Academia Colombiana de Historia · Tirant Humanidades (plural)

Historia de Colombia. Las expe­rien­cias de la sociedad repu­bli­cana

Armando Martínez Garnica (coor­di­na­dor)
ProcedenciaEjemplar de la colección personal del historiador Armando Martínez Garnica (Bucaramanga). Doctor en Historia por El Colegio de México y profesor emérito de la Universidad Industrial de Santander. Fue director del Archivo General de la Nación (2016-2019), dirigió la Revista de Santander y preside la Academia Colombiana de Historia.
Edición digital recompuesta de la digitalización del ejemplar impreso. Transcripción realizada página a página contra las imágenes del escaneo; los pasajes ilegibles están marcados. Recreación tipográfica que no sustituye a la edición impresa.
Página divi­so­ria de la Intro­duc­ción: viñeta de una pareja con ves­ti­menta del siglo XIX y dibujos de fondo de ramas, hojas y frutos de cafeto. Sin pie de ilus­tra­ción impreso.

Las expe­rien­cias repu­bli­ca­nas de los ciu­da­da­nos colom­bia­nos que se acu­mu­la­ron durante sus dos primeros siglos de exis­ten­cia nacional, a saber, entre 1810, cuando comenzó el proceso revo­lu­cio­na­rio que condujo a las decla­ra­cio­nes de inde­pen­den­cia respecto del Estado monár­quico de los reyes Borbones espa­ño­les, y el año 2010, cuando concluyó la admi­nis­tra­ción del poder eje­cu­tivo que encabezó Álvaro Uribe Vélez, son el objeto de este tomo. Es por ello que el grave problema de esta historia del poder social del régimen repu­bli­cano colom­biano es: ¿cómo relatar una historia de esas expe­rien­cias repu­bli­ca­nas? ¿Acaso no se cuentan por miles?.

Al abrir su curso de historia moderna en la Uni­ver­si­dad de Basilea, el 4 de mayo de 1871, el his­to­ria­dor suizo Jacob Burc­khardt tuvo que deli­mi­tar ante sus estu­dian­tes la historia europea del período 1578-1763 que iba a exponer en sus clases. Fue entonces cuando advirtió que en una expo­si­ción his­tó­rica la limi­ta­ción era una nece­si­dad obligada, con lo cual siempre se con­fi­gu­raba una arbi­tra­rie­dad cuando un his­to­ria­dor procedía a escoger y destacar, en el tor­men­toso mar que es la historia mundial, solo algunas oleadas. El his­to­ria­dor actuaba entonces como un pintor de marinas, com­pe­lido a elegir una playa par­ti­cu­lar, una hora deter­mi­nada y solo algunas oleadas del mar.

En un continuo his­tó­rico de todas las expe­rien­cias, le toca al his­to­ria­dor aislar solo algunas que le inte­re­san, para luego exponer el resul­tado de su inves­ti­ga­ción ante sus lectores. Esta arbi­tra­rie­dad, dictada por la

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Intro­duc­ción

nece­si­dad que impone nuestra limi­ta­ción inte­lec­tual y de medios, solo nos deja con una selec­ción personal, o la de nuestra tribu, y por ello la historia parece ser la menos cien­tí­fica de las ciencias, dado que su método de selec­ción arbi­tra­ria de temas no está garan­ti­zado ni uni­ver­sal­mente aprobado. Una vez que se han inves­ti­gado algunos temas selec­cio­na­dos arbi­tra­ria­mente, llega el momento de enseñar lo que se ha com­pren­dido o no, y viene de nuevo la arbi­tra­rie­dad al selec­cio­nar lo que ha de ser expuesto ante los lectores. La inves­ti­ga­ción crítica tiene un método bien conocido, pero la expo­si­ción que se hace de ella no, porque depende de lo que una época con­si­dera que es digno de ser men­cio­nado de otra época. El his­to­ria­dor actúa entonces arbi­tra­ria­mente al selec­cio­nar, conforme a su criterio personal, aquello que vale la pena comu­ni­car, según su per­so­na­li­dad, nacio­na­li­dad, vecindad y for­ma­ción en algún período his­tó­rico. Es por eso que es tan difícil selec­cio­nar los temas his­tó­ri­cos que han de ser ense­ña­dos a una nueva gene­ra­ción de colom­bia­nos que debe pasar por las aulas esco­la­res.

