En el oficio que el general Pablo Morillo dirigió, el 7 de marzo de 1818, al ministro español de la Guerra, puede leerse:
Los curas [de la Nueva Granada] están particularmente desafectos, ni uno parece adicto a la causa del Rey. Ya he expresado mis deseos a V.E. de mandar misioneros; ahora añado la necesidad de mandar igualmente teólogos y abogados de España. Si el Rey quiere subyugar estas provincias, las mismas medidas se deben tomar que al principio de la Conquista ¹.
El violento proceso de la restauración del régimen monárquico en las provincias sujetas al Virreinato de Santafé, desde el sitio de la plaza de Cartagena hasta la toma de la capital del Nuevo Reino de Granada y de las ciudades de la gobernación de Popayán, intermediando la cruenta batalla del páramo de Cachirí, parece haber erosionado los sentimientos de afecto de buena parte de los curas neogranadinos por su otrora “deseado rey”, Fernando VII. La percepción del comandante general del Ejército Expedicionario de Tierra Firme tendría que ser validada tras el hecho de armas del campo de Boyacá.
Para entonces, la silla del Arzobispado de Santafé seguía estando vacante, al igual que las cátedras diocesanas de Santa Marta y Cuenca. El doctor Nicolás Cuervo, prebendado de la catedral metropolitana de Santafé, era quien actuaba como gobernador de este arzobispado. La cátedra de Caracas, ocupada por el arzobispo Narciso Coll y Pradt hasta su remisión a España en 1816, por orden del general Pablo Morillo, había quedado vacante y en manos de un gobernador del arzobispado, que lo era el provisor Manuel Vicente Maya. El primer obispo de Antioquia —fray Fernando Cano—, quien recibió sus bulas de institución el 17 de junio de 1819, regresó desde las Antillas a España y nunca entró en posesión de su sede. Así que la réplica al triunfo de los Ejércitos Libertadores tenía que venir de solo cinco pastores: Salvador Jiménez de Enciso (Popayán), fray Gregorio José Rodríguez OSB (Cartagena), Rafael Lasso de la Vega (Mérida de Maracaibo), Leonardo Santander y Villavicencio (Quito), y fray Higinio Durán O.M. (Panamá).
¹ “Oficio del general Pablo Morillo al ministro de la Guerra de España”. Cuartel general de Mompox, 7 de marzo de 1818, en Correo del Orinoco, Angostura, no. 5 (25 de julio de 1818), 1.
La conducta de todos estos prelados estaba regida desde 1816 por el breve Etsi Longissimo, dirigido por el Papa Pío VII a todos los arzobispos, obispos y clero de las provincias españolas de América, para excitarlos “a no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países”. Este santo propósito se podría lograr “si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos perjuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de nuestro carísimo hijo en Jesucristo, Fernando, vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la religión y la felicidad de sus súbditos”. Los españoles que en Europa habían despreciado su vida y sus bienes, para demostrar su adhesión a la fe y su lealtad hacia el soberano, debían ponerse de ejemplo, recomendando a todos los fieles “con el mayor ahínco la fidelidad y obediencia debidas a vuestro monarca” ².
No debe entonces extrañar que tres de estos obispos —Santander, Cano y Rodríguez— se marchasen inmediatamente de retorno a España porque no podían aceptar la separación de Colombia respecto de la Monarquía ³. Pero los obispos Rafael Lasso de la Vega (Mérida) y Salvador Jiménez de Enciso (Popayán) fueron seducidos por el Libertador para la causa colombiana, al punto que el primero se convirtió en constituyente de Colombia. El gobernador de la arquidiócesis de Santafé, Nicolás Cuervo, fue ganado por el Vicepresidente de Cundinamarca y se convirtió en un importante defensor de la causa republicana. El obispo de Panamá se incorporó a Colombia con la misma serenidad con que lo hicieron los militares nativos de esa provincia. Esta diferenciación de los prelados diocesanos respecto de la construcción de la primera nación colombiana fue la misma que habían tenido los dos cleros durante el proceso revolucionario de la anterior década, pues mientras muchos de sus miembros abrazaron esta causa, otros se mantuvieron fieles a la Regencia y al rey Fernando VII.
Un joven testigo de la situación de Santafé tras la batalla de Boyacá, cuando el general Santander actuaba como vicepresidente de Cundinamarca, registró la hostilidad de una parte de los curas y frailes contra el nuevo gobierno republicano, razón por la cual algunos fueron desterrados a Guayana, y los demás obligados a escribir y leer en sus púlpitos “tres sermones de Patria”, en los cuales debía ser preconizado el nuevo orden y execrado el anterior. Este testigo relató el cumplimiento de la orden oficial del modo siguiente:
Como por ese tiempo había tal ignorancia que eran rarísimas las personas que sabían escribir, yo tuve que plumear, además de los sermones del Padre Balderruten (cura excusador de La Serrezuela), los del Padre Blanco, cura de Bojacá; los del Padre Saavedra de Facatativá, y los del Padre Garay, cura de Funza, cuyos sermones me dejaron bonitos reales para ocurrir a las necesidades de mi madre. Centenares de sermones llegaron a manos del general Santander, de los cuales algunos se publicaron efectivamente, quedando inéditos más de las cuatro quintas partes porque, aunque eran patrióticos y acordes con la circular, no podían darse a la estampa por lo muy macarrónico de su lenguaje. Con todo, el general Santander, en sus cartas a los curas, los ponderaba y los convidaba a venir a almorzar con él, de donde resultó que casi todos los curas, por aquellos tiempos, ayudaron a hacernos Patria ⁴.
La expedición de las tropas colombianas a las provincias del sur de Colombia se acompañó de destierros de curas realistas, como ocurrió con el presbítero Batallas, canónigo de la catedral de Quito, expulsado del territorio nacional “por mal ciudadano” y privado de su cargo y renta como miembro del coro, “pues quien no puede ser ciudadano tiene un absoluto impedimento para ser empleado” ⁵. Los presbíteros Pedro José Sañudo (cura de la iglesia de Pasto) y Martín Burbano (párroco de Pupiales) fueron enviados al puerto de Guayaquil, “por adictos al gobierno español” ⁶, a comienzos de 1823, y los presbíteros que se quedaron en esa provincia tuvieron que dar muestras de su lealtad a Colombia, y con el consentimiento del Libertador presidente recibieron nuevos beneficios eclesiásticos.
No es posible entonces hablar del clero neogranadino en estos procesos como si se tratase de un cuerpo profesional homogéneo, guiado por una sola postura y una decisión concertada, sino que hay que examinar a cada presbítero o fraile en particular, pues incluso las falsas reconciliaciones debieron ser frecuentes en el tiempo de la restauración del Virreinato, como lo ejemplifica el cura Juan Fernández de Sotomayor, quien después de haber perdido el curato de Mompós por la publicación de un catecismo político (1814) y de haber huido a Jamaica, logró obtener la absolución de las censuras eclesiásticas y la administración del curato de indios de Chimá, gracias
² Antonio Ramón Silva, Documentos para la historia de la diócesis de Mérida, tomo IV, Mérida, Imprenta Diocesana, 1922, pp. 55-57. Citado por Juan de Dios Peña Rojas, Conflicto de fidelidades. Lasso de la Vega de realista a patriota, 1815-1831, Mérida, Archivo Arquidiocesano de Mérida, 2008, pp. 106-107.
³ Una exhortación pastoral del obispo de Quito, Leonardo Santander y Villavicencio, a los pastusos realistas llegó a las manos del general Sucre, quien la guardó en su archivo personal, Archivo Jijón y Caamaño, correspondencia del general Sucre, tomo 83, pp. 659-661.
⁴ Victoriano de Diego Paredes, “Memorias dictadas a su hija Francisca Paredes Serrano en Bogotá, abril de 1885”, en Boletín de Historia y Antigüedades, 732 (enero-marzo), 1981, pp. 111-112.
⁵ Comunicación del general José Gabriel Pérez, secretario general del Libertador presidente, dirigido al intendente de Quito desde el cuartel general de Ibarra, 25 de diciembre de 1822, Archivo Nacional del Ecuador, Presidencia de Quito, caja 595, tomo 1, f. 126.
⁶ Consulta de Calixto Miranda al intendente Salvador Ortega sobre la posibilidad de declarar vacantes los curatos de Pasto y Pupiales, si sus anteriores titulares fueron expulsados del territorio de Colombia, y sobre la posibilidad de proveerlos en concurso. Quito, 19 de agosto de 1823, ANE, Presidencia de Quito, Caja 245, volumen 609, f. 60.
La conducta de todos estos prelados estaba regida desde 1816 por el breve Etsi Longissimo, dirigido por el Papa Pío VII a todos los arzobispos, obispos y clero de las provincias españolas de América, para excitarlos “a no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países”. Este santo propósito se podría lograr “si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos perjuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de nuestro carísimo hijo en Jesucristo, Fernando, vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la religión y la felicidad de sus súbditos”. Los españoles que en Europa habían despreciado su vida y sus bienes, para demostrar su adhesión a la fe y su lealtad hacia el soberano, debían ponerse de ejemplo, recomendando a todos los fieles “con el mayor ahínco la fidelidad y obediencia debidas a vuestro monarca” ².
