctor Diego Fernando Gómez (18 de sep­tiem­bre de 1819) al Liber­ta­dor ²¹, puede desen­tra­ñarse la reciente fabri­ca­ción de un relato mítico falseado, ori­gi­nado en el libro En nombre de la libertad, publi­cado por el cha­ra­leño Edgar Cano: el que afirma sin rubor que los cha­ra­le­ños habían dado una “batalla en el río Pienta” a las tropas de Lucas González, dete­niendo su marcha hacia el campo de Boyacá, con lo cual el Ejército Liber­ta­dor había podido ganar esta batalla decisiva porque no pudieron refor­zarlo. La versión más brutal se repite en la Gober­na­ción de San­tan­der como dos lemas ana­cró­ni­cos: “Sin 4 de agosto no hay 7 de agosto”, y “Primero fue San­tan­der que Boyacá”.

Los mayores males que vendrían si todos no se movi­li­za­ban

Para movi­li­zar a las feli­gre­sías a la acción defen­siva, en la cir­cuns­tan­cia de la invasión del segundo ejército expe­di­cio­na­rio español que se congregó en Cabezas de San Juan durante el mes de diciem­bre de 1819, detenido antes de

¹⁸ Tuvo el vene­ra­ble cura que recon­ci­liar después la Iglesia para decir misa por haber quedado violada.

¹⁹ Tuvo el vene­ra­ble que recon­ci­liar después la Iglesia para hacer misa.

²⁰ Daniel Gutié­rrez Ardila (2019), 1819, Bogotá, Uni­ver­si­dad Exter­nado de Colombia, pp. 87-89.

²¹ En AGN, Sección Archivo Anexo, Historia, 26, folios 589-594.

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zarpar por la revo­lu­ción enca­be­zada por Rafael del Riego que dio inicio al Trienio Liberal en los dominios de Fernando VII, los curas tuvieron que predicar los grandes males que se expe­ri­men­ta­rían si tal cosa llegara a ocurrir.

El sermón pre­di­cado por el doctor José Gabriel de Silva, cura de la parro­quia de Aratoca, ejem­pli­fica muy bien la retórica de esa movi­li­za­ción defen­siva, y el libro del Antiguo Tes­ta­mento selec­cio­nado para tal pro­pó­sito: Macabeos:

Ahora bien, amados oyentes míos: si esto hemos padecido, aun cuando nos espe­rá­ba­mos que nos mirarían con afecto y agra­de­ci­miento, ¿cuál os parece sería el trato que los espa­ño­les nos darían si lograran volver a domi­nar­nos? Tu si quae cogitans in nos. Tú solo, Dios mío, sabes las inten­cio­nes de nuestros crueles enemigos. Yo concibo, que después de los más horro­ro­sos tor­men­tos e infamias, no dejarían vivo ni al inocente niño de pechos. Por tanto, es nece­sa­rio que hagamos la reso­lu­ción de Judas Macabeo, aquel esfor­zado caudillo que en el prin­ci­pio os referí. [[59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanc­to­rum], mejor es morir en la guerra defen­diendo nuestra libertad, que expe­ri­men­tar la inhumana crueldad de nuestros opre­so­res. Sí, señores, yo os exhorto con las mismas palabras de Matatías a sus hijos: rechazar ani­mo­sa­mente a vuestros enemigos o morir en la demanda. ¿Qué acción más gloriosa ni meri­to­ria que dar la vida por la religión y por la Patria? Sí, esfor­za­dos vecinos míos, morir o vencer debe ser vuestra divisa, vuestra sagrada religión os dará un seguro derecho para repeler la fuerza con una justa defensa.

El lema [59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanc­to­rum ²² (es pre­fe­ri­ble para nosotros morir en el combate que ver las des­gra­cias de nuestra nación y del San­tua­rio) proviene del libro I de la historia de los Macabeos, capítulo 3, ver­sí­culo 59. Fueron muchos los curas que rela­ta­ron a sus feli­gre­sías la historia de la lucha heroica de Matatías y sus hijos contra el dominio de Antíoco IV y la ocu­pa­ción de Jeru­sa­lén, ponién­dola como ejemplo de lo que los colom­bia­nos debían hacer en caso de una nueva ocu­pa­ción de los ejér­ci­tos espa­ño­les.

La historia de Matatías y sus hijos (Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán) comienza en el capítulo 2 y narra su rebelión ante el espec­tá­culo de las impie­da­des que veían en Judá y en Jeru­sa­lén. Matatías había excla­mado: “¡Ay de mí! ¿Para esto he nacido? ¿Para ver la ruina de mi pueblo y la des­truc­ción de la Ciudad santa? ¿Para quedarme sentado en ella, mientras es entre­gada al poder del enemigo y el San­tua­rio está en manos de extran­je­ros? Su Templo ha quedado como un hombre envi­le­cido los objetos que eran su gloria fueron llevados como botín, sus niños masa­cra­dos en las plazas, sus jóvenes pasados al filo de la espada enemiga”. Después de que Matatías y sus hijos rasgaron sus ves­ti­du­ras, se pusieron un sayal y se lamen­ta­ron amar­ga­mente.

Pero deci­die­ron no dejarse matar, e ini­cia­ron una rebelión contra sus domi­na­do­res, enca­be­zada por Judas Macabeo (166-160 a. C.), obte­niendo su primer triunfo en Emaús.