Este libro no escapa a esa arbi­tra­rie­dad ni a las limi­ta­cio­nes inte­lec­tua­les de su escritor, producto de su origen social y de su tiempo. Pero, con la segu­ri­dad de quien se siente animado por el amor a su patria, este ha elegido un conjunto de expe­rien­cias rela­ti­vas al ejer­ci­cio del poder eje­cu­tivo del Estado repu­bli­cano, dado que en nuestra expe­rien­cia his­tó­rica es el pre­si­dente del Eje­cu­tivo el mismo jefe del Estado. Esta inves­ti­ga­ción des­cu­brió muchos jefes de estado excep­cio­na­les, animados por el deseo de acertar en sus agendas eje­cu­ti­vas durante el tiempo asignado a sus admi­nis­tra­cio­nes, así como la escasa tole­ran­cia de los ciu­da­da­nos a las pro­pues­tas dic­ta­to­ria­les, rápi­da­mente eli­mi­na­das por autén­ti­cos golpes de opinión.

Si hay una nación fiel al prin­ci­pio de un Estado “popular repre­sen­ta­tivo”, esta es la nación colom­biana.

La historia tema­ti­zada se hace con las mejores y más per­ti­nen­tes fuentes dis­po­ni­bles. Esta inves­ti­ga­ción eligió tres fuentes básicas para una historia del poder eje­cu­tivo del Estado colom­biano: la primera fue el Diario Oficial, fundado el 30 de abril de 1864 por un decreto dado por el pre­si­dente Manuel Murillo Toro y su secre­ta­rio del Interior y Rela­cio­nes Exte­rio­res. Al comenzar el año 2025 ya había llegado a casi 53.000 entregas, cifra no igualada por ninguna de las publi­ca­cio­nes ofi­cia­les o privadas del país. Como órgano de publi­ci­dad de los actos del Gobierno nacional, contiene la historia admi­nis­tra­tiva pública del país. Sus ante­ce­so­res fueron: la Gaceta de Colombia, cuya primera entrega fue publi­cada en la Villa del Rosario el 6 de sep­tiem­bre de 1821, y se extin­guió en Bogotá con la entrega 566 del 29 de diciem­bre de 1831; la Gaceta de la Nueva Granada, cuya primera entrega apareció el 1° de enero de 1832 y concluyó con la entrega 941 el 30 de

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nece­si­dad que impone nuestra limi­ta­ción inte­lec­tual y de medios, solo nos deja con una selec­ción personal, o la de nuestra tribu, y por ello la historia parece ser la menos cien­tí­fica de las ciencias, dado que su método de selec­ción arbi­tra­ria de temas no está garan­ti­zado ni uni­ver­sal­mente aprobado. Una vez que se han inves­ti­gado algunos temas selec­cio­na­dos arbi­tra­ria­mente, llega el momento de enseñar lo que se ha com­pren­dido o no, y viene de nuevo la arbi­tra­rie­dad al selec­cio­nar lo que ha de ser expuesto ante los lectores. La inves­ti­ga­ción crítica tiene un método bien conocido, pero la expo­si­ción que se hace de ella no, porque depende de lo que una época con­si­dera que es digno de ser men­cio­nado de otra época. El his­to­ria­dor actúa entonces arbi­tra­ria­mente al selec­cio­nar, conforme a su criterio personal, aquello que vale la pena comu­ni­car, según su per­so­na­li­dad, nacio­na­li­dad, vecindad y for­ma­ción en algún período his­tó­rico. Es por eso que es tan difícil selec­cio­nar los temas his­tó­ri­cos que han de ser ense­ña­dos a una nueva gene­ra­ción de colom­bia­nos que debe pasar por las aulas esco­la­res.

Este libro no escapa a esa arbi­tra­rie­dad ni a las limi­ta­cio­nes inte­lec­tua­les de su escritor, producto de su origen social y de su tiempo. Pero, con la segu­ri­dad de quien se siente animado por el amor a su patria, este ha elegido un conjunto de expe­rien­cias rela­ti­vas al ejer­ci­cio del poder eje­cu­tivo del Estado repu­bli­cano, dado que en nuestra expe­rien­cia his­tó­rica es el pre­si­dente del Eje­cu­tivo el mismo jefe del Estado. Esta inves­ti­ga­ción des­cu­brió muchos jefes de estado excep­cio­na­les, animados por el deseo de acertar en sus agendas eje­cu­ti­vas durante el tiempo asignado a sus admi­nis­tra­cio­nes, así como la escasa tole­ran­cia de los ciu­da­da­nos a las pro­pues­tas dic­ta­to­ria­les, rápi­da­mente eli­mi­na­das por autén­ti­cos golpes de opinión.

Si hay una nación fiel al prin­ci­pio de un Estado “popular repre­sen­ta­tivo”, esta es la nación colom­biana.