No debe entonces extrañar que tres de estos obispos —Santander, Cano y Rodríguez— se marchasen inmediatamente de retorno a España porque no podían aceptar la separación de Colombia respecto de la Monarquía ³. Pero los obispos Rafael Lasso de la Vega (Mérida) y Salvador Jiménez de Enciso (Popayán) fueron seducidos por el Libertador para la causa colombiana, al punto que el primero se convirtió en constituyente de Colombia. El gobernador de la arquidiócesis de Santafé, Nicolás Cuervo, fue ganado por el Vicepresidente de Cundinamarca y se convirtió en un importante defensor de la causa republicana. El obispo de Panamá se incorporó a Colombia con la misma serenidad con que lo hicieron los militares nativos de esa provincia. Esta diferenciación de los prelados diocesanos respecto de la construcción de la primera nación colombiana fue la misma que habían tenido los dos cleros durante el proceso revolucionario de la anterior década, pues mientras muchos de sus miembros abrazaron esta causa, otros se mantuvieron fieles a la Regencia y al rey Fernando VII.
Un joven testigo de la situación de Santafé tras la batalla de Boyacá, cuando el general Santander actuaba como vicepresidente de Cundinamarca, registró la hostilidad de una parte de los curas y frailes contra el nuevo gobierno republicano, razón por la cual algunos fueron desterrados a Guayana, y los demás obligados a escribir y leer en sus púlpitos “tres sermones de Patria”, en los cuales debía ser preconizado el nuevo orden y execrado el anterior. Este testigo relató el cumplimiento de la orden oficial del modo siguiente:
Como por ese tiempo había tal ignorancia que eran rarísimas las personas que sabían escribir, yo tuve que plumear, además de los sermones del Padre Balderruten (cura excusador de La Serrezuela), los del Padre Blanco, cura de Bojacá; los del Padre Saavedra de Facatativá, y los del Padre Garay, cura de Funza, cuyos sermones me dejaron bonitos reales para ocurrir a las necesidades de mi madre. Centenares de sermones llegaron a manos del general Santander, de los cuales algunos se publicaron efectivamente, quedando inéditos más de las cuatro quintas partes porque, aunque eran patrióticos y acordes con la circular, no podían darse a la estampa por lo muy macarrónico de su lenguaje. Con todo, el general Santander, en sus cartas a los curas, los ponderaba y los convidaba a venir a almorzar con él, de donde resultó que casi todos los curas, por aquellos tiempos, ayudaron a hacernos Patria ⁴.
La expedición de las tropas colombianas a las provincias del sur de Colombia se acompañó de destierros de curas realistas, como ocurrió con el presbítero Batallas, canónigo de la catedral de Quito, expulsado del territorio nacional “por mal ciudadano” y privado de su cargo y renta como miembro del coro, “pues quien no puede ser ciudadano tiene un absoluto impedimento para ser empleado” ⁵. Los presbíteros Pedro José Sañudo (cura de la iglesia de Pasto) y Martín Burbano (párroco de Pupiales) fueron enviados al puerto de Guayaquil, “por adictos al gobierno español” ⁶, a comienzos de 1823, y los presbíteros que se quedaron en esa provincia tuvieron que dar muestras de su lealtad a Colombia, y con el consentimiento del Libertador presidente recibieron nuevos beneficios eclesiásticos.
No es posible entonces hablar del clero neogranadino en estos procesos como si se tratase de un cuerpo profesional homogéneo, guiado por una sola postura y una decisión concertada, sino que hay que examinar a cada presbítero o fraile en particular, pues incluso las falsas reconciliaciones debieron ser frecuentes en el tiempo de la restauración del Virreinato, como lo ejemplifica el cura Juan Fernández de Sotomayor, quien después de haber perdido el curato de Mompós por la publicación de un catecismo político (1814) y de haber huido a Jamaica, logró obtener la absolución de las censuras eclesiásticas y la administración del curato de indios de Chimá, gracias
² Antonio Ramón Silva, Documentos para la historia de la diócesis de Mérida, tomo IV, Mérida, Imprenta Diocesana, 1922, pp. 55-57. Citado por Juan de Dios Peña Rojas, Conflicto de fidelidades. Lasso de la Vega de realista a patriota, 1815-1831, Mérida, Archivo Arquidiocesano de Mérida, 2008, pp. 106-107.
³ Una exhortación pastoral del obispo de Quito, Leonardo Santander y Villavicencio, a los pastusos realistas llegó a las manos del general Sucre, quien la guardó en su archivo personal, Archivo Jijón y Caamaño, correspondencia del general Sucre, tomo 83, pp. 659-661.
⁴ Victoriano de Diego Paredes, “Memorias dictadas a su hija Francisca Paredes Serrano en Bogotá, abril de 1885”, en Boletín de Historia y Antigüedades, 732 (enero-marzo), 1981, pp. 111-112.
⁵ Comunicación del general José Gabriel Pérez, secretario general del Libertador presidente, dirigido al intendente de Quito desde el cuartel general de Ibarra, 25 de diciembre de 1822, Archivo Nacional del Ecuador, Presidencia de Quito, caja 595, tomo 1, f. 126.
⁶ Consulta de Calixto Miranda al intendente Salvador Ortega sobre la posibilidad de declarar vacantes los curatos de Pasto y Pupiales, si sus anteriores titulares fueron expulsados del territorio de Colombia, y sobre la posibilidad de proveerlos en concurso. Quito, 19 de agosto de 1823, ANE, Presidencia de Quito, Caja 245, volumen 609, f. 60.
a un juramento de fidelidad al rey, pero luego fue presentado ante la Curia Romana por el Gobierno colombiano para la silla de la diócesis de Cartagena, en reemplazo de fray Gregorio José Rodríguez ⁷.
Los curas “refractarios” de la diócesis de Popayán fueron identificados por Alfonso Zawadzky, quien examinó los informes secretos enviados al rey Fernando VII por su obispo, Salvador Jiménez de Enciso, entre 1818 y 1819 ⁸. Teniendo a la vista la real orden que le había sido comunicada por el ministro de Gracia y Justicia, el 31 de octubre de 1816, en la cual se le sugería preferir a los presbíteros más fieles al rey en la distribución de los beneficios eclesiásticos, informando sobre los que se habían hecho acreedores a las reales recompensas por su fidelidad y servicios a la causa del rey, predicando contra los insurgentes, este obispo suministró, “en conciencia”, los siguientes nombres del clero realista: Eusebio Ramírez de Arellano, español y racionero de la catedral de Popayán, emigrado a la provincia de Pasto durante las pasadas convulsiones políticas; José María Grueso, hijo de españoles honrados, de “literatura nada común”, provisor y vicario general de Popayán; Félix Liñán y Haro, español, secretario del obispo informante; Salvador Morcillo, cura de Almaguer, hermano del párroco de La Cruz (José María Morcillo), quien fue asesinado por los insurgentes; Joaquín González de la Penilla, cura de Anserma; Luis Antonio Peña, cura de Guacarí; Luis Antonio de Aguirre, cura de Timbío, quien fue capellán del real batallón del Patía y de las tropas que vinieron de Lima a la reconquista del Nuevo Reino de Granada; Juan Ignacio Aragón, cura interino del Salado, calificado de “realista de todo corazón” por el comandante del Valle del Cauca; Cayetano Domínguez, cura de Yumbo, “muy realista”; Eduardo Vidal y Joaquín Sánchez, “fieles vasallos de Su Majestad”, y Pedro Antonio de Torres, vicerrector del Real Colegio Seminario de Popayán, quien “ha tomado las armas en clase de teniente”.
En la provincia de Antioquia, según los informes suministrados por el fraile franciscano Rafael de la Serna, “héroe de fidelidad y constancia contra los malvados”, se habría tenido que recompensar con beneficios eclesiásticos al doctor Francisco Antonio Saldarriaga, “opositor a los partidarios de la Independencia”; al doctor Salvador Tirado, cura interino de la villa de Medellín, perseguido por haberse negado a jurar la independencia”; a don Manuel Rojas, cura de San Cristóbal que combatió a los insurgentes “con el mayor honor y fidelidad a Su Majestad”; a Alberto María de la Calle, vicario de Medellín, condecorado por el general Pablo Morillo en premio de su conocida
fidelidad; a Carlos Cadavid, cura de Copacabana; a José María Calle, cura de Santa Isabel; a Manuel López de la Peña, comisario del Santo Oficio; y a los presbíteros Casimiro Tamayo y José Antonio Naranjo.
Informó también el obispo de Popayán sobre la fidelidad al rey de casi todos los frailes franciscanos de los conventos de Popayán (fray Francisco Pugnet, fray Juan Antonio Gutiérrez, fray Marcos Tejada, fray Lucas Domingo y fray Juan Bautista Zamora, guardián) y Cali (fray Juan de Dios Montenegro, fray González, fray Delgado y fray José Joaquín Polanco), emigrados “por no faltar a sus sagrados deberes y han sufrido los mayores trabajos en el tiempo de la revolución”. En el convento de Santo Domingo de Popayán se distinguía fray Andrés Sarmiento (capellán del virrey Juan Sámano, responsable de haber levantado a los patianos y a los pastusos en defensa del rey), y en el convento de San Agustín fray Pedro Albán, “azote de los insurgentes y en todos los tiempos” ⁹.
El presbítero Faustino Martínez y una Relación reservada completaron la lista de los curas realistas de la provincia de Antioquia, por solicitud del obispo de Popayán, con los siguientes nombres: José María Herrera, cura de Sacaojal, quien dio muestras de “constante amor y firmeza al rey”; Félix Díaz, cura interino de Sopetrán; José María Restrepo, cura propietario del Valle de San Andrés, quien “ha inspirado a sus feligreses amor y lealtad al rey”; José Eustaquio Herrón, cura de Urrao; Vicente Ibarra, doctrinero de indios de Sabanalarga por 19 años; Gabriel García Aguirre, quien prefirió huir al monte que servir al gobierno insurgente; el doctor Carlos Morales, “de vastísima literatura en materias morales, principios teológicos y en el Concilio de Trento; José Joaquín Escobar, cura de Amagá; Juan Francisco Suárez Tobón, quien se retiró a los montes para no servir bajo el gobierno insurgente; José Miguel Vélez, Francisco Benítez, José María de Uribe, Antonio Montoya, el doctor Carlos de Restrepo, sacristán mayor de Medellín; Félix Antonio Jaramillo, cura de Yarumal; Cecilio Salazar, Sinforiano Pérez, Pedro Pérez y Miguel Mariano de la Cantera, cura de Toro ¹⁰. De todos modos, el obispo de Popayán juzgó que por las revueltas habían quedado vacantes 28 beneficios eclesiásticos en la provincia de Antioquia, con lo cual era necesario reformar el clero de esa provincia, pues eran muchos los curas que se hallaban “con graves notas de resultas de la revolución” ¹¹.