Este ejemplo bíblico fue puesto por los curas en sus sermones, con­vo­cando a sus feli­gre­sías a ofrendar sus vidas y caudales en la guerra contra los espa­ño­les, insis­tiendo en que las des­gra­cias de los tres años ante­rio­res no eran nada, en com­pa­ra­ción con los castigos que sufri­rían si regre­sa­ban los espa­ño­les a Colombia. El cura de Fusa­ga­sugá ejem­pli­fica esa decisión de imitar a los Macabeos, ofren­dando la vida si era nece­sa­rio:

Ha mucho tiempo que ofrecí mi vida por la Patria, y debo cumplir y per­fec­cio­nar este sacri­fi­cio. Mi religión me inspira este deseo cuando en el libro de los Macabeos ha escrito: mejor es morir en la guerra que ver los males de mi gente. [[59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanc­to­rum] ²³.

La retórica de los sermones iden­ti­ficó también los nombres de los hombres de la expe­rien­cia repu­bli­cana del período 1810-1816 que habían sido sacri­fi­ca­dos por el Ejército Expe­di­cio­na­rio de Tierra Firme. El siguiente sermón del cura de la villa de Medellín, José Nicolás Benítez, así lo ejem­pli­fica:

Vosotros visteis derramar con inhumana fiereza la inocente sangre de los hombres más bene­mé­ri­tos e ilus­tra­dos, cuyos pies ni aun merecían besarlos los autores de su muerte. ¡Oh, Caldas, Tejada, Torres, Vargas, Gutié­rrez, Valen­zuela, Car­bo­nell y tantos héroes justos! ¡Oh, felices almas que coro­nas­teis vuestros méritos y glorias con la inmar­ce­si­ble palma del martirio en defensa de la libertad, de aquella libertad que el ser supremo concedió al racional cuando en él esculpía su imagen y seme­janza al tiempo de su creación! Vosotros, que des­can­sáis en la mansión de los esco­gi­dos, pediréis, como el profeta, venganza sobre las ini­qui­da­des de Morillo, Mon­te­verde, Morales, Boves, Suazola, Calzada, Sámano, Tolrá, Warleta, y tantos otros irre­li­gio­sos tiranos.

En fin, son muchas las obser­va­cio­nes his­tó­ri­cas que los inves­ti­ga­do­res pueden derivar de la lectura de este nuevo cuerpo docu­men­tal que se pone a su dis­po­si­ción en este año del bicen­te­na­rio de la apro­ba­ción de la Ley fun­da­men­tal de Colombia por los con­gre­sis­tas de Vene­zuela reunidos en Santo Tomás de Angos­tura, a orilla del río Orinoco. Si en algo con­tri­buye al avance de la inves­ti­ga­ción sobre la historia de la cons­truc­ción de la Nación colom­biana habremos logrado nuestro pro­pó­sito.

Armando Martínez Garnica

²² Es mejor para nosotros morir en batalla que ver los males de nuestra gente y de lo santos. Tra­duc­ción directa.

²³ Es mejor para nosotros morir en batalla que ver los males de nuestra gente y de lo santos. Tra­duc­ción directa.

CLXVIII-CLXIX

Biblio­gra­fía

Biblio­gra­fía

Arce Escobar, Viviana. “El púlpito entre el temor y la espe­ranza: ideas de castigo divino y mise­ri­cor­dia de Dios en la oratoria sagrada neo­gra­na­dina, 1808-1820”, en Anuario Colom­biano de Historia Regional y de las Fron­te­ras, vol. 17, No. 1, Buca­ra­manga, Uni­ver­si­dad Indus­trial de San­tan­der, 2012, pp. 77-107.

Arce Escobar, Viviana. “La Biblia como fuente de refle­xión política en los sermones neo­gra­na­di­nos, 1808-1821”, en Ciencias Sociales, no. 9, Cali, enero-junio, 2012, pp. 273-308.

Dufour, Gérard (estudio pre­li­mi­nar y pre­sen­ta­ción). Sermones revo­lu­cio­na­rios del Trienio Liberal (1820-1823), Alicante, Ins­ti­tuto de Cultura “Juan Gil-Albert”, Dipu­ta­ción de Alicante, 1991.

Garrido, Mar­ga­rita. “Los sermones patrió­ti­cos y el nuevo orden en Colombia, 1819-1820”, en Boletín de Historia y Anti­güe­da­des, vol. XCI, No. 826, Bogotá, Academia Colom­biana de Historia, 2004, pp. 461-483.

Muñoz, Fernando. “Apro­xi­ma­ción al ima­gi­na­rio reli­gioso del período inde­pen­den­tista”, en Revista Historia y Espacio, No. 35, Cali, Uni­ver­si­dad del Valle, julio-diciem­bre, 2010, pp. 177-200.

Ocampo López, Javier. El cura Juan Fer­nán­dez de Soto­ma­yor y Picón y los cate­cis­mos de la Inde­pen­den­cia, Bogotá, Uni­ver­si­dad del Rosario, 2010.

Zawadzky, Alfonso. Clero insur­gente y clero realista. Estudio de los informes secretos del obispo de Popayán, doctor Salvador Jiménez, al Rey de España sobre la actua­ción de sacer­do­tes de su Diócesis durante la Guerra de Inde­pen­den­cia, 1818-1819, 2 edición mejorada, Cali, Imprenta Boli­va­riana, 1948. La primera edición había sido publi­cada por el autor en Medellín, Publi­ca­cio­nes del Concejo de Medellín, 1944. Los informes men­cio­na­dos fueron vistos por este his­to­ria­dor en el fondo Curas y Obispos del AGN.

SERMONES PATRIÓ­TI­COS

CLXX
Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.