La historia tema­ti­zada se hace con las mejores y más per­ti­nen­tes fuentes dis­po­ni­bles. Esta inves­ti­ga­ción eligió tres fuentes básicas para una historia del poder eje­cu­tivo del Estado colom­biano: la primera fue el Diario Oficial, fundado el 30 de abril de 1864 por un decreto dado por el pre­si­dente Manuel Murillo Toro y su secre­ta­rio del Interior y Rela­cio­nes Exte­rio­res. Al comenzar el año 2025 ya había llegado a casi 53.000 entregas, cifra no igualada por ninguna de las publi­ca­cio­nes ofi­cia­les o privadas del país. Como órgano de publi­ci­dad de los actos del Gobierno nacional, contiene la historia admi­nis­tra­tiva pública del país. Sus ante­ce­so­res fueron: la Gaceta de Colombia, cuya primera entrega fue publi­cada en la Villa del Rosario el 6 de sep­tiem­bre de 1821, y se extin­guió en Bogotá con la entrega 566 del 29 de diciem­bre de 1831; la Gaceta de la Nueva Granada, cuya primera entrega apareció el 1° de enero de 1832 y concluyó con la entrega 941 el 30 de

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Armando Martínez Garnica

diciem­bre de 1847, seguida por la Gaceta Oficial el 2 de enero de 1848 como entrega 942, que se prolongó hasta la entrega 2603 del 9 de julio de 1.861; y el Registro Oficial, cuya primera entrega apareció 26 de julio de 1861 y se publicó hasta la entrega 160 del 27 de abril de 1864.

La segunda fuente fue la sección “Vida Nacional” de la Revista Jave­riana, publi­cada men­sual­mente, entre marzo de 1938 y julio de 1983, por Juan Manuel Pacheco Ceballos, S.J. (Ocaña, 1914–Bogotá, 1986). Contiene un resumen de la vida social colom­biana, bajo cuatro temá­ti­cas: política, economía, sociedad y cultura. Una selec­ción y ree­di­ción de estas sec­cio­nes, obra de Daniel Gui­llermo López Jiménez, fue publi­cada en 11 tomos por la Pon­ti­fi­cia Uni­ver­si­dad Jave­riana y el Archivo His­tó­rico Jave­riano, entre los años 2016 y 2017. Y la tercera fue la com­pi­la­ción que el autor de este libro hizo de las memorias anuales pre­sen­ta­das por los pre­si­den­tes de la repú­blica y los miembros de los gabi­ne­tes minis­te­ria­les al Congreso Nacional, el día en que se abrían sus sesiones ordi­na­rias, acom­pa­ña­das de la biblio­gra­fía dis­po­ni­ble sobre las admi­nis­tra­cio­nes y los gober­nan­tes. Esta com­pi­la­ción podrá des­car­garla el lector del código QR que la edi­to­rial fijará en el lugar corres­pon­diente, y el autor solo tiene que agra­de­cer a la comu­ni­dad de todos los his­to­ria­do­res, pro­fe­sio­na­les y afi­cio­na­dos, que con sus estudios temá­ti­cos espe­cia­li­za­dos apor­ta­ron al texto de una obra dirigida al amplio público, sin las notas de pie de página para agra­de­cer a cada uno de ellos su con­tri­bu­ción a una repre­sen­ta­ción básica de la historia repu­bli­cana.

La historia de las admi­nis­tra­cio­nes del poder eje­cu­tivo es impor­tante en los Estados en los que el pre­si­dente de este poder actúa también como jefe de estado, pues es el corazón de la expe­rien­cia política de una nación. En algunos estados monár­quico-par­la­men­ta­rios, como Gran Bretaña, la historia del poder legis­la­tivo tiene una larga tra­di­ción de su cultivo, pero en el nuestro, de régimen pre­si­den­cia­lista, importa mucho más la historia de la actua­ción del poder eje­cu­tivo. Otras his­to­rias del Congreso, o de la Corte Suprema de Justicia, como la de Mario Alberto Cajas Sarria, com­ple­men­ta­rán la que se ofrece en este volumen. Siendo el Estado, en sus dis­tin­tas ramas fun­cio­na­les de ejer­ci­cio del poder soberano, el actor prin­ci­pal de la vida política de una nación de ciu­da­da­nos, habría que aceptar que una historia política de una nación es, en lo fun­da­men­tal, la historia del poder soberano.

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Ex libris de Armando Martínez Garnica: las tres plumas del Príncipe de Gales sobre una corona, con el lema «Ich Dien» y su nombre manuscrito.

De la colección personal de Armando Martínez Garnica.