⁷ Javier Ocampo López, El cura Juan Fernández de Sotomayor y Picón y los catecismos de la Independencia, Bogotá, Universidad del Rosario, 2010.
⁸ Alfonso Zawadzky, Clero insurgente y clero realista. Estudio de los Informes secretos del Obispo de Popayán doctor Salvador Jiménez, al Rey de España sobre la actuación de sacerdotes de su Diócesis durante la Guerra de Independencia, 1818-1819, 2 edición mejorada, Cali, Imprenta Bolivariana, 1948. La primera edición había sido publicada por el autor en Medellín, Publicaciones del Concejo de Medellín, 1944. Los informes mencionados fueron vistos por este autor en el fondo Curas y Obispos del AGN.
⁹ Informe reservado del obispo de Popayán al rey. Popayán, 5 de noviembre de 1818, en Zawadzky, Clero insurgente y clero realista, ob. Cit, pp. 42-53.
¹⁰ Informe del doctor Faustino Martínez al obispo Salvador Jiménez de Enciso. Santafé de Antioquia, 24 de enero de 1819, en Zawadzky, Clero insurgente y clero realista, ob. Cit, pp. 58-61. Relación reservada de los eclesiásticos que deben ser preferidos en la colocación de los curatos vacantes de esta provincia de Antioquia. Medellín, 1 de febrero de 1819, en Zawadzky, Clero insurgente y clero realista, ob. Cit, pp. 67-75.
¹¹ Carta del obispo de Popayán al rey. Popayán, 5 de mayo de 1819, en Zawadzky, Clero insurgente y clero realista, ob. Cit, pp. 63-64.
Este libro recoge los nombres y los textos de los curas que dieron muestras de su patriotismo al comenzar la experiencia de la primera república de Colombia, posible gracias al resultado de la batalla de Boyacá, y gracias a la obediencia que prestaron a la orden dada, el 2 de diciembre de 1819, por quien en ese entonces actuaba como vicepresidente del Departamento de Cundinamarca, el general Francisco de Paula Santander. Esa orden había sido concertada por el vicepresidente con el doctor Nicolás Cuervo y Rojas, quien en ausencia del arzobispo de Bogotá actuaba como gobernador del Arzobispado. Esta alianza de las dos cabezas de la autoridad pública en el extinguido Nuevo Reino de Granada fue un acontecimiento afortunado para el proceso de formación del nuevo estado republicano, benéfica para las dos partes, y una continuidad de la larga tradición de colaboración de la Iglesia Católica y el Estado desde los tiempos de la reconquista hispana de las taifas de los moros.
La orden concertada pretendía que las feligresías de todos los poblamientos fuesen instruidas por sus respectivos párrocos “en los derechos que tienen a la libertad e independencia”. El protocolo de su cumplimiento siguió las rutinas parroquiales: en cada iglesia debía celebrarse una misa de rogativa a la imagen de su correspondiente santo patrono, seguida del canto de las letanías y las preces acostumbradas, tras lo cual el respectivo cura párroco leería una exhortación con dos temas:
1º. Que el sistema de independencia obtenido con la batalla de Boyacá era conforme a la doctrina de Jesucristo y, por consiguiente, los que lo seguían no podían ser calificados de herejes.
2º. Que si la Nueva Granada, por los pecados de sus habitantes, fuese subyugada nuevamente por las tropas españolas, sufriría males mayores que los que ya había padecido durante los tres años transcurridos entre febrero de 1816 y agosto de 1819.
Idealmente, cada uno de los sermones patrióticos, o exhortaciones a los feligreses, debía contener el desarrollo de estos dos temas en las dos partes principales de su texto. Como lo documenta la orden dada el 29 de marzo de 1820 por el general José María Córdova, actuando como gobernador de la provincia de Antioquia, los curas que no cumpliesen el mandato de entrega del “cuaderno” de la exhortación, en lo posible certificado por la autoridad pública local, incurriría en una multa de cincuenta pesos.
El cumplimiento de esta orden por los 199 curas párrocos recogidos en esta colección de sermones patrióticos arroja un resultado inesperado. Tratándose de los “hombres de letras” de su tiempo, un grupo mayoritario si se compara con el grupo de los abogados, sorprende el escaso empleo de una argumentación basada en el Derecho de Gentes, usado con mayor frecuencia por la generación de abogados que fue sacrificada en los patíbulos de 1816. La clásica obra de Emmerich de Vattel (1714-1767) sobre los “principios de la ley natural aplicados a la conducta y los asuntos de las naciones y los soberanos” estaba disponible en su versión inglesa desde 1758, y
en 1820 justamente estuvo disponible la primera edición madrileña en español, gracias al licenciado Manuel María Pascual Hernández. La lectura en las ediciones inglesa y francesa puede probarse en los textos de Francisco de Miranda, el primer Congreso de las Provincias de Venezuela (1811), José Acevedo y Gómez, Diego Martín Tanco, Camilo Torres Tenorio, Ignacio de Herrera, Félix Restrepo, Jerónimo Torres, Joaquín Camacho, Antonio Nariño y los abogados que integraron las primeras juntas provinciales de gobierno que se erigieron durante el quinquenio 1810-1815.
En cambio, solo en los sermones de trece curas párrocos se encuentran referencias explícitas al Derecho de Gentes, encabezados por quienes habían alcanzado en las aulas de los dos colegios mayores de Santafé los títulos de doctor: Juan Nepomuceno Parra (Moniquirá), Buenaventura Sáenz (Guatoque), Agapito Soler (Silos) e Isidro Gómez (Palmas del Socorro). Con ellos, los curas de la villa de la Purificación (Diego Chacón y Galindo), La Mesa, Chaparral (fray Salvador María Vargas), Guarumo (Fray Pedro de la Virgen del Carmen), Nuestra Señora de Chiquinquirá de Nocaima (Carlos de Medina y Ruiz), Chipaque (fray José de San Andrés Moya), La Concepción (José Agustín Sarmiento), Bucaramanga (José Ignacio Martínez) y La Plata.
Fueron muchos más los curas que argumentaron con una mención al Derecho Natural: José Cayetano Silva (Cunday), Antonio de Guevara (Manta), fray Patricio Salguero OFM (Tunja), Salvador Josef Sánchez (Villa de Leiva), Pedro Pablo Blanco (Cucaita), Antonio Valdés (Sora), Fray Miguel Custodio de San Antonio Guevara (Toca), Cándido A. García (Tuta), Fray Agustín Casas (Chita), Vicente Ferrer Bernal (Machetá), José Antonio de Abella (Cerinza), el doctor Sebastián José Meléndez Figueroa (Sátiva), Juan Ramón del Castillo (Simacota), Anselmo García (Oiba), Manuel Campos de Cote (Confines), José Antonio Gómez (Guadalupe), Josef Gavino de La Peñuela (La Aguada), Emigdio Gómez (San José de Pare), Pedro Thomas Pinzón (Santa Ana), Fray José Domingo de San Antonio Correa (Taguaná), José Antonio Camilo Durán (Yaguará), Fray José Casimiro Uribe (Carnicerías), Francisco Xavier Cándido Pinzón (Otás), Fray Joseph Francisco Higuera (La Alpujarra), Josef Joaquín Ramírez (Anapoima), Ramón Romero (Valle de San Juan), Josef Ignacio de Olejua (San Juan de la Vega) y Carlos José Morales (Belén de la Otra Banda). Como ellos, también los curas de Cáqueza, Turmequé, Teguas, Garagoa y Guaca.
Pero estas referencias al Derecho de Gentes y al Derecho Natural, como argumentos en favor de la independencia de la Nueva Granada respecto de la monarquía, son casi nada en comparación con el grueso de la argumentación, sostenida en algunos de los libros del Antiguo Testamento: Samuel, Reyes, Judit, los Salmos, Eclesiastés, Éxodo, Deuteronomio, Macabeos. Del Nuevo Testamento, solo algunos textos de los evangelistas y algunas de las epístolas de San Pablo. Claro, estamos hablando de la cultura eclesiástica de los presbíteros neogranadinos de comienzos de las primeras décadas del siglo XIX, y de una política que debía ser defendida: la independencia de la monarquía, y las promesas de la República de Colombia, que no suponían una
amenaza a la cultura hegemónica de la Iglesia Católica, y por ello estaban muy lejos ser calificadas como herejía. Como dijo el doctor Nicolás Cuervo en su carta pastoral, había que construir “la religiosa República de Colombia”, es decir, una república cristiana. Hasta su muerte, el general Santander tranquilizó al clero colombiano, y después granadino, y por ello fue inhumado con la gran camándula que le colgaron al cuello los frailes franciscanos. Aunque a veces atizaba, y a veces moderaba, los excesos de los llamados “liberales exaltados” de la década de 1830 en la Nueva Granada, se le puede considerar un “liberal moderado”, tanto como a José Ignacio de Márquez.
Viviana Arce Escobar ya llamó la atención sobre el hecho de que, independientemente de la defensa ideológica que emprendieran los clérigos granadinos, según los períodos del proceso de emancipación, siempre fueron los libros de la Biblia la fuente de su argumentación. La historia del antiguo pueblo judío permitía construir las comparaciones pertinentes con el proceso vivido por el pueblo neogranadino, extrayendo los argumentos probatorios de la causa que se estuviera defendiendo. Por ello, los sermones fueron un instrumento para la construcción del régimen republicano, como antes había servido para la defensa de la monarquía de Fernando VII ¹².
El mérito del vicepresidente Santander fue entender el valor estratégico del clero en la construcción de la nación colombiana y la utilidad de los sermones patrióticos, y a la vista de la cosecha de los sermones de 1819-1820, produjo el decreto del 4 de enero 1822, que supuso la dependencia civil del clero colombiano al Estado. Cuando se fuesen a proveer los beneficios eclesiásticos, los obispos quedaron obligados a pasar a los respectivos intendentes departamentales las listas de los presbíteros ganadores de las oposiciones, con detalle de sus servicios prestados a la Iglesia “y de los que justifiquen su conducta política”. De este modo, los intendentes fueron facultados para objetar las provisiones de beneficios eclesiásticos cuando juzgaran en conciencia que, “por sus comprometimientos con el Gobierno español, o conducta indiferente con el Gobierno colombiano, pueden ser perjudiciales en el beneficio a que se le destina; y en este caso el prelado eclesiástico reformará su nombramiento”. Esta dependencia del clero colombiano con el Estado significaba que, “para proceder con más armonía en las provisiones, el prelado eclesiástico se pondrá a la voz de acuerdo con el intendente siempre que sea posible” ¹³.
En su informe anual a la Legislatura colombiana de 1823, el Secretario del Interior de Colombia hizo un reconocimiento al “patriotismo del clero colombiano” y a los “importantes servicios que ha hecho a la causa de la
independencia”. En todas partes había auxiliado “con el influjo de la palabra y de su ministerio, con su ejemplo y con sus riquezas”. Solamente se había encontrado “uno u otro fanático servil que, por ignorancia o por una malicia refinada”, había querido convencer a otros que la religión solo podía ir de la mano del gobierno monárquico. Como el gobierno republicano ya no contaba con el ejercicio del antiguo patronazgo de la Iglesia que habían tenido los reyes, no estaba en capacidad de recompensar con las altas dignidades a los eclesiásticos beneméritos, pero llegaría el día en podría hacerlo, para cimentar más entre el clero el amor a la patria ¹⁴.
Margarita Garrido hizo un primer examen de una parte de los sermones patrióticos de 1819-1820, la que hace parte del fondo Ortega Ricaurte del AGN, tratando de identificar los grandes argumentos de esta predicación ¹⁵. Ante el primer tema, los libros de Samuel y de los Reyes permitían sostener el republicanismo de Dios, pues habiendo sido este partidario del gobierno de los jueces entre el pueblo judío, vio con malos ojos su demanda de reyes, al uso de los filisteos, y solo concedió esa petición, tramitada ante Samuel, como medio de proveerles el castigo que infringen los regímenes monárquicos. Ante el segundo tema, que anunciaba mayores males si llegasen a regresar las tropas españolas, los relatos de los crímenes y robos de los soldados del Ejército Expedicionario de Pablo Morillo se dirigieron a provocar entre las feligresías una condena moral de la nación española, dada su falta de escrúpulos cristianos para cometer toda clase de vejaciones y violaciones, especialmente contra las viudas y las doncellas. Esa “satanización” de los españoles fijaba un punto de no retorno a la República de Colombia, pues en caso de su destrucción perecerían todos los ciudadanos. Siguiendo el relato de Matatías y sus hijos, los Macabeos, la lucha contra el domino monárquico era un deber moral y una obligación existencial: “dulce es morir por la patria”. Fernando Muñoz examinó este mismo grupo de sermones patrióticos, tratando de identificar la argumentación contra la acusación de herejía que se impuso a los partidarios de la ruptura con la monarquía, la justificación de esta ruptura con el derecho dado por la ley natural, la atribución de atributos mesiánicos al Libertador Simón Bolívar, la separación como camino de salvación, y el llamamiento a la acción militar contra los españoles ¹⁶.
Resulta así que los historiadores que se han ocupado de los sermones patrióticos solo tuvieron acceso a una tercera parte de ellos, los que separó don Enrique Ortega Ricaurte para su colección documental, pero no a los
¹² Viviana Arce Escobar, “La Biblia como fuente de reflexión política en los sermones neogranadinos, 1808-1821”, en Ciencias Sociales, Cali, no. 9, (enero-junio), 2012, pp. 273-308.
¹³ Decreto dado por el vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula Santander, sobre la manera de proveer los beneficios eclesiásticos. Bogotá, 4 de enero de 1822, en Gaceta de Colombia, 15 (27 de enero de 1822).
¹⁴ José Manuel Restrepo, “Memoria presentada al Congreso de Colombia sobre los negocios de su departamento. Bogotá, 22 de abril de 1823”, en Administraciones de Santander, Bogotá, Fundación Francisco de Paula Santander, tomo I, 1990, pp. 99-139.
¹⁵ Margarita Garrido, “Los sermones patrióticos y el nuevo orden en Colombia, 1819-1820”, en Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XCI, No. 826, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 2004, pp. 461-483.
¹⁶ Fernando Muñoz, “Aproximación al imaginario religioso del período independentista”, en Revista Historia y Espacio, Cali, Universidad del Valle, No. 35, (julio-diciembre), 2010, pp. 177-200.
dos tomos encuadernados de sermones (12 y 13) que reposan en el fondo Decretos manuscritos y Leyes originales de la Sección de la República. Todos estos sermones se custodian hoy en el Archivo General de la Nación, excepto uno encontrado en la Biblioteca Nacional de Colombia. Este libro se propone entonces ofrecer a la investigación todo el cuerpo de sermones patrióticos, que resultó de la orden dada el 22 de diciembre de 1819 por el vicepresidente de Cundinamarca, excepto unos cinco sermones a los que no se les pudo identificar ni el autor ni la parroquia donde fueron leídos. Gracias a esta compilación de transcripciones modernizadas de esos documentos originales, se ofrece a los nuevos lectores un cuerpo documental más amplio para el emprendimiento de nuevas investigaciones sobre la cultura de los hombres de letras que vestían hábitos religiosos al comenzar la experiencia de la primera República de Colombia, la cual se puso al servicio del proyecto republicano, para alejar a las feligresías analfabetas de su antigua fidelidad al rey de España. Se facilitaba así su tránsito a la ciudadanía de una nación que se inventó en ese momento, y que vivió una rica experiencia política que fue legada, una década después, a los tres nuevos estados nacionales que se llamaron Nueva Granada, Venezuela y Ecuador.
Los primeros borradores de estas transcripciones se deben a Astrid Guiovanna Rojas Vargas y a María Paula Corredor Acosta, sobre los cuales trabajó el compilador, teniendo a la vista los textos originales. Muchas gracias a ellas por su colaboración, así como a Roger Pita, quien aportó información y transcripciones. La impresión de este volumen se debe a los buenos oficios de la Academia Colombiana de Historia, en especial a su presidente, Eduardo Durán Gómez, y a su secretario, Luis Horacio López. Los serviciales funcionarios de la sala de investigadores del Archivo General de la Nación siempre estuvieron atentos a auxiliar el trabajo de compilación y de transcripción, como es tradición en esa benemérita institución de la Nación colombiana.
Como se espera que esta compilación documental atraiga la atención de nuevos investigadores de la cultura eclesiástica de la Nueva Granada, y de las estrategias políticas de construcción de la nueva nación que hizo posible el triunfo del Ejército Libertador, aquí solo se consignan, como abrebocas, algunas observaciones temáticas sobre la riqueza conceptual e histórica de los sermones patrióticos.
Los viejos curas patriotas
Aunque a esta nutrida colección de hombres de letras que habían profesado el ministerio eclesiástico se le podría aplicar la sospecha de haber sido unas “veletas” durante la década del proceso de independencia, como alguna vez dijo Daniel Gutiérrez, pues cambiaba de bando según los vientos políticos de los tiempos, aquí encontramos algunos viejos curas que se afiliaron a la causa patriota desde la eclosión juntera de 1810. Entre ellos brillan José María
Estévez de Cote, quien el 24 de julio de 1810 se presentó en Santafé, “asociado a don Pedro Callejas, corregidor del partido de Cáqueza, a su tío don Juan Nepomuceno Estévez y a don Mateo Pescador, y al frente de 500 de sus feligreses” del pueblo de indios de Choachí, para apoyar la Junta Suprema que se había erigido en la capital del Virreinato. Amigo personal desde ese entonces del general Santander, por su lealtad a la causa republicana llegó a presidir la Convención constituyente de 1832, y a recibir el beneficio de la diócesis de Santa Marta, por gestión del Gobierno de Colombia en la Sede Pontificia. Al presentar “el libro santo que debe reglar los destinos de la patria”, es decir, la primera carta constitucional del Estado de la Nueva Granada (29 de febrero de 1832), dijo que conforme al artículo 15 de esa constitución, quedaba establecido “el riguroso deber que tiene la Nueva Granada de proteger la Santa Religión Católica, Apostólica y Romana, esta religión divina, la única verdadera, precioso origen del bien que heredaron los granadinos de sus padres, que recibieron del Cielo en el bautismo y, que por la misericordia del Dios que adoramos, conservaremos todos intacta, pura y sin mancha”. La vieja amistad de este prelado con el primer presidente de la Nueva Granada, el general Francisco de Paula Santander, contribuyó a prolongar la estrecha alianza de la Iglesia Católica y el Estado, por lo menos hasta la irrupción de la siguiente generación de granadinos.
El licenciado Manuel Campos de Cote, cura de la parroquia de los Confines, en la provincia del Socorro, había representado a la provincia de Neiva en el primer Congreso del Reino que se abrió el 22 de diciembre de 1810 en Santafé, cuando era el cura de la parroquia de Prado. Allí donde sostuvo los derechos de representación de las villas, como Mompós, Villa de Leiva y Sogamoso, contra los representantes que la reducían solo a las cabeceras de las antiguas provincias. Dijo entonces que, así como España ya no podía sojuzgar a Santafé, dada la reasunción de la soberanía por los pueblos, en la circunstancia de ausencia de Fernando VII en su trono, por extensión, Santafé ya no podía sojuzgar a las provincias del Nuevo Reino de Granada y, más allá, las cabeceras provinciales tampoco podían hacerlo respecto de las villas sujetas antiguamente a sus jurisdicciones ¹⁷. Introdujo entonces un argumento político muy novedoso: el de la representación conforme a la población, demoliendo el criterio de la representación por preeminencia política antigua. Por esta larga experiencia política fue que pudo decir, en su sermón leído en el púlpito de Confines el 25 de abril de 1810:
Yo fui el primero de los sacerdotes que, en esta provincia [del Socorro], al desaparecer los tiranos, os hablé de tan importante asunto. Entonces, a todos los pueblos congregados en la Iglesia del Socorro, para dar gracias a Dios, les manifesté cuán milagrosa era la restitución de nuestra libertad, les detallé todos los males que habíamos padecido en estos tres
¹⁷ Voto del licenciado Manuel Campos, diputado de la provincia de Neiva en el Primer Congreso del Reino, 5 de enero de 1811, en Diario del Congreso General del Reyno, 2 (enero de 1811), Bogotá, Biblioteca Nacional de Colombia, fondo Quijano, 151, pieza 1.
años, y les hice conocer que el Todopoderoso se había declarado protector de la justicia oprimida en el afligido americano.
Los curas de esta compilación que habían permanecido en sus parroquias entre 1810 y 1820 fueron Juan José Porras (Bosa), Domingo Ramírez (Pandi), fray Cayetano Reyes (Fusagasugá), José María Estévez (Choachí), Vicente Navarro (Fúquene), Salvador José Sánchez (Villa de Leiva), fray Fernando Gaitán (Pesca), Luis Calvo (Sotaquirá), Carlos José Avellaneda (Boavita), Juan Antonio Valcárcel (Socotá), Francisco Jácome (Socha), Próspero Parra (Riachuelo), José María Cogollos (Barichara), Manuel Esteban Vega (Zapatoca), Camilo Valenzuela (Suaita), Raimundo Rodríguez (Pamplona), Juan Antonio Moreno de los Reyes y Parra (Cácota de Suratá y Matanza), Buenaventura Buitrago (Labateca y Toledo), Esteban Antonio Abad (El Retiro). Fueron quienes experimentaron todos los dramáticos cambios políticos y, en especial, los tres años de la restauración monárquica.
Testigos de excepción, al frente de sus fieles feligresías, podían dar testimonio de su patriotismo y de las violencias que habían sufrido a manos de los soldados del Ejército Expedicionario español. Citemos solo dos ejemplos: el del cura del pueblo de Fómeque, el doctor Joaquín Antonio Nieto, quien en su sermón del 27 de diciembre 1819 relató como:
en mi pueblo de Betéitiba, quiso el memorable José María Chamorro alojar sus tropas en la iglesia, por septiembre de mil ochocientos diez y seis, sobre que tuve que hacer una vigorosa resistencia para impedirlo, exponiéndome, desde luego, a su osadía y atrevimiento. Allí, con motivo de alojarlos en mi habitación, oí blasfemias horribles y proposiciones heréticas, en presencia de José María Cuero, a sus oficiales, que no pude menos que reprender agriamente. Un tal Cordido, que comandó en Santa Rosa, no dejó niña que no hiciere conducir a su alojamiento por medio de los soldados, a pesar de las lágrimas de estas y de sus cristianas madres.
El otro ejemplo es el del cura de la parroquia de Aratoca, José Gabriel de Silva, quien relató en su sermón del 16 de enero de 1820:
Tantas veces me habéis oído, algo habéis presenciado, acordaos de lo que en vuestro mismo vecindario habéis visto. En la cabuya del Basto, cuando el impío Tolrá pasó con su inmoral tropa, allí conduciros por cierto infame americano, entraron donde aquellas inocentes mujeres que se habían ocultado, las trataron torpemente hasta dejar muerta a una y a otro que a pocos días la siguió, quedando las demás todas llenas de oprobio. Traer a la memoria lo que hizo de irreligioso Cicilia en la cabuya de Sube, que puso el cuartel en la misma iglesia, donde se celebra el santo sacrificio de la misa. En fin, en esta misma parroquia, cuántos desórdenes experimentasteis en el tránsito de esas bárbaras legiones.
Pero también se perciben excepcionalmente, en las excusas dadas por algunos curas para no haber escrito el sermón mandado por el vicepresidente Santander, cierto oportunismo, cierta lambonería irónica, como lo ejemplifica el caso del cura de la parroquia de La Peña, Ramón Torres, quien el 14 de abril de 1820 presentó una excusa de su incumplimiento al severo general piedecuestano José María Mantilla, en ese entonces gobernador militar de la provincia de Mariquita:
Pensando estudiar un sermón, aunque no más bien parlado, pero sí como yo apetezco, he solicitado libros por todas partes para poder dar noticia de los sucesos desde la Conquista, y refutar las razones políticas y bulas mal entendidas con que los godos han querido autorizar sus locuras. Esto, y los negocios de Cuaresma, y dos comisiones reservadas que he necesitado evacuar, me han hecho demorar el cartapacio, creyendo que no sería tarde todavía; pero si V.S. no pudiese disimular a que lo concluya, mandaré una copia más ligera, y dejaré este para otra ocasión. Debiendo V.S. vivir persuadido que yo soy de los más rendidos y fieles súbditos, y que aunque no he predicado el sermón, las pláticas no han faltado, por donde conocerá V.S. que no soy del número de aquellos mis hermanos bastante indolentes, porque soy de los muy comprometidos, y con quien V.S. podrá contar no solo en la cátedra del Espíritu Santo, sino también en el campo de batalla, exhortando a los soldados, y tomando las armas, porque estoy persuadido que nos es lícito repeler la fuerza cuando peligra la propia existencia, como me sucede en el caso.
En fin, digamos que, como en todo grupo social de todas las épocas, siempre habrá hombres y mujeres aplicadas en sus trabajos y responsables de sus actos, irresponsables de sus acciones, fieles a una causa y tibios a otra, simuladores y sinceros, honrados y crápulas, curas en olor de santidad y curas ennaguados, como en el cambalache de la vida. Así que, en las respuestas dadas por estos curas al segundo tema, sobre las violencias de los tres años de la restauración monárquica, veremos el patriotismo de la mayoría de ellos.
En cuanto al tema de los recursos retóricos empleados por los curas, llaman la atención dos: el dominio de la lengua profesional de la Iglesia, y la petición de inspiración tanto a la Virgen María como al Espíritu Santo.
En efecto, dado que toda profesión dispone de un discurso y de un vocabulario especializado para el cumplimiento de sus funciones, y para que sus pares profesionales puedan evaluar su competencia laboral, estos miembros del clero granadino tenían que lucirse en el domino de la lengua latina, la lengua oficial de la Iglesia de Roma. A despecho de sus feligresías campesinas y analfabetas, destinatarios inocentes de una lengua que no podrían entender, el uso del latín por los curas era una demostración pública de su competencia profesional. Casi no debería encontrarse en esta compilación algún sermón que no apele, al menos en su epígrafe, a las oraciones en latín. Algunas demuestran los atributos doctos de sus autores, y otros, como
dijo el joven Victoriano de Diego Paredes al reconocer que aprovechó esta oportunidad para recaudar algunos dineros de la mano de los curas que le encargaron la escritura de sus sermones, demuestran “lo muy macarrónico de su lenguaje”.
En este contexto de los sermones salpicados de latines, hay algunos curas que abusaron de las citas en latín, y otros que fueron más discretos en su uso. Entre los curas que usaron con creces oraciones en latín se destacan los de las parroquias de San Roque de Quebradanegra (cantón de Guaduas), La Plata, Belén de la Otra Banda, Nuestra Señora de Sopetrán, Cáqueza, el Carmen de la Mesa de Carupa y San Jacinto de Guasca. Y entre los curas que se abstuvieron de usar latines ante sus desvalidas feligresías, encontramos al capellán del monasterio de religiosas de la Encarnación de Popayán, al cura interino de Puracé (José Miguel Velasco), al párroco de la ciudad de Santafé de Antioquia (José María Herrera), y a los curas párrocos de San Pedro de Sabanalarga y de San Antonio de Buriticá.
El saludo de los fieles a la Virgen María, de clara tradición romana, “Ave María”, fue un recurso retórico usado con mucha frecuencia para cerrar la parte introductoria del sermón y abrir la argumentación de los dos temas solicitados por el vicepresidente. Veamos un ejemplo, tomado del sermón del cura del pueblo de Usme, en el cantón de Cáqueza:
Mas para hacer más perceptible mi asunto lo dividiré en dos partes, y os haré ver en la primera que, si por nuestros pecados fuese de nuevo subyugada nuestra patria por los fieros españoles, sufriríamos mayores males que los pasados. Y os demostraré en la segunda que la libertad e independencia son conformes al evangelio de Jesucristo, y sus secuaces son discípulos de tan divino maestro. Mas no pudiéndome desentender del objeto principal de esta solemnidad, que es la madre de Dios, nuestra madre y nuestra reina, a quien veneramos, inmaculada e inmune de la horrible gangrena del pecado original, no es menos cierto que por el conducto de esta piadosa madre, a quien confesamos con la Iglesia consoladora de afligidos y madre de los pecadores; así pues, llenos de júbilo y postrados a vuestras humildes plantas os decimos con el ángel: ¡Ave María!
La conformidad de la independencia con la doctrina de Jesucristo
El primer tema de predicación ordenado por el vicepresidente Santander hacía referencia a la compatibilidad de la emergente nación colombiana separada de la Monarquía con la vigencia del culto de la religión católica, intentando sofocar los miedos que difundían los enemigos del nuevo régimen republicano, en especial los obispos de Popayán [Salvador Jiménez de Enciso] y de Cartagena [fray Gregorio José Rodríguez, OSB]. Contra monarquía
católica, había que contraponer república católica, como había dicho en su carta pastoral el doctor Nicolás Cuervo, gobernador del Arzobispado:
La reunión de las virtudes cívicas y cristianas será la gloria de la República. La más sagrada obligación de los párrocos y pastores es la formación de las buenas costumbres, y sus desvelos deben dirigirse a exterminar aquellos hábitos degradantes y esa ignorancia que como funesto patrimonio se ha vinculado con las razas americanas. No es este momento el de prescribiros reglas de educación, pero sabéis que un hombre abyecto es incapaz de moral, como ni de la augusta idea de la religión bien entendida; que las falsas nociones de virtud religiosa han contribuido a formar nuestras cadenas y que estas, limitando nuestras potencias, han sido el más fuerte apoyo de los impostores; que el Evangelio ha introducido en todas partes la antorcha de la ciencia, y en todo sentido ha hecho palpar al hombre su verdadera grandeza, y enseñado que sin sus luces ni puede haber religión ni virtudes públicas.
No era el tiempo de argumentar sobre la legitimidad política de la separación de la República de Colombia respecto de la Monarquía española, que podría hacerse sobre las doctrinas del Derecho de Gentes, sino el de disipar el miedo que generaban los supuestos riesgos que correría la religión católica bajo el régimen republicano de Colombia. Fue por ello que los curas párrocos acudieron a los libros históricos del Antiguo Testamento en busca de comparaciones con el pueblo judío. Y aquí fue donde el capítulo 8 del Libro de Samuel ofrecía un fuerte argumento sobre las antipatías de Dios con el régimen de los reyes.
Dice este libro histórico de Israel que, al envejecer Samuel, el último de los titulares principales del régimen de los jueces, puso a sus dos hijos mayores, Joel y Abías, en los empleos de jueces de Beerseba. Pero estos, en vez de seguir el recto camino de su padre, se dejaron llevar por la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho. Fue entonces cuando los ancianos de Israel acudieron ante Samuel en Ramá y le dijeron: “Danos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”. Desagradado, Samuel oró a Dios, y este le replicó: “Oye la voz del pueblo en todo lo que ellos digan, porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos”. Olvidando que Dios había sacado al pueblo hebreo de su cautiverio en Egipto, este prefería adorar dioses ajenos y abandonar su propio Dios. Por ello este le dijo a Samuel: “Oye su voz, pero hazles una advertencia solemne y muéstrales cómo los tratará el rey que reinará sobre ellos”. Pasó entonces Samuel a advertir a los hebreos lo que les esperaba bajo el régimen de los reyes:
Tomará vuestros hijos y los destinará a sus carros y a su gente de a caballo, para que corran delante de su carro. Los empleará como jefes de millar y jefes de cincuentenas; los pondrá a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que fabriquen sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para perfumistas, cocineras y
amasadoras. Así mismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, para dárselo a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dárselo a sus oficiales y a sus siervos [...] Aquel día os lamentaréis a causa del rey que habréis elegido, pero entonces Jehová no os responderá.
Pese a esta advertencia, el pueblo hebreo no quiso oír a Samuel y porfió en tener reyes, como todas las naciones antiguas, para hacer la guerra a sus vecinos. Enterado Dios de esta respuesta por boca de su último juez, le dijo: “Oye su voz y dales un rey”. Y así Dios escogió a Saúl como el primer rey de Israel, mientras que Samuel escribió en un libro las nuevas leyes del reino. Este relato histórico de los reyes de Israel (Saúl y David) se continúa en el Libro de los Reyes (Salomón, Roboam, etc.). Pero lo que importaba era el desagrado de Dios con la sustitución del régimen político de los jueces (la república) por el régimen de los reyes (la monarquía), con lo cual se podía argumentar en los sermones pronunciados en los púlpitos, ante las feligresías campesinas analfabetas, lo bueno y justo que era a los ojos de Dios el tránsito de la monarquía de Fernando VII a la República de Colombia. Por paradójico que parezca, la doctrina revolucionaria del pueblo colombiano, que justificó el paso de la soberanía de los reyes a la Nación [“la soberanía reside esencialmente en la Nación”], se fundó en el Antiguo Testamento de los hebreos. Esta historia de los hebreos, por comparación con el nuevo pueblo colombiano, era más fácil de entender por todos que las tesis esotéricas que provenían de las versiones del Derecho de Gentes de Emerich de Vattel en las lenguas francesa e inglesa.
La descalificación de la acusación de la supuesta herejía republicana
Como los obispos de Popayán y Cartagena habían argumentado en sus púlpitos que la separación respecto de la soberanía de Fernando VII podría calificarse de herejía contra la doctrina cristiana, los curas neogranadinos recibieron el encargo de desvirtuar esa tacha puesta a la República de Colombia. Fue así como muchos de estos sermones se preguntaron por la esencia de la herejía, y la mayoría desvirtuó tal acusación.
Pedro Josef Almanza, cura de Tausa, argumentó que para que hubiese herejía tendría que existir “una pertinaz negación de algún dogma de fe católica, creyendo o confesando, o por lo menos teniendo por cierto lo que es falso y opuesto a la religión santa de Jesucristo nuestro señor, que nos enseña nuestra madre la Iglesia”. Fray Domingo Gálvez O.P., cura de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chocontá, preguntó: “Y bien, hermanos míos, ¿qué cosa es herejía?”. Y respondió: “Herejía no es otra cosa que un error voluntario y pertinaz contra la doctrina y verdad de fe católica en aquel que ha recibido la fe”. Pues como el que abandonaba el gobierno monárquico y se sujetaba al gobierno republicano no sentía nada contra la doctrina y verdad
de fe católica, ni se oponía al Antiguo ni al Nuevo Testamento, entonces el sistema de independencia no se oponía a la doctrina de Jesucristo y por ello no era herético.
El doctor Francisco Fernández Novoa, cura doctrinero del pueblo de Cucunubá, argumentó que no era artículo de fe que las Américas estuviesen eternamente vinculadas y sujetas a la Monarquía de España, dado que todos los gobiernos del mundo eran temporales y cambiaban según la voluntad de Dios. Como ninguna transformación política relatada en las historias había recibido anatemas de herejía, entonces “tampoco se incurre en herejía por abrazar el sistema de independencia americana”. Si los americanos estaban ahora en posesión de sus derechos, en nada se oponían a la fe cristina y, en consecuencia, no incurrían en el anatema de la herejía.
Salvador Josef Sánchez, cura de la parroquia de San Pedro de la Villa de Leiva por su cura, argumentó que “herejía es cuando el cristiano niega con pertinacia algún misterio de nuestra santa fe católica”. Por ello, “hermanos míos, no os dejéis alucinar; mirad que nuestra causa es justa, es natural y es de natural derecho”. Agregó que el Libertador Simón Bolívar era cristianísimo y ni negaba la fe ni se apartaba de la obediencia de la Silla Apostólica, “antes bien todas sus tareas son dirigidas a que se propague la fe, se aumente la religión y el culto debido a Dios”. Por ello preguntó: “¿a qué se han dirigido sus decretos y disposiciones sino para que los ministros del Evangelio prediquen la fe de Jesucristo a que se han inducido los ejercicios, las misiones y las pláticas que ha mandado se hagan en todas las iglesias del Reino?”. Por ello podía concluirse que no era herejía “el defender el hombre su derecho natural, el que nos ha obligado a jurar la Independencia que hemos jurado”.
Por su parte, fray Agustín Casas, agustino calzado, doctrinero del pueblo de Nuestra Señora de la Candelaria de Chita, argumentó que los herejes eran los españoles: “¿Habrá fe en España? ¡Oh tristes provincias e infeliz reino de Granada! ¡Qué herejías, qué exterminios, qué sangre, qué robos, qué profanación no se han ejecutado en vosotros por la nación española!”. Finalmente, digamos que José Antonio Gómez, cura de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, concluyó diciendo que era “un absurdo, un error, un desatino de nuestros opresores, atribuir a los americanos el horrendo crimen de herejía, de irreligiosidad y blasfemia, cuando tratan de ser libres desobedeciendo a un tirano”. Tal como todos los curas se esforzaron en probar, “el Evangelio de ningún modo se opone a nuestra libertad”.
Los tres años de males por los pecados de los neogranadinos
Entre febrero de 1816 y agosto de 1819, el dominio del Ejército Expedicionario de Tierra Firme, comandado por el general Pablo Morillo, garantizó la restauración del dominio del Estado monárquico en el Nuevo Reino de Granada, poniendo fin al quinquenio de experiencias republicanas en los estados provinciales que se habían formado después de la eclosión juntera. Por
ello fue que el Libertador abrió en Santafé su copiador de órdenes, el 11 de agosto de 1819, con la siguiente frase: “Restablecido felizmente el Gobierno liberal de la República”. Fue por ello que los sermones tuvieron que evaluar, siguiendo la instrucción del vicepresidente en su segundo tema prescrito, esos tres años largos. Fue entonces la oportunidad para descalificar moralmente todo el orden de la restauración monárquica de esos años. Como dijo Margarita Garrido en su estudio pionero sobre los sermones patrióticos, había llegado el momento de la “satanización de los españoles” para permitir su representación “como enemigos irreconciliables”, que llevaba implícita la legitimidad de toda desobediencia a la autoridad del rey Fernando VII. El “Dios de los ejércitos” fue entonces convocado en extenso por los curas, para expulsar para siempre de Colombia las “huestes infernales” de España.
La descalificación moral de España, y en particular de los soldados de los Ejércitos españoles, usó todo espectro de los adjetivos del mal. Las exclamaciones de dolor y los ayes inundan las segundas partes del texto de los sermones patrióticos. Las figuras de la maldad de los soldados son prolíficas: mujeres viudas mendigando su sustento, doncellas desfloradas por la lujuria de la soldadesca, asesinatos de niños, huérfanos desamparados, ahorcamiento de varones, robos y expropiaciones sin cuento, sacrilegios de iglesias, destierro de sacerdotes, uso profano de los objetos sagrados, etc. Un cuadro dramático de esa descalificación moral puede leerse en el sermón de cura del pueblo de Choachí, José María Estévez, futuro obispo de Santa Marta:
Han mandado a la América ejércitos de asesinos, para quemar los pueblos, robar sus riquezas, quitar la vida en los cadalsos a los hombres más ilustrados, pasar a cuchillo pueblos enteros, reducir a los calabozos más oscuros y mortíferos a centenares de hombres, los más honrados, y de reputación; perseguir que desterrar a los eclesiásticos más virtuosos y beneméritos; apoderarse de las rentas de las iglesias, profanar sus alhajas y ornamentos. Se mandan millares de hombres a la apertura de caminos, bajo la dirección de españoles crueles y sanguinarios, que descargan el palo y el azote sobre estos infelices. ¡Ah! no se pueden numerar los males que hemos sufrido en tres años que duró el gobierno español. Todavía se ven un número crecido de viudas que lloran en su abatimiento y miseria la pérdida de sus virtuosos maridos. Existen centenares de huérfanos que se acuerdan con furor de la muerte injusta e ignominiosa que los españoles dieron a sus padres. A cuántos de vosotros no se os quitaba con violencia los pocos intereses que poseíais, y se destinaban a racionar estos asesinos, quedando vuestras familias, en la última miseria. Estos han sido los males que ocasionó el Ejército Pacificador, y que merece con propiedad en nombre de Devastador. Puede afirmarse sin exageración que no se encuentra un individuo en estas vastas provincias, que no haya sufrido el peso de la fiereza, e inhumanidad de los españoles.
El cuadro de dolor dibujado por el cura de la parroquia de Moniquirá, el doctor Juan Nepomuceno Parra, ejemplifica bien la estrategia de la argumentación moral:
Viudas, huérfanos, doncellas desoladas ¿Quién os ha reducido a la mendicidad y es el autor de vuestras desgracias, de vuestros ayes y quejas penetrantes? Vosotros sabéis demasiado que ese tigre feroz de la Hesperia, autorizando a sus jefes y soldados, bajo los pretextos de insurgencia, rebeldía, insubordinación, os puso sin defensa alguna a su bárbara discreción y a su pillaje voraz, privándoos hasta del sustento preciso de vuestras familias, del asilo de vuestros hogares y la sombra de vuestros padres, hijos y maridos. Pueblos todos de la América, vosotros hasta la invasión de los godos estabais persuadidos que el lecho nupcial era inviolable, que la muerte sola era capaz de separar a la mujer de su legítimo consorte; que el pudor de las vírgenes era un santuario sagrado que no se abría sino al fiel esposo a quien la iglesia las entregaba; más ¡ay de mí! el aliento me falta, yo desfallezco, mi voz se ahoga, mi lengua se entorpece cuando me acuerdo que los pacificadores mandados por Morillo rompieron estas barreras impenetrables, atropellaron los respetos y consideraciones debidas a la santidad del matrimonio, y a la pureza de las vírgenes, y tiznaron con su vergonzosa liviandad muchos de estos santuarios inocentes.
La masacre cometida por las tropas del gobernador español Lucas González en la parroquia de Charalá, el día 4 de agosto de 1819, fue difundida en todos los púlpitos de las parroquias de la provincia del Socorro, convirtiéndose en un relato mítico de las gentes de esa provincia hasta hoy, desafortunadamente derivado a la condición de “Batalla del Pienta” desde el año 2008, por móviles contemporáneos. La comprensión de este giro del relato mítico sobre “el degüello” debe partir del sermón que pronunció, el 6 de febrero de 1820, el cura de la parroquia de Charalá, José Vargas:
Me parece en vano cansar vuestra atención en repetiros los horrores que vosotros mismos fuisteis espectadores y testigos oculares, de los asesinatos y robos generales que los decantados pacificadores de nuestro suelo cometieron el aciago 4 de agosto último [1819]. Acordaos de más de cincuenta asesinatos de infelices inocentes que cometieron en este santo templo. Aquel día aquella tropa de peninsulares, africanos y esclavos de nuestro suelo, estimulados con el sebo y licencia del saqueo, estupro, adulterio, fornicación y asesinatos, sin respetar lo más sagrado, ni al individuo más inocente. Acordaos de todos los que asesinaban en este santo templo. El delito que cometieron fue estar oyendo misa, cumpliendo con el precepto de la santificación del día de fiesta. Fuera de que los que asesinaron por las calles, casas, arrabales y plaza, fue sin excepción de sexo, edad, e incapaces de opinión. Todo el empeño de estos tigres fue concluir con la humanidad y robarse no solamente las propiedades de
sus habitantes, sino también los bienes y alhajas destinadas y consagradas para el servicio y culto de Dios.
Las versiones de otros curas confirman la naturaleza del hecho perpetrado por una tropa de “peninsulares, africanos y esclavos de nuestro suelo”, auxiliada por “rameras” que llegaron al pillaje: una expedición depredadora ordenada, por el coronel español Lucas González, en represalia por la llegada de una partida de guerrilla enviada por el general Simón Bolívar al sitio, facilitada por la conducta irresponsable del coronel patriota Antonio González. El párroco de Fómeque relató que, por orden de Lucas González, se habían degollado en Charalá 99 personas de todos los sexos, edades y calidades: “de ellos, dos en la iglesia, y 25 en el altozano”. El cura de Tuta dijo que en Charalá “mataron más de trescientos, algunos en la iglesia, el saqueo pasó de doscientos mil pesos, y lo sé por carta que tengo de aquel señor cura y buen patriota”. El relato del cura de la parroquia de Mogotes fue el siguiente:
Aún no había llegado a la capital el Ejército Libertador. Apenas ocupaba la campaña del Pantano de Vargas, cuando manda el jefe supremo de la República de gobernador para la provincia del Socorro al coronel [Antonio] Morales. Llega a Charalá, hace publicar la ley marcial, obedécenla los pueblos en donde fue intimada; se reúnen en Charalá, pero desgraciadamente se ven atacados de González, gobernador de los españoles en aquel entonces en el Socorro, coge este la plaza, derrota a los patriotas. ¿Y qué hizo después? Todos saben de aquellos estragos y mortandad: unos, por correr huyendo precipitados, se ahogaron en el río; otros, murieron a bala y machete; a otros no les valió ni aún la inmunidad de la iglesia para su refugio. El templo mismo dedicado al Dios Poderoso para ofrecerle sacrificios sirve entonces de cadalso para quitar la vida a sus moradores. Hombres y mujeres indistintamente riegan allí su sangre y sirven de víctima al furor de González ¹⁸. Permite a su tropa saqueo y hubo señora a quien despojaron de sus paños menores, joyas, dinero, ropa y cuanto hubo generalmente.
El párroco de Onzaga repitió la versión anterior:
... aún no había llegado a la capital el ejército de libertadores. Apenas estaban en la campaña de Vargas. Manda el general por Charalá, en auxilio de [Fernando] Santos, al coronel [Antonio] Morales. Se hace publicar la ley marcial compresiva a la provincia del Socorro. Por obedecerla, siguen algunos pueblos. Se reúnen en Charalá, pero desgraciadamente se ven atacados de [Lucas] González, gobernador entonces del Socorro. Coge este la plaza, derrota a los patriotas. ¿Y qué hizo después? Todos saben de aquellos estragos y mortandad, unos por correr huyendo precipitados se ahogaron en el río, otros mueren a bala y machete; a otros no les vale ni aún la inmunidad de la iglesia para su refugio. El templo mismo, dedicado
a ofrecer sacrificios a un Dios poderoso, sirve entonces de cadalso para sacrificar a sus moradores. Hombres y mujeres indistintamente riegan allí su sangre y sirven de víctimas al furor de González ¹⁹. Permite a su tropa saqueo, y hubo señora a quien despojaron hasta de sus paños menores, joyas, dinero, ropa y cuanto hubo generalmente, incluido el haber el párroco, sin embargo de estar desde antes ausente.
Daniel Gutiérrez Ardila reconstruyó recientemente lo sucedido, confirmando que el coronel patriota Antonio Morales había llegado a Charalá el 27 de julio de 1819, acompañado del comandante de guerrillas, Fernando Santos, y de unos cien bisoños, cumpliendo las órdenes dadas en Bonza por el Libertador: ocupar e insurreccionar la provincia del Socorro para reclutar allí muchos hombres para la campaña. Pero en vez de dictar medidas de defensa de Charalá, el coronel Morales se dedicó ocho días a “diversiones y fandangos” nocturnos en la casa de Pedro Agustín Vargas, un personaje local que se había lucrado durante el tiempo de la restauración monárquica con las propiedades de los patriotas emigrados. Gracias a esta conducta del comisionado por el Libertador, las tropas de González habían entrado al pueblo sin resistencia y habían sembrado las calles, casas, iglesia y altozano de cadáveres, tras lo cual acometieron el saqueo general, con saldo de entre 200 y 300 muertos y de un botín de 5.000 pesos que llevaron a Simacota. Por supuesto, el nombre del coronel Morales fue recordado “con una justa execración por muchos habitantes de aquella provincia” ²⁰.
Gracias a los sermones de estos curas, confirmados por los informes del cura de Charalá, José Vargas (2 de septiembre de 1819), y del doctor Diego Fernando Gómez (18 de septiembre de 1819) al Libertador ²¹, puede desentrañarse la reciente fabricación de un relato mítico falseado, originado en el libro En nombre de la libertad, publicado por el charaleño Edgar Cano: el que afirma sin rubor que los charaleños habían dado una “batalla en el río Pienta” a las tropas de Lucas González, deteniendo su marcha hacia el campo de Boyacá, con lo cual el Ejército Libertador había podido ganar esta batalla decisiva porque no pudieron reforzarlo. La versión más brutal se repite en la Gobernación de Santander como dos lemas anacrónicos: “Sin 4 de agosto no hay 7 de agosto”, y “Primero fue Santander que Boyacá”.
Los mayores males que vendrían si todos no se movilizaban
Para movilizar a las feligresías a la acción defensiva, en la circunstancia de la invasión del segundo ejército expedicionario español que se congregó en Cabezas de San Juan durante el mes de diciembre de 1819, detenido antes de
¹⁸ Tuvo el venerable cura que reconciliar después la Iglesia para decir misa por haber quedado violada.
¹⁹ Tuvo el venerable que reconciliar después la Iglesia para hacer misa.
²⁰ Daniel Gutiérrez Ardila (2019), 1819, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, pp. 87-89.
²¹ En AGN, Sección Archivo Anexo, Historia, 26, folios 589-594.
zarpar por la revolución encabezada por Rafael del Riego que dio inicio al Trienio Liberal en los dominios de Fernando VII, los curas tuvieron que predicar los grandes males que se experimentarían si tal cosa llegara a ocurrir.
El sermón predicado por el doctor José Gabriel de Silva, cura de la parroquia de Aratoca, ejemplifica muy bien la retórica de esa movilización defensiva, y el libro del Antiguo Testamento seleccionado para tal propósito: Macabeos:
Ahora bien, amados oyentes míos: si esto hemos padecido, aun cuando nos esperábamos que nos mirarían con afecto y agradecimiento, ¿cuál os parece sería el trato que los españoles nos darían si lograran volver a dominarnos? Tu si quae cogitans in nos. Tú solo, Dios mío, sabes las intenciones de nuestros crueles enemigos. Yo concibo, que después de los más horrorosos tormentos e infamias, no dejarían vivo ni al inocente niño de pechos. Por tanto, es necesario que hagamos la resolución de Judas Macabeo, aquel esforzado caudillo que en el principio os referí. [[59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanctorum], mejor es morir en la guerra defendiendo nuestra libertad, que experimentar la inhumana crueldad de nuestros opresores. Sí, señores, yo os exhorto con las mismas palabras de Matatías a sus hijos: rechazar animosamente a vuestros enemigos o morir en la demanda. ¿Qué acción más gloriosa ni meritoria que dar la vida por la religión y por la Patria? Sí, esforzados vecinos míos, morir o vencer debe ser vuestra divisa, vuestra sagrada religión os dará un seguro derecho para repeler la fuerza con una justa defensa.
El lema [59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanctorum ²² (es preferible para nosotros morir en el combate que ver las desgracias de nuestra nación y del Santuario) proviene del libro I de la historia de los Macabeos, capítulo 3, versículo 59. Fueron muchos los curas que relataron a sus feligresías la historia de la lucha heroica de Matatías y sus hijos contra el dominio de Antíoco IV y la ocupación de Jerusalén, poniéndola como ejemplo de lo que los colombianos debían hacer en caso de una nueva ocupación de los ejércitos españoles.
La historia de Matatías y sus hijos (Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán) comienza en el capítulo 2 y narra su rebelión ante el espectáculo de las impiedades que veían en Judá y en Jerusalén. Matatías había exclamado: “¡Ay de mí! ¿Para esto he nacido? ¿Para ver la ruina de mi pueblo y la destrucción de la Ciudad santa? ¿Para quedarme sentado en ella, mientras es entregada al poder del enemigo y el Santuario está en manos de extranjeros? Su Templo ha quedado como un hombre envilecido los objetos que eran su gloria fueron llevados como botín, sus niños masacrados en las plazas, sus jóvenes pasados al filo de la espada enemiga”. Después de que Matatías y sus hijos rasgaron sus vestiduras, se pusieron un sayal y se lamentaron amargamente.
Pero decidieron no dejarse matar, e iniciaron una rebelión contra sus dominadores, encabezada por Judas Macabeo (166-160 a. C.), obteniendo su primer triunfo en Emaús.
Este ejemplo bíblico fue puesto por los curas en sus sermones, convocando a sus feligresías a ofrendar sus vidas y caudales en la guerra contra los españoles, insistiendo en que las desgracias de los tres años anteriores no eran nada, en comparación con los castigos que sufrirían si regresaban los españoles a Colombia. El cura de Fusagasugá ejemplifica esa decisión de imitar a los Macabeos, ofrendando la vida si era necesario:
Ha mucho tiempo que ofrecí mi vida por la Patria, y debo cumplir y perfeccionar este sacrificio. Mi religión me inspira este deseo cuando en el libro de los Macabeos ha escrito: mejor es morir en la guerra que ver los males de mi gente. [[59] quoniam melius est nos mori in bello quam videre mala gentis nostrae et sanctorum] ²³.
La retórica de los sermones identificó también los nombres de los hombres de la experiencia republicana del período 1810-1816 que habían sido sacrificados por el Ejército Expedicionario de Tierra Firme. El siguiente sermón del cura de la villa de Medellín, José Nicolás Benítez, así lo ejemplifica:
Vosotros visteis derramar con inhumana fiereza la inocente sangre de los hombres más beneméritos e ilustrados, cuyos pies ni aun merecían besarlos los autores de su muerte. ¡Oh, Caldas, Tejada, Torres, Vargas, Gutiérrez, Valenzuela, Carbonell y tantos héroes justos! ¡Oh, felices almas que coronasteis vuestros méritos y glorias con la inmarcesible palma del martirio en defensa de la libertad, de aquella libertad que el ser supremo concedió al racional cuando en él esculpía su imagen y semejanza al tiempo de su creación! Vosotros, que descansáis en la mansión de los escogidos, pediréis, como el profeta, venganza sobre las iniquidades de Morillo, Monteverde, Morales, Boves, Suazola, Calzada, Sámano, Tolrá, Warleta, y tantos otros irreligiosos tiranos.
En fin, son muchas las observaciones históricas que los investigadores pueden derivar de la lectura de este nuevo cuerpo documental que se pone a su disposición en este año del bicentenario de la aprobación de la Ley fundamental de Colombia por los congresistas de Venezuela reunidos en Santo Tomás de Angostura, a orilla del río Orinoco. Si en algo contribuye al avance de la investigación sobre la historia de la construcción de la Nación colombiana habremos logrado nuestro propósito.
Armando Martínez Garnica
²² Es mejor para nosotros morir en batalla que ver los males de nuestra gente y de lo santos. Traducción directa.
²³ Es mejor para nosotros morir en batalla que ver los males de nuestra gente y de lo santos. Traducción directa.
Bibliografía
Arce Escobar, Viviana. “El púlpito entre el temor y la esperanza: ideas de castigo divino y misericordia de Dios en la oratoria sagrada neogranadina, 1808-1820”, en Anuario Colombiano de Historia Regional y de las Fronteras, vol. 17, No. 1, Bucaramanga, Universidad Industrial de Santander, 2012, pp. 77-107.
Arce Escobar, Viviana. “La Biblia como fuente de reflexión política en los sermones neogranadinos, 1808-1821”, en Ciencias Sociales, no. 9, Cali, enero-junio, 2012, pp. 273-308.
Dufour, Gérard (estudio preliminar y presentación). Sermones revolucionarios del Trienio Liberal (1820-1823), Alicante, Instituto de Cultura “Juan Gil-Albert”, Diputación de Alicante, 1991.
Garrido, Margarita. “Los sermones patrióticos y el nuevo orden en Colombia, 1819-1820”, en Boletín de Historia y Antigüedades, vol. XCI, No. 826, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 2004, pp. 461-483.
Muñoz, Fernando. “Aproximación al imaginario religioso del período independentista”, en Revista Historia y Espacio, No. 35, Cali, Universidad del Valle, julio-diciembre, 2010, pp. 177-200.
Ocampo López, Javier. El cura Juan Fernández de Sotomayor y Picón y los catecismos de la Independencia, Bogotá, Universidad del Rosario, 2010.
Zawadzky, Alfonso. Clero insurgente y clero realista. Estudio de los informes secretos del obispo de Popayán, doctor Salvador Jiménez, al Rey de España sobre la actuación de sacerdotes de su Diócesis durante la Guerra de Independencia, 1818-1819, 2 edición mejorada, Cali, Imprenta Bolivariana, 1948. La primera edición había sido publicada por el autor en Medellín, Publicaciones del Concejo de Medellín, 1944. Los informes mencionados fueron vistos por este historiador en el fondo Curas y Obispos del AGN.
SERMONES PATRIÓTICOS
De la colección personal de Armando Martínez Garnica.